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miércoles, 12 de agosto de 2026

Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

 


Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112; Mateo 18, 15-20

Es bien cierto que todos estamos llamados a la perfección y a la plenitud, esas son las ansias más hermosas que llevamos en el corazón, pero es cierto también que no somos perfectos, porque estamos llenos de limitaciones que nos hacen descubrir nuestra debilidad y cómo tantas veces tropezamos no alcanzando esa plenitud que deseamos y nuestra humanidad es tan humana que se manifiesta como tal en esas carencias de nuestra vida.

Ya quisiéramos que nuestra respuesta fuera siempre perfecta en comportamientos y en actitudes, pero vamos tropezando continuamente, sentimos en nuestro interior esa tentación y esa inclinación al mal que nos hace actuar torpemente tantas veces y estamos llenos de errores pero también envueltos por el mal, que nos hace perder nuestra propia dignidad y grandeza y que daña de tantas maneras la dignidad y grandeza de los que están a nuestro lado. Tendríamos que tener la valentía de la humildad para reconocerlo pero también la fuerza interior que nos ayuda a corregirnos y a ser mejores; muchas veces nos ciega nuestro orgullo y amor propio y no reconocemos nuestras debilidades y para colmo queremos presentarnos ante los demás con la fantasía y la vanidad de que somos buenos.

Es un paso importante que tendríamos que realizar es el reconocimiento de nuestros fallos, pero también la humildad de dejarnos corregir por los que están a nuestro lado. No es fácil porque nos pesa mucho ese orgullo y amor propio o esa imagen que queremos mantener ante los demás porque nos parece que si nos mostramos débiles estaríamos perdiendo la buena imagen y el prestigio que decimos que nos hemos conquistado. Pero precisamente reconociendo nuestra debilidad es cuando mejor manifestamos la grandeza de nuestro espíritu y cuando nos ganamos mejor la valoración de los demás.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la corrección fraterna, porque si en la comunidad cristiana nos sentimos como hermanos miembros de una misma familia estamos para ayudarnos los unos a los otros. Jesús nos da unas pautas que nos hablan de humildad y de sencillez, pero que nos hablan también de respeto y de capacidad de comprensión; ya le ponemos el apellido, digámoslo así, de fraterna, porque como hermanos hemos de corregirnos, y como hermanos no nos humillamos, como hermanos nos sentimos a la misma altura, con el amor de hermanos sentimos como nuestro lo de los demás y queremos siempre lo mejor, como hermanos nos damos ánimos porque nos tendemos la mano para seguir caminando apoyándonos mutuamente en nuestra debilidad, como hermanos nos estimulamos al tiempo que somos comprensivos porque vemos esa misma debilidad en nosotros.

Es la manera cómo hemos de saber escuchar esa palabra de corrección que nos ofrece el hermano cuando hemos renqueado en nuestra vida con nuestras debilidades y tropiezos y es la buena actitud con que nosotros hemos de acercarnos siempre a los demás. Cuesta hacerlo y bien sabemos que el mundo está lleno de resentimientos y desconfianzas, de envidias y de rencores, de actitudes revanchistas que lo que quieren es marcarte con ese sambenito de nuestra debilidad y de hundirte para siempre. Es cuando no hemos entendido ese sentido de comunión y de amor que entre todos debería haber ya que tendríamos que ser como una gran familia. Pero son las buenas semillas que nosotros hemos de saber sembrar con esas buenas actitudes de nuestro corazón.

Finalmente hoy en el evangelio nos enseña a saber rezar unidos, porque es la mejor manera de sentir a Dios en medio de nosotros. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. ¿Será así siempre el sentido de nuestra oración?

viernes, 7 de agosto de 2026

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

 


No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor

Nehemías 2, 1. 3; 3, 1-3. 6-7; Salmo : Dt 32, 35-41; Mateo 16, 24-28

Algunas veces sentimos el deseo de encerrarnos en una torre para estar preservados de todo, no contagiarnos de tanta violencia, de tanto egoísmo, de tanto materialismo que contemplamos por todos lados, hastiados del vacío con que se vive la vida sin darle un sentido y un valor a lo que hacemos, buscando siempre pasarlo bien y de la forma que sea en todos los aspectos, no queriendo contaminarnos de esas ínfulas en que viven tantos en su vanidad y en su prepotencia que nada respetan ni nada valoran. Pero al mismo tiempo nos preguntamos si en verdad esa es la solución cuando solo queremos salvarnos a nosotros mismos dejando que nuestro mundo sigan circulando por esos cauces turbios.

¿Estaré ganando o estaré perdiendo? ¿Qué satisfacción puedo sentir al final si nada he hecho sino de preocuparme de salvarme a mí mismo sea como sea? ¿No estaré yo haciendo lo mismo por lo que no quiero contagiarme y por lo que me refugio en ese torreón cerrado? Nos sentimos confundidos, no hemos terminado quizás de encontrarle un sentido a la vida. ¿Merecería la pena?

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio y no siempre hemos terminado de entender. Nos está hablando de cruz y también de ser capaz de perder para poder ganar. ¿Nos quiere unos perdedores? ¿Quiere que busquemos el dolor y el sacrificio por mi mismo quizás de una manera fanática? ¿Es que nos quiere acaso tristes y amargados en medio de penas y sufrimientos?

No es ese el sentido de Jesús. Él nos ha hablado de dicha y felicidad y la promete para todos. Cuando nos está hablando del Reino de Dios es que quiere que le demos un sentido distinto a nuestra vida con unos valores que en verdad van a darle una plenitud a nuestra existencia. Nos está hablando Jesús del amor como lo que le da sentido a todo y lo que en verdad nos va a llenar de vida. Los edificios de la vida construidos desde la vanidad o pensados solo para nuestro disfrute personal y egoísta pronto se los va a comer la carcoma de esa misma vanidad y se vendrán abajo.

Unos sólidos fundamentos en los valores de la autenticidad, del amor y la generosidad, de la búsqueda del bien para actuar en justicia para todos serán los que mantendrán firme ese edificio que entonces estará abierto para todos. Nos es más cómodo dejarnos arrastrar por la vanidad y los caprichos de mi autosuficiencia pero sabemos que estamos edificando sobre arenas movedizas que no dan auténtica firmeza a nuestra vida. Amar porque nos damos y somos capaces incluso de olvidarnos de nosotros mismos porque lo que buscamos siempre es el bien del otro nos resulta más costoso y exigente, pero estaremos haciendo un mundo más agradable y acogedor donde todos nos vamos a sentir más a gusto y ya nos cuidaremos entre todos de mantenerlo.

Es lo que nos está queriendo decir Jesús cuando nos habla de negarnos a nosotros mismos o cuando nos dice que tenemos que ser capaces de perder la vida para ganarla. En ese mundo tan revuelto del que, como decíamos al principio, algunas veces tenemos la tentación de preservarnos encerrándonos en nosotros mismos tenemos que ser mensajeros de esperanza, de que es posible un mundo nuevo y mejor, y de ello tenemos que saber dar testimonio.

Cuando nos detenemos ante el que sufre para con nuestra presencia ser consuelo, cuando tenemos una palabra amable para sembrar paz y armonía donde todo es confusión, cuando vamos actuando con generosidad derrochando gestos de ternura para los que están a nuestro lado, cuando vamos buscando la autenticidad de los gestos sencillos que nos hacen sentirnos cercanos a los que van con nosotros en el camino, cuando tenemos paciencia para escuchar el que vive en soledad y nos contará una y mil veces sus andanzas o sus preocupaciones… estamos siendo esos mensajeros de esperanza que nuestro mundo necesita.

No habremos ganado el mundo entero para sentirnos reyes y poderosos en nuestra vanidad, pero hemos sembrado una semilla que hará ese mundo mejor.


martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

sábado, 6 de junio de 2026

Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios


Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios

2Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Marcos 12, 38-44

¿Seguiremos hoy haciendo gala de nuestros ropajes, aprovechando cualquier oportunidad para hacer gala de nuestra importancia, para hacer a los demás nuestra valía o la capacidad que tenemos de influencias, avasallando con nuestra preponderancia a los que nos rodean porque nos sentimos superiores? No se trata, y creo que lo entendemos, de tocar trompetas o campanillas delante de nosotros como nos denuncia hoy Jesús en el evangelio la actitud de los escribas, pero sí de ciertas actitudes que muchas veces nos rebrotan con las que vamos haciendo nuestras distinciones, vanidades que nos endiosan, o actitudes discriminatorias porque con no todos queremos mezclarnos.

El evangelio de hoy es para escucharlo con atención y meditarlo mucho en nuestro corazón. Porque frente a aquello con lo que Jesús estaba haciendo reflexionar a la gente aparece inmediatamente reflejado en aquellos que van entrando en el templo. Y Jesús nos hace estar atentos, solo El será capaz de percibir el sentido de los gestos que allí se van manifestando. Allí están las arcas de las ofrendas y Jesús observaba como ostentosamente muchos hacían grandes ofrendas, mientras había quien humildemente ofrecía de lo poco que tenía pero nunca buscando la ostentación ni la apariencia de la vanidad.

Es Jesús el que observa la ofrenda de aquella viuda pobre que solo echó dos monedillas, como nos comenta el evangelista, un cuadrante. Y Jesús lo destaca, se lo hace ver a los discípulos que tiene más cercanos. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el que se apoya en la vida no en lo que tiene, sino que pone toda su confianza en Dios. Ha echado todo lo que tenía para vivir, que señala Jesús; se ha quedado sin nada. Es la mujer de la bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielo’, que nos dirá Jesús en el Sermón del Monte. ‘Dichosos los que tienen hambre, porque ellos serán saciados’, seguirá diciendo Jesús.  Ya María había cantado también dando gloria a Dios por las maravillas que realiza en nosotros porque ‘su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

¿Quién salió enaltecido y colmado de bienes ese día del templo? Quienes tacañamente se habían contentado con dar de lo que les sobra, seguramente saldrían con el corazón vacío, quien se había desprendido de todo por la generosidad de su corazón llevaría en sí un gozo y una satisfacción que por nada se podría cambiar. ¿No nos habrá sucedido a nosotros mismos en alguna ocasión en que a regañadientes, porque por algunas circunstancias nos vimos como obligados, tuvimos que desprendernos de alguna cosa que luego nunca sentimos ninguna satisfacción interior sino que más bien seguíamos rechinando por aquello que hicimos a regañadientes? ¡Qué bien nos sentimos cuando somos generosos y desprendidos aunque nos quedemos sin nada!

Aquel fariseo de la parábola que había subido al templo para hacer gala delante de todos de lo bueno que era y de las cosas que hacía, nos dice Jesús que no bajó justificado, pero sí aquel que se había sentido pequeño y humilde poniendo su vida en las manos de Dios. Detrás de nuestras vanidades, de nuestras apariencias, de nuestras aspiraciones a grandezas humanas, como decíamos al principio, ¿qué es lo que nos queda? Un vacío interior. Solo en el amor y en nuestra confianza en Dios es cómo realmente nos sentiremos saciados.

 

domingo, 3 de mayo de 2026

Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

 


Buscamos sendas para no perdernos y encontrar sentido a la vida, pero Jesús nos dice que El es el camino, y la verdad, y la vida para llevarnos a la plenitud

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 1Pedro 2, 4-9; Juan 14, 1-12

En la vida queremos encontrar camino; podríamos decir que eso va inserto en el mismo sentido de la vida, porque haber encontrado ese camino es haber encontrado el sentido de la vida. Cuando queremos llegar a algo, a algún lugar o incluso al encuentro con los otros queremos saber cómo podemos llegar, cuales son nuestros pasos, qué es lo que tenemos que hacer, o lo que es lo mismo el camino que hemos de recorrer.

En nuestros terrenos humanos – y aquí podemos darle mucha amplitud a esta palabra – nos trazamos sendas o ponemos señales para tener la certeza de que no nos vamos a perder y podemos llegar a donde aspiramos. Algunas veces nos cuesta encontrarlo, no sabemos leer las señales, o se nos hace difícil hacer su recorrido, y nos quejamos del sin sentido de la vida porque quizás no podemos llegar a lo que ansiamos o soñamos. Y ya no se trata solamente de ir de un lugar a otro, sino de algo más profundo que es nuestro vivir.

Esto que lo podemos hablar de lo que hacemos cada día en la vida, y lo aplicamos al cumplimiento de nuestras responsabilidades, o a lo que es el desarrollo de nuestra vida con nuestros trabajos o con la expresión de todo lo que es nuestro vivir, no se nos puede quedar en lo que es la materialidad de la vida, sino que tiene que relacionarse con el sentido más profundo de nuestra existencia y cuando en verdad somos creyentes  en consecuencia de nuestra búsqueda de Dios y de lo que es su voluntad para nosotros.

¿Será algo así lo que Jesús nos está manifestando en el evangelio? Podríamos decir que en las palabras que hoy le escuchamos y que forman parte de aquella sobremesa, por decirlo de alguna manera, tras la ultima cena, viene a resumirnos todo lo que ha sido el sentido de su vida y lo que va a ser también el sentido de la nuestra.

Son momentos de despedida, de últimas palabras y recomendaciones, pero es el momento en que Jesús abre totalmente su corazón a sus discípulos. Trata de sembrar y mantener la esperanza, por eso no se deben de entristecer ni sentirse abandonados porque Jesús lo que quiere es tenernos siempre junto a El para que vivamos en El. Habla de las estancias del cielo que nos va a preparar que es decirnos como quiere llevarnos junto a Dios para vivir eternamente en El.

A los discípulos les cuesta entender y comienzan las preguntas y repreguntas. Quieren conocer al Padre, porque aun les parece poco lo que Jesús les ha hablado del Padre y es cuando Jesús algo así como que les recuerda todo lo que ha sido su vida que no ha sido otra cosa que manifestarnos lo que es el amor que Dios nos tiene. Por eso terminará diciéndoles que quien lo ha visto a El ha visto al Padre, que no hay otro camino para ir a Dios que Jesús; ‘nadie va al Padre sino por mí’, les dice.

Y es cuando Jesús hace esa maravillosa afirmación. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida’. En Jesús estamos encontrando ese sentido de nuestra vida y para llegar a esa plenitud de vida eterna que tantas veces nos ha prometido no tenemos que hacer otra cosa que vivir la vida de Jesús. No busquemos otras sendas, no busquemos raras señales, no nos distraigamos del camino emprendido, sigamos los pasos de Jesús. ¿No nos ha ido Jesús a lo largo de su vida manifestándonos lo que son las señales del Reino de Dios?

Ese ha sido su evangelio para nosotros, esa ha sido la buena noticia que nos ha querido trasmitir; en sus parábolas nos lo ha explicado cuando nos habla de semillas que se siembran para dar fruto o para hacer crecer la vida en frondosos árboles que nos acojan a todos igual que la mostaza permite que los pajarillos hagan en ella sus nidos, o en banquetes de bodas con todas sus características al que todos estamos invitados; en los milagros que realiza están los signos de lo nuevo que tiene que ir surgiendo en el corazón de los hombres cuando nos sentimos envueltos en el amor y la misericordia de Dios; en el mandamiento del amor que nos deja están los medios para la comunión y para el encuentro, para la compasión y la comprensión y misericordia con que hemos de tratar a los demás; en sus gestos de cercanía dejándose incluso apretujar por la gente en sus caminos está la muestra de cómo Dios quiere caminar con nosotros y así es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

¿Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que El es el Camino, y la verdad, y la vida? Pero ¿entenderemos también que nosotros hemos de mostrar también al mundo que nos rodea esas señales del Reino de Dios en nuestra nueva manera de actuar, en esas actitudes nuevas con que hemos de vivir, y en tantos gestos y detalles con los que hemos de manifestar que vivimos la vida de Jesús y nos hemos envuelto de su sabiduría?

jueves, 26 de marzo de 2026

Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

 


Ansias de resurrección y de vida eterna que dan un sentido de plenitud a nuestra fe cuando guardamos y creemos en la Palabra de Jesús

Génesis 17, 3-9; Salmo 104;  Juan 8, 51-59

Hay palabras, conceptos, ideas que nos cuesta encontrar su verdadero sentido, cosas de las que rehusamos pensar en ellas y de las que casi  no queremos hablar, porque quizás nos traen recuerdos que nos entristecen y nos ensombrecen el alma, nos llenan de temores y tras las cuales algunas veces parece que nos encontramos con un sin sentido, pensamientos que nos cuesta asimilar y en la vida tan materializada que vivimos parece que no nos caben en la cabeza. No  nos gusta hablar de la muerte, cuando tenemos que enfrentarnos a ella como que nos rebelamos y hasta nos puede parecer todo un absurdo; y si hablamos de otra vida, queremos pensar en resurrección y en vida eterna nos quedamos atascados, parece como que vivimos sin pensar en ello, y algo así como los atenienses cuando Pablo les hablaba de la resurrección decimos que eso mejor lo dejamos para otro día, rehuyendo toda posibilidad incluso de aceptación.

No todos pensamos de esa manera, pero una inmensa mayoría de la gente que vive a nuestro lado se encuentra en esa situación. Y nosotros ¿hasta donde llegamos en estos pensamientos? Tendríamos quizás que preguntarnos. ¿Hasta donde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna?

Hoy nos está diciendo Jesús en el evangelio algo en este sentido, que a los judíos les costaba mucho aceptar en labios de Jesús. ‘En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre’. Y ya vemos el rechazo de los judíos a las palabras de Jesús. Jesús habla de no ver la muerte para siempre. No es la primera vez que Jesús habla de ello, en el evangelio encontraremos muchos momentos en que Jesús nos habla de vida eterna, de resurrección en el último día, pero también de que teniendo fe en Él tendremos vida, como les habla por ejemplo a las hermanas de Lázaro cuando la muerte de su hermano.

Jesús le preguntaba a las hermanas después de lo que les estaba diciendo, ‘¿y tú crees en esto?’ que es lo que nos está preguntando Jesús ahora a nosotros. Como decíamos antes ¿hasta dónde llega nuestra fe y nuestra esperanza en la vida eterna? Jesús nos está diciendo hoy que guardemos su palabra, o sea, que pongamos toda nuestra fe en Él. Y es que el sentido más hondo de la vida y de la muerte no lo podemos encontrar sino desde la fe; la esperanza de la vida eterna no la podemos encontrar sino desde la fe.

Porque creemos en Jesús, porque contemplamos a Jesús, porque queremos vivir su muerte y su resurrección, sentimos que ese es nuestro camino. La muerte no se convierte para nosotros en un destino fatal, un terminarse todo sin poder ir más allá; es que somos más que un cuerpo que un día termina su función, nuestro ser tiene una grandeza mayor, no somos seres solo corporales sino también espirituales que conforman la unidad de la persona que somos. Y entonces estamos llamados a la resurrección, a un vivir para siempre en Dios desde esa fe que en Él ponemos. ‘Quien cree en mí vivirá para siempre’, como decía Jesús a las hermanas de Betania.

Y eso va a dar un sentido nuevo a nuestra vida, porque caminar sin futuro se tendría que convertir en algo triste; no es solo disfrutar del momento presente sino dándole una trascendencia a nuestra vida. No nos podemos quedar en un comamos y bebamos que mañana moriremos porque estará vacía nuestra vida. Es el valor de lo que hacemos y de lo que vivimos, es esa ansia honda que todos llevamos dentro de ir más allá, de buscar algo nuevo y mejor, de crecer no solo porque crece el cuerpo sino porque vamos creciendo por dentro en nuestra más honda personalidad, es la esperanza de plenitud que en Dios y solo en Dios vamos a encontrar.

No podemos ir como ciegos por el camino de la vida simplemente dejándonos llevar, dejándonos arrastrar, es encontrar esa luz que la fe nos va a dar, es encontrar ese sentido hondo a nuestra vida que no queremos vivir de una forma vacía. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús y por su Palabra, que siempre será para nosotros Palabra de vida eterna.


martes, 10 de febrero de 2026

Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

 


Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7, 1-13

Solemos decir que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto. En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se convierten en tradiciones de nuestra vida.

¿Es este el método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.

Mucho cuidado hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.

Es lo que venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores. Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito religioso?

Se les impone a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’, les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?, ¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?

Son los planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.

lunes, 18 de agosto de 2025

Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

 


Jesús nos mira a los ojos, a lo más profundo de nosotros mismos y nos invita a que demos el paso que nos llena por dentro, que nos lleva a la plenitud de la vida

Jueces 2,11-19; Salmo 105; Mateo 19,16-22

Andamos por la vida en una carrera loca queriendo ser más, queriendo tener unos medios en nuestras manos que nos ayuden a vivir bien, en nuestra locura nos afanamos por tener más y ansiamos tener los medios que sean para vivir mejor, tener de todo, lo que llamamos disfrutar de la vida, buscamos mejores puestos, que nos consideren alguien importante en la vida, buscar las mejores satisfacciones, pero quizás en un momento nos detenemos, paramos esa carrera, porque aunque tengamos de todo, poder e influencia incluso, sin embargo quizás nos sentimos insatisfechos, como si estuviéramos vacíos y nos preguntamos quizás qué más podemos hacer, que tendríamos que hacer para sentirnos llenos de verdad.

¿Nos habrá pasado a nosotros? ¿Alguna vez habremos sentido un revulsivo por dentro que nos hacía hacernos preguntas sobre nuestra vida, lo que hacemos y lo que somos, o las metas que tendríamos que tener? ¿Vivimos quizá en la inconsciencia de solamente dejarnos arrastrar por la vida, lo que palpamos en nuestro ambiente, lo que son las aspiraciones de la mayoría? ¿Nos habremos encontrado en alguna ocasión con personas que se hacen esos planteamientos porque se sienten vacías? Alguna confidencia de un amigo o de alguien que encontró confianza en nosotros hayamos podido quizás encontrar. ¿Habremos sabido darle respuesta? No es fácil.

En el evangelio hoy nos encontramos con un caso así. Un joven que se acerca a Jesús para hacerle una pregunta que para él considera importante y no sabe cómo darle respuesta. Ya nos dirá luego el evangelista al continuar el relato que era rico. Habrá escuchado en alguna ocasión hablar a Jesús o visto su forma de actuar que le hizo sentir interrogantes en su corazón. No se siente satisfecho con su vida a pesar que tiene de todo e incluso por lo que luego vamos viendo también una buena educación. Pero sabe que le falta algo. ¿Qué tiene que hacer? ¿Será algo que de alguna manera pueda comprar con los medios y riquezas que posee?

También nosotros muchas veces pretendemos solucionarlo todo comprando cosas que hacer. Algunos regalos que hacemos ¿en cierto modo no tienen en el fondo esa finalidad? Pasa en nuestras mutuas relaciones, pero pasa en algo más hondo en nuestra relación con la Iglesia y con las cosas de Dios; con dinero parece que lo solucionamos todo, hasta la vida eterna de nuestros difuntos, cuántas más misas paguemos parece que nuestros dineros sirven de llave para que se abran las puertas del cielo.

Pero las medidas de Jesús son otras. Hay cosas que no se pueden comprar con dinero. Lo que viene planteando este joven rico tiene otros caminos de solución. Es una vida que hay que vivir, por eso le dice Jesús que cumpla los mandamientos. Los mandamientos no son simplemente unas reglas o unos protocolos que hay que seguir, los mandamientos nos dan un sentido de la vida que va a ser la base de ese crecimiento como personas y de ese crecimiento humano y espiritual. No son cosas para rellenar una casilla.

Claro que este joven era bueno, en eso había sido educado y como dice él los ha cumplido desde su niñez. Entonces Jesús mirándole a los ojos con cariño le dice que ha de dar un paso más en su vida, ha de saber despojarse de las cosas para llenar su vida de lo que verdad vale. Por eso le pide que se desprenda de lo que tiene, que comparta todo con los que nada tienen, aunque él se quede desnudo externamente de esas riquezas y de esas vanidades externas que parece que eran lo que le hacía poderoso, se verá en verdad lleno por dentro, como le dice Jesús, tendrá un tesoro en el cielo.

Podía parecerle fácil la solución que él pedía, que era algo así como comprar la vida eterna haciendo algunas cosas, pero Jesús le está diciendo que encontrar el camino de la vida eterna es vivir ahora en ese sentido de vida. No podrá dar ese paso, porque aun su corazón no está preparado para desprenderse de todo y se marchó triste.

¿Hasta dónde seremos capaces de llegar nosotros? Son preguntas que tenemos que hacernos, son procesos de nuestra vida  para encontrar lo que de verdad nos llene, lo que dé sentido de plenitud a nuestra vida. El evangelio nos va señalando los pasos que cada día hemos de ir dando. Jesús nos está mirando a los ojos y esperando nuestra respuesta.


miércoles, 11 de junio de 2025

No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

 


No es la norma por la norma, ni el cumplimiento formal de las cosas, es la plenitud, la hondura que le damos a la vida lo que nos hará sentirnos felices en lo que hacemos

Hechos 11, 21-26; 13; Salmo 97;  Mateo 5, 17-19

Muchas veces ni nos entendemos a nosotros mismos. Sentimos como una rebeldía interior ante las cosas que tenemos que hacer, responsabilidades que hemos asumido, planteamientos que nos hemos hecho para la vida, normas que tenemos que cumplir porque vivimos en una sociedad donde todos estamos relacionados los unos con los otros y eso en cierto modo nos obliga a unos comportamientos, a unas costumbres, a una manera de tratar a las personas que están en torno nuestro, y nos parece sentir el deseo de romper con todo, de hacerme mi vida a mi manera, que no haya ninguna ley que se me imponga para lo que tengo o no tengo que hacer. Nos parece que comenzar todo nuevo de cero es donde está la solución.

Quizás sí tendríamos que preguntarnos por qué hacemos las cosas o qué sentido le estamos dando a eso que tenemos que hacer; porque no se trata de hacer por hacer, como una rutina de la que no nos podemos salir, no es solo el cumplimiento por cumplimiento lo que nos hará saborear lo que estamos haciendo. Y es por ahí por donde vamos a encontrar solución, vamos a darle un sentido a lo que hacemos, nos va a dar verdaderas motivaciones para realizar ese camino que tenemos que recorrer en la vida.

Y esto entra también en el plano de lo religioso, de la vida de religión, de relación con Dios, en nuestro caso el sentido de ser cristiano. Buscarle el sentido hondo, no es romper por romper. Es lo que nos está planteando Jesús en este evangelio de hoy.

La situación en la que vivían los judíos no era ni fácil ni buena. Se sentían, es cierto, herederos de una fe, la pascua judía lo venía a manifestar, porque ellos estaban siempre recordando como Dios había liberado a sus padres de la opresión de Egipto y los había conducido por el desierto hasta traerles a aquella tierra que les había prometido. En el Sinaí habían hecho aquel pacto, aquella alianza porque la que ellos se sentían el pueblo de Dios y confesaban que Yahvé era su único Dios. Con la Alianza habían recibido los mandamientos que eran como el cauce por el que había de discurrir sus vidas. Claro que aquellos diez mandamientos se habían multiplicado en una infinidad de normas y preceptos que venían a regular toda la vida del creyente judío. Al final andaban confundidos y hasta de esa ley de Dios querían liberarse.

Había aparecido Jesús, como un gran profeta – se preguntaban si no sería El el Mesías – que les hablaba de un Reino nuevo, el Reino de Dios, y a ellos les parecía que todo tenía que cambiar. Es cierto que Jesús les había pedido capacidad de conversión, de cambio, de transformación para poder creer y aceptar ese Reino de Dios. Pensaban que era hora de quitarse esa pesada ley de encima.

Estamos escuchando a Jesús en lo que llamamos el sermón del monte, que comenzó con la proclamación de las bienaventuranzas para quienes aceptaran ese Reino de Dios. Pero en su manera simple de ver las cosas pensaban que todo iba  cambiar. Jesús es claro, El no ha venido a abolir la ley y los profetas, sino que ha venido a darle plenitud.

¿Qué significaba el darle plenitud? La ley no había que cumplirla por cumplirla, no era solo cumplimiento rutinario lo que haría caminar los caminos del Reino de Dios. Había que encontrar un sentido, un valor, un por qué de aquellos mandamientos del Señor, encontrar aquello que iba a ser el centro, el meollo que le diera sentido y valor. Y eso sí que nos cuesta, porque eso va a exigir una nueva manera de ver y mirar las cosas, todo lo que hacemos; era darle hondura y sentido que solo en el amor podríamos encontrar.

Hablaba con alguien estos días y me decía qué rollo ese de tener que ir a Misa, y no solo contentarme con cumplir con la misa de los domingos, sino también en otros días o momentos. ¿Un rollo? Yo le preguntaba ¿y por que vas a Misa? ¿Lo haces solo por cumplir, o por realizar algo, allí el cura hace sus rezos, porque yo quiero recordar a mis difuntos y pedir por ellos? ¿Vas a misa solo porque es la fiesta del pueblo y está bien que todos vayamos a la misa y a la procesión?

No puedo ir a misa solo desde esos condicionamientos, tengo que pensar en cómo voy a alimentar mi fe, porque allí se nos proclama y explica la Palabra de Dios; pero tengo que pensar que no soy para ser solo un espectador de unos ritos que allá en altar se realizan, sino que voy a encontrarme con el Señor, a escucharle en lo hondo de mi mismo, al tiempo que voy a alimentarme de El que se hace comida para mi en la Eucaristía; voy a misa, le decía, por algo más hondo que una costumbre o una tradición, una ley que me han impuesto y un simple cumplimiento. Si voy solo por estas razones es cierto que será un aburrimiento porque estoy pensando en otras cosas que podría estar haciendo, será algo frío y sin sentido de fiesta y alegría por mi encuentro con el Señor, porque solo voy a cumplir, a que dejen marcado en el carné de mi vida que he cumplido viniendo a Misa. Será otra la plenitud que tengo que darle a mi celebración.

Es lo que nos está diciendo Jesús, El ha venido a dar plenitud. Ojalá que lo sepamos entender y lo sepamos vivir, porque ese es el que será grande en el Reino de los cielos.

jueves, 22 de mayo de 2025

Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

 


Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

Hacer que las cosas duren, seguramente es un deseo que todos tenemos. Adquirimos algo que pudiéramos considerar importante y lo cuidamos para que no se nos estropee, ni se dañe ni se pierda porque queremos tenerlo para siempre; es una posesión que alguien quizás nos ha regalado y queremos guardarlo porque siempre queremos tener el recuerdo agradecido a quien nos lo donó.

Pero no son las cosas las que queremos conservar y que duren; son los recuerdos de las experiencias que hemos tenido y que siempre tendrán en nosotros un recuerdo permanente por lo dichoso, por ejemplo, que fue esa experiencia, y su recuerdo nos hace permanecer en esa dicha; pero más aun son las personas que han pasado por nuestra vida, nuestros padres y hermanos, nuestra familia y seres queridos, las amistades que hemos tenido que nos han hecho vivir y compartir tantas cosas que queremos que permanezcan, que no nos fallen ni nosotros fallarles, y cuidamos ese cariño y esa amistad, y avivamos en nosotros el deseo de estar siempre a su lado.

Como nos hemos fijado en la medida en que hemos ido avanzando en nuestra reflexión, ya no son solo las cosas las que queremos que permanezcan sino que pasamos a otros recuerdos y a otras experiencias, pero sobre todo llegamos a lo más hermoso y que sí queremos que permanezca para siempre que es el amor que hemos vivido en nuestras relaciones con los demás. ¿Se pueden marchitar esos recuerdos, como se pueden estropear esas cosas que queremos conservar? ¿Se puede marchitar el amor de manera que esa relación se rompa y ya no permanezca? Es lo que no queremos que suceda aunque bien sabemos de nuestras limitaciones y debilidades que pueden ajar muchas cosas bellas de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de permanecer en el amor. Diríamos que es la huella que quiere dejar en nuestra alma esos momentos supremos que El está viviendo en que precisamente por amor, por el amor que nos tiene, se va a entregar en el más hermoso y profundo amor, dando su vida por nosotros. No olvidemos el marco en el que el evangelio nos sitúa estas palabras de Jesús, en aquella cena pascual que celebró con sus discípulos antes de vivir su Pascua hasta la entrega definitiva y total.

Nos habla del amor del Padre en el que El permanece, nos habla de su amor en el que quiere que nosotros permanezcamos en El, nos está hablando de amor en el que hemos de permanecer para llegar con él también a los demás, a los que hemos de amar con un amor semejante al suyo. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Así nos ha amado El y en ese amor quiere que nosotros permanezcamos.

¿Qué significa esta permanencia en el amor? Un amor que no se apaga, un amor que siempre es leal, un amor que es fiel, un amor que hemos de cuidar.  Ya sabemos cómo somos que hasta nos cansamos de lo bueno; cuando le hacemos perder intensidad lo volvemos aburrido y monótono, le falta calor y le falta color; entramos en la dinámica de las rutinas en que ya hacemos las cosas sin motivación, sin ganas, como quien cumple un rito más, como si fuera simplemente una obligación que cumplir; hacerlo así es entrar en una peligrosa pendiente que hará que se amor se entibie y lo que se entibia pierde sabor.

Tenemos que aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados para con ese amor contagiar también a los demás. Es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de darse, el gozo de amar. Por eso nos señalará que nos ha dicho todo esto para que nuestra alegría sea completa, ‘mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a su plenitud’. Disfrutemos de la alegría del amor, es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, ofrecimientos de gracia, llamadas a nuestro corazón, quiere para nosotros vida y vida en plenitud

 


Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, ofrecimientos de gracia, llamadas a nuestro corazón, quiere para nosotros vida y vida en plenitud

Hechos 8, 1b-8; Salmo 65; Juan 6, 35-40

Tenemos la felicidad al alcance de nuestra mano y no la apreciamos, seguimos con nuestras búsquedas confusas, el café instantáneo que al final no nos sabe a café; tenemos cerca de nosotros personas que en verdad nos llevarían a las más hondas satisfacciones y no las tenemos en cuenta. Qué satisfacción más grande encontrarnos con una persona acogedora, que nos respeta y que nos valora, que siempre está con oído atento para escucharnos o con la palabra oportuna que nos aconseja y que amplía nuestros horizontes, que está atenta a nuestros deseos o necesidades y que hará todo lo posible para que nos sintamos a gusto y no busquemos otros derroteros, que eleva nuestro espíritu porque en su entrega, su generosidad y su sacrificio se convierten en un estímulo para nosotros buscar lo que en verdad nos dé una riqueza espiritual para nuestra vida.

Jesús viene a decirnos hoy en el evangelio que eso – mucho más tenemos que reconocer – quiere El para nosotros. Como nos dice quiere hacerse nuestro alimento, nuestra vida. Y nos dice que estando con El nos sentiremos bien. Como nos dice ‘el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. En El tenemos y encontramos todo lo que necesitemos, todo lo que nos lleve a esa plenitud de nuestra vida. Con El los horizontes de nuestra vida se amplían, con El nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor, porque cuando vemos su generosidad y su amor, cuando vemos cómo se entrega por nosotros hasta ser capaz de sacrificarse para que tengamos vida, nos sentiremos nosotros impulsados a vivir en ese mismo amor y generosidad, a vivir esa entrega y ese sacrificio. Es toda la riqueza espiritual que podemos ansiar.

Sin embargo, la realidad de nuestra vida no siempre es así. Porque le tenemos y no siempre contamos con El; camina delante de nosotros pero nuestros pies se vuelven pesados y vamos renqueantes con nuestros apegos de los que no queremos desprendernos, con nuestros cansancios sin darnos cuenta que El verdaderamente es nuestra fuerza, con nuestras mezquindades que parece que estamos midiendo y pesando todo lo que hacemos porque siempre nos parece mucho. Como nos dice hoy ‘como os he dicho, me habéis visto y no creéis’. Qué débiles somos en nuestra fe, que inseguros nos sentimos tantas veces.

Pero El no quiere perdernos, andemos nosotros como andemos. Nos busca y nos llama, se pone a caminar a nuestro lado, y nos ofrece el calor de su espíritu. ‘Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día’. Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, cuantos ofrecimientos de gracia hace a nuestra vida, cuantas llamadas a nuestro corazón. Quiere para nosotros la vida y la vida en plenitud.

¿Nos decidiremos de una vez por todas a ser constantes en nuestro seguimiento de Jesús? Tenemos que reavivar nuestra fe, descubrir su presencia que de tantas maneras llega a nosotros. Sepamos leer con ojos de fe cuanto sucede a nuestro alrededor y veremos esa llamada de Dios a nuestra vida. Son dones de su amor. Aunque muchas veces los tiempos nos parezcan oscuros, siempre hay una luz, siempre se manifiesta la luz de Dios en nuestro camino. Es la presencia de la Iglesia y cuanto en ella acontece; son las personas que caminan a nuestro lado que en sus obras se hacen llamadas a nuestro corazón; es lo bueno que podemos descubrir en tantas personas anónimas que viven con generosidad su vida; pero pueden ser también esos momentos en que podamos encontrar oposición o persecución, en que nos pueden estar echando en cara lo que somos o los errores que hemos cometido, en esa indiferencia que podemos contemplar a nuestro alrededor, todo eso lo podemos ver como una llamada de Dios, un momento de gracia para nuestra vida, algo que nos haga despertar y nos lleve a ese testimonio valiente de nuestra fe. Abramos los oídos de nuestro corazón a esa voz de Dios que lleva a nosotros de formas tan diversas.

Como termina diciéndonos hoy Jesús ‘esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.  Por eso nos ha dicho que es el Pan de vida y que quien le coma vivirá para siempre.

viernes, 28 de marzo de 2025

No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 


No es solo cuestión de estar más o menos cerca, sino de vivir el Reino de Dios sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y respondiendo con intensidad a ese amor

 Oseas 14, 2-1; Salmo 80; Marcos 12, 28b-34

¿Estaremos cerca o estaremos lejos del Reino de Dios? Es lo que tenemos que ir revisando en este camino cuaresmal que estamos haciendo, este camino hacia la Pascua. Siempre nos sucede que de entrada cuando comenzamos a pensar en estas cosas, igual que cuando hacemos un examen de conciencia, si no nos detenemos un poco y tratamos de reflexionar con hondura todo nos parece que marcha bien. Pero no podemos andar con superficialidades, no podemos ser ramplones en la vida, donde todo nos parece fácil o todo nos da igual, tenemos que enfrentarnos con sinceridad a lo que verdaderamente es la realidad en nosotros mismos, pero también en la profundidad del mensaje que se nos trata de trasmitir.

Comenzaba haciéndome esa presenta de si estamos cerca o lejos del Reino de Dios, desde lo que escuchamos en el evangelio que Jesús le dice a aquel escriba. Ha venido planteándole cual es el primer y principal mandamiento y en el diálogo entre ambos ha salido la importancia del amor, del amor a Dios sobre todas las cosas y del amor también con toda intensidad hacia el prójimo; no podría haber uno sin el otro. Y parece que el escriba lo entiende por las afirmaciones que hace, por eso le dice Jesús que está cerca del Reino de Dios. Pero ¿estar cerca significará estar viviendo plenamente el Reino de Dios? Creo que Jesús está dejando la puerta abierta a un crecimiento, a una superación.

No vamos a negar que tengamos fe, no vamos a negar que queremos amar, pero tiene que ser una planta que crece y da frutos que han de madurar para dar verdadero sabor a nuestra vida. ¿Estaremos en verdad dando el sabor de la fe a lo que hacemos? ¿Estaremos dando el sabor del amor en todo lo que es nuestra vida?

La semilla la podemos tener en nuestro corazón pero no la estamos quizás cultivando lo suficiente; tenemos que cuidar nuestra fe, tenemos que cuidar la intensidad de nuestro amor. No tenemos fe solamente porque digamos que creemos en Dios porque algo tiene que haber; creemos en Dios que se nos revela, en un Dios que nos ama porque es amor, porque es Padre; muchas son las manifestaciones del amor de Dios en nuestra vida, y tenemos la gran revelación de ese amor en Jesús.

No es Dios algo abstracto y que no podemos entender, no es un Dios lejano situado allá en lo alto de los cielos; es el Dios que camina con nosotros, es el Dios presente en nuestra vida, es el Dios que podemos sentir en nuestro corazón, es el Dios a quien podemos amar en aquellos que nos rodean porque para nosotros tienen que ser signos y señales de esa presencia de Dios. Una fe así impregna toda nuestra vida, da sabor, como decíamos, hace que nuestra vida sea distinta.

Y la consecuencia de todo eso está en el amor. Como decíamos, ese amor que igualmente tiene que dar sabor a nuestra vida, porque con él estamos reflejando lo que es el amor de Dios. Es el amor con que amamos a Dios, porque así nos sentimos amados de Dios, pero será el amor con que amemos a cuantos nos rodean que para nosotros ya serán siempre hermanos. Y no es un amor cualquiera; a los demás los amamos no porque ellos nos amen a nosotros, sino porque en ese amor nosotros estamos reflejando el amor que tenemos a Dios. Y eso no es cualquier cosa, no es algo que vivamos a la ligera o cuando estemos de buenas, es lo que en verdad tiene que dar sentido y valor a nuestra vida.

Cuando lleguemos a entenderlo y a vivirlo no solo es que estemos cerca del Reino de Dios, sino que estamos viviendo el Reino de Dios, porque estamos sintiendo de verdad el amor que Dios nos tiene y estaremos respondiendo a ese amor con esas nuevas actitudes, con esa nueva manera de relacionarnos con los demás, con ese sentido nuevo que le estamos dando a nuestra vida y a nuestro mundo. Y ese es el Reino de Dios.

miércoles, 26 de marzo de 2025

La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

 


La verdadera sabiduría y auténtica plenitud que Jesús nos pide es ser capaces de hacer extraordinariamente bien y con amor las cosas pequeñas de cada día

Deuteronomio 4, 1. 5-9; Salmo 147; Mateo 5, 17-19

La sabiduría que es hacernos caminar con sentido en la vida no se impone sino que se contagia desde lo que se vive. No es de sabio la imposición por muy bonitas y hermosas que sean las ideas, sino el saber trasmitirlas desde la vida, contagiarlas con convencimiento desde la forma en que lo vive el que quiere trasmitirlo. No son sabias las leyes que pretenden imposición, porque restan la libertad de las personas, sino las que se convierten en pautas que nos ayudan a caminar dándole un sentido y un valor nuevo a nuestros pasos ayudándonos a ser mejores y ser todos más felices.

Hoy se nos dice en el libro del Deuteronomio que donde hay un pueblo más sabio que tenga unas normas o cauces de conducta mejores que las que presente el pueblo de Dios. ‘Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación’ nos dice. ‘Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos’.

Alguien pueda sentirse incómodo con tales palabras cuando pretendemos hacer juicio desde lo que hoy vivimos y no nos situamos en el momento y lugar concreto de la historia del pueblo de Israel en el momento en que recibió la llamada ley mosaica. No podemos nunca juzgar la historia desde la situación en la que hoy vivimos, sino que tenemos que comprender el modo de vivir que se tenía en aquel momento histórico. Algún comentario he escuchado o leído donde poco menos que se quiere echar abajo todo lo que era la ley de Moisés, olvidando la situación de desierto en que vivían, los pasos que iban dando en búsqueda de su libertad y de su identidad y las circunstancias también de los pueblos que les rodeaban y donde iban abriéndose paso.

Algunas veces nos sentimos con tantos aires revolucionarios que parece que pretendemos destruir todo lo anterior sin darnos cuenta de que en ese camino andado están los cimientos del camino que hoy estamos haciendo. Por eso, incluso dentro de esa radicalidad que significaba la presencia de Jesús y el anuncio del Reino nuevo de Dios, Jesús nos dice que no viene a anular sino que viene a dar plenitud. Y dar plenitud es encontrar sentido pero es darle también ese sabor nuevo que tiene el sentido del Reino de Dios que Jesús anuncia. No son simples reformas o parches lo que Jesús quiere ponernos, porque nos dirá que no nos valen los remiendos, sino el vestido nuevo del hombre nuevo del Reino de Dios; por eso también nos hablará de los odres nuevos para el vino nuevo, pero esos odres tienen que partir de nuestro corazón; será un corazón nuevo, un corazón impregnado y rebosante de amor el que nos va a poner nuevo cauce a nuestra vida.

Por eso nos habla Jesús hoy también de la importancia de esas pequeñas cosas que nos pueden parecer insignificantes que no podemos dejar de lado porque son las que van a ir dando color a cada momento de nuestra vida. Decimos, por ejemplo, que todo lo centramos en el amor, que tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y que tenemos que amar al prójimo como a nosotros mismos. Ahí nos centra Jesús toda la ley y los profetas, como nos dirá en alguna ocasión.

Pero no nos podemos quedar en palabras rimbombantes, tenemos que llegar a esos pequeños gestos y detalles de amor que vamos teniendo los unos con los otros en el momento concreto; no es decir solamente que ni matamos ni robamos, si no nos respetamos como personas, si no somos detallistas para hacer que el otro se sienta bien, si no tratamos bien las cosas del otro, si no cuidamos hacer agradable la vida de los que nos rodean, si no vamos con sinceridad y corazón abierto al encuentro con los demás, si no nos aceptamos en esas cosas pequeñas de cada día y somos capaces de comprendernos y perdonarnos.

La plenitud de la que Jesús nos habla no son las cosas extraordinarias que podamos hacer, sino lo extraordinariamente bien que hagamos esas cosas pequeñas de cada día. Eso sí que es verdadera sabiduría.

jueves, 30 de enero de 2025

Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

 


Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad

Hebreos 10,19-25; Salmo 23; Marcos 4,21-25

Hace unos días por las redes me comentaba un amigo lo mal que lo estaban pasando porque con frecuencia fallaba la energía y se quedaban sin luz no solo durante horas sino muchas veces días enteros; me hablaba desde uno de esos países que se encuentran con grandes deficiencias de todo tipo y uno de los problemas que les afectaban para muchas cosas de su vida diaria era la falta de energía, la falta de luz. A quienes vivimos donde frecuentemente no tenemos esas dificultades nos cuesta entender esas carencias y comprender cómo se las pueden arreglar sin luz.

Quiero ir más allá de esa triste realidad y que de alguna manera nos sirva de ejemplo y de base para otra falta de luz que muchas veces podamos sufrir en nuestra vida. Luz podría ser los conocimientos y el saber, la cultura y lo que pueda elevar nuestra vida desde lo material a niveles más altos y de mayor espiritualidad; podríamos pensar en todo aquello que nos puede hacer encontrar un sentido y un valor a la vida porque caminar por la vida de esa manera sería como ir dando pasos de ciego y podría ser encontrarnos como sin un rumbo por donde encaminar nuestros pasos; y como creyentes podríamos pensar en la oscuridad y falta de trascendencia de nuestra vida cuando no tenemos fe.

La fe no es simplemente una tradición que recibimos o unas costumbres de cosas que estamos acostumbrados a hacer y si no las hacemos nos encontraríamos con falta de algo; la fe no son unos ritos que realizamos como unos amuletos en los que apoyarnos para quitar nuestros miedos; la fe no se da simplemente porque digamos que las cosas siempre han sido así y en nuestro pueblo todos somos cristianos y son cosas que todos hacen; la fe no son unas motivaciones sociales para tener unos días de asueto o de fiesta; la fe no es un barniz que adorne unos objetos o un vestido que nos podamos poner o quitar según nos convenga según las conveniencias sociales.

Estaríamos quedándonos en un aspecto muy superficial que como tal en si mismo no tendría sentido. Tenemos que descubrir toda la profundidad que va a dar a nuestra vida envolviendo y empapando de un sentido profundo cuanto hacemos o cuanto vivimos. La expresaremos con palabras, se hará fiesta en nuestra vida, tendremos unas expresiones para manifestarla y celebrarla, pero va a ser el cauce por el que gire toda nuestra existencia, nos haga comprender el mismo sentido de la vida y de cuanto hacemos, nos hará mirar de manera nueva entonces también a los que están a nuestro lado, elevará nuestro espíritu porque le dará un sentido espiritual a nuestra existencia, porque nos hace encontrarnos con el Dios que nos ha creado y nos ama, y se quiere hacer presente en nuestro corazón.

Sin esa fe que nos hace encontrarnos con Dios, que nos hace escuchar a Dios andaríamos como sin luz; es en Dios en quien encontramos el verdadero valor de nuestra vida, la mayor grandeza de la persona, el que va a dar sentido a cuanto hacemos, le dará hondura a nuestras alegrías y un valor y un sentido a nuestros sufrimientos, no porque Dios quiera nuestros sufrimientos, sino porque en El encontraremos esa fuerza para superarnos y para crecer, para poner esperanza incluso en ese dolor y para saber que al final del camino siempre vamos a encontrar una luz.

No escondamos nuestra fe. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?’ Despertemos nuestra fe, demos testimonio de nuestra fe; con ella seremos luz para los demás, estamos llamados a ser luz en medio del mundo envuelto en tanta oscuridad.