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viernes, 31 de octubre de 2008

Demos cabida en nuestro corazón con la ternura del amor a toda la Iglesia

Flp. 1, 1-11
Sal. 110
Lc. 14, 1-6

‘Grandes son las obras del Señor’. Así hemos reconocido y rezado en el salmo. Así podemos decir que también san Pablo lo está reconociendo en este principio de la carta a los Filipenses, cuya lectura hoy comenzamos.
Pablo visitó Filipos por primera vez en su segundo viaje apostólico. Era una ciudad importante de Macedonia, cuyos ciudadanos tenían derecho a la ciudadanía romana. Estando en Troas Pablo había escuchado la voz del Señor que le impulsaba a saltar a Europa, en Macedonia para allí hacer también el anuncio de la Buena Noticia. Así llega a Filipos. Recordamos cómo allí se encontró con Lidia a la orilla del río donde se reunían a rezar, que lo invitó a su casa. Posteriormente a causa de una adivina que lo seguía diciendo a todos quién era Pablo, es encarcelado. Y recordamos lo acaecido allí; las puertas de la cárcel se abren, el carcelero que piensa que los presos han huido y quiere suicidarse, Pablo que lo detiene, le anuncia la Buena Nueva de Jesús, y cree él y toda su familia. En otra ocasión probablemente Pablo volvería por Filipos.
Pablo tiene un buen recuerdo de aquella comunidad, que incluso en momentos difíciles para él estando en la cárcel saben estar a su lado. Lo manifiesta en este principio de la carta. ‘Doy gracias a Dios... rezo por vosotros... os llevo dentro... testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero...’
Pablo tiene esperanzas en aquella comunidad. Confía en que la semilla plantada en ellos dará fruto. ‘Esta es mi confianza: que el que ha inaugurado en vosotros una empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’. Es la confianza en la gracia del Señor que riega nuestros esfuerzos y trabajos. Pero aquella comunidad va dando respuesta. ‘Habéis sido colaboradores míos desde el primer día hasta hoy... esto que siento por vosotros está plenamente justificado: os llevo dentro tanto en la prisión como en mi defensa y prueba del Evangelio, todos compartís el privilegio que me ha tocado’.
Por eso Pablo ora con gratitud por ellos. ‘Esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis límpidos e irreprochables, cargados de frutos de justicia...’
Es la oración del Apóstol y es la oración de todo pastor por su comunidad, aquella que le ha sido confiada en el nombre del Señor. Los pastores queremos llevaros también muy dentro de nuestro corazón y nuestra oración siempre es por nuestras comunidades, para así sigan creciendo en la fe y en el amor.
Pero creo que también tiene que ser la oración de la comunidad, por sus pastores y por la comunidad misma. Para se siga proclamando el anuncio de la Buena Noticia; para que la comunidad vaya creciendo más y más siendo y formando verdadera comunidad entre sus miembros.
Pero quería decir algo más. Sí tenemos que rezar por esa comunidad a la que pertenecemos, sea una parroquia o sea ese pequeño grupo en el que vives y convives y en el que compartes tu vida y tu fe. Pero nuestra oración no se puede quedar encerrada en unos límites o en unas fronteras. Tenemos que ampliar nuestro círculo. Sentirnos miembros de una comunidad grande que es la Iglesia, y pensamos en nuestra Iglesia local o diocesana, o pensamos en la Iglesia de nuestro país, como pensamos en la Iglesia universal.
Es importante esa oración por la Iglesia. Por que la oración nos une más. Porque la oración muestra nuestra inquietud y nuestro espíritu misionero. Porque así tenemos que sentirnos siempre católicos y universales. Que crezca más y más nuestra Iglesia. Que seamos cada vez más ese signo del amor de Dios en medio de nuestro mundo.
Que como Pablo le demos cabida a todos en nuestro corazón con esa ternura tan hermosa del amor.

jueves, 30 de octubre de 2008

Buscad vuestra fuerza en el Señor

Ef. 6, 10-20
Sal. 143
Lc. 13, 31-35

‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.

miércoles, 29 de octubre de 2008

¿Serán pocos los que se salven? Esforzaos en entrar por la puerta estrecha

Ef. 6, 1-9
Sal.44, 144
Lc. 13, 22-30

Inquietud en el corazón. El encuentro con Jesús, con su vida, con su palabra despierta en nuestro corazón la inquietud. Al escucharle y ver la oferta de salvación que nos ofrece, sentimos en nuestro corazón el deseo de poder alcanzar y al mismo tiempo nos preguntamos si seremos capaces o dignos de poder recibirla; sentimos en nosotros deseo de cielo, deseos de vida eterna.
Es lo que contemplamos en el evangelio. ‘De camino a Jerusalén, Jesús recorría ciudades y aldeas enseñando. Uno le preguntó: Señor, ¿serán pocos los que se salven?’ Escuchaba sus enseñanzas, descubría el camino que Jesús está ofreciendo, sentía deseos también de salvación. Pero, ¿serían muchas las exigencias? ¿será posible alcanzar esa salvación que ofrece Jesús?
La respuesta de Jesús no es con rebajas. ‘Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán’. Alcanzar la vida eterna tiene sus exigencias. No es vivir la vida simplemente dejándonos llevar. Exige un esfuerzo en nuestra respuesta porque algo nuevo tiene que producirse en nosotros, lo que nos llevará también a dejar cosas viejas. En el texto paralelo a éste del evangelio de san Mateo Jesús dirá: ‘Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha y espacioso el camino que lleva a la perdición. En cambio es estrecha la puerta y angosto el camino que lleva a la pica y son pocos los que lo encuentran’.
¿Será que el Señor querrá ponernos dificultades para alcanzar la salvación? Todo lo contrario El ‘quiere que todos los hombres se salven y alcancen la vida eterna’. Pero la respuesta tiene sus exigencias, porque es toda la vida la que hay que implicar. No me vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que mi familia es muy bueno, soy de buena y cristiana familia, es que mi pueblo es un pueblo muy cristiano. No es tu familia, no es tu pueblo, eres tú el que tienes que dar la respuesta. ‘Hemos comido y bebido contigo y tu has enseñado en nuestras plazas... pero El os replicará: no os conozco, apartaos de mí malvados’.
‘Señor, ábrenos... no sé quienes sois...’
Es nuestra súplica y será su respuesta. Como a aquellas doncellas que llegaron tarde porque se les había acabado el aceite. ‘Os aseguro que no os conozco...’ Hay que estar vigilante y atentos. Es necesaria una apertura a la palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón, para llevarla a nuestra vida. ‘Cuando el amo de casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera’. Andamos tantas veces despistados, entretenidos en tantas cosas, que no somos conscientes de la gracia que llega a nosotros. No vale decir ‘Señor, Señor’, sino que es necesario escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra. No nos vale decir que nosotros rezamos mucho o llevamos flores a la Virgen o cumplimos con nuestras promesas, si luego nuestra vida va por otros derroteros distintos a los del amor, si somos injustos en el trato con los demás, o realmente no hemos puesto el evangelio de Jesús en el centro de nuestra vida.
‘Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas del Reino y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios’. Todos están llamados a esa salvación, a sentarse en la mesa del Reino de Dios. Pero hemos de dar la respuesta de nuestra fe, vestirnos el vestido de fiesta - y ya hemos hablado de lo que significa vestirse el vestido de fiesta - para entrar en su Reino.
Recordamos otra ocasión en que Jesús pronuncia estas mismas palabras. Cuando aquel centurión romano, un pagano, que tiene un criado enfermo ruega a Jesús que lo cure, y al querer Jesús ir a su casa, él se siente indigno de que Jesús entre en su casa y cree que con solo su palabra podrá salvarlo. ‘Os aseguro, replicó Jesús, que en ninguno en Israel he encontrado tanta fe. Por eso os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el banquete del reino de los cielos, mientras los hijos del reino serán echados fuera a las tinieblas...’
‘Señor, ábrenos...’ le
pedimos a Jesús, pero queremos poner toda nuestra fe; queremos abrir de verdad nuestro corazón a la Palabra de Dios para plantarla en nuestra vida y que dé fruto; queremos en verdad vestirnos con el vestido del amor y de la misericordia para que el Señor nos reconozca, a pesar de nuestras debilidades, flaquezas y despistes. El Señor es misericordioso y seguro que nos abrirá la puerta. Esforcémonos a entrar por la puerta estrecha de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestra fe.

martes, 28 de octubre de 2008

Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor (Santos Simón y Judas Tadeo)

Ef. 2, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19

Nos recuerda el evangelio hoy proclamado la elección de los Apóstoles. ‘Jesús subió a la montaña a orar. Y pasó la noche orando a Dios... llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró a Apóstoles’. A continuación nos da el evangelista la lista de los doce escogidos y enviados.
Escogidos y enviados. Nombrados Apóstoles, que eso significa, los enviados. Nos dirá Jesús en otra ocasión ‘como el Padre me envió, así os envió yo a vosotros’. Cristo que viene a hacer la voluntad del Padre. Los Apóstoles que son enviados con la misma misión de Jesús.
¿Cuál es esa misión? Podemos recordar el envío de los setenta y dos discípulos a anunciar el Reino y a curar a los enfermos. O podemos recordar el envío final antes de la Ascensión al cielo. ‘Id por todo el mundo, haced discípulos de todos los pueblos bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a poner por obra todo lo que os he mandado...’
Pero fijémonos en lo que hemos escuchado hoy de la carta de San Pablo a los Efesios. Ya hemos venido comentando este mismo texto en su lectura continuada en días pasados, pero eso mismo nos puede ayudar ahora. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular...’ Con Cristo, piedra angular, los apóstoles forman el cimiento de la Iglesia.
Con la misión de Cristo y su predicación edifican el edificio de la Iglesia, como templo consagrado al Señor. ‘Por El, por Cristo, todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’, que nos decía san Pablo. Los apóstoles tienen la misión de anunciar la Palabra de salvación, que es palabra de conversión y de vida.
Los apóstoles nos congregan en la unidad y el amor. En torno a los apóstoles y sus sucesores, los obispos, se congrega la Iglesia (Iglesia local e Iglesia universal) por el anuncio de la Palabra, la profesión de la fe y por la oración y la celebración de los sacramentos. Con ellos nos convertimos también nosotros en testigos de la resurrección, porque de ellos hemos recibido su testimonio. Con ellos profesamos nuestra fe, la fe apostólica que es una de las características precisamente de la verdadera Iglesia de Cristo.
Así se formaron aquellas primeras comunidades cristianas en torno a los apóstoles por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo. Así sigue creciendo la Iglesia en cada una de las Iglesias locales en comunión con toda la Iglesia universal. Así tendrá que resplandecer ese amor y esa unidad para que el mundo crea – Jesús ruega al Padre para que seamos uno y el mundo crea -, y para que el mundo se transforme por el amor.
Por eso es tan importante para la Iglesia la celebración de la fiesta de los apóstoles. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo, aunque poco más sepamos de ellos que la referencia que nos hacen los evangelistas en las listas, son sin embargo unos apóstoles de Jesús, enviados por Jesús, y que se convierten para nosotros en transmisores de esa fe en Cristo resucitado.
Que como pedimos en la oraciones litúrgicas de este día, que ‘este memorial de la pasión de Jesús que estamos celebrando en honor de los santos apóstoles, nos ayude a perseverar en tu amor... y a celebrar dignamente estos santos misterios.... y así la iglesia siga creciendo con la conversión incesante de los pueblos’.

lunes, 27 de octubre de 2008

Sed imitadores de Dios como hijos queridos

Ef. 4, 32 – 5, 1-8
Sal. 1
Lc. 13, 10-17
‘Antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como hijos de la luz’. Cuando estamos lejos de Cristo, estamos en las tinieblas. Cristo es nuestra luz. Y como hijos de la luz tenemos que caminar, tenemos que vivir, nos dice el apóstol. Lejos entonces de nosotros todo lo que sean las obras de las tinieblas. Podemos apreciar cómo Pablo pone toda la ternura de su corazón cuando les habla a los efesios. Como un padre bueno que aconseja a sus hijos a caminar por los caminos del bien, sus palabras parecen salidas del corazón.
Estas palabras las decía Pablo a aquella comunidad de Éfeso. Una comunidad formada por cristianos ahora, pero provenían del paganismo y también del mundo judío. No habían conocido a Cristo, luego no habían conocido la luz, estaban en las tinieblas. A ellos había llegado la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús y había creído. Ahora eran hijos de la luz.
Pero podríamos pensar, bueno, Pablo escribió esto para aquellos cristianos que tenían esa situación concreta y especial, pero nosotros somos cristianos de toda la vida. A nosotros no nos valen esas palabras, porque no provenimos de las tinieblas. Fuimos bautizados de pequeños, hemos sido cristianos siempre... Vano error. Aunque nuestra situación es distinta a la de los efesios, ¿acaso podemos decir que siempre hemos estado en la luz de Cristo?
Sí, tenemos que preguntárnoslo y razonar. ¿Es que acaso nunca nos hemos alejado de Cristo por el pecado? Entonces cada vez que caímos en el pecado, volvimos a las tinieblas. Pero aún más, ¿no nos habrá podido suceder que a lo largo de nuestra vida hayamos vivido lejos de la religión y de la vida cristiana, contentándonos con cumplimientos o sólo nos acercábamos a la Iglesia en contadas ocasiones?
Hemos de reconocer que a muchos ha podido suceder así. Y en un momento determinado ha habido una llamada especial del Señor, hemos sentido que Dios nos tocaba el corazón en algunas determinadas circunstancias, o por el camino que haya sido ahora nos ha llevado a estar más cerca de la Iglesia, de Cristo, de la vida sacramental. Hemos de reconocer, pues, que ha habido momentos en nuestra vida que hemos estado lejos de la luz, metidos en las tinieblas, y ahora hemos vuelto a un encuentro con Cristo que nos ha llenado de luz. Cada uno tenemos nuestra historia personal de salvación.
Por eso cuando escuchamos la Palabra hemos de sentir que es una Palabra que el Señor nos dirige a nosotros, en nuestra vida concreta. Y hoy nos está pidiendo que vivamos en verdad como hijos de la luz. ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
Y nos pide con esa ternura, con un amor especial. ‘Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo’. Por eso nos pide que nos alejemos de todo aquello que es indigno de nuestra condición de cristianos, de un pueblo de santos. ‘La inmoralidad, indecencia, afán de dinero – que es una idolatría -... las chabacanerías, estupideces o frases de doble sentido... todo esto está fuera de sitio’.
E insiste: ‘Meteos esto en la cabeza... lo vuestro es alabar a Dios’. Nos llama un pueblo santo. Así comienza muchas veces sus cartas dirigiéndose a los santos de la Iglesia de... Santos porque hemos sido elegidos, convocados y llamados a la santidad. Santos porque hemos sido ya consagrados en el bautismo. Es nuestra condición y lo que tenemos que ser.
Que vivamos, pues, como hijos de la luz, como pueblo santo, alejando de nosotros todo lo que es indigno de nuestro nombre y condición de cristianos. Que en todo siempre sepamos alabar al Señor, bendecir su nombre, hacer todo siempre para su gloria.

domingo, 26 de octubre de 2008

Gasta tu vida por amor y Cristo está resucitado en ti

Ex. 22, 20-26; Sal. 17; 1Tes. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
A primera vista parece fácil y cosa aprendida de memoria el mensaje que nos proclama la Palabra de Dios hoy; cosa que todos nos sabemos, pero ya sabemos que no es suficiente con saberlo. Pienso que aunque lo sepamos muy bien, bueno es que nos detengamos a reflexionar una y otra vez en la Palabra que Dios nos dice en este domingo.
‘Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron un grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Lo que responde Jesús era cosa que todo judío sabía, y más si quien lo preguntaba era un experto en la ley, pues habían de repetirlo hasta tres veces al día. Sin embargo habían llenado su vida de tantos preceptos – el pueblo judío tenía un total de 613 preceptos, 248 positivos y 365 negativos – que ahora vienen a preguntar qué es lo principal. Por eso decía no es cuestión sólo de saberlo.
Nos sucede a nosotros también. A cualquiera que se le pregunte te dirá que lo importante, la verdadera religión es amar, y amar a los demás. Como suele decir la gente, pórtate bien con los demás y eso es lo importante. Lo sabemos, pero bien que nos cuesta. La palabra amar o amor es la más repetida. La decimos y la cantamos, la repetimos y la escribimos de mil maneras, los poetas escriben cosas bellas del amor, pero sin embargo todos sentimos que es algo que nos falta, algo que sigue faltando en nuestra humanidad tan deshumanizada muchas veces. No puede ser una palabra dicha que se lleva el viento, ni una palabra repetida y dicha sin hondo sentido. Como nos dice san Pablo en la carta a los Corintios, ‘si no tengo amor, soy como campana que suena o címbalo que retiñe; si no tengo amor, haga lo que haga de nada me sirve’.
Jesús nos está enseñando que para decirlo con sentido tenemos que mirar hacia arriba y mirar hacia el frente. ¿Qué quiero decir? Mirar hacia arriba, porque primero que nada tenemos que mirar hacia Dios. Es lo más hondo que tenemos que sentir: ese amor a Dios ‘con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser’. No puede ser un amor cualquiera, un amor con medidas limitadas, un amor raquítico y mezquino, sino que tiene que ser un amor total.
Un amor que se hace escucha de la Palabra que Dios nos dice; un amor que tiene que hacer relación íntima y profunda con Dios en la oración; un amor que es apertura para hacer en todo su voluntad; un amor que hace poner a Dios en el centro de nuestra vida, como única razón y sentido de todo mi vivir y de todo mi amor.
Pero decíamos que también hemos de mirar hacia el frente. Es mirar al prójimo que es mi hermano. Por eso digo mirar de frente, porque no es mirar hacia abajo; porque si para mirar al otro tenemos que mirar hacia abajo es que nosotros nos hemos puesto por arriba, nos habremos puesto en un pedestal y eso no es amor; miro de frente porque miro al hermano que es igual y está a mi misma altura, caminando a mi lado. Los paternalismos y las compasiones sentimentales no son la mejor expresión del amor.
Y es que no es posible amar a Dios si no amamos al hermano. Por eso Jesús nos dice hoy que ‘el segundo es semejante’. No puede haber el uno sin el otro. Y la medida primera que Jesús nos propone para ese amor es el amor a uno mismo. ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, nos dice Jesús. Tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran. No hacer a los demás lo que no nos gustaría que nos hicieran a nosotros.
Pero pienso una cosa. Cuando amamos tenemos que poner rostros concretos a quienes amamos. Amamos a Dios y vemos su rostro manifestado en Cristo Jesús, porque quien ve a Jesús, ve al Padre, ve a Dios. No podemos decir simplemente que amamos a todos. Se quedaría como muy en el aire. Tenemos que amar a cada uno de forma concreta, con rostros concretos.
Por eso digo, poner rostros a ese amor. Y es el rostro de ese hermano que está a mi lado, sea quien sea, me caiga bien o me caiga mal; y es el rostro de ese enfermo, de ese anciano, de ese discapacitado que no se puede valer en muchas cosas y a quien tengo que tender una mano, de ese pobre con el que me cruzo por la calle, o es el rostro de ese emigrante que llega las puertas de nuestra tierra; y así tenemos que seguir poniendo rostros concretos para nuestro amor (no hace falta que yo ponga más ejemplos concretos porque todos sabemos a lo que nos referimos), para que así nuestro amor sea también concreto. A cada uno de los que tenemos que amar tenemos que ponerle un rostro concreto para que sea más auténtico y verdadero nuestro amor.
En la primera lectura del libro del Éxodo, y fijaos que es un texto del Antiguo Testamento, se nos ponen rostros concretos en las viudas y los huérfanos, en el forastero, o en el pobre que nada tiene. Serás hospitalario, no te aprovecharás de los débiles, no oprimirás a nadie, no te beneficiarás a costa de los pobres, no te apropiarás de lo ajeno, viene a decirnos el texto sagrado. ‘Si grita a mí, yo lo escucharé, porque yo soy compasivo’, nos dice el Señor, para movernos a que nosotros seamos también compasivos y tengamos un corazón lleno de amor para los demás.
Es nuestro distintivo. Es el mandamiento que Jesús nos ha dejado. Es la forma mejor que tenemos de manifestar nuestra fe. Es la forma de gritar ante el mundo nuestra fe en Jesús resucitado. Es la expresión más excelsa del Reino nuevo de Dios que Jesús ha instaurado y en el que nosotros queremos vivir. Es lo que ahora estamos celebrando en esta Eucaristía, que es un compromiso de amor y que es también la ofrenda de amor que nosotros queremos presentar al Señor. Es para lo que nosotros venimos aquí a la Eucaristía para alimentarnos de Jesús para que podamos amar con un amor como el suyo.Cuando estaba preparando esta reflexión me encontré que un amigo había puesto casi como lema en su msn de internet, ‘cada vez que gastas tu vida por amor, Cristo está resucitando en ti’. Que así sea en el día a día de nuestra vida.

sábado, 25 de octubre de 2008

Gracia para llegar a la medida de Cristo en su plenitud

Ef. 4, 7-16
Sal. 121
Lc. 13, 1-9

‘A cada uno se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. No nos faltará nunca la gracia del Señor. No nos faltará y siempre en medida sobreabundante. La medida de Cristo. Y ya sabemos de su generosidad. ‘Se os dará una medida generosa, colmada, rebosante...’ nos dice Jesús en el Evangelio.
Cualquiera que sea nuestra situación, nuestros problemas y nuestras luchas, la misión que se nos haya encomendado o la responsabilidad que hayamos asumido en la vida, nunca nos faltará la gracia del Señor. Bien sabemos lo que Pablo pedía al Señor, verse liberado de aquel aguijón que tenía como clavado en las entrañas de su alma – no sabemos exactamente cuál sería el problema, la tentación o el mal que le aquejaba – y el Señor le respondía: ‘Te basta mi gracia’. Nos lo cuenta él en sus cartas.
No nos faltará esa gracia que necesitamos para ese crecimiento en la fe y en la vida cristiana, como hemos venido reflexionando en estos días. Esas virtudes y valores que nos pedía ayer el apóstol para responder a esa vocación a la que habíamos sido convocados, humildad, amabilidad, comprensión, aceptación mutua y respetuosa, amor, unidad... ‘hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud’. Es la meta a alcanzar y para ello no nos faltará su gracia.
No siempre fácil, porque nos vemos zarandeados por las tentaciones. Pero tenemos la fortaleza del Señor ‘para que ya no seamos como niños, sacudidos por las olas y llevados al retortero por todo viento de doctrina...’ Por eso, como hemos escuchado en el Evangelio hemos de buscar la manera de dar fruto. Nos ha hablado Jesús del hombre que viene a buscar fruto a su higuera, quiere cortarla porque no da fruto, pero el viñador le ruega: ‘Déjala todavía... yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto’. Es la paciencia de Dios que siempre está esperando nuestro fruto y nos acompaña con su gracia. Es la respuesta de conversión que nosotros hemos de dar. ‘Os digo que si no os convertís, todos pereceréis lo mismo’, que dice Jesús en referencia a aquellos sucesos acaecidos en Jerusalén a los que hace referencia el Evangelio de hoy.
Nos ayuda a ello, y es una gracia del Señor, el sentirnos unidos en comunión los unos con los otros. La santidad de cada uno ayuda a la santidad de los demás. El apóstol nos hace la comparación con el cuerpo que tiene muchos miembros, pero que cada uno tiene su función. Cristo es la Cabeza y nosotros somos los miembros y como nos dice: ‘el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte, se procura el crecimiento de todo el cuerpo, para la construcción de sí mismo en el amor’.
Así mutuamente nos ayudamos. Porque como nos dice ‘a unos a constituido, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo’.
Cada uno tenemos nuestro lugar, nuestra función, nuestro ministerio y nuestro servicio. Y no son sólo los que tienen una vocación a un servicio especial, sino que cada uno en ese lugar que ocupa en la vida, que es también llamada y vocación si lo miramos con fe; será los padres en la familia en su función de cada al hogar y los hijos, o será el que desempeña un trabajo, sea cual sea; sea el que desempeña una función pública de servicio a la comunidad, o sea cualquiera que aunque por sus años ya no desempeñe un trabajo especial, sin embargo todos con nuestra vida estamos contribuyendo a ese crecimiento del cuerpo, que es la Iglesia.
Pensemos cómo con nuestra santidad personal estamos haciendo crecer la santidad de la Iglesia. Y para ello no nos faltará nunca la gracia del Señor. para que así en todas las cosas siempre podamos dar gloria al Señor.

viernes, 24 de octubre de 2008

Andad como pide la vocación a la que habéis sido convocados

Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 54-59

Ayer pedía san Pablo un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Hoy nos dice más cosas concretas, porque esa fe y esa vida cristiana tiene que traducirse en unas actitudes nuevas, en un estilo de vida distinto, una nueva manera de vivir.
Nos dice el apóstol que andemos como pide la vocación a la que hemos sido convocados. Y nos lo repite dos veces. ‘Os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados... como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’, repite.
¿Cuál es esa vocación y cuál es esa meta? Convocados, tenemos que decir, a ser Asamblea santa. ¿Sabéis lo que significa la palabra Iglesia? Los que han sido convocados a la asamblea, la asamblea convocada. Y nosotros somos Iglesia. Nos ha convocado, nos ha llamado el Señor a una vida nueva y a una salvación que El nos ofrece.
Esa es nuestra meta. Esa es nuestra esperanza. Esa es nuestra vocación. Esa es, entonces, nuestra nueva manera de vivir. Por eso decimos que los cristianos tenemos que vivir en comunión los unos con los otros, vivir en comunidad.
Por eso nos habla de humildad, de amabilidad, de comprensión, de amor y aceptación mutua, de unidad, de paz. ‘Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un programa, un proyecto de vida. Es ese nuevo estilo de nuestro vivir.
Ojalá fuéramos capaces de hacerlo vida en nosotros. El vínculo de la paz. Para saber tratarnos y relacionarnos. Para saber aceptarnos y entendernos – sobrellevarnos no es simplemente aguantarnos, sino aceptanos y respetarnos desde el amor -. Para amarnos de verdad como miembros de una misma comunidad, de una misma familia.
El Evangelio de hoy nos ha hablado precisamente de esa paz que tenemos que saber buscar siempre entre nosotros evitando pleitos y enfrentamientos. Y es que el enfrentamiento siempre producirá una ruptura que luego costará mucho reconstruir. ‘Con el que te pone pleito, haz lo posible por llegar a un acuerdo con él...’ nos ha dicho Jesús en el Evangelio.
Una razón para ello es la vocación a la que hemos sido llamados, como ya hemos mencionado. Otra razón grande e importante es la unidad de la fe en el misma Señor y Padre, el Bautismo recibido, el Espíritu Santo que nos une. ‘Un solo cuerpo y un solo Espíritu... Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo’. Creemos en el mismo Dios que es nuestro Padre. Nos une la fuerza el Espíritu que es el que crea en nosotros unidad. Y para eso hemos recibido un Bautismo, el mismo Bautismo que nos une a todos para formar todos esa misma y única familia.
Sigamos pidiendo al Señor que nos conceda su Espíritu de amor. Que se derrame sobre nosotros, que invada nuestro corazón.

jueves, 23 de octubre de 2008

Así llegaréis a vuestra plenitud según la plenitud total de Dios

Ef. 3, 14-21
Sal. 32
Lc. 12, 49-53

Cuando esta mañana era proclamada esta lectura de la carta a los Efesios (3, 14-21), antes de que el lector pudiera decir palabra de Dios para la proclamación final, ya la asamblea de los que estaban participando dijeron todos a una ‘¡Amén!’ ¿Qué había pasado? ¿Se habían equivocado rutinariamente porque pensaban que aquello era la oración litúrgica? En cierto modo, sí, y en cierto modo, no. Me explico, no era la oración litúrgica, pero lo que realmente se había leído era una oración que además tenía una conclusión semejante a la de la oración litúrgica. De ahí esa espontaneidad de la aclamación con el Amén de toda la asamblea.
Efectivamente este texto hoy proclamado es la oración que Pablo hace por la comunidad de Éfeso. ¿Qué es lo que pide? Un crecimiento en la fe y en la vida cristiana. Quizá acostumbrados en nuestras oraciones personales a pedir por cosas concretas, problemas, personas que conocemos, enfermos, difuntos, etc. nos podría parecer extraño que no sea eso lo que se pida, sino ese crecimiento en la fe, como decimos. Y es que es algo que tenemos que saber pedir en nuestra oración.
La fe no es como una marca externa, un pins que nos pongamos como una señal en nuestro exterior. Ya sabemos que la fe es algo que tiene que envolver y marcar hondamente toda nuestra vida. Pero no es algo que se realice de un momento para otro. Por eso, es un camino, un proceso en crecimiento que tiene que haber en nuestra vida. Una respuesta, es cierto, que damos a todo el amor que el Señor nos tiene, pero como todo lo humano esa respuesta será una transformación que paso a paso iremos dando en nuestra vida.
Una respuesta que damos con seguridad y fortaleza. Que hemos de dar con toda seguridad y que hemos de hacerlo con alegría. La alegría de creer, de sentirnos seguros en Aquel de quien nos fiamos, a quien nos confiamos, a quien queremos seguir, por quien queremos hacerlo todo. Una fe proclamada así con toda ese certeza y seguridad frente a las tentaciones y peligros que podamos que ir encontrando.
Una fe que nos hace irnos llenando de Dios día a día. Lo hemos reflexionado muchas veces, como Dios quiere habitar en nosotros y nosotros en Dios. Porque no es ponerlo simplemente a nuestro lado, es meterlo en nuestra vida y nosotros meternos en El, empaparnos de Dios. Porque Dios está con nosotros, en nosotros, y no nos falla nunca.
Una fe que nos irá transformando para que demos frutos. Es lo que nos pide el Señor. Que demos frutos en abundancia. Y esos frutos se ven en el amor. El amor que será entonces nuestra razón de ser, nuestra manera de actuar, lo que vaya haciendo resplandecer nuestra vida.
Así, al unirnos a Cristo, llenanos de su vida, dejarnos inundar por su amor, iremos configurando nuestra personalidad cristiana. Porque ya entonces seremos distintos. Algo nos diferencia en esa fe y en ese amor. Nos hemos configurado con Cristo y nuestro vivir es el vivir a Cristo, es Cristo que vive en mí.
Nos sentiremos felices. Nos sentiremos llevados a la plenitud de nuestro ser. Porque la fe nunca nos anula, sino todo lo contrario, nos eleva, nos hace más grandes, nos da mayor plenitud, nos inunda de felicidad porque nos veremos realizados totalmente en una vida nueva. Como dice el Apóstol ‘así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Es la oración que Pablo ha hecho por la comunidad de Éfeso. Recordémosla y entendámoslo ahora tras esta explicación. ‘Os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento... comprendiendo lo que trasciende toda filosofía: el amor cristiano. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios’.
Que esta sea también nuestra oración para ese crecimiento de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Para que así nos sintamos transformados. Para que así lleguemos a esa plenitud de nuestro ser en Dios. Para que así también podamos glorificar al Señor. ‘A El la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, de edad en edad. Amén’.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio

Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio
Ef. 3, 2-12
Salmo: Is 12, 2-6
Lc. 12. 39-48

‘Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación’, hemos dicho con el salmo responsorial. ¿Dónde encontramos esa fuente de Salvación? Tenemos que decir que en Cristo. El es la fuente de la Sabiduría, la fuente de la vida, la fuente de la salvación. ‘Anunciar a los gentiles la riqueza insondable que es Cristo’, decía san Pablo en la carta a los Efesios.
‘Misterio de Cristo... que ha sido revelado ahora por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas’. Misterio de Cristo que no sólo nos revela el misterio de Dios, sino que nos revela también el misterio del hombre, el sentido del hombre, lo que tiene que ser la vida del hombre.
Ante la escucha del Evangelio que hoy nos ha sido proclamado quizá tendríamos que preguntarnos. ¿En qué sentido nos tomamos la vida? De diferentes maneras en el Evangelio y en distintos momentos Jesús nos habla de la responsabilidad y de la seriedad con que hemos de tomarnos la vida. Nos propone por ejemplo la parábola de los talentos que tantas veces hemos escuchado y reflexionado del que se fue de viaje y dejó diferentes talentos a sus empleados para que los negociaran y sacaran rendimiento; o la parábola que hemos escuchado hace pocos domingos del viñador que tras preparar su viña la confió a unos labradores para que la trabajaran.
En el evangelio escuchado ayer y hoy nos habla del servidor que espera la vuelta de su amo a casa: ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas; vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga y llame’. O nos habla del dueño de casa vigilante para que el ladrón no le entre a robar: ‘Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete’. O del administrador fiel y solícito que ha de cuidar de los bienes de su amo y del cuidado de sus cosas: ‘¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?’ Y nos advierte: ‘Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre’.
Vigilancia, responsabilidad, atención, servicio. Es un don que Dios ha puesto en nuestras manos a nuestro cuidado. Con responsabilidad hemos de aceptar ese don que Dios nos ha dado, que es nuestra vida con todos los talentos y cualidades que le acompañan. Vigilancia para no perder ese don, para no dañarlo. Atentos y responsables para el desarrollo de todos esos talentos, de todas esas cualidades de las que Dios me dotó. Atentos porque además no es un don sólo para nosotros mismos, sino que tiene que redundar también en beneficio de los demás, de ese mundo y de esa sociedad en la que vivimos, porque nunca podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Ese don de la vida que no sólo es nuestra vida humana, sino que también es esa vida divina de la gracia que nos regaló desde nuestro Bautismo gracias a la muerte de Jesucristo. Y ¡cómo hemos de cuidar esa vida de gracia! ¡Cómo hemos de protegerla, porque como nos dice san Pedro en sus cartas, el maligno, como león rugiente, está rondando para hacernos perecer!
Hoy termina diciéndonos Jesús en el Evangelio: ‘Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’. Vigilancia, pues, responsabilidad, atención, servicio. Y siempre dando gracias a Dios por cuánto nos ha dado.

martes, 21 de octubre de 2008

Ciudadanos del nuevo pueblo de Dios y templo consagrado al Señor

Ef. 2, 12-22
Sal. 84
Lc. 12, 35-38

La carta que san Pablo dirige a los cristianos de Efeso que estamos ahora leyendo de forma continuada es una carta en la que habla a unos cristianos provenientes en su mayoría de la gentilidad aunque también los hay procedentes del judaísmo. Lo comprobemos perfectamente en lo que hoy escuchamos. ‘Erais extranjeros a la ciudadanía de Israel y ajenos a las instituciones portadoras de la promesa’.
Y ahí está ahora el mensaje central que nos quiere trasmitir el apóstol. Por la fe en Jesús ahora todos formamos un solo pueblo. La sangre de Cristo nos ha unido ‘derribando con su cuerpo el muro que los separaba’. ¿Qué es lo que los ha unido para formar un solo pueblo, un solo cuerpo? La cruz de Cristo, su sangre derramada.
Ahora nos viene a decir todos los que creen en Jesús son un hombre nuevo. ‘Cristo es nuestra paz’. Cristo nos ha venido a reconciliar, ‘para crear en él un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte en él, al odio’.
Por supuesto que todo esto que estamos reflexionando con el texto de la Carta a los Efesios nos vale para todos, nos vale para esa vida nueva que todos los que creemos en Jesús tenemos que vivir. Por una parte es un nuevo estilo de vivir el que nosotros hemos de tener. Cristo vino para desterrar el odio de nuestra vida, para llenarnos del amor. No podemos retroceder de nuevo al hombre viejo del odio y del pecado cuando Cristo nos ha redimido y nos ha reconciliado.
Tenemos que ser ya el hombre nuevo del amor. ¿Por qué entonces seguir permitiendo que tantas veces nuestro corazón siga lleno de rencores y de envidias, de orgullos y de violencias? Esto tiene que ya estar desterrado para siempre de nuestra vida. Cristo ‘vino y trajo la noticia de la paz’, la paz para todos.
Pero sigue diciéndonos cosas hermosas el apóstol. Hay una nueva ciudadanía en nosotros, una nueva dignidad, una nueva forma de mirarnos los unos a los otros, una nueva forma de acercarnos al Señor. ‘Unos y otros podemos acercanos al Padre con un mismo Espíritu’, nos dice. ‘Sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Un nuevo pueblo ha nacido con Cristo y somos ciudadanos de ese pueblo. Ya no somos ni extranjeros ni forasteros. No somos unos extraños los unos para los otros porque formamos parte del mismo pueblo, de la misma comunidad.
Una nueva familia se ha formado a partir de la sangre derramada de Cristo a la que entramos a formar parte desde nuestro bautismo. Somos miembros de la familia de Dios. Recordamos ‘¿quiénes son mi madre y mis hermanos y mi familia?... los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Somos nosotros ya esa familia desde el Bautismo. Escuchemos esa Palabra y llevémosla a la vida.
Pero algo más nos dice. Somos edificio de Dios. Edificio fundamentado ‘en el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Cristo es ya el centro de nuestra vida. Unidos a El formamos todos ese edificio que es templo y que es morada de Dios. ‘Por El todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por El también vosotros os vais integrando en la construcción, para ser morada de Dios por el Espíritu’.
Recordemos nuestro bautismo. Recordemos la unción bautismal que nos ha consagrado para ser esa morada de Dios, para ser ese templo del Espíritu. Con nuestros cuerpos, con toda nuestra vida hemos, pues, de ofrecer un sacrificio agradable al Señor. Toda nuestra vida se hace ofrenda, se hace sacrificio unido al de Cristo, se hace acción de gracias, se hace alabanza para la gloria del Señor.
Es hermoso el mensaje. ¿Somos conscientes de ello? ¿Lo vivimos?

lunes, 20 de octubre de 2008

La verdadera riqueza de nuestra vida

Ef. 2, 1-16
Sal. 99
Lc. 12, 13-21

‘Así es el que amasa riquezas para sí y no es rico para Dios’. Es la conclusión de la parábola que Jesús propuso. Y ante ello quizá hemos de preguntarnos ¿cuál es la riqueza verdadera que yo busco y por la que yo me afano?
Ya sabemos el evangelio. Alguien que se acerca a Jesús pidiendo que medio en un pleito familiar de herencias. La respuesta de Jesús. ‘Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y es entonces cuando les propone la parábola que escuchamos en el evangelio del hombre que ante una gran cosecha, agranda sus bodegas y graneros piense que ya tiene para vivir y disfrutar, pero esa misma noche muere. ‘Lo que has acumulado ¿de quién será?'
Por eso la pregunta que nos hacíamos al principio. Porque es la tentación fácil que todos podemos tener. Si yo fuera rico... si me sacara la lotería... si tuviera suerte... y nos prometemos tantas cosas que haríamos si tuviéramos ese dinero. Andamos agobiados en la vida. Es cierto que tenemos unas necesidades y merecemos todos una vida digna. Pudiera ser que tuviéramos graves problemas por obras que emprendamos o por necesidades en las que nos veamos envueltos. Pero, ¿merece la pena perder la paz? ¿No habrá algo más que pueda en verdad llenar mi vida? ¿No tendremos quizá un cierto apego en nuestro corazón a los bienes o riquezas materiales olvidándonos de algo más importante?
Por eso tendríamos que preocuparnos por procurar la verdadera riqueza de la persona. Que no está en las cosas, que está en lo que realmente somos. Vivimos demasiado envueltos en esa cultura del tener, pero que descubrir que lo verdaderamente importa es el ser. Hay otros valores más importantes. Lo que verdaderamente hará rica a nuestra persona y es lo que tenemos que cultivar. Unos valores de la persona, unos valores espirituales.
Amor, responsabilidad, generosidad, libertad, sensatez, respeto, comprensión y perdón, paz en el espíritu, amor a la justicia, sinceridad y verdad... podríamos hacer una hermosa lista. Es lo que verdaderamente tenemos que cultivar. Es lo que nos dará profundidad a nuestra vida. Cultivemos nuestro espíritu y tengamos una espiritualidad. Y no olvidemos la presencia de Dios en nuestra vida, la fe y nuestra relación con Dios. Valores del espíritu que nos trascienden, que nos hacen mirar más allá, más alto, con más profundidad.
San Pablo en la carta a los efesios que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de ‘Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó... así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su bondad para con nosotros en Cristo Jesús...’ La riqueza del amor de Dios, de sentirnos amados de Dios. Algo que nos eleva y que nos da un sentido nuevo. Algo que nos llena de la alegría y de la satisfacción más honda.
Y cuando vivimos todo eso nuestra vida se siente verdaderamente llena y henchida, porque nos sentimos llenos de Dios. Y es Dios el que nos da las satisfacciones más hondas, más permanentes. Es en Dios donde encontramos la fuerza, el motor para vivir todos esos valores. Será el que nos haga mirar entonces esos bienes materiales que necesitamos poseer para cubrir esas nuestras necesidades de un modo distinto. Ya no se nos apegará el corazón a lo material. Por eso es importante lo que decíamos de ese cultivo de una espiritualidad.
Recordemos que Jesús llama en el evangelio dichosos a los pobres en el espíritu, mientras previene a los ricos que amasan riquezas de que esos apegos del corazón lo que hacen es arrastrarnos cada vez más abajo en la vida. ‘A los hambrientos colmó de bienes y a los ricos despidió vacíos’, cantaba María en el Magnificat. Si llevamos los bolsillos de la vida llenos del peso de las cosas materiales no tendremos la agilidad suficiente para nuestro caminar con libertad, mientras si los llevamos repletos de valores del espíritu volaremos en las alas de la generosidad y del amor.

domingo, 19 de octubre de 2008

Constructores solidarios de un mundo mejor

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Ts. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21

Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.

sábado, 18 de octubre de 2008

La Buena Nueva del amor de Jesús a los pobres (San Lucas)

2Tim. 4, 9-17
Sal. 144
Lc. 10, 1-9

‘Designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó por delante, de dos en dos... Pones en camino... cuando entréis en una casa, decid primero: Paz a esta casa... curad a los enfermos que haya, y decid: Está cerca el Reino de Dios...’
Es la misión de los enviados. Anunciar la Buena Nueva de que el Reino de Dios está cerca. Mensajeros del Evangelio, evangelizadores, evangelistas. Al final, antes de la Ascensión, serán enviados también para ser ‘mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra...’ Misión de todo creyente en Jesús que se convierte en testigo, en un enviado a evangelizar, a anunciar el Evangelio.
Hoy estamos celebrando a un Evangelista, Lucas. De origen pagano y probablemente de Antioquia, se convirtió a la fe, acompañó a san Pablo en alguno de sus viajes, y que se convierte en evangelizador, en evangelista que nos ha trasmitido el Evangelio que lleva su nombre.
No conoció a Jesús y sin embargo nos trasmite su evangelio lleno de detalles de la vida de Jesús, que incluso algunos que los otros evangelistas no nos trasmiten. Pero quiso conocer a fondo a Jesús e investigó. Como dice él mismo en el principio de su evangelio ‘me ha parecido también a mí, después de haber investigado cuidadosamente todo lo sucedido desde el principio, escribirte una exposición detallada para que llegues a comprender la autenticidad de las enseñanzas que has recibido’.
Como decíamos en la oración litúrgica, ‘elegiste a san Lucas para que nos revelara con su predicación y sus escritos tu amor a los pobres...’ Con todo detalle insiste el evangelista esa cercanía de Jesús a los pobres y a los que sufren, a los marginados y a los pecadores. Ya, cuando nos presenta a Jesús en la Sinagoga de Nazaret se nos habla de ese evangelio que se ha de anunciar a los pobres. ‘El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres...’ Y así lo veremos a través de todo el evangelio.
Evangelio de la misericordia, del perdón, de la paz y de la alegría. Las más bellas parábolas de la misericordia y del amor de Dios, como la del hijo pródigo, los gestos más sorprendentes de cercanía a los pobres y a los marginados, las más hermosas muestras del amor que se hace perdón – la mujer pecadora que llora a sus pies, la mirada de amor a Pedro tras la negación o la promesa del paraíso al ladrón arrepentido en la cruz -, la paz y la alegría que va repartiendo con su presencia – desde el anuncio invitando a la alegría por la llegada de la paz a los hombres de buena voluntad en su nacimiento o como hemos visto hoy mismo su mandato de llevar la paz anunciando el evangelio – y tantos otros momentos que sería bueno repasar en las páginas del evangelio.
Pero todo ello se ha de traducir luego en un nuevo estilo de vivir. Por eso, en los Hechos de los Apóstoles estaremos viendo la imagen que nos da Lucas de lo que han de vivir los que cree en Jesús. Es la descripción que nos hace de las primeras comunidades de Jerusalén. ‘Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común... en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo, y nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común...’ Todos se admiraban de ese nuevo modo de vivir y de cómo se amaban y con ese testimonio se convertían a la vez en anunciadores del Evangelio.
Es lo que también hemos pedido en la oración litúrgica, ‘Concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’.
Pero hemos de hacernos una consideración. Si al contemplar la obra y la figura de un evangelista, sentimos al mismo tiempo la urgencia de que nosotros hemos de ser también evangelizadores, porque a la larga esa es la misión que Cristo nos ha confiado, creo que antes tendríamos que saber hacer como Lucas. Nos pudo hablar con tanto conocimiento y tanto detalle y profundidad de Jesús y del Evangelio, porque antes se había preocupado de conocer a Jesús, como ya vimos.
Que nosotros también cada día más queramos crecer en ese conocimiento de Jesús, Que nosotros cada día más tengamos también esas ansias de empaparnos del Evangelio, y lo leamos, los reflexiones, no oremos para llenarnos verdaderamente de El y así podamos convertirnos en verdaderos evangelistas, evangelizadores, para los demás.
‘Que el Señor nos dé fortaleza para confesar con fe el Evangelio que san Lucas nos predicó’.

viernes, 17 de octubre de 2008

Trigo de Cristo soy (San Ignacio de Antioquia)

Filp. 3, 17-4,1
Sal. 33
Jn. 12, 24-26

‘Nosotros, por lo contrario, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo...’ Ciudadanos del cielo y tan aferrados como estamos a la tierra. Ciudadanos del cielo y que poca trascendencia le damos a la vida, a lo que hacemos. Ciudadanos del cielo y sólo pensamos en nuestros disfrutes humanos y caducos.
La celebración de los santos, como San Ignacio de Antioquia que hoy estamos celebrando, nos lo recuerda. Su ejemplo y testimonio tendría que hacernos despertar.
Es cierto que vivimos en este mundo, y aquí tenemos una obra que realizar, porque Dios nos lo ha puesto en nuestras manos. Y tenemos que vivir con responsabilidad esta etapa de nuestra vida terrena. Pero, ¿dónde está nuestra meta? ¿dónde podremos alcanzar la verdadera plenitud?
Hoy el evangelio nos ha dicho dos cosas hermosas. ‘Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero su muere, da mucho fruto’. Es la entrega con que hemos de vivir nuestra vida. Es el amor que hemos de poner en lo que hacemos y vivimos. Es el amor el que va a dar verdadera fecundidad a nuestra vida. No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.
Por eso nos decía Jesús a continuación: ‘El que ama su vida la perderá; pero el que gasta su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna’. Gastemos nuestra vida en el amor, en el darnos por los demás, en la responsabilidad con que vivimos nuestra existencia, no pensando sólo en una ganancia material. Guardemos nuestra vida para la vida eterna, gastándola por el amor de Dios y a los demás.
Como decía antes, los santos son ejemplo y estímulo. San Ignacio de Antioquia, al que hoy celebramos, fue el segundo obispo de aquella Iglesia después de san Pedro. Fueron tiempos de persecuciones y era llevado preso a Roma porque había sido condenado a morir en las fieras. En el largo recorrido desde Antioquia a Roma, pasó por diversas Iglesias de Asia Menor, y fue dejando una serie de cartas que les dirigía a aquellas Iglesia que conservamos como un testimonio muy hermoso de lo que era la vida de aquellas primeras comunidades cristianas.
En la carta que dirigió a los cristianos de Roma a donde había que llegar les dice cosas muy hermosas de cómo veía él su muerte. No quería que hicieran nada para impedirle el martirio. ‘Permitid que imite la pasión de mi Dios’, les decía. ‘No quiero vivir ya la vida terrena... rogad por mí para que llegue a la meta’.
Es hermoso cómo desea el martirio. No es que desee la muerte por la muerte, por así decirlo, para acabar esta vida de sufrimientos. El quiere unirse a la pasión de Cristo, como ya vimos. Y nos dice algo hermoso. ‘Trigo de Cristo soy: seré molido por los dientes de las fieras a fin de llegar a ser pan de Cristo’. Verdaderamente sublime la espiritualidad de San Ignacio de Antioquia. Por eso decía: ‘Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios’.
¿Dónde encuentra su fuerza para esta donación tan excelsa que hace de sí mismo? ‘Lo que deseo es el Pan de Dios, que es la Carne de Jesucristo... y la bebida de su Sangre, que es la caridad incorruptible...’ En Cristo encuentra su fuerza y su alimento. En Cristo encuentra la capacidad de ese amor sin límites.
Estamos celebrando la Eucaristía. Estamos queriendo alimentarnos también nosotros de Cristo, para que así se fortalezca nuestro amor. ¡Con qué deseos tendríamos que venir cada día a la celebración de la Eucaristía! ¡Con qué intensidad tendríamos que vivirla para alimentarnos de Cristo! No seremos molidos por los dientes de las fieras, pero sí podemos hacer nosotros esa ofrenda de nuestra vida, de lo que somos, de nuestros sufrimientos, de todo nuestro amor.
Caminemos hacia la meta donde tenemos la patria definitiva.

jueves, 16 de octubre de 2008

Unas bendiciones de Dios para cantar la mejor alabanza y bendición

Efes. 1, 1-10
Sal. 97
Lc. 11, 47-54

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’
Hemos comenzado a leer en la lectura continuada la carta de San Pablo a los cristianos de Éfeso, que continuaremos durante un par de semanas. Una comunidad donde Pablo había anunciado el evangelio y en la que había permanecido durantes largas temporadas, y en la que finalmente dejaría a su discípulo Timoteo como Obispo de aquella comunidad. Una ciudad importante en el Asia Menor, de gran riqueza y de gran sabiduría. Pero lo que nos importa ahora es la Sabiduría divina que se nos manifiesta en la carta del Apóstol.
Tras los saludos iniciales – ‘la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo’ - el apóstol entona un cántico de bendición a Dios, por todas las bendiciones que de El hemos recibido en Cristo y que todo ha de redundar al mismo tiempo desde la respuesta de nuestra vida en alabanza de nuevo al Señor. ‘Con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales...’ dice el apóstol.
Y como nos dice a continuación es que ‘en la persona de Cristo nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables... nos ha destinado a ser sus hijos... y por este Hijo, por su sangre, hemos recibido la redención, el perdón de los pecados... dándonos a conocer el Misterio de su voluntad...’ y ¿cuál era el proyecto de Dios para nosotros? ‘Cuando llegase el momento culminante recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra’.
Cristo es el centro de todo. De El todo lo recibimos, y con El todo tiene que ser para la gloria de Dios. ‘Redunde en alabanza suya’. Tenemos que pensar en todo lo que en Cristo recibimos y al mismo tiempo a lo que estamos llamados y destinados. El perdón y la redención. Ser hijos de Dios. Vivir una vida santa e irreprochable.
Pero ¿por qué todo eso? ¿Por merecimiento nuestro? No, por el puro amor de Dios. Desde siempre – ‘antes de crear el mundo’ -, ‘por pura iniciativa suya’, por su sangre derramada, por el amor que nos tiene nos regala Dios con tantas bendiciones. ‘El tesoro de su gracia , sabiduría y prudencia ha sido un derroche para nosotros...’ ¿No es justo, entonces, que nosotros respondamos bendiciendo y alabando a Dios?
Un texto, este cántico del principio de la carta a los Efesios, que nos daría para largas y hondas reflexiones. Aquí sólo quedan apuntadas las líneas de fuerza del texto. Nos quedaría para nuestra reflexión personal ver todas esas bendiciones y gracias con las que el Señor ha adornado nuestra vida. Verlo de una forma concreta en nuestra historia personal. Y al ir desgranando en nuestro pensamiento y en nuestro corazón cada una de esas gracias del Señor, hacer que surja esa alabanza, esa bendición y esa acción de gracias a Dios, que nos quiere hijos, que nos quiere puros y limpios de pecados, que nos quiere santos.
Todo siempre para la gloria del Señor. Si en Cristo hemos recibido todas esas bendiciones, Cristo tiene que ser entonces el centro de nuestra vida y de nuestra historia. Por eso lo llamamos el Señor, lo proclamamos el Reino del hombre y del universo.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Una meta alta: el camino de la perfección y la santidad

Eclesiástico, 15, 1-6
Sal. 88
Mt. 11, 25-30

¿Cuáles son las metas que tenemos en nuestra vida como cristianos? ¿Cuál es la meta que nos ha propuesto Jesús en el evangelio? Podemos decir que Jesús nos propone metas muy altas. No quiere que nos quedemos en la mediocridad sino que nos enseña a mirar bien alto.
Sed santos, como Dios es santo, nos dice. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto. Nos lo repite en el sermón del monte y a través de todo el evangelio. Quiere de nosotros un amor, pero no un amor cualquiera, sino que amemos como El nos ha amado. Y ya sabemos la altura y profundidad de su amor. Porque nadie ama más que aquel que da la vida por el amado. Y es lo que hizo Jesús.
Por eso, ser cristiano, seguir a Jesús, como decíamos antes, no es cuestión de simplemente dejarnos llevar, o de andar con mezquindades. Tal es así que nos dirá que con El o contra El, porque el que no recoge conmigo desparrama. Entonces, cuando seguimos a Jesús lo que queremos hacer es seguir sus pasos. Ya sabemos como tenemos que configurarnos con El, para ser una cosa con El, para que su vida sea nuestra vida.
Cristo es el camino que nos lleva al Padre. Cristo es la verdad que nos revela el misterio de Dios. Cristo es la vida que tenemos que vivir. Cuando Jesús les dijo eso a los discípulos algunos no terminaban de entender y todavía andaban preguntando que como podían ir al Padre si no conocían el camino. Es entonces cuando Jesús les dice que quien le ve a El está viendo al Padre. Nadie va al Padre sino por mí.
Es Jesús el que nos revela el misterio de Dios. Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, hemos escuchado hoy en el evangelio. Y a eso ha venido El, a enseñarnos el camino, a ir delante de nosotros, a ir a nuestro lado, a dejarnos su Espíritu para que podamos conocer la verdad plena de Dios.
Un camino de ascesis tiene que vivir el cristiano. Un camino de superación, de crecimiento, de purificación de sí mismo y de todo tipo de pecado. Un camino que nos lleva a la contemplación del misterio de Dios para alcanzar la Sabiduría de Dios. Un camino que tiene que concluir en una unión íntima y profunda con Dios, sintiendo cómo Dios habita en nosotros y nosotros en El, como hemos escuchado tantas veces en el Evangelio. Vendremos a él y haremos morada en él, nos dice Jesús.
Hoy celebramos a Santa Teresa de Jesús, que hizo ese recorrido y llegó a una altura y profundidad de vida espiritual en grado místico. Ella sí que experimentó, y de qué manera, como Dios habitaba en ella y ella en Dios. No fue fácil el camino de Santa Teresa. Noches oscuras y de desierto tuvo que pasar largos años de su vida hasta que fue logrando esa purificación interior para dejar que Dios habitara en ella. Pero con la gracia del Señor pudo recorrerlo y alcanzar ese grado altísimo de la vida mística. No fue sólo su recia voluntad – era una mujer fuerte y recia – sino que fundamentalmente supo dejarse conducir por el Espíritu del Señor.
Para nosotros es estímulo y ejemplo, como siempre lo es la vida de los santos. Ya lo hemos comentado tantas veces que en ellos tenemos que ver ese ejemplo del camino de santidad que nosotros hemos de seguir. Y si algo tenemos que pedirles es que intercedan por nosotros para que logremos alcanzar esa santidad. Es lo primero y fundamental de nuestra vida, aunque muchas veces andemos preocupados por otros problemas y necesidades. 'Buscad el reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura...' Pero nosotros queremos que primero nos den las añadiduras.
Teresa de Jesús nos enseña ese camino de la perfección. En la oración litúrgica eso hemos pedido. ‘Suscitaste a santa Teresa por inspiración del Espíritu Santo... para mostrar a la Iglesia un camino de perfección...’ Que se encienda entonces en nosotros ‘el deseo de la verdadera santidad’.
Que aprendamos de ella a hacer de nosotros esa ofrenda de nosotros mismos como ella supo hacerlo. Es lo que pediremos en la oración de las ofrendas. No ofrecemos cosas a Dios, nos ofrecemos a nosotros mismos. Esa ofrenda que es sacrificio cuando en tantas cosas tenemos que superarnos, cuando en tanto tenemos que poner todo el amor de nuestra vida.
Y finalmente que en la santidad de nuestra vida aspiremos a cantar en todo momento las misericordias del Señor.

martes, 14 de octubre de 2008

Una rica espiritualidad dentro del corazón

Gal. 5, 1-6
Sal. 118
Lc. 11, 37-41

¿Qué es lo que realmente tenemos dentro de nuestro corazón? Ya se dice que de lo que abunda en el corazón rebosa nuestra boca. Por eso es importante saber lo que realmente hay en lo más hondo de nosotros, porque además eso se reflejará en las actitudes y comportamientos de nuestra vida.
‘Un fariseo lo invitó a comer a su casa’, nos dice el Evangelio hoy. Pero allí estaban pendientes de lo que Jesús hacía o no hacía. ‘El fariseo se sorprendió de que Jesús no se lavara la manos antes de comer’. No era sólo la higiene lo que le preocupaba. Era su ritualismo. Continuamente se estaban restregando las manos. Podían haberse contaminado si hubieran tocado algo que fuera impuro. Como si la impureza o la maldad entrara de fuera y no la tuviéramos en el corazón.
Jesús conocía sus pensamientos. ‘Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, mientras por dentro rebosáis de robos y maldades’. Queda bien descrito. Eran muy estrictos en el cumplimiento de la letra de la ley. Pero les faltaba alma. O más bien sobraba maldad en el corazón. Pagaban el diezmo hasta de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, les echaba en cara Jesús, ‘pero olvidáis, pasáis por alto el derecho y el amor de Dios’.
Todo lo cifraban en el cumplimiento estricto y a la letra de la ley, pero faltaba lo más importante en el corazón. ¿Dónde ponían la salvación? ¿en las obras que hicieran o en la gracia del Señor? Es el Señor el que nos salva. Es cierto que tenemos que responder con las obras de nuestra vida. Si el Señor nos ha salvado, hemos de vivir esa salvación; hemos de vivir de forma congruente conforme a esa salvación. Ya nos decía el apóstol Pablo ‘no os sometáis de nuevo al yugo de la esclavitud’.
‘La esperanza del perdón que aguardamos es obra del Espíritu, por medio de la fe...’
nos enseña san Pablo. Creemos y creemos en aquel que es nuestro Salvador. El Señor es el que nos salva. Es pura gracia, don, regalo fruto de la liberalidad del Señor, del amor que el Señor nos tiene. No son nuestros méritos, porque entonces no hubiera sido necesario que Cristo muriera por nosotros.
‘Lo único que cuenta es una fe activa en la práctica del amor’, termina diciéndonos hoy el apóstol. Fe activa. La fe no es una pasividad, un dejar hacer. La fe con la que respondemos al amor que el Señor nos tiene tiene que traducirse, reflejarse en las obras del amor. Es nuestra respuesta y nuestra vida que glorifica así al Señor.
Por eso, démosle hondura a las cosas que hacemos. Por eso es importante ver lo que tenemos en el corazón. Por eso tenemos que llenarnos del amor de Dios que es lo que nos dará la mayor hondura. Por eso ese enriquecimiento de nuestra espiritualidad. No podemos ser unas personas vacías, superficiales, a las que nos falte esa hondura de nuestra vida. Es lo que va a ser como nuestro motor, lo que le irá dando ese sentido y ese valor a todo lo que hacemos. Es la riqueza que tenemos en el corazón y con la que tenemos que enriquecer a los demás.
Por tanto nos es el cumplimiento ritual o a la letra de aquello que tengamos que hacer. Es algo más. Hay un peligro. Que nos contentemos con hacer las cosas, pero no dándole importancia a esa hondura de nuestra vida, a esa espiritualidad. Y nos puede pasar en muchos detalles de nuestra vida, desde el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones hasta la expresión de nuestra religiosidad y la participación en las celebraciones litúrgicas.
Algunas veces parece que estamos y no estamos. Hacemos las cosas ritualmente con toda perfección pero nuestra mente y nuestro corazón están lejos, estamos distraídos, no pensamos en lo que estamos haciendo. Nos pasa en la oración, nuestros labios van repitiendo una y otra vez las oraciones, pero ¿nuestro corazón estará orando? Vamos desarrollando con toda fidelidad el rito de la celebración, de la Misa o de cualquier otra celebración litúrgica, pero ¿nosotros estamos de verdad desde nuestro corazón en esa alabanza, en esa acción de gracias, en ese encuentro con el Señor?
Si estamos vacíos por dentro poco bueno podemos dar. Llenemos nuestro corazón de espiritualidad, dejémonos encontrar por el Señor, alabemos al Señor no solo con palabras sino con toda nuestra vida. No nos preocupemos sólo de limpiar la copa o el plato por fuera, sino que dentro esté no sólo limpio sino rebosante de una rica espiritualidad.

lunes, 13 de octubre de 2008

Para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado

Gál. 4, 22-23.26-27.31 – 5, 1
Sal. 112
Lc. 11, 29-32

‘Resumiendo, hermanos, no somos hijos de esclava, sino de la mujer libre...’ Así les dice san Pablo a los Gálatas. Ha hecho previamente la comparación entre el hijo de la mujer libre Ana y los de la esclava, Agar. Viene a compararnos la Antigua y la Nueva Alianza.
Nosotros somos los hijos de la Nueva Alianza. Porque ‘para vivir en libertad, Cristo nos ha liberado’, nos dice. Para eso Cristo vino como Salvador y murió por nosotros, para en su sangre derramada en la cruz establecer la Nueva Alianza, para darnos la libertad, la liberación de todos nuestros males y pecados.
Recordamos que cuando Jesús comenzó su vida pública, allá en la Sinagoga de Nazaret proclamó la profecía de Isaías que venía a ser como el programa de su vida. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la Buena Noticia a los pobres... para anunciar la liberación a los cautivos... la libertad a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor’. La liberación, la libertad, el año de gracia, la amnistía de todas las deudas y pecados.
A través de todo el evangelio lo vemos ir realizando multitud de signos, sus milagros, de esa liberación que quiere para nosotros. Y el gran signo, la gran muestra de su amor infinito por nosotros, fue su entrega a muerte en la Cruz como sacrificio para el perdón de nuestros pecados.
Pero nos previene el apóstol: ‘Por tanto, manteneos firmes, y no os sometáis de nuevo al yugo de los esclavos...’ No someternos de nuevo a la esclavitud, cuando ya hemos sido liberados. No volver de nuevo a la situación de pecado. No volver de nuevo a la esclavitud de nuestro capricho, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo, de nuestras pasiones, de nuestras violencias, de la maldad de nuestro corazón. Hemos de vivir liberados de una vez para siempre que para eso Cristo murió por nuestros pecados.
‘Líbranos de todo mal’, le pedimos tantas veces al Señor en nuestra oración. Como decimos en la oración litúrgica ‘líbranos de todos los males, Señor, y concédenos la paz en nuestros días, para que, ayudados por tu misericordia, vivamos siempre libres de todo pecado y protegidos de toda perturbación mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.
‘No endurezcáis vuestro corazón, escuchad la voz del Señor’,
hemos dicho con la antífona del Aleluya antes del Evangelio. No endurecer nuestro corazón. Tantas veces que volvemos al pecado dejándonos arrastrar por la tentación.
En el evangelio vemos una queja de Jesús contra la gente de su generación. No terminaban de escucharle y reconocerle y una y otra vez seguían pidiendo señales. No les bastaba la Palabra de Jesús. No les bastaba todos los signos y milagros que continuamente realizaba. ‘Pide un signo, pero no se les dará más signo que el de Jonás’.
¿Qué significaba? ¿cuál era ese signo al que Jesús se refería? Ya sabemos que Jonás recibió la misión del Señor de predicar en Nínive la conversión. Después de muchas turbulencias – no vamos a entrar en ello ahora - al final va a Nínive y predica la conversión. Y el pueblo se convirtió. Todos se vistieron de sayal y ceniza para convertir su corazón al Señor y merecieron así el perdón al castigo que merecían. Esa es la señal, Jonás fue escuchado y el pueblo se convirtió, y ¿no había ahora alguien que era más que Jonás?.
‘Cuando sea juzgada esta generación los hombres de Nínive se alzarán y harán que los condenen; porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’. Lo mismo les dirá de la Reina del Sur -¿la reina de Saba? – que vino a escuchar la Sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’.
Reconocer la Sabiduría de Jesús, de la Palabra viva de Dios. Reconocer en Jesús a quien es nuestra Salvación. ¿Acaso Jesús podrá tener esa misma queja de nosotros que no terminamos de creer con toda nuestra vida en El y convertirnos ante su Palabra? ¿No nos sucede que teniendo la Salvación que Jesús nos ha ganado y nos ofrece, endurecemos nuestro corazón y volvemos a la esclavitud del pecado?
Reconozcamos la salvación que Jesús nos ofrece y vivamos ya para siempre liberados de nuestro pecado.

domingo, 12 de octubre de 2008

¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial!

Isaías, 25, 6-10;
Sal. 22;
Filipenses 4, 12-14.19-20;
Mt. 22, 1-14

¡Hoy es día de fiesta, tendremos comida especial! Así pensamos y hacemos cuando tenemos algo especial que celebrar. La comida y el banquete es una categoría clave en nuestras relaciones humanas. Nos reunimos en torno a una mesa cuando queremos celebrar algo, cuando queremos alimentar nuestra amistad, realizar un reencuentro por un distanciamiento largo y difícil y hasta cuando queremos compartir una amargura o un problema. La comida es el mejor signo de comunión, manifiesta alegría y felicidad, y es expresión de solidaridad y de alianza.
Fue una de las señales mesiánicas prefiguradas por los profetas para anunciar esos tiempos nuevos y será una imagen repetida en el evangelio, tanto en los gestos y la vida de Jesús, como en sus parábolas y enseñanzas, hasta culminar en el gran signo definitivo y para siempre de su entrega y de su amor. Todos entendemos que hablamos de la Eucaristía.
El profeta nos ha hablado de esos tiempos nuevos en que se ‘preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, vinos de solera, manjares enjundiosos, vinos generosos’. Días de fiesta y alegría, días en que se ven colmadas todas las esperanzas, días en que desaparece para siempre el luto y el dolor, porque ‘aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’.
Y Jesús en el evangelio nos dirá que ‘el reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo y mandó a los criados a decir a los convidados... tengo preparado el banquete... todo está a punto. Venid a la boda...’ Luego ante el rechazo de los invitados a venir, ‘los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron... y la sala del banquete se llenó de comensales’.
Cristo que nos llama y nos invita al banquete de la vida. Todos estamos invitados. Y no es un banquete cualquiera. Por las señales que habían dado los profetas tenía que ser una fiesta grande. Y la comida que Cristo nos ha preparado es la gracia más hermosa. Motivo de fiesta y de alegría es nuestra fe y nuestro encuentro con Cristo. Tenemos que decir también: ‘Celebremos y gocemos con su salvación’.
Es Cristo mismo que se nos ofrece. Es Cristo mismo que viene a dar un sabor nuevo a nuestro mundo. Es Cristo mismo que quiere darle un sentido nuevo a nuestra vida, y qué mejor imagen que la del banquete para expresar la alegría de ese encuentro con él, pero para expresar también ese sentido nuevo de las cosas. Comunión, alegría, felicidad, solidaridad, alianza, dijimos antes que se expresaban muy bien cuando nos sentamos alrededor de una mesa para una comida.
Pero ya sabemos. Hubo invitados que no quisieron aceptar la invitación al banquete de bodas porque querían otra cosa para su vida. Tenían tantas cosas de las que ocuparse; había tantas cosas que consideraban más importantes para su vida; era otra cosa lo que preferían: sus tierras, sus negocios, su manera de vivir. Su rechazo incluso se convirtió en señal de muerte. ‘Echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos... envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad...’
Es el interrogante que se nos platea. Nosotros, ¿qué hacemos? Ante el Evangelio que Cristo nos ofrece, ante la salvación que os regala, ante el banquete de vida al que nos invita, ¿cuál es nuestra reacción y nuestra respuesta? Muy fácil es decir que nosotros sí respondemos y aceptamos la salvación que nos ofrece, pero tenemos que confrontarlo con la realidad de nuestra vida. Y tendríamos que preguntarnos por la alegría de nuestra fe, por el amor con el que llenamos nuestra vida, por las actitudes que tenemos hacia los otros, por la generosidad de nuestro corazón, por el amor y la defensa de la vida, de toda vida. Tendríamos que preguntarnos por el valor que le damos a la Eucaristía y a los sacramentos, por la atención que prestamos a su Palabra. Tendríamos que preguntarnos si de verdad nos preocupamos de vestirnos del traje de fiesta que nos exige para participar en su banquete.
Este es otro aspecto a tener en cuenta en la parábola que Jesús nos ofrece. ‘El rey reparó en uno que no llevaba el traje de fiesta y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?’ Todos entendemos que no se está refiriendo Jesús a trajes o vestiduras externas. Si fuera por las vestiduras externas de pobreza o calamidad, quizá, como nos diría el apóstol Santiago, habría que hacerle ocupar los primeros puestos y no los últimos.
Ese traje de fiesta del que nos quiere hablar Jesús en la parábola va más por las actitudes internas que pueda haber en nuestro corazón; va más por los adornos de amor, de generosidad con que hemos de revestir nuestro corazón; va más por esa pureza interior de un corazón limpio de pecado; va más por la santidad que ha de resplandecer en nuestra vida y que tenemos que esforzarnos en alcanzar. Un corazón que no le da cabida al amor, que no es generoso o que hace discriminación con el hermano, un corazón lleno de amargura o de rencor, orgulloso y engreído de sí mismo no es un corazón con traje de fiesta para participar en el banquete que nos ofrece el Señor.
Que el banquete al que estamos invitados nos llene de la verdadera alegría, transforme nuestro corazón, nos impulse a la verdadera solidaridad y comunión, nos haga sentir con deseos de superación, de crecimiento en la fe y en el amor, siembre en nosotros la esperanza de la salvación. Purifiquemos nuestro corazón para vestirnos del traje de fiesta. Que en verdad podamos decir con toda la certeza de nuestra fe: ‘Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación’, la mano del Señor está sobre nosotros.
Hoy es día de fiesta. Tenemos una comida especial: Cristo mismo se nos da como alimento y como vida.

sábado, 11 de octubre de 2008

Tus pensamientos y tus deseos son vida para mí

Gál. 3, 22-29
Sal. 104
Lc. 11, 27-28

‘¡Dichoso el vientre que te llevó los pechos que te criaron!’ Fue la exclamación entusiasta de una mujer anónima en medio del gentío al escuchar a Jesús y ver sus obras. La voz popular suele tener esas expresiones espontáneas cuando ve algo en alguien que le entusiasma. Pero fue una alabanza a María, la Madre de Jesús.
Ella proféticamente ya lo había cantado en su visita a su prima Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’ cuando reconocía las maravillas que el Señor había hecho en su pequeñez y humildad. Y allí estaba ese primer grito espontáneo, aunque ya antes María había recibido algunas felicitaciones.
Dichosa la había llamado también el ángel de la Anunciación en Nazaret. ‘Alégrate, la llena de gracia’, alégrate, llénate de alegría, sé dichosa porque estás llena de la gracia del Señor. Dichosa porque Dios está contigo. Dichosa porque Dios ha puesto en ti sus ojos. Dichosa porque el Hijo que va a nacer de ti, ‘será grande, será el Hijo del Altísimo’.
También la había llamado dichosa su prima cuando la recibió en su casa. Dichosa se sentía ella y dichosa la llamaba porque era la Madre de su Señor. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Dichosa por tu fe, porque dijiste sí y se van a realizar cosas grandes en ti.
Pero ahora será su propio Hijo Jesús el que la va a llamar dichosa. ‘¡Dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple!’ Dichosa porque plantó la Palabra de Dios en su corazón. Allí estaba en sus entrañas se plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, para hacerse carne. Dichosa María, porque no sólo en aquel momento ella supo acoger la Palabra de Dios en su vida, sino que era una constante de su existir. Ella rumiaba en su corazón todo lo que el Señor le había ido manifestando. Por eso ella es dichosa también.
Pero estas palabras de Jesús que perfectamente fueron dichas por su madre, fueron dichas también por todos aquellos que acogen la Palabra de Dios en su vida y la llevan a la práctica. ‘Mejor, diría Jesús como réplica a la mujer anónima y espontánea, ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’. Esa dicha, esa bienaventuranza de Jesús es para todos lo que la escuchan.
Cuando un día vinieron a decirle que allí estaban su madre y sus hermanos, Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Lo hemos reflexionado muchas veces. Somos la familia de Jesús porque acogemos en nuestro corazón su Palabra. Como María. También cuando decimos sí a la Palabra, estamos siendo llamados dichosos. Dichosos también nosotros por nuestra fe. Dichosos porque también Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de su gracia.
Por el bautismo nosotros nos hemos unido a Cristo. Nos hemos hecho una sola cosa con Cristo, porque nos hemos llenado de su vida para en El ser también hijos de Dios. Nos lo ha dicho hoy también san Pablo. ‘Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Revestidos de Cristo, llenos de la vida de Cristo, para ser otros Cristos. Por eso nos continuará diciendo ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús’. Unidos a Jesús en su propia vida. Plantando así en nosotros su Palabra de vida para dar fruto. Acogiendo así su Palabra y haciéndola vida de nuestra vida.
¿Qué es lo que se dicen dos enamorados? Tus pensamientos y deseos son órdenes para mí. Nosotros queremos darle también nuestro sí y nuestro amor al Señor. Sus pensamientos, sus deseos, su voluntad son para nosotros órdenes, mandatos que vamos a cumplir en nuestra vida. No a regañadientes, sino brotando de la voluntad y el querer libre de nuestro amor. Queremos que su Palabra sea nuestra vida, nuestro norte, nuestra razón de ser.
Gocémonos en esa dicha de la fe, de ser cristiano, de vivir la vida de Cristo, de estar así revestidos de Cristo. A eso nos lleva la Palabra de Dios escuchada y plantada en nuestro corazón.

viernes, 10 de octubre de 2008

No nos dejemos dormir en la pendiente de la tentación

Gál. 3, 7-14
Sal.110
Lc. 11, 15-26

Jesús pasa por el mundo haciendo el bien. Inaugura el Reino de Dios y quiere liberarnos de todas las esclavitudes, para que Dios sea nuestro único Señor. Son los signos que le vemos realizar en el evangelio. Aunque no siempre son bien entendidos, como hemos escuchado hoy. O negaban que lo que hacía lo hacía con el poder de Dios, o aún pedían más signos para creer en El.
Pero Jesús quiere prevenirnos para que en verdad esa liberación que El quiere hacer en nosotros de todo mal y de todo pecado, sea una salvación que permanezca para siempre en nuestra vida. Ya nos había enseñado a orar a Dios pidiendo que no nos dejara caer en la tentación. Pero, como decíamos, esa petición es un compromiso por nuestra parte de no ponernos en la pendiente que nos lleva a la tentación y al pecado. Es lo que quiere explicarnos hoy.
Nos habla del hombre fuerte y bien armado que nos asalta y nos hace caer para referirse a la tentación del maligno que nos quiere llevar al pecado. Pero nos previene también para que, como se suele decir, no nos durmamos en los laureles.
‘Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre da vueltas por el desierto buscando un sitio donde descansar; pero como no lo encuentra se dice: volveré a la casa de donde salí. Al volver se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él y se mete a vivir allí’.
¿Qué nos quiere decir el Señor? en nuestra lucha contra el mal, ayudados de la gracia del Señor vamos logrando victorias y conseguimos ir superando las tentaciones y el pecado. Llevamos ya una vida más o menos buena, aunque siempre estamos sujetos a nuestras debilidades. Pero tenemos la tentación de que ya no volveremos a caer en el mismo pecado, ‘eso yo no lo volveré a hacer’, nos decimos. Y nos confiamos. Y quizá aflojamos la vigilancia espiritual. No tenemos quizá la misma intensidad de la oración por un motivo o por otro. Pero la tentación puede volver. De hecho vuelve, y cuántas veces volvemos a caer en la misma tentación y el mismo pecado que pensábamos que ya teníamos superado.
Quizá no son cosas graves en las que hemos fallado, pero como nos consentimos pequeñas cosas que decimos, bueno, eso son pecados pequeños, ya me superaré en los grandes, resulta que al final volvemos otra vez a lo malo y al pecado.
Es la vigilancia que nos pide el Señor que tenemos que tener. No nos podemos confiar, porque siempre estamos sujetos a la tentación. Por eso siempre hemos de rezar con todo sentido y con toda fuerza ‘no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal’. Siempre tenemos que estar vigilantes para no ponernos, como decíamos en la pendiente del pecado.
Un camino de superación. Un camino de crecimiento espiritual continuo. Tengamos en cuenta que cuando no estamos esforzándonos en subir, fácilmente estamos dejándonos arrastrar por la pendiente que nos puede llevar de nuevo al pecado. En la vida espiritual no nos podemos dejar dormir nunca.
‘Vigilad y orad, que el espíritu está pronto, pero la carne es débil’, recordamos que le decía Jesús a los discípulos en el Huerto de Getsemaní. Se dejaron dormir, se dispersaron y huyeron, Pedro cayó en la tentación de la negación. Mantengamos con toda intensidad nuestra vida espiritual, nuestra oración, nuestra unión con el Señor, la escucha de Dios en nuestro corazón.
Contemos siempre con la gracia del Señor.

jueves, 9 de octubre de 2008

Al que llama a la puerta de Dios, siempre se le abre

Gál. 3. 1-5
Cántico de Zacarías, Lc. 1, 69-75
Lc. 11, 5, 13

Ayer escuchábamos que un discípulo le pedía a Jesús que les enseñase a orar. Y Jesús nos dejó lo que tenía que ser el modelo de nuestra oración. Ya reflexionábamos ayer sobre ello. Pero hoy, en estos versículos que son una continuación literal, Jesús nos insiste en la oración hablándonos de la perseverancia y de la confianza.
Algunas veces parece que la oración no nos dijera nada. Nos sentimos fríos, sin entusiasmo ni fervor, nos parece que no somos escuchados ni atendidos por el Señor, y hasta tenemos la tentación de dejar a un lado la oración. Pero Jesús nos dice que tenemos que ser perseverantes. Y nos propone el ejemplo del amigo que acude a su amigo para pedir ayuda. Sólo la insistencia logrará que el amigo le preste la ayuda que necesita. ‘Al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite’.
No se trata ya de la importunidad sino de la confianza. Sabemos que a quien acudimos es a Dios que es nuestro Padre, un Padre más bueno que todos los padres de la tierra juntos. Y si nuestro padre terreno nos dará lo que necesitemos, cuánto más lo hará Dios con nosotros.
Muchas veces en la oración no es que Dios no nos responda, sino que quizá nosotros no sabemos pedir o no sabemos descubrir el modo de respondernos Dios. La puerta de Dios que se abre para que entremos a estar con El algunas veces puede abrirse de una manera imperceptible que si no estamos lo suficiente atentos no nos daremos cuenta. Nada nos puede distraer para oír su voz, para sentir su presencia, para gozarnos de su amor. El nos dará siempre y nos dirá lo mejor que nosotros necesitemos.
‘Pues yo os digo a vosotros: Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama, se le abre...’ El Señor siempre abre sus puerta para que vayamos a estar con El. El Señor siempre escucha nuestra oración. El Señor siempre quiere regalarnos con su presencia.
Dejemos a un lado apegos, intereses, preocupaciones, afectos del corazón, caprichos, cosas que nos distraigan y nos impidan escuchar a Dios. Si llenamos el corazón de muchas cosas, no le daremos cabida a Dios. Y tenemos el corazón tan ocupado, nos afanamos por tantas cosas... Es necesario vaciar el corazón para ir hasta Dios.
Muchas veces nos sucede también que una situación de debilidad o de pecado de la que nos cuesta arrancarnos y con la que queremos andar como a dos velas, nos va a impedir tener libre el corazón totalmente para Dios. Liberémonos. Arranquemos esos apegos de nuestro corazón. No tratemos de estar nadando a dos aguas. Si buscamos a Dios, que sea sólo Dios el que llene nuestro corazón. Y así podremos encontrarnos con El, y El nos escuchará.
‘Llamad y se os abrirá... porque al que llama...’ el Señor siempre le abre.

miércoles, 8 de octubre de 2008

Una oración que es compromiso

Gál. 2, 1-2.7-14
Sal. 116
Lc. 11, 1-4

‘Enséñanos a orar, Señor, como Juan enseñó a sus discípulos...’ Jesús estaba orando en cierto lugar y un discípulo se acerca para hacerle la petición. Lo hemos meditado y reflexionado quizá muchas veces. Hoy lo hacemos con el texto de san Lucas, que tiene unas ligeras diferencias al texto paralelo de san Mateo, pero que en su contenido fundamental es el mismo.
Mucho tenemos que pedirle al Señor que nos enseñe a orar. No con oraciones aprendidas de memoria, sino para que oremos con su mismo espíritu. Porque Jesús lo que quiere darnos es un estilo y un sentido de la oración. Hubieran valido los salmos que eran la oración del pueblo creyente. Pero los discípulos quieren algo más y Jesús quiere darnos un nuevo sentido. Una mayor profundidad.
El nos concede el don del Espíritu, el Espíritu que nos hace hijos, para que podamos llamar a Dios ‘Abba’, Padre. Por ahí comienza Jesús. Es la primera palabra que nos enseña a pronunciar, como el niño pequeño que es la primera palabra que comienza a pronunciar cuando se siente hijo: ‘Abba’. Y ya con esa palabra nos está enseñando a entrar en una nueva relación con Dios. Somos hijos. Dios es nuestro Padre.
En el texto que nos ofrece san Lucas de la oración que nos enseña Jesús podemos diferenciar como tres partes, o tres momentos: los intereses de Dios, las necesidades de los hombres, y un camino de rectitud y justicia.
Los intereses de Dios: la gloria del Señor siempre y por encima de todo. A El la gloria, el honor... ‘Santificado sea tu nombre... venga tu reino...’ El nombre del Señor es santo y nosotros hemos de santificarlo y glorificarlo. Es el Señor, pertenecemos a su Reino y en su Reino queremos vivir.
Las necesidades de los hombres. ‘Danos cada día el pan del mañana...’ Ahí estamos con nuestras necesidades, el pan, la vida, todo lo necesario para subsistir. Todo nos viene de Dios. A El nos confiamos y acudimos, porque es nuestro Padre providente.
Un camino de rectitud y justicia. El Señor nos santifica para que podamos realizarlo. Sin El nada somos ni nada podemos hacer. El nos librará de todo mal, comenzado por nuestro pecado. ‘Perdónanos nuestros pecados... y no nos dejes caer en la tentación...’
Todo siempre entonces para la gloria de Dios. Gloria al Dios tres veces santo. Y santificamos el nombre del Señor con nuestra santidad. Mal diremos que queremos santificar el nombre del Señor si nosotros no queremos ser santos. Por eso esta oración al buscar la gloria del Señor nos compromete. No la podemos decir de cualquier manera. Tenemos que buscar la santidad. Tenemos que poner por nuestra parte todo lo que sea necesario para que podamos vivir esa santidad de Dios.
Decir que venga el Reino de Dios, es decir que nosotros queremos pertenecer al Reino de Dios con todas sus consecuencias. Que queremos también que todos puedan pertenecer a ese Reino de Dios, que en todos se den esas condiciones para la pertenencia al Reino de Dios. Nos compromete a vivir en sus características, en sus valores, en ese reconocimiento del Señorío de Dios en nuestra vida, en su anuncio.
Si pedimos que nos dé ‘cada día nuestro pan del mañana’, estamos comprometiéndonos a mucho. No es sólo mi pan, sino nuestro pan. Queremos el pan para todos los hombres, y pedir el pan para todos los hombres es que todos puedan vivir en dignidad, con una vida digna, con todo lo necesario no sólo para su subsistencia sino también para el desarrollo personal de cada uno pero también para el crecimiento justo de nuestro mundo. Lo pedimos no para que se nos dé milagrosamente sino de forma comprometida para hacerlo realidad para todos los hombres. De ahí nace la responsabilidad de nuestra vida y de nuestro trabajo, nuestras relaciones justas, nuestra solidaridad, que nos aleja de todo tipo de egoísmo e injusticia.
La gloria del Señor exige nuestra santidad, decíamos. Pero ya sabemos cómo somos y cuánta debilidad y pecado hay en nuestra vida. Por eso pedimos ‘perdónanos nuestros pecados’. Y el Seños nos perdona y nos purifica, que es ponernos en un camino de actitudes nuevas, de sentimientos nuevos; actitudes y sentimientos que pasan por el amor y por el perdón, por dar nosotros generosamente también nuestro perdón, por la búsqueda del bien y de la justicia, por el compromiso por crear esa civilización nueva, que Juan Pablo II llamaba ‘la civilización del amor’.
Y no lo hacemos solos, sino confiando en la fuerza y en la gracia del Señor. Nos sentimos tentados tantas veces a la vuelta atrás. Por eso pedimos que no nos falte nunca esa fuerza del Señor, ‘no nos dejes caer en la tentación’.
‘Enséñanos a orar’, le pedíamos al Señor. Y nos propone Jesús un hermoso modelo de oración, una forma comprometida de orar.