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sábado, 17 de octubre de 2026

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

 


Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior, el mundo nos necesita

Efesios 1, 15-23;Salmo 8; Lucas 12, 8-12

En la vida tenemos que saber actuar con claridad y con congruencia; nuestro actuar, nuestra manera de plantearnos las cosas, los principios por los que nos regimos, que son también nuestras palabras, lo que decimos; todo lo cual tiene como cola una cadena de consecuencias, porque realmente tiene que haber una congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos; podemos proclamar muy bonitos principios pero si luego actuamos de otra manera, ¿de qué nos sirve? ¿dónde está nuestra congruencia? Claro que eso nos obliga a tener las cosas claras, lo que significa que tiene que ser algo que hemos pensado mucho, hemos reflexionado, hemos tratado de profundizar lo más posible.

Cuidado que la superficialidad nos puede desembocar en muchas incongruencias; además en nuestra palabra no nos podemos contradecir, por eso antes de hablar tenemos que pensar mucho las cosas y ahondar en nosotros mismos, en lo que es nuestra vida, como decíamos, esos principios por los que nos regimos, que no son simplemente para lucirnos ante los demás por todo lo que sabemos, sino para manifestar con nuestro actuar que estamos obrando siempre en consecuencia. Todos alegamos fácilmente de la rectitud con que queremos obrar, de la madurez de la que queremos hacer gala y hasta hacemos mil promesas, pero bien sabemos que muchas veces nos resbalamos por unas pendientes que nos hacen salirnos de cauce. Lo vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno, y también tenemos el peligro de deslizarnos nosotros por esas pendientes.

Como cristianos, ¿estaremos actuando con esa congruencia? ¿Tenemos realmente claros lo que son los caminos del Evangelio? Esto es algo que tenemos que analizar alguna vez en nuestra vida, encontrar esos momentos de silencio y reflexión para encontrarnos esa verdad de nuestro interior. No es precisamente el evangelio a lo que le demos demasiado tiempo de reflexión habitualmente; cuanto nos cuesta participar en esos grupos que se nos pueden ofrecer en nuestras comunidades para una mayor profundización de nuestra fe.

¿Estaremos como Iglesia haciendo lo suficiente en este sentido? La semilla ha de llegar a un determinado grado de maduración para que al sembrarla pueda germinar y al final darnos fruto. ¿Estaremos haciendo lo suficiente en este sentido?

Hoy en el evangelio Jesús nos está pidiendo que demos testimonio por El. Declararnos por El ante los hombres, nos dice, dar la cara. No lo podemos negar, pero tampoco podemos actuar como si no tuviéramos fe en El, y esa fe no es solo que recemos o vayamos a los actos de culto, comulguemos todos los domingos o recibamos los sacramentos en su momento.

Es mucho más, porque es nuestra manera de actuar en la vida, son nuestras relaciones con los demás, es la rectitud con que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos, es la asunción de nuestras responsabilidades con todas sus consecuencias, son los planteamientos que nos hacemos de cara a nuestra sociedad… en cada cosa, en cada momento hemos de actuar como cristianos, hemos de actuar en consonancia con lo que nos enseña el evangelio, es lo que hablamos o lo que decimos, el consejo que damos o la atención que le prestamos al otro. Y no es que tengamos que estar en todo momento nombrando a Dios, pero sí que aquello que hacemos o que decimos tenga ese sentido y ese valor desde la trascendencia de nuestra fe.

Pero Jesús hoy nos está enseñando algo más, a confiar en la asistencia y la inspiración del Espíritu Santo en cada momento y en cada situación. Como nos dice, no tenemos que preocuparnos de preparar nuestra defensa cuando seamos llevados a los tribunales, porque el Espíritu Santo obrará en nuestro interior y pondrá palabras en nuestros labios y actitudes y posturas en nuestra vida. Tenemos que creer en esa asistencia del Espíritu Santo y dejar que actúe en nosotros.

Seguro que tenemos la experiencia de que cuando vamos en la vida dejándonos así guiar por la fe y la gracia de Dios ha habido momentos en que hemos hablado y en que hemos actuado de forma que nosotros mismos nos hemos asustado del acierto y valentía con que obramos. ¿Por qué no creer en esa fuerza del Espíritu que actúa en nosotros? Mira que hoy nos dice del terrible pecado que es actuar contra la acción del Espíritu de Dios.

Mostremos con claridad nuestra fe y por la congruencia de nuestra vida contagiemos a los demás de lo que llevamos en nuestro interior.


miércoles, 3 de junio de 2026

Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

 


Despertemos nuestra fe y nuestra esperanza para darle verdadera trascendencia de eternidad a nuestra vida y a cuanto amamos

2Timoteo 1, 1-3. 6-12; Salmo 122; Marcos 12, 18-27

Algunas veces nos sentimos como aturdidos en el camino de la vida por lo compleja que se nos presenta teniendo que responder a situaciones tan diversas con la problemática que se vive en el mundo de hoy; necesitamos una serenidad interior que solo puede surgir desde una madurez que vayamos consiguiendo en la vida pero también de los valores hondos sobre los que la cimentamos; nos sentimos tentados a la superficialidad en esa prisa y en esa carrera de la vida donde nos vemos obligados quizás a hacer tantas cosas, pero solo desde esa serenidad de nuestro espíritu podremos ir dando respuestas, nos sentiremos fuertes para afrontar todos los problemas que se nos presentan y podremos encontrar la sabiduría que nos haga saborear el verdadero sentido de la vida.

Tenemos que cultivar nuestro espíritu, tenemos que ahondar en esos valores espirituales, hemos de saber darle una trascendencia a lo que hacemos, no solo por la repercusión inmediata que puede tener a continuación, sino porque elevamos nuestro espíritu y queremos ver un más allá que solo desde la fe podemos descubrir. Nuestra vida no es solo lo que ahora hagamos o de lo que aquí disfrutemos; se quedan cortos quienes hablan de que disfrutemos el ahora porque la vida son cuatro días y pronto todo se acaba y como dicen algunos de aquí nada nos llevamos; hay una falta de perspectiva, una visión de futuro que va más allá del mañana; es cierto que nada material nos llevamos pero lo que ha enriquecido nuestro espíritu eso sí tiene una trascendencia con valor de eternidad.

Hay algo que repetimos en el credo de nuestra fe pero que se nos puede quedar en eso, en repetir sin saborear todo su sentido. Cuando decimos que creemos en la resurrección y en la vida del mundo futuro. De eso muchas veces no queremos ni pensar; cuando ronda la muerte en nuestra cercanía, porque afecta a personas queridas, familiares o personas cercanas, un poco pensamos en ello pero sin querer profundizar demasiado. Si pensáramos más en ello otro sentido le daríamos a nuestra vida, otros valores más estables buscaríamos para nuestro vivir, la angustia de la muerte no nos tendría que afectar.

Hoy en el evangelio se hace mención a los saduceos que fueron a hacer algunos planteamientos a Jesús en plan casuístico, porque ya nos recuerda el evangelista que los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. Y yo me quedo pensando si de alguna manera en la práctica de nuestra vida en ese sentido nosotros seremos también saduceos. ¿Creemos en verdad en lo que decimos en el Credo cuando hablamos de la resurrección y en la vida futura?

Creo que tendría que hacernos pensar porque de lo contrario toda nuestra esperanza se nos viene por tierra y en consecuencia todo el sentido de nuestra vida cristiana. No podemos andar con imaginaciones, como hacían los saduceos cuando le hacían aquellos cuestionamientos a Jesús. No podemos, es cierto, pensar en la resurrección en otra vida pero que todo se va a parecer a lo que ahora vivimos. Es cierto que cuando Jesús nos habla de ello emplea un lenguaje humano y habla de que nos va a preparar unas estancias para nosotros; pero son lenguajes humanos que quieren decirnos mucho más.

Esa vida en Dios tiene otro sentido y otra plenitud, que muchas veces humanamente nos es difícil de llegar a comprender. Hoy nos está diciendo Jesús que en la otra vida los hombres y mujeres no se casan como en esta vida, y nos habla de una vida espiritual, ‘son como Ángeles’, nos dice, porque la plenitud no está en nosotros mismos sino en Dios en quien vamos a vivir. Como nos recuerda Jesús no es un Dios de muertos, sino de vivos, un Dios de vida, que nos concede a nosotros vida en plenitud.

‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’, nos dice Jesús en la alegoría del juicio final. Despertemos, pues, nuestra fe y nuestra esperanza, démosle profundidad a nuestra vida, salgamos de la superficialidad de lo material.

jueves, 14 de mayo de 2026

Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

 


Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112:  Juan 15, 9-17

En este día 14 de Mayo celebramos la fiesta de un Apóstol, san Matías, que había sido elegido por el grupo de los Apóstoles por la ausencia de uno de los elegidos del Señor por su traición; la primera lectura nos ha relatado el proceso habiendo sido elegido uno que había sido testigo de la vida y de la resurrección del Señor, de los que había estado con El, cercano a aquel grupo de los Doce de los que ahora va a formar parte. Es un detalle importante a tener bien en cuenta, porque de la misma manera nosotros tenemos que ser ante el mundo testigo de lo que hemos vivido y experimentado por la fe en nosotros mismos.

Por ahí va la referencia del texto del Evangelio que ahora cuando ya estamos a punto de terminar la Pascua hemos de tener bien en cuenta. Es un texto que ya hemos escuchado y meditado en este tiempo pascual, pero que nos viene a ayudar de nuevo como resumen del mensaje pascual, del que, como decíamos, tenemos que ser testigos.

‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor`, nos dice Jesús. Una experiencia de amor que hemos de hacerla vida en nuestra vida; porque nos sentimos amados y con un amor como con el que se siente amado Jesús por el Padre así nosotros tenemos que envolver de amor nuestra vida, más aún, amar desde lo más hondo de nosotros mismos, por eso nos dice que permanezcamos en su amor.

Ninguna otra cosa puede fundamentar su vida, es una experiencia hermosa y de una total profundidad. No son aditivos que ponemos a nuestra vida, como su fueran unos parches para quedar bien y bonitos; esos adhesivos tienen poca permanencia porque pronto el viento los vuela y se los lleva; no son cositas que hagamos por aquí o por allá donde vayamos poniendo algunos remedios o remiendos para tapar tantos agujeros de desamor que hay en la vida.

No se queda tampoco en unos sentimientos bonitos que nos llenan de emoción, porque las lágrimas de la emoción se evaporan y cuando se acaben las emociones damos también por terminado el amor,  pronto entonces nosotros seríamos llevados por el viento de acá para allá y se nos desinfla el amor. Demasiado hemos visto en muchos actos religiosos las emociones explosivas de muchos que parece que se convierten en fanatismo, pero que pronto se olvidan y en el día a día de la vida no se manifiestan esas actitudes y valores cristianos. Por eso Jesús emplea esa palabra, permanecer, porque es un amor permanente, un amor para siempre, un amor que no se gasta ni se cansa, un amor que echa raíces en nuestra vida y crece para llenarlo todo de sentido y de valor.

Tenemos que ser unos testigos, pero testigos convencidos que lo que llevan en el corazón lo manifiestan en las actitudes y posturas de su vida de cada día. Es por eso por lo que tenemos que cuidar y cultivar bien nuestra fe para darle esa profundidad que abarque toda nuestra vida. Será así como seremos verdaderos testigos. Esa experiencia de fe, esa experiencia de sentirnos amados de Dios tiene que ser algo hondo en nuestra vida y hemos de saberla ir renovando continuamente para que no se enfríe, para que no vayamos cayendo por esa pendiente de la tibieza que al final se queda en nada.

La celebración de la Eucaristía que cada semana vivimos los cristianos en el día del Señor tiene que ser algo muy vivo. Todos hemos de poner nuestra parte, darle toda esa intensidad no dejándonos llevar por la desgana y la rutina. De cada Eucaristía tendríamos que salir con el espíritu caldeado para llevar luego ese fuego de amor a los demás. Mucho tendríamos revisarnos en este sentido.


miércoles, 13 de mayo de 2026

No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

 


No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, ya lo conozco, ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones

Hechos 17, 15. 22 — 18, 1; Salmo 148; Juan 16, 12-15

En la vida no nos podemos estancar, puede ser signo de una vejez caduca el decir que ya nada podemos aprender ni nada nuevo podemos ofrecer; el agua estancada se vuelve putrefacta e inservible porque las materias orgánicas que hay en ellas terminan por malearse y volverse putrefactas, o lo que podíamos decir también, llenas de muerte, necesita renovarse, darle movimiento, hacer que el oxigeno de vida la mantenga viva y pueda cumplir su función.

Así podemos decir que es la vida, ha de ser la vida de toda persona, siempre ha de estar en crecimiento, y no es solo el crecimiento orgánico en que las células que conforman el organismo humano se van renovando continuamente, sino fundamentalmente su mente; hay quien ha perdido todo deseo de aprender, o lo que es lo mismo, de crecer, bien porque dicen que ya todo se lo saben y a estas alturas de la vida qué es lo que les pueden enseñar, o porque no quieren hacer el esfuerzo que les llenaría de vida en esa curiosidad y deseo por saber más, por crecer interiormente, por seguir en ese proceso de maduración tan necesario. Hay gente que se avejenta con pocos años por falta de esa inquietud, pero también nos encontramos con gente con muchos años que aun se sienten jóvenes porque siempre quieren estar aprendiendo más, queriendo avanzar en la vida; su mente se mantiene despierta.

Podría parecer que esta reflexión que estoy haciendo poco pueda tener que ver con el evangelio porque parece que nos quedáramos sólo en unos aspectos humanos, pero sin embargo es algo que podemos aplicar con toda verdad a lo que es nuestra vida espiritual y a nuestros compromisos cristianos.

Jesús les dice que aún le quedan muchas cosas por decirles, pero que cuando venga el Espíritu de la verdad nos lo revelará todo. Es con la fuerza del Espíritu cómo se va a reavivar en sus corazones todo lo que han recibido de Jesús; solo con la fuerza del Espíritu es cómo podrán en verdad confesar que Jesús es el Señor. Han ido conociendo a Jesús pues con Él han convivido y El a ellos de manera especial les ha enseñado. Recordemos aquellos momentos en que de manera particular en casa les explicaba lo que a todos había enseñado en parábolas; recordemos cómo los tomaba aparte mientras iban caminando de un lado para otro para hablarles de cosas concretas, o los llevaba a lugares apartados para estar a solas con ellos marchando incluso en ocasiones para poder tener esa oportunidad a regiones limítrofes fuera ya del territorio propiamente judío. Pero aun así vemos como les costaba entender, como les estaba costando toda aquella conversación de sobremesa en la cena pascual. Así les veremos dudando y huyendo de miedo tras el prendimiento, o encerrados en el cenáculo por miedo a lo que a ellos también les podía pasar.

Será a partir de Pentecostés, al recibir la fuerza del Espíritu cuando se abran las puertas y con valentía hablen de Jesús al que Dios había resucitado de entre los muertos. Es la fuerza del Espíritu que les hará estar alegres y contentos cuando han tenido que sufrir por el nombre de Jesús; llenos del Espíritu replicarán cuando les quieren impedir hablar del nombre de Jesús que ellos tienen que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Es el Espíritu de Dios que se les ha revelado en sus corazones, que les ha hecho crecer en su fe y tener la fortaleza para dar el testimonio ante todos. En la profundización que se ha producido en sus vidas en la medida en que se han dejado llevar por el Espíritu de Jesús.

¿Y nosotros seremos conscientes de esa fuerza del Espíritu que está también en nosotros? ¿Nos dejamos guiar para ir creciendo en nuestra fe, para llegar a esa madurez de nuestra vida cristiana? ¿Nos preocuparemos de ese crecimiento en la fe, de ese rumiar una y otra vez el Evangelio de Jesús para dejarnos impregnar por lo que el Espíritu va suscitando en nuestros corazones? 

Hemos de preocuparnos más de esa permanente formación en nuestra vida cristiana, que nos haga crecer, que nos haga madurar, que nos haga de verdad empaparnos del espíritu del Evangelio. No podemos decir nunca, eso ya me lo sé, eso ya lo conozco, eso ya lo he leído muchas veces, porque si vamos con hambre de Dios el Espíritu se irá revelando en nuestros corazones.


miércoles, 11 de febrero de 2026

Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

 


Congruencia y autenticidad, humildad y apertura del corazón, madurez y profundidad que son las posturas que nos hacen grandes de la forma más sencilla

1Reyes 10, 1-10; Salmo 36; Marcos 7, 14-23

En cuántas incongruencias nos vemos metidos tantas veces cuando nos falta autenticidad en nuestras vidas; la superficialidad y la vanidad nos llevan por esos derroteros, porque muchas veces nos quedamos en apariencias; tras la pantalla de unos cumplimientos ocultamos la falta de sinceridad en nuestras vidas; ponemos buena fachada dando la apariencia de la fidelidad pero por detrás seguimos con el corazón lleno de maldades muchas veces, y aunque no sean grandes cosas sin embargo hay una frialdad interior en lo que hacemos que se queda en la máscara de la apariencia con nuestras caras bonitas.

Habían venido a Jesús planteándole el cumplimiento o seguimiento de unas tradiciones que se habían llenado de normas y preceptos que algunas veces envolvían hasta en cierto modo hacerlos desaparecer lo que realmente eran los mandamientos de la ley del Señor; por la observancia de esas costumbres y tradiciones se pensaba que estaba todo hecho. Jesús en cierto modo rompe moldes, porque lo que Jesús quiere es que vayamos a una autenticidad de vida con una pureza interior que fuera en verdad agradable a Dios.

Les costaba entender lo que Jesús quería decirles, las autoridades judías porque querían mantener su prestigio y se apariencia de superioridad sobre todos presentándose como los grandes cumplidores de esas tradiciones, los discípulos cercanos a Jesús porque sentían que algo nuevo les estaba presentando Jesús con lo que tenían que desmontar muchas cosas que llevaban muy metidas en la cabeza y eso no siempre era fácil dada la presión exterior de un ambiente muy ritualista y de las exigencias de los dirigí gentes del pueblo que de alguna manera querían mantener sus posiciones que les llevaban a sentirse como un estadio superior.

Cuánto nos cuesta entrar por el camino de la humildad, para dejarnos enseñar, para abrirnos a una novedad que le va a dar un sentido nuevo a la vida; el conservadurismo algunas veces nos hace duros y en cierto modo prepotentes porque no queremos perder nuestras posturas y posiciones que hemos mantenido de siempre. Un cambio en la vida significa un reconocimiento de una realidad que hay en nosotros y que no es tan buena y que nos exige un darle una vuelta a la vida. Nos puede parecer que con ese cambio lo vamos a perder todo y ya no tenemos donde apoyarnos en lo que había sido lo de siempre. Es necesario dejarse iluminar para ver la cruda realidad por donde andamos pero también para descubrir el camino nuevo que se abre ante nosotros.

Y esa transformación no son solo unos adornos externos si el interior permanece de la misma manera. Es lo que nos está pidiendo Jesús, por eso nos habla continuamente de conversión, que es dar la vuelta del todo, no por partes o en algunas cosas, sino desde lo más hondo que es lo que tenemos que purificar.

Es lo que les está haciendo entender Jesús con no darle tanta importancia a si nos lavamos o no las manos. Es cuestión de algo más que de higiene. Porque la maldad no nos entra por la boca sino que claramente nos dice Jesús que la maldad la llevamos tantas veces en el corazón, con nuestras actitudes torcidas, con la malicia que ponemos en aquello que hacemos o en nuestro acercamiento a los demás, con esos recelos y desconfianzas que discriminan, que crean divisiones, que abren abismos entre unos y otros, en ese orgullo que nos envenena o en esa frivolidad que nos llena de superficialidad.

Es claro lo que nos dice Jesús, purifiquémonos para que lleguemos a una autenticidad en nuestras vidas, llenémonos de humildad para reconocer las negruras que tantas veces nos aparecen en nuestras relaciones con los demás, pero que son negruras que llevamos en el corazón cuando no hemos sabido sanar las heridas que llevamos en el alma que no es tanto lo que otros nos hayan podido hacer, sino las actitudes negativas nuestras que nos han llevado a esos recelos y desconfianzas.

jueves, 4 de diciembre de 2025

Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 


Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua, la ciudad fuerte y amurallada fundamentada en los sólidos cimientos de la Palabra de Dios escuchada

 Isaías 26, 1-6; Salmo 117; Mateo 7, 21. 24-27

¿Por qué se nos vino abajo la casa, aquella obra que habíamos emprendido con tanta ilusión? ¿Por qué aquel proyecto fue un fracaso y no lo pudimos sacar adelante? ¿Qué nos pasa en la vida que no salimos adelante por muy magníficos que son nuestros sueños? Preguntas así nos hacemos muchas veces en la vida en las distintas circunstancias por las que vamos pasando. Son accidentes que nos echan abajo todas nuestras ilusiones, son cosas que se destruyen como mencionábamos de la casa que se nos cae, son dificultades y tropiezos que vamos teniendo quizás después de errores que hemos cometido a la hora de proyectar, de hacernos nuestros planes, o de dejarnos simplemente arrastrar por la inercia de la vida.

Si hablamos de la casa que se nos cae nos preguntamos cómo estaba construida, y pensamos en su cimentación o pensamos en los materiales que se han empleado en su construcción, pensamos en los posibles errores de proyecto o de una ejecución no correcta de lo que estaba planificado. Pero podemos pensar así y preguntarnos por el fracaso de nuestras relaciones, por la ruptura de una amistad que nos parecía muy bonita, o de los proyectos de vida que no hemos podido llevar adelante. Y tenemos que buscar causas, tenemos que preguntarnos por la fundamentación de nuestra vida, por los valores que van a marcar nuestra identidad, por la rectitud con que andamos no simplemente para no cometer errores sino para andar con dignidad.

Porque en nuestra reflexión lo de menos es que se nos caiga la casa, porque eso es solo una imagen de lo que nos sucede en la vida. Y no podemos ir echando la culpa, como nos es tan fácil hacer, al ambiente que nos rodea, a lo que los demás puedan hacernos o puedan influir en nosotros, o el mal de la sociedad que nos envuelve. Pero, ¿dónde está la rectitud con que hemos de andar en la vida, los valores que son fundamente de nuestro quehacer, los verdaderos cimientos que le hemos puesto a la vida? Si nos fallan estas cosas significaría que estaríamos caminando en la superficialidad, sin nada que dé consistencia a nuestra vida y así cuando nos llega el peligro de la pendiente nos dejamos ir por esa pendiente.

Hoy nos habla Jesús de la casa edificada sobre roca y de la casa edificada sobre arena. Y nos habla de la escucha de la Palabra de Dios allá en lo más profundo de nosotros mismos. Pues no se trata de oír palabras que nos vienen al vuelo sino de saber escuchar que es plantar esa semilla en nuestro corazón. No basta decir ¡Señor, Señor!, nos viene a decir porque muchas veces parece que nuestra oración se queda en decirle cosas al Señor que las más de la veces lo que hacemos es llevar una lista de peticiones, sino de saber escuchar a Dios. La oración tiene que ser un diálogo de amor, y cuando se dialoga no solo se habla sino también y fundamentalmente se escucha. ¿Será así nuestra oración?

El profeta hablaba de esa ciudad fuerte y amurallada que podía soportar todos los embates. Es la fortaleza de nuestro espíritu que hemos de tener, pero que no es solo por nosotros mismos, por nuestra fuerza de voluntad como muchas veces decimos, sino porque sentimos la fortaleza del Señor en nuestra vida. Y si El está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? 

Como diría san Pablo nada podrá ya apartarme del amor de Cristo Jesús, vengan de donde vengan los embates de la vida. ‘Confiad siempre en el Señor, porque el Señor es la Roca perpetua’, como nos decía el profeta Isaías. Necesitamos despertar esa confianza en nuestro corazón.

martes, 16 de septiembre de 2025

Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

 



Necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, ni nos dejemos influir por la primera impresión

1 Timoteo 3, 14-16; Salmo 110; Lucas 7,31-35

Tantas veces que nos dejamos llevar por la primera impresión; es una tentación fácil en la que podemos caer, juzgamos por las apariencias, no nos detenemos a pensar y reflexionar, nos dejamos influir por esa primera impresión en una mirada superficial o muchas veces influidos ya sea por nuestros prejuicios, ya sea desde influencias externas que recibimos desde quienes están interesados en que veamos todo según su punto de vista, y caemos también nosotros en esa superficialidad y ligereza.

Así los juicios que nos hacemos de los demás, de lo que hacen, y no nos preguntamos qué circunstancias están viviendo esas personas para actuar así o cuales son los problemas por los que están pasando, las motivaciones que puedan tener o el respeto que tendríamos que tener a la forma de pensar o de actuar de los demás. Pronto estamos para exigir que nos escuchen a nosotros y respeten nuestra opinión porque es la nuestra, pero no somos capaces de respetar la opinión o el actuar de los demás. Así andamos en una carrera loca en la vida.

Estaba pasando con Jesús como había pasado con Juan Bautista; no gustaba el camino de exigencias y austeridad que planteaba Juan, porque escucharle y seguirle significaba entrar en camino de conversión, de cambio en sus vidas, de cosas con las que tendrían que actuar de otro modo y se resquebrajaba la comodidad en la que vivían o las rutinas en las que se movían sus vidas.

Cuando hay exigencias enseguida volvemos la espalda para no enterarnos o para seguir por nuestro camino; aunque había habido muchos que habían ido a escuchar a Juan en el desierto, otros poco menos que iban a fiscalizar sus palabras, o le volvían la espalda, porque les parecía insoportable.

Pero con Jesús estaba sucediendo lo mismo. Muchos se sentían entusiasmados con sus enseñanzas, con sus milagros y le seguían hasta lugares descampados o le salían al paso con sus enfermos, pero otros no querían reconocer la autoridad con que hablaba y actuaba Jesús, veían quizás en peligro sus posiciones y prestigios y bajarse de los pedestales no es cosa fácil; por eso una cosa que hacían era querer desprestigiarlo diciendo que comía y se juntaban con pecadores y gente de mala vida, le negaban la autoridad de su palabra y el poder de Dios con que actuaba, se escandalizaban porque perdonaba los pecados, o porque dejaba que sus discípulos, aunque fuera en sábado, pudieran coger unas espigas por el camino para llevarse a la boca.

Por eso Jesús se preguntaba qué es lo que buscaba aquella generación. Como les dice se parecen a los niños que juegan en la plaza y no son capaces de ponerse de acuerdo en sus juegos y terminan dividiéndose y peleándose. ¿No será imagen de ese infantilismo en que vivimos muchas veces? ¿De esa superficialidad que envuelve nuestra vida que se queda en vanidades y apariencias? Son esos pocos criterios que tenemos para hacer nuestros juicios por la superficialidad con que actuamos y juzgamos.

Pero no nos quedemos en hacer juicio sobre aquellos que rodeaban a Jesús entonces, sino que tenemos que mirarnos a nosotros mismos, dar cuenta también de nuestro actuar como iglesia. Andamos muchas veces como veletas que se dejan llevar por el viento, por las corrientes de aire.

Necesitamos tener unos criterios firmes, necesitamos ahondar y reflexionar más, necesitamos ese respeto también a los que están a nuestro lado en su forma de actuar, necesitamos darle hondura a nuestra vida para que no vivamos de apariencias, para que no nos dejemos influir por la primera impresión, para que no nos dejemos engañar por tantos cantos de sirena que escuchamos a nuestro alrededor y que quieren influir en nosotros.

miércoles, 27 de agosto de 2025

El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

 


El evangelio, un drenaje de nuestra vida pero también una revolución en el corazón, nos hace despojarnos de rémoras que entorpecen y arriesgarnos a algo nuevo de vida

1Tesalonicenses 2, 9-13; Salmo 138; Mateo 23, 27-32

Si yo hubiera estado allí, nos decimos tantas veces, haciendo comparación quizás entre los que nos parece que son las actitudes de algunos de los que nos habla el evangelio y lo que nosotros hubiéramos hecho en su lugar. Las comparaciones, como siempre solemos decir, son odiosas, pero quizás algunas veces nos tendríamos que poner como a trasluz de esas personas o citaciones que allí se nos mencionan con lo que somos o con lo que hacemos nosotros. ¿Seremos iguales o parecidos? Hoy que vemos que Jesús está cargando contra aquellos dirigentes que no es precisamente buen testimonio y ejemplo para nosotros. Pero acaso nosotros nos parecemos en mucho y también arrastramos posturas y actitudes negativas bien lejanas de lo que son los valores del evangelio.

Jesús vuelve a incidir en la autenticidad o la falsedad de aquellas vidas, en las apariencias que nos vuelven hipócritas y la autenticidad que debería de brillar en un seguidor de los valores del evangelio. Por eso cuando escuchamos estas palabras de Jesús, que incluso nos suenan fuertes y airadas, no es solo aquellas actitudes de entonces las que Jesús está denunciando sino que nos hace mirarnos a nosotros mismos porque quizás muchas de esas cosas, de manera sutil, también están brillando de por demás en nosotros.

La fachada de buenos no queremos quitárnosla. No es algo fácil de transformar; al menos muchas veces se nos atraganta, porque algo siempre queremos dejar a nuestro favor, buscamos apoyos que nos sostengan y si no hemos cimentado bien nuestra vida no encontramos nada en nuestro interior que nos sirve de apoyo en esa carrera que hemos de emprender. Seguimos con nuestros apegos y nuestras apariencias, seguimos con una vida llena de fantasías que demuestra nuestra superficialidad; por eso nos cansamos tan fácilmente, nos aburrimos, se nos marchita nuestra vida. No hemos echado raíces profundas y no nos llega la humedad que necesitamos.

Tenemos que saber drenar nuestra vida, para quitar todo lo que sea superficial, todo lo que se va convertir en hojarasca que solo nos valdrá para prenderle fuego, podar esas ramas que solo dan apariencia, como dicen los agricultores, son chupones que la restan vitalidad a los frutos que de ese árbol podamos obtener. Es un trabajo que algunas veces nos puede resultar costoso y doloroso, pero que es necesario y por eso mismo se convierte en trabajo hermoso por los frutos que podemos obtener.

Tenemos que analizar bien nuestra vida, tenemos que darnos cuenta de esas rémoras que no nos dejan avanzar para desprendernos de ellas, darnos cuenta de esas malas costumbres o rutinas que se han metido en nuestra vida y nos impiden alcanzar los buenos objetivos que nos proponemos. Tarea de reflexión, tarea de ahondar en nuestra espiritualidad, tarea de ir escardando nuestro corazón para quitar esos apegos que no le dejan moverse con flexibilidad, tarea de oración y de escucha para dejar que esa semilla de la Palabra de Dios quede bien plantada y abonada en nosotros.

Es la manera de superar esa superficialidad a la que nos sentimos tentados cuando todo nos parece igual y nos parece bueno, cuando simplemente nos dejamos llevar porque decimos que siempre se ha hecho así, cuando comenzamos a hacer las cosas casi como una rutina sin darle sentido hondo ni a lo que decimos en nuestras oraciones ni las prácticas que realizamos en nuestra vida, cuando hacemos las cosas por mimetismo porque sin preguntarnos el por qué y el sentido de las cosas hacemos lo que otros hacen.

Una escucha atenta del evangelio siempre tiene que ser una revolución para el corazón porque nos hace descubrir en nosotros aquello de lo que ni nos habíamos dado cuenta, pero también porque nos hace emprender nuevos caminos, arriesgándonos a buscar con sinceridad esos caminos de vida. Al final será también para nosotros un remanso de paz porque nos sentiremos más llenos de Dios.

viernes, 4 de abril de 2025

Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

 


Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Yo te conozco, yo sé de donde eres, conozco tu familia… así habremos dicho más de una vez queriendo ratificar, a nuestra manera, nuestro conocimiento de una persona. O le recordamos a la persona que sabemos de donde procede, porque de pequeño quizás sus padres vinieron a vivir en nuestro pueblo y ahora ya lo consideramos de aquí; o decimos al paso de unas personas que son extranjeros, que vienen de tal o cual país, o son unos emigrantes que se han buscado la manera de venirse a nuestra tierra buscándose un futuro, una vida mejor.

Pero ¿conocemos, solo por eso, de verdad a esas personas? ¿Qué sabemos de su manera de pensar, por ejemplo? ¿Cuáles son sus ilusiones o sus metas en su vida? ¿Qué es lo que hay detrás de esa fachada externa que es lo que nosotros vemos y por lo que estamos queriendo identificarlas? ¿Nos quedaremos solo en la fachada externa o algunas cosas que le hemos visto hacer? Nos tendría que hacer pensar para ver cuales son los criterios por los que juzgamos a las personas, qué es lo que realmente valoramos en esas personas, o qué están aportándonos quizás para nuestra propia vida.

Un planteamiento que nos vale para muchas cosas en la vida y en nuestras relaciones con los demás; un planteamiento también para el ámbito de nuestra fe. No nos podemos quedar en fachadas, tenemos que ir a algo hondo en nuestra vida; no es un vestido o un uniforme que nos ponemos por fuera, tiene que llegar a lo más hondo de nuestra vida; por eso el conocimiento que tenemos de Jesús es importante que se convierta en vida para nosotros.

En estos momentos en que prácticamente estamos a finales de la Cuaresma, muy cercana ya la Pascua, el evangelio nos va presentando aquella situación, podríamos decir, de enfrentamiento de aquellos que no querían aceptar a Jesús y que terminarían en su prendimiento y su muerte. Hoy nos habla el evangelio – quizás el texto no tiene tanta relación con la pascua pues hace referencia otra fiesta judía, pero de alguna manera con las mismas consecuencias – que Jesús se había quedado en Galilea mientras otros habían subido a Jerusalén para la fiesta de la tiendas; ya se rumoreaban los planes de prendimiento de Jesús y por eso le vemos que Jesús sube finalmente pero como en privado.

Sin embargo se lo van a encontrar por las calles de Jerusalén o en el templo y algunos se preguntarán si es que ya los dirigentes han aceptado a Jesús pues no han procedido a su prendimiento. Y es cuando Jesús hablando a los que estaban en su entorno nos habla del verdadero conocimiento que de El habría de tenerse y que era precisamente lo que no todos aceptaban.

‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

No era solamente decir que era de Galilea y de allí procedía, o a lo más que había nacido en Belén, porque era de la familia de Judá, como nosotros celebramos en la Navidad, o que era el  hijo del carpintero y que sus familiares estaban allí en Nazaret y todos conocían. Eso eran circunstancias externas, podíamos decir, la pantalla exterior, como decía que era un profeta que había surgido en Galilea, donde principalmente había realizado su predicación y sus milagros.

Es mucho más lo que tenemos que reconocer en Jesús y que es lo que hoy nos está diciendo y ya lo hemos escuchado repetidamente nosotros estos días. ‘Yo no he venido por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía’, nos dice Jesús hoy. Enviado del Padre que habla las palabras del Padre y que realiza las obras del Padre, como tantas veces nos ha dicho y nosotros habremos meditado en muchas ocasiones.

Es así cómo comprenderemos el misterio de Jesús. Es así como el Evangelio de Juan nos dirá que es la Palabra que estaba en Dios y que era Dios, palabra que puso su tienda entre nosotros, que por nosotros se encarnó para levantarnos a nosotros y hacernos a nosotros participes también de esa vida de Dios haciéndonos también hijos de Dios.

Es Emmanuel, Dios con nosotros, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen y que por nosotros murió y resucitó como confesamos en el Credo. No podemos perder esa dimensión de nuestra fe porque es el principio de nuestra vida.

Es ahí donde tenemos que ahondar en el conocimiento del Misterio de Dios que en Jesús se nos manifiesta. ¿Ahondaremos lo suficiente en nuestra fe?

viernes, 21 de febrero de 2025

En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

 


En el nombre de Jesús desde esa fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu echaremos nuestras redes en ese inmenso mar del mundo en el que vivimos

Génesis 11, 1-9; Salmo 32; Marcos 8, 34 – 9, 1

Todos queremos ganar, nadie quiere perder; y hablamos de ganar y pensamos en poseer más, más cosas, más posesiones, más riquezas, más poder, más prestigio, más influencias, no nos queremos quedar atrás; queremos ser tenidos en cuenta, queremos brillar aunque sea con oropeles, queremos estar por delante, queremos reverencias y reconocimientos… y vamos intentando medrar en la vida, ir alcanzando mejores puestos, poder pasarlo bien sin ninguna preocupación, disfrutar de la vida, decimos en una palabra. Y decimos que cada momento es importante, que tenemos que saber aprovechar la ocasión, que no estamos hechos para el sufrimiento y vamos a ver como conseguimos las cosas con el menor esfuerzo…

¿Serán esos también nuestros criterios? Sabemos que son el criterio normal de la gente que está a nuestro alrededor, pero ¿nos quedamos en esos valores que podemos cuantificar en lo material, en lo económico, en los placeres de la vida? ¿No hay otras metas, otras ansias en nuestra vida como si ahí lo tuviéramos todo?

Escuchando el evangelio de hoy con criterios como estos que hemos mencionado de alguna manera nos sentimos desconcertados con las palabras de Jesús. Nos habla de perder la vida para poderla ganar. ¿Será que tenemos que sacrificar algunas ganancias, hacer algunas inversiones para poder tenerlas luego de forma superior?

Sí que tenemos que hacer inversiones en la vida, pero que no van por esos caminos de lo material o de los prestigios y honores que este mundo podamos recibir. Hay algo distinto que nos da un sentido superior a la vida, algo que nunca nos dejará vacíos por dentro. Son esos valores que elevan nuestro espíritu, que nos hacen mirar la vida de forma distinta, que crean verdadera humanidad en nuestras relaciones de los unos con los otros, las que nos van a dar verdadera paz interior que será fuente de la verdadera alegría, no de alegrías efímeras para las que necesitamos algunos alicientes que cuando nos fallan todo se nos queda en nada.

Tenemos que buscar en donde vamos a encontrar la verdadera grandeza del hombre, de la persona. Por eso no nos podemos dejar arrastrar por esos criterios mundanos, por esas vanidades que serán como humo que pronto se disipa y se queda en nada. Tenemos que buscar lo que da verdadera profundidad a la vida; y para eso tenemos que aprender a decir no porque buscamos lo mejor y no nos queremos quedar en lo mediocre.

Claro que queremos crecer, que queremos tener una vida digna, claro que tenemos que aprender a disfrutar de la vida, claro que tenemos que darle importancia a cada momento porque le damos una trascendencia a la vida, porque buscamos algo que nos lleve más allá y más arriba, porque nos queremos dejar impregnar por los valores que nos va enseñando el evangelio, porque queremos mirar a los demás no como unos contrincantes sino con alguien con quien voy a colaborar para hacer un mundo mejor y que nos llene de felicidad a todos.

No es que no queramos ganar, sino que buscamos lo que nos va a dar una ganancia perpetua. Y tenemos que invertir nuestro esfuerzo por la superación, por la búsqueda de la verdad, por la construcción de la verdadera paz que nace del corazón, por construir unas relaciones más amistosas y más fraternas, por ser capaces de poner comprensión y misericordia en el corazón, porque vamos a querer compartir porque será la manera en que sienta las más hondas satisfacciones. No buscamos ganarnos el mundo entero, sino hacer que nuestro mundo sea mejor porque yo voy a ser mejor y porque voy a ayudar a los demás a que sean también mejores.

Y lo vamos a hacer desde una fe que anima nuestra vida y eleva nuestro espíritu. Y lo hacemos porque creemos en Jesús y queremos seguirle y no nos avergonzaremos nunca de esa motivación trascendental para nuestra vida. Es un mar inmenso el que tenemos delante y en el que en el nombre de Jesús vamos a echar nuestras redes.

viernes, 14 de febrero de 2025

No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

 


No olvidemos nunca el evangelio que tenemos que trasmitir, no buscamos entretener con bonitas historias, sino un mensaje de vida y de esperanza para un mundo nuevo

Hechos de los apóstoles 13, 46-49; Salmo 116; Lucas 10, 1-9

Decimos de primeras que el conferenciante es ameno y entretenido si nos cuenta muchas anécdotas como historias que nos entretienen más allá del mensaje que nos quiere trasmitir. Pero no son historias contadas como anécdotas amenas o cuentos entretenidos los que nos dicen la verdad del mensaje, tenemos que ir a algo más hondo para ver si sus palabras nos convencen, sus palabras siembran en nosotros nuevas esperanzas o nos abren camino de algo mejor. Tendrá que hacerlo de manera que suene agradable quizás a nuestros oídos o a la sensación que vayamos sintiendo, pero tenemos que ver la hondura de lo que se nos quiere trasmitir. Podemos encontrarnos palabras amenas pero palabras vacías que nada nos dicen.

Hoy nos habla el evangelio de aquel envío que Jesús hace de los setenta y dos discípulos para que vayan haciendo un anuncio de la Buena Noticia de Jesús por aquellos pueblos y ciudades de Galilea; no hace pocos días hemos escuchado también el envío de los doce apóstoles que Jesús había elegido también con la misma misión. ¿Qué han de anunciar? No van a contar historias, no van a hablar de cosas aprendidas que hayan leído previamente en algún libro, no van simplemente a contar a las gentes que Jesús hace milagros, cura enfermos o da la vista a los ciegos.

Ellos van a despertar esperanzas de que algo nuevo está llegando, que el Reino de Dios está cerca, y van como testigos de quien es realmente esa buena noticia para todos. Van a estar con las gentes allí donde están y donde viven, por eso habitarán en sus casas cuando les den hospedaje y recorrerán los caminos de aquellos pueblos. Y han de ir dejando señales de su paso, señales de que el Reino de Dios es posible, porque es posible un mundo nuevo; por eso irán con la autoridad de curar enfermos, porque el mal hay que irlo arrancando de los más hondo de ellos mismos. ‘Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, en ella y decidles: El reino de Dios ha llegado a vosotros’.

Hoy se nos ofrece este evangelio porque estamos celebrando la fiesta de dos grandes misioneros de Europa en su tiempo, como fueron san Cirilo y san Metodio, patronos también de Europa. Y esta celebración viene a recordarnos esa vocación misionera que tiene todo cristiano. Todos estamos llamados a anunciar el Evangelio. Y cuando hablamos de esa misión no es solo para pensar en que tenemos que llegar a tierras lejanas, que también, sino cómo tenemos que ser misioneros en el día a día de nuestra vida allí donde estamos.

Por otra parte en Europa estamos necesitando de una nueva Evangelización porque en la Europa cristiana que fue misionera de nuevos mundos estamos viendo cómo se van perdiendo esos valores del evangelio y estamos llegando a una descristianización de nuestras costumbres y nuestra manera de vivir; no solo estamos sufriendo una atonía espiritual invadidos por el materialismo de la vida, sino que cada vez estamos más lejos de esos valores que nos proclama el evangelio, hay el peligro de que incluso la Iglesia pierda ese sentido de signo del Reino de Dios que tiene que ser en medio del mundo, y es necesario un nuevo anuncio del Evangelio.

No es solo cuestión de que contemos historias y la nueva evangelización no es solo contarnos los milagros que Jesús hizo y se nos cuentan en el evangelio, sino que la palabra y el testimonio que demos tiene que ser en verdad signo de ese Reino de Dios que queremos anunciar y construir en nuestro mundo. Es algo que tenemos que trasmitir no solo con nuestras palabras sino con la manera cómo nosotros nos acercamos a ese mundo que nos rodea para despertar esa nueva esperanza que el mundo necesita.

Hoy nos hablan las palabras de Jesús de esa nueva manera de estar en medio de nuestro mundo, no haciendo alarde de grandes cosas sino que a través de lo pequeño y lo humilde, incluso con una pobreza de medios, hagamos despertar esa nueva esperanza, esa nueva alegría de la vida. ¿En qué busca la gente que nos rodea y como esa alegría de la vida? Muchos sucedáneos buscan en las cosas de las que se valen y que puedan darle placer o puedan hacerlos sentirse en fiesta, pero que les llevan muchas veces a un vacío existencial.

No es ese el camino por donde nosotros queremos llegar, porque eso Jesús nos habla de nuestra disponibilidad y de nuestra generosidad, que no busquemos bastones o apoyos humanos sino que busquemos esa fuerza que el Espíritu pone en nuestro interior para poder dar ese testimonio que nuestro mundo necesita. No podemos entretenernos en el anuncio del evangelio en cosas efímeras y que pronto se diluyen y puedan dejar un vacío en nosotros sino en lo que verdaderamente da profundidad, da auténtica alegría a nuestras vidas.

No olvidemos nunca el verdadero mensaje del evangelio que tenemos que trasmitir. No buscamos entretener con bonitas historias, sino dar un mensaje de vida y de esperanza para hacer un mundo nuevo.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

 


Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

Alguna vez habremos visto en algún trabajo cómo un encargado de obra exigente trata de hacer llevar a un trabajador un peso que supera sus fuerzas, pero que además dicho encargado no es capaz de echar una mano para ayudar cuando ni él mismo es capaz de llevar tremendo peso o realizar dicho trabajo que quiere imponer a su subordinado. Lo consideramos injusto e inhumano, no lo soportaríamos quedándonos callados ante tal situación.

No serán pesos materiales o trabajos injustos de este tipo – que también los hay – pero si somos conscientes cuando nos detenemos a pensar un poco de situaciones en que nos volvemos exigentes con los demás cuando a nosotros mismos nos lo perdonamos todo; son, por ejemplo, nuestras habituales criticas a lo que hacen los demás, los prejuicios con que vamos tantas veces por la vida, o el juicio tan a la ligera que hacemos sobre la vida de los demás, sin ser capaces de ponernos en su lugar, para ver realmente lo que nosotros seríamos capaces de hacer. De qué manera tan fácil caemos por esas pendientes de prejuicios, de condenas, de críticas sin mirarnos primero a nosotros mismos.

Hoy contemplamos a Jesús que habla palabras duras contra ciertos sectores de la sociedad de su tiempo y sobre todo de aquellos que se consideraban dirigentes y desde unas opciones radicales se volvían exigentes con los demás. Pero sobre todo Jesús está haciendo hincapié en el vacío con que esas personas, sin embargo, vivían sus vidas cuando tanto les exigían a los demás. Un vacío interior o una podredumbre que les llenaba de malicias.

El camino de la vida tiene que ser de otra manera; nuestras actitudes para con los demás tienen que estar más llenas de autenticidad; hemos de saber ir a lo que verdaderamente es fundamental y no quedarnos en superficialidades y apariencias. Son cosas con las que fácilmente solemos tropezar cuando no hay verdadera profundidad en nuestras vidas. Tenemos que ahondar en nuestro espíritu, pero no para buscarnos a nosotros mismos sino para llenarnos de verdad del Espíritu de Dios que tiene que ser el que verdaderamente nos guíe. Será ahí cómo tendremos una verdadera espiritualidad que no se queda en cumplimientos o en apariencias. Esa sigue siendo una gran tentación en nuestra vida y una piedra de tropezar.

Tenemos que saber buscar ese crecimiento interior. Por eso necesitamos mucho también el mirarnos a nosotros mismos para conocer nuestra realidad y no quedarnos entonces en apariencias; cuando nos conocemos de verdad no entraremos en comparaciones con nadie, ni en juicios de condena para con los demás, sino que aprenderemos a ser en verdad comprensivos. Al darnos cuenta de nuestra realidad reconocemos nuestra debilidad, y cuanto nos cuesta a nosotros ese crecimiento, esa superación de mi vida en la que tengo que trabajar todos los días. No andaremos buscando justificaciones para nosotros y nuestra mirada a los demás será bien distinta.

Una tarea de ascesis, de crecimiento, de superación; una mirada de comprensión que se tiene que convertir en una mano tendida para ayudar a caminar juntos y a sabernos levantar mutuamente en nuestros errores y caídas; un comenzar a creer en la persona y en las posibilidades que tiene en la vida porque siempre seremos capaces de recomenzar lo que tantas veces hemos errado buscando el hacerlo mejor. Y eso nos hace comprensivos, y como hemos alcanzado nosotros misericordia con la misma generosidad queremos ofrecerla también a los demás.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

 


Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

Proverbios 3,27-34; Salmo 14; Lucas 8,16-18

¿Cómo somos realmente en nuestro interior? Quizás sea algo que no queremos dejar traslucir, lo guardamos en nosotros a veces como el más sagrado de los secretos; claro que pensar en cómo somos nos trae a la memoria lo que ha sido el recorrido de nuestra vida, también con sus errores y tropiezos, y quizás hemos tratado de presentar una imagen de nosotros mismos con demasiado perfeccionismo y no nos agrada que esa imagen se vea enturbiada; tenemos nuestros prestigios que no queremos perder. Pero ¿no sería eso en el fondo algo de vanidad? ¿Ponemos la cara bonita para la fotografía, queriendo ocultar el lado no tan agradable? Las vanidades un día se quedaran en nada, porque nos harán sentir el vacío de nuestra vida.

Es cierto que no tenemos que estar haciendo gala ante los demás de nuestros fallos o defectos, pero quizás el mostrarnos imperfectos en lugar de enturbiarnos nos hace más reales y más humanos. Pero no somos solo eso. También en nosotros hay unos valores, también tenemos nuestros principios como nuestras metas en la vida por las que luchamos y nos esforzamos; están nuestros tropiezos, es cierto, pero está también nuestro deseo de superación y el esfuerzo que hacemos para conseguirlo. Y eso sí que define más nuestra vida, lo que somos, la verdadera grandeza de nuestra existencia, las bonitas huellas que podemos dejar tras nosotros. No tienen que ser huellas de perfección, tienen que ser huellas humanas, con sus luces y con sus sombras, que es lo que le dan belleza al cuadro de nuestra vida.

¿No será eso a lo que se está refiriendo Jesús con las palabras que escuchamos hoy en el evangelio? ‘Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entran tengan luz’. Es la lámpara que tenemos que mostrar, la luz que tenemos que reflejar, también con sus tintineos. Muchos podrán encontrar en ella una luz para sus vidas.

No hemos de tener miedo. Y ya no es vanidad, no es ostentación, no es orgullo; es la realidad de la vida que ofrecemos con humildad tal como somos. Y eso es lo que en verdad se puede convertir en estímulo para los demás. Por eso nos sigue diciendo Jesús: ‘Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público’. ¿Por qué vamos a ocultar lo que puede ayudar a los demás? No son secretos humillantes para nosotros sino que es nuestra vida, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestras luchas, nuestro amor.

Por eso el cristiano tiene que ser siempre una luz que está colocada en lo alto para iluminar. Llevamos algo muy hermoso en nuestra vida que es una lástima que lo mantengamos oculto. Son los miedos y cobardías con que andamos tantas veces los cristianos. Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe y de los ideales que tenemos en nuestra vida.

Tenemos que sentirnos seguros en el camino que estamos haciendo, porque lo que intentamos, incluso con nuestros errores y tropiezos, es seguir el camino de Jesús. Y es un camino de crecimiento, de superación; un camino que parte de nuestra debilidad, pero que cuenta con la fortaleza del espíritu del Señor que nos acompaña en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos. Y eso también hemos de saber trasmitirlo a los demás para que puedan enamorarse del evangelio de Jesús.

Termina diciéndonos Jesús algo que algunas veces parece que no terminamos de comprender. Habla de que ‘al que tiene se le dará…’ Eso bueno que llevamos en nuestro interior, con nuestra fe y con nuestros deseos de crecimiento y superación, con ese esfuerzo que realizamos para mantenernos fieles en nuestro camino, será algo que irá creciendo y creciendo en nuestro interior, porque irá dando verdadera profundidad a nuestra vida. Pero cuando nos dejamos llevar por fantasías y por vanidades al final todo eso se esfumará y se quedará en nada mostrando el vacío que llevamos por dentro. Por eso nos dice ‘que al que no tiene se le quitará hasta aquello que cree tener’. Será el vacío con que nos quedamos en nuestra vida detrás de esa superficialidad que nos hará descubrir la carencia de verdadera espiritualidad que hay en nosotros.

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso.

martes, 27 de agosto de 2024

Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

 


Busquemos lo que dé verdadera profundidad a nuestra vida, pongamos generosidad, espíritu de servicio y la delicadeza del amor en lo que hacemos

2Tesalonicenses 2, 1-3a. 14-17; Salmo 95; Mateo 23, 23-26

Las cosas las vemos según las perspectivas que tengamos, o como solemos decir también, las vemos según el color del cristal a través del cual miramos, o tenemos unos criterios según la educación que hayamos recibido o quizás también de las cosas que nos hayan sucedido en la vida que de alguna manera marcan nuestro actuar o nuestra manera de ver las cosas; podemos tener la tendencia de querer liberalizarlo todo de manera que al final todo lo volvemos relativo, o por esas circunstancias que mencionábamos nos hemos endurecido de manera que queremos como ponerle un corsé a las cosas. Nos lleva a una disparidad de criterios, nos puede llevar a enfrentamientos y controversias, nos puede llevar a encasquillarnos en determinadas posturas de las que nos es difícil salirnos.

No pretendo justificar nada, sino de alguna manera respetuosamente constatar esa diversidad, y tratar de comprender también esa variedad de opiniones y criterios que según en qué vamos tomando en la vida; lo que en principio tendría que ser enriquecedor si supiéramos escucharnos y respetar y valorar lo bueno que veamos en los demás, nos lleva muchas veces a un no entendimiento que nos enfrenta. Veamos lo que sucede en nuestra sociedad en donde en lugar de contribuir cada uno desde su lado al bien común, nos conduce a descalificaciones y enemistades.

Es la situación que podemos descubrir a través del evangelio en el pueblo judío que de alguna manera se sentían únicos y distintos en el planteamiento religioso que hacían de su vida y de su historia, que de alguna manera podía llevar a algunos a estar como a la defensiva frente a los pueblos que los circundaban y la cultura que desde el mundo heleno y romano también pretendían imponerle. De alguna manera podemos comprender esa reacción defensiva y en cerrazón de algunos grupos que influían en el pueblo judío de la época. El evangelio nos habla de saduceos y de fariseos, como también estaban los herodianos o aquellos zelotes que luchaban incluso de forma violenta contra la imposición de los romanos que los dominaban políticamente.

Pero entre los dirigentes del pueblo en aquel momento predominaban con fuerza no solo los saduceos sino también los fariseos, que desde un fanatismo religioso de rigorismo pretendían imponer al pueblo una manera de entender las cosas que se alejaban muchas veces del espíritu de la Ley de Moisés que ellos precisamente pretendían defender; los veremos con frecuencia enfrentados a Jesús porque no terminaban de entender su mensaje y porque además Jesús se mostraba muy crítico con ellos. Es lo que estamos escuchando en el evangelio en estos días. Había un exceso de vanidad y de hipocresía, que es lo que Jesús viene denunciándoles porque muchas veces rayaban la superficialidad poniendo el acento en un rigor que le quitaba alma a sus vidas.

‘Pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidáis lo más grave de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad’, les dice claramente Jesús como hoy le escuchamos. Rigorismo frente a la verdadera grandeza de corazón que se ha de manifestar en el espíritu de servicio, en la generosidad y en el desprendimiento que nace del amor. Y les habla de cómo quieren mantener las apariencias, mientras el corazón está lleno de podredumbre y de muerte. ‘Limpias el plato o el vaso por fuera, mientras dentro está lleno de suciedad’.

Algunas veces pasamos nosotros por situaciones, por actitudes semejantes, influenciados por muchas circunstancias que nos pueden llevar a un formalismo ritual en aquello que hacemos, pero al mismo tiempo a una sequedad del corazón. O nos volvemos intransigentes o todo nos lo permitimos; o nos quedamos en un inmovilismo que nos paraliza, o queremos estar innovando siempre dejándonos llevar por los vientos de la vida perdiendo el verdadero norte de nuestra existencia; o pensamos que siempre los tiempos pasados fueron mejor, o queremos rechazar la memoria y la tradición de la vida porque siempre la consideramos inservible.

Nos pasa en los caminos de la sociedad; nos pasa en el interior de la Iglesia; nos pasa en nuestro propio interior cuando nos quedamos en la superficialidad; nos pasa en las interpretaciones que nos hacemos donde perdemos el sentido de la ética y de unos profundos criterios morales que hemos de fundamentar en el evangelio.

¿Por donde realmente andaremos? ¿Cuál es la profundidad de sentido que le damos a la vida, a lo que hacemos y vivimos?