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domingo, 20 de diciembre de 2020

De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que tiene que brotar

 


De María aprendemos a discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy en una nueva navidad y humanidad que  tiene que brotar

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27;  Lucas 1, 26-38

Es parte de la vida de todo ser humano. ¿Seremos soñadores? ¿O es que hay una inquietud en el ser del hombre por el que no se siente satisfecho con lo que tiene y quiere algo más o quiere algo mejor? Continuamente en nuestra vitalidad queremos las cosas mejor y de otra manera y nos hacemos proyectos, buscamos cómo hacer, qué hacer, cómo mejorar, mejores metas, otras cosas distintas. Dice que aquel que no tiene iniciativas y se queda pasivamente en lo que tiene y lo de siempre está como muerto. Parte de esa vitalidad la expresamos en los proyectos que nos vamos haciendo en la vida.

Pero voy a decir una cosa que parece que rompe todo el razonamiento que he venido haciendo hasta ahora. El que verdaderamente tiene proyectos para nosotros es Dios. El es quien realmente tiene un proyecto para cada uno de nosotros, como para toda la humanidad. Es lo que el creyente sabe reconocer, sabe descubrir. Es, podríamos decir, la base de nuestra condición de creyentes, el dejar meter a Dios en nuestra vida o darnos cuenta de que nuestra vida a la larga es un proyecto de Dios, un proyecto de amor de Dios para cada uno de nosotros.

Todos aquellos proyectos humanos, que mencionábamos, hijos de nuestra vitalidad son como las ramificaciones del proyecto de Dios en nuestra vida. Por eso el verdadero creyente confronta su pensamiento y su deseo con el deseo de Dios, con el proyecto de Dios y sabe en un momento determinado descubrir cuando parece que todos sus proyectos humanos se vienen abajo que detrás como motor de todo está ese proyecto de Dios. Un proyecto de Dios, hay que decir, que no nos anula, sino todo lo contrario, nos engrandece porque nos hará caminar caminos de mayor plenitud. Difícil descubrirlo a veces, difícil en ocasiones de aceptar porque parece que trastoca nuestros planes pero cuando nos dejamos llenar por el Espíritu de Dios nos daremos cuenta de ese camino de plenitud por donde realmente nos conduce.

Me atrevo a decir que es lo que hoy nos quiere trasmitir la Palabra de Dios en este cuarto domingo de Adviento. Será, como nos dice la primera lectura, el proyecto de David de construir un pueblo grande, porque además siente que es lo que le ha confiado el Señor. Ha logrado estar por encima de todos sus enemigos, ha llevado a su pueblo a la paz, está construyendo una Jerusalén grande, y ahora quiere construir un templo para el Señor. Parece justo que así lo hiciera porque además en el concepto de su tiempo los templos esplendorosos construidos para Dios manifestaban de alguna manera la grandeza de los pueblos.

Pero Dios no le permite construir ese templo, sino que le dice que es El quien le va a construir una casa para él. Dios le va a dar una hermosa dinastía y hará que su trono dure para siempre. La palabra casa y dinastía o linaje tienen en el lenguaje hebreo una fuerte consonancia (bayit en hebreo) que es casi como si significaran lo mismo y es lo que como en un juego de palabras el profeta le anuncia a David de parte de Dios.

Es lo que contemplamos también en el evangelio en este cuarto domingo de Adviento. Lo conocemos como el evangelio de la Anunciación que tantas veces hemos escuchado y meditado. El Ángel del Señor que viene de parte de Dios a ofrecerle a María el proyecto de amor de Dios, que no solo es para ella sino que va a ser para toda la humanidad. Un diálogo de fe y de amor. El ángel la saluda como la llena de gracia y María en su humildad que se turba ante estas palabras del ángel que le dice que ha hallado gracia ante Dios para que colabore en el proyecto de Dios para la salvación de toda la humanidad.

María vivía su vida pobre y sencilla en aquel pequeño pueblo de Galilea de nombre hasta entonces desconocido; está desposada con José aunque aún no se han celebrado las bodas; podríamos decir que tenía su proyecto de vida como cualquier mujer sencilla y humilde de cualquier pueblo de Galilea. Y ahora se trastocan todos sus planes y proyectos, que por muy sencillos que fueran, eran sus planes y proyectos. Dios espera de ella algo más. Y María es la mujer creyente que se abre al misterio y al designio de Dios. Cosas incluso incomprensibles para ella pero que ella sabe aceptar porque acepta la Palabra de Dios que se le está trasmitiendo.

Si ella vivía como mujer creyente poniendo toda su confianza en Dios que mueve los hilos de la vida y de la historia, ahora en esa actitud creyente le toca dar un paso más y está dispuesta a todo porque se siente la humilde esclava del Señor. María se deja hacer por Dios. Y el proyecto de amor de Dios se lleva a término encarnándose el Hijo de Dios en sus entrañas, de manera que el hijo de María será el Hijo del Altísimo, y el pequeña aldeano de Nazaret que nacerá será el heredero del trono de David su padre, cuyo reino no tiene fin.

Grande es la lección de María cuando estamos ya a las vísperas de la Navidad. Una lección de María que tenemos que aprender para el conjunto de nuestra vida cuando también en los caminos de la historia, y de nuestra historia reciente, muchas veces vemos como se nos vienen abajo nuestros proyectos, nuestros deseos, aquellas cosas por las que aspirábamos y que vemos que ahora no nos valen porque son muchas las cosas que han cambiado. Es la situación que vivimos en estos momentos y que tantas incertidumbres producen en nuestro corazón, pero donde tenemos que saber despertar muchas esperanzas de que algo nuevo vaya a surgir de todo lo que vivimos.

Detrás de todo lo que nos sucede como creyentes que somos tenemos que saber descubrir el designio de Dios. ¿Qué es lo nuevo que tiene que surgir para la humanidad de todo esto? Cuando sembramos la semilla para que germine y haga surgir una nueva planta su germinación es casi como un pudrirse, destruirse a sí misma la semilla para que brote ese nuevo vástago. ¿Será algo así lo que estamos viviendo? ¿Cómo será ese nuevo vástago lleno de nueva vida que tiene que surgir en nuestro mundo? Es lo que nos toca discernir, para discernir y descubrir cuales son los planes de Dios para nosotros y el mundo hoy. Una nueva navidad tiene que brotar.

jueves, 17 de diciembre de 2020

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

 


El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, mejor a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17

‘Y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo’. Alguien podría decir que si estamos empezando la casa por el tejado. Si estamos en Adviento e iniciando esta última semana que tiene unas características especiales como preparación inmediata para la celebración de la Navidad el que ahora aparezca este versículo haciendo referencia al nacimiento de Jesús pudiera parecer como un contrasentido.

Pero no lo es. Es la meta hacia la que vamos. Y bien que necesitamos recordarlo y más en este mundo en que vivimos en que ya ni siquiera algunos quieren mencionar la palabra Navidad contentándose con aquello tan genérico de ‘felices fiestas’. Ya sabemos como estamos terminando en esta sociedad nuestra tan especial en una navidad sin Jesús y si podemos evitar esas palabras, las evitamos.  Alguien me hacía referencia estos días en que ya incluso las iluminaciones ‘navideñas’ de nuestras calles y plazas en la Navidad poco tienen que ver con el sentido de la navidad; muchas veces unas luces y cuantas más mejor para quedar por encima de otros lugares, pero apenas sin referencia a lo que en realidad celebramos.

El versículo que hemos citado al comienzo de esta reflexión viene a ser como el broche final de la genealogía de Jesús que nos propone el evangelista al iniciar el evangelio, la buena nueva de Jesús. ‘Origen (genealogía) de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham’, nos dice en su primer versículo. Jesús tiene una historia, pertenece a un pueblo y a una familia, tiene su origen en una raza y en la historia de ese pueblo. Eso nos viene a enseñar la genealogía. Por eso nos dice hijo de David – de la tribu de Judá lo que viene a ser cumplimiento de la bendición y promesa profética de Jacob – e hijo de Abraham para señalar su pertenencia al pueblo de la Alianza que tiene su origen en el patriarca Abraham.

Ya a lo largo del Evangelio en los diferentes evangelistas se nos darán otras connotaciones históricas para situarnos a Jesús en un tiempo concreto de la historia. No es un mito ni una invención, es un personaje de la historia pero que la trasciende, porque ese hijo de David y de Abraham es el Hijo de Dios que ha venido a encarnarse, a hacerse hombre y será en un momento y en una familia concreta, como nos señala a ‘José, el hijo de Jacob y el esposo de María de la cual nació Jesús, llamado Cristo’.

Y ahora, en nuestra historia concreta, en las circunstancias concretas en las que vivimos en el momento presente nosotros vamos a celebrar el nacimiento de Jesús. Algo que no podemos olvidar; algo, por supuesto, que no podemos disimular ni ocultar. Por eso en este momento presente nosotros queremos hacer presente a Jesús. Si en aquel momento histórico en que nació Jesús en Belén fue un rayo de luz que llenó de esperanza la humanidad, hoy necesitamos también ese rayo de luz, porque necesitamos resucitar la esperanza de la humanidad. Otros años quizás nos habíamos sentido como aturdidos por tanto jolgorio y tantas celebraciones externas, este año tenemos el peligro y tentación de dejarnos aturdir por la situación que vivimos y todo lo llenemos de la oscuridad de la desesperanza.

El mundo sigue esperando salvación; nosotros tenemos algo que ofrecer, más que algo tendríamos que decir, a Alguien que en verdad es la salvación para la humanidad también hoy. El Evangelio de Jesús sigue teniendo mucho que decir al mundo en el que vivimos aunque algunas veces se nos oculte o incluso lo disimulemos. Esa Buena Noticia que es Jesús sigue siendo Buena Noticia hoy y tenemos que proclamarla.

Las mismas circunstancias que vivimos nos pueden hacer recapacitar para darnos cuenta de que son muchas las cosas que tienen que cambiar en nuestro estilo de vida y en nuestro mundo. Es la renovación que nos trae Jesús. Tenemos que dejarnos iluminar por su luz; tenemos que abrir los oídos de nuestro corazón para escucharle; tenemos que abrir todos los sentidos de nuestra vida para que se haga presente en nosotros y a través de nosotros llegue también a iluminar a nuestro mundo.

Miremos cómo lo vamos a hacer; dejémonos inspirar y conducir por su Espíritu que allá en lo  hondo de nosotros nos irá dando pautas y señalando caminos. Pero Jesús es nuestra única salvación.

martes, 17 de diciembre de 2019

Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia


Esperamos al Mesías que viene en una historia y familia concreta de la estirpe de David, y que llega a nosotros en este momento concreto de nuestra historia

Génesis 49, 1-2. 8-10; Sal 71; Mateo 1, 1-17
Queramos o no somos hijos de nuestra historia. Y esto lo decimos en referencia a nuestros pueblos, como lo podemos hacer en referencia a los individuos o las familias. Aunque hoy vivimos en un mundo de mucha movilidad y con los medios de comunicación que hoy tenemos podemos estar en relación con personas no solo de nuestro entorno sino del más lejano lugar de la tierra, sin embargo la idiosincrasia de un lugar, sus costumbres y tradiciones de alguna manera marcan nuestra vida y aunque quizá en ocasiones no sepamos cómo o por qué afloran estilos y comportamientos que son herencia, podemos decir, de lo que hemos recibido de nuestros mayores. Son cosas que se trasmiten de una forma sutil pero que sin embargo marcan estilos y maneras de ser o de pensar.
Por otra parte quién no se ha puesto a recordar en una conversación distendida con familiares o vecinos lo que son las raíces de cada uno, recordando que aquel es hijo de fulanito o aquel otro es de la familia tal y sobre todo los mayores recuerdan sus abuelos o antepasados también con multitud de anécdotas que forman parte de la historia de unas vidas.
Por otra parte tantas veces nos gusta indagar de donde procedía nuestra familia, el apellido que llevamos de donde procede y de manera especial cuando en nuestros antepasados ha habido algún tipo de movilidad por diferentes razones, ya sea emigración de un lugar a otro, ya sea por las uniones matrimoniales que se concertaron con personas de otro lugar, por ejemplo. Son los árboles genealógicos que nos construimos o nos gustaría construir haciendo referencia a todos nuestros antepasados.
Esto es lo que nos ofrece hoy el evangelista Mateo, aunque sabemos también que hace lo mismo Lucas en su evangelio. El evangelista Mateo que nos ofrece su evangelio en un entorno más judío, por ejemplo, entronca su genealogía en David y en Abrahán, para señalarnos de forma muy concreta esa raíz judía de Jesús para así señalarlo como el Mesías de Dios anunciado y prometido. Es el Hijo de David, y en la estirpe de Judá, primero, uno de los doce hijos de Jacob a quien escuchamos hoy en la primera lectura como depositario de la promesa, y de la familia de David de la que iba a nacer el hijo de María, desposada con José de la estirpe de David, a quien pusieron por nombre Jesús el llamado Cristo (Mesías) como concluye el evangelista.
Con este texto iniciamos estos ocho días que nos restan para la celebración del Nacimiento de Jesús y donde iremos escuchando a partir de mañana las primeras páginas del evangelio de Lucas con todo lo que hace referencia a los pasos previos al nacimiento de Jesús. Será como el último impulso de este camino de Adviento en nuestra preparación para las fiestas de Navidad.
No lo iremos escuchando como una anécdota más o una historia cualquiera que se nos cuenta sino que así iremos en la contemplación de esos diversos momentos adentrándonos en lo que ha de ser esa preparación de nuestro corazón para recibir al Señor que viene, y viene ahora en este momento concreto de nuestra propia historia como ya hemos mencionado, para traernos la salvación.
Como a Jesús le vemos nacer en un pueblo concreto que tiene su propia historia y en una familia concreta con sus concretas circunstancias, hemos de darnos cuenta de cómo el Señor llega a nosotros, con nuestra historia, con nuestra vida, y con las circunstancias concretas de lo que vivimos hoy en nuestro mundo.