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sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


viernes, 14 de junio de 2019

Somos un instrumento de barro llenos de debilidades pero que llevamos en nosotros el tesoro de la fe y de la gracia de Dios


Somos un instrumento de barro llenos de debilidades pero que llevamos en nosotros el tesoro de la fe y de la gracia de Dios

2 Corintios 4, 7-15; Sal 115; Mateo 5, 27-32
Según el valor de la joya que queramos guardar probablemente busquemos el joyero apropiado también rico en valor y belleza en consonancia con la riqueza del preciado tesoro. En ocasiones nos encontraremos el cofre aparentemente es de mayor riqueza y belleza que la misma joya que contiene, pero que sin embargo para nosotros puede tener un valor especial según nuestros propios sentimientos. No es difícil encontrarnos en exposiciones o en museos obras de arte en preciados cofres que un día contuvieron cosas de gran valor.
Me hago esta consideración como a contraluz de lo que hoy nos dice la Palabra de Dios que nos habla de un tesoro que sin embargo portamos en vasijas de barro. Una vasija de barro que fácilmente se puede quebrar y romper y en consecuencia poner en peligro ese tesoro que contienen. Pero es así para que no nos quedemos en la vasija sino que realmente vayamos a buscar ese tesoro que es lo que en verdad tiene que enriquecer nuestra vida. En lo que mencionábamos como introducción nos encontramos con valiosos cofres que un día contuvieron preciados tesoros, pero ese tesoro se perdió quedando solo el cofre que la contenía. ¿A qué tenemos que dar más valor?
Hablaba el apóstol como el tesoro de la predicación, el tesoro de la Palabra de Dios que hemos de proclamar, está contenido en vasijas de barro, para hablarnos de nuestra propia debilidad y que entonces la Palabra de Dios tiene su riqueza y belleza por si misma, porque es la Palabra de Dios, y no por el valor o sabiduría del predicador que la proclame.
Podemos hablar de nuestra fe como podemos hablar del Reino de Dios, podemos hablar de esos valores y principios fundamentales de la vida cristiana como de toda la gracia maravillosa del Señor que nos llega a través de la Iglesia y a través de aquellos que en la Iglesia tienen la especial misión del anuncio del Evangelio; podemos hablar de la grandeza del sacerdocio que ejerce el presbítero en nombre de Cristo de Sacerdote o podemos hablar de la maravilla del matrimonio formado por un hombre y una mujer con sus valores y cualidades o también con la pobreza de sus vidas. Pero ahí está el tesoro que tenemos que descubrir, como nos hace ver hoy también el evangelio.
No son nuestras elocuencias o sabidurías humanas los que le dan valor a la fe, a la Palabra de Dios, al Reino de Dios o al mismo evangelio. El hombre o la persona a quien se le ha confiado esa misión o que tiene ese ministerio en la Iglesia es solo el instrumento, vasija de barro lleno de debilidades, pero que sin embargo tiene la excelsa misión de ese anuncio del Reino de Dios. Lo importante es esa Palabra que en nombre de Dios nos trasmite con maravillosa elocuencia o tartamudeando en la pobreza de sus valores o cualidades personales.
Es no quita para que cuidemos que el instrumento sea bueno y procuremos su dignidad y también esté cultivado por así decirlo. Pero sabemos que la maravilla de la gracia es obra del Señor, es un don de Dios. Instrumento de barro somos porque, es cierto, estamos llenos de debilidades, pero es la gracia de Dios la que nos transforma y la que obra maravillas aunque nosotros seamos pobres y pequeños. En esa pobreza y pequeñez se manifiesta lo que es la maravilla de la gracia del Señor.
Hoy Jesús en el evangelio nos recuerda la maravilla que es el matrimonio tal como es querido por Dios, pero conscientes somos de nuestras debilidades, de la pobreza de los instrumentos de nuestra vida que muchas veces pueden poner en peligro esa estabilidad del amor matrimonial. Vasijas de barro somos pero capaces de contener el amor más hermoso vivido en la entrega y en la fidelidad, también en el sacrificio y aún a pesar de nuestras debilidades. No podemos dejar que se empañe esa maravilla del amor matrimonial a causa de los egoísmos y los orgullos que se meten tantas veces por dentro con afán de destruirlo. Y es que por encima de lo que somos valemos – que por supuesto hay que tenerlo en cuenta – está la gracia del Señor que todo lo engrandece haciéndolo incluso sobrenatural.



jueves, 13 de junio de 2019

Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes


Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26
El evangelio nos ofrece hoy de nuevo la oración sacerdotal de Jesús, que ya escuchamos y reflexionamos en los últimos días del tiempo pascual. La razón es que hoy la Iglesia nos ofrece celebrar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
Como un colofón del tiempo pascual que habíamos venido celebrando y, aun cuando ya estamos inmersos de nuevo en el tiempo ordinario, se nos ofrece esta celebración para contemplar una vez el misterio de Cristo en su profundo sentido pascual. Es quien por nosotros se ha ofrecido en sacrificio con su entrega de amor en la cruz. Una muerte con pleno sentido cuando tantas veces nos preguntamos por el sentido de la muerte. Una pasión y muerte que es ofrenda de amor.
Cuando en nuestro amor queremos regalar algo a quien amamos no nos importa lo que nos cueste aquello que vamos a ofrecer. Dar de lo que nos sobra porque ya no lo necesitamos no tiene ningún mérito ni valor. Pero cuando damos algo que arrancamos de nosotros mismos aunque nos cueste dolor estamos manifestando qué grande es el amor que tenemos, que verdadero es ese amor porque amar siempre es donación y es entrega.
No ofreció cualquier cosa por nosotros Jesús. Había venido para hacer en todo semejante a nosotros y a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo, porque quiso hacerse el último y el servidor de todos y así se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. Y es que ya El nos lo había dicho que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos a los que ama. Y es lo que hizo Jesús. Es su ofrenda de amor, es su sacrificio ofrecido en el ara de la cruz.
Pero no es alguien ajeno quien hace la ofrenda y el sacrificio, sino que es El mismo quien se ofrece, se sacrifica y quien como sacerdote presenta la ofrenda al Padre. Es el mayor signo del sacrificio y del sacerdocio, porque se ofrece a su mismo, porque entrega su vida, porque así nos regala su amor llenándonos de nueva vida. Así de infinito es el valor de su ofrenda y sacrificio.
Pero El ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio porque con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Desde nuestro bautismo con la unción del Espíritu hemos sido también nosotros consagrados para unirnos a El y ser una misma cosa con El. Allá en el Jordán tras el bautismo de Juan al que quiso someterse apareció el Espíritu del Señor sobre El en forma de paloma mientras se escuchaba la voz del cielo que lo proclamaba como el Hijo de Dios. Fue como su unción y su consagración aunque por si mismo ya era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y por quien todo se ha hecho, como proclamamos en el credo de nuestra fe.
En el nuevo bautismo también se va a manifestar sobre nosotros el misterio trinitario de Dios, para que por la unción del Espíritu, la unción con el crisma, nosotros podamos ser unos también con Cristo y con Cristo hacernos también participes de su sacerdocio. Lo solemos llamar el sacerdocio común de los fieles para diferenciarlo del sacerdocio presbiteral, pero diríamos que es el más importante porque nos consagra y nos hace uno con Cristo para que también nosotros todos podamos hacer la misma ofrenda de Jesús.
La vida del cristiano ha de ser también esa ofrenda de amor de cuanto es, de cuanto hace, de cuanto tiene, de lo que es su vida toda. Todo en la vida del cristiano ha de ser siempre para la gloria de Dios, con toda nuestra vida siempre y en todo momento hemos de glorificar al Señor. Por eso con Cristo somos también sacerdotes. Es lo que hoy tenemos que considerar cuando celebramos esta fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

miércoles, 12 de junio de 2019

Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad


Nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser la de amor desde los pequeños detalles realizados con fidelidad

2Corintios 3, 4-11; Sal 98; Mateo 5, 17-19
El amor entre las personas que se aman de verdad se manifiesta desde los más pequeños detalles y en las cosas que nos pueden parecer más ínfimas o insignificantes. No damos por presupuesto que nos amamos sino que lo manifestamos en la fidelidad de cada día hasta en las más pequeñas cosas. Decir que queremos a alguien no nos ha de hacer que nos saltemos esas pequeñas cosas sino que nos obliga por así decirlo desde el amor a realizarlas con más extraordinaria fidelidad.
A todo esto tenemos que decir que nuestra relación con Dios necesariamente ha de ser una relación de amor. Todo parte, por supuesto, del amor que Dios nos tiene y al que tratamos de corresponder. Como nos dice el apóstol el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero.  Y así nosotros amamos y queremos cumplir su voluntad, porque sabemos que haciendo su voluntad manifestamos nuestro amor y buscando siempre lo que es su voluntad damos gloria al Señor.
Pero algunas veces da la impresión que somos raquíticos en nuestra respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y comenzamos a hacer rebajas, y en esas rebajas queremos saltarnos aquellas cosas que a nosotros nos puedan parecer insignificantes. Total,  nos decimos, son pequeñas cosas sin importancia. Pero en la fidelidad de esas pequeñas cosas, como nos dice hoy Jesús en el evangelio, es donde manifestamos la fidelidad de nuestro amor.
 Escuchemos lo que nos dice hoy Jesús. Nos señala que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud. Y la plenitud esta en el amor. Por eso nos habla de la fidelidad en el amor hasta en lo que nos parece pequeño. ‘El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos’.
Ahí manifestamos nuestra grandeza. En la humildad de lo pequeño y de lo sencillo. Eso que nos podemos saltar con tanta frecuencia. Algunas veces nos queremos considerar tan espirituales y de tanta altura, que ya no nos queremos quedar en los detalles de lo pequeño. Pero ya vemos como  nos dice Jesús donde está nuestra grandeza. En lo  humilde y en lo pequeño. Y todo eso se va a traducir en cercanía para con los demás bajándonos de nuestros pedestales. Y así nos hacemos humildes y nos ponemos en la fila de los que parece que nada valen o no son considerados. Y ahí vamos repartiendo nuestras sonrisas, nuestros detalles y delicadezas, nuestro amor.
Es lo que hizo Jesús. Y nosotros no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus huellas. Tenemos en la Iglesia, los cristianos y también los pastores, aprender a caminar por esos caminos, que fueron los caminos que recorrió el Maestro y el Señor.
Arranquemos todo lo que significa boato y vanidad. Tenemos muy lleno nuestro corazón de esas apetencias y ya no sabemos caminar por los caminos humildes de las cosas pequeñas y sencillas y así nos ponemos por encima de los que consideramos más pequeños que nosotros, cuando en realidad son más grandes. Hay mucha ceguera en nuestros corazones. Esas son las cosas que tenemos que cambiar para que mejore nuestro mundo. Pero nos llenamos la boca hablando de grandes proyectos y programas.
Aprendamos el camino de Jesús.

martes, 11 de junio de 2019

Bernabé, hombre bueno, lleno del Espíritu Santo que se dejó conducir por el Espíritu para encontrar caminos nuevos de anuncio del evangelio



Bernabé, hombre bueno, lleno del Espíritu Santo que se dejó conducir por el Espíritu para encontrar caminos nuevos de anuncio del evangelio

Hechos 11, 21-26; 13 1-3; Sal 97; Mateo 10,7-13
Hoy celebramos la fiesta de san Bernabé, que es considerado como un Apóstol, aunque él no formara parte del grupo de los Doce que fueron los que estuvieron con Jesús y fueron testigos de la resurrección del Señor. El es fruto de aquellos primeros grupos que se convirtieron con la predicación de Pedro y los Apóstoles después de Pentecostés.
Bernabé era un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe’ lo define el libro de los Hechos de los Apóstoles. Natural de Chipre de él se decía que era un hombre justo y se desprendió de sus posesiones para poner a los pies de los apóstoles el dinero obtenido para compartirlo con la comunidad como tan ejemplarmente aparece en aquella primera comunidad de Jerusalén donde tenían una sola alma y un solo corazón y nadie poseía nada propio sino que todo lo ponían en común.
Veremos cómo la misión que le encomienda la comunidad de Jerusalén es bajar a Antioquia para constatar el progreso del camino de la fe, porque muchos eran los que se adherían a la comunidad creyendo en el nombre del Señor Jesús. ‘Y así mucha gente se adhirió al Señor’, que dice el autor sagrado. Será quien vaya a Tarso a buscar a Saulo, convirtiéndose en un valedor suyo ante las desconfianzas que tenían por haber sido un perseguidor de los cristianos.
Más tarde les veremos elegidos los dos, Bernabé y Saulo, por el Espíritu en medio de aquella comunidad de Antioquia para comenzar lo que seria el primer viaje apostólico de Pablo primero por Chipre y luego por toda aquella región del Asia Menor. Lo veremos en otras actuaciones con la Iglesia de Jerusalén participando en aquel primer concilio y más tarde ya emprendería viaje apostólico por su cuenta separándose de Pablo.
Es por ello por lo que es considerado Apóstol, aunque no formara parte del grupo de los Doce, como ya decíamos. Pero de él destacaríamos esa generosidad de su vida, desprendiéndose de todo para que nadie en la comunidad pasase necesidad, pero también la iniciativa y el coraje apostólico para emprender la maravillosa tarea de la evangelización.
Fue un hombre que se dejó conducir por el Espíritu en esa generosidad mencionada de desprenderse de todo pero también en la tarea de la evangelización. Elegido por la comunidad y guiado por el Espíritu baja a Antioquia, como elegido por el Espíritu en medio de la comunidad orante va con la misión del anuncio del evangelio por el mundo. Pablo en sus cartas hace mención a las dificultades y hasta persecuciones con que se encontraron y tuvieron que sufrir, y en esas andaba también Bernabé en aquel primer recorrido que hacen por Antioquia de Pisidia, Iconio, Listra y otros lugares de donde en ocasiones tuvieron que salir a la carrera y donde sufrieron acoso y persecución por anunciar el nombre de Jesús.
No era tarea fácil la evangelización como no lo sigue siendo hoy. No todos eran momentos idílicos y de paz y armonía, porque igual que Jesús fue rechazado el que lleva el encargo de anunciar el Evangelio también se ve rechazado en multitud de ocasiones. Cuando con toda radicalidad queremos anunciar y vivir el mensaje de Jesús nos vamos a encontrar que las tinieblas rechazan la luz, y fuerte es la hora de las tinieblas como lo dice Jesús mismo en el evangelio.
Creer en el evangelio exige conversión como Jesús mismo pedía desde el principio de su predicación. Y conversión significa aceptar algo nuevo dejando atrás nuestra vida condición. Y no es fácil porque muchos con los apegos de la vida de los que nos cuesta arrancarnos. Es necesario una fe profunda que nos siempre se encuentra con toda claridad y desde lo más hondo de nosotros mismos sentimos turbación, dudas, incertidumbres, apegos que nos confunden y nos llenan de desasosiego.
Todos lo sentimos en nuestro interior y aquel al que se le anuncia por primera vez la novedad del evangelio no estará siempre dispuesto a aceptar o puede ver un peligro para sus conveniencias y comodidades. Para muchos eso se convertirá en un rechazo que será enfrentamiento con aquel que hace el anuncio del Evangelio.
Hoy contemplamos a este Apóstol, Bernabé, que se convierte para nosotros en ejemplo y estímulo para nuestra tarea de evangelización. Que tengamos esa generosidad de corazón para dejarnos conducir por el Espíritu, para descubrir de verdad esa fuerza e ímpetu del Espíritu para saber encontrar esos caminos nuevos para responder también a los retos de nuestros tiempos, para ir a donde el Espíritu quiera conducirnos, para sentir la fortaleza del Espíritu en medio de las dificultades que podamos encontrar. No es que tengamos que hacer cosas extraordinarias, sino solamente abrirnos a la acción del Espíritu para que en esos momentos sencillos quizás de nuestra vida de cada día ser testigos de nuestra fe.

lunes, 10 de junio de 2019

Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza



Los hijos quieren tener la confianza de la presencia de la madre en los momentos difíciles, la Iglesia quiere invocar también a su Madre para con ella llenarnos de esperanza

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 87; Juan 19, 25-34
Litúrgicamente retomamos hoy el tiempo Ordinario; ayer terminamos el tiempo pascual con la celebración de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo, pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús, la Madre de la Iglesia.
Cuando ayer de alguna manera celebrábamos que con la venida del Espíritu Santo comenzaba el tiempo de la Iglesia y no podemos menos que mirar a María, a quien Pablo VI invocó en el concilio Vaticano II como madre de la Iglesia. Desde que Jesús confiara a María al cuidado y atención de su discípulo amado en lo alto del Calvario, no es solo que aquel discípulo en quien estábamos todo representados ha de cuidar de la madre, sino que es la Madre, con ese cariño maternal y único es la que cuida de los hijos, es la que cuida de nosotros la Iglesia.
Ya la contemplamos en el tiempo que media entre la Ascensión de Jesús al cielo y la venida del Espíritu Santo unida al grupo de los discípulos – la Iglesia naciente – allí en el Cenáculo. Bella imagen de María en medio de sus hijos; ahí está como madre, en sus funciones de madre que cuida y que protege, que camina al lado de sus hijos y que siempre les estará recordando el camino recto diciéndonos como a los sirvientes de las bodas de Caná, ‘haced lo que El os diga’.
Siempre ha estado presente María en la vida de la Iglesia como  no podía ser menos. Y a ella con devoción de hijos la Iglesia la invoca, la Iglesia la tiene siempre presente, implora de ella que nos alcance las gracias celestiales que tanto necesitamos. En los momentos duros y difíciles de la vida cómo los hijos ansiamos la presencia de la madre a nuestro lado; nos sentimos fuertes, nos llenamos de esperanza, sentimos el calor de su cariño que tanto bien nos hace y que tanto nos estimula, sus lágrimas que se unen a nuestras lágrimas en nuestras angustias y sufrimientos son como una sal nueva para nuestra vida que nos impulsa a mantenernos firmes y en la lucha para saber seguir adelante, porque una madre siempre nos enseña a mirar a lo alto, a no rendirnos, a superar momentos negros y a llenar de luz nuestra vida.
Cada tiempo ha tenido sus dificultades y sus momentos oscuros y nuestro tiempo también los tiene para nosotros y para la Iglesia. En el cambio y evolución de nuestro mundo podemos sentirnos turbados porque nos puede parecer que los valores espirituales no se tienen en cuenta o que otros son los valores que se quieren imponer en nuestra sociedad. Necesitamos serenidad y confianza y eso es algo que la presencia de una madre nos puede dar.
Por eso en estos momentos que pueden ser difíciles para la Iglesia y para los cristianos queremos sentir esa presencia estimulante de María que nos haga encontrar esa serenidad y esa seguridad en lo que es nuestra fe, en lo que son nuestros valores. Invocamos a la Madre, invocamos a María, Madre de la Iglesia como en este día queremos llamarla para seguir confiados y llenos de esperanza nuestro camino. Ella nos alcanza esa gracia del Señor que nos fortalece y que nos da esperanza, que llena de paz nuestro espíritu y nos da seguridad en nuestro camino.
Con ella a nuestro lado queremos caminar porque estamos seguros que sus caminos son los caminos del Señor.

domingo, 9 de junio de 2019

La vida cristiana no se reduce al cumplimiento de unos protocolos o reglamentos sino a dejar que el Espíritu santo irrumpa en nosotros para hacernos vivir una vida nueva


La vida cristiana no se reduce al cumplimiento de unos protocolos o reglamentos  sino a dejar que el Espíritu santo irrumpa en nosotros para hacernos vivir una vida nueva

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23
Podemos escuchar una canción o una pieza musical técnicamente bien interpretada, ajuntándose perfectamente a las medidas y ritmos musicales señalados en la partitura pero podemos encontrarnos que alguien que la escuche con una cierta sensibilidad pueda decirnos que está bien interpretada, pero que a esa canción o a esa pieza musical le falta algo, la falta calor, la falta alma, la falta espíritu, decimos, y que por ello no produce en nosotros ninguna reacción anímica que nos conforte y avive nuestros sentimientos. No nos podemos reducir a llevar un compás, un ritmo establecido, sino que el interpreta tiene que darle vida, poner todo su espíritu en ello para que esa melodía nos pueda llevar a emociones y vivencias profundas.
Así nos puede suceder en la vida. Hacemos las cosas bien, hacemos lo correcto y hasta desde una preocupación social quizá desarrollamos programas para atender a necesidades y problemas, cumplimos todos los protocolos establecidos, porque ya hoy todo se rige por unos protocolos, unas normas o reglamentos que diríamos en otro tiempo, que nos marcan lo que debemos hacer y como se ha de reaccionar ante esas situaciones, y sin embargo nos quedamos en eso, en cumplir.
¿Solamente así estaremos dando vida a lo que hacemos, o nos estaremos reduciendo a una realización mecánica de una serie de cosas que ya nos han preestablecido? Y encontraremos frialdad en el profesional que nos atiende, el que está detrás del mostrador o de la mesa de despacho se reduce a hacer las cosas, pero no le da calor humano al trato y al encuentro con las personas, y así podríamos pensar en muchas cosas.
¿No podría pasar algo así también en el ámbito de la fe y de nuestra religiosidad? Algunas veces pudiera sucedernos que andamos así. Y se hace fría y rutinaria nuestra fe, y nos quedamos en la realización mecánica de unos actos o servicios religiosos; fijémonos que hasta llegamos a llamarlos servicios porque se reducen a algo así como a unos cumplimientos de unos ritos, hablamos mucho de pastoral pero falta el calor de ese pastor que está al lado de su rebaño. Falta algo importante en ese ámbito de nuestra fe y de nuestra religiosidad, le falta espíritu.
Nuestras celebraciones y nuestras oraciones terminan volviéndose frías y rutinarias; analicemos por ejemplo las carreras en nuestros rezos, las prisas que nos damos mirando continuamente el reloj en nuestras celebraciones para no pasarnos de un tiempo determinado y no nos cansemos o cansemos a la gente. Nos falta entusiasmo para hablar de nuestra fe, para contagiar a los demás de aquello en lo que nosotros creemos, acabamos haciendo dejación de nuestros compromisos, nuestro testimonio es apocado y pobre y terminamos siendo ahogados por el ambiente que nos rodea.
¿Qué nos está faltando a los cristianos? ¿Qué le está faltando a la Iglesia quizá? ¿Nos habremos contentado en cumplimentar mecánicamente la partitura de nuestra vida cristiana y por eso al final nos vamos llenando de normas y más normas y parece que ya no hay nada en la vida de la Iglesia que no está marcado por un reglamento, un protocolo que hemos de cumplir fríamente? Será una melodía técnicamente interpretada hasta de forma magistral, pero a la que le falta el calor de la vida.
¿Nos habremos olvidado de quien en verdad es el alma de nuestra Iglesia y tiene que llenar de calor, valor y sentido a cuanto hacemos los cristianos? Hoy decimos con mucha facilidad que el Espíritu Santo ha sido el gran olvidado de la Iglesia y sin embargo hoy hablamos enseguida del Espíritu Santo y ya hasta somos capaces de decir maravillas, pero ¿no se quedará en lo que decimos pero que realmente no le dejamos ser ese verdadero motor de nuestra vida y de la vida toda de la Iglesia?
Quizá hoy incluso hemos vuelto a llenarnos de miedos cuando contemplamos el ambiente en que nos movemos, los desprestigios que de todas partes se quieren hacer de la Iglesia y de los cristianos, quizás volvemos a sentirnos acosados y hasta perseguidos y tenemos la tentación de volvernos a encerrar en nuestros cenáculos.
Necesitamos que de nuevo irrumpa el Espíritu santo en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, por una parte para que desterremos de una vez por todas esos miedos que son cosa bien lejana del sentido de nuestra fe; pero necesitamos que irrumpa el Espíritu Santo en nosotros y en la Iglesia para que en verdad nos sintamos de nuevo renovados, hechos nuevos, llenos de una nueva vida, con fortaleza y gallardía en nuestra fe, con valentía en nuestros compromisos y en nuestro testimonio, con verdadero espíritu en nuestro corazón y en todo lo que hacemos.
Hoy estamos celebrando Pentecostés y quizás alguien de los que leen estas semillas de cada día podría haber estado pensado que me había ido por los cerros de Úbeda en estas reflexiones. Es que quería resaltar cómo a pesar de que celebremos Pentecostés y contemplemos en la Escritura lo que significó en la Iglesia primitiva la presencia del Espíritu, seguimos nosotros sin llegar a sentir de verdad esa presencia del Espíritu en nosotros y en nuestra Iglesia. Sigue faltando esa alma, ese espíritu vivo en nosotros, en la Iglesia.
No nos podemos contentar con admirar lo que significó, como nos narra el libro de los Hechos, la irrupción del Espíritu en el Cenáculo aquel día o lo que veremos luego en textos sucesivos de la Escritura. Es que eso tenemos que vivirlo y sentirlo nosotros hoy y sentir toda esa renovación como una revolución que se produce en nosotros.
Tenemos que llenarnos de la presencia del Espíritu para que todo lo que hagamos sea impulsado por esa fuerza del Espíritu Santo, y de verdad todo esté lleno de vida y de verdadera profundidad. Ya resaltábamos muchas cosas negativas que se van produciendo en nosotros cuando nos falta esa vida, por la contra veamos cómo con la fuerza del Espíritu Santo todo tiene que ser distinto, todo tiene que estar de verdad lleno de vida.
Es así como se realizara esa renovación en nosotros, en nuestra vida y como se realizará esa renovación en nuestra Iglesia, renovación que tiene que ser mucho más que unos protocolos, reglamentos o leyes de los que tan fácilmente estamos tentados de darnos una y otra vez.