Vistas de página en total

sábado, 21 de septiembre de 2019

También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva



También hoy nos dice Jesús ‘cuento contigo’ invitándonos a seguir sus pasos para vivir y anunciar la Buena Nueva

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13
‘Cuento contigo’, así cuando menos lo esperamos, sin haber pensado en tal posibilidad, llegó alguien a tu vida y te lo dijo. Así la sorpresa quizá en principio casi nos dejó sin respuesta. Alguien quería contar contigo. ¿Un proyecto nuevo? ¿Una tarea o responsabilidad a desempeñar? Unas nuevas posibilidades se abrían en la vida delante de nosotros cuando menos lo esperábamos. Ponían su confianza en nosotros, en nuestras posibilidades.  Y allí estaban esperando nuestra respuesta.
Puede que algo así nos haya sucedido en la vida y nos vimos verdaderamente sorprendidos porque no imaginábamos que alguien pensara en nosotros y quisiera contar con nosotros. Nos sentimos sorprendidos y quizá con miedo a la responsabilidad; ¿valdríamos nosotros para desempeñar tal tarea?, preguntas que se nos agolpaban en nuestro interior, pero quizá en el fondo sentimos alguna satisfacción, alguna alegría de que alguien quisiera contar con nosotros.
Por esa confianza que ponían en nosotros merecía una respuesta positiva aunque sintiéramos al mismo tiempo que grande era la responsabilidad. Con cierto temor y responsabilidad pero con alegría dimos el paso hacia delante. Experiencias así tenemos, seguro, en nuestra historia personal.
Lo escuchamos hoy en el evangelio. Mateo estaba en su garita de cobrador de impuestos en su tarea de cada día que no le era fácil en medio de aquel pueblo  hostil a lo que fuera pagar impuestos a los romanos. Todo transcurría con la normalidad de siempre si algunas trifulcas con los que tenían que pagar se puede llamar normalidad. Pasa un grupo por delante, pero el que parece líder del grupo se detiene y se dirige a él. ‘Sígueme’, le dice. Quiero contar contigo. El sabe que es Jesús, el profeta de Nazaret que por Galilea va recorriendo caminos y aldeas anunciando algo nuevo que llama el Reino de Dios. Ha oído hablar de sus enseñanzas, aunque quizá no le prestara mucha atención porque lo suyo era su negocio, su trabajo de recaudador, ha escuchado también de sus obras maravillosas, de sus milagros y sabe que la gente lo admira, que hay muchos que le siguen y ya tiene un grupo de incondicionales junto a él. Por su condición de publicano no se atreve, porque sabe lo rechazado que es por mucha gente, aunque también ha oído hablar de que Jesús acoge a publicanos y pecadores.
Se siente, es normal, sorprendido. Jesús quiere contar con El, que forme parte del grupo de los que le siguen, aunque ésta no es la normalidad de lo que está acostumbrado. Sus palabras más que una invitación parecen una orden. ‘Sigueme’, aunque su mirada es la del que invita, del que te dice que quiere contar contigo. ¿Qué hacer? ¿Se levantará de su garita y se marchará con El? Muchas cosas podían estar pasando también por su mente y su corazón.
Con decisión se levantó. Con decisión y con alegría, como apreciamos por lo que nos dice el evangelio. Celebró un banquete en su casa en el que Jesús estaba a la mesa con sus discípulos, aunque también estaban sus antiguos amigos. No importa ya lo que pensaran los demás, los comentarios de los fariseos y los escribas. Allí estaba la alegría de su decisión. El camino nuevo que emprendía siguiendo a Jesús. Formaría parte del grupo de los Doce y un día nos transmitiría escrito el evangelio de Jesús, esa Buena Nueva que a El le cautivó para seguirle.
Hoy celebramos a san Mateo, apóstol y evangelista, estimulo para nuestra respuesta y nuestro seguimiento del camino de Jesús. También nosotros nos dice Jesús, ‘cuento contigo’.

viernes, 20 de septiembre de 2019

Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo



Queremos sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estimulo y ejemplo

1Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3
De camino. Es la vida. No estamos en un estado permanente, aunque muchas veces queremos como anclarnos en lugares, en situaciones, en cosas que convertimos en absolutos de la vida, pero pronto nos damos cuenta cuán efímeros son.
Pensemos, si no, en lo que ha sido nuestra existencia; cuantas cosas nos han sucedido, cuantas situaciones distintas hemos vivido y no es necesario hacer una historia muy larga sino pensemos en lo más inmediato; cuantas cosas van cambiando en nuestro pensamiento, en la manera de enfrentarnos a la vida y a las cosas, cuantos encuentros hoy con unos mañana con otros.
Y no es que vivamos superficialmente – aunque a veces lo hacemos demasiado así – sino que en el progreso de nuestro vivir cambiamos porque maduramos, porque aprendemos a profundizar y nos damos cuenta que hemos de actuar de otra manera. Es un camino que vamos haciendo, y en el que vamos al mismo tiempo aprendiendo. Vamos haciendo camino, aunque algunos físicamente no salgan del mismo lugar geográfico, porque el camino es algo más profundo, dentro de nosotros.
Si hablábamos de los encuentros que vamos teniendo, también podemos pensar en los que van junto a nosotros en ese camino. Primero la familia, nuestros padres, porque ahí nacimos y ahí dimos los primeros pasos, pero en ese encuentro en el crecimiento muchas de esas personas se convierten en compañeros de camino; y pensamos en aquellos con los que nos relacionamos más y tenemos mejor sintonía, los amigos, pero pensamos en tantos que nos rodean, vecinos, compañeros de trabajo, gente de la comunidad o entorno en el que nos movemos. No hacemos camino solos. Para bien o para mal son muchos los que van caminando a nuestro lado, aunque hemos de saber aprovechar las mejores oportunidades y las mejores cosas que nos ofrecen.
Estamos hablando de camino, ese camino humano, ese camino social que vamos realizando, pero pensamos también en el camino de nuestra fe. Hoy nos habla el evangelio de que Jesús iba en camino, unas veces recorriendo los pueblos y aldeas de Galilea, otras veces en su subida a Jerusalén. Hoy nos habla del grupo de los doce que se había formado junto a El – El los había llamado de manera especial en medio de todo el resto de discípulos que le seguían – y de un grupo de mujeres que lo acompañaban y lo atendían de diversas maneras. Unas con corazón agradecido porque se habían visto liberadas de muchos males por la presencia de Jesús  - María la de Magdala de la que había expulsado siete espíritus malos – y otras que le ayudaban incluso con sus bienes.
Pensemos en ese camino de nuestra fe que nosotros también vamos haciendo. Un camino que personalmente cada uno debe hacer porque tiene que dar sus propios pasos, pero un camino que nunca se hace en solitario. Igual que decíamos que en el camino humano estaban nuestros padres y el seno de la familia en la que nacimos y recibimos los primeros principios de vida, también en este camino de la fe, ésta se nos transmitió a través de nuestros padres y los que más cercanos estaban junto a nosotros en el inicio de nuestra vida.
Pero tenemos que mirar a la Iglesia, a la comunidad de los cristianos en la que estamos insertados desde nuestro bautismo y que vivimos en un lugar concreto como son nuestras comunidades y parroquias. Así tendríamos que sentirnos caminantes en una misma fe en la que mutuamente nos alimentamos, nos ayudamos con nuestro mutuo estímulo y ejemplo.
Y cada uno puede pensar de forma concreta en esas personas que en nuestra parroquia nos han ayudado de una forma o de otra. Un día hay que pararse a pensar en eso para reconocer lo que recibimos de esas personas cercanas a nosotros en nuestra propia comunidad y de la que tanto hemos recibido, catequistas, monitores de algunas acciones, tanta gente comprometida a nuestro lado que casi sin darnos cuenta han sido nuestro estímulo y una gran ayuda para ese camino de nuestro ser cristiano.
Demos gracias a Dios porque en ese camino no hemos estado solos. A través de ellos se nos ha hecho presente el Señor.


jueves, 19 de septiembre de 2019

Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor


Ojalá nosotros tuviéramos también mucho amor para acercarnos a todos, para ser luz para todos, para que todos entren también en el camino del verdadero amor

1Timoteo 4, 12-16; Sal 110; Lucas 7, 36-50
No nos mezclamos con cualquiera. Aunque digamos lo contrario, que yo si me trato con todo el mundo, pensemos cuáles son nuestras amistades, aquellos con los que nos gusta más estar, los que admitimos habitualmente en nuestra compañía. Nuestros amigos, las personas cercanas a nosotros, aquellos como decimos que nos puedan dar buena sombra; si conocemos que aquella persona es viciosa, evitamos que nos vean con ella porque nos van a comparar con ella y van decir que todos son iguales y que yo soy como ellos; si es una persona que tiene unas ideas, unos pensamientos distintos a nuestra manera de ver las cosas evitamos la diatriba, el encuentro que se puede convertir en encontronazo; y así podíamos decir muchas cosas más.
Y lo hacemos casi de una manera inconsciente, evitando que nos comparen, que digan de nosotros, que vayan a pensar, porque en todo esto cuenta mucho lo que pueda ser la opinión de los demás o la fama que nos ganemos. Decimos que no discriminamos pero ¿cómo se puede llamar a esta forma de actuar, aunque mucho lo disimulemos?
Me lleva a pensar en estas situaciones humanas en nuestra relación con los demás lo que escuchamos hoy en el evangelio. Primero que vemos a Jesús en casa de un fariseo principal que lo había invitado a comer. ¿Es que a Jesús le gustaba codearse con los poderosos o los influyentes en aquella sociedad? Alguien podría pensar también que El es de los que se arriman a las altas esferas de la sociedad, de la misma manera que otros pensarán lo contrario. Bien sabemos que Jesús es signo de contradicción. Pero a todos busca Jesús, la semilla arrojada a la tierra es en toda clase de tierra.
Pero es el otro gesto en el que queremos fijarnos con más atención. Mientras se desarrolla la comida una mujer irrumpe en la sala de los comensales y se pone a los pies de Jesús. Trae un frasco de frasco de perfume con el que unge los pies de Jesús, pero sobre todo son sus lágrimas los que bañan sus pies que cubre de besos mientras los seca con su propio cabello. Y Jesús se deja hacer.
Sorpresa en todos los comensales. Sorpresa y estupor en el fariseo principal que había invitado a Jesús porque esto no estaba previsto; sorpresa y estupor porque aquella mujer es una mujer pecadora, una prostituta. Si supiera quien es esta mujer, él que es un profeta, no le dejaría hacer nada de esto, piensa en sus adentros aquel hombre que no ve cómo salir de aquella situación incómoda. ¿Cómo una mujer pecadora se atreve a entrar en su casa y llegar hasta los pies de Jesús? Ellos que eran tan puritanos jamás la hubieran dejado entrar y menos hacer lo que está haciendo con Jesús.
Jesús conociendo los pensamientos de aquel hombre y el mal momento que está pasando le propone una breve parábola. Dos deudores, uno en gran cantidad, otro en una pequeña minucia, pero ambos son perdonados en su deuda, ¿Quién estará más agradecido? ¿Quién le amará más? la respuesta es lógica, quien eran mayor deudor.
Y Jesús le hace recapacitar, es verdad que aquella mujer es una pecadora, ha pecado mucho, pero también ama mucho. Por eso se ha atrevido a hacer lo que tú no has hecho según las reglas de la hospitalidad, agua para lavarse, perfumes, el beso de la paz para la acogida; aquella mujer lo está realizando. Sabe que será perdonada y pone mucho amor y su vida se verá del todo renovada. Por eso, porque tiene mucho amor sus muchos pecados le son perdonados. No tienen nada que decir, salvo reconocer que quién es Jesús que tiene tal poder de perdonar los pecados.
Jesús rodeado de publicanos y pecadores nos lo presentará el evangelio con frecuencia. Jesús rodeado también de aquellos que teniéndose por justos no serán capaces de reconocer que también son pecadores, también rodean a Jesús, como en este caso. ¿Con quién está Jesús? Con la oveja perdida a la que tiene que buscar; es el médico no para los sanos o los que se creen sanos, sino para los que sienten la enfermedad en su vida. Jesús está con todos, a todos se acerca y deja que todos se acerquen a El. Hoy lo vemos, porque igual come rodeado en este caso de fariseos, que se deja tocar por aquella mujer pecadora. Y es que en Jesús tenemos que decir también, porque tiene mucho amor.
¿Qué nos falta a nosotros? ¿Seremos capaces de hacer como Jesús? ¿Tendremos amor suficiente en nuestro corazón para acercarnos a todos porque en medio de las mayores oscuridades también tenemos que ser luz? No nos van a manchar ni llenar de impureza pero nuestro mucho amor sí podrá hacer que ellos se encuentren con la luz, la vida, el amor verdadero para que también tengan mucho amor. Muchas consecuencias tendríamos que sacar de todo esto.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser


Para decir esa palabra profética que el mundo necesita escuchar, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser

1Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35
A veces no hay quien nos entienda, o quizás no nos entendemos ni nosotros mismos. Así andamos sin saber lo que buscamos, lo que queremos, lo que son en verdad nuestras aspiraciones. Estamos a lo que salta y andamos como veletas según el viento que nos toque. Nos sucede por falta de personalidad, porque no hemos llegado quizá a tomarnos las cosas en serio y no hemos llegado a madurar, o quizá por muchos miedos interiores que nos impiden tomar una decisión, dar una orientación a la vida. Hemos vivido cómodamente así y así queremos seguir, porque ¿para que esforzarnos?
Decimos que tenemos las cosas claras pero somos los más inseguros del mundo; llega el momento de una decisión y damos vueltas y vueltas, y no es porque estemos seriamente reflexionando para buscar lo mejor, sino por miedo a no acertar, a poder equivocarnos, a lo que puedan pensar los demás, a no querer tomar una opinión clara y firme porque puede contradecir a los demás. No es fácil vivir así, aunque lo hacemos por comodidad pensando que así es mejor, pero al final nos encontraremos perdidos porque nadie nos entiende ni nosotros, como decíamos, nos entendemos a nosotros mismos. Al final somos como niños indecisos.
Nos pasa en muchos aspectos de la vida con lo que nos manifestaremos irresponsables y realmente no se nos puede confiar una responsabilidad. Y vamos pasando por una vida gris y sin brillo, nos sentiremos frustrados porque no terminamos de llegar a ninguna meta o es que realmente no la tenemos. Nos sentimos a la larga insatisfechos de nosotros mismos. Todo eso se nos puede volver en contra en nuestra desorientación.
Hoy en el evangelio vemos a  Jesús que no termina humanamente de comprender lo que le sucede a la gente que no quiere aceptar sus palabras, que tan pronto están entusiasmados quizá por los milagros que ven que hace,  o por otro lado se dejan influir por los dirigentes en algún sentido de aquella sociedad o por los que más influencias tienen como los escribas, los fariseos, los saduceos. Jesús en un como suspiro de incomprensión les dice que son como niños en la plaza que no terminan de ponerse de acuerdo en sus juegos y andan discutiendo todo el tiempo.
¿Qué puede pensar Jesús de nosotros? ¿Qué puede pensar de nuestra Iglesia, de nuestras comunidades? Porque así podemos andar tambaleantes en lo que hace referencia a nuestra vida cristiana. Queremos ser buenos y hasta vamos a Misa pero seguimos con las mismas rutinas de siempre, parece que no hace mella en nosotros la Palabra de Dios que escuchamos, nos nuestras indecisiones y cobardías, nuestra falta de arrojo para lanzarnos un paso adelante y vivir un mayor compromiso, o arrancarnos de esas rutinas, o dar el cambio que sabemos que tendríamos que dar y seguimos dando largas para otro momento que nunca llega.
Y así aparecen nuestras comunidades con tanta tibieza que no terminamos de dar el testimonio que necesita nuestro mundo. Tenemos en nuestras manos el evangelio de salvación y no terminamos de anunciarlo. Solo queremos poner parches, que todos estemos contentos pero esa palabra profética no se llega a pronunciar,  esos profetas no aparecen en nuestro mundo. Para decir esa palabra profética, para ser verdaderos profetas hace falta una valentía que en nuestra tibieza no acabamos de ser.
Que el Espíritu del Señor nos despierte.

martes, 17 de septiembre de 2019

Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado


Podemos ser nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y ser signos de su misericordia para los que están hundidos en dolor a nuestro lado

1Timoteo 3,1-13; Sal 100; Lucas 7,11-17
Dos comitivas que se encuentran en las puertas de la ciudad. Una con jolgorio normal de un grupo ajeno a mayores preocupaciones, que hablan, que comparten alegremente como lo hacen los amigos que van de camino, que se sienten a gusto porque van con el Maestro y que de alguna manera se ve cortada en seco al encuentro con la otra comitiva llena de dolor en la que solo se escuchan suspiros y lagrimas, palabras dichas como en un susurro y que respetan el silencio del dolor y la soledad de una madre que va a enterrar a su único hijo.
No median palabras ni explicaciones, no se escucha ningún clamor de súplica como en otras ocasiones otros pedían la curación de su criado enfermo, o que pusiera sus manos sobre su hija que está en las últimas; nadie pide compasión ni suplica nada especial. Como alguien ha dicho la misma madre que llora y nada dice es oración con su presencia dolorosa.
Pero Jesús al contemplar el cortejo, al ver aquella madre desconsolada y sola siente que se le conmueven las entrañas. Será quien se adelante en medio de los dos cortejos para detener a los que iban fuera. Será quien ordene al joven que cadáver yace sobre aquellas parihuelas que se levante y se lo entrega a su madre. La compasión y la misericordia se han adelantado a la confesión de fe. Pedía fe Jesús en otras ocasiones cuando venían a que los curase. La fe oculta y hundida en medio del dolor surgirá de nuevo aunque antes todo pareciera oscuro. Luego todo serán alabanzas y bendiciones porque Dios ha visitado a su pueblo.
Cuando el dolor atenaza el alma todo se vuelve oscuro y parece que no hay palabras que puedan abrir camino para el encuentro de nuevo con la luz. Aunque sintamos deseos de gritar desde la angustia algunas veces se hace silencio dentro de nosotros, un silencio impenetrable y lleno de oscuridad.
¿Qué necesitamos entonces? Quizás dejarse hacer, dejar que alguien llegue y nos toque en lo hondo de nuestras entrañas, pero que nosotros nos dejemos tocar, a pesar de que no veamos resquicios sin embargo dejemos la posibilidad de que llegue la luz por alguna parte. Como aquella mujer, su silencio y su amargura – el evangelio no nos deja palabras suyas – se hicieron oración para conmover las entrañas de Dios, para hacer que Jesús sintiera compasión de ella y la llenara de nuevo de vida y de luz.
Dejarnos mirar por Dios, así como estamos, con nuestro dolor, con nuestros silencios o nuestros gritos quizá desesperados, con el alma rota, con todas las miserias aflorando de golpe en nuestra vida cuando parecemos más hundidos, con nuestras oscuridades que nos impiden ver una salida, con nuestras lagrimas reprimidas pero que se nos escapan envolviéndonos en más dolor. Hemos de tener la certeza de que Dios no mira, que su corazón compasivo y misericordioso se va a acercar a nosotros, que no volverá su rostro para otro lado ni dará un rodeo, sino que vendrá directamente a sanar nuestro corazón. Pero tenemos que dejarnos mirar, dejarnos tocar por esa mirada de Dios que nos levanta, que nos pone de nuevo en camino, que nos va a hacer encontrar la vida.
Pero esta lección tiene una parte también para nuestras actitudes, para que no nos quedemos nunca insensibles ante las lagrimas de los demás, para que no miremos para otro lado como tan fácil nos es hacer en tantas ocasiones, para que no demos el rodeo para evitar el encuentro cuando sabemos que está allí en la acera, a la puerta, al lado de ese camino por el que vamos todos los días tan distraídos.
Nos quedaremos en silencio quizás tantas veces porque no sabemos qué decir, pero no hacen falta palabras; basta solo nuestra presencia, aunque no sepamos qué hacer; solo es necesaria nuestra mirada que se encuentre con los ojos del que allí vemos por los suelos. Lo demás surgirá casi espontáneamente si aun nos queda sensibilidad en el corazón, solo es necesario que nos demos cuenta que entonces somos nosotros los ojos de Dios, la mirada de Dios, las manos de Dios, y seremos signos de la misericordia de Dios para esas personas. También nosotros tenemos que dejar actuar a Dios a través nuestro porque así quiere llegar con su misericordia a tantos que encontramos sumidos en el dolor en el camino.

lunes, 16 de septiembre de 2019

La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás


La vida nos llena de sorpresas pero sepamos descubrir lo bueno y positivo de los otros para valorar la fe y el bien hacer de los demás

1Timoteo 2,1-8; Sal 27;  Lucas 7,1-10
Nos sorprendemos porque eso no nos lo esperábamos de esas personas. De alguna manera hacemos una cierta discriminación porque por la condición de las personas, por lo que prejuzgamos que sea su manera de pensar o su sentido de la vida, porque en este caso no son personas que nos parezcan religiosas o al menos a nuestra manera, esa reacción, esas respuestas que les vemos dar nos sorprenden. De alguna manera estamos haciendo referencias a aspectos religiosos de la vida, pero nos sucede en otros muchos aspectos. Vamos con desconfianza o con prejuicios en la vida, y de repente no encontramos lo que esperábamos y nos sorprendemos.
Siempre recuerdo una conversación que escuché siendo aún joven a una persona que se daba por muy religiosa de toda la vida, que hablaba haciendo referencia al entusiasmo que mostraban algunos en ese aspecto religioso y cristiano porque habían tenido un encuentro especial en un cursillo o unos ejercicios; y esta persona desconfiaba de esas reacciones de aquellas personas y sacaba a colación su historia pasada o la de las familias de aquellas personas; ‘ya sabemos, decía, quienes de donde vienen y cómo actuaban en otros tiempos…’ No le cabía en la cabeza que aquellas personas pudieran cambiar realizando una conversión de su corazón al Señor. Se sorprendía porque aquellas personas actuaran así, como yo me vi. Sorprendido por la ceguera de quien hacía aquellos comentarios tan llenos de desconfianza cuando además se tenia por una persona muy religiosa y muy cristiana.
Algo así nos sucede con el evangelio que hoy escuchamos. Nos habla de un centurión romano, por tanto un pagano, no de religión judía. Acude a Jesús porque tiene un criado enfermo y al que aprecia mucho. Ha hecho todo lo posible por lograr que sane de su enfermedad y ahora acude a Jesús. Se vale de unos intermediarios que interceden por él ante Jesús y Jesús se dispone a acercarse a la casa del centurión. Pero de nuevo le envía mensajeros diciendo que no es digno de que Jesús entre en su casa. Confía en la palabra de Jesús. Podemos decir que tiene una fe ciega en Jesús a pesar de no ser judío pero algo ha descubierto en su corazón que le hace poner toda su fe en Jesús.
Proclamará Jesús a continuación que nunca ni en todo Israel ha encontrado nadie con tanta fe. Es la sorpresa de Jesús, pero será la sorpresa más bien de los discípulos y de cuantos les rodean por esa alabanza que Jesús hace de la fe de aquel hombre. Nos ha servido de paradigma para nosotros de manera que hasta en la liturgia hemos tomado prestadas sus palabras para expresar nuestra oración y la humildad del corazón cuando nos acercamos a Dios. Para nosotros un buen ejemplo de cómo poner nuestra confianza con humildad en el Señor que nos escucha y que se acerca a nosotros para limpiarnos, para llenarnos de su vida y de su gracia.
Buen ejemplo también para nosotros para esas actitudes que hemos de tener en la vida, para esa apertura del corazón, para descubrir también las maravillas del Señor que se realizan también en aquellos en los que menos pensamos. Desde el saber descubrir que siempre hay algo bueno en el corazón de los otros, sea quien sea, hasta ese descubrir ese actuar de Dios en la vida de todos y que todos pueden dar una respuesta positiva a la gracia del Señor.
Lejos de nosotros desconfianzas que discriminan, miradas torvas que quieren ver segundas intenciones en el actuar de los otros, miradas negativas llenas de prejuicios ante lo que pudiera ser el actuar de los demás. Y es que muchas veces lo negativo sigue pesando en nuestro corazón y por eso nos llenamos de miradas turbias de desconfianza.
Que brille de verdad la fe en nuestra vida y nos haga tener una mirada distinta y un actuar lleno de amor.

domingo, 15 de septiembre de 2019

El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios




El mejor evangelio que podemos anunciar será con nuestros gestos humildes y cercanos que sean signos de la ternura de Dios

Éxodo 32, 7-11. 13-14; Sal 50; 1Timoteo 1, 12-17; Lucas 15, 1-32
Hoy estamos de fiesta. Sí, de fiesta. Y no es porque en mi pueblo se están celebrando estos días las fiestas del Cristo de Tacoronte, como en todos otros lugares en torno a este catorce de septiembre se celebren muchas fiestas. No es ese el camino por donde voy o a lo que queremos referirnos en el comentario al evangelio.
Claro que tendríamos que decir ya por adelantado de lo que vamos a comentar que cada vez que los cristianos nos reunimos para celebrar la Eucaristía es eso lo que estamos haciendo. Estamos de fiesta. Es la fiesta de nuestra fe; es la fiesta de nuestro encuentro, del encuentro de los hermanos como una gran familia, de nuestro encuentro con el Señor. ¿No tendríamos que hacerlo siempre con esos sones de fiesta? Si no lo hacemos algo nos está fallando.
Pero fijémonos en la Palabra de Dios que hoy nos propone la liturgia. No habla sino de alegría y de fiesta. Es la alegría y la fiesta del pastor que ha encontrado la oveja que se le había extraviado; es la alegría y la fiesta de aquella mujer que había perdido allí en su propia casa una moneda valiosa y busca y rebusca hasta encontrarla y cuando la encuentra llama a sus amigas para compartir su alegría, hoy diríamos que se tomarían una taza de café juntas celebrando lo perdido y encontrado; es la fiesta del padre que hace un banquete y llama hasta los músicos para hacer una fiesta porque el hijo perdido ha vuelto a la casa, aunque aparezcan los tintes envidiosos del otro  hijo que no se alegra en la vuelta del hermano. Pero todo es fiesta.
Y es a lo que nos está invitando el Señor a que vivamos nuestra fe como una fiesta, con alegría desbordante que nos lleve no solo a celebrarla sino también a compartirla, a llamar a todos para decir cuanto nos ama Dios. Porque esa es la maravilla de la que  nos quiere hablar Jesús. Dios que nos ama y que nos busca aunque andemos perdidos, que nos enviará muchos mensajeros como nos dirá en otra parábola, pero que estará El también buscándonos como el pastor a la oveja perdida, o como padre paciente que esta a la puerta siempre esperando el regreso del hijo pródigo.
El evangelio nos dice que venían a escucharle los publicanos y los pecadores, mientras por allá andaban al acecho y siempre con sus críticas demoledoras los fariseos y los maestros de la ley que no terminaban de entender el mensaje de Jesús. ¿Cómo no iban a venir a escucharle los pobres y los humildes, los que nadie tenia en cuenta o los que eran despreciados por todos, los que estaban atribulados bajo tantos pesos o aquellos que eran discriminados de todos y nadie valoraba sino todo lo contrario, los pecadores, los publicanos?
Cuando escuchaban a Jesús tenían que sentir un gozo grande en el alma. Jesús les estaba hablando de un Dios que se acerca a todos y a nadie discrimina, a nadie quiere condenar como los condenan los demás, que nos tiene en cuenta a pesar de nuestras debilidades y de nuestros fracasos en la vida, que nos mira a los ojos porque quiere llegar a lo hondo del corazón, que no recrimina al pecador que ha sido débil porque no quiere hundirlo sino que a todos tiende su mano como fue en búsqueda del paralítico olvidado y al que nadie ayudaba, que se mezcla con los que son despreciados del mundo de los que se creen más justos o con más dotes de liderazgo. Tenían que sentir alegría en alma, sus corazones tenían que llenarse de esperanza, renacía la fe en sus vidas con deseos de algo nuevo.
Es una experiencia que nosotros también hemos de sentir en el corazón cuando nos sentimos amados de Dios. Dios nos tiene en cuenta, Dios nos ama. El mundo podrá mirarnos con malos ojos, los que se creen justos nos mirarán desde la distancia, pero Dios está a nuestro lado manifestándonos siempre su amor y pondrá muchos signos de su amor quizá en muchos que están a nuestro lado y si nos tienen en cuenta, nos ofrecen su amistad y su cariño que se convierte así en una manifestación de la ternura de Dios.
Tenemos que reconocer por un lado que quizá en la misma iglesia, en muchos cristianos que se creen justos no encontramos ese signo de la ternura de Dios; hay muchos leguleyos intransigentes como aquellos fariseos que todavía no han aprendido a perdonar y amar de verdad. Pero tenemos que reconocer que quizá en gente sencilla encontraremos esa amistad, esa cercanía, esas señales de la ternura de Dios para nuestra vida.
Y tenemos que aprender. Que nuestra comprensión, nuestro corazón compasivo y misericordia, que la sencillez de nuestros gestos y la humildad con que nos acercamos a los demás manifieste esa ternura de Dios. Es el mejor evangelio que podemos anunciar cuando ahora tanto hablamos de nueva evangelización. No nos quedemos en palabras, en gestos pomposos y aparatosos, sino vayamos por lo humilde, lo sencillo, los pequeños gestos y así nos convertiremos de verdad en evangelio de Dios. Así podremos celebrar con alegría esa fiesta a la que nos está invitando a Jesús. Que nuestros gestos y signos la hagan verdadera fiesta.