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sábado, 23 de mayo de 2020

Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha



Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha

Hechos 18, 23-28; Sal 46; Juan 16, 23b-28
¿Quién me podría echar una mano para sacar este proyecto adelante? ¿Conoces a alguien que pudiera tener cierta influencia con aquel personaje, con aquella institución… y con quien pudiéramos hablar para que nos eche una mano? Así andamos muchas veces en la vida buscando intermediarios, debiendo favores, buscándonos una recomendación, queriendo tener un padrino porque ya sabemos que quien tiene el poder en su mano tantas veces se hace rogar para que así estemos más dependientes de él y de su poder. Vienen las manipulaciones, los favoritismos, el tráfico de influencias y no se cuántas cosas más que caen una detrás de otra como en cascada. Y desgraciadamente nos hemos acostumbrado a eso hasta el hecho de perder todos los valores éticos que dignificarían en verdad a la persona.
Esto que sucede en la vida ordinaria, podemos pensar en las graves problemas de tráfico de influencias con la consiguiente corrupción, como podemos pensar en cosas más pequeñas pero que están en el día a día de nuestras mutuas relaciones en que tantas veces estamos buscando un mediador, alguien que interceda por nosotros para la solución de los problemas ordinarios de la vida, pero esto lo hemos transportado de alguna manera al ámbito religioso y de nuestras relaciones con Dios.
Cuantas cadenas nos llegan hoy por las redes sociales que si hacemos no sé qué cosas o qué oraciones a un determinado santo que es muy milagroso vamos a obtener todos los favores de Dios. Yo de entrada huyo de esas cadenas en las que nos quieren ofrecer la voz de Dios para que hagamos determinadas cosas y tendremos no sé cuántos años de beneficios; Dios no utiliza las redes sociales para darnos su gracia si hacemos determinadas cosas no sé cuantas veces que hay que repetir.
Pero vamos a aquello de aquel santo tan milagroso, de aquella imagen de la Virgen que nos obtiene todos los favores del cielo o determinada imagen de Jesús que es más milagrosa que las demás. Y así vamos con nuestros rezos, que no sé si podemos decir oraciones de verdad que dirigimos a todos los santos del cielo pero parece como si tuviéramos miedo de dirigirnos a Dios. El tráfico de influencias del cielo, podríamos decir utilizando el lenguaje de lo que hacíamos antes referencia.
Entiéndame bien no quiero decir que no nos valga la intercesión de los santos o de la Virgen María, la Madre de Dios.  Sin embargo, ¿no tendríamos que decir que oramos con María para aprender de su oración y para imitarla en sus virtudes de gracia que tanto necesitamos? ¿No tendríamos que aprender de los santos, de su vida santa, de su entrega y de su amor, del desprendimiento de su vida y de la generosidad de sus corazones para actuar nosotros de la misma manera? Si queremos decir que estamos orando con los santos o con la Virgen María creo que estaríamos diciéndolo mucho mejor y nuestra oración dirigida al Padre tendría más su verdadero sentido. Mucho tendríamos más que decir.
Es de lo que nos está hablando Jesús en el Evangelio. Y Jesús es bien claro. En verdad, en verdad os digo: si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa…Aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Ya nos enseña Jesús en distintos momentos a lo largo del evangelio como tiene que ser nuestra oración, no con muchas palabras como si solo así seríamos escuchados, como hacen los gentiles, nos dice, o como la de los fariseos llenos de pomposidad y ruidos de campanillas y con rebuscadas palabras.
Nos enseñará que es el Padre providente, que si cuida de los pájaros del cielo o de las flores del campo cómo no va a cuidar de nosotros que somos sus hijos. No es la oración de las vanas promesas que luego no cumplimos o lo hacemos a regañadientes como si de un chantaje o de una compraventa se tratara en nuestra relación con Dios.
Es la oración confiada, la oración humilde, la oración del que abre el corazón a Dios para escucharle, es la oración de quien se sabe hijo y saborea la palabra Padre cuando se dirige a Dios porque se goza del amor de Dios allá en lo hondo del corazón. Con Dios no podemos andar con tráfico de influencias queriéndonos ganar los favores de otros porque Dios es siempre el Padre bueno que nos escucha. Y nuestro Mediador es Cristo Jesús.

viernes, 22 de mayo de 2020

La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz


La experiencia de tristeza y alegría que vivieron los discípulos en la pascua es ejemplo y estímulo para nuestra experiencia de cada día y no perder nunca la paz

Hechos 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a
Nos gusta estar con aquellas personas que amamos y de quienes nos sentimos igualmente queridos. El hijo quiere estar con sus padres, los padres con sus hijos, el esposo con su esposa, los abuelos con sus nietos, los amigos con aquellos amigos que aman y de quienes se sienten apreciados. Nos gozamos con su presencia sin que necesitemos quizá hacer nada extraordinario, pero son largas las horas que pasamos con aquellos seres que queremos y no somos capaces de medir el tiempo que pasamos con ellos; pero quizá cuando nos faltan, cuando se prolonga su ausencia, cuando tengamos que arrancarnos de su presencia lloraremos el no poder estar con ellos y estaremos añorando desesperadamente volver a encontrarnos con ellos. Qué hermosa una amistad así compartida, qué sabroso el cariño de la familia, que a gusto nos sentimos con aquellos que nos aprecian y nos valoran.
Tenía que dolerles a los discípulos aquel anuncio que Jesús les estaba haciendo. Sus corazones lloraban lágrimas de tristeza. Más aún cuando sabían que aquella separación que ahora iban a tener de Jesús era como consecuencia del odio de los que querían quitarle de en medio y llevarlo a la muerte. Cómo le dolerá a una madre el conocer de antemano que su hijo querido va a ser condenado; para ella siempre será su hijo haya hecho lo que haya hecho.
Es el dolor también que sentían los discípulos porque Jesús mismo les estaba diciendo que mientras ellos lloraban de tristeza otros se alegrarían de lo que daban por antemano del fracaso de la obra de Jesús. Para ellos esto no podía quedar así y aunque no sabían cual eran la salida, a pesar de las palabras de Jesús que anunciaban su vuelta y su triunfo pero que ellos no acababan de entender. Y es que cuando el corazón se obnubila por el dolor parece que se cierran todas las  salidas y no se encuentran soluciones.
Es lo que Jesús les está diciendo y se está constatando con el ambiente tenso que se está viviendo. Pero Jesús tiene palabras de ánimo y de esperanza. Les habla del dolor de la madre cuando da a luz, pero que se ve compensado cuando tiene al hijo de sus entrañas entre sus brazos. Y Jesús les dice que su alegría será luego grande. Anuncios de triunfo, anuncios de resurrección, anuncios de plenitud de pascua, porque es paso de Dios y el paso de Dios no se queda en el dolor, no se puede obnubilar por la tristeza, siempre tendrá que llenar de gozo el corazón. Será lo que finalmente vivirán en la mañana y la tarde de la resurrección. No cabrán de alegría entonces en sí mismos.
Pero el mensaje de Jesús no es solo para vivir aquellos momentos. La vivencia de aquellos momentos tiene que ser para nosotros modelo y estímulo para vivir también nuestras propias experiencias en el día a día de nuestra vida. Momentos de duda y de incertidumbre nos irán apareciendo continuamente en el camino de la vida; momentos en que nos parecerá que todo se nos vuelve oscuro se repetirán muchas veces pero siempre sabremos que aparecerá de nuevo la luz.
Momentos que experimentamos en la vivencia de nuestra fe y que algunas veces nos costará, pero son momentos en distintas situaciones como las que ahora podemos estar pasando. Sabemos que el Señor está ahí, que no nos falta su presencia aunque algunas veces se nos vuelva oscura, que nada podrá apartarnos de ese amor de Dios, que tenemos que seguir haciendo el camino yendo también al encuentro de los otros que necesitan esa luz que nosotros tenemos por nuestra fe y en los que tratamos siempre de sembrar esperanza. Abramos los ojos de la fe y seamos capaces de seguir disfrutando de la presencia del Señor, nunca perdamos la esperanza y gocémonos siempre en el amor del Señor.

jueves, 21 de mayo de 2020

Sabemos de quien nos fiamos para hacernos crecer en valores espirituales, darnos hondura espiritual con la fortaleza del Espíritu y hacernos caminar siempre con paz


Sabemos de quien nos fiamos para hacernos crecer en valores espirituales, darnos hondura espiritual con la fortaleza del Espíritu y hacernos caminar siempre con paz

Hechos 18, 1-8; Sal 97; Juan 16, 16-20
¿Cómo puedes estar tan tranquilo con lo que está pasando? Lo habremos dicho a alguien alguna vez o lo hemos escuchado como reacción cuando vemos a una persona quizá con grandes problemas, quizá con una enfermedad, o la muerte de un ser querido, pero la vemos con paz y serenidad afrontando la situación. Quizás nos pueda decir que no está tan tranquila como nosotros creemos, que el problema está ahí, que los agobios y las angustias se llevan dentro, pero sin embargo la vemos con serenidad, le notamos incluso en medio de sus sufrimientos con una alegría que no es una simple risa sino algo quizá más profundo.
Como ya hemos comentado en alguna ocasión en que hemos hecho referencia a situaciones así son personas de fortaleza interior, son personas con gran espíritu grande que es lo que les da esa fuerza, esa paz, esa incluso alegría en medio de las tristezas o penas de la vida. Podríamos decir que son personas profundamente espirituales que tienen una riqueza grande en su vida, una espiritualidad podríamos decir. Esa hondura de espíritu, esa fe interior es la que les hace caminar, luchar, superar dificultades y contratiempos, como se suele decir poniendo a mal tiempo buena cara. Y no es fachada exterior, es hondura del espíritu.
Aunque hemos hablado de hondura espiritual, de valores del espíritu e incluso de fe, hasta ahora no hemos hecho mención a nuestra fe cristiana, pero necesariamente tenemos que acudir a ello. Y es que los que creemos en Jesús nos tenemos que sentir siempre fuertes aunque grandes sean las dificultades que nos encontremos en la vida. No es que no suframos los problemas, que no haya preocupación dentro de nosotros, que muchas veces incluso lloremos en nuestro dolor, pero hay algo hondo en nosotros que nos lo da nuestra fe en Jesús que es lo que nos hace fuertes en esas situaciones.
Por empezar decir que Jesús nos ha asegurado su presencia, siempre, hasta la consumación de los tiempos; Jesús nos ha prometido que nos enviaría desde el Padre su Espíritu para que fuera nuestra fuerza y en El encontráramos siempre caminos de vida; y es que con Jesús siempre tendríamos que tener paz en nuestro corazón, porque no nos falta la gracia del Señor.
En la situación anímica que se encontraban los discípulos en la cena pascual muchas eran las dudas e incertidumbres que surgían en sus corazones, porque realmente ellos no tenían claro lo que iba a suceder; nosotros hoy cuando leemos estos textos del evangelio tenemos por adelantado el saber qué es lo que iba a suceder. Y Jesús trata de prepararlos para que afronten aquella situación; y no les oculta que van a ser momentos difíciles, vosotros llorareis mientras el mundo reirá, les viene a decir Jesús.
En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Así sucedería, allí estaría la alegría de los sacerdotes y los miembros del Sanedrín cuando prenden a Jesús y lo llevan ante Pilato para que sea condenado a muerte. Con aires de triunfo y de victoria celebraban la crucifixión de Jesús y ya conocemos sus gritos y sus burlas. Mientras los discípulos escondidos estaban en el cenáculo y llenos de miedo mientras sufrían todo lo que le estaba pasando a Jesús.
‘Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Ya conocemos la alegría de la mañana y de la tarde de la resurrección en la medida en que se iban encontrando con Cristo resucitado. Lo que parecía una derrota se convertía en victoria y en la mañana de Pentecostés así lo proclamaría Pedro. ‘A quien vosotros crucificasteis Dios lo resucitó de entre los muertos’.
Esa victoria de Cristo es nuestra victoria; esa alegría en Cristo resucitado tiene que ser siempre nuestra alegría, aunque muchas sean las tristezas que tengamos a causa de los problemas o de las dificultades, tenemos la certeza de la victoria en Cristo Jesús, muerto y resucitado.
Pero esto tiene que valernos para todas las situaciones de la vida, en esos distintos momentos que pasemos por el dolor y el sufrimiento, los problemas nos envuelvan, las cosas pareciera que se torcieran y no salen como a nosotros nos gustaría. No podemos perder la paz, la serenidad del espíritu, la alegría espiritual que es motor de nuestro espíritu y nuestra vida. Sabemos de quien nos fiamos y quien está con nosotros. Y eso nos hará crecer en valores espirituales, nos dará hondura espiritual, tendremos esa fortaleza del espíritu, podremos caminar siempre con paz.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Nos promete Jesús el Espíritu de la Verdad que nos conduce a la Sabiduría para que vivamos la verdad de Dios en nuestra vida que nos llene de plenitud



Nos promete Jesús el Espíritu de la Verdad que nos conduce a la Sabiduría para que vivamos la verdad de Dios en nuestra vida que nos llene de plenitud

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Sal 148; Juan 16, 12-15
Vivimos en un mundo saturado; es tal la avalancha de noticias e informaciones que nos llegan a cada minuto, acontecimientos que se suceden no solo en nuestra cercanía sino que nos llegan noticias de ellos aunque sucedan en los lugares más lejanos del planeta, gente que vamos conociendo y que va aumentando cada día los ‘amigos’ de las redes sociales que parecen ya listas interminables, no solo informaciones sino comentarios de los más variados que se nos ofrecen por todos lados en cualquier medio de comunicación que abramos, que al final no sabemos que hacer con tantas cosas, como poner orden a esa maraña que se nos va formando en nuestro interior, y parece que el disco duro de nuestra mente ya no da para más.
¿Cómo poner orden en todo ese caos que se nos forma? ¿Quién nos dice lo que es verdaderamente importante y lo que hemos de dejar a un lado? ¿Merece la pena estar al tanto de tanta información que nos llega que al final no sabemos procesar? Es necesario hacer una parada, detenerse para ver lo que verdaderamente merece la pena, encontrar en medio de todo ese caos lo que nos ayude de verdad y nos acerque de una manera distinta a los demás.
Los apóstoles y los discípulos de Jesús también se veían saturados. Habían comenzado a seguir a Jesús porque se sentían atraídos por sus palabras y por los gestos que iba realizando; su cercanía a la gentes, la acogida que hacia de cuantos tenían el corazón lleno de dolor, las esperanzas que se iban suscitando en sus corazones, los signos que realizaba les abrían sus mentes a un mundo nuevo que todos deseaban. Por eso algunos querían estar más cerca de El, y muchos fueron los llamados de manera especial por el Maestro para seguirle.
En la medida que le iban conociendo eran muchas cosas nuevas las que descubrían en su corazón pero también Jesús comenzaba a decirles y a enseñarles nuevas cosas, nuevas actitudes para vivir, nuevos caminos que habían de recorrer. Se sentían desbordados. Ahora era lo que sentían inminente con los anuncios que había hecho y lo que ellos intuían que sucedía a su alrededor donde había algunos que querían quitarlo de en medio y esto concordaba con lo que Jesús les anunciaba. Parece que ya nada más cabía en sus cabezas.
Por eso Jesús en su despedida, porque todo lo que estaba sucediendo en aquella tarde noche en aquella cena pascual parecía que tenía ese sentido de despedida, Jesús les promete que estará con ellos para siempre aunque será de un modo nuevo, Jesús les promete la presencia del Espíritu que desde el Padre había de enviarles.
Es lo que ahora les anuncia. Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir’. Son muchas las cosas que Jesús les ha enseñado y no han sabido hasta ahora digerirlas, aunque estando Jesús con ellos y explicándoles El una y otra vez. ¿Cómo será en su ausencia? ‘El os lo enseñará todo, os guiara hasta la verdad plena’.
Es el Espíritu del Señor que sigue presente en su Iglesia, el Espíritu del Señor que podemos sentir también en nosotros, en nuestro corazón. Es el Espíritu que os guía y nos conduce a la verdad plena, es el Espíritu que nos llena de la Sabiduría de Dios, es el Espíritu que inspira en nuestro corazón lo bueno que hemos de realizar, es el Espíritu que nos fortalece contra la debilidad y el mal que nos acecha, es el Espíritu que caminará siempre a nuestro lado para liberarnos del mal, es el Espíritu que pone orden en nuestro corazón, es el Espíritu que nos hace descubrir la verdad, es el Espíritu del que hemos de dejarnos conducir.

martes, 19 de mayo de 2020

Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre



Despedida de Jesús a sus discípulos con anuncio de presencia nueva por la fuerza del Espíritu que enviará desde el Padre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11
Las despedidas son siempre tristes. Es un desgarro del alma al tener que separarse del ser querido o apreciado. Por mucho que nos anuncien una pronta vuelta, por mucho que nos digan que quien marcha va hacia algo mejor, por muchas que sean las promesas de continua comunicación; aun hoy con los medios de comunicación que tenemos, con las redes sociales que nos permiten mantenerse en contacto incluso de contemplar su imagen o escuchar su misma voz. La tristeza nos embarga.
Pienso en mi niñez con la emigración familiares más allá del atlántico; pienso en tantos momentos a lo largo de mi vida en que he tenido que desprenderme de seres queridos, o yo mismo he tenido que marchar del lugar donde hacia mi vida. Por mucho que tratara uno de disimular las lágrimas se nos rompía el corazón. Hablo de esas despedidas impuestas por las circunstancias como podría mencionar las despedidas impuestas por las leyes de la vida cuando fallece un ser querido. No es necesario decir mucho porque por esas experiencias hemos pasado todos, aunque muchas más circunstancias podríamos recordar o resaltar.
Era la tristeza también que envolvía la cena pascual de Jesús con los discípulos; eran las mismas palabras de Jesús, era lo que los discípulos intuían porque no habían terminado ni de aceptar ni de comprender los anuncios que Jesús hacia, era la tensión que se vivía en aquellos momentos con tantos signos y gestos distintos que se iban sucediendo en aquella cena. La tensión y la tristeza se mordían en el aire.
Y sin embargo Jesús les dice ‘os conviene que yo me vaya’, aunque resulten palabras dolorosas. Les cuesta entender aunque las palabras de Jesús hoy nosotros las podamos ver un poco más claras. Recordemos textualmente las palabras de Jesús. Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré’.
Nosotros hoy desde la perspectiva de lo que ya ha pasado podemos comprenderlas un poco mejor, aunque no sé si luego realmente lo llevemos a la vida. Diríamos que la misión de Jesús concluye porque llega el momento culminante de su Pascua, su muerte y su resurrección. No es un final. Es algo que tendrá luego que prolongarse y precisamente a través de quienes creemos en Jesús. Les dejará esa misión a los apóstoles y a los discípulos de entonces, como nos está confiando a nosotros también esa misma misión. El anuncio de la Buena Nueva, el anuncio del evangelio de salvación para que creyendo en Jesús se vaya realizando el Reino de Dios. Pero será una tarea que los discípulos no podrán realizar sin la fuerza del Espíritu que Jesús desde el Padre nos enviará. ‘Si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito; en cambio si me voy os lo enviaré’, les dice y nos dice Jesús.
Si nosotros hoy podemos seguir celebrando a Jesús, si podemos hacer el anuncio del Evangelio, si llegamos a vivir ese compromiso de transformación de nuestro mundo según los valores nuevos del evangelio será porque tenemos el Espíritu que Jesús nos envía desde el Padre con nosotros. Es quien nos hace sentir la presencia de Jesús, es quien impulsa nuestros corazones al amor y a la comunión para sentirnos hermanos los unos de los otros, es el que mueve nuestros corazones para ponernos en camino de evangelio, caminos de evangelio en que nos sintamos evangelizados y caminos de evangelio en que llevemos ese anuncio al mundo que nos rodea.
Es despedida de Jesús pero es certeza de que estará con nosotros para siempre hasta la consumación del mundo pero que lo sentiremos y lo viviremos de forma nueva. Despedida de Jesús, que humanamente a los discípulos entonces les costaba lágrimas y angustias ante la incertidumbre de todo lo que iba a suceder, pero despedida que nosotros sabemos que podemos vivir de un modo nuevo. No son aquellas angustias de las que hablábamos al principio como experiencias que humanamente nosotros hubiéramos vivido. Es algo nuevo, es algo distinto, es la certeza de lo presencia de Jesús de un modo nuevo por la fuerza y por la acción del Espíritu.
Claro que todo lo que decíamos entonces nos tendrá que llevar quizá a unas actitudes nuevas desde el amor con la fuerza del Espíritu para quienes viven esas amargas experiencias de dolor en la separación de seres queridos; cómo nosotros allí a su lado hemos de saber estar con un mensaje de esperanza, con una presencia que conforte y consuele en el dolor, con un abrazo de amor que haga que no se sientan solos y abandonados por quienes pasan ese trance de la despedida y de la separación sea cual sea.


lunes, 18 de mayo de 2020

Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad


Nada podrá apartarnos del amor de Dios porque el Espíritu Santo es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, es el Paráclito y el Espíritu de la verdad

Hechos 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a
Un padre prepara a su  hijo para el día de mañana, porque la tarea del padre no se reduce a trabajar para ganar un dinero con el que tener el sustento de aquellos que están bajo su responsabilidad, sino que su labor como padre es educadora, porque es enseñar a vivir, aconsejar y orientar, ayudar a fortalecer los ánimos y el espíritu del  hijo para que el día de mañana sepa enfrentarse a los problemas de la vida y salir adelante.
Es como la tarea del educador, de todo educador, que no se reduce a enseñar unas materias o tener unos conocimientos podríamos decir intelectuales y unas capacidades técnicas para unos trabajos o para pasar un examen y obtener un titulo, sino que es formar y dar valores para que tengan un fundamento básico que les ayude a vivir con intensidad la vida; y eso es tarea de todo educador, de todo aquel que tiene una misión de enseñar al estar al cuidado de cualquier grupo comunitario. Una tarea ardua que ayuda a prevenir, que hace abrir los ojos a un sentido de la vida, que fortalece los espíritus, que hace crecer no solo conocimientos o técnicas sino algo más hondo que es la persona para ayudarla a llegar a una madurez.
Hoy vemos a Jesús con esa preocupación por sus discípulos; los quiere fuertes y que sepan además donde pueden encontrar esa fuerza; les recuerda que la misión que se les encomienda no es fácil porque van a encontrar oposición y persecución; les previene ante su propia debilidad que les puede llenar de miedos y hacer que se encierren en la vida olvidando el testimonio que tienen que dar.
Por dos veces se lo repite en este corto texto que hoy hemos escuchado. Os he hablado de esto, para que no os escandalicéis’. Bien sabe Jesús lo mal que lo van a pasar cuando lleguen momentos de persecución. No quiere que se sientan solos y como abandonados porque su presencia física ya no esté con ellos. Y vuelve a repetirles ‘os he hablado de esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que yo os lo había dicho’.
Y en lo que Jesús quiere insistirles es que no se van a sentir solos, que aunque ahora muchas veces no entienden bien lo que Jesús quiere decirles, van a tener quien les recuerde todo y pondrá palabras en sus labios y fuerza en su corazón para hacer ese anuncio, para dar ese testimonio. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’.
Es el anuncio que repetidamente vamos a escuchar en estos días en que vamos finalizando el tiempo de la Pascua y en que ya se acerca la fiesta de Pentecostés donde celebraremos la venida del Espíritu Santo. Podríamos decir que es casi como una novena del Espíritu Santo lo que vamos haciendo en estos días por el mensaje repetido de Jesús en que nos anuncia la venida del Espíritu Santo.
Es una palabra de Jesús que necesitamos recordar en todo tiempo, es cierto, pero que en las circunstancias que estamos viviendo a nivel de nuestra sociedad bien nos viene recordar. Este aislamiento social que nos ha tocado vivir, esta situación de inestabilidad que tenemos, estos miedos que se nos van metiendo en el alma porque no sabemos ni cuanto durará esta situación ni como terminaremos por vernos afectados mucho más todavía, nos puede hacer mucho daño por dentro.
Pero tenemos que sentirnos fortalecidos e iluminados para afrontar toda esta situación. Como creyentes en Jesús bien sabemos que no nos podemos sentir solos ni tan debilitados que no sepamos como salir adelante. Con nosotros está el Espíritu de la verdad, como hoy lo llama Jesús, el Defensor y fortaleza de nuestras vidas. ¿Quién podrá apartarnos del amor de Dios si el Espíritu del Señor está con nosotros? El Espíritu del Señor es nuestra fortaleza y nuestra sabiduría.

domingo, 17 de mayo de 2020

El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores


El Espíritu del Señor como Paráclito nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús y construir el mundo según sus valores

Hechos 8, 5-8. 14-17; Sal 65; 1Pedro 3, 15-18; Juan 14, 15-21
Nadie tiene por qué sentirse desprotegido. Sabemos hoy que la sociedad tiene que ofrecer recursos al que se siente indefenso ante la justicia para tener quien lo asesore y le defienda. Multitud de recursos sociales que tiene que ofrecer la sociedad, apoyo jurídico que incluso se ha de tener ante los tribunales. No siempre ha sido así, ni siempre están a mano con la facilidad que correspondería esos recursos de defensa incluso para el reo presuntamente culpable.
Hago esta referencia a ese apoyo que siempre en la sociedad tendríamos que encontrar porque hablando quizá desde el presupuesto de estos términos es lo que Jesús ofrece a sus discípulos.
Les está hablando en momentos críticos como son los previos al propio prendimiento de Jesús y los discípulos pudieran intuir que si les falta Jesús es como si se sintieran huérfanos; conocen todas las confabulaciones de los judíos con Jesús, pero ellos están con El y se sienten seguros; intuyen quizá que si les faltara Jesús porque se cumpliera todo lo que El les ha anunciado se van a ver solos y como abandonados a su suerte. Así los veremos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos tras el prendimiento de Jesús, su pasión y su muerte en la cruz, a pesar de todas las promesas que Jesús les ha ido haciendo, pero que ellos nunca terminaron de entender. Y de eso es de lo que hoy Jesús les habla.
Ya en ocasiones les había hablado de persecuciones y de tribunales e igualmente les había dicho que no tuvieran miedo porque tendrían un Defensor, el Espíritu que pondría palabras en sus labios para su defensa. Jesús les pide fidelidad, amor, cumplimiento siempre de su voluntad, pero no han de temer aunque vengan momentos difíciles y en ocasiones incluso se encuentren desorientados sin saber a qué atenerse. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad’.
Se nos ha conservado la palabra de origen griego en su traducción literal al castellano porque expresa realmente el sentido de lo que les ofrece Jesús. El paráclito es el que está llamado para defender al indefenso. Y es el sentido que Jesús quiere darle a la presencia del Espíritu Santo en la vida de los discípulos, el Defensor, el apoyo y la fuerza incuestionable, el que estará siempre a nuestro lado para que encontremos la mejor palabra, la más perfecta actitud y postura, la más valiente decisión. Es el que inspira y nos da luz para hacernos ver caminos, salidas. Es el que acompaña para que no nos sintamos solos en el camino que muchas veces se puede convertir en algo duro y nos puede hasta parecer intransitable. Pero El estará ahí como nuestra fuerza y nuestra luz, como nuestra defensa y nuestra fortaleza.
La liturgia cuando casi vamos concluyendo el tiempo pascual porque ya nos acercamos a Pentecostés nos ofrece estos textos con la promesa de Jesús. Es esa luz que necesitamos en todos los tiempos porque siempre ha habido y habrá momentos difíciles para los que queremos seguir a Jesús y no nos podemos sentir huérfanos y desamparados. Bien que en el camino de la Iglesia a través de todos los tiempos siempre se ha sentido esa presencia del Espíritu y aunque haya habido momentos difíciles, momentos en que la iglesia ha caminado incluso por caminos tortuosos, no ha faltado la presencia del Espíritu que guía y que sostiene a la Iglesia.
Pero tenemos que escuchar esta Palabra en el momento presente, momento de turbulencias, de confusión y desorientación, momentos en que nos vemos zarandeados por problemas que pensábamos que no se iban a presentar a la humanidad, pero que de la noche a la mañana todo se ha trastocado, muchas cosas se han venido abajo, nos sentimos que no sabemos como ni cuando vamos a salir de estas oscuridades y tenemos el peligro y la tentación del desaliento.
Momentos, por otra parte, que tendrían que hacernos pensar sobre la manera como hemos ido construyendo nuestro mundo que ahora da la impresión que ha perdido los cimientos y el edificio se nos puede venir abajo. Momentos de reflexión para saber leer las lecciones de la historia y, en concreto, de esta historia que ahora nos ha tocado vivir y donde siempre tenemos algo que aprender. Se nos cuestionan muchas cosas, pero aparecen también señales de luz de que no todo está perdido porque aparece en muchos lo mejor que tienen de si mismos y eso les hace plantearse las cosas de otra manera.
Y como creyentes también tenemos algo que decir, como creyentes en Jesús también tenemos un camino y unas decisiones que tomar para encontrar salidas, como creyentes no podemos sentir que todo es oscuridad alrededor nuestro, como creyentes ahora escuchamos esta Palabra de Jesús que nos hace encontrar la luz porque también en estos momentos hemos de sentir con nosotros la presencia y la fuerza del Paráclito, la fuerza del Espíritu Santo prometido. No estamos batiendo alas como aves desorientadas en un túnel oscuro y sin salida sino que hay quien nos inspira y nos orienta desde lo más hondo para que encontremos esa luz que nos señala una salida.
Una salida a algo nuevo, una salida a un mundo transformado, una salida a un mundo nuevo que nosotros los cristianos sabemos bien como construirlo desde esos valores nuevos que nos ofrece el evangelio y que quizá tantas veces hemos olvidado dejándonos encantar por esos cantos de sirena que en el mundo se nos ofrecían. El Espíritu del Señor que nos hace encontrarnos con nosotros mismos y encontrarnos de nuevo con el Evangelio de Jesús. Ese mundo nuevo que nosotros los cristianos llamamos el Reino de Dios y donde han de florecer esos valores eternos e inviolables del amor y de la justicia, de la paz y de la solidaridad, de la verdad y de la autenticidad, de la cercanía y de la fraternidad, por citar algunos.
No estamos solos, no caminamos abandonados como huérfanos, con nosotros está la fuerza del Espíritu del Señor. Dejémonos conducir.