Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos.
Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios, es ir con
las mismas entrañas de Jesús
Éxodo 19, 2-6ª; Salmo 99; Romanos 5, 6-11;
Mateo 9, 36 – 10, 8
Hay algo de lo que se habla hoy en
nuestro mundo con mucha facilidad y es hablar del amor; aparece por todos
lados, es una conversación fácil y todos decimos que amamos, pero creo que
tendríamos quizás que preguntarnos si estaremos diciendo lo mismo, si estaremos
hablando del mismo amor; de lo que es amar en su esencia; es fácil decir que
somos amigos de mis amigos, decimos que amamos cuando nos sentimos amados o
porque nos aman, cuando nos ofrecen algo en correspondencia, porque con la
misma facilidad decimos que un día el amor se acabó entre dos personas o entre
dos amigos y después ya no queda nada de lo que decíamos que fue ese amor.
Cuando actuamos así, cuando amamos así ¿estaremos empleando ese concepto en el
mismo sentido que Jesús nos ofrece?
Es lo que se nos revela hoy en la Palabra
de Dios. Hoy por ejemplo el evangelio nos relata cómo Jesús se encontró con
aquella multitud que le esperaba y a los que ve como ovejas sin pastor. Y nos
dice el evangelista que ‘se compadecía de ellas porque estaban extenuadas y
abandonados como ovejas que no tienen pastor’. Quería fijarme en el sentido
de esa palabra que emplea el evangelista; nos habla de compasión, pero ¿qué
significa esa palabra en su propia raíz? Es el estremecimiento que siente en
sus entrañas una madre por su hijo, pero ese amor de madre así no se perderá
nunca, porque una madre nunca olvida al hijo de sus entrañas, aunque el hijo la
abandone o se marche de su lado.
Jesús siente ese estremecimiento en sus
entrañas por aquella multitud, siente ese estremecimiento en sus entrañas por
nosotros. Así es el amor de Dios. Y nos lo explicará de forma muy hermosa y
diríamos que impresionante san Pablo. No nos ama Dios porque nosotros le
hayamos amado, sino que el amor de Dios es primero, es lo inicial. Seamos
nosotros como seamos, Dios nos ama. No terminamos de considerarlo lo
suficiente.
Como sigue diciéndonos el apóstol ‘por
una persona buena tal vez se atrevería uno a morir’, que es como nosotros
hacemos habitualmente en lo que decimos que es nuestro amor, amamos a los que
nos parecen buenos o han sido buenos con nosotros. Pero el amor de Dios va más
allá. ‘Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores,
Cristo murió por nosotros’. ¡No es nada lo que nos está diciendo! No por
nuestros merecimientos, sino que cuando parecía que no merecíamos nada, sin
embargo El nos amó. Pero aun nos dirá más. ‘Si, cuando éramos enemigos,
fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón,
estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida!’ El amor de Dios
siempre permanece y cuando ya ha dado Cristo su sangre por nosotros, ¿cómo no
nos va a seguir amando y ofreciéndonos su salvación?
El evangelio termina narrándonos como
Jesús eligió a los Doce y los envió con su misma misión. Como nos dice el
evangelista, ‘Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad
enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios. Gratis habéis
recibido, dad gratis’. Pero ¿qué significa ese envío? Tenemos que ir con
las mismas entrañas de misericordia de Jesús a los demás. Con ese mismo
estremecimiento en nuestras entrañas ante lo que vamos encontrando en nuestro
mundo, esa multitud por la que Jesús se compadecía porque estaban extenuadas y
abandonadas como ovejas sin pastor.
Así tenemos que mostrarnos los cristianos.
Es la tarea y la misión que Jesús nos confía. ¿Y no es así ese mundo que
contemplamos a nuestro alrededor? Cuánto sufrimiento y cuánta soledad, cuánto
vacío y cuanta frialdad por muchas palabras bonitas que digamos; nuestro mundo
está roto, se siente también desorientado en muchas cosas; el ambiente que nos
rodea, la situación de nuestra sociedad, la indiferencia de tantos, la
insolidaridad que aflora tantas veces en nuestros corazones porque siempre nos
miramos primero a nosotros mismos, las discriminaciones y desconfianzas que
siguen existiendo, la maldad y la ambición de muchos que les lleva a ser
injustos con los demás, los resentimientos y las envidias que van sembrando
cizañas allá por donde pasan, los afanes de grandeza y de poder que llenan de
orgullo a tantos y que contemplamos alrededor en tantos y para lograrlo no les
importa arrasar con quien sea o con lo que sea.
Ahí nos envía Jesús a curar enfermos y
a resucitar muertos, como nos dice hoy el evangelio. No podemos decir que nada
podemos hacer. ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para que nuestro mundo
cambie? ¿Sentiremos ese estremecimiento también en nuestras entrañas para
llegar a manifestar el verdadero amor?