Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta reconocer. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reconocer. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de abril de 2026

Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

 


Vamos a caminar un poco haciendo de nuevo el camino de Emaús para que al final podamos reconocer en verdad a Cristo resucitado en el camino de la vida

Hechos 2, 14. 22-33; Salmo 15; 1Pedro 1, 17-21; Lucas 24, 13-35

Vamos a caminar un poco, nos habrá dicho alguien alguna vez o somos nosotros los que hemos invitado a alguien. Es algo más que un paseo, como solemos decir para justificarnos, para estirar las piernas; ese camino junto a alguien es mucho más, porque aunque se comience hablando quizás de cosas intrascendentes fácilmente la conversación va derivando a algo más sutil, más profundo; expresamos fácilmente como nos sentimos, nuestras ansias o nuestras esperanzas o los momentos de desánimo porque nos hemos sentido frustrados, y de parte y parte van surgiendo las palabras y los pensamientos, se nos van abriendo caminos o comenzamos a entender muchas cosas; nos sentimos a gusto en nuestro intercambio y desaparecen los cansancios, no solo los externos que podamos llevar en el cuerpo, sino que nuestro espíritu se siente reconstituido, y queremos prolongar el camino o nos sentamos plácidamente en algún sitio que consideremos agradable porque ya no nos queremos apartar de quien nos ha acompañado.

Creo que son experiencias que todos de una u otra manera hemos vivido y que quizás hayan podido significar también un antes y un después de tal momento. Lo estamos viendo también en el relato del evangelio. Aparentemente nadie invitó a nadie pero en el fondo alguien los estaba buscando y que se manifiesta en aquel desconocido caminante que se une a su camino. Y lo normal, nos interesamos mutuamente en cómo nos encontramos y de ahí parte la conversación, la tristeza y el desánimo de quienes se marchaban de Jerusalén porque se veían cumplidas sus esperanzas. Y viene el desahogo completo, con todo detalle pero llegan también las palabras de respuesta que poco a poco va enardeciendo sus corazones.

A quienes se les veía tardos y torpes de corazón poco a poco se les fue abriendo su mente para que comprendieran el sentido de las Escrituras. Nosotros que andamos ya con conocimiento de causa tenemos que reconocer qué más grandioso maestro les fue explicando el sentido de las Escrituras. La luz comenzó a llegar a sus vidas, se fueron despertando sus mejores sentimientos, se descorrían las oscuras cortinas que los habían mantenido envueltos en tinieblas y llegó el ofrecimiento de la hospitalidad con el ruego de que permaneciera con ellos porque fuera los caminos estaban oscuros y con El habían encontrado luz.

Hemos escuchado el relato evangélico que además tantas veces habremos meditado y Jesús se sentó a la mesa con ellos para compartir el pan de la hospitalidad pero más que nada para regalarles el pan de su presencia. ‘Lo reconocieron al partir el pan’, que nos dice el texto sagrado. Ya después no había oscuridades ni temían los peligros pues ellos volvieron a Jerusalén para contar cuanto les había sucedido en el camino y allí se encontraron también con la alegría de quienes podían contar también que Jesús había resucitado porque también se había aparecido a Simón.

Pero no nos quedamos en el texto o relato del pasado sino que llegamos también a descubrir que es el relato de nuestro camino. Oscuro se nos vuelve en ocasiones nuestro camino, también hay frustraciones y desesperanzas, desde lo que a cada uno le sucede allá en lo más interior de si mismo, pero también de los desánimos y cansancios que nos envuelven en tantas ocasiones en nuestro camino o en el camino también de nuestra comunidad; nos parece también que caminamos solos y sin rumbo o muchas veces refugiándonos en anteriores situaciones como si estuviéramos volviendo la vista atrás para encontrar acomodo en lo que estábamos o vivíamos antes.

¿No necesitaremos igualmente que alguien nos salga al paso poniéndose a caminar con nuestros zapatos – una manera de decir – para convertirse en ese oído que escuche nuestro desahogo pero que también nos haga oír esa Palabra nueva que sea como luz que nos ilumine de nuevo y nos haga encontrar el sentido de nuestro camino?

El Señor puede llegar a nuestro lado difuminado en ese desconocido caminante, como nos puede llegar de distintas maneras en los propios acontecimientos, en lo que podamos contemplar a nuestro alrededor, en esa moción nueva que sentimos en nuestro interior, en esa celebración que en principio se nos podía volver rutinaria pero que en algún momento una palabra, un gesto o detalle de la misma celebración nos despierta para hacernos sentir algo nuevo que nos vuelve a poner en camino. Dejemos que el Señor llegue a nuestra vida, escuchemos esa palabra que nos hace llegar, estemos atentos para descubrir esa señal, terminemos reconociéndolo en la fracción del pan, sintonicemos de nuevo el sentido de ese ardor de nuestro corazón porque así descubriremos que el Señor está con nosotros.

Es la Eucaristía de la vida y es la Eucaristía que tiene que hacerse vida para nosotros. Tenemos que aprender a dar el paso desde el abrir nuestro corazón hasta escuchar de verdad lo que El tiene que decirnos – qué distraídos andamos muchas veces demasiado encerrados en pensar solo en nosotros mismos – y hagamos que este gesto de partir y compartir el pan sea algo más que un rito que realizamos para descubrir la presencia de Cristo resucitado que se hace pan y vida para que le comamos y podamos tener una vida nueva.

Vamos a caminar un poco, nos está diciendo Jesús hoy de alguna manera. ¿Nos pondremos en verdad a caminar con El que es caminar con los hermanos?

viernes, 25 de abril de 2025

No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

 


No podemos olvidar que solo en su nombre podemos echar la red en los mares de la vida para que podamos al final tener la red repleta de peces y de frutos

Hechos, 4, 1-12; Sal.117; Jn. 21, 1-14

Es frustrante cuando nos hemos pasado un tiempo sacar adelante algo y al final no conseguimos nada; que intentemos hacer algo que pueda ser también de provecho para los demás y cuando vengan a pedirnos o preguntarnos tengamos que responder que no tenemos, que no lo hemos conseguido.

Así ha estado aquel grupo de viejos pescadores intentando pescar aquella noche y frustrante tenía que haber sido que alguien desde la orilla las preguntara si tenían pescado y responderle que no; como tantas otras veces también que habían salido a la faena de la pesca y al regresar con las barcas vacías las personas que se habían acercado a la orilla buscando ese pescado que necesitaban para la comida del día habían tenido que irse de vuelta con las manos vacías.

La situación ahora tenía un matiz especial. Aquellos antiguos pescadores eran los que un día lo habían dejado todo por seguir a Jesús. Con El habían estado hasta su muerte en Jerusalén que se habían convertido en momentos trágicos para todos. Por allí seguían con sus pesares y sus tristezas; como aquellos que se habían marchado a Emaús desconsolados aquella tarde de aquel primer día de la semana, porque aun no habían visto a Jesús resucitado, estos pescadores se habían venido a Galilea, porque las mujeres les habían dicho de parte de los ángeles o del mismo Jesús que decían que habían visto, les habían encargado que se vinieran a Galilea que allí le verían.

Aquella tarde noche, sin nada que hacer y con mucho desaliento en el corazón habían vuelto a coger sus barcas para salir a pescar. Se habían pasado la noche bregando, como tantas veces les sucediera antes, y no habían cogido nada. De ahí su frustración y respuesta seca ante el que le gritaba preguntando desde la orilla. Pero aquel para ellos entonces desconocido entre las brumas del amanecer les había dicho que echaran la red por el otro lado de la barca. ¿De lejos tendrían mejor visión para ver el cardume de peces y por eso les señalaba el lugar? Se fiaron, y la redada de peces fue grande, de manera que volverían a renacer los recuerdos de aquella ocasión que a petición de Jesús también habían lanzado la red.  

Pero sus ojos seguían oscurecidos. Pero en los ojos del amor comenzaba de nuevo algo a brillar. Será el discípulo, como nos dice el evangelista, que Jesús tanto amaba, el que le susurra a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fue necesario más para que Pedro se lanzara al agua tal como estaba para llegar lo más pronto al lado de su Señor, porque el arrastre de la red con los peces desde la barca le haría tardar más. Cuando llegaron todos a la orilla ya había sobre unas brasas un pescado que se estaba preparando para el almuerzo. Nadie ahora se atrevía a decir nada. Todos sabían que era Jesús.

 ¿Nos estará hablando este evangelio de nuestros desalientos y de nuestras frustraciones? ¿Nos estará recordando el vacío que produce dentro de nosotros cuando no tenemos a Jesús,  cuando se debilita nuestra fe, cuando perdemos la confianza y la esperanza, cuando nos queremos volver a nuestras cosas y a nuestra manera porque nos parece que ya no nos sirve esa fe y esa vida religiosa?

En la noche de la cena pascual Jesús nos recordaría que sin El nada podemos hacer, que el sarmiento tiene que estar siempre unido a la vid, a la cepa, al tronco para que tenga vida y pueda producir frutos. ¿Habremos querido nosotros algunas veces querer dar frutos sin estar unidos a la cepa que es Cristo? ¿No nos habrá sucedido alguna vez que incluso aquello que con tanta fe y tanto sentido comenzamos pronto se enfrió, o pronto se desvió de su auténtico sentido y al final nos sentimos vacíos y sin fruto bueno en nuestra vida?

Como Pedro tenemos que recordar que cuando aquella pesca milagrosa había dicho que lanzaba la red en el nombre de Jesús. ¿Estaremos haciéndolo de verdad en todo lo bueno que intentamos hacer y que muchas veces parece que no nos da fruto, no tenemos peces es nuestra red?

 

miércoles, 23 de abril de 2025

Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

 


Una luz como una alarma tendría que encenderse que nos recuerde que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con quien nos cruzamos todos los días

Hechos de los apóstoles 3, 1-10; Salmo 104; Lucas 24, 13-35

Ni me daba cuenta que eras tú, nos ha pasado más de una vez. Ensimismados en nuestras cosas, absortos en lo que estábamos haciendo, alguien llegó y nos dijo algo, respondimos quizás con respuestas incongruentes, ni siquiera miramos a quien nos hablaba y si respondimos fue de una forma mecánica sin prestar atención ni a lo que nos decían ni a lo que nosotros mismos respondíamos; fue necesario que aquella persona nos mostrara quizás su impaciencia o desconcierto porque nos enterábamos de lo que nos decía, para entonces mirarla y darnos cuenta realmente quien era y que nosotros la conocíamos. Después de nuestra parte todo se quedó en disculpas que de nada ya valían.

De forma parecida caminaban aquellos dos discípulos rumbo a su pueblo con la decepción pintada en sus rostros y el desánimo desbordándose de su alma. Todas las esperanzas que tenían se habían venido abajo con lo sucedido aquellos días en Jerusalén; se habían quedado esperando si serían ciertos los anuncios que Jesús había hecho, pero ya sabían que el sepulcro estaba vacío, porque las mujeres habían ido bien temprano y así lo habían encontrado; les hablaban de apariciones de ángeles, pero ellos se lo habían tomado como visiones de mujeres.

Tan ensimismados iban en sus pensamientos que casi de entrada no prestan atención al que se ha puesto a hacer el camino con ellos y la pregunta de por qué iban con aquellas caras tristes, les habían relatado todo lo sucedido y como habían perdido las esperanzas.  Ni a la cara le habían mirado, estaban ellos para prestar atención a caminantes… pero aquel caminante al que habían sentido como un ignorante que no se había enterado de lo sucedido ahora se ha puesto a hablar y a dar explicaciones de lo anunciado en las Escrituras y del sentido de cuanto había sucedido.

Algo les estaba pasando, algo les estaba llegando por dentro que ahora sí mostraban interés por la conversación y sin saber aun quien les acompañaba, en su insinuación de seguir adelante en el camino, les habían pedido que se quedara porque en la noche los caminos son peligrosos. ‘Quédate con nosotros porque atardece…’ Y le habían convencido.

A la mesa estaban sentados, porque ellos le habían invitado a compartir su pan y los signos y gestos que realiza al partir el pan le abrieron los ojos. Aunque la noche era oscura, así había sido para ellos hasta ese momento, ahora había una luz y un resplandor especial. Reconocieron que era el Señor. Todo cambia y son ellos los que se ponen en camino para su vuelta a Jerusalén porque tienen que comunicar que Jesús había estado con ellos y lo habían reconocido al partir el pan.

¿Estará Jesús caminando a nuestro paso y nosotros seguiremos ensimismados en nuestras cosas que ni le miramos a la cara ni lo reconocemos? Así vamos caminando por la vida. Nuestras preocupaciones, nuestros intereses, nuestras practicas religiosas incluso que no podemos dejar porque pareciera que nos falta algo, nuestras carreras o nuestros abatimientos y hay alguien que está a nuestro lado y no lo vemos. Abramos más los ojos en los caminos de la vida para ver con quien nos vamos encontrando. No demos por sabido que ya los conocemos, porque algo nuevo podemos encontrar en esas personas con las que nos cruzamos; y es que Jesús está viniendo a hacer el camino con nosotros y no terminamos de darnos cuenta.

¿Qué luz tendríamos que encender que fuera como una alarma que nos recuerda que es Jesús quien viene a nosotros en esa persona con la que nos cruzamos todos los días y ni siquiera le miramos a la cara incluso aunque le digamos buenos días? Pero es que muchas veces por no verlos ni los buenos días les damos y seguimos de largo. ¿Estará esperándonos ahí Jesús?

sábado, 8 de marzo de 2025

La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

 


La experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida porque nos sentimos realmente necesitados de esa misericordia nos hará sentir una paz y alegría bien distinta

Isaías 58, 9b-14; Salmo 85; Lucas 5, 27-32

El que se cree satisfecho de todo no se sentirá en la necesidad de pedir ayuda, quien cree tenerlo todo nunca se sentirá pobre para pedir remedio para una necesidad que cree no tener, quien va con el estómago lleno no sentirá hambre y no pedirá comida, quien se cree sabio – y mira que digo que se cree sabio, no que sea sabio – no dejará que nadie le enseñe y le abra a otras dimensiones. ¿Nos creeremos nosotros satisfechos de todo porque todo tenemos y tan saciados que no aspiremos a mejores alimentos?

Creo que esta es una dimensión en la que nos está haciendo pensar el evangelio hoy. Parte el evangelista del hecho de la llamada de Jesús a Leví, que estaba en su mostrador de impuestos y Jesús le invita a seguirle. La decisión de Jesús y la respuesta de Leví fue un motivo de gozo y de que este hombre hiciera un banquete con Jesús y sus discípulos pero también con sus antiguos amigos y compañeros de profesión.

Leví era publicano, recaudador de impuestos con todo lo que esa profesión llevaba parejo en el mundo económico, y lo mismo eran considerados los compañeros de profesión. Pero por una parte desde ser considerado un colaboracionista con los romanos que detentaban el poder y el peligro de la usura con todas sus variantes que acompañaba a esta profesión, por parte de los judíos de forma despreciativa los llamaban publicanos y pecadores. Los que se consideraban puritanos con ellos no querían tener ninguna relación.

De ahí surge el comentario que hacen los fariseos porque Jesús comía con publicanos y pecadores; son las suspicacias que pretenden sembrar en los discípulos con sus comentarios. Pero ¿necesitan de médico los que están o se consideran sanos? Es lo que Jesús en su respuesta quiere hacerles ver. El no ha venido para santificar a los que ya se consideran justos, Jesús ha venido como salvador para los pecadores. ‘No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan’.

Es lo que necesitamos reconocer. Hambrientos que tenemos hambre y pedimos qué comer. Pecadores que necesitamos de la misericordia y del perdón. Es algo primordial aunque sabemos que nos cuesta reconocer. Siempre decimos que no tenemos pecado, que no tenemos culpa; siempre buscamos una disculpa para nosotros y alguien a quien culpabilizar. Por ahí tenemos que comenzar. De lo contrario, ¿de qué es lo que nos vendría a salvar Jesús si lo proclamamos nuestro Salvador?

No pueden ser palabras que repetimos sin más como aprendidas de memoria. Lo decimos y repetimos una y mil veces pero en el fondo de nuestro corazón no nos sentimos necesitados de su gracia, de su misericordia y de su perdón. Es la rutina en la que vamos cayendo, es el formalismo con que hacemos las cosas, pero es la falta de sinceridad de nuestro corazón, pero porque no nos miramos nuestro corazón, no queremos reconocer nuestras debilidades.

Qué fácil es decir que vivimos en un mundo pecador, o con qué ligereza hablamos de los demás como pecadores que tienen que convertirse, pero no somos capaces de reconocer que somos nosotros los primeros que necesitamos esa conversión. Son pecadores los de fuera, los que no vienen, pensamos tantas veces, y nos parecemos a los fariseos que juzgaban a los demás porque eran pecadores y juzgaban a Jesús y sus discípulos porque comían con los pecadores.

En nuestras celebraciones litúrgicas muchas veces de una forma y de otra estamos diciendo ‘Señor, ten piedad… ten misericordia de nosotros… atiende nuestras súplicas…’ pero, ¿realmente nos estamos sintiendo pecadores necesitados de esa misericordia del Señor? Tenemos que ser más congruentes con las palabras que pronunciamos, ser más auténticos en las palabras que decimos.

Quien ha pasado por malas situaciones en la vida, quizás como consecuencia de sus errores y fallos, cuando ha encontrado comprensión y misericordia en los demás para perdonarnos y para aceptarnos, realmente se tiene que sentir transformado por esa experiencia de misericordia que ha sentido en su vida y todo a partir de entonces va a ser nuevo y distinto.

Vivamos con intensidad esa experiencia de la misericordia de Dios en nuestra vida, porque realmente nos sentimos necesitados de esa misericordia, y seguro que a partir de ese momento nuestra vida va a ser bien distinta, disfrutaremos de una paz nueva en el corazón, pero al mismos tiempo seremos capaces de regalar ternura y comprensión a los que caminan a nuestro lado en sus debilidades, porque débiles un día nos sentimos. Es lo que vivió Leví tras su encuentro con Jesús y por lo que hizo fiesta en aquel banquete en que invitaba a sus amigos.

martes, 2 de enero de 2024

Despertemos y abramos nuestros ojos para encontrarnos con Jesús en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos

 


Despertemos y abramos nuestros ojos para encontrarnos con Jesús en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos

1Juan 2, 22-28; Sal 97; Juan 1, 19-28

Quizás ha vivido siempre a nuestro lado y nos preguntan por él y no lo conocemos. Hay personas que saben pasar desapercibidas, una vida silenciosa quizás, metida solo en sus asuntos, sus problemas, sus cosas, viven como semiocultas; pero  no siempre es porque la persona viva así o provoque ese desconocimiento, sino que algunas veces no sabemos mirar, no sabemos fijarnos, también vamos a lo nuestro y a nuestros intereses; a nuestro lado está y quizás pueden ir apareciendo algunos de sus valores, pero nosotros ni enterarnos.

Vivimos aislados, ponemos barreras imperceptibles quizás pero barreras al fin y al cabo, con nuestros intereses o nuestras preocupaciones vamos a lo nuestro y no mostramos mayor intereses por los demás. Y luego decimos que no conocemos. Nos falta algo, porque tampoco es cuestión solo de saber el nombre, la familia de donde proviene o algunas cosas que hace esa persona. Y cuando nos la hacen destacar nos sorprendemos, o quizás aun seguimos ignorándola porque nos parece que no es de los nuestros.

Y Jesús era de Galilea, allí había pasado la mayor parte de su vida, ahora comenzaba a dar los primeros pasos y también se había acercado al Jordán con todos aquellos que querían escuchar al profeta surgido allá en el desierto. Pero Jesús pasaba desapercibido y solo venían ahora preguntar a Juan si él era el Mesías, o acaso un profeta; perro él lo niega, en su humildad tampoco busca verse sobresaltado y se consideraba indigno. Pero seguía haciendo el anuncio. En medio de ellos estaba y no lo habían reconocido. La insistencia en la humildad de Juan persistía, la presencia de Jesús podía comenzar a hacerse notar, más tarde en otra ocasión – yo lo escucharemos también – mandaría a preguntar a Jesús si era El o habían de esperar a otro.

Ahora lo que persistían eras las preguntas que hacían aquellos enviados desde Jerusalén. En su humildad Juan dirá que es Grande y que él no se considera digno ni siquiera de desatar su sandalia. Por algo dirá más tarde Jesús que habían salido al desierto a buscar a un profeta y a alguien que era más que un profeta. Pero aquellos que incluso escuchan luego las palabras de Jesús no terminarían de entender la misión de Juan, aunque él lo tenía bien claro. Como nos cuesta a nosotros reconocer tantas veces.

Y nos cuesta reconocer porque muchas veces hemos rodeado la imagen de Jesús de tantas cosas que nos costará reconocerle allí donde El de verdad quiere hacerse presente. Los destellos de los oropeles nos encandilan y nos dejan como ciegos y cuando nos encontramos con Jesús que no tiene esos destellos, porque se nos puede manifestar en los más pobres, se nos manifiesta incluso en aquellos que tienen un corazón rebelde, en aquellos que están alejados y nos pueden parece unos pordosieros por sus apariencias, pero de muchas maneras puede estar llegando a nuestra vida y andamos cegatos.

En medio de nosotros está y no le reconocemos, como les dice Juan a sus contemporáneos que nos dicen también hoy a los hombres y mujeres del siglo XXI. Y no es que nosotros no nos atrevamos a desatar sus sandalias, sino que es que negamos  el admitir esas sandalias. Más tarde nos dirá que Jesús que está en el hambriento y en el sediento, que está en el marginado o en aquellos que hemos puesto detrás de rejas o de barreras, que está en el que vive en la soledad y nadie quiere perder tiempo con él, en el que está a la orilla del camino pero nadie quiere escuchar sus gritos de auxilio o proferimos nosotros mirar para otro lado para no enterarnos, o está en el que viven aun atado a sus muletas o sus camillas pero de quien nadie se preocupa… ¿Seremos capaces de reconocerle?

Con nosotros está y no le reconocemos. ¿Cuándo despertaremos y abriremos nuestros ojos para encontrarnos con El en esos misterios de fe, que son los que nos rodean, y en los que El quiere que le encontremos?

martes, 6 de abril de 2021

Que vuelen nuestros pies con las alas del amor como María Magdalena para llevar la Buena Nueva de Cristo resucitado y renazca de nuevo la esperanza en nuestro mundo

 


Que vuelen nuestros pies con las alas del amor como María Magdalena para llevar la Buena Nueva de Cristo resucitado y renazca de nuevo la esperanza en nuestro mundo

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Algunas veces parece que nos cegamos; no vemos lo que tenemos delante. Pero no solo es cuando no vemos cosas, sino lo peor porque además luego lo pasamos mal es cuando nos sucede con personas; alguien que nos habla, nos mira, notamos que aquella persona nos conoce y nosotros deberíamos conocerla, pero parece que nos cegamos y no caemos en la cuenta de quien es.

Cuántas veces nos habrá sucedido que le hemos seguido un tanto la conversación y al final nos hemos marchado sin saber quien es, sintiéndonos mal porque la otra persona quizá se ha dado cuenta de que no la hemos reconocido. Andamos despistados por la vida. Quizás al final aquella persona nos llama por nuestro nombre, ese que tantas veces hemos oído en sus labios, y parece que despertamos, y surge la alegría del reconocimiento.

Esto a lo que estoy refiriéndome es quizás es en aspectos sin importancia a causa de nuestros despistes, pero nos sucede también como consecuencia de nuestros agobios, nuestro estrés, nuestras preocupaciones; quizá andamos envueltos en problemas que nos absorben por completo y no nos dejan respirar, no nos dejan reaccionar, todo el mundo se nos cae encima y no sabemos como salir adelante; y claro no estamos para nada, y podíamos decir también, tampoco estamos para nadie. No reconocemos ni lo más palpable que tengamos ante nuestros ojos.

Es lo que sucedía a María Magdalena. Podríamos decir que el amor había cegado sus ojos, porque en el amor grande que sentía por Jesús – ¿agradecimiento quizás por todo lo que de El había recibido cuando la había perdonado? – ahora su ausencia, su muerte en la cruz, y el no poder encontrarle ni siquiera en el descanso de su sepultura, hacía que sus ojos llorosos no fueran capaces ni de reconocerle a El.

Allí estaba al pie de la tumba; había venido muy temprano con las otras mujeres porque deseaban embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, pero se habían encontrado la tumba abierta y el cuerpo de Jesús allí no estaba; unos personajes que parecían Ángeles les habían dicho que había resucitado, las otras mujeres marcharon a llevar la noticia a los demás discípulos, pero ella se había quedado allí llorando a la entrada del sepulcro. No lo podía evitar, no podía desprenderse de aquel sitio.

Quien a ella le pareció el encargado del huerto se había acercado para preguntarle por qué lloraba, y allí estaba ella contándole y preguntándole si se había llevado por alguna razón el cuerpo de Jesús que le dijera donde lo había colocado que ella iría a buscarlo. Grande era la pena que embargaba su corazón que le hacía no reconocer a quien ella buscaba y con ella estaba hablándole.

Será necesario que El la llame por su nombre ‘¡María!’ para ella despertar y tirarse a sus pies. ‘¡Rabonni! ¡Maestro!’ fue su grito y su respuesta. Ahora sí era el sonido de su voz, ahora era la palabra que ella escuchara de sus labios tantas veces, ahora era la voz que un día le había perdonado y le había hecho recobrar la dignidad de su nombre. Ahora reconoció al Señor.

‘Y María la Magdalena fue y anunció a los discípulos: He visto al Señor y ha dicho esto’.

Con que alegría desandaría sus pasos para llegar de nuevo a donde estaban los discípulos reunidos. Sus pies llevaban alas, las alas del amor, que la harían ir volando – como es la expresión que solemos usar para decir cuando vamos rápido y con prisa a llevar una buena noticia – porque tenía que comunicar que era verdad que el Señor había resucitado. Ahora ella era testigo también, a sus pies se había abrazado, y era también su corazón el que había resucitado porque se había encontrado con el Señor Jesús resucitado.

¿Será la alegría con que nosotros estamos yendo a los demás para comunicar esta gran noticia? ¿Volarán también nuestros pies en las alas del amor porque tenemos verdaderas ansias de que en el mundo vuelva a aparecer la esperanza? ¿Nos sentiremos también nosotros resucitados con Cristo y llenos de nueva vida?

 

viernes, 6 de diciembre de 2019

Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades


Que salga a flote nuestra fe para tener la confianza de que el Señor que viene renueva nuestra vida y nos hace salir de nuestras limitaciones y debilidades

 Isaías 29, 17-24; Sal 26;  Mateo 9, 27-31
Afrontar las dificultades de la vida es algo que en muchas ocasiones nos cuesta y casi preferiríamos evadirnos, no querer ver ni saber para no tener que pasar por ese esfuerzo, repito, muchas veces costoso y que nos podría acarrear también en ocasiones muchos sufrimientos. Huimos de aquello que nos hace ver la realidad, que nos puede hacer sufrir, preferimos, repito, cerrar los ojos.
Pero no quiero pensar en este momento en las dificultades que podamos encontrar, por así decirlo, enfrente, sino quiero pensar en lo que encontramos en nosotros mismos, nuestras limitaciones, o las malas costumbres que se convierten en vicio y que tenemos que esforzarnos por superar. No queremos reconocer nuestras limitaciones, o los errores que hayamos podido cometer en la vida; queremos creernos perfectos, fuertes y poderosos e incluso cuando la enfermedad nos toca por algún lado no queremos pensar en ello o tardamos en ocasiones en dar pasos por superar esa situación. Enfermedades que se vuelven crónicas con todos sus inconvenientes, o malas costumbres que se convierten no solo en rutinas sino también en vicios en nuestra vida.
Pero bien sabemos que la solución no pasa por cerrar los ojos, sino por afrontar la realidad, reconocer eso que nos limita o que nos hace daño, para encontrar caminos luego de solución, de reparación o de encuentro con una vida renovada. No es la actitud pasiva, de esperar a ver si por si mismo se solucionan las cosas la que nos puede ayudar sino una actitud positiva de caminar y de dar pasos hacia delante buscando camino y solución.
Creo que es el estilo de esperanza activa que hemos de vivir en este tiempo de Adviento. No podemos simplemente dejar pasar el tiempo. No es decir, viene la navidad y ya vivimos en esos momentos la alegría de la fiesta o nos llenaremos de nostalgias y tristezas como les sucede a muchos. Es otra la manera de celebrar el nacimiento del Señor, pero haciendo de verdad que el Señor venga a nuestra vida con su salvación. Claro que necesitamos reconocer que estamos necesitados de esa salvación. Y para ello tenemos que mirarnos frente a frente a nosotros mismos para reconocer cómo somos, qué es lo que hay en nuestra vida que necesita la renovación de esa salvación que nos trae el Señor.
Hoy vemos a dos ciegos en búsqueda de Jesús. Le siguen aunque pueda parecer que Jesús no los escucha, insisten y llegan incluso a las puertas de la casa donde está Jesús. Reconocen su ceguera y esperan la compasión y el amor del Señor. Seguramente se habrán valido incluso de alguien que les lleve y les conduzca hasta Jesús porque en su ceguera les sería difícil seguir el camino. Pero allí están.
¿Puede Jesús curarles? ¿Puede el Señor renovar de verdad nuestra vida tan llena de limitaciones, de errores, de pecados? Ahí tiene que estar nuestra fe que nos da seguridad. Ahí tiene que estar nuestra fe para dejarnos curar por Jesús. Porque algunas veces no nos dejamos curar, preferimos quizá seguir cómo estamos o sean otros los remedios que se nos ofrezcan. Pero dejar que el Señor llegue a nuestra vida tiene que ser algo radical, en una disponibilidad total para recibir y aceptar la gracia que el Señor nos ofrece y comenzar luego a vivir con un sentido nuevo, con una vida nueva. Que no queramos seguir como antes, como tantas veces hacemos.

martes, 15 de octubre de 2019

Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre



Un camino que pasa por la humildad y sencillez de corazón dejándonos conducir por la revelación de Jesús que nos muestra y nos conduce hasta el Padre

Eclesiástico 15,1-6; Sal 88; Mateo 11,25-30
¿Quién mejor nos puede explicar algo sino aquel que lo haya experimentado en si mismo? ¿Quién mejor nos puede decir como es un lugar determinado o lo que hay en él sino quien ha estado en dicho lugar? ¿Quién mejor nos puede presentar a una persona sino quien la conozca profundamente y haya seguido toda la trayectoria de su vida? ¿Y quién nos puede dar a conocer a Dios?
Cuando llegamos a este punto nos encontramos con algo que nos supera. ¿Quién ha visto a Dios? ¿Cómo podemos llegar a conocerle? Aunque los pensadores y filósofos tratan con la razón humana, todos los razonamientos que nos puedan hacer se nos pueden quedar en algo frío y que realmente no llegue a un convencimiento del corazón.
Tampoco yo voy ahora a ponerme a buscar esos razonamientos. Es cierto que todos tenemos como ese interrogante dentro de nosotros porque en el ser humano hay un ansia de plenitud que por si mismo no llega nunca a alcanzar; nos sentimos limitados, como con las alas cortadas que nos impiden volar a esa altura de lo infinito, y tenemos la tentación de tirar la toalla en esa búsqueda dándolo por imposible cuando solo por nosotros mismos queremos alcanzarlo. Al final tenemos que reconocer que si no aceptamos lo que Dios de sí mismo nos revela no llegaremos a ninguna parte.
Pero la revelación que Dios hace de si mismo no son lecciones magisteriales como de un doctor que quiere enseñar a los que quieren ser sus discípulos, sino que Dios se nos manifiesta en nuestra propia vida y en nuestra propia historia humana donde nos va como dejando unas huellas vitales para que sepamos descubrirle, para que podamos llegar a ese conocimiento de Dios.
Será entonces en gestos sencillos como lo es la vida misma donde nos vaya manifestando su ser y su existencia. Porque es vida lo que Dios nos quiere transmitir, es su vida que va a ser luz y sentido de nuestra propia vida. Pero a veces en el orgullo de nuestro querer saber y entender, nos cuesta mucho más leer esas sencillas y humildes huellas que nos deja de su existencia y de su vida.
Siguiendo aquello que antes decíamos que nadie nos puede revelar lo que antes él no ha vivido y experimentado, hoy escuchamos a Jesús que nos dice que nadie puede revelar al Padre sino el Hijo. ‘Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar’. Por eso de Jesús decimos que es la revelación de Dios, le llamamos el Verbo, la Palabra de Dios, porque es el hablar de Dios que se nos manifiesta, que no descubre todo el misterio de Dios. ‘Quien me ve a mi, ve al Padre, nadie va al Padre sino por mí’, le responde Jesús a aquel discípulo que le pide que le muestre al Padre, que les revele al Padre.
Pero quienes veían a Jesús, ¿qué es lo que veían? No todos sabrán leer el signo de Dios que se manifestaba en Jesús. Muchas veces nos cuesta aceptar las cosas desde las actitudes que tengamos dentro de nosotros. Nos creamos barreras, ponemos rechazos en nuestro corazón y en la visión del corazón quizá desde nuestros orgullos y autosuficiencias con las que nos cuesta aceptar lo que venga de los demás o lo que venga de determinadas personas. No todos supieron descubrir el misterio de Dios que se nos revelaba en Jesús. Lo vemos a lo largo del evangelio que mientras la gente humilde y sencilla sabe descubrir las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús, otros, sin embargo, desde su autosuficiencia de que ya se creían los conocedores de Dios a Jesús lo rechazan.
Hoy le escuchamos a Jesús dar gracias al Padre porque se revela a los pequeños y a los sencillos, mientras para los autosuficientes y los que se creen poderosos se les ocultan. ‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Y todo eso es la obra de Dios. ‘Sí, Padre, así te ha parecido mejor’. Lo que nos está diciendo cómo es la manera como nosotros tenemos que ir a buscar a Dios, cómo Dios se revela en los que son humildes y sencillos de corazón. 
Hoy estamos celebrando a una gran mujer, Teresa de Jesús o de Ávila, que pasó por todo estos procesos en su vida hasta que llegó a penetrar profundamente en el misterio de Dios. Decimos que es una mística por eso mismo. Tuvo también momentos oscuros en su vida, en que se sentía desorientada y perdida, pero se dejó conducir por el Espíritu de Dios que la llevó a las grandes alturas de la Mística, de vivir en su vida todo el misterio maravilloso de Dios. De ella aprendamos su camino y su espiritualidad para así nosotros dejarnos inundar de Dios, llenarnos del misterio de Dios.

domingo, 13 de octubre de 2019

El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás



El reconocimiento de Jesús como nuestro salvador nos lleva dar gloria a Dios dándole gracias y siendo signos de la obra salvadora de Jesús para los demás

2Reyes 5, 14-17; Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19
‘Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: Jesús, maestro, ten compasión de nosotros’. Me causó sorpresa en estos días pasados que un sacerdote preguntaba a un grupo de niños en una homilía catequesis si sabían lo que era la lepra o lo que era un leproso; ningún niño supo responder.
No sé si por la edad de los niños, o porque algunas veces vivimos muy metidos en nuestro mundo y no sabemos o no queremos saber del problema del sufrimiento de los demás – tampoco los padres que asistían a la catequesis con sus hijos dieron muchas señales de que supieran del tema – el hecho estaba en que no sabían nada de la lepra; las lepras del mundo de hoy como son otras enfermedades como el Sida quizá nos resultaran más cercanas, aunque la reacción que tenemos ante esas enfermedades es bastante semejante de lo que sucedía con los leprosos que eran apartados de la sociedad y obligados a vivir o más bien a morir en condiciones bien inhumanas; recuerdo la reacción ante las personas con sida hace unos años en que se tomaban también unas medidas muy radicales ante el temor del contagio.
Valga esta como introducción para hacernos pensar un poco cual es la reacción que tenemos ante situaciones semejantes, y a cuantos de una forma o de otra también apartamos de la sociedad, bien por la situación social que viven, bien porque todavía andemos pasando por ciertos filtros de apariencias y buenas presencias, lo que significa esos ramalages que nos aparecen dentro de nosotros con los que hacemos nuestras distinciones y discriminaciones.
Aquellos leprosos que le salieron al paso a Jesús cuando iba a entrar en aquella población de quedaron de lejos suplicando que tuviera compasión y misericordia de ellos. Buscaban salud, buscaban su salvación, buscaban el poder encontrarse de nuevo con los suyos y volver con sus familias para una vida normal. Si alguien curaba había unos trámites de pasar por el sacerdote para que diera el visto bueno de su curación y el poder volver a estar con los suyos. Es por eso que Jesús les envía a que se presenten a los sacerdotes que certifiquen su curación y pudieran volver a sus casas. Todos corren en búsqueda del ansiado certificado; todos corren menos uno que se da la vuelta y viene a los pies de Jesús.
Alguien comenta que mientras estaba en medio de la miseria de su enfermedad habían permanecido unidos, hasta llegar a pedir a una sola voz que Jesús tuviera compasión de ellos, pero que cuando se vieron curados cada uno corrió por su cuenta porque ya no pensaba sino en si mismo. ¿Qué nos une y qué no separa en los caminos de la vida? 
Algo que tendríamos que pensar; quizá mientras luchamos contra el mal que nos esclaviza todavía somos capaces de hacer fuerza para apoyarnos los unos a los otros, pero ¿qué suele suceder cuando nos llegan momentos de prosperidad? Podemos fácilmente olvidar aquellos con los que antes estábamos unidos, pero ahora cada uno se busca su camino sin saber seguir contando con los demás. Es algo que nos puede suceder y algo que vemos con demasiada frecuencia en nuestro entorno.
Cuando vamos meditando y rumiando con toda sinceridad y con apertura de corazón los textos del evangelio son muchas cosas que nos van surgiendo y que de alguna manera es inspiración para nuestro corazón y descubriendo de muchas cosas, de muchos valores, de muchas actitudes o que tenemos que corregir o que tenemos que hacer brillar con luz especial en nuestra vida.
La vuelta de aquel samaritano hasta los pies de Jesús también nos puede interpelar en lo hondo de nuestro ser. Solo a él le dirá Jesús que su fe le ha salvado. Todos se sintieron curados, sanos de su enfermedad, con la posibilidad de la vuelta con sus seres queridos, pero a este se le dice que ha encontrado la salvación. Y es que éste fue el que se encontró de verdad con Jesús cuando viene a dar gracias por los beneficios recibidos. No era la fe solo en el taumaturgo que le liberaba de sus enfermedades sino era la fe en aquel en quien podría encontrar la salvación.
No diremos que aquellos otros nueve hicieron mal, puesto que hicieron lo que estaba previsto por la ley, pero les faltó algo. Podríamos decir la gratitud, que este evangelio lo utilizamos mucho para decir que tenemos que ser agradecidos, sino era algo más, era el reconocimiento de Jesús como su Salvador. ‘Por tu te fe has salvado’, le dirá Jesús al samaritano que volvió.
Podemos hacer muchas cosas buenas, ser buenos ciudadanos y fieles cumplidores de la ley, podemos sentir incluso algo más porque socialmente nos preocupamos de los demás y hacemos por una sociedad mejor, podemos implicarnos en muchas organizaciones o entidades que trabajen incluso por la justicia o por remediar tantos males del mundo. Todo eso es bueno y loable, pero el que se siente cristiano tiene que añadir algo más, porque no somos solamente una ONG, somos los que confesamos nuestra fe en Jesús como nuestra única salvación.
Y este aspecto no lo podemos descuidar porque no es secundario, aunque muchas veces no  lo resaltamos lo que deberíamos. En ocasiones podemos dar la impresión que andamos más preocupados de esos asuntos sociales que de nuestra fe y del reconocimiento que hemos de hacer de la obra de Dios y la proclamación del nombre de Jesús a cuantos nos rodean como nuestro salvador. Y la Iglesia no lo puede olvidar nunca.
Reconozcamos la obra de salvación que Jesús hace en nosotros y también a través de nosotros para con los demás. Reconocemos proclamando nuestra fe y dando gracias, pero eso tiene que llevarnos siempre a todo lo bueno que tenemos que hacer por los otros y por nuestro mundo; con nuestro compromiso también estaremos dando gloria a Dios.

domingo, 5 de mayo de 2019

Solo el que tiene afinado el corazón en el amor será capaz de descubrir a Jesús incluso en la lejanía y esa es la sintonía de amor que tendría que sonar hoy en la Iglesia


Solo el que tiene afinado el corazón en el amor será capaz de descubrir a Jesús incluso en la lejanía y esa es la sintonía de amor que tendría que sonar hoy en la Iglesia

Hechos 5, 27b-32. 40b-41; Sal 29; Apocalipsis 5, 11-14; Juan 21, 1-19
Seguimos saboreando los olores de la Pascua; seguimos con la alegría pascual en el corazón y queriendo envolver toda nuestra vida; la liturgia se sigue rodeando de los signos pascual en el blanco resplandeciente de los ornamentos litúrgicos, pero en el color de primavera que todo lo envuelve y perfuma con el olor de las flores. Parece como si todo resplandeciera de una forma especial y la liturgia nos muestra numerosos signos de ese gozo vivo del corazón al cantar a Cristo resucitado. Y hemos de tener cuidado que no se nos muestren no solo las flores de nuestros adornos, sino más bien el corazón a causa de que entremos de nuevo en la rutina que nos hace olvidar aquel primer fervor.
Los textos de la liturgia tienen olores y color de pascua y toda la palabra de Dios proclamada sigue mostrándonos a Cristo resucitado e invitándonos a proclamar de forma viva nuestra fe. Vayan a Galilea y allí me veréis era el mensaje que trasmitieron en nombre de Jesús las mujeres a los discípulos cuando les anunciaron la resurrección. Y el texto del evangelio de Juan nos sitúa de nuevo en el lago de Tiberíades en Galilea testigo de tantos momentos vividos con Jesús.
Allá estaba parte del grupo de los apóstoles y siguiendo a Pedro habían cogido de nuevo sus barcas y aquella noche se había ido de nuevo a pescar. No entramos ahora en las circunstancias que vivían o los sentimientos que podían embargarles para volver de nuevo a la pesca, sino que nos quedamos contemplando el hecho que tanto nos puede decir y enseñar. Tampoco aquella noche habían recogido ningún fruto de su trabajo.
Es allí cuando están en sus faenas, con el desanimo quizá de una noche de trabajo en balde, cuando Jesús les viene a su encuentro. No lo reconocen. Nos escudamos tantas veces en que no había amanecido lo suficiente, pero si escucharon su voz que tampoco reconocieron. Demasiado enfrascados estaban en sus faenas o en sus desánimos.
Como tantas veces que oímos y no escuchamos, que vemos pero no observamos ni prestamos atención. Estamos quizás en lo nuestro, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y pasan maravillas delante de nosotros y no somos capaces de sorprendernos. Hará falta quizá una mirada distinta, hará falta una sintonía del corazón que solo con la cuerda tensada del amor podríamos sintonizar de verdad. ¿Andaremos desafinados algunas veces en nuestra sintonía? ¿Qué nos podrá hacer perder esa afinación?
Hay un diálogo entre el desconocido y los pescadores del barco que al final se dejarán conducir por las indicaciones que se les hacen desde la orilla. Habrá peces en abundancia y todas aquellas sombras de desánimo quizá se transformaron en la alegría de la pesca inesperada. ¿Habrían olvidado la pesca que un día hicieran en ese mismo lago siguiendo las indicaciones del Maestro? Pero a alguien se le tensó la cuerda del amor – era el discípulo amado – para susurrar a Pedro que quien está en la orilla es el Señor. No fueron necesarias muchas palabras para que Pedro saltara al agua para llegar pronto a los pies de Jesús. Los demás vendrían arrastrando la red llena de peces de todas clases.
Cuando todos están en tierra Jesús les invita a comer, que sobre unas brasas había ya unos peces y se había preparado también el pan. Nadie se atrevía a preguntar porque todos ahora sí sabían que era Jesús. Eran ya muchos los signos que se iban sucediendo para que al fin se les abrieran los ojos y se encontraran de verdad con Jesús resucitado que había venido a su encuentro allí donde estaban con sus faenas, como se había encontrado en otra ocasión con los discípulos que hacían camino a su casa en la que le ofrecieron hospitalidad.
¿Tendremos que tensar las cuerdas del amor que muchas veces también a nosotros nos desafinan? Por eso la pregunta de Jesús a Pedro repetida tres veces. Preguntas a Pedro que presumía tanto de querer a Jesús que un día había dicho que estaba dispuesto a morir por El, pero sin embargo porque la carne es débil no solo se había dormido en el huerto sino que le había negado en el patio del pontífice.
No era solo el mantenerle la promesa que un día le hiciera de ser piedra sobre la que fundamentar su Iglesia señalándole ahora como debía pastorear a los corderos y a las ovejas, sino que era necesario fundamentar bien el corazón en el amor porque sin eso no habrá nunca verdadera seguimiento de Jesús ni habrá verdadera comunión de hermanos en la Iglesia que estaba naciendo.
¿No será por esa falta de afinación y sintonía por lo que nos encontramos con la atonía de tantos cristianos que viven con frialdad su fe? Hoy nos quejamos mucho de los males de la Iglesia, de tantas cosas que nos desagradan y que se pueden convertir en contra testimonio frente al mundo al que tendríamos ir como verdaderos mensajeros del evangelio, pero ¿no podrá sucedernos que se nos está enfriando el amor, que se nos están aflojando esos lazos del amor con los que tenemos que crear verdadera comunión de hermanos entre todos los que creemos en Jesús?
Triste sería que a la iglesia la convirtiéramos en una organización más en medio de la sociedad pero donde no estamos dando ese testimonio valiente de comunión y de amor que sería el que nos impulsara a ese anuncio del evangelio en medio del mundo. ¿Será esa la imagen que ven en nosotros, que ven en la Iglesia, los que están lejos de ella o el mundo que nos rodea?
Fijémonos que hoy nos ha dicho el evangelio que solo el que tenia afinado su corazón en el amor – era el discípulo amado – fue capaz de descubrir a Jesús en la lejanía. ¿Seremos capaces de descubrir a Jesús allí donde quiere El que le encontremos? Y ya sabemos donde y en quienes hemos de reconocerle. Por eso el evangelio hoy nos interpela con esa triple pregunta sobre nuestro amor. ¿Cuál es la respuesta que verdaderamente podremos dar?

martes, 23 de abril de 2019

Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado


Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado

Hechos 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘Fuera del sepulcro lloraba María…’ ¿Por qué llora María? ¿Qué es lo que busca María?
Es lo que le preguntan y nosotros también quizás se lo preguntamos, pero también tenemos que preguntárnoslo a nosotros mismos. Andamos tantas veces en la vida con nuestros llantos. Alguien apareció por allí y tanto era su desconsuelo y tantas eran sus lágrimas que no se da cuenta ni de quién se acerca a ella. Piensa que es el encargado del huerto. ¿Dónde lo has puesto? ¿A dónde lo has llevado? ¿Por qué lo has sacado de este sepulcro donde con tanto mimo lo colocamos en la tarde del viernes en nuestros apuros y no lo embalsamos convenientemente por las prisas?
Allí habían llegado aquella mañana, muy temprano, aquel grupo de buenas mujeres con más buena voluntad que fuerzas. No habían caído en la cuenta que necesitaban alguien fuerte que corriera la piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba corrida y dentro no estaba el cuerpo de Jesús. Aunque los ángeles les habían dicho que no buscaran entre los muertos al que vive, unas habían corrido a llevar la noticia a los discípulos aun encerrados en el cenáculo, pero ella se había quedado allí llorando esperando encontrar quien le diera razones, quien le dijera donde estaba el cuerpo de Jesús. No entendía lo que pasaba.
Tantas veces nos ofuscamos en lo negro, nos quedamos en lo negativo, nos agobiamos con los problemas, se nos viene el mundo encima cuando no salen las cosas como nosotros queríamos, y no somos capaces de ver ni el más mínimo resquicio de luz. Todo nos parecerá oscuro siempre. Parece que nosotros también nos enterramos en la muerte. Todo se nos vuelve oscuro y negativo. Cuántas depresiones nos absorben el sentido cuando los problemas se nos acumulan.
Y si caminamos en negativo, en sombras, todo se nos volverá más negativo y parece que las sombras se crecen. Terminamos muriendo del todo. Son los problemas de la vida, son las inquietudes y dudas que nos meten por dentro en el camino de nuestra fe, es la mirada con que miramos al mundo y sus problemas, es lo incomprensibles que se nos pueden volver muchas veces las cosas y los problemas que descubrimos también en nuestra comunidad cristiana, en la Iglesia. Y con nuestras dudas sentimos la tentación de dejarlo todo, de abandonar los caminos que hemos querido emprender, dejar de lado los compromisos que en un momento habíamos adquirido con buena voluntad, pero que solo la buena voluntad no basta, porque es necesario algo más.
Se nos adormece a veces nuestra fe; ya no sabemos ver ni escuchar aquello que un día nos dio vida, porque ahora todo nos parece muerte. Amamos y queremos seguir amando, pero parece que el mundo desaparece bajo nuestros pies y no sabemos en que apoyarnos, encontrar aquello que de verdad nos sostiene y que fue verdadera luz de nuestra vida un día. El peso de la cruz de nuestros problemas y oscuridades parece que cae como una losa sobre nosotros.
¿Sería algo así lo que le estaba pasando a María Magdalena? Ella había sido una mujer pecadora y un día se había encontrado con la luz. Sintió lo que era el verdadero amor y lo encontró a Jesús. Ahora no vivía sino para amar y para servir. Por eso iba siempre formando parte de aquel cortejo de los que seguían a Jesús. Tanto era su amor y sus deseos de no separarse de El que fue los pocos que lo siguieron hasta el calvario. Allí a los pies de la cruz nos cuentan los evangelistas que con otras mujeres y con Maria, la Madre de Jesús, estaba la Magdalena.
Creía a Jesús, creía en sus palabras, lo amaba profundamente, pero como nos sucede tanta veces la muerte nos descoloca, nos hace perder el tino, el sentido de la vida, todos se nos derrumba. Era lo que estaba viviendo. En su amor con las otras mujeres pasado el sábado a primera hora del primer día de la semana había venido hasta el sepulcro. Buscaban cómo embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, pero allí no estaba. Más grande fue su desorientación y desconcierto. Allí quedó a la puerta de la tumba llorando y buscando el cuerpo de Jesús. Y Jesús estaba ante ella y ella no lo reconoció. Por eso el diálogo con quien creía que era el hortelano.
Bastó sin embargo la voz de Jesús que la llamaba por su nombre, para que se le abrieran los ojos. ‘¡Rabonni, Maestro!’, fue su grito y su despertar. Reconoció la voz del Jesús. Era el amor que se despertaba. Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz, de reconocer a Jesús que por muchas que sean las negruras El está ahí a nuestro lado. Es el Señor que vive y que nos da vida.
No busquemos entre los muertos al que vive. Sepamos ver a Jesús vivo que viene a nuestro encuentro para llenarnos de vida, para disipar sombras, para abrirnos el corazón, para hacernos sentir la fuerza de su Espíritu.

domingo, 10 de marzo de 2019

Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida



Conducidos por el Espíritu necesitamos hacer desierto y silencio para escuchar y sentir la presencia y la acción de Dios que es la verdadera seguridad y fortaleza de nuestra vida

 Deuteronomio 26,4-10; Sal 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

Queremos sentirnos seguros, buscamos seguridades, nos afanamos en nuestras luchas y trabajos valiéndonos de todos los medios para alcanzar esa situación, esa posición en la vida que nos dé seguridad y una cierta fortaleza; será la búsqueda de unos medios materiales, será una posición de privilegio, será un lugar de poder para incluso llegar a influir en los demás.
Nos queremos convertir en el centro de todo y hasta nos sentiremos tentados de eliminar todo cuanto pueda ser obstáculo para mis fines. Y eso, porque nos creemos fuertes y poderosos, autosuficientes porque incluso no queremos deberle a nadie el estado que hayamos alcanzado, queremos a la larga ser el centro de todo y que a nada ni a nadie tengamos que manifestar sometimiento.
Creo que esta descripción que vamos haciendo pueda reflejar muchas cosas de nuestra vida, muchas posturas y muchas de las maneras que tenemos de hacer las cosas. Claro que cuando cada uno va queriendo hacer la vida de esta manera surgirán enfrentamientos y violencias, porque pronto aparece el orgullo y el amor propio, nos moveremos desde recelos y desconfianzas y a la larga tendríamos que preguntarnos si estamos logrando aquellas seguridades que tanto anhelábamos. ¿Merecerá la pena una vida desde estos planteamientos? ¿Habrá un sentido para todo eso?
Son las tentaciones que en la vida continuamente nos acechan y en las que fácilmente nos podemos ver envueltos. He querido partir en mi reflexión para este primer domingo de Cuaresma, el domingo de las tentaciones, de estas situaciones humanas porque al hablar de las tentaciones de Jesús no podemos hablar en abstracto sino que hemos de querer llegar a lo que es lo concreto de nuestra vida de cada día.
Es cierto y queremos reconocerlo de entrada que Dios ha querido hacer grande al hombre y lo ha dotado desde la creación de una especial dignidad y ha puesto la vida y la creación toda en sus manos. Pero la gran tentación es precisamente en querer convertir en el centro de todo y que todo lo podemos alcanzar por nuestro poder o por nuestra sabiduría. Es el egoísmo orgulloso que nos encierra en nosotros mismos convirtiéndonos poco menos que en dioses de nosotros mismos. Fue la tentación del paraíso que sigue rondándonos a lo largo de toda nuestra vida y nuestra historia.
En el relato evangélico ¿qué es precisamente lo que el tentador le presenta a Jesús? El materialismo de la vida, las ansias de poder y la vanidad y la vanagloria de ser reconocido por todos. La autosuficiencia del que se cree que puede hacerlo todo y hacer lo que quiere, el pedestal que me eleva en el poder para tener el dominio de todo, la vanidad de ser aclamado y reconocido. No cabe el sufrimiento o la necesidad porque puedo tener a mi mano el milagro fácil; tengo el poder en mi mano porque soy poderoso y podré encandilar y manipular a todo el que en mi entorno pudiera hacerme sombra y mermar mi propia gloria; arrogante me presentaré ante todos desde el pedestal en que me he subido, aunque haya sido por malas artes, y todos han de rendirme pleitesía reconociendo mis grandezas o mis poderes.
Cuántas cosas en este estilo contemplamos cada día en la vida. Y hasta quizá nos sentimos celosos o envidiosos porque nosotros no podemos alcanzar esas grandezas de poder. No importa la vida, no importa ese mundo en el que vivo, no importan las personas con las que convivo y a las que podría prestar unos servicios que les ayuden a recuperar su dignidad, solo importo yo, mi grandeza o mi poder, el orgullo halagado por la adulación de los demás, o la manipulación que pudiera realizar haciendo que todos quizá me deban favores.
¿Qué nos está queriendo decir hoy Jesús y la Palabra de Dios que escuchamos en este domingo? Jesús ha venido a anunciar el Reino de Dios, esa es la misión que va a emprender, porque este episodio de las tentaciones es como el portal de toda su vida pública. ¿Y qué significa ese Reino de Dios sino en el reconocimiento que Dios es el único centro y Señor de la vida? Y cuando lo lleguemos a reconocer entonces será cuando descubramos la verdadera grandeza del hombre, pero de todo hombre al que tenemos que respetar y valorar y por quien vamos a hacer que el desarrollo de la vida tenga un cariz y un sentido distinto. Ningún hombre puede ser el centro de la vida de otro hombre porque todos estamos constituidos en la misma grandeza y dignidad.
Vamos nosotros en este primer domingo de Cuaresma dejarnos conducir por el Espíritu como nos narra el evangelista que lo  hizo Jesús cuando fue conducido por el desierto. Es tarea que hemos de ir realizando a lo largo de toda la Cuaresma que estamos iniciando. Necesitamos, si, dejarnos conducir por el Espíritu al desierto, donde hagamos silencio, donde nos aislemos un poco de las carreras de cada día para mirarnos por dentro y para escuchar por dentro.
Quizá sea esa una primera resistencia que podamos poner, porque no nos gustan los silencios que nos hacen pensar, que nos hacen mirarnos en la cruda realidad de lo que somos y de lo que son también esas tentaciones que podamos sufrir; son tantas las cosas que nos pueden hacer tener un corazón revuelto y rebelde. Necesitamos hacer silencio para escuchar, para poder sentir esa presencia de Dios en nosotros que nos hace tener una mirada nueva sobre la vida, sobre las personas, sobre nuestra tarea y nuestra misión.
Un desierto y un silencio para darnos cuenta donde esta la verdadera seguridad que hemos de buscar en nuestra vida. Solo el Señor es nuestro refugio y nuestra fortaleza. Un desierto y un silencio para que lleguemos a reconocer esa acción de Dios en nuestra vida, en lo que somos y en lo que hacemos y con humildad sepamos hacer nuestro reconocimiento y nuestra ofrenda al Señor, al estilo de lo que nos ofrecía hoy el texto del Deuteronomio.