Vistas de página en total

domingo, 14 de junio de 2026

Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

 


Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con las mismas entrañas de Jesús

Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11; Mateo 9, 36 – 10, 8

Hay algo de lo que se habla hoy en nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor. Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el mismo sentido que Jesús nos ofrece?

Es lo que se nos revela hoy en la Palabra de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la abandone o se marche de su lado.

Jesús siente ese estremecimiento en sus entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo suficiente.

Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?

El evangelio termina narrándonos como Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas sin pastor.

Así tenemos que mostrarnos los cristianos. Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les importa arrasar con quien sea o con lo que sea.

Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para llegar a manifestar el verdadero amor?