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lunes, 8 de junio de 2026

Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

 


Unos valores nuevos, unas actitudes distintas, una nueva manera de entender la vida y lo que hacemos nos ayudarán a comprender lo que es el Reino de Dios

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Jesús había comenzado anunciando la pronta llegada del Reino de Dios. Era una palabra alentadora y de esperanza lo que Jesús estaba anunciando. Algo nuevo y distinto tenía que suceder con la llegada del Reino; era el deseo más profundo que todos sentían desde su pobreza y desde el sentirse oprimidos porque se sentían sin libertad; vivían bajo la opresión de un reino extranjero que como suele suceder con los dominadores todo sería un expolio con sus impuestos que les llevaría a una miseria peor. Tiempos convulsos y sin esperanza; por eso escuchar ese anuncio era como un rayo de luz en el horizonte que traería algo nuevo.

Pero Jesús al hacer ese anuncio además pedía conversión para poder creer de verdad en lo que El les anunciaba; y conversión era un cambio total de planteamientos o de forma de vivir y hacer las cosas, porque de lo contrario no entenderían nunca lo que significaba ese Reino anunciado por Jesús. Por eso, no todos ni siempre entenderán, se les costará entender las palabras de Jesús.

Con los signos que va realizando va manifestando las señales de lo que era ese Reino de Dios, pero de igual manera la mayoría de las veces se quedaban en la materialidad del milagro realizado pero no llegaban a asumir la señal que eso significaba para sus vidas. Serán sus gestos y serán sus palabras las que lo Irán manifestando.

Hoy llega un momento – así nos lo compendia el evangelista – en que Jesús va a ir desgranando todas esas cosas en las que ha de manifestarse que el Reino de Dios ha llegado. Y hablará de dicha y de felicidad, como ya venían sintiendo de alguna manera en sus corazones en la medida en que crecía su esperanza. Pero las palabras de Jesús tomadas literalmente también desconciertan.

Llamará bienaventurados, o lo que es lo mismo, dichosos, felices a los pobres y a los que actúan con mansedumbre, a los que están llenos de sufrimientos o a los que nada tienen y tienen hambre, a los que se sienten inquietos en su interior insatisfechos por las situaciones que viven o lloran con los demás, a los que actúan remando a contracorriente porque nunca tendrán malicia en su corazón y a los que son incomprendidos. Y Jesús dice que para ellos es el Reino de Dios, que serán consolados y sentirán saciados tras su hambre o sus miserias, porque algún día alguien mostrará también compasión con ellos y tendrán una recompensa en el más allá por la bondad de su corazón. Pero, ¿no sería mejor obtener todo eso en el aquí y ahora para no vivir en esas angustias de la pobreza o con el sufrimiento de tantos a su lado? Somos los de lo inmediato, ¿de qué nos valen unas promesas para un mañana que aun es incierto? Quizás sean preguntas que nos hagamos.

Claro que pensamos así porque no hemos comenzado por lo primero que Jesús nos pedía cuando nos anunciaba la cercanía del Reino de Dios. Nos decía que teníamos que convertirnos para poder creer en el Reino de Dios, si no había ese cambio radical del corazón no llegaríamos a entender el Reino de Dios que Jesús nos anuncia. Por eso, porque nos falta esa conversión del corazón seguimos sin llegar a entender el mensaje de las bienaventuranzas.

Son unos valores nuevos los que tenemos que vivir; son unas actitudes nuevas que tenemos que poner en nosotros; es una manera nueva de entender la vida, de darle un valor nuevo y un sentido nuevo a lo que hacemos. Cuando comprendamos que no todo está en lo material que poseamos, que tiene que prevalecer la rectitud en nuestro corazón a pesar de que vayamos a contracorriente de lo que el mundo hace, que será esa inquietud que sentimos en nuestro interior la que nos llevará a nuevas posturas valientes sintiendo como propio también el sufrimiento de los demás, que será envolviendo el corazón de ternura y de compasión cómo haremos distintas nuestras relaciones con los demás, que será aprendiendo de la mansedumbre del corazón de Cristo cómo seremos capaces de comprender y hasta de perdonarnos, entonces comenzaremos a entender el mensaje de las bienaventuranzas, entonces sentiremos de verdad esa dicha y alegría que Jesús nos promete, aunque los momentos sean duros u oscuros.

¿Llegaremos en verdad a vivir el mensaje de las bienaventuranzas?

sábado, 6 de junio de 2026

Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios


Solo en el amor, poniendo toda nuestra confianza en Dios, es cómo nos sentiremos plenamente saciados viviendo el Reino de Dios

2Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Marcos 12, 38-44

¿Seguiremos hoy haciendo gala de nuestros ropajes, aprovechando cualquier oportunidad para hacer gala de nuestra importancia, para hacer a los demás nuestra valía o la capacidad que tenemos de influencias, avasallando con nuestra preponderancia a los que nos rodean porque nos sentimos superiores? No se trata, y creo que lo entendemos, de tocar trompetas o campanillas delante de nosotros como nos denuncia hoy Jesús en el evangelio la actitud de los escribas, pero sí de ciertas actitudes que muchas veces nos rebrotan con las que vamos haciendo nuestras distinciones, vanidades que nos endiosan, o actitudes discriminatorias porque con no todos queremos mezclarnos.

El evangelio de hoy es para escucharlo con atención y meditarlo mucho en nuestro corazón. Porque frente a aquello con lo que Jesús estaba haciendo reflexionar a la gente aparece inmediatamente reflejado en aquellos que van entrando en el templo. Y Jesús nos hace estar atentos, solo El será capaz de percibir el sentido de los gestos que allí se van manifestando. Allí están las arcas de las ofrendas y Jesús observaba como ostentosamente muchos hacían grandes ofrendas, mientras había quien humildemente ofrecía de lo poco que tenía pero nunca buscando la ostentación ni la apariencia de la vanidad.

Es Jesús el que observa la ofrenda de aquella viuda pobre que solo echó dos monedillas, como nos comenta el evangelista, un cuadrante. Y Jesús lo destaca, se lo hace ver a los discípulos que tiene más cercanos. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.

Es el que se apoya en la vida no en lo que tiene, sino que pone toda su confianza en Dios. Ha echado todo lo que tenía para vivir, que señala Jesús; se ha quedado sin nada. Es la mujer de la bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielo’, que nos dirá Jesús en el Sermón del Monte. ‘Dichosos los que tienen hambre, porque ellos serán saciados’, seguirá diciendo Jesús.  Ya María había cantado también dando gloria a Dios por las maravillas que realiza en nosotros porque ‘su misericordia llega a sus fieles de generación en generación… derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

¿Quién salió enaltecido y colmado de bienes ese día del templo? Quienes tacañamente se habían contentado con dar de lo que les sobra, seguramente saldrían con el corazón vacío, quien se había desprendido de todo por la generosidad de su corazón llevaría en sí un gozo y una satisfacción que por nada se podría cambiar. ¿No nos habrá sucedido a nosotros mismos en alguna ocasión en que a regañadientes, porque por algunas circunstancias nos vimos como obligados, tuvimos que desprendernos de alguna cosa que luego nunca sentimos ninguna satisfacción interior sino que más bien seguíamos rechinando por aquello que hicimos a regañadientes? ¡Qué bien nos sentimos cuando somos generosos y desprendidos aunque nos quedemos sin nada!

Aquel fariseo de la parábola que había subido al templo para hacer gala delante de todos de lo bueno que era y de las cosas que hacía, nos dice Jesús que no bajó justificado, pero sí aquel que se había sentido pequeño y humilde poniendo su vida en las manos de Dios. Detrás de nuestras vanidades, de nuestras apariencias, de nuestras aspiraciones a grandezas humanas, como decíamos al principio, ¿qué es lo que nos queda? Un vacío interior. Solo en el amor y en nuestra confianza en Dios es cómo realmente nos sentiremos saciados.

 

miércoles, 20 de agosto de 2025

Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

 


Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

Jueces 9,6-15; Salmo 20; Mateo 20, 1-16a

Yo ahora estoy de vacaciones, a mi ahora que no me molesten, que este tiempo es para mi y no pienso dar golpe, nos dirá uno; otro nos dirá que ya está jubilado, que bastante ha trabajado en la vida, y para que va a andar ahora con preocupaciones; otro nos hablará que tiene su ‘paguita’, que bastante le costó conseguirla – aunque tendríamos que ver con que artimañas – y que ya el trabajo no es para él; otros están soñando y contando el tiempo que le falta para la jubilación porque bien se merece un descanso con todo lo que ha trabajado en la vida. Así podríamos seguir fijándonos en tantos que han llegado a una situación en la vida en la que reina la pasividad, el dejarse arrastrar por los días, en un vacío del que al final incluso nos van a decir que qué vida más aburrida.

Y yo realmente me pregunto ¿qué sentido tiene una vida así? ¿Eso es realmente vivir y gozar de la vida? ¿No tenemos nada que aportar a la vida con nuestros años, con nuestra experiencia, con la riqueza de espíritu, sabiduría, que hayamos podido acumular en nuestro interior?

‘¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día?’ se pregunta aquel buen hombre que está buscando trabajadores para su viña. Es la parábola que hoy nos ofrece Jesús. No solo en la mañana al comienzo de la jornada, sino en diversas horas del día saldrá a la plaza y a los que va encontrando los va invitando a trabajar en su viña. Ya ha ajustado lo justo con los primeros contratados, aunque luego veremos realmente el pago que les ofrece a todos.

La parábola, es cierto, sugiere que aquellos que están en la plaza querían trabajar pero nadie les había contratado. Pero esa pregunta que hace aquel que va buscando trabajadores para su viña nos puede sugerir muchas más cosas; creo que nos puede estar planteando ese sentido que le damos a la vida y a nuestro trabajo; lo veremos luego en la valoración que hará aquel buen hombre del trabajo de todos, aunque fueran a trabajar en distintas horas. Era algo más que una remutación económica, aunque es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos la vida, obtenemos unos medios para valernos y para tener una vida digna.

Pero el trabajo es mucho más. Estamos contribuyendo con nuestras posibilidades y capacidades a la vida de nuestro mundo. Podríamos decir quizás que no somos indispensables, pero sí que podemos pensar que ese grano de arena que yo estoy poniendo con mi trabajo, sea en lo que sea, o sea a la hora que sea de nuestra vida es importante para el bien de ese mundo en el que vivimos y vivimos interrelaciones los unos con los otros. De ahí cómo hemos de amar nuestro trabajo, cómo hemos de disfrutar con lo que hacemos, como sentimos el gozo que aquello que nosotros hacemos puede hacer felices a los demás. Hacemos una pelota, por ejemplo, y nos puede parecer insignificante, pero ¿habremos pensado en lo feliz que se a sentir un niño el día que juegue con esa pelota?

Nuestra vida en la pasividad no tiene sentido ni valor, no podemos andar dormidos por la vida porque decimos que ahora nos toca descansar, esa riqueza interior que hemos acumulado a través de nuestros años, nuestras luchas, nuestros logros, nuestras experiencias es algo que le debemos también a ese mundo que nos rodea y con ellos lo hemos de compartir.

¿Un denario va a ser el usufructo de lo que realicemos? En la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, es algo mucho más intenso porque es llenarnos del gozo de Dios.

martes, 12 de noviembre de 2024

Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

 


Seamos capaces de actuar desde la gratuidad, en la satisfacción que sentimos por nuestra responsabilidad y en la humanidad que vamos a poner en nuestras relaciones

Tito 2, 1-8. 11-14; Salmo 36; Lucas 17, 7-10

¿Queremos tener fruto de todo lo que hacemos? Parece normal, vivimos en una sociedad de intercambio, yo sé hacer una cosa, tu sabes hacer otra, con lo que yo hago contribuyo a lo que tú puedes tener, y con lo que tú realizas puede servirme a mí; nacen así unas relaciones, llamémoslas comerciales, en donde por lo que yo hago recibo un beneficio, salario lo llamamos y no vamos ahora a entrar en el origen de la palabra, para que yo pueda vivir y pueda adquirir aquellas cosas que no tengo pero que otros han realizado. Son las relaciones, decíamos de intercambio o comerciales, que mantenemos los unos y los otros con lo que vamos realizando y construyendo nuestra sociedad.

¿Pero todo lo podemos o tenemos que fundamentar en ese tipo de relaciones, donde entran los beneficios y las ganancias? Muchos se preguntan cuando le piden un servicio, que realice algo que es capaz de hacer, ¿cuánto voy a ganar yo por esto? Pero creo que nuestra mirada tiene que ir mucho más allá de todos estos intereses cuando nos sentimos responsables de la vida y del mundo en el que vivimos.

No solo tenemos que mirar por nosotros mismos y esos beneficios gananciales por llamarlos de alguna manera que vamos a obtener, sino que tendríamos que ir pensando en el bien que hacemos, los beneficios que ya no tenemos que medirlos en ese plano material y económico sino en lo que me puede enriquecer humanamente a mi, pero también en el grado de humanidad que yo voy a ir poniendo en las relaciones entre unos y otros. Eso cuesta algunas veces.

Es necesario tener otra altura de mirada, o si queremos decirlo de otra manera, otra mirada más alta, con una nueva perspectiva. Cuando nos ponemos en un plano muy horizontal algunas veces nos tapamos los unos a los otros, o se nos ponen como espejos delante de nosotros aquellas cosas que vamos haciendo y no somos capaces de mirar más allá, será como una cortina que se nos interpone; por eso decíamos que tenemos que tener otra perspectiva, tener una mirada, por ejemplo, más alta, mirar desde otra altura, y ya no se nos interpondrán por medio tantas cosas, y ya podemos ver todo en su conjunto. Desde lo alto de la montaña podemos ver mejor la amplitud del valle, con todas sus variaciones, con todos sus colores, con toda su variada riqueza, podríamos decir.

Creo que esta reflexión que me vengo haciendo nos puede ayudar a encontrar un sentido más genuino y más profundo incluso de la vida; creo que nos puede ayudar también a entender el mensaje que hoy Jesús nos quiere trasmitir desde el evangelio. Habla de aquel que tiene que hacer su trabajo desde su responsabilidad, desde ese sentido que tiene su vida, y por lo que no tenemos que estar buscando agradecimientos ni homenajes.

Es la responsabilidad de su vida, son los valores que hay en él con sus cualidades y capacidades, con su saber hacer y con toda la riqueza que lleva en su interior y que va a reflejar en aquello que realiza. Por sí mismo en lo que está haciendo tiene que sentir su satisfacción interior, pero no lo hará buscando esa ganancia de unas alabanzas, sino que se sentirá enriquecido en sí mismo por haberlo realizado.

Nos dirá Jesús en una frase a la que queremos darle muchas interpretaciones, pero que hemos de tomárnosla incluso con toda la crudeza de sus propias palabras. ‘Siervos inútiles somos y no hemos hecho otra cosa que lo que teníamos que hacer’. Eso, lo que teníamos que hacer, y en esa responsabilidad con que vivimos, ya nos sentimos enriquecidos, ya sentimos el gozo del corazón. No siempre lo que hacemos tiene que ser buscando esas ganancias materiales.

Creo que tenemos que aprender mucho de la gratuidad, y para eso nos fijamos también en la gratuidad del amor que el Señor nos tiene. Como nos llegará a decir san Juan, no es que nosotros hayamos amado a Dios y por eso Dios nos ama, sino que Dios nos amó primero, incluso cuando nosotros no lo merecíamos a causa de nuestro pecado. Jesús es el que muere no por un justo, sino por nosotros aun siendo pecadores.


martes, 22 de octubre de 2024

Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

 


Vivir con esperanza es vivir con responsabilidad, es darle calidad a la vida y a lo que hacemos, y nos lleva a una nueva alegría que da optimismo a la vida

Efesios 2,12-22; Salmo 84; Lucas 12, 35-38

Estamos acostumbrados a ver esos vigilantes, que llamamos habitualmente seguritas, que se encargan de la vigilancia de determinados lugares o en ciertos acontecimientos; vigilantes, por ejemplo, que en la noche tienen que estar guardando la seguridad de un determinado lugar, bien desde cámaras de vigilancia, por ejemplo, repartidas por un edificio, bien sea en las rondas que durante su tiempo de servicio tienen que estar realizando continuamente; no se les permite que se distraigan con otras cosas para que puedan prestar bien ese servicio de vigilancia; su uniforme, sus medios de disuasión para los intrusos, pero sobre todo la atención que deben prestar. Al final de su servicio sin que haya ocurrido nada presentarán la guardia satisfechos de haber logrado prestar bien su servicio y recibirán el reconocimiento de quienes se lo han encargado.

Me viene a la mente este hecho ante lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros Estad. como los hombres que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame…’ Ceñida la cintura y encendidas las lámparas, nos dice. Vestidos como quien tiene que salir a realizar un servicio – no acostados en la cama adormilados, podríamos decir – y con los medios adecuados como sería una luz para poder ver en las sombras a quien se acerca y llega. Atentos, porque no se sabe la hora de la llegada, y hay que estar prontos para abrir la puerta y recibir al que llega. Y con eso, nos dice Jesús, que se sienten dichosos, se sienten bien, se sienten a gusto, felices.

Y Jesús nos está diciendo que esa es tarea de nuestra vida. Vigilancia porque hay esperanza; al final dicha y felicidad porque se ha mantenido esa vigilancia, se ha cumplido con esa responsabilidad y se siente la satisfacción final. Una vigilancia y una esperanza vivida con alegría; es el gozo de la espera en la seguridad de lo que ha de venir, de lo que hemos de recibir, de la gloria de Dios que hemos de dar con nuestra vida.

No es fácil esa vigilancia en una noche oscura en la que parece que las horas se alargan. En ocasiones en la vida no nos es fácil mantenernos en esa tensión de la fidelidad; o  nos dormimos, o nos distraemos con otras cosas de las que quizás nos valemos para pasar el tiempo. Pero la vida no nos la podemos tomar como un dejar que pase el tiempo y veremos que la que al final tenga que suceder. La esperanza nunca puede ser pasiva, no es cruzarnos de brazos, es asumir nuestra vida, el lugar que en ella tenemos, lo que es nuestra responsabilidad, lo que nosotros podemos aportar, lo que tenemos que construir.

No es pasar la vida, dejando pasar el tiempo, que ya vendrá el final; es construir, es sentirnos responsables de esa vida, pero también de ese mundo en el que vivimos, por eso no puede haber pasividad, porque el que se siente responsable no actuar de una manera pasiva, sino que se siente activo, se siente con vida y con ganas de vivir. Por eso el que tiene esperanza será siempre una persona optimista, capaz de ver lo bueno que puede construir y se pone de manera activa a realizarlo. Siempre decimos que la esperanza es el gran motivo de nuestra alegría.  Se sentían dichosos, nos dice hoy el evangelio, aquellos criados cuando al final de su tiempo de vigilancia  tenían la satisfacción de haber realizado bien su tarea. Los hará sentar a la mesa aquel buen amo al encontrar a sus criados vigilantes y los irá sirviendo.

¿Viviremos así con esa alegría nuestra tarea y el cumplimiento de nuestras responsabilidades? Lástima esa amargura con que tantos viven su trabajo; no le han terminado de encontrar su sentido y su valor. Y cuando no vivimos con alegría nuestro trabajo seguro que no daremos el cien por cien, sino que simplemente nos contentaríamos con cumplir. Y ya sabemos la merma de calidad que va a tener una vida así y un trabajo realizado de esa manera. Creo que es una hermosa llamada de atención la que hoy Jesús nos está haciendo en el evangelio.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

 


Busquemos lo que llena de verdad el corazón del hombre y aunque nos cueste alcanzarlo caminamos con esperanza porque en el Señor tenemos nuestra recompensa

1Corintios 7, 25-31; Salmo 44; Lucas 6, 20-26

Si la satisfacción y la felicidad del hombre, de la persona está solo en las riquezas que posea o la alegría que le dan las cosas pobre es el sentido de la vida de esa persona y no ha llegado a comprender que es lo que da verdadera felicidad. En esa pobreza de vida vemos caminar a muchos aunque muchas sean las riquezas que posean y las posibilidades que les da su dinero para encontrar esas cosas que desde fuera dicen que los hacen felices. Tengo todo lo que quiero y deseo, se dicen, porque pueden comprarlo, pero la verdadera felicidad no se compra con esos medios, porque su fiesta y su alegría serán caducas y durará lo poco que le pueden elevar el ánimo esos sustitutivos.

¿En qué se queda nuestra fiesta y alegría cuando solo la buscamos desde el alcohol, la droga, el sexo como pasión carnal por citar algunas cosas? Aquella euforia pronto pasará cuando esos aditivos dejen de producir sus efectos y a la larga lo que parece que es que nos quedamos con más hambre y más insatisfechos; por eso cuando entramos en esa dinámica de la vida todo es como rodar por una pendiente en la que parece que no podemos parar.

Nos cuesta entenderlo. Como nos cuesta entender el mensaje que hoy quiere darnos el evangelio con las bienaventuranzas que nos trae san Lucas. Habla de los pobres para quienes es el reino de los cielos, de los hambrientos que serán saciados o de los que lloran y encontrarán consuelo; por el contrario hablará de los ricos que se quedarán en el vacío porque todo su consuelo consistía simplemente en la posesión de cosas, o de los que en su opulencia parece sin embargo que nunca estarán saciados.

¿Qué es lo que llena de verdad el corazón del hombre? Esa es, podríamos decir, la piedra filosofal, lo que realmente tenemos que buscar. Y habrá muchas mas cosas que esas materialidades de la vida que nos darán hondas satisfacciones. Será, empezando por algo, la rectitud con que hemos de vivir la vida, una rectitud que nos lleva a buscar lo bueno y lo mejor, una rectitud que nos hará tener una mirada nueva y distinta a cuanto nos rodea porque también eso material que está en nuestras manos es un don de Dios pero que nos tiene que llevar a construir un mundo en el que todos nos sintamos beneficiados de esa riqueza de la vida; una rectitud para comprender el valor de la vida y de toda vida, y en consecuencia nos hará maravillarnos ante la dignidad de toda persona a la que siempre mostraremos nuestro respeto y para quien siempre buscaremos lo mejor. Y desde ahí cuantas consecuencias tendríamos que sacar para nuestros actos y para nuestra forma de vivir.

¿Y no nos sentiremos verdaderamente felices cuando actuamos así y sentiremos igualmente la satisfacción de ver felices a cuantos están a nuestro lado? No serán las cosas materiales las que nos hagan brotar una sonrisa desde el alma sino todo eso bueno que seremos capaces de hacer. Y cuando vemos a nuestro crecer en esos valores, y cuando vemos que hay mayor unidad y cercanía en el trato entre unos y otros, y cuando contemplemos ese buen trato que aprendemos a tenernos, nos sentiremos profundamente felices.

Y no nos importa que haya quien no nos comprenda o incluso pretenda ponernos trabas en ese camino que intentamos vivir; somos fieles a la rectitud que llevamos en el corazón y viviremos con la esperanza de la victoria del bien y del amor haciendo un mundo mejor. Tendremos nuestra recompensa, como nos dice Jesús. Alcanzaremos la bienaventuranza que la sentiremos desde lo más hondo de nosotros mismos. Dios estará con nosotros en ese camino.

miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

martes, 30 de mayo de 2023

Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

 


Dios siempre nos gana en generosidad, no vayamos con miras interesadas porque la  generosidad en nuestro corazón es lo que va a hacer más sublime nuestra vida

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

En generosidad Dios siempre nos gana. Pero es que además tiene otra característica maravillosa, es gratuita, es un regalo.

Tenemos el peligro y la tentación de que aun en la generosidad seamos interesados y seamos mezquinos, pongamos medidas y pongamos límites; a todo en la vida queremos ponerle una medida, un hasta aquí llego, pero vamos a ver qué es lo que obtengo a cambio, con lo que hay el peligro de que tengamos que eliminar la palabra y cambiarla por otra. ¿La convertiremos en algo así como una compraventa?

Queremos obtener algo a cambio. Y es que así nos hemos construido la vida; es cierto que son las reglas, por así decirlo, del comercio, y es la obtención de unos frutos. Es cierto que trabajamos para algo, en ese algo que caben muchas cosas, pero que está la obtención de unos beneficios – riquezas podemos llamarlas también –porque sería cómo lograríamos lo que necesitamos para nuestra propia subsistencia. Así vamos estableciendo nuestras mutuas relaciones, así valoramos lo que hacemos y valoramos el trabajo que realizamos, así lo que yo produzco se convierte en algo de utilidad para los demás; es como una cadena, y en ese intercambio también tenemos que decir salimos todos beneficiados.

Pero también tenemos que saber irnos realizando en nuestro trabajo, en aquellas cosas que hacemos, pero no desde unos beneficios materiales que obtengamos a cambio. Hay otro beneficio que nos enriquece interiormente en la satisfacción de lo que hacemos, en la iniciativa y creatividad que ponemos en nuestro trabajo que nos da satisfacciones y alegrías, que nos hace crecer en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras habilidades, incluso de nuestro arte para hacer las cosas bellas. Y eso que sentimos por dentro no nos lo paga nadie por mucho que nos quieran dar a cambio, porque ahí está la riqueza y la grandeza de nuestra propia persona, de nuestra identidad.

Pero hay algo más, y es aquello que forma parte de mi vida, aquello que es producto y fruto de nuestro trabajo, aquello en lo que estoy plasmando mi yo y simplemente lo comparto, simplemente lo regalo, simplemente lo ofrezco para que también los demás lo puedan disfrutar. Es cuando aparece la generosidad de nuestro corazón, es cuando en verdad estamos expresando lo más noble que llevamos dentro que es nuestro amor. Y el amor no se vende, el amor se regala, porque el amor es donación de mi mismo.

Hay quien no entiende lo de gratuito y entonces no llegará a entender la generosidad del que da sin límites ni medidas, sin ningún tipo de interés. Andan siempre interesados, están a ver lo que consiguen, lo que como fruto de su generosidad se convierte en un beneficio para él. Lo están echando todo a perder. Y es una lástima que aquellos que por vocación trabajan para los demás en diversas funciones dentro de la comunidad, en distintos ámbitos de la sociedad, de la vida pública, de la vida social, parezca que no se mueven por beneficiar a esa sociedad para la que trabajan, a la que sirven, tendríamos que decir, sino que están buscando unos beneficios, unas ganancias, unos ascensos y al final lo convirtamos todo en una guerra de guerrillas buscando quien saca más, quien se impone con más fuerza, quien logra un mayor prestigio, y hacen turbio lo que tendría que brillar por su generosidad.

¿Seríamos capaces de convertir nuestra vida en un servicio a la sociedad en la que vivimos y de donde, aunque nos cueste reconocerlo, tanto al mismo tiempo recibimos aunque no lo busquemos? Hemos comenzado hablando de la generosidad, hablamos de altruismo, estamos hablando de amor, en el fondo está el compartir, la gratuidad con que ofrecemos lo que somos y lo que tenemos, lo que es nuestra vida. ¿Llegaremos a entenderlo?

Malo sería también que en el seno de la Iglesia viviéramos con esa mezquindad, movidos de esos intereses, en la búsqueda de unos prestigios o unos honores. Estaríamos diciendo que aun no hemos llegado a entender entonces lo que es el amor cristiano. Toda esta reflexión que me he venido haciendo surgió en mi interior desde la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre qué es lo que van a recibir ellos que lo han dejado todo por el Reino. Esa pregunta de Pedro está reflejando también aquellas ambiciones de las que aun no se habían despojado. Ya vemos en otros momentos a los discípulos discutiendo por los primeros puestos o quien va a ser principal entre ellos.

La respuesta de Jesús nos está diciendo aquello que mencionábamos al principio, Dios siempre nos gana en generosidad. No andamos con esas miras interesadas en lo que hacemos, pongamos siempre generosidad en nuestro corazón, que es lo que va a hacer más sublime nuestra vida.

lunes, 17 de octubre de 2022

Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

 


Cuántas cosas perdemos y no sabemos disfrutar porque vamos cegados por la ambición y la pérdida de los verdaderos valores que nos llevarían a mirar de manera distinta

Efesios 2, 1-10; Sal 99; Lucas 12, 13-21

‘Maestro, dije a mi hermano que reparta conmigo la herencia’, se acercó uno a pedir la mediación de Jesús. ¡Qué problema el de las herencias! Entonces y en todos los tiempos. Es el problema de la ambición, son los deseos de decir esto es mío y nadie me lo quita, son los sueños de que por más cosas que tengamos seremos más felices, son las cosas que vamos acumulando, fruto de nuestros trabajos quizás, pero cosas que nos gusta tener y de las que no queremos desprendernos, es la vanagloria de querer presentarnos llenos de cosas, de joyas o de cosas de valor, porque nos parece que eso nos da grandeza, eso nos da poder, eso va a causar la admiración y - ¿por qué no? – la envidia de los demás.

No es el problema de la herencia, sino de lo que llevamos en el corazón; y parece que muchas veces lo hemos llenado de cosas y no de verdaderos valores; cuántas cosas acumulamos que ya no sabemos ni qué hacer ni como tenerlo todo limpio y ordenado. No es el desorden de las cosas que acumulamos en casa, sino es el desorden que hay en nuestro corazón cuando no hemos hecho una verdadera escala de valores. ¿Qué es lo que verdaderamente tiene importancia? Y allí donde tenemos nuestro tesoro, está nuestro corazón, están nuestras ambiciones, están las guerras que continuamente nos hacemos.

¿De que le valió a aquel hombre aquella gran cosecha que le hizo agrandar sus bodegas y sus graneros? Ya pensaba que todo lo tenía resuelto. Pero la vida no son las cosas que acumulemos. ¿Sabremos en verdad vivir? Porque nos llenamos de muchas cosas y ni vivimos; no las disfrutamos porque estamos recontándolas y recontándolas pero tenemos miedo que se gasten y no nos sirven de provecho. Nos llenamos de cosas pero no de vida.

¿Dónde tiene que estar realmente nuestro vivir? ¿Qué es vivir para nosotros? ¿Solamente trabajar y trabajar para tener más y que nuestra cuenta del banco se engorde más y más? Trabajas para tener cosas y no valoras, por ejemplo, la familia, tus hijos que buscan en ti una palabra liberadora de luz, la esposa que te espera en casa preparándote lo mejor, los amigos con quienes disfrutar de su amistad, la sonrisa de una persona que pasa a tu lado, el buen gesto que en un momento tuvo alguien contigo pero del que ni te diste cuenta tan afanado como estabas, esa palabra ‘gracias’ con la que alguien te obsequió pero que no escuchaste ni valoraste y estas tan engreído pensando que todo te lo merecías que no fuiste capaz de responder con una sonrisa, aquellos colores del sol poniente que no supiste apreciar porque solo estaban pendiente de cómo prolongar la jornada para ganar más y para tener más.

Cuántas cosas vamos perdiendo y que no sabemos disfrutar. Nos falta vivir. Y seguimos preocupándonos por la herencia que se quiere llevar mi hermano y no quiere compartir conmigo. De cuántas cosas innecesarias nos preocupamos en la vida y no le damos verdadera importancia al vivir. Que es algo más que poseer, que acumular, que darse buena vida de esa manera que entiende la mayoría, y al final se sienten hastiados y vacíos porque nada de todo aquello les satisface plenamente y dar verdadera felicidad al corazón.

Cuántas cosas tenemos que pensar y cuantas cosas tenemos que revisar para buscar los verdaderos valores, para que comencemos a pensar menos en nosotros mismos y más en los otros, para que llegamos a la satisfacción del compartir que te dará muchas más felicidad, aunque tengas que desprenderte de algo, a ser feliz de verdad cuando hacemos felices a los demás. No serán necesarias grandes cosas, grandes milagros, sino los gestos sencillos del amor.

viernes, 27 de mayo de 2022

Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

 


Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Cuando nos garantizan que tras aquel momento difícil, luego todo cambiará somos capaces de superar los temores que podríamos tener ante cómo afrontar esa situación y hasta pondremos de nuestra parte la mejor voluntad para salir adelante. Cuando nos señalan y convencen que una partida y una separación es necesaria para poder tener luego la certeza de que nunca más nos separaremos del ser amado somos capaces de afrontarlo. No es fácil, por nuestra mente y por nuestro corazón pasarán algunas nubes que nos suenan a borrascosas, pero sabemos que detrás luce el sol y terminará brillando con fuerza.

Es lo que Jesús trata de decirles en los momentos y en las circunstancias que viven los discípulos. Habla de la madre que va a dar a luz y sabe que los dolores del parto son fuertes, pero que ante la vida que viene todo merece pasarlo. Es lo que va a significar toda aquella pascua que va a vivir Jesús y que van a vivir sus discípulos. Es un paso, de la muerte a la vida, por la muerte a la vida. Es la pascua que nosotros hemos de vivir, donde tendremos que arrancarnos mucho de nosotros mismos para poder vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece.

Y eso va a costar, eso va a ser doloroso y difícil en muchos momentos, y de alguna manera nos resistimos. Hoy queremos vivir una vida sin dolor, sin sacrificio, sin esfuerzo; queremos que todo poco menos que se nos regale, porque no siempre estamos dispuestos a ese sacrificio, a ese esfuerzo, a ese trabajo; de todo nos quejamos, y rehuimos lo que signifique sudor de nuestra frente, o dolor en nuestra carne por lo que de nosotros tenemos que arrancar. Quizás estamos perdiendo las perspectivas de trascendencia que han de tener nuestros actos, que ha de tener cuanto hacemos. No somos capaces del valor que vamos a encontrar más allá de esa frontera que nos parece oscura y dolorosa.

Sucede en todos los ámbitos de la vida, porque sucede en el trabajo en que parece que tenemos miedo de responsabilizarnos hasta tener que esforzarnos; nos sucede en nuestro camino de superación personal, que incluso no queremos pasar por ese periodo que nos puede parecer oscuro del aprendizaje para poder llegar a tener dominio sobre lo que hacemos. No queremos aprender ni para crecer en nuestra propia vida; queremos que se nos facilite todo y algunas veces como educadores también vamos dando tantas facilidades que el discípulo no termina de aprender.

Hoy Jesús nos habla de la alegría que vamos a tener al final. Quienes en la vida no tenemos miedo al esfuerzo, tenemos la experiencia también de la satisfacción de lo que al final hemos logrado con ese esfuerzo. No es masoquismo, sino la realidad de lo que significa aprender y crecer. ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Y nos habla Jesús de una presencia nueva; nos habla de la presencia del Espíritu que nos estará haciendo presente al mismo Jesús. Es la acción del Espíritu en la Iglesia, es la acción del Espíritu en los sacramentos, por la que es Jesús mismo quien bautiza, por la que es Jesús mismo quien se nos da en el pan de la Eucaristía y ya no hablaremos de pan, sino de Cristo mismo, de su Cuerpo y de su Sangre que se hacen presentes, que se han vida y alimento para nosotros.

‘También vosotros ahora sentís tristeza, les dice Jesús; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Es lo que podemos sentir hoy en la presencia de Jesús en su Iglesia. Es lo que nos hace sentir hoy que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús. Es lo que ahora nos anima y nos da esperanza.

miércoles, 19 de mayo de 2021

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo d


 

La alegría con que vivimos nuestra fe y la comunión que tenemos entre nosotros son el mejor testimonio de la verdad del mensaje de Jesús para el mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Sal 67; Juan 17, 11b-19

Cuando hacemos aquello en lo que de verdad creemos nos sentimos las personas más felices del mundo; y esa alegría que sentimos al realizarlo nos provoca a que con mayor intensidad busquemos todo aquello que pueda ayudar a los demás a encontrar también esa satisfacción y esa felicidad. Cuando estamos alegres por algo buscamos el encuentro con los demás, parece que con mayor facilidad encontramos esa comunión con los otros tratando también de superar aquellas cosas que nos pudieran enfrentar o distanciar. Esa alegría vivida con intensidad puede ser un ingrediente muy importante en los esfuerzos que hacemos por sentirnos unidos los unos con los otros.

Arranca todo eso de la sinceridad de nuestra vida, de la responsabilidad con que asumimos nuestra función sea cual sea el lugar que ocupemos en la sociedad, de esa fe que tenemos en nuestros proyectos porque los vemos bien enmarcados en lo que necesitamos en la vida y en lo bueno que buscamos. Hay una verdad que es esa meta que buscamos, hay una sinceridad que nos aleja de toda doblez, falsedad, hipocresía, vanidad, mentira. Nos sentimos con una alegría interior que por nada podemos sustituir en esa sinceridad con que queremos vivir nuestra vida.

Estamos en el evangelio escuchando, como decíamos ayer, la llamada oración sacerdotal de Jesús en que pide por sus discípulos en esa hora suprema de su ofrenda al Padre. Repetidamente Jesús ha deseado que sus discípulos vivan en la alegría - que vuestra alegría sea completa, les dice -, y es que los que seguimos a Jesús tenemos todas las razones para ser las personas más felices del mundo. Creemos en lo que hacemos e intentamos vivir, siguiendo con el concepto que veníamos desarrollando, y, a pesar de las dificultades de todo tipo que podemos encontrar, sabemos de quien nos fiamos porque hemos puesto toda nuestra fe en Jesús y tenemos la seguridad de que este es el mejor camino que podemos recorrer y que en verdad haría un mundo mejor.

Es una pena que tantas veces los cristianos no demos esa imagen de alegría y felicidad en la fe que confesamos y en el plan de vida que queremos realizar. Vamos por la vida, incluso realizando nuestra vida religiosa, con cara de entierro y de luto sin esperanza y lo menos que manifestamos al mundo es la alegría de nuestra fe. Malo es el testimonio que damos con esas caras que ponemos tantas veces de afligidos cuando estamos celebrando nuestra fe o cuando estamos realizando todo lo que es nuestro compromiso como cristianos.

Por otra parte tantas veces nos rompemos porque hacemos aflorar excesivamente nuestros protagonismos que nos llevan a rupturas y enfrentamientos, a no expresar la unidad y comunión que entre nosotros los que creemos en Jesús tendría que haber. Se rompe nuestra unidad y nuestra comunión y el testimonio se convierte en contra-testimonio.

Por eso hoy vemos como Jesús pide insistentemente por sus discípulos, que siguen en el mundo enfrentándose a todos los embates, pero que también reciben de sí mismos en actitudes y posturas insolidarias y con falta de verdadera comunión. Por eso ruega Jesús que estemos unidos para que el mundo crea. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’. Así ora Jesús al Padre por sus discípulos que quedan en el mundo, así pide por nosotros para que seamos santificados en la verdad.

viernes, 20 de marzo de 2020

Nos tenemos que sentir inquietos e insatisfechos si no llegamos a hacer que nuestro amor a Dios sobre todo se traduce en el amor al prójimo como a nosotros mismos


Nos tenemos que sentir inquietos e insatisfechos si no llegamos a hacer que nuestro amor a Dios sobre todo se traduce en el amor al prójimo como a nosotros mismos



Oseas 14, 2-10; Sal 80; Marcos 12, 28b-34
Nos dice el evangelista que ‘un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Qué mandamiento es el primero de todos?’
Siempre nos preguntamos por qué aquel escriba le hace esta pregunta a Jesús. Nos decimos que si era un escriba, un maestro de la ley, era algo que tenia que saber muy bien. ¿Por qué, entonces, la pregunta? Muchas veces decimos, así aparece en algún otro momento en el evangelio, que era como un poner a prueba a Jesús, un tenderle una trampa, un juicio en cierto modo que quería hacer de la enseñanza de Jesús a ver si se conformaba con los expresado en la Ley y los Profetas.
Pero, ¿por qué no podemos pensar que de alguna manera era como una inquietud que había en su corazón, una insatisfacción que le interrogaba por dentro? Nos puede pasar a nosotros que en ocasiones preguntamos no porque no sepamos las cosas sino que de alguna manera queremos confrontar lo que llevamos dentro que nos puede producir inquietud, insatisfacción, una búsqueda que llevamos en nuestro interior en la que no sabemos donde vamos a encontrar la luz.
No importa que nos surjan dudas en nuestro interior, que nos interroguemos a nosotros mismos buscando la respuesta, buscando la verdad. Hay ocasiones en que lo que hemos estado haciendo desde siempre ahora parece que no nos satisface, que quizá le falta algo que lo podía hacer mejor, que quizá se haya podido convertir en una rutina de nuestra vida y ahora parece como un sin sentido. Siempre tenemos que estar en esas ansias de búsqueda de algo mejor, o de hacer lo que hacemos con una mayor autenticidad; hay frialdades que se nos meten por dentro que nos van produciendo una tibieza en lo que hacemos o en lo que vivimos y no podemos dejarnos ir por esa pendiente.
Tendremos que tener la valentía de planteárnoslo o de ir a buscar quien nos saque de dudas, que nos ayude a reflexionar, que nos haga ver una cara distinta, que nos eleve de esa tibieza para darle más calor espiritual a nuestra vida. Pero tenemos que saber bien a quien vamos a acudir, hemos de saber oler donde hay verdadera sabiduría y verdadera altura espiritual, no nos podemos contentar con ir a cualquier charlatán, y lo digo así, charlatán porque es lo que nos podemos encontrar a veces.
Aquel escriba acudió a Jesús. No era tentarlo o ponerlo a prueba, sino que se estaba probando a si mismo. Jesús le responde textualmente con lo que estaba escrito en el libro de la ley y lo que realmente todo judío se sabia hasta de memoria. Es el amor a Dios sobre todas las cosas lo que es la ley y el mandato principal; pero un amor auténtico, un amor que no son solo palabras, un amor que se traduce en una vida, porque nos hará ver a los demás también de manera distinta. Por eso Jesús une en su respuesta dos textos del antiguo testamento. Amarás a Dios sobre todas las cosas, pero el segundo es semejante a este. Quiere decir que tiene la misma importancia; quiere decir que no podemos decir que cumplimos con el primero si no tenemos en cuenta el segundo, como decíamos, es la visión nueva que hemos de tener de los demás. Y amarás a tu prójimo como a ti mismo. ‘No hay mandamiento mayor que estos’.
Pero es importante que nos fijemos en la respuesta del escriba que viene a repetir las mismas palabras de Jesús, pero terminará diciendo que quien viva este amor está haciendo algo que vale más que todos los holocaustos y sacrificios. No es con los holocaustos y sacrificios ofrecidos ritualmente allá en el altar del templo donde estamos manifestando todo lo que es ese amor que decimos le tenemos a Dios, es en ese amor que se convierte también en amor al prójimo.
Está manifestando aquí y de esta manera seguro la inquietud que llevaba dentro y que no se atrevía a terminar de pronunciar, porque quizá le podría parecer que traicionaba lo que habitualmente se enseñaba en las sinagogas y en las escuelas rabínicas. Pero ahora ante Jesús lo expresa porque en las palabras de Jesús está viendo reflejada, está viendo la respuesta a todo lo que lleva dentro. Por eso Jesús le dirá que no está lejos del Reino de Dios. Su corazón está dando pasos, su vida va tomando un nuevo sentido, está comenzando a entender lo que es ese Reino de Dios que Jesús les anuncia. No estás lejos del Reino de Dios.

sábado, 25 de agosto de 2018

Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez



Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez

Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12

Cuando alguien alaba algo que hayamos hecho bien es justo que sintamos satisfacción dentro de nosotros y nos sintamos contentos con nosotros mismos. No porque busquemos esa alabanza o ese reconocimiento sino por esa satisfacción en si misma del bien hecho, de lo que pudo servir a los demás, o del granita de arena con que hemos contribuido a hacer que nuestro mundo sea mejor. Nadie nos puede decir nada porque nos sintamos contentos con nosotros mismos y que de alguna manera nuestro ego se sobrealimente siempre y cuando esto nos estimule a seguir haciendo el bien, ayudando a los demás o poniendo en servicio de todos aquellos valores que nosotros tengamos.
No hacemos las cosas para la apariencia, para buscar el reconocimiento y la alabanza, para que nos suban en pedestales. La persona que obra con rectitud y sencillez incluso muchas veces buscará ocultarse a si misma, porque lo que le importa es el bien que ha hecho; una persona que obra con rectitud y porque tiene ese espíritu de servicio en su vida no se deja halagar por vanidades ni nunca querrá ponerse por encima de los demás. Y esto bueno, esta manera de actuar con rectitud y sencillez lo podemos encontrar en muchos a nuestro alrededor que la mayor parte de las veces pasan desapercibidos.
Quizá muchas veces nos sea más fácil descubrir a los que van de arrogantes por la vida porque hacen mucho ruido. Quieren que se los vea y se les reconozca sus obras, y como nos dice Jesús en el evangelio van tocando campanillas por las esquinas de las calles para hacer notar su paso o para que vean las buenas cosas que hacen, que ya se ven viciadas por el propio orgullo con que se hacen. Y de eso quiere prevenirnos Jesús, porque de ninguna manera ese puede ser el estilo de lo que le siguen y se llaman sus discípulos.
Es cierto que nos dirá en otra ocasión que se vean nuestras buenas obras para que todos puedan dar gloria a Dios. Pero es para la alabanza y la gloria del Señor, no para alimentar nuestro ego, para buscar esos reconocimientos o ahogarnos en nuestras vanidades.  Por eso nos dirá también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha y es que el bien no se hace haciendo ruido, aunque la música de las obras buenas que hacemos sí tiene que cautivar los corazones.
Por eso el que es humilde y servicial se va a sentir querido y valorado por todos aunque le parezca sentirse herido en su humildad. Los que son buenos y hacen el bien sin ruido sin embargo van dejando tras de si una melodía hermosa y cautivadora que servirá para atraer a todos a hacer el bien.
Mientras que el arrogante y vanidoso, el que va por la vida repartiendo orgullo y con mucha soberbia en su corazón, no se sentirá nunca querido, más quien quizá temido, y muchas veces rechazado desde nuestro interior porque nos hiere la soberbia de los demás. Por eso andemos nosotros con cuidado para que nunca se llene de soberbia nuestra vida, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez.
Sepamos descubrir y valorar eso bueno que hay en tantos corazones que calladamente hacen el bien y que su gozo es hacer el bien a los demás.

martes, 29 de mayo de 2018

No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo


No andemos buscando satisfacciones y recompensas humanas cuando sabemos que tenemos garantizado en tesoro en plenitud en el cielo

1Pedro 1, 10-16; Sal 97; Marcos 10, 28-31

Alguna vez surge en nuestro interior la duda o la pregunta si aquello bueno que estamos haciendo, queriendo ayudar a los demás por ejemplo, o teniendo siempre un espíritu servicial y disponible para estar allí donde puedan necesitarnos o podamos hacer algo por un mundo mejor, merece la pena. ¿Qué sacamos nosotros en claro de lo que hacemos? ¿Merece de verdad hacer lo que hacemos de una forma desinteresada cuando quizá nadie nos lo agradezca?
Consciente o inconscientemente buscamos una compensación, un reconocimiento, una valoración de lo que hacemos, de alguna manera algo que nos recompense. Quizá tratamos de quitar ese pensamiento porque en el fondo queremos ser buenos y queremos hacer el bien, pero quizá en nuestro interior pudieran quedar ocultos deseos de satisfacción y recompensa. Sí deseamos ver un fruto al menos en aquellos por los que trabajamos y algún día nos veamos compensados cuando vemos que aquellos por los que quisimos hacer algo también han madurado en la vida y ahora también actúan de forma responsable y generosa.
Los discípulos también sintieron esas dudas en su interior. Es lo que ahora le plantean a Jesús. Después del episodio del joven rico que no dio el paso adelante de generosidad para desprenderse de todo y seguir a Jesús, éste les habla de lo difícil que les es a los que tienen su corazón apegado a riquezas u otras cosas que lo posean a uno el seguir el camino del Reino de los cielos.
No es que poseamos cosas, sino lo tremendo es que las cosas nos posean a nosotros, porque así dependamos de ellas que parece que nada somos si no lo tenemos. Y no son solo las riquezas materiales, sino son muchos apegos del corazón en nuestras rutinas, en nuestra tibieza espiritual, en los afectos desordenados y así en múltiples cosas.
Tras todo esto que les está diciendo Jesús Pedro le replica que ellos lo han dejado todo por seguirle, ¿qué les va a tocar? Una pregunta que denota si en verdad nuestra generosidad y desprendimiento es desinteresado. Aquello que decíamos de esas satisfacciones que buscamos, de esas compensaciones y recompensar de alguna manera por lo que hayamos hecho.
‘Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna’.
Quien se desprende de si mismo nunca se quedará ni solo ni vacío. Nos lo tememos algunas veces y por eso en ocasiones somos raquíticos con nuestra generosidad. Ni el aceite se acabará, ni la harina para el pan nos faltará, como le decía el Señor por boca de Elías a aquella viuda de Sarepta de Sidón, allá en el Antiguo Testamento. El Señor no lo permitirá. La misericordia del Señor es grande. Y con esa confianza tenemos que saber actuar con generosidad.
Pero si ya Jesús le había dicho a aquel joven rico que si se desprendía de todo tendría un tesoro en el cielo, ahora Jesús le dice a Pedro que en la edad futura tendría la vida eterna. Es la eterna bienaventuranza. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos prometería Jesús en las bienaventuranzas. Conocemos las palabras de Jesús porque muchas veces las hemos escuchado y meditado, pero parece que en ocasiones las olvidamos. ¿Por qué andamos buscando satisfacciones y recompensas humanas, si tenemos garantizado un tesoro en el cielo? Esa plenitud de vida y de amor que Jesús nos promete bien que merece la pena.

martes, 14 de noviembre de 2017

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Somos los hijos que buscamos siempre la gloria del Señor cuando hacemos su voluntad y cuando nuestra vida la convertimos en un servicio para el bien de los demás

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10
‘Yo soy siempre el tonto, el que siempre tengo que estar pendiente de todo mientras los demás están a la suyas’ Algo así habremos dicho quizá alguna vez o en casa se lo hemos escuchado a la madre cuando en un encuentro, en una reunión familiar allá están todos reunidos, charlando, pasándolo bien, esperando quizás que la comida ya esté lista, mientras nosotros, o como decíamos quizá la madre u otra persona siempre dispuesta al servicio, estamos preocupándonos que todo salga bien, que todo esté a punto.
Creo que entendemos la imagen o el ejemplo que trato de reflejar. Nos sentimos quizá medio de mal humor porque no podemos estar nosotros en la fiesta – digámoslo así, o tenemos la tentación de ello – pero cuando todo termina nos sentimos satisfechos de que todo haya salido bien, que las cosas estén bien preparadas y alguien habrá quizás que nos lo valore o nos lo tenga en cuenta.
En el fondo sentimos la satisfacción del servicio que realizamos, nos lo hemos tomado como una responsabilidad y nos sentimos bien. En nosotros hay con toda seguridad un buen corazón, un buen deseo de ayudar, un espíritu de servicio y lo hacemos por la satisfacción de lo bueno que realizamos y porque nos sentimos felices cuando podemos contribuir a la felicidad de los demás.
¿Por qué hacemos las cosas? ¿esperando quizá una recompensa o una alabanza? Es cierto que nos halaga que nos reconozcan las cosas, pero también en nuestra responsabilidad sabemos ser humildes, para considera que simplemente estamos haciendo lo que teníamos que hacer.
De alguna manera esto es lo que nos quiere decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que nos propone unas imágenes que quizás en nuestro tiempo nos sean más difíciles entenderlas porque al hablar de siervos y de trabajadores habla con el lenguaje y las costumbres de su tiempo. Es cierto también que ante Dios no nos consideramos siervos sino hijos, porque así ha querido El regalarnos con su amor. Somos sus criaturas, porque sabemos que El nos ha creado y la vida la recibimos de El, pero al mismo tiempo sentimos en nosotros la fuerza de su espíritu que nos hace hijos. ‘Mirad que amor nos tiene el Padre que nos llama hijos, y en verdad lo somos’, que nos decía Juan en sus cartas.
En nuestra humildad nos sentimos pequeños ante Dios, pero en el fondo del corazón sentimos que Dios nos ama y que nos mira no como siervos sino como amigos. Jesús les decía a los discípulos en la última cena que no los llamaba siervos sino amigos, porque les había revelado todo lo que el Padre le había manifestado.
En el fondo de nuestro corazón lo que siempre buscamos es la gloria de Dios. ‘Santificado sea tu nombre’, le decimos cada día cuando rezamos el padrenuestro y eso no es otra cosa que manifestar como queremos siempre la gloria de Dios. ‘Tuyo es el poder y la gloria’, que decimos también en la Eucaristía. Y buscamos la gloria del Señor haciendo su voluntad; y buscamos la gloria del Señor  haciendo que todos puedan conocer su nombre; y buscamos la gloria del Señor cuando buscamos el bien del hombre y nuestra vida se deja conducir siempre por los caminos del amor.