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sábado, 21 de diciembre de 2019

Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía


Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña, seamos bendición para los demás por nuestro amor y por nuestra cercanía

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45
Hemos estado hablando en estos días de la experiencia humana de las visitas que nos hacemos los unos a los otros. Gozo y sorpresa al recibir la visita de alguien inesperado que  nos honra con su presencia en nuestro hogar, como el gozo que siempre significa el encuentro amistoso y lleno de cercanía y amistad cuando recibimos a un amigo en nuestra casa. Pero hay visitas que además del gozo de lo inesperado podemos decir que nos vienen como agua de mayo porque quizá en la problemática que vivimos los momentos no eran fáciles, las dificultades y problemas se acumulaban y la llegada de esa persona, de ese amigo o familiar nos viene a ser como de gran ayuda. No calibramos bien muchas veces no solo el gozo que le podemos dar a alguien cuando lo visitamos sino además toda la riqueza humana y espiritual que le podemos aportar.
Nos encontramos hoy en el evangelio con una situación así y contemplamos la alegría de Isabel cuando recibe en su casa en la montaña a su prima María venida desde la lejana Galilea. María, es cierto, era consciente de la ayuda que podía prestar a su anciana prima en las circunstancias de la maternidad que vivía y por eso como dice el evangelio al conocer la situación por boca del ángel presurosa se pone en camino hasta las montañas de Judea. No podía saberlo Isabel, porque la comunicación no era tan fácil como pueda serlo hoy, de que su prima vendría a estar con ella en esos momentos. Como agua de mayo, según aquella expresión que antes empleábamos, recibe con gozo a María.
Ya nos expresa el evangelio cuánto más sucede en el interior de aquellas personas, porque movida por el Espíritu Isabel reconoce la grandeza de quien viene a visitarla. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ La presencia de María produce una revolución de corazones, o un terremoto de amor que hacer incluso saltar la criatura que Isabel lleva en su vientre.  ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Y comienzan las alabanzas y los cánticos de acción de gracias, en Isabel alabando la fe de María y en María bendiciendo a Dios que se ha fijado en su pequeñez y ha realizado en ella cosas grandes.
María llevaba a Dios en su corazón y en su vientre. La criatura que en ella se estaba gestando era el fruto de la sombra del Espíritu y era el Hijo del Altísimo. Con la visita de María, podemos decir, se hace presente Dios de forma extraordinaria en aquel hogar de la montaña, ya por otra parte también lleno de Dios. Pero creo que este pensamiento nos puede llevar a hermosas consideraciones de lo que puede ser también nuestra presencia junto a los hermanos. Ya mencionábamos previamente que no terminamos de caer en la cuenta de la riqueza que nuestros gestos o nuestra presencia pueden significar para aquellos con los que nos encontramos.
Es cierto que cuando vamos al encuentro del otro siempre vamos con los ojos de Dios para ver en ese hermano a quien amar un signo de la presencia de Jesús; ya nos dirá Jesús que cuanto hagamos al hermano a El se lo hemos hecho. Pero quiero pensar en algo más y es cómo nosotros con nuestro amor, con nuestros gestos, con nuestras palabras o con nuestro silencio, con nuestra cercanía o con el servicio que le prestemos podemos ser signo de Dios, signo del amor de Dios para esa persona. Como María que fue señal de la presencia de Dios en aquel hogar de la montaña y todos se vieron engrandecidos con la bendición de Dios que llegaba a sus vidas.
Seamos pues bendición para los demás por nuestro amor, por nuestra cercanía, por nuestro saber estar junto al hermano, por todo lo bueno que podemos llevar en nuestro corazón que puede ser una riqueza de vida para ellos, pero que redundará en nosotros haciéndonos crecer en bendiciones espirituales.

viernes, 20 de diciembre de 2019

La visita del ángel a María nos introduce en la visita de Dios a su pueblo y en concreto a nosotros dispuestos a realizar los planes de Dios en nuestra vida


La visita del ángel a María nos introduce en la visita de Dios a su pueblo y en concreto a nosotros dispuestos a realizar los planes de Dios en nuestra vida

Isaías 7, 10-14; Sal 23;  Lucas 1, 26-38
Una visita inesperada y nos sentimos sorprendidos. ¿Quién viene ahora a visitarnos? Y si cuando abrimos la puerta para ver quien nos llama nos encontramos con alguien al que consideramos importante en la sociedad de nuestro entorno y que viene preguntando por nosotros, por nuestro nombre en concreto, surgirán en la sorpresa preguntas en nuestro interior de a qué se debe esta visita, si esto va a ser para bueno o no, que es lo que puede necesitar de mi, una pobre persona, alguien que sabemos que es importante y todo lo tiene. En la medida que transcurra la conversación, nos hagamos las presentaciones oportunas o los motivos de su interés por llegar a nuestro humilde hogar, podrán seguir las desconfianzas con que en principio lo recibimos o comenzaremos a sentirnos halagados por ser honrados con su visita.
Puede parecernos innecesaria esta introducción reflexión que nos hemos hecho, pero es que en estos días en el evangelio nos estamos viendo continuamente sorprendidos por visitas que vienen de lo alto, con carácter celestial o sobrenatural, o donde se va a manifestar ese honor y esa gloria por recibir tales visitas. Ya iremos adentrándonos en ellas en sucesivos días, porque la conclusión de este tiempo que vamos viviendo en la Navidad será la visita de Dios precisamente a nuestra humanidad para lo que hemos de estar preparados. Es lo que queremos ir haciendo en este camino de Adviento para preparar una auténtica navidad para nuestra vida.
Hoy es una visita sobrenatural, angélica de nuevo, la que recibe María de Nazaret. Es el ángel del Señor que viene a ella de parte de Dios y que la saluda con excelsas palabras. Ya nos dice el evangelista que María se sintió conturbada por el saludo del ángel y se preguntaba en su interior el sentido de aquellas palabras. No era para menos. La llena de gracia, la llama el ángel, la que está llena de Dios porque Dios está con ella. Sorpresa mayor siguen produciendo las palabras del ángel cuando le anuncia que va a ser madre, que va a concebir un hijo que será el Hijo del Altísimo y que va heredar el reino de David su padre con un reino que durará para siempre.
Sorpresa, dudas en su interior rumiando el sentido de estas palabras, interrogantes que se producen porque ella no ha conocido varón, y mayor es aún cuando se le dice que el Espíritu divino será quien la fecunde, porque el santo que va a nacer de ella será el Hijo de Dios. María se siente anonadada, pequeña, porque solo siente que ella es un pequeño y humilde instrumento en las manos de Dios. Pero María es la mujer creyente que se fía y que confía, que se sabe en las manos de Dios y que obediente se pone en sus manos para que ella se realice lo que son los planes de Dios, aunque sea algo que en su humildad la supera.
Cuando consideramos este evangelio en este camino que estamos haciendo para prepararnos para una auténtica navidad, mucho tenemos que aprender de María. Es la mujer que abre sin condiciones la puerta a Dios para que Dios se posesione de ella. Es la que se fía de Dios y de su Palabra que sabe tendrá siempre cumplimiento pero la que se confía en Dios. Es grande lo que Dios le propone y aunque ella humilde se siente la más pequeña, la última esclava del Señor, sin embargo se deja hacer por Dios. ‘Aquí estoy para hacer tu voluntad… aquí está la humilde esclava del Señor, que se cumpla en mí tu Palabra’.
Dios quiere venir a nosotros también y es lo más hondo que vamos a celebrar en Navidad, pero ¿de la misma forma que María nos fiamos humildes de la Palabra de Dios? ¿Creemos que esa Palabra se cumplirá, en nosotros y en nuestro mundo? ¿Cómo María nos confiamos para que sus planes se realicen en nosotros? ¿Estaremos dispuestos, abiertos a conocer esos planes de Dios para nosotros en el hoy y ahora, en el aquí concreto de nuestra historia?

jueves, 19 de diciembre de 2019

No perdamos la sensibilidad, abramos los ojos para Dios porque desde lo pequeño y cotidiano es como seremos capaces de descubrir la grandeza del misterio de Dios


No perdamos la sensibilidad, abramos los ojos para Dios porque desde lo pequeño y cotidiano es como seremos capaces de descubrir la grandeza del misterio de Dios

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25
Hay sorpresas que aunque sean una noticia muy deseada nos dejan sin habla. Ansiamos y deseamos algo con mucha intensidad, aunque al mismo tiempo estamos poco menos que convencidos de que eso no es para nosotros, de que eso que tanto ansiamos no nos sucederá, pero llega un momento en que sí sucede, conseguimos aquello que tanto deseábamos y cuando nos dan la noticia nos quedamos mudos de emoción, no podemos articular palabra, no tenemos forma de expresar lo que sentimos o de dar gracias por haberlo conseguido; nos quisieran hacer hablar en público para que expresáramos lo que sentíamos cuando sabían que era alto tanto deseado y no pudimos articular palabra. Son cosas que nos suceden.
Humanamente hablando, aunque por supuesto tenemos que trascender el hecho que es aun mucho más grandioso y hay un actuar del cielo, es lo que sucedió al anciano sacerdote Zacarías aquella tarde en el templo. Estaba aquel día de turno, le tocaba entrar en Santuario para hacer la ofrenda del incienso y es entonces cuando se sucede lo sobrenatural. A la derecha del altar del incienso hay un ángel del Señor que le habla y le anuncia que sus ruegos han sido escuchados, van a tener un hijo. Tanto lo habían ansiado pero eran ya mayores y su mujer Isabel era considerada estéril. Pero allí estaba la obra de Dios. ¿No era para quedarse mudo ante el asombro de lo que le estaba sucediendo?
El hijo que va a nacer viene con el poder y el espíritu de Elías y viene con una misión. Va a ser el que prepare los caminos del Señor. Aquel niño que va a nacer va a vivir en la austeridad y la penitencia, por eso ya se le aconseja a la madre no beber vino ni licor, porque va a ser nazir, probablemente estaría en la cercanía de los esenios del Qumrán en las orillas del mar muerto, porque allí en la orilla del Jordán va a realizar su profética tarea.
Su nacimiento será motivo de mucha alegría – ya luego se nos hablará como correría la noticia por las montañas de Judea y todos alabaran el nombre del Señor – e  ‘irá delante del Señor, con el espíritu y poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos a los desobedientes, a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’. Son las palabras del ángel del Señor, Gabriel, que sirve en la presencia del Señor, a un anciano sacerdote que casi no puede musitar palabras. Ve en su humildad aunque tanto lo deseara su propia inutilidad y su incapacidad, como la incapacidad de su mujer. Pero para Dios nada hay imposible, como le dirá más tarde el mismo ángel del Señor a María.
En la cercanía ya de la navidad vamos preparándonos contemplando estas primeras páginas del evangelio de Lucas, llamado el evangelio de la Infancia. Hoy hemos contemplado el anuncio del nacimiento del Bautista que viene a ser para nosotros como una invitación a ser capaces de admirarnos de las maravillas que hace el Señor. Parece que en la vida que hoy vivimos ya no somos capaces de admirarnos por nada, pero es un peligro que nos hace mucho daño porque nos incapacita para descubrir las maravillas del Señor que se realizan en las cosas pequeñas.
No perdamos esa sensibilidad, porque terminaremos siendo incapaces para llegar a descubrir a Dios que así en lo pequeño y en lo sencillo, en lo cotidiano de cada día y en lo que nos puede parecer lo más natural del mundo El quiere manifestársenos. Abramos los ojos para Dios porque desde eso pequeño y cotidiano seremos capaces de descubrir la grandeza del misterio de Dios.
  

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo


Seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo

Jeremías 23, 5-8; Sal 71; Mateo 1, 18-24
Alguna vez en la vida nos habremos encontrado en una situación embarazosa en que teníamos que tomar una decisión importante, que era casi un dilema, decisión en la que podían verse afectadas otras personas, y nos encontramos sin saber qué hacer. Son momentos duros, de zozobra, de inquietud, de no poder dormir quizás, porque no queremos hacer daño, queremos tomar la decisión más correcta, quizás lo que decidamos no sea del agrado de todos y podamos llevarnos algunas críticas. Lo sopesamos detenidamente y como creyentes queremos invocar a Dios en esos momentos para sentir su luz sobre nuestra vida que además nos dé fuerzas para afrontar las consecuencias de nuestras decisiones. Se nos pueden dar en diferentes y múltiples situaciones y momentos.
Algo así se encontraba José cuando se enteró, porque las señales eran ya evidentes, porque quizás habían comenzado a circular los comentarios, de que la mujer con quien estaba desposado, aun sin vivir juntos según las costumbres y ritos de la época, estaba esperando un hijo. ¿Qué hacer? No quería hacer daño, su reputación también podía quedar mal parada, la situación de María era también bien difícil. ¿A quien acudir? ¿Qué decisión tomar?
Me viene a la mente una situación que se ha repetido y se repetirá muchas veces a lo largo de la historia de tantas familias y que sigue siendo hoy muy actual. Un embarazo no deseado y comienzan las cavilaciones para que decisión tomar. El tema de la despenalización del aborto ha llevado a muchos a pensar que por una parte es una solución fácil para evitar complicaciones pero también hay quien lo mira hasta como un derecho. No es un derecho, porque nadie tiene derecho a tomar decisiones sobre una vida, aunque las leyes permisivas de nuestra sociedad moderna lo haya llevado a una despenalización. En las angustias de José, que hoy contemplamos en el evangelio, me ha venido a la mente esta situación en que hoy muchos se pueden encontrar, aunque ahora no entremos demasiado a fondo en el tema, pero que da mucho que pensar.
Como decíamos antes con la situación de José que, como nos dice el evangelista, era bueno y justo y no quería hacer daño a nadie, ¿A quien acudir? ¿Con quien contar? José era un hombre justo y profundamente creyente, porque eso supo escuchar a Dios en su corazón aunque le hablara en sueños. Dios se nos manifiesta de muchas maneras y de muchas maneras nos hace ver cuál es su voluntad, aunque luego las decisiones sobre nuestra vida o que afectan a nuestra vida las deja en nuestras manos.
Dios respeta la voluntad del hombre. El creyente sabe buscar lo que es la voluntad de Dios y trata de conformar su vida a los planes de Dios. No siempre es fácil, no siempre vemos las cosas con claridad, pero tenemos que sabernos dirigir por la fuerza del Espíritu de Dios y es lo que hizo José. El evangelio  nos habla de unos sueños y de un ángel que se le manifiesta en esos sueños. Allá en lo más profundo de si mismo ha sabido descubrir José lo que eran los planes de Dios para su vida y él también dijo Sí, como un día lo hiciera María. Si Maria dijo aquí está la esclava del Señor, José fue capaz, frente a todo lo que podría parecer en contra y no ser una decisión fácil, de sentirse un instrumento en las manos de Dios para los planes de la salvación y se llevó a María, su mujer, a su casa.
Que seamos capaces de sentirnos unos instrumentos en los planes de Dios porque también nosotros ocupamos un lugar en la historia de la salvación de nuestro mundo.

martes, 17 de diciembre de 2019

Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia


Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17
Queramos o no somos hijos de nuestra historia. Y esto lo decimos en referencia a nuestros pueblos, como lo podemos hacer en referencia a los individuos o las familias. Aunque hoy vivimos en un mundo de mucha movilidad y con los medios de comunicación que hoy tenemos podemos estar en relación con personas no solo de nuestro entorno sino del más lejano lugar de la tierra, sin embargo la idiosincrasia de un lugar, sus costumbres y tradiciones de alguna manera marcan nuestra vida y aunque quizá en ocasiones no sepamos cómo o por qué afloran estilos y comportamientos que son herencia, podemos decir, de lo que hemos recibido de nuestros mayores. Son cosas que se trasmiten de una forma sutil pero que sin embargo marcan estilos y maneras de ser o de pensar.
Por otra parte quién no se ha puesto a recordar en una conversación distendida con familiares o vecinos lo que son las raíces de cada uno, recordando que aquel es hijo de fulanito o aquel otro es de la familia tal y sobre todo los mayores recuerdan sus abuelos o antepasados también con multitud de anécdotas que forman parte de la historia de unas vidas.
Por otra parte tantas veces nos gusta indagar de donde procedía nuestra familia, el apellido que llevamos de donde procede y de manera especial cuando en nuestros antepasados ha habido algún tipo de movilidad por diferentes razones, ya sea emigración de un lugar a otro, ya sea por las uniones matrimoniales que se concertaron con personas de otro lugar, por ejemplo. Son los árboles genealógicos que nos construimos o nos gustaría construir haciendo referencia a todos nuestros antepasados.
Esto es lo que nos ofrece hoy el evangelista Mateo, aunque sabemos también que hace lo mismo Lucas en su evangelio. El evangelista Mateo que nos ofrece su evangelio en un entorno más judío, por ejemplo, entronca su genealogía en David y en Abrahán, para señalarnos de forma muy concreta esa raíz judía de Jesús para así señalarlo como el Mesías de Dios anunciado y prometido. Es el Hijo de David, y en la estirpe de Judá, primero, uno de los doce hijos de Jacob a quien escuchamos hoy en la primera lectura como depositario de la promesa, y de la familia de David de la que iba a nacer el hijo de María, desposada con José de la estirpe de David, a quien pusieron por nombre Jesús el llamado Cristo (Mesías) como concluye el evangelista.
Con este texto iniciamos estos ocho días que nos restan para la celebración del Nacimiento de Jesús y donde iremos escuchando a partir de mañana las primeras páginas del evangelio de Lucas con todo lo que hace referencia a los pasos previos al nacimiento de Jesús. Será como el último impulso de este camino de Adviento en nuestra preparación para las fiestas de Navidad.
No lo iremos escuchando como una anécdota más o una historia cualquiera que se nos cuenta sino que así iremos en la contemplación de esos diversos momentos adentrándonos en lo que ha de ser esa preparación de nuestro corazón para recibir al Señor que viene, y viene ahora en este momento concreto de nuestra propia historia como ya hemos mencionado, para traernos la salvación.
Como a Jesús le vemos nacer en un pueblo concreto que tiene su propia historia y en una familia concreta con sus concretas circunstancias, hemos de darnos cuenta de cómo el Señor llega a nosotros, con nuestra historia, con nuestra vida, y con las circunstancias concretas de lo que vivimos hoy en nuestro mundo.

lunes, 16 de diciembre de 2019

Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida


Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27
¿Quién es él para decirme eso? ¿Quién se ha creído qué es? Ni que yo tenga que estarle aguantando todas sus ocurrencias… Algo así pensamos cuando creemos que alguien se ha metido donde no lo llamaban y se ha atrevido a meterse con mi vida, con mis cosas, con lo que hago o dejo de hacer. Pero no siempre la reacción negativa por nuestra parte es debido a una actitud no correcta de la otra persona, sino que en ocasiones reaccionamos así porque en el fondo reconocemos que tiene la razón y lo que nos está diciendo es una verdad como puños, como se suele decir, pero no nos agrada que nos hagan ver cosas de nuestra vida que quizá no sean tan positivas.
Demasiado vamos por la vida con nuestra autosuficiencia llena de orgullo, reclamando a los demás el por qué nos dicen algo, o reaccionando negativamente ante el testimonio que nos puedan ofrecer con su vida. Aquello de que las tinieblas rechazan la luz. Qué distintos seríamos si tuviéramos suficiente humildad para aceptarnos unos a otros sabiendo acoger la sabiduría que en las obras de los demás podríamos descubrir. Claro que no tenemos que imponer a los demás nuestros puntos de vista, pero si podemos ofrecer lo que consideramos bueno de la vida para que mutuamente nos enriquezcamos.
Proféticamente el anciano Simeón había anunciado que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción ante el cual habían de decantarse unos y otros. Lo contemplamos en el evangelio, pues mientras la gente sencilla ve la obra de Dios en el actuar de Jesús y todo son alabanzas y bendiciones al cielo, otros sin embargo le rechazan, les cuesta aceptar las palabras y las obras de Jesús, se sienten interpelados interiormente y eso es algo que no pueden soportar.
Hoy lo contemplamos en el evangelio cuando vienen a preguntarle, a exigirle que les diga con qué autoridad hace lo que hace. Pero Jesús a su vez los interpela a ellos que reculan y se encierran en si mismos y no responden al planteamiento de Jesús. Si ahora rechazan a Jesús, por qué rechazaron también al Bautista que predicaba allá en el Jordán. Pero ellos no quieren responder, se sienten comprometidos en las posibles respuestas que puedan dar.
También nosotros en la vida cuando nos sentimos interpelados por algo damos vueltas y más vueltas para que no se note que somos interpelados, para no dar el paso que nos comprometa, para seguir con las mismas actitudes y la misma vida. Es el círculo defensivo con que tantas veces envolvemos nuestra vida para hacernos sordos a la llamada de la Palabra de de Dios. Abramos nuestro corazón, abramos nuestro espíritu, bajémonos de nuestros pedestales, seamos capaces de reconocer lo que es la realidad de nuestra vida.
Decidámonos valientemente seguir los caminos del Señor. Sean otras las actitudes con que caminemos por la vida y sean nuevas las relaciones que mantenemos con los demás. Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar, aunque interpele nuestra vida que siempre será para bien.

domingo, 15 de diciembre de 2019

Seamos signos luminosos que abran caminos de esperanza con las mismas obras de Jesús para desterrar las negruras calamitosas que ensombrecen nuestro mundo



Seamos signos luminosos que abran caminos de esperanza con las mismas obras de Jesús para desterrar las negruras calamitosas que ensombrecen nuestro mundo

Isaías 35, 1-6a. 10; Sal 145; Santiago 5, 7-10; Mateo 11, 2-11
Algunas veces nos volvemos pesimistas; y cuando el pesimismo se nos mete en el alma todo se ensombrece y todo parecen nubes que nos anuncian catástrofes y calamidades. Caminando con pesimismo por la vida nos volvemos de alguna manera destructores, porque no dejamos asomar la esperanza y entonces se nos nublan los ojos y no seremos capaces de ver la posibilidad de nuevos caminos que se abran ante nosotros.
Nos sucede en nuestra vida social y política, no tengamos miedo de decirlo y reconocerlo. Nos vemos en situaciones de crisis y todo parece que se nos va a venir abajo y se nos destruye, al menos nos parece, lo que antes habíamos intentado construir con tanto esfuerzo. Es cierto que la vida es enrevesada y son tantas las cosas que influyen de un lado y de otro en la sociedad que pareciera que todo se nos vuelve oscuro. ¿No estaremos pasando por una situación así en estos momentos en nuestra sociedad? Parece que todo se nos va a venir abajo.
Pero creo que otra tenia que ser nuestra mirada sin ocultar la realidad, es cierto, pero tratando de descubrir cómo se nos pueden abrir caminos delante de nosotros, aunque ahora aun no sepamos cómo. El verdadero profeta no es el que anuncia calamidades sino el que es capaz de abrir caminos, de abrirnos los ojos para ver que hay otros caminos por donde caminar en la vida y afrontar entonces las situaciones difíciles en las que nos podamos encontrar. Y no olvidemos que el cristiano tiene que ser profeta, para eso ha sido ungido.
Me hago esta reflexión contemplando por una parte la situación que vive nuestra sociedad en este momento concreto, los posibles nubarrones que se puedan sentir incluso sobre nuestra iglesia donde hay tantos con miradas demasiado pesimistas, pero atendiendo a la Palabra que es este tercer domingo de Adviento se nos ofrece que tiene que ser una luz potente para hacernos mirar la vida con una nueva mirada. Y es que, como decimos continuamente, los momentos de fe que vivimos y que celebramos no son ajenos a la situación de la vida que vivimos en nuestra sociedad, en nuestra Iglesia y en el camino personal que cada uno va recorriendo.
La Palabra que hoy escuchamos es verdaderamente una palabra profética que nos quiere abrir caminos. El profeta nos ha hablado de caminos que se abren en el desierto, de desiertos que se convierten en vergeles, de impedidos que dejan caer sus muletas para caminar con total libertad porque han encontrado salud para sus vidas. No son solo bellas palabras – aunque tenemos que reconocer que estos textos son verdaderamente, literariamente bellos – sino que son anuncio de vida nueva para nosotros. Es posible esa vida nueva, es posible esa transformación aunque el desierto nos pueda parecer al principio duro e inhóspito pero que se transformará en un lugar maravilloso como si fuera un jardín.
Y las palabras del evangelio a eso mismo nos están invitando. Juan está en la cárcel y a él han llegado noticias de las obras que realiza Jesús; él lo había anunciado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, con la certeza de que era en verdad el Mesías, aunque ahora no viera quizá claro que Jesús estuviera realizando las esperanzas que tenia el pueblo en el Mesías esperado. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’ es la pregunta que a través de sus discípulos llega a Jesús. ¿Y qué hace Jesús? Seguir realizando los signos que había venido realizando para decirle a los enviados de Juan: Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!’
Juan podía entender perfectamente el mensaje. Pero es el mensaje que nosotros hoy también escuchamos. Es el mensaje que nos abre caminos, que nos hace mirar con mirada nueva y que pone en nuestros pasos un nuevo y distinto caminar. Porque nos está pidiendo algo, que nosotros demos esas señales, que nosotros realicemos esos signos, que no nos quedemos aturdidos por los malos augurios de las negruras que nos anuncian sino que pongamos manos a la obra.
Tenemos que poner esperanza en la vida, en el mundo que nos rodea con esa mirada positiva con que intentemos ver las cosas para ponernos a hacer, para no resignarnos, para comenzar a realizar las obras del amor. La gente a nuestro lado se puede quedar aturdida pensando en las negruras que nos pueden sobrevenir y podemos tener la tendencia a huir o a escondernos. Pero tenemos que despertar, porque hay mucho positivo que hacer. Muchos serán los ciegos a los que tendrán que abrirse los ojos, y muchos que se han quedado paralizados a los que tenemos que ponerlos a caminar.
Tenemos que creer de verdad que podemos hacer un mundo nuevo y mejor aunque nos pueda parecer tan roto y tan destruido. Esa es nuestra tarea. Esa es nuestra esperanza. Esa es la verdadera navidad que tenemos que vivir porque tenemos que descubrir a Jesús que viene a nosotros en esas personas que viven en esa situación como hemos venido diciendo, pero nosotros por nuestro actuar tenemos que ser signos de Jesús, realizando la misma obra que hizo Jesús. Ese es el adviento que ahora vivimos con esperanza renovada y esa será la navidad que tenemos que celebrar.