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domingo, 1 de febrero de 2026

No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

 


No son paradojas, no son utopías, son impactos para la vida, interrogantes hondos que nos hacen emprender un camino nuevo para un mundo nuevo de felicidad

Sofonías, 2, 3; 3, 12-13; Salmo 145; 1 Corintios, 1, 26-31; Mateo, 5, 1-12

Hay cosas en la vida que nos resultan una paradoja, de alguna manera incomprensibles, indescifrables, nos suenan a utopía y por eso pensamos quizás que son solo sueños pero irrealizables; pero precisamente por eso nos impactan, nos llaman la atención, nos hacemos preguntas, se convierten en interrogantes en la vida y no cejamos antes que vayamos encontrando una respuesta, una manera de entenderlo y al final nos damos cuenta que de alguna manera están denunciando actitudes nuestras, describiéndonos algo que quizás estamos viviendo o de lo que queremos huir.

Yo creo que el evangelio si lo escuchamos a tumba abierta, como se suele decir, sin prevenciones y poniendo toda la sinceridad de nuestra vida puede quizás resultarnos esa paradoja pero estás sembrando una inquietud y un interrogante en nuestro corazón. Pero claro, hemos de escucharlo con toda sinceridad, sin prejuicios, sin dar por adelantado que ya nos lo sabemos, dejándonos sorprender. No son utopías, no son sueños irrealizables, son caminos que hemos de recorrer, porque es además, y lo decimos ya por adelantado, algo que contemplamos en el propio Jesús.

Nos encontramos hoy ante una de esas páginas más sorprendentes del evangelio. Es de verdad una buena noticia, evangelio para nuestro hoy, para nuestro mundo, para cada uno de nosotros. Nos habla de eso que todos deseamos, la felicidad; pero lo que nos sucede es que parece que va a contracorriente de lo que nosotros pensamos, si, de lo que en el fondo pensamos, pero también de lo que son los deseos de nuestro mundo. Habla de dicha y de felicidad, pero habla de pobreza y sufrimiento, habla llantos y de lágrimas, habla de esfuerzos por algo que nos parece difícil de conseguir porque por mucho que nosotros queramos los andares de nuestro mundo van por otras sendas, habla de sentirnos perseguidos por lo bueno que queremos hacer, y habla de una vida humilde y sencilla sin malos deseos a pesar de lo que sea.

Pero es que tenemos que decir que donde Dios está cerca es precisamente de quienes están sufriendo esas situaciones. Es la buena noticia para los pobres, que Jesús anunciaba en la sinagoga de Nazaret, para los oprimidos, para los carentes de libertad, para los que tienen su vida llena de sufrimientos y limitaciones. Es lo que nos viene a decir Jesús cuando nos habla del Reino de Dios, es lo que contemplamos en Jesús a lo largo del todo el evangelio, es lo que hace que la vida y la palabra de Jesús sea evangelio, sea buena noticia.

Jesús quiere poner esperanza en los corazones, en los pobres y en los que lloran, en los que trabajan y luchan por un mundo mejor y mas justo a pesar de todo lo que les cueste, en aquellos que quieren caminar en rectitud a pesar de verse zarandeados por tanta maldad que tenemos en nuestro entorno; y esa esperanza en el corazón da fuerza en la vida, esa esperanza nos hace sentirnos satisfechos en todo eso en lo que estamos luchando por salir hacia delante. Podremos ir dando pasos aquí y ahora en esa liberación, podemos ir sembrando esa buena semilla siempre con la esperanza de que un día podamos alcanzar unos frutos, confiando que un día todo eso lo veremos en plenitud. Y en esa lucha nos sentimos dichosos, estamos ya pregustando esa felicidad que tanto ansiamos.

Pero además las bienaventuranzas que Jesús nos proclama se convierten en un reto para nosotros. ¿Dónde tenemos que estar? No escuchamos las bienaventuranzas para sentirnos contentos por todas las promesas que nos hace Jesús; escuchamos las bienaventuranzas para hacer como Jesús, para hacer también nosotros una elección; alguien ha traducido las bienaventuranzas diciendo dichosos y bienaventurados los que eligen ser pobres.

¿Qué nos quiere decir? ¿Qué tenemos que hacernos pobres para vivir en la pobreza y la miseria? Es algo mucho más sutil. Elegimos estar con los pobres, con los que lloran, con los que luchan, con los que optan por la mansedumbre en sus vidas a pesar de la violencia que nos envuelve, con los que paso a paso van transformando todo esos instrumentos de guerra en materiales de paz, con los que se sienten solos o incomprendidos por sus sueños y utopías pero siguen luchando por ello. Ahí es donde tenemos que estar, ahí es donde tenemos que convertirnos en liberadores de los demás, ahí es donde tenemos que ser ese buen paño de lágrimas con nuestra presencia y compañía que lleve consuelo a los que sufren y a los que se sienten solos.

Seguro que sentiremos una nueva forma de ser felices. Es la bienaventuranza que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio en esto que pudiera parecernos tan paradójico pero que sin embargo nos pone en camino de un mundo nuevo, es el Reino de Dios que Jesús nos anuncia y viene a instaurar.

viernes, 6 de diciembre de 2024

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

 


¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad?

Isaías 29, 17-24; Salmo 26; Mateo 9, 27-31

¿Será posible? Una pregunta que nos hacemos, muchas veces echando una mirada atrás, o viendo la realidad que vivimos, o una pregunta que podríamos llamar de futuro, una pregunta que encierra de alguna manera una esperanza de que sea posible algo mejor.

¿Por qué me suceden a mí estas cosas? ¿Qué he hecho? ¿Será posible que yo sea el único castigado? Preguntas así que nos hacemos cuando nos vemos envueltos en problemas, cuando las cosas no obtienen el resultado que esperábamos, cuando nos llega la enfermedad, un accidente, alguna cosa desagradable en la vida que de alguna manera nos desestabiliza. ¿Nos hundimos a veces parece que estamos en el borde y no sabemos qué hacer o a quien acudir? Unas preguntas del pasado y del presente, que podríamos llamar.

Pero también nos preguntamos sobre la posibilidad de algo mejor, de un futuro mejor. ¿Será posible que un día salgamos de esta situación? ¿Podremos encontrar un día una vida mejor? Y pensamos en nuestra vida personal con nuestros sueños, con nuestros deseos, con nuestros planes y proyectos, como al mismo tiempo miramos en derredor nuestro, nuestro mundo y nuestra sociedad con sus problemas, ¿será posible que un día podamos tener, podamos hacer un mundo mejor? Son las esperanzas que nunca nos deberían faltar y que nos dar fuerza, que nos hacen caminar con empuje y buen ánimo.

En este camino de adviento que estamos haciendo que tiene que ser siempre un camino de esperanza hoy se nos ofrece un texto del evangelio con mucho significado. Nos habla de un signo realizado por Jesús. ‘Dos ciegos seguían a Jesús gritando: ‘Ten compasión de nosotros, hijo de David’.

Muchas preguntas también se habrían hecho muchas veces dada su situación y el sentido que para ellos tenía el sufrimiento, el dolor, en este caso la ceguera, como un castigo, como una consecuencia de un pecado. Lo vemos reflejado muchas veces en los relatos del evangelio. ¿Qué hacer? ¿Resignación? ¿Vivir su pobreza y todas sus carencias dependiendo de las limosnas que en el camino pudieran ofrecerles? Una vida muchas veces de mucha pasividad y dependencia, porque su ceguera les impedía hacer una vida normal. ¿No entraremos nosotros en esa área de conformismo y pasividad cuando no vemos soluciones, nos cegamos con los mismos problemas?

Aquellos hombres vieron una tabla de salvación con el paso de Jesús. Tendrían ya conocimiento de los signos que Jesús realizaba. Podían recordar lo anunciado por los profetas, como es el texto que hoy también se nos propone, y como decían que si aquel profeta de Galilea podía ser el Mesías, ¿por qué no acudir a El pidiendo su compasión? Creían en verdad que era posible algo nuevo y distinto, que podrían recobrar la vista; por eso acuden a Jesús.

‘¿Creéis que puedo hacerlo?’ les pregunta Jesús cuando finalmente al llegar a casa pueden acercarse a El. Están convencidos que sí. ‘Y entonces Jesús les tocó los ojos, diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.

¿Estaremos convencidos también nosotros que sí? Nos lo preguntamos ante esta navidad que se acerca, nos lo preguntamos desde esa situación personal que cada uno vivimos con nuestras historias y con nuestros problemas, con las rémoras que aun llevamos en el camino pasado de la vida y con nuestros sueños y expectativas; nos lo preguntamos desde esa situación que vive nuestro mundo, con todo lo que está sucediendo en nuestro mundo; nos lo preguntamos desde la situación concreta de esa sociedad en la que vivimos donde seguimos contemplando tantas cosas que no entendemos, donde contemplamos tantas rupturas en la propia sociedad, donde contemplamos la acritud con que vivimos la vida social y política… son tantas cosas.

¿Dónde está nuestra esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo para nuestra vida, para nuestro mundo, para nuestra sociedad? Lo que vamos a vivir en la navidad, ¿cómo nos va a afectar personalmente en nuestro mundo interior? ¿Afrontaremos de una manera nueva toda esa problemática que vivimos personalmente o que vivimos en nuestra familia? ¿Cómo va a ser una nueva luz para nuestra Iglesia? ¿Cómo nos sentiremos impulsados a hacer algo por mejorar nuestra sociedad?

¿Nos quedaremos conformistas y pasivos porque pensamos que nada podemos hacer, nada podemos cambiar? ¿Dónde está nuestra esperanza, una esperanza comprometida?

domingo, 21 de mayo de 2023

La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

 


La Ascensión del Señor pone ascensión en nuestra vida, porque buscamos lo mejor, porque tenemos esperanza, porque podemos proclamar que es posible un mundo mejor

Hechos 1, 1-11; Sal 46; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20

Queremos estar con aquellos que amamos, queremos tener junto a nosotros a aquellos a los que amamos. ‘Me voy a prepararos sitio, para que donde yo estoy, estéis vosotros conmigo… vendré y os llevaré conmigo’, les había dicho en la cena pascual; hoy le contemplamos subir al cielo, subir junto al Padre, pero, como decían los ángeles a los discípulos que se habían quedado embelesados mirándolo subir al cielo ‘volverá como os lo había dicho’. Pero también nos dice que estará con nosotros hasta la consumación de los tiempos. Necesariamente, porque amamos, podemos estar con Jesús, Jesús puede tenernos junto a El.

Es lo que hoy contemplamos, lo que hoy celebramos, a los cuarenta días de la Pascua. Como nos detalla san Lucas en los Hechos de los apóstoles ‘se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios’. Se ha cumplido el plazo, ha llegado la hora de la glorificación ‘según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro’, como nos explicaba la carta a los Efesios.

Celebrar la Ascensión del Señor es sentir cómo nosotros estamos llamados a la ascensión. El deseo más humano que podamos tener es ascender, es crecer, es sentirnos elevados y transportados a algo más grande, a algo más alto, a algo mejor. No podemos perder esos sueños porque estaríamos perdiendo vida.

Son nuestros sueños y nuestras aspiraciones más nobles, donde no queremos quedarnos anquilosados en las mismas rutinas de siempre; queremos huir de lo vulgar y de lo mediocre por eso queremos elevarnos, queremos vivir en ascensión permanente; disfrutamos de todo lo bueno del presente, pero tenemos deseos siempre de algo mejor, buscamos algo nuevo y no nos sentimos satisfechos con lo ya logrado. Todos queremos más. Y no es lo material, es lo que nos da mayor hondura dentro de nosotros mismos, por eso queremos crecer, queremos mirar siempre más arriba, más alto.

Celebrar la Ascensión del Señor es alimentar nuestra esperanza al tiempo que asumimos una misión, transmitir, contagiar de esa esperanza al mundo que nos rodea. Esperanza que nace de nuestra fe en Jesús, esa fe que ilumina nuestra vida, esa fe que nos da un sentido para nuestro caminar, esa fe que se convierte en un motor en el alma con la gracia del Señor que nos acompaña.

Por eso la Ascensión no se convierte en una despedida triste. Es cierto que los discípulos vivían con una añoranza en el corazón y no querían desprenderse de su maestro, pero el que había venido como Emmanuel, como Dios con nosotros, porque entre nosotros plantaba su tienda, ahora nos promete que estará siempre con nosotros, que siempre será nuestro Emmanuel.

Estos momentos que los discípulos estaban viviendo con una especial emoción y sensibilidad, los que incluso se preguntaban si ya era la hora de la restauración de Israel, como le preguntan, Jesús les viene a decir que de eso ahora no tienen que preocuparse, que hay otras cosas más grandes e importantes que les va a llenar sus corazones de alegría. ‘Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra’.  Una presencia nueva, su Espíritu, que los va a convertir en testigos hasta el confín de la tierra. Por eso se sentirán seguros y llenos de alegría. Tendrán la fuerza del Espíritu Santo en sus corazones.

Tenemos con nosotros para siempre la alegría de Dios que inunda con su presencia nuestros corazones. Por eso nos tenemos necesariamente que convertir en testigos de esperanza. A ese mundo nuestro que vemos tantas veces desencantado, que simplemente parece que se va dejando arrastrar por las cosas que le salen al paso cada día, pero sin ilusión por algo nuevo y distinto, sin ilusión por cosas grandes, por poner metas altas en la vida, tenemos nosotros que contagiar con nuestra esperanza.

Es posible algo nuevo, algo distinto, algo mejor, algo que nos de profundidad a la vida, algo que nos de altura espiritual. Tenemos que ser testigos. Tenemos que expresarlo con nuestras palabras pero tenemos que expresarlo con un nuevo estilo de vida, no nos podemos dejar arrastrar por esas rutinas que nos llenan de vacío la vida. Mantengamos viva la vida, mantengamos esos sueños que nos llenan de fuerza y que ponen ilusión nueva en el corazón.

Es la ascensión que desde la Ascensión de Cristo al cielo también tenemos que poner en nuestra vida.



miércoles, 26 de enero de 2022

Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día unos mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

 


Como sembradores no podemos desistir de seguir intentado lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad aunque endurecido encontremos el terreno

2Timoteo 1, 1-8; Sal 95; Marcos 4, 1-20

Hay terrenos y terrenos, hay cultivos y cultivos, hay agricultores o sembradores en el campo, podríamos decir, para todos los gustos, hay semillas que nos dan más fruto y hay algunas que se vuelven inservibles. Puede parecer un trabalenguas, pero no lo es, porque todos, aunque no trabajemos en el campo, sabemos que no toda la tierra produce lo mismo, que no siempre cuando cultivamos obtenemos el fruto deseado, o que las semillas tenemos que escogerlas muy bien.

Soy hijo de agricultor y recuerdo a mi padre escogiendo muy bien las papas que iba a sembrar – no todas valen para semilla, recuerdo que nos decía – y también la preparación de las tierras previamente a echar la semilla en la tierra además de los trabajos posteriores de cultivo. Quizás hoy nos hemos vueltos en civilizaciones más urbanas y algunos de nuestros niños solo sabrán de semillas, de siembras y de cultivos por lo leído en los libros, por lo contemplado en Internet o por lo que hayan oído hablar de quienes sí viven inmersos en esa cultura agrícola.

Pero igual sabemos que en el conjunto de la vida sucede algo así como nos habla hoy la parábola. Gente a la que le rinde su preparación y sus estudios sabiendo salir luego adelante en la vida, como quienes se quedan en la cuneta de la vida o porque no saben sacar partido a lo que ha sido su preparación en la vida, o porque quizá prefieran una vida cómoda y sin esfuerzos con lo que no se encontraron preparados cuando en verdad tuvieron que enfrentarse a los problemas de la vida. Es amplio el abanico de referencias con el que podemos encontrarnos en esas diversas situaciones de la vida, pero también en esa distinta respuesta de maduración como personas para saber aprovechar las oportunidades de la vida.

Una parábola que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con la que podemos hacer referencia a muchas situaciones, a muchas respuestas, a muchos campos de la vida. No todos sabemos siempre dar la talla en la vida, no manifestamos la misma madurez, como no llegamos al mismo compromiso. Ante todos está ese campo de la vida, en manos de todos está esa sociedad en la que vivimos pero que no es solo lo que nos ha sido dado o nos han transmitido nuestros mayores, sino que es también lo que nosotros tenemos que seguir realizando, ese crecimiento personal pero también ese desarrollo para mejorar nuestra propia sociedad.

Y en cualquiera que sea los aspectos nos encontraremos corazones endurecidos, quizá por las experiencias que hayan vivido, quizás por lo negativo que se le haya transmitido de lo anterior de esa sociedad; cuantos viven con el corazón avinagrado porque alguien echó a perder esa buena tierra con los zarzales de las envidias, de los odios, de los orgullos mal curados, y ahora solo respiran violencias y resentimientos; cuantos viven en la superficialidad y la vanidad, en lo cómodo o pensando que solo tenemos que realizar lo fácil y rehuir lo que signifique esfuerzo, y difícilmente en esos corazones podrán enraizar buenos sentimientos o profundos valores para poder alcanzar altas metas.

Queremos sembrar las buenas semillas en esos campos y difícilmente podrán prosperar las plantas que hayan germinado en esos semilleros de la vida; buena será la semilla, buenos deseos podemos tener todos de querer hacer cada día nuestro mundo y nuestra sociedad mejor, pero duros y difíciles se nos convertirán esos campos de trabajo donde difícilmente podremos un día alcanzar una cosecha de buenos frutos.

Ya sabemos que solamente en la tierra buena y bien preparada podremos obtener los mejores frutos y en eso tendremos que afanarnos con ahínco y sin cansancio. Mucha tierra dura tendremos que roturar, muchos campos tendremos que limpiar de pedruscos o de malas hierbas, pero como sembradores no nos podemos desanimar y bajar la guardia en nuestra tarea. No podemos desistir de seguir intentando lograr un día mejores frutos de nuestra sociedad.

Como creyentes y cristianos que escuchamos también esta parábola que nos propone Jesús tenemos que encontrar esa buena semilla que tenemos que seguir sembrando; no temamos las dificultades o las cosas adversas con que nos podemos encontrar; pensemos que la semilla que vamos a sembrar tiene en sí misma una fuerza de vida, porque lo hacemos desde esa Palabra de Dios que escuchamos y queremos hacer llegar a los demás, porque sabemos que es el camino para hacer un mundo mejor.

No lo olvidemos en nuestra mano está la semilla, somos sembradores, y tenemos la esperanza de ver reverdecer un día un mundo mejor y brotar las flores que serán promesas de hermosos frutos.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

 


Los momentos difíciles tendrían que hacernos pensar y hacer un parón en el ritmo de vida para intentar descubrir ese sentido nuevo de ese mundo nuevo que queremos construir

2Juan 4-9; Sal 118; Lucas 17, 26-37

En medio de otras muchas calamidades que estamos viviendo como nos sucede con la pandemia que nos está afectando poco menos que de manera universal, por otra parte nos llegan noticias de catástrofes naturales como consecuencias de tifones o de huracanes, como estos días hemos contemplado en Centroamérica o en Filipinas; de un momento a otro se desatan las fuerzas de la naturaleza y aparecen fuertes huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo, desaparición de poblados con sus habitantes y muchas cosas más. No terminamos de acostumbrarnos, y mejor es que no nos acostumbremos, pero las imágenes son escalofriantes y no quisiéramos verlas, pero ahí están.

¿Qué hacer? ¿Qué pensar? ¿Qué solución podemos dar? ¿Qué respuesta encontramos para todo esto con los correspondientes interrogantes que nos surgen por dentro? Como suele decir la gente muchas veces con mucha pasividad ¿contra quien nos rebelamos? Y hablamos de cambio climático, y decimos que somos nosotros los que estamos destruyendo nuestro mundo, que es consecuencia del desorden en que vivimos donde se multiplican cosas innecesarias que luego perjudican a la naturaleza y al mundo y de ahí vienen esas respuestas de que si poco menos tendríamos que volvernos de nuevo a la edad de piedra para no crear tantos contaminantes… son muchas las cosas que decimos, que pensamos, las soluciones que queremos dar pero seguimos preguntándonos ¿qué hacer?

No pretendo con esta reflexión dar respuestas que yo tampoco tengo, pero sí os invito a que busquemos con serenidad un camino de sosiego y que nos haga mantenernos en paz ante todo lo que sucede en nuestro mundo. Parece un poco que el evangelio que hoy escuchamos se alinea con estos problemas con lo que nos dice Jesús en un cierto tono apocalíptico del fin del mundo. Muere uno y el que está al lado puede escaparse de la catástrofe, no intentemos salvar cosas cuando lleguen esos momentos porque las personas son más importantes, hay algo que tendría que despertarse en el corazón que es la solidaridad con los que lo están pasando mal.

Y Jesús nos habla no tanto de intentar salvar la vida, sino más bien de entregarla. ¿Nos estará hablando de esa solidaridad que tiene que despertarse en nuestro corazón que nos llevará a darnos por salvar a los demás aunque nosotros perdamos la vida? ¿Será acaso que nos habremos ido construyendo la vida demasiado pensando en nosotros mismos, en disfrutar nosotros, olvidándonos del bien común que siempre tenemos que buscar y como entonces tendríamos que habernos preocupado más por el bien de todos?

Son pensamientos que me van surgiendo a la medida en que voy reflexionando sobre lo que hoy nos dice el evangelio pero sin olvidarnos de las situaciones difíciles en las que hoy pasamos también en nuestro mundo, en nuestra sociedad. ¿Será quizá una oportunidad todo esto que nos está sucediendo para que despertemos porque hay otra manera de vivir, hay otro sentido que darle a la vida? 

Los momentos difíciles por los que estamos pasando tendrían que hacernos pensar, hacer un parón en el ritmo de vida que llevamos – bueno la pandemia nos ha obligado ya a parar en muchas cosas – pero tenemos que intentar descubrir ese sentido nuevo, ese mundo nuevo que tendríamos que construir, porque ya vemos lo caducas que son las cosas, lo vulnerable que es todo lo que hemos construido que se nos viene abajo nuestra sociedad.

Hemos vivido en una loca carrera y vamos haciendo las cosas parece que sin pensar en sus consecuencias o cual es lo verdaderamente mejor que tendríamos que hacer; nos hemos hecho una sociedad muchas veces muy superficial que solo quiere vivir y disfrutar del momento, sin querer pensar en las consecuencias de lo que hacemos o de nuestra forma de vivir.

Es necesario que busquemos una luz, sepamos encontrar esa sabiduría de la vida que nos haga encontrar el verdadero sentido. Podemos seguir encontrándonos diversidad de pensamientos, de manera de entender las cosas o de enfrentarnos a ellas pero sepamos entrar en un diálogo verdaderamente humano que nos lleve a una verdadera humanidad, que quizás es mucho de lo que nos falta. No es fácil, pero tenemos que intentarlo.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús




Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús

 Jer. 33, 14-16; Sal. 24; 1Tes. 3,12-4,2; Lc. 21,25-28.34-36

‘Cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación…’ Es la llamada, es la invitación que escuchamos hoy cuando iniciamos este nuevo ciclo litúrgico.
Es importante levantar la cabeza; si nos quedamos con la cabeza agachada solo miraremos el suelo que pisamos y los obstáculos que podamos tener a nuestra altura nos impedirán mirar más adelante. Cuando vamos caminando poco menos que atropelladamente unos con los otros nos es difícil poder ver lo que hay delante de nosotros, lo que nos pueda quedar para llegar a la meta u objetivo de nuestra marcha y además de ir poco menos que dando palos de ciego nos cuesta saber claramente a donde queremos llegar. Intentamos levantarnos un poco alzando nuestra cabeza sobre las demás cabezas, nos asomamos en la medida que podamos a un lado, pero ansiamos ver el final.
Es en los caminos de la vida, es en las tareas o responsabilidades que vamos desempeñando, es en los problemas con nos vamos encontrando a nivel personal o como miembros de una comunidad o una sociedad que quiere llegar a alguna parte, queremos tener perspectiva y nos hace falta una visión distinta, una mirada un poco si pudiéramos desde arriba para ver mejor el conjunto y la realidad. Lo hacemos profesionalmente, o lo hacemos en el ámbito de la familia; lo hacemos en cualquier sociedad o comunidad que quiera conseguir unos fines y avanzar, lo hacen juiciosamente todos los grupos sociales que quieren hacer algo bueno por el mundo en que vivimos.
La liturgia hoy con las palabras de Jesús nos invita a levantar la cabeza. Necesario en el camino de nuestra vida cristiana en que también nos vemos envueltos en tantas turbulencias. Muchas veces nos sentimos como desorientados y desestabilizados y podemos perder la serenidad del espíritu. Es en nuestra lucha personal de superación, de crecimiento espiritual y de compromiso con esa misma fe; es lo difícil que se  nos hace en un mundo adverso, que ha perdido una sensibilidad religiosa y cristiana y parece que todos vienen ya de vuelta con lo que se nos hace más difícil el anuncio; son las mismas cosas que podemos ver en nuestra misma iglesia que no nos gustan porque por nuestra debilidad aparecen muchas sombras.
Y necesitamos un reencontrarnos con nosotros mismos, una claridad y fortaleza de espíritu para nuestro difícil camino, una luz que nos de una visión nueva por encima de todas esas sombras y nos llenen de esperanza, esa esperanza que parece que a veces se nos apaga.
Es a lo que la Iglesia nos invita en este tiempo renovador de esperanzas que es el Adviento. Porque el Adviento hemos de vivirlo en esta realidad concreta que es nuestra vida, la vida de nuestra Iglesia y la vida que vivimos en este mundo concreto.
Es cierto que el Adviento es este tiempo que nos queda hasta la celebración del Misterio de la Navidad. Con mucha facilidad decimos que es el tiempo que nos prepara para la Navidad, pero en el ambiente del mundo en que vivimos podemos haber desvirtuado la Navidad y desvirtuar entonces el sentido del Adviento.
Pensemos a qué nos está invitando todo el ambiente de nuestra sociedad en estos días y a todo lo que nos lleva la publicidad que nos envuelve. ¿No hay peligro que se desvirtúe el sentido de la verdadera navidad quedándonos solo en una cena familiar – que no digo que no sea buena – y en unos regalos que nos vemos obligados a hacernos los unos a los otros? Más que liberación parece que nos llegan unas nuevas esclavitudes en todas esas cosas que tenemos que hacer porque sí pero que se nos pueden quedar en vanidad o luces de un día que se encienden y se apagan con facilidad.
Levantemos nuestra cabeza para que por encima de todo este barullo que nos armamos se despierte en nosotros la esperanza de la verdadera liberación que nos viene a traer Jesús. Busquemos de verdad esa liberación y salvación que nos trae Jesús que quiere hacerse presente en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo y que tan necesitados estamos de ella. No solo recordamos el momento en que Jesús nació en Belén – para muchos se queda solo en un recuerdo muy bonito – sino que queremos hacer presente a Jesús con su salvación en el hoy de nuestra vida.
Sí que lo necesitamos. Es la tarea que hemos de realizar. Es la nueva luz que tiene que brillar con fuerza en nuestro mundo para hacerlo mejor. Hemos de poner sinceridad en lo que hacemos y en lo que vivimos en estos días para que no todo se quede en vanidad, o como decíamos en luz que se apaga y se enciende en un día. Ahí están los problemas de nuestro mundo, de nuestra sociedad, los nuestros y los de la gente que está a nuestro lado llena de tantos sufrimientos, de tantas dudas y desorientación, de tantas confusiones.
Tenemos un mensaje que proclamar y aprovechando quizá un cierto despertar de solidaridad que puede aparecer en estos días, señalemos bien claro el camino de Jesús para ser transformados por su amor en el verdadero amor. ‘Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos’, que nos decía san Pablo en la carta los Tesalonicenses.
Sabemos que es el amor de Dios el que nos libera de verdad y nos salva. Que nuestro testimonio de ese amor de Dios sea un anuncio de esperanza para nuestro mundo. ‘Levantemos la cabeza, se acerca nuestra liberación’, viene el Señor, no solo en un recuerdo, sino en algo vivo que ahora nosotros tenemos que aprender a sentir y vivir.

domingo, 1 de abril de 2018

No podemos callar la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado y en su Espíritu se está recreando un mundo nuevo ¡Feliz Pascua de Resurrección!


No podemos callar la Buena Noticia de que Cristo ha resucitado y en su Espíritu se está recreando un mundo nuevo ¡Feliz Pascua de Resurrección!

Marcos 16, 1-7

‘¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado’. Tenemos que repetirlo. Es el evangelio que hoy escuchamos. Es la Buena Noticia que hoy escuchamos y que tenemos que repetir una y otra vez. Y no solo porque sea el texto sagrado que hoy se proclama, sino porque esas palabras constituyen la gran noticia que tenemos que creer y que tenemos que comunicar, la gran noticia que nos llena de alegría y que responde a todas las ansias más profundas del hombre.
Jesús desde el principio nos había dicho que teníamos que creer en la Buena Noticia y que eso tendría que llevarnos a la conversión del corazón. Y la Buena Noticia es Jesús; y la Buena Noticia es que Jesús ha resucitado. No buscamos a un crucificado muerto; no nos podemos quedar encerrados en un sepulcro. Tenemos que ir de verdad al encuentro del que vive y vive para siempre. El que ha vencido a la muerte, el que nos ha traído la vida; el que ha vencido al pecado y de él nos ha rescatado.
Lo había anunciado y los discípulos no se lo habían creído; por eso seguían encerrados en el cenáculo; tampoco terminarán de creer la Buena Noticia que les traen las mujeres; querrán venir al sepulcro a comprobar que allí no está el cuerpo de Jesús; tendrán que dejarse sorprender cuando lo sientan en medio de ellos y aun así se llenarán de temor; tendrán que creer aunque se marchen derrotados unos a Emaús, otros a Galilea para volver a las tareas de la pesca. Jesús les irá saliendo al encuentro y partirá de nuevo con ellos el pan, y les hará hacer obras maravillosas repitiendo la pesca milagrosa, y dejará que toquen las cicatrices de sus llagas y coma con ellos sentado una vez más a la mesa.
Es la Buena Noticia, el Evangelio que una vez más escuchamos en este día de Pascua y nosotros también tendremos que aprender a creer en esa Buena Noticia. No es que ahora cantemos de nuevo Aleluya porque toca; no es que sintamos el fervor de un momento, es que tenemos que aprender a sentir su presencia en medio de nosotros. Y esa Buena Noticia de la Pascua, esa Buena Noticia de la Resurrección del Señor tenemos que dejar que se  nos meta muy dentro en el corazón para sentir cómo en nosotros nace una nueva alegría, renace de nuevo la vida y nos sentiremos distintos y transformados.
No podemos dudar ya ni llenarnos de nuevo de miedo para acobardados encerrarnos porque a nuestro lado nos vamos a encontrar en muchos que no creen en esa Buena Noticia. Tendremos que sentirnos llenos del Espíritu de Jesús, tal como El  nos ha prometido y con valor abrir nuestras puertas y salir a la calle, salir al mundo a llevar esa Buena Noticia. Fue el encargo que les dieron a aquellas mujeres que se atrevieron a llegar hasta el sepulcro y aunque encontraran la desconfianza incluso de los propios discípulos ellas fueron a comunicarle tal como les habían dicho.
Nosotros igualmente tenemos que ser una Iglesia en salida, una iglesia que quiere llegar a los últimos lugares para seguir haciendo ese anuncio. Y cuando hoy decimos los últimos lugares no tiene que significar necesariamente que vamos al tercer mundo, sino que tenemos que ir a ese mundo que nos rodea y que vive en la indiferencia, que todo lo pone en duda, para quienes el hecho religioso no significa nada, o a quienes les pueda sonar cantos de Ángeles el anuncio que nosotros les llevemos.
Ese el mundo al que tenemos que salir y llevar el anuncio con una vida convencida y comprometida. No vamos simplemente a repetir palabras sino a manifestar los signos de que en verdad nosotros creemos en Cristo resucitado; serán los signos del amor, será nuestro compromiso por la justicia y por la paz, será nuestro compartir generoso y desinteresado, será ese darnos y darnos por los últimos, los que nadie quiere, los que parecen la escoria de la sociedad pero que también son hijos de Dios.
Tenemos que manifestar la alegría de nuestra fe, pero una alegría sincera, una alegría que nace del corazón transformado, la alegría de quien se sabe amado y perdonado porque ha sentido en su vida que Jesús se ha entregado por El. Quien ha experimentado ese amor y esa misericordia de Dios en su vida de tan convencido que está del amor de Dios nadie lo podrá hacer callar.
Sí, estamos convencidos de que Cristo ha resucitado. Convencidos de que con Cristo resucitado sí podemos hacer un mundo nuevo, porque nosotros vamos siendo hombres nuevos y a todos aquellos a los que trasmitamos el mensaje iremos haciendo que también sean hombres nuevos. Tenemos que ser una humanidad renovada que va creciendo poco a poco y se va extendiendo para contagiar a todos de esa fe que tenemos en Jesús y de esa posibilidad de que en el Espíritu de Cristo resucitado podremos hacer un mundo nuevo.
Si lo creemos así, felicitemos unos a otros, trasmitamos esa alegría y felicidad a cuantos nos rodean. ¡Feliz Pascua de Resurrección!