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domingo, 4 de octubre de 2026

Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

 


Seguir a Jesús significa romper las vallas que nos aíslan para vivir un nuevo sentido de comunión con el mundo que nos rodea aportando los frutos de nuestra riqueza espiritual

Isaías 5, 1-7; Salmo 79; Filipenses 4, 6-9; Mateo 21, 33-43

Un afán muy natural, podríamos decir, que todos tenemos es el de la posesión de las cosas; esto es mío y esto es tuyo, y separamos, y diferenciamos, y ponemos vallas, y mantenemos las distancias con nuestra propia identificación, y nos sentimos posesores de aquello que alcanzamos a obtener; y porque somos los que poseemos tales cosas, sea cuales sean los títulos por los que las tengamos, nos sentimos con el derecho de hacer cada uno de su capa un sayo, como dice el refrán, hacemos lo que queremos con aquello que poseemos; claro que en la medida en que aumentamos esas posesiones parece como si nosotros también nos fuéramos inflando, subiendo de pedestal en pedestal, nos consideramos dueños y señores, poco menos que reyes, pero esas subidas pudieran ir mermando otras cosas que es nuestra humanidad, nos hacemos obsesivos con lo que poseemos, con lo material, con lo que ya comenzamos a llamar riqueza y comienzan también los distanciamientos con las personas; ¿no habíamos puesto vallas para enmarcar lo nuestro?, pero a esas vallas no les permitimos a cualquiera que las atraviesen. Aquello que parecía bueno, en principio, ¿podría haberse ido maleando nuestro corazón para llenarlo de orgullos y vanidades, de actitudes egoístas e insolidarias, e incluso de injusticia?

Nos habla hoy la Palabra de Dios tanto en el texto del profeta como en el evangelio de una viña que alguien se había cuidado de sembrar y de preparar todo lo necesario para su cultivo. El profeta nos lo presenta como el canto de amor de un amigo por su viña, que había entrecavado y preparado para que diera frutos, pero dio agrazones. El propietario de la parábola del evangelio que lo había preparado todo hasta un lagar y una bodega confió su viña a unos agricultores para que la cultivaran y al final le rindieran cuenta con sus frutos. Pero aquellos viñadores se sintieron dueños de la viña y no quisieron rendir cuentas al amo de aquella viña. Y nos habla la parábola del mundo de violencia que se desató desde aquella actitud posesiva de los viñadores; cómo rechazaron y maltrataron a los enviados y finalmente mataron al hijo del propietario para hacerse dueños de la viña.

Mucho nos quiere decir tanto el canto de amor a la viña del profeta como esta parábola que Jesús nos ofrece en el evangelio. ¿Cómo nos sentimos nosotros ante esa viña que Dios ha puesto en nuestras manos cuando nos ha dado la vida? Es quizás la primera pregunta que pudiera surgir. ¿Nos sentiremos dueños o nos sentiremos administradores?

Es cierto que es nuestra vida, la que tenemos que hacer crecer y desarrollar; no podemos olvidar lo que son nuestros propios valores, nuestras cualidades o nuestras habilidades que nos dan tantas posibilidades; podemos pensar igualmente en lo que se ha ido enriqueciendo nuestra vida en la medida en que nos hemos ido formando y madurando en la vida, con lo que hemos recibido de los demás, ya sean los padres que nos dieron la vida, nos criaron y nos formaron, pero también lo que de la sociedad que nos rodea hemos ido recibiendo y aquí si tendríamos que preguntarnos ¿y cuáles son los frutos que ahora nosotros estamos ofreciendo tras todo lo que hemos recibido? ¿Qué uso estamos haciendo de nuestra vida?

Tenemos también la tentación de la que nos habla otra parábola de hacer nuestras propias bodegas y graneros para guardarnos todo esos frutos que hayamos obtenido como si fueran solo para nosotros. Creo que podemos entender claramente por donde va esta consideración cuando nos encastillamos en nuestras torres, en nuestro mundo muy particular, cuando nos encerramos en nosotros mismos, cuando no somos abiertos para compartir esa riqueza interior con los demás. Y no estoy queriendo referirme solo a unas riquezas materiales, que para muchos parece que fuera la única riqueza de la vida, sino también a todo eso que llena nuestro espíritu, como pueden ser nuestros conocimientos, como son nuestras capacidades y cualidades, como sea todo eso que sabemos y podemos hacer.

Son los que se desentienden de la sociedad en la que viven, se aíslan en sus cosas o en sus casas, pero no son capaces de poner un granito de arena para mejorar la sociedad en la que viven; somos seres sociales porque no nos queda más remedio que vivir en un mismo mundo, pero muchas veces queremos vivir aislados y sin sentir ninguna preocupación por esa sociedad en la que viven; se desentienden de los problemas de los demás de los que no quieren enterarse porque dicen que no quieren meterse en la vida de nadie, y no son capaces de comprometerse en ninguna actividad que pueda mejorar el entorno social en el que viven.

Vivimos demasiado aislados, en lo mío o en los míos, en mis cosas, cumpliré con mi trabajo porque quiero obtener unos medios de vida, pero me desentiendo de lo demás. Son las vallas con las que cercamos lo que creemos nuestra propiedad como decíamos al principio. Jesús nos está haciendo otros planteamientos de vida cuando nos habla del Reino de Dios, Jesús quiere que tengamos otras actitudes en nuestro corazón, Jesús nos ayuda a descubrir otros valores que nos hacen entrar en una nueva relación con los otros y con el mundo que nos rodea; quien sigue a Jesús y quiere vivir en el Reino de Dios tiene que tener otro sentido de comunión. Lo contrario sería caer por una pendiente resbaladiza que nos llevaría a un abismo.