Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta hondura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hondura. Mostrar todas las entradas

lunes, 6 de abril de 2026

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

 


Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida hondura espiritual, nos sentiremos seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; Mateo 28, 8-15

No todos reaccionamos de la misma manera, porque no todos tenemos la misma visión de la vida, nos hemos ido construyendo dentro de nosotros unos andamios sobre los que queremos sostener lo que construimos, nuestra existencia, según las bases que hayamos puesto en esos andamios de pensamiento, por decirlo de alguna manera. Son esos principios de vida que podamos tener, pero viene sostenido por las distintas experiencias que hayamos vivido que van a marcar el color de nuestro pensamiento.

Pongamos el ejemplo de un accidente, por decir algo, aunque todos lo hayamos presenciado igual o se nos refieran las mismas circunstancias en que acaeció sin embargo nuestra reacción será distinta, desde el que inmediatamente porque piensa en unas personas que pueden estar sufriendo las consecuencias se dispone a ayudar, a prestar auxilio, pero bien podemos ver el que se queda como mero espectador observando a ver en qué acaba aquello que ya habrá otros que socorran, pero también el que desde una postura negativa dirá que bien se lo merecían porque hay muchos locos que no saben ni por donde andan, o quizá cuando me pasó algo semejante a mí nadie me ayudó; reacciones positivas, reacciones negativas, gentes que se preocupan por la personas, gentes que entran en el juicio y la condena fácil.

Algo así estamos viendo en esta página del evangelio en torno a la resurrección de Jesús, según lo que había en el corazón de aquellas distintas personas. Unas mujeres – eran las que andaban siempre con Jesús – en medio del dolor que había significado la muerte de Jesús y no poder embalsamar debidamente a la hora de su sepultura, cuando ya pueden moverse porque ha pasado el sábado acuden con el deseo de dar cumplimiento a aquellos ritos funerarios; eran personas que habían puesto su fe en Jesús y en sus palabras y algo de esperanza a pesar del dolor podía quedar en su corazón; su sorpresa fue grande al encontrarse el sepulcro vacío y con cierto temor en el alma corren porque han de llevar la noticia a los demás discípulos.

Y Jesús les sale al encuentro, se sorprenden y se llenan de alegría de manera que querrán abrazar los pies de Jesús. Pero Jesús les deja un mensaje, un mandato, han de ir, sí, a anunciarlo a los discípulos pero a decirles que vayan a Galilea que allí le verán. Aquellas mujeres no se esconden como no se han asustado en exceso por la tumba vacía que han encontrado. Ellas venían haciendo un camino de amor y un camino de fe que ahora se va a ver enriquecido con la presencia de Jesús que les sale al encuentro. ¿Cuáles serán los caminos que nosotros hemos venido haciendo para llegar a esta Pascua? ¿Habremos sentido en verdad que Jesús nos está saliendo al encuentro?

Pero hay otro lado del evangelio más oscuro. Los guardias que habían puesto los sumos sacerdotes para custodiar el lugar también se encontraron con la sorpresa de la tumba  vacía porque Cristo había resucitado, pero ¿cuál fue su reacción? Empecemos por tener en cuenta que su presencia allí no estaba por la fe sino por la desconfianza, y cuando ponemos esos cimientos en lo que hacemos o en nuestros razonamientos poco podremos abrirnos al misterio de la fe, al misterio del Dios que se nos revela. Era el temor con que ellos acudieron a los sumos sacerdotes para transmitirles la noticia pero en la que de ninguna manera aceptaban el hecho de la resurrección; entraron luego en el juego de los sobornos y de la manipulación para decir solo lo que los sumos sacerdotes querían que se dijese, que los discípulos habían robado el cuerpo de Jesús. En cuántas redes de manipulaciones caemos en la vida cuando no hay una verdadera rectitud interior.

Nos vienen bien estos contraluces porque nos ayudarán a calibrar bien nuestra fe y nuestra vida queriendo darle esa profundidad que necesitamos. Esa rectitud interior por una parte, pero también esa apertura de nuestro corazón al misterio de Dios que se nos manifiesta. Será también lo que va a motivar mejor o peor nuestras propias celebraciones que cuando no tenemos esa necesaria profunda espiritualidad nos quedaremos en superficialidades, caeremos por la pendiente de las rutinas y la tibieza espiritual que no sabemos bien a donde vamos a llegar, que no será a nada bueno.

Cuidemos nuestro espíritu, cuidemos nuestra fe, démosle a nuestra vida esa hondura espiritual que podrán venir las borrascas que sean que nos sentiremos siempre seguros en nuestra fe, alegría verdadera para nuestra vida.


martes, 10 de febrero de 2026

Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

 


Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón

1 Reyes 8, 22-23. 27-30; Salmo 83; Marcos 7, 1-13

Solemos decir que la repetición de algo, aunque en principio nos cueste o incluso nos disguste, terminará por habituarnos a lo que hacemos e incluso a tomarle gusto. En el aprendizaje de muchas cosas muchas veces este es el método, la forma de aprender a hacerlo; y de ahí pueden nacer las costumbres que en fin de cuentas no es sino repetición de lo que nos han enseñado o trasmitido, que entonces se convierten en tradiciones de nuestra vida.

¿Es este el método ideal? Creo que habría que utilizar más el razonamiento, nuestra inteligencia y el gusto por lo que hacemos, porque también al final por mucho que sean buenas esas cosas pueden convertirse en una rutina sin sentido ni valor. ¿Por qué haces esto? la respuesta fácil es decir porque siempre se ha hecho así. Pero ¿qué sentido tiene eso que estás haciendo? ¿Qué significa en tu vida? ¿Qué valor tiene? Muchas veces esas cosas ni las planteamos, no buscamos la raíz, la razón profunda, simplemente al final repetimos.

Mucho cuidado hemos de tener con las tradiciones y las costumbres. Muchas veces gastamos esfuerzos enormes en recuperar esas tradiciones, que quizás como algo folclórico podrían estar bien, pero ¿qué valor y sentido tiene eso hoy? ¿Qué sentido le da eso a mi vida? ¿Será algo que realmente vivo o solamente algo que repito? Y esto tendría que estar también en el punto de mira de muchas de nuestras prácticas religiosas, a las que vamos simplemente por cumplir. No digo que no sean válidas, pero la cuestión es vivir no simplemente cumplir. ¿Serán así nuestras oraciones? ¿Será así nuestra participación de la vida? ¿Será así la recepción de los sacramentos? No vengo a echar abajo todas esas cosas, sino que nos planteemos nosotros allá en lo más hondo de nosotros mismos el cómo lo hacemos para que llegue a ser vida en nosotros.

Es lo que venían planteándole a Jesús los fariseos, aquellos tan fieles y rigurosos cumplidores. Ahora se quejan de que los discípulos de Jesús no se lavan las manos antes de comer siguiendo la tradición de los mayores. ¿Por qué habría que lavarse las manos? ¿Solamente por una tradición? ¿De donde nacería esa tradición? Un pueblo que atraviesa nómada desierto no tenía muchos medios de higiene con las funestas consecuencias para epidemias que podrían surgir entre ellos. ¿No nos impusieron el uso de las mascarillas en la pasada pandemia para evitar contagios? ¿Tenemos que tomárnoslo ahora nosotros poco menos que como un rito religioso?

Se les impone a aquel pueblo nómada del desierto que tienen que lavarse las manos, higiene necesaria para no mezclar los alimentos con cosas que podrían ser perjudiciales. Pero lo convirtieron en un rito religioso, y es de lo que ahora se quejan los fariseos a Jesús. ‘Este pueblo me honra con los labios’, les recuerda Jesús que había dicho ya el profeta. Pero, ¿dónde ponemos el corazón?, ¿dónde encontramos lo que le dé hondura a nuestra vida?

Son los planteamientos serios que tenemos que hacernos en nuestra vida, las revisiones de cómo hacemos las cosas y qué sentido le damos, no vayamos nosotros también por un cumplimiento frío y ritual pero no con algo que cale hondo en nuestros corazones. Muchas cosas las cosas que tendríamos que revisar en lo que nos tomamos como costumbre e incluso como rutina; cuando solamente hacemos las cosas desde ese sentido al final, en lugar de cogerle gusto, lo que hacen es cansarnos y poco a poco nos vamos enfriando y dejándolo todo a un lado. Que cuando hacemos las cosas solo por costumbre o por ley estamos indicando ya la superficialidad que puede haber en lo que hacemos. Lo que nos conduce a plenitud de nuestro ser es lo que hacemos desde la hondura de nuestro corazón.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

 


El jardín de felicitaciones y buenos deseos que florece en la navidad tenemos que hacer que hunda sus raíces en la fe y en el amor de Dios para que no se malogre

1Juan 2, 18-21; Salmo 95; Juan 1, 1-18

‘Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre’. Es lo que hoy nos ha dicho la Palabra de Dios. No terminamos de considerar el misterio de amor, el misterio de Dios que estos días venimos celebrando. Es necesario decir sí, es necesario acoger ese misterio de Dios que se nos manifiesta. Es mucho más que una anécdota o una historia muy bucólica y muy emotiva, no nos podemos quedar en lo superficial. Tenemos el peligro de que con nuestras representaciones, aun teniendo la mejor buena voluntad del mundo, nos quedemos en lo superficial, en lo que nos puede sonar a una anécdota, algo que quizás pueda despertar nuestra ternura y nuestros sentimientos, pero no lleguemos a captar todo lo que significa el nacimiento de Jesús que venimos contemplando en estos días.

Puede parecernos anecdótico y luego hasta buscamos mil justificaciones o explicaciones cuando se nos dice que no había sitio en la posada para aquellos caminantes y peregrinos que llegaban desde la lejana Galilea con las circunstancias de que María estaba ya de parto. Pero ¿no hemos escuchado ahora en el evangelio de Juan que vino a los suyos  y los suyos no lo recibieron? ¿No hemos escuchado que la luz brillaba en medio de la tiniebla pero la tiniebla no la recibió, la rechazó?

Cuidado nosotros sigamos envueltos en esas tinieblas y no terminemos de llegar a reconocer la luz, como la posada de Belén estamos nosotros también cerrando puertas. Pudiera ser nuestra superficialidad, el tomarnos las cosas como una ocasión de una fiesta más para pasarlo bien pero sin tener en cuenta cuál es de verdad el motivo y el sentido de esa fiesta que celebramos. Terminamos celebrando la navidad sin Jesús, aunque pongámonos imágenes muy bonitas en el portal, terminamos celebrando la navidad sin Dios.

Puede ser un motivo esta reflexión que nos hacemos a punto de culminar nuestra octava de la navidad para preguntarnos si hemos celebrado una auténtica navidad. Y tiene necesariamente que pasar por la fe, por la aceptación de ese misterio de Dios en nuestra vida con todo lo que nos compromete. No es un barniz, no es un adorno bonito que nos ponemos en algunas ocasiones porque toca o así lo exige el momento. ‘A los que creen en su nombre les dio poder ser hijos de Dios’.

Nos lo decimos tantas veces que ese niño que contemplamos en Belén es el Hijo de Dios necesariamente tenemos que pensar que a nosotros también nos ha hecho hijos. Es algo maravilloso y sublime, algo de lo que no nos creemos merecedores, algo que no tenemos por derecho propio, ‘éstos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón…’ nos dice el evangelio; es una filiación distinta, algo que nos viene de Dios que nos ha regalado su Espíritu para hacernos hijos. ‘Han nacido de Dios’, termina diciéndonos el evangelista. Todo es un regalo de amor, un regalo del amor de Dios.

Por eso hablamos tantas veces de la profundidad que le hemos de dar a la Navidad. Desde esa raíz es como luego tiene que florecer la alegría, es como tienen que aparecer tantos gestos y detalles de amor, es desde donde tenemos que crear y trabajar ese jardín florido de paz, de entendimiento entre todos, de armonía y de felicidad. Será así como tienen verdadero sentido nuestras felicitaciones y desde donde brotarán todo esos buenos deseos que tenemos los unos con los otros estos días. Si no tuviera esa raíz bien hundida en la fe y el amor de Dios pronto se nos secaría y arruinaría ese jardín.

¿No será eso lo que de alguna manera nos está sucediendo en nuestro mundo que en estos días todo son felicitaciones y alegría pero pronto cuando pasen estos días volveremos de nuevo a la insolidaridad y a seguir haciéndonos la guerra los unos con los otros? Algo, hemos de reconocer, nos estará fallando. Motivos de reflexión y revisión.


sábado, 20 de septiembre de 2025

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

 


Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios

1 Timoteo 6,13-16; Salmo 99; Lucas 8, 4-15

No soy campesino, porque a eso no he dedicado mi vida, pero sí hijo de campesinos; mi vida ha transcurrido podríamos decir en ambientes campesinos y ahora mismo vivo en una ciudad campo, así la han querido definir, y las casas habitualmente están rodeadas de campos de cultivo. Me duele en el alma por todo eso el contemplar cómo se van abandonando nuestras tierras y donde había en otros momentos excelentes producciones agrícolas ahora se han convertido en eriales o se han transformado para ser terrenos para edificar en ellos. Es triste ver en muchas ocasiones como una cosecha se malogra, bien porque se ha cultivado con la suficiente intensidad y a causa muchas veces de ese abandono vienen la sequía y las plagas y donde podía esperarse una buena cosecha nos encontramos con la ruina, por así decirlo.

Recuerdo todo esto desde la escucha de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio, pero pensando en nuestra tarea de agricultor que hemos de cuidar donde arrojar esa simiente o del cultivo que hemos de hacer luego de esas plantas que germinan para que nos den buena cosecha, mirando nuestro propio campo de cultivo o mirando lo que sucede en nuestro entorno.

¿Cuál es la cosecha que se está produciendo en nuestra vida? O más bien tendríamos que preguntar, ¿qué tipo de cultivo estamos nosotros realizando con esa semilla sembrada en nosotros para que en verdad lleguemos a dar frutos?

Al explicar Jesús la parábola a los discípulos más cercanos que le pidieron una explicación, habla de la semilla de la Palabra de Dios, de esa semilla de todos esos dones que Dios ha puesto en nosotros y que hemos de saber hacer fructificar. Pensamos, sí, en ese regalo de Dios de su Palabra que hemos de saber escuchar. Pero esa Palabra viene para hacernos fructificar nuestra vida, con todo lo que somos, con nuestros valores y nuestras cualidades, con todas esas posibilidades que hay en nosotros si desarrollamos cuanto somos y con toda esa riqueza que con la vida vamos acumulando en nosotros.

No arruinemos nuestra vida, no dejemos que se metan en nosotros esas malas yerbas que al final solo producirán en nosotros abrojos que para nada nos sirve; sepamos pues limpiar esa tierra de nuestra vida de cuantos pedruscos van a entorpecer el cultivo de nuestro campo; abrojos y pedruscos de nuestras pasiones descontroladas, abrojos y pedruscos cuando solo pensamos de forma egoísta en nosotros mismos y con nuestra cerrazón se van creando aristas en nuestra vida que hieren a los demás; abrojos y pedruscos de nuestras vanidades y nuestros orgullos, que hacen crecer esas malas hierbas de nuestro amor propio, de nuestras ambiciones que endurecen nuestro corazón, de esas aristas de nuestros recelos y nuestras envidias que tanto daño hacen y que pueden convertirse en plagas que nos dañen desde lo más hondo y hagan inservible lo que podamos ir produciendo;  abrojos y pedruscos que nos hacen superficiales, donde no le damos importancia a la semilla dejando que sea pisoteada por cualquiera o por falta de profundidad en nuestra vida no lleguemos a captar lo que verdaderamente es importante.

Valoremos pues esa semilla que recibimos, escuchamos y acojamos la semilla de la Palabra de Dios que llega a nosotros. Cuidemos nuestro campo, cuidemos nuestra vida, sepamos realizar ese trabajo silencioso del agricultor que prepara la tierra, arrancando abrojos, separando de verdad los caminos de los campos de cultivo para que en verdad sean aprovechables buscando pues lo que es verdaderamente importante en nuestra vida y para nuestra vida, arrancando de esa tierra de nuestro corazón todo lo que pueda impedir que esa semilla arraigue de verdad en nosotros para que al final podamos recoger una buena cosecha al ciento por uno, abriendo en verdad los oídos de nuestro corazón buscando todos los correctores que sean necesarios para que llegue clara y diáfana esa Palabra a nosotros.

¡Cuántas superficialidades tenemos que superar! ¡Cuánto tenemos que saber ahondar en esa tierra de nuestro corazón dejándola regar con la gracia del Señor para que pueda germinar esa semilla!

Mucho quizás tendríamos que preguntarnos en qué tenemos centrada nuestra mente cuando ante nosotros en cada celebración se proclama la Palabra de Dios.


martes, 16 de septiembre de 2025

Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

 



Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

1 Timoteo 3, 14-16; Salmo 110; Lucas 7,31-35

Tantas veces que nos dejamos llevar por la primera impresión; es una tentación fácil en la que podemos caer, juzgamos por las apariencias, no nos detenemos a pensar y reflexionar, nos dejamos influir por esa primera impresión en una mirada superficial o muchas veces influidos ya sea por nuestros prejuicios, ya sea desde influencias externas que recibimos desde quienes están interesados en que veamos todo según su punto de vista, y caemos también nosotros en esa superficialidad y ligereza.

Así los juicios que nos hacemos de los demás, de lo que hacen, y no nos preguntamos qué circunstancias están viviendo esas personas para actuar así o cuales son los problemas por los que están pasando, las motivaciones que puedan tener o el respeto que tendríamos que tener a la forma de pensar o de actuar de los demás. Pronto estamos para exigir que nos escuchen a nosotros y respeten nuestra opinión porque es la nuestra, pero no somos capaces de respetar la opinión o el actuar de los demás. Así andamos en una carrera loca en la vida.

Estaba pasando con Jesús como había pasado con Juan Bautista; no gustaba el camino de exigencias y austeridad que planteaba Juan, porque escucharle y seguirle significaba entrar en camino de conversión, de cambio en sus vidas, de cosas con las que tendrían que actuar de otro modo y se resquebrajaba la comodidad en la que vivían o las rutinas en las que se movían sus vidas.

Cuando hay exigencias enseguida volvemos la espalda para no enterarnos o para seguir por nuestro camino; aunque había habido muchos que habían ido a escuchar a Juan en el desierto, otros poco menos que iban a fiscalizar sus palabras, o le volvían la espalda, porque les parecía insoportable.

Pero con Jesús estaba sucediendo lo mismo. Muchos se sentían entusiasmados con sus enseñanzas, con sus milagros y le seguían hasta lugares descampados o le salían al paso con sus enfermos, pero otros no querían reconocer la autoridad con que hablaba y actuaba Jesús, veían quizás en peligro sus posiciones y prestigios y bajarse de los pedestales no es cosa fácil; por eso una cosa que hacían era querer desprestigiarlo diciendo que comía y se juntaban con pecadores y gente de mala vida, le negaban la autoridad de su palabra y el poder de Dios con que actuaba, se escandalizaban porque perdonaba los pecados, o porque dejaba que sus discípulos, aunque fuera en sábado, pudieran coger unas espigas por el camino para llevarse a la boca.

Por eso Jesús se preguntaba qué es lo que buscaba aquella generación. Como les dice se parecen a los niños que juegan en la plaza y no son capaces de ponerse de acuerdo en sus juegos y terminan dividiéndose y peleándose. ¿No será imagen de ese infantilismo en que vivimos muchas veces? ¿De esa superficialidad que envuelve nuestra vida que se queda en vanidades y apariencias? Son esos pocos criterios que tenemos para hacer nuestros juicios por la superficialidad con que actuamos y juzgamos.

Pero no nos quedemos en hacer juicio sobre aquellos que rodeaban a Jesús entonces, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos, dar cuenta también de nuestro actuar como iglesia. Andamos muchas veces como veletas que se dejan llevar por el viento, por las corrientes de aire.

Necesitamos tener unos criterios firmes, necesitamos ahondar y reflexionar más, necesitamos ese respeto también a los que están a nuestro lado en su forma de actuar, necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, para que no nos dejemos influir por la primera impresión, para que no nos dejemos engañar por tantos cantos de sirena que escuchamos a nuestro alrededor y que quieren influir en nosotros.

jueves, 17 de octubre de 2024

La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

 


La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

Efesios 1,1-10; Salmo 97; Lucas 11,47-54

Algunas veces nos encontramos piedras en el camino que nos impiden el paso o que pueden ser un peligro para poder transitar con seguridad por él; me vienen a la memoria años atrás, hace ya bastante tiempo, que estaba en un lugar que era intransitable, sobre todo en invierno; piedras caídas en el camino, ramos de árboles que obstaculizaban su tránsito, quebradas que se veían abajo poniendo en peligro el tránsito por aquellos lugares.

Pero eso pueden ser hoy anécdotas para contar, aunque sabemos que aun hay lugares que tienen difícil el acceso o la comunicación. Pero si traigo al recuerdo estas imágenes es porque quiero pensar en otros obstáculos o dificultades que nos podamos encontrar en los caminos de la vida; los obstáculos que en cierto modo nos ponemos los unos a los otros; serán cosas que emprendemos pero que la envidia de los que están a nuestro lado no nos dejan desarrollar; cuántos traspiés nos damos los unos a los otros desde nuestro amor propio o nuestro orgullo, cuántas envidias que nos llevan a destruir lo bueno que los otros puedan realizar, cuántas críticas que crean desconcierto y desconfianza en aquellos por los que queremos quizás trabajar pero que impedirán que llevemos a cabo lo que teníamos proyectado. Desgraciadamente no nos falta la maldad en los corazones para crear vacíos en torno a aquellos que quieren hacer algo bueno.

Me vienen a la mente estas situaciones que con tanta frecuencia nos suceden en la vida, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Eran las posturas de algunos alrededor de Jesús, que como hemos visto en otros momentos por ejemplo tratan de desprestigiarlo atribuyendo al maligno aquellas cosas que Jesús realizaba; están aquellos que no aceptaban a Jesús y siempre estaban al acecho de cuanto pudiera hacer o decir Jesús con sus prejuicios o sus intereses que les parecía que podrían verse dañados con el estilo nuevo que Jesús quería para la vida.  Pero son también las manipulaciones que realizaban en sus enseñanzas que pareciera que lo que proponían era una carrera de obstáculos con tantas normas y preceptos que se habían inventado.

Jesús viene a enseñarnos la autenticidad con que hemos de obrar en la vida, dejando a un lado apariencias y vanidades que a nada nos conducen, o que manifiestan el vacío interior con que podemos ir caminando por la vida; cuando todo se queda en apariencia y vanidad es porque tenemos un vacío por dentro que no hemos sabido llenar de cosas de auténtico valor.

Y cuando eso se manifiesta de manera especial en aquellos que están llamados a ir delante ayudando a caminar a los demás, en lugar de ayuda se convierte en obstáculo. Son las piedras que nos ponemos en el camino, porque no damos ese testimonio bueno que tendríamos que dar, sino que más bien nuestra superficialidad es un escándalo y un obstáculo para la vida de fe de los sencillos.

No quiero pensar ahora en esos grandes escándalos en los que se quieren regodear hoy los medios de comunicación en una campaña que a la larga se convierte en difamatoria; pero sí quiero pensar en esas actitudes o en esos gestos que muchas veces aparecen en nuestra vida y que están denotando ese vacío y esa superficialidad.

Porque no hemos de estar mirando con tanta lupa la vida de los demás para hacer nuestros juicios, sino que es a nosotros mismos a quienes tenemos que mirarnos. Y eso lo tenemos que pensar cada uno de nosotros, porque no siempre somos auténticos en lo que hacemos, muchas veces queremos mantener la apariencia pero en nuestro interior no nos estamos esforzando lo suficiente, porque la imagen que como creyentes estamos dando no siempre es bueno porque hay muchas incongruencias en nuestra vida.

¿Seremos nosotros piedra de tropezar para los demás? ¿Seremos acaso como el perro del hortelano, en aquel dicho popular de nuestros refranes, que ni come él ni deja comer al amo? Mucho tenemos que revisarnos en nuestra vida para que haya más autenticidad, para que nuestro testimonio sea claro y diáfano, para que siempre seamos ejemplo que atraiga a los demás a vivir los caminos del evangelio. Es nuestra vida la que tiene que evangelizar.