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miércoles, 13 de octubre de 2021

Camino de superación y de esfuerzo para vivir con autenticidad nuestra vida poniendo rectitud en el corazón

 


Camino de superación y de esfuerzo para vivir con autenticidad nuestra vida poniendo rectitud en el corazón

 Romanos 2,1-11; Sal 61; Lucas 11,42-46

Ojalá fuéramos con nosotros mismos al menos la mitad de lo exigentes que somos con los demás. A nosotros mismos nos lo perdonamos todo, o al menos siempre queremos encontrar siempre una disculpa que nos justifique de lo que hacemos, pero qué duros nos volvemos en el juicio que hacemos de los demás; no dejamos pasar ni la media.

Me vais a decir que me estoy pasando en mis apreciaciones, pero si no, miremos lo que son nuestras críticas y murmuraciones habituales que hacemos de los demás; siempre estamos con el juicio pronto y la condena, pero cómo nos duele que nos critiquen los demás, que alguien se atreva a decir algo de nosotros, porque además siempre nos creemos que lo hacemos todo bien, y si en un momento determinado nos cogen en algo que no  hicimos de una forma tan correcta, siempre tenemos a punto nuestras disculpas y nuestras justificaciones.

Cuando hoy escuchamos en el evangelio la condena que Jesús hace de los fariseos y de los maestros de la ley porque actúan con doble cara o doble moral, nos parece que eso a nosotros casi no nos toca; pero tenemos que tener la humildad suficiente para darnos cuenta cómo nosotros andamos también con esa doble moral tantas veces en nuestra vida, cómo queremos aparentar unas cosas que realmente en lo más hondo de nosotros mismos no hacemos, cómo hay esa doble cara – y eso se llama hipocresía -, por una parte la apariencia que queremos dar, y realmente lo que en nuestro corazón ocultamos quizás con tantas malicias y tantos malos deseos. Una es la regla que queremos imponer a los demás y otras son las cosas que nos permitimos allá en lo secreto de nuestro corazón olvidándonos también tantas veces de lo que es la verdadera ley del Señor.

Vivir una vida de rectitud, manteniendo nuestra fidelidad es algo que muchas veces nos cuesta porque nos sentimos tentados por muchos lados; no es fácil, nos cuesta; esa corrupción que tanto está afectando a nuestra sociedad en tantos aspectos es algo que sutilmente nos tienta también; muchas veces podemos olvidar esos principios de rectitud, de una auténtica ética y moralidad que tendrían que ser los que tendrían que primar en nuestra vida y nos dejamos conquistar por ese irse deslizando por aquello de que todos los hacen, que al final podemos terminar haciéndolo nosotros también.

Es aquí donde tenemos que pensar el testimonio claro y valiente que tenemos que dar frente al mundo que nos rodea los que nos decimos que creemos en Jesús y le seguimos. Siempre hemos de estar en camino de superación y de crecimiento, de vigilancia interior y de revisión contínua de nuestras actitudes y de nuestros comportamientos; como decíamos antes, tenemos el peligro de contagiarnos fácilmente del ambiente corrupto que nos rodea. Siempre hemos de vivir una vida en ascensión, aunque nos cueste, aunque la pendiente de la vida nos lo ponga difícil, una vida de crecimiento.

Es la victoria de cada día para superar nuestro yo egoísta, para no dejarnos envolver por la vanidad, para ser auténticos en lo que hacemos y vivimos, para que haya una verdadera sinceridad en nuestra vida, para que nos sintamos fuertes frente a los vendavales que nos puedan azotar para distraernos y alejarnos del verdadero camino. No lo damos ya por hecho y conseguido, sino que sabemos que a cada instante tenemos que superarnos de nuevo porque nuevo puede ser el obstáculo que podamos encontrar.

Tenemos una cosa cierta, que nunca nos faltará el Espíritu del Señor que nos llena de fortaleza y nos hace sentir la verdadera alegría cristiana en nuestro corazón cuando logramos superar todas esas tentaciones.

domingo, 9 de agosto de 2020

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

 

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra pero en el susurro silencioso de la suave brisa se hace presente el Señor

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

Una barca que va atravesando el lago, una travesía que se hace costosa y con el viento en contra parece que los brazos son pocos para hacerla avanzar, una sensación de soledad en el silencio de la noche porque aquel que más deseaban que estuviera con ellos los había apremiado a embarcarse pero él se había quedado en tierra, imágenes que aparecen ante sus ojos que les parecen frutos de su imaginación pero que no terminan de comprender todo su sentido. Una descripción de la situación anímica en que muchas veces nos encontramos en la travesía de la vida. Nos sentimos solos y sin fuerzas, parece que nunca vamos a alcanzar la meta hacia la que queremos avanzar.

Este episodio del evangelio que nos presenta la liturgia en este domingo lo podemos transportar y traducir a muchas situaciones en las que nos encontramos en la vida. No siempre los caminos son fáciles, no siempre logramos lo que ansiamos a la primera sino que muchas veces parece que todo se nos viene en contra. Lo pensamos a nivel individual de nuestras luchas particulares pero lo pensamos en el camino de nuestra sociedad y en el camino de la Iglesia.

Puede reflejar muy bien el momento presente de nuestra sociedad con sus crisis y con sus pandemias; porque ahora nos vemos muy afectados por esta crisis sanitaria que vive toda la humanidad y que luego se deriva en muchísimos otros problemas sociales que están desequilibrando la vida y el sentido y valor que le hemos dado a las cosas hasta el momento presente. Pero no es la única crisis del mundo de hoy tan envuelto en corrupción, con tantos intereses encontrados, con tantos enfrentamientos sociales de todo tipo, con la falta de paz en nuestro mundo tan lleno de violencias que no son solamente las guerras entre pueblos y naciones, sino en esa acritud con que vivimos la vida y con esa violencia que aparece a cualquier momento o a cualquier tensión.

El viento en contra. Son muchas las personas de buena voluntad que quieren un mundo mejor y por ello y para ello intentan trabajar pero aparecen tantas cosas que destruyen ese trabajo, rompen esas ilusiones, nos hacen perder la fuerza y el empuje que tanto necesitamos para ir levantando poco a poco ese mundo mejor. Pero son muchos los vientos en contra.

Y decíamos antes también es el camino de la Iglesia. Los que creemos en Jesús hemos sido enviados al mundo con una Buena Nueva de salvación y así la Iglesia va atravesando esas aguas procelosas de nuestro mundo que tantas veces incluso se le vuelve adverso. Hubo quizá momentos de cristiandad en que todo parecía triunfalismo y nos creíamos que ya el mundo estaba convertido al evangelio, pero nos vamos dando cuenta de cuántos vacíos hay en nuestra sociedad, de cuánta falta la fe y cómo en tan poco valor se tienen los valores del Evangelio.

El mundo que nos creíamos tan religioso no lo es tanto porque un nuevo paganismo aflora por todas partes y algunos quieren incluso resucitar viejas tradiciones paganas porque nos dicen que no teníamos derecho a transformar nuestro mundo según los valores del evangelio. Son muchos los vientos en contra con los que nos encontramos y sentimos también en ocasiones, por nuestra falta de fe, una sensación de soledad y casi como si estuviéramos abandonados a nuestra suerte.

Y nos pueden aparecer fantasmas que nos confundan. O quizá nosotros mismos nos creamos expectativas de cosas extraordinarias, milagros espectaculares en los que queremos encontrar a Dios y encontrar el camino de salvación que El nos ofrece. Pero hoy nos está pidiendo que sencillamente nos mantengamos firmes en nuestra fe, sin desconfianzas ni miedos, sin buscar cosas espectaculares, sino sabiendo sentir en silencio esa mano de Dios que está con nosotros, nos levanta, y nos hace sentir su presencia con nosotros en la barca. Pedro quizá quiso hacer cosas espectaculares y él caminar también sobre las aguas, pero cuando se levantó un poco de viento y se movieron un poco las olas dudó y casi se hundía.

Pero allí estaba el Señor, aquí está el Señor tenemos que decir con toda confianza. Y hacer silencio en nuestra oracion para escuchar el susurro de su presencia y el susurro de amor de sus palabras. Elías allá en el monte de Dios no lo encontró ni en la tormenta ni en el viento impetuoso, lo sintió y experimentó en el silencio de la suave brisa. Tenemos que aprender a saborear esa suave brisa de la presencia del Señor en nuestra vida, en medio de nuestras tormentas, nuestras luchas, nuestras dudas, nuestros miedos e incertidumbres, en medio de ese mundo revuelto en el que vivimos y que nos parece que no sabemos como vamos a salir adelante. Cada uno pensemos también en nuestras propias tormentas personales. A través de todo eso y en el silencio de nuestro corazón nos habla el Señor, se hace presente el Señor.

Pero ahí está el Señor, que viene a nosotros cuando está el viento en contra, que viene a nosotros en la suave brisa, que viene a nosotros en el silencio de la montaña, que viene a nosotros cuando nos parece que nos sentimos en soledad pero El nos hace sentir a su manera las llamadas del amor.

sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. ‘En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

viernes, 28 de febrero de 2020

No son nuestras obras las que merecen nuestra justificación que nos viene por la misericordia de Dios que nos ama aun siendo nosotros pecadores


No son nuestras obras las que merecen nuestra justificación que nos viene por la misericordia de Dios que nos ama aun siendo nosotros pecadores

 lsaías 58, 1-9ª;Sal 50; Mateo 9, 14-15
Tratar de ganarnos el favor de alguien prometiendo u ofreciendo regalos para ganarnos así su simpatía y benevolencia es algo que sabemos bien que abunda mucho en nuestras relaciones sociales; gestos y detalles de este tipo que se realizan de manera inocente es frecuente entre las personas cercanas, pero que se va agrandando en malicia cuando se trata de ganarse el favor de los poderosos, o de los que tienen alguna influencia en el desarrollo de la sociedad.
Bien sabemos que eso está tipificado como soborno, tráfico de influencias, malversación y otros términos en el aspecto ético y legal y también cómo demasiado funciona nuestra sociedad desde esas instancias; bien conocemos cuantas corruptelas de este tipo manejan los hilos de nuestra sociedad en tantos aspectos de la vida social, política o simplemente de la administración. No es cuestión de ser agradecidos por lo que hayan hecho a favor nuestro, aunque en los que tienen a función de la administración entra esa tarea en su responsabilidad - ¿tendríamos que estar agradecidos por el cumplimiento de su deber? -, sino que podemos descubrir otros intereses o intenciones.
Pero me quiero hacer una pregunta en referencia a nuestras relaciones con Dios. En nuestra mezquindad en muchas de nuestras prácticas religiosas ¿no andaremos actuando en cierto modo de esa manera? ¿No pretenderemos en muchas ocasiones comprarnos el favor de Dios con nuestros regalos, que pueden ser nuestras ayunos o nuestros sacrificios, nuestras ofrendas o la promesa de rezos interminables, o con esas donaciones en las que pretendemos quizá ganarnos un prestigio y hasta que quede nuestro nombre para la posteridad?
Lo hemos escuchado muchas veces en el evangelio y hoy de nuevo vuelve a plantearse, la queja que tenían los fariseos contra Jesús porque sus discípulos no ayunaban como lo hacían los discípulos de Juan o los mismos discípulos de los fariseos. Claro que Jesús les responde que si ayuno tenía un sentido de luto y sacrificio, tal como ellos lo practicaban, qué sentido tenia que los amigos del novio ayunaran mientras estuvieran acompañando al novio en su fiesta de bodas. Pero ellos ayunaban para ganar méritos, que era una forma de justificarse ante Dios, pero también de ganar el prestigio delante de los demás de ser unas personas muy piadosas y cumplidoras.
En otra ocasión Jesús les dirá que bien decía el profeta que este pueblo me honra con sus labios, mientras su corazón está lejos de mí. En los textos que nos ofrece la liturgia para este día escuchamos también la voz del profeta que denuncia la mala práctica que tenían los judíos con sus ayunos. Mucho cumplimiento, muchas prácticas religiosas, muchas ofrendas sobre todo hechas con ostentación, pero en sus corazones no reinaba la compasión y la misericordia.
Es claro, radical podríamos decir, lo que nos dice el profeta que tendríamos que meditar mucho. ‘En realidad, el día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo…’ Es clara la voz del Señor a través del profeta.
Por eso les señala claramente cual ha de ser el verdadero sentido de su ayuno para que sea agradable al Señor: ‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor’.
Creo que no hacen falta muchas explicaciones sino escuchar con sincero corazón la Palabra del Señor por el profeta. Pon amor en tu corazón, llena de dulzura tu vida, que te presencia sea agradable para los demás por tu bondad, comparte con generosidad desde lo hondo de tu corazón, vive con cercanía a los hermanos que peregrinan a tu lado.
Esa ofrenda que haces al Señor no es para ganarte su favor, sino es la respuesta generosa que quieres dar con tu vida cuando  has sentido su amor en ti. Como dice oro lugar de la Escritura la limosna borra todos tus pecados; que con la generosidad de tu corazón te desprendas de ti mismo, en lo que quizá más te cuesta que muchas veces no son las cosas de las que desprendes, sino el cambio de actitudes en tu corazón y será la verdadera penitencia que ofrezcas a Dios no como signo de reparación sino como muestra de tu amor.
No son tus obras las que merecerán el perdón y la justificación porque eso es regalo del Señor que nos ofrece en Cristo Jesús que murió no porque nosotros fuéramos buenos sino que nos amó aun siendo pecadores.


martes, 18 de febrero de 2020

Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida


Evitemos las levaduras del mundo y no olvidemos cuales son nuestras metas, los valores que tienen que envolver nuestra existencia y da un sentido hondo a la vida

Santiago 1, 12-18; Sal 93; Marcos 8, 14-21
‘A los discípulos se les olvidó tomar pan, y no tenían más que un pan en la barca’. Vaya despiste. Lo normal era que cuando se ponían en camino echaran un poco de pan en la alforja. El bocadillo para el camino que diríamos hoy. Lo normal era que en sus propias casas se hicieran el pan; tenemos que situarnos en la época y en sus costumbres, pero contando también con su pobreza. ¿Por qué llevaba aquel muchacho aquellos cinco panes y dos peces de los que se nos habla en otro lugar? Eran las previsiones para el camino.
Así andaban los discípulos, quizá preocupados, quizá imaginando lo que Jesús les pudiera decir y como resolver el asunto cuando Jesús como cambiando de tercio pero dentro aun del mismo campo les dice que tengan cuidado con la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes. ¿Era una forma de reprensión? ¿Se sentían aludidos en sus despistes o qué quería decir Jesús? No terminan de entender, andan como embotados y Jesús se los echará en cara, por hablar de pan por pan les recuerda lo que había hecho en varias ocasiones en que la multitud había comida hasta saciarse y aun había sobrado. Luego Jesús quería decir algo más.
Los panaderos lo saben y quienes hacen sus amasijos en casa para lo que fuera saben muy bien que no todas las levaduras son iguales. Que algunas fermentan mejor o nos dan mejor sabor de pan y otras quizá hasta lo pueden estropear. Y Jesús ahora no está hablando de cantidades de pan sino de distintas levaduras, pero para la vida. Podíamos decir que la levadura hace que el pan sea pan y sea buen pan, y esa levadura de la que ahora nos habla Jesús es la que nos da sentido o valor a la vida y tendríamos que ver cual es ese sentido y ese valor.
En la vida recibimos una educación de nuestros padres que nos inculcan unos valores  que nos enseñan a vivir. Y el padre se siente satisfecho y orgulloso cuando ve crecer a su hijo y lo ve madurar en responsabilidades y en buenos valores. Pero sabemos también que se puede torcer, porque hay otras influencias que recibimos de nuestro entorno, que recibimos de los amigos, que recibimos del conjunto de la sociedad, que nos bombardea con sus publicidades engañosas y pretende muchas veces hacernos cambiar en nuestros principios y en nuestros valores.
Y el mundo se nos presenta sensual y materialista y nos quiere hacer ver que esas son las cosas importantes que nos pueden hacer felices; y nos encontramos con corruptelas de todo tipo en los negocios, en la vida social, en la política y ya tenemos el peligro de verlo tan normal y natural que casi nos sentimos impulsados a actuar de esa manera. Y nos parece que si no damos el pelotazo para sacar unos provechos y unas ganancias en aquello que hacemos olvidando los mínimos principios éticos, seriamos los más tontos del mundo que no sabemos aprovecharnos como lo hace todo el mundo.
Muchos ejemplos, muchas situaciones podríamos seguir contando pero creo que todos entendemos. Es esa levadura corrompida que nos corrompe, es esa levadura de maldad que se nos mete en los entresijos de la vida y nos lleva a actuar de esa forma injusta y dañina produciendo también tanto dolor en el mundo. Cuando llegamos a acostumbramos a esos sabores todo nos parece normal y perdemos la sensibilidad ética y moral de nuestra conciencia.
Jesús les dice a los discípulos que cuidado con la levadura de los fariseos que trataban de influir en la gente convirtiendo en manipuladores de sus conciencias y que estaban dispuestos a destruir todo lo que no fuera a su manera y según el concepto que ellos tenían de la vida y de la religión. Y lo mismo de la levadura corrupta y sensual de Herodes que en todo buscaba los placeres a su conveniencia y también dispuesto a quitar de en medio a quien pudiera oponerse a su manera de entender la vida como hizo con el Bautista.
Evitemos esas levaduras del mundo, nos viene a decir Jesús, y no olvidemos cuales son nuestras metas, cuales son los valores que tienen que envolver nuestra existencia, cuales son las verdaderas cosas que dan un sentido hondo a nuestras vidas. Busquemos la levadura de Jesús.

viernes, 10 de enero de 2020

Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?


Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades y los que creemos en Jesús la tenemos en nuestras manos ¿qué hacemos?

1Juan 4, 19–5, 4; Sal 71; Lucas 4, 14-22a
Ya no les prestamos atención a las buenas noticias o será acaso que no hay buenas noticias que lleguen a nosotros. Son tantas las cosas impactantes que recibimos a cada momento a través de los medios de comunicación que quizá tendríamos que detenernos un poco y respirar cuando en medio de tantas calamidades aparece una buena noticia. Nos cansamos de todo y sobre todo, valga la redundancia, que lo que nos llega sea la mayor parte desagradable y no haga sino en abundar en las violencias que cada día nos envuelven, y no precisamente con papel de regalo. Terremotos, incendios, asesinatos, corrupción, mentiras y falsedades… son tantas las cosas que al final no queremos oír nada y si acaso llega una buena noticia queda traspapelada y perdida en ese cajón de desastres.
Es importante todo esto que voy reflexionando porque es constatar unas realidades, pero también como seguidores de Jesús tenemos que hacer que esas cosas cambien, no nos podemos conformar quedándonos con los brazos cruzados. Tenemos que aprender a destacar las cosas buenas aunque sean pequeñas e imperceptibles, porque son semillas poderosas que a la larga pueden darnos buenos frutos.
Hoy contemplamos en el evangelio que Jesús va a su pueblo de Nazaret. Desde el comienzo de su actividad pública se había establecido en Cafarnaún pero ahora vuelve a su pueblo y el sábado se presenta en la sinagoga, como era su costumbre. Le ofrecen hacer la lectura del profeta y hace el comentario. Y con la palabra del profeta en la mano les viene a decir que es el Ungido del Espíritu que trae una buena noticia para los pobres, que habrá libertad para los cautivos y que llega el año de gracia del Señor. Pero lo más importante y radical es decirles que eso ya se está comenzando a cumplir. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.
Una buena noticia que es anuncio de libertad y de perdón, una buena noticia de manera especial para los pobres y para los que se sienten cautivos, cautivos en la cárcel o cautivos en sus limitaciones, ciegos, cojos, inválidos... En aquel momento podríamos decir que aquello era revolucionario, porque era un cambio radical lo que se anunciaba. La buena noticia no era para los poderosos o los que sentían bien, la buena noticia era para los pobres y para los que sufrían. Y no era algo para otro tiempo sino que era algo para ‘hoy’. Hoy se cumple, porque allí está el ungido del Señor, el enviado con el poder del Espíritu. Comenzaba una vida nueva, comenzaba un mundo nuevo.
¿No necesitamos hoy nosotros escuchar también esa buena noticia? Pobres, cautivos, con multitud de limitaciones e imposibilidades en nuestro mundo en crisis y desorientado, en ese mundo de mentiras y de falsedad que vivimos, en ese mundo inquieto pero al que le falta la paz, que ha perdido su norte, en ese mundo en que los que se creen poderosos solo actúan desde sus intereses y les falta una visión amplia para ver lo mejor que necesita nuestra sociedad y trabajar por ello, en esa lucha de poder que vemos que cada día aflora con un matiz nuevo pero no para mejorar sino para hundirnos más en nuestras crisis que no hacen vislumbrar la posibilidad de un mundo mejor. Miremos lo que hacen los dirigentes de nuestra sociedad, veamos por el camino que nos llevan o nos quieren llevar como corderitos porque quien no piense como ellos ya no las tiene todas consigo.
Necesitamos una buena noticia que nos haga ver la luz en medio de tantas oscuridades. Nosotros los creyentes en Jesús tenemos esa buena noticia en nuestras manos, porque tenemos el evangelio de Jesús, pero ¿qué estamos haciendo con esa buena noticia? ¿En qué se nota que nos sentimos comprometidos con ese evangelio? ¿Qué es lo nuevo que le ofrecemos a nuestra sociedad desde esos valores en los que creemos? Podría seguir diciendo o preguntándome muchas cosas, pero es hora de que cada uno nos pongamos a pensar seriamente pero seriamente a comprometernos.

viernes, 8 de noviembre de 2019

No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu


No dejemos que se oscurezca el mensaje del evangelio sino mostrémoslo al mundo con alegría, con elegancia, con valentía, porque tenemos la fuerza del Espíritu

Romanos 15,14-21; Sal 97; Lucas 16,1-8
Camarón que se duerme se lo lleva la corriente, es un dicho popular que nos quiere decir que tenemos que andar despiertos en la vida. Así vemos cómo muchos se aplican y con fervor este dicho y así van por la vida poco menos que parece que se quieren comer el mundo apabullando todo lo que encuentren por delante.
Despiertos tenemos que estar, es cierto, pero una cosa que no podemos olvidar son los métodos que empleemos para ello. Todos quieren acaparar para si, todos quieren tener muchas cuotas de poder sea como sea, todos quieren convertirse en reyes y señores para dominar y vemos tantas veces para manipular a los demás. Lo vemos continuamente en la vida social, en las relaciones de unos y otros, en la vida política; cuánta corrupción se nos va metiendo en la vida, en la sociedad; no nos damos cuenta que al final terminamos destruyéndonos solo por tener quizás unos minutos de gloria.
Lo malo es que todos tenemos la tentación de caer en esas redes, de hacer de la misma manera, porque como piensan algunos si los otros sí ¿por qué yo no? Y nos deslumbramos fácilmente y comenzamos a actuar de la misma manera. Es una tentación frecuente y muy presente en la vida. Y hasta en nuestros ámbitos eclesiales nos podemos encontrar con situaciones así de manipulación, de dominio desmedido, de imposición de mis formas de ver las cosas, de sobresalir con mis orgullos y mis vanidades. Y al final caemos en un desprestigio total, y la fe y el evangelio se oscurecerán con estas tinieblas con las que nos envolvemos y lo que tendría que ser un buen testimonio se convierte en un contratestimonio.
Hoy el evangelio nos presenta una parábola desconcertante. En una primera lectura nos cuesta entenderla porque nos hacemos una interpretación superficial sin llegar a caer en la cuenta de lo que realmente Jesús nos quiere decir. Parece como si se alabara la corrupción de aquel hombre que se busca el ganarse el afecto de los que le rodean y no le importa de qué manera. El amo del que habla la parábola habla de la sagacidad de aquel hombre, pero la parábola nos quiere decir que seamos capaces de ser sagaces, despiertos, pero para el anuncio del evangelio, para el buen testimonio de los valores cristianos, de la vida cristiana.
Ojalá pusiéramos nosotros tanto empeño en el anuncio del evangelio como los sagaces de este mundo lo hacen para sus planes. Tenemos que estar despiertos porque en ese deseo de hacer que nuestro mundo sea mejor según los parámetros del evangelio no podemos dejar que otros hagan, sino que nosotros tenemos que poner todo nuestro esfuerzo y voluntad.
Sabemos que no es fácil porque quizá a muchos haya otras cosas que le atraigan más, pero es cuando nosotros hemos de hacer valer ese mensaje del evangelio porque en el testimonio de lo que nosotros vivamos podamos enseñar a los demás la plenitud de vida, de dicha, de realización de nuestra persona que nosotros podemos alcanzar viviendo esos valores del Evangelio.
Pero parece en ocasiones que vamos como acobardados o avergonzados y no damos la cara, no mostramos nuestra alegría, no nos mostramos valientes y con fuerza para hacer ese anuncio del evangelio. Nos dejamos comer el terreno, nos dejamos comer por esas fuerzas de nuestro mundo y algunas veces andamos incluso con componendas que pueden desvirtuar el mensaje del evangelio. No podemos dejar que se oscurezca, tenemos que mostrarlo a plena luz, con energía, con valentía, con elegancia, con alegría honda en el corazón.

sábado, 3 de agosto de 2019

Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias


Cuidado las pendientes en que nos pongamos en la vida que resbalamos hasta caer y luego vienen las malas conciencias

Levítico 25,1.8-17; Sal 66;  Mateo 14,1-12
Cuando tenemos mala conciencia por algo que hemos hecho si hay un mínimo de sensibilidad en nosotros nos sentiremos inquietos, algo pesa dentro de nosotros que no nos deja tranquilos y llegamos incluso a ver en lo que luego nos está sucediendo como consecuencias de aquello malo que hicimos y de alguna manera nos arrepentimos y quisiéramos actuar en delante de otra manera.
Claro que también está el que ha insensibilizado su conciencia y trata de olvidar como si nada hubiera pasado, tratando así de acallar esas voces que pudieran surgirnos en nuestro interior. Quien no tiene conciencia seguirá actuando quizá de la misma manera porque hasta vería como natural el que actuáramos así. Diversas maneras que tenemos de afrontar nuestra propia vida y aquellas cosas en las que hemos errado o en con las que hemos hecho mal a los demás.
Herodes ha oído hablar de Jesús, del mensaje que enseña y de las obras maravillosas que hace. Pero se siente incómodo, como se sienten incómodos los que tienen mala conciencia de lo que hacen cuando se encuentran con una persona que actúa rectamente, que enseña lo bueno y que hasta es ejemplo de vida para los demás. Por eso su reacción es pensar si acaso Jesús, el profeta de Nazaret del que le hablan, no sería Juan Bautista al que él había mandado decapitar. 
Quizá en un primer pensamiento tendríamos que plantearnos cómo nosotros reaccionamos ante lo bueno que vemos en los demás si somos conscientes del mal que muchas veces se nos mete en el corazón.
El evangelio ve ocasión en estas reacciones de Herodes para narrarnos lo que había sucedido. La vida de Herodes no era precisamente una vida recta. Conocida es su vida libidinosa y como se dedicaba más que nada a sus fiestas y sus orgías. Sigue siendo la tentación de los poderosos que se aprovechan de su poder para vivir una vida muchas veces licenciosa. Cuántas corruptelas se ocultan tantas veces detrás del poder. En nuestra sociedad comienza a salir a flote tanta corrupción de los que se aprovechan de la forma que sea de su poder y de su influencia. Demasiado envueltos en maldad vivimos en nuestra sociedad y cómo tendríamos que estar alertas.
Nos narra el evangelista que a Herodes le gustaba escuchar a Juan, pero podía más en él al final sus deseos de placer y sus corruptelas. Juan le hablaba claramente y le denunciaba la situación de pecado en la que vivía. Y por las influencias de quien era causa de pecado para él, termina por meter en la cárcel a Juan. Pero Heroidas no parará hasta lograr quitar de en medio a quien era una denuncia para su vida. La ocasión la da una de aquellas fiestas convertidas en orgías en las que se rodeaba Herodes de sus cortesanos y en la que la hija de Herodías bailó para el rey.
Fue el momento de debilidad final cuando nuestro corazón está ensombrecido y nuestra mirada es turbia. Encantado con el baile de Salomé le ofrece lo que le pida aunque sea la mitad de su reino. Es la ocasión de Herodías que convence a su hija para que pida la cabeza de Juan Bautista. Quien está en la pendiente fácilmente rueda cuesta abajo y es lo que sucedió a Herodes, sus juramentos, sus respetos humanos, su prestigio real, toda la maldad acumulada en su corazón le llevan a dar la orden de decapitar al Bautista. Más tarde vendrá la mala conciencia de la que no se sabe cómo salir.
Un toque de atención a nuestra vida, una llamada. Cuidado con las pendientes en las que nos pongamos en la vida, que resbalamos hasta caer. ‘No nos dejes caer en la tentación’, decimos en el padrenuestro, ‘líbranos del mal’, le pedimos al Señor.

jueves, 28 de febrero de 2019

Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor


Que no falte entre nosotros la sal del evangelio para vivir en paz unos con otros llenando nuestro mundo de la alegría del amor

Eclesiástico 5,1-10; Sal 1; Marcos 9,41-50

Que no nos falte nunca la sal. Cuando nos falta la sal en casa, en la cocina parece que nada podemos hacer en la cocina porque a la comida le faltaría sabor. No entramos aquí en las limitaciones que se nos imponen por régimen alimenticio. Pero hay una sal que necesitamos en la vida y que va mucho más allá del condimento.
Esa persona tiene salero, decimos de alguien que vive la vida con alegría, que es optimista, que sabe darle alegría a lo que hace aunque esté pasando por malos momentos. Y estamos hablando sí de la alegría con que hemos de vivir, pero esa alegría la llevamos muy hondo cuando le hemos sabido dar un sentido a la vida y vivimos desde unos principios y valores con todas sus consecuencias.
La sal de la vida del cristiano que nace de su fe en donde encuentra ese sentido y ese valor a lo que hace; esa sal de la vida del cristiano que se va a manifestar en sus obrar, en su manera de actuar, en la rectitud con que vive pero en el amor que trasmite a cuantos se van encontrando con él en el camino de la vida. Esa rectitud que le llevará siempre a hacer el bien, a ser delicado con los demás, pero a ser delicado en sus posturas y en su actuar cuidando al mínimo detalle cuanto hace para no perder ese sabor cuando deja que el mal se meta en su corazón de cualquier manera. Por eso nos dirá Jesús hoy en el evangelio que algo tan sencillo como un vaso de agua dado con amor no dejará de tener su recompensa.
La sal, decimos, previene de que los alimentos se corrompan, pues necesitamos esa sal que nos fortaleza de tal manera y nos llene de vida para que no entre la corrupción del mal en nuestro corazón. Y Jesús es muy exigente y radical, para que arranquemos de nosotros esas raíces del mal que puedan corromper nuestro interior y con lo que podríamos hacer daño a los demás, hacer sufrir a los que están a nuestro lado. En eso tenemos que ser en verdad radicales en nuestra vida.
Arranquemos de nosotros todo aquello que nos puede llevar por los caminos del mal, todo aquello que pudiera poner en peligro en nosotros y en los que están a nuestro lado la rectitud y la santidad de su vida. Nos cuesta, pero hemos de poner todo nuestro empeño que la gracia del Señor nos ayudará. Cada día le pedimos al Señor con toda sinceridad que nos libre del mal, que no permita que nos veamos envueltos y arrastrados por la tentación y el pecado.
‘Que no falte entre vosotros la sal, y vivid en paz unos con otros’, termina diciéndonos hoy Jesús en el Evangelio. Si dejamos que nuestra vida se condimente bien con la sal del evangelio seremos distintos nosotros, pero también haremos mucho bien a nuestro mundo. Cuando nos dejamos impregnar de verdad por la sal del evangelio nuestra vida va a resplandecer con los valores del Reino de Dios, y resplandeceremos en el amor que nos lleva a hacer siempre el bien, que nos lleva al actuar siempre en justicia, que pondrá verdadera paz en nuestro corazón pero también en nuestras relaciones con los demás, habrá más autenticidad en nuestra vida porque no le tendremos miedo a la verdad, crearemos un mundo de verdadera fraternidad.
Que no nos falte la sal.

domingo, 21 de octubre de 2018

Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio


Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano o tendremos mayores responsabilidades en una función que se nos confíe, nuestra grandeza está en el espíritu de servicio

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

De tal manera aparece ante nuestros ojos continuamente sobre todo en las grandes figuras, en aquellas personas que nos parece que destacan, unos aires de grandeza y de poder, que de alguna manera nos contagiamos y esas son las ansias y deseos que van surgiendo también dentro de nosotros, las aspiraciones y sueños que van impregnando nuestra vida.
¿A quién no le gustaría ser grande y poderoso? Un poco se nos mete por dentro casi sin darnos cuenta que todo eso son caminos de riqueza, de dominio, de posicionamiento en lugares destacados en donde podemos alcanzar todo aquello que se nos antoje. Es lo que vemos fácilmente en tantas figuras que de la noche a la mañana se llenan de poder y de riquezas, algo que nos parece tan fácil de conseguir que de alguna manera lo anhelamos.
Luego nos aparecerá cuánta corrupción hay detrás de todo eso, cuántas manipulaciones de las personas, cuántos intereses ocultos, cuántos trapos sucios, podríamos decir, que de alguna manera queremos condenar, pero que por otra parte eso no nos merma esos deseos de grandeza que permanecen dentro de nosotros. Se siente uno hastiado de todo eso, pero también sentimos la tentación de la envidia porque de alguna manera ansiamos el poder.
Son cosas que nos pueden pasar a todos y que pueden suceder en todos los ámbitos de nuestra sociedad y no excluyo ninguno. ¿De alguna manera no eran los sueños también de los discípulos que seguían tan de cerca de Jesús? Hoy en el evangelio se manifestará especialmente en dos, pero ya sabemos cuántas veces Jesús se los encuentra en sus tontas discusiones de quien iba a ser el principal entre ellos.
Su concepto del mesianismo llevaba consigo la idea de un Mesías que se llenaría de poder y claro a su sombra podrían aparecer también esas ambiciones. Como un paréntesis me pregunto si también en el seno de nuestra Iglesia hoy nos pueden aparecer esas carreras por los lugares más preeminentes, con las noticias que algunas veces se corren.
Por allí nos aparecen los dos hijos del Zebedeo con sus aspiraciones. Por aquello del parentesco quizá se sentían más valientes para expresar lo que no solo ellos sentían, porque ya hemos visto como andaban discutiendo todos por los primeros puestos. Ahora le dicen a Jesús: ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir’. Así de seguros y valientes se sienten. ‘Queremos que hagas…’, parece que no hay vuelta de hoja. Y ¿qué piden? ‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Vamos, los primeros en el poder de ese Reino del que tanto han oído hablar a Jesús.
Parece que como se suele decir no entienden de la misa ni la mitad. Vamos que no se han enterado. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Y viene el diálogo que aunque parecen respuestas razonables, está yendo cada uno por su lado. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar? Contestaron: Lo somos. Jesús les dijo: El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado’.
Jesús les habla de cáliz y de bautismo y ello alegremente responden que sí. Y Jesús les dice que si van a beber ese cáliz, que si van a ser bautizados en su mismo bautismo, pero que eso de los primeros puestos va por otro camino.
Entenderemos el sentido de las palabras de Jesús con lo que les dice a continuación. Porque ya andan por allá alterados el resto de los discípulos con sus desconfianzas. Por eso Jesús los reunirá en torno a El para explicarles una vez más, y va por la tercera, cuanto le va a suceder a El en Jerusalén.
No pueden andar en esas aspiraciones de poder y de grandezas. Y les recuerda que ellos bien saben que los poderosos de este mundo tiranizan a los demás, los manipulan y actúan con prepotencia sobre todos. Ese poder y esa grandeza que se manifiesta tantas veces en la opresión y en la injusticia.
Ya recordábamos cuanto hay detrás tantas veces de esos poderes que nos encandilan por la corrupción con que se manejan los grandes para alcanzar el poder, por las manipulaciones de todo tipo con las personas y con los pueblos, con la opresión porque siempre querrán sacar tajada y beneficio con sus impuestos y todo tipo de cobros tantas veces injustos. Es lo que estamos bien pero vamos tan encandilados que seguimos con nuestros anhelos y aspiraciones, cueste lo que cueste.
Y Jesús una vez más les habla y nos habla de donde está la verdadera grandeza del hombre. En el servicio, en el amor, en el desprendimiento y en la generosidad, en olvidarse de si mismo para pensar solo en el bien de los demás, en el ser capaz de dar la vida por los otros. Es lo que hizo Jesús. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia. ‘Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’. Y Jesús ha ido por delante enseñándonos el camino. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
¿Llegaremos nosotros a entenderlo? ¿Llegará a ser ese el sentido que le demos a la vida? allí donde estemos nuestra principal grandeza está en el servicio. Viviremos nuestra vida en la sencillez de lo cotidiano, en esas responsabilidades que con la vida misma todos tenemos, en nuestra familia, en nuestro trabajo, en el ámbito de la vida social que hagamos en nuestras, llamémoslas, relaciones normales que tenemos los unos con los otros, o tendremos quizás mayores responsabilidades porque se nos confía una función, porque tenemos vocación política para trabajar en bien de la sociedad en unos puestos y lugares de especial responsabilidad, pero allí donde estemos pensemos que nuestra principal grandeza está en el espíritu de servicio con que desarrollemos nuestra vida.
No olvidemos nunca el sentido que Jesús da a nuestra vida y a cuanto hacemos.

domingo, 8 de octubre de 2017

Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables


Que seamos capaces de dar un día los frutos de la viña nueva que se manifiesten en el mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos nos sentimos responsables

Isaías 5, 1-7; Sal 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Se creen los dueños de todo. Así pensamos y así decimos cuando vemos que alguien a quien se le ha confiado alguna responsabilidad en la vida social hace y deshace a su capricho como si aquello fuera su finca particular. Vemos con demasiada frecuencia situaciones así y vamos contemplando cómo casi en cascada se van sucediendo casos y casos de corrupción donde aquello que han de administrar como un bien publico y para bien de todos se convierte en un rió inagotable de ganancias personales sin importarle el que un día han de rendir cuentas de aquella responsabilidad. Casi nos hemos acostumbrado a esas cosas que ya en una pérdida del sentido ético de la vida se van casi como naturales y corrientes.
¿A dónde vamos con una sociedad así y con unos dirigentes corruptos que solo buscan sus ganancias personales y su propio enriquecimiento? ¿Qué sociedad estamos construyendo con esa tan terrible falta de responsabilidad? He querido hacer una primera lectura de la parábola que nos propone el evangelio en este sentido, porque siempre tenemos que hacer que esa Palabra ilumine nuestra vida y los problemas y situaciones que en ella nos encontramos cada día.
Jesús al proponer la parábola hablaba clara y directamente a lo que sucedía en su época y lo que realmente había sido la historia de su pueblo. Ya nos especifica muy concretamente el evangelista que ‘jesus les dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Estaba hablándoles a aquellas personas en concreto que le estaban escuchando; estaba simplemente reflejando lo que había sido la historia del pueblo de Israel.
Ya la imagen de la viña aparecía muy hermosa en el Antiguo Testamento en ese canto de amor a la viña del amigo que nos ofrece el profeta. Calcada en esas palabras del profeta es la parábola que Jesús les ofrece. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo haciéndonos eco de las palabras del profeta y dándonos pauta para un entendimiento de la posterior parábola.
Nos habla del amor de Dios por su pueblo – esa viña bien preparada y cuidada – pero cómo ese pueblo a través de la historia a pesar de los avisos de los profetas no escucharon la voz del Señor ni dieron los frutos de santidad que de ellos se esperaba. Bien por aludidos se dieron los que ahora escuchan la parábola de Jesús porque su reacción será la que también se propone en la parábola, querrán quitar de en medio a quien les molesta con la voz de Dios y a quien venia en el nombre del Señor.
Es la lectura que hacemos de la parábola para nuestra vida concreta reconociendo que somos esa viña del Señor y tratando de analizar y ver cuales son los frutos que nosotros damos. Lo miramos en nuestra vida personal concreta recordando la infinita gracia del Señor que se nos ha regalado a lo largo de nuestra vida, y viendo de forma concreta la acogida que hemos hecho de esa gracia, la santidad que debería reflejarse en nosotros pero que sin embargo seguimos envueltos en el pecado. Una llamada del amor del Señor a nuestra conversión personal.
Pero hemos de leerlo también como pueblo de Dios, como Iglesia, como comunidad con todo lo que es la historia de nuestra Iglesia o de esa comunidad cristiana en concreto a la que pertenecemos. Dios sigue suscitando profetas en medio de nosotros en la santidad de vida de tantos que son ejemplo y estimulo para nuestro caminar como pueblo de Dios; profetas en esos grandes hombres de Dios que nos ayudan en nuestro caminar y cuya palabra resuena fuerte en medio de la Iglesia pero que no siempre sabemos escuchar como es debido.
Sin querer ir demasiado lejos en nuestros tiempos grandes han sido la figuras de los Papas que han guiado a la Iglesia, o de tantos obispos y sacerdotes – podemos recordar quizá a muchos cercanos a nosotros - con tantos gestos, con tantos signos, con tan clara y valiente palabra que ha resonado en medio de la Iglesia y en medio del mundo. Pero bien sabemos que no siempre han sido escuchados, que muchas veces de forma soterrada o también con ciertos clamores en muchas ocasiones han sido rechazados por tantos que se encierran en sus inmovilismos o en sus conveniencias personales. También en la Iglesia suceden cosas así, no nos escandalicemos que todos lo sabemos.
Y claro podemos pensar y reflexionar – y que esto sirva también de denuncia de los males de nuestra sociedad – en lo que dio principio a esta reflexión con tantas cosas que vemos en nuestro entorno o en nuestra sociedad y que de ello saquemos buenas conclusiones.
Pero Dios sigue cantando ese canto de amor su viña, como recordábamos con el profeta porque Dios sigue amando al hombre y sigue confiando y esperando que en verdad cuidemos esa viña que es nuestro mundo, nuestra sociedad, nuestra iglesia también. Que seamos capaces de dar un día los frutos que se manifiesten en ese mundo mejor que vayamos creando entre todos porque todos sintamos esa responsabilidad.
Que ‘todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta’, como  nos decía san Pablo en su carta. Que brillen con fuerza todas esas características del Reino de Dios en ese mundo nuevo, en esa tierra y en ese cielo nuevo que entre todos tenemos que construir.

miércoles, 21 de junio de 2017

Frente a la tentación del orgullo y la vanidad que todo lo corroe tengamos actitudes de humildad y sencillez que nos hagan verdaderos servidores de los demás

Frente a la tentación del orgullo y la vanidad que todo lo corroe tengamos actitudes de humildad y sencillez que nos hagan verdaderos servidores de los demás

2Corintios 9,6-11; Sal 111; Mateo 6,1-6.16-18
La vanidad es un mal compañero de la vida. Aunque el vanidoso se crea el rey del mundo, se ponga por encima de los demás, se cree que es el único que hace bien las cosas, sin embargo es algo que nos destruye por dentro como siempre destruye el orgullo y a la larga no nos hace enteramente felices, merma nuestras relaciones con los demás y en cierto modo nos vamos como aislando del trato afable con los semejantes.
Es una tentación fácil que se nos puede meter por dentro cuando nos consideramos indispensables, nos creemos perfectos, y tendemos a poner siempre en un escalón más alto que los que nos rodean. Surge el desprecio y la discriminación porque no con todos queremos mezclarnos porque no los consideramos tan dignos como  nosotros. Nos llenamos de apariencias y simulaciones, porque no queremos dejar que se trasparenten nuestros defectos, y nos sentimos heridos por la envidia cuando vemos a otros que pueden sobresalir sobre nosotros, y más aun cuando alguien nos quiere hacer caer en la cuenta de la vanidad de la vida.
Es bueno que recapacitemos sobre estas cosas que sutilmente pueden envolver nuestras relaciones y nuestro trato con los demás. Nuestro estilo tiene que ser de otra manera. Es lo que Jesús quiere hacernos reflexionar hoy con su palabra. ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial’, les dice a quienes quieren seguirle. Y es que estas actitudes vanidosas se nos pueden meter también en los actos de nuestra vida religiosa.
Hace referencia Jesús de manera especial en el ayuno, las limosnas y las oraciones, fijándose en las actitudes y posturas de los fariseos. No hacer las cosas para que nos vean los que nos rodean y nos digan lo buenos que somos. Ya nos dirá que lo que hace tu mano izquierda que no se entere la derecha, para decirnos como calladamente hagamos el bien. Si alguien nota que hacemos el bien, que sea para la gloria de Dios, para que glorifiquen al Señor, como nos dirá en otra ocasión. Pero no es cuestión de ir tocando campanillas delante de nosotros para llamar la atención cuando vamos a hacer el bien.
Son las actitudes de humildad y sencillez que han de llenar nuestra vida. La generosidad ha de nacer de lo hondo del corazón y desde lo hondo del corazón daremos gloria al Señor con todo aquello bueno que hacemos. Pero  nuestras posturas no han de ser predicarnos a nosotros mismos buscando la gloria de los hombres, los reconocimientos humanos. Es una tentación que tenemos. Cuantos están buscando que le pongan una plaquita allí donde hicieron una cosa buena para que todos sepan cuantas cosas hicieron. Vanidades mundanas que nos quieren llevar a aparecer en primera fila para que todos se fijen en nosotros.
Ya nos dirá el Señor en otra ocasión que no acumulemos tesoros en la tierra donde todo se corroe, sino que atesoremos tesoros en el cielo. Si los tesoros y los oropeles mundanos nos corroen el corazón, porque fácilmente buscando esos oropeles y reconocimientos nos pueden llevar a mucha corrupción, a mucha manipulación de los que nos rodean.
Cuanto daño nos hacemos y cuanto daño podemos hacer a los demás. Tenemos tantos ejemplos de ese tipo de cosas en lo que nos cuentan cada día los medios de comunicación de la corrupción que tanto daño hace en nuestra sociedad. Tenemos que darle la vuelta y comencemos dentro de nuestro corazón.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos

Filp. 3, 17-4, 1; Sal. 121; Lc. 16, 1-8
Confieso que si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no tratamos de descubrir qué es lo que realmente Jesús quería decirnos con ella nos quedaríamos ciertamente desconcertados porque el ejemplo que se nos pone es el de un administrador corrupto que se vale de su cargo y de sus influencias, primero para ocultar lo injustamente que ha administrado lo que se le había confiado y ahora para salvar el pellejo - por decirlo de una forma vulgar -  ante lo que se le venía encima al descubrirse todos sus farfullos. Qué parecido más grande a lo que estamos escuchando todos los días en los medios de comunicación de la corrupción que invade nuestra sociedad.
Pero la clave la tenemos en lo que Jesús nos dice al terminar de relatarnos el hecho de la parábola y decirnos incluso que ‘el amo felicitó al administrador injusto por la astucia con que había procedido’ y Jesús añade: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
 ¿Qué nos quiere decir entonces el Señor hoy a nosotros con esta parábola que nos ha propuesto con tales ejemplos? Por supuesto no es ese estilo de maldad del que hemos de llenar nuestro corazón. Pero sí nos viene a decir que si en los asuntos del mundo, en nuestros negocios y ganancias, en aquellos cosas que nos interesan mucho somos tan afanosos que buscamos la manera de sacarlos adelante y hacer que las cosas nos salgan bien y con ganancias, si nos llamamos cristianos y decimos que es importante para nosotros la fe que tenemos y que es un sentido para nuestra vida y para transformar nuestro mundo, ¿por qué en eso no ponemos tanto empeño? ¿Será que no es tan importante como decimos para nosotros la fe y el sentido cristiano de la vida?
Sería un punto importante para nuestra reflexión y para preguntarnos qué valor le damos a nuestra fe, a nuestra vida religiosa, al evangelio, a los valores que Jesús trata de trasmitirnos, a esos principios cristianos que tendrían que dar sentido a nuestra vida y a todo lo que hacemos.
Con serenidad analicemos fríamente nuestra vida; cuando entran en conflicto nuestros principios y valores cristianos con otros intereses que tengamos en la vida, ¿qué hacemos? ¿Por qué nos inclinamos? Con qué facilidad se cierran los ojos de la conciencia para dejar a un lado los principios éticos que tendrían que conformar nuestra vida.
Cuando en nombre de los valores del evangelio nos damos cuenta que estamos nadando a contracorriente de lo que hace la mayoría de la gente, o que quizá por presentarnos con nuestros principios y valores vamos a tener en contra a la gente de nuestro alrededor, ¿cómo reaccionamos? ¿nos mantenemos firmes en nuestros principios y valores o nos dejamos llevar por lo que van a decir y nos dejamos arrastrar por lo que hace la mayoría que no tiene esos principios y valores?
Cuando se chocan nuestros deberes religiosos por ejemplo de asistencia a la misa del domingo, con otras cosas que se nos propongan hacer incluso desde el ámbito de nuestras familias, ¿somos capaces de mantenernos fieles a nuestros deberes religiosos y a nuestra misa del día del Señor, por ejemplo, o lo dejamos fácilmente porque queremos irnos de fiesta o de excursión?
Es lo que nos preguntábamos si en verdad nuestra fe y nuestros valores cristianos son los más importantes para nuestra vida. Algunas veces le damos a Dios las migajas de lo que nos sobra, porque el tiempo lo tenemos primero para otros intereses que para dedicárselo al Señor, que es el que nos ha dado el tiempo y la vida.
Por eso hemos escuchado tantas veces a Jesús que nos dice que lo de construir nuestra vida cristiana es algo que tenemos que tomárnoslo en serio y nos invitaba en estos días a reflexionar seriamente sobre ello.
Tenemos que aprender, reflexionando mucho sobre nuestra fe y lo que nos pide Jesús, a darle importancia de verdad a lo que tiene la primera importancia. Ojalá nos afanáramos en las cosas de Dios al menos de forma parecida a como nos afanamos por nuestros intereses mundanos.