Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta nacer del Espíritu. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta nacer del Espíritu. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de abril de 2026

¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

 


¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

Hechos 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 7b-15

Cuando a media mañana cada día salgo a hacer mi paseo, llamémoslo terapéutico, suelo pasar junto a un terreno, una pequeña finca, por la que siento en cierto modo lástima por el estado en que está a lo largo del año; ahora por las recientes lluvias han surgido las hierbas por doquier y todo se ve lleno de colorido, pronto comenzarán a brotar las vides y a florecer los árboles frutales, pero pronto todo se llenará de maleza, las viñas no darán los correspondientes frutos y los árboles parecen enfermos porque de ellos no se puede coger una fruta comestible. Hablaba un día con el que cuida el terreno y me decía que había que hacer una renovación total, nuevas cepas de vid, nuevas y buenas semillas que echar a la tierra, nuevos frutales libres de toda plaga para que al final se puedan recoger unos frutos; en una palabra había que hacer una renovación total de aquella huerta. No es simplemente el arreglo de una pared rota o de una mata de hierba que tengamos que arrancar. Es algo mucho más profundo.

Me van a permitir que recoja esta imagen de renovación para pensar en lo que hoy nos quiere decir el evangelio. Continúa la conversación de Nicodemo con Jesús, como veíamos ayer al que había ido a visitar de noche, y Jesús le está hablando de algo que a Nicodemo le cuesta comprender. Jesús le ha hablado de un nacer de nuevo, y Nicodemo se hace la consideración de cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Pero esa interpretación así tan literal no es lo que Jesús nos quiere decir. Nos está hablando de un hombre viejo que tiene que transformarse en un hombre nuevo y ya hemos considerado las restantes palabras de Jesús de que esto es posible solo por el agua y el Espíritu, y siempre con ello hacemos referencia al Bautismo.

Un renacer, como decíamos antes la renovación total de la antigua finca para que sea una finca nueva y pueda dar buenos frutos, porque todo está renovado.

Es la transformación total que tiene que realizarse en nuestra vida, que no es hacer un arreglito por aquí o un remiendo por allá. Un paño nuevo para un vestido nuevo, un corazón nuevo para una vida nueva. Porque no es seguir con las mismas cosas de antes pero con algún remiendo por aquí o por allá; vida nueva es nueva, no es la antigua remendada. Son valores nuevos aunque signifiquen una revolución, es una nueva forma de vivir con unas actitudes nuevas, con una nueva forma de actuar, porque ahora tenemos una nueva manera de ver las cosas.

Y esto no es fácil. Tomemos, por ejemplo, como referencia lo que nos ha contado hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con qué radicalidad se habían tomado el mandamiento del Señor. Si hay amor verdadero, a la manera como nos enseñó Jesús, nadie tendría que pasar necesidad porque nuestro amor no nos lo permitiría. Es lo que estaba haciendo aquella primera comunidad de Jerusalén. No se preocupaban de los buenos y ricos manteles que había que poner en las mesas, sino de lo que en la mesas había de ponerse para que pudieran comer todos. ¿Será algo así lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer?

Si decimos que ya somos un hombre nuevo porque hemos nacido de nuevo esas tendrían que ser las pautas de nuestra vida. Allí lo ponían todo en común, y nos habla del levita Bernabé que vendió su finca y puso el precio a los pies de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Y todavía nosotros cuando nos pasan la bandeja en la misa estábamos buscando la moneda pequeña en nuestro bolso para ponerla en el compartir. ¿Estaremos así imitando de alguna forma lo que hacía aquella primera comunidad de los discípulos de Jesús en Jerusalén?

Por ese camino tendríamos que seguir haciéndonos nuevos planteamientos, muchos interrogantes para nuestra vida y la radicalidad o no con que nos hemos tomado el evangelio de Jesús. ¿Estaremos siendo en verdad los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu?


lunes, 13 de abril de 2026

Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

 


Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo con arrojo y valentía el anuncio del nombre de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¡Cómo ha cambiado esa persona!, habremos dicho quizás más de una vez cuando hemos visto a alguien que conocíamos con un estilo de vida, pero que ahora lo vemos distinto. ¿Qué le han hecho?, pensamos; ¿qué es lo que le ha llevado a esta transformación de la vida? Y como siempre somos tan dados a no pensar muy bien y a andar con la sospecha por delante ya estamos pensando en manipulaciones que alguien ha ejercido sobre esa persona, presiones que no sabemos bien por qué motivo y hasta empleamos aquello del lavado del cerebro sin saber bien ni lo que decimos. Pero seguramente notaremos que no es un cambio superficial, que no es el quita y pon de un ropaje o de una máscara para dar la impresión de algo que realmente no sea, algo profundo hay en esa persona que no terminamos de desentrañar. ¿Experiencias del espíritu que en nuestro materialismo no somos capaces de entender?

Si leemos con atención el evangelio nos iremos dando cuenta de cómo son aquellas personas que de forma muy cercana seguían a Jesús. No negamos la confianza que habían puesto en Jesús, pero no dejaban de ser tan humanos como todos cada uno con sus propias debilidades. Había entre ellos, como es muy normal suponer aunque lo vemos reflejado en muchos momentos, sus ambiciones y sus caprichos quizás ocultos, no dejaban de rondar por sus cabezas lo mismo que a casi todos en Israel con sus deseos de liberación llamémosla política porque quería liberarse de lo que consideraban una opresión de los romanos, había sus luchas por estar por encima de los otros, por los primeros puestos y eran sueños que les hacían en muchas ocasiones enfrentarse entre ellos, miedos y cobardías como le vemos que en el momento crucial del prendimiento todos le abandonan y huyen, o como la negación incluso de quien había sido ya preconizado por Jesús para ser una piedra fundamental de aquella nueva comunidad, y así tantas cosas; en la cruz estaba Jesús solo con una pocas mujeres entre ellas su madre, y solo el llamado discípulo amado, los demás bien lejos y escondidos.

Pero ahora en los Hechos de los apóstoles no parecen los mismos, han sufrido cárceles pero ellos no tienen miedo, les prohíben hablar en nombre de Jesús pero ellos dicen que no pueden callar lo que han vivido, lo que han visto y oído y tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres, hoy les vemos orando después de la prisión de algunos para mantenerse firmes y seguir haciendo el anuncio que saben que Jesús les ha confiado. ¿Qué ha sucedido en ellos para ese cambio?

Hemos escuchado también hoy en el evangelio aquel encuentro de Nicodemo con Jesús a quien va a visitar incluso de noche, dada su condición de maestro en medio de Israel que no quería quizás que le vieran con Jesús pero que andaba también en un camino de búsqueda. Y Jesús le dice una cosa muy clara, aunque siempre nos ha costado entender. Para vivir el Reino de Dios hay que nacer de nuevo. Ya había pedido Jesús desde el principio de su predicación conversión para creer y aceptar la buena nueva que se les iba a anunciar. Ahora tajantemente Jesús habla de un nuevo nacimiento. Difícil de entender cuando ya somos viejos, como le dice Nicodemo. Pero Jesús no se retracta de sus palabras. Nacer de nuevo por el agua y por el espíritu.

Ahí está la clave. No por nosotros mismos por mucha voluntariedad que queramos poner porque siempre seguiremos siendo débiles y aparecerán nuestros cansancios, solo por la fuerza del espíritu se puede realizar ese cambio, ese nuevo nacimiento. Y esto es fundamental. Claro que cuando escuchamos estas palabras pensamos en el bautismo, pero no nos podemos quedar en un rito porque entonces no tendrían sentido las palabras de Jesús. Es lo profundo que el espíritu del Señor realiza en nosotros que nos hace ser distintos, que nos hace tener una nueva vida.

Es lo que hemos venido diciendo de la transformación de los Apóstoles. Habían recibido la fuerza del espíritu, pronto celebraremos Pentecostés. No es la cosa de un día, o de una celebración, es el dejarnos transformar por el espíritu del Señor, el que hizo de aquellos hombres cobardes y ambiciosos los que ahora no temen persecuciones y con arrojo y valentía seguirán haciendo el anuncio del Evangelio, por muchas que sean las prohibiciones y persecuciones.

¿Nos sentiremos nosotros transformados así? Andamos como llorones muchas veces quejándonos del mundo adverso que nos ha tocado vivir; un mundo como el de todos los tiempos, porque siempre las tinieblas han rechazado la luz, pero ahí está la fuerza del espíritu del Señor con nosotros para continuar con esa luz encendida y nada podrá contra ella. Cómo tenemos que renovar nuestra fe para continuar con arrojo y valentía haciendo el anuncio del nombre de Jesús.

lunes, 28 de abril de 2025

 


No es simplemente un espíritu joven lo que nos identifica como cristianos, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¿Siendo viejo se puede a la vez ser joven? Pudiera parecer a primera vista que es algo incongruente si pensamos en la vejez como en un número de años acumulados con sus consecuencias y ser joven es solo la vitalidad que se tiene con un número de años normalmente corto. Sin embargo muchas veces decimos, y es algo que repetimos los que somos mayores que tengamos muchos años sin embargo nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven por nuestras ganas de vivir; y también es un halago que con facilidad recibimos de alguien que cuando nos ve nos dice que aun parecemos jóvenes, halagos que nos agradan aunque reconozcamos nuestras limitaciones por el paso de los años. Parece un galimatías, pero así son también nuestros lenguajes o son las apariencias que queremos mostrar en la vida.

Sin embargo hoy Jesús en el evangelio nos dice algo mucho más atrevido; la ocasión fue la visita que le hace de noche - ¿por qué iría de noche o en qué oscuridades sentía que se encontraba? Podríamos preguntarnos – un magistrado judío, perteneciente al Sanedrín como veremos en otra ocasión, llamado Nicodemo. Algo había encontrado en Jesús que, aun guardando las apariencias, va a ver a Jesús para escuchar directamente sus palabras. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, es como el saludo o presentación que hace de si mismo y del reconocimiento en Jesús de alguna autoridad.

Y Jesús comienza haciendo una afirmación que resulta fundamental, aunque en principio le cueste interpretar a quien incluso se consideraba maestro en Israel o al menos perteneciente al grupo de los que pretendían ser dirigentes del pueblo, por su condición de magistrado y probablemente maestro de la ley. En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, le dice Jesús.

Habla Jesús de nacer de nuevo. Es lo que le cuesta entender a Nicodemo. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? No es ya aquello con lo que comenzábamos nuestra reflexión de aunque viejos nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven; Jesús habla de un nuevo nacimiento, de un volver a nacer. Está hablándonos Jesús de una radicalidad esencial para quienes quieren seguirle, para quienes quieren ver, vivir el Reino de Dios. Ya en otros momentos nos dirá que no podemos andar con componendas, con remiendos, sino que hemos de buscar un paño nuevo para un vestido nuevo, unos odres nuevos para un vino nuevo.

En la vida andamos demasiado con arreglitos, corregimos esto por aquí, enderezamos por allá, pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Pero Jesús nos habla de un hombre nuevo – será luego san Pablo quien emplee con radicalidad esa expresión – porque es un nuevo nacimiento. Algo que por nosotros mismos no podremos hacer, porque solo sabemos hacer, como decíamos, arreglitos. Algo que solo podremos hacer desde la fuerza del espíritu.

Por eso Jesús nos hablará de un nacer del agua y del espíritu; algo que hemos convertido en una referencia o un anuncio a lo que es significa el bautismo en Jesús. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. El Bautismos en Jesús no es solo lavar lo manchado, el bautismo en Jesús es una transformación para comenzar a vivir una nueva vida.

Es lo que ahora estamos renovando en la celebración de la Pascua. Por eso en la noche de la resurrección del Señor, mientras celebrábamos la vigilia pascual nos llenábamos de signos como la luz y como el agua. En esa noche se bendecía el agua bautismal para celebrar los nuevos bautismos, pero era también el agua de la que nos dejábamos bañar para así recordar de nuevo nuestro bautismo, para hacer una renovación de lo que fue nuestro compromiso bautismal.

Porque es algo que tenemos que tener siempre presente; y el signo del agua bautismal nos acompañará en muchas de nuestras celebración con la aspersión del agua como una purificación antes de comenzar nuestras celebraciones, que utilizaremos como un signo de bendición cuando queremos sentir a través de un objeto religioso la presencia de Dios en nuestra vida, que llevaremos con nosotros no como un amuleto que nos libre de peligros o de malos espíritus – nunca la podemos utilizar como una superstición -, y con la que finalmente seremos aspergeados a la hora de nuestra muerte en nuestra sepultura para recordar que un día recibimos esa agua que nos hizo hijos de Dios.

No lo olvidemos, no es simplemente un espíritu joven, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos.

martes, 9 de abril de 2024

Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

 


Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 1-15

Hemos de comenzar diciendo en nuestra reflexión de hoy que va siguiendo los textos de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia, se ven como recortados por la falta del texto de ayer, que por celebrar el misterio de la Encarnación se vieron sustituidos. Por eso nos aparece como recortado el pasaje del encuentro con Jesús de Nicodemo, aquel magistrado judío que de noche fue a ver a Jesús.

Recordamos que en el texto que se hubiera leído ayer, el inicio de la conversación de Nicodemo con Jesús, se nos ofrecían aquellas palabras de Jesús que hablaban del nacer de nuevo, que Nicodemo no comprendía, porque cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Es cuando Jesús proclama solemnemente lo de nacer del agua y del Espíritu con esa referencia clara al sentido del bautismo. ‘El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es espíritu’, nos dice.

Una radicalidad que Jesús constantemente nos va planteando en el evangelio. Conversión había sido su primer anuncio para poder creer y llegar a vivir el Reino de Dios. Es la invitación continua que seguiremos escuchando de una forma o de otra a lo largo del evangelio. Ahora nos habla de un nuevo nacer, porque quien cree en Jesús es un resucitado, también con Jesús ha vivido su pascua para pasar de la muerte a la vida. Como nos hablará en otros momentos de odres nuevos para vino nuevo, o nos hablará de una vestidura nueva porque no nos valen los remiendos de lo viejo. San Pablo nos dirá que somos hombres nuevos en el que la criatura vieja tiene que haber muerto para renacer a la vida. ‘Tenéis que nacer de nuevo’,  nos dice hoy Jesús, porque nos dejamos hacer criaturas nuevas por el Espíritu.

¿No nos había hablado el principio del evangelio de san Juan que quienes creemos y aceptamos la luz que nos ofrece Jesús nacemos como hijos de Dios, no como filiación nacida de la carne o de la sangre, sino por el don de Dios en nosotros? ‘Porque a cuantos le recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre; estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de bacón, sino que han nacido de Dios’.

Es lo que significa la Pascua que hemos vivido y celebrado en estos días. Es lo que tiene que significar nuestra condición de bautizados en la vida. En la noche de Pascua, noche bautismal por excelencia, hemos querido renovar nuestra condición de bautizados. No es un nuevo bautismo porque ya estamos bautizados y el bautismo no se repite, pero se renueva en nuestro corazón. Por eso fuimos aspergeados con el agua bautismal después de hacer la renovación de nuestro compromiso bautismal. Aunque habitualmente empleamos la expresión de renovación de las promesas bautismales, es algo más que una promesa, es un compromiso de vida, que renovamos desde lo hondo del corazón volviendo a prometer nuestra renuncia al hombre viejo, nuestra renuncia al mal y al pecado con todas sus tentaciones, y proclamando solemnemente nuestra fe al pie del Cirio Pascual y junto a la fuente bautismal.

Es el camino que iniciamos el miércoles de ceniza cuando fuimos convocados a la conversión y a la penitencia; es el recorrido que de mano de la Palabra de Dios fuimos haciendo a lo largo de la Cuaresma; ha tenido que ser ese renacer a una vida nueva en la celebración de la Pascua. Lo seguimos recordando, lo seguimos renovando, nos seguimos empapando de ese espíritu nuevo a lo largo del tiempo pascual, lo tenemos que seguir viviendo en el compromiso diario de nuestra vida.

 

martes, 18 de abril de 2023

Vayamos a estar con Jesús, como Nicodemo de noche, para bebernos cada palabra y cada gesto, para escucharle en lo hondo, para llenarnos del sentido de Jesús

 


Vayamos a estar con Jesús, como Nicodemo de noche, para bebernos cada palabra y cada gesto, para escucharle en lo hondo, para llenarnos del sentido de Jesús

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15

Se le hace difícil a Nicodemo entender las palabras de Jesús. Como nos cuesta a nosotros también tantas veces. Es necesario, por así decirlo, estar en la onda, tener como una sintonía especial, porque tampoco podemos hacer nuestras interpretaciones a nuestra manera.

Pasa tantas veces con las interpretaciones que nos hacemos de tantas cosas. Sin ir más lejos, son los juicios y prejuicios que nos hacemos los unos de los otros. Vemos algo y le damos nuestra interpretación, vemos el actuar de alguien, y sobre todo cuando no son personas o cosas de nuestro gusto, hacemos nuestra interpretación que muchas veces se hace maliciosa, prejuzgando a la persona sin saber las circunstancias en las que se encuentra, los problemas que puede haber detrás y que nosotros no conocemos, las frustraciones que esa persona ha tenido anteriormente y ahora le hace actuar de determinada manera. Por eso, cuidemos nuestros juicios. Lo digo como ejemplo, pero también constatando realidades de los juicios en cierto modo injustos que tantas veces nos hacemos de los demás.

Y en esto de las interpretaciones que nos hacemos del evangelio, del actuar de la Iglesia en determinados momentos y cosas así también nos encontramos con una variopinta diversidad de opiniones. Se habla de la Iglesia y lo hacemos desde nuestros parámetros humanos y muchas veces hasta políticos, creando una confusión; miramos a la Iglesia como si fuera una sociedad cualquiera y la despojamos de su elemento religioso y sobrenatural, porque quizá de eso no entendemos ni queremos entender, y vienen los juicios y los prejuicios, las condenas fáciles, las intenciones torcidas e interesadas que queremos ver por todas partes, las ansias de poder que vivimos en nuestra sociedad mundana la trasladamos al seno de la Iglesia, olvidando el espíritu de servicio que hay detrás, por ejemplo, de toda autoridad.

 Cuando no hemos descubierto un verdadero sentido cristiano, no entendemos el sentido de la Iglesia, cuando nos dejamos arrastrar por los criterios del mundo donde todo es cambiante, muchas veces según los intereses de cada uno o la capacidad de encauzar sus propias pasiones, venimos en que tenemos que hacernos una moral a medida y que la Iglesia no tiene que ser tan rígida y que hay muchas cosas que cambiar en torno al sentido de moralidad de la vida, por ejemplo.

No estamos en la onda del sentido cristiano de la vida a partir del evangelio de Jesús, y para adaptarnos al mundo en que vivimos pues tenemos que cambiar hasta los principios del evangelio. Es lo que muchas veces escuchamos en nuestro entorno, es lo que se le pide a la Iglesia. Es quizás la tentación que también sentimos dentro de nosotros mismos.

Hablábamos de que a Nicodemo le costaba entender a Jesús, como le costó a tantos, como vemos a lo largo del evangelio, y como nos sigue costando hoy. Pero Nicodemo buscaba, quería ser discípulo de Jesús, hoy lo vemos que acude a Jesús y se deja enseñar por Jesús. Quería entrar en la honda de Jesús, aunque le costara. Como nos cuesta a nosotros. Pero tenemos también la actitud de búsqueda de Nicodemo.

Irnos muchas veces en la noche a hablar con Jesús, pero no solo a contarle nuestras cuitas, nuestras penas, nuestras preocupaciones, aunque sea eso siempre lo que vamos a tener muy presente, pero tenemos que saber ir para escuchar a Jesús, para estar con Jesús, para luego ir nosotros rumiando toda esa Palabra de Jesús, porque rumiándola es como la asimilamos y la hacemos en verdad alimento de nuestra vida.

Podemos entonces reconocerlo cuando sea levantado en lo alto, como hoy nos habla. Verlo en lo alto del madero no será para nosotros motivo de escándalo y de salir corriendo a escondernos en otras cosas, sino será quedarnos quietos contemplando, descifrando cada palabra y cada gesto, cada suspiro y cada minuto, podremos reconocer al que viene de Dios, como hizo Nicodemo, podemos reconocer al hombre justo e inocente que tenía que ser el hijo de Dios, como reconocía también el centurión del calvario.

 


lunes, 17 de abril de 2023

Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

 


Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8

Nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no vemos, que quizás ha pasado por una enfermedad y nuestra reacción al encontrarlo distinto es decirle aunque tratemos de hacerlo con la mayor delicadeza ‘pero, ¡qué cambiado estás!’. Nos parece otro, su fisonomía ha cambiado por efecto de lo que padecido, lo notamos distinto. Ya sabemos cómo las enfermedades afectan incluso a la manera de ser de las personas, en su carácter, en su manera de reaccionar, porque lo que algunas veces nos parecen distintos.

Pero no vamos a hablar de esos cambios que en fin de cuentas se reducen a lo exterior de la persona. Hoy tendríamos que pensar en la transformación que tendría que darse en nuestra vida al encontrarnos con la fe, al haber tenido un encuentro y una experiencia vital con el Señor. Cuando de verdad nos hemos dejado envolver por nuestra fe nuestra vida no puede ser igual; es lo que produce ese encuentro vivo con el Señor. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de un nacer de nuevo, de manera que san Pablo en sus cartas nos hablará del  hombre nuevo.

Ya nos hablaba al principio el evangelio de san Juan, que es el que ahora vamos a seguir de una manera intensa escuchando en este tiempo pascual, de un distinto nacimiento, que no es por la carne ni por la sangre, sino que es un nacimiento que nos viene de lo alto, que nos hace hijos de Dios. ‘A los que lo recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Hoy escuchamos el encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que viene de noche a ver a Jesús. ¿Estaba en la oscuridad de la noche buscando la luz? Todo puede ser significativo. Y es que ya Nicodemo de entrada reconoce un algo distinto en Jesús. ‘Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’.

Y es el momento en que Jesús le viene a decir que no basta solo ese reconocimiento sino que tiene que ser una transformación más profunda la que tiene que realizarse en el hombre, en la persona cuando comience a creer en El.  Y habla de un nuevo nacimiento, cosa que va a sorprender a aquel magistrado porque no termina de entender sus palabras. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’. Es el primer anuncio que Jesús ha hecho creer en la Buena Noticia que se les está comunicando, que el Reino de Dios está cerca. Pero no pueden ser solo palabras, tiene que ser como comenzar a tener una vida nueva. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’, no podrá entender lo que es el Reino de Dios, no podrá vivir en ese Reino nuevo de Dios.


Como Nicodemo no entiende porque se está quedando en una literalidad de las palabras Jesús le dirá con toda claridad. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios’. No es solo obra nuestra; es cierto que tenemos que poner nuestra voluntad, la obediencia de la fe, nuestro asentimiento porque solo es una oferta que nos hace Dios a la que nosotros hemos de responder, pero es acción de Dios en nosotros. ‘No han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Como ahora nos dice ‘por el agua y el Espíritu’, que bien significamos en el Bautismo.

¿Estaremos nosotros dispuestos a eso? Cuánto nos cuesta arrancarnos del hombre viejo para ser hombre nuevo. No nos arrancamos sino que nos arrastramos, y mira que son distintas las palabras. ¿Qué respuesta le damos a esa oferta de nueva vida? ¿Estaremos dispuestos a ser distintos? Y no es solo en apariencias o por fisonomía, sino desde lo más hondo de nuestro ser.

martes, 18 de mayo de 2021

Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

 


Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Conocer es tener vida. El que no conoce, el ignorante tiene los ojos de la mente cerrados, le falta vida. En su ignorancia desconoce todo, está como cegado, para llegar a conocer hasta las posibilidades de su vivir. Por eso es tan importante la tarea de la educación de las personas; y la educación no es simplemente llevar la mente de alguien en una determinada dirección, sino abrir su mente, su razón para que descubra otras cosas, para que amplíe sus horizontes, para que se sacuda de la modorra de su ignorancia y encuentre un sentido para su vivir. Enseñar y educar no es imponer unos conocimientos sino ofrecer ese abanico de posibilidades que tiene en la vida y pueda encontrar ese sentido que le dé plenitud. Cuando llega a conocer llega a vivir y a encontrar lo que le dé esa plenitud a su existir.

Es lo que vino a hacer Jesús con nosotros. La presencia y las palabras de Jesús abrían horizontes; las palabras de Jesús hacen encontrarse al hombre, a la persona consigo mismo; por eso las palabras de Jesús y su presencia despertaban esperanza. Escuchando a Jesús veían que había otras posibilidades en la vida; las palabras y la vida de Jesús les hacían transcenderse a sí mismos para elevar su espíritu de lo que era la rutina de todos los días a algo más grande y espiritual, les abrían su corazón a Dios.

Empleando otros lenguajes y otros conceptos más teológicos hablamos de revelación y que Jesús es la revelación de Dios. El mismo nos lo dice: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’. Por eso decimos de Jesús con el lenguaje del evangelio de Juan que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios que plantó su tienda entre nosotros y a quienes le recibieron, a quienes le aceptaron les dio el poder ser hijos de Dios, que no es obra de la carne o de la sangre sino que es la acción del espíritu en nosotros.

Quienes llegan a tener este conocimiento de Dios que nos revela Jesús se van a sentir transformados desde lo más hondo. Igual que decíamos que aquel que es instruido se le corren esos velos de la ignorancia que le tenían cegado y comienza un nuevo vivir, así se nos dirá en el evangelio que todo será como un nacer de nuevo. Recordamos el diálogo entre Jesús y Nicodemo al que se le habla de un nuevo nacimiento, aunque en principio en su ceguera no lo comprende, un nuevo nacimiento que será por el agua y el espíritu.

Ahora Jesús cuando llega al momento culminante de su vida, su glorificación, y va a hacer su ofrenda de amor al Padre en su entrega pascual podíamos decir que está haciendo con un resumen de lo que ha sido su vida. El es el enviado del Padre y ha venido con una misión que en estos momentos da por cumplida. Por eso hace esta oración sacerdotal – así la llamamos – al final de la cena como esa ofrenda de su amor. El ofertorio de su sacrificio, podríamos llamarlo.

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste’.

‘Todo está cumplido’ dirá en la cruz, momentos antes de su muerte. Ha llevado a cabo la obra que le encomendó el Padre, dar la vida eterna. ¿Y qué es esa vida eterna? ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios nos da la vida eterna. ¿No decíamos al principio que conocer es tener vida?  Conocer a Dios nos llena de vida eterna. Y es que cuando conocemos y reconocemos al único Dios verdadero estamos entrando en el Reino de Dios, el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida.

Y cuando esto lo hacemos de verdad con todas sus consecuencias, qué distinta se hace nuestra vida, que distinta es en primer lugar nuestra relación con Dios, pero también qué distinta es nuestra relación con los demás; cuando lo hacemos de verdad es como tener una nueva mirada a la vida, una nueva mirada a los demás, una nueva mirada a Dios. Es otra vida. Es un nacer de nuevo, como antes decíamos.

martes, 13 de abril de 2021

Por la fuerza del Espíritu nacemos de nuevo para ser hombres nuevos, con un talante nuevo, un sentido nuevo y profundo, una dignidad nueva que nos eleva y nos hace hijos de Dios

 


Por la fuerza del Espíritu nacemos de nuevo para ser hombres nuevos, con un talante nuevo, un sentido nuevo y profundo, una dignidad nueva que nos eleva y nos hace hijos de Dios

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15

Continuamos con aquel diálogo profundo, íntimo, entre Nicodemo y Jesús como ya ayer comenzábamos a escuchar. Donde se van desgranando todo lo que se sale del corazón de Cristo para hablarnos de su amor pero para irnos señalando también la intensidad de nuestra respuesta que es una transformación tan grande de nuestra vida que Jesús lo llama ‘nacer de nuevo’.

Van quedando patentes las dudas y los vacíos del corazón de Nicodemo, como quedan patentes también los nuestros. Decía el evangelista al comienzo del relato que Nicodemo había ido de noche a ver a Jesús; tenemos que decir que es una imagen que quiere expresar mucho más de la hora del día; la noche es sinónimo de oscuridad, pero es la oscuridad del corazón a lo que quiere referirse el evangelista. No entendía Nicodemo, lo de volver a nacer; no terminaba de entender lo que era la acción del Espíritu invisible para el ojo humano porque es espiritual, pero que se va a manifestar en la transformación de nuestra vida.

Como nos cuesta entender a nosotros la acción del Espíritu en nuestra vida; queremos cosas palpables con nuestras manos, queremos cosas comprobables desde la experiencia humana, no sabemos hablar de estas cosas en su sentido espiritual y tenemos que valernos de imágenes materiales tomadas de la misma vida o imágenes que ponemos como ejemplo explicativo, queremos cosas que se materialicen de tal manera que lo podamos ver con el sentido de la vista, pero que bien sabemos que no van a ser los ojos de la cara los que lo podrán descubrir porque es algo mucho más profundo y espiritual.

‘¿Tú eres maestro en Israel, le dice Jesús, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre’.

Tenemos que hacernos hombres y mujeres espirituales, hemos de saber crecer interiormente, espiritualmente para que le demos verdadera profundidad a nuestra vida. Si entramos en la órbita de la fe tenemos que entrar en un ámbito espiritual. Y solo las personas espirituales podrán entenderlo, por eso tenemos que saber darle trascendencia a nuestra vida, para no quedarnos en el ahora, ni quedarnos en el momento presente, ni quedarnos solo en lo material. Hay que saber afinar esa cuerda de lo espiritual para poder coger el tono del Espíritu, el tono de Dios. Hay valores que no son palpables con nuestras manos que son los que nos dan verdadera riqueza interior, los que harán crecer nuestra espiritualidad.

Son valores no ocasionales sino permanentes, no de los que buscan ganancias palpables en nuestras cuentas, sino con los que aprende uno a desprenderse porque será cuando descubramos la verdadera riqueza; son valores que quizá no están en uso en nuestro entorno, la mayoría quizá no los tiene en cuenta, pero que serán los que nos harán encontrar la verdadera grandeza y la más profunda dignidad. Son valores que nos van a llenar de luz verdadera haciendo saltar por los aires todas las oscuridades y todo lo que nos lleva a un mundo de tinieblas.

Es lo que en verdad por la fuerza del Espíritu del Señor nos va a hacer hombres nuevos, con un talante nuevo, con un sentido nuevo y profundo, con una dignidad nueva que nos eleva porque nos hace hijos de Dios.

lunes, 12 de abril de 2021

Necesitamos una conversación en profunda intimidad con Jesús como la de Nicodemo que nos narra hoy el evangelio

 


Necesitamos una conversación en profunda intimidad con Jesús como la de Nicodemo que nos narra hoy el evangelio

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8

Una conversación tranquila, en un ambiente sosegado, nos lleva a hablar con el corazón en la mano y seguro que en ese ambiente de confidencia van surgiendo muchas cosas que llevamos en el corazón y que muchas veces no nos atrevemos a hablar con nadie. Se destapa la intimidad del corazón que muchas veces es más difícil de destapar que las intimidades corporales y tras una conversación así nos sentimos felices, nos sentimos más unidos con aquella persona de nuestras confidencias, y parece que ya entramos en una nueva y distinta familiaridad.

Son deseos que llevamos en el corazón y que no siempre somos capaces de sacar a flote por un cierto rubor de manifestarnos como somos y también porque no siempre encontramos el ambiente y el momento preciso para llegar a esa confidencia e intimidad. Nos hemos ido llenando de desconfianzas por otra parte que nos van encerrando en nosotros mismos. Nos cuesta romper esas barreras que nos creamos e interponemos, pero sabemos que cuando lo logramos nuestra vida se llenará de una claridad distinta que nos hará conocernos a nosotros mismos un poquito mejor. Pero de alguna manera lo deseamos y nos sentimos agradecimos cuando encontramos ese tesoro.

E insistido mucho en este aspecto en la introducción a la reflexión del evangelio de hoy porque encuentro un cierto paralelismo con ese encuentro de Nicodemo con Jesús, a quien fue a ver de noche, que nos dice el evangelio, y porque además pienso que es algo importante y es necesario que soltemos amarras en este aspecto del encuentro en confianza con los demás.

Efectivamente Nicodemo, un hombre importante que era miembro del Sanedrín, con cierto prestigio entre los dirigentes del pueblo de Israel donde se hacía escuchar tenía deseos de conocer a Jesús. Es el encuentro del que nos habla el evangelio que no tenemos que pensar que fuera el único. Y en esa intimidad de la conversación salen los reconocimientos que hacía de Jesús, pero surgen también sus inquietudes a raíz de lo que Jesús le va diciendo.

Jesús le habla de cómo quien se encuentra con El  y su Palabra es como un nacer de nuevo porque desde el encuentro con Jesús todo se ve cuestionado de diferente manera y la vida se ve transformada con nuevas actitudes y nuevos valores. A Nicodemo le cuesta entender algunas palabras de Jesús porque trata de hacer una interpretación demasiado al pie de la letra, por eso no entiende lo de nacer de nuevo si uno es viejo. Eso de nacer de nuevo él se lo toma como volver al seno materno siendo ya uno viejo. Y es cuando Jesús habla de esa renovación del Espíritu, que significa nacer del agua y del Espíritu haciendo referencia al Bautismo.

No vamos a extender con muchas explicaciones en un texto que habremos meditado ya muchas veces. Comprender la renovación total en mi vida que significa poner mi fe en Jesús como mi único salvador. Por algo se nos dice que somos un hombre nuevo, que el hombre viejo del pecado ha de morir con Cristo para renacer a una vida nueva. Por eso Jesús nos dirá en alguna ocasión o con El o contra El, no podemos andar a medias. Nos habla Jesús también de que no nos valen remiendos y que para el vino nuevo tenemos que utilizar odres nuevos.

Y ahí está el gran error en que caemos muchos cristianos en nuestra vida cristiana; queremos ir como poniendo parches, remiendos y no somos capaces de darle un sí a Jesús y a su evangelio con la totalidad de nuestra vida cristiana. De ahí la mediocridad en que caemos, siempre vamos a medias, con arreglitos y se necesita ser un hombre nuevo. Es la radicalidad que nos pide el evangelio y que muchas veces no nos gusta, porque preferimos seguir con nuestros apegos en lugar de arrancarnos de raíz de ese mal que se haya metido en nuestras vidas.

¿Podríamos tener nosotros con Jesús una conversación como la que tuvo Nicodemo y de la que nos habla hoy el evangelio? Eso tendría que ser nuestra oración.

domingo, 10 de enero de 2021

Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

 


Hoy se nos ha manifestado la gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo, pero nos llena de gozo porque así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos 10, 34-38; Marcos 1, 7-11

 ‘Tú, ¿Quién eres?’ interrogaba a Juan la embajada venida de Jerusalén. ‘¿Por qué bautizas?’, querían indagar. Había surgido aquel profeta allá en las orillas del Jordán y aquello había inquietado a los judíos de Jerusalén, sobre todos los principales entre ellos, sumos sacerdotes, ancianos, fariseos, escribas. Por eso envían emisarios y preguntan. Y Juan les dice, como hemos escuchado en otras ocasiones, que ni es el Profeta, ni es el Mesías, que solo es una voz que grita en el desierto –y bien se puede entender lo de gritar en el desierto para el caso que le hacían algunos – porque había que preparar los caminos del Señor. ‘Yo bautizo con agua pero el que viene bautiza con Espíritu Santo’ les dice. Su bautismo solo era un signo de que querían arrepentirse y lavarse de sus pecados para recibir dignamente al Mesías que llegaba, no tenía otro sentido.

Ya les dirá en otro momento que el que le había enviado a bautizar le había dicho que cuando viera bajar al Espíritu Santo, ése era el que bautizaría en Espíritu Santo y fuego porque sería el que estaba lleno del Espíritu de Dios. Y es lo que ahora contempla. En una fila de los que venían a ser bautizados venía Jesús. Por otro evangelista conocemos de la resistencia de Juan a bautizarlo, porque como decía era él quien había de ser bautizado por Jesús, pero Jesús había insistido en que hiciera lo que tenia que hacer. Y tras la inmersión en las aguas del Jordán se hizo presente en aquel lugar la gloria del Señor. El cielo se había abierto sobre El y el Espíritu Santo bajaba en forma de paloma mientras se oía la voz del cielo.

‘Apenas salió del agua, vio rasgarse los cielos y al Espíritu que bajaba hacia él como una paloma. Se oyó una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’. Así escuetamente nos lo narra el evangelista Marcos. Y es lo que hoy también nosotros contemplamos y celebramos, el Bautismo de Jesús.

Siempre nos preguntamos ¿es que Jesús necesitaba de aquel bautismo? No necesitaba un bautismo penitencial porque ningún pecado había en El. No necesitaba un bautismo en el Espíritu porque por naturaleza era el Hijo de Dios, como nosotros necesitamos de un bautismo que borre nuestros pecados y nos haga participes de la filiación divina. Aquel bautismo sí viene a ser como la inauguración de un nuevo Bautismo en el que quienes creyéramos en Jesús por la fuerza del Espíritu en el agua del bautismo vamos a nacer de nuevo para hacernos participes de la vida divina, Dios nos participes de la pascua de Cristo para adoptarnos y hacernos hijos suyos.

Hay que nacer de nuevo, le decía Jesús a Nicodemo, para entrar en el Reino de Dios para hacernos partícipes del Reino de Dios; hay que nacer de nuevo por el agua y el Espíritu le insiste y le explica Jesús a Nicodemo que no acaba de entender las palabras de Jesús haciendo una referencia clara a lo que es el bautismo que nosotros hemos recibido.

Una oportunidad tenemos en esta fiesta del Bautismo del Señor para considerar lo que significa el bautismo que nosotros hemos recibido y de alguna manera renovar esa gracia entonces recibida. Es momento de considerar la grandeza del bautismo y la maravilla de la gracia que en él hemos recibido. En el Espíritu hemos sido bautizados y así nos hacemos participes de la gracia redentora de Cristo. También sobre nosotros se abrió el cielo porque el Espíritu de Dios venía sobre nosotros para hacernos hijos; también nosotros hemos escuchado la voz del cielo que nos señalaba como hijos amados de Dios.

Hoy es un día de gozo y alegría porque también sobre nosotros resplandece la gloria de Dios. Es algo que hemos venido repitiendo a lo largo de este tiempo de Navidad, porque así brilló la gloria de Dios en la noche de Belén cuando los ángeles se manifestaron a los pastores para hacerles el anuncio del nacimiento del Salvador.

Y hemos ido repitiendo en cada uno de los momentos de lo que hemos venido celebrando estos días cómo se manifestaba la gloria del Señor. La estrella que brillaba en lo alto y guió a los magos de Oriente nos señalaba esa gloria del Señor y como los magos nosotros queríamos ir también en su búsqueda. Hoy se nos ha manifestado esa gloria del Señor sobre Jesús en el momento del Bautismo en esa maravillosa teofanía, pero nos llena de gozo el saber que así se manifestó también sobre nosotros en nuestro Bautismo.

Y ahora nos queda una cosa, y es cómo nosotros hemos de manifestar esa gloria del Señor al mundo, a los que están a nuestro lado, como la iglesia ha de hacer visible en medio del mundo esa gloria del Señor. ¿Será el nuevo anuncio del evangelio – nueva evangelización – que tenemos que hacer? ¿Será el testimonio de nuestra fe desde la alegría y esperanza con que la vivimos y la manifestamos? ¿Será el testimonio de nuestra vida y de nuestras obras de amor con lo que vamos transformando nuestro mundo? ¿Cómo los cristianos tenemos que ser estrellas que brillen y que atraigan, que señalen caminos y que lleven a Jesús, que iluminen un mundo nuevo que llamamos Reino de Dios en esta tierra en la que vivimos?

lunes, 20 de abril de 2020

No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea


No olvidemos que por el Espíritu hemos nacido para una vida nueva pero descubramos esas ráfagas de luz y esperanza de la acción del Espíritu en el mundo que nos rodea

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8
Pero, mira qué cambiado está, decimos para referirnos a alguien que le ha dado la vuelta a su vida, que ha cambiado algunas de sus costumbres, que ha sabido asumir responsabilidades y que le vemos que toma las cosas en serio. Nos admiramos de su cambio, nos alegramos con las nuevas actitudes y posturas que ahora sabe tomar, y nos sentimos gozosos de que quien parecía una bala perdida ha sabido corregir cosas, reformar costumbres, actuar ahora de una forma nueva y con mayor responsabilidad. Son cambios que afectan, es cierto, a la persona, que mejoran su vida.
De algo así, pero con una mayor profundidad y radicalidad es lo que Jesús la habla a Nicodemo. Era un magistrado judío, perteneciente incluso al sanedrín de los ancianos, del grupo de los fariseos, pero un hombre que con sinceridad quería buscar a Dios. Habría oído hablar de Jesús, habría observado las cosas que Jesús hacía y sentía que Jesús no era un maestro cualquiera, era un hombre de Dios, y sentía que Dios tenía que estar con El por las cosas que hacía. Así se lo manifiesta incluso a Jesús mismo cuando aquella noche fue a ver a Jesús.
Un hombre que buscaba a Dios pero que aun andaba envuelto en tinieblas; es significativo que fuera de noche a ver a Jesús. Lo justificamos con explicaciones de que quizá por su posición en medio de los judíos no quería que supiesen que había ido a ver a Jesús. Pero es también el síntoma de quien busca, pero aun no ha encontrado la luz. Como andamos también en ocasiones nosotros con nuestras dudas y con nuestros miedos, con nuestras cobardías para dar la cara por nuestra fe, y por tantos disimulos como andamos tantas veces en la vida. Necesitamos encontrar la luz, necesitamos que se realice de verdad en nosotros lo que vemos hoy que nos plantea Jesús.
‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios’, le dice directamente Jesús. Habla de la radicalidad de nacer de nuevo. No son arreglos, no son remiendos como en otro momento nos dirá hablándonos en esa otra ocasión del paño nuevo, del odre nuevo. Ya nos ha hablado desde el principio del evangelio de conversión; nos hemos acostumbrado a esa palabra y la hemos devaluado. Conversión es cambio radical, es dar la vuelta totalmente para coger el  norte de Cristo, para coger la dirección del Evangelio de Jesús.
Hoy nos habla de nacer, nacer de nuevo. Palabras que Nicodemo se las toma demasiado al pie de la letra y de ahí su reacción. ‘¿Cómo puede un hombre siendo viejo volver al seno de su madre para nacer de nuevo?’ Sí entiende Nicodemo que lo que Jesús está pidiendo es algo radical, pero no sabe cómo se puede realizar.
Y habla Jesús de nacer del agua y del Espíritu. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios’, dice claramente Jesús. Es el Espíritu el que nos transforma, es quien nos hace ese hombre nuevo. Es el Espíritu de Dios que no vemos pero que sopla donde quiere, como nos dice Jesús, para expresarnos como puede actuar en nosotros. Y somos nosotros los que nos tenemos que dejar llevar por esa acción del Espíritu, aunque tantas veces no lo escuchamos, nos hacemos sordos a su inspiración. Pero también hemos de reconocer que se manifiesta en tantas cosas buenas en nosotros pero que hemos de saber contemplar también en ese mundo que nos rodea.
Finalmente dos lecciones podemos sacar hoy de este evangelio que se nos ofrece. Recordar por una parte que nuestro bautismo eso tuvo que significar en nuestra vida, ese nacer de nuevo del que  nos habla Jesús hoy. Tenemos que ser ese hombre nuevo que nos hemos dejado transformar por el Espíritu Santo. De ello tenemos que dar señales. Esta pascua que estamos viviendo a eso tiene que llevarnos. Y necesitamos ser signos de esa vida nueva en medio de nuestro mundo, que necesita de esas señales.
Por otra parte, y es la segunda lección que podemos deducir, sepamos ver las señales de la acción del Espíritu en los demás, en nuestro mundo, en lo que nos sucede. Será como ver esas ráfagas de luz que tanta esperanza tienen que despertar en nosotros. Muchas obras del Espíritu se están haciendo presentes hoy en la vida de los hombres. Tengamos los ojos atentos para descubrirlas y valorarlas.

martes, 30 de abril de 2019

Nacer del Espíritu, vivir una vida nueva no por la voluntariedad que pongamos, o por las cosas que queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios



Nacer del Espíritu, vivir una vida nueva no por la voluntariedad que pongamos, o por las cosas que queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios

Hechos 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 5a. 7b-15
Hoy volví a nacer, decimos cuando nos ha ocurrido algo del que salimos vivos, como se suele decir, por milagro. Un accidente del que salimos con vida, algo fortuito, una catástrofe, una epidemia que afecto a la vida de muchas personas, pero de la que nosotros nos libramos. Tienes que contar que volviste a nacer, nos dicen, ahora tiene un nuevo cumpleaños, y recordamos la fecha del acontecimiento, del accidente, de aquello de lo que nos libramos, como decimos, por milagro.
Pero no se trata de eso de lo que hoy nos quiere hablar el evangelio. Entramos en un ámbito distinto, porque ya no se trata de nuestra vida física, aunque luego en nuestra vida tendría en verdad que reflejarse. Andamos por el ámbito de la fe y de nuestra referencia a Jesús.
Ya desde el principio del evangelio nos está pidiendo que para creer en El y en la Buena Nueva que nos anuncia hay que realizar un cambio radical en la vida. Oímos la palabra conversión y no siempre le damos toda la amplitud que tiene que tener la palabra. Porque de lo que se trata es que comenzamos a vivir una nueva vida, lo viejo, lo anterior tiene que morir para nosotros porque lo que ahora tenemos es un nuevo vivir, es un nuevo sentido, es una nueva vida. Y ahora sí que tendríamos que comenzar a contar nuevos años.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Había ido de noche a ver a Jesús un magistrado judío y que era fariseo. En la placidez de la noche hablaron largo y tendido. Aunque es magistrado, maestro en Israel – lo que llamamos en otros momentos doctores de la ley – encargado de la enseñanza del pueblo reconoce que en Jesús hay algo especial porque si Dios no está con El no puede hacer las obras que El realiza. Será el único que en el Sanedrín defenderá a Jesús, oponiéndose a un juicio sumarísimo y sin escucharle, y será el que finalmente colaborará con José de Aritmatea en la sepultura de Jesús. Lo que Nicodemo está reconociendo es algo fundamental que si lo hubieran aceptado no hubieran llegado a perseguir a Jesús como lo hicieron.
Y es a Nicodemo a quien habla Jesús de nacer de nuevo. Algo que no entiende y pregunta. ‘¿Cómo tu siendo maestro en Israel no entiendes esto?’ le dice Jesús. Y habla Jesús del nacimiento por el Espíritu. Por algo diría ya Juan casi al principio de su Evangelio que los que creen en Jesús serán hijos de Dios, pero no por nacimiento carnal, sino por obra del Espíritu.
Creo que estas palabras de Jesús a Nicodemo tendrían que llevarnos a amplias y profundas reflexiones; algo que hemos de asumir y creer desde lo más hondo de nosotros mismos porque comprendiéndolo, intentándolo comprender, podríamos comenzar a dejarnos conducir de verdad por la acción del Espíritu divino en nosotros. Ser cristiano, creer en Jesús no es cuestión de doctrinas o de cosas que nos aprendamos de memoria; no porque nos sepamos el credo de memoria o nos hayamos aprendido el catecismo ya decimos que somos cristianos. Es una cuestión de vida, de una vida nueva en que verdaderamente nos sintamos transformados.
Decimos tantas veces, es que no podemos, es que nos cuesta, es que son cosas que nos superan, pero nos olvidamos de la acción del Espíritu de Dios en nosotros. Es nacer del Espíritu, es comenzar a una vida nueva no por la voluntariedad que nosotros pongamos, por las cosas que nosotros queramos hacer, sino porque nos dejemos conducir por el Espíritu de Dios. Si lo hiciéramos, como se suele decir, otro gallo nos cantaría, otra vida estaríamos viviendo en la autenticidad del verdadero discípulo de Jesús, del verdadero cristiano.