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viernes, 2 de enero de 2026

¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

 


¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad, solamente en un niño pobre nacido en Belén y recostado entre las pajas de un establo o hemos de dar una razón más?

1 Juan 2, 22-28; Salmo 97;  Juan 1, 19-28

Tú, ¿quién eres? Una pregunta que surge casi espontáneamente cuando nos encontramos a alguien a quien no conocemos, pero que por diversas circunstancias tenemos que entrar en relación con él; saber con quien estamos hablando, con quien tratamos, qué clase de relación podemos entablar con esa persona según sea su identidad. Pero la pregunta se puede volver más dura y más inquirente, cuando hay algo de lo que sospechamos, algo que quizás no termina de agradarnos, o por la forma cómo se presenta esa persona con lo que está haciendo. Tú, ¿quién te crees que eres?, como cuestionando su identidad o su autoridad para lo que está haciendo.

Con una pregunta parecida vinieron en embajada desde Jerusalén a Juan que estaba en el desierto en la orilla del Jordán para algo así como pedirle cuentas por lo que estaba haciendo.  ‘Tú, ¿Quién eres?, ¿un profeta?, ¿Elías?, ¿el Mesías? ¿Quién eres?, para que podamos responder a quienes nos han enviado’. La presencia de Juan en la orilla del Jordán había sembrado inquietudes e interrogantes en los de siempre, aunque no eran ellos los que venían a escucharle.

La gente sencilla venida de todos los rincones se arremolinaba en torno a Juan y compungidos por su predicación querían hacer penitencia, como Juan les invitaba. Se sumergían en el agua del Jordán como un signo de aquella penitencia y conversión que necesitaban. Pero se creaban desconfianzas en los que estaban acostumbrados a lo de siempre y donde ellos tenían especial parte.

Ya escuchamos la humildad de Juan que no se considera profeta, que no quiere compararse al profeta Elías, aunque más tarde Jesús diría de él que era más que profeta y que Elías ya había venido aunque no habían querido reconocerlo, y por supuesto no era el Mesías sino la voz que gritaba en el desierto para preparar los caminos del Señor. Sin embargo había algo que sí señalaba claramente el Bautista. En medio de ellos estaba y lo conocían; en medio de ellos estaba Aquel a quien no se consideraba digno de desatarle la correa de sus sandalias; más tarde lo señalará como el que viene a bautizar no con agua sino con Espíritu Santo y fuego.

Este evangelio que a primera vista nos podría parecer fuera de lugar, porque más bien lo veríamos como más propio del tiempo del Adviento, nos viene bien escucharlo en este tiempo de Navidad. En medio de nosotros está, pero ¿lo conoceremos? Y no nos vale hacer ahora afirmaciones teóricas porque nos sabemos el credo de memoria.

Tenemos que preguntarnos si en verdad lo conocemos, si de la manera que hemos venido celebrando la Navidad estamos dando señales que en verdad lo conocemos. ¿En qué nos quedaremos en todo esto de la Navidad? ¿Solamente en un niño que vemos nacer pobre en Belén y recostado entre las pajas de un establo? ¿No adornaremos demasiado ese establo para a pesar de lo que es hacerlo muy confortable? O también tendríamos que preguntarnos qué tal es esa cuna que hayamos preparado en nuestro corazón y en nuestra vida para recibir a Jesús.

¿Quién eres tú?, es la pregunta que nos ha servido de base para comenzar nuestra reflexión, pero ¿habrá alguien que nos la  haga a nosotros desde lo que nosotros estamos haciendo para celebrar auténticamente la navidad o para manifestar la autenticidad y sinceridad de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano? No le tengamos miedo a la pregunta, sino dejémonos interpelar por ella porque somos nosotros mismos los que tenemos que preguntarnos si estamos dando razón autentica de nuestra fe y de nuestra condición de cristianos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir.

No tenemos que preocuparnos en responder con palabras sino presentar las obras de nuestro amor, nuestro autentico compromiso de nuestro ser cristiano, aunque no tenemos que avergonzarnos de confesar nuestra fe en Jesús ante quien nos lo requiera.

jueves, 1 de enero de 2026

Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

 


Nos sentimos bendecidos porque Dios vuelve su rostro sobre nosotros con el nacimiento de Jesús, seamos bendición para el mundo por nuestra mirada de amor y paz para todos

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Hoy es un día muy especial, y me vais a hablar de fin de año y de años nuevos, me vais a presentar las imágenes de las fiestas que se hacen por todas partes, me vais a recordar los buenos deseos que en estos días tenemos los unos con los otros y las felicitaciones que cruzan el mundo… todo eso está muy bien, recordamos estos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y esos como rituales que nos imponemos o que nos ayudan a marcar las páginas del calendario de la vida, están bien todos esos buenos deseos y felicitaciones, pero ¿hay algo detrás de todo eso? ¿Serán cosas que no solo marcan el ritmo del tiempo sino que marcan nuestra vida de una forma definitiva? Cuidado que después de todo esto nos quedemos en un vacío que hasta nos produce hastío.

Yo sigo repitiendo que para nosotros los cristianos sí es hoy un día especial aunque algunas veces el ruido de todas las otras cosas atenúen la verdadera luz que tenemos que encontrar en este día. Lo importante incluso nos puede pasar desapercibido y los cristianos tenemos que reivindicar lo que es centro de nuestra vida y no lo podemos ni enmascarar ni olvidar. Nosotros seguimos celebrando la Navidad, hoy es la octava de la celebración del Nacimiento de Jesús en Belén.

Hoy la primera lectura nos ha recordado la fórmula de bendición que desde Moisés se utilizaba en Israel. Es muy hermosa, tenemos que captar todo su sentido porque además nos dará profundo significado a lo que ahora mismo estamos celebrando. ‘El Señor te bendiga y te guarde… haga brillar su rostro sobre ti… te conceda la paz’. Y nos insiste Moisés que esta será la fórmula de bendición que deben usar. ¿En qué consiste esa bendición? En que Dios haga brillar su rostro sobre nosotros. Si cuando vamos a encontrarnos con alguien le vemos con el ceño fruncido y un gesto torvo en su rostro, ya estamos sabiendo que aquel encuentro no es nada agradable; una sonrisa en el rostro puede cambiar todas las sensaciones.

Pues Dios vuelve su rostro sobre nosotros, y cuando nos sentimos mirados por Dios nos sentimos llenos de paz, porque con esa mirada de Dios estamos sintiendo cómo Dios nos ama. Somos sus criaturas y nunca somos desagradables para Dios porque Dios siempre nos ama, y por eso nos hace hijos. Es la bendición de Dios sobre nuestra vida. Tenemos que aprender a reconocerla, que es reconocer su amor. Y esto es lo que hoy celebramos, lo que hace este día tan especial, como decíamos desde el principio de nuestra reflexión.

Pues tendríamos que decir que lo que estamos celebrando es esa bendición de Dios que se nos manifiesta en el Niño nacido en Belén, se nos manifiesta en Jesús. Y nos sentimos felices porque aunque nosotros nos consideramos indignos porque nos sentimos pecadores tenemos la certeza del amor de Dios, que vuelve su rostro sobre nosotros, rostro de misericordia y de amor. Es Jesús ese rostro de Dios a quien podemos mirar sin temor en su cercanía. Los antiguos decían que no podían mirar a Dios, más aún decían que ver el rostro de Dios era morir. Pero tenemos que decir que Dios sí quiere mostrarnos su rostro y en Jesús podemos conocer el rostro de Dios, porque es la manifestación más sublime de lo que es el amor que Dios nos tiene.

Y hoy tenemos en cuenta dos cosas, por así decirlo, que se derivan de esta mirada de Dios, de esta bendición de Dios. Por una parte necesariamente hoy tenemos que mirar a María. ‘Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer’, que nos decía san Pablo. Aquellos pastores que se sintieron bendecidos de Dios cuando reciben el anuncio del ángel de que en la ciudad de David les ha nacido un Salvador, siguiendo las señales que les dejó el ángel llegaron a encontrar a aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, junto a su madre.

Queremos nosotros seguir también esas señales y hoy nos encontraremos a Jesús en brazos de María. Por eso la liturgia la celebra este día con el mayor don que Dios le ha concedido, ser la Madre de Dios. De María recibimos a Jesús, porque Dios quiso encarnarse en su seno para nacer entre nosotros y tenemos así la posibilidad de contemplar ese rostro de Dios que se vuelve sobre nosotros con ojos de niño, pero con la mirada amorosa de Dios.

Y la otra derivación es la paz. Hace brillar su rostro sobre nosotros y nos concede la paz. ¿Cómo no vamos a llenarnos de paz desde lo más hondo de nosotros mismos cuando así nos sentimos amados de Dios? La paz que cantaban los Ángeles para todos los hombres que son amados de Dios; esa paz que el mundo necesita, que necesitamos nosotros en lo más hondo de nosotros mismos; esa paz que nos llena de vida y hace posible la vida; esa paz que tiene que hacer de nuestra tierra un hermoso jardín; esa paz que vamos nosotros sembrando con semillas de amor, en múltiples gestos y detalles que tengamos de cercanía y de amistad con los que nos rodean, esa paz que va allanando camino de encuentro haciendo crecer la verdadera amistad, esa paz que tira por tierra los oscuros cortinajes de nuestra intolerancia y de nuestra incapacidad para la comprensión y el perdón.

Mirad, aprendamos a ser bendición para los demás porque sepamos volver también nuestro rostro sobre los que  nos rodean, hagamos que quienes están a nuestro lado se sientan amados para que comience a florecer la paz en sus corazones, seamos siempre verdaderos instrumentos de paz que comienza con una nueva mirada hacia nuestro mundo y cuantos en él habitamos. No son solo bonitas palabras de felicitación lo que tenemos que decirnos hoy, serán nuestros gestos con lo que haremos bendito el año que comienza.

 


miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


lunes, 29 de diciembre de 2025

No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

 


No unas luces tintineantes que parpadean con fecha de caducidad, la luz de la Navidad ha de dejar rastro permanente en nosotros y en nuestro mundo

1Juan 2,3-11; Salmo 95; Lucas 2, 22-35

Todo lo vivido en estos días es mucho más que un juego de luces de colores que con el brillo de sus parpadeos nos llaman la atención aunque sabemos que pronto se difuminarán y se apagarán. Nuestras calles y nuestras casas, nuestros lugares de reunión y de convivencia social se han llenado de parpadeantes luces de colores con sus diversas intensidades – y todo nos parece tan bonito – pero que tienen fecha de caducidad y pronto dejarán de parpadear hasta otra ocasión. Algunos han puesto en ello toda su navidad que así pasará como un soplo por la vida sin dejar ningún rastro.

Pero, como decíamos desde el principio, la luz que encontramos en la navidad es mucho más que todo eso y mucho más hondo. El resplandor de la navidad verdadera no tiene por qué difuminarse hasta apagarse sino que si lo hemos vivido con toda la intensidad del mundo será una luz que nos va a iluminar para siempre. Por algo los profetas hablaban de un pueblo que caminaba en tinieblas pera al que una luz le brilló para renacer a algo nuevo y más vivo.

Hoy contemplamos en el evangelio a un anciano que canta y da gracias a Dios porque sus ojos han podido contemplar ya para siempre luz que nos ilumina. ‘Mis ojos han visto a tu Salvador a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel’.

No tenía él que conocer cuanto había sucedido en torno a este niño desde su nacimiento. Ahora guiado por el Espíritu Santo lo ha reconocido entre tantos que probablemente en aquellos momentos eran presentados al Señor en el templo y siente que ya puede morir en paz, porque todas las promesas y las esperanzas se han cumplido. No sabía él de los pastores a los que se les iluminó la noche de Belén con el coro de ángeles que cantaba la gloria del Señor; no tenía que saber de unos magos venidos de Oriente que guiados por una estrella llegaron a adorar al Niño en Belén. Pero sí tiene certeza de la luz, no de una luz que parpadea y se difumina, sino de la luz que va a iluminar a la humanidad para siempre.

Es lo que nosotros seguimos viviendo y seguimos celebrando. Pero vivirlo y celebrarlo nos compromete. No son luces que pasan y luego dejan de nuevo todo en tiniebla. Es una luz que va a prender en nosotros para convertirnos en luz, una luz que hará brillar nuestros ojos con un resplandor especial, como le estaba sucediendo al anciano Simeón. Dentro de nosotros hay una alegría especial desde que nos encontramos con la luz, desde que nos encontramos con Jesús y en El hemos puesto toda nuestra vida y eso se va a manifestar en el resplandor de nuestro rostro, como a Moisés cuando bajaba de la montaña de contemplar a Dios, y se tiene que reflejar en el brillo de nuestros ojos. ¿No nos hemos fijado en el brillo de unos ojos cuando hay pureza en el corazón y cuando hay alegría en el alma?

Somos ahora nosotros los que tenemos que ir dejando a nuestro paso destellos de luz con esa alegría que nace de lo más hondo de nosotros mismos, pero con esos gestos de cercanía, de amistad que vamos dejando como rastro de nuestro paso al que ya le daremos una alegría y un entusiasmo especial. El testimonio de nuestras vidas, el testimonio de nuestra entrega y amor van a ser faros que iluminen y que hagan orientar el rumbo de los que están a nuestro lado. Cuánto necesita nuestro mundo envuelto en tan tormentosas nubes de esos faros de luz para que nuestra vida no encalle en cualquier bajío, o no se despeñe por cualquier barranco.

Es el testigo de luz que recibimos en nuestra navidad, un testigo de luz que tenemos que ir pasando para que todos se sientan iluminados. Cuánto coraje tenemos que poner para enfrentarnos a esas sombras, pero es el testimonio valiente que los cristianos tenemos que dar.

Es hora de despertarnos, de hacernos verdaderos misioneros y evangelizadores, no nos podemos dejar comer por el ambiente de cansancio de aburrimiento que nos rodea; cuánta desgana, cuánta acomodación, cuánta comodidad, cuánta falta de inquietud encontramos en muchos cristianos a nuestro alrededor que tendrían que ser guías que impulsen nuevas iniciativas; tenemos que ser comunidades más vivas que hagan brotar mil iniciativas para ser verdaderos misioneros en medio del mundo.

 

viernes, 26 de diciembre de 2025

El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

 


El Niño que contemplamos en Belén lleno de los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido

Hechos 6, 8-10; 7, 54-59; Salmo 30; Mateo 10, 17-22

En medio del ambiente de alegría y de fiesta que vivimos en la Navidad, que además se prolonga con toda solemnidad durante toda la semana hasta la octava, para algunos pudiera resultar chocante, por decirlo de alguna manera, por cruentos estos de la Palabra de Dios que hoy se nos proclaman y la celebración de este día primero de la navidad. Se nos habla de sangre, de martirio, y se recogen los anuncios de Jesús de que no iba a ser fácil la vida de sus seguidores.

Sin embargo todo tiene su sentido. No todo es vivir la euforia de un momento de entusiasmo con aires de victoria; tenemos que saber afrontar la realidad de la vida. El mensaje del evangelio no es neutral, aunque tantas veces en nuestra sociedad se nos diga que la Iglesia no tiene que meterse en opiniones sobre los problemas de nuestra sociedad; se nos quiere poner en muchas ocasiones una mordaza, sobre todo por parte de quienes se ven reflejados en la luz de la Palabra que proclama la Iglesia. Ejemplos de ello tenemos muy recientes y los ha habido a lo largo de toda la historia.

La verdad del evangelio no se puede ocultar, el anuncio de algo nuevo para la vida de los hombres con todo lo que tenga que significar de conversión es algo que tiene que estar muy claro en lo que tiene que hacer la Iglesia, en lo que tenemos que proclamar los cristianos. Los paños calientes no llevan a una curación duradera y como se nos dirá en la Escritura santa ‘la verdad nos hace libres’, nos hace encontrar la verdadera libertad.

Por eso no nos han de extrañar las palabras de Jesús y que les escuchemos en medio de toda la alegría y esperanza que suscita la navidad, porque tenemos que estar preparados y fortalecidos para el camino que hemos de realizar. La alegría y la esperanza tienen que estar presente siempre en nuestra vida y en el testimonio que demos como cristianos. Pero sabemos que las piedras pueden llover sobre nosotros.

Por eso hoy la Iglesia nos presenta la figura del primero de los mártires, Esteban, uno de aquellos siete diáconos escogidos en la Iglesia primitiva para servir a los pobres. Su testimonio de servicio va acompañado por el testimonio y valentía de sus palabras que sus adversarios no pueden resistir. Es lo que se nos presenta en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Esteban tiene visión profética y es un verdadero testigo que no puede callar lo que ve y lo que vive. Y da testimonio con su sangre. No vamos a entrar en más detalles porque ya están suficientemente explicados en el texto sagrado.

Nos queda lo que ese testimonio nos está ofreciendo para nuestra vida. Demasiadas veces somos como camaleones que nos queremos ocultar vistiéndonos los mismos ropajes del materialismo y de la sensualidad de la vida que nos rodea. Somos cobardes para testimoniar con palabras claras la verdad que nosotros vivimos y que tenemos que convertirla en buena noticia para el mundo que nos rodea. Muchos son los temores que envuelven nuestra vida, porque no queremos nadar a contracorriente de lo que, como se dice hoy, tiene que ser políticamente correctos. Demasiadas acomodaciones hacemos no mostrando con claridad nuestro carácter, nuestra identidad y nos hacemos como uno de tantos. ¿Es así como pensamos que tenemos que dar testimonio de nuestra fe y de ese mundo nuevo del Reino de Dios que Jesús nos ha proclamado con plan para nuestra vida?

Jesús nos dice en el evangelio al tiempo que nos anuncia esas persecuciones que podamos sufrir que no hemos de temer, con nosotros está su Espíritu que nos dará fortaleza, que nos llenará de sabiduría divina para responder también con nuestras palabras. Escuchemos y hagamos vida en nosotros las palabras de Jesús.

El Niño que contemplamos en Belén lleno de todos los resplandores celestiales estaba recostado en un pesebre cuyas pajas podían ser también punzantes para su tierno cuerpo de recién nacido. Puede ser significativo para comprender mejor el sentido de esta fiesta.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios


 

Contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, quiere hacerse presente Dios a través de nosotros, signos de esa presencia y de ese amor de Dios

Y el Verbo se hizo carne y a campo de entre nosotros... es lo que hoy estamos celebrando y llena de alegría nuestros corazones; no es algo mágico, es la maravilla del misterio de Dios, es el milagro del amor, es Dios que se hace presente entre nosotros; no sólo nos visita porque una visita podría aparecer algo de paso, es algo definitivo porque planta su tienda entre nosotros, vive entre nosotros y con nosotros, camina a nuestro lado, participa de nuestras tareas, continúa la creación del mundo a través de nosotros, es un misterio de amor, tanto nos ama Dios.

¿No es suficiente todo eso para sentirnos los más felices y dichosos del mundo? Por eso la alegría se desborda en Navidad, por eso no dejamos de cantar aunque algunas veces llevemos cosas duras en el corazón; nos sentimos transformados con la presencia de Dios.

Viene para que tengamos vida para hacernos partícipes de su vida para llenarnos de la vida de Dios, para que aprendamos lo que es el amor, para que caminemos con un sentido nuevo para que no solo seamos felices nosotros sino que hagamos felices a los demás.

Y toda esa inmensidad de Dios hoy la contemplamos en lo pequeño, en un niño recién nacido que parece desguarecido, allá acunado en un establo; que viene a compartir nuestro frío porque viene a darnos calor, porque viene a regalarnos amor, porque viene a levantarnos de nuestra pequeñez y nuestra pobreza porque viene a hacernos un hombre nuevo a darnos una vida nueva.

 Disfrutemos de la Navidad, gocemos la Navidad pero con otro sentido, no nos quedemos en lo superficial, vayamos al misterio de Dios que nos llena, que nos inunda, que transforma nuestra vida, que nos hace grandes.

Por eso somos los más felices del mundo, queremos con nuestro amor, con nuestro gestos, con nuestros detalles, con nuestra cercanía llevar esa felicidad a los demás, para que todos puedan llegar a descubrir ese misterio de Dios, ese misterio de amor; para que todos puedan comenzar a caminar en ese mismo amor.

No son necesarias muchas palabras, simplemente contemplemos el misterio que se desarrolla en Belén, el misterio que podemos ver desarrollarse en nuestra vida, el misterio que está también en los que están a nuestro lado. que lo contemplamos en los pobres, en los que sufren, en los que se sienten solos, en los abandonados; ahí quiere llegar Dios; ahí quiere hacerse presente Dios pero quiera hacerse presente a través de nosotros, tenemos que ser signos de esa presencia y de ese amor de Dios.

 Por eso Navidad no se queda en unos sentimientos o unas alegrías momentáneas de un día; la vida que es presencia de Dios tiene que ser cada día; tenemos que llevarlo a nuestra vida de todos los días, tenemos que llevarla a aquellos que están a nuestro lado, porque queremos hacer presente todo ese misterio de amor de Dios que está con nosotros.

Hagamos asi cada día feliz Navidad

 

miércoles, 24 de diciembre de 2025

Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

 


Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

2Samuel.7, 1-5. 8-11.16; Sal. 88; Lucas 1, 67-79

Estamos en la mañana del último día del Adviento y aunque ya todo nos trae como en adelante la música que va a sonar en esta próxima noche, que llamamos nochebuena por el nacimiento de Jesús me quedo aun en el texto que nos ofrece la liturgia en esta mañana que viene a culminar todo lo que ha sido la inmediatez del nacimiento de Jesús con el cántico de Zacarías tras el nacimiento de Juan.

Todo son bendiciones y alabanzas de la misma manera que estos días nos adelantamos con felicitaciones navideñas por lo que vamos a celebrar. Proféticamente siente Zacarías todo lo que significa el nacimiento de su hijo al que ha querido llamar Juan. Recordamos cómo las gentes se preguntaban qué iba a ser de aquel niño por todo cuanto en su nacimiento estaban contemplando. ‘El Señor, Dios de Israel, ha visitado y redimido a su pueblo’ proclama el sacerdote Zacarías. Lo anunciado por los profetas tiene su cumplimiento, ‘según lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas… ha suscitado una fuerza de salvación, que nos libra de nuestros enemigos’, con la que se realiza la misericordia de Dios que siempre se había manifestado con su pueblo, recordando la santa Alianza.

Bendice Zacarías a Dios, en cuya presencia se siente, de cuya misericordia se siente envuelto; Dios también había puesto sus ojos en él y el que Dios escuchara su oración, como le había dicho el ángel cuando la ofrenda del incienso allá en el templo era una manifestación de la misericordia divina; no eran sus méritos sino el amor misericordioso de Dios el que le había dado aquel hijo que iba a ser ‘el profeta del Altísimo’ para ir delante del Señor preparando sus caminos, anunciando al pueblo la salvación y el perdón de los pecados.

‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.

¿Será eso en verdad lo que bulle en nuestro corazón en esta inmediatez de la celebración de la Navidad? Así tenemos nosotros que estar cantando y bendiciendo a Dios. Ese era el sentido tan bonito que tenían aquellas misas de luz que en esta semana inmediata a la nochebuena celebrábamos con tanta alegría en nuestros pueblos en otros tiempos. Ese canto del primer villancico anunciando el nacimiento de Jesús en Belén que sonaba en nuestras noches o en nuestras madrugadas llamando a las misas de Luz era algo muy hermoso que por la imposición de las carreras de la vida moderna hemos pedido, al menos en mi tierra. Sé como en otros lugares se conservan las posadas para recordar esa peregrinación de María y José hasta Belén, o las novenas del niño Dios como ambientación y preparación de las familias y los vecinos que se celebran en algunos sitios son cosas bien hermosas.

Nos queda prepararnos y no solo estar preocupados por la cena familiar y la fiesta, con todo el sentido bonito que puede tener, o los regalos que ahora nos trae un viejito vestido de rojo, sino pensar en el gran regalo que vamos a recibir en esta próxima noche si en verdad dejamos que Jesús nazca en nuestro corazón y con ello nazca más y mejor en nuestro mundo.

¿Qué señal vamos a dar de que recibimos la visita de nuestro Dios que llega a nosotros con su misericordia y su salvación?

sábado, 20 de diciembre de 2025

Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

 


Como María hemos de sentirnos agraciados de que Dios quiere contar con nosotros para seguir haciéndose presente en nuestro mundo

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Lucas 1, 26-38;

Ya me las arreglo yo. Lo habremos dicho en más de una ocasión en que alguien se ha ofrecido a ayudarnos a realizar aquel trabajo, a sacar adelante aquel proyecto en el que hemos puesto mucha ilusión, pero queremos hacerlo por nosotros mismos, mostrar que somos capaces y podemos, ¿quizás no queremos estar agradecidos porque otros nos echaron una mano y pudimos sacarlo adelante? Tengo un amigo que siempre anda agobiado por todo el trabajo que tiene; es cierto que es un trabajo fruto de sus ideas y su ingenio, pero sería un trabajo en que echar mano de otras personas que realicen su parte y entre todos, en equipo, podrían incluso sacarlo mejor adelante. Pero quiere hacerlo él porque piensa que al fin todo luego tiene que pasar por su supervisión. Y no hay manera. Pero sucede en muchas cosas y aspectos de la vida y a muchas personas.

Por lo que hoy escuchamos en el evangelio parece que Dios no quiere trabajar de esa manera en solitario. Quiere contar con nosotros, quiere contar con esa humanidad que ha creado y por la que lo está haciendo todo cuando nos ofrece un camino de salvación.

¿No es eso lo que realmente estamos escuchando en el evangelio hoy? Dios, que desde siempre había prometido un salvador, promesa repetida a través de los profetas – colaboradores de Dios, también tendríamos que decir - a lo largo de todos los tiempos cuando llega el momento de la plenitud de los tiempos quiere contar con María. Lo hemos escuchado hoy en el evangelio, el ángel del Señor viene de parte de Dios, podíamos decir, que a pedir el consentimiento de María.

Nos conocemos más que bien el diálogo pues es un pasaje del evangelio escuchado un millón de veces. Viene el Ángel del Señor a ofrecerle a María el plan de Dios. Dios se ha fijado en ella, quiere contar con ella para encarnarse en sus entrañas. Aun con las ansias de todo buen judío de la pronta venida del Mesías – esa era su súplica constante – pareciera que a María se le trastocan todos sus planes. María medita, considera, duda y pregunta, pero María se siente en las manos de Dios. Se siente superada en todos los sentidos por el Misterio que siente que la inunda. Luego cantará en su acción de gracias que el ‘poderoso se ha fijado en la pequeñez de su esclava y ha realizado obras grandes’, pero María dirá sí al plan de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, responderá finalmente al ángel.

Estamos escuchando y meditando este evangelio ya en la cercanía de la Navidad. Poder celebrar la Navidad del Señor es una gracia de Dios, es un regalo del Señor. Tenemos que sentirnos agraciados, como María se sentía agraciada porque Dios había puesto sus ojos en ella. ‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel. Igualmente nosotros tenemos que decir, porque Navidad significa que Dios sigue pensando en nosotros que en nosotros quiere hacerse presente. Ya nos dirá el evangelio en otro lugar que ‘tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo Unigénito’. Es el amor que Dios nos sigue teniendo y al que hemos de corresponder, es la gracia que Dios quiere tener con nosotros por la que en verdad tendríamos que sentirnos más agradecidos.

Pensar en todo esto nos tiene que hacer reflexionar sobre nuestra manera de celebrar la Navidad. Porque cuidado que celebremos navidad pero sin Navidad; celebremos navidad porque nos metamos en ese ambiente de fiesta, de luces, de adornos, de fiestas pero realmente no estemos dejando a Dios hacerse presente en nuestra vida. ¿Cuántas veces celebramos una fiesta de navidad muy familiar y de mucha alegría pero en ningún momento hemos tenido un tiempo para considerar el misterio que estamos celebrando? Nos hace mucha más gracias la llegada del papá Noel con sus regalos, que el Dios que viene a morar en nosotros y con nosotros dándonos el mejor regalo de su amor.

¿En verdad nos sentiremos agraciados de Dios al celebrar Navidad, más llenos de la gracia de Dios para hacerlo más presente en nuestra vida y nuestro mundo? Habría que ponerse a pensar. De muchas maneras querrá hacerse presente en nuestra vida, dejémonos sorprender porque nos podrá llegar de la forma que menos pensemos. Y no olvidemos que Dios quiere contar con nosotros y en nosotros realizará cosas grandes.

martes, 7 de enero de 2025

Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

 


Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras, que tras la celebración de la navidad no haya un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades

1Juan 3, 22 – 4, 6; Salmo 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

‘La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, puso su tienda entre nosotros…’ hemos escuchado repetidamente estos días en que venimos celebrando el misterio de la Navidad. Aunque aun estamos dentro del ciclo de la Navidad hasta el próximo domingo en que celebraremos el Bautismo del Señor, ya en el evangelio nos van apareciendo esos primeros momentos de la predicación de Jesús. Hoy nos habla de que Jesús se estableció en Galilea, la tierra de Zabulón y Neptalí, haciendo referencia a las distintas regiones de Palestina donde se fueron estableciendo las distintas tribus que conformaban el estado de Israel.

Pero hay algo importante. Nos habla de que al establecerse Jesús en aquellos lugares fue como si una nueva luz maravillosa los iluminara. Recuerda el evangelista los anuncios de los profetas que hablaban de aquel pueblo que habitaban en tinieblas y sombras de muerte y una luz les brilló. El evangelista esta aplicando esa profecía al comienzo de la predicación de Jesús, al que acudían de todas partes, no solo en este caso de Galilea donde se estaba desarrollando la actividad de Jesús que se había establecido en Cafarnaún, sino que acudían de todos los lugares, multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Transjordania, que le traían a sus enfermos y a sus poseídos por espíritus inmundos, paralíticos y lunáticos, para que Jesús los curara.

Eso significaba la presencia de Jesús, esa luz que brillaba en la tiniebla, aunque muchas veces la tiniebla la rechazara, no quisiera recibirla, como ya nos decía el principio del Evangelio de Juan, pero que contemplaremos a lo largo de todo el evangelio.

¿Serán también momentos de luz los que nosotros los cristianos estamos viviendo en este momento con el anuncio del evangelio de Jesús? Es cierto que en la pasada Navidad todo se ha llenado de luces en nuestras vidas, en nuestros ambientes, en nuestros hogares, en nuestras calles, pero ¿habremos dejamos que la luz de Jesús haya iluminado de verdad nuestras vidas? ¿Serían solo luces parpadeantes que pronto perdieron su intensidad y dejaron de alumbrar? Se nos agotan las pilas y baterías, se agota la luz acumulada en las placas solares que quieren mantener encendidas nuestras luces y pronto se apagan. Lo habremos experimentado cuando hemos encendido las luces de nuestras ventanas y pronto dejaron de funcionar. ¿Será para nosotros como un ejemplo, como una parábola de lo que nos sucede y de lo que no tendría que sucedernos?

Los cristianos no podemos iluminarnos por luces parpadeantes que pronto pierden su energía, tenemos que buscar la luz verdadera, tenemos que dejarnos en verdad iluminar por esa luz de Jesús que nunca nos defraudará. Así tenemos que cuidar nuestra fe, así tenemos que saberla alimentar, así tenemos que dejarnos empapar por esa luz del Evangelio, así tenemos que cuidar nuestra escucha, nuestra atención, pero también la manera en que nosotros vamos a ser esos trasmisores de luz para los demás. Es lo que El nos ha confiado, es la luz que ha puesto en nuestras manos, que recibimos en el bautismo y que tenemos que mantener encendida para ir al encuentro con el Señor. No podemos permitir que las tinieblas ahoguen esa luz, ahoguen nuestra fe; es una tentación que continuamente sufrimos porque hay muchas falsas luces que nos hacen candilejas y nos confunden.

¡Qué lástima que pase el esplendor de la navidad y de nuevo nos quedemos a oscuras! ¡Qué lástimas que tras la celebración cristiana de la navidad no hay un renacer de la vida de fe de nuestras comunidades! ¡Qué lástima que en nuestras comunidades no veamos ese relevo generacional que normalmente tendría que haber para ver cómo otras manos jóvenes toman esa luz en sus manos para seguir iluminando nuestro mundo! ¿Qué es lo que estamos haciendo los cristianos? ¿Dónde está esa urgencia que tenemos que sentir en nuestro corazón para realizar una nueva evangelización de nuestro mundo?

martes, 31 de diciembre de 2024

El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

 


El verdadero creyente tiene que hacer navidad cada día, porque cada día se ve envuelto por la presencia de Dios que llena de su luz su vida y su mundo

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

 ‘En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio junto a Dios…’ Estamos escuchando el principio del evangelio,  el primer anuncio, en esta semana de la octava de la navidad que estamos culminando pero en las circunstancias sociales que vive nuestra sociedad en el final del calendario del año y comienzos de un año nuevo. Podemos encontrarle un sentido y puede ser una luz también ese camino que cada día vamos realizando.

Este anuncio de evangelio de luz que quiere brillar en las tinieblas pero que no siempre las tinieblas no se dejan eliminar por esa luz; nos habla de su venida hasta nosotros, pero que nosotros nos siempre hemos querido recibir. En estos momentos de finales de año nos vendría bien recordar nuestra historia, la historia que hemos vivido en este año, la historia de Dios en nuestra vida que siempre es una historia de salvación, porque siempre está la oferta de Dios a la que contraponemos nuestra respuesta.

Podemos recordar, tendríamos que recordar de cuantos signos y señales nos ha rodeado el Señor de su presencia a lo largo de este año, de los acontecimientos que hemos vivido, como de cada paso que hemos dado. Nos siempre nos es fácil hacer estas recapitulaciones sobre todo porque nos duele recordar nuestras sombras, las sombras que hemos ido interponiendo a esas señales de Dios; no siempre hemos sabido entrar en la sintonía de Dios, ha habido momentos en que le hemos dado la espalda, no nos hemos querido enterar de esas señales, hemos preferido nuestros camino aunque buscando caminos fáciles sin embargo se nos han hecho escabrosos.

Nos suele pasar cuando dejamos que predomine en nosotros el egoísmo, el pensar solo en nosotros mismos o en nuestros intereses, cuando nos hemos dejado arrastrar por nuestros orgullos o nuestras autosuficiencias y no hemos querido escuchar la voz de Dios, no hemos querido estar atentos a esas señales de Dios. Ahí están y son nuestra historia con la que tenemos que contar. Forma parte de nuestra vida que tenemos que redimir, en la que tenemos que saber ver la obra de salvación de Dios en nosotros.

Es también el repaso que hemos de hacer con corazón agradecido y queriendo que todo haya sido siempre para la gloria de Dios. Nos hemos sentido en muchos momentos de nuestra vida iluminados por su luz, hemos sabido también escuchar su llamada y podemos tener la satisfacción de las cosas buenas que hemos realizado. Todo siempre para la gloria de Dios. Son los pasos de vida que hemos ido dando, esa nueva profundidad espiritual que le hemos ido dando a nuestra vida, ese amor que hemos ido regalando, ese granito de arena que hemos ido poniendo también en el crecimiento del Reino de Dios, ese bien que hemos ido haciendo calladamente a los que están a nuestro lado. Ha brillado también la luz en nosotros y la hemos hecho brillar, aunque no haya sido lo suficiente, en el mundo que  nos rodea. Tenemos que dar gloria a Dios por ello que nos dio su gracia para que pudiéramos realizarlo.

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Así nos sentimos nosotros. Así hemos hecho navidad en nuestra vida. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. 

Es lo que hemos venido celebrando en estos días. Es lo que ha hecho Navidad. Es el verdadero sentido y valor de estas fiestas. Pero es lo que tiene que hacer navidad cada día del año. Es la tarea del verdadero creyente.

miércoles, 25 de diciembre de 2024

No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

 


No solo digamos feliz navidad sino que hagamos una feliz navidad porque en Jesús nosotros y nuestro mundo encontramos una nueva salvación

Isaías 52, 7-10; Salmo 97; Hebreos 1, 1-6; Juan 1, 1-18

Con palabras nos comunicamos, expresamos lo que queremos y deseamos, expresamos lo que somos, nuestros pensamientos o nuestros recuerdos, lo que buscamos y lo que es la sabiduría de nuestra vida. Hay palabras que recibimos y que son grito de atención, se convierten en luz de nuestro camino, nos dan respuesta a nuestras ansias, nos hacen entrar en nosotros mismos y nos dan un sentido a lo que somos y lo que hacemos, nos hacen entrar en relación con los demás o son como escalera que nos llevan en continua ascensión; pero también hay silencios que se convierten en palabras que nos hablan dentro, que nos hacen rumiar nuestro saber o lo que nos haya sucedido, nos hacen trascendernos a nosotros mismos o se convierten en camino de plenitud.

Estamos hablando de las palabras que nos hacen entrar en comunicación con el otro o que nos trascienden hasta Dios, pero podemos pensar en la Palabra que nos viene de Dios, o en Dios que se hace Palabra y viene a nosotros y nos quiere hacer entrar en caminos de plenitud. Me atrevo a decir que es lo que hoy estamos celebrando, me atrevo a decir que eso es Navidad. Es revelación de Dios, es como nos dice hoy el evangelio ‘Palabra que se hace carne y planta su tienda entre nosotros’. Es el Misterio de la Navidad. Es la Palabra que no solo hemos de oír sino plantar en lo más hondo de nosotros mismos, es la Palabra de vida, es la Palabra que es Luz, es la Palabra que es Salvación.

Es el misterio de Dios que contemplamos hoy en Belén. No nos quedamos en un pesebre ni solo en unos pastores, no nos quedamos en esa escena aunque con atención y devoción contemplamos. Es una contemplación que hoy tenemos que hacer para no quedarnos ni en la anécdota ni en lo accidental. Para que nuestra alegría sea completa, para que no nos empañe ninguna tristeza ni añoranza, para que el ruido de la fiesta – que también tenemos que hacer – no nos ensordezca ni nos distraiga de lo que tiene que ser lo principal de la Navidad.

Estamos sintiendo que Dios llega a nosotros, es Palabra que se nos revela para que descubramos todo el misterio de Dios, pero es Palabra que nos revela también el sentido y el valor de nuestra vida; es Palabra que nos trae descanso y esperanza en medio de nuestras fatigas y nuestras luchas y se convierte en luz para nuestro camino; es Palabra que nos hace encontrarnos mejor a nosotros mismos, pero que nos abre de manera distinta a los demás, que pone una nueva claridad en nuestros ojos para mirar de manera distinta, para comprender mejor el valor de cada persona, para entender el sentido de la vida y de lo que tenemos que hacer.

Hoy es día de salvación. ‘En la ciudad de Belén nos ha nacido un Salvador’, como anunciaban los ángeles a los pastores. Y ese es el motivo de nuestra alegría porque con el que nos ha nacido en Belén toda nuestra vida tiene un sentido nuevo, tiene un valor nuevo; a partir de quien ha nacido en Belén nosotros tenemos que ser distintos porque alejamos de nuestro corazón toda amargura y porque nuestras relaciones con los demás van a ser distintas. Es la salvación que el que ha nacido en Belén nos ha venido a traer.

Navidad tiene que ser para nosotros un momento único e irrepetible, un arranque para algo distinto, un comienzo de algo nuevo en nuestra vida. No podemos decir que celebramos navidad con toda intensidad y luego sigamos siendo los mismos con nuestras rencillas y nuestras violencias, con nuestros orgullos y vanidades, manteniendo las mismas distancias y discriminaciones con los demás, la misma insensibilidad ante los problemas de los demás o del mundo que nos rodea, conservando el odio y el rencor en el corazón, siguiendo encerrados en nuestro egoísmo.

Si sucediera así, por mucho que hayamos cantado en navidad, porque muchas palabras bonitas que nos hayamos dicho, por muchas comidas y fiestas de navidad que hayamos celebrado, no habría habido navidad en nuestra vida. Es triste decirlo, pero todo ha sido una superficialidad y una vanidad. Por eso no podemos celebrar navidad de cualquier manera. Navidad es mucho más que una cena familiar que celebremos algunas veces por compromiso o solo por tradición si luego no seguimos siendo familia de verdad cada día y en cada circunstancia. Tenemos que hacer que esa Palabra de verdad plante su tienda en nosotros, y con esa Palabra plantada en nuestro corazón entonces nuestra vida sería distinta, habría habido de verdad navidad en nosotros.

‘Y la Palabra se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Que se note en nuestra vida, que se note en nuestro mundo que ha habido unos cristianos han celebrado de verdad navidad, porque a partir de hoy nosotros, nuestro mundo será distinto y mejor. No es solo decir ‘Feliz Navidad’, sino que es muy importante hacer Navidad para que entonces el mundo sea más feliz y con una felicidad duradera. Es la salvación que nos trae la Navidad.

martes, 24 de diciembre de 2024

Nos quedan unas horas para llegar a la nochebuena, pensemos seriamente el recorrido que hacer para que sea verdadera Navidad, auténtica encrucijada para nuestra vida

 

Nos quedan unas horas para llegar a la nochebuena, pensemos seriamente el recorrido que hacer para que sea verdadera Navidad, auténtica encrucijada para nuestra vida

Isaías 9, 1-6; Salmo 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

Hay caminos que se entrecruzan y que en una primera impresión nos parecen de locura; unos que caminan en una dirección y otros en la opuesta, parecería que nos chocáramos y fuera difícil encontrarnos y entendernos. Pero realmente son encrucijadas que se convierten en punto de partida, en punto desde el cual podemos encontrar la dirección y el sentido del camino que queremos realizar, punto en el que finalmente se encauza todo ese tráfico para hacer que luego el recorrido tenga una verdadera fluidez.

¿Será ese punto de la historia que tiene por centro del nacimiento de Jesús como en este día celebramos? Por algo en algún momento de la historia centramos el calendario precisamente a partir del nacimiento de Jesús, más allá de los errores de cálculo que pudiera haber al señalar ese punto cero de la historia para decir antes de Cristo o después de Cristo. Pero me pregunta es algo más y ya es haciendo referencia a lo que en este momento nosotros estamos celebrando y lo que tiene que ser su sentido. ¿Nos encontraremos hoy también en una encrucijada de la historia y de la vida donde tendremos en verdad que encontrar esa dirección que necesitamos? Creo que una verdadera celebración de la navidad tendría que ir por ese planteamiento.

¿Qué nos ofrece realmente el mensaje de la navidad? ¿Qué es lo que realmente busca el hombre al menos en ese día a día de nuestra vida? Queremos paz pero vivimos en un mundo convulso de guerras y violencias. Queremos bienestar y felicidad pero estamos pensando en una carrera por la posesión de cosas o por el poder, y poder será tener influencia, poder será quizás poderme sentir por encima de los otros, y poder es querer disponer de todo lo que me pueda satisfacer de la manera que sea, y poder se convierte en ambición y en vanidad que me envuelve de superficialidad, y poder es decir que somos libres pero no pensando en lo que sea mejor para todos sino solo mejor para mi mismo, y poder es una autosuficiencia que al final me aísla o me endiosa creando barreras y abismos en mi derredor para que nadie me moleste o me inquiete con sus problemas.

Pero cuando con sinceridad, con espíritu abierto nos acercamos a la navidad, no la que imaginamos, sino la que realmente tuvo su origen en esa cueva de Belén que tanto contemplamos en estos días otra cosa será lo que nos encontremos. Un matrimonio pobre que ha tenido que desplazarse por el capricho de un gobernante que quería hacer un censo y que no teniendo donde cobijarse porque nadie le ofrece posada, se refugiará en un establo de animales en las afueras de Belén, unos humildes pastores que pasan al raso la noche en aquellos campos cuidando de sus ovejas o ganados, la pequeñez y humildad de un niño que no tendrá una cuna en su nacimiento sino el humilde pesebre comedero de unos animales.

Y ahí escucharemos un mensaje. Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador… y se les dará una señal, encontrareis un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Y en torno aparecerá el resplandor de la gloria de Dios que cantan los ángeles anunciando la paz para los hombres a los que Dios ama.

¿Cómo encajamos este cuadro de Belén que para nosotros es Evangelio, es una buena noticia como la que dan los ángeles a los pastores, con aquellos deseos de la humanidad que tenemos en estos mismos momentos? Y nos atreveremos a decir que este momento es encrucijada de la historia, tiene que ser encrucijada para nuestra vida.

Ese es el gran misterio de la Navidad, no solo de la que recordamos y queremos celebrar de lo acaecido hace más de dos mil años en Belén, sino que es, tiene que ser el misterio que hoy celebramos y que tenemos que hacerlo en su cruda realidad. Porque emigrantes como María y José seguimos encontrándonos a cada paso; gente que no tiene posada, que se ha quedado sin nada, o a los que vemos en los lugares más humildes, si abrimos los ojos nos estarán saliendo continuamente al paso; personas que viven en el frío de la soledad, que no son tenidos en cuenta porque no son de nuestra condición, a los que no valoramos o de los que desconfiamos en las calles del Belén de nuestra vida, de lo que sucede a nuestro alrededor nos vamos a encontrar muchos; y podemos seguir hablando de las violencias de la vida que no son solo las guerras sino también las que tenemos con los que están a nuestro lado y con los que no nos hablamos o ante quienes pasamos indiferentes, son el padrenuestro de cada día.

Y ahí en medio tenemos que celebrar Navidad hoy. Ahi viene Dios en el hoy de nuestra vida y nos ofrece un evangelio de salvación. Este momento que vivimos tendría que ser en verdad una encrucijada para nuestra vida, porque de este momento de la navidad no podemos salir de la misma manera, con la misma insensibilidad e indiferencias, con las mismas barreras y abismos que nos hemos creado. Algo nuevo tendría que comenzar en nuestra vida.

¿Qué vamos a hacer de nuestra navidad? ¿Solo unas palabras bonitas que nos decimos para felicitarnos y que se van a quedar en flor de un día que pronto se marchita o luz parpadeante que pronto se apaga?  ¿Llegaremos a sentir esa presencia de Dios que viene con su salvacion a ese mundo en que vivimos?

Nos quedan unas horas para llegar a lo que llamamos la nochebuena, pensemos seriamente el recorrido que aun tenemos que hacer para que sea verdaderamente Navidad, auténtica encrucijada para nuestra vida. Esa buena noticia que hoy escuchamos, ¿transformará realmente lo que son esos deseos de nuestra vida?

sábado, 21 de diciembre de 2024

Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

 


Alegría de la próxima navidad que nos pone en camino de fe y alabanza, de servicio como respuesta a la acción de Dios, de realización de una misión

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Salmo 32; Lucas 1, 39-45

En nuestros ambientes todo suena a fiesta y alegría en estos días. Músicas que nos encantan y quieren despertar nuestros mejores sentimientos con recuerdos, es cierto, que en ocasiones se llenan de melancolía, luces que parpadean invitándonos a poner color en la vida, invitaciones que quieren significar encuentros festivos que quieren amasar compañerismo y amistad, palabras de felicitación que nos entrecruzamos, decimos, con los mejores deseos.

Una alegría que para muchos significa tirar la casa por la ventana, una alegría que a veces muy envuelta de consumismo aunque lo queremos disimular con que son regalos de amistad, una alegría que sin embargo algunas veces quiere ocultar ciertas sombras que llevamos en los ojos o en el corazón – los ojos son reflejo de lo que llevamos o no llevamos en el corazón – y que nos preguntamos si es verdadera y auténtica.

Decimos, que es alegría, porque es navidad. Pero, ¿Dónde está de verdad el sentido de esa navidad? ¿Aparecerá detrás de esa fiesta y de toda esa alegría que queremos manifestar y expresar? Aunque parezcan mis palabras como un jarro de agua fría, creo que tendríamos que entrar en una honda de sinceridad y hacernos las preguntas sin miedo.

Los cristianos que queremos prepararnos a fondo para esa celebración de la navidad hemos ido dejándonos conducir por la Palabra de Dios que a lo largo del Adviento se nos ha venido proclamando para encontrar ese hondo sentido de nuestra fiesta, que no se quede en recuerdos melancólicos, como para muchos es navidad.

Ahora ya en esta semana inmediata hemos ido siguiendo el texto del inician de los evangelios de Mateo y de Lucas. Hoy se nos presenta el relato del camino de María desde Nazaret a la Montaña a casa de su prima Isabel, de la que ha tenido María conocimiento a través del ángel de su embarazo y cercano nacimiento de su hijo.

María sorprendida en la aparición del ángel con el anuncio de que iba a ser la Madre de Dios y con conocimiento de lo que sucedía también en las Montañas de Judea en casa de Zacarías e Isabel, corre presurosa, como nos dice el evangelio, para estar allí al lado de su prima. La alegría que desbordaba en María por el misterio de Dios que en ella se estaba gestando y realizando no la encierra en si misma sino que corre presurosa para el servicio allí donde una mujer joven podía mejor prestarlo.

Pero contemplamos también la alegría de Isabel al recibir a María; inspirada por el Espíritu del Señor conoce Isabel la importancia de aquella visita. Quien ante ella estaba era la madre de su Señor, la madre de Dios. Desborda de gozo Isabel y su alegría le conduce a la mejor confesión de fe. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ Todo se vuelve bendiciones y alabanzas. Ha llegado a su casa la agraciada de Dios – recordamos lo que le había dicho el ángel a María, ‘has encontrado gracia ante Dios’ – e Isabel la bendice y la llama dichosa por su fe, porque ‘todo lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’.

Pero no se quedan ahí los sones de alegría de aquellos momentos. ‘En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Es también la alegría del que iba a ser el precursor del Mesías, del que venía ‘a preparar los caminos del Señor preparando para Dios un pueblo bien dispuesto’. Una alegría que recuerda lo que es la gloria del Señor pero una alegría que también pone en camino, como lo había hecho con María, para cumplir una misión.

La presencia de María, verdadero sagrario de Dios, en aquellos momentos estaba confirmando la misión del Bautista. Los saltos de alegría en el vientre de su madre eran anuncio de que se sentía en la presencia de quien venía como Salvador, pero era comienzo de algo que se iba a extender más allá de aquellas montañas de Judea. Como luego escucharemos la gente se preguntaría que sería de aquel niño en quienes tantas señales de Dios se estaban manifestando, pero era como un adelanto del anuncio que allá en el desierto junto al Jordán habría de realizar.

Alegría cuando sentimos el misterio de Dios en nuestra vida que nos tiene que llevar necesariamente a ponernos en camino, un camino de servicio, un camino de fe y de alabanza, un camino para realizar una misión. ¿Será así la alegría de nuestra navidad?