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sábado, 2 de marzo de 2019

Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios


Aprendamos de la sencillez de los niños y de la apertura de su corazón lleno de confianza para comenzar a vivir el sentido del Reino de Dios

Eclesiástico 17,1-13; Sal 102; Marcos 10,13-16

La reacción de los apóstoles es la reacción de tantos que no queremos que nos molesten o quizá desde una postura demasiado servicial no queremos que se importune a otras personas que nosotros consideramos importantes. Vamos tan enfrascados en nuestras cosas, nuestras preocupaciones o nuestros entretenimientos que nos parece que atender a las preguntas ingenuas de un niño, prestar atención a quienes consideramos quizá inferiores mirándolos desde las alturas de nuestros orgullos, o detenernos para saludar a una persona sencilla que nos encontremos, pudiera ser una pérdida de tiempo, por decirlo de una manera suave.
O es también, como decíamos, la postura servicial – que no es lo mismo que espíritu de servicio – que tenemos ante quien consideramos importante y a quien no hay que importunar con pequeñeces de las que consideramos que ellos pasan. Ya decimos que no es lo mismo espíritu de servicio, que una actitud servicial con la que nos podemos convertir en aduladores y otros servilismos.
Algunas veces nos pudiera molestar las actitudes, preguntas, o cosas ingenuas de nuestros niños, pero que se manifiestan como son, y allí donde encuentran cariño se sienten muy a gusto y se manifiestan tal como son. En la época de Jesús no eran bien considerados ni tenidos en cuenta hasta que llegaran a una cierta edad en la que ya los consideraban mayores y les permitían entonces estar con todos. Pero quizá a pesar de cuanto proclamamos derechos humanos de todos, todavía haya quienes los tengan por menos o incluso no los respeten o más bien los utilicen para sus fines o intereses. Niños de la guerra, niños de la calle, niños maltratados y un largo etcétera, y ya sabemos bien lo que Jesús nos dice de quienes hagan daño de la forma que sea a un niño.
Pero bien, vayamos al hecho concreto del evangelio de hoy. Los apóstoles apartan a los niños – sus madres los traen para que Jesús los bendiga – porque no quieren que molesten al Maestro. Pero bien hemos visto la reacción de Jesús: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.
Esta corta frase de Jesús encierra muchas cosas. Primero, por situarlo en algún orden, el respeto y la valoración que merece en si mismo el niño, es una persona, se ha de tener en cuenta, no tenemos por qué apartarlos a un lado. ‘No se lo impidáis’, les dice.
Pero la imagen del niño, siempre con el corazón abierto, siempre con una mirada que va más allá y más hondo de lo que nos pudiera parecer, siempre con una confianza en su corazón sobre todo donde saben que encuentran amor, nos está señalando como hemos de abrirnos a Dios, como nuestro corazón tiene que estar siempre abierto al amor de Dios. ‘De los que son como ellos es el Reino de Dios’.
Tenemos que tener corazón de niño, hemos de tener la confianza de un niño que se fía de lo que le dicen sobre todo quien tiene la autoridad del amor sobre ellos, porque es así como hemos de abrirnos nosotros al Reino de Dios, será así como nosotros entraremos en el Reino de Dios, comenzaremos a vivir en el sentido y en el valor del Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él’.

viernes, 1 de marzo de 2019

Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos



Aprendamos a ser generosos en el campo del amor y la amistad y respetarnos y valorarnos mutuamente en lo que cada uno somos

Eclesiástico 6,5-7; Sal 118; Marcos 10,1-12

Hay personas que nunca están contentas con lo que son o con lo que tienen; y no se trata solamente de ese deseo de superación personal que todos hemos de tener en ese deseo de crecer y madurar, en ese deseo de ser mejores o prestar el mejor servicio a los demás. Ese aspecto si tendríamos que cultivarlo, porque sería una actitud positiva de vida.
Es más bien aquellas personas que viven en una negatividad y es que no les satisface nada de lo que los otros le puedan ofrecer; son los que van poniendo pegas a todo lo que el otro nos dice, que no miramos al otro sino quejándonos de que somos nosotros los que hacemos, los que nos damos y nunca los demás nos ofrecen nada, pero que en esa negatividad con que vivimos no sabemos apreciar lo bueno de los otros o lo que nos ofrecen.
Es una postura de desconfianza que va creando un distanciamiento en nuestros encuentros, en nuestra convivencia. Y cuando queremos convivir de verdad hemos de saber ponernos al lado del otro, a su misma altura, sin creerme que yo estoy en un estadio superior, porque hago mejor las cosas o porque yo soy el que está tirando del carro, por decirlo de alguna manera. Convivir es aceptar al otro, tal como es, valorar lo que en el otro hay, no estar midiendo lo que yo doy u ofrezco, sino que cada uno con sus fuerzas, con lo que es lo que tiene va tirando del carro conjuntamente con el otro.
Y esto es importante en todas las facetas el amor, ya sea la amistad, ya sea el amor de la pareja o del matrimonio. Nunca somos iguales, porque cada uno es como es con sus propios valores y cualidades, y la convivencia de amor está hecha a partir de lo que cada uno es.
Por eso no vale recriminar, ni estar echando en cara lo que hacemos o dejamos de hacer, porque es una forma de desconfianza y eso hace que el otro también se canse de sentirse quizá minusvalorado. Por esas pequeñas grietas que vamos poniendo en el edificio de nuestro amor mutuo y nuestra amistad, se nos puede ir desquebrajando la vida y la convivencia hasta llegar a desconocernos y apartarnos le uno del otro en ese camino que hemos querido hacer juntos.
No soy un experto en estas cuestiones ni soy nadie para dar consejos o recetas, pero ofrezco sencillamente esta reflexión que me ha surgido y que quiere ser un granito de arena, un pensamiento, una semilla que nos haga reflexionar sobre estas cosas enriqueciéndolas cada uno con su propio pensamiento o su propia experiencia.
En el evangelio que hoy se nos ofrece le plantean a Jesús el tema del divorcio. Jesús lo que quiere es recordarnos lo que es la original voluntad de Dios sobre el hombre y la mujer creados para el amor. Eso entraña la generosidad que hemos de tener siempre en nuestra vida en el campo del amor; eso entraña también el respeto y la valoración que siempre hemos de hacer de la otra persona.
Si somos generosos, olvidándonos incluso de nosotros mismos seremos más felices y haremos más felices a aquellos a los que amamos, y eso es lo que ha de importarnos. Si vivimos con respeto valorándonos siempre, cuando el otro se siente valorado se siente feliz y querrá hacerte feliz a ti también. Cosas que tendrían que hacernos pensar para construir con verdadero fundamento ese edificio del amor y del matrimonio.

jueves, 28 de febrero de 2019

Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor


Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50

Que no nos falte nunca la sal. Cuando nos falta la sal en casa, en la cocina parece que nada podemos hacer en la cocina porque a la comida le faltaría sabor. No entramos aquí en las limitaciones que se nos imponen por régimen alimenticio. Pero hay una sal que necesitamos en la vida y que va mucho más allá del condimento.
Esa persona tiene salero, decimos de alguien que vive la vida con alegría, que es optimista, que sabe darle alegría a lo que hace aunque esté pasando por malos momentos. Y estamos hablando sí de la alegría con que hemos de vivir, pero esa alegría la llevamos muy hondo cuando le hemos sabido dar un sentido a la vida y vivimos desde unos principios y valores con todas sus consecuencias.
La sal de la vida del cristiano que nace de su fe en donde encuentra ese sentido y ese valor a lo que hace; esa sal de la vida del cristiano que se va a manifestar en sus obrar, en su manera de actuar, en la rectitud con que vive pero en el amor que trasmite a cuantos se van encontrando con él en el camino de la vida. Esa rectitud que le llevará siempre a hacer el bien, a ser delicado con los demás, pero a ser delicado en sus posturas y en su actuar cuidando al mínimo detalle cuanto hace para no perder ese sabor cuando deja que el mal se meta en su corazón de cualquier manera. Por eso nos dirá Jesús hoy en el evangelio que algo tan sencillo como un vaso de agua dado con amor no dejará de tener su recompensa.
La sal, decimos, previene de que los alimentos se corrompan, pues necesitamos esa sal que nos fortaleza de tal manera y nos llene de vida para que no entre la corrupción del mal en nuestro corazón. Y Jesús es muy exigente y radical, para que arranquemos de nosotros esas raíces del mal que puedan corromper nuestro interior y con lo que podríamos hacer daño a los demás, hacer sufrir a los que están a nuestro lado. En eso tenemos que ser en verdad radicales en nuestra vida.
Arranquemos de nosotros todo aquello que nos puede llevar por los caminos del mal, todo aquello que pudiera poner en peligro en nosotros y en los que están a nuestro lado la rectitud y la santidad de su vida. Nos cuesta, pero hemos de poner todo nuestro empeño que la gracia del Señor nos ayudará. Cada día le pedimos al Señor con toda sinceridad que nos libre del mal, que no permita que nos veamos envueltos y arrastrados por la tentación y el pecado.
‘Que no falte entre vosotros la sal, y vivid en paz unos con otros’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. Si dejamos que nuestra vida se condimente bien con la sal del evangelio seremos distintos nosotros, pero también haremos mucho bien a nuestro mundo. Cuando nos dejamos impregnar de verdad por la sal del evangelio nuestra vida va a resplandecer con los valores del Reino de Dios, y resplandeceremos en el amor que nos lleva a hacer siempre el bien, que nos lleva al actuar siempre en justicia, que pondrá verdadera paz en nuestro corazón pero también en nuestras relaciones con los demás, habrá más autenticidad en nuestra vida porque no le tendremos miedo a la verdad, crearemos un mundo de verdadera fraternidad.
Que no nos falte la sal.

miércoles, 27 de febrero de 2019

Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo


Luchemos por quitar tanta crispación como hay en nuestra sociedad y aprendamos a aceptar lo bueno de los demás en lugar de querer destruirlo todo

Eclesiástico 4,12-22; Sal 118; Marcos 9,38-40

Hay gente que se piensa que ellos son los únicos que saben hacer las cosas; nadie las hace como ellos y son personas difíciles para trabajar con ellas porque esas personas lo monopolizan todo y no permiten que nadie pueda meter mano, poner su parte; para un trabajo en común se hacen insoportables pues no te dejan hacer sino que continuamente estarán pendientes de lo que haces y como lo haces para decirte continuamente como lo tienes que hacer y terminan haciéndoselo todo ellos sin contar con nadie.
Están también las personas que nunca sabrán tener una visión positiva para ver lo bueno que hacen los otros; ya sea desde sus ideologías o sus maneras de pensar o ver las cosas, ya sea porque nunca aceptarán una opinión distinta y las opiniones que no coincidan con su peculiar manera de pensar son siempre erróneas, ya sea por la malicia que anida en sus corazones para desconfiar, para no ver sino segundas intenciones en lo que los otros hacen, o para desde su vanidad buscar siempre un punto desde el que desprestigiar lo bueno que los otros hacen con una perversa envidia que malea sus corazones, nunca aceptaran lo bueno que hacen los demás.
Decimos que podemos verlo en los demás, pero con sinceridad tenemos que reconocer que cosas más o menos así muchas veces también nos pasan por nuestra mente y nuestra manera de actuar. Reflexionando fríamente nos damos cuenta de esa malicia que puede meterse también en nuestros corazones que nos lleve a amor propio herido, a orgullos que resucitan en nuestro interior, a envidias y desconfianzas que corroen nuestras mutuas relaciones. Nos damos cuenta que esa no es la forma correcta y humana de actuar y que tenemos que hacer el esfuerzo de reconocer con humildad y también con alabanza lo bueno que hacen los demás y que es mucho.
Son reacciones humanas que muchas veces nos pueden surgir dentro de nosotros y nadie está libre de poder caer en esas situaciones. Que muchas veces entre nosotros los cristianos en nuestra propia comunidad, en la vida de la iglesia nos pueden aparecer esas reacciones negativas porque nos afloran los celos y recelos, porque nos creemos demasiado perfectos y pensamos que solo nosotros sabemos hacer las cosas bien.
En nuestro engreimiento no somos capaces de descubrir cuanto bueno hay en ese mundo que nos rodea, y que pueden haber muchas buenas semillas del Reino de Dios también en los que no creen, viven alejados de la Iglesia y tienen la buena voluntad y deseo de luchar también por un mundo mejor. Hay unos orgullos ‘eclesiales’ muchas veces entre nosotros que nos impiden realizar ese necesario diálogo también con el mundo, aunque viva alejado de la fe.
Es lo que aflora en el texto del evangelio que se nos ofrece hoy. Juan viene a decirle a Jesús, y se cree que ha hecho una cosa muy buena, que se ha encontrado con algunos que no son de los del grupo pero que están echando demonios en nombre de Jesús; en su buena voluntad ha querido impedírselo. Y Jesús le dice que no, que esa no es la actitud.No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro’.
Creo que está bien claro el mensaje, después de lo que hemos venido reflexionando. Sepamos descubrir, como decíamos antes, esas buenas semillas del Reino que otros también están cultivando cuando buscan un mundo mejor, cuando luchan por la libertad y la justicia o cuando están creando las condiciones para que seamos más hermanos y desterremos de nuestro mundo tantas negruras y sufrimientos. Mucha gente hace el bien a nuestro lado y tenemos que reconocer que muchas veces más que nosotros. Vayamos por la vida con una mirada positiva y seamos capaces de colaborar, poner todo nuestro apoyo a cuanto de bueno realizan otros, sean quienes sean.
Ya es bastante que en la vida social y política muchas veces se cree tanta crispación y no se colabore mas en un dialogo sincero para buscar lo mejor por la sociedad, sino que más bien muchas veces se vaya destruyendo todo lo que hace el otro porque a mi no me complace o porque no lo hice yo. Colaboremos en quitar esa crispación de nuestro mundo y a lograr que seamos capaces todos de colaborar unidos siempre por lo bueno a aunque tengamos pensamientos distintos.

martes, 26 de febrero de 2019

No es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner en espíritu de servicio cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y buscar el bien común



No es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner en espíritu de servicio cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y buscar el bien común

Eclesiástico 2,1-13; Sal 36; Marcos 9,30-37
¿Por qué a esos sí y a nosotros no? Es una reacción que suele o puede surgir alguna vez en nuestro interior. A unas personas le confían una tarea, una responsabilidad que nos parece apetecible, pero con nosotros no han contado; y surgen los recelos, los sentimientos encontrados en nuestro interior, porque quizá nos parece que nosotros somos minusvalorados, o porque vemos en esas situaciones una ocasión de medrar, de avanzar en consideraciones que no parece que nos hubieran podido llevar a un mayor poder. Por muchas circunstancias pueden aparecer en nosotros esas desconfianzas que se transforman en envidia y que cuanto daño nos hacen por dentro pero que también se pueden convertir en dañinas para los demás.
Y de cosas así no siempre estamos vacunados, podríamos decir. Aparecen en todos los estratos de la sociedad donde se huela a poder y dominio sobre los demás; cuantas zancadillas vemos que se hacen unos a otros en la vida social, en la vida política, en tantas situaciones en la vida; y no estamos lejos que también entre nosotros los cristianos y en la Iglesia también nos puedan suceder esas cosas; desgraciadamente en lugar del espíritu de servicio lo que parece es que estemos haciendo una carrera de influencias y ansias de poder.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús abandona la zona de la montaña donde ha estado y han sucedido cosas maravillosas y mientras va caminando rumbo a Cafarnaún evitan lugares concurridos porque quiere estar más a solas con los discípulos más cercanos para irlos instruyendo. Momentos de hermosa conversación con confidencias de parte de Jesús de todo lo que El sabe que un día le va a suceder y por eso les habla de su entrega de amor hasta la muerte; momentos de distensión entre los discípulos para ellos ir charlando entre ellos también, pero donde van aflorando una serie de sentimientos, apetencias y ambiciones. Quizá el que Jesús se hubiera llevado solo a tres de ellos consigo cuando subió a la montaña pueda estar en la raíz de aquellas conversaciones.
Como nos sucede también a nosotros que con algunos más que con otros nos manifestamos tal como somos, con los sueños que tenemos en nuestro interior, con las apetencias de lo que deseamos que sea nuestro futuro; y en esas confidencias dejamos traslucir también las desconfianzas que podamos sentir ante algunas situaciones de la vida; como solemos decir, eso te lo digo a ti porque tenemos confianza, porque con otros no lo hablaría; y nos hacemos comparaciones, y miramos a los demás con lupa sobre lo que les sucede o lo que van logrando en la vida y aparecen también las reticencias y hasta envidias que podamos sentir hacia los demás. Como decíamos al principio, por qué a aquellos sí y a nosotros no, y nos hacemos nuestras comparaciones porque quizá nos podamos ver minusvalorados.
Cuando llegaron a Cafarnaún Jesús le preguntó que dé que venían hablando por el camino. Pero ellos, nos dice el evangelista, no contestaron porque habían venido discutiendo quien iba a ser el primero entre ellos. Y Jesús comienza a explicarles de nuevo pacientemente lo que tantas veces les había dicho.Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’. Y llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. ‘El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mi no me acoge a mí, sino al que me ha enviado’.
Hacerse pequeño, pero saber acoger a los pequeños. Vivir el espíritu de humildad y de servicio pero saber acoger y valorar al que es humilde y sencillo. No es el camino de las apariencias ni de las grandes cosas, sino del servicio humilde; no son las grandeza humanas del poder o de los primeros puestos, sino el saber estar atento a todos, para valorarlos a todos, para ser servidor de todos; no es la carrera loca de los que quieren estar por encima de todos sino el saber dar paso al otro reconociendo su valor y su importancia; no es hora de recelos y desconfianzas sino la de poner cada uno su grano de arena allí donde está para hacer el bien y ese bien sea para todos.
Qué mundo más bonito estaríamos construyendo si siempre actuáramos así desde el espíritu de servicio y la búsqueda del bien común.

lunes, 25 de febrero de 2019

Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará


Creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor que nunca nos fallará

Eclesiástico 1,1-10; Sal 92; Marcos 9,14-29

Hay ocasiones en que el camino de la vida se nos hace duro y difícil; un accidente, una enfermedad, unos problemas que surgen en el trabajo o en el negocio y parece que todo se viene abajo, dificultades en las relaciones familiares que entorpecen la convivencia o que pudieran hasta poner en peligro la estabilidad del matrimonio o de la familia… nos vemos llenos de sombras, no sabemos cómo salir adelante, tenemos el peligro de desmoronarnos y hasta perder la confianza en nosotros mismos, parece que perdemos la esperanza.
Pero queremos luchar, queremos salir adelante, buscamos remedios y soluciones, dialogamos todo lo que sea necesario y aun así nos cuesta encontrar la luz. Pero hemos de tener confianza aunque se nos tambalee el mundo a nuestros pies, tenemos que buscar razones y motivaciones dentro de nosotros mismos para levantar el ánimo. El camino se hace difícil pero queremos perseverar.
Hoy contemplamos en el evangelio la angustia de un padre que tiene a un hijo enfermo, poseído por un espíritu maligno como era la manera de pensar de aquel tiempo. Había acudido a Jesús que no estaba en aquellos momentos con el grupo de los discípulos – había subido a la montaña con tres de ellos donde había sido la transfiguración – y aquel padre había pedido a los discípulos de Jesús que hicieran algo por su hijo. Recordamos como en un momento del evangelio Jesús había enviado a los discípulos con su poder y con su misión al anuncio del Reino dándoles la potestad de expulsar los demonios. Ahora no habían podido hacer nada por aquel muchacho y crecía la angustia de aquel padre.
Llega Jesús y se encuentra con el alboroto, pregunta qué ha pasado y le cuentan lo sucedido; los discípulos no habían podido curar a aquel muchacho. Se queja Jesús de la falta de fe de sus discípulos y entra en diálogo con aquel padre angustiado. Si algo puedes, ten lástima de nosotros y ayúdanos’, le pide aquel buen hombre. ‘Todo es posible para el que tiene fe’, es la respuesta de Jesús. ‘Tengo fe, pero dudo; ayúdame’ es el grito que sale del corazón de aquel padre al que le costaba mantener la esperanza.
Cuántas veces en nuestras luchas nos sucede así, queremos tener esperanza, pero parece que la esperanza se acaba. Queremos luchar, pero nos sentimos sin fuerzas. Queremos seguir caminando en la vida, dispuestos a recomenzar una y otra vez, pero parece que todos los caminos se nos cierran. Es entonces cuando tenemos que mantenernos firmes, cuando tenemos que mantener la fe y la esperanza. No sabemos cómo pero sabemos que el Señor está con nosotros y nos ayuda. Luego nos daremos cuenta que en aquellos momentos de zozobra parecía que había una mano que nos sostenía. El Señor no nos abandona.
Esa tiene que ser también nuestra suplica esperanzada pero al mismo tiempo con humildad. Reconocemos que algunas veces parece que la fe hace aguas, pero pedimos al Señor que nos ayude, que nos dé esa fortaleza que necesita nuestra fe. Es un don de Dios, un don sobrenatural, porque creemos por encima de todas las confianzas humanas, creemos con la fortaleza y la gracia del Señor. Por eso no nos podemos cansar de pedir la fe. Con nuestra perseverancia salvaremos nuestras almas, como nos dirá en otro lugar la Escritura santa.

domingo, 24 de febrero de 2019

Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor



Por encima de todas las consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor

1Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23; Sal 102; 1Corintios 15, 54-58;  Lucas 6, 27-38

Página sublime sobre el amor la que nos ofrece hoy el evangelio. Muchas veces cuando buscamos una página de la Escritura que nos hable de la sublimidad del amor acudimos todos al capítulo 13 de la primera carta a los Corintios, y por supuesto que no hacemos mal, porque san Pablo elocuentemente y hasta de forma poética nos hace allí una bello cántico del amor. Pero no es menos sublime, sino que me atrevo a decir que tiene una profundidad mayor en la forma concreta de cómo nos habla del nuevo sentido del amor, esta página del evangelio que hoy se  nos propone en la liturgia de este domingo.
Es una página rompedora, porque de alguna manera nos trastoca los conceptos y la manera que tenemos de ver el sentido del amor. Porque pensemos, por ejemplo, cómo amamos nosotros y a quien amamos de forma casi espontánea y natural. Nuestra forma natural de entender el amor es entrar en la órbita donde nos sentimos amados y convertimos nuestro amor como en un intercambio; me amas, te amo, haces algo por mí yo lo haré por ti también, hoy te presto un servicio y hasta soy capaz de sacrificarme pero ya tú me corresponderás cuando yo lo necesite. Pero pensemos seriamente, ¿no se nos quedará algo cojo un amor así tan interesado y tan de búsqueda de correspondencias?
Y ¿qué nos dice Jesús hoy? Eso lo hace cualquiera, no viene a decir. Hasta los paganos lo hacen, hasta los que no tienen ningún sentido de Dios hacen lo mismo también con los suyos. Decimos un amor solidario, porque nos sentimos hermanos e iguales, y eso está bien, pero es que el amor tiene que ser algo más; también a los que no se consideran iguales – y bien que nos hacemos esas distinciones, aunque digamos lo contrario, en la sociedad en la que vivimos – tenemos que mostrar amor; también al que pueda sentir como un contrincante, porque tiene opiniones distintas, porque plantea las cosas de otra manera – y miremos como en la normalidad de la sociedad en la que vivimos a los contrincantes parece que hasta los consideramos enemigos – pues también a esos tenemos que amar.
La altitud de miras que nos propone Jesús, el ideal de amor que nos ofrece – y que veremos en El primero que nada – es muy distinto, porque nos está diciendo que no solo a los que no piensan como nosotros sino incluso a aquellos que nos hayan podido hacer mal, a esos también tenemos que amar.
No es un amor cualquiera, no es un amor vivido con cualquier medida a lo humano que siempre se nos quedará raquítica, es un amor generoso, un amor amplio, un amor con miras universales lo que nos está proponiendo Jesús. No es un amor fácil porque aunque estamos hechos para el amor sin embargo pesan en nosotros muchas debilidades humanas; y fijaos que digo humanas, porque entran en las características de la persona; que no son simplemente meros instintos animales, en cosas que nos pueden deshumanizar; es que el amor que nos enseña Jesús, como decíamos antes, es un amor sublime, que nos eleva y nos pone por encima de los mejores deseos humanos que podamos tener; es un amor que de alguna manera nos diviniza, nos hace entrar en el ámbito de lo sobrenatural.
Pero eso no significa que no lo podamos alcanzar, que no lo podamos vivir. Delante de nosotros va Jesús con ese amor, como ejemplo y como estímulo señalándonos el camino, pero es además que con nosotros va Jesús que nos acompaña con su gracia, que nos fortalece con su vida divina en nosotros. El nos regala su Espíritu, su Espíritu de amor. Y es que Jesús nos está señalando un nuevo sentido de vivir.
Al entrar en esa nueva órbita del amor estamos entrando un nuevo sentido de vivir. Es cuando aparece en nosotros la compasión verdadera y el verdadero espíritu de la misericordia. Es cuando en la generosidad de nuestro amor entraremos en los caminos del perdón, y ya sabemos cuánto en este sentido luego a lo largo del evangelio nos irá diciendo Jesús.
No terminamos de entenderlo en toda su amplitud y por eso nos cuesta luego tanto el vivirlo. Porque seguimos juzgando y condenando, seguimos haciéndonos nuestras reservas para quien un día falló o para quien en una ocasión quizá nos ofendió; porque aunque digamos lo contrario y hablemos de manera sublime del amor y de la misericordia, seguimos marcando como con un sambenito a quien un día cometió un grave error o un grave pecado y aunque decimos que perdonamos quizá todavía seguimos queriendo ponerlo en manos de la justicia o querríamos hacerlo desaparecer de la faz de la tierra.
Tenemos que pensarnos muy mucho eso que decimos que la Iglesia es la casa de la misericordia cuando quizá seguimos dejándonos arrastrar por criterios del mundo donde no cabe el perdón y puede que no aparezcan tan claras esas actitudes y valores evangélicos porque ciertas influencias mediáticas siguen cargando sobre la misma Iglesia y podríamos quizá comenzar a actuar como nos pide el mundo. Triste sería que la Iglesia no se mostrara siempre como la madre de la misericordia para todo el género humano, y digo, para todos.
Por encima de todas esas consideraciones humanas que nos podamos hacer dejémonos empapar por el espíritu del Evangelio para que brille en nosotros el verdadero amor.