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lunes, 10 de octubre de 2011

Apóstol escogido para anunciar el evangelio de Dios


Rom. 1, 1-7;

Sal. 97;

Lc. 11, 29-32

‘Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el evangelio de Dios…’ Así comienza, como hemos escuchado, san Pablo la carta que dirige a los cristianos de Roma que comenzamos a leer en estos días de forma continuada en la primera lectura.

¿Por qué escribe Pablo a los cristianos de Roma? ¿Con qué autoridad? Podriamos decir quizá de entrada que era como su presentación porque tenía intenciones de ir a Roma cuando hasta entonces su campo de acción había sido las regiones de la zona oriental del Mediterraneo, el Asia Menor – hoy Turquía -, Grecia extendiendo sus recorridos hasta Macedonia, por donde había entrado al continente europeo. Ahora quiere llegar hasta los confines del mundo conocido, porque su intención, como manifestará en esta carta es llegar hasta España.

Pero ¿qué es lo que le motiva y, por así decirlo, le da autoridad para dirigirse a los cristianos de Roma? Podíamos decir aquello que manifestará en otra de sus cartas ‘¡ay de mí si no evangelizare, si no anuncio el evangelio!’ Son los títulos con los que se presenta, ‘siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol y escogido para anunciar el evangelio de Dios’.

No es simplemente su iniciativa, sino que la iniciativa, la llamada siempre viene de Dios. ‘Llamado a ser apóstol’. Fue el Señor el que lo llamó y lo escogió. ‘Será vaso de elección’, le había dicho el Señor en su aparición a Ananías, ‘instrumento elegido para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes y al pueblo de Israel’. Como dice de sí mismo ‘escogido para anunciar el evangelio de Dios’.

¿En qué consiste ese evangelio? ¿cuál es esa Buena Noticia que tiene que anunciar? Nos hace brevemente un resumen del mensaje del evangelio en estos primeros renglones de la carta. ‘Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras santas, se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David, constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte’.

El Evangelio es Jesús,verdadero Hijo de Dios y verdadero hombre, por su encarnación, para ser nuestra salvador, Jesucristo, muerto y resucitado. Por El Pablo ha recibido este don de ser apóstol para suscitar la fe en todos los pueblos y quiere llevar, entonces, la gracia y la paz de parte de Dios a todos los hombres. Diríamos que así se constituye el saludo de esta carta, que recogemos en nuestras acciones litúrgicas.

Podríamos subrayar muchas cosas en orden a la vivencia de nuestra fe y de nuestra espiritualidad. Escuchamos la Palabra como alimento de nuestra vidda y siempre tenemos que saber descubrir ese mensaje de salvación que Dios quiere trasmitirnos en su Palabra. Podríamos comenzar subrayando lo que es el centro y el meollo de nuestra fe, que es Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre. Así proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado para nuestra salvación.

Que esta Palabra, pues, que estamos escuchando nos ayude a crecer en nuestra fe; una fe que sea firme; una fe de la que sepamos dar razon con toda nuestra vida; una fe que valientemente hemos también de proclamar, porque el bautismo que recibimos a eso nos compromete, a ser testigos y apóstoles en medio de nuestro mundo.

Y contemplando el arrojo y valentía del apóstol que quiere llegar hasta los confines de la tierra en ese anuncio del evangelio sintamos interiormente nosotros esa misma inquietud. Estamos en el mes de octubre que en la Iglesia es un mes especialmente misionero, porque en él celebramos la Jornada del Domund, el domingo mundial de la propagación de la fe. Que sintamos, pues, esa inquietud; que nos sintamos misioneros con el testimonio de nuestra vida, con la palabra que decimos que sea siempre un anunciar el nombre de Jesús, y por toda la colaboración que prestemos con nuestra oración y con nuestros aportes a todo lo que es la obra misionera de la Iglesia, que es también nuestra obra y nuestra misión.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios


Col. 1, 1-8;

Sal. 51;

Lc. 4, 38-44

Vamos a fijarnos de manera especial en este inicio de la Carta de San Pablo a los cristianos de Colosas, ‘el pueblo santo que vive en Colosas’, como señala Pablo que dice de sí mismo ‘apóstol de Cristo Jesús por designio de Dios’.

Pablo no fue el que evangelizó Colosas y es probable que nunca estuviera allí. Ciudad de Frigia, cercana a Hiérápolis y Licaonia, fue evangelizada por Epafras, un colaborador de Pablo, problablemente cuando él estaba en Efeso. Pero se manifiesta también el respeto y el cariño que aquella comunidad siente por Pablo, como se lo comunicará el mismo Epafras en la visita que le hace a Roma y que motivará esta carta. De Colosas era también Filemón a quien, como sabemos dirige una breve carta cuando le reenvía a Onésimo que habia sido esclavo de Filemón del que se había escapado, pero que ahora volverá ya como cristiano, evangelizado y bautizado por Pablo.

Se llama a sí mismo apóstol, pero fijémonos que dice ‘por designio de Dios’. Nadie se ha arrogado este honor, sino que todo ha de partir siempre de la llamada del Señor. No soy apóstol simplemente porque yo quiera, sino porque el Señor me ha elegido y me ha llamado. Una vocación a la que he de responder desde mi libertad, pero también desde la generosidad del corazón fortalecido siempre con la gracia del Señor. Por eso, por ejemplo, oramos por las vocaciones, para que sean muchos los que el Señor elija y llame, y los llamados se sientan fortalecidos con la gracia para dar respuesta a esa invitación que nos hace el Señor.

Lo llama pueblo santo que es una fórmula que emplea Pablo para dirigirse a los cristianos. Y en verdad tenemos que ser pueblo santo, como santos hemos de ser nosotros, que hemos sido consagrados en el bautismo y llamados estamos a glorificar al Señor con nuestra vida santa. Una consecuencia de nuestro bautismo y una exigencia para nuestra vida. Tenemos que ser santos. Con nuestra vida santa hemos de glorificar al Señor. Muchas consecuencias podríamos sacar.

Pero fijémonos en lo que viene a ser como el centro del mensaje de este texto hoy proclamado. Pablo da gracias a Dios por la vivencia y por la respuesta que están dando al mensaje de salvación. ‘En nuestras oraciones damos siempre gracias por vosotros a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo Jesús y del amor que tenéis a todo el pueblo santo’. Da gracias por la fe y por el amor que se manifiestan en aquella comunidad. ‘Vuestra fe en Cristo Jesús y vuestro amor a todo el pueblo santo’.

Pero da gracias por la fe y por el amor pero también por su esperanza. ‘Os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos’, les dice. Viven intensamente su fe desde que recibieron el mensaje de la salvación, ‘desde que conocísteis la Buena Noticia, el mensaje de la verdad’. Acogieron ese mensaje de la verdad y su vida se llenó de fe y de esperanza.

‘Comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’. El amor generoso de Dios que derrama su gracia sobre nosotros. Cuando nos sentimos inundados del amor de Dios, ese amor generoso, gratuito, porque es así como nos ama el Señor, damos la respuesta de la fe, la respuesta de la esperanza, nos sentimos impulsados a amar de verdad a los demás.

No me canso yo de repetir una y otra vez, de considerar una y otra vez lo bueno que es Dios con nosotros; cuánto nos ama el Señor; con qué generosidad nos ofrece su amor y su perdón confiando siempre en nosotros. ¡Cómo no vamos nosotros a poner en El toda nuestra esperanza! Tenemos que responder con nuestra fe y nuestro amor. Y sabemos lo que nos espera en el cielo si somos fieles, la gloria del Señor.

Mucho tendría que hacernos mirar nuestra vida y nuestra fe todo esto que estamos considerando. Mucho tendríamos que desgastarnos en el amor. Mucha fe y mucha confianza hemos de poner en el Señor. Mucha esperanza tiene que llenar nuestra vida.

viernes, 3 de junio de 2011

Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría


Hechos, 18, 9-18;

Sal. 46;

Jn. 16, 20-23

Una palabra en referencia a lo escuchado en los Hechos de los Apóstoles. Podríamos decir que en lo que hemos escuchado ayer y hoy hemos contemplado el nacimiento de la comunidad cristiana de Corinto. Habíamos visto a Pablo predicando en Atenas, pero nos decía que ‘dejó Atenas y se fue a Corinto’. Corinto era una ciudad muy importante sobre todo en el aspecto comercial por su puerto que era entrada a todo el comercio que realizaban los griegos con los pueblos vecinos. Si Atenas era la ciudad de la cultura y de las artes, Corinto era la ciudad rica por su comercio.

Va a surgir allí una comunidad muy importante y en referencia a la cual estamos acostumbrados a escuchar en la proclamación de la Palabra de Dios las cartas de San Pablo a los Corintios. La visitará el apóstol en varias ocasiones y estará también al tanto de los problemas que van surgiendo en aquella comunidad. Sus cartas, conservamos dos pero seguro que escribió alguna más, vienen a ser como respuesta a los problemas que iban surgiendo en aquella comunidad y que Pablo quería iluminar y corregir. A través del año litúrgico tenemos ocasión de escuchar en muchísimas ocasiones textos de las cartas de san Pablo a los cristianos de Corinto.

Pero fijémonos en el evangelio que es una continuación exacta del escuchado ayer. Se repiten hoy, incluso, el último versículo leído ayer. Sigue hablando Jesús de la alegría repitiendo esta palabra en los tres escasos versículos leidos en varias ocasiones. ‘Vuestra tristeza se convertirá en alegría… volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría’, vuelve a repetir. Y pone el ejemplo de la madre que da a luz y de su ‘alegria porque al mundo le ha nacido un hombre’.

Nos viene bien esta insistencia de Jesús, porque por nuestra falta de alegría muchas veces parecemos tristes cristianos. Y tenemos los mayores motivos del mundo para vivir alegres. San Pablo también en sus cartas nos insistirá en que vivamos alegres en el Señor. Nos habla Jesús de la alegría que sentiremos al volver a encontrarnos con El. Ya hacíamos ayer referencia a la alegría de la pascua, al contemplar a Cristo vivo y resucitado después de todo el sacrificio y duelo de la pasión y la cruz.

Se ha de sentir alegre el que experimenta un encuentro vivo por la fe en el Señor. Se ha de sentir alegre quien se siente amado por Dios. Se ha de sentir alegre el hombre de fe que pone toda su confianza en el Señor y de El se siente en todo momento protegido y amado. Se ha de sentir alegre el que tiene paz en su corazón, y la más grande paz que nosotros experimentamos es cuando nos sentimos perdonados y salvados por el Señor.

Se ha de sentir alegre el que tiene esperanza en su corazón porque además le ha dado trascendencia a su vida y sabe que camina hacia una vida en plenitud con Dios. Se ha de sentir alegre el que ama y se da por los demás, el que busca la paz para los otros, y el que lucha por todo lo bueno, porque allá en lo hondo de su conciencia se siente satisfecho en el Señor por todo lo bueno que realiza. Se ha de sentir alegre el que busca un mundo nuevo y se compremete por irlo construyendo día a día sembrando semillas de amor, de esperanza, de justicia, de verdad, de ilusión, de paz, que sabe que un día han de fructificar.

Qué dicha siente en su corazón el que es capaz de olvidarse de sí mismo para entregarse por los demás. Qué dicha siente en su corazón el que sabe vivir su vida con rectitud no dejándose embaucar por lo malo, y aunque muchas veces la lucha por superarse sea dura, al final sentirá el gozo más hondo en su corazón.

Decíamos antes que necesitamos aprender a vivir esa alegría en el Señor. No podemos vivir entre amarguras y angustias quienes tenemos esperanza. No podemos dejar que los problemas y dificultades enturbien esa alegría que hemos de sentir en el corazón cuando amamos de verdad al Señor. Lo triste es que muchas veces nos encontramos con personas que se dicen creyentes en Jesús y sin embargo no saben trasmitir alegría y paz a los que los rodean.

Pidamos al Espíritu del Señor que nos inunde con su alegría, con su paz, con su amor y de ello sepamos contagiar a nuestro mundo, para que sepamos todos encontrar la verdadera alegría. Que nada ni nadie nos pueda quitar esa alegría que encontramos en el Señor.

viernes, 29 de octubre de 2010

Oración del pastor por la comunidad y de la comunidad por sus pastores

Filp. 1, 1-11;
Sal. 110;
Lc. 14, 1-6

‘Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo’. Este saludo de Pablo, habitual en el inicio de sus cartas, lo utilizamos también nosotros muchas veces en la liturgia como saludo a la comunidad en el comienzo de la celebración. Si supiéramos apreciar bien lo que es recibir la gracia y la paz de Dios… qué hermoso. Es llenarnos de Dios, su gracia, su amor, su vida, y llenos de Dios estaremos siempre llenos de su paz.
Pablo en este inicio de su carta a los cristianos de Filipos, ‘a todo el pueblo santo que residen en Filipos’, se muestra entrañablemente tierno con aquella comunidad. Repite varias veces como da gracias a Dios, como ora al Señor por ellos y lo hace con alegría. Siente Pablo una cercanía grande hacia aquella comunidad; ‘habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio’, les dice. Y espera que Dios estará con ellos ‘porque el que ha inaugurado entre vosotros una obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’.
Además expresa cómo en momentos difíciles no se sintió sólo ‘porque todos compartís el privilegio que me ha tocado’; considera una gracia lo que le ha tocado sufrir por el evangelio y por el nombre de Jesús, pero da gracias porque han estado a su lado.
Me he detenido a comentar este inicio de la carta de Pablo a los Filipenses con estas circunstancias concretas a las que hace mención, porque quiero compartir con vosotros cómo ese es el gozo en el Señor de los pastores al contemplar una comunidad cristiana viva que responde con generosidad a la gracia del Señor. Ya comentaba ayer al hablar de los distintos carismas que surgen en la Iglesia de Dios, en nuestras comunidades. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con comunidades con esa vitalidad, decíamos ayer.
Un motivo de acción de gracias al Señor el sentir a nuestro lado colaboradores fieles que trabajan generosamente en la viña del Señor y que están al lado de sus pastores en toda circunstancia. Nuestro apoyo es el Señor, pero conforta en el alma esa respuesta, ese apoyo, ese ver a nuestro lado gente generosa que también nos da ánimos. Porque también los pastores podemos pasar por momentos difíciles y problemáticos y el Señor se nos manifiesta en esos hermanos que nos ayudan y nos apoyan y oran por nosotros. Es una gracia del Señor para nosotros ese apoyo de la comunidad cristiana.
Digo todo esto porque es bueno que la comunidad cristiana sepa estar al lado de sus pastores y lo mismo que el pastor, el sacerdote o el obispo, ora y quiere hacerlo intensamente por la Iglesia y por es comunidad en concreto que el Señor ha puesto a su cuidado, así también hemos de saber apoyar con nuestra oración a los sacerdotes, a los pastores todos del pueblo de Dios y a cuantos viven un compromiso apostólico a favor de la comunidad cristiana.
Y termino con esa última oración que hoy vemos al apóstol Pablo hacer por aquella comunidad de Filipos. ‘Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores., Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús a gloria y alabanza de Dios’. Que el Señor nos conceda crecer más y más en el amor, pero también en esa finura espiritual que nos haga crecer en santidad y que todo se manifiesta en esas obras buenas de justicia y amor pero siempre para la gloria de Dios.

lunes, 23 de agosto de 2010

Es nuestro deber dar continuas gracias a Dios por vosotros

Tes. 1, 1-5.11-12;
Sal. 95;
Mt. 23, 13-22

‘Pablo, Silvano y Timoteo a los tesalonicenses que forman la Iglesia de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo…’ Así comienza Pablo la segunda carta a los cristianos de Tesalónica que vamos a ir escuchando en los próximos días. A ellos, los convocados por Dios Padre y el Señor Jesucristo, la Iglesia de Tesalónica – eso significa la palabra Iglesia, convocados – Pablo les desea gracia y paz.
Quiero fijarme en la forma hermosa cómo comienza Pablo su carta. Da gracias a Dios. Es una comunidad muy querida por él y a la que dirige varias cartas, conservamos dos, pero a los que manifiesta una ternura y una predilección especial. Es el amor del apóstol por la comunidad que le ha sido encomendada.
Pero Pablo hace unas hermosas valoraciones de esta comunidad. Como hemos escuchado da gracias a Dios por la fe y por el amor cada día más creciente entre ellos. ‘Es deber nuestro dar continuas gracias a Dios por vosotros, y es justo, pues vuestra fe crece vigorosamente y vuestro amor, de cada uno por todos y de todos por cada uno – un amor verdaderamente mutuo – sigue aumentado’, les dice. Se siente Pablo orgulloso de ellos. Desea que se cumplan todas sus esperanzas. Que así como ellos glorifican al Señor con su fe y con su amor, así Dios los glorifique también a ellos. ‘Para que así Jesús nuestro Señor sea vuestra gloria y vosotros seáis la gloria de El, según la gracia de Dios y del Señor Jesucristo’.
Hasta aquí el gozo que siente el apóstol por aquella comunidad. Pero esto tenemos que verlo ahora en nosotros. ¿Crece nuestra fe vigorosamente y el amor mutuo entre nosotros sigue aumentando también? Creo que es necesario que nos detengamos un poquito en esto. Quizá alguien pudiera pensar que eso no se da entre nosotros. ¿No ve como son?, nos pudiera decir alguien.
Pero me pregunto, ¿cómo vemos el vaso? ¿Medio lleno o medio vacío? Podría alguien decir, bueno parte y parte; si sólo está medio vacío es señal de que también esta medio lleno, luego hay algo. Tenemos la tentación de mirar las cosas de forma pesimista. ¡Es que falta tanto para que se dé eso en nosotros!
Pero creo que tenemos que aprender a valorar también lo que tenemos, o los pasos que vamos dando en la vida. Es cierto que no somos perfectos y nos faltará mucho para alcanzar esa perfección de la santidad. Pero lo estaremos intentando, vamos damos pasos en el camino de nuestra fe. Seguro que ahora podemos estar viviendo cosas en ese orden de la fe que no vivíamos antes, aunque aún nos falten muchas cosas. Seguro que ahora estamos intentando amarnos un poquito más y damos nuestros pasitos para aceptarnos, para perdonarnos, para no tratarnos mal, para querernos un poquito más.
Pues seamos capaces de dar gracias a Dios por esos pasos, aunque nos parezcan pequeños. En aquella comunidad de Tesalónica no todo era perfecto como se podrá ver por el resto de la carta, pero Pablo comienza valorando lo que ya hay en ellos, esa fe que crece, ese amor mutuo que va aumentando día a día. Con esa nuestra fe y ese nuestro amor aunque aun sea imperfecto queremos dar gloria a Dios y el Señor sigue llenándonos con sus bendiciones y sus gracias y con lo que hacemos queremos ser en verdad también la gloria del Señor ‘según la gracia de Dios y del señor Jesucristo’, como decía Pablo.
Démosle gracias al Señor por nuestra fe. Démosle gracias porque queremos amarnos cada día un poquito más. Démosle gracias pero sintamos también la gracia y la fuerza que El nos da para que lo vayamos logrando y cómo en el Señor veremos también cumplidas nuestras esperanzas, como le decía Pablo a los tesalonicenses.

martes, 1 de junio de 2010

Confiados en la promesa del Señor esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva

2Ped. 3, 12-18;
Sal. 89;
Mc. 12, 13-17

Hay un texto en las cartas de san Pablo que nos dice que nosotros no podemos sufrir como los que no tienen esperanza porque nosotros creemos en Cristo muerto y resucitado. Es así lo que tiene que ser la vida de un cristiano, pero muchas veces me pregunto si en verdad todos los que creemos en Jesús vivimos como personas que tienen esperanza. Podríamos pensarlo de gente a nuestro alrededor, pero creo que lo importante es que nos examinemos a nosotros mismos y veamos si en verdad vivimos como quienes tienen esperanza o no.
Tenemos el peligro de vivir tan absortos en el día a día con sus trabajos, responsabilidades, preocupaciones, o queriendo apurar hasta el último sorbo aquellas cosas de las que podemos disfrutar en la vida, o rehuyendo aquellas que nos pudieran hacer sufrir, que quizá en lo menos que pensamos es en la esperanza, en la vida eterna, en la trascendencia que hemos de darle a nuestra vida o en el esperar que un día vayamos a gozar en Dios en plenitud de todo lo mejor que nos puede dar la felicidad.
Tenemos la tentación de quedarnos de tejas abajo, como se suele decir, para pensar sólo en esta vida terrena, pero para pasarlo aquí con la mayor felicidad. No es que no tengamos o queramos ser felices en esta vida, pero si no le damos la debida trascendencia a lo que hacemos o vivimos, si no ponemos esperanza en esta vida en la que sólo en Dios vamos a alcanzar plenitud, es fácil que nos amarguemos o desesperemos cuando no conseguimos ahora todo lo que deseamos.
El cristiano tiene que ser un hombre y una mujer de esperanza desde la fe que tenemos en Jesús muerto y resucitado. Y en esa esperanza aprenderemos a darle valor y sentido a todo lo que hacemos y a todo lo que es nuestra vida. También tendrán valor y sentido los momentos malos que tengamos que vivir a causa de la enfermedad, las debilidades humanas y corporales que padezcamos y los sufrimientos por los que tengamos que pasar.
‘Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habita la justicia’, nos dice hoy Pedro en su carta. Nos recuerda el Apocalipsis y aquella expresión y súplica final, ‘Ven, Señor Jesús’. Nos continuará diciendo: ‘Por tanto, mientras esperáis estos acontecimientos , procurad que Dios os encuentre en paz con El, inmaculados e irreprochables’. Nos dice el apóstol que ‘Dios nos encuentre en paz con El’, porque muchas veces a causa de nuestra debilidad y nuestro pecado, tenemos el peligro de perder esa paz. Vayamos a reconciliarnos con El, porque somos pecadores y sólo en El encontraremos el perdón, sólo en El vamos a restaurar esa paz que nos ofrece en su misericordia.
‘Estad prevenidos’, nos dice, ‘que no os arrastre el error… que no perdáis pie’. Porque el enemigo tentador nos acecha, ‘como un león rugiente’, en expresión que emplea Pedro en otro lugar de sus cartas. Por eso, en esa esperanza, en esos deseos de alcanzar la vida eterna, deseos de poder gozar un día junto a Dios para siempre, nos tenemos que sentir impulsados a que ahora cada día seamos más santos.
‘Creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, a quien sea la gloria ahora y hasta el día eterno’.

sábado, 1 de mayo de 2010

Miramos a Jesús y conocemos a Dios

Hechos, 13, 44-52;
Sal. 97;
Jn. 14, 7-14

Todos queremos conocer a Dios, ver a Dios. Quizá nos hemos sorprendido a nosotros mismos en alguna ocasión poniendo imaginación para tratar de descubrir, de saber cómo es Dios. Digo imaginación que no tiene que ser necesariamente sueños imaginativos, sino ponernos a pensar, a reflexionar y sentimos ese hondo deseo dentro de nosotros.
Somos personas en las que los sentidos actúan fuertemente en nosotros y por eso queremos ver, queremos palpar, queremos oír con nuestros oídos y sentidos. De ahí surgirán muchas veces esas imágenes que nos hacemos de Dios y los que llevan el arte, por así decirlo en la sangre, tratarán de plasmarlo de mil maneras.
Pero ¿cómo podemos conocer a Dios? Quizá es más sencillo que toda esa imaginación porque realmente tenemos quien nos puede descubrir de verdad cómo es Dios. Jesús es la revelación de Dios, la Palabra que Dios nos dice de sí mismo; viéndolo a El, como escuchamos hoy en el evangelio, vemos al Padre.
‘Si me conocierais a mí, conoceríais también al Padre, nos dice hoy Jesús. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero los discípulos no terminan de comprender. Felipe le replica y le pide: ‘Muéstranos al Padre, y nos basta’. Es cuando Jesús le dice que viéndole a El – y cuanto tiempo llevan con Jesús y aún no le conocen – es suficiente. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’.
Miramos a Jesús y podemos conocer a Dios. Revelación de Dios, Palabra de Dios, ya lo hemos dicho. Miramos a Jesús y conocemos el amor que Dios nos tiene y podemos llegar a decir con san Juan en sus cartas: ‘Dios es amor’. Miramos a Jesús. y sabemos lo que es la misericordia, la compasión, el perdón. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia’, como ya habíamos escuchado en el Antiguo Testamento, pero que también en la cruz escuchamos a Jesús: ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen…’
Así podíamos seguir mirando a Jesús y conociendo más y más el rostro misericordioso de Dios ‘Imagen de Dios invisible y Primogénito de toda criatura’, que nos enseña san Pablo en sus cartas. Pero es que Jesús es el único que puede darnos a conocer a Dios. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y al Padre no lo conoce más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso nos dirá Jesús: ‘Yo y el Padre somos uno… yo estoy en el Padre y el Padre en mí…’
‘Muéstranos al Padre…’ seguimos pidiendo a Jesús porque sabemos que como nos dice ‘nadie va al Padre sino por mí’. Que así busquemos cada día conocer más a Jesús, impregnarnos de su vida, dejarnos inundar por su Palabra. Ya no necesitaremos imaginaciones sino que viendo a Jesús veremos a Dios, llenándonos de Jesús nos llenamos e inundamos de Dios.
Por eso además podemos tener la certeza de que somos escuchados, no sólo porque El nos ha enseñado a orar, sino porque además sabemos que lo que pidamos en el nombre de Jesús lo alcanzaremos. Por eso hemos de decir siempre ‘por Jesucristo, nuestro Señor’.

lunes, 25 de enero de 2010

Hemos de dejarnos encontrar por la Luz

LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Hechos, 22, 3-16
Sal. 116
Mc. 16, 15-18


Cuando nos dejamos iluminar por la luz de Cristo todo lo demás nos parecen sombras y oscuridades. Lo importante y necesario es que esa luz llegue a nosotros y nos dejemos sorprender por esa luz. Mientras no la encontremos nos parece que nuestras pequeñas lucecitas son las más interesantes o más importantes y nos aferramos a ellas confundidos pensando que son lo mejor.
Hoy estamos celebrando a quien se encontró esa luz y quedó ciego para las luces anteriores. También él pensaba que sus lucecitas eran las únicas importantes y por eso sin conocer la luz verdadera luchaba contra ella. Pero esa luz un día le sorprendió y se encontró cara a cara con Jesús y ya no se pudo resistir y desde entonces para él Jesús fue su única luz que quiso llevar a todas partes y a todas las gentes.
Estamos celebrando a san Pablo y su conversión. Nos lo ha relatado detalladamente san Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Un relato repetido, primero contado por Lucas, luego relatado por el mismo Pablo, que finalmente nos lo vuelve a repetir en sus cartas. ‘¿Por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues… ¿Qué debo hacer?... Levántate, vete a Damasco y allí te dirán lo que tienes que hacer…’
Nos comentará a continuación que ‘como no veía cegado por el resplandor del relámpago, mis acompañantes me llevaron de la mano a Damasco…’ Ya no podía ver los caminos de este mundo. Otra luz brillaba en sus ojos, aunque ahora estuvieran ciegos. Cuando Ananías, enviado por el Señor llegue hasta él, recobrará la luz de sus ojos. Pero ya es otra luz la que lleva en su interior.
Ananías había opuesto cierta resistencia a recibir a Pablo porque ‘he oído hablar del daño que este hombre ha hecho en Jerusalén a los que creen en ti, y aquí está con poderes de los jefes de los sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu nombre…’ Esa era realmente la misión con que iba a Damasco, pero el Señor le tenía reservado algo importante, y por eso le sale al paso. ‘Este es un instrumento elegido para llevar mi nombre a todas la naciones… yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre’.
Llegará a ser el Apóstol de las gentes. Sus caminos recorrerán el ancho Mediterráneo anunciando el nombre de Jesús: toda el Asia Menor, Grecia y Macedonia, Roma y la tradición nos lo trae también a España, como anunciaría en la carta a los Romanos. Cumplió a la perfección el mandato de Jesús: ‘Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación…’ Conocemos sus cartas con la densidad de la doctrina cristiana. Pero como se había anunciado no le faltarán pruebas, persecuciones y tormentos, como él mismo recordará incluso en alguna ocasión.
Pero se había encontrado con la Luz que le había salido al encuentro y ya desde entonces su vivir será Cristo. ‘Vivo de la fe en el Hijo de Dios que me amó hasta entregarse por mí… sé de quién me he fiado’. Era consciente de las maravillas que el Señor había realizado en su vida, y eso ahora él tenía que trasmitirlo. De ahí el ardor y el coraje de su espíritu.
Es mucho lo que nos dice todo esto. No podemos extendernos en este momento haciendo un recorrido más completo por la vida y la figura de Pablo, pero sí puede ayudarnos mucho lo que significó para él el encuentro con la luz, el encuentro con Jesús. Porque eso es lo que nosotros necesitamos, dejarnos encontrar por Jesús. El viene a nuestro encuentro y algunas veces no terminamos de darnos cuenta de su presencia y su llamada. Viene la luz a nuestra vida y, como dice el evangelio, preferimos nuestras pequeñas luces que a la larga son tinieblas.
Dejémonos cautivar por la luz de Jesús y nuestra vida será distinta. No temamos el encuentro con esa Luz, porque a partir de entonces todo será vida para nosotros. Vida y dicha, aunque haya momentos difíciles, tengamos que pasar por incomprensiones, nos pueda aparecer el sufrimiento y hasta la persecución. Pero nuestra dicha es el Señor y todas las oscuridades desaparecerán.

martes, 20 de octubre de 2009

Un derroche de gracia y el don de la salvación

Rom. 5, 12.15.17-19-21
Sal. 39
Lc. 12, 35-38


‘Por el pecado de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte.¡Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la salvación!’. Hermoso el mensaje que nos ofrece este texto de la carta a los Romanos de la liturgia de este día. Mucha tendría que ser la reflexión que sobre él hagamos y comprometida y seria tendría que ser la respuesta que diéramos.
Misterio del pecado y misterio de la gracia. El pecado que nos llena de muerte. La gracia que nos hace renacer a la vida. ‘Vivirán y reinarán’, nos dice el Apóstol.
‘Por un hombre…’, estamos hablando del principio de la humanidad, de Adán en el paraíso en la primera página de la Biblia, el pecado original que llenó de muerte a toda la humanidad. Es el mal en el que todos nos vemos involucrados. Es la inclinación al mal que sentimos dentro de nosotros mismos como una tentación que nos parece irresistible.
Pero ‘por un hombre, Jesucristo…’ No es un hombre cualquiera porque es el Hijo de Dios hecho hombre, en el Señor y el Mesías de nuestra salvación, por eso decimos Jesucristo, Jesús el Señor, Jesús el Cristo. Nos inunda la gracia. El Apóstol nos habla de derroche de gracia. Si es derroche significa que es sobreabundante. Si es gracia es un don y un regalo que nosotros no merecemos. ‘Derroche de gracia y don de salvación’, regalo que nos justifica y que nos salva.
San Pablo nos dirá más adelante. ‘Si creció el pecado, más desbordante fue la gracia’. Si poderosa es la inclinación al mal, bien lo sabemos cuando somos tentados y parece que nos sentimos sin fuerzas, que es algo irresistible, sin embargo tenemos que decir más fuerte y poderosa es la gracia del Señor que nos salva y nos arranca del mal. Claro que estamos hablando del valor infinito de la muerte de Cristo, que es el Hijo de Dios. ‘Así como reinó el pecado causando la muerte, así también, por Jesucristo nuestro Señor, reinará la gracia causando la salvación y la vida eterna’.
No son necesarias muchas explicaciones para esto que nos dice el Apóstol. Sólo tenemos que ponernos con sinceridad ante ese misterio de gracia de Dios con nosotros. Así es su amor, un amor infinito, un amor que no se acaba ni se agota. Así nos regala El con su vida divina. Misterio maravilloso de la gracia divina.
Si lo consideramos bien, cuánta esperanza se suscita en nuestra alma. Nos vemos desbordados por la gracia de Dios que nos arranca del pecado. Nos podríamos sentir hundidos bajo el peso de nuestros pecados si no tuviéramos esperanza. Pero contemplando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene que así nos regala se despierta esa esperanza y ese gozo de la salvación que el Señor nos ofrece.
Sólo nos pide respuesta. Una respuesta en principio que tiene que ser de amor. Una respuesta que nos impulsa a una vida más santa. Lejos de nosotros el pecado, porque en Cristo podemos vencer al mal y a la muerte. Cuánto tenemos que amar. Cómo tenemos que ser agradecidos a tanta gracia que el Señor derrocha en nuestra vida. Si lo consideráramos lo suficientes, qué santos seríamos en nuestra vida.

miércoles, 14 de octubre de 2009

No abusemos de la misericordia de Dios

Rom. 2, 1-11
Sal. 61
Lc. 11, 42-46


‘¿Es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión?... A los que han perseverado en hacer el bien, porque buscaban contemplar su gloria y superar la muerte, les dará la vida eterna… Gloria, honor y paz a todo el que obre el bien… Dios no es parcial con nadie…’
la gran revelación que nos hace Jesucristo es el amor y la misericordia de Dios que es Padre. El Dios bueno y justo que nos ofrece su misericordia y su perdón, que se nos manifiesta de modo extraordinario en Jesús, en su pasión, muerte y resurrección.
Pero a esa oferta de amor y perdón tenemos que corresponder con nuestra conversión y nuestra nueva vida de amor. Al amor respondemos con amor. El amor tiene que provocar el amor como respuesta. Dios nos ofrece su amor, pero podríamos decir que le tenemos las manos atadas, porque siempre respeta nuestra libertad de respuesta. No nos dará, no nos impondrá lo que nosotros no queramos, porque para que se haga efectivo ese amor gratuito de Dios en nosotros, es necesaria nuestra respuesta.
El nos regala su gracia pero nosotros podemos hacerla o no. El, podemos decir, nos perseguirá con su gracia, pero nosotros hemos de abrirle las puertas de nuestro corazón. Y nuestra respuesta, la apertura de esa puerta pasa por nuestra conversión, por ese querer nosotros cambiar nuestra vida, reconociendo todo el amor que El nos tiene, para vivir en su vida de amor.
El nos acompaña, nos hace fácil ese camino de vuelta a El, porque para eso nos da su gracia que nos fortalece y ayuda. Es el Padre que nos espera con los brazos abiertos y que nos llama, y va poniendo muchas señales en el camino de nuestra vida para que le reconozcamos y vayamos a El. ‘Que te gracia nos preceda y acompañe para que estemos dispuestos a hacer siempre el bien’, pedíamos en la oración litúrgica del pasado domingo y que hemos repetido en los días de feria de esta semana. Para estar dispuestos para el bien, que nos acompañe, los fortalezca, nos ayude la gracia del Señor.
No nos vale decir, como el Señor es bueno y misericordioso, El tendrá paciencia conmigo, y yo ya cambiaré más adelante, seré más bueno pero tengo tiempo aún, ya me apartaré de ese camino de pecado. Eso es abusar de la misericordia de Dios, jugar con su amor y su gracia. Lo hacemos, desgraciadamente, tantas veces.
Como nos dice san Pablo: ‘con la dureza de tu corazón impenitente te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios pagando a cada uno según sus obras… a los porfiados que se rebelaron contra la verdad y se rinden a la injusticia, les dará un castigo implacable…’
Esta Palabra de Dios que estamos escuchando y reflexionando no es para llenarnos de miedo ante el Señor y perder la esperanza de la salvación. Hemos de mantener en nuestro corazón el santo temor del Señor, que es uno de los dones del Espíritu también, que nos haga considerar y respetar su grande y su amor. Hemos de escucharla como una invitación a la conversión, al cambio de nuestro corazón, a la vuelta al amor de Dios, para llenarnos de él, para vivirle intensamente.

martes, 13 de octubre de 2009

Evangelio de Dios, revelación de la justicia salvadora de Dios

Rm. 1, 16-25
Sal.18
Lc. 11, 37-45


‘Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para anunciar el Evangelio de Dios’ . Así comienza la carta de san Pablo a los Romanos que hubiéramos leído ayer – al celebrar el día del Pilar tuvimos otras lecturas -, y que continuaremos escuchando durante dos semanas. Hoy nos dice: ‘Yo no me avergüenzo del Evangelio: es fuerza de salvación de Dios para todo el que cree… en él se revela la justicia salvadora de Dios, para los que creen…’
Pablo habla en esta carta a los cristianos de la comunidad de Roma, muchos de ellos provenientes del mundo pagano donde reinaba la idolatría. Quiere anunciar el Evangelio de Jesús, Buena Nueva de Salvación, ‘fuerza salvadora de Dios’, revelación de ‘la justicia salvadora de Dios’. En el Evangelio tenemos la plena revelación de un Dios al que también podemos acceder desde la contemplación de todo lo creado por Dios. ‘Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles, su poder eterno y su divinidad, son visibles para la mente que penetra en sus obras’, les dice. ‘El cielo proclama la gloria de Dios’, decíamos en el salmo. Toda la creación nos está hablando de Dios, nos está revelando el Dios Creador. Es el primer libro abierto delante de nuestros ojos para conocer a Dios.
Sin embargo por ese razonar, pudiendo hacerlo, no llegaron al conocimiento de Dios sino que su vida se lleno de idolatría y de tinieblas. ‘Cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes del hombre mortal, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles… cambiaron al Dios verdadero por uno falso, adorando y dando culto a la criatura en vez de al Creador… no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’.
Pablo quiere anunciarles el Evangelio de Jesús donde está verdaderamente la salvación. Porque la tentación sigue acechando cuando viven en medio de un mundo pagano. Es fácil dejarse influir y bien lo sabemos nosotros por los que nos sucede en nuestro tiempo. Nos está dando la motivación de su carta desde el principio y les anunciará su próximo viaje a Roma.
Es el mensaje que también nosotros hemos de recibir. Decimos que vivimos en un mundo y en una sociedad cristiana, pero bien nos damos cuenta cómo tantos a nuestro alrededor abandonan la fe en la que fueron bautizados. Pero vivimos en una sociedad múltiple donde ya no todos se dejan guiar por los principios cristianos e incluso aun conservando una cierta fe, muchas veces se alejan en su concepción de la fe y de Dios mucho del Dios del Evangelio. Recibimos influencias de todo tipo y bien conocemos gente que se deja seducir por espiritualidades (así las llaman) venidas de lugares lejanos bastante ajenas al espíritu del Evangelio.
‘Conociendo a Dios no le han dado la gloria y las gracias que Dios se merecía’, decía san Pablo en su carta. Conociendo a Dios, porque en la fe cristiana hemos sido educados, muchos la dejan de lado, abandonan su pertenencia a la Iglesia, y hacen muchas veces una mezcolanza de ideas y conceptos digamos religiosos en cierto modo incomprensibles.
¡Qué importante que nos mantengamos firmes en nuestra fe! Claro para ello es necesario que nos dejemos formar para ahondar en el conocimiento de esa fe. Quizá nos dejamos enseñar por cualquiera que venga de acá o de allá, pero no acudimos a la llamada que nos hace nuestra Iglesia para que adquiramos una verdadera formación cristiana. Pensamos muchas veces que por nos prepararon para hacer la primera comunión ya está todo hecho. Cuando en nuestras parroquias se nos llama a una catequesis para jóvenes o para adultos, pensamos que eso no es para nosotros, porque a mí que me van a enseñar, y nunca tenemos tiempo para ello. Así nuestra fe es débil y poco comprometida, y como veletas somos zarandeados por los vientos de las novedades que vengan de acá o de allá y pronto abandonamos nuestra fe cristiana y quizá al final podemos abandonarlo todo.
Preocupémonos de formarnos en nuestra fe.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Se fió de mi y me confió este ministerio

1Tim. 1, 1-2.12-14
Sal. 15
Lc. 6, 39-42


Iniciamos hoy la lectura de la primera carta de san Pablo a Timoteo, ‘verdadero hijo en la fe’, como le llama en el saludo de la carta. Efectivamente Timoteo se había unido a Pablo en su segundo viaje por el Asia Menor. Le había acompañado hasta que Pablo lo dejó al frente de la comunidad de Éfeso. A él dirige dos cartas, llamadas pastorales, donde principalmente le da orientaciones en orden a organizar la comunidad, pero con hermoso contenido que nos ilumina en nuestro camino de la vida cristiana.
Tras el saludo Pablo hace una auténtica confesión de fe, reconociendo de quien ha recibido la misión que se le ha encomendado. ‘Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio…’
‘Que me hizo capaz…’ Ya en su presentación en el saludo se llama a sí mismo ‘Apóstol de Cristo Jesús por disposición de Dios, nuestro Salvador, y de Jesucristo, nuestra esperanza’. No es un ministerio o servicio que haya asumido por sí mismo, como reconocerá también en otros lugares, sino que ha sido llamado por el Señor para ser apóstol.
‘Y se fió de mí…’ A continuación reconoce humildemente su condición anterior a su conversión. ‘Eso que yo era antes un blasfemo, un perseguidor y un violento. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía’. Hermoso su gesto de humildad, al tiempo que el reconocimiento de la grandeza del Señor que le ha llamado y se ha fiado de él. Tiene otras resonancias esta confesión. María, se llama a sí mismo la esclava del Señor, pero reconoce que el Señor ha hecho en ella cosas grandes.
Y terminará diciendo Pablo: ‘Y me confió este ministerio’. Y es que ‘Dios derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor cristiano’. Todo es gracia, regalo de Dios. Y los regalos de Dios son siempre generosos, sin medida. Por eso dice ‘derrochó’. Todo es un derroche de gracia del Señor.
Muchas cosas podemos aprender de estas palabras y de esta actitud de Pablo. El ha experimentado en su vida lo que es la gracia de Dios, el amor misericordioso del Señor. Eso le hace actuar también con misericordia con los demás. Cómo tenemos que aprender la lección. Reconocer en nuestra vida la misericordia del Señor con nosotros que somos pecadores, nos tendrá que hacer actuar de manera distinta con los otros. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar y para condenar? Como nos dice hoy el evangelio tenemos que mirar la viga de nuestro ojo antes de ver la mota que pueda haber en ojo de nuestro hermano. Pero qué dados somos para el juicio y la condena, ver las faltas de los demás pero no ser capaces de reconocer nuestras propias debilidades y flaquezas.
Yo también, de manera personal, quiero como el Apóstol dar gracias a Dios ‘que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio’, el ministerio sacerdotal. Así de grande ha sido el amor de Dios en mi vida. Así lo ha derrochado sobre mi para seguir confiando en mí a pesar de mis debilidades, de mis fracasos, de mi pecado. Y el Señor sigue confiándome este ministerio. Invito a quien lea estas consideraciones a dar gracias a Dios conmigo.
Pero todos hemos de saber descubrir esa acción maravillosa en nuestra vida, ese amor que se derrama sobre cada uno de nosotros, allí donde estemos, y en la misión que nos haya confiado. Todo es vocación, porque todo es llamada de Dios. Ese lugar que ocupo, esa profesión que realizo, esas actividades que hago, esa vida en el seno del hogar y de la familia, todo son llamadas de Dios, y todo es un derroche de la gracia de Dios sobre nosotros para el cumplimiento fiel de esa vocación a la que hemos sido llamados.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Colosas una comunidad estimulada por la carta del apóstol

Col. 1, 9-14
Sal. 97
Lc. 5, 1-11


La carta a los Colosenses que hemos comenzado a escuchar desde ayer en la lectura continuada de la liturgia es un texto muy alentador y muy lleno de esperanza. Cuando el apóstol escribe a aquellas comunidades donde él ha anunciado el evangelio, aunque en ocasiones tenga que corregir y llamar la atención sobre cosas que hay que mejorar en la comunidad, sin embargo lo que pretende es dar ánimos valorando todas las cosas buenas de aquella comunidad, como su acogida de la Palabra de Dios que hicieron cuando se les anunció.
Da gracias el Apóstol al Señor por la fe, el amor y la esperanza que anima a aquella comunidad. ‘Damos gracias a Dios Padre… desde que nos enteramos de vuestra fe en Cristo y del amor que tenéis a todo el pueblo santo… os anima a esto la esperanza de lo que Dios os tiene reservado en los cielos… desde el día en que escuchasteis y comprendisteis de verdad lo generoso que es Dios’.
Por eso pide el que cada día vayan creciendo más y en el conocimiento de Dios y sus designios: ‘un conocimiento perfecto de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual’. Es el conocimiento del Evangelio, el conocimiento de Cristo, que se traducirá luego en una conducta agradable al Señor y en los frutos de buenas obras. ‘De esta manera vuestra conducta será digna del Señor, agradándole en todo; fructificaréis en toda clase de obras buenas…’ Siempre el conocimiento de Dios, de su voluntad, de lo que nos dice el evangelio ha de reflejarse en la vida, en la conducta.
Y eso se expresa además mediante las buenas obras. Nunca podremos separar nuestra fe del conjunto de nuestra vida. Esa fe que tenemos en Dios no es sólo un acto religioso que realicemos en unos momentos determinados, sino que se va manifestando en todo lo que es nuestra vida; de ahí nuestra conducta y de ahí el compromiso de nuestras obras de amor.
Pero además esto nos dará fuerza para enfrentarnos a las dificultades que vamos encontrando en nuestra vida. Son como pruebas que tenemos que superar. Muchas veces pueden ser incluso cosas molestas, sacrificadas. Pero ahí tiene que verse nuestra paciencia. Como dice el apóstol: ‘El poder de su gloria os dará fuerza para soportar todo con paciencia y magnanimidad’. No es un soportarlo porque no quede más remedio. Es que esos sufrimientos se han de vivir de una forma distinta, ‘con alegría dando gracias a Dios Padre que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz’.
¿Cómo no vivirlo con alegría sabiendo lo que el Señor ha hecho por nosotros, sabiendo lo que significa la redención que Cristo nos ofrece cuando ha derramado su sangre por nosotros? Nos ha sacado de las tinieblas para llevarnos a la luz; nos ha sacado del reino de la esclavitud y del pecado, para conducirnos a la vida y a la salvación. ‘El nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
Esto que les decía san Pablo a los cristianos de Colosas, admirando su fe, su entrega, la buena respuesta que dieron al evangelio que les anunció, nos lo dice a nosotros también. Es nuestra tarea ese crecimiento de nuestra fe, de nuestro conocimiento de Cristo y de su Evangelio. Es en algo en lo que tenemos que estar empeñados siempre tengamos la edad que tengamos, porque ese es un conocimiento que no se agota.
Es nuestra tarea el crecimiento de nuestra fe, de nuestro amor y de nuestra esperanza. Queremos vivir en su Reino. Escuchamos su Palabra cada día porque cada día queremos mejorar la pertenencia a su Reino. Y tenemos la esperanza de que un día lo alcanzaremos en plenitud. Es la esperanza de la vida eterna, es la esperanza del cielo con la que vivimos, nos esforzamos, luchamos superándonos cada día más y mejor. Es la fuerza que recibimos para aceptar pacientemente sufrimientos, luchas, problemas, dificultades. La meta a la que aspiramos, el cielo que deseamos bien merece la pena pasarlo todo. Porque eso en nuestra esperanza hemos de estar también alegres en el Señor.