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sábado, 25 de marzo de 2023

Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

 


Hoy es el día de la encarnación, el momento eje de la historia en que se realiza el encuentro definitivo de Dios con el hombre y del hombre con Dios

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-1; Lucas 1, 26-38

Era la esperanza de la humanidad desde su génesis. Una esperanza mantenida a través de la historia. Una historia que había sido de pecado pero que era en la esperanza al mismo tiempo historia de salvación. La salvación estaba anunciada desde el principio, desde el primer pecado con el que la humanidad rompió con Dios. Pero Dios no rompió con la humanidad; a pesar de su infidelidad Dios había salido a pasear por el jardín en búsqueda del hombre, y aunque ese jardín se volvió escarioso Dios siguió saliendo en búsqueda del hombre, en búsqueda de la humanidad. Por eso es historia no solo de pecado, sino que de parte de Dios es historia de esperanza, es historia de salvación.

Llegamos al momento cumbre. Llega la hora de la salvación. Lo prometido por Dios es deuda de amor de Dios por el hombre. Y Dios sigue amándonos, sigue buscándonos, sigue ofreciéndonos su amor, nos regala a su Hijo. Es la hora en que el Hijo de Dios se hace carne, se hace hombre como nosotros para levantarnos, para elevarnos, para hacernos disfrutar de ese amor de Dios que nunca había fallado, aunque la respuesta del hombre seguía siendo tantas veces de infidelidad, como su prefiriera la muerte a la vida. Y para eso y por eso Dios se hace hombre, para que llegáramos a terminar de comprender lo que es el amor y comenzáramos ya definitivamente un camino de vida.

Dios envía su ángel a Nazaret, porque es que Dios quiere contar con la humanidad. Ha escogido a una mujer, una virgen humilde y sencilla, una mujer que representa lo mejor de la humanidad, una mujer a la que ya anticipadamente en virtud de los méritos del que había de venir, ha liberado de pecado y de muerte, la ha inundado de amor y de gracia. Será la llena de gracia del Señor, porque Dios en ella se complace. Pero Dios quiere contar con su consentimiento.

El Señor está contigo, le dice el ángel. Has encontrado gracia ante Dios y vas a ser madre y el hijo que nacerá de tus entrañas será el Hijo de Dios. Es mucho lo que el ángel le está comunicando y María rumia en su interior aquellos anuncios, aquellas palabras que la sobrepasan. Se llamará el Hijo del Altísimo, el que va a nacer será llamado el Hijo de Dios.

Y allí está el Espíritu Santo actuando en el corazón de aquella pequeña mujer que se ve sobrepasada en su humildad cuando siente que Dios quiere hacer obras grandes en su pequeñez. No sabe qué responder, pero ella ha estado siempre disponible para Dios, porque hacer su voluntad ha sido siempre el lema de su vida. ¿Qué puede responder entonces? Que allí está la esclava del Señor, que se haga, que se cumpla esa Palabra de Dios en ella, y en ella se encarnó el Verbo de Dios para plantar su tienda entre nosotros.

Es el Sí de María que hace entrar a la humanidad en otra nueva etapa de su historia. Es la hora, es la plenitud de los tiempos en la que Dios envió a su Hijo nacido de una mujer, para que fuera nuestra salvación. Se cumplen las esperanzas. Se realiza todo lo que estaba anunciado. Es la virgen que concebirá y dará a luz un hijo que será Emmanuel, que será Dios con nosotros. La historia de la salvación llega a su plenitud, porque de ahora en adelante ha de ser la hora de la gracia, la hora del regalo de Dios.

Es lo que en este día que pasa desapercibido para muchos sin embargo estamos celebrando. Es momento de adoración, es momento de postrarnos ante Dios, es momento de sentir la admiración y el agradecimiento por ese misterio de Dios que se nos revela, por ese misterio de Dios que se hace presente en nosotros. Lo llamamos el día de la Encarnación. Es el momento eje de la historia. Se ha realizado el encuentro definitivo de Dios con el hombre, del hombre con Dios.


viernes, 24 de marzo de 2023

Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

 


Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Todavía no había llegado su hora… nos dice el evangelista. Todo tiene su tiempo nos había dicho un día el profeta Jeremías, para trabajar y para descansar, para sembrar y para recoger, para vivir y para morir, podíamos decir resumiendo.

La hora, el tiempo oportuno. Lo utilizamos de muchas maneras en la vida. No es el momento y esperamos que sea su tiempo para sembrar, esperamos que llegue su tiempo para recoger la cosecha, esperamos que llegue su tiempo para realizar aquel proyecto con el que soñábamos, esperamos que llegue el momento para actuar, para emprender la tarea, el momento de hablar, de decir esto o aquello. Claro que siempre es el momento de amar, siempre es el momento de la hora de Dios, aunque quizás no siempre estemos atentos.

¿Habrá habido cosas en la vida en las que se nos pasó el momento? La excesiva prudencia, el estar pensándonoslo siempre pero sin llegar a tomar decisiones, los miedos y cobardías, el pensar que la cosa no estaba madura, pero quizás éramos nosotros los que no estábamos lo suficientemente maduros para tener valentía. Pudimos hacer y no hicimos, pudimos prevenir y quizás caímos en las redes…

¿Cuándo llega el momento? ¿Será para nosotros ya la hora de Dios? ¿Cómo sintonizar con esa hora de Dios? Es una sabiduría que no vamos a alcanzar por nosotros mismos, sino que hemos de dejarnos empapar por la sabiduría de Dios, abrir nuestro corazón al Espíritu divino que El nos guiará, El nos inspirará, y estemos, pues, atentos, a esa llamada, a esa inspiración divina. Porque ahora también tenemos que hacer algo, no podemos quedarnos permanentemente con los brazos cruzados.

Es tanta la obra que está en nuestras manos, es tanto lo que en esta hora de la historia nosotros tenemos que hacer. Tenemos que dejar nuestra huella, nuestra impronta, desarrollar nuestros valores, actuar con todo nuestro saber pero dejándonos al mismo tiempo que el Espíritu de Dios nos inspire y nos impulse. Se ha de notar nuestra presencia; aunque queramos ocultarnos por nuestros miedos, tenemos que dejarnos notar. No nos podemos seguir cruzando de brazos.

Me ha surgido esta reflexión dentro de mí y que comparto con ustedes, desde este evangelio un tanto paradójico que hoy se nos ofrece. La gente subía a Jerusalén porque era la fiesta de la tiendas, una fiesta judía muy importante, y Jesús se queda en Galilea. Ya sabía que en Jerusalén están al acecho ante lo que hago o lo que diga. Parece que no va a subir a Jerusalén. En un último momento se decide a subir e incluso se deja ver por el templo. De ahí los comentarios que escuchamos, en las que algunos se preguntan si será o no será.

Por otra parte algunos dudan de la autenticidad de Jesús como Mesías porque, como dicen, de Jesús saben de donde procede pero la idea extendida era que el Mesías no se sabía de donde procedía. Jesús les viene a decir que aun no lo conocen, porque ellos no quieren reconocerlo como el enviado del Padre, el enviado de Dios. Y de eso Jesús sí tenía clara conciencia. Allí está en medio de ellos, porque ese es su lugar y esa es la misión que tiene que realizar. Pero los que intentan algo contra Jesús no pueden, no son capaces de realizarlo. Como dice el evangelista, a Jesús aún no le había llegado su Hora.

Será en la siguiente subida para la Pascua, donde veremos que Jesús poco menos que tiene prisa por llegar. Los discípulos veremos que incluso se extrañan de la prisa que lleva Jesús por llegar a Jerusalén. Es consciente de que llega su hora, así lo proclamará más tarde en el momento de la cena pascual.

Aquí estamos ahora nosotros cuando ya se va acercando la hora de la Pascua, preparándonos también para ese momento en este camino cuaresmal que vamos haciendo. ¿Habrá cosas de las que tenemos que irnos purificando, miedos que hemos de ir arrancando de nuestro corazón, dudas que oscurecen nuestro espíritu que tendremos que disipar, valentías de las que tendremos que ir llenando nuestro corazón?

 

jueves, 23 de marzo de 2023

Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

 


Despertemos para que podamos escuchar y comencemos a darle más profundidad a la vida siendo capaces de descubrir el amor que Dios está derramando sobre nosotros

Éxodo 32, 7-14; Sal 105; Juan 5, 31-47

Te lo había dicho tantas veces, pero no me hiciste caso, es el reproche que le hacemos al amigo que quizás se ha visto ahora envuelto en situaciones difíciles, y nosotros habíamos querido prevenirle, pero él iba a lo suyo y no nos hizo caso. Ahora nos duele, porque no nos gusta verlo en la situación en que está, y por eso los reproches que no son echarle en cara de mala manera sino una expresión del cariño que sentimos y de lo que nos duele su dureza de corazón. 

Hablamos de estas situaciones humanas que muchas veces se nos hacen duras en la vida, pero podríamos hablar de otras muchas cosas; son las prevenciones que hacemos a los hijos, es de lo que queremos hablar como un regalo de valores que queremos trasmitir, muchas cosas.

Es lo que siento y vislumbro en las palabras de Jesús. nos ha ido anunciando el Reino de Dios, nos ha querido ir abriendo caminos de esperanza, ha querido dar a conocer lo más hondo de su corazón, ha querido manifestarles quien es a través de las obras que realiza, les ha ido abriendo los ojos para que vean las señales de Dios, para que sepan interpretar lo anunciado en las Escrituras, pero se han cerrado a mensaje de Jesús; le pedían signos y señales y El se las iba ofreciendo en lo que hacía, pero estaban obtusos y cerrados para descubrir de lo que esos signos les hablaban.

Ahora se acercan momentos de tensión, porque rechazan a Jesús porque no han sabido reconocerle. Y les habla del testimonio de Juan, el ultimo de los profetas que todos habían conocido allá en las orillas del Jordán, pero no lo escucharon; les hace ver que lo escrito y anunciado por Moisés en las Escrituras en El se cumple; les quiere hacer entender que las obras que realiza, ahí están todos sus signos y milagros, es el testimonio del Dios del cielo que les está hablando, como un día lo había señalado allá en medio de las aguas del Jordán, como el Hijo del Dios vivo a quien habíamos de escuchar y luego Juan había dado testimonio.

Lo hemos escuchado hoy en el evangelio. ‘Vosotros enviasteis mensajeros a Juan, y él ha dado testimonio en favor de la verdad… Pero el testimonio que yo tengo es mayor que el de Juan: las obras que el Padre me ha concedido llevar a cabo, esas obras que hago dan testimonio de mí: que el Padre me ha enviado… Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; pues ellas están dando testimonio de mí, ¡y no queréis venir a mí para tener vida!’

Y Jesús nos está ofreciendo vida eterna. Basta que creamos en El. Es la Palabra que nos está ofreciendo a nosotros hoy. Para que tengamos vida. Pero tenemos que abrirnos a esa vida, tenemos que querer escuchar esa Palabra de Jesús. 

Pero andamos también tan entretenidos en nuestras cosas, en las locuras del mundo, en las carreras de cada día que poco nos paramos a pensar, a reflexionar, a querer escuchar la Palabra de Dios. Nunca tenemos tiempo. Así andamos con nuestras superficialidades, así nos vamos dejando envolver por una tibieza espiritual, que parece que ya nos da todo lo mismo.

Estamos tan enfrascados en las materialidades de la vida, que lo espiritual ya no sabemos saborearlo. Nos cuesta entrar en nosotros mismos para darle profundidad a la vida. Nos cuesta pensar y cuando nos ofrecen algo que nos haga reflexionar algunas veces somos incapaces de entender esos lenguajes espirituales. Nos vamos contagiando por ese espíritu mundano. 

Duele el desconocimiento que palpamos a nuestro alrededor de las cosas relacionadas con lo espiritual y lo religioso; en una sociedad en la que presumimos de tantas festividades religiosas que hasta las hacemos de valor o interés turístico, luego en cualquier debate o concurso donde salgan temas o preguntas de ámbito cristiano o relacionados con lo religioso encontremos tantas ignorancias. Es la pendiente tan peligrosa por la que vamos resbalando cada día más.

Despertemos para que podamos escuchar. Abramos nuestro espíritu y comencemos a darle más profundidad a la vida. Seamos capaces de descubrir ese amor que Dios está derramando continuamente sobre nosotros y comencemos a darle respuesta.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Podemos contemplar señales a nuestro lado de que el Reino de Dios se hace realidad y ahí encontramos los mayores motivos para creer en Jesús

 

Podemos contemplar señales a nuestro lado de que el Reino de Dios se hace realidad y ahí encontramos los mayores motivos para creer en Jesús

Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

¿Creemos o no creemos? ¿Dónde están o hasta donde llegan los grados de confianza para llegar a creer en algo o en alguien?  ¿No creemos porque no ponemos confianza en quien nos está trasmitiendo algo? Lo de creer o no creer es algo que está muy relacionado con lo que hacemos o lo que vivimos en la vida, en nuestra relación con los demás, más allá incluso del ámbito religioso al que muchas veces reducimos el ámbito de la fe. De alguna manera está todo interrelacionado. Muy relacionado con las actitudes o posturas que llevamos en nuestro propio interior también en lo que son nuestras relaciones con los demás. ¿Creemos a cualquiera que venga a decirnos, contarnos, transmitirnos algo que quizá no sabíamos o que puede resultar una novedad para nosotros?

De alguna manera podemos decir que así andaban los judíos del tiempo de Jesús ante lo que Jesús les proponía o les quería trasmitir. ¿Qué razones podían tener para aceptar las palabras de Jesús, lo que Jesús les decía, les anunciaba o quería transmitirles? No nos extrañe, pues, que en muchas ocasiones le pidan señales que vengan a confirmar la veracidad de su palabra, por qué tenían que creer en El. Un poco pudiera parecer que todo se reducía a pedir unos milagros, pero creo que era algo más lo que estaban pidiendo para creer en Jesús.

Anunciar y prometer es muy fácil, pero que esos anuncios se hagan realidad ya es otra cosa. Creo que estamos cansados de cosas así en los políticos de todos los tiempos y es lo que nos sigue sucediendo hoy. Palabras y palabras de las que al final terminamos cansados y hastiados, porque no vemos los cumplimientos. No queremos estar mirando ahora a Jesús como un político de los de turno que hoy nos encontramos, pero el ejemplo de lo que nos sucede hoy, es la postura o la actitud que podamos tener incluso en este ámbito de la fe, ya en referencia a Jesús.

Hasta ahora Jesús ha venido anunciando el Reino de Dios que llega y nos ha ido dando en sus palabras, en sus gestos, en su mismo forma de vivir, en sus parábolas y hasta con los signos de los milagros de cómo ese Reino de Dios se va haciendo presente. Van a llegar momentos duros y difíciles, porque serán muchos, sobre todo desde el ámbito de los dirigentes, los que se oponen a Jesús y hasta querrán quitarlo de en medio. Ahora las palabras de Jesús de alguna manera se hacen más solemnes y aparecerán diatribas fuertes con aquellos que no quieren aceptarle. Es lo que vamos a ir escuchando en el relato de los evangelios en las próximas semanas hasta que lleguemos a la semana de la pasión.

Y Jesús a aquellos que más cerca están de El les invita poner toda su confianza en El, aunque ahora los momentos sean duros y difíciles. La confianza como camino de la fe, como camino para creer en El y en El tener vida eterna. Es de lo que hoy nos está hablando. Si en verdad hemos ido siguiendo los pasos del evangelio que nos ha ido transmitiendo esa buena nueva de Jesús podremos haber ido encontrando esos motivos para creer en El, esas señales que El nos ha ido dejando para que en El pongamos nuestra fe.

Y es que si sabemos mirar con toda atención lo que Jesús ha ido haciendo y nos ha ido diciendo podremos haber estado viendo que no son solo palabras, esas palabras como decíamos antes que nos aburren y nos cansan, hemos estado viendo las señales de que ese reino de Dios es posible. Es posible cuando abrimos el corazón, es posible cuando nos dejamos conducir por el amor, es posible cuando de verdad buscamos y luchamos por la paz, es posible cuando contemplamos la generosidad de los que se dan, de los que ayudan, de los que ponen su brazo para que otros se apoyen, de los que son capaces de cargar con el enfermo para llevarlo ante Jesús.

Eso lo vemos en el evangelio. Pero eso lo podemos ir viendo también en la vida de tantos que nos rodean y que por ese amor y esa fidelidad a Jesús, por esa fe que tienen en Jesús, son capaces también de gastar sus vidas por los demás, y se sacrifican, y comparten, y se despojan de todo para vestir al necesitado. Cuántas señales del Reino de Dios podemos contemplar a nuestro lado. Necesitamos abrir los ojos. Necesitamos ser sensibles a lo que otros realizan y valorarlo, y estaremos viendo las señales del Reino de Dios que ya no son solo palabras, sino que lo estaremos palpando en la vida de tantos.

¿Tenemos razones para creer en Jesús? Creo que sí y muchas. Abramos los ojos de manera nueva, pongamos sensibilidad en nuestro espíritu y contemplaremos esas maravillas de Dios.

martes, 21 de marzo de 2023

Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

 


Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos en nuestras camillas de muerte para despertar la esperanza y llenarnos de nueva vida

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-16

Así son las cosas y nada se puede cambiar, respondemos más de una vez resignados porque nos parece que no podemos hacer nada, que esto no hay quien lo cambie (algunas veces con una expresión un tanto sacrílega), aquí nadie echa una mano, es imposible intentarlo porque nada vamos a conseguir.

Melancolía, resignación… algunas veces hemos presentado la resignación como si fuera un valor o una virtud cristiana pero es algo que tiene que estar muy lejos de la esperanza que es algo que un ser humano y mucho menos un cristiano nunca puede perder. Confundimos en ocasiones resignación con paciencia, pero son cosas distintas, pues el que tiene paciencia espera y lucha mientras espera, pero el que se resigna simplemente aguanta porque ya ha tirado la toalla de las ganas de luchar.

En la galería de los soportales de la piscina de Siloé hay un hombre que se siente derrotado. Son muchos años los que lleva allí esperando el movimiento de las aguas para curarse. Pero no tiene nadie que lo meta a tiempo en la piscina. ‘Así son las cosas’ se dice a sí mismo resignado. Cuando Jesús llega y le pregunta si quiere curarse, no le responde a la pregunta de Jesús. Ya se ha resignado a estar allí y ya no sabe ni lo que quiere.

Pero Jesús es la esperanza. Aún él no la tiene, porque ni siquiera sabe con quién está hablando, porque Jesús se ha separado del bullicio de la gente. Pero ¿si todo el mundo había oído hablar de Jesús por donde quiera que pasase? Pero cuando perdemos las esperanzas, cuando nos resignamos a seguir como estamos, ni le interesan las noticias, ni le interesa lo que la gente podría hablar de Jesús.

Pero Jesús viene a despertar vida y esperanza. No es, en este caso, ni siquiera la fe de aquel hombre la que pide la curación, pero allí está el amor de Dios y allí estaba el gran signo que había de realizarse. ‘Toma la camilla, levántate y vete a tu casa’. No fue necesaria el agua milagrosa de la piscina y aquel hombre se veía caminando con su camilla a cuestas a pesar de que era sábado. Así surgirán los comentarios y también la inquina contra Jesús. No importa aquel hombre ha recobrado la vida, no solo el movimiento y fuerza de sus piernas, sino que con una nueva vida, con una nueva esperanza de que las cosas pueden cambiar había comenzado de nuevo a caminar.

No vamos a entrar en las dialécticas que se formaron en torno a Jesús si era lícito o no el que curase en sábado. Solamente ahora vamos a fijarnos cómo Jesús llega allí donde más hundido está el hombre, donde más hundidos estamos.  Porque esa tentación de la resignación todos la sufrimos, el desaliento se nos mete entre los pliegues del alma y cuanto daño nos hace. 

Perdemos la ilusión y parece que perdemos la vitalidad de la vida. Y comenzamos a buscarnos disculpas, como aquel hombre, allí no había nadie que lo llevase a la piscina. Aquí la gente es así, para qué vamos a luchar si me voy a quedar solo, no merece la pena porque al final se van a reír de mí, si los demás no hacen nada para qué me voy a complicar la vida… cuántas cosas nos decimos, cuántas disculpas nos buscamos.

Jesús nos está tendiendo la mano, Jesús está dejando caer la semilla en nuestro espíritu, a pesar de que lo tengamos envuelto tantas veces entre malas hierbas y pedruscos, Jesús viene encendiendo luces en nuestros corazones, Jesús está llegando también a la camilla donde seguimos postrados sin ganas ya de levantarnos y también nos dice que nos levantemos y carguemos con la camilla porque yo no esperemos a nadie, Jesús nos está llamando también para que salgamos de nuestros sepulcros aunque llevemos mucho tiempo bajo esa piedra que tapa entradas y salidas. Son los textos de la Escritura que estos días vamos escuchando.

De ninguna manera nos podemos quedar resignados, Jesús nos está poniendo en camino.


lunes, 20 de marzo de 2023

San José, un hombre bueno de una espiritualidad profunda que en silencio se dejó conducir por Dios y su vida fue una total disponibilidad

 


San José, un hombre bueno de una espiritualidad profunda que en silencio se dejó conducir por Dios y su vida fue una total disponibilidad

2Samuel 7, 4-5a. 12-14a. 16; Sal 88; Romanos 4, 13. 16-18. 22; Mateo 1, 16. 18-21. 24a

Aunque demasiadas veces vamos por la vida demasiado pesimistas y nos parece ver maldad por todas partes, hemos de reconocer - y también aprender a descubrir – que nos encontramos con muchas semillas de bondad, personas buenas, en las que sin que nos digan nada se palpa su bondad. 

Son personas que desprenden serenidad con solo su presencia, son capaces de llevar una sonrisa de paz siempre en su semblante aunque haya momentos que lo pasen duro; personas que inspiran confianza, con las que uno se siente siempre a gusto; personas de palabra amable y oportuna sin ser demasiado habladores quizás, pero lo que dicen están siempre lleno de sabiduría; son personas reflexivas, que no dicen una palabra innecesaria, pero lo que nos dicen siempre nos conducirá al lado sabio de la vida; personas que saben estar en silencio junto a ti, pero siempre sin embargo dispuestas a escuchar, a ayudarte a pensar, a ser como una luz que ya son su presencia te abre caminos y te hace elevar el espíritu. Son personas de rica espiritualidad. 

Cómo decíamos, tenemos que aprender también a descubrirlas, porque son como un tesoro escondido, pero que se dejan encontrar.

Hoy el evangelio nos dice que José ‘era bueno’. Nos lo dice su silencio, su búsqueda de lo mejor para no hacer daño, su paciencia y su disponibilidad, su humildad para pasar desapercibido, pero su disposición siempre a ponerse en camino, la grandeza de su corazón y su esperanza, su apertura al misterio de Dios para escucharle allá en su interior aunque fuera bajo la imagen de los sueños. No escuchamos hablar a José en el Evangelio pero nos dice muchas cosas; no le vemos hacer cosas extraordinarias, pero supo hacer con extraordinario amor lo que cada día se le pedía aunque fuera insignificante.

Hoy estamos celebrando la fiesta de san José, porque en la coincidencia con un domingo de cuaresma su celebración litúrgica se traslada de día, pero no podemos dejar de celebrarlo. Tuvo un lugar muy significativo, aunque pudiera pasar desapercibido como él en todo solía hacer, en la historia de nuestra salvación. Importante fue el sí de María ante el anuncio del ángel, pero importante fue el sí silencioso de José cuando acogía a María en su casa, pero cuando se convirtió en el padre de Jesús, que era el Hijo del Dios.

De María siempre decimos, y no nos cansaremos nunca de alabarla, de la profunda espiritualidad de su vida, pero es que de José podemos hablar en el mismo sentido. Era el hombre siempre abierto a Dios, a lo que fuera su voluntad y así gastó su vida como hombre y como padre en servicio, precisamente al Hijo de Dios.

De José tenemos muchas cosas que aprender. Simplemente en pocas palabras tenemos que decir seamos unas personas buenas como José. Ese hombre bueno que describíamos al principio y que bien pudiera ser un retrato de José es la imagen de lo que nosotros en la vida tenemos que ser. Acogedores en silencio, transmisores de paz y de serenidad, con los oídos del corazón siempre abiertos para escuchar y para acoger, reflexivos que sabemos mantenernos en silencio lo que sea necesario pero que luego nuestras palabras estén llenas de esa sabiduría que hemos rumiado en nuestro interior, pacientes para amar sin cansarnos, para sonreír sin transmitir amarguras porque mucho que nos duela el corazón, dispuestos siempre al servicio sin buscar apariencias ni vanidades.

Que de san José aprendamos de su espiritualidad, porque nuestro corazón está siempre dispuesto para Dios, para escucharle y para descubrir en todo su voluntad encontrando así el camino de servicio y donación que hemos de hacer de nosotros mismos para los demás.

domingo, 19 de marzo de 2023

Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

 


Un camino de liberación, un camino de pascua que al final nos llenará de los resplandores de la nueva luz de la resurrección

1Samuel 16, 1b. 6-7. 10-13ª; Sal 22; Efesios 5, 8-14; Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

Un camino de liberación como siempre lo es todo encuentro con Jesús. Y es que en la vida andamos con muchas ataduras, muchas cosas de nuestro entorno o que nos creamos nosotros mismos que nos llenan de limitaciones y esclavitudes. Allí está un ciego con su limitación, con su discapacidad, es ciego de nacimiento, no ha sabido nunca lo que es la luz. Pero en torno a él vemos muchas otras limitaciones, manipulaciones que nos hacemos los hombres porque nos encerramos en nuestras dudas o en nuestras interpretaciones de las cosas que también nos impiden ver la luz de la grandeza humana, de lo que Dios nos regala, de esa libertad nueva que podemos encontrar desde lo más hondo de nosotros mismos.

Allí estaba aquella interpretación que aparece ya en los propios discípulos de Jesús, pero que era muy habitual, de considerar que la enfermedad es un castigo, es la consecuencia de un pecado. Jesús quiere abrirnos los ojos, aquel hombre ha nacido ciego para que seamos capaces de ver las obras maravillosas de Dios.

Por eso la presencia de Jesús es liberadora. Nadie le ha pedido que cure de su ceguera a aquel hombre, pero Jesús quiere poner signos de liberación en la vida. Y el hombre se confía, ya es importante ese hecho, se deja hacer por Jesús que le pone barro en los ojos, camina hasta Siloé para lavarse, recobra la luz para sus ojos, pero comienza también su espíritu a ver una nueva luz. Con todo lo que a continuación le va a suceder, entre las preguntas de los dirigentes, las desconfianzas de la gente, los miedos de sus propios padres, él sigue creyendo que quien hizo que recobrara la vista tiene que venir de Dios, y se enfrentará a todos, y hasta sufrirá la expulsión de la sinagoga, ser considerado incluso como un maldito. Pero ha recobrado su dignidad.

Comienzan a aparecer las cegueras alrededor, desde los que niegan que Jesús pudiera realizarlo porque lo ha realizado en sábado y la ley está por encima de toda obra buena que podamos realizar y la ley así mirada se convierte a la larga en una esclavitud, desde los que se llenan de miedos y cobardías y no llegan a dar la cara por aquel hombre. Cuántas veces nos sentimos así coartados, con dudas que no queremos resolver bien, con miedos, con ataduras, con cobardías, no damos la cara, nos echamos para detrás, o no somos capaces de dar el paso adelante para comenzar a confiar, para dar un cambio en nuestra vida y preferimos seguir en lo de siempre.

Y aquel hombre aún no sabía quién lo había curado pero seguía confiando en quien le había abierto los ojos, que no solo fueron los de su rostro, sino una nueva forma de mirar, una libertad interior para expresar lo que sentía; se sentía ya un hombre nuevo y distinto, había comenzado a confiar cuando se dejó hacer por quien no conocía, y ahora seguía confiando en lo que era la obra de Dios. Cuando de nuevo se encuentre con Jesús y ya sus ojos lo puedan contemplar hará una rotunda confesión de fe para no volver atrás.

Tenemos que dejarnos encontrar por Jesús y confiar. No permitir que se nos metan los miedos y las dudas en el alma. Tenemos que arriesgarnos. Dejar que Jesús toque la fibra de nuestra alma, allí quizá donde más nos duele, allí donde se nos recuerda cuántas han sido las ataduras que hemos vivido en nuestra vida, allí donde se nos recuerdan sufrimientos que no son solo los padecimientos corporales que hayamos sufrido sino otros que llevamos en el fondo del alma y que queremos muchas veces disimular o acallar pero que no nos han dejado ser todo lo que tendríamos que haber sido, que nos han impedido esa plenitud de felicidad a la que realmente estamos llamados; pasiones ocultas que no hemos sabido superar, resentimientos y rencores que no hemos llegado a curar, desconfianzas hacia los que nos rodean que muchas veces nos han aislado, errores que hemos cometido y que en nuestro orgullo no hemos querido reconocer.

Dejemos que Jesús ponga su mano sobre nosotros, nos ponga ese lodo que parece que nos mancha, pero que va a ser camino de ir a Siloé, de ir a lavarnos en el agua que Jesús nos ofrece, en la Sangre del Cordero que hará que al final nuestras vestiduras aparezcan blancas y resplandecientes porque en la misericordia del Señor hemos sido lavados y liberados. También tenemos que hacer el proceso, dar los pasos necesarios, ponernos en camino hacia ese encuentro con Jesús, verdadera liberación de nuestra vida. Encontraremos la verdadera dignidad.

Es el camino hacia la pascua que vamos realizando en esta Cuaresma que al final nos llenará de los resplandores de la resurrección.