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sábado, 22 de agosto de 2026

De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

 


De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos duela para dar en verdad la imagen de la Iglesia que camina al paso de Jesús

Ezequiel 43, 1-7a; Salmo 84;  Mateo 23, 1-12

¡Qué pronto se nos suben los cargos a la cabeza! Eso nos pasa con demasiada frecuencia porque todos tendemos a dar importancia a lo que hacemos. Llama a alguien que nos parece un infeliz don nadie que de alguna manera no le ha quedado más remedio que pasar desapercibido en la vida y de la noche a la mañana lo encumbras con una responsabilidad, la que sea, y veremos cómo pronto se dará importancia, ya se cree en un estadio superior a los que le rodean porque a él y a nadie más que a él le dieron esa responsabilidad y lo veremos que se cree un dios o un rey en medio de sus semejantes.

Puede parecernos un caso extremo y si me quieren decir también aparentemente inusual, pero en tantas cosas y en tantos momentos de la vida también nosotros nos creemos mejor que nadie, y pronto aparecerán los aduladores de turno que nos dirán lo bien que lo estamos haciendo y nos endiosamos y nos ponemos por encima de todos y ya nos creemos los reyes del universo. Son tentaciones por las que pasamos y la vanidad es algo que a todos nos encanta. Lo habremos visto a nuestro alrededor en todos los estamentos de la sociedad, miremos lo que sucede en tantos cargos públicos, pero nos puede suceder de alguna manera a nosotros.

Parte el evangelio de hoy de forma concreta cómo Jesús aconseja a sus discípulos y a cuantos quieran escucharle que no hagan como están haciendo sus dirigentes; a lo más les dice que escuchen sus buenas enseñanzas, pero que no se fijen en sus vidas para tratar de copiarlas en las propias, porque son los que enseñan una cosa pero luego ellos por sí mismos hacen lo contrario de lo que enseñan, o les vale la autoridad con que se presentan para ser manipuladores de sus conciencias. ‘No hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen…’ Las incongruencias de la vida de las que nos quiere prevenir Jesús para que haya más autenticidad.

Por eso a continuación dirá Jesús algo muy concreto y que no siempre queremos escuchar. Son claras las palabras Jesús para que no se nos suba, como decíamos al principio, el cargo a la cabeza. Otro ha de ser el estilo que nunca puede pasar por la prepotencia ni la vanidad. Recordamos que cuando los discípulos andan discutiendo por los primeros puestos y quien va a ser el primero o más importante en ese reino nuevo que anuncia Jesús – cuánto les costaba entender el sentido del Reino de Dios – les dirá que tienen que aprender a ser los últimos, a hacerse servidores de todos, que la verdadera grandeza estará en el servicio hasta ser capaz de dar la vida por los demás.

Por eso hoy nos dice que ni nos dejemos llamar rabí, que no nos dejemos llamar padre, que no nos consideremos maestros de nadie ni nos hagamos llamar maestros. La sabiduría que tratamos de transmitir no parte de nosotros mismos, de que creemos escuela para que nos sigan a nosotros, la sabiduría nos viene del Espíritu de Dios y Él es nuestro único padre, nuestro único Señor, el único Maestro de nuestra vida.

¿Qué seguimos haciendo hoy los que nos llamamos discípulos de Jesús y vivimos en Iglesia? ¿No seguiremos buscando títulos y reverencias? ¿Habremos aprendido a ir con humildad al encuentro con los demás para hacer camino juntos?

Todavía muchos títulos aparecen en nuestra Iglesia, demasiados sillones altos, muy ostentosas vestimentas de las que nos revestimos, excesivos escalones para ponernos por encima, mucho distanciamiento que seguimos manteniendo. Nos pueden parecer cosas sin importancia pero son señales de la prepotencia con que nos presentamos. Demasiado seguimos dando en la Iglesia la apariencia de un poder semejante a los demás poderes que hay en el mundo. De muchas cosas tenemos que despojarnos aunque nos cueste y nos duela. ¿Será en verdad la Iglesia que camina al paso de Jesús?


sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?


martes, 3 de marzo de 2026

Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

 


Vayamos despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias en quien se dice discípulo de Jesús

Isaías 1, 10. 16-20; Salmo 49; Mateo 23, 1-12

Es en el camino de la sencillez y de la humildad donde manifestamos nuestra verdadera grandeza. Eso lo sabemos todos porque aunque seamos como seamos sin embargo nos queda algo de sensatez en nuestro interior, en nuestro pensamiento; diríamos que es algo que hemos ido aprendiendo en la medida en que hemos ido madurando en la vida y quizás tras experiencias donde quizás un día nos dejamos llevar por el orgullo y la vanidad y al final salimos chamuscados, por decirlo de alguna manera.

Sin embargo la tentación de la vanidad nos aparece continuamente en nuestra vida; porque nunca queremos quedar por debajo de los demás y haremos todo lo posible por estar en el escaño superior para intentar ver por debajo a los otros; algunas veces sin ser nada sin embargo nos creemos superiores y comenzamos a hacer nuestras discriminaciones en la vida; en el orgullo que se nos va metiendo por dentro nos cuesta aceptar que tenemos que mezclarnos con todos porque todos somos iguales y nos dejamos llevar por las aspectos externos que contemplemos en los otros o por lo vanidosos que nosotros nos presentemos; y vamos a decir algo más, pudiera ser que estemos dotados de especiales dones y cualidades, pero tenemos que pensar que cuanto enriquece nuestra vida no es para nosotros mismos sino para el servicio generoso y desinteresado con los demás.

Es de lo que nos está hablando Jesús, partiendo de aquellas actitudes dominantes con las que se presentan los que se creen dirigentes de la comunidad por las funciones que quizás tengan que realizar; pero se olvidan de la sencillez y de la humildad como hemos venido diciendo, se creen maestros y con autoridad para imponer sus criterios a los demás, o para valerse de esa preponderancia para tener una actitud de dominio sobre los otros.

Por eso Jesús les dice que entre sus discípulos no pueden ser como ellos; nuestra actitud siempre ha de ser la del servicio y esa misión que quizás hayamos recibido o esos dones que pudieran adornar nuestra vida nos han de poner siempre en actitud de servicio. Recordamos lo que hizo Jesús en la última cena; ‘me llamáis y el maestro y el Señor, y en verdad lo soy’, les dice porque quizás se han sentido sorprendidos por el gesto que ha realizado Jesús de lavarles los pies a todos. Pero a continuación nos dirá que eso es lo que nosotros tenemos que hacer con los demás.

Por eso hoy, en el texto que se nos ofrece en este día nos dice que no nos dejemos llamar ni maestros ni padres, porque todos estamos a la misma altura, ‘todos vosotros sois hermanos’, les dice. El sí era el maestro, pero no le importó quitarse el manto, ceñirse la toalla y ponerse a los pies de los discípulos. Y nosotros vamos con nuestra prepotencia pidiendo reconocimientos y aplausos, mirando por encima del  hombro a los demás, no queriendo mezclarnos con todos, haciendo nuestras distinciones.

¿Tratamos igual a todos los que conocemos o a todos los que están a nuestro lado? Ya sé que es muy humano que haya simpatías y sintonías, pero eso no quita para que con aquel que no nos cae simpático también seamos amables, lo saludemos con una sonrisa, y le tendamos la mano con generosidad para hacer algo por él.  Cuántas oportunidades tenemos de ir sembrando sintonías a nuestro lado, no pases nunca a la distancia del otro cambiando de acera porque te cae mal. No es fácil, porque las fibras de nuestro corazón están dañadas y aparece pronto la discordancia, pero por encima de todo eso tiene que haber algo más. ¿Somos o no somos discípulos y seguidores de Jesús?

Vayamos, pues, despertando esas necesarias sintonías afinando bien nuestro espíritu para que no haya esas incongruentes discordancias. Es el camino humilde y sencillo con el que vamos haciendo presente el Reino de Dios en nuestro mundo. Cuando has comenzado a amar de verdad a todo el que está a tu lado es que has entrado en la sintonía del Reino de Dios.

domingo, 27 de julio de 2025

Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

 


Con la actitud y la confianza de los hijos nos dirigimos a Dios como a nuestro Padre tal como nos enseña Jesús

Génesis 18, 20-32. Salmo 137. Colosenses 2, 12-14.  Lucas 11, 1-13

Cuando nos dirigimos a alguien porque tenemos que tratar algún asunto con esa persona, seguramente hacia ella según nosotros la veamos, o según el concepto que nosotros tengamos de esa persona. Me explico, aunque digamos que todos nos tratamos igual, sin embargo no es lo mismo si nos dirigimos a una persona que nosotros consideramos muy importante, sea por su situación social, la representatividad política o de autoridad que ejerza, no es lo mismo que si nos dirigimos al vecino de la casa de al lado, al amigo con el que siempre hemos convivido, o a un familiar; en unos y en otros tenemos en cuenta quizás también su forma de ser o de relacionarse con los demás; todo eso son condicionantes, y en el caso familiar no es lo mismo quizás a un hermano que a nuestro padre o nuestra madre. Seguro que con estos nos sentimos más a gusto por esa relación de amor que existe entre un padre y sus hijos.

Yo diría que es lo que nos quiere hoy decir Jesús cuando nos enseña a hablar con Dios nuestro Padre. Los discípulos que ven continuamente como Jesús siempre está encontrando momentos para su oración con el Padre, como El llama a Dios le piden que les enseñe a orar. Ellos habían visto cómo Juan el Bautista allá en el desierto – algunos de ellos también habían sido discípulos de Juan – enseñaba a sus discípulos a orar; los fariseos en su manera de entender a Dios y la religión también enseñaban a sus discípulos a orar; podríamos decir que de alguna manera estas maneras de orar que unos y otros enseñaban viene a ser como una señal de su identidad como creyentes.

Jesús anuncia del Reino de Dios, es el eje de su predicación, sus discípulos le siguen porque en ese Reino de Dios anunciado por Jesús se están despertando sus esperanzas y están encontrando un sentido para sus vidas. Ellos quieren, podíamos decir, tener también su oración, su manera de orar como distintivo; es la forma de orar que les enseña Jesús. Más que formulas a repetir Jesús enseña un sentido nuevo de oración.

Pero la primera palabra con la que Jesús nos enseña a dirigirnos a Dios tiene su gran importancia, porque es lo que va a dar un sentido distinto a nuestra oración, a nuestro encuentro con Dios. Recordemos lo que decíamos antes.

No le da nombres a Dios, como un día Moisés había pedido en el Horeb. ¿Cuál es tu nombre? ¿Quién les voy a decir a los israelitas que me manda a ellos para liberarlos de la esclavitud de Egipto? Jesús nos dice algo mucho más tierno, no recuerda aquella palabra que muchas veces se queda casi en unas mínimas letras que musitamos como los niños llaman a su papá, ‘paaa’, ‘papaito’, porque simplemente es la ternura de un niño con su padre, pero es la ternura de un padre con su niño. Y así nos dice que nosotros le digamos a Dios, es la actitud con la que nosotros vamos a la oración.

En nuestro encuentro con Dios vayamos siempre con esa ternura del niño que se encuentra con su padre; y esa ternura da confianza, y esa ternura nos llena de amor y queremos manifestar ese amor de mil maneras, y esa ternura va a mover nuestro corazón, y esa ternura buscara siempre la manera de hacernos agradables para nuestro Dios, y en esa ternura nos sentimos seguros y fuertes frente a las cosas adversas con las que nos podemos encontrar, esa ternura nos hará buscar siempre  por encima de todo lo bueno, el bien, lo que es justo.

Que es realmente lo que Jesús nos enseña a decir en el Padrenuestro. Ese tiene que ser en verdad el sentido de nuestra oración. Una oración que aprenderemos a decir porque hemos aprendido a escuchar a Jesús y nos hemos impregnado del Espíritu de Jesús. Como nos ha dicho alguien  sólo el que vive en el Espíritu de Jesús, quiere decir Lucas, sabrá rezar el Padrenuestro con el espíritu de Jesús. Y sólo sabrá rezarlo quien sepa escuchar primeramente la predicación de Jesús.

Será en verdad una oración que nos llena interiormente porque nos hace sentirnos llenos de Dios, una oración de la que saldremos siempre rebosantes de paz, una oración que siempre pone esperanza en el corazón, una oración que no nos deja adormecidos en la rutina, una oración que nos pone siempre en camino de vida, una oración en la que sintiendo como Pedro en el Tabor que bien se esta aquí sabemos que tenemos que salir, que bajar de la montana a la llanura para ponernos en camino, una oración con la que sintiendo a Dios en el centro de nuestro corazón nos hará comprender de verdad lo que es vivir ese Reino de Dios.

Y todo porque hemos comenzado sintiendo que a quien vamos a dirigirnos es a un Dios que nos ama y que es nuestro padre, al que podemos llamar papaíto.

domingo, 30 de marzo de 2025

Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 



Sepamos buscar los hilos del amor y la compasión que van a tejer ese reencuentro que todos necesitamos en nosotros mismos, con los que nos rodean y con Dios

 Josué 5, 9a. 10-12; Salmo 33; 2Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3. 11-32

Los reencuentros suelen ser costosos, claro que dependiendo de las actitudes que mantengan las partes del reencuentro. Digo reencuentro que es volver a encontrarse cuando por algún motivo se habían rotos los hilos que nos mantenían unidos desde aquel primer encuentro; se hace difícil encontrar de nuevo esos hilos que nos mantenían unidos, quizás porque quien produjo la ruptura ahora siente las culpabilidades, se ve abrumado por su peso, se ve avergonzado y no sabe como salir de esa situación y levantarse; quizás aparece la desconfianza porque no sabe como lo van a recibir, la acogida que va a tener, y se le hace difícil dar los pasos; además porque reconocer los errores no es fácil, nos mantenemos quizás en una actitud de quien siempre tiene la razón y serán los demás los culpables; la actitud del que acoge también es importante, porque por el hecho de sentirnos heridos no tenemos razón para seguir manteniendo las distancias, hacer nuestras reservas o poner nuestras condiciones.

Qué difícil se hace el diálogo en nuestra sociedad para conseguir la paz, lo estamos viendo cada día, en situaciones que nos suceden a nuestro lado, o en los grandes conflictos que está sufriendo nuestro mundo; siempre están por medio las condiciones que ponen las partes de las que no se quieren apartar con sus orgullos heridos, con su prepotencia que se vuelve dañina y con la ambición que motiva todos nuestros movimientos. Los diálogos en busca de la paz se han interminables y siguen sin encontrarse los hilos que nos pueden unir de nuevo en ese reencuentro de paz.

Es de lo que viene a hablarnos hoy el evangelio. Es más que conocida la parábola que nos propone Jesús y muchas reflexiones nos hemos hecho muchas veces sobre ella. Un padre con dos hijos; el hijo mejor que marcha de la casa del padre viviendo de mala manera con la herencia que le había pedido a su padre; el hermano mayor que permanece en la casa. La vuelta y el reencuentro se hacen difíciles. El que ha marchado lejos se ve una situación desastroso y arrepentido quiere volver a la casa del padre.

Pero, ¿cómo restaurar aquellos hilos que se habían roto? La desconfianza de cómo sería recibido corroe su corazón, pero tiene la valentía de levantarse, no temiendo las condiciones que le pudieran imponer, pero quiere estar aunque sea como un jornalero en la casa del padre. Pero la actitud del padre es distinta de lo que puede imaginar, porque será el padre el que correrá al encuentro del hijo que temeroso se acerca a la casa. Para el padre los hilos no están rotos, porque en el corazón del padre no ha faltado el amor y la esperanza en la vuelta del hijo perdido que ahora lo siente renacido. Desde esos valores y principios del padre es normal la fiesta de la acogida. No son necesarias muchas palabras aunque el hijo las llevase preparada sino van a estar los gestos de la acogida que con los gestos del amor y de fiesta en el reencuentro.

Pero difícil va a ser el reencuentro de los hermanos porque el niño prodigio que se quedó en casa sí pone condiciones, si crea distancias, si presenta resentimientos, si abona exigencias. Cuando al oír la música de la fiesta se entera de la vuelta del hermano, no quiere entrar aunque el padre venga a buscarlo. Y como decíamos aparece la lista de los reclamos, la lista de las cosas que mantenían su corazón más que enfermo muerto porque no sabe amar.

¿No nos parecemos muchas veces más a este hijo prodigio que al hijo pródigo en que siempre nos fijamos? Cuantas prevenciones tenemos nosotros para con los demás. Ya nos dice el evangelista que Jesús por aquella actitud que tenían los fariseos y los escribas contra Jesús porque comía con publicanos y pecadores es por lo que nos propone la parábola. Una postura como la del hijo mayor que no quiere mezclarse con su hermano porque es un pecador. Esas barreras que nos seguimos poniendo los unos y los otros en la vida, esas distancias que mantenemos porque no nos vamos a mezclar con todo el mundo, ese pasar sin mirar a la cara al lado del que nos está tendiendo la mano para pedirnos una ayuda, esos círculos cerrados que nos creamos donde estamos los que nos creemos los buenos y los que hacen muchas cosas por los demás.

Son esas cosas que llevamos en el corazón y nos enferman por dentro; son esas actitudes que contemplamos en la sociedad que se convierte en una sociedad enferma; esas cosas que podemos encontrar también entre nosotros en nuestras comunidades de iglesia que también nos creamos nuestras estancias estancas; son esas condiciones que ponemos para aceptarnos mutuamente, para recibir al emigrante o para acoger a los que hayan cometido errores en la vida que siempre serán para nosotros unos malditos.

Miremos al padre, su corazón lleno de compasión y de misericordia, rebosante de amor; vayamos con confianza, pero aprendamos a ir con los mismos sentimientos hacia los demás; transformemos nuestro corazón para encontrar esos hilos del amor que siempre nos mantendrán unidos y nos harán sentir la verdadera alegría del reencuentro y de la paz.

sábado, 22 de marzo de 2025

Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

 


Una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Hay dichos y refranes que nos trasmitimos unos a otros y que decimos que reflejan una sabiduría popular y que pueden ser pauta para decisiones o formas que tengamos de ver la vida. Es cierto, son formas de ver la vida, pero que no siempre tenemos que tragarnos como cosas absolutas sino que tenemos que analizar, descubrir su verdadero sentido desde unos criterios y unos valores que tengamos con los que muchas veces puedan chocar. Siempre hemos de tener ojo crítico que nos lleve a reflexionar y cribar todas esas cosas que de un lado o de otro nos llegan.

Habremos oído en más de una ocasión aquello de ‘dime con quien andas y te diré quien eres’. Seguramente fueron consejos de buena voluntad que pudimos recibir incluso de nuestros educadores, para prevenirnos de malas compañías que podrían arrastrarnos en la debilidad de nuestro carácter por caminos no siempre convenientes. Cuando hoy escucho el evangelio, sobre todo ese primer cuadro que se nos ofrece, ese podría ser el criterio de aquellos fariseos y escribas que se están fijando en que Jesús come con los publicanos y con aquellos que ellos llamaban pecadores. De alguna manera querían meter en el mismo saco, como se suelo decir, también a Jesús y sus discípulos.

Esto da pie a una parábola de Jesús con la que nos viene a decir si acaso nosotros nos atrevemos a corregir las actitudes, digámoslo así, que Dios tiene con nosotros. Era en cierto modo enmendarle la plana a Dios que a todos nos ama, y que también ama a aquellos que nosotros decimos pecadores, como nos ama a nosotros que pecadores también somos.

Un padre y dos hijos, nos dice la parábola. Dos hijos con caminos distintos, porque el menor le exige en vida a su padre la herencia y se marcha a disfrutar de la vida; el mayor se queda en casa, aparentemente más obediente, pero pronto veremos luego que su corazón no está tan limpio. Y si el menor un día se dio cuenta de que había perdido la paz de su corazón cuando se había alejado de su padre y ahora deseaba acercarse para estar a su lado aunque simplemente lo consideraran como un jornalero, el mayor seguía guardando en su corazón resentimientos y mal querencias, primero porque no quería reunirse de nuevo con su hermano, y también porque hacia su padre no era tanto el amor que sentía con sus resentimientos por no tener lo que él quería.

Pero allí está el amor del padre que no faltará nunca. Su hijo se ha marchado, pero no lo ha sacado de su corazón; habrá malgastado todo lo que su padre le había dado que era mucho más que lo material de una herencia, pero el padre estará siempre esperando su vuelta de manera que cuando tímidamente y con temor el hijo parece acercarse, será el padre el que corra a su encuentro porque es el hijo que ha vuelto, es el hijo que estaba muerto pero que ha vuelto a la vida, como saldrá también en búsqueda del hijo mayor que ahora quiere quedarse fuera porque no quiere mezclarse en la fiesta de la vuelta de su hermano.

El amor del padre los envuelve a los dos, como el amor de Dios nos envuelve a todos. ¿Le vamos a decir al padre que no ame a sus hijos? ¿Le vamos a decir que no los deje entrar en casa porque vienen envueltos en la miseria del abandono en que se han metido? ¿Le vamos a decir que no les ame porque no se lo merecen?

Nos retrata, es cierto, Jesús en la parábola, pero los protagonistas no somos nosotros; el retrato más hermoso que Jesús nos está haciendo es el de Dios que es nuestro Padre y nos ama siempre. Es el retrato del corazón de Dios que tenemos que saber reflejar en nuestro corazón.

Así nos sentimos amados de Dios, que nosotros también somos pecadores; pero así tenemos nosotros que comenzar a amar, y amar es acercarnos también a aquel que ha errado en los caminos de su vida, amar es tratar de llevar luz con nuestro amor donde nos parece que todo son sombras, amar es poner comprensión en la vida sabiendo mirar con el corazón, amar es estar cerca del otro para decirle una buena palabra que le ilumine, para que nuestros gestos y nuestra cercanía despierten en él nuevos sentimientos y nuevos deseos, es amar no es temer mancharnos en el fango que podamos encontrar alrededor si con nuestra mano podemos sacar a alguien de ese pozo para que encuentre de nuevo la vida, amar no es huir de la manzana podría porque podría contagiarnos sino con la salud de nuestro amor transformarla para hacerla una manzana buena.

Es una nueva y distinta dimensión de nuestras relaciones con los demás porque estamos queriendo entrar en la dimensión del amor que todo lo transforma. Sintámonos fuertes en ese amor.

jueves, 13 de marzo de 2025

Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

 


Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados y sentirán siempre al Padre a su lado como estímulo y fortaleza para el crecimiento de su vida

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

Afrontando la vida con realismo y sinceridad nos damos cuenta que en el mundo en que vivimos estamos llamados a interrelacionarnos los unos con los otros, porque mutuamente nos necesitamos empezando para comunicarnos pero también por la ayuda que nos podemos dar los unos a los otros en las mismas necesidades vitales con que nos encontramos.

Surge, pues, esa relación y esa intercomunicación, ese pedir ayuda en multitud de ocasiones y aceptar lo que los demás puedan ofrecernos. Orgullosos somos en ocasiones para no querer o no atrevernos a pedir a los demás eso que necesitamos, aunque haya otros que viven en una dependencia total de los demás porque tampoco son capaces de hacer nada por si mismos.

Hoy Jesús en el evangelio está enseñándonos esa relación de humildad pero también de confianza que nosotros hemos de tener con Dios. Es la confianza de los hijos que se sienten amados por sus padres y a ellos llegarán con toda confianza con lo que es su vida porque sabe que siempre serán escuchados y comprendidos y siempre van a encontrar el apoyo que necesitan para desarrollar su propia vida.

El padre en su amor hará siempre todo lo que pueda por su hijo porque lo ama, pero también dejará crecer al hijo, estará a su lado como apoyo que le sostiene en ese enfrentarse con los problemas de la vida; no es mejor padre el que se convierte es un insustituible en la vida del hijo haciéndolo todo por él, sino el que mejor estimula, acompaña y ayuda a crecer haciéndole sentir la fuerza que necesita para hacer también todo lo que es capaz.

Hoy nos dice ‘Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’, y no es para que nos sintamos incapaces y que nos lo den todo hecho sino para que tengamos la confianza de que somos escuchado, que se nos dará lo que necesitemos, se nos responderá a nuestras súplicas o en aquellas angustias que podamos pasar en los momentos tormentosos de la vida, vamos a tener la seguridad de quien está a nuestro lado y será nuestra fortaleza. ‘Quien busca encuentro y al que llama se le abre’, nos dirá Jesús.

Algunas veces le hemos dado una literalidad a estas palabras de Jesús que vemos a Dios solo como el solucionador de problemas o ese paternalismo de quien nos da las cosas hechas sin que nosotros pongamos nada de nuestra parte. Así muchas veces vamos en nuestra oración a Dios, como al solucionador de problemas o la tómbola que nos regala las cosas en función de la suerte o la lotería que reparte premios, vamos al que nos va a sacar las castañas del fuego para que nosotros no nos quememos.

La presencia de Dios en nuestra vida es mucho más que todo eso. Es, sí, nuestro refugio y nuestra fortaleza, pero es también la luz que nos guía, la Palabra que nos pone en camino, la Sabiduría que ilumina nuestro espíritu en las decisiones que hemos de tomar, y el viático que nos acompaña para hacer que nos sintamos fuertes en nuestras luchas y en la consecución de nuestros mejores deseos. Otra tiene que ser la forma de nuestra oración.

Una imagen preciosa de una hermosa oración la tenemos en el ejemplo de la reina Esther. Era ella la que tenía que presentarse ante el rey para suplicar por su pueblo que se veía oprimido y humillado; acude ella en su oración a Dios antes de enfrentarse a aquella situación para sentir esa presencia y esa fortaleza del Señor para hacer lo que tenía que hacer. ‘Ahora, Señor, Dios mío, ayúdame, que estoy sola y no tengo a nadie fuera de ti. Ahora, ven en mi ayuda, pues estoy huérfana, y pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos….’ Se siente sola y desamparada, incapaz de pronunciar palabra, pero pide la ayuda del Señor que ponga en sus labios la palabra oportuna. Y con esa confianza da el paso adelante para realizar su tarea.

Tenemos que quemarnos en la vida, tenemos que afrontar nuestras tareas y responsabilidades, tenemos que luchar contra el mal, tenemos que hacer el camino, pero lo hacemos con la confianza de que Dios está con nosotros, Dios inspirará lo que hemos de hacer o lo que hemos de decir, será nuestra fortaleza para superar nuestros decaimientos y para levantarnos de donde nos hundimos.

Es la confianza con que hacemos el camino, porque somos escuchados, encontraremos esa luz o esa fuerza, sentiremos ese regalo de la presencia del Señor en nuestro camino. Oramos y pedimos con la confianza de los hijos que se saben amados.


martes, 3 de diciembre de 2024

Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

 


Un camino de humildad y sencillez, de despojo de vanidades y autosuficiencias a través de nuestro adviento para llegar al encuentro con el Señor

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Lucas 10, 21-24

Yo no necesito de nadie, yo me valgo solo, habremos escuchado o hemos contemplado las actitudes del prepotente que se cree valerse solo por si mismo siempre. Con su autosuficiencia que todo se lo sabe pretenden avasallar a todo el mundo; no inspiran confianza sino miedo y nadie se sentirá a gusto a su lado, porque lo que al final a pesar de todo el poder que pretenden tener se encontrarán vacíos y solos.

Nos topamos con gente así que hace desagradable su presencia, pero también tenemos el peligro y la tentación de algunas veces en aquellas cosas que creemos que sabemos o podemos también podamos tomar esas actitudes negativas en nuestra relación a los demás. Hemos de saber estar atentos y vigilantes, no de lo que los otros puedan hacer, sino de esas actitudes negativas que pudieran rebrotar en nuestro corazón.

En el lunes de nuestra primera semana de adviento y en la postura del centurión que pedía de Jesús la curación de su siervo paralítico llegamos a descubrir que tenemos que bajarnos al camino de la humildad que es por donde podemos encontrarnos con Dios. Parece que la palabra de Dios incide una vez más en el mismo ya desde estos primeros pasos del camino del adviento. Solo desde ese corazón humilde podemos sentir la revelación de Dios en nuestra vida. Parece que no se casan ese orgullo y autosuficiencia con que podamos andar por la vida con la presencia del Señor en nosotros.

Hoy las palabras de Jesús se hacen oración para dar gracias al Padre. Lo escucharemos en más de una ocasión poniendo su confianza en el Padre y poniendo su vida en sus manos. Como dirá en otra ocasión, levantando la voz incluso para que todos los oigan, da gracias al Padre porque lo escucha – El cuyo alimento es hacer la voluntad del Padre, y como nos dirá para eso ha venido – pero en esa ocasión lo dice para que nosotros lo oigamos, para que nosotros aprendamos.

Hoy nos dirá. ‘Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien…’

Aquí está el gran mensaje de este día. Ha escondido los misterios de Dios a los sabios y a los entendidos y los ha revelado a los pequeños. ¿Quiénes serán los primeros que escuchen la buena nueva del nacimiento de Jesús en Belén? Los pequeños, los pastores, los pobres que al raso de la noche están cuidando sus ganados en los campos de Belén. ¿A quienes llamará Jesús dichosos y bienaventurados en el mensaje del sermón del monte? A los pobres, a los humildes, a los hambrientos, a los que tienen humilde corazón.

¿Quiénes serán los que prorrumpirán en alabanzas cuando escuchen sus palabras o contemplen los signos que van realizando con los milagros? La humilde mujer anónima que gritará en medio del gentío, los pobres y los sencillos que le siguen por todas partes poniendo en El toda su confianza, los que han reconocido sus limitaciones y deficiencias y humildes han sabido acudir desde la pobreza de sus vidas a Jesús porque solo en él encontrarán salud para sus vidas, los que se sienten pecadores e incluso despreciados de los demás que le buscarán aunque fuera ocultos entre los ramajes de una higuera y que encontrando la verdadera paz en sus corazones se sentarán a su mesa.

Los que tienen cosas que hacer, los que están envueltos en la autosuficiencia de lo que tienen y creen no necesitar de nadie, los que solo se quedan a la distancia para observar y para juzgar, los que no quieren mezclarse con los que consideran despreciables y pecadores, buscarán mil disculpas para no sentarse a su mesa o si intentan hacerlo es en medio de codazos y empujones, pero no merecerán ser dignos de sentarse en la mesa del Reino que será para los pobres de los caminos.

Es lo que nos va enseñando el evangelio. Es por lo que da gracias Jesús al Padre que se revela a los pequeños; es el camino que nosotros hemos de saber emprender despojándonos de tantas vanidades que nos tientan, de tantos orgullos que hacen agria nuestra vida, de tanta autosuficiencia que nos hace mirar de lado el evangelio.

¿Será ese el camino que vayamos haciendo en nuestro Adviento?

 

jueves, 20 de junio de 2024

Rezar no es cumplir como quien rellena la pagina de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

 


Rezar no es cumplir como quien rellena la página de un formulario, es disfrutar en el silencio del corazón la presencia amorosa de un Padre que nos ama y no nos olvida

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Cada vez que me hago una reflexión sobre este texto del evangelio que hoy se nos ofrece me viene a la memoria algo que me contaron en una ocasión. Se trataba de dos personas que andaban enfrentados por problemas de la vida que habían surgido entre ellos y se llevaban muy mal y no había manera de resolverlo. Entonces alguien sabiamente les pidió que si serían capaces de hacer lo que él les iba a decir; ante su respuesta afirmativa les pidió que rezaran juntos, a una voz, pero bien despacio y como comiéndose cada una de sus palabras el padrenuestro. Así, con cierto recelo quizá al principio, comenzaron a hacerlo, pero nos cuentan que antes de terminar con el amen final ambos se estaban dando un abrazo. Se habían ido comiendo y saboreando cada una de las palabras del padrenuestro.

Creo que podemos entender lo primero que nos dice Jesús antes de enseñarnos incluso la pauta del padrenuestro. ‘No uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso…’ Y es que el padrenuestro no es para utilizarlo como repetición cantarina de muchas palabras. La oración tiene que ser siempre algo que se saborea en lo más profundo de nosotros mismos. No es algo que tenemos que hacer, y cuando digo esto me refiero que no lo tenemos que tomar como una obligación con la que tenemos que cumplir. Cuando simplemente vamos a cumplir, a llenar la página del formulario, no lo saboreamos; quizás queremos terminar lo más pronto posible para salir de ese paso, para salir de ese momento que entonces se nos puede volver agobiante.

Orar tiene que ser saborear en el silencio del corazón la presencia de Dios que es Padre y que nos ama. ¿No es así cómo nos enseñó Jesús que tenía que comenzar nuestra oración? ‘Padre nuestro…’ decimos. Cuando estamos con nuestro padre, y como ejemplo me refiero a nuestro padre de la tierra, nos sentimos a gusto, como niño sentimos la ternura y la seguridad de sus brazos, ya luego nos gozaremos con su presencia constante junto a nosotros que no nos sirve de agobio sino como de estimulo en los caminos de la vida, y quizás de mayores contemplamos una vida junto a nosotros gastándose por nosotros y recordamos sus sabios consejos que se fueron desgranando de sus labios a lo largo de la vida. Y nos gozamos con nuestro padre, y disfrutamos de su ternura, y sentimos su amorosa presencia manifestada en tantas cosas que a lo largo de la vida hizo por nosotros.

‘Padre nuestro…’ le decimos a Dios y cuánto es lo que tenemos que sentir en nuestro corazón. Toda una historia de amor, toda una vida donde nos sentimos regalados con su amor, todo un camino donde Dios siempre está junto a nuestros pasos siendo la luz que ilumina nuestra vida, todo un regalo de amor que experimentamos en su Palabra que siempre nos alienta y nos abre caminos, nos corrige con amor y misericordia pero nos impulsa a seguir yendo más allá porque sentimos que El confía en nosotros y por eso se hace misericordia en nuestra vida.

Y esto no son palabras repetidas a la carrera, esto lo vivimos en el silencio del corazón sintiendo el gozo de su amor de padre. Lo demás que nos pone Jesús como pauta saldrá luego casi como de forma espontánea. Tenemos la seguridad de su presencia, de su gracia, de su perdón y de su paz. Nos sentiremos confiados por el Dios que alimenta a las aves del cielo y hace florecer la flor de nuestros campos, no va a ser el Padre que olvide y abandone a sus hijos. Problemas, luchas, necesidades, esfuerzos en el camino, deseos de superación con el amor de Dios a nuestro lado tenemos la seguridad en nuestro camino de que no nos faltará nunca la gracia, la presencia de Dios.

Saboreemos el gozo de estar en su presencia, el tiempo se volverá eternidad y envueltos en su amor sentiremos la más hondo felicidad en nuestro corazón. Mastiquemos hasta saborearlo en lo más profundo el padrenuestro que nos enseñó Jesús.

viernes, 3 de mayo de 2024

Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

 


Revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor eternamente en el cielo

1Corintios 15, 1-8; Salmo 18; Juan 14, 6-14

‘Es que no te enteras’, nos decía alguien cuando tras habernos hablado de algo repetidas veces, nosotros seguíamos sin enterarnos. Nos lo habían contado, nos habían hablado y explicado de esa situación o de esa persona que querían que conociéramos, parecía que entendíamos, que había quizás hasta entusiasmo por aquello que nos decían, pero volvíamos con nuestras preguntas, no como para avanzar en el conocimiento, sino como si fuera la primera vez que nos hablaban de ello. No nos terminábamos de enterar. Lo que sí podemos ahora entender que quien nos explicaba las cosas se sintiera cansado de tantas preguntas nuestras en las que brillaba nuestra ignorancia.

¿Era algo así lo que sucedía en aquella ocasión con Jesús y sus discípulos? Ahora viene Felipe a preguntar o pedir a Jesús que le muestre al Padre del que tanto les está hablando. ‘Tanto tiempo con vosotros, ¿y aún no me conoces?’, le replica Jesús.

Felipe había sido de los primeros seguidores de Jesús. El evangelio de san Juan nos lo sitúa en aquellos primeros momentos en que se va formando el grupo de los que siguen a Jesús. Habían sido Andrés y Juan los que se habían ido tras Jesús tras señalarlo el Bautista como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. ‘Maestro, ¿Dónde vives?’ le habían preguntado a Jesús y se habían ido con El. A la mañana siguiente ya Andrés entusiasmado corre a comunicárselo a su hermano Simón y lo lleva a Jesús. Más tarde será Felipe el que generosamente responde a la llamada de Jesús y tal es su entusiasmo que va a comunicarlo a su amigo Natanael, con quien incluso porfía, porque han encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, y lo había convencido. Qué hermosa intercomunicación entre unos y otros para trasmitir lo que están viviendo.

Aparecerá Felipe en los doce a los que Jesús ha constituido Apóstoles que le acompañarán por todas partes y a quienes Jesús de manera especial va instruyendo. Lo veremos que lo hace en casa cuando regresan de sus caminos y actividades, lo hace aparte en sus desplazamientos de un lado para otro, se los llevará a lugares apartados para estar a solas con ellos, o aprovechará en ocasiones en que están casi fuera ya de los territorios de Galilea para con ellos tener mayores confidencias. En su subida a Jerusalén para la definitiva Pascua a ellos les va diciendo por el camino todo lo que había de suceder. Será a ellos de manera especial cuando les pide que les enseñe a orar a quien mostrará cual ha de ser el modelo de oración que además tiene una particularidad, hemos de comenzar siempre llamando a Dios Padre. Jesús en sus obras se manifestaba siempre como el enviado del Padre y el rostro más cercano de Dios Padre que nos ama y se muestra misericordioso con nosotros. Eran sus enseñanzas, eran sus parábolas, eran los signos que Jesús iba realizando.

Es ahora en la cena pascual, momentos de despedida y de últimas recomendaciones, momentos de desahogos y de mostrar toda la ternura que Jesús lleva en el corazón y que ahora en estos momentos previos a la pasión se desbordan cuando les está hablando con toda intensidad de la presencia del Padre en todo cuanto está sucediendo que será siempre buscando la gloria de Dios en el establecimiento de su reino. Pero, quizás envueltos en toda aquella incertidumbre de lo que había de suceder parece que sus mentes están embotadas y aun no terminan de entender.

‘Tanto tiempo con nosotros, ¿y aún no me conocéis?’, nos puede estar diciendo Jesús también a nosotros hoy. Decimos que creemos en El desde siempre, desde niños fuimos educados en esta fe y nos enseñaron a acercarnos a Jesús y recibir sus sacramentos, hemos escuchado domingo tras domingo la Palabra de Dios cuando hemos venido a la celebración dominical y cuantas veces más hemos venido a la celebración de la Eucaristía; cuantas reflexiones se nos han ofrecido a través de la predicación, de encuentros, de retiros, de momentos de formación, y aun parece que seguimos embotados porque no terminamos de despertar del todo.

Podemos escuchar esa queja de Jesús allá en lo hondo de nuestro espíritu. Despertemos, abramos los ojos, revivamos todos esos encuentros con Jesús a lo largo de nuestra vida, contemplemos de verdad a Jesús en su pascua, en su pasión y en su muerte, dejémonos envolver por su gracia, podemos contemplar la gloria del Señor, ojalá podemos contemplarlo eternamente en el cielo.

 

sábado, 27 de abril de 2024

Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

 


Dejémonos iluminar por la luz de Jesús para disipar las dudas y tinieblas, metiéndonos en el corazón de Cristo para introducirnos de verdad en el misterio de Dios

Hechos de los apóstoles 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

No siempre nos es fácil conocer a las personas, no terminamos de conocerlas. Por muy amigos que seamos, por muy fuertes que sean las relaciones familiares o la convivencia que realicemos con esa persona, siempre hay algo en ella que no terminamos de captar, de conocer. Y estoy hay que reconocerlo con humildad aunque nos cueste, porque nos creemos muy autosuficientes y conocedores de todos, pero siempre hay algo en su interior, en el misterio de su vida que nos queda como velado. No significa que sea imposible o que eso nos impida entrar en relación con el otro, pero es una tarea, diríamos, que nunca se acaba, y que con respeto aceptamos y con respeto siempre nos acercamos al  otro.

Los discípulos llevaban mucho tiempo con Jesús desde que lo conocieron y un día sintieron la llamada de Jesús para estar con El. A ellos Jesús de manera especial se les manifestaba, los llevaba en muchas ocasiones a lugares lejos del barullo de la gente para que estuvieran con El y lo conocieran; a ellos de manera especial les explicaba lo que antes en parábolas les había dicho a las multitudes; Jesús les iba descubriendo su misterio, el misterio de Dios. Un día Jesús había de confiar en ellos para enviarlos por el mundo para hacer el anuncio de su buena nueva de salvación.

Pero también nos damos cuenta que en muchas ocasiones los discípulos no terminaban de entender lo que Jesús les decía; por mucho que les hablara del servicio como sentido de sus vida, ellos seguían pensando en grandezas y quien era el que iba a ocupar el lugar más importante en aquel Reino que Jesús estaba anunciando: significaba que ni acababan de conocer a Jesús ni de entender el sentido del Reino de Dios anunciado por Jesús.

Y Jesús con paciencia les explica una y otra vez. Así les había sucedido en los anuncios que hacía del sentido de su subida a Jerusalén que cuando hablaba de pasión y de muerte, porque sería entregado en manos de los gentiles, querían quitarle esas ideas de la cabeza. Ya vemos lo que luego sucedería cuando llegara ese momento, se dispersaron, huyeron y se escondieron.

No nos extrañe lo que hoy nos dice el evangelio. Estamos ya en los momentos cruciales y decisivos, donde va a comenzar la pasión. Es en aquel dialogo de Jesús con ellos después de la cena pascual antes de irse a Getsemaní. Jesús les está revelando el misterio más hondo de su ser, cuando les habla de su unión con el Padre, porque el Padre y El son una misma cosa. Pero no entienden. Les había hablado de Dios y les había enseñado a llamar Padre a Dios, pero ahora nos vienen a decir que aun no conocen a Dios, que aun no conocen al Padre del que Jesús les está hablando.

‘Muestranos al Padre y será suficiente’, le dice Felipe a Jesús. Y es cuando Jesús reacción. ‘Tanto tiempo con vosotros ¿y aún no me conocéis? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al padre?’. Y seguían sin entender.

El era el Verbo, la Palabra de Dios por quien todo nos ha sido revelado, como nos diría san Juan desde el principio del Evangelio. Era la Palabra que se convertía en luz para nuestra vida. Era la Palabra que nos revelaba el misterio de Dios y por quien conoceríamos a Dios. Era el rostro de misericordia de Dios que se manifestaba en las obras de Jesús. ‘Creed en mis obras’, viene a decirles, contemplad mis obras y contemplaréis a Dios.

Pero la tiniebla seguía oscureciendo sus mentes. La tiniebla quería ocultar la luz, y ellos no terminaban de salir de esas tinieblas; nosotros, tenemos que reconocer, no terminamos de salir de esas tinieblas. Y por eso nos vienen las dudas y los miedos, por eso seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, por eso no terminamos de abrirnos al misterio de Dios, de abrir nuestro corazón a los caminos del amor.

¿Dejaremos un día iluminarnos por su luz? ¿Llegaremos a meternos en el corazón de Cristo para introducirnos totalmente en el misterio de Dios?

sábado, 2 de marzo de 2024

Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

 


Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Que aspiremos a cosas mejores no podemos decir que es malo, pues siempre tendría que haber en nosotros un deseo de superación y de crecimiento, lo que nos haría buscar lo que sea mejor; que mejoren nuestras condiciones de trabajo entra dentro de las normales y justas reivindicaciones en cualquier situación laboral; de entrada no podemos juzgar a quien no se encuentre a gusto en un sitio y quiera cambiar, eso está dentro de nuestras inquietudes humanas que es lo que nos lleva también a una mejora en las relaciones entre unos y otros e incluso a un desarrollo de nuestro mundo y en consecuencia también de nosotros mismos. Siempre andamos inquietos, parece lo normal de la vida.

Hoy se nos presenta una parábola en el evangelio en la que se nos comienza hablando de un hijo que lo tenía todo en casa de su padre, pero que un día decide romper; no se encuentra satisfecho, aspira para su vida otra cosa y parece como que se siente coartado en el hecho de estar bajo la autoridad del padre. Quiere hacer una renuncia a todo, pero comienza con exigencias que le llevan a una ruptura y a hacer que su vida se deslice por una pendiente muy resbaladiza que le lleva finalmente a malgastar cuanto ha recibido de herencia familiar y vivir de mala manera.

No escogió buen camino ni buenas formas para emprender su nueva vida que al final se convirtió en un infierno para él. Las rupturas violentas son muy dañinas porque nos dejan muchas huellas y malos recuerdos en el alma.

Y mientras estaba en aquel infierno de carencias y necesidades, se dio cuenta de la gran carencia de su vida pero no quería reconocerlo. Aunque pueda parecer lo contrario cuando añora los tiempos de trabajo junto a su padre está añorando un cariño que ahora le falta y le parece imposible recuperar.

Cuántas veces cuando nos vemos hundidos nos parece imposible que podamos recuperar aquello que habíamos tenido y que perdimos. Cuántas veces nos cuesta dar el paso para reconocer nuestros vacíos, nuestras soledades, la basura que hemos echado sobre nosotros mismos y nos cuesta sacudirnos de esos miedos para dar un paso adelante. A lo más vamos a ver si hacemos algunos arreglos y con el disimulo de unas cosas queremos comenzar de nuevo.

Pero había un padre que estaba esperando; había quien, a pesar de todo el dolor del corazón, seguía esperando y quería seguir confiando; había un padre que no había perdido la sensibilidad del alma y era capaz de sintonizar la presencia de un hijo que volvía aunque se tratara de disimular. Allí está el padre que ve de lejos, allí el padre que siente la presencia aunque nos parezca que nos queremos introducir por la puerta de atrás pero que sin embargo nos hacemos sentir; allí está el padre que no sabe de resentimientos ni echará nunca en cara porque el que vuelve siempre es el hijo aunque antes le hubiéramos dado por perdido; allí está el padre que no solo está esperando al hijo que viene de lejos sino que sale también en búsqueda del que aparentemente aún está en la casa, pero que sin embargo también en sus resentimientos había puesto grandes abismos de por medio.

Esta parábola que hoy nos propone Jesús cuya primera finalidad es hablarnos del amor de Dios siempre misericordioso que siempre nos busca, no le importa bajar a nuestro lado aunque parezca que puede manchar la blancura intachable de su amor – no le importa a Jesús mezclarse con prostitutas y pecadores porque es el médico que viene a sanar a los que están heridos -, y que siempre estará con los brazos bien abiertos para recibirnos como  hijos a pesar de que seamos tan pecadores porque para nosotros siempre tendrá una túnica nueva pura y blanca con la que revestirnos de nuevo.

Pero esta parábola puede decirnos mucho más. Siempre podemos volver a Dios, siempre podemos reemprender de nuevo del camino que nos haga encontrar la salud para nuestro espíritu, siempre podremos levantarnos de nuestros infiernos y de nuestras postraciones porque podemos tener la esperanza de un padre bueno que nos está esperando con los brazos abiertos. Grande es la misericordia del Señor.

Pero la parábola nos enseña también actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. Ya sabemos que la motivación de la parábola fueron aquellos que criticaban y juzgaban la actitud de Jesús que buscaba a los pecadores.

Algunas veces nosotros somos así también, porque no terminamos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, con nuestros juicios y condenas, con los abismos que vamos creando en la vida con tantos a nuestro alrededor, de las discriminaciones que seguimos haciendo porque aquel no me parece bueno, porque el otro quizás un día hizo algo que no me gusto, porque quizás el que estaba a mi lado se separó de mí y yo no soy capaz de dar un paso para acercarme a él para que no vuelva a haber esa distancia.

Unas actitudes nuevas, una nueva forma de mirar, una nueva prontitud para acercarme al otro sea quien sea. Muchas cosas nuevas también tendrían que haber en mí. Es algo en lo que yo también tengo que aspirar a ser mejor.