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sábado, 9 de enero de 2021

Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

 


Momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida, dificultades y contratiempos, sin saber como salir de la situación y Jesús que viene a nuestro encuentro

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52

En la vida nos acostumbramos a que la vida vaya marchando con toda normalidad, sin tener mayores problemas sino las cosas de cada día, que las cosas nos vayan saliendo más o menos sin complicaciones que cuando nos surge una dificultad mayor parece que el mundo se nos viene encima, perdemos el  humor y hasta parece que las ganas de vivir, fruncimos nuestro ceño, nos ponemos adustos y parece como que perdiéramos la alegría de estar con los demás, incluso con los más amigos.

Algunas veces no somos sensibles para darnos cuenta de lo que les puede pasar a los que están a nuestro lado, pero muchos dramas podríamos encontrar en esas personas a las que de un momento a otro se le acumulan los problemas. Todos necesitaríamos un poco más de sensibilidad para darnos cuenta de esos sufrimientos que pueden estar pasando muchos a nuestro lado.

¿Qué hacer? ¿Cómo encontrar fuerzas? ¿Dónde encontrar recursos que nos levanten el espíritu? Quizás necesitamos hacer alguna parada en la vida, en esa carrera loca en la que vivimos, para encontrar esa serenidad del espíritu que tanto necesitamos. Descubrir donde está nuestra fortaleza y que no estamos tan solos en esas situaciones.

Habían pasado un día los discípulos con gratas y sorprendentes experiencias al lado de Jesús sobre todo en lo que había sucedido en aquella tarde cuando le dio de comer a toda aquella multitud que en torno a El se había reunido. Pero Jesús les había insistido en que tomaran la barca y marcharan a la otra orilla y en estas estaban esa noche intentando atravesar el lago. Intentando, porque aparecían las dificultades a las que quizá como pescadores de aquel lago tendrían que estar acostumbrados. Pero aquel viento en contra que se les había levantado impidiendo avanzar la barca era algo que no les gustaba y comenzaba a preocuparles. Jesús se había querido quedar en la orilla y ahora no estaba con ellos, cuando su presencia tanto les reconfortaba.

Serán esos momentos de soledad que pasamos en ocasiones con el viento de cara en la vida. Dificultades, problemas, contratiempos, soledades y no saber como salir de la situación, como arrancar y caminar hacia delante, cuando parece que todo lo que hace es retroceder. Nos parece que nadie nos auxilia. Nos sentimos acaso abandonados de Dios. Es el grito doloroso que algunas veces surge en nuestro interior y que nos llena de dudas. Y cuando ya vamos con una actitud pasiva simplemente arrastrándonos porque parece que hasta hemos perdido la última ilusión más oscuros se nos vuelven los caminos de la vida.

Jesús se había quedado solo en la montaña, pero como solía hacer tantas veces, era una soledad para encontrarse con el Padre, era un momento de oración. Jesús no se desentendía de los que abajo en el lago iban remando a la contra y sabía bien de las dificultades que ya no eran solo los contratiempos de la meteorología lo que tenían sino que habían comenzado a aparecer dudas en sus corazones.

Y Jesús va a su encuentro. Jesús viene a su encuentro y no lo saben ver. Jesús camina sobre las aguas y ellos creen ver un fantasma. ¿Les faltaba visión? ¿Les faltaba una visión de fe en la dificultad por la que iban pasando? ¿No es un poco lo que a nosotros nos pasa en esas situaciones difíciles, en esas noches oscuras de la vida?

‘No temáis, soy yo’, les dice Jesús. Y reconocerían su voz y reconocerían su figura, y eran entonces conscientes de que Jesús estaba con ellos aunque les pareciese lo contrario, y la barca comenzó a avanzar con toda normalidad, y las fuerzas del viento contrario cesaron. Es lo que necesitamos nosotros, pero para ello abramos los ojos de la fe, porque será la manera de que llegue la luz a nosotros, entre la luz en nuestra alma. Jesús está con nosotros y es nuestra luz.

Pero si antes hablamos de la necesidad de nuestra sensibilidad ante lo que sucede en nuestro entorno, pensemos que como Jesús sobre el agua de esas dificultades tendremos que caminar para ir al encuentro de nuestros hermanos que sufren y ser esos signos de Jesús en sus vidas que tanto necesitan. Nuestro amor y nuestra preocupación por los demás han de convertirse en luz para esos corazones que en el fondo están necesitando encontrarse con Jesús y a través nuestro pueden lograrlo.

viernes, 8 de enero de 2021

Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

 


Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor

1Juan 4, 7-10; Sal 71; Marcos 6, 34-44

El que ama de verdad no soporta el sufrimiento de los demás por falta de amor. Y es que el amor nos da una especial sensibilidad. Ama de verdad y se desplegarán todas las antenas del alma no solo para lanzar sus propias emisiones de amor sino para captar con toda fidelidad allí donde falta el amor. Podíamos decir que las antenas del alma que ama son de doble dirección, para enviar amor sin falta pero para detectar allí donde hay esa carencia que necesita ser remediada.

¿No será eso lo que Jesús nos está queriendo decir de si mismo en este evangelio que hoy se nos propone? Estos días de finalización del tiempo de la navidad se nos van ofreciendo distintos textos que nos van definiendo a Jesús. ¿Qué es lo que contemplamos hoy en el evangelio de Marcos? Jesús que se encuentra enfrente de una multitud considerable que han venido porque han oído hablar de Jesús y de lo que Jesús está comenzando a enseñar y a realizar, es inmediatamente nos dice el evangelista que Jesús sintió compasión de aquella gente. Se encendieron y levantaron las antenas del amor y allí detecto una multitud hambrienta. Y nos dice el evangelista ‘se puso a enseñarles con calma’.

Hablamos de una multitud hambrienta, que es lo que detecta Jesús, y se pone a enseñarles. El hambre no estaba en una carencia de alimentos, aunque eso se resuelva más tarde, sino en el lamento que brotaba del corazón de quienes habían perdido la esperanza, de quienes andaban de acá para allá como ovejas que no tienen pastor sin encontrar el verdadero pasto que saciara sus vidas, el lamento de aquellos corazones rotos y llenos de oscuridades porque no terminaban de ver, no terminaban de comprender todos aquellos anuncios de salvación que habían ido recibiendo durante siglos, y todavía se sentían perdidos como los que habían salido de Egipto por los desiertos del Sinaí sin encontrar el camino de la tierra prometida.

Cuarenta años habían estado sus padres en aquellos desiertos unas veces acercándose, otras veces alejándose, pero sin encontrar el punto por donde entrar en la tierra prometida. Ahora se encontraban igual entre sombras y oscuridades semejantes porque aun no terminaban de comprender ni la misma situación que vivían. Ya no escuchaban a los profetas que parecía que su voz se había apagado, sus dirigentes andaban cada uno a sus intereses, la fe y la esperanza se iba marchitando, y todo era confusión en sus vidas.

Por eso la aparición de aquel ‘profeta de Nazaret’, comenzó de nuevo a despertarlos y acudían ansiosos de todas partes para escucharle o para hacerse beneficiarios de los signos que realizaba cuando curaba a sus enfermos o expulsaba a los demonios. Por eso Jesús se puso a enseñarles con calma. Hacer que recuperaran la paz de sus corazones era una tarea que llevaría tiempo y veremos a Jesús a través de todo el evangelio cómo una y otra vez volverá a hablarles del Reino de Dios con diferentes imágenes o irá realizando ese Reino de Dios a través de los distintos signos que realiza.

Es lo que ahora va a suceder. Llevan días en búsqueda de Jesús y sus provisiones se habrán acabado. Aquella multitud también está hambrienta de pan y hay que darles de comer. Y es a lo que invita a sus discípulos más cercanos que realicen aunque no saben a donde acudir para comprar panes para tanta gente. ‘Dadle vosotros de comer’, les dice. Ellos tampoco han terminado de comprender al Maestro y necesitarán también que Jesús sea quien realice el signo de darles de comer.

Cuando tenemos desplegadas las antenas del amor aprendemos a encontrar caminos, se podrán abrir horizontes nuevos delante de nosotros, la solidaridad va desperezándose en nosotros y en los que nos rodean y vamos a encontrar ese pan o ese pez que anda perdido quizás por nuestras alforjas para comenzar a ponerlo al servicio de los demás. Para quien ha sabido desplegar esas antenas no habrán barreras que no pueda saltar ni caminos que no pueda recorrer cuando se trata de ir al encuentro del amor para llevarle el bálsamo del amor. Por eso solemos decir que el amor es creativo y es expansivo porque como una onda que se va abriendo va contagiando de ese sentido nuevo del vivir que es el amor.

Es lo que sucedió aquel día allá en los lugares descampados donde estaba la multitud hambrienta y donde todos quedaron saciados. Es lo que sucede en nosotros y entre nosotros cuando hemos puesto de verdad en el centro de nuestra vida a Jesús y el Reino de Dios. Todos quedamos contagiados del amor.

jueves, 7 de enero de 2021

Llega a nosotros el Reino de Dios, nos sentimos amados de Dios, nunca nos podemos sentir abandonados en nuestras oscuridades, el Señor nos sale a nuestro encuentro

 


Llega a nosotros el Reino de Dios, nos sentimos amados de Dios, nunca nos podemos sentir abandonados en nuestras oscuridades, el Señor nos sale a nuestro encuentro

1Juan 3, 22–4, 6; Sal 2; Mateo 4, 12-17. 23-25

Aunque aun seguimos en el tiempo de la Navidad y Epifanía hasta el próximo domingo cuando celebremos el Bautismo de Jesús la proclamación del evangelio de estos días que restan hasta que comencemos el tiempo ordinario dan un salto desde los episodios relacionados con la Infancia de Jesús que hemos venido escuchando hasta su primera presentación al pueblo con su predicación, como se nos dice hoy, establecido en Cafarnaún, algo así como el centro de la Galilea, que viene a ser como un fogonazo de luz en medio de aquellos pueblos y aquella gente.

Por eso el evangelista recuerda el anuncio del profeta que nos habla del pueblo que andaba en tinieblas para quien apareció una luz. ‘Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló’.

Ese primer anuncio que realiza Jesús en Cafarnaún y en los pueblos colindantes donde comienza a predicar fue como un ramalazo de luz. ¿Qué anuncia Jesús? La llegada del Reino de Dios para lo que había que cambiar las actitudes profundas del corazón. Por eso la invitación a escuchar es invitación a la conversión, porque sin ese cambio del corazón no podrán entender todo lo que significa la llegada del Reino de Dios.

Era como decirles a los andaban en tinieblas que podían encontrar la luz; era decirles a los que les parecía que se encontraban abandonados y habían perdido la esperanza de que Dios les amaba, y porque Dios les amaba llegaba el momento del Reino de Dios, y es que cuando en verdad se sintieran amados de Dios sus vidas comenzarían a cambiar, la esperanza renacía en el corazón.

Si le decimos a alguien que se siente abandonado de todos, que se siente solo y aburrido en la vida porque cree que nadie se preocupa de él, que se siente angustiado porque en su vida le parece que no va a encontrar caminos para salir de su situación, si le decimos, repito, que él si es amado, que hay quien le quiere y se preocupa por él, sus actitudes cambian, en sus ojos puede comenzarse a descubrir un nuevo brillo y resplandor. Y eso es lo que Jesús venía a decirles, que Dios no los había abandonado, que Dios se preocupaba por ellos y su presencia era signo de ellos con los milagros que iba realizando, que Dios les amaba y para ellos había nuevos caminos que se abrirían ante sus vidas.

Ese es fundamentalmente el primer anuncio que Jesús les hace. Pero hay que creerlo, hay que aceptarlo, hay que comenzar a pensar de una manera distinta, hay que alejar sombras del corazón. Si no nos creemos esas palabras todo nos puede sonar a cantos de sirena, por eso les pide Jesús ese cambio de actitud, esa conversión del corazón. Y seguramente sus corazones comenzaron a cantar de nuevo, sus ojos comenzaron a sonreír, los reflejos de sus rostros serían distintos porque parecía que se les despertaba la vida. Por eso es como lo que había anunciado el profeta; por eso ahora vienen de todas partes a escuchar a Jesús, y Jesús con sus signos les va mostrando lo que es el amor del Señor que no quiere para ellos sufrimiento sino vida.

¿No tendremos nosotros también que escuchar ese mensaje? ¿No tendremos igualmente que convencernos de que Dios nos ama y no nos deja abandonados? ¿No tendremos que alejar tinieblas del corazón para que comience a cantar de nuevo, porque con la presencia de Jesús nos parece que nos sentimos siempre en primavera?

miércoles, 6 de enero de 2021

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

 


Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar conciencias, hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

Navidad es Epifanía y Epifanía sigue siendo Navidad. No es un juego de palabras, es la realidad de lo que vivimos y celebramos porque todo es manifestación de la gloria y del amor del Señor. Se nos manifiesta en Belén aunque en aquel momento hablamos más de Navidad, de Natividad, de nacimiento de Dios hecho hombre, pero que no es otra cosa que manifestación de la gloria de Dios. ¿No es lo que los ángeles cantaron? ‘Ha aparecido la gracia de Dios’, escuchábamos en los textos de la Palabra de esa noche. Y se manifestó y se dio a conocer a unos humildes pastores que cuidaban sus rebaños en las afueras de Belén como un signo y señal para el pueblo de Dios.

Se nos manifiesta ahora en la fiesta de la Epifanía, y ese es el sentido y significado de la palabra. Es la manifestación de la gloria del Señor a todos los pueblos significados en aquellos Magos de Oriente de los que nos habla san Mateo; es la manifestación de que el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús es para todos los hombres, para todos los pueblos. Por eso decimos Epifanía que sigue siendo Navidad. Todavía el próximo domingo casi descolgándonos de la Navidad o culminando la Navidad sigue siendo Epifanía en la manifestación de la gloria de Dios en el Bautismo del Señor.

Las imágenes, los signos y los gestos que contemplamos en el relato que hoy nos ofrece el evangelio son de una gran riqueza y nos hablan de caminos y de recorridos que son caminos y recorridos de fe que todos vamos realizando o hemos de realizar en nuestra vida. Es el camino de fe, de búsqueda que realizaron aquellos magos a partir de que reciben la señal de lo alto en la estrella aparecida en los cielos pero que también a nosotros nos quiere hacer mirar hacia lo alto, aunque vayamos tropezándonos con tantas cosas que se nos atraviesan ante nuestros pies para que sepamos elevarnos, para que nos demos cuenta de que hay una luz a pesar de las oscuridades de la vida.

El camino no siempre es fácil; igual que aquellos magos tuvieron que atravesar desiertos y tortuosos caminos y también se encontraron en el camino quienes se les querían interponer poniéndoles trabas a su recorrido; es lo que nos sucede tantas veces en el camino de nuestra vida. No se dejaron confundir con falsas estrellas, y aunque hubo momentos de oscuridad en que ni siquiera veían la estrella supieron trascender por encima de aquellos obstáculos, encontraron la Palabra que les guiaba de verdad y de nuevo apareció la estrella que les guiaba hasta aquel recién nacido que era la luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo y que es luz para todos los pueblos y naciones.

Cuánto tenemos que aprender de ese camino siguiendo el rastro de la estrella de Belén. Es el camino de nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con sus luchas, frustraciones y también victorias, es el camino de un mundo enmarañado que se confunde y nos confunde, es el camino que el mundo nos quiere ofrecer como luces lo que no son más que oscuridades y que nos ofrece falsos señuelos que nos distraen de la meta que deberíamos alcanzar, es el camino lleno de problemas y dificultades que nos hace perder la esperanza porque nos sentimos como derrotados y nos parece que nunca podremos salir, son esos caminos del mundo que ponen a prueba nuestra fe y nos llenan de dudas y de interrogantes a los que nos cuesta encontrar respuesta.

Nosotros sabemos bien que la luz de la estrella que nos guía nunca dejará de brillar para nosotros. No nos puede fallar nuestra fe y nuestra esperanza. Esa luz está siempre con nosotros y por mucho que las tinieblas traten de ahogarla seguirá brillando con fuerza para nuestro mundo. Esa luz tiene que hacernos levantar cada día con una nueva ilusión, una gran fuerza interior para seguir en el camino, para seguir confiando, para seguir manteniendo la esperanza, para seguir poniendo de nuestra parte todo lo que sea necesario para que esa luz llegue a los demás. Hay muchas desesperanzas a nuestro alrededor, muchos pesimismos, mucha gente que se siente agobiada, muchos que han perdido la trascendencia de su vida cuando han dejado apagar la luz de la fe en sus corazones.

Los cristianos tenemos que convertirnos en estrellas luminosas en medio del mundo para despertar las conciencias, para hacer resurgir de nuevo la fe y la esperanza en tantos que van apagados por la vida. Tenemos que ser valientes para ponernos en camino, como hicieron aquellos magos. No podemos ser nosotros estrellas apagadas que no den luz allí donde estamos y aunque tengamos que mantener muchas luchas en nuestro interior para mantener encendida esa luz en nuestro corazón, tenemos que reflejarla para los demás, tenemos que ayudar a los demás. Codo con codo trabajamos con los que están a nuestro lado en esa búsqueda de salidas y soluciones a los problemas, en ir haciendo que encontremos la verdadera salud de nuestra vida que va más allá de las pandemias y situaciones lúgubres que se puedan vivir.

Es el compromiso que tenemos con nuestro mundo. Es un compromiso nacido de nuestra fe. Nosotros sabemos muy bien que nuestra luz y nuestra salvación están en el Señor. Con esa luz queremos iluminar nuestro mundo.

martes, 5 de enero de 2021

Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

 


Sepamos ir a ese momento de silencio y recogimiento – de sentarnos debajo de la higuera quizás – para ser capaces de abrirnos a algo nuevo y le digamos a Jesús ¡cuenta conmigo!

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

 ‘Cuento contigo’. Alguna vez ha llegado alguien que quería implicarnos en algo y de entrada nos dice eso: cuento contigo. La amistad que tenemos con esa persona, la ascendencia que puede tener sobre nosotros, las ilusiones que vemos en sus proyectos que a nosotros de alguna manera nos convencen también nos hace sentirnos honrados y animosos con esa pedida de colaboración que se nos ha hecho.

O nos habrá sucedido alguna vez que viene alguien también con un entusiasmo grande pero no está pidiendo colaboración no ya para sus proyectos sino quizás para algo que otra persona está emprendiendo; y quizás en este momento no nos sentimos tan entusiasmados, y le damos largas al asunto, y ponemos dificultades haciéndonos renuentes a prestar esa colaboración que ya nos parece que nos puede complicar un poco la vida. Tanto insistirá nuestro amigo para que al menos intentemos conocer de primera mano esos proyectos que al final, aunque un poco renuentes nos prestamos a ir a ver para al menos enterarnos de qué va la cosa.

Son cosas que nos suceden en la vida; proyectos profesionales de alguien donde se nos pide colaboración, proyectos de tipo social donde trabajemos por la comunidad, participación en asociaciones altruistas, muchas cosas en las que nos podemos ver implicados y según quien nos esté invitando nos decidimos o no, o ponemos nuestras pegas o damos largas al asunto como decimos para pensárnoslo bien.

¿Será un poco lo que estamos viendo en el evangelio de hoy? Jesús que le dice a Felipe ‘cuento contigo… sígueme’ y Felipe se va con Jesús. Procedía de Betsaida el lugar de origen también de Andrés y de Simón y a través de ellos tendría conocimiento de Jesús, no sabemos, pero el hecho está en que se fue con Jesús.

Pero no se quedó ahí el asunto porque cuando se encuentra con un amigo o conocido que es de Caná le habla de Jesús con entusiasmo queriendo su amigo Natanael se venga también a formar parte del grupo de Jesús. Pero Natanael no lo ve del todo claro y quizás menos cuando se entera de que Jesús es de Nazaret, pueblo cercano a Caná, y ya sabemos de las rivalidades de los pueblos vecinos. En su reticencia pretende incluso desprestigiar a los del pueblo vecino, porque de allí no puede salir nada bueno. La sorpresa se la llevará cuando al final llegue ante Jesús y parece que Jesús le conoce de algo, porque habla de su rectitud y nobleza y de algún hecho misterioso que al parecer solo Natanael conocía. ‘Desde antes que estuvieras bajo la higuera ya te conocía’, viene a decirle Jesús más o menos. Y la reacción de Natanael ahora sí que es inesperada porque comienza a reconocer cosas grandes de Jesús.

De estos hechos podríamos sacar muchas cosas para nuestra vida, empezando por preguntarnos cual es el entusiasmo que realmente nosotros sentimos por Jesús. Porque nos puede suceder que nos decimos cristianos de toda la vida, pero el entusiasmo por vivir los valores que Jesús nos enseña en el evangelio quizá no sea tanto. Nos hacemos renuentes y nos ponemos nuestras pegas o nuestros límites cuando vemos que el encuentro con Jesús nos podría llevar a mayores compromisos.

Cuántas veces nos contentamos con cumplir, como decimos habitualmente. Rezamos porque recitamos unas oraciones, vamos a Misa y allí estamos pero que no se alargue mucho ni nos vengan pidiendo muchas cosas. Pero en verdad nuestra oración o nuestra participación en la celebración ¿es un profundo encuentro con Jesús? ¿Nuestra oración va más allá de recitar unas oraciones como algo que nos sabemos muy bien de memoria o tenemos la serenidad de la escucha, buscamos la paz del encuentro vivo con el Señor, somos capaces de hacer verdadero silencio interior para que no haya otras cosas en las que estemos pensando mientras recitamos esas oraciones? Lo decimos de nuestras oraciones rezadas de forma particular o individual, o lo tenemos que decir de nuestra postura en la participación de la celebración de la Eucaristía.

No sabemos realmente lo que pasó bajo la higuera en lo que Jesús le hace referencia a Natanael, pero quiero pensar en un momento de silencio interior que allí había vivido, donde quizás se habían despertado unas inquietudes en su corazón, o donde recapacitó para descubrir los caminos del Señor.

Sí, tomemos con buen sentido lo de estar debajo de la higuera; necesitamos irnos debajo de la higuera a ese silencio, a la búsqueda de esa paz y de esa serenidad interior, a tener esos momentos de reflexión que nos levanten de a ras del suelo como solemos andar habitualmente para descubrir otros horizontes, esos caminos que el Señor nos vaya señalando y que al final podemos terminar en una hermosa confesión de fe, pero que hagamos con toda nuestra vida. Que seamos capaces al final de decirle al Señor ¡Cuenta conmigo!

lunes, 4 de enero de 2021

Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

 


Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Es cierto que en la pereza y cierta indolencia con que vivimos muchas veces preferimos que nos den las cosas hechas, por aquello de la ley del mínimo esfuerzo; que nos lo den ya todo masticado para no tener que esforzarnos. Pero también reconocemos que no todas las personas actúan así, y quieren buscar por sí mismas, hacer el camino y el esfuerzo lo que incluso pedagógicamente es mejor porque así aprendemos a valorar también por lo que nos cuesta aquello que alcanzamos.

Pero está también la ayuda que podemos recibir como una mediación que nos da pautas, nos abre caminos, nos señala horizontes, pero donde nosotros hemos de ponernos en camino de búsqueda para saber encontrar aquel punto de luz que se nos señalaba el camino para llegar a él. Son muchas las mediaciones que vamos recibiendo en la vida, unas veces de una manera concreta y consciente, otras que nos aparecen como sugerencias o nos inspiramos en el testimonio que podemos encontrar en quienes están a nuestro lado. Ojalá estuviéramos más atentos en la vida a esas señales, a esos signos de algo mejor y superior que nos van apareciendo pero que no siempre sabemos descubrir y leer.

Ese es muchas veces el camino de nuestra fe. Han sido unos padres que nos trasmitieron lo que ellos vivían y que fueron esos primeros caminos que nosotros hicimos, pero en la medida en que en la vida fuimos creciendo y madurando aprendimos a leer más señales que Dios va poniendo en nuestro camino, descubrimos personas que nos ofrecen su testimonio, aunque también muchas veces de una forma inmadura nos quedamos un tanto infantilizados sin dar pasos a un crecimiento espiritual como personas, y en consecuencia no ha habido una maduración de nuestra vida y compromiso cristiano.

Dios pone también en nosotros, en nuestro interior una inquietud y unos deseos de algo grande, de algo que nos eleve, no contentándonos con la materialidad de la vida de cada día, y muchas veces quizá vamos respondiendo a esa inquietud y también nos ponemos a buscar. Cuando a esa inquietud de nuestro corazón unimos las mediaciones o señales que nos van apareciendo en el testimonio de los demás estaremos haciendo un camino que realmente nos puede llevar a una mayor madurez en la vida y a una mayor madurez como cristianos.

Pero no nos pueden faltar nuestros deseos de búsqueda y no podemos dejarnos vencer por las dificultades o los cantos de sirena de falsas luces que nos pueden desorientar y hacer perder el rumbo. Por eso es tan importante también tener a nuestro lado quien en un momento determinado tenga una palabra, una indicación, un sabio consejo que nos ayude a no perder el rumbo.

Esto lo vemos hoy plasmado en el evangelio. En torno al Bautista se había formado un grupo de discípulos y de seguidores que iban a escucharle, porque su palabra y el testimonio de su vida sembraban inquietud. Ya Juan ha tenido la experiencia del encuentro con Jesús en el bautismo con la teofanía posterior donde se manifestó la gloria de Dios. Allí había escuchado en su corazón como se le decía que aquel sobre quien viera bajar al Espíritu era el Mesías salvador esperado.

Pero al paso ahora de Jesús - ¿vendría Jesús de regreso del monte de la cuarentena? Es posible – señala a sus discípulos que aquel es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dos de sus discípulos escuchan la voz de Juan y se van tras Jesús. Allí estaba Juan realizando su mediación, la misión para la que había venido a preparar los caminos del Señor, y era esa voz que sintieron aquellos inquietos discípulos para seguir en su búsqueda caminando detrás de Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre Jesús y aquellos dos que le siguen, porque muchas veces lo hemos escuchado y meditado. ‘¿Qué buscáis?... –Maestro, ¿Dónde vives?... – Venid y lo veréis’. Y se fueron con Jesús.

¿Qué buscáis? ¿A quién buscáis? Una pregunta en labios de Jesús que se repite en el evangelio aunque en la otra ocasión sea en medio del drama de Getsemaní. Entonces, Jesús les dirá que es El, a quien buscan – ‘A Jesús, el Nazareno’ – ahora simplemente les dice que continúen la búsqueda y aquellos dos primeros discípulos se fueron con Jesús. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón podrá decirle que han encontrado al Mesías.

¿Nos encontraremos nosotros así con Jesús? ¿También nos pondremos en camino en su búsqueda? ¿Nos dejamos conducir por esos signos que Dios nos va poniendo en nuestro camino para que en verdad lleguemos a encontrarnos con El? Quizá podría ser el momento de pensar en quienes han sido mediaciones de Dios para nosotros a lo largo de nuestra vida y nos han ayudado a encontrar a Dios; recordarlos y dar gracias a Dios por ellos.

domingo, 3 de enero de 2021

En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

 


En Navidad contemplamos la gloria de Dios que se nos manifiesta en un niño recién nacido que ha venido para hacernos a nosotros también hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Sal 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

‘Y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad’. ¿No es lo que venimos contemplando y celebrando en esta Navidad? Los ángeles la noche de Belén cantaban la gloria de Dios en el nacimiento de Jesús. Ahí, en el humilde establo de Belén contemplamos la gloria de Dios. Podíamos haber imaginado o pensado en un hermoso lugar, un templo esplendoroso o un palacio resplandeciente por el brillo de las riquezas. Pero no, en un humilde establo, con un pobre pesebre por cuna, contemplamos la gloria de Dios.

¿Qué es lo que estamos contemplando? Un recién nacido, tan pobre que no ha tenido una cuna ni una casa donde nacer, porque hasta en la posada que acogía a los pobres que llegaban a Belén, no había sitio para El. ¿Y quién es ese recién nacido con quien se proclama la gloria del Señor? Es el Verbo de Dios que se hace carne y planta su tienda entre nosotros. ‘Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, plantó su tienda entre nosotros’.


No es como la Tienda del Encuentro que Moisés levantó en el desierto dotándola de todo el esplendor del oro y de las riquezas que pudieron recoger entre unos pobres peregrinos del desierto; no es el Santa Santorum que Salomón levantara en el templo de Jerusalén para significar la morada y la presencia de Dios entre nosotros. Esa tienda es el pequeño cuerpo de un niño recién nacido que viene a representar a toda nuestra humanidad y que no tiene mejor lugar para situarse en nuestro mundo que en un humilde establo entre un buey y una mula allá en las afueras de Belén. Y ese recién nacido es el Emmanuel, el Dios – para siempre – con nosotros.

Era la luz verdadera pero que las tinieblas rechazaban; vino para encontrarse con los suyos y hacerse Emmanuel y los suyos no lo recibieron; era la Palabra por la que todo había sido creado, y quisimos silenciar esa Palabra; ‘en el mundo estaba, el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció… En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en la tiniebla, pero la tiniebla no la recibió’.

Pero ‘¡oh admirable intercambio!’ como diremos en la noche de Pascua cuando la luz pascual brille con todo su esplendor, ‘pues a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’. Dios ha tomado nuestra carne para hacerse hombre y Dios con nosotros y a nosotros nos ha elevado para hacernos sus hijos. ‘Les dio poder de ser hijos de Dios… porque han nacido de Dios’.

Una doble navidad podemos decir que estamos celebrando y estamos viviendo. Es el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre, que contemplamos en Belén, donde estamos contemplando, como venimos diciendo, la gloria de Dios pero al mismo tiempo contemplamos la gloria de Dios que a nosotros nos hace nacer para Dios, nos da el poder ser hijos de Dios. Como nos enseñará más tarde san Juan en sus cartas, la maravilla está en que el amor de Dios nos llama sus hijos, y como reafirma el apóstol ‘¡pues lo somos!’.

Qué hermosa la oración de alabanza de san Pablo en la carta a los Efesios que hemos escuchado, que probablemente era ya un himno litúrgico cantado en aquellas primeras comunidades. Se nos recuerda toda la maravilla a la que hemos sido llamados, elegidos y amados con un amor preferente por parte de Dios. ‘Él nos eligió en Cristo, antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor. Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, a ser sus hijos, para alabanza de la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en el Amado’.

¿Podemos pedir más? No terminamos de comprender en toda su profundidad esta generosidad de Dios. Por eso dice el apóstol convirtiéndolo en oración por nosotros ‘no ceso de dar gracias por vosotros, recordándoos en mis oraciones, a fin de que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos’. Espíritu de sabiduría y revelación, luz en nuestro corazón para conocer y comprender esa esperanza que siembra en nuestros corazones, esa riqueza que nos da como herencia, participar de la gloria de Dios; es que somos sus hijos.

‘Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia… Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer’, terminaba diciéndonos el evangelio.

Contemplamos la gloria de Dios cuando contemplamos el misterio de la Navidad que estamos celebrando. Pero contemplamos la gloria de Dios cuando nos sentimos llenos de esa riqueza de gracia que a nosotros nos eleva como hijos también de Dios. Cuántas consecuencias se derivarían para la santidad con que hemos de vivir nuestra vida, pero cuántas consecuencias también para nuestra relación y nuestro trato con los demás cuando contemplamos la dignidad y la grandeza de todo ser humano que en Cristo hemos recibido.