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sábado, 29 de noviembre de 2025

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

 


Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo porque estamos llamados a un mundo y a una vida nueva

Daniel 7, 15-27; Dn 3,82-87; Lucas 21, 34-36

Necesitamos que resuenen con fuerza la esperanza y el optimismo a pesar de lo que estamos viviendo. No podemos ser catastrofistas a la hora de contemplar la realidad de la vida por muchas que sean las sombras que contemplamos. Son los cambios de los tiempos que van mucho más allá de lo que ahora llamamos cambio climático, porque a veces parece que la naturaleza nos azota sin piedad, temporales e inundaciones por una parte mientras por otro lado parece que el desierto avanza con la subida de las temperaturas, incendios o volcanes, la naturaleza parece que revuelve sus tripas.

Pero no nos quedamos ahí. Son muchos los aspectos de la vida que algunas veces nos llenan de pesadumbre y que pudieran hacernos desembocar en la amargura, sentimos inquietud dentro de nosotros en la transformación que contemplamos en nuestra sociedad que algunas veces nos puede costar comprender. Lo que algunos llaman avance para otro puede parecer destrucción, nos cuesta acercarnos y entendernos, muchos valores espirituales parece que se van perdiendo y por la forma como vemos a muchos a nuestro alrededor nos preguntamos si realmente saben a donde van o cuales son los valores de su vida. Cada día atentamos más contra la paz, y son las guerras candentes que por distintos lugares del mundo producen muerte y destrucción pero es la violencia que vivimos en nuestras relaciones más cercanas que nos impide el entendimiento o simplemente nos sentemos a dialogar, es la falta de respeto y de valoración de lo que hacen los demás porque siempre lo hace mal aquel que consideramos oponente a nuestras ideas.

Una primera pregunta sería dónde estamos los cristianos en medio de esta barahúnda que contemplamos en nuestro mundo. Pero también tendríamos que preguntarnos qué tendríamos o podríamos hacer. ¿Decir que es el destino de la vida ante el que no podemos hacer nada y aguantarnos a ver cómo pasamos el temporal? La actitud más humana que tendríamos que afrontar no pasa por el derrotismo o el cruzarnos de brazos. Siempre decimos que tenemos que sentirnos comprometidos y ante esa realidad tenemos que actuar. Por eso hablamos de esperanza y del optimismo con que hemos de afrontar la vida a pesar de las oscuridades y dificultades.

Es algo que tenemos que tener muy claro. Claro que optimismo no es simplemente ponernos a cantar como si nada estuviera pasando; optimismo no es tomarnos la vida a la ligera como si nada pasara pensando que por sí mismo todo se solucionará con el paso del tiempo. Optimismo es algo más profundo, algo también más comprometido porque las cosas no las podemos tomar a la ligera y tenemos que ser conscientes de la realidad.

Nuestro optimismo nace de la esperanza que anima nuestra vida.  Desde nuestra tenemos clara cuáles son nuestras metas y en nuestras metas está esa transformación de nuestro mundo. ¿La Buena Nueva de Jesús no nos hablaba de algo nuevo que tenia que surgir a lo que llamábamos el Reino de Dios? Es clara y necesaria esa transformación que parte de nosotros mismos para poder transformar nuestro mundo y nuestra sociedad, parte de que nosotros vivamos esos valores que nos enseña el evangelio, que aprendemos en Jesús; que vayamos sembrando esa semilla que hará surgir esa planta nueva pero en un terreno que tenemos que cultivar.

Y en esa esperanza sabemos quién está con nosotros, quien es nuestra fuerza y nuestra vida. Jesús nos ha prometido la presencia de su Espíritu para ser nuestra fortaleza y con Él será posible la transformación de nuestro mundo. Por eso nuestro optimismo nace de nuestra esperanza. A esto tenemos que ponernos en camino, ese es el testimonio que tenemos que dar ante el mundo que nos rodea, ese es nuestro compromiso por hacer un mundo mejor.

Concluimos hoy un ciclo litúrgico para mañana comenzar con el Adviento el nuevo año litúrgico donde de nuevo iremos haciendo ese recorrido por toda la historia de la salvación. Terminamos hoy teniendo muy presente esa palabra de esperanza y con esa misma esperanza comenzamos el tiempo de Adviento. Es una característica muy fundamental en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana.


domingo, 15 de diciembre de 2024

Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

 


Unas nuevas expectativas en búsqueda de una auténtica navidad para sentir que Dios está en medio nuestro en este mundo convulso en que vivimos

Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-3; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

En la vida siempre estamos a la expectativa de algo; salvo que vivamos de una forma pasiva, simplemente dejándonos arrastrar por lo que salga, siempre hay una inquietud de algo distinto, de algo mejor en el corazón. Malo es no tener expectativas, no tener esperanzas, que se nos hayan apagado las ilusiones. Una expectativa nos hace estar despiertos, porque la esperanza sería pobre si solo fuera algo pasivo.

Claro que no todos tienen las mismas expectativas. También es posible que nos confundamos y nos equivoquemos. Habrá cosas que nos ilusionan por su brillo, pero pronto quizás nos damos cuenta de que es hojarasca, que son oropeles, falsos oros. Nos podemos crear confusión, sobre todo desde las influencias externas que recibimos de acá para allá. Difícil mantener el equilibrio, pero es algo que tenemos que intentar, que necesita quizás un esfuerzo por nuestra parte, y algunas veces parece que no estamos por ese esfuerzo o por esa superación, sino de forma pasiva dejarnos arrastrar.

Miramos nuestra vida, miramos nuestro mundo, miramos la sociedad que nos ha tocado vivir o que entre todos hemos construido o estamos haciendo quizá cada uno queriendo tirar del ascua para su sardina, son muchos los intereses, son muchos los tira y afloja que vamos recibiendo de acá y de allá. Repito que nos cuesta mantener el equilibrio. Será en la forma como queremos la vida, las apetencias de felicidad que todos llevamos dentro, el desarrollo como personas que todos de alguna manera queremos, serán los sueños de algo superior o de cómo mejorar la vida, será el cansancio de la rutina que nos arrastra, será la insatisfacción de lo que contemplamos que otros hacen. Esperamos, quisiéramos, deseamos, buscamos… ¿cuáles son nuestras esperanzas?

Estamos envueltos por la vida con toda su problemática; como creyentes también vamos queriendo hacer un camino; tenemos unas costumbres o unas tradiciones religiosas también que van marcando el ritmo de la vida. En estos momentos estamos en la cercanía de la Navidad. Todo el mundo prepara la navidad, forma parte también de nuestras expectativas. Claro que tenemos que preguntar qué es lo que en verdad estamos preparando cuando decimos que preparamos la navidad.

Ahí están las carreras de compras en las que nos vemos envueltos, vemos los adornos con que vamos llenando nuestras calles, nuestras plazas, nuestras casas, vemos la cantinela de la lotería que ya comienza a escucharse aunque sea en anuncios, pasamos por el mercado y ya estamos pensando en lo que nos va a costar la comida de estas fiestas, suenan las músicas y los villancicos de navidad pero también tendríamos que fijarnos en lo que expresamos en esas músicas y en las letras que cantamos. ¿Qué es lo que predomina en todo eso? ¿Qué es lo que predomina en la preparación de la navidad?

Y es una pregunta seria que tendríamos que hacernos, ¿preparamos navidad o preparamos el nacimiento de Jesús? Lo malo sería que el protagonista principal lo dejemos fuera, no lo invitemos a esta fiesta, porque casi ni nos acordamos de lo que significó aquel momento. Como creyentes que queremos celebrar en verdad la navidad tenemos que hacer un parón, detenernos un poco a pensar. Es lo que para nosotros los creyentes ha de significar este tiempo de Adviento que estamos recorriendo, que es mucho más o algo bien distinto a hacer unas compras o poner unos adornos.

Para el creyente claro que es una gran fiesta para la que nos estamos preparando y todo tienen que ser alegría y es cierto que tienen que brotar los cantos y la música pero quizás –o sin quizás - también algo más. Lo vamos a mostrar en muchos signos de cercanía y de amistad con la familia y con los cercanos a nosotros. Pero ¿de donde tiene que arrancar?

Este domingo es llamado el de la alegría, porque así lo expresa la liturgia también, por la cercana navidad. ¿Cuál es el anuncio que nos llena de alegría? ‘Aquel día se dirá a Jerusalén: «¡No temas!, ¡Sión, no desfallezcas!» El Señor, tu Dios, está en medio de ti, valiente y salvador; se alegra y goza contigo, te renueva con su amor; exulta y se alegra contigo como en día de fiesta’. Así nos decía el profeta. ‘El Señor, tu Dios, está en medio de ti…’

Eso es la verdadera navidad. ¿No decimos Emmanuel? ¿Qué significa? ‘Dios con nosotros… Dios está en medio de ti’. No lo podemos olvidar. Es la razón de todo. Y si no llegamos a sentir que Dios está en medio de nosotros, es que no hemos entendido la navidad porque muchas fiestas, cantos, comidas y regalos que nos hagamos.

Y es que tenemos que escuchar con mucha atención el evangelio que hoy se nos ofrece. Nos dice que Juan el Bautista ‘con muchas exhortaciones anunciaba al pueblo el Evangelio’. Por eso también como aquellos que iban a escucharle allá en la orilla del Jordán también nosotros hemos de preguntar, ‘¿qué debemos hacer?’ Y Juan iba señalando de forma muy concreta a cada uno de ellos esas nuevas actitudes que debían tener en su vida.

Y habla de solidaridad y de compartir, habla de rectitud de vida y de responsabilidad, habla de pureza de corazón arrancando maldades y de buen espíritu para la convivencia con los demás; podríamos traducirlo en muchas cosas concretas para nuestra vida; miremos donde están nuestras flaquezas, los tropiezos que vamos teniendo en la convivencia con los demás, las posturas que tomamos en relación a los otros, la forma de vivir nuestras responsabilidades, las carencias que podemos tener en nuestra vida familiar, miremos con sinceridad nuestra vida e iremos encontrando la respuesta a esa pregunta que nos hacíamos.

Y cuando vayamos haciendo que todo eso sea distinto vamos a sentir una nueva paz en nuestro corazón que hará surgir una alegría verdadera; y cuando vayamos abriéndonos a los demás de una forma nueva teniendo nuevas actitudes estaremos abriendo las puertas del corazón para que Dios llegue a morar en él.

Entonces sentiremos al Emmanuel, entonces nos daremos cuenta que Dios está en medio nuestro, en este mundo tan complicado en el que vivimos y con tantos problemas, entonces habrá verdadera alegría de navidad a pesar de tantas sombras de tristeza y de sufrimiento que vemos alrededor, entonces todas esas cosas que hacemos no se quedaran en superficialidades de un día sino que serán comienzo de un nuevo día para nuestra vida. Se cumplirán unas nuevas expectativas para nuestro corazón. Necesitamos, el mundo necesita una nueva Navidad.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

 


Una nueva mirada de comprensión desde el reconocimiento de la propia debilidad, un impulso de ascesis y crecimiento que nos lleva a una más profunda espiritualidad

Gálatas 5, 18-25; Salmo 1; Lucas 11, 42-46

Alguna vez habremos visto en algún trabajo cómo un encargado de obra exigente trata de hacer llevar a un trabajador un peso que supera sus fuerzas, pero que además dicho encargado no es capaz de echar una mano para ayudar cuando ni él mismo es capaz de llevar tremendo peso o realizar dicho trabajo que quiere imponer a su subordinado. Lo consideramos injusto e inhumano, no lo soportaríamos quedándonos callados ante tal situación.

No serán pesos materiales o trabajos injustos de este tipo – que también los hay – pero si somos conscientes cuando nos detenemos a pensar un poco de situaciones en que nos volvemos exigentes con los demás cuando a nosotros mismos nos lo perdonamos todo; son, por ejemplo, nuestras habituales criticas a lo que hacen los demás, los prejuicios con que vamos tantas veces por la vida, o el juicio tan a la ligera que hacemos sobre la vida de los demás, sin ser capaces de ponernos en su lugar, para ver realmente lo que nosotros seríamos capaces de hacer. De qué manera tan fácil caemos por esas pendientes de prejuicios, de condenas, de críticas sin mirarnos primero a nosotros mismos.

Hoy contemplamos a Jesús que habla palabras duras contra ciertos sectores de la sociedad de su tiempo y sobre todo de aquellos que se consideraban dirigentes y desde unas opciones radicales se volvían exigentes con los demás. Pero sobre todo Jesús está haciendo hincapié en el vacío con que esas personas, sin embargo, vivían sus vidas cuando tanto les exigían a los demás. Un vacío interior o una podredumbre que les llenaba de malicias.

El camino de la vida tiene que ser de otra manera; nuestras actitudes para con los demás tienen que estar más llenas de autenticidad; hemos de saber ir a lo que verdaderamente es fundamental y no quedarnos en superficialidades y apariencias. Son cosas con las que fácilmente solemos tropezar cuando no hay verdadera profundidad en nuestras vidas. Tenemos que ahondar en nuestro espíritu, pero no para buscarnos a nosotros mismos sino para llenarnos de verdad del Espíritu de Dios que tiene que ser el que verdaderamente nos guíe. Será ahí cómo tendremos una verdadera espiritualidad que no se queda en cumplimientos o en apariencias. Esa sigue siendo una gran tentación en nuestra vida y una piedra de tropezar.

Tenemos que saber buscar ese crecimiento interior. Por eso necesitamos mucho también el mirarnos a nosotros mismos para conocer nuestra realidad y no quedarnos entonces en apariencias; cuando nos conocemos de verdad no entraremos en comparaciones con nadie, ni en juicios de condena para con los demás, sino que aprenderemos a ser en verdad comprensivos. Al darnos cuenta de nuestra realidad reconocemos nuestra debilidad, y cuanto nos cuesta a nosotros ese crecimiento, esa superación de mi vida en la que tengo que trabajar todos los días. No andaremos buscando justificaciones para nosotros y nuestra mirada a los demás será bien distinta.

Una tarea de ascesis, de crecimiento, de superación; una mirada de comprensión que se tiene que convertir en una mano tendida para ayudar a caminar juntos y a sabernos levantar mutuamente en nuestros errores y caídas; un comenzar a creer en la persona y en las posibilidades que tiene en la vida porque siempre seremos capaces de recomenzar lo que tantas veces hemos errado buscando el hacerlo mejor. Y eso nos hace comprensivos, y como hemos alcanzado nosotros misericordia con la misma generosidad queremos ofrecerla también a los demás.

sábado, 27 de julio de 2024

Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

 


Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor traducido en muchos gestos y en cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor

Jeremías 7,1-11; Salmo 83;  Mateo 13,24-30

Cada mañana cuando despierto me gusta quedarme soñando, sí, sueño con lo que quisiera que fuera mi día, es de alguna manera la oración que elevo a Dios pidiendo por la bondad de ese día y cómo podría yo vivirlo con intensidad; es también el deseo que expresaré luego en mi saludo a mis amigos a través de las redes sociales; mis sueños quieren ver un mundo maravilloso, donde todos podamos ser felices, donde nos entendamos y nos mantengamos unidos, donde todos trabajemos por la paz y por el desarrollo de ese mundo; un mundo de utopía pueden decirme algunos, pero necesitamos soñar, necesitamos creemos que en verdad podamos vivir en un mundo mejor y todos podemos poner nuestro granito de arena para que eso sea posible.

Pero bien sabemos que luego la realidad es distinta, porque aparecerán las sombras, porque aparecen nuestras maldades y nuestros egoísmos, porque aparecen las ambiciones que nos llenan de violencias para conseguirlas. Y no es que eso nos venga de fuera, nos venga de otros – que también vendrá – sino que todo eso está naciendo también en nuestro corazón cuando lo dejamos llenar de sombras y de muerte.

¿Qué hacer? ¿Destruirlo todo porque se ha llenado de maldad? O como pensamos tantas veces cuando nos quejamos de las injusticias que vemos en el mundo y que hacen sufrir a tantas personas, ¿por qué no los quitamos de en medio y todo ese mal desaparecerá?  Pero es que no podemos pensar solo en el mal que podamos ver hacer a los demás, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos que también nos dejamos muchas veces arrastrar por ese mal. Paciencia tiene Dios con nosotros que siempre está esperando que demos ese paso bueno que nos haga mejores.

De esto nos está hablando Jesús hoy en la parábola. El buen hombre soñaba también en poder recoger una buena cosecha y con esos buenos deseos sembró su tierra con buena semilla. Pero pronto apareció la cizaña que todo lo llenaba de maleza y maleaba aquella posible buena cosecha. Por allá andan aquellos buenos criados de buena voluntad, que quieren ir a arrancar la cizaña planta a planta para liberar a la buena semilla allí plantada. Pero el amo les decía que dejara que crecieran juntas, que a la hora de la cosecha ya se encargaría de que separaran una de otra para quemar las malas hierbas, pero la buena cosecha guardarla en el granero. Es la paciencia de Dios.

Así andamos en la vida, queremos ser buenos, queremos hacer las cosas bien, también soñamos en cuantas cosas buenas podríamos hacer, soñamos cómo podemos hacer que nuestras comunidades sean más vivas, que nuestro mundo sea mejor, que desaparezcan tantas violencias y enemistades, pero nos encontramos envueltos en un mundo de violencias, de egoísmos, de rencores y gente que no se perdona, de tantas insolidaridades que nos encierran en nosotros mismos y enturbian nuestra mirada.

Y es ahí donde tenemos que estar; es ahí donde tenemos que manifestar que nosotros tenemos otras metas y otros ideales, que otros son nuestros principios, que creemos de verdad que si ponemos un poco más de amor y de comprensión las cosas marcharían mejor, que no nos podemos cegar pensando solo en nosotros mismos, en nuestros beneficios, sino que tenemos que abrir nuestra mirada y nuestro corazón a ese mundo que necesita de nuestra mano de amor.

No siempre los cristianos estamos llevando a término nuestro compromiso, y también nos echamos para detrás, también nos dejamos envolver por esas maneras de pensar, y ya es hora que despertemos, que demos ese testimonio que el mundo necesita. Vayamos llenando nuestro mundo de las buenas semillas del amor que se tienen que traducir en muchos gestos y en muchas cosas concretas, y poco a poco iremos haciendo que nuestro mundo sea mejor.

miércoles, 24 de julio de 2024

Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

 


Diferente es el terreno donde cae la semilla porque así lo quiere el Señor con la esperanza de que un día demos fruto

Jeremías 1,1.4-10; Salmo 70; Mateo 13,1-9

Comenzaré por decir que cada uno somos una clase de terreno distinta donde hacer la siembra; no se trata de que seamos más buenos o más malos; es la característica de lo somos, diferentes, con nuestros valores personales, con nuestros sueños y aspiraciones, con nuestras flaquezas y debilidades que nos hacen tropezar, con nuestros problemas contra los que tenemos que luchar, con nuestras rutinas y costumbres, con nuestra historia personal llena de aciertos y de fracasos, de penas y de alegrías, de frustraciones y de esperanzas, de la gente que nos rodea cada día y de aquellos que al relacionarse con nosotros van dejando su impronta y su influencia. Y por esa tierra pasará el sembrador echando a voleo la semilla. Porque el sembrador sabiendo incluso que la semilla puede encontrar diferentes respuestas, ahí, en nosotros, quiere sembrarla.

Es la parábola que hoy nos ofrece el evangelio. Muchas veces, no sé si excesivamente, cargamos en lo negativo de esas diferentes tierras resaltando mucho la dificultad de que esa semilla enraíce o no en esa tierra para que un día pueda dar fruto. Yo quiero pensar que Dios que conoce bien de qué tierra estamos hechos cada uno de nosotros, sigue confiando y en esos diferentes terrenos sigue desparramando su semilla. ¿Diferentes las cosechas? Veremos que incluso en la tierra buena, que es más factible que produzca buenos frutos, lo recogido tiene cantidades diferentes porque una tierra dio el ciento por uno, pero otras buenas tierras solo dieron el sesenta o el treinta.

Y por aquí quisiera yo coger el meollo de la parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Muchas veces la hemos meditado y rumiado en el corazón; siempre está ahí esa riqueza nueva que nos ofrece cada día la Palabra de Dios. No nos la podemos dar por sabida, porque entonces no sería evangelio para nosotros. Es evangelio porque es noticia y noticia buena que ahora, hoy, en este momento estamos recibiendo de parte de Dios. Si le quitamos eso, le quitamos todo su sentido, y se quedaría en una palabra bonita, en un bonito ejemplo, en una página ejemplar, en la belleza de sus palabras y poesía. Pero nosotros buscamos algo más.

Insisto en lo que hemos venido considerando de los diferentes terrenos que somos cada uno de los que lo escuchamos. Ni más malos ni más buenos, sino con nuestra realidad- Y en el terreno de esa realidad se siembra la Palabra de Dios. Cada uno tenemos nuestras piedras o nuestros abrojos, cada uno mostraremos en un momento determinado la dureza de nuestro corazón y la sequedad del terreno – no siempre nos encontramos en el mismo grado de fervor – y nos mostraremos también con esos aspectos buenos, esos buenos momentos de mayor fervor o de mayor apertura del corazón. Y eso lo conoce el sembrador, eso lo conoce Dios y a nosotros en esa realidad quiere llegar con su semilla.

Con humildad tenemos que reconocer nuestra situación, que además no siempre es la misma; no podemos catalogarnos con eso de que siempre soy así, porque no siempre soy de la misma manera; las circunstancias que vivimos en cada momento nos marcan nuestros estados de ánimo y nuestras respuestas. Empezar por esa humildad de reconocernos en nuestra realidad es el primer paso para labrar ese terreno; si nos falta esa humildad entonces sí que se volverá más endurecido e infecundo.

Abramos, sí, ese nuestro corazón herido, marcado por muchas cicatrices que la vida ha ido dejando en él, muchas veces encallecido o con la costra de nuestras rutinas o nuestra tibieza, muchas veces también frío e insensible porque nos parece que ya lo que queremos es pasar de todo, y dejemos que esa semilla comience a germinar en él y vaya echando raíces con la esperanza de que brote firme la nueva planta que un día produzca sus frutos. Es el Señor que quiere enraizarse en nuestro corazón tal como es o tal como está. El Señor puede realizar maravillas en nosotros.

lunes, 10 de junio de 2024

Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

 


Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Todos soñamos siempre con algo mejor, sobre todo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas y carencias; si alguien viene además a decirnos con convencimiento que todo eso puede cambiar, más grande se hace nuestra ilusión y de más esperanza llenamos nuestros sueños; aunque nos tratemos de convencer que quizás eso no es tan inminente como nos lo prometen, pero ahí está sembrada la semilla de la esperanza, y seremos capaces de irnos detrás de quien nos ha hecho esas promesas hasta el fin del mundo si fuera necesario; además cuando vemos algunas señales de que eso es posible, más alegría se mete en el corazón, aun cuando sigamos todavía por un tiempo con aquella misma situación. La esperanza que nos parece cierta pone un nuevo brillo en nuestros ojos.

Seguramente era lo que iban sintiendo los que escuchaban el mensaje de Jesús. Aunque algunos les dijeran que eso que prometía era imposible, era irrealizable, estarían dispuestos a todo por escucharle y por seguirle. Todavía hoy hay quienes cuando escuchan esta página de las bienaventuranzas en el evangelio dicen que eso es una utopía irrealizable, que de alguna manera los oyentes de Jesús se sentían engañados, y siguen tirando piedras sobre el tejado de la Iglesia y del evangelio.

No queremos tampoco hacer rebajas en las interpretaciones que nos hagamos de esta página del evangelio con unas explicaciones muy espiritualistas. Sí tenemos que darnos cuenta de la trascendencia que se despertaba en los corazones al escuchar estas palabras de Jesús. Van más allá de una lectura e interpretación al pie de la letra; tenemos que saber entender lo que significaba el Reino de Dios anunciado por Jesús; tampoco Jesús quería promover una revolución llena de revueltas, como tantos hoy manipulan a las personas y a los pueblos; Jesús estaba proponiendo un mundo nuevo que por supuesto tenía que plasmarse en la vida de las personas, en la mejora de las que iban a disfrutar todos los que creyeran el mensaje de Jesús y quisieran ponerlo en práctica.

Porque de eso se trata, es algo que tenemos que poner en práctica; no es una varita mágica con la que tocamos las cosas y las cosas por si solas se transforman. Es la Palabra y la mano de Jesús que irá tocando el corazón del hombre, el corazón de las personas para hacer posible eso nuevo que Jesús nos proclama cuando nos llama dichosos también en nuestra pobreza, nuestras carencias que pueden llevar al hambre y a la sed, a aquellos que van a actuar de una manera nueva porque será la mansedumbre su manera de actuar, desterrarán todo lo que signifique maldad y violencia, o se sientan defraudados porque no son comprendidos por nadie.

Es que tenemos que comenzar a tener un corazón nuevo - ¿no pedía Jesús conversión desde sus primeros anuncios para poder creer en la buena noticia del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba? -, por ahí tenemos que comenzar y entonces comenzaremos a tener una nueva mirada de la vida, de las personas, de los que están a nuestro lado, de cuanto vaya sucediendo, y podremos tener esa mansedumbre del corazón, y esa humildad para mirarnos los unos a los otros de una manera nueva, y pureza de corazón para arrancar toda malicia que nos lleva a sospechas, envidias o incomprensiones. Vamos a comenzar a sentir una nueva paz en el corazón, y nos sentiremos satisfechos de las semillas que vamos sembrando, de la bondad que vamos repartiendo, de la ternura con que vamos contagiando nuestro mundo. Y comenzaremos a sentir una felicidad nueva en los corazones.

Es lo que nos está diciendo Jesús y es lo que tenemos que comenzar nosotros a hacer y a vivir. Y no es una utopía irrealizable lo que Jesús nos anuncia, esa manera de ser felices que Jesús nos está diciendo. Si de verdad nos ponemos en camino en este estilo de Jesús estaremos haciendo de verdad un mundo de felicidad para todos.

¡Dichosos! ¡Felices! ¡Bienaventurados!, que nos dice Jesús.

martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.

jueves, 13 de octubre de 2022

No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 


No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría y sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida

 Efesios 1,1-10; Sal 97; Lucas 11,47-54

Nos molesta la verdad, queremos ocultarla; la verdad denuncia nuestra mentira, nos descubre las oscuridades que nos envuelven, nos hace ser conscientes de la maldad que puede haber en nuestro corazón, pone al descubierto las vanidades con las que queremos ocultar el vacío de nuestra vida. Queremos acallarla, porque nos pone el dedo en la llaga al enfrentarnos con las incongruencias con que vivimos la vida.

El que tiene la habitación desordenada cierra las ventanas y apaga la luz para que no se vea el desorden, utiliza pantallas que oculten en las esquinas todo lo que no está en su sitio; así queremos que no se sepa el desorden que hay en nuestro interior, ponemos pantallas de apariencias que traten de disimular las incongruencias en las que muchas veces andamos metidos, manipulamos lo que sea necesario para que no se descubra la falsedad en que vivimos. Que no se encienda la luz, que no de descubra la verdad, que podamos mantener las apariencias que nos pueden dar un prestigio o un poder.

Ha sucedido siempre y sigue sucediendo, pero eso no nos disculpa de nuestro miedo la verdad. Necesitamos de una vez por todas ser sinceros y ser congruentes, aunque tengamos que reconocer que hay sombras en nuestra vida que tenemos que iluminar.

Por eso rechazaban a Jesús, porque les hacía encontrarse con su propia realidad, porque la verdad de su palabra era una denuncia para tantas vanidades y para tantas incongruencias, porque la rectitud de su vida y su presencia de alguna manera los dejaba desnudos de esas apariencias que querían ocultar sus manipulaciones y afanes de dominio y de poder. Como hemos escuchado hoy en el evangelio trataban de quitarlo de en medio, buscaban la manera de acabar con El, hacían todo lo posible por desprestigiarlo y buscaban y buscaban preguntas capciosas con las que confundirlo o confundir también a la gente para que no creyera la palabra de Jesús, pero la verdad de Jesús se afianzaba más y más. Era la lucha de las tinieblas contra la luz que los llenaba de odio y de violencia.

Ante nosotros tenemos este pasaje del evangelio que en algún momento nos puede parecer duro por la forma clara que tiene Jesús de hablarles y de denunciarles lo que no estaba bien en sus vidas. Pero esto tendría que hacernos pensar en cómo nosotros escuchamos y aceptamos la palabra de Jesús y nos dejamos iluminar por su luz.

Somos débiles y muchas veces nos pueden envolver también las tinieblas, nos podremos llenar de dudas, o habrá momentos en que nos costará aceptar con humildad que no somos todo lo congruentes que tendríamos que ser con la fe que decimos que profesamos. Podemos tener también la tentación de llenarnos de vanidades y apariencias, mientras nuestro corazón maleado por muchas cosas puede estar muy distinto de ese evangelio en el que decimos que creemos.

Seamos, pues, humildes y sepámonos siempre buscadores de la verdad que solo vamos a encontrar en Jesús. Esa verdad, es cierto, que muchas veces se puede volver exigente con nuestra vida para que no andemos solamente con remiendos sino que en verdad lleguemos a vestir ese traje nuevo de la gracia, nos convirtamos en ese odre nuevo que pueda contener ese vino nuevo.

Nos exigirá en muchos momentos radicalidad en el cambio que tenemos que realizar en nuestra vida, no tengamos miedo, no volvamos la vista atrás porque quien pone la mano en el arado y vuelve la vista atrás no será capaz de seguir el surco de Cristo, porque eso nos dirá que no seríamos dignos de El. Desprendámonos de esos ropajes viejos del hombre viejo para que en verdad podamos ser ese hombre nuevo. No nos escondamos de la luz, no tengamos miedo a la verdad, no temamos enfrentarnos a la verdad que nos ofrece Cristo para llenarnos así de su sabiduría, podremos entonces sentirnos inundados de su vida, vivir su misma vida.

domingo, 25 de septiembre de 2022

Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

 


Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva para llegar a descubrir de verdad al hermano que sufre a nuestro lado

Amós 6, 1a. 4-7; Sal 145; 1Timoteo 6, 11-16; Lucas 16, 19-31

 Según el lugar donde estemos podremos ver o no ver, tener una mejor perspectiva del paisaje que tenemos delante o del cuadro que nos están presentando, podremos ver el detalle de la realidad o todo se nos puede diluir y desfigurar ocultando a nuestros ojos lo que desde otro lugar se vería con mayor claridad o mejor perspectiva.

Pero no vamos a contemplar paisajes ni obras de arte, se trata de contemplar la realidad de la vida que muchas veces se nos difumina y se nos hace turbia dejando de ver lo que tenemos crudamente delante de nosotros. ¿Cuál sería la mejor perspectiva o el mejor punto de vista?

Estamos ante un capítulo del evangelio que creo que nos podría ayudar. El samaritano vio al herido y se detuvo junto a él mientras el sacerdote y el levita dieron un rodeo para evitar encontrarse de frente con el hombre caído y disculparse de no haberle visto o de no haberle atendido; el padre vio al hijo pródigo que volvía a casa aun estando lejos, mientras el hermano mayor rehuyó entrar en la casa porque no quería encontrarse con el hermano y así crecerse en sus protestas y exigencias; Jesús ve a los discípulos y los llama uno por uno por su nombre, ve a la multitud que se ha congregado a su alrededor y se pone a enseñarles y a curar enfermos, como cuando Dios ve desde el cielo el sufrimiento de su pueblo y decide bajar para enviar quien los libere de la esclavitud. Hay quien ve y hay quien no quiere ver.

Es lo que concretamente vemos en el evangelio que hoy se nos ofrece; allí está el rico enfrascado en sus banquetes y sus fiestas y no es capaz de ver al pobre Lázaro que está en su misma puerta hambriento y cubierto de llagas. ¿Qué es lo que está cambiando la perspectiva y a uno cierra los ojos, mientras otros son capaces de detenerse para llenarse de compasión ante el sufrimiento de los demás?

El que se encierra en sí mismo, no piensa sino en si mismo, rehuye la posibilidad de manchar sus ropajes, tendrá siempre los ojos cerrados para los demás y no será capaz de descubrir lo que tiene en su misma puerta por donde entra y sale todos los días. Cuando nos sentimos instalados o acomodados en nuestras cosas o en nuestras rutinas perdemos la verdadera perspectiva que nos lleva a descubrir a los demás. Son muchas las cosas que nos pueden hacer que nos sintamos instalados y ya no queramos ver otra cosa.

Tantos apegos del corazón que nos quitan la verdadera libertad interior. Serán las riquezas o serán los caprichos de la vida, serán nuestras comodidades o nuestras rutinas, serán tantas baratijas de la vida que nos entretienen y nos roban nuestro tiempo o nuestra voluntad, serán tantas cosas que nos vuelven insensibles y nos impiden llenar de compasión el corazón para poder tener la mejor visión de manera que ya no importan las distancias para descubrir allí donde está aquel que necesita de nosotros.

Algo nos está queriendo decir hoy el evangelio. Cuántas veces en la vida damos rodeos, cuántas veces no queremos acercarnos para no encontrarnos, cuántas veces pensamos que nos valemos por nosotros mismos y no necesitamos de nadie y por eso no terminamos de prestar atención a lo que hay a nuestro alrededor, cuántas veces vamos ensimismados en nuestras preocupaciones o en nuestros intereses porque no queremos llegar tarde a aquellas cosas que habíamos convertido en prioritarias incluso por encima de las personas.

Al final quizás las circunstancias de la vida nos obligan a detenernos y comenzamos a darnos cuenta de lo que podíamos haber hecho y no hicimos, nos damos cuenta que no son las cosas sino las personas lo que nos debería haber importado que tendrían que ser las realmente prioritarias, nos damos cuenta de que por mucho que nos sintamos fuertes con lo que tengamos realmente estamos siempre necesitados de la mano de los demás.

Nos hace falta una nueva visión, una nueva perspectiva, algo que realmente nos despierte y nos haga abrir los ojos. No es necesario que pidamos milagros extraordinarios, que estemos corriendo de un lugar para otro buscando apariciones milagrosas; algunas veces nos parece que ese es el recurso fácil y que pronto daría resultados; pudieran convertirse en luces fugaces de un día o de un momento, pero que no son los que realmente van a mover el corazón.

Aquel hombre desde el abismo, cuando ahora ya había comenzado de alguna manera a pensar en los demás, todavía pensaba que con apariciones milagrosas sus hermanos podrían cambiar de vida para que no cayeran en el abismo en el que él estaba. ‘Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento… que si un muerto va a ellos, se arrepentirán…’ Pero Abrahán le contestará: ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’.

Ahí tenemos la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que si la plantamos bien en el corazón nos transformará. Será el Evangelio, la buena noticia de Jesús, lo que en verdad transformará nuestros corazones. Es la semilla que hemos de plantar en nuestro corazón dejando que eche raíces en nosotros para que surja una nueva vida.

 

lunes, 23 de mayo de 2022

Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

 


Necesitamos del Espíritu que nos abra el corazón y la mente para ser capaces de ver con claridad nuestra propia realidad y con su fuerza se abran nuevos caminos de vida

Hechos de los apóstoles 16, 11-15; Sal 149; Juan 15, 26 — 16, 4a

Hay ocasiones en que nos cuesta reconocer que las cosas van mal. Siempre buscamos una disculpa, siempre tenemos una respuesta preparada. Igual que la persona mayor no quiere reconocer las limitaciones que le imponen los años, o el enfermo que no quiere reconocer la gravedad de su enfermedad; esto se me pasa, esto no es nada, esto es ahora porque me encontró flojo, pero yo estoy bien… cuántas disculpas; y no hablo ya solo de la enfermedad que nos puede aparecer, las limitaciones de los años, sino otras muchas situaciones en la vida en las que no queremos reconocer la realidad; el negocio está mal, pensamos, pero esto es coyuntural, cuando pasen estos momentos difíciles todo se recuperará.

Pero nos sucede en nuestro camino de superación personal, donde no logramos avanzar lo que nos habíamos propuesto o lo que sería lo ideal, pero siempre decimos cuando yo me ponga en serio eso lo voy a lograr enseguida, pero nos falta la voluntad de ponernos en serio, o nos falta la constancia para seguir unos ritmos.

Lo contemplamos en los derroteros de la Iglesia, y de la situación de la Iglesia frente al mundo que la rodea, que no es tan bonita como queremos pintarla; muchos espejismos se nos pueden meter por medio y nos impedirán ver la realidad, nos quedamos en el espejismo y no queremos darnos cuenta de la situación de descristianizacion que vive la sociedad actual, donde cada vez importa menos lo religioso, importan  menos los principios o los valores cristianos, donde estamos viendo cómo la vida vale tan poco, y ahí tenemos el aborto en esa carrera imparable en que cada vez damos más derecho a la muerte, o también en la eutanasia donde a nuestro lado tantos la ven ya como algo tan natural.

¿A dónde vamos? ¿Nos daremos cuenta? ¿Dónde tenemos que pararnos, detenernos para ver con claridad, para comenzar a actuar de una forma distinta desde la Iglesia, desde el testimonio de los cristianos? Es duro y hasta cruel que no nos demos cuenta de la realidad y todavía sigamos pensando en una sociedad de cristiandad, y no en una sociedad en la que tenemos que ser misioneros que en verdad nos pongamos a abrir caminos.

Jesús nos habla de la presencia del Espíritu Santo que tanto vamos a necesitar. ‘Cuando venga el Paráclito, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo’. Es la promesa de Jesús. Nos enviará desde el Padre el Espíritu de la verdad. Será el Espíritu que remueva y renueve nuestros corazones. El Espíritu que abrirá nuestra mente para que entendamos todo bien, como hacía Jesús con los discípulos de Emaús, o como lo  hizo luego en el Cenáculo. Les abrió los corazones para que entendieran las Escrituras.

Necesitamos que se abra nuestro corazón, que se abra nuestra mente muchas veces tan endurecida que no somos capaces de ver con claridad lo que es nuestra propia realidad. Necesitamos el Espíritu que abra nuevos caminos en nuestra vida. Necesitamos el Espíritu que nos fortalezca para que podamos hacer esos nuevos caminos de evangelización. Necesitamos el Espíritu que venga a ser nuestra fortaleza para ese testimonio que hemos de dar y que no siempre será fácil, porque débiles nos sentimos para llevar adelante esa tarea que se nos confía.

Pidamos a Dios que nos conceda la luz y la fuerza de su Espíritu.

sábado, 21 de mayo de 2022

El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

 


El cristiano está consciente en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Algunas veces tan seguros de nosotros mismos por la vida que creemos que tenemos que caerle bien a todo el mundo, pero nos tropezamos de bruces con la realidad de que no somos tan ‘chachis’ como pensamos y nos encontraremos con gente a las que caemos mal, que juzgan y critican cuanto hacemos, y que de una manera u otra nos hacen frente en la vida, fastidiándonos en muchos casos o haciéndonos las cosas imposibles.

No siempre sabemos reaccionar, porque pronto nos aparece el amor propio, el orgullo y el engreimiento de que somos los mejores o que somos los únicos que sabemos hacer las cosas bien y lo solemos pasar bastante mal. Nos falta quizás la madurez para darnos cuenta de nuestra realidad y nuestras debilidades, o para afrontar el que otro pueda tener otra opinión que nos haga frente; hay gente que se enferma con situaciones así.

Dije al principio lo de ir seguros por la vida, pero haciendo referencia más bien a esa autosuficiencia con que andamos muchas veces. Cuando tenemos convicciones profunda, claro que tenemos que ir seguros por la vida, pero no significa eso que vayamos poniéndonos por encima de los demás, ni vayamos avasallando a nadie o queriendo imponer nuestras cosas; seguridad hemos de tener en nuestras convicciones y principios, seguridad hemos de tener en nuestra fe aunque siempre andemos en camino de búsqueda y de crecimiento interior.

Y cuando hablamos de esa seguridad y libertad interior con que queremos vivir nuestra fe, sabemos muy bien que vivimos en un mundo muy complejo y, aún en nuestros ambientes que decimos cristianos, bien sabemos que no todo es cristiano, que la fe se ha debilitado en muchos, y que otros tienen otros pensamientos, otras formas de afrontar la vida con sus propios principios. No es que tengamos que hacer una mezcolanza, un sincretismo, pero sí actuar con libertad y con respeto hacia los que están en nuestro entorno y puedan pensar distinto. Claro que eso no nos ha de coartar para que nosotros hagamos una presentación clara y valiente de lo que es nuestra fe, porque nuestra meta será siempre querer iluminar la vida del mundo que nos rodea. Tenemos una luz de la que no podemos inhibirnos.

Hemos venido diciendo cómo Jesús en aquel diálogo con sus discípulos y apóstoles en la cena pascual, con aquellos aires de despedida que tenía también, va abriendo su corazón y mostrando en las recomendaciones que les va haciendo a los discípulos las dificultades también con que se van a encontrar. Emplea un lenguaje que en cierto modo puede parecer fuerte cuando les dice que el mundo les odia, porque no son del mundo.

Es el rechazo y la oposición con que se van a encontrar, que veremos en los Hechos de los Apóstoles cómo los primeros cristianos van a encontrar ya desde aquellos mismos comienzos. Les sucede a los apóstoles en Jerusalén, como veremos luego que será la piedra con que vayan tropezando en sus caminos por el mundo anunciando el evangelio. En los viajes del Apóstol Pablo que nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles lo encontraremos claramente.

‘Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra’ les viene a decir Jesús. Pero nos sentimos seguros en nuestro camino porque nos sentimos amados y escogidos del Señor.

No vamos con nuestra misión particular, no vamos a realizar nuestras propias batallas, vamos con la misión que Jesús nos ha confiado, vamos con la confianza de la fuerza del Espíritu que está con nosotros. Es la seguridad con que nos sentimos hoy en nuestra tarea, que sabemos bien que no es tan fácil. Estamos conscientes en medio del mundo sabiendo que el mundo no nos ama, pero con el gozo en el alma de sentirnos amados del Señor.

sábado, 9 de abril de 2022

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

 


Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús poniendo toda la sinceridad de nuestra vida y todo lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy con esperanza

Ezequiel 37, 21-28; Sal.: Jer 31, 10. 11-12ab. 13; Juan 11, 45-57

¿Qué hacemos? Es quizás la disyuntiva en la que nos encontramos muchas veces en la vida. Se abren distintos caminos ante nosotros, hay diversas cosas que podemos hacer, nos llegan diferentes ofertas y tenemos que decidirnos. Aunque estemos en la duda muchas veces. Todo nos parece igual de bueno o al menos es aceptable y eso mismo quizás aumenta nuestra duda.

Pero también lo podemos pensar en referencia a otras personas. ¿Qué va a hacer él? ¿Qué decisión tomará? Pero, claro, nosotros andamos en suposiciones, por lo que en otras ocasiones le hemos visto hacer, por lo que puedan ser sus gustos, pero lo esperamos o no lo esperamos, vendrá o no vendrá, qué es lo que va a hacer, sigue siendo para nosotros la incertidumbre.

En el evangelio estamos escuchando el relato de lo que van a ser momentos decisivos para Jesús. Se acerca la Pascua por El tantas veces anunciada. Y aquello que no entendían los discípulos que Jesús les decía que iba a pasar está a punto de realizarse. Ahora ha sido un momento decisivo después de la resurrección de Lázaro en Betania y la gente está muy entusiasmada por Jesús. Y los dirigentes judíos temen lo peor, que la gente los abandone y se vaya con Jesús, o que se pueda armar una revuelta en la que intervengan los romanos y pudiera haber incluso  una masacre. Por eso se ha reunido el consejo de los Sumos Sacerdotes que tienen que tomar una decisión. Les cuesta, porque saben cómo anda la gente detrás de Jesús. Será el Sumo Sacerdote el que fuerce la decisión, porque ‘no tiene que morir por todo el pueblo’. No sabe él que con sus palabras está dando cumplimiento a las Escrituras.

Pero Jesús se ha retirado más allá de Betania, más allá del Jordán y cuando la gente sube a Jerusalén porque ya se acerca la fiesta de la Pascua, se preguntan si Jesús vendrá o no vendrá a la fiesta. Es la disyuntiva con la que comenzábamos de alguna manera nuestra reflexión. Pero creo que esto tiene que hacernos reflexionar sobre la vivencia de nuestra pascua.

También quizá algunos se preguntan ¿qué hacemos? Se nos ofrecen también unas posibilidades de otras cosas en estos días que ya por tradición todo el mundo llama Semana Santa. Pensar en Semana Santa para un cristiano es pensar en estos días en que celebramos la pasión y la muerte del Señor, en que celebramos la Pascua con su resurrección. Para otros, semana santa significan unas vacaciones, unos viajes, unos días de playa, a lo más quizá para algunos ir a contemplar unas procesiones en algunos lugares que puedan ser más famosos o tener una tradición distinta; miremos lo que abunda estos días en las noticias y cómo es tratado el tema de la Semana Santa.

Y ahí en medio estamos nosotros, nos encontramos ya a las puertas del comienzo de las celebraciones y nos preguntamos también ¿qué hacemos? Puede que muchos hayamos tomado la decisión de quedarnos en casa, de participar en las celebraciones de nuestra parroquia, en los actos que se realicen allí donde vivimos. Pero, repito, la pregunta sigue estando ahí, ¿qué hacemos?

Porque también podemos tener diversas formas de estar o de participar. Son unas tradiciones, es algo que siempre hemos vivido en la familia, son unas celebraciones que reconocemos son hermosas e incluso emocionantes, pero ¿hasta donde llegamos? ¿Nos quedamos simplemente ahí? ¿Daremos un paso más para hacer todo eso parte de mi vida? como ya nos hemos preguntado en otro momento ¿Cómo uniremos nuestras celebraciones religiosas y litúrgicas con lo que estamos viviendo en estos días? ¿Llegaremos a descubrir la pasión de Cristo en el sufrimiento que estamos contemplando, en las expectativas angustiosas que todos podamos tener por la situación que vivimos?

Vamos mañana a subir a Jerusalén con Jesús en su entrada en la ciudad. Vamos a ir poniendo toda la sinceridad de nuestra vida pero poniendo ahí lo que es toda nuestra vida y la vida de nuestro mundo hoy. Y vamos a celebrar la pascua como en verdad tiene que ser para un cristiano, algo que vivimos con esperanza, porque la fuerza de todo está en el amor.

Vamos a orar de verdad, vamos a poner de verdad a Cristo en nuestro corazón con esperanza de resurrección; no nos podemos quedar en la muerte, no quiere Cristo que nos quedemos en el dolor y en la muerte sino que lleguemos a la vida, para eso resucitó El. Vamos a darle intensidad profunda a lo que vamos a vivir en estos días.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo


Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

Todos tenemos sueños. Y no son ya los que tenemos mientras dormimos y la mente nos lleva por derroteros que ni no podíamos imaginar o nos vuelve a hacer revivir momentos que ya antes habíamos vivido intensamente en diversas circunstancias de la vida. Me quiero referir a esos sueños que estando despiertos y conscientes muchas veces tenemos que son deseos que llevamos en el corazón, que pueden ser aspiraciones que tengamos en la vida y que nos gustaría ver realizadas, o son reacciones a situaciones que nosotros vivimos o sufrimos o también en el dolor o el sufrimiento de tantos en nuestro entorno, porque siempre pensamos en lo que está mas cercano, pero que pueden ser aspiraciones de un sentido más universal.
¿No soñaremos un mundo sin guerras ni miserias? ¿No soñaremos con un mundo mejor donde todos podamos entendernos y vivir en armonía y respeto? ¿No soñamos que se acabe el hambre en el mundo y todo tipo de sufrimiento? ¿No soñamos quizá en nuestros intereses más particulares o individualistas en que tengamos suerte en la vida, podamos vivir mejor y así nosotros desde nuestra contribución compartir con los demás para que nadie pase necesidad?
Nos pueden parecer nuestros sueños frutos solo de una imaginación calenturienta, o utopías que nos parecen irrealizables, pero que mientras lo vamos soñando parece como que se despiertan esperanzas en nuestro corazón. Yo diría que es bueno soñar, porque puede despertar en nosotros buenos sentimientos, o hacer que surja un deseo que nos lleve al compromiso para hacer que las cosas sean de manera distinta. Sin soñadores quizá nuestro mundo no hubiera avanzado porque incluso la misma ciencia es el sueño escondido de alguien que lucha y trabaja por encontrar soluciones. Es necesario soñar con sueños que nos hagan despertar a una realidad mejor.
Parece un sueño lo que nos describe el profeta hoy. Nos habla de un mundo maravilloso, de un gran festín al que todos los pueblos están invitados y en el que nada faltará. Parece algo imposible cuando tanto nos quejamos de que la tierra no puede producir pan en abundancia para todos. Son imágenes que nos hablan de un mundo nuevo, donde todo es a la manera de un festín de esas características donde ya no habrá ni hambre, ni sufrimiento, ni duelo, ni dolor. Y el profeta nos está diciendo que esa es la imagen de los tiempos nuevos, de los tiempos mesiánicos que venga el Salvador para toda la humanidad. Por eso nos invita, ‘celebremos y gocemos con su salvación’.
Y cuando ha llegado el Mesías el evangelio nos ha hablado de una multitud llena de sufrimiento que se acerca hasta Jesús, porque su presencia ha despertado todas las esperanzas. Y con Jesús llega la salvación, porque a todos cura y sana, y para todos tiene una palabra de vida. Pero es que en Jesús vemos el cumplimiento de aquel sueño profético cuando para la multitud hambrienta Jesús parte y comparte los panes para que todos coman y todos puedan saciarse.
Nos quedamos en el milagro y decimos qué cosas maravillosas hacía Jesús, pero  no terminamos de ver el signo que tiene que significar eso para nosotros. No es una utopía lo que se nos está presentando sino un camino que se está abriendo ante nosotros. Aquello que anunciaba el profeta y significativamente veíamos en Jesús es el camino de lo que nosotros tenemos que realizar.
Es ese sueño, si queremos decirlo así, en que tenemos que ver, es cierto, ese mundo de sufrimiento que nos rodea. Pero ¿no tendríamos que hacer como aquellos que acudían a Jesús llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los echaban a sus pies, para que él los curara? Muchas veces pensamos mucho en nosotros mismos pero no somos capaces de mirar alrededor, nos preocupamos en nuestra fe y devoción en acudir a Jesús pero no somos capaces de llevar con nosotros a tantos envueltos en su sufrimiento.
Sería un primer paso constatando la realidad, siendo conscientes de ella. Un paso que nos hace seguir adelante para que luego pongamos todos de nuestra parte. Jesús quiso comprometer a los discípulos en la solución al problema que se presentaba, alguien generosamente ofrece unos pocos panes y peces, y desde ahí todos comieron, todos pudieron sentirse en un mundo feliz. ¿No sería eso lo que nosotros tenemos que hacer?
Cuando queremos preparar nuestro corazón en este camino de Adviento para recibir a Dios que viene a nuestra vida con su salvación esos han de ser nuestros caminos; abrir los ojos de nuestro corazón para ver, despertarnos de ese sueño para ver la realidad y contemplar cuanto hay de sufrimiento a nuestro alrededor y darnos cuenta que en esos hermanos que sufren está el Señor que viene a nuestra vida. Otras serían nuestras actitudes, otra sería nuestra vida.