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sábado, 3 de marzo de 2012


Somos el pueblo consagrado al Señor y nuestro amor tiene que ser el de los consagrados

Deut. 26,14-19; Sal. 118; Mt. 5, 43-48
‘Y serás un pueblo consagrado al Señor tu Dios, como lo tiene prometido’. Serás un pueblo santo, un pueblo consagrado a Dios. Es lo que le dice Moisés al pueblo en su exhortación a que cumpla los mandamientos del Señor.
Decimos que una cosa es santa o sagrada por su relación con el Señor, con el culto a Dios. Consagramos un templo, consagramos un cáliz para que sea sagrado, para que sea santo, para que sea dedicado solo al culto del Señor. Un templo no es una  simple sana de reuniones o de fiestas, es el lugar que dedicamos a Dios; por eso lo bendecimos, lo consagramos. Lo mismo decimos de los objetos de culto, como el cáliz que mencionábamos.
Moisés le dice al pueblo que Dios ha hecho una alianza con ellos; han de cumplir el mandamiento del Señor, han de ser fieles a la Alianza, porque ahora son ya el pueblo de Dios; el pueblo, separado de entre los demás pueblos, para ser el pueblo santo, el pueblo consagrado al Señor. ‘Hoy te has comprometido con el Señor a que El sea tu Dios, a ir por sus caminos, a observar sus leyes y preceptos y mandatos y a escuchar su voz’.
Pero eso nosotros desde nuestro Bautismo que nos une a Jesús, que nos ha consagrado también, lo decimos con toda profundidad del cristiano, y del pueblo cristiano. Somos santos, consagrados para Dios en virtud de nuestro bautismo y formamos parte de un pueblo santo, de un pueblo consagrado al Señor. Toda nuestra vida, entonces, será siempre para Dios, para la gloria del Señor. Somos fieles, tenemos que ser fieles cumplimiendo el mandamiento del Señor porque además formamos parte de ese nuevo pueblo santo, el pueblo de la nueva y eterna Alianza sellada en la sangre de Cristo.
Esto que estamos reflexionando nos hace pensar en nuestra dignidad y en nuestra grandeza; pero ha de hacernos pensar también en la santidad de nuestra vida. Santidad que vamos a manifestar en la fidelidad al Señor, en la fidelidad a la Alianza del Señor, en el cumplimiento siempre y en todo de lo que es la voluntad del Señor.
Y ¿en qué precisamente hemos de resplandecer? ¿cuál ha de ser nuestro distintivo? Bien sabemos que nuestro distintivo es el amor. Jesús nos lo dejó como su precepto, como su único y nuevo mandamiento. Amarnos los unos a los otros con un amor como el de Jesús ha de ser en lo que resplandezca nuestra santidad.
El texto del evangelio de hoy está tomado del sermón de la montaña, cuando Jesús va explicando a los discípulos las características del amor cristiano, que no es un amor cualquiera. Hoy nos habla de manera especial del amor que hemos de tener a todos, y de manera especial a los enemigos o a los que nos hayan hecho mal. Es una piedra de toque importante para muchos cristianos el tema del perdón a los que nos hayan ofendido como el tema del perdón. Pero es algo que hemos de tomarnos muy en serio para darle toda la profundidad que ha de tener el amor cristiano.
‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian…’ Es claro y tajante Jesús a la hora de pedirnos amor. Nuestro amor tiene que ser a todos sin distinción. En eso tenemos que diferenciarnos, porque así nos comportamos ‘como hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos’.
Pero además nos dice que en algo tenemos que diferenciarnos de los paganos. Hacer el bien a quien te haya hecho bien lo hace cualquiera; saludar al que te saluda lo hacen todos; querer y hacer el bien a los amigos, eso lo hace todo el mundo. Pero en el nombre de Jesús en quien creemos y que ha sido capaz de morir por nosotros siendo pecadores, a nosotros se nos pide y exige algo más especial. A todos tenemos que amar.
Y terminará diciéndonos: ‘Por tanto, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto’. Somos el pueblo consagrado al Señor.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios


Col. 1, 1-8;

Sal. 51;

Lc. 4, 38-44

Vamos a fijarnos de manera especial en este inicio de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, ‘el pueblo santo que vive en Colosas’, como señala Pablo que dice de sí mismo ‘apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.

Pablo no fue el que evangelizó Colosas y es probable que nunca estuviera allí. Ciudad de Frigia, cercana a Hiérápolis y Licaonia, fue evangelizada por Epafras, un colaborador de Pablo, problablemente cuando él estaba en Efeso. Pero se manifiesta también el respeto y el cariño que aquella comunidad siente por Pablo, como se lo comunicará el mismo Epafras en la visita que le hace a Roma y que motivará esta carta. De Colosas era también Filemón a quien, como sabemos dirige una breve carta cuando le reenvía a Onésimo que habia sido esclavo de Filemón del que se había escapado, pero que ahora volverá ya como cristiano, evangelizado y bautizado por Pablo.

Se llama a sí mismo apóstol, pero fijémonos que dice ‘por designio de Dios’. Nadie se ha arrogado este honor, sino que todo ha de partir siempre de la llamada del Señor. No soy apóstol simplemente porque yo quiera, sino porque el Señor me ha elegido y me ha llamado. Una vocación a la que he de responder desde mi libertad, pero también desde la generosidad del corazón fortalecido siempre con la gracia del Señor. Por eso, por ejemplo, oramos por las vocaciones, para que sean muchos los que el Señor elija y llame, y los llamados se sientan fortalecidos con la gracia para dar respuesta a esa invitación que nos hace el Señor.

Lo llama pueblo santo que es una fórmula que emplea Pablo para dirigirse a los cristianos. Y en verdad tenemos que ser pueblo santo, como santos hemos de ser nosotros, que hemos sido consagrados en el bautismo y llamados estamos a glorificar al Señor con nuestra vida santa. Una consecuencia de nuestro bautismo y una exigencia para nuestra vida. Tenemos que ser santos. Con nuestra vida santa hemos de glorificar al Señor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

Pero fijémonos en lo que viene a ser como el centro del mensaje de este texto hoy proclamado. Pablo da gracias a Dios por la vivencia y por la respuesta que están dando al mensaje de salvación. ‘En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todo el pueblo santo’. Da gracias por la fe y por el amor que se manifiestan en aquella comunidad. ‘Vuestra fe en Cristo Jesús y vuestro amor a todo el pueblo santo’.

Pero da gracias por la fe y por el amor pero también por su esperanza. ‘Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos’, les dice. Viven intensamente su fe desde que recibieron el mensaje de la salvación, ‘desde que conocísteis la Buena Noticia, el mensaje de la verdad’. Acogieron ese mensaje de la verdad y su vida se llenó de fe y de esperanza.

‘Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’. El amor generoso de Dios que derrama su gracia sobre nosotros. Cuando nos sentimos inundados del amor de Dios, ese amor generoso, gratuito, porque es así como nos ama el Señor, damos la respuesta de la fe, la respuesta de la esperanza, nos sentimos impulsados a amar de verdad a los demás.

No me canso yo de repetir una y otra vez, de considerar una y otra vez lo bueno que es Dios con nosotros; cuánto nos ama el Señor; con qué generosidad nos ofrece su amor y su perdón confiando siempre en nosotros. ¡Cómo no vamos nosotros a poner en El toda nuestra esperanza! Tenemos que responder con nuestra fe y nuestro amor. Y sabemos lo que nos espera en el cielo si somos fieles, la gloria del Señor.

Mucho tendría que hacernos mirar nuestra vida y nuestra fe todo esto que estamos considerando. Mucho tendríamos que desgastarnos en el amor. Mucha fe y mucha confianza hemos de poner en el Señor. Mucha esperanza tiene que llenar nuestra vida.

viernes, 29 de octubre de 2010

Oración del pastor por la comunidad y de la comunidad por sus pastores

Filp. 1, 1-11;
Sal. 110;
Lc. 14, 1-6

‘Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo’. Este saludo de Pablo, habitual en el inicio de sus cartas, lo utilizamos también nosotros muchas veces en la liturgia como saludo a la comunidad en el comienzo de la celebración. Si supiéramos apreciar bien lo que es recibir la gracia y la paz de Dios… qué hermoso. Es llenarnos de Dios, su gracia, su amor, su vida, y llenos de Dios estaremos siempre llenos de su paz.
Pablo en este inicio de su carta a los cristianos de Filipos, ‘a todo el pueblo santo que residen en Filipos’, se muestra entrañablemente tierno con aquella comunidad. Repite varias veces como da gracias a Dios, como ora al Señor por ellos y lo hace con alegría. Siente Pablo una cercanía grande hacia aquella comunidad; ‘habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio’, les dice. Y espera que Dios estará con ellos ‘porque el que ha inaugurado entre vosotros una obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’.
Además expresa cómo en momentos difíciles no se sintió sólo ‘porque todos compartís el privilegio que me ha tocado’; considera una gracia lo que le ha tocado sufrir por el evangelio y por el nombre de Jesús, pero da gracias porque han estado a su lado.
Me he detenido a comentar este inicio de la carta de Pablo a los Filipenses con estas circunstancias concretas a las que hace mención, porque quiero compartir con vosotros cómo ese es el gozo en el Señor de los pastores al contemplar una comunidad cristiana viva que responde con generosidad a la gracia del Señor. Ya comentaba ayer al hablar de los distintos carismas que surgen en la Iglesia de Dios, en nuestras comunidades. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con comunidades con esa vitalidad, decíamos ayer.
Un motivo de acción de gracias al Señor el sentir a nuestro lado colaboradores fieles que trabajan generosamente en la viña del Señor y que están al lado de sus pastores en toda circunstancia. Nuestro apoyo es el Señor, pero conforta en el alma esa respuesta, ese apoyo, ese ver a nuestro lado gente generosa que también nos da ánimos. Porque también los pastores podemos pasar por momentos difíciles y problemáticos y el Señor se nos manifiesta en esos hermanos que nos ayudan y nos apoyan y oran por nosotros. Es una gracia del Señor para nosotros ese apoyo de la comunidad cristiana.
Digo todo esto porque es bueno que la comunidad cristiana sepa estar al lado de sus pastores y lo mismo que el pastor, el sacerdote o el obispo, ora y quiere hacerlo intensamente por la Iglesia y por es comunidad en concreto que el Señor ha puesto a su cuidado, así también hemos de saber apoyar con nuestra oración a los sacerdotes, a los pastores todos del pueblo de Dios y a cuantos viven un compromiso apostólico a favor de la comunidad cristiana.
Y termino con esa última oración que hoy vemos al apóstol Pablo hacer por aquella comunidad de Filipos. ‘Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores., Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús a gloria y alabanza de Dios’. Que el Señor nos conceda crecer más y más en el amor, pero también en esa finura espiritual que nos haga crecer en santidad y que todo se manifiesta en esas obras buenas de justicia y amor pero siempre para la gloria de Dios.

jueves, 26 de agosto de 2010

A la Iglesia de Dios en Corinto…

1Cor. 1, 19;
Sal. 144;
Mt. 24, 42-51

‘Escribimos a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Así comienza Pablo su carta, que vamos a leer a lo largo de tres semanas. Una carta extensa y con un mensaje grande y hermoso para animar a aquella comunidad, corregir y orientar que a nosotros nos vale también, pues para nosotros es también Palabra de Dios.
Vamos a fijarnos en algunos aspectos de este saludo inicial de la carta que escribe Pablo, como dice, ‘llamado a ser apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios’. Nos deja por así decirlo su tarjeta de presentación y la autoridad con la que escribe a aquella comunidad que él había iniciado con la predicación del evangelio en su segundo viaje.
Comienza, pues, dirigiéndose ‘a la Iglesia de Dios en Corinto…’ Es la comunidad de los que creen en Jesús que se sienten iglesia, porque se sienten convocados por el Señor. Ya hemos mencionado en alguna ocasión el significado de la Palabra Iglesia. Pero añade algo más, es la comunidad de ‘los consagrados por Jesucristo, el pueblo santo que El llamó (convocó = iglesia) y a todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro y de ellos’.
Subrayemos, los consagrados, el pueblo santo… que invoca el nombre de Jesús. Todo esto tenemos que mirarlo en nosotros, que somos también esa Iglesia de Dios que peregrina en ese lugar concreto donde vivimos, pero que somos consagrados y somos pueblo santo. Consagrados, ungidos con el Espíritu del Señor, porque toda nuestra vida ha de estar dedicada a la gloria de Dios. Como un lugar consagrado, un lugar, es separado, por así decirlo, para dedicarlo sólo a Dios, así nosotros también. En el Bautismo fuimos ungidos, luego consagrados, para la gloria del Señor.
Por eso somos ese pueblo santo. Es a lo que estamos llamados y es la santidad que tiene que resplandecer en nuestra vida. Nos miramos y nos vemos pecadores y nos decimos cómo es que se nos puede llamar pueblo santo. Pues lo somos desde esa consagración de nuestro Bautismo. Es el pueblo de los santos y esos santos tenemos que serlo nosotros. Cuando Pablo se dirige a las diversas comunidades a las que escribe sus cartas es de esa manera cómo los llama, a los santos de… y menciona el lugar, la iglesia.
Todo esto, pues, tiene muchas consecuencias para nuestra vida. Nos recuerda lo que somos y la exigencia de santidad de santidad que tiene que haber en nuestra vida. Es una invitación a vivir esa vida santa, a superar nuestras debilidades y pecados, a que todo lo que hagamos sea siempre la gloria de Dios, para que en todo momento invoquemos el nombre del Señor.
‘En mi acción de gracias, nos dice Pablo, siempre os tengo presentes, por la gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús… El os mantendrá firmes hasta el final… Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo, Señor nuestro’. Vivamos en consecuencia.

jueves, 30 de octubre de 2008

Buscad vuestra fuerza en el Señor

Ef. 6, 10-20
Sal. 143
Lc. 13, 31-35

‘Buscad vuestra fuerza en el Señor’, nos ha dicho hoy el apóstol. Estamos llegando al final de la carta a los Efesios que hemos venido leyendo de forma continuada en estas últimas semanas.
Casi al principio de la carta pedía el apóstol ‘que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo...’ Ahora al final de la carta además de rogar que pidan a Dios por él, ‘para Dios abra mi boca y me conceda palabras que anuncien sin temor el secreto designio contenido en el evangelio’, les insiste para que busquen toda su fuerza en el Señor.
Emplea la imagen del luchador que ponerse las armas necesarias para poder vencer en la lucha. Nos puede parecer un tanto guerrero el lenguaje, pero son imágenes ricas en significado y que nos hacen ver qué cosas importantes tenemos que cuidar en nuestra vida para vencer al mal. No es una lucha entre hombres nos dice sino que son ‘las fuerzas sobrehumanas y supremas del mal’. Por eso, nos dice, ‘tomad las armas de Dios para resistir... y mantener las posiciones’.
No son medios humanos sino sobrenaturales, porque espiritual es nuestra lucha. Nos habla de cinturón, coraza, calzado adecuado, escudo, casco y espada. Pero, repito, no son esas armas materiales y mortíferas, sino son las armas de la gracia, de la fuerza de Dios, las que fortalecen nuestro espíritu para mantenernos firmes en el camino del Señor.
Por eso nos habla de la verdad, de la justicia, de la fe, de la palabra de Dios, de la oración. Firmes y seguros en nuestra fe y en la verdad del Evangelio que nos salva. Luchadores por la justicia y por la paz, buscando siempre lo bueno y lo justo, buscando siempre la paz. Disponibles y siempre generosos para anunciar la Buena Noticia de salvación.
Con la fuerza del Espíritu que nos ayuda con la gracia del Señor y nos protege, como nos dice, de las flechas incendiarias de tantas tentaciones que quieren herirnos y apartarnos del camino recto. Fortalecidos en la oración que nos hace sentir la presencia y la gracia del Señor en todo momento.
‘Orad en toda ocasión con la ayuda del Espíritu. Tened vigilias en que oréis con constancia por todo el pueblo santo’. Nos insiste una y otra vez. Porque no es nuestra fuerza, sino la fuerza del Señor lo que nos ayuda. No es nuestra obra, sino la obra de Dios en nosotros lo que tenemos que realizar.
Recordemos algunas de las cosas que nos decía el apóstol al principio de la carta. ‘El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia ha sido un derroche para con nosotros, dándonos a conocer el Misterio de su voluntad... el plan que había proyectado... recapitular todas las cosas en Cristo’. Se nos ha ido descubriendo en este día a día de la Palabra que con toda riqueza hemos recibiendo. Bendigamos al Señor por ello y mantengámonos siempre en su gracia.