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sábado, 14 de noviembre de 2020

Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

 


Orar con confianza, con perseverancia, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla

3Juan 5-8; Sal 111; Lucas 18, 1-8

Está clara la motivación de Jesús para proponernos la parábola que escuchamos. A veces le damos vueltas y vueltas no sé si porque queremos parecer originales o porque quizá no escuchamos bien lo que Jesús quiere decirnos. ‘Jesús dijo a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer’.

Luego nos entretenemos en que Jesús nos habla de la iniquidad de aquel juez; que si la mujer se sentía discriminada por ser mujer, por ser viuda, y probablemente por ser una anciana, porque aquel juez no la quería escuchar; que si la irresponsabilidad de aquel juez que no se toma en serio la administración de la justicia y que si atiende a aquella pobre mujer es por quitársela de encima. Están bien todas esos consideraciones, y podemos hacérnoslas porque reflejan muchas posturas, muchas actitudes con que nosotros también vamos muchas veces por la vida, pero fijémonos ahora en lo importante que Jesús quiere decirnos y el por qué.

Son nuestras dudas, nuestras rutinas y cansancios también en la vida espiritual, es la frialdad con que acudimos a la oración y la poca confianza que se traduce luego en falta de perseverancia. Jesús nos propone la parábola para enseñarnos que hemos de orar siempre, sin desfallecer, porque Dios que es mejor que aquel juez siempre nos escucha. Claro que nos pone un ejemplo, una parábola para que entendamos, pero no nos vayamos por las ramas que es algo que nos sale fácil siempre.

Y de lo primero que hemos de ser conscientes es de nuestra poca perseverancia en la oración. Como decíamos serán nuestros cansancios o nuestras rutinas, será esa tibieza espiritual en la que fácilmente caemos y que es como una espiral sin fin que nos llevará a más dejadez en muchas cosas importantes de nuestra vida. También nosotros habremos dicho más de una vez que Dios no nos escucha y ya nos ponemos con una actitud pasiva y negativa en la presencia del Señor.

Porque hemos de ser conscientes desde el primer momento a quien vamos nosotros a orar para sentirnos en verdad en su presencia. Detente un momento antes de comenzar y haz un acto de fe; piensa que estás en la presencia de Dios y es a Dios a quien te vas a dirigir; será nuestro respeto ante su inmensidad o será nuestro cántico de alabanza al Señor porque nos sentimos en la gloria de su presencia.

Un acto de fe verdadera pero al mismo tiempo nos sentimos inundados por su amor. Nos sentimos amados y nos sentimos hijos, nos sentimos amados y al mismo tiempo impulsados a un mismo amor con toda intensidad. Y ya es una forma de abrir nuestro corazón para sentir su presencia, para disfrutar de su amor. Y cuando nos sentimos amados así surgirá de forma espontánea nuestra confianza, la confianza de los hijos y ya tenemos la certeza de que el Señor nos escucha. Y ya entonces comenzamos a sentir una renovación profunda en nuestra vida, en la manera incluso de ver aquellas cosas por las que vamos a pedir al Señor, pero ya estaremos viendo los caminos que se nos abren delante de nosotros que es esa respuesta de Dios.

¿Cómo no vamos a orar en consecuencia con confianza, con insistencia, la insistencia del amor, todo aquello que le queremos presentar al Señor? Pero seguro que es entonces cuando surgirán más cosas, porque vemos quizá que hay otras cosas más importantes que tendríamos que pedirle a Dios, porque se amplían nuestros horizontes y ya no nos quedamos en pedir solo por nosotros y aquellas cosas que nos preocupan y nuestra oración será más amplia, se hará más universal.

Orar con confianza, con perseverancia, nos dice el evangelista que era la intención de Jesús al proponernos la parábola, con la confianza de quien se siente amado, con la perseverancia de quien sabe que Dios nunca nos falla.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

 


Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

En medio de otras muchas calamidades que estamos viviendo como nos sucede con la pandemia que nos está afectando poco menos que de manera universal, por otra parte nos llegan noticias de catástrofes naturales como consecuencias de tifones o de huracanes, como estos días hemos contemplado en Centroamérica o en Filipinas; de un momento a otro se desatan las fuerzas de la naturaleza y aparecen fuertes huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo, desaparición de poblados con sus habitantes y muchas cosas más. No terminamos de acostumbrarnos, y mejor es que no nos acostumbremos, pero las imágenes son escalofriantes y no quisiéramos verlas, pero ahí están.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Qué solución podemos dar? ¿Qué respuesta encontramos para todo esto con los correspondientes interrogantes que nos surgen por dentro? Como suele decir la gente muchas veces con mucha pasividad ¿contra quien nos rebelamos? Y hablamos de cambio climático, y decimos que somos nosotros los que estamos destruyendo nuestro mundo, que es consecuencia del desorden en que vivimos donde se multiplican cosas innecesarias que luego perjudican a la naturaleza y al mundo y de ahí vienen esas respuestas de que si poco menos tendríamos que volvernos de nuevo a la edad de piedra para no crear tantos contaminantes… son muchas las cosas que decimos, que pensamos, las soluciones que queremos dar pero seguimos preguntándonos ¿qué hacer?

No pretendo con esta reflexión dar respuestas que yo tampoco tengo, pero sí os invito a que busquemos con serenidad un camino de sosiego y que nos haga mantenernos en paz ante todo lo que sucede en nuestro mundo. Parece un poco que el evangelio que hoy escuchamos se alinea con estos problemas con lo que nos dice Jesús en un cierto tono apocalíptico del fin del mundo. Muere uno y el que está al lado puede escaparse de la catástrofe, no intentemos salvar cosas cuando lleguen esos momentos porque las personas son más importantes, hay algo que tendría que despertarse en el corazón que es la solidaridad con los que lo están pasando mal.

Y Jesús nos habla no tanto de intentar salvar la vida, sino más bien de entregarla. ¿Nos estará hablando de esa solidaridad que tiene que despertarse en nuestro corazón que nos llevará a darnos por salvar a los demás aunque nosotros perdamos la vida? ¿Será acaso que nos habremos ido construyendo la vida demasiado pensando en nosotros mismos, en disfrutar nosotros, olvidándonos del bien común que siempre tenemos que buscar y como entonces tendríamos que habernos preocupado más por el bien de todos?

Son pensamientos que me van surgiendo a la medida en que voy reflexionando sobre lo que hoy nos dice el evangelio pero sin olvidarnos de las situaciones difíciles en las que hoy pasamos también en nuestro mundo, en nuestra sociedad. ¿Será quizá una oportunidad todo esto que nos está sucediendo para que despertemos porque hay otra manera de vivir, hay otro sentido que darle a la vida? 

Los momentos difíciles por los que estamos pasando tendrían que hacernos pensar, hacer un parón en el ritmo de vida que llevamos – bueno la pandemia nos ha obligado ya a parar en muchas cosas – pero tenemos que intentar descubrir ese sentido nuevo, ese mundo nuevo que tendríamos que construir, porque ya vemos lo caducas que son las cosas, lo vulnerable que es todo lo que hemos construido que se nos viene abajo nuestra sociedad.

Hemos vivido en una loca carrera y vamos haciendo las cosas parece que sin pensar en sus consecuencias o cual es lo verdaderamente mejor que tendríamos que hacer; nos hemos hecho una sociedad muchas veces muy superficial que solo quiere vivir y disfrutar del momento, sin querer pensar en las consecuencias de lo que hacemos o de nuestra forma de vivir.

Es necesario que busquemos una luz, sepamos encontrar esa sabiduría de la vida que nos haga encontrar el verdadero sentido. Podemos seguir encontrándonos diversidad de pensamientos, de manera de entender las cosas o de enfrentarnos a ellas pero sepamos entrar en un diálogo verdaderamente humano que nos lleve a una verdadera humanidad, que quizás es mucho de lo que nos falta. No es fácil, pero tenemos que intentarlo.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

 


Sepamos descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que tenemos que hacer crecer más cada día

Filemón 7-20; Sal 145; Lucas 17, 20-25

Una cosa es la imaginación y otra es la realidad; es bueno soñar, deseamos algo nuevo y mejor y soñamos en el momento en que llegue aquello que deseamos, pero en nuestros sueños quizá lo vivimos con tanta intensidad que ya pensamos que tiene que ser como lo tenemos en la imaginación; nos vale lo que decimos para el futuro de nuestra vida, para ese mundo nuevo y mejor que deseamos, para aquello que queremos para los seres a los que amamos y aunque no dejemos de soñar sin embargo la realidad nos va poniendo los pies sobre la tierra y tenemos que aceptar lo que en realidad se nos presenta, lo que en realidad conseguimos, o la realidad de cómo va a ser eso nuevo que esperamos.  Buenos los sueños, pero pongamos los pies sobre la tierra o escuchemos a aquellos que nos pueden ayudar a comprender como se realiza todo eso nuevo y bueno que deseamos.

Les pasaba a los judíos con la idea del Mesías que se habían forjado en sus cabezas, porque tampoco habían entendido o habían querido entender bien lo que les habían anunciado los profetas; se habían quedado en la literalidad de unas palabras o de unas imágenes con las que se quería expresar ese mundo nuevo que les traería el Mesías y se habían quedado con la imagen de un caudillo guerrero, que restituía la soberanía política del pueblo judío. Cuando ahora Jesús les hablaba del Reino de Dios, entendían que se refería a esos tiempos nuevos, pero no podían quitar de sus cabezas las imágenes que tenían, por eso la pregunta que hoy les escuchamos hacer a Jesús.


‘¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios?’
¿Cuándo va a ser el momento en el que el Mesías va a comenzar a actuar? Recordamos que en momentos antes de la Ascensión aun los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el momento de la restauración de la soberanía de Israel.

‘El reino de Dios, les dice, no viene aparatosamente, ni dirán: Está aquí o Está allí, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros’. Viene Jesús en pocas palabras a desmontar todo lo que en su imaginación y en sus sueños se habían creado. Soñaban, como soñamos nosotros también, con espectacularidades, cosas aparatosas. Como soñamos nosotros con apariciones y nos vamos de un lado para otro según oímos hablar de sucesos extraños y de apariciones.

Pero bien les había hablado Jesús del Reino de Dios, de cómo tenemos que irlo construyendo dentro de nuestro corazón cuando en verdad hacemos a Dios el único Señor de nuestra vida. Como luego lo vamos a ir reflejando en nuestras actitudes, en nuestros comportamientos, en nuestra nueva forma de pensar y de vivir, de relacionarnos con los demás y de sentirnos comprometidos con nuestro mundo para hacerlo mejor. Estamos haciendo que el Reino de Dios esté dentro de nosotros, se haga en verdad presente en nuestro mundo.

Les costaba entender a las gentes de la época de Jesús como nos sigue costando entender a nosotros hoy. Muchas veces nos sentimos inquietos ante los problemas de la vida, de la sociedad, ante todo lo que va sucediendo en nuestro mundo; hay cosas que nos desconciertan y querríamos de otra manera; nos gustaría ver como nuestro mundo se transforma y también queremos quizá cosas espectaculares, decimos, para que la gente crea y cambien las cosas. Pero también a nosotros nos dice Jesús que no busquemos esas espectacularidades porque no es así como se hace presente en el Reino de Dios y que el Reino de Dios lo tenemos dentro de nosotros y lo podemos sentir también en nuestro mundo.

Depende de nosotros, depende de nuestro corazón, depende del lugar en que pongamos a Dios en nuestra vida, depende también de esa mirada nuevo que tengamos hacia los demás. Dejemos que Dios sea el único Señor de nuestra vida y estaremos reconociendo que es nuestro Rey y somos de su Reino.

Pero hemos de saber descubrir el reino de Dios a nuestro alrededor en los demás. Algunas veces somos pesimistas y decimos que todo anda mal, pero tengamos una mirada distinta, una mirada más positiva para ver cuando derraman amor con sus vidas, cuantos hacen el bien y trabajan por los demás, cuantos se sienten comprometidos en hacer un mundo mejor y buscan la armonía y la paz; ahí tenemos que saber descubrir señales del Reino de Dios, ese Reino de Dios que también está presente entre nosotros, pero que, por supuesto, tenemos que hacer crecer más.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

 


Las situaciones difíciles tendrían que hacernos descubrir donde está la verdadera grandeza del espíritu humano que sabe dar gracias por lo recibido

Tito 3, 1-7; Sal 22; Lucas 17, 11-19

‘Es de bien nacido el ser agradecido’ es uno de tantos refranes en torno a la gratitud que han quedado como gravados en la sabiduría popular. Nos preciamos de ser agradecidos y cuando vemos a alguien que no lo es sino que más bien parece exigente y se cree merecedor de todo ya en nuestro interior nos hacemos el juicio de los pocos valores humanos que hay en aquella persona. Pero resulta que todos somos así por muchas apreciaciones que nos hagamos, nos cuesta decir la palabra ‘gracias’, nos cuesta en muchas ocasiones expresar con algún tipo de gesto nuestra gratitud para quien nos ha hecho un favor, para quien nos ha prestado un servicio.

Nos sentimos mal cuando no son agradecidos con nosotros,  pero  no llegamos a pensar cómo se siente la persona para quien hemos tenido el desaire de no ser agradecidos con ella. No es solo el gesto de corrección, de buena educación que diríamos también, sino la grandeza o la pequeñez de nuestro espíritu que no sabemos ser agradecidos con los demás.

Es un gesto de amor al mismo tiempo que un gesto de humildad; de amor por el agradecimiento, de humildad por el reconocimiento de nuestra pobreza que ha venido alguien con su generosidad a socorrer. Pero muchas veces impera demasiado el egoísmo en nosotros con el que nos sentimos poco menos que el centro del mundo y todos entonces tendrían la obligación de venir a echarnos una mano. Nos centramos demasiado en nosotros mismos creyéndonos merecedores de todo, con derecho poco menos que de exigir a los demás que sean buenos con nosotros sin nosotros tener el pequeño detalle de esa palabra que es pequeña, pero que podría expresar la grandeza que hubiera en nuestro corazón.

Así vamos por la vida pensando solo en nosotros mismos. Como aquellos leprosos de los que nos habla el evangelio hoy. Cuando estaban en la necesidad bien sabían suplicar; cuando se vieron liberados de su mal pronto olvidaron quien los había liberado y allá se fueron a hacer los trámites para poder llegar a abrazar a los suyos. Podría parecer hasta lo más natural del mundo. Si consideramos lo que significaba ser leproso en aquella época, quizás hasta empezaríamos a justificarlos.

Hoy nos quejamos, en la situación actual que estamos viviendo en toda nuestra sociedad, de que tenemos que confinarnos en casa y no podemos salir a la calle, al encuentro con los amigos, a la vida social que hacíamos en otros momentos. Pero los leprosos no estaban confinados en sus casas, nosotros podemos estar con los nuestros y en la comodidad de nuestro hogar; los leprosos eran recluidos en lugares apartados, lejos de todo contacto con el resto de la sociedad, ni con la familia podían encontrarse; eran unos marginados en el sentido más estricto de tal manera que hasta legal y religiosamente eran considerados impuros que podían manchar con su impureza a los demás. Era el contagio de le enfermedad, pero era un contagio social que llevaba a una horrible discriminación.

Por eso digo que en una situación así al verse liberados de su enfermedad y de todo lo que los discriminaba parecería lógico que corrieran al encuentro de los suyos olvidando todo lo demás. Pero allí había uno que manifestaba la grandeza de su espíritu; alguien que además en aquella sociedad era discriminado también por su lugar de origen, era un samaritano, pero fue el que manifestó la grandeza de su espíritu para ir primero que nada a dar la gracias.

Seguimos comparando con nuestras situaciones actuales y las comparaciones y discriminaciones que seguimos haciendo con los emigrantes que llegan a nuestros territorios. Duro es escuchar en ocasión en voz de quienes incluso se consideran cristianos los juicios de valor que se suelen hacer sobre estas personas. El evangelio de hoy nos da para pensar en muchas cosas, en muchas situaciones que también nosotros vivimos.

Simplemente terminamos el comentario con las palabras del mismo evangelio. ‘Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. Jesús, tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero? Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado’.

¿Dónde nos vemos nosotros en este episodio del evangelio? ¿Sabremos descubrir la grandeza del espíritu manifestada en nuestras muestras de gratitud por lo que recibimos de los demás y de Dios?

martes, 10 de noviembre de 2020

Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

 


Hermosa es la tarea que tenemos entre manos que cuando la realicemos simplemente diremos no es otra cosa sino el deber cumplido

Tito 2, 1-8. 11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

No es otra cosa que el deber cumplido. ¿Por cumplir con nuestro deber, con nuestra responsabilidad merecemos alguna recompensa especial o algunos reconocimientos laudatorios? Si es nuestra responsabilidad, nuestro trabajo, por el que ya percibimos una justa retribución, tendríamos que decir que lo que nos queda es cumplir con nuestro deber. Aunque ya sabemos como hoy vamos buscando reconocimientos y alabanzas, como nos queda o se nos sale ese prurito del orgullo que busca esas alabanzas y reconocimientos. Como decíamos, es el deber cumplido y en ello está la más profunda recompensa, lo que sintamos en nuestro interior sin buscar otros alardes u otras coronas de gloria.

Algo así es lo que nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio. Es cierto que el lenguaje y las imágenes más propias de otra época en cierto modo nos desconciertan y nos cogen con el pie cambiado y nos cuesta interpretar, nos cuesta entender. Al final termina diciéndonos Jesús ‘siervos inútiles somos y no hemos hecho sino lo que teníamos que hacer’.

Claro que nuestra relación con Dios no es la de los siervos ni la de los esclavos. El por qué de nuestra responsabilidad no está en la servidumbre ni en la esclavitud sino en el amor. Todo es una respuesta de amor que damos con amor. De lo contrario no tendría sentido ni valor. No es algo que hagamos por una obligación de la que no nos podamos liberar como si fuéramos unos esclavos, sino que es la sumisión del amor que no es otra cosa que entrega que nos lleva a la responsabilidad más grande.

Es cierto que Jesús nos dice en el evangelio que tenemos que hacernos los últimos y los servidores de todos – cuánto les costaba a los discípulos cercanos a Jesús entender sus palabras y como vemos cómo se las andan de codazos buscando primeros puestos – pero cuando Jesús nos dice que seamos servidores los unos de los otros lo hagamos siempre por amor, lo hagamos siempre desde el amor. Por eso, en una sublimidad maravillosa, nos dirá san Pablo que seamos los unos esclavos de los otros por amor.

Jesús nos está haciendo hoy unas recomendaciones para que asumamos la vida con total responsabilidad, no como la de quienes se sienten esclavos, sino desde los que saben darse y entregarse generosamente y con total libertad. Es esa seriedad con que tenemos que tomarnos la vida, cada una de las cosas que hagamos, nuestra responsabilidad, pero la responsabilidad que sentimos con la vida misma y con el mundo en el que vivimos.

Nos tenemos que tomar en serio esta tierra en la que vivimos y que hemos de saber cuidar; porque Dios nos haya dado dominio sobre las cosas por nuestra inteligencia y por nuestras capacidades no significa que destrocemos nuestro mundo sino mejor aun que lo vayamos construyendo cada vez más bello.

Nos tenemos que tomar en serio esa sociedad en la que vivimos en la que todos tenemos que colaborar, en la que todos tenemos que ser constructores, en la que cada uno desde sus valores y cualidades va poniendo su granito de arena para hacerla cada vez mejor, sea mejor la convivencia y la armonía entre todos, trabajemos juntos por mantener la paz, busquemos el que en todo momento actuemos en la más estricta justicia para que nadie se sienta dañado, para que todos nos veamos enriquecidos con la aportación de todos.

Y en todo vayamos poniendo la dulzura del amor; que no sea la rigidez de una ley que impongamos, que no se mantengan las amarguras de nuestro corazón porque nos veamos contrariados, que resplandezca la armonía y el entendimiento porque sepamos dialogar, porque sepamos aportar, porque sepamos incluso ceder para buscar siempre el bien común.

Hermosa tarea que tenemos entre manos. No necesitamos alabanzas ni reconocimientos, no necesitamos que nos pongan una medalla al cuello. Cuando la realicemos terminaremos diciendo no es otra cosa sino el deber cumplido.

lunes, 9 de noviembre de 2020

La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

 


La Dedicación de la Basílica de Letrán es una celebración con un profundo sentido eclesial algo esencial en nuestra vivencia de la fe cristiana e invitación al verdadero culto a Dios

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Hoy la liturgia de la Iglesia tiene una celebración especial que habitualmente pasa desapercibida para la mayoría de los cristianos. Es la Dedicación de la Basílica de san Juan de Letrán; dicho así sin más, poco quizás nos puede decir y nos quedamos pensando en alguna de las muchas Basílicas que hay en Roma llenas de belleza y de arte pero entre tantas quizás hasta nos confundimos y no le damos mayor importancia. Sin embargo, es la madre y cabeza de todas las Iglesias como ha sido llamada a través de los siglos, porque sobre todo es la catedral de Roma y la Sede del Obispo de Roma, es decir del Papa.

Estamos habituados a ver al Papa en san Pedro del Vaticano y para muchos esa es la Catedral del Papa, pero no es así, ni ha sido siempre el Vaticano el lugar donde habitaba el Papa. San Pedro es una de las grandes Basílicas romanas, Basílicas Mayores que se les suele llamar junto a san Juan de Letrán, Santa María la Mayor, y san Pablo extramuros, por estar en las afueras de la ciudad antigua de Roma ya en el camino que conduce al Puerto de Ostia en el Mediterráneo.


Tras el Edicto de Constantino en que se daba libertad a la Iglesia fue precisamente el palacio de Letrán el que se convirtió en la sede del Papa junto al cual se edificó la Basílica de El Salvador que es su más auténtico nombre que con el paso de los siglos se convirtió en la joya artística que en sí es dicha Basílica. Allí, en Letrán, vivieron los Papas hasta la época en que un papa de origen francés se llevó la sede de Pedro a Avignon; posteriormente ante el clamor de la cristiandad volvieron a Roma estableciéndose definitivamente en el Vaticano, aunque no vamos a extendernos en prolijos detalles, pero la sede del Obispo de Roma fue siempre san Juan de Letrán como comúnmente se llama a la catedral del Papa. Algunas veces nos conviene recordar estos retazos de la historia de la Iglesia aunque nos parezca en ocasiones rocambolesca, pero también para llegar a comprender muchas cosas que sin la historia no llegaríamos a entender debidamente.

Pero dejemos ahora la historia a un lado y centrémonos aunque sea brevemente en la celebración de este día. La Dedicación es lo mismo que la consagración, es dedicar aquel lugar a lo sagrado, a lo santo, por eso le decimos consagración, para dedicarlo al culto del Señor. ¿Tiene o no tiene importancia el recordar y celebrar ese momento de la Dedicación? Pues, sí, porque al pensar en la dedicación de un templo de piedra, estamos al mismo tiempo pensando en la dedicación o consagración de los que somos los verdaderos templos de Dios. y si aquel lugar, por ser dedicado al culto lo queremos llamar sagrado, cuanto más nuestro cuerpo que también ha sido ungido con el crisma santo en el bautismo y la confirmación y nuestra vida toda ha de ser también santa para que demos verdadera gloria a Dios con la ofrenda de nuestras vidas y cuanto hacemos.

Pero si pensamos por otra parte en la Dedicación de ese templo que viene a ser como el centro de toda la cristiandad, porque tiene su sede el Vicario de Cristo, el que en nombre de Cristo es signo de unidad para toda la Iglesia, tenemos que pensar necesariamente en el espíritu de comunión que tiene que haber entre todos los cristianos que formamos la Iglesia, pero el espíritu de comunión que hemos de sentir y vivir con el Pastor que nombre de Cristo conduce los caminos de la Iglesia.

Una celebración entonces que nos lleva por un lado a pensar en la santidad de nuestras vidas porque templos moradas de Dios y de su espíritu somos, y por otra parte nos impulsa a la comunión entre todos los que vivimos una misma fe y a la comunión con nuestros pastores que en nombre de Cristo apacientan el rebaño de Dios. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’ le confió Jesús a Pedro a quien un día le había dicho ‘tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia’, pero a quien le había pedido mantenerse firme para mantener la fe y la comunión de los hermanos.

Una celebración, pues, con un profundo sentido eclesial que nunca podemos perder de vista en todo lo que es nuestra vivencia de la fe cristiana. Así tenemos que sentirnos, así tenemos que vivir en profunda comunión eclesial porque así nos quiso Cristo.

domingo, 8 de noviembre de 2020

Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

 


Sabemos cómo llenarnos de la sabiduría que nos sale al encuentro y está sentada a nuestra puerta esperándonos, busquemos el aceite para mantener siempre encendida su luz

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13

‘Es un sabio’, quizás es todo lo que se nos ocurre decir ante aquella persona que tuvo la palabra oportuna, la respuesta acertada, que nos hizo detenernos a reflexionar tras el pensamiento que nos ofrecía, o ante la actitud o la postura que veíamos que con toda serenidad ponía ante la vida sin dejarse alterar por los malos momentos, por las violencias que brotaban en otros a su alrededor, o las reacciones airadas y llenas de impotencia de muchos.

No decíamos que era sabio porque viniera haciendo alarde de bastos conocimientos técnicos, enciclopédicos o filosóficos, sino por eso otro que en lo hondo intuíamos en el interior de la persona para saber responder a tiempo y en el momento oportuno ante las circunstancias. Algunos piensan en el sabio solamente como la persona que ha adquirido grandes conocimientos técnicos o porque lleva poco menos que una enciclopedia en la cabeza queriendo saber de todo y responder de todo.

Muchos pueden tener esos grandes conocimientos y hasta ser poco menos que unos artistas en su profesión, en su trabajo o en todas esas cosas que han acumulado, vamos a decir, en su cabeza, pero luego quizá no saben enfrentarse a la vida, no saben reaccionar ante un contratiempo, por ejemplo, o algo que trastorne todos sus planes preconcebidos pero su vacío interior les lleva quizá algunas veces a una vida sin sentido que termina por destrozar.

¿Qué buscamos nosotros? ¿Qué es lo que nos llena de las satisfacciones más hondas? ¿Habremos sabido encontrar esa paz en nuestro espíritu que nos hace reflexivos para ir rumiando una y otra vez las cosas o los acontecimientos y así extraerle toda esa sabiduría que podemos ir encontrando o saboreando en la vida? El rumiante no mastica una sola vez los alimentos que come, sino precisamente se llama rumiante por esa como repetición de la digestión para sacarle todo el provecho. Así tenemos que ser en la vida para no quedarnos en la superficialidad, para encontrar esa hondura de las cosas, esa sabiduría de la vida.

Hoy Jesús en la parábola del evangelio nos está hablando – lo seguiremos escuchando en los próximos días y domingos – de que hemos de estar preparados; nos habla de una esperanza, pero que no es una esperanza pasiva sino que significa estar atento y como previsor ante lo que viene o nos sucede para saber ver, para saber descubrir el momento o la riqueza que se nos ofrece; esa palabra previsor tiene en cierto modo ese sentido, ese saber ver antes.

Podemos pensar en el momento final de la vida o de la historia, pero Jesús nos está invitando a esa espera para cada momento de la vida; el Señor llega a nosotros y atentos hemos de saber descubrirle; el Señor nos habla y nos pide a través de los acontecimientos en que nos vemos envueltos en la vida, pero una mirada superficial no nos hará escuchar de verdad esa palabra.

Es el silencio reflexivo del sabio, como antes de alguna manera hemos venido mencionando, es ese saber mirar y descubrir y leer todas esas señales que nos van apareciendo en la vida. Es esa sabiduría que tenemos que saber ir adquiriendo, y tendríamos que decir que el sabio nunca tiene prisa porque pausadamente medita y reflexiona, pasa las cosas de la vida una y otra vez por ese filtro divino que Dios ha puesto en nosotros y es cómo llegará a entender, es cómo llegará a responder, es cómo llegará a estar preparado con todo lo necesario para el momento.


        Nos habla hoy el evangelio en la parábola de las vírgenes que salieron a esperar la llegada del esposo para la boda y que necesitaban tener una lámpara encendida, pero para mantener esa lámpara encendida necesitaban un aceite. A algunas se les apagaron las lámparas, a algunas les faltó el aceite y luego ya llegaron tarde. ¿Cuál será esa luz y cuál será ese aceite que necesitamos? ¿No nos estará hablando de esa sabiduría que necesitamos en la vida?

Claro que nosotros los creyentes y los que seguimos a Jesús sabemos dónde podemos encontrar ese aceite y cómo mantener encendida esa luz. Sabemos a dónde o mejor a quién tenemos que acudir. Conocemos a quien nos ha dicho que El es el Camino, y la Verdad y la Vida. Sabemos a dónde acudir, qué camino hacer, de qué sabiduría tenemos que llenarnos, sabemos cómo podemos encontrar esa plenitud de vida. Lo sabemos, pero parece que algunas veces lo olvidamos, o lo relegamos a un lado, o nos vamos a buscar otros caminos u otras sabidurías, o vivimos con tanta superficialidad que ya ni apetecemos esa plenitud de vida.

Sabemos dónde y cómo llenarnos de esa sabiduría de Dios que nos sale al encuentro, como nos decía la primera lectura, está sentada a nuestra puerta esperándonos, pero pasamos tantas veces de largo.