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jueves, 12 de junio de 2025

Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

 


Oración de la Iglesia por aquellos que con su ministerio hacen de sus vidas imagen y signo de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote en medio de la Iglesia y el mundo

Isaías 6, 1-4.8; Salmo 22;  Juan 17, 1-2.9. 14-26

¿Hay algún voluntario que se ofrezca? Quizás habremos escuchado en más de una ocasión quedándonos a la expectativa de quien se va a presentar, quedándonos nosotros con la pregunta por dentro para ver si seríamos capaces de ofrecernos voluntariamente; quizás entre aquellos entre los que se lanza la pregunta ya quien tiene la misión, vamos a decirlo así, de formar ese grupo se ha ido insinuando a algunos en quienes ve esas cualidades necesarias para desarrollar esa misión que se les va a confiar; no se sentirán obligados, si son voluntarios, pero de alguna manera se sienten en cierto modo elegidos como preferentes para que se ofrezcan voluntariamente.

Estoy planteando algo que quizás les parezca demasiado imaginario, pero estoy realmente pensando en lo que fue haciendo Jesús con aquel grupo, en especial los doce a los que llamaría de manera especial que con su presencia y su palabra era una invitación a seguirle, no sólo como discípulos que aceptaran su camino y quisieran vivir esos valores del reino de Dios que iba proponiendo, sino de manera especial a aquellos que quería tener más cerca de sí porque a ellos en especial les confiaba la continuidad del anuncio del Reino de Dios por el mundo, aunque fuera tarea de todos los que creyeran en Él.

Es un camino de entrega en que Jesús va por delante. ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, había dicho en su entrada en el mundo como se nos menciona en la carta a los Hebreos. Era quien iba a ofrecerse por nosotros para hacer de su vida ese sacrificio acepto a Dios y en el que nos invitaba también a nosotros a participar. Hoy estamos celebrando a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, como nos recuerda la liturgia de este día. Su muerte en la cruz no era simplemente un destino o una condenación que recibiera de aquellos que no querían aceptarle y seguirle. Él se entregaba libremente, libremente había subido a Jerusalén cuando entendía muy bien lo que significaba aquella pascua para El. Así se lo había ido anunciando a sus discípulos.

Su voz resuena fuerte cuando en la angustia de Getsemaní, sabiendo que comenzaba su pasión, pedía al Padre que pasara de Él aquel cáliz, pero que allí estaba Él sin embargo en esa disposición de que por encima de todo se cumpliera la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, que tanto nos cuesta a nosotros tantas veces pronunciar. Aquel cáliz de su sacrificio está sobre el Altar y Él hará su ofrenda de amor como Sacerdote, como Víctima y al mismo tiempo como Altar.

Pero Jesús quiere hacernos partícipes de su sacerdocio en esa ofrenda que tenemos que saber hacer de nuestra vida a la manera de Jesús. Cuando hemos sido ungidos y consagrados en nuestro Bautismo ha sido para hacernos a nosotros con Cristo Sacerdotes, profetas y reyes. Lo que llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es un verdadero y auténtico sacerdocio. Cada cristiano está haciendo ofrenda de su vida al Señor. Lo expresamos en el padrenuestro cuando queremos santificar siempre con nuestra vida el nombre santo de Dios queriendo que se realice en nosotros el Reino de Dios porque siempre y por encima de todo queremos hacer su voluntad. Qué rápido rezamos tantas veces el padrenuestro sin saborear todo lo que queremos expresar con esas palabras que nos enseñó Jesús.

Estaremos respondiendo así a esa invitación, como reflexionábamos al principio, de hacernos voluntarios por el Reino de Dios. Dios no nos obliga a aceptar su oferta de amor; Él nos ofrece su amor y nosotros respondemos sabiendo todo lo que implica decir que seguimos a Jesús, que somos cristianos. Por ese camino del servicio y del amor ha de transcurrir nuestra vida. Y con ello estamos haciendo esa ofrenda a Dios cada uno desde nuestro lugar, cada uno en la situación de su vida, cada uno con sus valores y cualidades, cada uno en las responsabilidades que va asumiendo en su vida, allí donde estemos.

Pero la petición de voluntarios siempre queda en el aire porque algunos serán llamados para ejercer ese sacerdocio como un ministerio especial. Entre todos, como vemos en el evangelio, Jesús escogió a algunos para que estuvieran más cerca de Él porque a ellos les iba a confiar una misión especial, un servicio especial, un ministerio dentro de la comunidad para lograr construir ese Reino de Dios. Son los llamados al sacerdocio ministerial, como diáconos, como presbíteros, como pastores en medio de la Iglesia en el nombre de Cristo, Buen Pastor.

Hoy en el texto del evangelio que ya hemos meditado en otras ocasiones recientemente Jesús dice que ruega de manera especial por aquellos discípulos más cercanos que tendrán que vivir una misión especial. En medio del mundo están pero no son del mundo, no han de hacer las cosas de la manera como las hace el mundo. Tienen una misión y un testimonio que no es fácil, pero Jesús que cuenta siempre con nuestra libertad también nos acompaña de manera especial en ese camino de su sacerdocio, signos de Cristo Sacerdote en medio de la comunidad.

Hace pensar todo esto a quienes han recibido ese ministerio, esa llamada especial, pero ha de hacer pensar también a toda la comunidad, valorando el ministerio de sus sacerdotes, que son tan humanos y pecadores como todos, pero que tienen esa misión especial. Hoy es un momento muy especial de oración de la Iglesia por sus Sacerdotes, para que sean en verdad imagen de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.

 


jueves, 23 de mayo de 2024

Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

 


Contemplamos a Jesús como Sacerdote y como víctima porque es El quien se entrega y se sacrifica, quien en sí mismo realiza el Sacrificio de la Nueva Alianza

Jeremías 31, 31-34; Salmo 109; Marcos 14, 12a. 22-25

Cuando comemos algo quizás, como a primera vista, estamos pensando en el sabor y en el gusto de aquello que comemos, podemos sentirnos atraídos por su forma, su colorido o su sabor, como decimos algunas veces no comemos lo que no nos entra por los ojos, pero tendríamos que decir que todo eso es accidental, que lo importante es lo que asimilamos de aquel alimento, lo que nos da de vida al alimentarnos porque en fin de cuentas es lo que viene a significar el alimentarse, los nutrientes que recibimos que se convierten en energía y vida en nosotros, más allá de lo que desde su apariencia podemos contemplar. Quizás en ocasiones haya cosas que comemos, que ingerimos, aunque no nos sea siempre agradable al paladar, como nos puede suceder con una medicina que tomamos aunque no nos agrade porque sabemos que nos va a dar salud.

Hay en el evangelio se nos habla de comer un pan, que nos dice Jesús que es su cuerpo entregado por nosotros, y se nos invita a beber del vino de una copa que se nos señala que es la sangre derramada por nosotros. Y se nos habla de Alianza como se nos habla también de Reino de Dios, de la misma manera que se nos sitúa en el día de la pascua, en el día en que era sacrificado el cordero pascual.

Todo esto nos quiere decir mucho, porque cuando se nos habla de comer ese pan y de beber de ese cáliz se nos está diciendo qué es lo que realmente vamos a asimilar en esa comida; ya no será simplemente un pan o una copa de vino, se nos está hablando de la entrega de Jesús que es la ofrenda que de si mismo hace al Padre y se nos habla de su sacrificio, que es pascua y que es redención.

¿Quién puede ser capaz de realizar tal ofrenda en la que así mismo es la victima ofrecida en sacrificio? Eso solo lo puede realizar Jesús. Es el Pontífice, es el Sacerdote de la nueva alianza, porque en su entrega y en su sangre derramada se va a establecer una nueva Pascua. Contemplando estamos, pues, a Jesús como Sacerdote y al mismo tiempo como víctima porque es El quien se entrega, quien se sacrifica, quien en sí mismo realiza ese Sacrificio de la Nueva Alianza.

No es como la antiguas en que se ofrecía algo ajeno a uno mismo, aunque con nosotros también tuviera relación, una ofrenda de algo que personal que se hacía, una animal que se consideraba propio y que de alguna manera quería representarnos, pero ahora es distinto, no es algo ajeno o que lejanamente tenga relación con quien hace la ofrenda o realiza el sacrificio, porque es El mismo quien se entrega, quien se convierte en ofrenda pero quien al mismo tiempo hace la ofrenda. Es un nuevo sentido del sacerdocio, un nuevo Sacerdocio, no como el de los antiguos que podía pertenecer a un familia o heredarse de uno a otros; este es un sacrificio eterno, como el de Melquisedec, aquel sumo sacerdote del que ya no se cuentan los años ni la ascendencia familiar, sino que también va a realizar una ofrenda eterna.

Así es el Sacerdocio de Cristo, al que en verdad podemos llamar Sumo y Eterno Sacerdote, que es la fiesta que hoy estamos celebrando, en este jueves posterior a Pentecostés. Una jornada verdaderamente sacerdotal, no solo contemplando a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, sino que nos obliga a pensar y contemplar a cuantos participan de ese sacerdocio de Cristo, no solo ya porque en el Bautismo hemos sido consagrados para ser con Cristo Sacerdotes, Profetas y Reyes, sino que hoy queremos contemplar a quienes el Señor ha llamado con una vocación especial para ser con Cristo esos sacerdotes que también hagan y realicen con su vida el mismo sacrificio de Cristo viviendo una entrega semejante a la de Cristo para el servicio y el bien de todo el pueblo de Dios.

Este jueves es una jornada especialmente sacerdotal, para considerar y valorar a quienes como presbíteros de la comunidad ejercen con su vida un sacerdocio como el de Cristo, convirtiéndose así con sus vidas y ministros y servidores de reconciliación y de amor, en ministros y servidores del pueblo de Dios. Por ellos hemos de orar para que puedan ejercer con fidelidad su ministerio asemejándose en todo a Cristo. Oremos, pues, por los sacerdotes y pastores del pueblo de Dios.

jueves, 1 de junio de 2023

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva

 


Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva 

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42 

Hay momentos en la vida que nos pueden resultar duros y difíciles cuando tratamos de mantenernos en fidelidad en lo que hacemos, lo que consideramos que es nuestra misión, pero en nuestro entorno quizás encontramos vacío, incomprensión, soledad porque incluso aquellos que pensábamos que se mantendrían a nuestro lado parece que están más pendientes de otras cosas. Sentimos un silencio que pudiera llenarnos de amargura, sentimos el abandono de la soledad, miramos a nuestro alrededor y no encontramos esa mano amiga que buscamos, esa presencia que tanto necesitamos, queremos suplicar desde lo más hondo de nosotros cómo vernos libres de esos momentos, pero al mismo tiempo sentimos que aquella es nuestra misión que no podemos abandonar.  

He querido hacer una descripción de situaciones por las que quizás alguna vez hemos pasado en la vida, pero que de alguna forma es copia de lo que hoy nos habla el evangelio. Es la soledad de Getsemaní. Allí se había retirado Jesús en aquellos momentos, porque el silencio en la noche de aquel huerto bien valía para una reflexión y para una oración. Era un lugar habitual en que Jesús se refugiaba en sus subidas a Jerusalén. Normal que los peregrinos que venían a la ciudad santa, sobre todo con ocasión de la pascua, no siempre pudieran encontrar acogida y alojamiento entre las personas que conocían en la ciudad santa y buscaran lugares propicios para pasar la noche aunque fuera a la sombra de unos olivos. 

Era sabido que Jesús allí se refugiaba para orar, no en vano en esas mismas laderas del monte de los olivos la tradición nos recuerda el lugar donde Jesús enseñó el padrenuestro a sus discípulos. Aquella noche que había tenido un significado muy especial desde la celebración de la cena pascual, con todos los signos, los gestos, los anuncios de traición y negación, las palabras de despedida de Jesús con la promesa del envío de su Espíritu. Ahora Jesús se había adentrado en el huerto, mientras unos buscaban entre los olivos donde encontrar un lugar mas azocado y a tres de ellos se los había llevado consigo con la exhortación a velar y orar porque el espíritu puede estar decidido pero la carne es débil. 

Pero los discípulos se caían de sueño y Jesús se queda solo en su encuentro consigo mismo, con la Pascua inminente que llega a su vida y con sus deseos de la presencia del Padre del cielo que le reconforte. Eran los preparativos para la ofrenda que había de realizarse. No lo entregaban sino que era El quien se entregaba. Había llegado la Hora como ya había predicho al comienzo de la cena Pascual y llegaba la hora de la ofrenda. Ante sí tiene ese camino de ascensión, pero en este caso hasta el Calvario y hasta la Cruz. Obediente al Padre solo quería hacer su voluntad y por amor había emprendido aquel camino. Lo que había descrito el profeta sobre el Siervo de Yahvé se quedaba corto con lo que en aquellos momentos iba a suceder. Y allí está en el silencio y en la soledad de aquella noche, porque incluso los que más habían porfiado que daban su vida por El se habían dormido.  

Y es el grito, que ahora sí se oye fuerte, del cordero que es llevado al matadero. Si es posible que pase de mí este cáliz. Gotas incluso de sangre fluyen con el sudor de su piel en el sufrimiento que se avecina y que ahora la embarga. Pero El es el Sacerdote que tiene que hacer la ofrenda al mismo tiempo que la Victima que se inmola en aquel sacrificio que se va a presentar al Padre. Será el Cuerpo inmolado y la Sangre derramada para enseñarnos del amor, para traernos el perdón, pero inundarnos de la luz y de la paz nueva de la Pascua. Pero es el momento duro del sacrificio y de la ofrenda y el Sacerdote está dispuesto a hacer su subida al altar de la cruz. Si es posible, había dicho, que pase de mí este cáliz, pero continúa adelante con la ofrenda, no se haga mi voluntad sino la tuya,  

Aquí estoy, OH Padre, para hacer tu voluntad, había sido su expresión en la entrada en el mundo. Su alimento era hacer la voluntad de su Padre, había repetido en alguna ocasión. El es el enviado del Padre que viene para hacer su voluntad y así nos lo enseña a rezar nosotros también, y ahora en las manos del Padre va a poner su espíritu, aunque haya sentido la soledad y el abandono. Es el Sacerdote que realiza el sacrificio y la pascua definitiva, que ofrece el cáliz de la nueva y eterna alianza para una humanidad nueva. 

Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. No nos queda sino contemplar y agradecer. 

 

jueves, 9 de junio de 2022

Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

 


Jesús, Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas le conocen y escuchan es sumo y eterno Sacerdote que por nosotros se ofrece en el Sacrificio de la nueva alianza

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26

Muchas veces habremos rezado el salmo 22, ‘el Señor es mi pastor, nada me falta’. Hemos disfrutado de la belleza, sencillez y al mismo tiempo profundidad de ese salmo; nos hemos regocijado sintiéndonos servidos por ese pastor que nos lleva a los mejores pastos, nos ofrece las mejores fuentes, cuida de nosotros para reponer nuestras fuerzas o curar nuestras heridas; ese pastor que nos prepara una mesa en la que él mismo sirve ungiéndonos con el óleo de la alegría, ese pastor que nos hace gozar y disfrutar de la misericordia del Señor.

¿Quién es ese pastor? El evangelio nos habla del pastor que busca a la oveja perdida y la carga sobre sus hombros; el pastor cuya voz conocen sus ovejas, pero conoce a todas sus ovejas y las llama por su nombre; el pastor que es capaz de dar su vida por sus ovejas porque cuando ve venir al lobo no huye sino que le hace frente, poniéndose por medio para salvar a sus ovejas. Y Jesús nos dice que El es el Buen Pastor que conoce a sus ovejas y sus ovejas conocen y escuchan su voz.

Este salmo que hemos comenzado comentando y haciendo como una paráfrasis es precisamente el que nos ofrece hoy la liturgia en esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote que celebramos en este jueves posterior al domingo de Pentecostés. Si la liturgia nos lo ofrece a nuestra consideración y para nuestra oración mientras celebramos esta fiesta es porque viene bien a definirnos el sentido del Sacerdocio de Cristo.

Es el nuevo sacerdocio que en Cristo se establece. Hermosas son las consideraciones que nos hace la carta de los Hebreos sobre este nuevo Sacerdocio del Nuevo Testamento. No es en función de una herencia familiar como lo era en el Antiguo Testamento. Aarón fue consagrado por Moisés a la hora de constituir el pueblo de la Alianza a partir del Sinaí y serían los descendientes de Aarón, de la familia y tribu de Leví, los que constituirían ese sacerdocio.

Función del sacerdote era la de ser mediador y puente – por ese se le dice pontífice – entre Dios y el pueblo encargado de ofrecer en nombre del pueblo los sacrificios a Dios y de trasmitir de parte de Dios su palabra para el pueblo. Pero con Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, ¿quién podría expresar mejor lo que significaría ese nuevo sacerdocio para el nuevo pueblo de Dios? Es Jesús el verdadero mediador, en cuanto Dios y hombre verdadero, y quien no ofrece un sacrificio cualquiera sino que se ofrece a sí mismo dando su vida, derramando su sangre para nuestra salvación. Se constituye así Jesucristo en Sacerdote, víctima y altar, Sumo y Eterno Sacerdote como hoy lo proclamamos y celebramos.

Ese sacerdocio de Cristo del que todos participamos en virtud de la consagración de nuestro Bautismo, pues con Cristo hemos sido ungidos para ser con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos nosotros los que nos unimos a esa ofrenda de Cristo ofreciendo con nuestra vida sacrificios agradables al Padre. Somos un pueblo sacerdotal unido al sacerdocio de Cristo.

Pero esta fiesta del Sacerdocio de Cristo es también la fiesta de aquellos que participan ministerialmente del sacerdocio de Cristo, ejerciendo esa especial función dentro del pueblo de Dios, los presbíteros, participes de ese sacerdocio de Cristo de manera especial por el Orden Sacerdotal. Se configuran de manera especial con Cristo para con la fuerza del Espíritu ejercer ese ministerio sacerdotal en el pueblo de Dios. En nombre de Cristo se convierten en nuestros pastores, para que a imagen de Cristo, Buen Pastor, también nos conduzcan hacia fuentes tranquilas que reparen nuestras fuerzas en virtud de su ministerio.

Han de ser la imagen de Cristo, a pesar de sus debilidades, para traernos a Cristo y para atraernos hacia Cristo. Divina la función que tienen que ejercer y que solo podrán realizar con la fuerza del Espíritu del que tienen que sentirse revestidos con una fuerza especial. Cuidan del pueblo de Dios como pastores, pero han de sentirse cuidados por ese pueblo de Dios que escucha su voz, como escuchan a Cristo.

De ahí cómo tiene que arropar el pueblo de Dios a sus sacerdotes y no en una oración esporádica que hagan en un día como hoy que se recuerde el sacerdocio de Cristo, sino que ha de ser la oración constante del pueblo de Dios la que los sostenga para que el ángel del Señor los libere de todo mal, como liberó a Pedro de la cárcel por la oración de la comunidad cristiana que apoyaba a su pastor, como nos cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Recemos, pues, por los sacerdotes para que con la gracia del Señor se mantengan fieles a su ministerio y servicio al pueblo de Dios en las diversas funciones que han de realizar en la comunidad cristiana mientras se les permita realizar su función.

jueves, 27 de mayo de 2021

Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

 


Hoy queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda de toda la creación, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma la alianza nueva y eterna

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12a. 22-25

En este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés se nos invita a celebrar una fiesta muy especial, muy sacerdotal. Celebramos a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Le contemplamos como el Pontífice que ofrece en sí mismo el Sacrificio de la Alianza Nueva y Eterna cuando inmola su Cuerpo, derrama su Sangre por nosotros y por todos los hombres, pero que une también en sí mismo el cántico de toda la creación en alabanza al Creador.

La lectura del profeta nos anuncia un tiempo nuevo, una Alianza nueva en que Dios inscribirá su ley en nuestros corazones, una alianza que ya no será como la del Sinaí sino una Alianza nueva y eterna donde Dios será nuestro Dios de una vez para siempre y nosotros seremos el pueblo de esa nueva alianza sellada en la sangre de Cristo.

Por eso el evangelio nos recuerda el episodio de la última cena con la Institución de la Eucaristía, pero donde Cristo mismo se nos da, nos da su Cuerpo entregado por nosotros, nos da su sangre derramada como Sangre de esa Alianza nueva y eterna. Y es Jesús ese Pontífice eterno que no ofrece un sacrificio cualquiera sino el sacrificio de sí mismo que así se inmola por nosotros.

Hoy queremos recordarlo y celebrarlo. Hoy contemplamos una vez más ese Sacrificio en que Cristo por nosotros se inmoló. Pero hoy de manera especial queremos contemplar al Sacerdote que hace la ofrenda, al Pontífice que ofrece el Sacrificio, al Sumo Sacerdote que en su sangre consuma esa alianza nueva y eterna.

Y de ese Sacerdocio de Cristo participamos todos desde nuestro Bautismo porque con Cristo hemos sido hecho sacerdotes, profetas y reyes. Es lo que ordinariamente llamamos el sacerdocio común de los fieles, pero que es esa participación que del Sacerdocio de Cristo todos tenemos porque todos con Cristo también estamos llamados a hacer la ofrenda, a ofrecer el Sacrificio de alabanza de toda la creación, pero a ofrecer también la entrega de nuestra propia vida en el amor desde esa participación que tenemos del Sacerdocio de Cristo.

Es la ofrenda que hacemos cada día de nuestra vida, es el amor con que nos entregamos para en todo buscar siempre la gloria de Dios, es ese unirnos al cántico de toda la creación que se convierte en alabanza al Señor, es ese cántico continuo de acción de gracias que hemos de saber elevar al Señor cada día y a cada instante porque todo siempre reconocemos la mano y la presencia del Señor.

Cómo tendríamos que saber convertir cada cosa que realicemos en un cántico de alabanza y de acción de gracias; cómo también tenemos que saber ofrecer nuestra vida para que todo sea para la gloria del Señor, haciendo ofrenda también como un sacrificio agradable al Señor todo aquello que nos pueda llenar de sufrimiento pero que desde nuestros dolores, nuestras enfermedades, desde los sufrimientos de nuestro cuerpo o de nuestro espíritu, desde los problemas o dificultades que muchas veces pueden amargar nuestra vida nos unimos a los dolores de la pasión de Cristo para que así todo se convierta en gloria y alabanza al Señor.

Qué hermoso el ejercicio del Sacerdocio de Cristo que podemos ejercer y realizar desde nuestra vida de cada día. Pensemos además lo importante es que la Iglesia toda se sienta pueblo sacerdotal, en esa participación del sacerdocio de Cristo, para que sea la que dirija en verdad ese cántico de alabanza de toda la creación al Creador.

Y por supuesto cuando estamos hoy celebrando el sacerdocio de Cristo tenemos muy presente a todos aquellos que han hecho de su vida una especial consagración al Señor para vivir ese sacerdocio en su función ministerial desde el Sacramento del Orden Sacerdotal que han recibido. Es una participación más especial del Sacerdocio de Cristo que los convierte en pastores y guías de la comunidad cristiana con Cristo, Buen Pastor, pero que en función de su ministerio tienen también la misión de congregar al pueblo de Dios para que ejerzan ese sacerdocio en la ofrenda de la Iglesia y en la celebración de los Sacramentos que de manera especial nos van a hacer presente a Cristo por la acción del Espíritu.

Momento, pues, para unirnos a los sacerdotes, nuestros pastores, para vivir en comunión con ellos, para orar por ellos y para pedir al Señor que sean muchos los llamados porque la mies es abundante pero los obreros son pocos. Oremos por los sacerdotes y por las vocaciones a la vida sacerdotal.

jueves, 4 de junio de 2020

Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección



Miramos a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote no temiendo hacer la subida del monte Moria ni el paso por Getsemaní porque nos llega el perfume del huerto de la resurrección

Génesis 22, 9-18; Sal 39; Mateo 26, 36-42
Algunas veces en la vida nos puede parecer que se nos está exigiendo un sacrificio que supera nuestras fuerzas y capacidades y de alguna manera nos sentimos débiles, nos sentimos como zarandeados por esos bandazos y esas exigencias, nos sentimos incapaces de seguir adelante y realizar un esfuerzo más. problemas de superación personal, problemas de responsabilidades adquiridas, problemas de misiones que se nos han confiado y que nos parece que no tuvieron en cuenta hasta donde nosotros podríamos llegar… pero quizá encontramos allá dentro de nosotros mismos una fuerza que parece que no contábamos con ella y seguimos adelante asumiendo nuestras responsabilidades.
Hablo de una forma que parece genérica pero que cada uno puede ver traducida en situaciones personales por las que haya pasado en alguna ocasión en la vida. ¿Seguimos adelante? ¿Nos volvemos atrás y abandonamos responsabilidades? ¿Qué valentía interior podemos encontrar? ¿Habrá algún apoyo que nos llegue desde el exterior, una mirada de amigo, una mano con pulso firme pero cargada de ternura, un brazo sobre nuestro hombro? Lo necesitamos y no sé si siempre lo encontramos.
Hoy la Palabra del Señor nos ofrece dos hermosos textos en este sentido. Por una parte el sacrificio de Abrahán. Y digo bien, el sacrificio de Abrahán, porque el verdadero sacrificio era el que se estaba inmolando en su corazón. Es cierto le había pedido Dios el sacrificio de su hijo, pero era el sacrificio de su corazón el verdaderamente importante. Todo aquello que sentía, que sufría su corazón mientras iban subiendo al monte Moria. Era la negación de si mismo, de su yo, de su propia voluntad para aceptar confiado la voluntad de Dios. Y el sacrificio se realizará a la perfección aunque no se llegase al momento cruento del sacrificio y muerte de Isaac. Para Dios valía la disponibilidad y la confianza del corazón de Abrahán.
‘Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’. Es la oración de Jesús en Getsemaní. Había dicho que su alma estaba triste con una tristeza de muerte, pues Jesús sabía lo que le esperaba, la pasión que en aquellos momentos comenzaba. Es el ofertorio del sacrificio de Cristo que se está realizando allí en Getsemaní. Es el comienzo del camino de la pasión. Es la Pascua. Era el paso de Dios en medio de la vida de la humanidad, una humanidad también atormentada por el sufrimiento. Jesús está recogiendo todo ese sufrimiento y toda esa negrura de la humanidad. Había venido para realizar lo que era la voluntad del Padre, y qué difícil se le estaba poniendo en su corazón. Ahí vemos el lamento de su oración. Pero ahí vemos la confianza de su corazón. ‘Que no se haga como yo quiero, sino como quieres tú’.
Estamos escuchando hoy estos dos textos que nos ofrece la liturgia en la fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Es la ofrenda del Sacerdote, es el sacrificio que ofrece Cristo por la salvación de toda la humanidad, es la ofrenda de su mismo que terminará diciendo en lo alto de la Cruz ‘a tus manos, Padre, encomiendo mi espíritu’.
Contemplamos el sacerdocio de Cristo, pontífice compasivo y fiel, como nos dirá la carta a los Hebreos, que conocía nuestras debilidades, que estaba de nuestro lado en nuestro camino de sufrimiento, que viene con su humanidad para mostrarnos la cercanía de Dios, que nos sostiene en la patena de su sacrificio cuando nosotros nos vemos débiles para que podamos sentir que hasta estamos por encima de nuestras flaquezas y debilidades, para que nos sintamos fortalecidos para seguir en ese camino de fidelidad que tanto nos cuesta en muchas ocasiones, para que nos demos cuenta que no estamos solos en ese levantarnos hacia lo alto.
Hoy queremos contemplar también a todos los sacerdotes que participan del sacerdocio ministerial de Cristo y queremos decirles también que no están solos aunque muchas veces tengan que vivir muchas soledades. Que detrás está toda la Iglesia, aunque quizá no siempre se sepa manifestar con esa compasión del Cristo sacerdote, pero es que estamos muy llenos de debilidades humanas. Que sepan contar siempre con la gracia de Cristo, porque aunque se sientan abandonados por los hombres, no faltará nunca la presencia y la fuerza del Espíritu del Señor que se manifestará de mil maneras y que llegará en la presencia quizás de quienes menos pensamos. Que no teman subir al monte Moria ni pasar por el huerto de Getsemaní, porque siempre se llegará al huerto perfumado de la pascua y de la resurrección. Lo dice quien lo siente de verdad en su corazón.

jueves, 13 de junio de 2019

Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes


Con Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, por la unción del Espíritu hemos sido consagrados para ser uno con Cristo y ser también sacerdotes, profetas y reyes

Isaías 6, 1-4.8; Sal 22; Juan 17, 1-2.9. 14-26
El evangelio nos ofrece hoy de nuevo la oración sacerdotal de Jesús, que ya escuchamos y reflexionamos en los últimos días del tiempo pascual. La razón es que hoy la Iglesia nos ofrece celebrar a Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
Como un colofón del tiempo pascual que habíamos venido celebrando y, aun cuando ya estamos inmersos de nuevo en el tiempo ordinario, se nos ofrece esta celebración para contemplar una vez el misterio de Cristo en su profundo sentido pascual. Es quien por nosotros se ha ofrecido en sacrificio con su entrega de amor en la cruz. Una muerte con pleno sentido cuando tantas veces nos preguntamos por el sentido de la muerte. Una pasión y muerte que es ofrenda de amor.
Cuando en nuestro amor queremos regalar algo a quien amamos no nos importa lo que nos cueste aquello que vamos a ofrecer. Dar de lo que nos sobra porque ya no lo necesitamos no tiene ningún mérito ni valor. Pero cuando damos algo que arrancamos de nosotros mismos aunque nos cueste dolor estamos manifestando qué grande es el amor que tenemos, que verdadero es ese amor porque amar siempre es donación y es entrega.
No ofreció cualquier cosa por nosotros Jesús. Había venido para hacer en todo semejante a nosotros y a pesar de su condición divina tomó la condición de esclavo, porque quiso hacerse el último y el servidor de todos y así se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y a la muerte más ignominiosa, la muerte de cruz. Y es que ya El nos lo había dicho que nadie tiene mayor amor que aquel que da la vida por aquellos a los que ama. Y es lo que hizo Jesús. Es su ofrenda de amor, es su sacrificio ofrecido en el ara de la cruz.
Pero no es alguien ajeno quien hace la ofrenda y el sacrificio, sino que es El mismo quien se ofrece, se sacrifica y quien como sacerdote presenta la ofrenda al Padre. Es el mayor signo del sacrificio y del sacerdocio, porque se ofrece a su mismo, porque entrega su vida, porque así nos regala su amor llenándonos de nueva vida. Así de infinito es el valor de su ofrenda y sacrificio.
Pero El ha querido hacernos partícipes de su sacerdocio porque con El somos sacerdotes, profetas y reyes. Desde nuestro bautismo con la unción del Espíritu hemos sido también nosotros consagrados para unirnos a El y ser una misma cosa con El. Allá en el Jordán tras el bautismo de Juan al que quiso someterse apareció el Espíritu del Señor sobre El en forma de paloma mientras se escuchaba la voz del cielo que lo proclamaba como el Hijo de Dios. Fue como su unción y su consagración aunque por si mismo ya era el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre y por quien todo se ha hecho, como proclamamos en el credo de nuestra fe.
En el nuevo bautismo también se va a manifestar sobre nosotros el misterio trinitario de Dios, para que por la unción del Espíritu, la unción con el crisma, nosotros podamos ser unos también con Cristo y con Cristo hacernos también participes de su sacerdocio. Lo solemos llamar el sacerdocio común de los fieles para diferenciarlo del sacerdocio presbiteral, pero diríamos que es el más importante porque nos consagra y nos hace uno con Cristo para que también nosotros todos podamos hacer la misma ofrenda de Jesús.
La vida del cristiano ha de ser también esa ofrenda de amor de cuanto es, de cuanto hace, de cuanto tiene, de lo que es su vida toda. Todo en la vida del cristiano ha de ser siempre para la gloria de Dios, con toda nuestra vida siempre y en todo momento hemos de glorificar al Señor. Por eso con Cristo somos también sacerdotes. Es lo que hoy tenemos que considerar cuando celebramos esta fiesta de Cristo, sumo y eterno sacerdote.

jueves, 24 de mayo de 2018

Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios



Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de cuyo sacerdocio todos participamos para con toda la creación cantar para siempre la gloria de Dios

Jeremías 31, 31-34; Sal 109; Marcos 14, 12. 16. 22-26

‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’. Es el momento de la Ofrenda del Sacrificio para la gloria de Dios. Litúrgicamente decimos la doxología. Es el momento en el que el Gran Sacerdote, el Sumo y Eterno Sacerdote que es el mismo tiempo la Victima está ofreciendo, se está ofreciendo para la gloria de Dios. Es el momento culminante de la Eucaristía, del Sacrificio que de nuevo vivimos en el Altar.
He querido recordar este momento de la celebración de la Eucaristía porque en El estamos contemplando en toda su plenitud el Sacerdocio de Cristo. El ha hecho ofrenda de si mismo en el Altar de la Cruz como sacrificio de redención y de salvación. Es el Sacerdote, el Pontífice que nos ha servido de puente para nuestra unión con el Padre en esa ofrenda en el que El mismo es también la Víctima del Sacrificio. Su alimento y su vida era hacer la voluntad del Padre, como tantas veces nos repite en el Evangelio, y ahora está haciendo esa ofrenda y ese sacrificio. El Sacrificio ofrecido de una vez para siempre en lo alto de la Cruz, por eso El es el Sacerdote único y para siempre, de cuyo sacerdocio todos vamos a participar por nuestra unión con El.
Es lo que hoy estamos celebrando en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés, aunque quizá pase desapercibido para la mayoría de los cristianos. Pero es algo importante porque, como decíamos, nosotros por nuestro bautismo estamos unidos, ungidos y consagrados para ser con Cristo sacerdotes, profetas y reyes. Todos los cristianos vivimos ese sacerdocio de Cristo porque unidos a El hacemos al Padre la ofrenda de nosotros mismos y de toda la creación.
Nuestra vida, cuanto hacemos y vivimos ha de ser siempre esa ofrenda para la gloria de Dios. Con nuestra vida, con lo que hacemos y vivimos, con nuestras alegrías y también con nuestras penas y sufrimientos nos unimos a toda la creación para en Cristo hacer esa ofrenda para la gloria de Dios. Todo para la mayor gloria de Dios. Y eso lo podemos vivir, lo tenemos que vivir todos los cristianos unidos a ese sacerdocio de Cristo.
Allí donde estemos siempre hemos de buscar la gloria de Dios; allí donde estemos estaremos entonces ejerciendo ese sacerdocio, con nuestro trabajo, con el desempeño de nuestras obligaciones, con nuestras alegrías, en el ofrecimiento de amor de nuestros sufrimientos, en nuestra convivencia con los demás, en nuestra lucha por la justicia y la búsqueda de la paz, en los compromisos que asumimos en la vida para mejorar nuestro mundo, en todo momento estaremos ejerciendo ese sacerdocio, porque en todo buscamos siempre la gloria de Dios, hacemos esa ofrenda de amor de nuestra vida para el honor y la gloria de Dios.
Claro que hoy pensamos también en quienes ejercen el ministerio sacerdotal en una especial consagración para el bien del pueblo de Dios, los presbíteros que participan de ese sacerdocio de Cristo con su ministerio. Por ellos oramos hoy, para que por la santidad de sus vidas, por el ejemplo de su entrega, por la Palabra de Dios que nos ofrecen, por el ministerio de los sacramentos que celebran para la comunidad cristiana sean para todos ese estimulo y en todo puedan también dar toda esa gloria y honor a Dios Padre por Cristo, en Cristo y con Cristo con quien se sienten especialmente unidos en la fuerza del Espíritu.
Oremos, pues, por los sacerdotes ministros del pueblo de Dios también sacerdotal y oremos para que sean muchos los llamados a este ministerio de especial consagración sacerdotal.

jueves, 19 de mayo de 2016

Para gloria de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Para gloria  de Dios y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único Sumo y Eterno Sacerdote

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10,12-23; Lc. 22, 14-20
La liturgia nos ofrece en este jueves posterior a la fiesta de Pentecostés la celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote. ‘Para gloria tuya (gloria de Dios) y salvación del género humano constituiste a tu Hijo único sumo y eterno sacerdote’ proclamamos en la oración de esta fiesta.
Jesucristo es nuestro único Mediador, nuestro único Salvación. Viene con la entrega de su Sangre, con la ofrenda de amor de su vida a restaurar la gloria de Dios que el hombre en su pecado ya no sabía dar a su Creador. Así se convierte en Pontífice, el único Mediador, porque solo por El podemos dar gloria a Dios para siempre por toda la eternidad; sólo por El nos llega la salvación porque ha ofrecido de una vez para siempre su vida para que nosotros tengamos vida en el supremo sacrificio de la cruz.
‘Por Cristo, con Cristo, en Cristo, a ti Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’, proclamamos en el momento cumbre de la Eucaristía. Es el momento supremo del ejercicio del sacerdocio de Cristo en la celebración de la Eucaristía.
Si hemos hecho memoria de su pasión, muerte y resurrección, si invocamos al Espíritu para que aquellos dones que ofrecemos sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesús, si nos sentimos en comunión con toda la Iglesia que aun peregrina para quien pedimos el don del Espíritu para mantenernos congregados en la unidad, pero si recordamos a quienes nos han precedido en la fe o nos sentimos en comunión con la Iglesia universal, también la Iglesia del cielo es porque queremos dar esa gloria al Señor para siempre, y lo podemos hacer por Cristo, en Cristo y con Cristo porque es el único Sacerdote, posee el sumo y eterno sacerdocio que permanece para siempre.
Queremos dar gloria a Dios para siempre porque en Cristo hemos alcanzado la salvación; es nuestro único Salvador; solo por El nos llega la gracia, el perdón y la misericordia de Dios. Se convierte así en el Pontífice que nos salva porque es el que como puente nos lleva hasta Dios. Es su Sangre la que nos redime, nos purifica y nos llena de vida. Así se ofreció por nosotros de una vez para siempre. El sacrificio de Cristo en la cruz es irrepetible porque la entrega de su vida tiene valor eterno. Nos hacemos participes de ese misterio de gracia actualizando en nosotros ese sacrificio de Cristo cada vez que celebramos la Eucaristía. No repetimos el sacrificio, lo actualizamos, lo hacemos presente, lo plantamos en nuestra vida haciéndonos partícipes de su gracia y de su salvación.
Para ello el Señor quiso elegir ministros y dispensadores de los misterios de su gracia, como expresamos también en la oración de la liturgia. Son los sacerdotes de la nueva alianza que participan de su sagrada misión para renovar a favor de todos los hombres el sacrificio de la redención.
Por eso esta celebración de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote nos recuerda la misión sacerdotal de todo el pueblo de Dios participe del sacerdocio de Cristo, pero nos hace pensar también en quienes ejercen el misterio sacerdotal por su unión con Cristo. Así es también una jornada sacerdotal, una jornada de oración por los sacerdotes ministros y dispensadores de los misterios de Dios.

jueves, 28 de mayo de 2015

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Contemplamos y celebramos a Jesucristo sumo y eterno sacerdote que nos hace participes de su sacerdocio

Hebreos, 10, 12-23; Sal. 39; Lc. 22, 14-20
‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios…’ Así hemos escuchado hoy en la carta a los Hebreos en esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.
El es el Sacerdote eterno, que ha ofrecido al Padre el sacrificio de la Nueva Alianza en su Sangre derramada para el perdón de los pecados; es nuestro Redentor y nuestro Salvador; es el Pontífice que está sentado para siempre a la derecha del Padre en los cielos, como confesamos en el Credo, intercediendo para siempre por nosotros.
Tenemos ya para siempre ‘entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús, contando con el camino nuevo y vivo que El ha inaugurado para nosotros’ por el sacrificio de su vida. En la antigua alianza al Santuario no podía entrar sino el sumo sacerdote una vez al año; ahora ya tenemos la entrada libre porque Cristo nos ha abierto las puertas de los cielos; El se ha ofrecido, ha derramado su sangre para siempre para que para siempre podamos acercarnos a Dios. El se ha ofrecido en sacrificio por nosotros y nuestros pecados están perdonados; El en su Sangre nos ha consagrado haciéndonos participes de su vida para siempre.
Es lo que hoy celebramos contemplando a Cristo sumo y eterno sacerdote, pero que a nosotros, a todos en virtud del bautismo nos hace sacerdotes, para que podamos hacer ofrendas espirituales y agradables a Dios con nuestra vida. Al ser ungidos en el Bautismo con Cristo nos hemos convertido en sacerdotes, profetas y reyes. Todos tenemos que darle gracias a Dios; hoy es una oportunidad grande para hacerlo.
Pero como decimos en el prefacio de la misa de este día ‘El no solo confiere el honor del sacerdocio real a todo tu pueblo santo, sino también, con amor de hermano, elige a hombres de este pueblo, para que, por la imposición de las manos, participen de esta sagrada misión’. Como hemos escuchado en el Evangelio cuando Jesús instituye el Sacramento de la Eucaristía instituye también el nuevo sacerdocio; ‘haced esto en memoria mía’, les dice a los apóstoles para que para siempre pudiéramos seguir haciendo presente de forma sacramental el sacrificio de Cristo. Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte de Jesús, como nos dice san Pablo, estamos celebrando el sacrificio de Cristo en la Cruz; y eso por el ministerio de los sacerdotes.
Es por lo que este día se convierte en un día sacerdotal por excelencia; por el sacerdocio de Cristo del que todos somos partícipes, pero también por el sacerdocio ministerial de aquellos elegidos del Señor para este servicio del pueblo de Dios.
Como decíamos, un día de acción de gracias por el sacerdocio de Cristo y por los sacerdotes que El ha elegido para servir al pueblo santo; un día para orar con intensidad por los sacerdotes para que podamos vivir en la gracia del Señor con esa santidad de nuestro ministerio. Un día para pedir también al dueño de la mies que envíe suficientes operarios a su mies, para que sean muchas las vocaciones al sacerdocio; un día para pedir por las vocaciones. 

jueves, 12 de junio de 2014

Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio



Constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote, Pontífice de la Alianza nueva y eterna, perpetuando en su Iglesia el único sacerdocio

Is. 52, 23-53, 12; Sal. 39; Hb. 10, 12-23; Lc. 22, 14-20
‘Cristo, mediador de una nueva alianza, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa’. Con esta antífona hemos comenzado hoy la celebración de esta fiesta de Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. Una celebración y una fiesta que nos hace contemplar el Sacerdocio de Cristo, del que todos somos partícipes por el llamado sacerdocio común de los fieles, porque desde nuestro Bautismo nos hemos unido a Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey, pero que de manera especial nos hace mirar a los que participan de modo distinto de su Sacerdocio en el ministerio ordenado.
Vayamos por partes. Primero que nada hemos de reconocer que desde esa ansia y deseo de Dios que anida en todo corazón humano, aunque a veces algunos no lo quieran reconocer, todos queremos entrar de una forma u otra en relación con Dios, bien porque busquemos conocerle, ya sea porque reconociéndole queramos ser gratos en su presencia y le ofrecemos nuestros dones de acción de gracias, o porque queramos,  digámosle así, aplacarle porque sentimos que con nuestro mal y pecado le ofendemos y en consecuencia queremos alcanzar su perdón.
Es algo innato en todo corazón humano y todos los hombres y todos los pueblos de una forma o de otra queremos entrar en relación con Dios, religión, y se tiene a quienes en nombre del pueblo hagan esas ofrendas a Dios. Es, por así decirlo, una forma natural de sacerdocio y de religión.
Eso lo vemos expresado de manera muy clara en todo el Antiguo Testamento y en toda la historia de la salvación del pueblo de Dios. Es así cómo Moisés instituye el sacerdocio en la persona de Aarón y todo el orden sacerdotal que servía a Dios en el templo de Jerusalén con el ofrecimiento de holocaustos y sacrificios que todos los días se ofrecían sobre el altar. Podemos ver incluso anterior a todo eso al sumo sacerdote Melquisedec, en tiempos de Abrahán, que va a ser imagen del sacrificio de Cristo.
Pero aquellos sacerdotes una y otra vez tenían que ofrecer sacrificios por sí mismos y por el pueblo y era necesario el Sacerdocio y el Sacrificio que de una vez para siempre nos alcanzara el perdón y la salvación definitiva.
Hoy celebramos a quien está constituido para siempre con ese Sacerdocio eterno y definitivo y que iba a ofrecer el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza que sí nos alcanzara el perdón de nuestros pecados y la salvación eterna. Para gloria de Dios y para la salvación del género humano, como hemos expresado en la oración litúrgica, ‘constituiste a tu Hijo único sumo y eterno Sacerdote… Pontífice de la Alianza nueva y eterna, por la unción del Espíritu, y determinaste en tu designio salvífico, perpetuar en la Iglesia su único Sacerdocio’. Así lo expresaremos también en el prefacio.
Es el Sacerdocio de Cristo que hoy celebramos. Como nos decía la carta a los Hebreos ‘Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio… con un solo sacrificio ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados’. En Cristo, por su sangre derramada, hemos sido consagrados, santificados, llenos de vida y de gracia para siempre. El así y para eso hizo la ofrenda de su vida al Padre desde que entró en el mundo cuando gritó ‘aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’. Y cumpliendo la voluntad del Padre subió al altar de la Cruz haciendo la ofrenda de su vida, derramando su Sangre, alcanzándonos la Salvación. Así lo contemplamos como Sacerdote de la Nueva Alianza y como Pontífice que nos reconcilia con Dios.
Es el Sacerdote que hace la ofrenda; es el Pontífice que nos sirve de puente entre la humanidad pecadora y ahora por su sangre reconciliada y Dios. Es el que se ofrece por nosotros, siendo hombre como nosotros, pero con el valor infinito de sus actos, de su vida de Hijo de Dios, para obtenernos así la salvación.
Y como decíamos a todos nos hace participes de su sacerdocio, porque todos hemos de hacer con Cristo ofrendas agradables al Padre, pero ha confiado el ministerio de su sacerdocio a quienes por  la imposición de las manos ha constituido sacerdotes ‘para que renueven en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparen a tus hijos el banquete pascual, presidan a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos’. He querido recoger textualmente las palabras que luego diremos en el prefacio porque expresan con toda precisión lo que significa el sacerdocio ministerial.
Todo el pueblo cristiano ha de ser consciente de lo que significa ese sacerdocio de Cristo, para comprender mejor la misión de los sacerdotes, pero también para saber estar a su lado apoyándolos con su oración. Es grande la misión que se nos confía y que nos obliga a configurarnos más y más con Cristo en una vida santa en la fidelidad y en el amor; pero somos humanos y pecadores que solo con nuestras fuerzas no podremos lograr tan alto misión y santidad.
La celebración, pues, de esta fiesta de Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, nos tiene que hacer considerar lo que es el Sacerdocio de Cristo y hacer que surja nuestra acción de gracias al Señor por la maravilla de su amor que se manifiesta en su sacerdocio y se manifiesta en sus sacerdotes. Damos gracias a Dios por el Sacerdocio de Cristo; damos gracias a Dios porque nos hace partícipes a todos por nuestro bautismo de ese sacerdocio común a todos los fieles; pero damos gracias a Dios por los sacerdotes, ministros del Señor, que Cristo ha puesto a nuestro lado, como sacerdotes y pastores del pueblo de Dios para hacernos llegar la gracia salvadora de la redención.
Damos gracias, pero pedimos por los sacerdotes. Somos instrumentos humanos, sujetos a muchas limitaciones y debilidades que necesitamos de la gracia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Nuestra oración por los sacerdotes manifiesta lo que valoramos el Sacerdocio de Cristo, más allá de las personas que conocemos y están cercanos a nosotros, aunque para nosotros son los primeros sacramentos de la gracia del Señor. Pedimos por la santidad de los sacerdotes y pedimos por el aumento de las vocaciones al sacerdocio. Roguemos al dueño de la mies, que mande operarios a su mies que es abundante y los obreros son pocos. Lo hacemos con confianza porque sabemos que el Señor nunca abandona a su pueblo.

viernes, 18 de abril de 2014

Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz



Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Is. 52-53, 12; Sal. 30; Hb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42
‘Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”’. Levantamos nosotros los ojos a lo alto y lo proclamamos Rey y Señor de nuestra vida, Sumo Sacerdote que ‘llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Así estamos en esta tarde a la sombra del árbol de la vida, a la sombra de la Cruz de nuestro Señor  Jesucristo. Como Moisés, como un signo, levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El obtenga la salvación. Queremos poner toda nuestra fe y nuestra vida; queremos alcanzar la salvación y por eso miramos a Jesús clavado en la cruz.
Nos sentimos todos atraídos hacia la cruz ‘donde estuvo clavada la salvación del  mundo’; nos sentimos atraídos hacia la cruz venciendo toda la repugnancia que el dolor nos pudiera producir, porque sabemos que en la cruz de Jesús encontramos la vida y alcanzamos la salvación. ‘Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí’, nos había dicho Jesús. Para nosotros es fuente de vida y de salvación; de ahí mana la gracia para nosotros que nos llena de nueva vida. Como aquel torrente caudaloso que manaba por debajo de las puertas del templo y que allí por donde pasaba lo iba llenando todo de vida, como anunciaba el profeta, nosotros acudimos al agua viva de la gracia que mana de la cruz salvadora de Jesús. ‘De su costado, tras la lanza del soldado, al punto salió sangre y agua’, imagen de la gracia redentora.
Miramos a lo alto de la cruz y contemplamos al Rey que nos ha redimido y nos ha salvado. ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’, proclamaba el letrero puesto encima de la cruz. Era lo de lo que lo acusaban los sumos sacerdotes y escribas, y fue la pregunta repetida de Pilatos - ‘¿eres tú el rey de los judíos? -, como hemos escuchado en el relato de la pasión, aunque luego no quisieran que ese fuera el título de la ejecución.  Pero bien sabemos nosotros que no solo es Rey de los judíos, sino que es el Rey y Señor de todo el universo, porque con su sangre nos ha comprado, con su sangre nos ha redimido. ‘No valemos ni oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo’.
Un reino nuevo, el Reino de Dios, había anunciado Jesús desde el principio de su predicación y para eso nos invitaba a la conversión y a creer en El. Pero su reino no era a la manera de los reinos de este mundo.  Ya les explicaba a los discípulos más cercanos que ellos no tenían que comportarse como los poderosos de este mundo. En el Reino de Dios todo había de ser distinto, porque distinta era la relación con Dios y distinta habían de ser nuestras relaciones basadas siempre en el amor. Para eso había venido El a instaurar ese Reino nuevo, el Reino de la verdad, el Reino de la autentica justicia y paz, el Reino donde tendría que resplandecer el amor con un especial brillo. Por eso era necesaria la conversión, para comprender que con El todo había de ser distinto.
Ayer meditábamos cómo teníamos que expresar ese amor a los demás en el servicio haciendo como Jesús que para servir se hacía el último y el servidor de todos poniéndose de rodillas a los pies de sus discípulos para lavárselos. Hoy le vemos subir al Calvario, a lo alto de la cruz, como la expresión del amor más sublime y más grande. ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que ama’. Así lo contemplamos hoy dando su vida, muriendo en la cruz por nosotros. Por eso lo proclamamos Rey, lo sentimos como el único Rey y Señor de nuestra vida.
Pero lo contemplamos también como Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Al altar de la cruz ha subido para hacer la ofrenda, para ofrecerse en sacrificio redentor por todos los hombres. Ahí le vemos ofreciendo la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, derramada para el perdón de los pecados. Ayer le contemplábamos cómo nos regalaba el Sacramento de su amor, el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, signo que habíamos de repetir hasta la consumación de los siglos. Hoy le contemplamos en lo alto del Altar haciendo la ofrenda, realizando el Sacrificio, en que El mismo se entrega, El mismo se nos da, El mismo nos regala con el perdón su vida para que tengamos vida para siempre.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, nos decía la carta a los Hebreos, ya que tenemos un Sumo Sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús el Hijo de Dios… el que, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Mirando a la cruz de Cristo, ya para nosotros tiene un sentido y un valor el sufrimiento. En la entrega de amor que Jesús está realizando podemos entender que poniendo amor en nuestra vida, también nuestros dolores y sufrimientos pueden tener un valor redentor, como fue el sufrimiento de Cristo en la cruz. ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes’. Es cierto que lo contemplamos ‘desfigurado, no pareció hombre, ni tenía aspecto humano… le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado’.
Así nos lo describía el profeta, pero nosotros sí queremos mirarlo frente a frente, porque sabemos que ahí está nuestra muerte y nuestro pecado, ahí están nuestros sufrimientos y dolores, y que gracias a que El cargó así con nuestra vida de pecado, nosotros hemos podido alcanzar la salvación. Lo miramos, sí, frente a frente, sin volver nuestro rostro para que consideremos por una parte nuestra maldad y nuestro pecado, pero también, sobre todo, para que seamos capaces de admirarnos y sorprendernos hasta donde llega el amor de Dios. Lo miramos frente a frente también con nuestros dolores y sufrimientos aprendiendo a darle un sentido nuevo y un nuevo valor. Lo miramos frente a frente, porque sí nos sentiremos movidos a convertirnos sinceramente a El, a cambiar nuestra vida, a vivir una vida nueva  de gracia y santidad como El quiere ofrecernos.
Si la gente de Jerusalén, quizá inconscientemente, dijeron que cayera la sangre de Jesús sobre ellos y sus hijos haciéndose así responsables de su muerte, nosotros queremos decirlo de forma consciente, porque queremos que su sangre nos lave y nos purifique, nos redima y nos llene de vida. Ahí de la cruz de Jesús cae ese torrente de gracia, como antes ya decíamos, y de esa gracia queremos llenar nuestra vida.
Miremos a la Cruz, levantemos nuestra mirada a lo alto. Contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros y por nuestra salvación. Contemplamos a Jesús nuestro Rey y Señor; contemplamos a Sumo Sacerdote  que se ofrece por nosotros. Unámonos nosotros a ese sacrificio redentor con toda nuestra vida. Hagamos la mejor ofrenda de amor de lo que somos. Emprendamos el camino nuevo de la gracia y de la santidad.