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lunes, 10 de junio de 2024

Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

 


Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Todos soñamos siempre con algo mejor, sobre todo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas y carencias; si alguien viene además a decirnos con convencimiento que todo eso puede cambiar, más grande se hace nuestra ilusión y de más esperanza llenamos nuestros sueños; aunque nos tratemos de convencer que quizás eso no es tan inminente como nos lo prometen, pero ahí está sembrada la semilla de la esperanza, y seremos capaces de irnos detrás de quien nos ha hecho esas promesas hasta el fin del mundo si fuera necesario; además cuando vemos algunas señales de que eso es posible, más alegría se mete en el corazón, aun cuando sigamos todavía por un tiempo con aquella misma situación. La esperanza que nos parece cierta pone un nuevo brillo en nuestros ojos.

Seguramente era lo que iban sintiendo los que escuchaban el mensaje de Jesús. Aunque algunos les dijeran que eso que prometía era imposible, era irrealizable, estarían dispuestos a todo por escucharle y por seguirle. Todavía hoy hay quienes cuando escuchan esta página de las bienaventuranzas en el evangelio dicen que eso es una utopía irrealizable, que de alguna manera los oyentes de Jesús se sentían engañados, y siguen tirando piedras sobre el tejado de la Iglesia y del evangelio.

No queremos tampoco hacer rebajas en las interpretaciones que nos hagamos de esta página del evangelio con unas explicaciones muy espiritualistas. Sí tenemos que darnos cuenta de la trascendencia que se despertaba en los corazones al escuchar estas palabras de Jesús. Van más allá de una lectura e interpretación al pie de la letra; tenemos que saber entender lo que significaba el Reino de Dios anunciado por Jesús; tampoco Jesús quería promover una revolución llena de revueltas, como tantos hoy manipulan a las personas y a los pueblos; Jesús estaba proponiendo un mundo nuevo que por supuesto tenía que plasmarse en la vida de las personas, en la mejora de las que iban a disfrutar todos los que creyeran el mensaje de Jesús y quisieran ponerlo en práctica.

Porque de eso se trata, es algo que tenemos que poner en práctica; no es una varita mágica con la que tocamos las cosas y las cosas por si solas se transforman. Es la Palabra y la mano de Jesús que irá tocando el corazón del hombre, el corazón de las personas para hacer posible eso nuevo que Jesús nos proclama cuando nos llama dichosos también en nuestra pobreza, nuestras carencias que pueden llevar al hambre y a la sed, a aquellos que van a actuar de una manera nueva porque será la mansedumbre su manera de actuar, desterrarán todo lo que signifique maldad y violencia, o se sientan defraudados porque no son comprendidos por nadie.

Es que tenemos que comenzar a tener un corazón nuevo - ¿no pedía Jesús conversión desde sus primeros anuncios para poder creer en la buena noticia del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba? -, por ahí tenemos que comenzar y entonces comenzaremos a tener una nueva mirada de la vida, de las personas, de los que están a nuestro lado, de cuanto vaya sucediendo, y podremos tener esa mansedumbre del corazón, y esa humildad para mirarnos los unos a los otros de una manera nueva, y pureza de corazón para arrancar toda malicia que nos lleva a sospechas, envidias o incomprensiones. Vamos a comenzar a sentir una nueva paz en el corazón, y nos sentiremos satisfechos de las semillas que vamos sembrando, de la bondad que vamos repartiendo, de la ternura con que vamos contagiando nuestro mundo. Y comenzaremos a sentir una felicidad nueva en los corazones.

Es lo que nos está diciendo Jesús y es lo que tenemos que comenzar nosotros a hacer y a vivir. Y no es una utopía irrealizable lo que Jesús nos anuncia, esa manera de ser felices que Jesús nos está diciendo. Si de verdad nos ponemos en camino en este estilo de Jesús estaremos haciendo de verdad un mundo de felicidad para todos.

¡Dichosos! ¡Felices! ¡Bienaventurados!, que nos dice Jesús.

martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.

martes, 14 de junio de 2022

Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

 


Dame tu fuerza, Señor, para que pueda amar al prójimo con tu amor, dame tu luz para mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para ser capaz de ponerlo en el mío como un hermano

1Reyes 21, 17-29; Sal 50; Mateo 5, 43-48

Aunque habitualmente cuando escuchaban hablar a Jesús la gente sentía como les ardía de nuevo el corazón porque se despertaban muchas esperanzas en el mundo nuevo que les anunciaba Jesús, también es cierto que en ocasiones salían perplejos y confundidos porque de alguna manera les parecía muy sublime lo que Jesús les anunciaba y les podía parecer una utopía irrealizable su mensaje. En más de una ocasión salían diciendo que era dura aquella doctrina, algunos incluso no querían escucharle más.

Siempre recuerdo las palabras proféticas del anciano Simeón que hablaba de un signo de contradicción y que aquel niño iba a significar que se decantasen clara y valientemente ante su figura y su mensaje. Esa perplejidad se les producía cuando Jesús les hablaba de aquel estilo nuevo de amar que habían de tener lo que le siguieran y quisieran llamarse sus discípulos. Porque bueno, eso de amar está bien, y ya amamos a los que están cercanos a nosotros, ya amamos a la familia, a los que son nuestros amigos o a aquellos que han hecho algo en algún momento por nosotros. Pero ¿amar también a los enemigos? Si ya nos cuesta amar a los amigos, porque siempre estamos tentados a mirar primero las sombras que lo que podría ser objeto de amor en ellos, ¿Cómo vamos a amar a los que nos hayan hecho mal, nos hayan hecho daño?

La perplejidad no fue solo de los que entonces le escuchaban en aquel sermón del monte, porque esa perplejidad la seguimos teniendo hoy los que vivimos en el siglo XXI. Pero ahí está precisamente la sublimidad de lo que es el amor verdadero, el amor en el sentido de Cristo. Porque no son puros sentimientos de afecto lo que se nos pide, que pueda surgir fácil de nosotros cuando de alguna manera queremos corresponder a algo bueno que nos han hecho. No son simples palabras que nos sirvan de base para una bonita poesía o para ponerle música en una hermosa canción. No son emociones momentáneas que pueden aparecer en un momento determinado pero que luego pronto se borran como se secan las lágrimas de nuestros ojos.

Y es que lo sublime que Jesús nos está proponiendo es un amor como el suyo, un amor como el que Dios nos tiene. Nos dirá que amemos al prójimo, que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Es que tenemos que comenzar por poner a ese que tiene que ser objeto de nuestro amor como prójimo nuestro. No lo miramos en la lejanía, a la distancia, lo ponemos a nuestro lado, lo hacemos nuestro prójimo, y al final nos terminará diciendo que lo miremos como un hermano.

No es cualquier cosa. Es una nueva mirada. Es un nuevo lugar que ha de ocupar en nuestra vida, porque tenemos que ponerlo cerca de nuestro corazón para que sea nuestro prójimo. Entonces ha de surgir una nueva comunión de amor; entonces sabremos hacer como lo hizo El desde la cruz amar disculpando, perdonar porque está amando a quien disculpa incluso de aquello que haya hecho mal.

Claro que esto no se puede hacer de cualquier manera, ni lo puede hacer cualquiera; lo podemos hacer quienes sabemos llenarnos de Dios, quienes sabemos dejarnos conducir por su Espíritu, quienes ponemos a Dios en el iris de nuestros ojos para tener una mirada nueva, una mirada luminosa, una mirada de amor. Hoy nos dirá que recemos por aquellos que nos han hecho mal. ¿Qué significa rezar así? No es recitar una fórmula, no es una buena voluntad de decir mira Señor a aquel que me hizo mal para que cambien sus actitudes o sus posturas, es decirle al Señor dame tu fuerza para que pueda amarlo con tu amor, dame tu luz para que pueda mirarlo con tu mirada, préstame tu corazón para que yo sea capaz de ponerlo en el mío.

Es un amor nuevo, es un amor más sublime, es un amor divino con el que comenzaremos a amar desde lo más hondo del corazón.


domingo, 23 de febrero de 2020

Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano



Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Yo soy amigo de mis amigos, alardeamos en los perfiles de las redes sociales. Somos buenos con nuestros amigos, si hay que hacer un favor, se hace; nos gusta estar juntos y compartir nuestras cosas, y si es muy amigo hasta llegamos a confidencias de lo que llevamos en nuestro interior. Pero y si no es amigo, ¿qué pasa? Y si tampoco es amigo de tus amigos ¿cómo lo miras? ¿Qué estarías dispuesto a hacer?
Es bueno ser amigo de nuestros amigos y de los amigos de nuestros amigos; es bueno ser humano los unos con los otros y prestarnos esa ayuda y si es necesario defendernos; está bien eso de llevarse con todos, pero claro nuestros amigos son nuestros amigos, y con ellos habrá algo más especial. Podríamos decir que entrar en la normalidad de las relaciones humanas entre unos y otros. Yo soy bueno decimos, y si no que pregunten a mis amigos y conocidos. Y hasta alardeamos de que nos amamos como nos dice Jesús.
Somos amigos y nos queremos. Pero ¿solo en eso consiste el amor cristiano del que nos habla Jesús? Es aquí donde tenemos que pararnos un poco para ver la sublimidad de lo que nos enseña y nos pide Jesús. No es cualquier cosa. Mirando lo que son nuestras relaciones normales entre unos y otros donde, como decimos, nos llevamos bien y nos tratamos bien hasta… que no me ofendan, no me molesten, no me hagan daño en lo mío o en mis cosas.
Somos buenos y nos queremos, pero tenemos nuestros límites porque fácilmente nos sentimos heridos, fácilmente nos aparece el rencor y nos volvemos vengativos, o al menos ya queremos tener cuidado porque el que me la hizo una vez, no me la hace dos… Ya sabemos cómo son nuestras reacciones, como aparecer nuestro ego y nuestro amor propio, y ya no son todos amigos.
Valiente fue Jesús para que precisamente en medio de aquel pueblo que tenían tan desarrollado su amor propio y su orgullo nacional viniera a proponer lo que les estaba diciendo de ese nuevo estilo del amor. Valientes tenemos que ser nosotros para que, sabiendo como somos y sabiendo cual es el ambiente y el sentido de tantos a nuestro alrededor, nos arriesguemos por Jesús, nos lancemos a querer vivir el amor en los parámetros que El nos propone.
Y es que Jesús nos vendrá a decir que los que le siguen no pueden contentarse con hacer como todos hacen. Saludar al que te saluda, ser bueno y ayudar al que te ha ayudado lo hace cualquiera aunque no se llame cristiano. Como dirá Jesús en el evangelio eso lo hacen también los gentiles. Y es que Jesús nos está ofreciendo lo que podríamos llamar una utopía, pero que no es un sueño simplemente sino que ha de ser la realidad de lo que nosotros hemos de vivir.
Aquí está la sublimidad del evangelio, de la Buena Nueva del Reino de Dios. Una buena nueva que tenemos que creer; una buena nueva que para aceptarle tenemos que convertirnos de corazón. Por algo insistiría Jesús tanto al principio de su predicación en la conversión del corazón, en la vuelta que había que darle al corazón. Porque pensando lo que siempre hemos pensado no es estar aceptando esa buena nueva, ese evangelio; viviendo como siempre hemos vivido no es precisamente vivir el Reino de Dios.
Ese Reino del Dios compasivo y misericordioso, de ese Dios que siempre nos ama y que nos enseña a amar de la misma manera. Porque aceptar su Reino, reconocerle como Rey y Señor de nuestra vida implica comenzar a vivir de una forma nueva, desde unos valores nuevos, desde un estilo de amor nuevo cuyo modelo y ejemplo tenemos en Dios.
Por eso nos hablará Jesús del amor también al que no es amigo o no se ha comportado como amigo contigo, amar también al que nos agravia, amar también al que nos haya podido hacer daño, amar también al que nos ha ofendido, amar a todo hombre porque es mi hermano porque también es amado de Dios y Dios también lo quiere hacer y tener como hijo.
Por eso nos hablara Jesús también del amor a los enemigos hasta el punto de a ellos también hacerles el bien, o como nos dice concretamente, rezar por el enemigo, por el que te haya hecho daño. No tienen cabida las venganzas ni los resentimientos; ya está superado aquello del ojo por ojo y diente por diente que se había impuesto pero que al menos el que se vengaba no se pasara sino solo exigiera una medida semejante; ahora ya no cabe el que hagamos frente a aquel que nos ha agraviado y ya nos ponemos a la distancia manteniendo nuestras reservas en el hablar o llevarnos con él. Ahora tendremos que aprender a tratarlo como a un hermano y ser capaz hasta de perder la capa por mantener intacta nuestra relacion con él.
Y es que Jesús nos pone el listón muy alto y para ello tenemos que entrenarnos, porque todo no se consigue de una vez. Algunas veces no se nos quita el peso de nuestra conciencia porque no terminamos de ver con buenos ojos a aquel que nos ofendió y parece que nos duele el corazón. Comencemos a dar pasos, comencemos a tener una mirada nueva, comencemos a contemplar el amor que Dios nos tiene a pesar también de nuestras propias debilidades y caídas, comencemos por rezar por aquel a quien nos cuesta tragar, comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, para colaborar en su crecimiento. Ya es comenzar a vivir un amor como nos propone Jesús. Es mucho más que ser amigo de mis amigos.
Es un entrenamiento, pero con la mirada puesta en la meta que nos presenta hoy Jesús. ‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos… Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.


miércoles, 14 de agosto de 2019

Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor



Porque queremos sentir entre nosotros la comunión del Reino de Dios nos ayudamos mutuamente a superarnos y a crecer en nuestro amor

 Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo 18, 15-20
Este individuo es imposible, es insoportable. Reacciones así tenemos en ocasiones cuando nos encontramos en la vida con personas que quizá dejan mucho que desear en sus comportamientos, que quizá todo el mundo ve cómo se han metido en una vida viciosa - qué lista casi interminable podríamos hacer de individuos que conocemos así enrollados en todo tipo de vicios – y que quizá un día quisimos darle un consejo pero nos hizo caso. Los dejamos por imposibles, como solemos decir, con la cuchara que cojas con esa comas, porque ya ni siquiera intentamos una vez más tratar de ayudar que le den una vuelta a su vida.
¿Nos acobardamos, quizá? ¿Tenemos miedo de enfrentarnos a esas situaciones por las consecuencias que pudieran tener para nuestra vida? Queremos evitar complicaciones y cerramos los ojos para no ver ni querer saber nada. Es difícil y complicado, pero ¿esa sería en verdad una actitud humana hacia esas personas? ¿Qué nos diría el evangelio? Son situaciones difíciles que muchas veces no sabemos como afrontar. Es bonito eso que se dice que tenemos que ayudarnos y que esa es una pobreza muy terrible, pero quizá en nuestra indecisión, cobardía quizá, insolidaridad somos nosotros los verdaderamente pobres. Realmente me siento interpelado en lo más hondo de mi mismo con situaciones así. Es fácil dar consejos, pero ¿hacerlo?
Cuando hablamos del Reino de Dios que Jesús nos anuncia y que nosotros hemos de construir y vivir no se trata de cosas utópicas que se quedan en sueños y que no podemos realizar. Decimos Reino de Dios porque reconocemos que Dios es el único Señor de nuestra vida y que en torno a El formamos como una gran familia en la que hemos de querernos y mantener la unidad y la comunión. Eso se ha de traducir en unos valores que queremos poner en nuestra vida, eso significa como hemos de amarnos y siempre en consecuencia buscamos el bien los unos de los otros, eso significa como tenemos que sentirnos en una profunda comunión sintiendo incluso como propio cuando suceda al hermano.
Si eso queremos vivirlo, ¿no nos duele el mal que pueda haber en los otros o incluso que los otros puedan hacer? ¿No tendríamos, entonces, que preocuparnos los unos de los otros para ayudarnos a superar esas situaciones no tan buenas en las que tantas veces nos podemos ver envueltos? Mucho más podríamos preguntarnos en este sentido.
Y es así, desde ese amor, cómo nos aceptamos y nos comprendemos, pero también con un grande amor y con una exquisita humildad nos corregimos y apoyamos mutuamente para salir de ese mal que se nos haya podido meter en el corazón. Así estaremos haciendo en verdad el Reino de Dios, así es como realmente llegaremos a vivirlo. Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio en la llamada corrección fraterna, dándonos las pautas más humildes y exquisitas para que realicemos ese mutua corrección de hermanos.
¿Lo hacemos? ¿Nos cuesta? ¿Ponemos verdadera humildad en esa corrección fraterna? No podemos ir desde el engreimiento orgulloso de creernos los santos y los que nunca fallamos, sino que reconociendo que nosotros somos también débiles muchas veces nos acercamos con amor al hermano, con sencillez y con humildad. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de las palabras de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Aquellas actitudes insolidarias y prepotentes de las que hablamos al principio tienen que estar muy lejos de nuestro estilo de vivir.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo


Todos soñamos con un mundo nuevo pero hemos de despertar de ese sueño para ver la realidad de nuestro mundo y hacer con nuestro compromiso de amor un mundo nuevo

Isaías 25,6-10; Sal 22; Mateo 15,29-37

Todos tenemos sueños. Y no son ya los que tenemos mientras dormimos y la mente nos lleva por derroteros que ni no podíamos imaginar o nos vuelve a hacer revivir momentos que ya antes habíamos vivido intensamente en diversas circunstancias de la vida. Me quiero referir a esos sueños que estando despiertos y conscientes muchas veces tenemos que son deseos que llevamos en el corazón, que pueden ser aspiraciones que tengamos en la vida y que nos gustaría ver realizadas, o son reacciones a situaciones que nosotros vivimos o sufrimos o también en el dolor o el sufrimiento de tantos en nuestro entorno, porque siempre pensamos en lo que está mas cercano, pero que pueden ser aspiraciones de un sentido más universal.
¿No soñaremos un mundo sin guerras ni miserias? ¿No soñaremos con un mundo mejor donde todos podamos entendernos y vivir en armonía y respeto? ¿No soñamos que se acabe el hambre en el mundo y todo tipo de sufrimiento? ¿No soñamos quizá en nuestros intereses más particulares o individualistas en que tengamos suerte en la vida, podamos vivir mejor y así nosotros desde nuestra contribución compartir con los demás para que nadie pase necesidad?
Nos pueden parecer nuestros sueños frutos solo de una imaginación calenturienta, o utopías que nos parecen irrealizables, pero que mientras lo vamos soñando parece como que se despiertan esperanzas en nuestro corazón. Yo diría que es bueno soñar, porque puede despertar en nosotros buenos sentimientos, o hacer que surja un deseo que nos lleve al compromiso para hacer que las cosas sean de manera distinta. Sin soñadores quizá nuestro mundo no hubiera avanzado porque incluso la misma ciencia es el sueño escondido de alguien que lucha y trabaja por encontrar soluciones. Es necesario soñar con sueños que nos hagan despertar a una realidad mejor.
Parece un sueño lo que nos describe el profeta hoy. Nos habla de un mundo maravilloso, de un gran festín al que todos los pueblos están invitados y en el que nada faltará. Parece algo imposible cuando tanto nos quejamos de que la tierra no puede producir pan en abundancia para todos. Son imágenes que nos hablan de un mundo nuevo, donde todo es a la manera de un festín de esas características donde ya no habrá ni hambre, ni sufrimiento, ni duelo, ni dolor. Y el profeta nos está diciendo que esa es la imagen de los tiempos nuevos, de los tiempos mesiánicos que venga el Salvador para toda la humanidad. Por eso nos invita, ‘celebremos y gocemos con su salvación’.
Y cuando ha llegado el Mesías el evangelio nos ha hablado de una multitud llena de sufrimiento que se acerca hasta Jesús, porque su presencia ha despertado todas las esperanzas. Y con Jesús llega la salvación, porque a todos cura y sana, y para todos tiene una palabra de vida. Pero es que en Jesús vemos el cumplimiento de aquel sueño profético cuando para la multitud hambrienta Jesús parte y comparte los panes para que todos coman y todos puedan saciarse.
Nos quedamos en el milagro y decimos qué cosas maravillosas hacía Jesús, pero  no terminamos de ver el signo que tiene que significar eso para nosotros. No es una utopía lo que se nos está presentando sino un camino que se está abriendo ante nosotros. Aquello que anunciaba el profeta y significativamente veíamos en Jesús es el camino de lo que nosotros tenemos que realizar.
Es ese sueño, si queremos decirlo así, en que tenemos que ver, es cierto, ese mundo de sufrimiento que nos rodea. Pero ¿no tendríamos que hacer como aquellos que acudían a Jesús llevando tullidos, ciegos, lisiados, sordomudos y muchos otros y los echaban a sus pies, para que él los curara? Muchas veces pensamos mucho en nosotros mismos pero no somos capaces de mirar alrededor, nos preocupamos en nuestra fe y devoción en acudir a Jesús pero no somos capaces de llevar con nosotros a tantos envueltos en su sufrimiento.
Sería un primer paso constatando la realidad, siendo conscientes de ella. Un paso que nos hace seguir adelante para que luego pongamos todos de nuestra parte. Jesús quiso comprometer a los discípulos en la solución al problema que se presentaba, alguien generosamente ofrece unos pocos panes y peces, y desde ahí todos comieron, todos pudieron sentirse en un mundo feliz. ¿No sería eso lo que nosotros tenemos que hacer?
Cuando queremos preparar nuestro corazón en este camino de Adviento para recibir a Dios que viene a nuestra vida con su salvación esos han de ser nuestros caminos; abrir los ojos de nuestro corazón para ver, despertarnos de ese sueño para ver la realidad y contemplar cuanto hay de sufrimiento a nuestro alrededor y darnos cuenta que en esos hermanos que sufren está el Señor que viene a nuestra vida. Otras serían nuestras actitudes, otra sería nuestra vida.