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miércoles, 28 de octubre de 2026

El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

 


El grupo de los apóstoles surgió de la noche de oración de Jesús, nosotros para seguirle en fidelidad y en la misión que nos confía necesitamos a ir también a una noche de oración

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Tenemos un hermoso proyecto en nuestras manos y queremos llevarlo a cabo y es normal que nos busquemos los mejores gestores para poder realizar todos los planes que tenemos en mente; aparte de una búsqueda personal entre aquellos que conocemos y que consideramos preparados, con los mejores valores de laboriosidad y con más capacidad y preparación para realizar aquello que tenemos en mente es normal que se acuda a una selección desde unas oposiciones o de presentación por parte de los interesados de su mejor currículo; siempre está la posibilidad de equivocarnos y cometer errores pero en cierto modo son riesgos que con todo cuidado corremos. Es como actuamos en nuestra sociedad, con nuestros proyectos y con nuestras metas, y no queremos, es cierto, actuar a lo loco.

Jesús en su predicación ha ido anunciando un reino de Dios que está por llegar; en torno a Él se ha ido formando el grupo de los discípulos, de los que creen en Él y en su Palabra y llenos de ilusión se han dispuesto a seguirle; Él va llamando a los que quiere que estén con Él pero al mismo tiempo va dando las características de ese Reino y las actitudes y posturas que han de tener los que le siguen; no oculta dificultades, porque el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza cuando hasta en el campo las aves tienen sus nidos y los animales salvajes sus madrigueras; plantea sus exigencias de radicalidad porque una vez emprendido el camino no se puede estar volviendo la mirada atrás, y la disponibilidad que han de tener ha de ser siempre para el servicio siendo capaces de hacerse los últimos y servidores de todos.

¿Son los mejores los que se hacen discípulos de Jesús y le siguen? Contemplamos que el arco iris es variado y no dejan de tener sus sueños y ambiciones, sus momentos de duda porque algunas veces no terminan de entender lo que les dice Jesús porque pesan mucho más los sueños y ambiciones que llevan dentro, y al final algunos le salen ranas porque o le traicionan o le niegan de forma cobarde.

Pero son los que Jesús ha elegido, con los que ha querido contar, a pesar de sus ambiciones o sus dudas. Y es que el grupo que sigue a Jesús no ha brotado de una selección de unas oposiciones ganadas ni en la búsqueda de las mejores lumbreras que se podrían encontrar entre los doctores de la ley; son unos pescadores, unos hombres rudos de aquellos campos y pueblos de Galilea, alguno podrá parecer más preparado pero lleva tras de sí el sambenito de haber sido un publicano y para los judíos era algo decir algo así como que era un pecador. Ya le echaban en cara los de la oposición (?) que no andaba rodeado sino de prostitutas y de pecadores.

Pero aquel grupo del que se rodea Jesús sale de una noche de oración, como hoy escuchamos en el evangelio. ‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios’. Y como continúa diciendo el evangelista al amanecer los llamó y fue nombrado aquellos doce a los que iba a constituir apóstoles. Sabía quienes eran porque la sabiduría de Dios penetra los corazones, pero a ellos los había escogido. No fue una gestión burocrática a realizar con unos protocolos predeterminados. Fue la elección del corazón de Dios. Fue una elección para ponerse en camino; pronto bajan a la llanura donde se van a encontrar con ese grupo grande de discípulos que quieren escuchar a Jesús, pero que llegan allí también con sus limitaciones y sus enfermedades y todos querían tocar a Jesús para sentirse sanados por Él. Será allí donde sigan anunciando la buena nueva del Reino que llega, es allí donde tienen que ir manifestando con signos como ese Reino de Dios nos transforma.

Y pienso ahora mientras voy reflexionando sobre este evangelio en nosotros, en nuestras comunidades, en nuestra Iglesia, en nuestros pastores. Y estamos aquí, no porque seamos los mejores o los más preparados, porque también nosotros tenemos nuestras limitaciones, nuestras ilusiones que algunas veces desenfocan nuestra visión o nuestras ambiciones que nos enferman el corazón; nosotros también con nuestras dudas y nuestros miedos; nosotros que estamos aquí no porque sepamos más o nos hayamos ganado unas oposiciones, sino porque hemos sentido en nuestro corazón esa llamada del Señor, esa predilección de Dios por nosotros a pesar de que somos lo que somos, ese amor de Dios que se hace misericordia para nuestras debilidades, nuestros errores y nuestros tropiezos.

Si aquel primer grupo surgió después de una noche de oración de Jesús, nosotros ahora para seguir a Jesús, mantenernos en su fidelidad y realizar la misión que nosotros también nos confía necesitamos aprender a ir a esa noche de oración. Para estar con el Señor y aprender a sentirnos a gusto con Él, para purificar tantas cosas y enderezar nuestros caminos, para sentir la fuerza de su Espíritu que es la que nos hará caminar. ¿Aprenderemos también a aprender a valorar a los que están a nuestro lado con su misión aunque también caminen en la debilidad porque en ellos también confía el Señor?


sábado, 19 de septiembre de 2026

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

 


La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza, pensemos si estamos dejando de lado campos donde habría de sembrarse también la semilla

1Corintios 15, 35-37. 42-49; Salmo 55; Lucas 8, 4-15

La apuesta del agricultor cuando echa la semilla a la tierra es la de la esperanza. ¿Sabe él de antemano los frutos que va a recoger? Podrá hacerse sus previsiones en vista de lo que haya preparado la tierra para echar la simiente, pero siempre lo hace con una esperanza; se cumplirán o no sus previsiones, pero no quiere dejar ni un palmo de tierra sin que allí se eche la simiente y, como decíamos, siempre con la esperanza, como solemos decir que los tiempos vengan buenos, que no acechen las plagas, que la tierra se vuelva fecunda, que germine debidamente la semilla y no tenga obstáculo para crecer y para dar fruto.

Hoy nos habla el evangelio de un sembrador, y por lo que parece es trigo o semejante la semilla arrojada a la tierra, pero que nosotros desde nuestras experiencias y la multiplicidad de plantas que nos pueden dar fruto podíamos pensar en cualquier otra simiente. No quiere, como decíamos, el agricultor o el sembrador dejar ningún palmo de tierra donde se arroje la semilla para que, aunque sean muchas las dificultades que surjan de cualquier lugar podamos obtener un fruto.

Creo que entre otras cosas es también la intención de quien nos ofrece la parábola, de Jesús que es el sembrador que recorrerá todos los campos, llegará a los lugares más inverosímiles siempre con el deseo de sembrar la semilla, de regalarnos su amor. Ya de antemano la parábola nos está hablando de que en todos los lugares aquella semilla no pudo prender y si acaso germinó muchas veces se perdió; pero el sembrador en su esperanza no dejó de sembrar la semilla en todos los lugares.

Siempre cuando reflexionamos sobre esta parábola pensamos en qué clase de tierra somos, de cuáles son los pedruscos de nuestra tierra o la dureza del camino, cuáles son los zarzales de nuestros apegos o las cosas que nos distraigan de ese fruto que tendríamos que dar. Y ciertamente tenemos que hacernos esos planteamientos y esa reflexión.

Pero yo quiero fijarme hoy en el sembrador con su esperanza y con su esfuerzo por sembrar la semilla en todos los lugares aunque pudiera prever que no siempre iba a tener la tierra propicia para que germinara y llegara a dar fruto. ¿Y si en medio de aquellos pedregales hubiera un trozo de buena tierra que ayudará a la germinación de la semilla? ¿Y si en un momento determinado alguien pudiera desprenderse de esos apegos para hacer posible que al menos en alguna parte del campo se pudiera coger fruto? El corazón del hombre puede cambiar, ahora puede tener unos apegos, pero en algún momento podemos caer en la cuenta de que tenemos que liberarnos de esas cosas para emprender un buen cultivo de la tierra de nuestro corazón.

La esperanza de Dios, vamos a decirlo, así como una manera de hablar, tiene un sentido distinto de nuestras esperanzas que un día se nos pueden desinflar, pero cuando queremos actuar según el actuar de Dios de otra manera hemos de realizar nuestras tareas. Quiero pensar en esos desánimos que muchas veces rondan por nuestra cabeza o nuestro corazón cuando queremos trabajar por los demás y no siempre vemos el fruto que deseamos; cómo en nuestras tareas algunas veces descartamos el llegar a algún lugar, algún ambiente, algún campo de trabajo de la vida, porque nos parece que son lugares donde no se puede sacar nada y para qué, nos decimos, vamos a gastar esfuerzos ahí. Y rondan alrededor de nuestras iglesias, de nuestras comunidades bolsas de personas o de campo de trabajo que de antemano desechamos por difícil.

¿Dónde está nuestra esperanza? ¿Dónde la confianza que ponemos en aquel que guía nuestra vida y nos acompaña? ¿Dónde está ese arrojo y valentía que nos impide quedarnos quietos superando los miedos que podamos tener a los posibles fracasos? Nuestras cobardías y miedos están impidiendo que la semilla del evangelio se siembre en todos los campos. ¿Es esa manera de actuar la que quiere el Señor de nosotros?


domingo, 23 de agosto de 2026

A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

 




A pesar de nuestros miedos y cobardías tenemos que definirnos por Jesús porque El además sigue confiando en nosotros para seguir sembrando la semilla del Reino

Isaías 22, 19-23; Salmo 137; Romanos 11, 33-36; Mateo 16, 13-20

No siempre es fácil definirnos en la vida, porque las cosas son más complejas que lo que aparentemente se nos pueden ofrecer y nos entran nuestros miedos, nuestras personales consideraciones si lo que vamos a decir cae bien a todos, las influencias que recibimos de lo que nos rodea o de quienes dirigirnos en una dirección determinada según los intereses de cada uno. Decimos, es verdad, que somos libres y que cada uno tiene su opinión y se expresa como quiere, pero quizás no siempre actúa con esa auténtica libertad porque son muchas las presiones que puede también recibir en un sentido o en otro; también está nuestra propia debilidad o nuestra poca madurez para tener ideas claras, para hacer opciones que puedan comprometer nuestra vida. Definirnos sobre algo es bastante complejo en muchas ocasiones.

¿Será eso lo que de alguna manera les está planteando Jesús? Ya llevan un tiempo con él en una cercanía que otros no tienen, un día habían optado por seguir a Jesús, tras la invitación del propio Jesús o desde inquietudes que sentían en su corazón. Algo podían ellos ir sintiendo ya dentro de sí sobre lo que Jesús estaba significando en medio del pueblo y para sus propias vidas; veían también las respuestas diversas que se iban dando al mensaje de Jesús, desde quienes se entusiasmaban con sus palabras o con los signos que realizaba hasta lo que hacían oposición frontal al mensaje de Jesús desde sus distintas posiciones, en algunos casos muy interesadas. Y entonces surge la pregunta de Jesús.

Están ya un poco fuera del territorio palestino porque están en la región de Cesarea de Filipo, muy al norte, en el nacimiento del Jordán y en las fronteras con Fenicia. A Jesús les gustaba llevar a los discípulos más cercanos a lugares apartados donde no hubiera tanta presión de la gente que los seguía y no les daba tiempo ni para comer, como en algún momento se dice, y es ahí donde los cuestiona.

Primero que manifiesten lo que ellos escuchan que la gente piensa de Jesús. Una pregunta más fácil de responder porque se trata de hacer como se dice ahora una lluvia de ideas recogiendo las opiniones que conocían de la gente. ‘¿Quien dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Un profeta como no lo ha habido nunca igual, vienen a decirle, porque recuerdan a los antiguos profetas, o recuerdan a Juan que recientemente había aparecido en las orillas del Jordán, del que algunos de ellos habían sido también discípulos.

Pero Jesús no se quiere quedar en esas generalidades y la pregunta va directa a lo que ellos puedan pensar. ‘Y vosotros, ¿quien pensáis que soy yo?’ La respuesta no surge ahora tan espontánea; podemos imaginar como se miran los unos a los otros a ver quien es el primero que se atreve a hablar. Y será Simón Pedro el que se adelantó tomando la iniciativa y poco menos que la representación del pensamiento de todos. ‘Tú eres el Mesías, el ungido de Dios, el Cristo, el Hijo del Dios vivo’.

Una profunda afirmación de fe que incluso Jesús le dirá que no lo está diciendo por si mismo, sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Una profunda afirmación de fe que va a provocar una promesa de Jesús, porque ahí está la roca sobre la que se va a fundamentar la Iglesia, esa nueva familia de los hijos de Dios que se está constituyendo en la medida en que se va haciendo más presente el Reino de Dios. ‘Eres la roca sobre la que edificaré mi Iglesia y el poder del maligno no podrá contra ella… en tus manos están las llaves del Reino, en torno a esta roca se va a formar, se va a entrelazar una nueva unión, una nueva comunión…’

Son cosas muy importantes las que aquí escuchamos, es el comienzo de algo nuevo como nueva tiene que ser nuestra vida desde ese encuentro vivo con Jesús. Aquí estamos proclamando lo que es nuestra fe, pero también lo que tiene que ser nuestro camino de ahora en adelante. Aquí al proclamar nuestra fe nos estamos manifestando también con humildad porque solo desde la fuerza del Espíritu de Dios en nuestro corazón. podremos proclamarla y podremos vivirla.

Cambien tenemos nuestros miedos y nuestras dudas, también rebrotarán muchas veces nuestras cobardías y nuestros tropiezos, como Pedro a quien vemos hoy haciendo esta hermosa confesión de fe; pero es el Pedro que quería quitarle de la cabeza a Jesús la idea de su subida a Jerusalén con todo lo que allí podría suceder; es el Pedro que se siente pequeño y pecador cuando ve las maravillas de Dios que se realizan en Jesús como cuando la pesca milagrosa; es el Pedro que en un momento querrá utilizar las mismas armas del mundo para defender a Jesús como cuando sacó la espada de la violencia en el Huerto de los Olivos; el Pedro que se había quedado dormido cuando Jesús los invitaba a la vigilancia; el Pedro que se quedaba extasiado en los momentos de gloria, pero que recularía cuando alguien le dijera que él también era de los que estaban con Jesús.

Son también nuestros miedos y nuestras dudas, nuestras debilidades y nuestras tibiezas, pero los que tenemos que tenemos que seguir confiando en Jesús, dejándonos conducir por su Espíritu, poniendo todo nuestro empeño en seguir sembrando en los surcos de la vida esa nueva semilla del amor. Jesús quiere seguir confiando en nosotros, ¿qué respuesta le damos? ¿Llegaremos nosotros a definirnos por Jesús y por el evangelio?


lunes, 3 de agosto de 2026

Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

 


Siempre habrá una señal, una luz aunque sea tenue que nos da seguridad y confianza para superar nuestros miedos y no perder la serenidad y la paz aún en lo más tenebroso

Jeremías 28, 1-17; Salmo 118; Mateo 14, 22-36

Queremos hacernos los valientes, pero todos pasamos por momentos de miedo; lo negamos muchas veces o lo disimulamos pero es reacción sicológica normal en cierto modo como una defensa ante situaciones en que nos vemos o nos parece encontrarnos en peligro. Una noche tenebrosa para atravesar caminos oscuros, llenos de sombras, con rincones desconocidos es la imagen que primero se nos presenta de lo que es el miedo; pero son muchas situaciones en la vida, muchas veces inesperadas y sorpresivas que no sabemos a dónde nos llevan, son situaciones de soledad vividas de muchas maneras en que nos parece que nadie nos tiene en cuenta, momentos en que nos parecía sentirnos seguros pero vemos que todo se mueve bajo nuestros pies, y no es solo lo físico o lo geográfico sino situaciones o problemas de la vida a los que continuamente tenemos que enfrentarnos.

¿A dónde nos agarramos? ¿Dónde encontraremos la fortaleza cuando nos sentimos con esa debilidad? ¿Qué nos puede dar seguridad que nos quite todos nuestros miedos? ¿Cómo salir de esas soledades? Son muchas las cosas que se nos plantean.

He comenzado haciéndome esta reflexión y estas preguntas en lo humano sobre nuestros miedos porque nos encontramos hoy en una situación de los discípulos de Jesús en que verdaderamente sintieron miedo, tanto como para recibir un reproche de Jesús. Había sido el episodio de la multiplicación de los panes y de los peces y Jesús los había apremiado para que cogieran una barca y fueran de regreso. Jesús. se quedó aparentemente para despedir a la gente, pero ellos iban solos en la barca. No había por qué tener miedo porque muchos de ellos eran unos avezados pescadores. Pero la travesía se les puso difícil, el viento les venía en contra, no podían avanzar y esto podía ser presagio de una tormenta como las que frecuentemente se desataban sobre el lago. El miedo comenzó a apoderarse de ellos, porque además Jesús. no iba en la barca con ellos. Travesías de la vida que muchas veces se nos hacen difíciles y sentimos la soledad de quien pudiera darnos ánimos.

Comenzaron a ver fantasmas en sus miedos porque alguien parecía que venía caminando sobre el agua; y comenzó a hacerse patente ese miedo y esas angustias que se desataban en el alma. ‘Se asustaron y gritaron de miedo’, comenta el evangelista. Pero no era un fantasma, era Jesús que venía a su encuentro. ¡Vaya si Él conoce nuestras debilidades y nuestros miedos! ‘Soy yo, no temáis’ era la voz de Jesús que podía darles seguridad y confianza pero aún Pedro desconfiado insiste en que él pueda también bajarse de la barca y caminar sobre el agua. Y ante la invitación de Jesús se arriesgó, aunque persistían los miedos en su interior y ante la menor ola le parecía que se hundía. Los vaivenes de la vida por los que todos pasamos; nos queremos hacer valientes o llenarnos de confianza, pero pronto quizás notamos que las cosas no son tan fáciles y volvemos a retroceder en lo que parecía que habíamos avanzado

¿En qué quedamos? ¿Comenzaremos a confiar o seguiremos con nuestros miedos? ¿Aprenderemos a sentir la mano amiga de Jesús que nos sostiene? Cuando pongamos toda nuestra fe y confianza podemos en verdad sentirnos seguros, pero algunas veces nos cuesta. Pero pronto podremos sentir esa paz y esa serenidad interior que tenemos que saber agradecer. Es algo que no tendríamos que perder nunca, algo que tenemos que saber buscar y pedir. Algo que va a dar fortaleza a nuestra vida cristiana, algo que hará que nunca nos sintamos solos.

Dios nos va poniendo señales en esos caminos de la vida que nos alientan, que nos dan seguridad, que nos hacen perder los miedos. Siempre habrá una palabra buena y de ánimo que escuchamos quizás de quien menos lo esperamos, siempre aparecerá una persona buena que se pone a nuestro lado, quizás en silencio, pero que se convierte en nuestra compañía, siempre pueden aparecer cosas que nos suceden y que nos abren nuevos caminos, siempre habrá una luz encendida aunque sea tenue en nuestra senda que nos dará seguridad a nuestro caminar.


lunes, 13 de abril de 2026

Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

 


Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¡Cómo ha cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos capaces de entender?

Si leemos con atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.

Pero ahora en los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?

Hemos escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por el agua y por el espíritu.

Ahí está la clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.

Es lo que hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día, o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.

¿Nos sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

viernes, 9 de enero de 2026

Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

 


Escuchemos esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza, porque lo necesitamos tantas veces en nuestros miedos y cobardías

1Juan 4, 11-18; Salmo 71; Marcos 6, 45-52

Los temores en la vida nos obnubilan, vivir con el espíritu lleno de miedos y temores  nos difuminan la realidad y nos impiden ver con claridad, dejarnos atenazar por esos temores que vamos sintiendo en tantas ocasiones en la vida nos impiden ser nosotros mismos, nos llenan de desconfianzas y si hay desconfianza rechazamos cuando se nos pueda ofrecer porque siempre estamos en la sospecha de lo malo que nos pueda suceder; ese temor y ese miedo con que muchas veces andamos en la vida en cierto modo nos hace esclavos, nos resta libertad  para actuar con una verdadera sabiduría.

No hablo de que tengamos que atravesar en una noche oscura un camino solitario, o atravesar la soledad de una calle vacía y quizás mal iluminada; estaríamos viendo fantasmas por todos sitios, cualquier movimiento aunque fuera una simple rama de un árbol impulsada por el viento nos hace ver peligros y nos crea angustias en nuestro camino. Pero también otros muchos temores que nos van apareciendo y angustiando nuestra vida. ¿Quizás que descubran algo que no hicimos bien y que ha estado callado y oculto? ¿Qué se descubra la poca autenticidad y la incongruencia con que vivimos cuando no hay sinceridad?

El temor a quien es más poderoso porque nos parece que un día nos va a despojar de lo que tenemos o de lo que somos, el miedo a asumir responsabilidades porque creemos que somos incapaces, el asumir los cambios que nos va ofreciendo la vida por temor a no saber a dónde nos llevan, el definirnos ante situaciones nuevas que se nos presentan porque no queremos llegar a nuevos compromisos, los problemas que nos van apareciendo en la vida que nos parecen que nos hunden para no encontrar salidas… muchas cosas que nos hacen ir acobardados por la vida y que en consecuencia nos vuelve ciegos para ver lo nuevo que se nos ofrece o las cosas maravillosas que podemos hacer. Son las dudas que llevamos en nuestro interior que nos hacen desconfiados.

Hoy Jesús nos dice en el evangelio que no tengamos miedo, ¿por qué somos personas de tan poca fe? El episodio del evangelio de hoy tiene unos rasgos bien significativos. Ha caído la tarde y se hace de noche, están atravesando el lago tan fácil a que se despierten tormentas inesperadas en él, vienen de la montaña donde han sucedido cosas que aunque por un lado despiertan entusiasmos también les llenan de dudas porque no terminan de entender qué es lo que hace Jesús y por qué lo hace.

Además van solos en la barca, porque Jesús se ha quedado en tierra para despedir a la gente que se había congregado, y la barca parece que en la noche no avanza quizás por una brisa en contra. Se van metiendo en la boca del lobo, como se suele decir. Para mayor susto ahora les parece ver que alguien viene caminando sobre el agua hacia ellos. ¿Cómo se puede caminar sobre el agua sin hundirse? No puede ser sino un fantasma. Como tantos fantasmas con los que nosotros llenamos nuestra mente cuando andamos con temores y desconfianzas que nos impiden ser nosotros mismos.

Son distintos episodios de los que nos habla el evangelio en relación con aquel lago donde aparecen esos miedos y desconfianzas y esa falta de fe. ¿Por qué dudáis, hombres de poca fe?, parece que se repite en labios de Jesús, como cuando lo de la tempestad calmada, o como en la pesca milagrosa que la sorpresa hará que los pobres pescadores se sientan poca cosa ante el misterio de Dios y casi quieren apartarse de Él, o como será más tarde aquel otro amanecer junto al lado, donde Jesús no estaba y se sentían impotentes para la pesca, pero desde la orilla alguien -¡Es el Señor!, dirá luego el discípulo amado cuando lo reconoce – les indica por donde han de echar la red. ‘Soy yo, no temáis’, les dice en esta ocasión. Encontremos el amor y todo tendrá nueva luz en la vida,  como el discípulo amado que supo reconocer al Señor, dejémonos conducir por el amor y nos sentiremos seguros porque sabemos que el Dios que nos ama está siempre a nuestro lado.

¿Escucharemos nosotros esa palabra de Jesús, ‘soy yo, no temáis’, que con su presencia nos llena de confianza? Lo necesitamos tantas veces en la vida en nuestros miedos y cobardías.

viernes, 7 de noviembre de 2025

Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

 


Que no se diga que los hijos de las tinieblas con más sagaces que los hijos de la luz, con nosotros está la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Salmo 97; Lucas 16,1-8

La vida nos mete en problemas de los que a veces no sabemos cómo salir. Quizás los errores que cometamos se van convirtiendo poco a poco en una cascada y bien sabemos que por la propia gravedad el discurrir de las aguas se vuelve torrencial y si nos vemos envueltos en una cascada luego no sabemos cómo salir; habrá que buscar argucias, tendremos que saber utilizar todo nuestro ingenio para encontrar salidas, para liberarnos de lo que puede convertirse en una espiral sin fin. Nuestros apetitos y nuestras ambiciones nos hicieron resbalar por esa pendiente que cada vez se vuelve más aguda y en consecuencia más peligrosa; utilizar argucias, como decíamos, no nos permite que nos dejemos arrastrar por esa espiral utilizando malos modos para liberarnos.

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús con la parábola del evangelio. Un administrador injusto se veía arrastrado por la pendiente del mal en que se había metido cuando había obrado mal, cuando su ambición pudo más que su responsabilidad y que la rectitud que tenía que haber en su vida cuando habían confiado en él, y ahora estaba en un camino de perdición que iba a ser una ruina para su vida. Los prestigios de los que se había rodeado le hacían que fuera difícil bajar su orgullo. Por eso piensa que cuando se vea despedido no sabrá en qué trabajar porque en su vida ha dado golpe, y se daba cuenta de lo humillante que iba a ser para su vida el pedir limosna quien antes se había presentado en la vida eufórico en su poder.

Pretende arreglar los recibos de aquellos en los que había cargado las tintas en sus intereses haciendo lo que parecen rebajas, que son más bien un reconocimiento de lo que había hecho mal y que ahora como favor pretendía arreglar con aquellos deudores. ¿Se ganaría amigos así que lo acogieran cuando se viese desposeído de todo y en un estado de pobreza? Con esa visión quería hacerlo.

La parábola de entrada a todos nos desconcierta porque tenemos la tendencia de convertirla en relatos ejemplares, pero la mala administración no era precisamente un relato ejemplar. Hay un comentario al final que nos da la clave. El amó alabó a aquel hombre no porque hubiera obrado mal en la administración de sus bienes, sino por la astucia con que ahora actúa para encontrar en el futuro una salida de luz. Y ya nos dice Jesús al terminar de presentar la parábola que los hijos de este mundo son más astutos con sus obras que los hijos de la luz. ¿Haremos nosotros tanta propaganda de las cosas buenas, por ejemplo, del mensaje del evangelio como el mundo que vemos a nuestro alrededor hace de sus cosas?

Todo el mundo habla de sus planteamientos, de su ideología, de su manera de ver las cosas y de cómo quisieran que se hiciesen y además con su propaganda parece que trata de imponérnoslo porque si no hacemos como ellos es que no entendemos la vida, no queremos lo mejor para nuestra sociedad y no sé cuántas cosas más; y nosotros, ¿qué hacemos? ¿Nos sentimos acobardados y con miedo de plantear nuestra verdad, nuestro punto de vista, la visión que nosotros como cristianos y desde la óptica del evangelio tenemos de todas esas cosas? Creo que nos falta arrojo y valentía, nos encerramos demasiado en nuestros círculos, allí donde nos parece que nos sentimos seguros, pero no nos lanzamos a hacer ese anuncio del Evangelio que un día Jesús nos confió.

¿Cómo estamos manifestando hoy en nuestro mundo la alegría de nuestra fe? ¿Cuál es el testimonio que estamos dando? Porque estamos llamados a ser testigos y los testigos no pueden callar ni ocultar lo que viven. Andamos los cristianos demasiado adormilados. Nos falta expresar el coraje del Espíritu que está en nosotros.


domingo, 17 de agosto de 2025

Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

 


Ojalá se despierte en nuevo ardor en el corazón para que no se pudra y apague en una cisterna el mensaje del Evangelio que tiene que incendiar nuestro mundo

Jeremías 38,4-6.8-10; Salmo 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Esto parece la guerra, habremos escuchado o habremos dicho en alguna ocasión.  Y no es solamente por esas terribles guerras que asolan en estos momentos nuestro mundo – que también nos hacen pensar, ante las cuales también hemos de buscar la manera de reaccionar porque además estamos viendo el juego de los poderosos como estos mismos días hemos contemplado -, ni pensamos en los desordenes que vemos en nuestra sociedad con tantas ambiciones e incluso hasta con luchas callejeras, pensamos más bien en esas confrontaciones que vemos a diario en nuestra sociedad sobre la distinta manera de ver o de resolver las cosas, pero es también lo que podemos sufrir cuando queremos ser fieles a nuestros principios, a nuestros ideales, a nuestros propios planteamientos y encontramos oposición, surgen enfrentamientos y acosos, se trata de destruir desprestigiando a quien piensa o actúa distinto y se arma, sí, una guerra sorda pero que nos llena de sufrimientos.

Es la reacción que está teniendo Jesús o que encuentra en su entorno mientras va anunciando el Reino de Dios. No todos lo comprendían, en muchos encontraba oposición, también trataban de desprestigiarlo atribuyendo incluso a Satanás los signos y milagros que realizaba. Humanamente, ¿cómo se sentiría Jesús? El Evangelio nos habla de aquellas tentaciones en el monte de la cuarentena antes de comenzar su predicación, muchas veces hasta los mas cercanos a El le querían hacer cambiar de rumbo, se vio envuelto en quienes querían manipularlo y hacerle decir cosas que a ellos les agradara, siendo consciente de lo que iba a ser el final sufre la tentación de la angustia y la soledad – porque hasta los más cercanos se han dormido – en el huerto de Sinaí previo a su prendimiento.

Pero Jesús se mantiene fiel, sube decidido a Jerusalén cuando sabe lo que va a significar aquella Pascua; mantendrá el pulso cuando tiene que convencer una y otras vez a sus discípulos más cercanos que la verdadera grandeza no es a la manera de los poderes de este mundo, sino haciéndose los últimos y los servidores de todos. ‘No se haga mi voluntad, sino la tuya’, será finalmente su oración.

Y nos dirá que por ahí también hemos de pasar nosotros. Porque el discípulo no es mayor que su Maestro. En otros momentos anunciará persecuciones y tribunales, incluso hasta llegar a la muerte. A Pedro le dice que cuando se recupere después del mal momento que pasará con sus negaciones – todos tenemos momentos oscuros – pero ha de mantenerse firme para confirmar en a fe a sus hermanos.

Son las palabras que escuchamos hoy en el evangelio y que nos pueden resultar demasiado fuertes, porque si no las entendemos bien hasta nos pueden resultar contradictorias con lo que era la misión de Jesús y lo que realmente era su vida. Habla de fuego con que se incendiará nuestro mundo. ¿No decíamos antes esto es la guerra?

Ese es el fuego que va a producir revoltura en nuestro interior, es el ardor y la inquietud cuando estamos convencidos de verdad de algo, es la radicalidad con que hemos de vivir y manifestar nuestra fe porque no nos andamos por las ramas sino que vamos a la más profunda raíz de las cosas, aunque parezca que en esos momentos no convenga – con cuantas diplomacias de falsedad andamos tantas veces -, aunque resulte aparentemente contraproducente porque esa palabra que anunciamos, este testimonio que damos levante sarpullidos en algunos, aunque produzca tensiones incluso entre los más cercanos, aunque resultemos incómodos pero tenemos que ser fieles, porque no podemos andar poniendo algodones que intenten suavizar el impacto que pueda producir la Palabra de Jesús, la Palabra de Dios que proclamamos.

¿Seremos cristianos que auténticamente estemos prendiendo de ese fuego del evangelio a nuestro mundo? ¿Qué nos ha sucedido para que nuestra palabra, nuestro anuncio del evangelio, nuestra vida no sea una llamarada de fuego que prenda en nuestro mundo? El mundo quiere meternos en una cisterna sin agua, como querían hacer con Jeremías como escuchamos en la primera lectura, para que allí nuestra verdad se pudra, la verdad del evangelio quede oculta, no llegue a ser ese puñado de levadura que haga fermentar a nuestro mundo.

¿Nos seguiremos dejando meter en esa cisterna porque seguimos con nuestros complejos y cobardías, con nuestras indecisiones y nuestros miedos? ¿Se despertará ese nuevo ardor en el corazón?

viernes, 6 de junio de 2025

Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

 


Cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús, que sí es un grande amor

Hechos 25, 13b-21; Salmo 102; Juan 21, 15-19

¿Tú me sientes como amigo? Con una pregunta semejante alguna vez nos hemos dirigido a nuestro amigo o nuestro amigo nos ha preguntado. Cuando hay una auténtica amistad que se está mostrando cada día en mil detalles de cercanía, de comunicación, de afecto no sería necesaria esa pregunta, pero sin embargo la hacemos. Queremos corroborar el grado de amistad que sentimos; queremos ratificar que la amistad se mantiene, a pesar de que alguna vez haya habido algún desaire, algún mal momento, alguna discusión acalorada donde quizás hayas pronunciado palabras de las que ahora nos arrepentimos. Pero queremos que la amistad permanezca, no se rompa, vaya creciendo más y más en la vida. Un buen amigo es un vaso de agua fresca ofrecida al sediento en medio de los calores de la vida.

Hoy, ya casi terminando el ciclo pascual que cerraremos el próximo domingo, la liturgia retoma aquellos textos pascuales de los momentos finales del evangelio, en este caso del evangelio de san Juan. Queremos de nuevo caldear nuestro espíritu con todo el sentido pascual que hemos de darle a la vida y nos viene bien recordar esos retazos del evangelio.

Los discípulos se habían ido a Galilea. Uno de los mensajes que las mujeres trasmitieron a los apóstoles del cenáculo después de las apariciones de Jesús, es que les había dicho que fueran a Galilea y allí le verían. ¿Dónde comenzaron los primeros anuncios de Evangelio? No fue solo Jesús el que comenzó a predicar por los pueblos y aldeas de Galilea anunciando la buena nueva del Reino de Dios, sino que en Galilea se había recibido el primer mensaje, la primera buena noticia, cuando el ángel le anuncia a María de parte de Dios todo cuanto iba a suceder con el niño que naciera de sus entrañas. Aquel Niño era la Buena Noticia de salvación para la humanidad.

En Galilea estaban, parece que aburridos sin saber qué hacer cuando se deciden ir una noche a pescar. Ya lo hemos meditado. No habían cogido nada. Alguien que les parecía un anónimo desde la orilla no solo les había preguntado si habían cogido algo, cosa que seguramente les dolió por sus manos vacías, sino que les había dicho por donde habían de echar la red. Parece que los gestos se repiten, también después de una infructuosa noche, aquel profeta que estaba surgiendo en Galilea, sin ser pescador de aquellos mares, les había indicado que de nuevo echaran las redes. Se habían confiado y la redada había sido muy grande, de manera que incluso se sentían indignos, pero Jesús les había prometido que serían pescadores de hombres. Así se habían decidido a seguir a Jesús y estar con Él.

Ahora también la redada había sido extraordinaria y aquel que más llenos de amor tenía sus ojos había reconocido a quien estaba en la orilla y le había dicho a Pedro que era el Señor. Ahora Pedro tras lanzarse al agua está ante Jesús que tras el almuerzo se lo lleva aparte para hacerle una gran pregunta. ‘Simón Pedro, ¿me amas? ¿Me amas más que estos?’ Y así por tres veces. Pedro porfiaba su amor, ya no sabía cómo decírselo a Jesús que lo era todo para El. Un día había dicho que estaba dispuesto a seguirle y a dar la vida por Jesús, pero pronto se había dormido en el huerto, y pronto lo había negado ante una criada curiosa y preguntona.

Lo había llorado, pero ahora estaban las preguntas de Jesús. ¿De verdad eres mi amigo? Detrás había todo un recorrido de entusiasmos pero también de decaimientos; de valentías para ser el primero en hablar, pero también de cobardías y de sombras. ¿Se estaría preguntando al mismo tiempo Pedro a sí mismo si de verdad soy amigo de Jesús? ¿Mereceré yo que Jesús siga confiando en mí?

Pero bien sabemos que aquí no hablamos de merecimientos, sino que estamos hablando de amor. Jesús le pregunta a Pedro por su amor, pero Pedro se estará preguntando también por su amor, por si es sincero y auténtico su amor a Jesús. No le queda más que decir. ‘Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’.

Seguramente mientras nos vamos haciendo esta reflexión no solo estamos mirando a Pedro en este diálogo con Jesús, sino que nos estaremos mirando a nosotros mismos. Con nosotros Jesús está también entablando ese diálogo y esas preguntas; en nuestro corazón están resonando esas preguntas y nuestras promesas y propósitos tantas veces incumplidos, nuestras cobardías y nuestros fracasos, nuestros miedos y nuestros tropiezos; la vida quizás puede estar muy llena de oscuridades, pero tenemos que cuidar una luz, tenemos que cuidar la luz del amor que nos hará ver las cosas de otra manera, porque lo estaremos viendo tras el filtro del amor de Jesús. Y ese sí que es un gran amor, el que queremos copiar en nuestra vida, el que queremos vivir nosotros también.


viernes, 7 de febrero de 2025

Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

 


Lo bueno del pasado un estímulo para el camino de fidelidad que hacemos, los errores cometidos un motivo de reflexión para enderezar la vida

Hebreos 13,1-8; Salmo 26; Marcos 6,14-29

A todo todos nos sucede, hay cosas del momento presente que nos traen recuerdos del pasado; es bueno, hemos de reconocerlo, recordar cosas positivas de nuestra vida, no para llenarnos de orgullos que nos hagan creernos los mejore y subirnos en pedestales que nos hagan estar por encima de los demás, sino para reconocer de lo que somos capaces valorar lo que es bueno y sentirnos con ello estimulados a seguir nuestro camino aunque algunas veces nos exija esfuerzos.

Pero también nos puede suceder que acontecimientos o reflexiones que nos hagamos en el presente sean como un aguijón que nos pincha en la conciencia por cosas que hicimos y que no fueron buenas; todos cometemos errores en la vida, tenemos tropiezos, hacemos lo que no es bueno porque no somos santos, porque hay mucha debilidad en nuestra vida, porque algunas veces nos habremos cegado con cosas que nos hicieron tropezar. Ahora no sentimos interrogados por dentro y puede surgir la mala conciencia o el arrepentimiento; debe ser lección aprendida para que no volvamos a tropezar.

¿Le estaba sucediendo a Herodes con lo que estaba escuchando de aquel nuevo profeta de Galilea? Jesús se había ido dando a conocer, causaba admiración en las gentes y como siempre las noticias corren; a los oídos de Herodes llegó la noticia. ¿Quién era aquel profeta del que tanto hablaba la gente? Las opiniones de la gente eran diversas, pero en su interior sentía algo especial; ¿sería Juan, el profeta del desierto y del Jordán que él había mandado matar?

Esto le da ocasión al evangelista para narrarnos este episodio completando así la presentación de lo que había sido la figura del Bautista y ofreciéndonos el testimonio supremo de su vida. Juan ya estaba en la cárcel; aunque se dice que Herodes sentía admiración por Juan, instigado por la mujer con la que convivía lo metió en la cárcel porque le decía que no era lícito que viviera con la mujer de su hermano.

Se cruzan las ambiciones, las envidias, las cobardías, la maldad de los corazones heridos que tienen conciencia de que obran mal y el justo sufre las consecuencias. Cuántas veces nos sucede, como se dice, paga el justo por el pecador. Pero Juan era fiel a su sentido moral de la vida y consciente de su misión profética de preparar para la venida del Señor un pueblo bien dispuesto. No puede callar, aunque esto le lleve a la cárcel y posteriormente a la muerte. ¿Seríamos capaces nosotros de mantener una fidelidad así a unos valores y a unos principios? Cuántas veces callamos.

Y la ocasión directa viene en una fiesta que ofrece Herodes a sus invitados y la hija de Herodías baila para Herodes. Vienen las promesas entusiasmadas que luego serían difíciles de cumplir cuando hay verdaderos principios. Pero esta ocasión la cobardía lo invadió todo. La petición de Salomé instigada por su madre será la cabeza de Juan Bautista. Herodes se vio cogido por su palabra y sus promesas y el miedo a quedar mal ante sus invitados. Quedar mal ante los que nos rodean, dar la cara cuando es necesario un testimonio, cuanto nos cuesta. Y Juan fue decapitado. El testimonio de la sangre y de la vida entregada como signo de una fidelidad a una fe y a una misión.

Decíamos que de los hechos de la vida tenemos que aprender, aun cuando hayamos errado y tropezado. De este proceso del corazón de Herodes también tenemos que aprender. ¿Qué es lo que realmente guía nuestra vida? ¿Sobre qué fundamentamos lo que verdaderamente nos hace felices? ¿Hasta dónde llega la fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra responsabilidad, a la misión que tenemos que desempeñar en la vida? ¿Cuánto dependemos de lo que pensamos que es la opinión o la valoración que la gente haga de nosotros y de nuestros actos? ¿Seremos capaces de reflexionar seriamente de lo que ha sido el proceso de nuestra vida para comenzar a actuar de manera distinta?

sábado, 18 de enero de 2025

Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

 


Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

Hebreos 4,12-16; Salmo 18; Marcos 2,13-17

Vamos conmigo, nos dijo un amigo y nos invitó a dar un paseo o nos lleva a una fiesta; vamos conmigo le dice el padre a su hijo porque quiere enseñarle su lugar de trabajo; vamos conmigo nos dice el intrépido viajera y nos lleva a conocer mundos, países, culturas… estamos recibiendo invitaciones por todos los medios a no quedarnos anclados en el sitio o el momento de la vida donde estamos, en el lugar de la vida que ocupamos, en el trabajo que tenemos, en lo que estamos haciendo de siempre, en lo que ya conocemos, porque hemos de tener otros horizontes, porque tenemos que comprender el sentido de la vida que nos impide quedarnos anquilosados, porque tenemos que descubrir nuevas posibilidades, porque hemos de ser capaces de desarrollar todas las capacidades que tenemos, porque queremos darle otra profundidad a la vida…

Ofertas, llamadas, invitaciones, impulsos que sentimos dentro, horizontes que se abren, vida que queremos vivir en mayor plenitud, que no queremos ramplona, superficial, carente de metas. Son como un reto, son también un riesgo porque no sabemos si siempre acertaremos, porque nos podemos equivocar, porque quizás nos ponemos en peligro situaciones que ya vivimos o privilegios de los que gozamos y podemos perder. Es necesario decisión y dejar los miedos atrás, coraje para enfrentarnos a lo desconocido quizás, valentía para acallar cobardías. Solo así podremos alcanzar nuevas metas, haremos un camino en verdadera ascensión. Y ya sabemos que ascender por una cuesta, por una pendiente nos exige esfuerzo y decisión.

Aquel hombre estaba tranquilamente allí ocupado en sus asuntos; era su responsabilidad y era también su negocio, su medio de vida en la búsqueda de unas ganancias. Y pasó Jesús y le dijo ‘Vamos conmigo, sígueme…’ No hicieron falta ni más palabras ni más explicaciones. Y aquel hombre se levantó de donde estaba sentado y dejándolo todo se fue con Jesús.

¿Dónde quedaban sus negocios y sus ganancias? ¿A qué se iba a dedicar ahora? ¿Qué futuro de vida le esperaba? ¿Qué es lo que iba a ganar? Habrían pasado quizás por su cabeza estas o parecidas preguntas llenas de inquietud. Pero en lo escueto que es el relato del evangelio no hay tiempo de buscar todas esas necesarias garantías de que aquel camino que comenzaba en verdad le era conveniente. Solo hay una fe y una confianza en la palabra de quien le estaba invitando a irse con El. Además su decisión, aunque fuera inesperada, porque inesperada fue también la llamada y la invitación  fue algo que tomó con alegría, porque inmediatamente organizó una fiesta, un banquete y allí estarían Jesús y sus discípulos que siempre le acompañaban, como iba de ahora en adelante acompañarle él, pero también estaban invitados los que habían sido sus amigos de siempre.

Pero hay cosas que levantan ampollas, quizás no tanto en quien tiene que hacer el camino, sino en los que le rodean y no comprenden decisiones ni nuevos estilos. Eso estaba pasando al lado de aquel banquete que Leví había preparado. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Y es que Leví era de ese grupo de los publicanos, por el oficio que desempeñaba.

Allí estaban los puros y los santos, como los sigue habiendo en todas partes, dispuestos al juicio y al prejuicio, dispuestos a la condena y llevar al desprestigio a quien está ofreciendo algo nuevo y distinto. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Allí estaban todos participando de la misma mesa, como signo del banquete del Reino. Lo que Jesús estaba anunciando allí se estaba realizando. Era un reino nuevo en el que no tenían que privar ni los intereses ni los privilegios, un banquete a cuya mesa podían sentarse todos porque todos estaban invitados. ¿No se llenó la sala del banquete de todos aquellos que fueron a buscar por los cruces de los caminos, porque los primeros que estaban invitados rechazaron el banquete? Ya nos dirá Jesús que cuando hagamos un banquete no invitemos a los nos pueden pagar invitándonos luego a sus banquetes; nos dice que invitemos a los que nada tienen, porque de los pobres es el Reino de los cielos.

Muchos interrogantes suscitan en nuestro interior este pasaje del evangelio. ¿Seremos capaces de levantarnos de donde nos sentimos anclados para ponernos en camino a algo nuevo como lo que nos ofrece Jesús? ¿Nos sentaremos en la misma mesa donde se sientan los pobres y los que no saben comer porque nada tienen, los pecadores que necesitaran un baño de gracia y un vestido de fiesta y aunque no lo tengan allí también están sentados? ¿A quienes vamos a invitar a nuestra mesa para dar señales del Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia?