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sábado, 22 de agosto de 2020

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

 

Cuidado sigamos apeteciendo reverencias y reconocimientos, títulos honoríficos o no tan honoríficos porque sigamos aspirando a nuestras cuotas de poder

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84; Mateo 23, 1-12

Que sí, que aunque digamos lo contrario, a nadie amarga un dulce; que todos queremos que nos halaguen, nos digan cosas bonitas, nos reconozcan, tengan en cuentas nuestros merecimientos, o al menos los que nosotros creemos tener. Unos lo disimulan más y tratan de no hacer muchos aspavientos, pero bien contemplamos en la vida la vanidad con que vivimos; y un día le hacen un homenaje a alguien, y allá en nuestro interior nos reconcomemos porque de nosotros nadie se acuerda ni tiene en cuenta las cosas que hemos hecho.

Jesús resalta hoy en el evangelio aquellas posturas vanidosas, aquellas actitudes llenas de hipocresía en que vivían muchos en su tiempo; ansias de poder y de grandeza, al menos que nos hagan reverencias por la calle, que nos den títulos honoríficos; y Jesús lo resalta porque no quiere que entre sus discípulos haya estas posturas y esas actitudes.

El estilo que Jesús nos ofrece es otra cosa, aunque quizás tenemos que reconocer que habrán pasado más de veinte siglos pero todavía entre sus discípulos siguen existiendo esas vanidades y desgraciadamente la iglesia a lo largo de los siglos se ha sentido muy llena de ínfulas de poder y de grandeza manifestada en tantas cosas tan ajenas al espíritu evangélico. Es la verdad que tenemos que reconocer. Cuantas reverencias y cuantos títulos honoríficos o no, pero muy llenos de ansias de poder los ha habido. Y cuanto nos cuesta desprendernos de esos ropajes.

Jesús una y otra vez nos habla en el evangelio de hacernos los últimos y los servidores de todos, pero cuidado que algunas veces más que una realidad lo hayamos dejado en un título, y hasta nos atrevemos a decir que para poder servir al mundo y a los pobres necesitamos una cierta altura y reconocimiento en nuestra sociedad. ¿Se nos habrá metido ese espíritu de hipocresía también dentro de nosotros?

Pero creo que el evangelio lo que quiere es que cada uno de nosotros realicemos nuestra propia conversión, hagamos ese cambio necesario en nuestra vida. Algunas veces seguimos con la tentación de que sean otros los que empiecen y luego ya nosotros haremos lo que podamos. Quizá queremos empezar la casa por la azotea y buscamos un cambio de estructuras y no se cuantas cosas mas que nos vengan muy bien organizadas para que nosotros comencemos a tener donde realizar esos servicios que tenemos que hacer en la sociedad. Las transformaciones no se hacen desde arriba, sino cuando desde abajo cada uno de nosotros va cambiando el corazón. Y cuando cambiemos nuestro corazón esa humildad y ese verdadero espíritu de servicio se irán contagiando en los demás e irá transformando nuestra Iglesia. Queda mucho para que se quiten todos esos ropajes de vanidad y fantasía.

Recordemos una vez más las palabras de Jesús: ‘Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Tenemos que tomárnoslo muy en serio.

viernes, 21 de agosto de 2020

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

 

Al credo que recitamos proclamando nuestra fe en toda la historia de amor de la salvación unimos toda una respuesta de amor que tiene que ser sobre todas las cosas

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106; Mateo 22, 34-40

Y Jesús pasó la prueba. Aprobó el examen. Es que nos dice el evangelista que uno de los fariseos se acercó a Jesús y le hizo una pregunta para ponerlo a prueba. ¿Querían comprobar realmente dónde había estudiado Jesús y que autoridad rabínica tenía para enseñar al pueblo? Recordamos que ya sus vecinos se preguntaban cuando fue a su sinagoga en Nazaret y escucharle hablar donde había aprendido todo eso, porque allí estaban sus parientes y ninguno parecía tan ‘estudiado’ como Jesús. Claro que la pregunta que le hacían a Jesús ahora era cuál era el mandamiento principal y eso estaba muy claro en el libro de la ley. Por eso Jesús había respondido poco menos que textualmente lo que allí decía y lo que casi como una oración todo buen israelita repetía muchas veces en el día.

Quiero hacerte una pregunta, nos llega alguien en alguna ocasión poniendo quizá mucha cara de misterio y como buscando la sorpresa. Algunas veces tanta solemnidad esconde cualquier superficialidad o quizá en más de una ocasión pueden ser preguntas que podíamos llamar fundamentales que llevamos dentro del alma y no sabemos a quien hacer. Y seguramente tenemos que tomárnoslo muy en serio por el respeto que nos merecen los demás aunque luego las cosas no nos parezcan tan trascendentales.

Porque preguntas llevamos todos dentro de nosotros, aunque nos demos por sabidos. La vida nos produce muchos interrogantes, hay cosas que no comprendemos, o como hemos dicho en alguna otra ocasión estamos quizá buscando la receta que nos dé solución dándonos la lista de las cosas concretas que tenemos que hacer. ¡Qué fácil nos lo queremos poner! Como se suele decir todos nos ponemos a filosofar en más de una ocasión. Y es importante porque así vamos buscando lo que es verdaderamente fundamental, porque así vamos saliéndonos de esa superficialidad que a veces nos invade en nuestro entorno.

Es bueno que nos hagamos preguntas en este orden del sentido de la vida, o como lo queramos llamar, o en el orden religioso de nuestra relación con Dios. No nos podemos quedar simplemente en que esto ha sido siempre así o lo que decimos que aprendimos de pequeños que nuestros padres nos enseñaron. Todo eso hay que asimilarlo, todo eso hay que hacerlo propio; las respuestas que nos demos no han de ser solo lo que nos dijeron o enseñaron sino que hay que hacer la respuesta propia porque lo hayamos repensado bien, porque hemos rumiado mucho las cosas, porque vamos madurando en la vida.

Ese testimonio que un día recibimos, digamos de nuestros padres o de quienes influyeron en nuestra fe, es importante, pero tenemos que dar ese paso delante de hacerlo propio porque lo hayamos repensado bien y haya habido una maduración de nuestra fe. Esto es importante, no nos podemos quedar con una visión infantil, que bien nos valía en aquel momento pero de la misma manera que vamos madurando en la vida y vamos creciendo en conocimientos y convicciones, también en este orden religioso, en este orden de la fe, y no para abandonarla como hace tantos, hemos de madurarla para poderla vivir con mayor compromiso.

Ante la pregunta que hoy le hacían a Jesús responde centrando de verdad nuestra vida en esa respuesta de amor que damos al amor que Dios nos tiene. No es solo reconocer la existencia de Dios, su grandeza y su poder, su misterio de inmensidad y su presencia en toda existencia porque es el Creador. Es reconocer más allá de todo eso la inmensidad del amor que Dios nos tiene al que hemos de responder con todo nuestro amor. Recitamos el Credo, el contenido de nuestra fe, que es toda la historia de amor de la salvación que Dios nos ofrece; pero a ese credo que recitamos proclamando nuestra fe unimos ahora toda esa respuesta de amor.

‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

jueves, 20 de agosto de 2020

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

 

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Grande tendría que haber sido la frustración de aquel rey que después de haber hecho todos los preparativos sin embargo los invitados no corresponden y con mil disculpas rehúsan asistir al banquete. En el desarrollo de la parábola se nos mostrará que ello será ocasión de encontrar salidas, pero de encontrar también a quien correspondiera a tan generosa invitación.

Pero detengámonos aquí un poco para pensar en esas frustraciones que quizá tantas veces recibimos en la vida cuando no somos correspondidos por aquellos a quienes ofrecemos el regalo de nuestra amistad, los servicios de nuestro buen hacer o simplemente la preocupación que sentimos por ese mundo que nos rodea y por el que queremos trabajar lograr un mundo mejor. Si en lo que comentábamos la parábola que hoy se nos ofrece nos llama poderosamente la atención el que no tuvieran ni la más mínima cortesía que en nuestras relaciones sociales solemos tener, sin embargo son muchos los desplantes que no solo sufrimos, sino que también muchas veces nosotros damos en la vida.

Muchas veces es la pasividad con que vivimos la vida que parece que poco nos importa lo que otros hagan en beneficio de la sociedad, o es también ese poco compromiso con que vivimos de cara a cuanto nos rodea y nos excusamos con mil cosas para no poner nuestra parte en esa mejora de nuestra sociedad. No tenemos tiempo, suele ser la disculpa fácil que enseguida presentamos cuando no queremos comprometernos, pero vivimos en nuestro mundo, en nuestras cosas muchas veces ajenos a cuanto sucede a nuestro alrededor e incluso nuestras relaciones sociales con los que nos rodean suelen ser muchas veces muy superficiales y casi como de paso.

Creo que en el mensaje que nos ofrece la parábola podríamos destacar éste como primer toque de atención. Porque si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no somos capaces de ver más allá nos quedaríamos siempre echando la culpa a los demás, que no corresponden, que no tienen la delicadeza de acudir a las llamadas que se les hagan, y queremos presentarnos nosotros siempre como los buenos, sin embargo quedan muchas pasividades en nuestra vida que nos cuesta mucho reconocer.

La frustración de aquel rey de la parábola por el desaire de los invitados, aunque le hizo reaccionar en un primer momento con violencia y con dureza, pronto su corazón dio la vuelta para abrir las puertas no solo a aquellos que hasta entonces había considerado sus amigos, sino que ahora todos estaban invitados al banquete. Por los caminos, por las plazas, por las calles salieron sus servidores invitando a todo el mundo para que participaran en aquel banquete ya preparado. ‘La sala se llenó de comensales’.

Una imagen de esa llamada universal a todos los hombres de buena voluntad. Y pensamos en esa llamada y ese ofrecimiento de amor que Dios nos hace como oferta de salvación para todos los hombres. Una llamada a participar en el banquete del Reino; todos estamos invitados; disfrutar de ese banquete es disfrutar de un sentido nuevo de vivir que por supuesto exige de nosotros una predisposición de nuestro espíritu.

No podemos decir que estamos en ese banquete del Reino pero nuestras vidas no han cambiado, porque sigamos con nuestros egoísmos o nuestras insolidaridades, porque sigamos con nuestras violencias o con nuestro trato injusto e inhumano con aquellos que están a nuestro lado, porque nos mantengamos en el rol de nuestras vanidades y nuestros orgullos llenando nuestras vidas de falsedad, hipocresía y mentira.

Recordamos que cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino nos decía que era necesaria la conversión, la vuelta que habíamos de darle a nuestra vida porque era necesario creer y ponernos en camino de un nuevo sentido de vida. No nos extrañe que en la parábola aquel rey sea exigente con quien no lleva el traje de fiesta, el traje de boda; que todo entendemos muy bien que no se trata de ropajes externos, sino de esas actitudes profundas que hay que cambiar en nuestro corazón.

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace, como estaremos atentos también a la oferta de amor y de amistad que recibamos cada día de los que están en nuestro entorno reconociendo que son regalos del Señor que no podemos despreciar.

miércoles, 19 de agosto de 2020

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 

Cuando tenemos un corazón libre de maldad las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y haremos siempre resplandecer la luz

 Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

La generosidad de los buenos produce salpullidos en el corazón de los recelosos.  Hay gente que recela de todo, va por la vida siempre de desconfiado, siempre está sospechando de lo que hacen los demás sobre todo cuando ven personas generosas y buenas que quieren hacer el bien o simplemente vivir su vida de un forma honrada pero también con generosidad; parece que esas personas buenas molestan, y por eso ahí aparece enseguida el receloso de turno que siembra cizaña, que provoca sospechas, que quiere dejar como en interrogante las buenas intenciones de los que quieren ser buenos.

Qué distintas serían nuestras relaciones si supiéramos hacer desaparecer esos recelos y desconfianzas; si supiéramos apreciar lo bueno de los demás y valorar la generosidad de los que se preocupan por los otros. Andamos en la vida con demasiadas desconfianzas, no hay la suficiente sinceridad de corazón, y terminamos queriendo destruir lo bueno que hacen los demás.

Un mensaje en este sentido descubro yo hoy en la parábola que nos ofrece el evangelio. Las parábolas son comparaciones que nos presenta Jesús para hablarnos del Reino de Dios, del Reino de los cielos; quiere señalarnos esas actitudes buenas que debían de resplandecer en quienes queremos vivir el reino de Dios. Y creo que la parábola que hoy se nos ofrece eso es lo que quiere destacar.

Aquel hombre, propietario de unas viñas, que sale en distintas horas del día a buscar trabajadores para su viña; ha quedado desde el principio en que les ofrece un denario por el día trabajado. Al final del día cuando llega el momento de la paga todos reciben igualmente un denario, pero por allá aparecen los que protestan porque quieren comparar su trabajo que ha sido todo el día con los que han venido casi al final de la tarde y reciben la misma paga. Quieren poner en entredicho la generosidad de este propietario, que quizá ve y comprende la razón por la que algunos no habían conseguido trabajo durante el día y con los que quiere ser generoso pagando de la misma manera y con generosidad la misma cantidad. Pero los recelosos de turno no le perdonan la generosidad que hay en el corazón de aquel hombre y le interpelan.

Creo que por ahí va principalmente el mensaje de la parábola. Muchas veces nos hemos hecho muchas interpretaciones en referencia a que somos llamados a trabajar en la viña del Señor en distintas horas de nuestra vida y a cualquier hora que nos llame el Señor hemos de responder. Es cierto que podemos ver también ese mensaje. Pero cuando Jesús nos ofrece la parábola nos dice que el Reino de los cielos se parece a un propietario que salió a buscar trabajadores para su viña. Entonces en la actitud del propietario está el mensaje. Y al final precisamente se recalca la generosidad de este hombre, al que porque es generoso se le tiene envidia. Los recelosos en los que se les levantan salpullidos en el alma cuando ven la generosidad de los demás de la que ellos no son capaces.

Nos enseña, pues, a tener otra mirada en la vida, a saber ver con buenos ojos la bondad y generosidad de los demás, a valorar lo bueno que hacen los otros, a aprender a tener también nosotros un corazón generoso pero limpio de toda maldad para que no hagan mella en nosotros esos recelos y desconfianzas que tantas tratan de sembrar como mala cizaña en nuestros corazones. Que aprendamos a tener un corazón puro y generoso, un corazón limpio de maldad pero siempre lleno de amor; cuando tenemos un corazón así las lentes de los ojos con que miramos a los demás estarán siempre limpias y así haremos siempre resplandecer la luz.

 

martes, 18 de agosto de 2020

Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás


Importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, libre de apegos e idolatrías, siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-36; Mateo 19, 23-30

El episodio que ayer escuchábamos en el evangelio, que solemos llamar del joven rico, dejó impactados a los discípulos que estaban cercanos a Jesús y había contemplado con detalle la escena. Motivaría comentarios entre ellos e interrogantes en su propio interior sobre todo con los comentarios que Jesús hace a continuación y que hoy escuchamos. Un joven bueno y cumplidor que aparecía con honradez delante de Jesús y que aún preguntaba qué más podría hacer para heredar la vida eterna y que podría haber formado parte incluso del grupo de discípulos más cercanos a Jesús, pero que sin embargo ante el planteamiento de Jesús, se queda triste y se da la vuelta volviéndose por donde había venido. Ya el evangelista subraya que era rico.

¿Había incompatibilidad entre la riqueza y el seguimiento de Jesús? ¿Hay incompatibilidad entre la posesión de las cosas y el ser cristiano? Es lo que se interrogan los discípulos cuando llegan incluso a decir que será imposible salvarse. Todos aspiramos a la posesión de unos bienes; es más necesitamos de esos bienes materiales para poder obtener lo necesario para vivir una vida digna; aun podíamos ahondar más con la Biblia y pensar que toda la riqueza del mundo, todos esos bienes materiales que Dios había creado, al crear al hombre lo pone en sus manos y le está pidiendo que desarrolle todos esos bienes, porque de alguna manera con su trabajo se convierte el hombre en un continuador de la obra de la creación de Dios.

Necesitamos de esa posesión de las cosas, que llamamos bienes materiales o que llamamos riquezas, porque en el intercambio con los demás podemos obtener todo lo necesario para nuestra vida y justo es que cada día deseemos una vida mejor, que haya menos carencias en nuestra vida y en esa posesión y desarrollo de esos bienes contribuyamos al crecimiento de nuestro mundo. Si no hubiera quien tuviera esos bienes que ha ganado honradamente con su trabajo no tendríamos quien pudiera ofrecer más trabajo a otros que no lo tienen y no se podría ayudar a mejorar sus vidas. Así diríamos es la base de toda esa actividad económica con la que se contribuye a la riqueza y al bienestar de las personas y las familias y de toda la sociedad.

¿Son malos en sí mismos esos bienes materiales que podamos poseer o esas riquezas conseguidas con nuestro trabajo? De ninguna manera, tendríamos que decir, y lo decimos también con la Biblia en la mano cuando se nos dice que al ir creando Dios todas las cosas iba viendo que todo era bueno. ¿Dónde está el mal, entonces, podríamos preguntarnos? En la forma como nosotros poseamos esas cosas o nos dejemos poseer por esas cosas. Y ahí, en ese deseo de más que todo llevamos dentro, es cuando aparece el desorden con nuestra avaricia, con nuestros deseos egoístas de acaparar, con ese endiosamiento que vamos haciendo de nosotros mismos en la medida en que nos veamos más poderosos por la posesión de esos bienes que termina por hacer que nos olvidemos de los demás, o nos olvidemos el pobre Lázaro que tengamos tendido y hambriento en nuestra misma puerta.

Por eso nos dice hoy tajantemente que le es ‘más fácil pasar a un camello por una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos’. Tomemos la aguja en el sentido que la queramos tomar, pero si pensamos en aquellas puertas estrechas que estaban en las murallas de las ciudades que por su estrechez podían impedir el paso de unos animales con sus cargas, nos daremos cuenta que cuando nos recargamos con esas riquezas nos hacemos tan pomposos que se nos hará difícil no solo acercarnos a los demás sino acercarnos también a Dios. En ese lenguaje tan lleno de hipérboles propio de los orientales nos dirá que a un camello a pesar de sus cargas le será más fácil atravesar esas estrechas puertas que a un rico entrar en el reino de los cielos.

¿Imposible alcanzar la salvación, entonces, como se preguntan los discípulos? ‘Imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo’, fue la respuesta de Jesús. Imposible para los hombres que se convierten en acaparadores y no piensan en los demás; imposible para quien se encierra en su egoísmo o se convierte en un adorar de sus riquezas a las que convierte en ídolos de su vida. Pero Dios ayuda a cambiar el corazón del hombre, su palabra nos abre nuevos caminos cuando nos pone en los caminos del amor y del compartir, con el evangelio de Jesús en la mano aprenderemos cuanto podemos hacer para mejorar la vida de los demás y hacer que nuestro mundo sea más justo siendo capaces de poner al servicio de los demás, al servicio y bien de esa sociedad en la que vivimos cuanto poseemos.

‘Vende lo que tienes y repártelo entre los pobres’, le pedía Jesús al joven rico y nos estará pidiendo a nosotros también ese desprendimiento en nuestra vida, en la posesión de esas cosas que somos capaces de ponerlas al servicio y al bien de los demás. Ese servicio y bien de los demás que se puede traducir en ese arriesgarnos para emprender cosas, tareas, obras con las que podamos contribuir a que los demás también se ganen honradamente su pan con su trabajo y así entre todos podamos ir construyendo esa sociedad más justa.

Lo importante es la buena actitud que tengamos en el corazón, un corazón libre de apegos, un corazón siempre dispuesto al servicio para el bien de los demás. 


lunes, 17 de agosto de 2020

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

 

No es cosa solamente de lo que tengo que hacer para alcanzar la vida eterna sino si en verdad mi vivir es el vivir de Cristo

Ezequiel 24, 15-24; Sal.: Dt 32, 18-19. 20. 21; Mateo 19, 16-22

‘¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?’ ¿Qué tengo que hacer para…? Fue la pregunta de aquel joven que con buenos deseos y buena voluntad se acercó a Jesús. Pero ¿no será también la pregunta que nos hacemos muchas veces en la vida? Qué tengo que hacer para… y pensamos en lo que vamos a conseguir, pensamos en el rendimiento efectivo que podemos tener de nuestras acciones y aquí pueden entrar muchas cosas de orden material e incluso del orden económico, de nuestras ganancias, pensamos en que me sirve lo que ahora hacemos para un mañana, pensamos en lo que estudiamos para qué me sirve, pensamos en qué voy a ganar o qué voy a tener de más en aquel lugar que visitamos.

Parece que se trata siempre de hacer cosas, pero de hacer cosas para… y buscamos rendimientos y efectividades. Pero ¿no tendríamos que más en pensar qué cosas hacemos, qué podemos añadir por aquí o por allá, en lo que vivimos? Porque hacemos cosas, quizá porque son una exigencia, porque es un mandato, porque es un requisito, pero son como pegotes que añadimos por acá o por allá, pero nuestro vivir es otro, aunque sea difícil esa dualidad de vivir con un sentido pero luego hacer cosas porque son unas exigencias. Creo que en este sentido tendríamos mucho que reflexionar sobre lo que hacemos y lo que vivimos, sobre el sentido que le damos a la vida, o si es que simplemente nos vamos dejando arrastrar por lo que salga en cada momento.

Aquel joven del que nos habla el evangelio hoy hacía muchas cosas, cumplía, ahora buscaba que más tendría que hacer, pero no estaba del todo satisfecho de su vida. ¿En verdad habría encontrado un sentido para su vida? Se quedaba solo en ir recolectando merecimientos por las cosas que hacia a ver si al final todo sumaba algo para la vida eterna. Pero parece que la suma no le salía.

Aunque parezca que lo que ahora le propone Jesús es simplemente añadir unas cosas de más a su vida, realmente lo que Jesús le está ofreciendo es otro sentido de vivir. No se puede vivir solo para si mismo, otro horizonte hay que darle a la existencia y eso me tiene que hacer pensar en los que están a mi lado, al resto del mundo con el que convivo.

Pero eso Jesús le hablará de un desprendimiento total, un vaciarse de cosas, un vaciarse incluso del orgullo de sí mismo él que se creía tan cumplidor. Era mucho más que hacer algo vendiendo todas sus cosas, porque en lo que Jesús le estaba proponiendo le iba la vida. Y ese sentido de vivir ahora sí que no le satisfacía, porque seguía pensando en sí mismo, en hacer algunas cositas como méritos para sumar, pero no era capaz de darle la vuelta a la vida para un nuevo sentido de vivir.

Y eso sí que cuesta. Por eso nosotros seguimos igual. Cumpliendo. Añadiendo méritos. Pero nuestro sentido de vivir ¿habrá cambiado? ¡Cuántas veces habremos escuchado o habremos dicho nosotros mismos ‘yo ya hoy cumplí’! Y ya nos quedamos tranquilos porque cumplimos y el resto de cosas que sigan igual. Salimos de misa el domingo y decimos ya hoy cumplimos, pero ¿aquella eucaristía no me ha movido a un nuevo vivir? ¿En aquella eucaristía no he sentido esa buena nueva de Jesús que me anunciaba algo nuevo, que me pedía una nueva forma de vivir? Claro, no escuchamos porque solo habíamos ido a cumplir, a hacer cosas para quedarnos tranquilos.

¿Qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? ¿Cómo ha de ser mi vida para que tenga trascendencia de vida eterna? ¿Mi vivir es en verdad el vivir de Cristo?

domingo, 16 de agosto de 2020

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

Tratemos de escuchar la buena noticia que Jesús tiene para nosotros hoy cuando escuchamos su evangelio

 Isaías 56, 1. 6-7; Sal 66; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

El evangelio siempre tiene que ser evangelio, siempre tiene que ser buena noticia para aquellos a los que se proclama; cuando deje de ser buena noticia dejará de ser evangelio, habrá perdido todo su sentido y todo su valor. Puede parecer un juego de palabras pero es algo más que eso, aunque estemos jugando con las palabras, porque la palabra evangelio eso es lo que significa. Tiene que proclamarse siempre con ese sentido; si lo proclamamos o escuchamos como algo ya sabido, ya no es noticia. Noticia es algo que es nuevo, que sucede ahora y nos impacta y nos llama la atención, por eso decía un periodista que no nada más viejo que un periódico de ayer, porque ya no nos está trasmitiendo noticias de hoy que es su sentido.

Cuidado que vayamos tanto a proclamarlo a quienes les corresponda, como a escucharlo como una noticia ya sabida, ya repetida porque perdería todo su sentido, la novedad de gracia y de salvación que en el hoy de nuestra vida tiene que significar para nosotros. Mala actitud es la de quien cuando comienza a escuchar un evangelio ya se está diciendo para si mismo, ah, sí, eso ya lo sabia, es aquel episodio tan conocido. Lo estaríamos echando todo a perder. De ahí la necesidad de una capacidad de asombro que tiene que haber en nosotros para dejarse sorprender por lo que aquí y ahora a través de ese hecho, es cierto que ya lo conocemos, algo nuevo nos quiere decir el Señor.

Confieso que me estoy haciendo esta reflexión primero que nada para mi mismo; no hace pocos días hemos escuchado este mismo episodio, y reconozco que cuando hoy me he puesto de nuevo delante de esta pagina del evangelio he pensado ¿qué es lo que voy a decir, que es lo que me puede decir de nuevo este texto que ya lo reflexionamos hace poquitos días? Y me he detenido a pensar ¿qué tiene de nuevo que decirme el Señor hoy y con este mismo texto de la mujer cananea?

Me interpela la fe de aquella mujer. No era judía, era cananea y su fe la tendría puesta en sus dioses cananeos, aquellos baales quizás que a lo largo de la historia habían sido un peligro y una tentación para el pueblo judío; recordemos los tiempos del profeta Eliseo. Sin embargo cuando se entera de la llegada de Jesús  viene suplicando, utilizando incluso expresiones propiamente judías, misericordia y compasión, no para ella, sino para su hija poseída por un espíritu muy malo. Lo que podría entrar incluso en el terreno de los desaires, cuando Jesús no quiere escucharla, cuando dice que solo ha venido para las ovejas descarriadas de Israel, avivan con más fuerza su fe y no ceja en su suplica y petición con perseverancia yendo tras Jesús hasta la casa en que se aloja donde se establece el diálogo que nos presenta el evangelio. Serán incluso los discípulos los que se la quieren quitar de encima intercediendo por ella ante Jesús. ‘Grande es tu fe’ reconocerá Jesús finalmente y la hija de aquella mujer se vería libre de todo mal.

¿Dónde está mi fe? ¿Dónde está la perseverancia de mi fe y de mis súplicas? Cuantas veces decimos que Dios no nos escucha; cuantas veces nuestras súplicas son frías y rutinarias porque rezamos simplemente porque sabemos que tenemos que rezar, pero no está esa oración viva, esa oración que nos hace caminar detrás del Señor con insistencia esperando encontrar esa palabra de vida que nos transforme, que nos llene de salvación. Porque tenemos que preguntarnos si es que rezamos y de verdad buscamos al Señor, buscamos esa palabra nueva que el Señor quiere decirnos y para eso es necesario que abramos con sinceridad nuestro corazón. Quizá lo único que hacemos es repetir nuestros rezos, repetir unas palabras aprendidas de memoria pero nos falta ese encuentro vivo con el Señor.

Tras aquella prueba que significó todo aquel recorrido, incluso físico, que hizo aquella mujer en su súplica, aquella mujer salio fortalecida en su fe. No fue solamente el que su hija fuera liberada del espíritu maligno, sino cuanta purificación interior tuvo que producirse en el corazón de aquella mujer. Fue ella la primera liberada por Jesús porque como se suele decir se tuvo que comer sus orgullos y su amor propio para ponerse humilde a los pies de Jesús. Aquella mujer sí podía decir luego que había encontrado una palabra de vida, una palabra de salvación para su vida.

Nos interpela, pues, la fe de aquella mujer, la búsqueda de Dios que le hizo caminar humilde tras Jesús; nos interpela la oración de aquella mujer que nos hace mirar nuestra oración, nuestra manera de rezar y suplicar o las mismas cosas que pedimos de forma interesada tantas veces en nuestra oración. Es la buena noticia que hoy escuchamos, es el evangelio que vamos a llevar en nuestro corazón cuando salgamos hoy de esta celebración. Aprendamos a caminar tras Jesús suplicando pero escuchándole, abriéndonos a su Palabra, esa palabra nueva que tiene para nosotros hoy, pero dejándonos transformar en tantas cosas que tenemos que hacer nuevas en nuestra vida.