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viernes, 15 de mayo de 2026

No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

 


No perdamos la alegría de nuestra fe por muchas que sean las tormentas que tengamos que atravesar, el Señor está con nosotros y nos da la fuerza de su Espíritu

Hechos 18, 9-18; Salmo 46; Juan 16, 20-23a

Qué mal se puede sentir una persona que está envuelta en sus problemas y preocupaciones, quizás con amarguras en el corazón por cosas que le hayan pasado y por supuesto con tristeza en su espíritu mientras a su alrededor todo es alegría y fiesta, todo es bullicio y jolgorio; más allá de las razones o culpabilidades que no vamos a echar encima de nadie, tienen que ser momentos duros y difíciles.

No es que realmente fuera así en toda su amplitud, pero los discípulos iban a pasar por momentos oscuros mientras otros se frotaban las manos porque les parecía que tenían la victoria con ellos cuando estaban queriendo eliminar a Jesús. No nos ha de extrañar el que de alguna manera se encerraran en Jerusalén en el cenáculo aprovechando aquella disponibilidad que se lo habían ofrecido a Jesús para la cena pascual, ante los momentos de pasión que se estaban viviendo en Jerusalén.

Pero Jesús quiere prepararlos, no se tienen por qué sentir hundidos, porque la alegría que van a tener a partir de la pascua va a inundar sus corazones; Jesús quiere mantener viva en ellos la esperanza, que en momentos así es difícil mantener. Como nos puede suceder tantas veces a nosotros que nos vemos casi derrotados en manos del mundo que nos rodea y el mensaje que nosotros queremos trasmitir no es escuchado, no termina de convertirse en buena nueva para aquellos a los que se las anunciamos. Cuantas veces incluso nos vemos burlados porque tratan de ridiculizar la fe que nosotros tenemos, porque se aprovechan de nuestras debilidades para escarniarnos con burlas y afrentas, porque quieren envolvernos en mantos de maldad  y eso nos duele por dentro. Pero Jesús quiere que nos mantengamos en esperanza. No tenemos que acobardarnos que el Señor está con nosotros.

‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’. Y pone el ejemplo de la mujer cuando va a dar a luz, en que todo son miedos y sufrimientos, pero en el parto doloroso nace la vida; en el parto doloroso de la cruz nace la vida, nacemos nosotros a una nueva vida. Todo tiene sentido, todo tiene valor, lo llamamos redención porque es sacarnos de la muerte y eso muchas veces para nosotros es doloroso, pero la alegría en le que nos vamos a sentir renovados en el Espíritu para una nueva vida es incalculable.

Pero Jesús además nos está diciendo que no nos dejará solos. Ha prometido la presencia del Espíritu que va a poner fortaleza en el corazón y palabras en nuestros labios. Fijaos que nos dirá que no nos preocupemos de preparar nuestra defensa, y es que cuando preparamos nuestra defensa desde nuestros criterios humanos se nos pueden escapar nuestros rejos de resentimientos y violencias, de deseos de venganza y de violencia y ese no puede ser nuestro camino; podríamos perder el sentido y en nuestra locura llena de rabia decir o hacer cosas de las que luego nos arrepentiríamos. Por eso nos dice que será el Espíritu nuestro Defensor, nuestro abogado, nuestro Paráclito.

Terminará diciéndonos que ‘también vosotros ahora sentís tristeza; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Lo veremos luego en el evangelio, en los encuentros con Cristo resucitado se quedaban mudos de emoción, con detalle nos los dirá Juan cuando la aparición de Cristo junto al lago de Galilea que cuando llegaron y vieron todo preparado no se atrevían a decir nada porque sabían muy bien que era Jesús.

No perdamos la alegría de nuestra fe, porque el Señor siempre está con nosotros. Como le decía la manifestación de Jesús a Pablo en Corinto cuando comenzaron a haber dificultades. ‘No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño’. Creo que tenemos que escuchar estas palabras con toda atención porque muchas veces necesitamos reafirmarnos en la presencia del Señor con nosotros.

martes, 14 de abril de 2026

¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

 


¿Estaremos siendo en verdad los cristianos de hoy los que han nacido de nuevo por el agua y el Espíritu viendo lo que en verdad somos y compartimos?

Hechos 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 7b-15

Cuando a media mañana cada día salgo a hacer mi paseo, llamémoslo terapéutico, suelo pasar junto a un terreno, una pequeña finca, por la que siento en cierto modo lástima por el estado en que está a lo largo del año; ahora por las recientes lluvias han surgido las hierbas por doquier y todo se ve lleno de colorido, pronto comenzarán a brotar las vides y a florecer los árboles frutales, pero pronto todo se llenará de maleza, las viñas no darán los correspondientes frutos y los árboles parecen enfermos porque de ellos no se puede coger una fruta comestible. Hablaba un día con el que cuida el terreno y me decía que había que hacer una renovación total, nuevas cepas de vid, nuevas y buenas semillas que echar a la tierra, nuevos frutales libres de toda plaga para que al final se puedan recoger unos frutos; en una palabra había que hacer una renovación total de aquella huerta. No es simplemente el arreglo de una pared rota o de una mata de hierba que tengamos que arrancar. Es algo mucho más profundo.

Me van a permitir que recoja esta imagen de renovación para pensar en lo que hoy nos quiere decir el evangelio. Continúa la conversación de Nicodemo con Jesús, como veíamos ayer al que había ido a visitar de noche, y Jesús le está hablando de algo que a Nicodemo le cuesta comprender. Jesús le ha hablado de un nacer de nuevo, y Nicodemo se hace la consideración de cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Pero esa interpretación así tan literal no es lo que Jesús nos quiere decir. Nos está hablando de un hombre viejo que tiene que transformarse en un hombre nuevo y ya hemos considerado las restantes palabras de Jesús de que esto es posible solo por el agua y el Espíritu, y siempre con ello hacemos referencia al Bautismo.

Un renacer, como decíamos antes la renovación total de la antigua finca para que sea una finca nueva y pueda dar buenos frutos, porque todo está renovado.

Es la transformación total que tiene que realizarse en nuestra vida, que no es hacer un arreglito por aquí o un remiendo por allá. Un paño nuevo para un vestido nuevo, un corazón nuevo para una vida nueva. Porque no es seguir con las mismas cosas de antes pero con algún remiendo por aquí o por allá; vida nueva es nueva, no es la antigua remendada. Son valores nuevos aunque signifiquen una revolución, es una nueva forma de vivir con unas actitudes nuevas, con una nueva forma de actuar, porque ahora tenemos una nueva manera de ver las cosas.

Y esto no es fácil. Tomemos, por ejemplo, como referencia lo que nos ha contado hoy el libro de los Hechos de los Apóstoles. Con qué radicalidad se habían tomado el mandamiento del Señor. Si hay amor verdadero, a la manera como nos enseñó Jesús, nadie tendría que pasar necesidad porque nuestro amor no nos lo permitiría. Es lo que estaba haciendo aquella primera comunidad de Jerusalén. No se preocupaban de los buenos y ricos manteles que había que poner en las mesas, sino de lo que en la mesas había de ponerse para que pudieran comer todos. ¿Será algo así lo que nosotros estaríamos dispuestos a hacer?

Si decimos que ya somos un hombre nuevo porque hemos nacido de nuevo esas tendrían que ser las pautas de nuestra vida. Allí lo ponían todo en común, y nos habla del levita Bernabé que vendió su finca y puso el precio a los pies de los apóstoles para que nadie pasara necesidad. Y todavía nosotros cuando nos pasan la bandeja en la misa estábamos buscando la moneda pequeña en nuestro bolso para ponerla en el compartir. ¿Estaremos así imitando de alguna forma lo que hacía aquella primera comunidad de los discípulos de Jesús en Jerusalén?

Por ese camino tendríamos que seguir haciéndonos nuevos planteamientos, muchos interrogantes para nuestra vida y la radicalidad o no con que nos hemos tomado el evangelio de Jesús. ¿Estaremos siendo en verdad los que hemos nacido de nuevo por el agua y el Espíritu?


sábado, 28 de marzo de 2026

Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

 


Bajémonos al camino de la humildad, siempre camino de amor, despojémonos de las vestiduras del orgullo y el poder para revestirnos de la vestidura pascual del hombre nuevo

Ezequiel 37, 21-28; Sal. Jer 31, 10-13; Juan 11, 45-57

Quien se endiosa en el poder, sea el poder que sea en cualquier ámbito de la vida, siempre andará sospechoso de quien pueda hacerle sombra, de quien pueda presentarse con otros planteamientos distintos que puedan hacer peligrar su poder. Ha sido siempre así como lo sigue siendo ahora y lo contemplamos en este mundo en el que vivimos que las ambiciones de poder de algunos nos están llevando a la destrucción de nuestro mundo y nuestra sociedad. Es terrible la espiral de violencia, de guerra de todo tipo y de muerte que se está engendrando desde el interés de algunos y que a todos nos hace daño por muy lejos que estemos.

Tendríamos que quizás analizar bien los derroteros por los que va nuestro mundo y como nosotros quizás podamos estar contribuyendo. Un cristiano tiene que ser crítico con todas esas situaciones que vive nuestra sociedad porque los caminos que nos ha enseñado el evangelio son bien distintos y no podemos dejarnos envolver por esa espiral de ambición por una parte y de inhumanidad en la que todos podemos ir cayendo.

Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron una reunión de urgencia, porque parecía que todo se les iba de las manos. Ahora Jesús había resucitado a Lázaro en Betania y muchos habían comenzado a creer en Él. La preponderancia de la que habían disfrutado y abusado aquellos dirigentes les parecía que se veía en peligro; y ellos tenían el poder y la ambición en sus manos y se sentían con ínfulas para quitar de en medio a quien fuera necesario.

Será el sumo sacerdote el que temiendo incluso la intervención de los romanos porque parecía que para todos estaba en peligro su preponderancia y su poder dirá que será conveniente que muera uno por todo el pueblo; quitado de en medio el que según ellos provocaba aquella inestabilidad ellos podrían seguir en paz y con su poder e influencia.

Sin embargo, sin querer por su parte, aquellas palabras se convirtieron en proféticas porque estaban dando la clave para nuestra redención. Un pueblo nuevo tenía que resurgir como había anunciado el profeta Ezequiel y era lo que provocan las palabras de Jesús que llenaban de esperanza los corazones. Hablaba el profeta de una alianza de paz, de una alianza eterna. ‘Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra’.

Algo nuevo tendrá que rebrotar para hacer nacer esa nueva humanidad. Aquel Reino de Dios que tanto anunciaba Jesús ha de hacerse realidad, porque todos seremos reconciliados con la sangre de Cristo derramada. En verdad uno tenía que morir por todos y Jesús había subido decidido a Jerusalén sabiendo que se iba a celebrar una nueva pascua, un nuevo paso de Dios que venía con su salvación.

‘Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios’, había anunciado el profeta y ahora se iba a realizar esa purificación que no sería ya con la sangre de los machos cabríos que se sacrificaban en el templo de Jerusalén, sino con la sangre derramada de Cristo por todos para el perdón de nuestros pecados.

Y eso es lo que nosotros nos disponemos a celebrar. Estamos en las puertas de la semana de Pasión que culminará en la Pascua. Pero disponernos a celebrar no es disponernos como espectadores que ven pasar por delante un desfile, pero en el que no participan. Nuestra celebración, es cierto, ha de tener mucho de contemplación, porque contemplando desde lo más hondo de nosotros mismos nos podemos impregnar de ese sentido de pascua que hemos de tener y vivir. Todo nos tiene que llevar a vivir, no como una emoción pasajera, sino como quien va a sentir ese paso de Dios por su vida.

        Tenemos que hacer Pascua porque en esa pasión y muerte de Cristo que vamos a contemplar y a celebrar hemos de incluirnos nosotros para que pueda haber resurrección. Bajémonos al camino de la humildad que será siempre un camino de amor, despojémonos de esas vestiduras del orgullo que son vestiduras de muerte para poder vestirnos con la vestidura blanca del hombre nuevo, porque hemos blanqueado nuestros mantos en la sangre del Cordero como nos recordará el Apocalipsis, porque así tenemos que sentirnos en la pascua.

lunes, 28 de abril de 2025

 


No es simplemente un espíritu joven lo que nos identifica como cristianos, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Salmo 2; Juan 3, 1-8

¿Siendo viejo se puede a la vez ser joven? Pudiera parecer a primera vista que es algo incongruente si pensamos en la vejez como en un número de años acumulados con sus consecuencias y ser joven es solo la vitalidad que se tiene con un número de años normalmente corto. Sin embargo muchas veces decimos, y es algo que repetimos los que somos mayores que tengamos muchos años sin embargo nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven por nuestras ganas de vivir; y también es un halago que con facilidad recibimos de alguien que cuando nos ve nos dice que aun parecemos jóvenes, halagos que nos agradan aunque reconozcamos nuestras limitaciones por el paso de los años. Parece un galimatías, pero así son también nuestros lenguajes o son las apariencias que queremos mostrar en la vida.

Sin embargo hoy Jesús en el evangelio nos dice algo mucho más atrevido; la ocasión fue la visita que le hace de noche - ¿por qué iría de noche o en qué oscuridades sentía que se encontraba? Podríamos preguntarnos – un magistrado judío, perteneciente al Sanedrín como veremos en otra ocasión, llamado Nicodemo. Algo había encontrado en Jesús que, aun guardando las apariencias, va a ver a Jesús para escuchar directamente sus palabras. ‘Rabí, sabemos que has venido de parte de Dios, como maestro; porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’, es como el saludo o presentación que hace de si mismo y del reconocimiento en Jesús de alguna autoridad.

Y Jesús comienza haciendo una afirmación que resulta fundamental, aunque en principio le cueste interpretar a quien incluso se consideraba maestro en Israel o al menos perteneciente al grupo de los que pretendían ser dirigentes del pueblo, por su condición de magistrado y probablemente maestro de la ley. En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de nuevo no puede ver el reino de Dios, le dice Jesús.

Habla Jesús de nacer de nuevo. Es lo que le cuesta entender a Nicodemo. ¿Cómo puede nacer un hombre siendo viejo? ¿Acaso puede por segunda vez entrar en el vientre de su madre y nacer? No es ya aquello con lo que comenzábamos nuestra reflexión de aunque viejos nos sentimos jóvenes, nos sentimos con espíritu joven; Jesús habla de un nuevo nacimiento, de un volver a nacer. Está hablándonos Jesús de una radicalidad esencial para quienes quieren seguirle, para quienes quieren ver, vivir el Reino de Dios. Ya en otros momentos nos dirá que no podemos andar con componendas, con remiendos, sino que hemos de buscar un paño nuevo para un vestido nuevo, unos odres nuevos para un vino nuevo.

En la vida andamos demasiado con arreglitos, corregimos esto por aquí, enderezamos por allá, pero en el fondo seguimos siendo los mismos. Pero Jesús nos habla de un hombre nuevo – será luego san Pablo quien emplee con radicalidad esa expresión – porque es un nuevo nacimiento. Algo que por nosotros mismos no podremos hacer, porque solo sabemos hacer, como decíamos, arreglitos. Algo que solo podremos hacer desde la fuerza del espíritu.

Por eso Jesús nos hablará de un nacer del agua y del espíritu; algo que hemos convertido en una referencia o un anuncio a lo que es significa el bautismo en Jesús. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu’. El Bautismos en Jesús no es solo lavar lo manchado, el bautismo en Jesús es una transformación para comenzar a vivir una nueva vida.

Es lo que ahora estamos renovando en la celebración de la Pascua. Por eso en la noche de la resurrección del Señor, mientras celebrábamos la vigilia pascual nos llenábamos de signos como la luz y como el agua. En esa noche se bendecía el agua bautismal para celebrar los nuevos bautismos, pero era también el agua de la que nos dejábamos bañar para así recordar de nuevo nuestro bautismo, para hacer una renovación de lo que fue nuestro compromiso bautismal.

Porque es algo que tenemos que tener siempre presente; y el signo del agua bautismal nos acompañará en muchas de nuestras celebración con la aspersión del agua como una purificación antes de comenzar nuestras celebraciones, que utilizaremos como un signo de bendición cuando queremos sentir a través de un objeto religioso la presencia de Dios en nuestra vida, que llevaremos con nosotros no como un amuleto que nos libre de peligros o de malos espíritus – nunca la podemos utilizar como una superstición -, y con la que finalmente seremos aspergeados a la hora de nuestra muerte en nuestra sepultura para recordar que un día recibimos esa agua que nos hizo hijos de Dios.

No lo olvidemos, no es simplemente un espíritu joven, sino un nuevo nacimiento que nos hace unos hombres nuevos.

martes, 7 de enero de 2025

Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

 


Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, puso su tienda entre nosotros…’ hemos escuchado repetidamente estos días en que venimos celebrando el misterio de la Navidad. Aunque aun estamos dentro del ciclo de la Navidad hasta el próximo domingo en que celebraremos el Bautismo del Señor, ya en el evangelio nos van apareciendo esos primeros momentos de la predicación de Jesús. Hoy nos habla de que Jesús se estableció en Galilea, la tierra de Zabulón y Neptalí, haciendo referencia a las distintas regiones de Palestina donde se fueron estableciendo las distintas tribus que conformaban el estado de Israel.

Pero hay algo importante. Nos habla de que al establecerse Jesús en aquellos lugares fue como si una nueva luz maravillosa los iluminara. Recuerda el evangelista los anuncios de los profetas que hablaban de aquel pueblo que habitaban en tinieblas y sombras de muerte y una luz les brilló. El evangelista esta aplicando esa profecía al comienzo de la predicación de Jesús, al que acudían de todas partes, no solo en este caso de Galilea donde se estaba desarrollando la actividad de Jesús que se había establecido en Cafarnaún, sino que acudían de todos los lugares, multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania, que le traían a sus enfermos y a sus poseídos por espíritus inmundos, paralíticos y lunáticos, para que Jesús los curara.

Eso significaba la presencia de Jesús, esa luz que brillaba en la tiniebla, aunque muchas veces la tiniebla la rechazara, no quisiera recibirla, como ya nos decía el principio del Evangelio de Juan, pero que contemplaremos a lo largo de todo el evangelio.

¿Serán también momentos de luz los que nosotros los cristianos estamos viviendo en este momento con el anuncio del evangelio de Jesús? Es cierto que en la pasada Navidad todo se ha llenado de luces en nuestras vidas, en nuestros ambientes, en nuestros hogares, en nuestras calles, pero ¿habremos dejamos que la luz de Jesús haya iluminado de verdad nuestras vidas? ¿Serían solo luces parpadeantes que pronto perdieron su intensidad y dejaron de alumbrar? Se nos agotan las pilas y baterías, se agota la luz acumulada en las placas solares que quieren mantener encendidas nuestras luces y pronto se apagan. Lo habremos experimentado cuando hemos encendido las luces de nuestras ventanas y pronto dejaron de funcionar. ¿Será para nosotros como un ejemplo, como una parábola de lo que nos sucede y de lo que no tendría que sucedernos?

Los cristianos no podemos iluminarnos por luces parpadeantes que pronto pierden su energía, tenemos que buscar la luz verdadera, tenemos que dejarnos en verdad iluminar por esa luz de Jesús que nunca nos defraudará. Así tenemos que cuidar nuestra fe, así tenemos que saberla alimentar, así tenemos que dejarnos empapar por esa luz del Evangelio, así tenemos que cuidar nuestra escucha, nuestra atención, pero también la manera en que nosotros vamos a ser esos trasmisores de luz para los demás. Es lo que El nos ha confiado, es la luz que ha puesto en nuestras manos, que recibimos en el bautismo y que tenemos que mantener encendida para ir al encuentro con el Señor. No podemos permitir que las tinieblas ahoguen esa luz, ahoguen nuestra fe; es una tentación que continuamente sufrimos porque hay muchas falsas luces que nos hacen candilejas y nos confunden.

¡Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras! ¡Qué lástimas que tras la celebración cristiana de la navidad no hay un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades! ¡Qué lástima que en nuestras comunidades no veamos ese relevo generacional que normalmente tendría que haber para ver cómo otras manos jóvenes toman esa luz en sus manos para seguir iluminando nuestro mundo! ¿Qué es lo que estamos haciendo los cristianos? ¿Dónde está esa urgencia que tenemos que sentir en nuestro corazón para realizar una nueva evangelización de nuestro mundo?

martes, 9 de abril de 2024

Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

 


Nunca olvidemos que por la Pascua de Jesús somos hombre nuevo porque en el bautismo hemos nacido de nuevo viviendo el paso de Dios en nuestra vida

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Salmo 92; Juan 3, 1-15

Hemos de comenzar diciendo en nuestra reflexión de hoy que va siguiendo los textos de la Palabra de Dios que nos ofrece la liturgia, se ven como recortados por la falta del texto de ayer, que por celebrar el misterio de la Encarnación se vieron sustituidos. Por eso nos aparece como recortado el pasaje del encuentro con Jesús de Nicodemo, aquel magistrado judío que de noche fue a ver a Jesús.

Recordamos que en el texto que se hubiera leído ayer, el inicio de la conversación de Nicodemo con Jesús, se nos ofrecían aquellas palabras de Jesús que hablaban del nacer de nuevo, que Nicodemo no comprendía, porque cómo un hombre viejo puede volver al seno de su madre para volver a nacer. Es cuando Jesús proclama solemnemente lo de nacer del agua y del Espíritu con esa referencia clara al sentido del bautismo. ‘El que no nazca del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne y lo que nace del Espíritu es espíritu’, nos dice.

Una radicalidad que Jesús constantemente nos va planteando en el evangelio. Conversión había sido su primer anuncio para poder creer y llegar a vivir el Reino de Dios. Es la invitación continua que seguiremos escuchando de una forma o de otra a lo largo del evangelio. Ahora nos habla de un nuevo nacer, porque quien cree en Jesús es un resucitado, también con Jesús ha vivido su pascua para pasar de la muerte a la vida. Como nos hablará en otros momentos de odres nuevos para vino nuevo, o nos hablará de una vestidura nueva porque no nos valen los remiendos de lo viejo. San Pablo nos dirá que somos hombres nuevos en el que la criatura vieja tiene que haber muerto para renacer a la vida. ‘Tenéis que nacer de nuevo’,  nos dice hoy Jesús, porque nos dejamos hacer criaturas nuevas por el Espíritu.

¿No nos había hablado el principio del evangelio de san Juan que quienes creemos y aceptamos la luz que nos ofrece Jesús nacemos como hijos de Dios, no como filiación nacida de la carne o de la sangre, sino por el don de Dios en nosotros? ‘Porque a cuantos le recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre; estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de bacón, sino que han nacido de Dios’.

Es lo que significa la Pascua que hemos vivido y celebrado en estos días. Es lo que tiene que significar nuestra condición de bautizados en la vida. En la noche de Pascua, noche bautismal por excelencia, hemos querido renovar nuestra condición de bautizados. No es un nuevo bautismo porque ya estamos bautizados y el bautismo no se repite, pero se renueva en nuestro corazón. Por eso fuimos aspergeados con el agua bautismal después de hacer la renovación de nuestro compromiso bautismal. Aunque habitualmente empleamos la expresión de renovación de las promesas bautismales, es algo más que una promesa, es un compromiso de vida, que renovamos desde lo hondo del corazón volviendo a prometer nuestra renuncia al hombre viejo, nuestra renuncia al mal y al pecado con todas sus tentaciones, y proclamando solemnemente nuestra fe al pie del Cirio Pascual y junto a la fuente bautismal.

Es el camino que iniciamos el miércoles de ceniza cuando fuimos convocados a la conversión y a la penitencia; es el recorrido que de mano de la Palabra de Dios fuimos haciendo a lo largo de la Cuaresma; ha tenido que ser ese renacer a una vida nueva en la celebración de la Pascua. Lo seguimos recordando, lo seguimos renovando, nos seguimos empapando de ese espíritu nuevo a lo largo del tiempo pascual, lo tenemos que seguir viviendo en el compromiso diario de nuestra vida.

 

sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

lunes, 17 de abril de 2023

Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

 


Nuevo nacimiento para ser hombres nuevos, que no son solo apariencias o fisonomías externas sino que por la fuerza del Espíritu hacemos desde lo más hondo de nuestro ser

Hechos de los apóstoles 4, 23-31; Sal 2; Juan 3, 1-8

Nos encontramos con un amigo al que hace tiempo que no vemos, que quizás ha pasado por una enfermedad y nuestra reacción al encontrarlo distinto es decirle aunque tratemos de hacerlo con la mayor delicadeza ‘pero, ¡qué cambiado estás!’. Nos parece otro, su fisonomía ha cambiado por efecto de lo que padecido, lo notamos distinto. Ya sabemos cómo las enfermedades afectan incluso a la manera de ser de las personas, en su carácter, en su manera de reaccionar, porque lo que algunas veces nos parecen distintos.

Pero no vamos a hablar de esos cambios que en fin de cuentas se reducen a lo exterior de la persona. Hoy tendríamos que pensar en la transformación que tendría que darse en nuestra vida al encontrarnos con la fe, al haber tenido un encuentro y una experiencia vital con el Señor. Cuando de verdad nos hemos dejado envolver por nuestra fe nuestra vida no puede ser igual; es lo que produce ese encuentro vivo con el Señor. Hoy Jesús en el evangelio nos habla de un nacer de nuevo, de manera que san Pablo en sus cartas nos hablará del  hombre nuevo.

Ya nos hablaba al principio el evangelio de san Juan, que es el que ahora vamos a seguir de una manera intensa escuchando en este tiempo pascual, de un distinto nacimiento, que no es por la carne ni por la sangre, sino que es un nacimiento que nos viene de lo alto, que nos hace hijos de Dios. ‘A los que lo recibieron, les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Hoy escuchamos el encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que viene de noche a ver a Jesús. ¿Estaba en la oscuridad de la noche buscando la luz? Todo puede ser significativo. Y es que ya Nicodemo de entrada reconoce un algo distinto en Jesús. ‘Maestro, sabemos que has venido de parte de Dios como maestro, porque nadie puede hacer los signos que tú haces si Dios no está con él’.

Y es el momento en que Jesús le viene a decir que no basta solo ese reconocimiento sino que tiene que ser una transformación más profunda la que tiene que realizarse en el hombre, en la persona cuando comience a creer en El.  Y habla de un nuevo nacimiento, cosa que va a sorprender a aquel magistrado porque no termina de entender sus palabras. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’. Es el primer anuncio que Jesús ha hecho creer en la Buena Noticia que se les está comunicando, que el Reino de Dios está cerca. Pero no pueden ser solo palabras, tiene que ser como comenzar a tener una vida nueva. ‘El que no nazca de nuevo, no puede ver el Reino de Dios’, no podrá entender lo que es el Reino de Dios, no podrá vivir en ese Reino nuevo de Dios.


Como Nicodemo no entiende porque se está quedando en una literalidad de las palabras Jesús le dirá con toda claridad. ‘En verdad, en verdad te digo: el que no nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios’. No es solo obra nuestra; es cierto que tenemos que poner nuestra voluntad, la obediencia de la fe, nuestro asentimiento porque solo es una oferta que nos hace Dios a la que nosotros hemos de responder, pero es acción de Dios en nosotros. ‘No han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Como ahora nos dice ‘por el agua y el Espíritu’, que bien significamos en el Bautismo.

¿Estaremos nosotros dispuestos a eso? Cuánto nos cuesta arrancarnos del hombre viejo para ser hombre nuevo. No nos arrancamos sino que nos arrastramos, y mira que son distintas las palabras. ¿Qué respuesta le damos a esa oferta de nueva vida? ¿Estaremos dispuestos a ser distintos? Y no es solo en apariencias o por fisonomía, sino desde lo más hondo de nuestro ser.

domingo, 9 de abril de 2023

Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

 


Gritamos fuerte ‘aleluya’ porque Cristo ha resucitado y porque con El nosotros también hemos resucitado

Romanos 6, 3-11; Sal 117; Mateo 28, 1-10

Valentía la de aquellas mujeres que aquel primer día de la semana muy temprano iban camino del sepulcro con aromas para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús que en la tarde del viernes, en la cercanía de la pascua no pudieron hacer; valentía porque no habían pensado quién les correría la piedra de la entrada del sepulcro; no era fácil que un grupo de mujeres pudiera hacerlo pero a ellas parece que poco les importaba. Pero la sorpresa fue grande cuando encontraron que la piedra estaba corrida.


Va a ser una mañana de sorpresas, primero la piedra corrida, luego el ángel del Señor sentado sobre ella, luego que el cuerpo de Jesús no estaba allí. ¿Sorpresa y decepción? Como había pensado una de aquellas mujeres ¿Quién se había robado el cuerpo del Señor Jesús? Pero hablaron los ángeles – una sorpresa más – ‘Vosotras, no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía…’ En medio de todas las sorpresas una palabra de ánimo, ‘no temáis’ y un encargo que cumplir ‘id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. Mirad, os lo he anunciado’.

Es la gran noticia, la buena noticia, el evangelio de la noche de pascua. Es la buena noticia, el evangelio, que seguimos proclamando no solo hoy sino todos los días de nuestra vida. La Palabra de Dios se ha cumplido, ha llegado la hora de la victoria, ha llegado la hora en que comienza el Reino nuevo, es la hora en que nace la Iglesia porque comenzará a surgir de verdad el grupo de los que creen en Jesús. Es la noticia que nos identifica, que marca nuestra vida, que nos va a obligar a comenzar a vivir una vida nueva.

Tras esta noticia no nos podemos quedar como si no hubiera pasado nada; no solo es constatar que el sepulcro está vacío, sino comenzar a contemplar a Cristo vivo, Cristo resucitado. Es el momento en que comenzamos a proclamarlo con todo sentido el Señor. Como más tarde nos dirá san Pedro en el primer sermón de Pentecostés ‘a este Jesús a quien hemos visto crucificado, Dios lo ha constituido Señor y Mesías por su resurrección de entre los muertos’.

En la noche esplendorosa de la Pascua hemos ido haciendo un recorrido que vino a concluir en la proclamación de nuestra fe Jesús resucitado de entre los muertos. Un recorrido de las tinieblas a la luz que hemos simbolizado en esa primera parte de la liturgia cuando en el fuego nuevo hemos encendido el Cirio Pascual; ha sido el recorrido de la historia de la salvación a través de las diversas lecturas de la Palabra de Dios, que ha sido como ir reviviendo ese propio recorrido de nuestra fe; cruzamos con los israelitas peregrinos en el desierto el mar rojo para significar ese paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida, cuando con Cristo en las aguas del bautismo nos hemos sumergido en la muerte de Cristo para con Cristo renacer vivificados a una vida nueva.

En nuestros corazones resonó fuerte el grito del Aleluya cuando pudimos proclamar a Cristo resucitado, cuando pudimos proclamar que con Cristo también nosotros nos sentimos resucitados, con Cristo nos vemos inmersos en una vida nueva de la que queremos arrancar ya para siempre las obras de las tinieblas, la esclavitud del pecado porque ya con Cristo nos sentimos unos hombres nuevos, el hombre de la gracia, el hombre nuevo que ha sido regalado por Dios con una vida nueva que nos hace hijos de Dios.

Ahora sí podemos entender aquellas palabras de Jesús que anunciaban su pascua y que tanto costó entender a sus discípulos. Tiene sentido esta entrega, este dolor y esta muerte. Todo era fruto del amor y el amor siempre tendrá la última palabra, es el que nos da el sentido y nos da la victoria. Jesús no solo había anunciado su pasión y su muerte sino que al tercer día resucitaría.

Era el paso más difícil de entender, porque es el paso que Cristo nosotros hemos de dar. No nos podemos quedar para siempre en las sombras de la esclavitud y de la muerte, resucita Cristo para que con El resucitemos, para que con El nos arranquemos de todo lo que sea oscuridad y muerte en nuestra vida. Dios nos está llamando para que salgamos de nuestros sepulcros, de nuestras rutinas, de nuestros malos sentimientos, de todo lo que sea sombra y oscuridad aunque las disimulemos en nuestra vida con nuestras vanidades de luz aparente, de nuestras tristezas porque ya para siempre tiene que reinar la paz en nuestro corazón desterrando nuestros miedos y cobardías, de esas heridas de las que tenemos que curarnos de una vez para siempre y también de la tristeza de ese mal que hayamos hecho porque en Cristo encontramos el perdón y la paz para siempre.

A nosotros nos dice también como a las mujeres a las que les salió al encuentro, ‘alegraos’. Y no es que cantemos porque esta noche y este día tengamos que cantar aleluyas, sino porque ya llevamos la alegría de ese aleluya en el corazón y tenemos que gritarlo a los demás. ‘No temáis, nos dice a nosotros también porque ya no tienen sentido los temores,  id a comunicar a mis hermanos…’ Lo hemos visto y lo veremos. Es la buena noticia, el evangelio, que tenemos que trasmitir.

lunes, 16 de enero de 2023

Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

 


Vestidura nueva para el hombre nuevo sin remiendos ni apaños, odres nuevos para el vino nuevo del Evangelio, tenemos que tomárnoslo en serio

Hebreos 5,1-10; Sal 109; Marcos 2,18-22

¿Qué es lo que necesito para pertenecer a esta sociedad o a este club? Es la pregunta que suelen hacer quienes quieren entrar a formar parte de algún tipo de sociedad o club por el que muestran interés. Estarán unas cuotas que habrá que pagar, unas características que hay que tener y unos ideales o unos protocolos que hay que cumplir. Cumplimos nuestros tramites y ya nos creemos con derecho a pertenecer a ese determinado grupo, asistiremos a alguna asamblea a la que se nos convoque y hasta según la implicación que queramos tener evitaremos compromisos y responsabilidades.

En la vida nos estamos acostumbrando a eso que ahora llamamos protocolos, a unos reglamentos que tenemos que cumplir y que siempre procuramos que sean los menos y así andamos sin complicarnos mucho. Eso que hacemos en nuestra vida social algunas veces también se nos convierte poco menos que en costumbre o en manera de actuar en lo que sean nuestras relaciones con Dios, nuestra pertenencia a la Iglesia, o lo que es nuestra vida religiosa o cristiana. Asistimos a algunas cosas, mantenemos algunas costumbres o tradiciones, pero implicamos poco la vida. Cumplimos, pero no nos comprometemos.

Algo así vemos que vienen planteándole a Jesús en el texto que hoy escuchamos en el evangelio. Ser de religión judía era la pertenencia a un pueblo, con unas exigencias de circuncisión para los varones, unas prácticas religiosas de los sábados en la sinagoga o de subida al templo de Jerusalén por la fiesta de la Pascua con la cena del cordero pascual, y algunos sacrificios o ayunos en determinados momentos.

Reciente había estado la figura de Juan el Bautista que al preparar los caminos del Señor en la inminente llegada del Mesías invitaba al ayuno y a la penitencia, junto con el rito del bautismo en el Jordán. Su figura austera vestido de piel de camello y alimentándose solo de saltamontes y miel silvestre, invitaba a sus seguidores a vivir también en ese estilo penitencial.

Es lo que ahora vienen a plantearle a Jesús, quienes no hacían tampoco mucho caso a lo que había dicho el Bautista, porque Jesús estaba ofreciendo algo nuevo y distinto cuando les hablaba del Reino de Dios. Su vida no iba en el camino de aquella austeridad y ayuno, más bien lo llamarían comelón porque se sentaba a comer con publicanos y pecadores. Por eso le plantean por qué sus discípulos no ayunan. ¿Podían los amigos del novio que con el participaban del banquete de bodas prescindir de comer?, les viene a responder Jesús.

Y es que Jesús lo que plantea es algo nuevo. Algo nuevo que no se soluciona con remiendos que como arreglitos hagamos a nuestra vida. Ya para aceptar el Reino de Dios que nos anunciaba nos pedía conversión para creer en esa Buena Noticia que era el Reino de Dios. Significaba una vestidura nueva igual que le había dicho a Nicodemo que había que nacer de nuevo. Los remiendos siempre terminan en rotos peores y no arreglan nada; por eso pide para ese vino nuevo del Evangelio unos odres nuevos; los viejos odres ya consumidos y demasiado curtidos por el paso de diversas cosechas no podría soportar la fuerza del vino nuevo y terminarían reventando.

Es lo que nos está pidiendo Jesús. Unas nuevas actitudes, una nueva manera de actuar, dejando atrás todo lo que significa el hombre viejo. Es novedad, es vida nueva, es camino nuevo que nos plantea Jesús y es por donde tenemos que caminar. No es cumplir unos protocolos o contentarnos con el cumplimiento externo y frío de unos mandamientos, sino que tienen que ser las actitudes nuevas del corazón.

¿Llegaremos en verdad a comprender el alcance del Evangelio? ¿Estaremos dispuestos a darle en serio esa vuelta a la vida para no quedarnos en el remiendo, en el odre viejo que al final no terminará aguantando toda la fuerza de la vida nueva que nos ofrece Jesús?

Algunas veces seguimos dando la impresión los cristianos que no nos hemos tomado en serio el evangelio y queremos seguir con nuestros apaños y nuestros remiendos; nos queremos quedar en cumplimientos sin poner esas actitudes nuevas, esos valores nuevos en nosotros para que haya nueva vida. Y tenemos que reconocer que algunas veces da la impresión que hasta la misma Iglesia tiene miedo a esa novedad del evangelio y estamos añorando viejas prácticas, viejos protocolos, viejas rutinas, quedándonos en el ropaje externo, en la solemnidad que nos puede adormecer, evitando lo que sea un compromiso de total renovación.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

 


Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

1Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

No pretendo hacer comparaciones ni paralelismos para sacar conclusiones en el mismo sentido porque realmente tenemos tendencias a los catastrofismos y podemos tener el peligro de ver en los aconteceres de la naturaleza unos castigos de Dios que no tendríamos que ver desde ese sentido.

Estos días hemos contemplado, sobre todo en nuestras islas, aunque el acontecimiento las ha sobrepasado, los efectos del volcán de la Cumbre Vieja en la cercana isla de La Palma. Para mi personalmente me ha sido doloroso contemplar en el vuelo de los drones que nos están trayendo puntual información la destrucción de aquellas poblaciones y de aquellos lugares; trataba de descubrir lugares, conocidos aunque han pasado ya más de cincuenta años, porque aquellos lugares fueron donde estrené mi sacerdocio; muchos recuerdos lejanos en el tiempo pero que ahora se reviven han aflorado dentro de mi por ser ese lugar tan ligado a mi en mis primeros años como sacerdote. Dolor siento en mi corazón al ver todo destruido, lugares donde habité y que recorrí mil veces ejerciendo mi recién estrenado ministerio.

No he podido menos que evocarlo al escuchar lo que nos dice hoy el evangelio. Aunque la visión en cierto modo es distinta – mi visión es recordando el pasado viendo la situación actual - y no podemos sacar las mismas conclusiones es en cierto modo el dolor de Jesús al contemplar la ciudad santa de Jerusalén desde la altura del monte de Los Olivos; quienes en alguna ocasión hemos bajado también por ese monte enfrente de la ciudad de Jerusalén reconocemos la belleza de lo que desde allí se ve hoy, pero de lo que lo contemplarían los ojos de Jesús igual que sus contemporáneos con el templo de Jerusalén en un primer plano de la ciudad.

La visión de Jesús es de futuro porque El viene a anunciar la destrucción de esa hermosa ciudad; es el dolor como buen judío amante de su ciudad y de su templo que vislumbra el horror y destrucción a que se vería sometida la ciudad donde no quedaría piedra sobre piedra.

Se queja Jesús de Jerusalén a la que tanto amaba pero donde sería rechazado y le conduciría a la muerte. Se quebraría la ciudad bajo la destrucción un día, pero la que ahora se resquebrajaba es la vida. Sería la gran muestra, la última muestra de su amor y de su entrega. Era el camino que había emprendido en su subida a Jerusalén desde la lejana Galilea y para lo que había venido preparando a sus discípulos. Las lágrimas de Jesús contemplando ahora la ciudad santa lamentándose por todo lo que había de sucederle era una muestra que podíamos llamar de su amor pero que era el anuncio, un anuncio más, del sufrimiento de su pasión.

Al pie de aquel monte desde el que ahora contemplara la ciudad se iniciará en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos su pasión con el prendimiento. Son los caminos de su subida a Jerusalén donde ya no es solamente la maldad de aquellos que entonces le rechazaron por los que se entrega, sino que se está entregando para derramar su sangre para ser la redención y la salvación de todos los hombres. Las lágrimas de Jesús no se quedan en la ciudad que tiene ante sus ojos sino que serán la entrega de amor que por todos nosotros está haciendo.

Aquella destrucción como aquella muerte forma parte del camino de pascua que para nosotros será salvación. La ruina del hombre por el pecado y la muerte tiene que ser parte del camino de la vida. Es el camino de la Pascua que termina en el triunfo de la vida en la resurrección. Aquella mirada compasiva con una última llamada que está haciendo a su ciudad no está enseñando a nosotros a mirar con ojos nuevos y distintos cuanto nos rodea para que todo sea como un principio de transformación. Una ciudad nueva se levantará sobre la ciudad destruida - la nueva Jerusalén -, como un hombre nuevo ha de surgir por la gracia de ese hombre viejo de pecado que somos nosotros.

Unas lágrimas las de Jesús que nos invitan, sí, al arrepentimiento, pero que nos abren a la esperanza de una nueva vida. Es la fe que tenemos en Jesús que todo lo transforma para hacernos renacer desde las cenizas del pecado y de la muerte a una nueva vida. Pero también tienen que despertar una esperanza en nuestros corazones cuando vemos unas cenizas que todo lo cubren y lo destruyen, pero sabemos que con la fuerza que tenemos en nuestro interior y que nos viene de Dios todo lo podremos rehacer; unas lágrimas que pueden enturbiar nuestros ojos, pero unas lágrimas que tienen que lavarlos y limpiarlos para poder ver con la claridad de la esperanza lo nuevo que podemos hacer resurgir.

martes, 18 de mayo de 2021

Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

 


Conocer es tener vida y conocer a Dios nos llena de vida eterna porque nos hace nacer de nuevo que es como tener una mirada nueva a la vida, a los demás y a Dios

Hechos de los apóstoles 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Conocer es tener vida. El que no conoce, el ignorante tiene los ojos de la mente cerrados, le falta vida. En su ignorancia desconoce todo, está como cegado, para llegar a conocer hasta las posibilidades de su vivir. Por eso es tan importante la tarea de la educación de las personas; y la educación no es simplemente llevar la mente de alguien en una determinada dirección, sino abrir su mente, su razón para que descubra otras cosas, para que amplíe sus horizontes, para que se sacuda de la modorra de su ignorancia y encuentre un sentido para su vivir. Enseñar y educar no es imponer unos conocimientos sino ofrecer ese abanico de posibilidades que tiene en la vida y pueda encontrar ese sentido que le dé plenitud. Cuando llega a conocer llega a vivir y a encontrar lo que le dé esa plenitud a su existir.

Es lo que vino a hacer Jesús con nosotros. La presencia y las palabras de Jesús abrían horizontes; las palabras de Jesús hacen encontrarse al hombre, a la persona consigo mismo; por eso las palabras de Jesús y su presencia despertaban esperanza. Escuchando a Jesús veían que había otras posibilidades en la vida; las palabras y la vida de Jesús les hacían transcenderse a sí mismos para elevar su espíritu de lo que era la rutina de todos los días a algo más grande y espiritual, les abrían su corazón a Dios.

Empleando otros lenguajes y otros conceptos más teológicos hablamos de revelación y que Jesús es la revelación de Dios. El mismo nos lo dice: ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien se lo quiere revelar’. Por eso decimos de Jesús con el lenguaje del evangelio de Juan que Jesús es la Palabra, el Verbo de Dios que plantó su tienda entre nosotros y a quienes le recibieron, a quienes le aceptaron les dio el poder ser hijos de Dios, que no es obra de la carne o de la sangre sino que es la acción del espíritu en nosotros.

Quienes llegan a tener este conocimiento de Dios que nos revela Jesús se van a sentir transformados desde lo más hondo. Igual que decíamos que aquel que es instruido se le corren esos velos de la ignorancia que le tenían cegado y comienza un nuevo vivir, así se nos dirá en el evangelio que todo será como un nacer de nuevo. Recordamos el diálogo entre Jesús y Nicodemo al que se le habla de un nuevo nacimiento, aunque en principio en su ceguera no lo comprende, un nuevo nacimiento que será por el agua y el espíritu.

Ahora Jesús cuando llega al momento culminante de su vida, su glorificación, y va a hacer su ofrenda de amor al Padre en su entrega pascual podíamos decir que está haciendo con un resumen de lo que ha sido su vida. El es el enviado del Padre y ha venido con una misión que en estos momentos da por cumplida. Por eso hace esta oración sacerdotal – así la llamamos – al final de la cena como esa ofrenda de su amor. El ofertorio de su sacrificio, podríamos llamarlo.

‘Padre, ha llegado la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti y, por el poder que tú le has dado sobre toda carne, dé la vida eterna a todos los que le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste’.

‘Todo está cumplido’ dirá en la cruz, momentos antes de su muerte. Ha llevado a cabo la obra que le encomendó el Padre, dar la vida eterna. ¿Y qué es esa vida eterna? ‘Que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’. El conocimiento de Dios nos da la vida eterna. ¿No decíamos al principio que conocer es tener vida?  Conocer a Dios nos llena de vida eterna. Y es que cuando conocemos y reconocemos al único Dios verdadero estamos entrando en el Reino de Dios, el reconocimiento de que Dios es el único Señor de nuestra vida.

Y cuando esto lo hacemos de verdad con todas sus consecuencias, qué distinta se hace nuestra vida, que distinta es en primer lugar nuestra relación con Dios, pero también qué distinta es nuestra relación con los demás; cuando lo hacemos de verdad es como tener una nueva mirada a la vida, una nueva mirada a los demás, una nueva mirada a Dios. Es otra vida. Es un nacer de nuevo, como antes decíamos.

martes, 13 de abril de 2021

Por la fuerza del Espíritu nacemos de nuevo para ser hombres nuevos, con un talante nuevo, un sentido nuevo y profundo, una dignidad nueva que nos eleva y nos hace hijos de Dios

 


Por la fuerza del Espíritu nacemos de nuevo para ser hombres nuevos, con un talante nuevo, un sentido nuevo y profundo, una dignidad nueva que nos eleva y nos hace hijos de Dios

Hechos de los apóstoles 4, 32-37; Sal 92; Juan 3, 7b-15

Continuamos con aquel diálogo profundo, íntimo, entre Nicodemo y Jesús como ya ayer comenzábamos a escuchar. Donde se van desgranando todo lo que se sale del corazón de Cristo para hablarnos de su amor pero para irnos señalando también la intensidad de nuestra respuesta que es una transformación tan grande de nuestra vida que Jesús lo llama ‘nacer de nuevo’.

Van quedando patentes las dudas y los vacíos del corazón de Nicodemo, como quedan patentes también los nuestros. Decía el evangelista al comienzo del relato que Nicodemo había ido de noche a ver a Jesús; tenemos que decir que es una imagen que quiere expresar mucho más de la hora del día; la noche es sinónimo de oscuridad, pero es la oscuridad del corazón a lo que quiere referirse el evangelista. No entendía Nicodemo, lo de volver a nacer; no terminaba de entender lo que era la acción del Espíritu invisible para el ojo humano porque es espiritual, pero que se va a manifestar en la transformación de nuestra vida.

Como nos cuesta entender a nosotros la acción del Espíritu en nuestra vida; queremos cosas palpables con nuestras manos, queremos cosas comprobables desde la experiencia humana, no sabemos hablar de estas cosas en su sentido espiritual y tenemos que valernos de imágenes materiales tomadas de la misma vida o imágenes que ponemos como ejemplo explicativo, queremos cosas que se materialicen de tal manera que lo podamos ver con el sentido de la vista, pero que bien sabemos que no van a ser los ojos de la cara los que lo podrán descubrir porque es algo mucho más profundo y espiritual.

‘¿Tú eres maestro en Israel, le dice Jesús, y no lo entiendes? En verdad, en verdad te digo: hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os hablo de las cosas terrenas y no me creéis, ¿cómo creeréis si os hablo de las cosas celestiales? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre’.

Tenemos que hacernos hombres y mujeres espirituales, hemos de saber crecer interiormente, espiritualmente para que le demos verdadera profundidad a nuestra vida. Si entramos en la órbita de la fe tenemos que entrar en un ámbito espiritual. Y solo las personas espirituales podrán entenderlo, por eso tenemos que saber darle trascendencia a nuestra vida, para no quedarnos en el ahora, ni quedarnos en el momento presente, ni quedarnos solo en lo material. Hay que saber afinar esa cuerda de lo espiritual para poder coger el tono del Espíritu, el tono de Dios. Hay valores que no son palpables con nuestras manos que son los que nos dan verdadera riqueza interior, los que harán crecer nuestra espiritualidad.

Son valores no ocasionales sino permanentes, no de los que buscan ganancias palpables en nuestras cuentas, sino con los que aprende uno a desprenderse porque será cuando descubramos la verdadera riqueza; son valores que quizá no están en uso en nuestro entorno, la mayoría quizá no los tiene en cuenta, pero que serán los que nos harán encontrar la verdadera grandeza y la más profunda dignidad. Son valores que nos van a llenar de luz verdadera haciendo saltar por los aires todas las oscuridades y todo lo que nos lleva a un mundo de tinieblas.

Es lo que en verdad por la fuerza del Espíritu del Señor nos va a hacer hombres nuevos, con un talante nuevo, con un sentido nuevo y profundo, con una dignidad nueva que nos eleva porque nos hace hijos de Dios.