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jueves, 13 de agosto de 2026

Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

 


Tenemos que aprender a saborear lo que es el amor, el regalo del perdón que se nos ofrece cuando somos perdonados para unas nuevas actitudes de vida

Ezequiel 12, 1-12; Salmo 77; Mateo 18, 21 – 19, 1

¿Nos creemos merecedores de todo? Una mala actitud del corazón que nos va a marcar posturas, planteamientos, formas de relación que aunque en principio en medio de nuestra vanidad nos hace creernos que somos mejores y que con nuestra manera de ver la vida somos los más felices, al final terminaremos en la peor de las soledades y en un vacío interior difícil de llenar. No habremos saboreado lo que es el verdadero amor, porque solo nos hemos mirado a nosotros mismos; no hemos sabido tener la humildad de lo que es reconocer nuestra propia vida tan llena de errores y fracasos porque siempre nos hemos creído en un pedestal; nos hemos rodeado quizás de quienes nos adulan buscando nuestros favores pero que pronto nos abandonarán también porque no podrán soportarnos. Nos convertimos en perdonavidas pero que no sabemos lo que es el auténtico perdón ni seremos capaces de ser compasivos con los demás.

Son las actitudes arrogantes y llenas de soberbia que tenemos que aprender a desmontar de nuestra vida; es aprender a reconocer nuestros propios errores y tropiezos para comenzar a ser comprensivos con los demás; es un camino nuevo que tenemos que aprender a recorrer sintiendo que nos necesitamos los unos de los otros, porque es bueno que tengamos una mano en quien apoyarnos cuando tenemos que atravesar tantos baches que podemos encontrar en la vida; es un nuevo colirio que hemos de poner en nuestros ojos para tener una mejor mirada luminosa que nos haga ver los gestos de amor y comprensión que nos puedan ofrecer los demás.

¿Por qué me estoy haciendo esta reflexión que nos puede parecer un tanto cruda porque nos hace reconocer algunas sombras que podemos tener en nuestra vida? Es lo que quiero leer hoy en el evangelio; ha partido el texto de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces ha de perdonar a su hermano si le ofende; le parece a Pedro ya un número excesivamente grande lo de siete veces, pero Jesús le replicará que no siete veces sino setenta veces siete. ¿Se ve Pedro sorprendido porque ya quería dárselas de generoso? ¿Se habría quizás Pedro comenzado a subirse también en un pedestal porque también se creía mejor y más generoso que los demás?

Es lo que a nosotros con tanta facilidad nos sucede. Vemos con mucha prontitud los fallos o los defectos de los demás y no somos capaces de vernos a nosotros mismos. Tendríamos que recordar lo que nos dice Jesús en otro momento de no querer estar quitando la mota del ojo ajeno mientras llevamos una viga en el nuestro.

Pero es que además cuando pensamos en ese perdón generoso que hemos de dar a los demás y tanto nos cuesta tendríamos que reconocer los errores que hemos cometido reiteradamente en la vida y cuántas veces hemos sido perdonados. Nos hemos quizás acostumbrado, cuando llegamos a hacerlo, a pedir una disculpa sin sentirlo demasiado y ya damos por sentado que el otro nos va a disculpar, pero no hemos terminado de saborear lo que es sentirnos perdonados.

Es importante este aspecto que algunas veces se nos pasa desapercibido, comprender lo que es sentirse perdonado y saborearlo. No tiene el otro, por así decirlo, obligación de perdonarnos porque realmente hemos sido nosotros los que hemos hecho mal o hemos ofendido, sin embargo en el que me perdona aparece la generosidad del amor, en fin de cuentas, es un regalo lo que me está ofreciendo al perdonarme. Y los regalos se agradecen, los regalos se valoran, los regalos se tienen en cuenta. Es lo que he de sentir cuando me siento perdonado y entonces mi mirada hacia el otro será distinta, porque será agradecida; mi mirada hacia los demás comenzará también a ser distinta porque voy a ofrecer la misma comprensión que han tenido conmigo.

Es lo que no supo hacer aquel criado de la parábola que había sido perdonado generosamente por su señor y sin embargo no fue capaz de actuar de la misma manera con su compañero de servicio por la minucia que le debía en comparación con todo lo que le habían perdonado a él. Hermosa lección la que nos da Jesús con la parábola que nos propone que hemos de leer mirándonos a nosotros mismos con las arrogancias que tantas veces vamos por la vida donde nos creemos, como decíamos al principio, merecedores de todo. Tenemos que hacer un cambio muy profundo en nuestro corazón, en nuestras actitudes y en nuestros comportamientos. Y todo porque nos sentimos amados y porque nos aman nos regalan el perdón, nos regala Dios su perdón.


miércoles, 12 de agosto de 2026

Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

 


Buenas semillas hemos de saber sembrar con las buenas actitudes de nuestro corazón, siempre comprensivo, capaz de perdonar y ofrece la corrección fraterna

Ezequiel 9, 1-7; 10, 18-22; Salmo 112; Mateo 18, 15-20

Es bien cierto que todos estamos llamados a la perfección y a la plenitud, esas son las ansias más hermosas que llevamos en el corazón, pero es cierto también que no somos perfectos, porque estamos llenos de limitaciones que nos hacen descubrir nuestra debilidad y cómo tantas veces tropezamos no alcanzando esa plenitud que deseamos y nuestra humanidad es tan humana que se manifiesta como tal en esas carencias de nuestra vida.

Ya quisiéramos que nuestra respuesta fuera siempre perfecta en comportamientos y en actitudes, pero vamos tropezando continuamente, sentimos en nuestro interior esa tentación y esa inclinación al mal que nos hace actuar torpemente tantas veces y estamos llenos de errores pero también envueltos por el mal, que nos hace perder nuestra propia dignidad y grandeza y que daña de tantas maneras la dignidad y grandeza de los que están a nuestro lado. Tendríamos que tener la valentía de la humildad para reconocerlo pero también la fuerza interior que nos ayuda a corregirnos y a ser mejores; muchas veces nos ciega nuestro orgullo y amor propio y no reconocemos nuestras debilidades y para colmo queremos presentarnos ante los demás con la fantasía y la vanidad de que somos buenos.

Es un paso importante que tendríamos que realizar es el reconocimiento de nuestros fallos, pero también la humildad de dejarnos corregir por los que están a nuestro lado. No es fácil porque nos pesa mucho ese orgullo y amor propio o esa imagen que queremos mantener ante los demás porque nos parece que si nos mostramos débiles estaríamos perdiendo la buena imagen y el prestigio que decimos que nos hemos conquistado. Pero precisamente reconociendo nuestra debilidad es cuando mejor manifestamos la grandeza de nuestro espíritu y cuando nos ganamos mejor la valoración de los demás.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de la corrección fraterna, porque si en la comunidad cristiana nos sentimos como hermanos miembros de una misma familia estamos para ayudarnos los unos a los otros. Jesús nos da unas pautas que nos hablan de humildad y de sencillez, pero que nos hablan también de respeto y de capacidad de comprensión; ya le ponemos el apellido, digámoslo así, de fraterna, porque como hermanos hemos de corregirnos, y como hermanos no nos humillamos, como hermanos nos sentimos a la misma altura, con el amor de hermanos sentimos como nuestro lo de los demás y queremos siempre lo mejor, como hermanos nos damos ánimos porque nos tendemos la mano para seguir caminando apoyándonos mutuamente en nuestra debilidad, como hermanos nos estimulamos al tiempo que somos comprensivos porque vemos esa misma debilidad en nosotros.

Es la manera cómo hemos de saber escuchar esa palabra de corrección que nos ofrece el hermano cuando hemos renqueado en nuestra vida con nuestras debilidades y tropiezos y es la buena actitud con que nosotros hemos de acercarnos siempre a los demás. Cuesta hacerlo y bien sabemos que el mundo está lleno de resentimientos y desconfianzas, de envidias y de rencores, de actitudes revanchistas que lo que quieren es marcarte con ese sambenito de nuestra debilidad y de hundirte para siempre. Es cuando no hemos entendido ese sentido de comunión y de amor que entre todos debería haber ya que tendríamos que ser como una gran familia. Pero son las buenas semillas que nosotros hemos de saber sembrar con esas buenas actitudes de nuestro corazón.

Finalmente hoy en el evangelio nos enseña a saber rezar unidos, porque es la mejor manera de sentir a Dios en medio de nosotros. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’. ¿Será así siempre el sentido de nuestra oración?

jueves, 30 de abril de 2026

Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

 


Aprendamos a amar con un amor como el de Jesús, con una amplitud de mirada, con generosidad en el corazón, con verdadero espíritu de servicio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

¿Seremos solo personas de palabras bonitas pero que luego no se ven corroboradas con las obras que hacemos? Somos muy fáciles para decir cosas bonitas, para dar un consejo, para criticar lo que nos parece mal, para ir diciéndole a todo el mundo lo que tienen que hacer, pero llevar esos consejos a la práctica de nuestra vida, no caer en esas cosas que juzgamos mal y que criticamos, hacer nosotros primero eso que le decimos a la gente es cosa que no nos resulta tan fácil. La veracidad y autenticidad de las palabras se las dan las obras que hacemos. Es cierto que somos débiles, que no somos perfectos, pero un deseo de superación tiene que haber en nuestra vida. Una capacidad de comprensión ha de acompañar todo esto.

En el evangelio hemos escuchado hoy algo que Jesús nos dice y que casi pasa desapercibido. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Tenemos que situarnos en el momento en que Jesús les dice estas palabras a los discípulos, fue en la cena pascual. Jesús había comenzado remangándose, podríamos decir, porque se había quitado el manto y se había ceñido una toalla y se había puesto a lavar los pies de los discípulos, a todos, sin diferencia ni distinción, sabiendo incluso como ahora les recuerda que uno lo iba a traicionar, incluso a Pedro que ahora se mostraba reticente ante el gesto de Jesús pero sabiendo Jesús que horas más tarde le iba a negar.  Y había terminado diciéndoles, como tantas veces hemos reflexionado, que si El, el Maestro y el Señor,  les había lavado los pies también ellos debían lavarse lo pies los unos a los otros.

‘Dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, escuchamos ahora decir a Jesús. Nos emocionamos quizás ante el gesto de Jesús, pero ahí no nos podemos quedar. Es la actitud de vida que nosotros hemos de mantener, el espíritu de servicio, pero a todos sin distinción, como lo había hecho Jesús. Y eso nos cuesta, porque amar a nuestros amigos, amar a aquellos que nos hacen el bien parece como una correspondencia natural, pero ahí no nos podemos quedar los discípulos de Jesús.

Y esas son las piedras de tropezar que vamos encontrando en los caminos de la vida, porque no todos nos caen bien de la misma manera, y tenemos nuestras reticencias y queremos medir lo que hacemos y a quien lo hacemos; porque nos parece que no todos son merecedores de nuestro amor. No son los merecimientos por lo que nos hayan hecho lo que nos tiene que motivar al amor, es podemos decir por una parte la dignidad de toda persona que nos merece respeto, pero es el considerar que todos son hijos amados de Dios; y si Dios los ama, ¿quién soy yo para enmendarle la plana a Dios y decir que esos no son merecedores de su amor?

Y ya no son solo los que nos pueden caer bien o más o menos regular, sino que Jesús nos ha enseñado a amar también a los que no nos aman, a los que nos hacen daño. Tendríamos que recordar muchas veces aquellas palabras de Jesús en el sermón del monte. Tenemos que recomenzar de nuevo a contemplar esta escena del principio de la cena pascual donde Jesús lava los pies de sus discípulos, también de aquel que le iba a negar a pesar de tantas porfías de amor, pero también a aquel que le traicionaba y con un beso, pero por treinta monedas, iba a entregar al Hijo del hombre.

Qué el Señor nos conceda aprender a amar. Que el Señor sane nuestros corazones y seamos capaces de sentir la paz que nos da el amor. Pero amar con todo lo que en sí significa la palabra, porque el que ama se da, el que ama se entrega, el que ama es capaz de dar la vida por el amado. Lo contemplamos en Jesús. ¿Seremos capaces de hacerlo? Que no seamos personas de palabras bonitas, sino que las obras de nuestro amor auténtico pongan la firma a las palabras hermosas que decimos.

viernes, 27 de febrero de 2026

Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

 


Los mandamientos del Señor no se quedan en palabras solemnes sino que abarcan la cotidianidad de nuestra vida hasta en sus más pequeños detalles

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129; Mateo 5, 20-26

El decir o proclamar los mandamientos algunas veces nos suena a solemnidad mayor, palabras solemnes y categóricas que nos definen grandes principios que se convierten en norma y ley de nuestra vida; algunas veces nos puede parecer que por esa solemnidad están por encima de todo y de nosotros mismos, de manera que nos pueden parecer lejanas de la realidad de las cosas pequeñas y ordinarias de cada día. Es cierto que tenemos que proclamarlos con cierta solemnidad porque nos decimos que es la ley del Señor, son las pautas fundamentales que Dios nos ha dado para el camino de nuestra vida pero tenemos que reconocer que están constituidos por pequeños detalles que marcan los pasos diarios que en nuestra vida hemos de ir dando.

No nos quedamos en la solemnidad, por ejemplo, de un ‘no matarás’ sino que nos está señalando esos pasos de encuentro o desencuentro que cada día vamos teniendo en el camino de nuestra vida y señalando hasta esos pequeños detalles donde vamos a manifestar el amor que tengamos o no a los que están a nuestro lado. Es lo que nos va contraponiendo hoy Jesús en este pasaje del evangelio y en todo el conjunto del sermón del monte que ha comenzado precisamente con la descripción de las bienaventuranzas.

Las palabras de Jesús entran en detalle en ese camino del día a día, no se quedan en el derramar la sangre del hermano porque le arranquemos la vida, sino en todo aquello que puede mermar nuestra buena relación con los demás. Surge así el reconsiderar las palabras, por ejemplo, con que nos dirigimos a los demás donde puede aparecer el desprecio o la discriminación, el valorar o el querer anular los valores o las cosas buenas que hagan los demás, el respeto que nos lleva a la cercanía pero también a la concordancia de los corazones, la actitud de comprensión que podamos tener con los demás para ser generosos en ese perdón que ofrecemos como mano que ayuda a levantar al caído, porque todos además podemos tener también los mismos tropiezos y querríamos tener también la comprensión y el perdón de los demás.

No nos vale una vida de apariencias si no hay autenticidad y sinceridad en nuestras vidas, siendo capaces de quitarnos esas máscaras de hipocresía con que tantas veces cubrimos nuestras incongruencias y nuestras debilidades. Camino de respeto y comprensión que nos ha de impulsar a valorar los esfuerzos que cada uno realiza en su momento por superarse y que nos impide marcar con el sambenito de los errores pasados una vida que quiere reconstituirse y rehacerse. Tropezamos muchas veces en la vida pero todos tenemos el derecho y al mismo tiempo también el deber de querer levantarnos, de rehacer nuestra vida, de comenzar a hacer nuevos caminos. Y eso que es posible en nosotros también hemos de ser capaces de contemplarlo en los demás y valorar el esfuerzo de recuperación que quieren hacer.

Por eso la reconciliación es algo que siempre tiene que estar presente en nuestra manera de actuar, es lo que tenemos que buscar cuando sabemos que hemos tropezado y alguien puede tener quejas contra nosotros, pero es también lo que estaremos dispuestos a ofrecer cuando el otro se acerca con verdad y humildad a reconocer sus errores; todos podemos levantarnos, a todos hemos de dar el derecho de que se puedan levantar.

Una cosa que no tendríamos que permitirnos en la vida es querer seguir manteniendo las distancias y abismos que un día creamos con nuestros errores sino que siempre tenemos que saber ir tendiendo puentes de acercamiento y rellenando con la generosidad de nuestro amor esos abismos que hemos ahondado entre nosotros. Si vuestra justicia no está por encima de esas sombras que tantas veces oscurecen nuestra vida, no seremos merecedores del Reino de los cielos.

lunes, 10 de noviembre de 2025

No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mar, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús

 



No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mal, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús

Sabiduría 1,1-7; Salmo 138; Lucas 17,1-6

Todos podemos ser pequeños en la vida, o todos tendríamos que tener en muchas ocasiones las actitudes o comportamiento de los pequeños; que no se trata solo de números o de cuestiones de edad, sino que, como decíamos, tendrían que ser nuestras actitudes, la simplicidad y sencillez con que vemos o con la que actuamos en la vida, la malicia que quitamos de nuestra visión de la vida y de las cosas, la apertura y confianza con que nos mostramos en nuestras relaciones.

Pero, ya sabemos, hay tantas cosas que nos quitan esa inocencia, que meten la desconfianza en el corazón, que nos hacen poner una pizca de malicia en lo que hacemos, o nos enturbian los ojos para verlo todo negro y con desconfianza; cuantas cosas que nos hacen daño, y que no son cuestiones solamente de índole sexual, sino que lo encontramos en la falta de rectitud en la administración de aquello que tenemos entre manos, la poca responsabilidad con que se asume las tareas de la vida, las influencias que se hacen sobre unos y otros para mover los hilos de los intereses particulares, la falta de transparencia con que se vive la vida y cómo se ocultan aquellas cosas que nos pueden perjudicar, las posturas exigentes sobre los que creemos más débiles mientras le pasamos todo a los que son de los nuestros, la poca sinceridad con que se viven las mutuas relaciones y la falta de comprensión con los débiles o los que van tropezando en la vida.

Son tantos los escándalos que vamos contemplando a diario en nuestra sociedad, son tantas las manipulaciones, es tanto el daño que nos hacemos mutuamente, porque quizás los que podrían influir en la mejora de nuestra sociedad son los van comportándose con esa falta de rectitud y de alguna manera están incidiendo para que los demás hagan lo mismo, caigan también por esa pendiente resbaladiza.

Como se suele decir, hoy en el evangelio Jesús pone el grito en el cielo. Lamenta Jesús esas actitudes y posturas, ese daño que nos hacemos los unos a los otros y del que no siempre somos ajenos o están lejos de nosotros. Jesús nos está señalando las buenas actitudes que tendríamos que tener los que queremos optar por el Reino de Dios. Curar esos daños pero también prevenirlos, hacer examen meticuloso de la vida y tratar de enderezar esos caminos que tantas veces se nos tuercen, mostrar lo que es la verdadera compasión nacida de la misericordia y ayudar a los que vemos que pueden tropezar en la vida para que encuentren esa fortaleza que necesitan.

Y nos habla Jesús del perdón y de la corrección; nos habla Jesús de que mantengamos esa sencillez y pureza de corazón porque de lo contrario estaríamos destruyéndonos los unos a los otros. Es lo que nos va enseñando Jesús, pero que tantas veces nos damos cuenta que nos cuesta. ¿Tendremos fe y fortaleza interior suficiente para caminar esos caminos de rectitud y no dejar que se enraicé el mal dentro de nosotros?

Los discípulos cercanos a Jesús se dan cuenta de lo que les cuesta y les parece que no tienen suficiente fe para actuar conforme a las palabras de Jesús. Por eso le piden, como un día le pidiera aquel padre que se veía impotente ante lo que tenía que hacer con su hijo, que les aumentara la fe. Ha de ser también nuestra oración, para que nuestros ojos se llenen de claridad y nuestro corazón camine con humildad, reconociendo también nuestra debilidad.

‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar”, y os obedecerá’, les dice Jesús. No es cuestión de arrancar moreras para plantarlas en el mar, sino de ese cambio profundo de nuestras actitudes interiores para saber escuchar y aceptar la palabra de Jesús. ¿Seremos capaces?


lunes, 15 de septiembre de 2025

El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

 


El perfume de una madre que nos llega desde lo alto del calvario, de quien está al pie de la cruz

Timoteo 2,1-8: Salmo 27; Juan 19,25-27

Cuando llegamos de nuevo a casa, quizás después de largo tiempo ausentes, o quizás después de malas rachas que hayamos soportado en los avatares de la vida, quizás cansados después de un largo y agotador día de trabajo, o sencillamente porque hemos salido y hemos andado entretenidos en la vida, lo primero que saboreamos probablemente sea el olor de la madre, quizás aspiramos su perfume – cada uno tiene su característico olor – o escuchamos su sonrisa que suena a música, nos llega el olor que se desprende de la cocina, o sentimos el rumor de sus pasos, echamos de menos sus caricias y su abrazo o acaso su hombre sobre el que descansar; aunque estuviera ausente sabemos que es su casa y disfrutamos de su acogida o de sus palabras de consuelo en nuestros llantos, de su silencio que sin embargo nos hace sentir su presencia aunque ahora sea de forma misteriosa, o su mirada siempre llena de comprensión, lejos de reproches, con su paciencia infinita para esperarnos aunque tardáramos en llegar. Es el sabor de hogar, es el cariño de una madre que nunca nos falta, es la acogida de los brazos siempre abiertos, es la mirada comprensiva pero que en silencio nos hace superar nuestros cansancios. Necesitamos de la presencia de esa madre, aunque solo sea de una forma espiritual o virtual porque no siempre sea posible esa presencia física a nuestro lado.

Hoy Jesús nos regala una madre, nos regala a su madre. Desorientados y sin saber que hacer o como iban a terminar todo aquello, perdidos porque no encontraban salida y casi les parecía todo un fracaso, escondidos y temerosos porque a ellos podía pasarle lo mismo, buscando refugio sin saber a qué atenerse o donde podrían encontrar quien los acogiera a ellos que parecían unos perdidos y fracasados, así andaban los discípulos; solo uno se había atrevido a seguir la comitiva hasta el calvario porque quien se había aventurado al principio a llegar hasta el patio de la casa del Pontífice, todo lo había resultado peor porque al final había negado conocerle, cuando tanto había confiado Jesús en El haciéndole promesas que ahora parecía que no se podían cumplir.

Y allí estaba, al pie de la cruz, junto a aquellas pocas mujeres que se habían arriesgado a acompañar a María. Allí estaba quien seguía manteniendo su amor por Jesús aunque no supiera en qué iba a terminar todo a pesar de los anuncios y promesas de Jesús. Como se diría siempre de él era el discípulo amado. Y había recibido un regalo.

Necesitaban el olor de una madre, necesitaban quien abriera el corazón para acogerles ahora que estaban tan desesperanzados, necesitaban aquella sonrisa y aquella mirada que les sabía al perfume de un ramo de rosas. Y Jesús les había hecho aquel regalo. No era solo para aquel discípulo que se había arriesgado a llegar hasta el calvario, aunque él fuera quien directamente escuchara las palabras y las promesas de Jesús. ‘Ahí tienes a tu madre’. Era a Juan a quien se lo estaba diciendo, pero en Juan estaban todos los discípulos, todos los que querían seguir manteniendo su amor por Jesús, quienes a pesar de andar tan perdidos seguían añorando el perfume y la presencia de una madre.

¿Nos sentiremos allí representados? Porque el evangelio no es para uno solo, las buenas noticias tienen que difundirse y todos participar de la alegría que reciben con ellas. Aunque Juan fuera el que se la llevara a su casa, era para nosotros, era para todos. La Iglesia seguiría sintiendo la añoranza de una madre, la necesidad de tener una madre a su lado, y desde entonces allí estaría María. Todo el verdadero discípulo de Jesús lo comprende, porque todo verdadero discípulo de Jesús tiene que saber lo que es la acogida, no solo por sentirse acogido, sino porque estaría siempre con los brazos abiertos para recibir y para acoger. ¿Cómo no iba a hacerlo con aquel regalo que desde la cruz Jesús les estaba haciendo?

Nosotros también queremos recibirla en nuestra casa. Nosotros también queremos estar junto a ella al pie de la cruz, porque sabemos que ella va a estar siempre a nuestro lado cuando estemos en nuestra cruz, en nuestra soledad, con nuestro corazón perdido, en nuestros miedos y cobardías, en las veces que caminemos sin rumbo. Y aquí podemos pensar y podemos decir muchas cosas. Dejemos que fluya el corazón, que se derrame nuestro amor también por María. Es la Madre, nuestra madre. No la podemos dejar. La que siempre nos a hacer disfrutar del perfume de su vida. De ella aprenderemos además a ser siempre acogedores, a ir mostrando ese lado de la ternura de nuestro corazón.

sábado, 26 de julio de 2025

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

 


Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

Éxodo, 24, 3-8; Sal. 49; Mateo, 13, 24-34

La imagen que nos propone hoy Jesús en la parábola del evangelio es bien significativa de lo que nos pasa en la vida y no solo porque miremos a nuestro alrededor y el mundo en el que vivimos, sino porque tenemos que mirarnos a nosotros mismos, pues es parábola que nos habla también de la realidad de nuestra propia vida. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?’, es la pregunta que le hacen aquellos obreros a su dueño al ver que sus tierras no solo están rebosantes de trigo sino que en medio han crecido las malas hierbas, a cizaña que tanto daño hace a sus sembrados.

Es la realidad de la vida, de nuestra vida, de lo que a nosotros tantas veces nos sucede de una forma o de otra. Los padres que educaron con esmero a su hijo inculcándole buenos valores, pero que de la noche a la mañana se lo encuentran rebelde y que está haciendo con su vida todo lo contrario de lo que sus padres le inculcaron. Hablamos de esa realidad como en ese mismo sentido muchas cosas que vemos en nuestra sociedad; unas buenas costumbres que han sido la base del crecimiento de los pueblos, pero pronto se meten por medio los rencores y resentimientos, las ambiciones egoístas y vicios de todo tipo y se destroza aquella buena convivencia que en otros tiempos se tuvo.

Pero no tenemos que ir muy lejos sino mirarnos a nosotros mismos. Cuántos propósitos nos hemos hecho, cuantos planes nos hemos trazado, cuánta bondad y bien hacer hemos trasmitido en nuestra vida, cuantos consejos damos a los demás y a tantos que en muchas cosas hemos ayudado a salir adelante, a superarse y ser mejores, pero en un momento determinado tuvimos nuestras tropiezos, muchas cosas se nos han podido desestabilizan en nuestra vida y nos hemos visto envueltos en unas espirales de las que no sabemos salir. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Rompemos todos los planes de nuestra vida porque un día cometimos unos errores? ¿Seguimos echando a rodar por la pendiente esa piedra porque no sabemos que hacer con ella?

La respuesta de aquel hombre de la parábola no fue mandar a arrancar aquella cizaña. ‘Dejadlas crecer juntas’, les dice. La motivación está en el peligro de arrancar las buenas plantas; al final será la solución. Pero lo que Jesús nos está dejando entrever en la parábola es algo muy hermoso. Sabemos que una mala hierba porque esté al lado de una buena no va a cambiar, no va a transformarse. Pero lo que Jesús nos está queriendo decir es que somos personas, y en las personas siempre está esa posibilidad del cambio. Nos deja traslucir la parábola lo que es la misericordia de Dios que siempre nos estará esperando para que demos ese paso de conversión a El, de vuelta a El, que eso viene a significar la palabra conversión.

Es lo que nosotros necesitamos aprender cuando en la vida nos volvemos tan intransigente con los demás y no somos capaces de sacar ese lado de la misericordia. La llamada de amor siempre tiene que estar presente, la comprensión con los errores de los demás es algo que hemos de tener en cuenta, porque además nos miramos a nosotros mismos y vemos cómo nosotros también cometemos errores, y siempre esperamos que sean comprensivos con nosotros, siempre haya una palabra de aliento y de ánimo, una actitud comprensiva que sea capaz de ofrecer el perdón como comienzo de un camino de restauración y de paz.

Es también la buena actitud que hemos de tener con nosotros mismos. No es que tratemos de disculparnos y justificarnos por lo que hacemos, pero sí hemos de creer que en el fondo del corazón siempre queda un rastro de bondad que hemos de saber hacer resucitar en nosotros; por eso aunque luchamos por nuestro cambio y superación somos comprensivos con nosotros mismos; nunca nos podemos sentir derrotados a causa de nuestros tropiezos y errores; siempre confiamos en la misericordia del Señor que estará a nuestro lado para ayudarnos a levantarnos.

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan tan fácilmente a los juicios y a las condenas; entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia; dejémonos contagiar por esa misericordia del Señor que tan abundantemente se derrama sobre nosotros y nuestro mundo y haremos un mundo mejor. ¿No somos nosotros los que creemos en la resurrección? Podemos, pues, hacer resucitar nuestras vidas.


martes, 17 de junio de 2025

Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

 


Ojalá llegue el día en que los latidos del amor marquen el ritmo de los latidos del corazón de todos para hacer esa nueva humanidad que es el Reino de Dios

2Corintios 8,1-9; Salmo 145; Mateo 5,43-48

En fin, tras la lectura de este evangelio tenemos que decir que Jesús nos dice que no solo tenemos que amar a los que ya son amigos, sino que tenemos que sentir como amigos a todos. Entendemos que la palabra amigo significa algo así como amado, porque los amigos se quieren y lo manifiestan en muchos gestos y actitudes buenas que tenemos unos con otros, confianza, cercanía, acompañamiento, estar ahí para lo que nos necesiten, compartir que no son solo cosas sino algo más de nosotros mismos, pues nos contamos nuestras cosas, nuestros proyectos… claro que me vas a decir si ahora tengo que contarle las cosas a todo el mundo, es algo distinto, es algo más profundo pues es abrir las puertas del corazón a los demás.

Porque amar solo a los que nos aman como terminará diciéndonos Jesús lo hace cualquiera, pero es que nuestro amor cristiano, que es nuestro distintivo tiene que ser distinto. De ahí esa apertura de nuestro corazón. Por eso ha comenzado Jesús diciéndonos que tenemos que amar también a nuestros enemigos y rezar por ellos. Aquí corrige la ley antigua que habían interpretado hasta entonces demasiado a la letra y era algo que no podía entrar en los caminos del amor.

Pero Jesús es tajante. ‘Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ y nos da una razón muy importante. Será así cómo vamos a manifestar que somos hijos de Dios; porque Dios ‘hace salir el sol sobre malos y buenos, y deja caer la lluvia sobre justos e injustos’. Y cuando Jesús nos pone como modelo de nuestro amor a Dios, ahora nosotros vamos a enmendarle la plana a Dios y le vamos a decir, ahí te equivocas, a los que son malos con nosotros no los vamos a amar. Por eso nos dice que incluso recemos por aquellos que nos han hecho mal, que nos han hecho daño. Cuando comienzas a rezar por alguien lo estás poniendo en tu corazón, y si pones a alguien en tu corazón pronto poco a poco comenzarás a amarle.

Nos habla Jesús de enemigos, pero es que quien ama no se puede considerar enemigo de nadie, ni a nadie puede considerar su enemigo. Claro, pero puede suceder que alguien si se considere enemigo nuestro, nos mire mal, nos desee mal, incluso trate de hacernos mal. Y es aquí donde tienen que aparecer las verdaderas y grandes motivaciones para el amor. Yo diría que claves o piezas importantes para el amor son la comprensión y la misericordia.

Me explico. ¿Por qué alguien se considera enemigo mío? ¿Se sentirá ofendido o molesto conmigo por algo? Tendríamos que analizarnos nosotros los primeros si habrá habido algo en nosotros, un gesto, una actitud en un momento determinado, por el que se sienta ofendido, y claro que tenemos que ser nosotros los que demos el primer paso; pero la comprensión tiene que ir más allá, no nos podemos contentar con decir qué culpa tengo yo de que él tenga un mal momento. Pues eso, todos tenemos malos momentos en la vida y tenemos que ser comprensivos en lo que pueda estar pasando la otra persona para actuar de una manera determinada; conociendo más hondamente seguramente comenzaremos nosotros también a ver las cosas de otra manera.

Y hablábamos también de la otra clave, la misericordia. Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo. Y lo que decíamos antes de la oración lo podemos ver aquí también; misericordia es algo así como poner el corazón al lado de la miseria del otro; pongámonos en su lugar, o más aun, hagámosle lugar en nuestro corazón y cuando sintamos sus latidos al ritmo del nuestro, aunque algunas veces discorden, no vayan al mismo ritmo, hará que al final los latidos del amor pongan un ritmo nuevo no solo en nuestro corazón sino también en el corazón del otro.

Ojalá un día esos latidos del amor sean los latidos que marquen la vida de todos.

sábado, 8 de marzo de 2025

La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

 


La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

El que se cree satisfecho de todo no se sentirá en la necesidad de pedir ayuda, quien cree tenerlo todo nunca se sentirá pobre para pedir remedio para una necesidad que cree no tener, quien va con el estómago lleno no sentirá hambre y no pedirá comida, quien se cree sabio – y mira que digo que se cree sabio, no que sea sabio – no dejará que nadie le enseñe y le abra a otras dimensiones. ¿Nos creeremos nosotros satisfechos de todo porque todo tenemos y tan saciados que no aspiremos a mejores alimentos?

Creo que esta es una dimensión en la que nos está haciendo pensar el evangelio hoy. Parte el evangelista del hecho de la llamada de Jesús a Leví, que estaba en su mostrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. La decisión de Jesús y la respuesta de Leví fue un motivo de gozo y de que este hombre hiciera un banquete con Jesús y sus discípulos pero también con sus antiguos amigos y compañeros de profesión.

Leví era publicano, recaudador de impuestos con todo lo que esa profesión llevaba parejo en el mundo económico, y lo mismo eran considerados los compañeros de profesión. Pero por una parte desde ser considerado un colaboracionista con los romanos que detentaban el poder y el peligro de la usura con todas sus variantes que acompañaba a esta profesión, por parte de los judíos de forma despreciativa los llamaban publicanos y pecadores. Los que se consideraban puritanos con ellos no querían tener ninguna relación.

De ahí surge el comentario que hacen los fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores; son las suspicacias que pretenden sembrar en los discípulos con sus comentarios. Pero ¿necesitan de médico los que están o se consideran sanos? Es lo que Jesús en su respuesta quiere hacerles ver. El no ha venido para santificar a los que ya se consideran justos, Jesús ha venido como salvador para los pecadores. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es lo que necesitamos reconocer. Hambrientos que tenemos hambre y pedimos qué comer. Pecadores que necesitamos de la misericordia y del perdón. Es algo primordial aunque sabemos que nos cuesta reconocer. Siempre decimos que no tenemos pecado, que no tenemos culpa; siempre buscamos una disculpa para nosotros y alguien a quien culpabilizar. Por ahí tenemos que comenzar. De lo contrario, ¿de qué es lo que nos vendría a salvar Jesús si lo proclamamos nuestro Salvador?

No pueden ser palabras que repetimos sin más como aprendidas de memoria. Lo decimos y repetimos una y mil veces pero en el fondo de nuestro corazón no nos sentimos necesitados de su gracia, de su misericordia y de su perdón. Es la rutina en la que vamos cayendo, es el formalismo con que hacemos las cosas, pero es la falta de sinceridad de nuestro corazón, pero porque no nos miramos nuestro corazón, no queremos reconocer nuestras debilidades.

Qué fácil es decir que vivimos en un mundo pecador, o con qué ligereza hablamos de los demás como pecadores que tienen que convertirse, pero no somos capaces de reconocer que somos nosotros los primeros que necesitamos esa conversión. Son pecadores los de fuera, los que no vienen, pensamos tantas veces, y nos parecemos a los fariseos que juzgaban a los demás porque eran pecadores y juzgaban a Jesús y sus discípulos porque comían con los pecadores.

En nuestras celebraciones litúrgicas muchas veces de una forma y de otra estamos diciendo ‘Señor, ten piedad… ten misericordia de nosotros… atiende nuestras súplicas…’ pero, ¿realmente nos estamos sintiendo pecadores necesitados de esa misericordia del Señor? Tenemos que ser más congruentes con las palabras que pronunciamos, ser más auténticos en las palabras que decimos.

Quien ha pasado por malas situaciones en la vida, quizás como consecuencia de sus errores y fallos, cuando ha encontrado comprensión y misericordia en los demás para perdonarnos y para aceptarnos, realmente se tiene que sentir transformado por esa experiencia de misericordia que ha sentido en su vida y todo a partir de entonces va a ser nuevo y distinto.

Vivamos con intensidad esa experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, porque realmente nos sentimos necesitados de esa misericordia, y seguro que a partir de ese momento nuestra vida va a ser bien distinta, disfrutaremos de una paz nueva en el corazón, pero al mismos tiempo seremos capaces de regalar ternura y comprensión a los que caminan a nuestro lado en sus debilidades, porque débiles un día nos sentimos. Es lo que vivió Leví tras su encuentro con Jesús y por lo que hizo fiesta en aquel banquete en que invitaba a sus amigos.

domingo, 23 de febrero de 2025

Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

 


Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer y empecemos a hacer caminos de humildad llenándonos de hermosos detalles que nos conducen al amor verdadero

1Samuel 26, 2. 7-23; Salmo 102; 1 Corintios 15, 45-49; Lucas 6, 27-38

Nadie tiene que decirme lo que tengo que hacer, parece la pataleta de quien se comporta como un niño chico cuando nos están recordando lo que tienen que ser las pautas de la vida; es la rebeldía, decimos, de los jóvenes, pero es muchas veces también nuestra rebeldía; lo hemos pensado nosotros mismos quizás muchas veces cuando no hemos podido hacer lo que queríamos hacer, o lo hemos escuchado también más de una vez a nuestro lado; y no son esas rebeldías juveniles, sino que es esa rebeldía interior que nosotros mostramos también, aunque tratemos de disimularlo, cuando se nos recuerdan los mandamientos o cuando se nos recuerda la altitud de miras que como cristianos hemos de tener y en la forma como hemos de manifestarnos.

Sí, cuando no enfrentamos a un evangelio como el que en este domingo nos ofrece la liturgia fácilmente decimos eso es imposible, si actúo así me van a mirar como a un tonto, es que ante lo que me hacen tengo que reaccionar de alguna manera y no puedo permitir que se pongan sobre mí. Es lo que muchas veces pensamos cuando se nos habla del amor a los enemigos, se nos habla de la comprensión y el perdón, cuando se nos dice que tenemos que ser capaces de poner la otra mejilla, cuando se nos pone el listón bien alto, porque en algo tenemos que diferenciarnos.

Tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús y no podemos ir haciéndonos nuestras interpretaciones y nuestras rebajas, diciendo que eso son formas de hablar, pero que no es necesario llegar a tanto. Realmente hemos de reconocer que el listón está bien alto, pero ¿es que queremos seguir con mediocridades y rebajas? Los presupuestos de nuestro corazón tenemos que cambiarlos. Por eso Jesús desde que comenzó a anunciar la llegada del Reino de Dios nos pedía conversión para poder creer en esa buena noticia que nos ofrecía. Por eso un cristiano no puede andar con componendas.

Reconocer el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor, que Dios es un Padre que nos ama y nos ama a todos por igual, un Dios del que somos hijos porque ese es el regalo que nos hace cuando creemos en El pero igual que nosotros los somos Dios quiere que todos sean sus hijos, lo que entraña que todos hemos de mirarnos como hermanos. Por eso la regla básica, por así decirlo, que nos pone es la del amor. Es mi mandamiento, nos dice, que os améis los unos a los otros como yo os he amado. El modelo y estilo de ese amor lo tenemos en Dios, se nos manifiesta en Jesús.

Eso, así, que parece tan sencillo realmente es algo grandioso y que va a cambiar todas nuestras perspectivas. Es una nueva mirada, son unos nuevos ojos, es un nuevo corazón el que tiene que latir. Es un nuevo sentido de nuestra relación, es una nueva forma de tratarnos los unos a los otros, es un comenzar no a mirarnos a nosotros mismos sino comenzar a mirar a los demás, mirar a los que nos rodean y con una mirada nueva, la mirada del amor. Todo cambia.

Aunque en la vida tengamos nuestras diferencias nunca podré mirar al otro como un adversario con el que me voy a enfrentar, voy a mirar a un hermano con el que vamos a caminar juntos; las diferencias se superar, las esquinas donde puedan surgir roces se liman, las debilidades se comprenden porque también nosotros somos débiles, en los momentos de tensión hacemos surgir dentro de nosotros la humildad, cuando hay un contratiempo lo arreglamos, cuando nos sentimos molestos nos disculpamos y ponemos comprensión. Y esto se hace desde los pequeños detalles, con la delicadeza con que vamos a ir por la vida, con la mano tendida que siempre se está ofreciendo para ayudar, con el olvido de aquellas cosas que pudiera producirnos inquietud y tristeza, con la alegría del que se siente hermano y quiere encontrarse con el hermano para hacer el camino juntos.

En Jesús tenemos el ejemplo y el modelo de lo que tenemos que hacer; es la cercanía con que Jesús andaba con todos, es la misericordia que derramaba su corazón para dejar que le tocaran el manto o le lavaran los pies aunque fuesen personas consideradas impuras o pecadoras, es la ternura con que se acercaba a los débiles para llegar junto al paralítico de la piscina, es el impulso que significaba su presencia para que los que estaban caídos quisieran levantarse, es el camino que hacía junto al que sufría o como sabía detenerse a la orilla del camino para llamar al ciego que pedía limosna o para decirle a Zaqueo que quería hospedarse en su casa. Podríamos seguir deteniéndonos en muchas páginas del evangelio, pero escuchémosle pedir al Padre cuando lo crucificaban que los perdonara porque no sabían lo que hacían.

¿Seremos capaces nosotros de una cosa así, hacer ese mismo camino, vivir en ese mismo amor? Intentémoslo. Dejemos que Jesús nos diga lo que tenemos que hacer. Empecemos a caminar caminos de humildad que nos conducen al amor verdadero.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

 


Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás

Tito 1,1-9; Salmo 23; Lucas 17,1-6

Algunas veces se pone uno a pensar y no termina de ver por donde van los derroteros de nuestra sociedad. Es muy fácil decir que queremos una sociedad nueva; todos de una manera o de otra lo dicen sea cual sea la ideología o la manera de pensar que tengan; parece que nadie está de acuerdo con las cosas como marchaban antes, salvo los nostálgicos, y queremos hacer reformas por todas partes porque decimos que queremos una sociedad mejor.

Pero ¿sobre qué bases o fundamentos queremos construir esa sociedad? Por todas partes no vemos sino revanchas, palabras agrias porque no se sabe hacer un debate si no buscamos descalificaciones y enseguida salen a relucir los insultos, despertamos odios y enfrentamientos que habíamos dejado ya por zanjados y volvemos a desenterrar viejos enfrentamientos y divisiones; como alguien tenga un tropiezo, ya estamos todos haciendo leña del árbol caído, tapamos lo que nos conviene o lo de lo que está más cerca de nosotros buscando mil justificaciones, pero como podamos enterramos vivo al que haya tenido un tropiezo.

Escándalos del tipo que sea, errores en la realización de las cosas, cosas mal hechas o que han rayado con cosas injustas, las ha habido en todos los tiempos, pero parece que ahora yo no somos capaces de enmendar errores, no se da posibilidad a que haya una rehabilitación de las personas, y por supuesto lo del perdón parece que está bien lejos del pensamiento y del actuar. ¿Y de esa manera haremos que las cosas vayan mejor? ¿A dónde vamos a llegar?

Esto lo palpa uno en la vida de la sociedad en la que estamos, donde parece a veces que falta una madurez humana y unos valores que de verdad construyan a la persona. Y de esto todos podemos contagiarnos, porque ya no es solo a los niveles que podríamos llamar altos de la sociedad, sino que esto es lo que luego palpamos en las relaciones más a pie de calle de unos y otros, entre vecinos, entre familias, y cuidado que los cristianos y en el ámbito de la iglesia nos contagiemos de esa manera de actuar.

Me surge toda esta reflexión desde el evangelio que hoy se nos propone. Nos habla Jesús de los escándalos, y de alguna manera nos dice que son inevitables (teniendo en cuenta claro nuestra propia debilidad que fácilmente nos hace tropezar tantas veces y en tantas cosas) y ya nos dice que ay del que provoca el escándalo, pero también nos dice que tengamos cuidado. Tengamos cuidado ¿por qué? Porque, es cierto, nos podemos contagiar de la manera de reaccionar y de actuar del mundo que nos rodea. Pero Jesús a continuación nos ofrece todo un proceso, podríamos decir.

Nos habla Jesús de cómo tenemos que ser comprensivos los unos con los otros, porque todos podemos de la misma manera cometer errores - ¿No nos dirá en otro momento que el que esté sin pecado que tire la primera piedra?, y muchos buscarán cómo justificarse para tirar esa piedra – pero nos dice además como tenemos que corregirnos los unos a los otros, cómo tenemos que buscar la manera de ayudarnos; y la comprensión exige paciencia, y humildad, y mucho cariño y amor; la corrección nos lleva a perseverar en esas palabras buenas que queremos decir para convencer y para animar; y la corrección nos llevará al perdón, para que la persona se sienta en verdad rehabilitada y considerada de nuevo para volver a comenzar.  ¿Seremos capaces de hacer todo eso?

Muchas veces nos tomamos las palabras de Jesús allí por donde mejor nos conviene, pero no terminamos de escuchar todo lo que Jesús nos dice. Entiende Jesús que las personas tienen que realizar un proceso, y somos humanos, y no siempre es fácil. Pero no sabemos acompañar al que yerra y se quiere levantar; no sabemos valorar los esfuerzos que hace y que tanto le cuestan para tropezar quizás una y otra vez. ¿Es que nosotros somos tan perfectos y tenemos tanta fuerza para que a la primera cambiemos del todo y nos podamos presentar de nuevo como santos? Nos hace falta más humildad para reconocer cual es en verdad nuestra personal realidad, para que así aprendamos a ser comprensivos también con los demás.

Si entre nosotros no somos capaces de realizarlo, ¿como seremos capaces de verdad de contribuir a que la sociedad sea mejor y destierre de una vez por todas esas revanchas y esos odios renacidos que estamos viendo continuamente?

Los discípulos a todo esto que les planteaba Jesús terminaron pidiéndole que les aumentara la fe. Les parecía, es cierto, algo muy difícil. Pero Jesús nos habla del poder de la fe, de lo que podemos hacer si en verdad ponemos toda nuestra fe y toda nuestra confianza en Dios, de la fortaleza que nos va a acompañar. ‘Si tuvierais fe como un granito de mostaza…’ nos dice.

viernes, 8 de noviembre de 2024

Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

 


Siempre podemos tener un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer

Filipenses 3, 17 – 4,1; Salmo 121; Lucas 16, 1-8

La vida y el mundo se nos están convirtiendo en una loca carrera en la que al final terminamos arrastrándonos los unos a los otros y cayendo en el mismo abismo. Todos hemos contemplado en alguna competición como en un determinado momento en que todos corren por el triunfo y apelotonados el tropiezo de uno hace caer a los demás formándose un revolcón indescriptible, donde muchos van a salir mal heridos.

¿Cómo mantener el equilibrio para no caer en ese tropiezo colectivo? Será necesario saber mantener las distancias, saber cada uno su lugar y lo que tiene que hacer, estar en el mejor momento de atención para no dejarnos arrastrar y caer todos en lo mismo. Algunas veces nos puede parecer poco menos que imposible salir de situaciones así, pero algunos lo logran y pueden alcanzar un justo triunfo. Habrá que saber enderezar bien nuestros pasos para no dejarnos envolver.

No es solo de una carrera deportiva de la que estamos hablando sino del camino que tiene que ser nuestra vida. Muchas veces parece que buscamos el camino que nos parece más fácil, pero que no siempre es el más correcto. Muchas veces podemos incluso tropezar y cometer errores en nuestro camino, con el daño que nos hacemos a nosotros mismos, pero con el daño que podemos hacer también a los demás. ¿Tendremos un momento de lucidez, de sensatez para enderezar nuestros pasos, para corregir errores, para enmendar los yerros que hayamos podido cometer?

En el evangelio hoy Jesús nos pone una parábola que muchas veces nos ha costado entender. Habla de un administrador injusto al que se le está pidiendo cuentas de su administración. No ha sido buena la administración que ha hecho. Los administradores muchas veces aumentaban injustamente los intereses o hacían malversación con las cuentas que tenían que llevar, buscando sus ganancias; el dinero negro que muchas veces decimos. Ahora se encuentra en una situación difícil porque se va ver desposeído de todo lo que mal había ganado y se iba a quedar en la calle. Con astucia hace sus arreglos con aquellos que le debían dinero a su amo, quizás podemos pensar quitando aquellos intereses abusivos. Los que se veían beneficiados, podrían tener compasión de él.

Es lo que se alaba al final de la parábola, no que hubiera actuado injustamente con sus robos, sino la astucia para encontrar una salida, que podía parecer pérdida, pero que en el fondo le haría sentirse liberado de lo mal que había hecho. ¿Tendremos la astucia para encontrar salidas a las situaciones en las que nos hemos metido en la vida?

Siempre hay tiempo para enderezar el camino, siempre hay tiempo para encontrar ese momento de lucidez de reconocer los errores que hemos cometido, siempre hay tiempo para una buena palabra que pida una disculpa, reconozca su error y sea capaz de pedir perdón. No siempre lo tenemos todo perdido.

Ya sé que en este mundo nuestro no siempre nos vamos a encontrar con esas personas comprensivas y compasivas que nos ofrezcan caminos de misericordia y de perdón. Siempre hay almas buenas y ya sería un gozo el encontrarlas. Pero sabemos quien es de verdad compasivo y misericordioso con nuestros fallos y pecados. Contamos siempre con la misericordia del Señor, pero el Señor también pondrá a nuestro lado personas que nos comprendan, que nos animen, que nos tiendan la mano aunque no lo merezcamos, seamos capaces de ver en esas personas una señal del amor que Dios nos tiene.

Y seamos nosotros capaces también de ofrecer esa misma comprensión a los demás. ¿Quiénes somos para juzgar cuando nosotros estamos tan llenos de miserias y de pecado? En esa loca carrera de la vida Dios siempre pondrá señales a nuestro paso para que siempre podamos reencontrar el camino recto.

lunes, 17 de junio de 2024

Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

 


Caminos de generosidad y desprendimiento, caminos de comprensión y de perdón, caminos de amor que nos dan sentido y plenitud

1Reyes 21, 1-16; Salmo 5; Mateo 5, 38-42

No somos todos iguales, cada una tenemos nuestro carácter y nuestra personalidad, nuestra manera de ser y nuestras costumbres, somos distintos, son también nuestras cualidades y nuestros valores, la riqueza humana en la que hayamos crecido y nos hagamos formado y ciertas diferencias que pueden ir apareciendo según el camino que hayamos ido haciendo.

Y aunque queremos hacer un mismo camino, o al menos caminamos juntos por los caminos de la vida, las diferencias se notan y no siempre es fácil hacer ese camino juntos; por esa manera de ser o por nuestro carácter, por los impulsos que tengamos en la vida o la cierta pasividad que otros puedan manifestar, pueden surgir roces, encontronazos, y hasta podemos herirnos los unos a los otros; no quiero hablar de mala voluntad, pero sí hemos de tener en cuenta la debilidad o fortaleza que tenga cada persona.

¿Eso tiene que significar que tenemos que hacernos la vida imposible los unos a los otros? De ninguna manera, tenemos que decir. Pero ahí está la madurez humana que cada uno tengamos para aceptarnos y para respetarnos. Cuando Jesús nos está planteando todo un sentido de la vida, es lo que viene a enseñarnos en el sermón del Monte que estos días estamos escuchando y venimos comentando, nos está poniendo el amor como el que tiene que engrasar todos esos resortes de nuestra vida, o limar las asperezas o aristas que nos puedan aparecer y con las que nos podemos dañar. ¿Mecánicamente no utilizamos las grasas para facilitar los engranajes y las rodaduras en vehículos o herramientas que tengamos que utilizar? Esa grasa, podríamos decir, que nos va a facilitar el rodaje de la vida es precisamente el amor.

Y Jesús hoy en el evangelio desciende a cosas muy concretas que hemos de saber tener en cuenta. Y nos habla de que no tenemos que hacer frente al que nos agravia. Es el impulso primero que surge en nosotros cuando nos sentimos heridos, como cuando alguien toca una herida de nuestra carne. Y el rodaje de la vida había hecho que se marcaran como unos límites en esas reacciones que pudiéramos tener cuando nos sintiéramos heridos. Por eso se hablaba del ojo por ojo y del diente por diente. Si te rompen un diente tú no vas ahora a romperle tres al oponente. Por eso se ponía ese límite, que ahora Jesús nos viene a decir que eso tiene que quedar atrás, ‘no hagáis frente al que os agravia’, nos viene a decir.

Y para que entremos en una dinámica de la desterremos toda violencia, nos viene a decir eso que siempre nos ha llamado tanto la atención. ‘Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto…’

¿Significa eso que tenemos que permitir la violencia o la injusticia de los otros? De ninguna manera, pero significa la respuesta de paz que siempre tenemos que saber dar, no entrar en esa dinámica y espiral de la violencia. La mejor manera de detener una pelea y desarmar al oponente es precisamente ese no dar respuesta a su violencia. No vamos a dejar que nos machaquen, porque no vamos a consentir lo que signifique injusticia o maltrato, falta de respeto y daño de la dignidad de la persona, pero no nos vamos a poner a tiro de seguir con esa violencia. Es la mejor manera de emprender el camino del amor, del perdón, del que luego Jesús nos va a hablar más ampliamente.

Por eso nos invita Jesús a un camino de generosidad, de desprendimiento que solo podremos entender y emprender desde el amor más auténtico. ‘A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas’, viene a decirnos Jesús. Es la generosidad que nace del amor, donde encontramos el sentido de la vida y desde donde haremos caminos de plenitud.

jueves, 13 de junio de 2024

Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

 


Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

1Reyes 18, 41-46; Salmo 64; Mateo 5, 20-26

Si nos ponemos a hablar razonablemente seguramente todos estaremos de acuerdo en que lo más bonito en nuestras mutua relaciones es que lo hagamos con paz y armonía, con buen entendimiento y con diálogo, buscando siempre lo que nos acerque y evitando todo aquello que pudiera crear abismos entre unos y otros. Digo, si nos ponemos a hablar razonablemente, pero bien sabemos cómo pronto salta la chispa y aparece en la práctica todo lo contrario; se nos puede derivar pronto la conversación a buscar culpabilidades, a decir que el otro no es razonable, que si alguien me sale con algo que no me guste tendré que contestarle y poco a poco se va elevando el tono para caer en esa espiral en que fácilmente nos vemos envueltos en esta sociedad.

Hay demasiada acritud, aflora muy pronto el amor propio que se siente herido por cualquier cosa, vienen las malas interpretaciones, pronto aparecerán palabras que pueden ser insultantes o por las que alguien puede sentirse herido, y comenzamos a ir por una pendiente peligrosa en donde lo que tendría que ser delicadeza se convierto pronto en violencia y terminamos poniéndonos barreras entre unos y otros porque se rompe la sintonía del corazón, entra la discordia, y ya quien no piense como nosotros es un adversario que van en contra nuestra y un enemigo.

Lo podemos ver en la cercanía de los que están a nuestro lado, porque incluso en las familias no nos hemos librado de esas tensiones, pero es el ejemplo también que nos están dando nuestros dirigentes en que todo son descalificaciones, de ninguna manera se busca el encuentro y el entendimiento y aparecen tantas violencias. Somos fáciles a ir a una manifestación contra una guerra que nos parece injusta en cualquier lugar del mundo, pero no somos capaces de manifestarnos en contra de esa violencia hasta institucional que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.

Nos hemos preguntado en reflexiones anteriores sobre qué presencia estamos teniendo los cristianos en medio de nuestro mundo, en nuestra sociedad y en esos lugares donde se decide y se construye el futuro de nuestra sociedad. Tendríamos que preguntarnos también qué estamos haciendo por nuestra parte para hacer que nuestro mundo sea mejor, haya mayor armonía, y realmente nos convirtamos en instrumentos de paz en medio de la violencia que se está generando cada día en nuestra sociedad.

Me estoy haciendo esta reflexión desde lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Seguimos con el llamado sermón del monte; ayer nos invitaba Jesús a que busquemos el sentido y el valor de los mandamientos que nos tienen que conducir a una mayor plenitud de vida. Hoy de una forma concreta comienza a hablarnos del amor que tiene que envolver nuestra vida. Tenemos que dar un paso más que un mero cumplimiento.

No es solo ya el arrancar de nosotros esa violencia explicita que nos puede conducir a romper la vida de los demás, sino también todas esas señales de violencia que envuelven nuestras palabras y nuestros gestos, que se vuelven insultantes o hirientes, que desprecian o discriminan por cualquier motivo. Nos disculpamos tantas veces en nuestro mal carácter para disimular el infantilismo de nuestra inmadurez y de la falta de rectitud que tendríamos que tener en el corazón.

Por eso nos habla claramente Jesús de reconciliación, que es encontrar la paz con el otro, pero que es también saber encontrar la paz en nuestro propio corazón. Es la paz que va a generar un corazón generoso y comprensivo, que busca siempre el encuentro y la armonía, que sabe entrar en sintonía para desde lo bueno de cada uno saber ser constructores de algo mejor.

Y de eso tenemos que dar testimonio claro y valiente los que creemos en Jesús. También podemos sentir la tentación de la violencia, también nos cuesta entendernos y perdonar, también muchas veces pueden florecer esos cardos de insolidaridad y egoísmo, pero tenemos que estar dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar esas malas hierbas que malearían el jardín de la vida, para podar aquellos ramajes que nos impedirían dar buen fruto, de abonar nuestra tierra en el amor de Dios para que demos esos buenos frutos.