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miércoles, 16 de septiembre de 2026

Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

 


Que sea el Espíritu del Señor el que nos guíe porque es quien nos da con su divina sabiduría el agua o el sol que necesitamos en cada momento para vivir el Reino de Dios

1Corintios 12, 31 – 13,13; Salmo 32; Lucas 7, 31-35

Nunca llueve a gusto de todos, solemos decir muchas veces; y no es solo que no estemos nunca contentos con el tiempo meteorológico que tengamos, que si hace calor, que si hace frío, que si tenemos mal tiempo, que si los tiempos están cambiando que son temas de conversación bastante frecuentes; pero cuando empleamos esa expresión queremos decir algo más, nunca estamos contentos en cómo estamos o lo que tenemos aunque seamos nosotros mismos los que nos lo hemos labrado.

¿Descontento? ¿poca confianza en lo que hacemos? ¿inconformismo? ¿incongruencia en las actitudes o en las posturas que tomamos con las que al final ni nosotros mismos estamos de acuerdo? ¿falta de metas o de principios que den una orientación firme a nuestra vida? Yo suelo decir, sin embargo, que un cierto inconformismo sí que necesitamos en la vida, porque será también lo que nos vuelva críticos con nosotros mismos y nos haga crecer, porque nos lleve a corregirnos y a buscar siempre algo mejor para nuestra vida. Pero quizás nuestros inconformismos no siempre vayan por ese camino, sino porque no nos hacen lo que a nosotros nos agrada o nos resulta más fácil.

Jesús se pregunta a quién puede comparar aquella generación que entonces le tocó sortear. Y dirá que son como niños que no saben lo que quieren, que salen a jugar a la plaza y no terminan de ponerse de acuerdo en los juegos que les harían participar a todos. ¿Seguiremos siendo también hoy nosotros como niños que no sabemos lo que queremos?

Jesús, de alguna manera, hace una comparación en las reacciones que tuvieron cuando Juan Bautista apareció allá en el desierto a la orilla del Jordán y la reacción que ahora están teniendo con su presencia y su manera de anunciarles el Reino de Dios. Mientras había gente que iba a escuchar con gusto a Juan queriendo entrar en aquel camino de preparación para la inminente venida del Mesías, otros lo rechazaban por su austeridad, su manera de presentarse y las palabras duras que en ocasiones pronunciaba invitando a la penitencia y a la conversión; por contra otros querían restarle autoridad, allí estaban aquellas embajadas enviadas desde Jerusalén pidiéndole que se identificará claramente si era un profeta o si era el Mesías.

Pero es lo que está sucediendo con Jesús; hay multitudes que le aclaman y reconocen los signos que realiza a pesar de que muchas veces se puede quedar en un entusiasmo pasajero, mientras otros ponen en duda su autoridad y su poder atribuyéndole incongruentemente poderes satánicos a la hora de realizar milagros o expulsiones de demonios, como tampoco le aceptarán considerándolo un desprestigio el que coma y se reúna con publicanos y pecadores.

¿Quien tendrá la razón? ¿donde encontrar la verdadera sabiduría que nos haga discernir bien las opciones que hemos de tomar?

Pero claro que cuando escuchamos este mensaje del evangelio no nos quedamos en un ojo crítico con lo que sucedía en aquellos tiempos y nos narra el evangelista, sino que ahí tenemos que saber descubrir una plantilla de lo que ahora a nosotros mismos nos pueda suceder. ¿Cómo escuchamos y qué valor le damos a lo que la Iglesia hoy nos enseña y nos propone en nombre del evangelio en este momento concreto de nuestra historia? ¿Cuál es la atención que le prestamos a la voz del Papa o de nuestros pastores más directos? ¿Qué interpretaciones hacemos?

Como decíamos al principio no siempre llueve al gusto de todos y cada uno quiere acercar el ascua a su sardina; según los presupuestos que tengamos en nuestra mente queremos aplicar o queremos dejar de lado lo que la Iglesia nos propone a través de sus pastores. Y entramos en catalogaciones, y hablamos de tendencias, y hacemos comparaciones con las maneras de actuar de los dirigentes o de las ideologías del momento.

¿No seríamos capaces de pensar que es el Espíritu del Señor el que en verdad guía a la Iglesia y esa diversidad que algunas veces nos parece encontrar sea lo que en cada momento, y a través del pastor que Dios nos ha dado en ese momento, es lo que necesitábamos para el anuncio del Reino en el mundo concreto en que vivimos? Mucho tenemos que discernir y muchos tenemos que dejarnos guiar por el Espíritu que nos llena de la verdadera sabiduría.


lunes, 18 de mayo de 2026

En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

 


En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo, palabras que nos hacen creer más en lo que nosotros podemos hacer en el nombre de Jesús

Hechos 19, 1-8; Salmo 67; Juan 16, 29-33

En ese mundo que nos rodea que es la vida de cada día con sus luchas y con sus esfuerzos, contemplamos quizás el avance de algunos que parece que todo lo que emprenden tiene resultados exitosos, pero al mismo tiempo contemplamos también fracasos, derrotas, gente que no sabe cómo salir de los problemas a los que se enfrentan o cómo emprender tareas que puedan resultar exitosas; quizás pueda aparecernos el desasosiego y hasta la inquina ante el triunfo de los demás, y la sensación de inutilidad porque no somos capaces de salir adelante tan pronto como quisiéramos, las luchas se nos hacen interminables y la sensación que podemos sentir dentro de nosotros no es buena.

Es la vida con sus múltiples tareas, las responsabilidades de cada día, en el campo familiar o en el campo laboral, son los deseos de superación que sentimos dentro de nosotros mismos que nos gustaría cambiar en muchas cosas y es la sensación de impotencia y fracaso porque no lo logramos tan pronto o tan fácil como quisiéramos. Podemos pensar en todo lo referente a nuestra vida cristiana y al compromiso que hemos de vivir desde nuestra fe y a la tarea que queremos realizar en nuestro entorno, en ocasiones mal interpretada, rechazada, con fuerte oposición sobre todo desde donde se quiere vivir un laicismo hasta el extremo, de no querer permitir hasta ningún signo religioso en la vida. ¿Qué hacemos? ¿Estamos llamados a la derrota y al fracaso?

Jesús en la última cena, y son las palabras que día a día venimos escuchando en el evangelio en estos últimos días de pascua, decimos que son palabras de despedida, pero son palabras de Jesús que quieren hacerles mantener en la esperanza, hacer que no se sientan solos, cuando hasta ahora lo han tenido siempre a Él cerca quizás como un refugio cuando no entienden las cosas o se encuentran algún tipo de oposición.

Las palabras de Jesús hoy son verdaderamente alentadoras. El aliento lo sentimos desde que nos promete la presencia del Espíritu en nuestros corazones que inspirará cuanto hagamos y nos dará la fuerza que necesitamos. Pero Jesús nos invita a no temer, porque tenemos la victoria asegurada.  ‘Os he hablado de esto, nos dice, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo’.

Habrá luchas, nos dice Jesús; como nos ha anunciado en otro momento las persecuciones que hemos de sufrir. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro, y ¿qué es lo que han hecho con Jesús? En cierto modo no tiene por qué extrañarnos el miedo que tenían los apóstoles para estar encerrados en el Cenáculo en aquellos días. ¿Podría pasarles lo mismo que le estaba pasando a Jesús? Claro que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu a partir de Pentecostés para que todos aquellos miedos se acaben; A Pedro le veremos salir a hablar a la multitud, él que era tan parco en palabras aunque fuera mucho su entusiasmo por Jesús, señalándoles que han crucificado al que Dios resucitó de entre los muertos; contentos saldrán más tarde de la presencia del Sanedrín por haber podido sufrir castigos por el nombre de Jesús, atreviéndose a replicarles que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero todo eso tenemos que aplicárnoslo a nosotros. ¿No caminaremos por la vida muchas veces demasiado desalentados y con muchos temores en el corazón? Tenemos que aprender a creer en las palabras de Jesús, no solo para decir que son ciertas, sino para hacerlas sentido de nuestra vida, y desde esa confianza que tenemos en la victoria de Jesús comenzar a confiar en lo que nosotros podemos lograr, no solo para nosotros mismos, sino también para los demás. Las palabras de Jesús tienen que hacernos sentirnos seguros, nos tienen que impulsar a lanzarnos sin ningún temor por el mundo anunciando el nombre de Jesús como nuestro único Salvador.


domingo, 17 de mayo de 2026

Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

 


Testigos llenos de esperanza seguimos mirando al cielo, mirar al interior de nosotros mismos y al mundo al que hemos sido enviados como testigos

Hechos 1, 1-11; Salmo 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

¿A dónde nos quedamos mirando cuando nos sucede algo sorpresivo que de alguna manera estábamos esperando pero cuya sorpresa no esperamos en este momento? ¿Al cielo? ¿Al suelo? ¿A cuanto nos rodea, ya sea el espacio mismo donde estamos, ya sea lo que hay en nuestro entorno que hasta nos puede resultar novedoso porque así andamos por la vida que ni nos fijamos en donde estamos, o a los que están a nuestro alrededor para que nos den algunas explicaciones? ¿Cuál sería nuestra reacción?

Así nos encontramos a los apóstoles y los discípulos más cercanos en las experiencias de pascua que han ido viviendo, ya fueran las apariciones en el cenáculo, a las mujeres a las puertas de la sepultura, a los que caminaban Emaús, allá junto al algo de Tiberíades en aquel amanecer, o ahora en este monte que según el evangelista que nos lo relata lo sitúa en Galilea o en el propio Jerusalén en el monte de los Olivos.  La misma reacción siempre de sorpresa con las palabras de Jesús, con los gestos de Jesús, con la misión que les confía Jesús.

‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ son las voces de los ángeles que los sacan de su ensueño. No les dice que no tienen que seguir mirando también al cielo, pero han de tener los pies bien plantados en la tierra. ‘El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo’. Pero mientras nos ha confiado una misión. Como nos dice muy claramente el evangelista Mateo hoy: ‘Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos’.

En sus confusiones cuando una sorpresa llegaba tras de otra todavía preguntaban ‘Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?’ Todavía no se aclaraban sobre lo que significaba que Jesús era el Mesías; seguían con pensamientos humanos porque no habían terminado de entender lo que era la liberación que Jesús nos traía.  Por eso les dice Jesús que permanezcan aun en Jerusalén hasta que  reciban ‘la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’. Ya les había hablado del Espíritu de la Verdad que se lo enseñaría todo. Necesitaban esa fuerza del Espíritu y todo cambiaría en sus corazones y en sus mentes. Luego habían de ser testigos hasta el confín de la tierra.

Pero nos ha asegurado una cosa que estaría con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos. Hemos de salir, entonces, con el testigo en nuestra mano, hemos de ir como testigos anunciando esa buena noticia de salvación a todos los hombres, porque no hay bajo el cielo ni sobre la tierra otro  nombre que pueda salvarnos. Lo experimentamos en nosotros cuando nos sentimos amados y perdonados, cuando nos sentimos llenos de una nueva paz y de una alegría que nadie nos podrá arrebatar, cuando nos sentimos transformados y ponemos en nuestras vidas otros valores y otra manera de actuar, cuando nos sentimos impulsados a ponernos en camino sin temor a los peligros o a los rechazos que podamos encontrar, cuando nuestro corazón ha cambiado y comenzamos a desprendernos de nosotros mismos y nos damos generosamente por los demás. Estamos siendo unos testigos.

Unos testigos llenos de esperanza, que seguimos, sí, mirando al cielo porque sabemos que de allí nos viene la gracia, seguimos mirando al cielo porque continuamente nos mantenemos en esa esperanza de la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, seguimos mirando al cielo que es también mirarnos dentro de nosotros mismos para sentir como Dios reina en nuestros corazones, seguimos mirando al cielo porque de allí nos llega esa luz para comprender el camino, para no tropezar en las piedras que en él se nos van a atravesar, para encontrar medios para abrir nuevos caminos de paz y de convivencia para los que están a nuestro lado, porque nosotros también queremos hacer ascensión cuando tratamos de superarnos y levantarnos por encima de esos materialismos que nos quieren envolver, porque sabemos que el Señor está con nosotros, reina en nuestros corazones y la fuerza de su Espíritu es quien nos guía y nos sostiene.

Toda una sorpresa este misterio de amor que nos envuelve en esta fiesta de la Ascensión. ‘Que se nos dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’. Recordemos y rumiemos en nuestro interior estas sabias palabras del Apóstol.

viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

martes, 12 de mayo de 2026

Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 


Mostremos en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que vivimos, porque las caras de circunstancias y aburrimiento que a veces ponemos no convencen a los demás

 Hechos 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Nos sucede a nosotros también como a los discípulos que estaban rodeando a Jesús en la última cena y en esos posteriores momentos en que Jesús con sus palabras está haciendo brotar de su corazón sus mejores sentimientos y deseos para sus discípulos. Pero los discípulos no terminaban de entender de aquellas confidencias de Jesús.  Por mucho que Jesús les dijera no querían separarse de El; no terminaban de entender las promesas que Jesús les hacia del envío del Espíritu Santo y por eso están tristes.

¿Quién de nosotros alguna vez en su imaginación, vamos a decirlo así, no habrá querido sentirse al lado de Jesús en aquellos momentos que hablaba a las gentes, sintiéndonos nosotros uno más en medio de aquellas multitudes y también nos habremos dicho que si hubiéramos estado allí hubiéramos creído más en las palabras de Jesús? Han sido momentos de fervor que hemos vivido, momentos en que han aflorado los mejores sentimientos de nuestro corazón, momentos intensos de grandes emociones que nos han hecho hacer mil promesas, pero cuando nos han llegado los momentos difíciles, cuando han aparecido las dudas y los miedos, cuando en un momento determinado hemos tenido que dar una respuesta comprometida, ¿hasta donde hemos llegado?

Separamos quizás aquellos momentos de emoción con el día a día de nuestra vida y ya no sabemos hasta donde llega en nuestra vida nuestra fe; también quizás en esos momentos difíciles nos ha faltado algo, nos hemos llenado de miedos, seguimos sin descubrir la presencia de Jesús que en su Espíritu siempre está con nosotros. Se nos puede desinflar la fe que quizás en otro momento vivimos con tanto fervor. ¿Llegaremos a mostrar en verdad la alegría de nuestro corazón por la fe que decimos que tenemos? Esa alegría es algo que muchas veces nos falta, porque no terminamos de entender lo que significa la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida; aunque sea un articulo de nuestra fe que recitamos cuando decimos el Credo quizás son palabras que no hemos metido lo suficiente en nuestro corazón. De ahí las caras de tristeza – o de aburrimiento – que muchas veces ponemos. ¿Podremos en verdad convencer a alguien con esas caras de circunstancias con que muchas veces vivimos nuestra religiosidad?

Creo que tenemos que revisar muy bien muchas de las cosas que vivimos y con las que queremos manifestar que son en verdad unos seguidores de Jesús. Muchas rutinas se nos pegan al corazón y comenzamos a caer por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad. Nos podemos quedar en apariencias que se vuelven vanidad y que no son la expresión profunda de una fe con la que nos sentimos comprometidos en toda nuestra vida.

Hoy nos ha dicho Jesús unas palabras que muchas veces nos cuesta entender y nos damos nuestras explicaciones que se nos pueden quedar en lo superficial. Nos ha prometido que nos enviará su Espíritu pero nos dice que ‘cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado’. Convictos, nos dice, de un pecado, de una justicia y de una condena. ¿No será nuestro pecado no terminar de aceptar todas las palabras de Jesús viviendo una fe superficial o según conveniencias?

Hay una certeza grande de que con los ojos de la cara no vamos a ver a Jesús, por ejemplo, con la imagen que nos es fácil imaginar tal como estaría entonces en medio de los discípulos. Pero Jesús nos dirá, sin embargo, que le veremos, es la visión que el Espíritu Santo pone en los ojos de nuestra alma para descubrir esa presencia de Jesús; lo tenemos en los sacramentos, por ejemplo, pero lo podemos sentir en el corazón y es una forma de ver; pero Jesús en los demás, ¿no nos ha dejado también signos de su presencia cuando nos dice que lo que le hagamos al otro al El se lo hacemos?

¿Mereceremos acaso condena por esas carencias con que vamos viviendo nuestra vida de fe, nuestra vida cristiana? Siempre está la esperanza de la misericordia, porque Jesús no ha venido para condenar al mundo sino para que el mundo se salve por El.

domingo, 10 de mayo de 2026

No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

 


No nos ha dejado huérfanos Jesús, nos da el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la verdad que nos inspira y nos hace sentir siempre la presencia de Jesús

Hechos 8, 5-8. 14-17; Salmo 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21

Cuando vivimos arropados los unos con los otros formando un equipo o un grupo pero sobre todo con la presencia de alguien que, como un líder, nos da fuerza y ánimos para ir logrando las metas que nos proponemos, que además ha puesto su confianza en nosotros y nos ha ayudado a crecer y madurar dándonos además confianza en nosotros mismos, si en un momento determinado esa persona nos falla, porque no puede seguir con nosotros, porque por ejemplo le sobreviene la muerte de forma inesperada, nos parece que nos venimos abajo, que perdemos nuestra seguridad y confianza, nos parece que ya nos sentimos imposibilitados para llevar a cabo aquellas metas que nos habíamos propuesto. ¿Seremos capaces de renacer de nuestras cenizas? ¿Dónde y cómo vamos encontrar esos apoyos que nos ayuden a seguir creyendo en nosotros mismos?

Pongo esta imagen en el comienzo de la reflexión de hoy porque de alguna manera se sentían así los discípulos de Jesús ante los acontecimientos que se avecinaban por lo que el mismo Jesús les había señalado; teniendo aun a Jesús con ellos ya comenzaban a sentirse solos y abandonados, incapaces de continuar con la tarea del Reino de Dios que Jesús les había encomendado. Es la tristeza que están viviendo en la cena pascual con esos aires de despedida que los envolvían.

Pero las palabras de Jesús es decirles que no les dejará abandonados. Palabras de aliento y de ánimo, palabras que siempre como todas las palabras de Jesús siembran esperanza. ‘No os dejaré huérfanos, les dice, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’. Sin embargo, a ellos les cuesta entender. Jesús les insiste en la fidelidad que han de mantener, han de seguir haciendo y haciéndolo con intensidad todo aquello que Él les ha enseñado. Han de mantenerse firmes en su amor que tiene que transformarse en amor en sus vidas.

Por eso les habla de una presencia nueva, que será como su abogado y defensor, que les hará tener presente siempre las palabras de Jesús, lo que Jesús les ha enseñado. El Paráclito, es la palabra que se emplea en el evangelio, que viene a significar algo así como el Defensor. ‘Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.

Sentirán entonces en sí mismos el Espíritu de Jesús que les hace presente a Jesús; sentirán su inspiración para las obras buenas que tienen que seguir haciendo; sentirán en su corazón como llegarán a entender mejor todo el sentido de Jesús, todo lo que significaba aquella buena nueva que venía a ser Jesús para el mundo. No todos lo comprenderán ni podrán conocerlo, solo quienes han puesto totalmente su fe y su confianza en Jesús podrán entender el sentido de sus Palabras y podrán llegar a sentir en sus corazones la presencia del Espíritu Santo.

Estamos entrando ya en las rectas finales de nuestro tiempo de Pascua, porque el próximo domingo celebraremos ya la Ascensión y dentro de quince días Pentecostés. Es momento de seguir intensificando la vivencia de la Pascua, que no se nos quede ya como un recuerdo pasado; seguimos viviendo la Pascua, como ese sentido pascual tiene que estar presente siempre en la vida del cristiano cada día. Pero viene siendo el momento ya de irnos preparando para la fiesta de Pentecostés para que sintamos en verdad la presencia del Espíritu de Jesús en nosotros, en nuestra vida, y en la vida de la Iglesia.

Momento de despertar nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo sin el cual nuestra vida podría quedarse en un vacío e incluso nuestras celebraciones en unos rituales sin vida. Recordemos que no hay sacramento sin la acción del Espíritu Santo que nos hace sentir en el Sacramento la presencia y la acción de Jesús. ¿No invocamos al Espíritu Santo para que transforme nuestras ofrendas del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús?  No olvidemos que por el agua y el Espíritu hemos renacido a una nueva vida en nuestro Bautismo. Y es por la acción del Espíritu Santo por el que recibimos el perdón de los pecados en el Sacramento de la Penitencia.

Y así en todos los sacramentos. Pero así tendría que ser en toda nuestra vida de fe, en nuestra oración en la que nos sentimos hijos que hablamos y oramos al Padre, como en todo lo que significa el compromiso de nuestro amor; dejémonos inspirar por el Espíritu Santo para esas nuevas iniciativas de compromiso de amor que hemos de vivir cada día, pero es con la fuerza del Espíritu cómo vamos a expresar nuestro amor. ¿No es nuestro Paráclito, nuestro Defensor? Cuando algo nos cueste o se nos haga difícil invoquemos al Espíritu y sentiremos la fuerza de Jesús para realizar sus mismas acciones.

No estamos solos, no nos ha dejado huérfanos Jesús. Con la fuerza de su Espíritu seguiremos creyendo en nuestras posibilidades, ser testigos de Jesús con nuestra vida, dar testimonio de nuestra fe.

 


miércoles, 28 de mayo de 2025

Damos gracias por la acción del Espíritu que se manifestó y se manifiesta el hoy del camino de la Iglesia y dejémonos enseñar y conducir por El que nos guiará a la Verdad plena

 


Damos gracias por la acción del Espíritu que se manifestó y se manifiesta el hoy del camino de la Iglesia y dejémonos enseñar y conducir por El que nos guiará a la Verdad plena

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

Los conocimientos no los podemos reducir a unas como estancias o espacios estancos que cuando se llenan ya no tienen capacidad para más; el conocimiento en sí mismo está en progresivo conocimiento, no podemos decir hasta aquí he llegado y ya no tengo más a donde ir para aprender algo nuevo; el sabio no lo es porque ya se lo sepa todo, sino porque está cada día queriendo conocer más. Lástima que en la vida algunas veces podamos encerrarlo en aquello de que yo eso ya lo estudié cuando era niño o cuando era joven y no necesita aprender más; es limitar nuestras capacidades, limitar nuestra misma humanidad que siempre ha de estar en crecimiento y siempre podemos dar un paso más y llegar un poco más allá. Tenemos siempre la base de lo aprendido pero sobre ella seguimos construyendo; así tiene que ser la vida.

Así tiene que ser también nuestra vida cristiana, no solo en cuanto a lo que podemos hacer sino también en cuanto a lo que podemos ser; es el crecimiento de Dios en nuestro corazón, es la comprensión de su Palabra que cada día ha de ser mayor, es el leer lo que es la Palabra eterna de Dios pero en el hoy de nuestra vida para seguir descubriendo la luz que tiene que estar siempre llena de vida y que nos ha de iluminar para comprender también lo que hoy vivimos y lo que hoy somos.

Seguramente los que cada día nos dejamos iluminar por la Palabra de Dios y reflexionamos sobre ella, nos damos cuenta de la novedad que siempre nos encontramos, de ese paso adelante que cada día podemos dar; aquellos textos que tantas veces hemos escuchado y nos pudiera parecer que ya lo tienen todo dicho para nosotros, nos damos cuenta que en una nueva lectura descubrimos aspectos nuevos, nuevas perspectivas, nuevas formas en como lo vamos aplicando a nuestra vida en nuestro hoy. Nunca la Palabra de Dios, incluso teniendo en cuenta la fidelidad que hemos de tener a esa Palabra, será algo anquilosado que nos frena sino que siempre nos ayudará a crecer un poco más.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el Evangelio. ‘Muchas cosas me quedan por decirnos, nos dice, no podéis cargar con ellas ahora, pero cuando venga el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la Verdad plena’.

Es el Espíritu de Dios que nos guía, que sigue guiando a la Iglesia a lo largo de los tiempos, es el Espíritu que nos hará comprender la verdad de Dios en cada momento, en cada situación, como lo ha sido a lo largo de la historia. Es la continuidad de la Iglesia, a pesar de sus debilidades porque está compuesta por seres humanos que también tienen sus debilidades, y ahora queramos hacer un juicio de la historia pasada – somos en todos los aspectos muy dados a hacer esos juicios de la historia – tenemos que darnos cuenta que a pesar de las oscuridades que ahora nosotros podamos ver, allí estuvo el Espíritu de Dios guiando a su Iglesia, y si aun permanece es por la permanencia del Espíritu Santo en su Iglesia a través de la historia.

Podemos pensar como Iglesia en lo que hemos vivido en los últimos tiempos y ahora mismo estamos viviendo; en cada momento el Espíritu nos ha dado el Papa que necesitaba la Iglesia, cada uno con sus características, con su visión, con su apertura; no podemos pedir que un Papa, por ejemplo, sea igual al anterior o sea igual a otro, como lo podemos pensar del obispo en nuestras diócesis o de los sacerdotes en nuestras parroquias; cada uno dejará su huella, sembrará su semilla, aportará su iniciativa, sin dejar de ser la Iglesia, la Iglesia querida por Jesús y que va guiada por el Espíritu.

He querido compartir esta reflexión porque frente a todos los comentarios que por un lado y por otro podamos escuchar, hemos de tener la serenidad que nace de la fe, de confiarnos al Espíritu Santo que está inspirando también estos momentos de la Iglesia. Ni podíamos pedir que Francisco fuera una copia del Papa Benedicto XVI, sino que ahora León XIV sea una copia mimética de lo que hizo el Papa Francisco. Damos gracias a Dios por la acción del Espíritu Santo que se manifestó y se manifiesta hoy del camino de la Iglesia.

Sintamos que de la misma manera así también el Espíritu se va manifestando en nuestra vida, en nuestro corazón y en lo que vamos en cada momento realizando. Dejémonos enseñar y conducir por el Espíritu que siempre nos guiará a la Verdad plena.


martes, 27 de mayo de 2025

Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

 


Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

Hechos 16, 22-34; Salmo 137;  Juan 16, 5-11

Las despedidas son siempre costosas y tristes; confieso que a mi es algo que me parte el alma, pero tenemos que afrontarlas en la vida; es una ruptura pero es un arranque, porque se rompen unos lazos creando distancias, es cierto, pero es un arranque porque quien marcha se abre a otros caminos, descubre otros horizontes, se desprende de apegos y ataduras, comienza quizás una libertad nueva; arranque también para quien se queda porque comenzamos a creer más en nosotros mismos y comenzamos también a ver la vida, las cosas, las personas de manera distinta y no dependiendo siempre de nosotros, como confiar en el que marcha con sus posibilidades y sus potencialidades.

Pero como decimos, aunque sepamos todas estas cosas, siempre hay una tristeza que se nos mete en el alma. Cuando hay una despedida por una marcha siempre queremos dejar o queremos que nos dejen un recuerdo, algo que vamos a tener muy presente a nuestro lado para no olvidar a quien marchó. ¡Cuántos recuerdos en este sentido vamos acumulando en la vida!

Es la situación en la que nos encontramos hoy en las páginas del evangelio. ‘Os digo la verdad, nos dice Jesús hoy o le dijo entonces a los discípulos, conviene que yo me vaya’. Andaban tristes porque ellos presentían algo, aunque no habían terminado de comprender todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón’, les dice Jesús. Era consciente del mal momento por el que estaban pasando.

Pero no les va a dejar solo un recuerdo, como nosotros cuando nos despedimos de alguien. Ya les había dejado unos signos diciéndoles que era algo que ellos tenían que hacer, cuando les había lavado los pies. Había dejado el mandamiento del amor, para que aprendiéramos a amar como El nos había amado. Pero ahora promete la asistencia de su Espíritu, que estará siempre con ellos, que les descubrirá todas las cosas, que les hará emprender una tarea nueva con su fuerza.

La Pascua era un arranque para algo nuevo, como antes decíamos, para un mundo nuevo, para una vida nueva. A partir de la Pascua era posible una vida nueva, era necesario que se sintieran firmes y seguros para no derrumbarse en lo que les podía parecer una hecatombe, ni seguir encerrados con sus miedos. Algo nuevo tenía que comenzar y era posible realizarlo, para eso les dejaba su Espíritu. Pero convenía que El marchase, para que sintieran la fuerza del Espíritu, para que se pusieran a caminar abriendo las puertas cerradas por el miedo. Lo vamos a contemplar cuando llegue Pentecostés y ellos se echen a la calle. Es lo que ahora les está anunciando Jesús. Las tristezas había que superarlas y un empuje nuevo iban a sentir en sus vidas.

Pero esto lo escuchamos no solo como algo dicho y sucedido entonces a los apóstoles, sino como una realidad que nosotros tenemos que vivir. Litúrgicamente nos encontramos en las vísperas de la Ascensión del Señor. ¿Una despedida? ¿Un quedarnos apesadumbrados y hundidos por la tristeza simplemente contemplando la marcha de Jesús al cielo? ¿Un ponernos de nuevo en camino?

La promesa de la presencia del Espíritu ahí está claramente en las palabras de Jesús. Es lo que tenemos que esperar, es a lo que tenemos que abrir el corazón, es el comienzo de un nuevo camino porque escucharemos que somos enviados por el mundo para llevar esa buena noticia, y podremos hacerlo, seremos capaces de hacerlo, creemos no solo en nosotros mismos sino en la presencia en nuestro corazón y en el corazón de la Iglesia del Espíritu del Señor.

sábado, 19 de octubre de 2024

Dar la cara por Jesús y el evangelio es algo más que no hacer daño a nadie, es un compromiso positivo por hacer lo necesario para lograr un mundo mejor, el Reino de Dios

 


Dar la cara por Jesús y el evangelio es algo más que no hacer daño a nadie, es un compromiso positivo por hacer lo necesario para lograr un mundo mejor, el Reino de Dios

Efesios 1, 15-23; Salmo 8; Lucas 12, 8-12

No siempre es fácil; y no lo digo como excusa al comienzo de esta reflexión, pero si es la excusa que siempre nos estamos poniendo; todo lo queremos calibrar muy bien, ver claramente los pros y los contras, lo que aquello pudiera llevarme al conflicto, lo que podría complicarme la vida si tomo una decisión arriesgada, los peligros que conlleva determinadas posturas y compromisos, y nos vamos echando para detrás, miramos para otro lado, nos hacemos los ‘tontos’ y pasamos de largo. Con cosas que hacemos ya con demasiada naturalidad con tal de no complicarnos.

Vamos por la calle y vemos a alguien que está tratando de forma violenta a una persona, ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos de acera?  ¿Seguimos como si aquello no fuera con nosotros y que cada uno se las arregle? Nos ponemos por delante todas esas consideraciones y riesgos que aquello podría significar para nosotros. Y quien dice en una cosa tan sencilla nos puede suceder en otras de mayor gravedad. Nos cuesta dar la cara, tenemos que reconocerlo. Nos falta coraje y valentía para defender lo justo.

Me estoy haciendo esta consideración que podríamos llevarla a muchos más terrenos a partir de lo que hoy Jesús nos pide en el evangelio. Que demos la cara por el evangelio, que demos la cara por nuestra fe. Jesús nos está hablando de negarle ante los hombres, y de muchas maneras nos sucede eso. Nos falta el coraje de tener la seguridad de que el Espíritu del Señor no nos faltará. ¿Dónde está nuestra fe en la presencia del Espíritu Santo como hoy Jesús nos está prometiendo?

Dar la cara es salir en defensa de lo que consideramos justo; dar la cara es manifestar lo que somos, la fe que llevamos en nuestra vida, que no es una cosa postiza que podemos poner y quitar a nuestro antojo o a nuestra conveniencia. Muchas veces en estas reflexiones que nos hacemos a partir del evangelio nos preguntamos cómo estamos contagiando nuestra fe al mundo que nos rodea. Es una pregunta seria de la que no podemos salirnos por la puerta de atrás. Por ósmosis, tendríamos que decir, que hemos de contagiar la fe que tenemos a los que nos rodean; pero claro, necesitamos estar de verdad nosotros empapados, porque de lo contrario poco se podrá desprender de nosotros.

Nos decimos cristianos de siempre, pero algunas veces damos la impresión que no estamos muy convencidos de la fe que tiene que envolver nuestra vida. Y de ahí nacen nuestros miedos y cobardías. Necesitamos, en verdad, fundamentar bien nuestra fe, que eche verdaderas raíces en nuestra vida porque será de la manera que podrá florecer en todo ese compromiso de la fe y del amor. Tenemos que salirnos de esa pendiente de la tibieza por la que nos vamos resbalando, porque de lo contrario al final quedaremos bien fríos como el hielo.

Ya en otros momentos hemos escuchado decir a Jesús que ha venido a traer fuego a nuestro mundo y lo que quiere es que arda, pero no es la imagen que damos los cristianos; nos contentamos con nuestras rutinas de siempre, decimos que somos buenos porque no hacemos daño a nadie, pero no se nota el compromiso que por los demás tendríamos que tener. No es solo cuestión de que no hagamos daño, sino que el compromiso de nuestra fe nos tiene que llevar a acciones positivas y comprometidas por los demás, por nuestra sociedad.

No olvidemos que aunque no siempre sea fácil sin embargo con nosotros siempre estará el Espíritu Santo que nos da la fortaleza que necesitamos. Con la conciencia clara sobre ello entonces sí que daremos la cara por nuestra fe y por los demás. Y soy yo el primero que tiene que mirarse a sí mismo para descubrir dónde están mis flaquezas y cobardías.

martes, 1 de octubre de 2024

 


En un mundo que quizá no entienda o nos rechace por nuestra manera de ver las cosas, nuestra decisión tiene que ser firme de seguir los pasos de la pascua de Jesús

Job 3,1-3.11-17.20-23; Salmo 87; Lucas 9,51-56

Hay momentos en que tenemos que tomar decisiones; la vida realmente está llena de esos momentos, porque tenemos que ir aclarando lo que buscamos o lo que queremos, pueden ser muchas las cosas distintas que se nos ofrezcan y nos encontramos en la alternativa de decidir; y hay cosas y momentos en que no lo podemos dejar en manos de otros, porque son cosas que realmente nos atañen a nosotros, nuestro futuro, la realización de nosotros mismos, nuestra felicidad; y nos cuesta porque tememos equivocarnos, porque algunas veces no sabemos realmente a donde nos lleva y sus consecuencias el camino elegido, porque son muchas las bifurcaciones.

Pero ahí iremos demostrando nuestra madurez, la seguridad con que caminamos en la vida, el fondo que hay en nosotros que nos hace pensar en nuestras metas, la fortaleza para afrontar quizás caminos difíciles, escabrosos, que pueden traernos incluso problemas. ¿Seguiremos dando vaivenes de una lado para otro sin aclararnos? ¿Permanecerá la paz y serenidad en el corazón a pesar de lo difícil que pueda ser tomar una decisión?

Hoy nos dice el evangelista que Jesús tomó la determinación de subir a Jerusalén. Y lo hizo con firme decisión consciente del camino que estaba emprendiendo. Ya lo había venido anunciando a los discípulos que no habían sabido o querido entender las palabras de Jesús que eran bastante claras. Jesús sabe que es el camino de su Pascua. No es solo que suba como todos los judíos a celebrar la Pascua en Jerusalén, sino que iba a ser su Pascua, una Pascua que iba a tener una característica muy especial y que como en su momento dirá Jesús será definitiva y eterna.

En algún momento mas adelante el evangelista nos dirá que Jesús iba deprisa, como que le faltaba tiempo para llegar a Jerusalén. Ahora le vemos en una decisión firme, teniendo claro cuanto iba a suceder. Y ya desde unos primeros momentos, porque en esta ocasión van atravesando Samaría, van a aparecer las primeras dificultades. Ha enviado por delante a algunos de los discípulos buscando alojamiento, pero no lo encuentran; nadie quiere darles alojamiento porque subían a Jerusalén. Ya conocemos sus rivalidades y como los samaritanos decían que el monte santo no era Jerusalén, sino Garizin.

Pero podríamos recordar aquí con la falta de alojamiento aquello que un día había dicho, que el Hijo del hombre no tenía donde reclinar su cabeza. La pobreza de Jesús, la pobreza del seguidor de Jesús que no tiene tantas veces esos apoyos materiales que todos en el fondo buscamos. También les había dicho a los apóstoles que no llevaran ni bastón ni alforjas para el camino, que en la casa donde entraren allí permanecieran si eran bien recibidos, pero si eran rechazados marcharan a otra parte. ¿Será lo que ahora hace Jesús? Ante la reacción de los discípulos que poco menos que pedían que bajara fuego del cielo para castigarlos, Jesús les dice que han de marchar a otra parte. Jesús no perdió la paz. Siempre en camino. ¿Tomamos ejemplo para las reacciones que tengamos ante la oposición que encontremos?

No podemos perder la paz, perder los nervios como decimos habitualmente cuando tenemos que enfrentarnos a momentos o decisiones difíciles. Reconocemos que no es fácil. Parece que el espíritu del mundo nos envuelve o nos ciega. Soñamos quizás con tiempos de cristiandad, allí cuando parecía que todos tenían la misma fe y el mismo entusiasmo. Parece hoy como si todo hubiera cambiado. ¿Dónde está aquellos que llenaban nuestros templos o hacía multitudinarias procesiones? ¿Qué dejaron de todo aquello a sus hijos que hoy pasan de todo y en nada que sepa a religioso quieren participar? ¿Qué hondura le dimos a la fe que no supimos transmitir o es que nos habíamos quedado solo en lo externo?  

Pero cuando queremos seguir los pasos de Jesús en su espíritu tenemos que sentirnos fortalecidos, aunque el camino sea duro y difícil o nos encontremos a tantos indiferentes a nuestro lado que quizás siguen aprovechando lo religioso pero solo como base de sus actividades sociales. Yo miro, por ejemplo, en lo que se han quedado las fiestas de nuestros pueblos, las fiestas del Cristo, de la Virgen o del santo patrono del pueblo; ¿siguen siendo una expresión de fe comprometida o se queda solo en un motivo para otras actividades con lo que hacemos la fiesta? Lo pienso cuando en estos momentos a nuestro alrededor tantas fiestas se están celebrando, pero que tenemos que ver en qué se quedan.

Claro que no nos podemos cruzar de brazos y tenemos que tomar la decisión con Jesús de subir a Jerusalén. ¿Dónde estará hoy esa subida a Jerusalén en mi vida de cristiano para celebrar la Pascua con Jesús? No será fácil nadar a contra corriente de lo que hace el mundo, pero ahí tenemos que estar los cristianos aunque la decisión que tengamos que tomar sea costosa y difícil.

domingo, 16 de junio de 2024

Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

 


Con la acción de Dios nos podemos sentir transformados, y a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo también se transforme

Ezequiel 17, 22-24; Salmo 91; 2 Corintios 5, 6-10; Marcos 4, 26-34

Muchas veces decimos, es que yo soy así y a estas alturas de mi vida nada me va a hacer cambiar, y nos encerramos en nosotros mismos como un caracol que pone enroscada la concha sobre si mismo y parece que nada lo puede hacer salir de allí. Pero algunas veces nos sorprendemos en nosotros mismos, aunque nos cueste reconocerlo, pero podemos verlo en la evolución de los demás, o en la evolución de la misma sociedad que realmente se puede cambiar, podemos comenzar a ser de otra manera, tener otras perspectivas u otros pensamientos.

Decimos que no sabemos cómo, lo queremos echar al azar, pero quizás olvidamos una palabra que un día escuchamos y nos hizo pensar, el testimonio de alguien que hizo algo que no esperábamos y quizás nos planteó unos interrogantes. ¿Puede ser la influencia de la sociedad que nos rodea? Tendríamos que quizás pensarlo, para darnos cuenta también de lo que podemos hacer. Pero ¿por qué no pensar en una fuerza interior que pueda mover nuestros corazones, hacer cambiar nuestros pensamientos, realizar una transformación dentro de nosotros que quizás no esperábamos? Nosotros los cristianos tenemos algo que nos puede dar luz en este sentido.

Hoy Jesús nos ha propuesto dos parábolas en el evangelio. Nos habla de una semilla echada en tierra y que allá en lo secreto de la tierra germina, hace brotar una planta, que crecerá y madurará para un día darnos fruto. Como nos habla de otra semilla más insignificante aún, la mostaza más pequeña que una cabeza de alfiler, y que sin embargo habrá brotar una planta muy hermosa.

Decimos es la fuerza de la semilla, su capacidad de germinar, el encontrar la tierra o el lugar apropiado para que al germinar brote y nos pueda dar esa planta con sus frutos. Decimos que el labrador poco más hace que sembrarla, quizás luego vendrá el cultivarla con sus cuidados, sus riegos y sus abonos. Pero no es el abono el que hace germinar la semilla, sino que antes tendrá que germinar para que luego pueda alimentarse y fortalecerse.

¿Qué nos estará queriendo decir Jesús? ¿Podrá germinar algo nuevo en nuestro corazón? ¿Podrá lograrse esa transformación de nuestro mundo y de nuestra sociedad? No pensamos solo en la mano o el poder del hombre. Quizás muchas veces nuestra mano maleada o nuestro poder con todas las cosas que en su entorno con sus ambiciones y manipulaciones, con nuestros enfrentamientos y nuestras guerras y podemos decir de cualquier tipo que puedan aparecer, más bien muchas veces está produciendo nuestra destrucción y la destrucción de nuestro mundo. ¿No hay posibilidad de salvación para nosotros y para nuestro mundo?

Jesús cuando se ha planteado estas parábolas se estaba preguntando con qué podía comparar el Reino de Dios. Es lo que hemos de tener presente. Como creyente sigo pensando y creyendo en la presencia y en el poder de Dios en medio de nosotros, incluso en nuestro propio corazón. Y Dios tiene muchas formas de llamarnos, de hablarnos allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchas maneras de hacernos llegar su inspiración y su fuerza. Ese actuar en silencio y en secreto de la semilla de la que nos hablaba la parábola.

¿No nos habremos sentido en más de una ocasión movidos a algo nuevo y distinto, a hacer algo en lo que jamás habíamos pensado, a actuar en una situación determinada con cosas y acciones que jamás se nos habían ocurrido? ¿Por qué no pensar en ese actuar de Dios, esa inspiración del Espíritu Santo allá en lo hondo del corazón?

No hace mucho hemos celebrado la fiesta del Espíritu Santo, hemos celebrado Pentecostés recordando la venida del Espíritu sobre los Apóstoles y sobre la Iglesia naciente. Pero no podemos quedarnos en eso como si fuera cosa sucedida en otro tiempo y lugar pero que hoy con nosotros no puede suceder. Hoy, en nuestra vida y en nuestro mundo, de la misma manera se sigue haciendo presente el Espíritu Santo. ¿No decimos que somos templos de Dios y que su Espíritu mora en nosotros? Que no solo sean ideas que tengamos en la cabeza sino algo que en verdad sentimos en el corazón.

Con esa acción de Dios nos sentimos transformados, con esa acción de Dios a través de nuestro actuar podemos sentir, podemos hacer que nuestro mundo se transforme. Ahí está también nuestra tarea, como esos labradores de la viña del Señor que hemos de cultivar nuestra tierra para que también un día esa semilla, que ahí está plantada, llegue a dar sus frutos.

Siento al ofreceros esta reflexión que ha sido el Espíritu del Señor quien me ha inspirado para ayudaros a que también lleguéis a dar fruto. Sin su acción no hubiera sido capaz de ofreceros esta semilla con la que quiero colaborar a hacer fructificar el campo de vuestra vida.

 

martes, 7 de mayo de 2024

La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

 


La vuelta de Jesús al Padre, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de nueva alegría

Hechos de los apóstoles 16, 22-34; Salmo 137; Juan 16, 5-11

Todos sabemos de ausencias y de soledades. Es el amigo al que nos sentíamos muy unidos pero que por circunstancias de la vida tuvo que ausentarse y marchar a otros lugares donde ya se nos hace difícil el trato personal, la cercanía de quien incluso físicamente lo sentíamos a nuestro lado, que era para nosotros un apoyo grande en ese camino de la vida, que siempre tenía para nosotros la palabra amable y acertada, quizás el aviso y la corrección ante lo que pudiéramos hacer o lo que hubiéramos hecho, pero que ahora ya no podemos contar de la misma manera con su presencia. Deja soledades en el corazón, queremos aun en la distancia tenerlo cerca, buscamos los medios – hoy por supuesto con los modernos medios de comunicación lo tenemos más fácil – de seguir en contacto y en comunicación.

Pero es la ausencia más fuerte del ser querido que se nos va, que ha terminado su ciclo en esta vida terrena y la muerte nos lo arranca, y ya no podemos sentir ni el calor de su mano, ni la ternura de su mirada, y nos sigue doliendo su ausencia por mucho que sea el tiempo que pase y a lo que no terminamos de acostumbrarnos. Podríamos pensar en otras ausencias y en otras soledades que sentimos en la vida, tras una ruptura, tras un alejamiento del corazón, tras tantas barreras que en la vida tantas veces encontramos que nos destruyen por dentro, pero que a pesar de dolores del alma y sufrimientos nunca podemos dejar de recordar.

Son algunas experiencias humanas que he querido evocar al contemplar lo que está sucediendo en el corazón de los discípulos de Jesús en aquella noche de la cena pascual. Aunque Jesús les hablaba claramente, les era difícil entender, pero intuían algo por así decirlo misterioso al menos para ellos ahora que había de suceder. Las palabras de Jesús suenan claramente a despedida pero también a recomendaciones, pero también a sembrar nuevas esperanzas en los corazones, porque les está hablado de una presencia nueva y distinta que van a comenzar a vivir.

Como les dice Jesús es necesario que el vuelva al Padre. Es su glorificación, aunque aquella glorificación ha de pasar por la pasión y la muerte. Pero Jesús vive y vivirá para siempre. Nosotros seguimos en tiempo pascual que es celebrar precisamente esa vida de Jesús resucitado para siempre junto a nosotros. Ahora les dice que de alguna manera comprende la tristeza que está surgiendo en sus corazones. Pero les anuncia también algo nuevo. No estarán solos, porque no les faltará el Espíritu de Jesús, vuelve al Padre de donde será enviado el Espíritu consolador.

‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré…’

El nos enviará al Paráclito, al Espíritu Santo que va a transformar esa tristeza de los corazones en verdadera alegría. Será la fuerza de Dios en sus corazones para realizar la misión que Jesús les está encomendando. Será la Sabiduría divina que inundará sus corazones para que todo lo comprendan, para que todo lo puedan recordar, para que todo lo puedan vivir de un modo nuevo. Recordamos cómo Jesús les abría los corazones para que pudieran entender las Escrituras y su cumplimiento. Por eso con la fuerza del Espíritu es cómo vamos a sentir viva en nosotros la Palabra de Dios contenida en la Escritura Santa.

Es la fuerza de su Espíritu el que nos dará esa presencia viva de Jesús que nos llena de su gracia. Es la fuerza del Espíritu el que hará posible los sacramentos para que aquella agua del bautismo sea para nosotros fuente de vida eterna que nos hace hijos de Dios, que hará que aquel pan y aquel vino de la Eucaristía no sea solo un alimento para nuestro cuerpo, sino que alimentándonos del Pan de vida podamos tener vida para siempre y seamos resucitados en el último día; es el Espíritu que nos fortalece en la dificultad y en la enfermedad haciéndonos presente junto a nosotros al Jesús que da la vista a los ciegos, levanta de su camilla al paralítico o resucita a los muertos, es el Espíritu que hace posible en todos y cada uno de los sacramentos la presencia y gracia de Dios que en cada momento de la vida nos hace mantener el camino de nuestra fe.

La vuelta de Jesús al Padre, la vamos a celebrar el próximo domingo en su Ascensión, no será para nosotros comienzo de una ausencia que nos angustie sino punto y arranque de una nueva venida que nos llena de gracia y santidad poniendo nueva alegría a nuestra vida. Como escucharemos en el día de la Ascensión de la misma manera que lo vemos irse subiendo al cielo, volverá junto a nosotros para hacernos sentir una presencia nueva.

lunes, 6 de mayo de 2024

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

 


Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Salmo 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Nos lo habían dicho y no nos lo habíamos creído.  Alguna vez nos habremos hecho este comentario, agradeciendo a aquella persona buena que nos predijo lo que nos había de suceder aunque entonces no le hicimos mucho caso. Siempre hay personas que tienen como visión de futuro, o que desde su experiencia saben lo que suele suceder, quienes saben hacer una lectura crítica de la vida y aunque ahora podamos ver muchos triunfos o muchas cosas que nos parecen bien saben que eso va a cambiar, que nos podremos encontrar con situaciones bastante diferentes. Pero aquello que nos dijeron nos hace ahora sentirnos más seguros, parece como si una presencia invisible está con nosotros.

Es lo que Jesús está haciendo con sus discípulos, está haciendo con nosotros. Nos da la confianza de que no estaremos solos. Con nosotros estará la fuerza de su Espíritu. Nos lo ha prometido muchas veces. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Podemos sentirnos seguros, podremos dar nuestro testimonio con toda valentía. Aunque a veces parece que aflojamos, que se nos turbia la vista, que nos entran de nuevo miedos y cobardías, que nos pueden los cansancios.

Pero no podemos sentirnos confundidos, tenemos que sacar a flote toda nuestra fuerza interior, que no es solo nuestra buena voluntad, sino el Espíritu que va creciendo dentro de nosotros y dándonos fortaleza, la valentía que necesitamos. Porque nos encontramos muchas veces en encrucijadas en las que no sabemos que hacer, qué postura tomar, en confusiones que el espíritu del mal va también metiendo dentro de nosotros haciendo aflorar esas desconfianzas y dudas.

Jesús nos ha hablado claro y no siempre queremos entender. No es cuestión de tomarnos las cosas al pie de la letra con radicalismos que a nada nos llevan, pero sí saber leer esos acontecimientos con que nos vamos encontrando y que son de los que nos ha hablado Jesús. ‘Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis. Os excomulgarán de la sinagoga; más aún, llegará incluso una hora cuando el que os dé muerte pensará que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí’.

Los primeros cristianos vivieron eso en la oposición que de los mismos judíos recibieron. Pero esto tenemos que traspasarlo a las situaciones que vivimos hoy día, en las incomprensiones de cuantos nos rodean, muchas veces de los más cercanos que no entienden nuestra fe, que no entienden nuestros compromisos con la iglesia o con los demás. Pero es el ambiente del mundo en que vivimos donde se va perdiendo el sentido de lo religioso, donde lo que les suene a cristiano, a Cristo, a la Iglesia no les dice nada, porque lo ven quizás como algo trasnochado. Es ese mundo que presenta otros valores, otras maneras de entender la vida y que muchas veces nos confunden porque todo nos parece bueno.

Y es ahí donde tenemos que en verdad fortalecernos por dentro, sentir cómo el Espíritu del Señor actuar en nuestro corazón y nos hace ver la realidad y la bondad del Evangelio de Jesús del que no podemos desertar, que no podemos abandonar. Habrá momentos en que nos sentimos quizás confusos por dentro porque haya cosas que no nos convencen, haya ejemplos que no son buenos, haya decisiones que nos cuesta aceptar, pero tenemos que abrir nuestro corazón al Espíritu para que El sea quien en verdad nos guíe y nos fortalezca, nos lleve a ahondar cada vez más en nuestra fe y prepararnos mejor para poder dar respuesta a tantos interrogantes que el mismo mundo nos presenta.

Que sea en verdad el Espíritu Santo el que guíe nuestra vida y tenemos la seguridad de alcanzar la meta que Jesús nos ofrece. ‘Os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’,  nos dice hoy Jesús.