En el
mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que
tenemos que ser testigos
Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8,
8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45
En la palabra
de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros
inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida
y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a
un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero
a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu
del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y
de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un
sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios
nos va a ofrecer.
Por otra
parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte
pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar
de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había
recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor,
porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado
que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de
aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos
pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su
hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista
‘Si
hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas
hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la
promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba
parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el
anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando
creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’,
terminará afirmando y anunciando Jesús.
Pero tratemos
de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato
del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos
evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel
mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las
lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran.
‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el
misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios
se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre
nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.
¿Cuál es el
camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se
deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por
los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al
leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al
sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin
poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del
sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también
nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.
A este mundo
nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras
a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo
nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades,
a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo
sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar
de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones
heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van
produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para
llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta
desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a
tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que
terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para
que tengamos vida para siempre.
Nosotros también
muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras
angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los
problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos
dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores
espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el
esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien
y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a
nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros
también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en
aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.
Es lo que nos
disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima
pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de
esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el
anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro
mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo
de muerte que nos rodea.
Jesús le
preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa
proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo
creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al
mundo que nos rodea?