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sábado, 20 de agosto de 2022

Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

 


Ser humilde es exigirnos a nosotros mismos para estar siempre en camino de búsqueda de metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto somos

Ezequiel 43, 1-7ª; Sal 84;  Mateo 23, 1-12

Las mediocridades suelen ser pendientes muy resbaladizas, y las pendientes nos suelen precipitar al abismo. Yo soy bueno decimos, y vamos haciendo lo que buenamente podemos y nuestra vida se convierte en ramplona, no salimos del pe al pa, no avanzamos, siempre andamos en lo mismo, hace falta esfuerzo y deseos de superación.

Claro que cuando nos contentamos lo de siempre podemos convertir en principios inmutables lo que pudieron haber sido buenas costumbres que valían en otro momento, y aquello quedó obsoleto, fuera de lugar en el momento presente, no hubo búsqueda sincera y profunda de algo mejor, y terminamos por imponer cosas que se quedan en superficiales, pero que las queremos convertir en leyes y normas.

No eran malos los fariseos, querían ser cumplidores y se toman muy radicalmente cosas que pudieron valer en otro momento negándose a abrirse a algo nuevo y renovador. Claro que con su influencia social su estilo que decían muy de cumplidores, pero que a la larga era ramplón por lo repetitivo y por lo rutinario se quería imponer a los demás. No había apertura en su corazón sino cumplimiento ciego y radical llenando la vida de los que los rodeaban de agobios y angustias al sentirse incapaces de vivir encorsetados en tantas normas y reglas y se manifestaba todo eso en una falta de paz en el corazón.

Jesús viene abriéndonos caminos, enseñándonos a aspirar a lo más alto, pero al mismo tiempo a darle profundidad hasta en las cosas más pequeñas cuando le damos el sentido más verdadero. No nos quiere encorsetados en normas que nos tratan de imponer, sino que quiere la autenticidad del corazón. No quiere que nadie se sienta esclavo de nadie, pero nos enseña también que nuestro camino no es el imponernos los unos a los otros, sino el de caminar como hermanos que se dan la mano para superar esos obstáculos y escollos de la vida. Quiere alejar de nosotros todo lo que signifique vanidad y nos hace darnos cuenta que el orgullo es mal compañero para el camino de la vida. Lejos de nosotros la búsqueda de títulos o de pedestales, de reverencias o de reconocimientos que despierten  nuestro ego que pronto se llene de orgullo. Es en el espíritu de la humildad y de la sencillez, donde todos nos sentimos igualmente débiles, pero cuando caminamos juntos nos sentimos más fuertes, el sentido que le hemos de dar a nuestro camino.

‘Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “rabí”, porque Uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque Uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías’.

Por eso terminará diciéndonos algo que muchas veces nos repetirá y que tanto nos cuesta comprender y aceptar. ‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

Ser humilde no es llevar una vida ramplona; ser humilde es ser sencillo y saber ponernos a la altura del otro; es reconocer nuestra debilidad, pero reconocer también los valores que Dios ha puesto en nuestro corazón que hemos de desarrollar. Ser humilde no es ocultar los talentos, sino exigirnos a nosotros mismos para no quedarnos en la rutina, para no quedarnos en una vida ramplona y repetitiva de lo de siempre, para estar siempre en camino de búsqueda, para saber levantarnos para buscar metas grandes, para crecer desarrollando todo cuanto tenemos en nosotros. Por eso nos dirá que el que se humilla, será enaltecido, porque llegará a encontrar la verdadera grandeza de su vida.

viernes, 19 de agosto de 2022

Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

 


Sin buscar puntos de méritos y recompensas los cristianos tenemos que responder claramente sobre nuestra fe, no ofreciendo palabras, sino lo que son las obras de nuestro amor

Ezequiel 37, 1-14; Sal 106;  Mateo 22, 34-40

Una pregunta para ponerlo para ponerlo a prueba; una pregunta, además, de lo más elemental; parecería absurdo para un judío hacerla y más aun para un maestro de la ley. Era lo básico que enseñaban, lo que todo judío desde la más tierna infancia se sabía de memoria, pues había de repetirlo al salir de casa o al entrar a casa, al levantarse o al ir a comer, al emprender un viaje, o como oración de la noche. Así está prescrito, y todo judío había de repetir. Pero es la pregunta que le hacen a Jesús.

Yo me pregunto si acaso muchos también no nos estarán preguntando a los cristianos, a ti y a mi, esa misma pregunta. También nos quieren poner a prueba, pero no nos van a pedir palabras. Aunque aparentemente vemos mucho rechazo o mucha indiferencia, en ocasiones cargando las tintas contra la Iglesia o contra los cristianos, porque está de moda, porque es fácil querer echar en cara, porque siempre se están viendo las cosas con inquina, y parece que siempre están con deseos de revancha, aunque no sabemos por qué esa revancha, ese dedo que nos apunta tantas veces y que algunas veces nos duele, es también esa pregunta que nos hacen a nosotros los cristianos, que nos hacen a la Iglesia y hasta muchas veces de parte de gente que es también miembro de esa misma Iglesia.

¿Cuál es el mandamiento principal? Pero no se buscan respuesta de catecismo aprendidas de memoria; nos están preguntando por nuestro estilo de vida, por nuestra congruencia, por la sinceridad de nuestra fe, por el testimonio que damos. Siguen preguntándonos por qué tienen que creer lo que nosotros decimos, por qué tienen que creer a la Iglesia. Quizá aunque lo tengan delante claramente no quieren ver, no quieren escuchar la respuesta, no quieren abrir los ojos.

Nosotros respondemos es cierto, tal como nos dice hoy el evangelio, con el amor a Dios sobre todas las cosas, con todo el corazón, con toda la vida, con todo nuestro ser, pero también completamos la respuesta tal como lo hizo Jesús, ‘y al prójimo como a nosotros mismos’.

Pero tenemos que decirlo claramente, sin tapujos, con el testimonio de las obras de la Iglesia, con el testimonio de tantos cristianos entregados, con la lista interminable por ejemplo de ancianos acogidos en centros de la Iglesia o de instituciones de la Iglesia; con las puertas abiertas de tantos y tantos centros y obras de cáritas en nuestras parroquias para acoger a los necesitados y a los pobres, que quizá muchas veces nos vienen rebotados de los centros de las instituciones eclesiales porque dicen que no tienen recursos; con los enfermos, la gente sin hogar, los ancianos que viven solos, los emigrantes abandonados a su suerte, los discapacitados que muchas veces la sociedad hace más discapacitados, los enfermos de sida que nadie quiere y que son acompañados en sus sufrimientos y soledades por todo un ejército de voluntarios que dedican su tiempo para estar a su lado ofreciendo el cariño y la atención que algunos no reciben ni de sus familiares…

He querido mencionar solo algunas cosas, aunque la lista se haría muy larga, de esa respuesta que damos a esa pregunta que también nos hacen en nuestro mundo de hoy, dicen, para ponernos a prueba. Aunque Jesús nos dice que lo que hace tu mano derecha no lo sepa la izquierda, sin buscar puntos de méritos y recompensas, creo que los cristianos tenemos que responder claramente, no ofreciendo palabras, sino ofreciendo lo que son las obras de nuestro amor, que manifiestan claramente la fe que llevamos por dentro, el amor que en verdad mueve nuestra vida. Ahí está la prueba de nuestra fe.

jueves, 18 de agosto de 2022

Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

 


Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Cuando hacemos un regalo a alguien solemos estar muy atentos a la cara de quien lo recibe mientras abre el paquete; estamos pendientes de su reacción, y aunque no lo manifieste con palabras que seguramente estarán llenas de cortesía si nos daremos cuenta de su agrado o desagrado en el regalo que le hicimos; nos sentiríamos defraudados si no es de su agrado, pero mucho más si muestra algún signo de rechazo hacia nuestro regalo, no dándole importancia, relegándolo a un segundo lugar o manifestando que son otras las cosas que le agradaban.

No solo es la cortesía y delicadeza, sino que puede manifestarse algo mucho más hondo en una no posible aceptación de aquello que le ofrecemos. Mucho podríamos reflexionar aquí sobre la valoración que hacemos de aquello que se nos ofrece humanamente hablando simplemente de lo que son nuestras relaciones entre unos y otros. Nos faltan en ocasiones esos detalles o esa delicadeza en nuestras mutuas relaciones; muchas veces estamos también más pendientes de quién es el que nos ofrece algo, porque no a todos aceptamos de la misma manera, ni de la misma manera aceptamos o acogemos lo que se nos ofrece según de quien venga. También tenemos nuestras preferencias o hacemos nuestras distinciones, y hablamos ahora simplemente en plan humano.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, de la aceptación o no, o del rechazo que nosotros podamos estar haciendo del regalo de vida y de gracia que nos ofrece. Aquellos invitados al banquete de bodas parecían que tenían otras preferencias, no supieron ser corteses, sino que además hubo señales claras de rechazo cuando entre disculpas cada uno se fue a sus cosas y no quiso participar en el banquete de bodas que se les ofrecía.

Hay otro detalle que algunas veces nos ha costado interpretar, y es que habiendo sido invitados luego a la gente de los caminos, la sala del banquete se llenó de buenos y de malos. Y aquí está el detalle, según las costumbres, a todos aquellos que nada tenían y se veían ahora obsequiados con la participación en ese banquete se les había ofrecido un traje de fiesta; he aquí que hay uno que también rechaza. ¿Cómo es que has entrado aquí sin ponerte el traje de fiesta?

Jesús está hablándonos del Reino de los cielos, y Jesús en esta ocasión ha querido dirigirse de manera especial a los que son los dirigentes del pueblo, delante de él tiene a los sumos sacerdotes y a los ancianos (del Sanedrín, se entiende). No les interesa el Reino de Dios tal como se los está planteando Jesús; tienen otros intereses u otras preferencias y por eso ni siquiera se esfuerzan por escuchar y entender lo que Jesús les dice. Van a lo suyo, no les interesa ese banquete tal como Jesús se los está ofreciendo; prefieren sus vestidos viejos, de sus tradiciones, costumbres y rutinas antes que vestir ese traje del hombre nuevo que Jesús les ofrece.

Pero no nos quedemos en pensar en aquella gente o aquellos dirigentes del tiempo de Jesús. La Palabra del Evangelio es buena noticia que tenemos que recibir los hombres y mujeres de hoy, que tenemos que recibir nosotros.  ¡Cuánto nos cuesta salir de nuestros intereses y rutinas, de lo que siempre hemos hecho y cuando nos cuesta abrirnos a la novedad del evangelio hoy para nosotros y nuestra vida concreta! Nos cuesta vestirnos ese traje de fiesta, ese traje del hombre nuevo que Jesús nos ofrece.

Aquí con una sinceridad grande tenemos que ponernos a analizar nuestra vida, lo que escuchamos del evangelio, lo que intentamos pasar por alto o no detenernos a reflexionar con profundidad; hacemos también nuestras elecciones, nuestros distintos, buscamos aquello que nos tranquilice pero rehuimos lo que nos pueda inquietar o interrogar por dentro. Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad, nuestras costumbres o nuestras rutinas de eso que siempre hacemos, dejándonos iluminar por esa luz nueva del evangelio. Tampoco queremos vestirnos ese traje de gracia.

miércoles, 17 de agosto de 2022

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

 

Disfrutemos de la vida, del trabajo, démonos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos

Ezequiel 34, 1-11; Sal 22; Mateo 20, 1-16

Me siento muy satisfecho y muy honrado con que usted me haya permitido trabajar en su obra. Es quizás la reacción que con humildad y sinceridad alguien puede hacer porque, por ejemplo, un artista muy importante lo haya llamado a colaborar en la obra artística que estaba realizando. No va a aparecer su nombre quizá en ningún lado, porque la obra llevará el nombre de su autor, pero sí ha sentido el gozo de poder trabajar al lado y con las orientaciones de personaje tan importante. Esa persona por todas esas cosas disfrutaba de su trabajo, y poco le importaba que su remuneración quizás fuera mínima. Era fundamentalmente el gozo de lo que hacía, en lo que participaba, de la obra que estaba realizando.

Esto puede ser un caso extremo, pero si nos podría ayudar a preguntarnos si nosotros disfrutamos con lo que hacemos. Demasiado vemos el trabajo como una carga consecuencia del pecado, demasiado lo vemos como algo duro y agobiante, demasiado nos quedamos embrutecidos con lo material y lo costoso y no sabemos disfrutar de aquello donde estamos plasmando nuestro ser, porque el trabajo siempre es creador de algo nuevo, es expresión de lo que llevamos en el alma. Y el artista disfruta en su creación, aunque sea costoso, le exija esfuerzo y dedicación, pero allí está plasmando su vida.

‘Nosotros hemos pasado el calor y el bochorno del día’, se quejaban aquellos viñadores contratados, porque les parecía sentirse minusvalorados porque a ellos se les pagara igual que los que habían venido a la ultima hora. No habían disfrutado de su trabajo, no habían sabido descubrir esa vena creadora que tiene todo aquello que realizamos, donde plasmamos nuestro ser, nuestra vida, lo que somos y lo que somos capaces de realizar. Nos mueven solo los intereses, y no descubrimos la belleza de la vida y la belleza también de lo que es nuestro trabajo. No disfrutamos de la vida. ¿No es lo que tendríamos que hacer como el artista que disfruta de la creación de su obra?

Me surgen estas reflexiones desde la parábola que nos ofrece el evangelio. Nos habla del viñador que salió a la plaza a buscar jornaleros para su vida; a todos fue invitando en las distintas horas del día; no importaba ya la hora, ni siquiera la producción en sí misma como una riqueza de la que obtener beneficios. Importaban las personas, importaba el trabajo que realizaran, fuera a la hora que fuera, no importaba la tardanza a incorporarse al trabajo, sino la dicha de poder tener un trabajo; era la felicidad para el trabajador, como era la felicidad también para el que contrataba a aquellos jornaleros para su viña. Y el viñador estaba satisfecho y pagaba con generosidad el trabajo realizado.

Importa escuchar la voz del que nos llama a la tarea; importa la respuesta que damos con entusiasmo en cualquiera que sea la hora en la que la escuchamos. Algunos piensan que cuando ya son las horas de la tarde y se está terminando el día, cuando ya estamos quizás en el atardecer de la vida y nos parece que se nos está acabando la vida, para qué vamos a emprender algo nuevo, para qué vamos a emprender una tarea, y nos olvidamos de la riqueza de esa obra que puede salir de nuestras manos, de nuestro quehacer. En todo momento podemos sembrar una semilla o acudir a una vendimia; en todo momento puede salir una obra hermosa de nuestras manos.

Disfrutemos de la vida, disfrutemos del trabajo, seamos capaces de darnos cuenta de todo lo que tiene de obra creadora, y de la belleza que puede en todo momento salir de aquello que realizamos. Aunque ya estemos en el ocaso de la vida. Es lo que yo intento seguir haciendo a mis años, quiero seguir sembrando buenas semillas en el campo de la vida.

martes, 16 de agosto de 2022

Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

 


Vaciarnos de nosotros mismos y de nuestras ambiciones materiales y de nuestros orgullos y vanidades es lo que nos abrirá la puerta de la felicidad total

Ezequiel 28, 1-10; Sal.: Dt. 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab; Mateo 19, 23-30

Todo lo que nos encierre en nosotros mismos, nos haga pensar solo en nosotros mismos, no nos conducirá a una plenitud y a una felicidad en la vida. Muchas veces nos cegamos. Pensamos que convirtiéndonos en el centro de todo vamos a alcanzar la verdadera felicidad, pensamos que llenándonos de cosas, porque decimos que no dependemos de nada ni de nadie, no dependemos de los demás, vamos a ser más libres y más felices. Acaparamos bienes, acaparamos cosas, acaparamos orgullos, acaparamos vanidad, y lo que estamos haciendo es creando un círculo alrededor nuestro que nos aleja de todos, al final nos sentiremos vacíos y el que se siente vacío y el que se aísla de todo para vivir solo para si mismo nunca podrá sentirse feliz.

Cuando nos encerramos en nosotros mismos y nos dedicamos a acaparar que lejos estamos del Reino de Dios; no hemos comprendido el sentido de la vida, no hemos llegado a descubrir lo que verdaderamente nos hace más humanos y en consecuencia más felices.

Es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, cuando sentencia radicalmente que a los ricos les es imposible entrar en el reino de los cielos, que más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja. La imagen del camello y de la aguja ha dado mucho que hablar para buscarnos muchas explicaciones; pensemos, si queremos en la materialidad de las propias palabras, o pensemos en esa puerta estrecha que había en la muralla de la entrada a las ciudades por la que no podía pasar un camello y menos con la carga que solían llevar. Esas cargas sobre nuestras espaldas de nuestros apegos, o de las cosas y riquezas que acumulamos no nos dejan pasar a nosotros tampoco por esa puerta estrecha, por esa aguja; el camello pasaría más fácilmente que nosotros.

Cuando hablamos de riquezas, ya entendemos todo lo que se engloba en esa palabra. Sí, es cierto, son los bienes materiales, el oro o la plata, los dineros o las posesiones, pero muchas veces son otras las riquezas que acumulamos en nuestros orgullos mal curados, en nuestras envidias que tanto daño nos hacen, en la vanidad de la que queremos revestirnos, en el endiosamiento de nuestro yo que nos vuelve egoístas e insolidarios, en las ambiciones que nos ciegan, en los distanciamientos que creamos alrededor nuestro para no mezclarnos, para no contaminarnos, para que no crean que nosotros somos como todos. Y en nuestra vanidad nos creemos ricos, nos subimos a los pedestales, nos aislamos de los demás.

Son muchas las cosas de las que tenemos que liberarnos, de las que tenemos que desprendernos, que tenemos que arrancar de nosotros, y eso cuesta. Los discípulos cuando escuchaban a Jesús en estas consideraciones que hoy estamos comentando se preguntaban que entonces quién puede salvarse. Y Jesús nos da una clave, por nosotros mismos, no, pero con Dios todo es posible. Imposible para los hombres, pero no para Dios; imposible no será, entonces, para quienes queremos estar con Dios, para quienes queremos contar con Dios.

Pedro y los discípulos se siguen haciendo preguntas. Y a ellos ¿qué les va a tocar? Lo han dejado todo por seguir a Jesús; allá amarradas quedaron las lanchas del lago de Tiberíades, vacía quedó la garita del cobrador de impuestos, en casa quedaron padre y madre, esposa o hijos, ¿qué será de ellos? ¿Habría para ellos primeros puestos, lugares de honor, recompensas de lugares de privilegio? Era algo en lo que pensaban y discutían muchas veces cuando salían las ambiciones de los primeros puestos, como es algo que hoy sigue tentando a muchos cuando optan por algún servicio o función por la comunidad o por la sociedad; ya se creen, nos creemos con derechos adquiridos para recibir pagos y recompensas extraordinarias.

Cuando se han dispuesto a seguir a Jesús dejándolo todo, lo habían hecho tras lo que Jesús había dicho que había que negarse a sí mismo, que había que tomar la cruz si fuera necesario, que había que dejar padre y madre, hermano y hermana, mujer o hijos, casas o tierras para seguirle y entrar en el Reino de los cielos. Y ahora les dice que quienes han sido capaces de eso van a recibir cien veces más y en el Reino futuro, la vida eterna. Un vaso de agua dado en su nombre, nos dirá en otra ocasión, que no quedará sin recompensa.

Por eso todo lo que sea desprendimiento, vaciarnos de nuestras apetencias humanas, arrancarnos de nuestros orgullos, quitar de nosotros esas ambiciones materiales, será lo que en verdad nos va a abrir la puerta del Reino de los cielos, que es la puerta de la verdadera felicidad, que es la puerta de la mayor plenitud del hombre.

lunes, 15 de agosto de 2022

Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación



Celebrar la Asunción de María es dejarnos envolver por un fogonazo de luz y de esperanza porque para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación

Apocalipsis 11, 19a; 12, 1. 3-6a. 10ab; Sal 44; 1Corintios 15, 20-27ª;  Lucas 1, 39-56

Tenemos encuentros en la vida que todo lo llenan de luz; quizá lo hemos sentido o experimentado alguna vez, pasamos por momentos oscuros, situaciones que nos llenan de incertidumbre, problemas que se nos hacen insalvables, angustias que nos paralizan y nos llenan de temor, y de pronto todo es luz para nosotros, alguien llegó a nuestra vida, nos dijo la palabra más oportuna, nos tendió la mano en señal de amistad y de que confiaba en nosotros, y comienzan a despejarse esos nubarrones, y comenzamos a sentir una alegría muy especial dentro de nosotros. Aquel encuentro, aquel momento, aquella persona que llegó a nuestra vida, aquella mano tendida nos abrió horizontes de luz.

Me atrevo a decir que este momento que nos narra hoy el evangelio, el encuentro de aquellas dos mujeres, una venida desde la lejana Galilea y la otra habitante de aquellas montañas de Judea, fue un momento de luz y de despertar esperanzas para toda la humanidad. No lo vemos solo como la anécdota del encuentro de aquellas primas en esa visita que María hace a Isabel, sino como algo que viene a ser signo de salvación y de vida para la historia de toda la humanidad.

Dos corazones inundados de fe, dos corazones enamorados de Dios como para saber leer los aconteceres de la historia y descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros, son los que allí se están encontrando y hoy nosotros contemplamos como algo que se hace, se tiene que hacer patente en medio del mundo en el que vivimos tan necesitado de esa luz.

Y surgió aquel canto tan maravilloso de unas mujeres verdaderamente enamoradas de Dios. Habían sentido y experimentado la presencia de Dios en sus vidas y su actuar maravilloso y ahora prorrumpen en cánticos de alabanza, de bendición y de acción de gracias. Es el canto de María pero es también el canto de Isabel. Ambas han experimentado esas maravillas de Dios en sus vidas, por eso están llenas del Espíritu divino.

Isabel ha sentido cómo Dios ha llegado a su vida concediéndole el don de la maternidad aun en su anciana edad, pero ahora está sintiendo de nuevo como Dios está entrando en su casa con la presencia de María. Desde que llegó a sus oídos la voz de su prima ya la criatura saltaba de gozo en su vientre, podría bendecir entonces a Maria, siendo también una bendición a Dios, porque la madre de su Señor la visitara, que era la visita de Dios.

María también reconocía que Dios hacia maravillas en la humildad de su sierva y por eso desborda de gozo también su corazón para alabar y bendecir a Dios. Se siente llena del Espíritu divino que ha puesto en ella esa semilla de Dios en aquel hijo que le ha de nacer que será llamado el Hijo del Altísimo. Siente entonces María que su gozo se desborda y ha de alcanzar a todas las generaciones, que la alabaran y bendecirán porque es la Madre de Dios, porque todos se van a ver inundados por esa misericordia de Dios tantas veces anunciada y que se hacía presente ahora para todos.

Había pasado Isabel por la noche oscura de no poder ser madre, como María se sentía turbada por cuanto le sucedía y que también le hacía hacerse preguntas en su interior. ‘Consideraba el significado de aquellas palabras’, nos dice el evangelista de cuando el ángel la vino a visitar a Nazaret. Seguro que aunque su corazón desbordaba de gozo en el Señor en la soledad de su camino también iría haciéndose preguntas sobre como asimilar cuanto le estaba sucediendo, como le sucedía también a su esposo José con un corazón también lleno de dudas. Pero ahora todo se había vuelto luz, resplandecían nuevos horizontes, la esperanza para todos los hombres comenzaba a tener cumplimiento, una nueva era de luz y de vida comenzaba a brillar entonces.

Es lo que nosotros hemos de sentir cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de María en su Asunción al cielo. La vemos luminosa, enjoyada con oro de Ofir, como decía el salmo, viene entre alegrías y algazaras, todos cantan en su honor, como lo había hecho Isabel y como ella misma proféticamente había anunciado, la contemplamos en su glorificación, en el anticipo para ella, como había sido el verse liberada de todo pecado desde su concepción, pero también de su participación en la resurrección de Jesús y su entrada en la gloria del cielo.

Y esto, a los que aún caminamos con los pies sobre la tierra, pero envueltos en sufrimientos y angustias, agobiados en nuestras luchas de cada día, queriendo superarnos e intentando vivir una vida mejor y ser también mejores, nos está diciendo que hay algo que es distinto, que para nosotros también brillará la luz, que sabremos incluso descubrir un sentido nuevo a esas angustias y sufrimientos que en el camino de la vida hemos de padecer, que para nosotros también hay un camino de victoria y de glorificación final como lo tuvo María. Podremos recordar sus siete dolores en las espadas que le atravesaban el alma en tantas situaciones de la vida, pero ahora en ella todo lo contemplamos como luz y como gloria. Lo tenemos que ver reflejado en nuestra propia vida.

Es el camino al que nosotros tendemos, es la esperanza que nace en el alma, es la grandeza y la trascendencia que podemos darle a cada uno de los actos de nuestra vida, es la luz nueva que tenemos en la esperanza que un día nos envolverá. María hoy en su Asunción al cielo nos lleva de la mano, María despierta esa fe y esa esperanza en nuestros corazones, María con su presencia de Madre nos ayuda a hacer el camino. Es lo que hoy celebramos, es lo que queremos vivir.


Hoy nosotros los canarios, aunque en cada rincón de nuestras islas celebramos muchas fiestas de María, de manera especial celebramos a la que es la Patrona General del Archipiélago canario, la Virgen de Candelaria. Su imagen bendita ha estado presente en nuestra tierra desde los primeros momentos de la conquista de estas Islas siendo ella la primera embajadora y la primera misionera del evangelio para nuestros antepasados que habitaron estas tierras.

Pero ella ha estado ahí siempre a nuestro lado, como madre y compañera de nuestro camino, siendo ese faro de luz y de esperanza para nuestras vidas simbolizado en esa candela encendida que porta entre sus manos. Que ella sea también hoy, en el momento que vivimos, ese faro de luz y de esperanza, en ella nos sentimos alentados, junto a nosotros la sentimos siempre en nuestro caminar.

domingo, 14 de agosto de 2022

Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

 


Tomémonos en serio las cosas, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas para manifestar con claridad el mensaje del Evangelio

Jeremías 38,4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Tenemos que tomarnos en serio las cosas. No nos quedemos en superficialidades. Somos habitualmente fáciles de contentar. Ya una cosa nos marcha medianamente bien y nos creemos en la gloria, nos creemos triunfadores; bueno, es que rehusamos el esfuerzo, lo que signifique sacrificio, aquello en lo que es necesario trabajar con ahínco; si ya con esto nos podemos arreglar, para que seguir trabajando más.

Es en muchos aspectos de la vida que nos sucede; es el estudiante que se contenta con el aprobado cuando podría obtener mejores notas; y no es cuestión de tener unas notas de las que podamos presumir, sino de los mayores conocimientos que podría adquirir, del mayor dominio de la materia, de la sabiduría que vaya adquiriendo, para poder desempeñarme mejor en la vida; pero nos sucede en el desarrollo de responsabilidades, en el trabajo, en los compromisos que pueda adquirir. Vamos planeando por encima de las cosas y no nos queremos meter en profundidades, porque eso significará mayor esfuerzo.

Tenemos que tomarnos en serio de nuestra nos viene a decir hoy la Palabra de Dios. Se nos ofrece el testimonio del profeta Jeremías, que escuchamos en la primera lectura, fiel a su misión aunque esto le costara persecuciones y hasta peligro de muerte. Releamos con detenimiento de nuevo la lectura del profeta.  Es de lo que nos habla la carta a los Hebreos que nos invita ‘a correr con constancia la carrera que nos toca renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe, Jesús quien, en lugar del gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia’.

Y el evangelio nos ofrece un texto que en una primera lectura superficial nos podría resultar contradictorio. Si Jesús es el príncipe de la paz, ¿cómo nos dice que ha venido a traer guerra? Si Jesús lo que quiere es que nos amemos, ¿cómo ve tan natural que haya divisiones incluso en el ámbito familiar? ¿Cómo entender lo del fuego que quiere prender y nos habla de un bautismo de muerte? Pero cuando nos hacemos estas preguntas ¿no tendríamos que recordar lo que había anunciado el anciano Simeón de que aquel niño que tenía en sus brazos había sido puesto como signo de contradicción?

La palabra de Jesús, y tenemos que decir su vida, no nos puede dejar adormilados y pasivos sino que siempre va a producir una inquietud grande en quien la escucha con sinceridad. Ya nos dice Jesús en otra ocasión que no viene a poner remiendos sino que es necesario un traje nuevo, una nueva vestidura, unos odres nuevos para el vino nuevo que nos ofrece. No es que Jesús venga producir fundamentalismos y fanatismos en quienes lo escuchan, pero sí ha de producirse una profunda transformación del corazón y de la vida de manera que las cosas no pueden seguir de la misma manera. ¿No nos ha pedido conversión para aceptar la buena nueva que nos anuncia, para poder aceptar y vivir el Reino de Dios?

Cuando nos ponemos en la órbita de Jesús ya las cosas no pueden ser de la misma manera, no podemos andar con componendas, nos exige tomarnos en serio las cosas, como decíamos al principio. O caminamos por el camino del amor hasta sus últimas consecuencias o no nos digamos discípulos de Jesús. En la medida en que voy escuchando el evangelio de Jesús tengo que ir tomando opciones en mi vida emprendiendo ese camino nuevo que nos ofrece. Cuando nos sentimos cogidos por Jesús en lo más hondo de nosotros mismos tiene que brotar ese fuego en nosotros para de una manera ardiente transformar nuestra vida y luchar por ir transformando también nuestro mundo. ‘Fuego he venido a traer sobre la tierra…’ nos dice hoy Jesús. Y ese fuego tiene que comenzar ardiendo dentro de nosotros para sentirnos purificados y transformados. De ese fuego queremos contagiar a los demás.

Claro que no todos lo entenderán. Vamos a nadar contracorriente. Porque en nuestra inquietud no podemos permitir que las cosas sigan siendo de la misma manera; porque queremos transmitir a los demás esa inquietud que nosotros llevamos dentro. No queremos arrasar, no queremos imponer, no queremos obligar a nadie, pero aquello en lo que creemos, aquello que son nuestras convicciones nadie me las podrá arrebatar. Claro que eso me va a hacer chocar quizás con los más cercanos a nosotros. Es lo que nos dice hoy en el evangelio de la división que se va a producir incluso entre los seres más queridos de la familia.

¿Será así como lo vivimos? ¿Será esa la imagen que damos los cristianos? ¿Será esa la radicalidad con la que nos expresamos y vivimos nuestros compromisos hasta el final? Qué lástima que los que creemos en Jesús en lugar de dejarnos contagiar por El, sigamos dejándonos contagiar por el espíritu del mundo; y tenemos miedo de expresar nuestras convicciones porque decimos que no nos entienden, y vamos acomodándonos a lo que hay en el ambiente, y no queremos ‘molestar’ a nadie expresando libremente lo que es nuestra fe y tiene que ser nuestra vida, y porque queremos contentar a todos vivimos tan superficialmente nuestra fe y nuestra vida cristiana.

Tomémonos en serio las cosas, decíamos al principio, tomémonos en serio nuestra fe, y dejémonos de una vez por todas con componendas.