Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta sentido cristiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sentido cristiano. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de agosto de 2024

Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

 


Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Salmo 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

Buscamos y a veces no encontramos; no sabemos dónde, no sabemos cómo; quizás tenemos que ponernos en camino, porque está en otro lugar, porque otra es la manera en que lo hemos de encontrar; perdemos el norte, no sabemos donde y cómo buscar; buscando incluso una cosa concreta que está dentro de nuestro interés, quizás encontramos otra mejor; por eso necesitamos atención, mirada nueva y distinta, quizás dejarnos aconsejar, dejarnos guiar.

Son muchas las cosas que vamos buscando por la vida; no todas tienen el mismo valor, tenemos que dar prioridades, saber qué es lo más importante, no quedarnos solo en lo material y primero que pueda aparecernos; esas búsquedas nos pueden llevar a una interiorización distinta de la vida, de las cosas, de las realidades que palpamos, porque hay otras cosas que no palpamos con las manos y pueden ser más importantes. De alguna manera siempre estamos en camino de búsqueda.

Hoy nos habla el evangelio de que aquella multitud a la que Jesús dio milagrosamente de comer allá en el descampado a la mañana siempre buscan a Jesús y no está; se vienen como pueden a Cafarnaún y allí de nuevo se encuentran con Jesús. Pero ahora Jesús les hace detenerse. Buscan a Jesús ¿por qué? Buscamos a Jesús, ¿por qué? Jesús les hace ver que lo están buscando porque en el desierto les había dado de comer pan en abundancia. Habían sobrado incluso doce canastos, a pesar de solo tener cinco panes.

Pero parece que no han sabido ver el signo. Lo tenemos tantas veces ante los ojos y no lo vemos, nos está hablando y no lo escuchamos. Jesús les dice que busquen un alimento que les de vida para siempre para que no siempre tengan que estar mendigando panes que no sacian. Les cuesta entender.

Y Jesús les habla del pan que El sí puede darles, un pan bajado del cielo. Se quedan pensando en el maná que comieron sus antepasados en el desierto, pero los que comieron aquel pan también murieron. Como nos quedamos nosotros siempre pensando en lo inmediato, la solución de las cosas del momento, y perdemos la trascendencia que tiene que tener la vida. Tiene que ser algo que vaya más allá del presente, algo que nos haga vivir de verdad. ¿Nos estará Jesús adelantando que hemos de saber encontrar un sentido para la vida? Luego otro será el pan que Jesús les está ofreciendo.

Comienzan a vislumbrar que es algo distinto a lo que están pensando de lo que Jesús les está hablando aunque terminan sin entender. Por eso continúa su búsqueda, sus preguntas. Tenemos que sabernos hacer muchas preguntas para que podamos encontrar la respuesta verdadera. No nos quedemos atascados.

Ellos se preguntan qué es lo que tienen que hacer. De alguna manera Jesús se los ha venido diciendo desde el principio porque su primer anuncio fue invitarles a salir de si mismos para comenzar a creer en algo nuevo; invitaba Jesús a la conversión  que era ponerse en camino de transformación para comenzar a vivir algo distinto. Era necesario creer en ese anuncio, en esa buena noticia.

Ahora les dice Jesús que esa buena noticia es El, han de creer en el Hijo del Hombre que viene sellado de Dios, viene con el sello de Dios, porque los milagros que hace son ese signo, ese sello de Dios en El. ‘Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.

Quieren comer ellos de ese pan. ‘Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de este pan’. Y es cuando Jesús hace la gran afirmación. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Tenemos que buscar a Jesús, sí, porque es el que nos da ‘el alimento que perdura para la vida eterna’, como nos había dicho. En Jesús vamos a encontrar eso nuevo que eleva nuestro espíritu, que nos llena de trascendencia y nos da verdadero sentido y plenitud a nuestra vida.

Es Jesús el que nos va a sacar de nuestras vaciedades y sin sentidos; es Jesús, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios, el que va a transformar ese hombre viejo de nuestra vida en un hombre nuevo de la gracia. ‘Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios’. Es en Jesús en quien vamos a encontrar esa plenitud de vida porque por la fuerza de su espíritu nos va a dar una vida nueva que nos hace sentirnos hijos de Dios.

Vayamos, pues, en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El. ‘Señor, danos siempre de ese pan’.

 

viernes, 2 de febrero de 2024

Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

 


Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios

Malaquías 3,1-4; Sal 23; Hebreos 2,14-18; Lucas 2,22-40

Hoy en la vida todo lo queremos racionalizar, buscamos explicaciones desde la ciencia y desde la técnica a cuanto sucede, materializamos la vida como si solo fuera el producto de unos elementos químicos que, por decirlo de alguna manera, engendran así la existencia de la vida de manera que tenemos la pretensión de querer ser los creadores de la materia y de la vida misma; por eso hemos ido desterrando todo lo que suene a espiritual y en consecuencia queremos eliminar a Dios de nuestra existencia.

No digo que no tengamos que progresar en el conocimiento científico de las cosas y del mundo, porque es desarrollo de una inteligencia que hay en nosotros y que precisamente nos eleva de ese materialismo en el que podamos caer. El lugar de Dios en el origen de la vida no lo podemos negar porque solo en El encontraremos el sentido que vaya a dar plenitud a nuestra existencia. Desgraciadamente vamos eliminando esos elementos religiosos de nuestra vida que nos hacen reconocer esa presencia de Dios en nuestra existencia y si algunos elementos se tratan de conservar se hace muchas veces como un costumbrismo que nos pueda recordar otros tiempos y que se nos pueden quedar solamente como una expresión o fiesta folclórica. Es lo que nos pretenden imponer muchas instancias de nuestra sociedad de hoy. No podemos estar de acuerdo ni dejarnos engullir por esos planteamientos.

La fiesta litúrgica que celebramos en este día 2 de febrero se hunde en ese sentimiento hondo del creyente que reconoce la vida como un don de Dios y al que tenemos que darle gracias por ese don que de El recibimos. Litúrgicamente este día, a los cuarenta días del nacimiento de Jesús, nos recuerda la presentación y consagración a Dios de todo primogénito varón. Era ese reconocimiento del don de Dios en la vida engendrada en una familia y era la ofrenda de esa primicia para el Señor. Y es lo que ritualmente José y María están queriendo realizar en el templo al hacer la presentación de su hijo primogénito al Señor. Era una resonancia también de aquella ofrenda de diezmos y primicias de todas las cosas que todo creyente tenía que realizar para el Señor.

Aquel gesto que parecía que se podía quedar en lo ritual de la ofrenda sin embargo en aquel momento en el templo de Jerusalén se convirtió en gesto profético de algo más grande que venía a anunciar la llegada de la salvación y el cumplimiento de las promesas con que a través de los siglos los profetas habían mantenido la fe y la esperanza del pueblo de Israel.

Es la intervención de aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que manteniendo encendida la esperanza en su corazón supieron descubrir en aquel niño al esperado Mesías del Señor. Nos dice el evangelio que cada día aquellos ancianos acudían al templo manteniendo esa esperanza. Simeón sentía en su corazón la inspiración del Señor para saber que un día sus ojos habrían de ver al esperado Salvador tantas veces anunciado por los profetas. Y es lo que descubren sus ojos creyentes en aquella pareja que aquel día estaba haciendo la ofrenda de su primogénito a Dios.

No era una ofrenda cualquiera la que en aquellos momentos se estaba realizando. ‘Aquí estoy, oh, Dios para hacer tu voluntad’ era la ofrenda de aquel niño que un día diría que su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo y que, aunque el cáliz fuera duro de beber y pedía verse liberado de ese cáliz sin embargo por encima siempre estaría la voluntad del Padre y que finalmente culminaría la ofrenda de su vida cuando desde la Cruz pondría su espíritu en las manos del Padre.

‘Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’. Fue el cántico de acción de gracias que en aquel momento el anciano Simeón cantaba desde su corazón a Dios. ‘Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción… para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones’. Es el anuncio profético de la misión de aquel niño que iba a ser luz de las naciones y gloria de su pueblo. Mientras aquella buena anciana no paraba de hablar de aquel niño ‘a cuantos aguardaban la futura liberación de Israel’.

No faltaban los ojos de fe en aquellos ancianos. No tendrían que faltarnos esos ojos de fe en nuestra vida. Bien que lo necesitamos para no dejarnos envolver por ese materialismo de la vida que puede ir destruyendo dentro de nosotros los valores más espirituales y trascendentes de la existencia. Somos algo más que una materia.

Un hondo sentido tenemos que saber darle a nuestro caminar que nos haga encontrar la verdadera grandeza y dignidad de toda persona, nuestra verdadera grandeza y dignidad que desde nuestra fe en Dios podemos encontrar. No son simplemente unos días que vivimos en este mundo donde más o menos podamos ir realizando algunas cosas de provecho porque queremos ser felices – es buena ansia y buen deseo – pero donde todo se quede en pasarlo bien y de la mejor manera posible sin darle mayor trascendencia a la vida. Algo más hondo tenemos que saber buscar y en nuestra fe en Jesús encontraremos esos verdaderos caminos de plenitud. Despertemos nuestra fe, despertemos y valoremos esos sentimientos religiosos que nos elevan y nos hacen encontrarnos con Dios.

Finalmente no puedo terminar esta reflexión que me ha sugerido el evangelio de hoy sin recordar a María, que nos aparece también hoy en el evangelio como la madre que ha presentado a su hijo a Dios en el templo. Aquella mujer, de la que diría el anciano Simeón, que una espada le traspasaría el alma sobre todo cuando le contemplara en la ofrenda de la cruz en el Calvario, porque su hijo iba a ser en medio del mundo un signo de contradicción.

Pero es que nosotros los canarios celebramos hoy a María en su Advocación de Candelaria, la portadora de la luz, porque ella fue la primera misionera de nuestra tierra canaria en su imagen aparecida en las playas de Chimisay. Así la recordamos y así la celebramos hoy y es para nosotros un motivo de fiesta y alegría y un estímulo para mantener viva nuestra fe y convertirnos también como ella en candelas misioneras que lleven la luz de la fe a ese mundo que nos rodea.


sábado, 2 de diciembre de 2023

Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

 


Nos lo tenemos que pensar muy bien y con mucha seriedad para estar vigilantes y no apartarnos de ese camino que nos lleva a la plenitud y es nuestra fe en Jesús

Daniel 7, 15-27; Sal.: Dn. 3,82-87; Lucas 21, 34-36

¿Qué es lo que realmente queremos hacer de nuestra vida? Si nos ponemos un poco razonables seguramente que todos reconoceremos que no queremos destrozar nuestra vida, que queremos buscar lo mejor, que en la vida estamos para ser felices y que por supuesto no queremos hacer daño a nadie. Claro que el tema de fondo está en qué es lo que creemos que es lo mejor, donde podemos encontrar esa felicidad que deseamos y que claro en la vida nos vamos rozando los unos con los otros y no es que queremos dañar a nadie, pero en esos roces siempre alguien saldrá dañado, y claro no queremos ser nosotros.

Aquí hay muchas cuestiones de fondo, porque es plantearnos que es lo que verdaderamente me satisface, o como puedo encontrar prontamente esos momentos de felicidad. Y nos encontramos en nuestro derredor muchas cosas que nos atraen, que nos confunden, que nos ofrecen momentos prontos de placer que confundimos con la felicidad verdadera, y poco a poco podemos irnos cegando, confundiendo, y terminamos por derroteros que no hubiéramos querido recorrer. A cualquier persona llena de vicios y de ataduras en su vida le preguntamos si querían llegar a ese estado y nos dirán que no, pero que en la pendiente de la vida las cosas fueron rodando y rodando y terminaron como terminaron. No justificamos, pero si entendemos. Porque todos estamos sometidos a esa tentación.

Hoy nos dice que Jesús que tengamos cuidado con que no se nos embote la mente; que no nos ceguemos; que no nos encerremos en esas cosas de placer pronto pero que no nos harán totalmente felices. Cuando caemos en esas redes luego terminamos queriendo más y más, y todo es como una espiral que se va agrandando y que parece que no puede tener fin. Pero hemos de romper esa espiral; tener la fuerza de voluntad suficiente para decir hasta aquí he llegado y no doy un paso más por esa pendiente, porque mucho que sea lo que me arrastre. Y sabemos que cuesta, que es difícil.

En la vida tenemos que estar atentos para no caer por esas pendientes. Son unos oropeles muy brillantes que nos atraen y nos confunden. Tenemos que saber discernir en cada momento lo que se nos ofrece y lo que hacemos. No puede ser una espiral irremediable, aunque tanto nos cueste arrancarnos de ella. Es la vigilancia de la que continuamente Jesús nos está hablando; hemos escuchado hablar del criado que está pendiente de la puerta para abrir apenas llegue su señor, del administrador a quien se le han confiado unas responsabilidades del cuidado de la casa y de todos los que en ella habitan y tiene que cumplir fielmente con su tarea, como del centinela que está de guardia en la muralla para evitar ser atacado. Muchas imágenes que nos propone Jesús para hablarnos de esa atención y vigilancia con que hemos de vivir.

Y es aquí cuando tenemos que ir a lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué o en quien hemos puesto el sentido de nuestra vida? ¿Estaremos siendo fieles a esa trayectoria que nos hemos trazado para no apartarnos ni lo más mínimo del camino? Si nos llamamos cristianos es porque nuestra fe la hemos puesto en Jesús; es El el sentido de nuestra vida, por algo nos dice que es el Camino y la Verdad y la Vida.

Es por lo que hemos optado en nuestra existencia, por ese camino, esa verdad y esa vida que es Jesús. Es lo que queremos vivir. Es lo que nos va a dar verdadera plenitud. Es de lo que no nos podemos alejar. Pero ahí están esas pendientes resbaladizas que nos rodean, que, como decíamos, nos ofrecen otras cosas que nos parecen más fáciles. Es la meta por la que tenemos que lugar, es esa vida eterna que Jesús nos ofrece para que vivamos para siempre con El.

Nos lo tenemos que pensar muy bien, con mucha seriedad. Para que no se nos embote la mente, como antes nos decía Jesús, para que sigamos el camino recto que nos lleva a la plenitud y nos hará alcanzar la verdadera felicidad.

miércoles, 29 de marzo de 2023

Entendamos que encontrándonos con Cristo nos encontraremos con la verdad porque es el sentido de nuestra vida y entraremos en la camino de la verdadera libertad

 


Entendamos que encontrándonos con Cristo nos encontraremos con la verdad porque es el sentido de nuestra vida y entraremos en la camino de la verdadera libertad

Daniel 3, 14-20. 91-92. 95; Sal. Dn. 3, 52ª-56; Juan 8, 31-42

Cuando hablamos de libertad nos damos cuenta que ciertamente es algo que todos deseamos, pero también nos damos cuenta de que no tenemos todos el mismo concepto de la libertad. Se crean muchas confusiones. Libres se creen los que en nombre de una supuesta libertad solo aspiran a hacer lo que quieren en cuanto a ellos les beneficie, o digan que eso les beneficia, o libres se creen los que por esa libertar convierten su vida en una violencia y todo lo destruyen con tal que no sea como ellos creen  y todo se convierte en muerte a su alrededor; libre se cree el que hace lo que le da la gana pero sin criterios ni fundamentos porque al final en su ignorancia va a ser manipulado y llevado porque donde quizás él tampoco quiere pero se ha cegado su mente y no es capaz de ver ninguna otra cosa. ¿Dónde está la verdad y la razón?

Mucho tendríamos que hablar de todo este tema de la libertad. Quienes quieren encauzar sus vidas por unos principios que se convierten en cauces de su actuar, porque se sujetan a unas reglas fundamentalmente puestas buscando siempre el bien común, sin embargo habrá quien les diga que no son libres. Bien vemos que tras los gritos de libertad en muchas ocasiones pronto surgen las violencias, pronto se rompen todas las normas de convivencia, desechamos todo lo que sea ley o reglamento que pueda regular nuestra vida.

Hoy nos habla Jesús de una nueva libertad que El nos ofrece. Pero nos dice cual es el camino para esa libertad. Y para ello nos pide confiar en El, creer en El, porque cuando creemos en Jesús no simplemente vamos a aprender unas normas o leyes, sino que nos está diciendo que aceptarle a El, creer en El es encontrarnos con la verdad, y que esa verdad es la que nos hará realmente libres. Es una nueva manera, por así decirlo, de ver las cosas. En Jesús nos vamos a encontrar con el sentido más hondo y más profundo de nuestra existencia, es encontrarnos con la verdad, la verdad del ser humano, la verdad de la vida, la verdad del sentido del mundo y de las cosas, que es la verdad y el sentido por el que vivimos, y es donde vamos a encontrar nuestra grandeza.

Esas preguntas que bullen siempre en lo más hondo del corazón del hombre sobre el sentido de la vida, ¿por qué vivimos? ¿A dónde vamos? ¿Qué hacemos? ¿Dónde está nuestra grandeza y dignidad?, en Jesús van a encontrar su respuesta. Cuando hablamos de salvación no estamos solo en un final de la existencia, sino que estamos pensando en el ahora de nuestra vida y encontrar con ese sentido de la vida es encontrarnos con la salvación.

Y cuando la persona sabe por qué y para qué vive, cual es su sentido y su valor, qué consecuencias tiene lo que hace, sabe cómo va a repercutir su vida también en la vida de los demás y del mundo que le rodea, la persona se va a sentir profundamente llena en sí misma, estará encontrando su verdadera grandeza y dignidad, y se sentirá la persona más feliz del mundo porque se siente libre de verdad.

No son ya unas reglas que nos impongamos los unos a los otros, es el cauce que nos lleva a la mayor grandeza que podamos vivir, y como sabemos que en verdad es camino de felicidad con entusiasmo lo asumimos, con alegre y gozosa libertad caminamos por él y va a encontrar la mayor plenitud de su ser.

Por eso es tan importante el conocimiento que tengamos de Jesús, en algo en lo que flaqueamos mucho incluso los que nos decimos cristianos. Por eso es tan importante esa apertura de nuestra vida a la Palabra de Dios; por eso es tan importante que profundicemos en la verdad de nuestra fe. Nos conducirá al camino de la verdad, nos conducirá al camino de la verdadera libertad.


domingo, 2 de octubre de 2022

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

 


Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4; Sal 94; 2Timoteo 1, 6-8. 13-14; Lucas 17, 5-10

Hacer un camino es mucho más que recorrer un trayecto, y si es posible, en el menor tiempo posible, para llegar a una meta. En nuestro mundo de prisas y de carreras, nos valemos de los más medios posibles y hoy se nos ofrecen muchas posibilidades técnicas, corremos de un lado para otro, queremos estar hoy aquí y mañana en cualquier otro lugar pero haciendo muchos recorridos hacemos pocos caminos. Cuántas veces nos sucede que habremos recorrido muchos sitios, pero no hemos saboreado lo mejor de esos sitios –digamos incluso como ejemplo la comida – y pocos recuerdos se mantengan en el alma de esos lugares recorridos.

El que hace camino contempla, el que hace camino se encuentra, el que hace camino de verdad descubre y aprende muchas cosas, el que hace camino saborea el lugar por donde va pasando y la relación con las personas con las que se va encontrando, el que hace camino se va empapando de una nueva sabiduría de la vida porque es capaz de detenerse para contemplar, para encontrarse, para saborear. El que hace camino también, y es importante, se encuentra consigo mismo pero no se encierra sino que se abre a una nueva trascendencia que también le eleva.

No nos quedemos en la imagen de un recorrido que podamos hacer por cualquier lugar de donde al final saboreemos o no las características de ese lugar. Es una imagen del camino de la vida que vamos haciendo cada día, donde en nuestras prisas o nuestras superficialidades no llegamos a saborear lo que es la vida misma; nos vamos muchas veces a lo que más pronto nos llama la atención, o nos quedamos en el disfrute de placeres efímeros que no terminan de darnos honda felicidad.

Como creyentes y cristianos también decimos que nuestra vida ha de ser un camino de fe desde donde tenemos que saber encontrar ese sabor especial que tanto nos eleva que incluso nos sobrenaturaliza. Es esa visión nueva que desde la fe podemos encontrar para el sentido de la vida misma y de cuanto hacemos. Pero entonces la fe no lo podemos entender como si de un sello o marca externa le pongamos a la vida por algunos actos que en algún momento realizamos. Será encontrar ese sentido nuevo, ese sabor nuevo que en cuanto hacemos tenemos que encontrar.

No haremos las cosas como quien quiera ir ganando puntos para poder tener al final una recompensa que nos pueda garantizar un más allá feliz y dichoso. Cuando actuamos solo desde un interés no disfrutaremos de aquello que hacemos o que vivimos, no sabremos encontrarle un sentido a las cosas que tengamos que realizar en nuestra vida de cada día, sino que casi las miramos como una obligación que se convierte en un peso que nos oprime porque nos parece que para conseguir esa recompensa final siempre tendríamos que estar renunciando a otras cosas que de momentos nos podrían parecer más placenteras.

El cumplimiento de nuestras obligaciones y responsabilidades no las tendríamos que mirar como un peso insoportable que no nos queda más remedio que padecer, sino que disfrutaríamos con ello porque le encontramos un sentido que nos enriquece a nosotros y que enriquece también a los que servimos. Aquellos momentos duros por los que tengamos que pasar en esos problemas con los que tengamos que enfrentarnos en la vida, tratamos de vislumbrar siempre una luz, un sentido o una palabra que a través de ello Dios nos estará queriendo decir. Las amarguras no son tan amargas, porque siempre sentiremos la presencia y la gracia de Dios que nos fortalece y pone esperanza en el corazón.

¿Estarían vislumbrando muchas de estas cosas los discípulos cuando escuchaban a Jesús? Se sienten, es cierto, débiles; muchas veces las cosas que Jesús les va enseñando les parecen difíciles de asumir y no terminan de comprender, sienten que hay un choque fuerte en sus vidas desde lo que son sus anhelos más humanos con ese camino nuevo que Jesús les va ofreciendo, por eso le piden a Jesús con toda intensidad. ‘Auméntanos la fe’.

Lo queremos pedir nosotros también, porque nos sentimos tan envueltos y rodeados por tantas cosas que se nos ofrecen de todos los lados, que muchas veces parece que se nos hace difícil hacer ese camino de la fe. No terminamos de saborear la vida desde ese sentido que Jesús nos ofrece. Nos parece muchas veces que nuestra fe es muy débil y tenemos que encontrar la forma de fortalecerla. Jesús nos dice que si fuera al menos como un grano de mostaza, seríamos capaces de hacer maravillas.

Hagamos, pues, crecer, esa semilla de la fe en nuestros corazones, que sea en verdad la sal de nuestra vida, la luz que nos ilumine, para que demos también ese sabor no solo a nuestra vida sino a ese mundo que nos rodea; que seamos capaces de contagiar de ese sabor, de iluminar con esa luz.

Hagamos vivo e intenso el camino de nuestra fe y seamos capaces de saborear la vida con esa sabiduría nueva que nos da la fe.

martes, 9 de agosto de 2022

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

 


La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia

Oseas 2, 16b. 17de. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13

Según sean nuestros intereses o las prioridades que nos hayamos propuesto serán nuestras prisas o será la forma como nos preparemos para algo que nos anuncian o que podamos estar esperando. Es un familiar que por distintas razones tuvo que emigrar al extranjero y ahora nos anuncia la llegada, y según quizás la relación o el contacto que con él hayamos mantenido ahora nos alegraremos de su llegada y tendremos todo preparado o iremos dejándolo para ultima hora, pensando que ya habrá tiempo para preparar lo que fuera necesario.

Eso de dejar las cosas para ultima hora – ya tendré tiempo, nos decimos, que eso es pan comido - es algo en lo que muchas veces somos ‘especialistas’ – quizá para un trabajo o un proyecto que tenemos que presentar – y luego vienen los apuros de última hora, las carreras y las cosas que no salen. Con qué facilidad dejamos las cosas para última hora.

Esto algunas veces nos puede parecer cosa sin mayor importancia, pero puede ser una muestra del interés que pongamos en cosas que son fundamentales para la vida; nos puede mostrar nuestras actitudes, o las búsquedas o preguntas que hasta nos podamos hacer sobre el sentido de la vida; puede manifestar una cierta superficialidad cuando simplemente nos vamos preocupando por las cosas que en cada momento nos salen al paso, y nos olvidamos de darle un sentido hondo a nuestra vida.

Hoy Jesús nos propone una parábola, precisamente a partir de lo que eran las costumbres de la época. Se trataba de una boda y de la costumbre de que las amigas de la novia salieran al encuentro del novio de su amiga con lámparas encendidas para no solo iluminar el camino sino también luego la sala de la boda; esas cosas hoy no las entendemos tan fácilmente porque estamos acostumbrados a que nuestros caminos o nuestras calles estén iluminadas y tenemos la energía que ilumina nuestros hogares. Pero tratemos de ponernos en sus circunstancias para darnos cuenta de que algo que parecía tan sencillo como tener aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas, en este caso falló en algunas de aquellas doncellas y por la tardanza del novio ni lo pudieron recibir con sus lámparas encendidas ni participar luego en la sala del banquete.

‘Dadnos un poco de vuestro aceite que se nos apagan las lámparas’, suplicaban aquellas muchachas insensatas que no fueron lo suficientemente previsoras; pensaban que si fallaba pronto podrían encontrar aceite que supliera la carencia. ¿Pero no será eso lo que nos puede pasar en la vida cuando nos damos cuenta de que nos sentimos vacíos por dentro y sabemos responder a los retos que la misma vida nos va presentando?

Podemos llamarlo esa preparación humana de la que todos hemos de preocuparnos para ir madurando en la vida, podemos llamarlo el haber construido la vida sobre unos valores permanentes que nos den consistencia a lo que hacemos y vivimos y nos den fortaleza para los momentos difíciles, podemos llamarlo un sentido de la vida que dé profundidad a nuestro ser para saber qué es lo que buscamos, cual es el sentido de la vida, donde está la meta hacia la que caminamos, podemos llamarlo sentido de trascendencia o espiritualidad que nos haga pensar en metas altas, que nos abra a Dios.

La superficialidad con que muchas veces vivimos nos hace quedarnos sin aceite, nos hace quedarnos, lo que es peor, sin una luz que dé un sentido a nuestra existencia. Y nos pasa en el camino de nuestra fe, que no cuidamos, que no alimentamos, que nos parece que con el aceite que recibimos en una catequesis en la infancia ya nos es suficiente. Así vivimos superficialmente nuestra fe y nuestra relacion con Dios, nos enfriamos, nos distanciamos de todo, se nos va apagando esa fe cuando nos encontramos un mundo muchas veces adverso precisamente a esas manifestaciones religiosas y cristianas.

No es cuestión solo de prepararnos para un día, o prepararnos, como muchas veces, pensamos para el último día, para la última hora; esa preparación ha de ser lo que cada momento con profundidad vivamos; seremos en el último día, lo que en el ahora estamos siendo. Dejemos que el evangelio nos interrogue, nos cuestione por dentro, nos haga hacernos preguntas, busquemos el camino de reencontrarnos con esa fe, de llenar de nuevo las alcuzas de nuestra vida de esa fe auténtica que nos haga mantener encendida la luz de nuestra vida.

¿Qué prioridad le damos en la vida a nuestra fe?

miércoles, 15 de junio de 2022

Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

 


Necesitamos cultivarnos por dentro para no quedarnos en vanidades porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos

2Reyes 2, 1. 6-14; Sal 30; Mateo 6, 1-6. 16-18

A quién le amarga un dulce, solemos decir cuando queremos camuflar el orgullo que sentimos dentro de nosotros ante una alabanza por algo que hayamos hecho, un reconocimiento ya sea en forma de plaquita o de los oropeles de las medallas que quieren colgar sobre nuestros cuellos. Es cierto que en la vida tenemos que aprender a reconocer lo bueno que hacen los demás, y que todos sentimos dentro de nosotros el prurito satisfactorio de una alabanza o de un reconocimiento.

De cosas sencillas y pequeñas, muy elementales nacidas de la gratitud que hemos de tener hacia aquellos que hacen el bien, nacen luego las vanidades que se transforman en vanagloria y hasta desearíamos que nuestro nombre se perpetuara hasta la eternidad, porque así complacemos nuestra vanidad, alimentamos el orgullo y el amor propio y terminamos no solo queriendo elevarnos por encima de los demás sino que hasta seremos exigentes con aquellos que no nos muestran esos reconocimientos.

No vamos a seguir tirando del hilo de las vanidades porque esa hoguera de las vanidades consume muchos corazones o nos llena de muchas ambiciones que pueden terminar convirtiéndose en auténticas batallas que pueden destruir lo más hermoso que podemos llevar en nuestro corazón. Nadie es ajeno a esta tentación de la vanidad, a todos nos puede aflorar en el momento en que menos lo pensemos ese brillo en nuestros ojos emocionados por los reconocimientos. Demasiados oropeles de vanidad envuelven nuestra vida.

De esto nos quiere prevenir hoy Jesús en el evangelio. En el llamado sermón del monte Jesús nos va desgranando diversas situaciones de la vida donde hemos de saber mantener una vigilancia para que se mantenga la pureza de intención en aquello bueno que hacemos y no lleguemos a empañarla con esos brillos de oropeles. Nos señala Jesús diversos momentos o situaciones de nuestra vida, y sobre todo en relación a todo lo que fuera nuestra vida religiosa para que alejemos de ella toda vanidad.

Nos habla Jesús de la limosna, de la oración, del ayuno y de la penitencia que podamos hacer en distintos momentos de la vida. Ya de entrada Jesús nos deja la sentencia, el principio: ‘Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos’. Practicar la justicia, hacer el bien con humildad y con la sinceridad de nuestra vida. No por el aplauso y reconocimiento, sino por aquello que con sinceridad queremos hacer desde lo más hondo de nosotros mismos.

Claro que Jesús aquí nos está queriendo contraponer actitudes y posturas de mucha gente de su tiempo, que no pueden ser la pauta de los que nos llamamos sus seguidores, sus discípulos vayamos a hacer en nuestra vida. Son las actitudes de los fariseos que veremos en otros momentos del evangelio denunciar con vehemencia y fuerza por parte de Jesús; es de lo que ahora nos quiere prevenir para que haya esa sinceridad y rectitud en nuestra vida, porque lo que en verdad busquemos siempre sea la gloria de Dios.

‘Tú, en cambio, cuando hagas limosna, nos dice Jesús, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará’. No son las recompensas humanas, no son los reconocimientos de los hombres lo que tiene que movernos. Y nos habla de la limosna, pero nos hablará de la oración que haremos en lo escondido de nuestra habitación, porque es allí en nuestro interior más profundo donde vamos a sentir a Dios, donde vamos a encontrarnos con Dios, dónde y cómo vamos a presentarle nuestras peticiones. ‘Ora a tu Padre, que está en lo secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará’. Y en el mismo sentido nos va a hablar del ayuno. ‘Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará’.

Nos habla Jesús de estas tres situaciones concretas, porque eran hechos que estaban bien palpables en tantos en aquel momento. ¿Hoy qué nos diría el Señor? ¿Qué situaciones concretas de nuestra vida nos estaría señalando? ¿Esa vanidad no irá pareja en la vida con la superficialidad con que vivimos las cosas? Vanidad, superficialidad que nos lleva muchas veces de la rutina y a la vaciedad con que vivimos y hacemos las cosas; y nos fijamos en las apariencias que queremos mantener para que nos tengan en consideración o para que no baje nuestra autoestima; costumbrismo vacío, porque siempre las cosas se han hecho así, y no intentamos ni profundizar ni mejorar y acaso nos contentamos de realizar formalmente, ritualmente las cosas sin darles mayor sentido.

Nos falta muchas veces a los cristianos una auténtica espiritualidad que nos dé profundidad a lo que vivimos; damos la impresión tantas veces de que estamos tan vacíos; sería lo que nos haría creíbles ante el mundo que nos rodea, aunque también hay el peligro o la tentación de que nos rechacen porque les molesta la profundidad que le queremos dar a las cosas que hacemos. Necesitamos cultivarnos por dentro porque será lo que nos hará fuertes, lo que va a dar auténtico sentido y valor a cuanto hacemos.

martes, 26 de abril de 2022

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

 


Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal en esos púlpitos de la vida para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que desde Cristo podemos ofrecer

1Corintios 2, 1-10; Sal 118; Mateo 5, 13-16

De lo que llevamos en el corazón hablan nuestros labios, se suele decir; y no es solo que hablen nuestros labios sino que lo expresamos con el conjunto o la totalidad de nuestra vida. Es la congruencia de un hombre maduro que actúa como piensa, vive según sean sus principios, y no estará nunca lejano su actuar de la vida de lo que piensa y lleva en el corazón. Eso lo podemos llamar madurez, como lo podemos llamar congruencia. Algo importante en la vida, aunque también en ello manifestemos muchas veces nuestra debilidad.

Es lo que nos pide Jesús en el evangelio de diferentes maneras. En el texto que hemos escuchado hoy se nos habla de la sal y de la luz. La sal con que hemos de impregnar nuestro mundo para darle un nuevo sabor. Ya sabemos cómo la sal no solo preserva de la corrupción o de que nuestros alimentos se vuelvan malos, sino que viene a darle el sabor justo a nuestra comida, a nuestro alimento. Resalta el sabor para hacerlo más agradable y apetitoso.

Y Jesús nos dice que somos como la sal en medio de ese mundo que nos rodea. Y es que aquello que por la fe llevamos en el corazón, como decíamos antes lo reflejan nuestros labios, lo refleja nuestra vida, y es de lo que tenemos que contagiar al mundo, con lo que tenemos que darle el sabor de Cristo a nuestro mundo.

¿Qué pasará con nuestra sal? ¿Se habrá vuelto sosa? ¿O acaso será que somos nosotros los que no terminamos de dejarnos impregnar por ese sabor de Cristo? Es una interpelación muy fuerte.


Vivimos en un mundo que siempre hemos dicho que es cristiano, hay toda una cultura manifestada en tantas y tantas obras que son fruto de esa cultura cristiana que incluso de forma maravillosamente extraordinaria se expresa en el arte que hemos heredado de siglos, pero estamos viendo, sin embargo, que nuestra sociedad es cada vez menos cristiana, que a nuestra sociedad le importa cada vez menos la religión, el evangelio, Cristo o los cristianos. Es más, nos encontramos cada vez más en un mundo adverso a todo lo que suene a cristianismo, religión, iglesia, etc.…

¿Qué habrá sucedido? ¿Nos habremos dormido en viejos laureles pero no nos habremos preocupado en verdad de empaparnos de ese sentido cristiano y así Cristo está cada vez más lejos de nuestra sociedad y de nuestro mundo? ¿Habrá perdido sabor nuestra sal? ¿Ya no somos esa sal en medio del mundo que nos rodea? Es una realidad que tenemos que reconocer y que nos tiene que interpelar a los cristianos que tan poco influimos ya en nuestra sociedad. A mí realmente me preocupa aunque reconozco que no sé ni cómo expresarlo bien.


Precisamente estos textos del evangelio que nos han servido de pauta para nuestra reflexión, aunque mira por donde vamos ya, nos los ofrece la liturgia porque estamos hoy celebrando a un santo además español, San Isidoro de Sevilla, que en sí mismo fue toda una enciclopedia en su vida, en su saber y en sus escritos con una influencia muy grande en la España de su época. De él no se apartó nunca su sentido de Cristo y de cristiano y eso lo insufló en todo el saber de la época a través de sus escritos. Fue un santo Obispo de Sevilla, pero fue todo un sabio de su tiempo.

Es lo que necesitamos hoy. Que en verdad los cristianos nos hagamos muy presentes en el mundo de hoy y también en su cultura; en diálogo por supuesto con las corrientes de pensamiento distintas que se van generando con el paso de los tiempos y que también afloran en la cultura actual, pero sin dejar en la sombra nuestro pensamiento desde el sentido cristiano de la vida que tanto  ha contribuido a través de la historia a la construcción de nuestra sociedad y que puede y tiene que seguir contribuyendo hoy.

Eso es también ser sal de la tierra y luz del mundo, como hoy nos pide Jesús en el evangelio. No nos podemos ocultar los cristianos con nuestros miedos al mundo de hoy, encerrándonos en nuestros cenáculos y no siendo capaces de salir a las plazas de la vida y de la cultura de hoy para presentar también nuestro mensaje. En nuestras manos podemos tener poderosos altavoces desde donde pregonemos nuestro mensaje, los púlpitos de la vida moderna, que tenemos también que saber aprovechar.

Seamos capaces de ir poniendo nuestros granitos de sal para que un día nuestro mundo encuentre ese nuevo sabor que en Cristo podemos encontrar.

 

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 


Ojalá escuchando muchas veces este mandato de Jesús de anunciar el Reino, nosotros, la iglesia, lleguemos a despertarnos y salgamos de nuestro letargo

 Esdras 9, 5-9; Sal.: Tb. 13,2.3-4.6; Lucas 9,1-6

‘Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades. Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos…’

Confieso que estas palabras del evangelio de alguna manera, vamos a decirlo así, me hieren por dentro. Y digo me hieren por dentro porque me hacen interrogarme sobre muchas cosas. Los discípulos de Jesús entonces recogieron el testigo de Jesús y se fueron siguiendo las instrucciones que les había dado recorriendo toda la comarca y haciendo ese anuncio del Reino con sus palabras, pero también con las señales de ese Reino de Dios que daban con sus signos, con sus milagros.

No era ni más ni menos difícil aquel mundo que el que hoy vivimos, porque cada tiempo tiene su urgencia y su necesidad, cada tiempo tiene su problemática. Pero contemplo el mundo que me rodea y me miro a mi mismo, como discípulo de Jesús, como miro también a la misma Iglesia. Un mundo indiferente a lo religioso, a Dios, al mensaje cristiano cada vez más; no solo van desapareciendo los signos religiosos externos en el ámbito de nuestra sociedad sino que vemos a la gente que vive un día y otro y no da muestras de mayor inquietud por lo religioso.

En mi pueblo estos días se celebran las fiestas del Cristo, como en tantos otros lugares en este mes de setiembre; es cierto que por la situación de la pandemia que hemos estado viviendo se han limitado muchos actos de fiesta, y los que de alguna manera se han llevado pero parte son los actos religiosos, las celebraciones religiosas por aquello de los aforos – para otras cosas no se tienen en cuentan unos aforos tan estrictos – pero siempre en nuestro pueblo se notaba que estábamos en las fiestas del Cristo.

Camino por los alrededores de mi casa y parece como que la gente no se ha enterado que en este pueblo estamos de fiesta, no se notan ninguna señal, no se ve a la gente que tenga inquietud y se pregunte por las celebraciones del Cristo, como si eso ya no significara nada para ellos. No solo por cosas así vamos a definir la religiosidad o el cristianismo de un pueblo, pero también son síntomas de esa indiferencia ante lo religioso o ante lo cristiano que vive hoy nuestra sociedad.

Y me pregunto ¿qué significará para estas gentes con las que me cruzo o que viven en esas casas por las que paso por delante Cristo, el evangelio, la Iglesia? Si les hablamos de evangelio y del Reino de Dios ¿qué es lo que entenderán? ¿Qué sentido religioso, qué sentido de trascendencia le dan a sus vidas donde solo vemos que se preocupan de lo cotidiano de cada, del trabajo, de sus vacaciones quizás lo que se las pueden permitir, de ir de paseo o de irse para las playas, o a lo sumo los jóvenes de irse a sus fiestas o a sus botellones?

Me preocupa y me preocupa lo que los que nos llamamos cristianos estamos haciendo en este mundo. ¿Qué anuncio hacemos del evangelio? Los que nos decimos cristianos ¿qué señales estamos mostrando a esa gente que nos rodea que hay algo más que da sentido a nuestra vida? ese mandato de Jesús que hoy escuchamos en el evangelio ¿no siembra ninguna inquietud en nuestro corazón, no nos hace preguntarnos cómo vamos a hacer para llevar esa buena noticia de Jesús a ese mundo que nos rodea?

Por eso decía al principio que esas palabras me hieren por dentro, porque remueven mi conciencia, porque me siento con las manos vacías por lo poco que hago, porque me duele ese pecado de omisión que estoy cometiendo. Ojalá escuchando estas palabras de Jesús muchas veces llegue a despertarme. Que escuche la Iglesia, que escuchemos los cristianos estas palabras de Jesús y salgamos de nuestro letargo.

 

domingo, 25 de julio de 2021

La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

 


La fiesta del Apóstol Santiago nos recuerda las profundas raíces cristianas de nuestra vida pero nos hace ahondar en esa fe para proclamarla con valentía, orgullo y alegría

Hechos 4, 33; 5, 12. 27-33; 12, 2; Sal 66; 2Corintios 4,7-15; Mateo 20, 20-28

Celebrar la fiesta del Apóstol Santiago es fruto de una hermosa tradición pero que ha de hacernos ahondar en las profundas raíces de nuestra fe para seguir proclamando el testimonio de la misma en el mundo en el que vivimos.

Es una antigua tradición arraigada en nuestros corazones con el paso de los siglos y que sitúa el sepulcro del apóstol en nuestra tierra, en Compostela. Pero una tradición que había situado anteriormente al apóstol predicando el evangelio de Jesús en nuestras tierras españolas con lo cual nuestra fe se hace verdaderamente apostólica en cuanto el mensaje del evangelio lo recibimos en nuestra tierra de la boca y testimonio de uno de los apóstoles.

Cortos fueron los años que trascurrieron desde el mandato de Jesús en su Ascensión al cielo de ir por el mundo anunciando el evangelio y el hecho de la muerte de Santiago, como hoy mismo nos ha relatado el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero fueron suficientes para que el apóstol llegara hasta lo que entonces era el Finisterre, el fin de la tierra conocida. No nos ha de extrañar cuando al apóstol Pablo también en pocos años le vemos recorrer repetidas veces el Mediterráneo de un lado para otro anunciando también el evangelio de Jesús.

Aunque la tradición nos habla de esa predicación y presencia del apóstol en nuestra tierra, nuestra fe es mucho más que una tradición que pretendemos salvaguardar. Justo es sin embargo que recordemos las raíces cristianas que tiene nuestra cultura y que manifiesta una razón y una manera de ser de los hombres y mujeres de nuestra tierra impregnada del sabor del evangelio y del sentido cristiano de nuestra vida.

No se llegaría tampoco a comprender plenamente nuestra historia y todas las manifestaciones de nuestra cultura y el patrimonio cultural de nuestra tierra sin ese sabor y sentido cristiano. Algunos pretenderán destruirlo o cambiarle su sentido, pero es algo que no podemos permitir y esos signos de nuestra fe han de permanecer como testimonio de la fe y de la vida de nuestros antepasados que en el evangelio encontraron el sentido de sus vidas.

Es lo que de nuevo tenemos que hacer reverdecer en nuestras vidas. Muchas veces se ha diluido o apagado el brillo y el color de nuestra fe influenciada por muchas cosas. Pero es algo que tenemos que restaurar con viveza para darle de nuevo a nuestras vidas el brillo de nuestra fe en Jesús. Por eso una celebración como la que en este día hacemos del Apóstol que predicó el evangelio en nuestras tierras tiene que ser un despertar esa fe que muchas veces parece dormida.

Que de nuevo nos impregnemos del brillo del evangelio dejándonos transformar por él. Que de ninguna manera nos acobardemos ante las corrientes adversas que nos podamos encontrar; que no se nos quede en unas bonitas tradiciones que hayan perdido su vitalidad porque además sabemos muy bien que hay muchos que quisieran tergiversar ese espíritu religioso de nuestras vidas y ese sentido cristiano que nos da el evangelio.

Como nos decía el Apóstol en la carta a los Corintios que hemos escuchado, ‘atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados, llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo’.

Es como tenemos que sentirnos firmes y valientes en nuestra fe. Nada nos puede acobardar; ni aplastados, ni desesperados, ni abandonados sino siempre gozosos por el gran tesoro que portamos. Es un tesoro que no tiene precio; cuando hemos encontrado la fe en nuestra vida todo se transforma, todo se hace distinto, todo se llena de luz. Sabemos, como nos decía el apóstol, que somos como vasijas de barro, por nuestra debilidad, pero la fortaleza la tenemos en el Señor.

Esa cruz tan presente en los caminos de España, tan presente en ese camino de Santiago que conduce a la tumba del Apóstol, no es un adorno más o menos artístico, sino que nos está recordando donde tenemos la fortaleza de nuestra fe. La cruz no es signo de derrota sino de victoria. Nuestro camino se hace muchas veces calvario, pero nuestro camino es un camino de felicidad porque es un camino de amor.

Es lo que le recordó Jesús a Santiago y Juan cuando le estaban pidiendo primeros puestos en su reino. ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Los apóstoles estaban decididos aunque en principio por sus ambiciones no fueran capaces de captar todo su sentido. Pero Jesús les recuerda que su grandeza está en el amor, en el servicio que nunca será una esclavitud, sino que siempre será una ofrenda de amor. Y el amor siempre llena de alegría el corazón; por eso decíamos  que es un camino de felicidad el que nos propone Jesús.

Es el gozo y el orgullo más hermoso con el que hemos de vivir y proclamar nuestra fe. Ahondemos, pues, en las raíces de nuestra fe y que nuestro valiente testimonio esté lleno de alegría.

 

jueves, 11 de marzo de 2021

Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

 


Decir que Dios es el Señor de nuestra vida significa que la construimos desde unos valores que nos trasmite el evangelio que llamamos el sentido cristiano de la vida

Jeremías 7,23-28, Sal 94, Lucas 11,14-23

En la vida social y política de un pueblo nos vamos encontrando con diversas manifestaciones u opiniones de cual es el concepto que nosotros tenemos de sociedad y conforme a ello cual sería el sentido que le quisiéramos dar a esa sociedad. Queremos crear una asociación, por ejemplo, y hemos de tener claro que es lo que pretendemos, cuales son sus fines y sus objetivos, que queremos aportar con esa asociación a la sociedad en la que vivimos y nos sentimos integrados; y quienes pertenecen a esa asociación tienen que estar bien imbuidos en esos principios con que la hemos constituido.

Decimos de una asociación, como decimos de la sociedad en su conjunto, y vienen las ideas, las proposiciones cada uno según aquello desde lo que cree que se debe constituir la sociedad; movimientos de opinión, partidos políticos que desde sus principios tienen una idea del estado, opiniones desde la vida cultural, o cada uno según sus propias ideas. Y es bueno que tengamos claras las ideas en este sentido, aunque nos parezca que estamos hablando de política, pero estamos hablando mejor de lo que consideramos lo mejor para nuestra sociedad.

Pero esta previa reflexión que quizá se necesitaría ahondar en muchas cosas muy concretas, sin embargo la expreso ahora casi como un ejemplo para que lleguemos a entender bien lo que ha de significar el evangelio para el cristiano. Hablamos mucho de evangelio, de valores evangélicos, del Reino de Dios y no sé si siempre los cristianos lo tenemos claro. Al hablar del Reino de Dios no sé cual es la idea que podamos tener en la cabeza, porque se nos puede quedar como en una institución o una idea que poco tiene que ver luego con lo que es la vida nuestra de cada día. Y de ello nos está hablando Jesús continuamente en el evangelio.

¿Qué significará decir Reino de Dios? ¿Qué significará nuestra pertenencia al Reino de Dios? ¿Algo así como a una asociación a la que nos apuntamos como podemos apuntarnos a otras cosas? En cuantas cosas nos apuntamos simplemente para figurar en una lista pero sin ninguna repercusión en la vida. Pues hablar del Reino de Dios no lo podemos mirar así, una lista a la que nos apuntamos y que acaso nos obligue a asistir en alguna ocasión a algún acto. De ninguna manera, podemos pensar así.

La palabra misma nos lo dice, Reino de Dios. ¿Qué significa? ¿Tendrá que ser un reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida? aquí hay algo muy importante que tenemos que tener muy claro.

Hoy Jesús en el evangelio curó a un hombre que era mudo, y en la expresión muy propia del evangelio de aquellos tiempos, nos habla de la expulsión de un demonio de un hombre que era mudo. Era como decir que el maligno se había apoderado de aquel hombre y el mal se estaba manifestando en que no podía hablar, en la limitación de no poder hablar, de ser mudo. Y Jesús lo libera de aquel mal.

Ya decimos muchas veces que los milagros de Jesús son signos, signos de la liberación profunda que quiere realizar en nosotros y no es solo el mal de una limitación física o una enfermedad lo que Jesús quiere realizar en nosotros sino una transformación total de nuestra vida viéndonos liberados del mal más profundo que puede afectar a la persona.

Al escuchar el evangelio vemos que se originó una controversia con aquellos que no reconocían el poder de Jesús y que le achacan lo que hace al poder del príncipe de los demonios. No entramos demasiado en ello ahora en estos momentos. Pero Jesús termina aclarándonos que sin con dedo de Dios, el poder de Dios El está liberándonos del maligno, es señal de que el Reino de Dios ha llegado a nosotros.

Queremos vivir el Reino de Dios, queremos vernos liberados del mal, queremos que el mal nunca se enseñoree de nuestra vida; de cuantas cosas nos sentimos atados, cuantas cosas nos oprimen y nos quitan la libertad, cuantas cosas dejamos meter en nuestra vida enseñoreándose de nosotros y no dejando que sea Dios en verdad el único Señor de nuestra vida.

Pero cuando decimos que Dios es el Señor de nuestra vida significa que esa vida que vamos construyendo la hacemos desde un sentido, desde unos valores; es lo que decimos que nos trasmite el evangelio, es lo que llamamos el sentido cristiano de nuestra vida, porque es el sentido de Cristo, el sentido de Jesús. Significará entonces cómo tenemos que parecernos a Jesús, hacer las cosas según su sentido y su estilo, dejarnos impregnar de su amor.

Era lo que tanto les costaba a los discípulos cuando seguían obsesionados en los primeros puestos, cuando no habían entendido el sentido del servicio en la vida, cuando les era tan difícil aceptar aquella entrega de amor que Jesús les anunciaba que iba a realizar con su subida a Jerusalén. Si somos seguidores de Jesús no son otros los valores que tengamos que vivir, si nos decimos miembros del Reino de Dios es el sentido que hemos de darle a nuestra vida. Ojala escuchemos la voz del Señor.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

 


Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es lo que es la misma naturaleza en sí. En la higuera buscamos higos, en el peral peras, en la vid es lógico que esperemos encontrar uvas. Lo contrario sería algo fuera de la naturaleza, aunque hoy nos hagamos plantas híbridas con el desarrollo de la genética, o desde siempre hayamos injertado unos árboles en otros, pero siempre como nos decían nuestros mayores siguiendo las reglas de la naturaleza.

Pero Jesús no nos está poniendo este ejemplo para darnos una lección de botánica o de otras ciencias, sino como una imagen para decirnos cuán incongruentes somos las personas por la forma como nos expresamos en la vida o como vivimos. Es la congruencia con que hemos de vivir, o la incongruencia que manifestamos en tantas ocasiones donde quizá nuestras palabras que tendrían que expresar nuestros pensamientos, sin embargo van por un lado y nuestra vida, lo que luego hacemos, parece que está en contradicción total con nuestro pensamiento.

Quizás nos está manifestando el vacío y la hipocresía con que vivimos nuestra vida. Y es que de lo que hay en nuestro  corazón, nos dice, rebosa la boca y dado el vacío interior con que vivimos es superficial nuestra vida y cuanto hacemos parecerá como un sin sentido. Queremos aparentar muchas veces quizá lo que realmente no somos y nos ponemos como un disfraz, como una careta para aparentar unas cosas que realmente no tenemos en el corazón y que luego se manifestarán como una farsa, mera apariencia superficial nada más porque no le hemos dado profundidad a la vida.

Por supuesto todo esto lo podemos contemplar en la vanidad con que viven tantos su vida. Solo son una fachada, una apariencia; una fachada y una apariencia para buscarse quizá el aplauso de la gente, para alcanzar unas cotas de poder con su populismo vacío de contenido, con unas promesas que nunca van a ser cumplidas, porque lo único que se desea muchas veces es ser aupado a esas alturas de poder.

Bonitas palabras, pero que si hay un poco de sensatez en nuestra vida pronto nos damos cuenta que están llenas de falsedades con las que pretenden engañarnos y engatusarnos. Contemplamos demasiado en la sociedad en que vivimos todas esas vanidades y ansias de poder que se llenarán luego de corruptelas y de injusticias. Todo termina generando un desencanto y un hastío en aquellos que con buena voluntad luchan por algo mejor con lo que se sienten tentados a pasar de todo eso y aislarse de ese mundo de falsedad e hipocresía.

Pero cuidado esa vanidad, esa falta de coherencia, esa vaciedad y superficialidad la estemos viviendo en este mundo concreto de nuestras comunidades cristianas. Cuidado no estemos cayendo nosotros también en esas incoherencias en nuestra manera de actuar y de vivir nuestra fe, desde quienes vivimos una religiosidad demasiado superficial porque quizá  no profundizamos lo suficiente en el sentido y valor de nuestra fe, o desde quienes todo nuestro ser cristiano se nos haya quedado en unos ritos que en determinados momentos realizamos con lo que parece que ya contentamos nuestra conciencia pero que luego en el resto de la vida nos olvidamos de los valores cristianos, de los valores del Reino de Dios, viviendo nuestra vida a nuestro aire, muchas veces muy alejada del sentido de la fe.

Muchas veces tenemos la tentación de quedarnos en la expresión religiosa de nuestra vida de fe en unos ritos llenos de pompa y de esplendor, de gran solemnidad decimos muchas veces, pero que se nos pueden quedar en una ostentación excesivamente artística como un espectáculo donde sacamos a relucir todos nuestros oropeles llenos de boato y de fastuosos brillos que nos hacen sentirnos como en la gloria en esos momentos, pero que cuando pasa todo lo olvidamos y no damos los frutos de amor y de justicia que serían nuestra verdadera riqueza. Vanidades en las que podemos caer los cristianos, en los que puede caer incluso la iglesia en la realización del culto cristiano.