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sábado, 29 de mayo de 2021

Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

 


Un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto que sabrá tener una mirada nueva para descubrir las señales de lo nuevo que Dios pone en nuestro camino

Eclesiástico 51, 12-20; Sal 18; Marcos 11,27-33

¡Quién se cree que es él!, decimos o escuchamos decir cuando se cuestiona el por qué determinada persona intervino en un momento determinado, tomó una decisión en la que pensábamos que se sobrepasaba, o quizás cuando vemos a alguien que toma la iniciativa en asuntos de la comunidad en los que quizá nadie hace nada, pero que en su inquietud no puede quedarse quieto. Quizá alguna vez por aquello de que siempre le llevamos la contraria a quien con buena voluntad y quizás también acierto toma iniciativas que hacen cambiar las cosas, ese cuestionamiento de su autoridad pudiera ser también una forma de querer desprestigiar o quitar autoridad. ¿Seremos acaso como el perro del hortelano que ni como él ni deja comer al amo? A eso nos parecemos muchas veces.


Son los cuestionamientos que le hacen a Jesús al día siguiente de haber expulsado a los vendedores del templo. Por allá viene una comisión de autoridades, sumos sacerdotes, escribas, ancianos del sanedrín a interrogar a Jesús. ¡Quien te crees que eres! ¿Con qué autoridad te has atrevido a expulsar a los vendedores del templo? Pero como hemos visto Jesús en su sabiduría les toca en una fibra en la que ellos no quieren meterse para no echarse a la gente encima. ¿De quién era el bautismo de Juan? ¿Era cosa de Dios o era cosa de un hombre que se le ocurrió ponerse a bautizar allá en el desierto? Tampoco ellos querían reconocer la autoridad del profeta como ahora tampoco han sabido entender el gesto profético de Jesús.

No sabían leer, o no querían leer los signos de Dios que se les estaban manifestando. Se quedaban obcecados con sus rutinas o con sus intereses y las señales proféticas que ante ellos se estaban sucediendo, como había sido la presencia de Juan en el desierto, como era ahora la palabra de Jesús y los gestos y signos que iba realizando.  Tendríamos que ver qué es lo que mueve nuestro corazón, cuáles sean los intereses creados que tengamos en la rutina de cada día, pero no ver las señales de lo nuevo. Por eso no llegaron a reconocer a Jesús.

Dios nos sigue hablando hoy también a través de los acontecimientos, en las mismas cosas ordinarias de cada día o en aconteceres especiales o extraordinarios en los que nos veamos envueltos en la vida. No para hacer lecturas catastrofistas sino para hacer una lectura serena de lo que sucede descubriendo a lo que nos llama el Señor, los horizontes nuevos que pone ante nuestros ojos, ese nuevo actuar que tendríamos que realizar en nuestra vida.

Lecturas catastrofistas y amenazadoras de castigos son cosas fáciles de hacer, porque quizá ante el misterio de lo que sucede ante nosotros nos llenamos de miedos y temores. Aun en aquellas cosas que nos cuesta entender tendríamos que descubrir una mirada de amor de Dios para con nosotros y al mismo tiempo una llamada de amor. En nuestro corazón inquieto, y es que un corazón lleno de amor siempre será un corazón inquieto, hemos de sentir que no nos podemos quedar cruzados de brazos ni seguir con nuestras rutinas de siempre.

Muchas veces el que en un momento determinado tengamos que apretarnos el cinturón, como se suele decir, porque quizá nuestras comodidades hacen agua y ya no las tenemos al alcance de la mano de la misma manera, sin embargo eso nos puede hacer pensar en cuáles con las cosas verdaderamente importantes que muchas veces hemos dejado de lado; nos podemos dar cuenta de que hay otras cosas, otros valores que pudieran centrar mejor nuestra vida. Tenemos que saber sacar la lección, tenemos que aprender a mirar todo eso también desde la mirada de un creyente y podremos entonces descubrir algo que Dios estará queriéndonos decir.

Escuchemos esa voz de Dios en nuestro corazón, sepamos leer esas señales de Dios, tengamos la disponibilidad de ser capaces de ponernos en camino, no temamos implicarnos y complicarnos en cosas que mejorarán nuestra vida y harán también mejor a nuestro mundo.

viernes, 28 de mayo de 2021

Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

 


Una oración llena de confianza nacida de un corazón humilde que se siente pecador y ha experimentado la misericordia del Señor mostrándose misericordioso con los demás

Eclesiástico 44,1.9-13; Sal 149; Marcos 11, 11-25

Hay días que nos parecen una rutina, nos parece que todo es igual, que no sucede nada extraordinario sino que es el sucederse de las horas y los minutos en que nos parece que estamos haciendo lo mismo de siempre; días que se nos pueden volver cansinos y aburridos, pero a los que toda persona madura sabe sacar provecho porque en esas cosas ordinarias que parece que se repiten sin embargo saben realizarlas con tal intensidad que parece que les dan una novedad a cada instante y a cada día. Siempre podemos encontrar una luz, un mensaje, algo positivo de aquello que hacemos que nos enriquece y que nos hace saborear la vida que estamos viviendo.

Hoy nos encontramos con un relato del evangelio que nos puede parecer como una crónica sencilla de lo que era la vida de Jesús cuando subía a Jerusalén. Es cierto que está enmarcado por algunos acontecimientos, pero todo parece un ir y venir de Jerusalén a Betania y su vuelta, porque parece como si fuera su lugar de hospedaje en sus visitas a la ciudad santa; por algo en otro momento nos aparecerá la amistad grande que Jesús tiene con aquellos hermanos de Betania, Lázaro, Marta y María.

Algo tan sencillo como sentir el incomodo de no encontrar frutos en la higuera cuando Jesús a su paso sintió hambre y quiso tomar unos higos que no encontró, porque quizá no era el tiempo propicio, pero que sin embargo dará pie para un mensaje de Jesús sobre el valor de la oración y de cómo hemos de hacerla. En medio, es cierto, está la expulsión de los vendedores del templo que motivará aún más a aquellos que quieren quitarlo de en medio aunque no se atreven porque el pueblo escucha con gusto a Jesús.

Y es que en esos actos que nos parecen sencillos y normales, como la rutina de cada día en las andanzas de Jesús para nosotros siempre es Evangelio, siempre tienen una Buena Nueva de salvación que trasmitirnos. Y es aquí donde tenemos que saber abrir nuestro corazón para encontrar una palabra de vida, una luz de salvación para nuestra vida. En cada cosa, en cada detalle hemos de saber encontrar ese mensaje.

A Jesús le da pie para dejarnos un mensaje aquel momento que en cierto modo sirvió de desconcierto para los discípulos en que Jesús maldijera la higuera porque no le daba fruto y aquella higuera se secara. ¿Seremos acaso como aquella higuera que no damos fruto porque así de seca y de árida está nuestra vida? Ya podía ser un interrogante que se nos planteara y nos hiciera recapacitar de cómo tenemos que buscar la manera de que nuestra vida no fuera tan infructuosa  y tan estéril. ¿Dónde tenemos que enraizar nuestra vida para que podamos dar fruto? No nos quedemos en la vanidad del ramaje como tantas veces llenamos nuestra vida de apariencias, pero entre cuyos ramajes no se va a encontrar ningún fruto.

Ya Jesús en otro momento nos dirá que los sarmientos tienen que estar bien injertados en la vid para que puedan dar fruto. No podemos ser solo unas ramas llenas de hojas sino que en nosotros tiene que florecer algo más que al final nos de un buen fruto. Nos habla Jesús de la necesidad de la oración y de la oración llena de confianza en el Dios que nos ama que es a quien dirigimos nuestra oración y nuestras súplicas. Una oración llena de confianza pero una oración nacida de un corazón humilde que se siente también pecador pero un corazón que habiendo experimentado la misericordia del Señor así se muestra también misericordioso con los demás.

‘Tened fe en Dios, nos dice. Os aseguro que si uno dice a este monte: Quítate de ahí y tírate al mar, no con dudas, sino con fe en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas’.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

miércoles, 26 de mayo de 2021

El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

 


El camino del seguidor de Jesús tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para ser servidores de todos

Eclesiástico 36, 1. 4-5a. 10-17; Sal 78; Marcos 10,32-45

En todas partes nos encontramos con quien busca protagonismos, busca por la forma que sea destacar, llamar la atención, para que se le tenga en cuenta y a la larga conseguir sus metas y ambiciones. Eso nos lo encontramos fácilmente en muchos grupos humanos y suele ser motivo de desasosiego e inquietud que va sembrando o que va produciendo reacciones que corroen la unidad de tal grupo; es un camino fácil de perdición y destrucción.

El grupo de los que seguían a Jesús de cerca era un grupo humano como todos; se había ido constituyendo desde la inquietud que aquellos hombres sentían en su interior y que en Jesús comenzaban a tener respuestas y estaba formado especialmente por aquellos que Jesús había ido llamando para tenerlos junto a sí; un grupo diverso, pescadores algunos, alguno como Mateo procedía del campo de los publicanos y en cierto modo funcionario por la tarea que realizaba de cobrador de impuestos, otros provenían de aquellos grupos inquietos de los zelotes, probablemente gentes de aquellos campos de Galilea acostumbrados al cultivo de sus tierras, algunos parientes de Jesús.

En torno a Jesús se había ido formando el grupo y Jesús los había ido preparando. Ahora en especial a ellos les anuncia el sentido de su subida a Jerusalén. Daba la impresión de que iba con prisa, pues se les adelantaba en el camino de la subida a Jerusalén y ellos se preguntaban por qué sería aquello. Les desvela su secreto, les revela lo que va a pasar en Jerusalén, aunque ellos no parecen entender las palabras de Jesús como veremos en otras ocasiones.

Parecía el momento oportuno cuando Jesús les había reunido aparte y en una cierta intimidad haciéndoles estos anuncios, para aquellos dos hermanos expresar a Jesús lo que llevaban, quizá hacía tiempo, de inquietud en su corazón. Se valen de la presencia de la madre y le dicen que quieren hacerle una petición. ‘Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… ¿Qué queréis que haga por vosotros?... Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda… No sabéis lo que pedís…’ Así transcurrió el diálogo ante la sorpresa y la inquietud del resto de los discípulos que veían como éstos se les adelantaban en lo que podían ser aspiraciones de todos.

‘No sabéis lo que pedís…’ les dice Jesús. Pero es Jesús el que ahora pregunta. ‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?’ Lo que Jesús les plantea es algo serio. El mismo lo ha anunciado hace un momento, el sentido de su subida a Jesús; es la entrega, es el amor hasta el final, es el ser capaces de llegar a dar la vida. Les había hablado de que su subida era para la pasión y para la muerte. Era la entrega del amor, era el ser capaces de ponerse el ultimo, el ser capaces del sacrificio por los demás. ¡Qué distinto era lo que ellos pedían! Pedían honores, pedían poder, pedían participar de la gloria del triunfo sin pasar antes por la entrega de la pasión. Ellos dicen que están dispuestos aunque sin quizás pensar demasiado a lo que comprometía aquel bautismo del que Jesús hablaba.

Y los otros discípulos andan por allí revueltos. Las apetencias de algunos y la búsqueda de protagonismos, como ya antes decíamos, producen división que lleva a la destrucción. Por eso Jesús los coge de nuevo aparte a todos ellos para explicarles lo que una y otra vez les ha dicho. No pueden ellos estar andando con apetencias a la manera de los que quieren ser poderosos en este mundo. Su camino tendrá que ir siempre por la sencillez y por la humildad, por el camino del amor y de la entrega, por el camino de hacerse los últimos para hacerse servidores de todos.

Pero esto tenemos que escucharlo todos los que queremos seguir a Jesús. Que también andamos muchas veces a zancadillas, a búsquedas de protagonismos, a querer aparecer para que vean lo buenos que somos y todas las cosas buenas que hacemos, también queremos diferenciarnos subiéndonos en pedestales y en las búsquedas de reconocimientos. Pero en lo único que tenemos que diferenciarnos es en el amor, en que somos capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Esos son los primeros lugares que tenemos que buscar.

martes, 25 de mayo de 2021

Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

 


Que no se merme ni se anule la calidad de nuestro amor y nuestra entrega por la búsqueda de unos beneficios a lo bueno que hacemos

Eclesiástico 35, 1-12; Sal 49; Marcos 10,28-31

Todos podemos sentir esa tentación, el pensar que aquello bueno que hacemos ha de tener una recompensa que ahora podamos incluso contabilizar con nuestras manos, por así decirlo. Hacemos lo bueno, queremos vivir la responsabilidad de nuestra vida, tratamos de ser generosos y altruistas hacia los demás, pero alguna compensación hemos de tener; y nos sentimos tentados a buscar muestras de gratitud que nos ensalcen, compensaciones en el trato que esperamos recibir de los demás y si no lo encontramos quizás nos sentimos mal porque nadie valora, decimos, aquello bueno que hacemos.

Pero, ¿por qué hacemos lo bueno? ¿Estamos buscando que nos paguen por aquello bueno que con generosidad hicimos? Echamos a perder lo de la generosidad, me parece si andamos buscando medallas y reconocimientos por hacer el bien. Si decimos que somos generosos es que no lo hacemos buscando algo a cambio. Claro que a nadie le amarga un dulce cuando alguien agradecido nos lo reconoce, pero no tenemos por qué ir buscando esos dulces de los reconocimientos en aquello que hacemos. Mermaríamos la calidad de nuestro amor.

Los apóstoles que habían dejado todo por seguir a Jesús eran muy humanos y también sentían esa tentación. Era en cierto modo incierto el camino que estaban haciendo siguiendo los pasos de Jesús, porque a la larga no veían muy claro el final de todo aquello. Eran pobres y lo habían dejado todo y ahora vivían en mayor pobreza. ¿Quizá algún día si se cumplían lo que eran sus sueños en que Jesús fuera el Mesías llegarían a ocupar grandes puestos en ese nuevo Reino? Ya sabemos que en alguna ocasión, valiéndose incluso del parentesco, algunos pretendían esos primeros lugares y así se lo hicieron saber a Jesús.

Ahora que Jesús ha estado hablado de las riquezas y cómo tenemos que alejar la codicia de los corazones les surge sin embargo la pregunta. ‘Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’, ¿qué nos va a tocar? Surge espontánea la pregunta porque quizás era algo que llevaba tiempo rondándoles en su corazón. A algo tenía que conducirles aquella vida que estaban siguiendo. Algún día tendría que haber algún beneficio, alguna recompensa.

La respuesta de Jesús es bien taxativa y tenemos que saber entenderla bien. ‘En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más - casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones -, y en la edad futura, vida eterna’. Claro que cada uno querrá coger el rábano por las hojas según sean sus intereses e interpretaciones, según lo que llevemos en el corazón.

Les habla Jesús de quienes han dejado casa, hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, que tendrán cien veces más. más de uno me he encontrado más de una vez queriendo apoyarse en estas palabras de Jesús tratan de sacar beneficio de su posición en la Iglesia, de sus trabajos pastorales o incluso de su consagración; no son raras ‘las carreras’ que se pretenden hacer en nuestros círculos eclesiásticos. Creo que se tendría que leer mejor el evangelio. ¿Qué nos querrá decir Jesús? ¿Qué lo hemos dejado todo por alcanzar esas cien veces más? ¿Por unos intereses? Pero nos dice cien veces más, casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones.

¿No nos estará diciendo que si renunciamos a los nuestros de alguna manera estaremos entrando en una nueva familia donde vamos a vivir una nueva comunión de amor entre todos y así nos sentiremos ricos en lo más hondo de nosotros mismos? Pero no nos oculta una cosa, nos habla de persecuciones ¿serán quizás sin embargo las incomprensiones de un mundo que no entiende nuestra disponibilidad y nuestra generosidad? Tendremos persecuciones, dificultades, incomprensiones, pero siempre vamos a tener un hermano en esa nueva comunión que vamos a vivir. Y claro la recompensa definitiva, la recompensa que nos dará plenitud lo tendremos en la vida eterna. ‘Y en la edad futura, la vida eterna’, premiados en el Señor.

Terminará hablándonos Jesús de hacernos los últimos para poder ser los primeros. Lo que les decía en otro momento cuando buscaban primeros puestos o cuando discutían de quien iba a ser el primero y el principal. El que se hiciera el último y el servidor de todos.

lunes, 24 de mayo de 2021

Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

 


Ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María desde que se la diera como madre a Juan al pie de la cruz y el discípulo la recibiera en su casa

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 86; Juan 19, 25-34

Cuando celebrábamos ayer Pentecostés llegábamos a la culminación del tiempo pascual. Hoy litúrgicamente retomamos el tiempo ordinario en su octava semana, sin embargo este lunes posterior a Pentecostés tiene una especial fiesta de María como Madre de la Iglesia.

Fue el Papa Pablo VI quien la proclamó así al finalizar una de las sesiones del Concilio y en muchas partes y en algunas congregaciones religiosas dedicadas a María tenían la fiesta de María, Madre de la Iglesia en este día. Ha sido el Papa Francisco el que ha instituido litúrgicamente esta fiesta en esta Advocación de María en este día, lunes siguiente a Pentecostés.

Justo en los Hechos de los Apóstoles, cuando los vemos reunidos en el Cenáculo en espera del cumplimiento de la promesa de Jesús de enviar su Espíritu, vemos a los apóstoles reunidos en oración junto a María, la Madre de Jesús. María ha pasado en cierto modo desapercibida en el Evangelio; san Lucas en los relatos del nacimiento y de la infancia de Jesús es el que más ampliamente nos la presenta y será Juan el que de manera especial nos la hace presente, por una parte en las bodas de Caná como intercesora ante la carencia de vino para la boda y luego al pie de la cruz donde la recibirá como Madre.

El relato de la presencia de María junto a la cruz de Jesús es breve pero bien significativo. Primero se hace constancia de la firmeza de María en aquellos momentos de dolor al pie de la cruz de su Hijo, pero están también las palabras de Jesús. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dice Jesús a María señalándole a Juan, ‘ahí tienes a tu madre’ le dice a Juan entregándole a su madre. ‘Y el discípulo desde aquella hora la recibió en su casa’.

Se nos está hablando de esta nueva maternidad de María; no solo es la Madre de Jesús, el Hijo de Dios y por tanto la Madre de Dios, sino que desde ese momento al pie de la cruz se convierte en la madre de todos los creyentes, por eso con razón podemos decir, Madre de la Iglesia. En Juan, el discípulo amado, estábamos representados todos, porque todos somos los amados de Jesús. En Juan estamos viendo a la Iglesia que la acoge como Madre y la tendrá siempre junto a sí. Ya no podremos imaginar la presencia y el actuar evangelizador de Juan sin María a su lado; Éfeso guarda la tradición de que allí estuvo y predicó el Apóstol Juan y precisamente en sus montañas, en medio del bosque aparece la casa de María, como ese lugar donde María estaba junto a Juan; María estaba junto a la comunidad cristiana que se iba extendiendo por todas partes, junto a la Iglesia como madre.

Y así la ha tenido la Iglesia a lo largo de los tiempos; ya no podremos imaginar el camino de la Iglesia sin la presencia de María; no hay un lugar donde se haya predicado el evangelio de Jesús y haya nacido la Iglesia donde no haya un templo dedicado a María, con sus distintas y variadas advocaciones según el lugar o según la devoción del pueblo cristiano, pero siempre presente María para conducirnos hasta Jesús.

María, Madre de la Iglesia; María, madre junto a nosotros en todo lo que hace una madre con sus hijos, camina a nuestro lado y es estimulo de amor y de santidad para sus hijos; camina a nuestro lado como el más amoroso paño de lágrimas porque es a la madre a la que siempre acudimos desde nuestras cuitas y nuestras penas, desde nuestros sufrimientos o nuestros problemas, desde los agobios o los cansancios de la vida porque en su regazo de madre como hijos podemos siempre reclinar nuestra cabeza y depositar en ella nuestras penas.

Es la madre que nos alienta, pero que también nos estimula en nuestra entrega, nos hace creer en nuestras posibilidades y nos hace sentir la gracia del Señor que nos fortalece para que sigamos haciendo el camino con valentía; es la madre de los que nos sentimos pobres pero con la confianza de que en ella y con ella nunca nos sentiremos abandonados; es la madre que nos pone en camino para que seamos en todo momento heraldos y testigos del evangelio despertándonos de nuestras rutinas y comodidades; es la madre que nos enseña a tener los ojos bien abiertos y con limpieza de espíritu en nuestro corazón para tengamos esa mirada nueva del amor para los hermanos que sufren en el camino a nuestro lado.

Que María como madre remueva y despierte nuestros corazones para con inquietud y valentía sepamos llegar a todos, hasta los más lejanos, para anunciar el nombre de Jesús que es nuestro único salvador.

domingo, 23 de mayo de 2021

Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

 


Que se manifiesten las señales del Pentecostés en nosotros y en la Iglesia porque aparezcan resplandecientes los dones y los frutos del Espíritu Santo

Hechos 2, 1-11; Sal 103; 1Corintios 12, 3b-7. 12-13; Juan 20, 19-23

Cuando hay amor saltan todas las barreras y las diferencias y no necesitamos de ningún idioma para comunicarnos porque el lenguaje del amor está por encima de todos los lenguajes convencionales que nos hayamos dado los hombres para entendernos. Son las miradas aunque no siempre son necesarias, son los gestos aunque parezcan que pasan desapercibidos, será la expresión de nuestros ojos y nuestra mirada, y sin palabras nos escuchamos, sin recursos de lenguajes humanos nos entendemos, porque será la humanidad que en cierto modo nos hace divinos que llevamos en el corazón la que grite y se comunique.

No nos extraña que las puertas cerradas no fueran obstáculo para la llegada de Jesús con la fuerza de su Espíritu ni que se entendieran todos aquellos que estaban aquella mañana en Jerusalén con tan diversos idiomas, pero es que entonces estaba hablando el lenguaje del Espíritu que siempre es lenguaje y espíritu de amor. Estoy haciendo referencia a dos de los textos que hoy se nos proponen, por un lado el de la tarde de aquel primer día de la semana cuando Jesús resucitado se manifiesta a los discípulos reunidos y encerrados en el Cenáculo, de lo que además tenemos más cosas que aprender por una parte, y por otra al episodio de Pentecostés cuando después de haber irrumpido la fuerza y el fuego del Espíritu sobre los Apóstoles  todos comienzan a entenderles como si hablaran el mismo idioma; se habían llenado del espíritu del amor.

Es lo que hoy estamos celebrando y tenemos que esforzarnos también en vivir. No se trata solo de celebrar un recuerdo sino celebrar y vivir lo que ahora mismo tendría que estarse realizando en nosotros a quienes también se nos ha regalado del don del Espíritu Santo. Celebramos Pentecostés y lo hacemos haciéndolo en cierto modo sacramento para nosotros porque no solo recordamos lo sucedido en el Cenáculo cuando vino el Espíritu Santo sobre los Apóstoles allí reunidos sino que eso, como en todo sacramento, se actualiza, se hace presente también ahora en nosotros.


Estamos contemplando cómo se manifiestan los dones y frutos del Espíritu en los Apóstoles que habían recibido el don del Espíritu Santo prometido en aquel fuego nuevo que sentían por dentro para comenzar a hablar de Jesús con total valentía y arrojo. El don del Amor de Dios se había derramado en sus corazones y comenzaba a manifestarse una nueva unidad, una nueva comunión en todos los que comenzaban a creer en Jesús; se enardecían sus corazones por la fuerza del Espíritu y se rompían las barreras y las diferencias para crear una nueva comunidad.

Comenzaban todos a creer en verdad en Jesús como su única salvación y algo nuevo los unía porque ya ni incluso necesitaban aprender idiomas para comunicarse porque era el lenguaje del amor el que los comunicaba y hacía entenderse. Nada ya podía distanciarlos porque esas deudas humanas que tantas veces nos guardamos los unos de los otros se diluían con el perdón porque para eso habían recibido el Espíritu, como les dio Jesús a los Apóstoles en la aparición pascual.

Pero celebramos Pentecostés, como decíamos, no solo en el recuerdo sino porque en nosotros también se ha derramado ese fuego del Espíritu; ese fuego del Espíritu que nos arde por dentro de nuestro corazón cuando ya podemos comenzar a sentir la presencia de Jesús en nosotros aunque nuestros ojos quizá no lo vean, como aquellos discípulos de Emaús, y podamos proclamar en verdad que Jesús es el Señor; ese fuego del Espíritu que nos hace entender con mayor claridad todo lo que ha de significar la comunión de hermanos que hemos de vivir y que nos hace sentirnos en verdad Iglesia de Jesús; ese fuego y esa luz del Espíritu que diluye las barreras que nos separan poniendo el perdón y la reconciliación como algo necesario y fundamental en nuestras vidas para lograr esa nueva humanidad en nuestras relaciones y ese encuentro de amor y de fraternidad que en cierto modo nos hace divinos.

Me pregunto si estaremos en verdad celebrando Pentecostés. Y la prueba de que estamos celebrando Pentecostés es que en nosotros se manifiestan los dones y los frutos del Espíritu. El quiere actuar en nosotros y algunas veces nos mantenemos en nuestras cobardías y en nuestros miedos y no terminamos de dejar caer esas barreras y esas diferencias que ponemos entre nosotros. Parece como si quisiéramos apagar ese fuego del Espíritu. No hagamos oposición al Espíritu Santo, dejémonosle actuar, dejémosle que se manifieste en nosotros, que aparezcan esas señales nuevas porque nuestra vida y nuestros gestos, los signos y señales que damos con nuestra vida sean en verdad distintos después de vivir Pentecostés.