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viernes, 20 de febrero de 2026

Un aprendizaje necesario para saber decirnos no en lo que no nos conviene aunque parezca bueno y mantenernos firmes en la consecución de nuestras metas

 


Un aprendizaje necesario para saber decirnos no en lo que no nos conviene aunque parezca bueno y mantenernos firmes en la consecución de nuestras metas

Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Vamos dando los primeros pasos de nuestro camino cuaresmal y ya la Palabra de Dios nos va ayudando a que sepamos encontrar esos hitos que marcan nuestro camino, que van a estar ahí a nuestro lado, que nos van a señalar formas y maneras y que encauzan todo ese esfuerzo de superación que hemos de vivir en estos días como verdadero aprendizaje y preparación para que le demos auténtico sentido a la Pascua que vamos a vivir y a celebrar.

Comencemos por la pregunta que le hacen algunos a Jesús de por qué los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan mientras no lo hacen sus discípulos. Era una práctica muy socorrida en la espiritualidad judía y que de alguna manera intensificaban aquellos grupos que se formaban en torno a los profetas o que se formaban desde un deseo de mayor espiritualidad y fidelidad a la Alianza. El Bautista se había presentado con señales de gran austeridad, en el lugar en el que habitaba, el desierto, más allá del Jordán, en la forma de presentarse vestido con gran pobreza pero también en su alimentación a base solo de aquellas cosas que allá en el desierto podía encontrar, las langostas del desierto o acaso miel silvestre encontrada en cualquier oquedad que aprovechaban las abejas.

Cuando ante nosotros se nos presenta un personaje que nos atrae con su mensaje y con su estilo de vida tratamos de imitarlo, aunque hay el peligro que lo imitemos más en las apariencias externas que en la copia en nuestra vida de sus actitudes y de su plan de vida. Son de alguna manera unas desviaciones que van surgiendo muchas veces de forma natural pero con lo tergiversamos lo que es el verdadero mensaje que se nos quiere trasmitir; siempre buscamos más la formalidad de un cumplimiento que la radicalidad de un cambio de manera de vivir.

Por eso aquí tenemos que escuchar lo que hoy nos ha dicho el profeta. ¿Cuál es el ayuno que el Señor quiere? ‘El día de ayuno, les dice el profeta, hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo’. Otras tienen que ser nuestras actitudes en la vida que nos lleve a actuar de forma diferente. Escuchemos directamente al profeta: ‘Este es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos’.

Ya recordáis las pautas que os ofrecía el pasado miércoles de ceniza de esos signos y señales que tenemos que dar ante los que nos rodean del amor de Dios en nuestra vida. Es la liberación que hemos de ofrecer, son los signos del amor los que tienen que brillar. Si no somos capaces de mostrarnos con amor y misericordia con los que están a nuestro lado ¿qué signo estamos dando del amor de Dios? ¿Cómo estaremos diciéndoles que Dios los ama?

A la pregunta que le hacían a Jesús sobre el por qué del ayuno o no ayuno, de entrada Jesús nos viene a decir cómo se puede mermar nuestra alegría si estamos disfrutando de la presencia del Señor. ‘¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?’ Es la alegría con la que siempre nos hemos de mostrar y que será también un signo que manifestemos a los demás de cómo nos sentimos amados del Señor.

Pero, sin embargo, Jesús habla de momentos en los que el discípulo puede sentir tristeza en su corazón. ‘Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán’. Podemos ver un anuncio de lo que va a significar la pasión para los discípulos. La pasión que nosotros ahora vamos a celebrar en la Pascua, pero es la pasión por la que hemos de pasar en la pascua de nuestra vida, cuando nos vengan los momentos difíciles, cuando la tentación nos envuelva, cuando nos sintamos que no terminamos de encajar en ese mundo que nos rodea que trata de llevarnos por otros cauces, cuando los problemas se nos acumulen y nos parezca sentirnos solos y abandonados porque nos cuesta encontrar salida. Momentos duros de los que aprenderemos a salir con ese aprendizaje del ayuno, porque ayunar es decirnos no, a unos alimentos por ejemplo, pero también a otras muchas cosas que nos ofrece la vida pero que nosotros tenemos que saber discernir si nos convienen o no nos convienen.

Hoy nos cuesta renunciar, nos cuesta decirnos no, nos cuesta tomar decisiones radicales ante lo que tenemos o podemos hacer. No todo puede ser como dejarnos llevar por una balsa en la que nos arrastran las aguas; hay que saber enderezar el camino, tenemos que saber discernir lo que nos conviene, tenemos que aprender a esforzarnos por lo que consideramos lo recto y lo bueno aunque el ambiente nos quiere arrastrar por otro lado. Aprendamos a decirnos no para saber luego mantenernos firmes en lo que verdaderamente buscamos.

 

viernes, 7 de marzo de 2025

¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 


¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Parece normal que si estamos viviendo unos momentos agradables y felices en esos momentos no traigamos al presente situaciones que nos puedan resultar duras. Tratamos oportunamente de disfrutar el momento aunque sepamos que luego tendremos que afrontar situaciones que nos puedan resultar costosas, quizás puedan aparecer carencias que nos pueda imponer la vida o que quizás nosotros mismos nos imponemos en aras de conseguir luego algo mejor.

Cuando queremos alcanzar buenas metas quizás tengamos que pasar por el sacrificio y la renuncia, quizás no tenemos más posibilidades, pero sabemos que es el camino que nos ayudará en nuestro esfuerzo por conseguir lo mejor. El estudiante que quiere obtener los mejores conocimientos y las mejores notas al final, tendrá que renunciar a momentos de esparcimiento y de fiesta para poder estudiar; el que va a emprender una obra que es el sueño de su vida, para poder tener lo necesario para alcanzar renunciará a gastos en otras cosas que aunque buenas no son tan necesarias. Y así podríamos ponernos muchos ejemplos de la vida que pasan por ese sacrificio en aras de la meta que quieren alcanzar.

Hoy le vienen a plantear algunos porque sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan el Bautista o los seguidores de los fariseos. Jesús habla de que los amigos del novio cuando están en la fiesta de la boda de su amigo, tienen que participar de la alegría de esa fiesta porque además es la manera de sentirse unidos a El. Y así les pasa a los discípulos de Jesús, los que queremos seguir a Jesús, vivimos siempre en la alegría de su presencia y con ese sentido de fiesta. Qué lástima que algunas veces los cristianos vamos con cara de duelo incluso a nuestras celebraciones más festivas como tiene que ser siempre la liturgia; qué lástima que los cristianos no manifestemos más la alegría con que vivimos nuestra fe.

Jesús les dice, sin embargo, que podrán llegar momentos en que tengan que vivir en ese sacrificio. Así se considera el ayuno, es la renuncia a algo que necesitamos y que además nos gusta y saboreamos. Estamos en la cuaresma y hay algunos días que son especialmente penitenciales; es el momento de ofrecer algo de nosotros mismos, algo que nos cueste pero que ofrecemos con amor, como un signo y una señal de nuestro arrepentimiento pero también de que queremos algo mejor en nuestra vida.

Creo que tenemos que ir descubriendo el verdadero sentido que tiene que tener nuestro ayuno o nuestra abstinencia. Prescindir de algo que es gustoso para nosotros pero como señal de ese camino de superación que tenemos que hacer en nuestra vida. Muchas veces tenemos que decirnos ‘no’ en la vida, porque no todo nos lo podemos permitir, o porque quizás algo se nos presenta tentador como algo bueno pero nosotros sabemos que ese no es el camino de rectitud que hemos de vivir; y eso cuesta, y no siempre tenemos la voluntad firme para hacerlo y no dejarnos arrastrar por la tentación, y para eso tenemos que entrenarnos.

Sí, entrenarnos, aprender a hacerlo. El que realiza un entrenamiento por ejemplo para realizar un deporte tendrá que aprender unas técnicas, tendrá que desarrollar unas cualidades o unas costumbres, tendrá que dejar quizás malos hábitos o malas manera de hacer aquellas cosas, para aprender lo que es mejor, lo que hará de él ese buen deportista que logra metas y triunfos.

Eso en la vida. Siempre nuestro camino ha de ser un camino de superación y crecimiento. Y eso cuesta, y eso nos exige dejar a un lado los malos hábitos o rutinas de cómo hacíamos las cosas, eso nos está pidiendo unas renuncias, un decirnos no. ¿Estaremos entrenados para eso cuando todo nos lo permitimos, cuando no nos negamos de nada, cuando simplemente en la vida nos dejamos llevar?

¿No necesitaremos hacer ayuno de algunas cosas? El ayuno que nos está pidiendo el Señor va más allá de unos determinados alimentos. ¿No habrá en nosotros muchas rutinas de la vida de las que tendríamos que ayunar? ¿No tendríamos que ayunar de nuestro mal humor y de nuestros malos modos, de nuestras violencias y malquerencias, de nuestras envidias y resentimientos, de nuestras miradas despreciativas y de nuestras desconfianzas, de nuestras ganas de murmurar y de criticar y de andar siempre con nuestros juicios severos hacia los demás? ¿No tendríamos que aprender a ayudar de tantas vanidades con las que envolvemos la vida, de nuestros sueños de grandeza y buena consideración, de los aplausos que nos halagan? Miremos con atención muchas cosas concretas de nuestra vida de cada día y de nuestras relaciones con los que nos rodean.

Aprenderemos a decirnos no, absteniéndonos de carne o de golosinas los viernes, pero son de muchas más cosas de las que tenemos que abstenernos, hacer ayuno. Es algo que seriamente tenemos que plantearnos. Leamos con atención lo que hoy nos dice el profeta Isaías. Y todo eso con cara de fiesta porque siempre hemos de sentir la alegría de la presencia del Señor que nos ama y es nuestro salvador.

viernes, 27 de mayo de 2022

Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

 


Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Cuando nos garantizan que tras aquel momento difícil, luego todo cambiará somos capaces de superar los temores que podríamos tener ante cómo afrontar esa situación y hasta pondremos de nuestra parte la mejor voluntad para salir adelante. Cuando nos señalan y convencen que una partida y una separación es necesaria para poder tener luego la certeza de que nunca más nos separaremos del ser amado somos capaces de afrontarlo. No es fácil, por nuestra mente y por nuestro corazón pasarán algunas nubes que nos suenan a borrascosas, pero sabemos que detrás luce el sol y terminará brillando con fuerza.

Es lo que Jesús trata de decirles en los momentos y en las circunstancias que viven los discípulos. Habla de la madre que va a dar a luz y sabe que los dolores del parto son fuertes, pero que ante la vida que viene todo merece pasarlo. Es lo que va a significar toda aquella pascua que va a vivir Jesús y que van a vivir sus discípulos. Es un paso, de la muerte a la vida, por la muerte a la vida. Es la pascua que nosotros hemos de vivir, donde tendremos que arrancarnos mucho de nosotros mismos para poder vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece.

Y eso va a costar, eso va a ser doloroso y difícil en muchos momentos, y de alguna manera nos resistimos. Hoy queremos vivir una vida sin dolor, sin sacrificio, sin esfuerzo; queremos que todo poco menos que se nos regale, porque no siempre estamos dispuestos a ese sacrificio, a ese esfuerzo, a ese trabajo; de todo nos quejamos, y rehuimos lo que signifique sudor de nuestra frente, o dolor en nuestra carne por lo que de nosotros tenemos que arrancar. Quizás estamos perdiendo las perspectivas de trascendencia que han de tener nuestros actos, que ha de tener cuanto hacemos. No somos capaces del valor que vamos a encontrar más allá de esa frontera que nos parece oscura y dolorosa.

Sucede en todos los ámbitos de la vida, porque sucede en el trabajo en que parece que tenemos miedo de responsabilizarnos hasta tener que esforzarnos; nos sucede en nuestro camino de superación personal, que incluso no queremos pasar por ese periodo que nos puede parecer oscuro del aprendizaje para poder llegar a tener dominio sobre lo que hacemos. No queremos aprender ni para crecer en nuestra propia vida; queremos que se nos facilite todo y algunas veces como educadores también vamos dando tantas facilidades que el discípulo no termina de aprender.

Hoy Jesús nos habla de la alegría que vamos a tener al final. Quienes en la vida no tenemos miedo al esfuerzo, tenemos la experiencia también de la satisfacción de lo que al final hemos logrado con ese esfuerzo. No es masoquismo, sino la realidad de lo que significa aprender y crecer. ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Y nos habla Jesús de una presencia nueva; nos habla de la presencia del Espíritu que nos estará haciendo presente al mismo Jesús. Es la acción del Espíritu en la Iglesia, es la acción del Espíritu en los sacramentos, por la que es Jesús mismo quien bautiza, por la que es Jesús mismo quien se nos da en el pan de la Eucaristía y ya no hablaremos de pan, sino de Cristo mismo, de su Cuerpo y de su Sangre que se hacen presentes, que se han vida y alimento para nosotros.

‘También vosotros ahora sentís tristeza, les dice Jesús; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Es lo que podemos sentir hoy en la presencia de Jesús en su Iglesia. Es lo que nos hace sentir hoy que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús. Es lo que ahora nos anima y nos da esperanza.

martes, 23 de febrero de 2021

Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

 


Aprendamos a orar aprendiendo a dejarnos empapar por Dios como una lluvia que mansamente nos inunda y nos hace dar nuevos frutos de amor y de vida

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15

Quizás alguna vez nos hemos sorprendido a nosotros mismos contemplando la lluvia desde detrás de los cristales de nuestra ventana; ya hemos procurado que nadie nos sorprendiera para que no tener que oír si no teníamos cosa mejor que hacer que ver llover. Pues seguramente en ese momento no había cosa mejor que hacer; a mí me encanta, como me encantaba cuando era más joven y más atrevido circular en medio de la lluvia, a través de caminos poco menos que impracticables como muchas veces me tocó hacer en algunos lugares donde he habitado.

Pero si recuerdo esto, y lo hago de mano de lo que hemos escuchado hoy en las lecturas de la Palabra de este día, porque realmente es hermoso y se está como realizando un misterio de vida delante de nosotros cuando vemos llover y se va empapando la tierra donde luego germinarán fecundas las semillas para darnos hermosas plantas y hermosas flores y frutos. Ese irse depositando mansamente el agua en el terreno, cuando apenas vemos caer las gotas sino como una suave cortina que todo lo envuelve, pero donde vemos como la tierra se va empapando y empapando. Una imagen muy hermosa, una imagen que nos puede también decir muchas cosas.


Como ya hemos mencionado el profeta emplea esta imagen de la lluvia que cae y que todo lo empapa, pero en el evangelio se ha hecho el planteamiento de la oración. Hoy se nos recogen palabras de Jesús en el sermón del monte, pero al hilo de otro evangelista vemos que los discípulos en una ocasión se acercaron a Jesús para pedirle que les enseñara a orar. Seguramente será una petición que llevamos ahí escondida en nuestro corazón porque queremos orar y muchas veces no sabemos como hacerlo; repetimos fórmulas de oración ya elaboradas o cuando por nosotros mismos queremos balbucear nuestra propia oración casi no nos salen las palabras y a lo más nos ponemos a hacer simplemente un listado de peticiones.

También nosotros hoy queremos pedirle a Jesús que nos enseñe a orar. Y ya nos dice que no usemos de muchas palabras sino que nuestra oración tiene que ser como más sencilla y más espontánea. Pero no queremos dejarnos nada en el tintero, son tantas las cosas que queremos decir que igualmente nos ponemos a decir muchas palabras, pero nos ponemos poco a hacer silencio interior para sentir a Dios, para llenarnos de Dios, para escuchar esa presencia de Dios.

Y es aquí donde quiero utilizar esa imagen de la lluvia con la que hemos comenzado hoy nuestra reflexión. ¿Por qué no pensar que la oración es ese empaparnos de Dios como la tierra en la que cae mansamente la lluvia y poco a poco se va empapando de esa agua que la fecunda y la hace fructificar? Sí, dejarnos empapar por Dios; quedarnos quietos para ir dejando que Dios nos vaya inundando, sí, inundarnos de Dios.

Vamos a gozarnos de su presencia, escuchar su presencia que solo lo podemos hacer si hacemos silencio en nosotros, vamos a dejarnos sorprender por cuanto El irá suscitando en nuestro corazón, vamos a sentir que igual que corre la sangre por nuestras venas así Dios va llenando todo nuestro espíritu con su Espíritu y sentiremos entonces que ya no es nuestra vida sino la vida de Dios la que circula dentro de nosotros. Vamos a hacer silencio y quedarnos callados, porque sobran las palabras para que así podamos escuchar bien la Palabra, su Palabra de vida y de amor que nos llena y que nos inunda.

Nos sentiremos como en el cielo porque el cielo ha venido a nosotros y ya no está Dios allá en la lejanía de las alturas sino que lo sentiremos en nosotros y sentiremos entonces el gozo de su gloria, la alegría de su amor que nos transforma y así fluirá nuestra vida no ya por nuestros caprichos o caducas voluntades sino siempre en lo que es la voluntad del Señor. Casi no necesitaremos pedirle que nos ayude, aunque lo hagamos, porque en El y en su Espíritu nos sentiremos fortalecidos y comenzará a fluir de nosotros casi espontáneamente el amor y la paz.

Hagamos silencio, dejemos que esa lluvia de la presencia de Dios mansamente vaya poco a poco empapándonos para sentirnos así inundados por una nueva vida y por el amor. Nos veremos transformados porque nos sentimos amados de Dios y aprendemos a gustar y saborear esa hermosa palabra con la que comenzaremos a llamar a Dios, Padre.

domingo, 27 de diciembre de 2020

El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

 


El hogar y la familia de Nazaret fue la escuela de aprendizaje donde nació el Hijo de Dios que se hace hombre y creció en edad, sabiduría y gracia ante Dios y los hombres

Eclesiástico 3, 2-6.12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 22-40

Uno de los valores que se intenta mantener en todo su esplendor en las fiestas de navidad es que son unas fiestas entrañablemente familiares como una de las cosas que nos ha dolido más en las circunstancias actuales de la celebración de la navidad de este año es precisamente el no poder vivir con la intensidad acostumbrada este sentido familiar de la Navidad. Es cierto que todo tiene sus excesos y en cierto modo limitaciones como todo lo humano y por otra parte el darle tanto valor a la cena familiar haya quizá mermado en cierto modo el sentido religioso de la navidad, pues quizá se restaba la posibilidad de una participación en la celebración litúrgica de la Misa del Gallo o Misa de Nochebuena.

Precisamente en este domingo siguiente al día de la Natividad del Señor la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a la Sagrada Familia de Jesús, José y María, la Sagrada Familia de Nazaret donde quiso Dios que se encarnase, naciese y creciese en lo humano el Hijo de Dios que se hizo  hombre. Una mirada a ese Hogar de Nazaret, escuela y semillero del amor más hermoso, como es el amor familiar. Y el niño crecía en edad, sabiduría y gracia en el seno de aquel hogar.

Vino Dios a hacerse uno como nosotros y será como niño en el seno de ese hogar donde aprenderá a hacerse hombre, a crecer en edad y en sabiduría, a crecer y a madurar en lo humano como toda persona que tiene en el hogar y en el seno de la familia ese semillero donde va a aprender y a desarrollar todos esos valores humanos de la persona que le llevarán por caminos de gracia y de plenitud.

La convivencia familiar es esa hermosa escuela donde aprendemos los mejores valores que nos hacen más humanos; es el encuentro y es el diálogo en común, es ese intercambio de experiencias pues lo vivido por unos miembros de la familia servirá de base y de modelo para lo que los otros han de vivir también, es la confianza que nos hace sentirnos mutuamente apoyados, es el caminar juntos afrontando dificultades y problemas que siempre en toda familia van a aparecer pero tratando siempre de sentirnos verdaderamente solidarios para juntos resolverlos y superarlos, es ese abrirme al otro y a lo otro porque nos damos cuenta que no podemos vivir encerrados en nosotros mismos, es el aprender a levantar la mirada para ver horizontes más amplios que los caprichos particulares pero también para sabernos elevar a ideales y metas superiores dándole una mayor trascendencia a la vida, es el darnos cuenta que somos algo más que cuerpo y carne y que hay un espíritu dentro de nosotros que nos eleva y nos hace también trascender todas las cosas en Dios.

Es un camino que día a día vamos desbrozando, en el que tropezamos quizá muchas veces y hasta nos hacemos daño, pero sabemos que en el calor del amor del hogar y de la familia todas esas heridas se curan porque en quienes se aman de verdad siempre hay capacidad de perdón superando y olvidando aquellas cicatrices que nos hayan podido quedar de las luchas de la vida. Es lo que todos con mayor o menor perfección hemos vivido en la vida en el seno de nuestros hogares, que bien sabemos que no son perfectos porque limitados y llenos de debilidades somos cada uno de nosotros. Pero la convivencia nos enseña a amarnos, a comprendernos, a tendernos la mano, a perdonarnos una y otra vez, a saber comenzar de nuevo cuantas veces haga falta.

Es la realidad que hoy contemplamos también en aquel hogar de Nazaret donde nació y creció el Hijo de Dios al hacerse hombre. No faltaron dificultades a aquella familia que queremos llamar sagrada, porque ya el nacimiento del niño fue en extrañas e incómodas circunstancias lejos del hogar de Nazaret y sin tener ni siquiera posada que los acogiera en su obligatoria llegada a Belén. Pero será la huída a Egipto y como destierro huyendo de Herodes que quería atentar contra la vida del Niño y su camino itinerante hasta llegar de nuevo a Nazaret; será la vida de un pobre artesano que no destacaría por sus riquezas y posibilidades, pero que enseñaría muy bien que el Hijo del Hombre no tendrá ni donde reclinar su cabeza.

Pero es la vida de unos creyentes con su esperanza puesta en Dios a los que vemos subir al templo por una parte para cumplir los ritos de la presentación del primogénito al Señor o para la celebración de la Pascua. Como nos dirá más tarde san Lucas ‘como era su costumbre fue a la sinagoga el sábado’, que era el día del encuentro y de la escucha de la ley y los profetas como lo era del culto debido al Señor y ofrecido en la oración de la comunidad.

Fue la escuela del aprendizaje de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros miramos a aquel hogar y a aquella sagrada Familia de Nazaret porque también queremos que sea escuela de aprendizaje para nosotros, para nuestros hogares, para nuestras familias. Hoy miramos a aquella Familia de Nazaret y pensamos en nuestras familias y pedimos por nuestras familias, pero queriendo hacer más amplia nuestra oración tenemos en cuenta y pedimos por las familias en dificultades, por las familias rotas, por las familias donde falta el calor del amor y de la buena convivencia.

Que encontremos un verdadero estímulo para nuestro camino y para el camino de las familias tan importante y esencial para hacer un mundo mejor. Con unas familias sanas tendremos un mundo sano; con unas familias llenas de amor tendremos un mundo mejor.