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martes, 30 de junio de 2026

Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere decirnos y despertar en nuestro corazón



 Sepamos leer las señales de Dios, detrás de nuestras tormentas algo nuevo quiere  decirnos y despertar en nuestro corazón

Amós 3, 1-8; 4, 11-12;Salmo 5;Mateo 8, 23-27

Todos habremos pasado alguna vez por la dura experiencia de tormentas que envuelven nuestra vida y el miedo nos aborda y nos sobrecoge. Reciente tenemos porque aún se está viviendo la tragedia que está sufriendo el pueblo venezolano con los terremotos acaecidos en estos días con sus devastadoras consecuencias; intentamos ponernos en la piel de los que lo están sufriendo que se sienten indefensos y abandonados, con pérdida de esperanzas y sin saber cómo afrontar esos malos momentos y un día encontrar luz para su situación. Seguro que en sus corazones está también ese grito desgarrador elevado al cielo, como la de aquellos pescadores que se sintieron indefensos en medio de la tormenta y les parecía que Dios dormía.

Podemos unir una y otra cosa en esta reflexión que nos hacemos del evangelio que hoy se nos ofrece, porque también muchas lecciones podemos sacar para nuestra vida. Aquellos pescadores avezados por otra parte a aquellos mares y tormentas se sentían sin embargo angustiados porque habían perdido la confianza. Les parecía que a Jesús no le preocupaba su situación. Sin embargo pedían ‘¡Señor, sálvanos que perecemos!’.

Por eso la reacción de Jesús cuando lo despiertan. ‘¿Por qué tenéis miedo, hombres de poca fe?’. Por muy duras que sean las tormentas, por muy fuerte que sea la soledad e indefensión que sintamos, por muy oscura que se vuelva la noche de la vida, Dios está ahí. Y Dios se va a manifestar de alguna manera junto a nosotros para que se renueve otra vez nuestra fuerza interior, para que aprendamos de nuevo a confiar, para que sepamos leer las señales que Dios va poniendo a nuestro lado y sepamos entonces sentirnos arropados por su amor. 

Muchas veces quizás la prueba se alarga y no llegamos tan pronto a reconocer esas señales, pero en la prueba tenemos que aprender a confiar y no perder la esperanza; quizás después de que pase toda la tormenta nos daremos cuenta cómo Dios ha estado actuando en nuestra vida y por eso no hemos perdido la paz en el corazón, nos manteníamos firmes en nuestra lucha buscando caminos, buscando horizontes; detrás de muros que nos parecían infranqueables había quizás alguien que pensaba en nosotros y derramaba lágrimas con nosotros aunque no nos diéramos cuenta.

Siempre pueden surgir brotes de solidaridad donde pensábamos que todos eran insensibles, siempre habrá una mano llena de cariño que se pose sobre nuestro hombro para decirnos que están con nosotros aunque parezca que nada pueden hacer; siempre habrán buenos corazones llenos de ternura y compasión para sufrir con nosotros y ofrecernos el consuelo de su presencia. Detrás de esa tormenta también hay algo que el Señor quiere decirnos, quiere despertar en nuestro corazón. Sepamos leer esas señales de Dios.

Un día la tormenta desaparecerá y volverá la paz, y nos sentiremos nuevos y renovados y quizás también se mueven nuestros corazones para que desde la lección aprendida seamos capaces también de ser ese paño de lágrimas para quienes a nuestro lado están pasando esas situaciones difíciles.

Comenzábamos nuestra reflexión con una referencia a lo que sucede en estos momentos en Venezuela y todo esto que venimos reflexionando para esas nuestras tormentas personales lo podemos trasladar como un gesto solidario que el sufrimiento que en estos días los embarga. No somos insensibles ante lo que sucede porque podemos contemplar la solidaridad que por todas partes está aflorando. 

Pidamos a Dios que no les falte fortaleza en esta dura encrucijada y no pierdan la esperanza y de alguna manera vaya llegándoles los frutos de esa solidaridad en las ayudas que necesitan. Que no se sientan abandonados de Dios porque hay muchos corazones que les aman y les harán presente ese amor de Dios.


sábado, 18 de abril de 2026

Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21 Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos. Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración. Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes. Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra. Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto. Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio. Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.

 


Con Jesús llega la paz, se acaban las zozobras, los vientos de la vida se calman, pronto nos damos  cuenta de que llegamos a nuestro destino, avivemos nuestra fe

Hechos 6, 1-7; Salmo 32; 6, 16-21

Hay ocasiones en que todo se nos vuelve zozobra en nuestra vida, problemas que nos van apareciendo por aquí y por allá, cosas en las que nos cuesta superarnos y nos parece estar como estancados sin avanzar en nuestros objetivos o nuestras metas, sentimos como una soledad interior porque nos parece sentirnos abandonados incluso por aquellos que más apreciamos, luchas y más luchas en que todo se nos vuelve oscuro. ¿Qué nos pasa? ¿Habremos abandonado algo que era el que nos daba empuje para luchar y para resolver problemas? ¿Habrá decaído nuestra fuerza interior porque quizás no la hemos sabido alimentar? Las baterías si no las recargamos se nos descargan y no nos darán la energía que en su momento necesitemos.

Hago esta descripción porque de alguna manera muchos en muchas ocasiones habremos podido pasar por situaciones así. Me estoy haciendo esta reflexión contemplando la lucha de aquellos que iban en la barca, muchos de los cuales eran avezados pescadores acostumbrados a aquel lago y sus tormentas, que después de lo sucedido en la tarde anterior se han embarcado con el deseo de regresar a Cafarnaún; no avanza la barca como quisieran a pesar de sus esfuerzos, el viento lo tienen en contra y están sintiendo una soledad porque a la hora de embarcarse Jesús no había llegado para ir con ellos; se había quedado en la montaña para despedir a la gente, pero además se había ido monte a través para estar un rato a solas en su oración.

Una imagen la que estamos contemplando que refleja nuestra situación y nuestro estado de ánimo cuando queremos navegar por la vida a nuestra manera; quizás empujado por un ambiente no siempre favorable hemos ido enfriando nuestro espíritu, abandonamos aquellas cosas que nos mantenían en pie desde una vivencia de la vida espiritual para caer en la tibieza espiritual y en nuestras rutinas y nos encontramos más desorientados que nunca. Como baje un poquito los grados del termómetro de nuestra vida espiritual comienzan a aparecer las oscuridades, las dudas, las rutinas, el desánimo y el desencanto. Muy pronto empezamos a bailar al son de lo mundano que nos hace materialistas e insolidarios para terminar quizás en otras peores redes.

Pero Jesús siempre vendrá a nuestro encuentro, no nos deja solos, aunque lo parezca en ocasiones, en esa travesía de la vida que algunas veces se nos vuelve dura. Los discípulos, aunque asustados al principio porque creen ver un fantasma – cuantas confusiones sufrimos nosotros en tantas ocasiones en tantos fantasmas que se nos presentan en nuestra mente -, reconocen a Jesús que viene hacia ellos caminando sobre el agua. ‘No temáis’, son las palabras de Jesús como tantas veces nos repetirá de una forma o de otra.

Y con Jesús llegó la paz, se acabaron las zozobras, el viento se calmó, pronto se dieron cuenta de que ya estaban llegando a su destino. Muchas veces aunque queramos mantener a Jesús en nuestro corazón las tormentas no desaparecen del todo, porque los problemas pueden seguir estando ahí, pero con la presencia de Jesús no nos faltará la paz en el corazón. ‘No temáis’, nos sigue diciendo, porque con Él estamos seguros, andamos con seguridad en la vida, no nos faltará la luz que nos guíe y lleve a puerto.

Tener a Jesús no significa siempre tener ya la solución de todas las cosas, pero al menos no sentiremos la soledad porque su presencia llena de paz y de fortaleza nuestro corazón. Su Espíritu está con nosotros y será nuestra fortaleza y nuestra sabiduría, pondrá paz en nuestros corazones y nos impulsará con una nueva fortaleza para que aun en medio del sacrificio podamos aportar nuestro testimonio.

Reavivemos nuestra fe para saber descubrir que con Él no nos faltará paz en el corazón pero Él se manifestará de la forma quizás que menos pensemos en lo mismo que nos sucede o en quienes caminan a nuestro lado los caminos de la vida.


viernes, 3 de abril de 2026

Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 


Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 

La loza del silencio cayó sobre la tarde, solo se escuchaba el rastrear de unos pasos en una pequeña comitiva de la que no salía ningún murmullo: todo lo envolvía el silencio, allá arriba sobre la roca quedaba aquel lugar de tormento desde el cual se bamboleaban aun mecidas por el viento aquellos lienzos que habían servido de sudario para bajar el cuerpo de la cruz; allí en las cercanías en medio de un huerto había una tumba que aun no había sido utilizada y que sirvió para depositar el cuerpo muerto de Jesús. Unos buenos hombres habían conseguido la autorización y traído algunas libras mezcladas con aloe para embalsamar poco menos que a la carrera su cuerpo. Ahora en silencio acompañaban a la madre en su soledad aunque uno de los discípulos se había hecho cargo de ella como último deseo de Jesús.

Así nos hemos quedado igualmente petrificados por el silencio y sintiendo enormemente la soledad, por eso había que acompañar a la madre porque ella vemos reflejadas tantas soledades, las que ahora mismo nosotros podemos sentir con la muerte de Jesús si no fuera que por la fe no nos faltan del todo la esperanza de que sus palabras se cumplirán; mientras esperamos en este día de silencio y de soledad, en que podemos sentir un vacío que no sabemos cómo llenar como tantos que se ven solos y abandonados, que van haciendo los caminos de la vida en soledad y parece que sin rumbo ni destino, como tantos que pueden sentir la ausencia de los seres queridos tan lejanos y no solo porque la geografía haya puesto tierra por medio, sino porque tantas veces creamos abismos que nos aíslan, o se rompen puentes que un día nos mantuvieron cercanos, o porque en nuestros orgullos no sabemos rellenar esos valles que ahora nos están distanciando; o la soledad de tantos que se sienten olvidados y abandonados  porque los consideran molestos y un estorbo y los encerramos quizás allí donde no se puedan escuchar sus gritos o nadie pueda mirar sus ojos que piden una compañía, o unos oídos que los escuchen.

Cuando en esta tarde del viernes o en este amanecer del sábado seguimos sintiendo ese silencio de soledad cuando acompañamos a María parece que queremos hacernos unos propósitos, que queremos dar unos pasos para que esa maliciosa espiral desaparezca. Por eso nos miramos a nosotros mismos y nos analizamos que hemos puesto o no en nuestras vidas para crear esas soledades; nos prometemos que vamos a comenzar a tener una mirada distinta con los que nos rodean para ser capaces de sintonizar ese silencio de soledad en la que se pueden sentir envueltos.

Este dolor en el alma que estamos sintiendo cuando hemos dejado a Jesús en el sepulcro y hemos acompañado a María en silencio ante su dolor tiene que despertar en nosotros unos nuevos sentimientos, una nueva manera de mirar, un compromiso de que las cosas las vamos a hacer mejor, las vamos a hacer de otro manera, de que vamos a encontrar esas soledades y vamos a comenzar ese ejercicio de acercanos y acompañar.

Tenemos la esperanza de la resurrección de Jesús que ya pronto celebraremos y ansiones esperamos, pero no puede ser como algo mágico y milagroso acontecido en otro tiempo sino que esa resurrección vamos a comenzar a vivirla cuando comencemos a resucitar ilusión, vida y esperanza en quienes se sienten solos pero a los que desde ahora le vamos a dar más compañía. Es el milagro de la resurrección que vamos a vivir porque con ello nosotros también nos vamos a sentir resucitados en todos esos nuevos puentes que vamos a tender para salvar abismos, en todas esas manos que vamos a ofrecer que sirvan de apoyo y borren sentimientos se soledad, en ese amor que vamos a ser capaces de ofrecer para que vuelvan a florecer las sonrisas y a sentir el perfume de amistades renovadas.

Es el signo de resurrección que hemos de dar ante el mundo que nos rodea en el que vayan desapareciendo esas soledades.

domingo, 29 de marzo de 2026

Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

 


Entramos con Jesús en Jerusalén sin el fragor de unas trompetas y tambores sino montados en la humildad de un burrito para llegar a vivir de verdad la Pascua

Isaías 50, 4-7; Salmo 21; Filipenses 2, 6-11; Mateo 26, 14 – 27, 66

Probablemente en aquellos días habría habido otra entrada triunfante en las calles de Jerusalén. Como se acercaba la fiesta de la Pascua que reunía multitudes de judíos venidos de todas partes para su celebración era normal que el gobernador romano se hiciera presente en la ciudad de Jerusalén e hiciera su entrada a lomos de un caballo o en resplandeciente carroza entre el fragor de tambores y trompetas y la marcha acompasada de los soldados a sus ordenes con todo esplendor y la pompa que le habrían paso por las estrechas y retorcidas callejuelas de la ciudad santa.

Pero es otra la entrada que nos narra el evangelio este día, el profeta de Nazaret aclamado por niños y mayores como si fuera el Mesías esperado a lomo de un borrico y sobre las alfombras que con sus mantos y ramos de palmos y olivos hacia también su entrada en la ciudad santa. Nada de aquellos esplendores, sino la humildad del último de los animales, nada de sonido de trompetas sino los cantos de unos peregrinos de la pascua que junto a la alegría por la llegada a la ciudad aclamaban y bendecían al que sentían que venía en el nombre del Señor.

La llamamos la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y es el pórtico de la pascua que se va a celebrar; una pascua que sería algo más que comer un cordero como celebración y recuerdo de una liberación que los judíos habían vivido en su salida de la esclavitud de Egipto y que cada año celebraban como recuerdo del paso del Señor; una pascua ahora en el que el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo, como un día el Bautista señalara y anunciara, iba a ser sacrificado convirtiéndose así ese paso de Dios por la historia humana para nuestra salvación.

Y es el marco en el nosotros también nos disponemos a celebrar la Pascua. Como pórtico conmemoramos esa entrada de Jesús en Jerusalén pero ya nosotros conscientes, sí, del significado que tenía aquella entrada y de lo que ahora nosotros vamos a celebrar. Por eso, en este marco de humildad y sencillez que fue aquella entrada, sin ruidos de tambores ni trompetas sino solo con cánticos y los gritos de unos niños y gente sencilla, queremos adentrarnos en la contemplación y en la celebración del Misterio Pascual. Qué lástima que los cristianos hoy en nuestras celebraciones religiosas nos parezcamos más a la entrada avasalladora del gobernador romano en la ciudad santa con fragor de tambores y de trompetas, que a aquella entrada humilde que fue triunfante de otra manera de Jesús para vivir su pascua.

Es lo que queremos, y la liturgia nos lo ofrece, hacer ya desde este primer día de esta semana que nos lleva a la Pascua, contemplar el misterio de Cristo en toda su amplitud. Aparecen ya de este primer día los resplandores de la pasión y de la muerte de Jesús, en el anuncio del profeta con el Cántico del siervo de Yahvé, en la reflexión que nos hace san Pablo para contemplar a quien se anonadó y tomó la condición de esclavo pero a quien Dios exaltó y concedió el nombre sobre todo nombre, y en la pasión del evangelista san Mateo que hoy se nos ofrece.

Es momento para ponernos a contemplar y rumiar todo ese misterio de amor, es momento para dejarnos empapar por el amor de Dios que así se nos manifiesta, es momento para nosotros ponernos en camino porque no somos espectadores que vemos desfilar ante nosotros unos cuadros sino para ocupar nuestro lugar en ellos; no es una contemplación a la distancia como la de cualquier curioso que pasa por el camino y pueda o no sorprenderse por lo que está sucediendo. Qué lástima que muchas veces vayamos más a contemplar la belleza artística de unas imágenes que hemos adornado de esplendorosos ropajes que en nada se parecen a aquella túnica manchada de sangre que cubría los cuerpos de unos condenados a muerte.

Mientras vayamos contemplando todo ese cuadro, permítanme que lo diga así, de la pasión tratemos de llevar los ojos de nuestro corazón más allá para contemplar el sufrimiento de una humanidad doliente que nos rodea, y de la que nos hemos convertido en meros espectadores. En ese rostro de Cristo en su pasión que estos días vamos a contemplar tratemos de ver tantos rostros de sufrimiento de tantos a nuestro alrededor; y pensamos en las guerras o pensamos en las miserias de tantos que padecen hambre en el mundo, pero podemos pensar en gentes cercanas a nosotros que viven en su enfermedad o en su soledad, en aquellos de los que disimuladamente quizás nos apartamos discriminando por el color de su piel o por su condición, pensemos en aquellos que se ven enredados por los vicios o tantas cosas que les esclavizan de alguna manera pero sin darnos cuenta de los pedestales en que nos hemos subido por nuestro orgullo para ponernos lejos de los demás, pensemos en tantas violencias de todo tipo que sufren tantos a nuestro alrededor, o podemos pensar en nuestros propios sufrimientos, nuestros desconsuelos y desánimos, las veces en que nos hemos visto vencidos por el dolor y no hemos sabido reaccionar, las amarguras y soledades que por diversas circunstancias hemos tenido que pasar en nuestra vida. ‘Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?’ hemos dicho con Jesús en el salmo hoy.

Pero tampoco nos vamos a quedar ni en una contemplación fría ni solo quedarnos en unas lágrimas emotivas de compasión que pronto se van a secar. Porque cuando estamos haciendo esta contemplación de la pasión de Cristo tenemos que llegar a contemplar su sentido, porque la pasión de Cristo terminará en la vida nueva de una resurrección, porque hay Pascua, porque hay paso salvador de Dios. Pues ese paso salvador de Dios tenemos que hacerlo también por nuestro mundo con todos esos sufrimientos y muchos más que hemos mencionado.

Pero eso ahora está en nuestras manos, en la forma en que nosotros lo hagamos vida y hagamos posible esa resurrección de nuestro mundo. Es la tarea que Cristo pone en nuestras manos, que hagamos realidad ese paso de Dios en medio nuestro para hacer un mundo distinto. Es la Pascua que hemos de vivir. No necesitamos fragor de trompetas y tambores, necesitamos quizás la humildad de un burrito. 

Que lleguemos a sentir ese paso de Dios para que haya pascua, que lo hagamos sentir a tantos a nuestro lado para que encuentren el sentido de la pascua.


martes, 17 de marzo de 2026

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

 


¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Es una reacción que habremos escuchado muchas veces, o acaso nosotros cuando nos hemos visto en situaciones difíciles y problemáticas y no sabíamos cómo salir adelante también habremos pensado o dicho como una queja. ‘Nadie me echa una mano, nadie me ayuda, parece que las soluciones son para los más listos o los que tienen mejores padrinos…’ y así muchas lamentaciones más. ¿Qué estamos haciendo realmente para salir de ese mal paso? ¿Qué tipo de soluciones buscamos? ¿Cómo nos sentimos interiormente en nuestra soledad que nos hace sentirnos abandonados?

Jesús se acercó por aquella piscina en los aledaños del templo – era precisamente por donde eran entradas las ovejas y los animales que iban a ser sacrificados y aquella piscina estaba casi como un rito para aquellas purificaciones sagradas – pero en aquella piscina sucedía también algo extraño, pues sus soportales estaban plagados de enfermos, de paralíticos esperando poder entrar en el agua en un momento determinado para encontrar la sanación de sus miembros inválidos. Sentían como un movimiento milagroso de las aguas y todos corrían a meterse en la piscina esperando poder curarse. Allí estaba un hombre treinta y ocho años esperando.

Desapercibido Jesús y desapercibido aquel hombre en un rincón a causa de su minusvalía habrá un encuentro de vida y salvación. Muchas eran las negruras del corazón de aquel hombre tantos años abocado al fracaso. ‘¿Quieres curarte?’, es la pregunta de Jesús. Y vienen las quejas y la amargura, otros se me adelantan inmisericordes porque yo no tengo a nadie que me ayude. Es también la tragedia de su soledad, no tiene a nadie. Es su imposibilidad, por algo está allí, pero es también su soledad, que todo lo vuelve negro para él. Ni reconoce a Jesús ni tiene tampoco noticias de Él.

¿Por qué alguien ahora viene a interesarse por mí? Quizás sea la pregunta que en su interior también puede hacerse. Porque esas amarguras del alma también nos vuelven desconfiados. Nos han aislado, pero también nosotros nos aislamos; tenemos unas barreras pero nosotros con nuestros resabios y desconfianzas ponemos otras. ¿No es de alguna manera normal sentirse mal con todo el mundo cuando así nos vemos abandonados y nadie cuenta con nosotros o nadie se interesa por nosotros? puede ser parte de la raíz de tantas acritudes que nos encontramos en la vida; fijémonos en los rostros de aquellos con los que nos cruzamos por el camino, miremos su sorpresa llena de interrogantes si acaso nosotros los saludamos cuando a su paso a nuestro lado no esperaban ese saludo; miremos como la gente va encerrada en su mismo y en sus cosas y ni presta atención con el que se cruza en la acera de la calle. ¿No tendremos acaso que romper esa espiral en la que nos vemos envueltos porque al final nosotros estamos haciendo lo mismo?

Aquel día Jesús rompió esa espiral con aquel hombre que tanto tiempo había estado junto al agua, pero no había podido encontrar el agua viva que lo salvara. Y allí estaba Jesús que venía a ofrecer esa agua. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú esa agua al que ahora parece que tiene sed’, le decía Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob. Y para eso está allí ahora Jesús. ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’, le dirá Jesús.

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos? Viene a ofrecernos el agua viva, viene a ser la luz que disipe tantas tinieblas de nuestro corazón, viene a traernos la paz frente a tantas amarguras o tantas distancias que nos hemos fabricado en la vida; El es la resurrección y la vida para liberarnos de tantas muertes que hay en nosotros; es la pascua, el paso salvador del Señor por nuestra vida.

Pero no olvidemos también que es lo que nosotros hemos de ofrecer a ese mundo que nos rodea y que ya no sabe que agua buscar, cuál es la luz que necesita, o que prefiere seguir viviendo en su muerte – si es que eso se llama vivir – porque cuesta mucho arrancarse de tantas esclavitudes y dependencias en las que hemos envuelto nuestra vida.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

 


Que al final de la Cuaresma sea Pascua de verdad porque hayamos sido signos del paso de Dios con su amor en medio de nuestro mundo

Joel 2, 12-18; Salmo 50; 2Corintios 5, 20 – 6, 2; Mateo 6, 1-6. 16-18

Todos sabemos por qué estamos aquí, todos sabemos lo que hoy celebramos. Hasta nuestros calendarios lo marcan, aunque no sabemos bien por qué motivaciones. Hoy es el miércoles de ceniza, que de alguna manera ha marcado costumbres y tradiciones al menos en los pueblos con una cierta influencia o resonancia cristiana.

Los cristianos decimos que comenzamos un camino que nos lleva a la Pascua y por eso mismo es como entrenamiento y preparación para lo que luego vamos a vivir. De ahí ese carácter en cierto modo de desierto que queremos darle que luego en la Palabra de Dios de estos primeros días, el primer domingo, nos va a recordar cómo Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto. Y recordaremos, por eso está marcada incluso en el número de los días que dedicamos a la Cuaresma, el peregrinar del pueblo hebreo por el desierto también como un aprendizaje y una preparación para la llegada a la tierra prometida. Por eso hablaremos de su sentido penitencial, de purificación, de conversión.

Pero me quiero detener a pensar en el significado que ha de tener la Cuaresma para nosotros en este mundo en el que hoy vivimos en su realidad más cruda. Qué buena nueva de evangelio ha de tener para mi hoy para que no se quede en algo que hay que hacer porque así lo dispone la liturgia de la Iglesia y en el que simplemente vamos a repetir en cierta manera lo que siempre hemos hecho. Y cuando pase la cuaresma y llegue la Pascua, cuando pasen esos días pascuales, ¿en qué se va a notar en nosotros que hemos vivido con sentido pleno esta cuaresma?

Pero de eso que vivimos nosotros tenemos que ser signo para el mundo que nos rodea, y pienso en ese mundo concreto que son nuestras familias o que es esa gente con la que convivimos en el barrio, en el trabajo, en nuestra vida social, en ese camino que hacemos todos los días. Para muchos quizás ya ni les sonará la palabra o no entenderán su significado; algunos lo verán como algo que hacen los cristianos piadosos con sus ritos o sus prácticas religiosas, pero que ellos se quedan al margen; algunos quizás lo considerarán algo lúgubre desde las posibles experiencias que han tenido o la manera de ver las cosas de la Iglesia. ¿Y no tendríamos que ser signo de un verdadero sentido de cuaresma para esa gente que nos rodea? ¿Qué tendríamos que hacer?

En fin de cuentas es evangelio lo que tenemos que trasmitir, porque si no estaríamos también nosotros fuera de honda. Y no podemos vivir todo esto solamente hacia dentro, que por supuesto tiene que partir de la renovación más honda de nosotros mismos, sino también ser un signo de algo nuevo y vivo para los que nos rodean, signos del amor de Dios que quiere hacerse presente, tenemos que hacer presente también en nuestro mundo de hoy.

Es el primer signo que tenemos que mostrar; por nuestra forma de vivir, por la alegría de nuestra vida, por la esperanza que manifestamos en lo que vivimos y hacemos tenemos que hacer presente que nos sentimos amados de Dios. ¿Alguna vez le hemos dicho así clara y tajantemente a alguien que te sientes amado de Dios? La tristeza y cada de acontecimientos con que muchas veces los cristianos vamos por la vida no es precisamente eso lo que reflejan. Rescatemos la alegría de nuestra fe porque nos sentimos amados de Dios. Aunque seamos muy pecadores, experimentemos fuertemente en nosotros que su misericordia no tiene fin. Y eso tenemos que reflejarlo también en nuestra cara.

Pero tenemos que decirles también a los demás que Dios los ama. ¿Cómo lo vamos a hacer? ¿Directamente con nuestras palabras? También cuando sea necesario. Pero tenemos que mostrarnos nosotros para los demás como signos de ese amor de Dios. Y cuántos gestos podemos realizar en ese sentido.

Una de las prácticas con las que queremos expresar en la cuaresma, y siempre por supuesto, es la limosna, es el compartir con los demás. Ahí tenemos un hermoso signo que podemos realizar. Y no digo solo el dinero que podamos sacar de nuestro bolsillo – cuidado que algunas veces para la limosna buscamos la moneda más pequeña que tengamos en la cartera – sino en lo que con generosidad podemos compartir de nuestra vida con los demás, por ejemplo, tu tiempo, la compañía que puedes ofrecer a quien se siente solo, la visita a los enfermos y a los ancianos de tu entorno, la atención que prestamos a quien vemos tirado al borde del camino o en la acera pidiéndonos ayuda.

¿No podríamos programarnos nuestro tiempo cuaresmal para esas visitas, para esa atención a los que se sienten solos, para acercarnos de una forma distinta a los que vamos encontrando en nuestro camino, para tener una palabra amable de saludo con quien nos encontramos aunque no nos responda? ¿No será esa la reconciliación que Dios nos está pidiendo?

Podríamos hacer una cuaresma hermosa, y podríamos ser un buen signo del amor de Dios para los demás. Al final será de verdad pascua, que es el paso del Señor por nuestra vida y nuestro mundo.

domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

lunes, 5 de febrero de 2024

Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

 


Jesús viene a sanar todo lo frágil, lo débil y hasta lo enfermizo que pueda haber en cada cosa de la vida porque El viene a iluminar con una luz nueva nuestra existencia

1 Reyes 8, 1-7. 9-13; Sal 131; Marcos 6, 53-56

En las conversaciones solemos escuchar a la gente que la salud es lo primero, que preferimos perderlo todo que perder la salud y hasta nos contentamos cuando no tenemos suerte en los juegos de azar, como la lotería, que bueno, que el dinero va y viene pero que lo importante es tener salud. Es lo que todos deseamos; ante cualquier dolor que nos pueda anunciar algún tipo de enfermedad enseguida acudimos a quien pueda remediarnos, a quien pueda curarnos y buscamos la medicina lo más pronto posible para que los dolores desaparezcan, para que podamos curarnos de aquellas fracturas de la salud o de nuestros huesos, para recuperar pronto la salud.

Es cierta también que la fragilidad de nuestra salud trae acompañadas otras fragilidades como suelen ser las angustias de las que nos podemos llenar, otras consecuencias como la falta de medios para subsistir al no poder trabajar, otras inquietudes en nuestro interior porque son muchas más cosas las que sentimos que se nos debilitan cuando perdemos ilusión por la vida, cuando socialmente nos vemos afectados para nuestras mutuas relaciones, para la realización de nuestros trabajos, para alcanzar las metas que nos podamos proponer en la vida. Ya no es solo la salud en si mismo, sino que irá acompañada de otros síntomas que pueden aparecer en nuestra vida.

¿Queremos la salud? ¿Queremos superar esas fragilidades y angustias? ¿Queremos recuperar la esperanza? ¿Queremos buscar una vida mejor y que nos haga vivir más dignamente? Es mucho más lo que buscamos, aunque la pantalla de la enfermedad o de la salud pareciera que lo cubre todo. ¿Dónde están puestas entonces nuestras esperanzas o como recuperarlas?

En el pasaje del evangelio que hoy escuchamos nos aparece que dondequiera que fuera Jesús enseguida acudían a él llevando a sus enfermos con el deseo de que al menos tocando la orla de su manto pudieran curarse. Muchas veces nos quedamos en la literalidad de las palabras que no dejó escritas el evangelista, pero no nos detenemos lo suficiente a reflexionar hasta donde llegan esas enfermedades con las que vamos que las gentes acuden a Jesús. Jesús despertaba esperanza en aquellas gentes sumidas en su pobreza, sumidas en la opresión de unas autoridades extranjeras, sumidas y sujetas, poco menos que esclavizados, por unas costumbres que poco menos que se habían convertido en ley para sus vidas, pero que nos hacían salir de la situación de desesperanza en que vivían.

Estar enfermo en su situación y en aquellos momentos significaba mucho más que unos dolores que les imposibilitaran los movimientos; estar ciego, sin luz en los ojos, significaba pobreza, miseria y hambre, porque no podían trabajar; ser leproso era verse alejado de los suyos por los cuales no podría hacer nada, pero que ni los familiares podían acercarse a ellos, viviendo discriminados y apartados de todos en la más horrible soledad que no sé si no sería peor que los dolores de la enfermedad; y así podemos pensar en cualquiera de las otras limitaciones que pudieran sufrir como cualquier tipo de invalidez.

¿Qué significaba entonces que pudieran acudir a Jesús para verse curados de sus enfermedades? Muchas cosas podían cambiar, una vida nueva podía comenzar para aquellas personas, unas esperanzas renacían en sus corazones, una profunda liberación podían sentir en sus vidas. Acudían a Jesús porque en El habían puesto todas sus esperanzas. Mucho era lo que Jesús les ofrecía; la salvación que Jesús les ofrecía era algo muy amplio, algo que abarcaba la totalidad de la vida. Algo nuevo comenzaría a resurgir desde lo más hondo.

¿Cuál es en verdad la salvación que Jesús nos está ofreciendo también a los hombres y a las mujeres de hoy? Es algo en lo que tenemos que pensar seriamente. Hemos espiritualizado tanto el sentido de la salvación que nos trae Jesús que la hemos hecho algo irreal y que no siempre va por el camino de la verdadera espiritualidad. La verdadera espiritualidad es algo interior, pero es algo que abarca la totalidad de la vida de la persona.

Y eso espiritual tenemos que sentirlo y vivirlo es cierto en esos aspectos más sobrenaturales de la vida, pero hemos de vivirlo también en eso que hacemos y que vivimos en cada momento, en nuestros trabajos y en nuestras luchas, en nuestro disfrute de la vida en todas sus cosas buenas y también en los momentos dolorosos y difíciles, en eso tan material que podamos hacer con nuestros trabajos pero en esos tan humano como son nuestras relaciones con los demás.

Y en todo eso ha de manifestarse esa salud, esa salvación que Jesús nos ofrece; El viene a sanar todo lo frágil y débil, y hasta enfermizo, que pueda haber en cada una de esas cosas de la vida. El viene a iluminar con una luz nueva cada uno de los aspectos de nuestra existencia.

miércoles, 13 de diciembre de 2023

Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

 


Unas palabras que en cierto modo no son nuevas porque es lo que hemos contemplado a lo largo del evangelio con la cercanía y gestos de amor de Jesús

Isaías 40, 25-31; Sal 102; Mateo 11, 28-30

¿Habremos sentido alguna vez el deseo de descansar sobre un hombro amigo no solo nuestro cuerpo roto por el cansancio sino más nuestro espíritu agarrotado por los agobios y las luchas de cada día? También quizás hemos escuchado al amigo que nos dice, quizás incluso desde que se levanta por la mañana, ¡qué cansado estoy! Se supone que no es solo el cansancio físico el que le atormenta en esos momentos, sino que quizás haya algo más hondo en su espíritu que ni él mismo es capaz de reconocer.

Falta de ilusión, metas indefinidas o metas que no se es capaz de conseguir, desorientación en el camino aunque no se quiere reconocer por aquel orgullo de yo sé bien lo que quiero, pero realmente no sabe a donde quiere llegar en la vida, un sinsentido que tratamos de apagar con alegrías fáciles y momentáneas pero que en el fondo nos dejan un amargor dentro de nosotros mismos.

No son pesimismos los que alientan ahora mis palabras y mis pensamientos, sino una realidad que constatamos fácilmente en la superficialidad con que vivimos la vida. Y vienen los cansancios y las desilusiones, viene el ver las negruras que parecen que resaltan más que la claridad que queremos encontrar. ¿A dónde vamos? ¿Qué queremos? ¿Qué sentido le estamos dando a la vida?

Y nos encontramos un mundo revuelto, y nos damos cuenta que quizás somos nosotros los primeros que tenemos nuestro reconocer ese mundo revuelto y necesitamos ese hombro donde apoyar nuestra cabeza para sentir un calor nuevo en el alma que nos impulse a levantarnos de nuevo para seguir el camino.

Hoy escuchamos la Palabra de Jesús que tanto estamos necesitando escuchar. Es ese hombro en el que reclinar nuestra cabeza. Cuánto envidiamos – en un buen sentido – a aquel discípulo amado que pudo reclinar su cabeza sobre el corazón de Cristo en aquella noche tan llena de tragedias y negruras pero donde realmente resplandecía la luz que no sabíamos descubrir.

Jesús es ese corazón que nos escucha, que presta atención a nuestra vida, a nuestros deseos y a nuestras inquietudes. ¿Qué quieres que haga por ti?, nos está diciendo como le decía aquellos enfermos que se acercaban a El. 

Jesús es quien camina también a nuestro encuentro cuando nos encontramos inmersos en nuestras soledades y nos parece que nadie nos escucha ni nos ayuda. ¿Quieres curarte? Nos dice a nosotros también como al paralítico de la piscina.

Jesús abre un hueco en su entorno para que podamos llegar a El a pesar de las barreras que se puedan interponer en tantas puertas cerradas como podemos encontrar en la vida, como recibió a aquel paralítico bajado entre angarillas desde el techo para decirnos también ‘tus pecados están perdonados, levántate y anda’.

Hoy nos está diciendo: ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’. Son nuevas y no lo son sus palabras, porque es lo que a lo largo del evangelio hemos contemplado y escuchado que nos decía con sus gestos y con su cercanía, con los signos que realizaba o con la mirada que nos tendía.

¿Seremos capaces de sentir un gozo nuevo en el corazón que nos llena de una nueva esperanza?

martes, 21 de noviembre de 2023

Comencemos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir a su encuentro

 


Comencemos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir a su encuentro

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10

Un encuentro es un camino de dos. No hay encuentro si los dos no coinciden en un punto común. Un encuentro es mucho más que el estar el uno junto al otro. Hay que estar, pero hay que saber ponerse en camino. Puede haber un aglomeración grande de personas, porque hemos llegado a un lugar que está atestado de público, porque vamos en un colectivo que va lleno de gente hasta los topes, podemos ir por una calle concurrida donde la gente circula para un lado y para el otro incluso tropezándose los unos con los otros, y no haber encuentro. Cada uno ha estado allí por sus diferentes motivos, pero cada uno ha estado en lo suyo. Te dirán te vi en la grada del partido de fútbol, pero en aquel momento no dijiste nada, no te acercaste, no te encontraste. Y en la vida vamos mucho así, mucha gente alrededor y vamos solos, no nos encontramos con nadie.

En el evangelio hoy encontramos esos caminos que se encuentran. Aunque pareciera que cada uno iba a los suyo, había una confluencia. Una confluencia, es cierto, que Jesús provocó. Por que podía haber quedado en un paso de Jesús por las calles de aquel pueblo y en un hombre que estaba subido en una higuera para ver pasar aquel cortejo. Llamaba la atención. Mejor, tenemos que decir, llaman la atención muchas cosas.

Zaqueo, a pesar de todo, quería ver a Jesús. ¿Quería encontrarse con El? Al principio parece ser que solo era la curiosidad; había oído hablar de Jesús, había escuchado que las gentes de Jericó estaban alborotadas porque pasaba Jesús, el profeta de Galilea – aquel era precisamente el camino de los Galileos para subir a Jerusalén y no encontrarse con los samaritanos de quienes no eran bien recibidos – y también Zaqueo se echó a la calle; habían muchas dificultades, era bajo de estatura y quedando detrás no podría ver pasar a Jesús, pero había algo más porque era despreciado por la gente por su condición de recaudador de impuestos, con la fama de usureros que todos tenían, y nadie le cedería el lugar para poder ver a Jesús. Se subió a una higuera.

Pero aquí viene también la iniciativa de Jesús que también buscaba a Zaqueo. Pudo pasar de largo porque era uno más que se había colocado en un lugar oportuno para ver pasar el cortejo. Pero Jesús no pasa de largo, Jesús se detiene, Jesús entra en el detalle de ponerse a hablar con el que está subido a la higuera. Ese es el detalle que no siempre nosotros tenemos. Jesús también quería encontrarse con Zaqueo, que también de alguna manera ha venido al encuentro con Jesús, aunque pensara quedarse entre las ramas; pero entre las ramas lo busca Jesús y con él se pone a hablar.

Cuántos detalles nos faltan en tantas ocasiones. Cuántas veces pasamos de largo sin tener ese detalle, con quien nos cruzamos por la calle, con los que están al borde del camino, con quien está allá en su soledad o en sus cosas, con aquel a quien nadie atiende como aquel paralítico de la piscina, con aquel a quien nadie considera o más bien todos discriminan, con aquel que permanece en silencio pero a gritos del alma está manifestando su dolor o su soledad, son tantos con los que podríamos tener detalles, pero pasamos de largo porque vamos a lo nuestro, porque quizá llegamos tarde al templo…

‘Baja, Zaqueo, que hoy quiero hospedarme en tu casa…’ escucha la gente que le está diciendo Jesús. ¿No había otro lugar más digno entre todos los habitantes de Jericó para que se hospede Jesús que la casa de este pecador y publicano? Es lo que también pensamos muchas veces. Queremos buscar lugares dignos y nos olvidamos de la dignidad de toda persona. Seguimos con nuestras apariencias y con nuestras vanidades. Seguimos con nuestras discriminaciones y con las descalificaciones que seguimos haciendo de los demás.

Pero el camino de Zaqueo y el camino de Jesús han llegado a un punto de encuentro. Más tarde dirá Jesús que ha llegado la salvación a aquella casa. No vamos a entrar en más detalles de todo lo sucedido en aquella comida, que tantas veces hemos comentado. Merece la pena que nos detengamos aquí, y miremos cuales son los detalles y los signos que nosotros podemos realizar y quizá no realizamos. Alguien quizá también está en camino de búsqueda, quizás movido solo por la curiosidad, o movido por otros sentimientos que lleva en el alma, y será necesario que yo también me ponga en camino para que haya ese encuentro, para que a pesar de nuestras búsquedas sin embargo pasemos de largo y no nos encontremos.

¿Comenzaremos de una vez por todas a levantar nuestra mirada porque alguien desde sus ramas de higuera nos está buscando y nosotros también tenemos que ir al encuentro con él? 


domingo, 13 de agosto de 2023

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

 


Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios que refresca el alma, donde vamos a encontrar esa fortaleza interior porque no estamos solos, Dios está siempre con nosotros

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33

¿Cómo nos sentiríamos si en un momento determinado nos confían una tarea que en sí misma es costosa y difícil y nos dejan solos para que salgamos adelante como podamos por nosotros mismos? Si con responsabilidad asumimos la tarea y queremos sacarla adelante pero nos vemos solos y diera la impresión que quien nos la confió se desentiende un tanto de nosotros mismos, seguro que no nos sentiríamos bien, aparecerían todas nuestras inseguridades, sentiríamos como que la tierra se hunde debajo de nuestros pies y casi desearíamos tirar la toalla y abandonar. La presencia más o menos cercana de quien nos confió la tarea nos anima y nos dan ganas de luchar, el sentir que están pendientes de nosotros avivará incluso nuestra responsabilidad y hasta nuestro ingenio para encontrar salidas.

Son cosas que nos pasan en la vida. Y no queremos sentirnos solos y abadonados como si nada importáramos; a la menor muestra de interés nos sentimos reconfortados y animados. Es cierto que en la tarea educadora el padre y la madre o quienes tienen responsabilidad sobre nuestro crecimiento humano, habrá  momentos en que parece que nos dejan solos para agudizar nuestro ingenio, nuestra fuerza de voluntad, el que creamos en nosotros mismos, para que nos esforcemos de sacar a flote todo lo que llevamos en nuestro interior y todas nuestras capacidades. Serán momentos de prueba de los que saldremos más fortalecidos si mantenemos un hilo de conexión que nos trasmita esa fuerza interior que necesitamos.

Hoy el evangelio nos presenta un episodio que puede ser bien significativo y en el que parecen darse algunas de esas características que hemos mencionado y de lo que hemos venido reflexionando. ‘Jesús apremia a los discípulos a que subieran a la barca y se les adelantaran a la otra orilla’. Pero Jesús no va con ellos. Despidió también a la gente y El se fue a solas al monte para orar. Todo muy significativo. Todo que nos está hablando de nuestros caminos, de nuestras tareas, de lo que tenemos que realizar, de las dificultades incluso que vamos a encontrar.

La noche se les estaba haciendo larga a los que iban en la barca. No avanzaban, tenían el viento en contra, todo parecía que eran dificultades, hasta les pareció que los fantasmas los acompañaban. Y Jesús no estaba con ellos; aunque avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquellas aguas del lago, ahora todo les parecía más costoso y se sentían solos.

Nuestro camino y nuestras tareas, los mares embravecidos de la vida que nos vamos encontrando, las soledades que vamos sintiendo, las fuerzas que tantas veces nos flaquean, las tentaciones que nos agobian. Es nuestro camino personal de ese crecimiento interior que hemos de realizar, son nuestros compromisos que tenemos contraídos con la comunidad, son los momentos de nadar contra corriente en la vida, son momentos duros en que parece que nada ni nadie nos tiene en cuenta, que no valoran lo que hacemos.

Nos pasa en el día a día de la vida, en la familia, en el trabajo, en las tareas sociales con las que nos hemos comprometido; nos pasa también en las tareas que en la Iglesia vamos realizando, en nuestros grupos a los que pertenecemos y con los que queremos dar una respuesta en la vida a tantas cosas, a tantos gemidos de dolor que sentimos en derredor.

Hay una cosa que nunca nos tendría que fallar, la confianza de que, aunque se nos vuelva oscuro el camino muchos veces y no lo veamos, el Señor está ahí, a nuestro lado, nos tiene en cuenta y se convierte en nuestra fuerza que llegará a nosotros de la manera más insospechada. Pediríamos en ocasiones milagros que nos resuelvan las cosas, como Pedro que le pidió a Jesús que si era El pudiera ir también caminando sobre el agua a su encuentro. No busquemos actos portentosos para descubrir la presencia del Señor no nos dejemos confundir. No estaba Dios en la tormenta, no estaba Dios en el terremoto ni en el fuego, sino que Elías supo sentir a Dios en el susurro de la suave brisa.

Sepamos ir a escuchar ese susurro de Dios. Ya Jesús nos lo ha enseñado que se ha marchado en la noche a solas a la montaña para orar. Es donde vamos a encontrar esa fortaleza interior, es cómo vamos a sentir la mano de Jesús que nos levanta cuando nos hundimos, es como vamos a sentir los suaves pasos de Dios que va caminando a nuestro lado y hablándonos al corazón. No estamos solos, Dios está siempre con nosotros.

sábado, 22 de abril de 2023

Jesús está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

 

Jesús está
diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, por encima de esas situaciones por las que pasamos para no perder la paz, porque alguien nos sostiene

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

No nos gusta sentirnos solos; y no lo digo solo en el sentido de que estemos o no estemos rodeados de gente, sino que en aquello que estamos realizando, en la propia tarea de la vida podamos sentir una presencia que nos ayude, que nos estimule, que nos dé fuerzas en aquellas situaciones por las que pasamos en muchas ocasiones adversas; es la más amarga soledad, porque incluso podemos ver muchas gentes a nuestro lado y no nos sirve, no ayudan, no estimulan, no son fuerza para nosotros.

Los discípulos aquel atardecer en el lago iban sintiendo esa soledad; es cierto que estaban todos juntos, pero les faltaba quien era en verdad el empuje para ellos. Después de la experiencia de aquel día, en que tantas cosas habían sucedido, cuando Jesús se los había llevado para estar a solas con ellos, las tornas se habían virado, y al encontrarse con una multitud que les esperaba Jesús se dedicó a esa gente que veía desorientada como ovejas sin pastor; se había puesto a enseñarles y al final había sucedido lo de la multiplicación de los panes, donde Jesús había querido implicarles a ellos también.

Viendo Jesús lo que podía suceder cuando la gente se fue entusiasmando y ya querían proclamarle rey y Mesías, los embarcó rumbo a Cafarnaún y El se había quedado solo en la montaña. Pero Jesús no había aparecido para ir con ellos, el anochecer se iba haciendo largo y estaba costoso lo del remar. Sienten que Jesús no está con ellos. Lo necesitan.

Y Jesús comienza a caminar a su lado sobre las aguas. No entienden, les parece un fantasma y mayores fueron los miedos y los temores. Pero Jesús les dice que está allí. Quieren hacerlo subir a la barca y cuando menos se dan cuenta han llegado a Cafarnaún. Con Jesús a su lado parece que la travesía fue mejor y daba la impresión que se había hecho corta.

¿Habremos estado en travesías de la vida donde nos hemos sentido solos y sin fuerzas? Llamémoslo como queramos, pero situaciones así habremos seguramente pasado muchas. Momentos en que en la vida nos ha aparecido el desánimo, el cansancio, hasta el aburrimiento en lo que estábamos haciendo porque hasta nos parecía que muchas de aquellas cosas no tenían sentido. Los problemas nos han abrumado muchas veces y nuestras barca parece que no avanza, no conseguimos alcanzar las metas con las que soñamos, muchos reveses nos hacen sentir en ocasiones como fracasados, también nos llenamos de miedo en la vida ante el futuro, ante lo que podemos hacer, ante responsabilidades que tenemos que asumir. Y algunas veces no sabemos a quién acudir.

Hay mucha gente a nuestro alrededor, ahí están quizás los amigos de siempre, por otra parte está la familia, pero nos parece que cada uno va a lo suyo, que cada uno tiene sus problemas y por qué vamos a ir con un problema más que somos nosotros, y nos parece perder la estabilidad en la vida, nos hundimos o no sabemos cómo salir del atolladero.

¿Nos olvidamos que Jesús va ahí a nuestro lado aunque no nos demos cuenta, que El está diciéndonos que como El caminemos sobre las aguas, caminemos por encima de esas situaciones por las que estamos pasando que no nos tienen que hacer perder la paz, que alguien nos sostiene? Somos tan débiles en nuestra fe que no sabemos reaccionar, no sabemos mirar, no sabemos sentir esa presencia del Señor que nunca nos faltará para que podamos llegar a puerto. Y la presencia del Señor se nos manifestará de muchas diferentes maneras. Tengamos ojos de fe para descubrirlas.

sábado, 11 de marzo de 2023

Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

 


Un retrato de un camino de retorno en el que nuestros pasos van a ser siempre ayudados por el abrazo del amor del Padre

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Sal 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Muchos somos los pródigos que andamos por la vida sin saber lo que es el verdadero amor y con los corazones resecos, que más bien parecen estar llenos de cardos que hacen daño a quien se atreve a acercarse a él.

Pródigos porque escogimos andar nuestros caminos porque ansiábamos la libertad pero cuando nos separamos de la casa del padre sentimos la más amarga de las soledades con el corazón roto en mil pedazos hasta no llegar a decidirse por la vuelta a la casa del padre donde verdad se encontrará la verdadera reconstrucción del corazón; pero pródigos cuando vamos por la vida con el corazón lleno de aristas, donde pronto aparecerán los descontentos y las desconfianzas, los resentimientos pero también los endiosamientos cuando nos creemos por encima, cuando nos creemos cumplidores, cuando mantenemos la queja en el corazón porque aun no se ha descubierto que tenemos que buscar lo que nos une antes de poner distancias y abismos que cada vez nos separarán más.

Podemos irnos de la casa del padre, pero podemos también físicamente cerca, y en ambos casos ponemos distanciamientos que crean brechas muchas veces difíciles de reparar. El que físicamente se marchó lejos, pronto sintió la soledad y el abandono, porque en lo que creía que iba a encontrar la felicidad, lo que terminó por hacerle es romperle el corazón y los deseos de vivir. Su vida ya no era vida, de tal manera que deseaba comer la comida de los cerdos, lo que significa la indignidad en la que cae la persona.

El que se quedó pero poniendo distancias aunque ahora tenía a su mano un banquete que había preparado el padre por la vuelta del hermano, no querrá participar en aquel banquete ni en aquella fiesta, porque su orgullo lo  había atragantado perdiendo también el verdadero sentido de la vida.

Los orgullos crean más cerrazones en el espíritu que otras miserias en que podamos enfangarnos. Por eso el que se había ido lejos fue humildad para reconocer por qué había llegado aquella situación y su deseo era estar de nuevo al lado del padre aunque él no se supiera merecedor. Volveré a la casa de mi padre y le diré, Padre he pecado contra el cielo y contra ti. Para él había una túnica nueva, un traje de fiesta que volver a vestir, para él había de nuevo el anillo que le devolvió la dignidad, para él había un banquete de fiesta porque en fin de cuentas finalmente había optado por la vida y el padre se alegraba porque había recobrado vivo a aquel hijo que le parecía muerto.

Los orgullos ponen barreras a los pasos que tendríamos que dar; el orgullo nos impedirá reconocer incluso al hermano y lo que es la dignidad de cada persona sea cual sea el estado en que se encuentre; el orgullo nos volverá en contra de aquello o de aquellos a los que más amamos o tendríamos que amar, porque ya no sabremos entrar en la onda del amor. El padre quiere que participe de aquel banquete, de aquella alegría y aquella fiesta, pero el corazón sigue enfermo y mientras no se sane el corazón no llegaremos a tener la grandeza de espíritu que nos haga reconocer nuestros errores y nos haga valorar a los que están a nuestro sean quienes sean, porque siempre serán unos hermanos.

Qué tremendo retrato nos está haciendo la parábola, sí, de nosotros y de nuestra situación. Quiere abrir caminos para nuestros pasos de retorno y de reencuentro. Y es que por el contra tenemos el más hermoso retrato de Dios. Es el Padre que nos ama y nos espera, es el padre que nos restituye siempre nuestra dignidad y nuestra grandeza, es el padre que sale también a la puerta y al camino, allí donde nos hemos marchado o donde nos hemos quedado paralizados, porque los últimos pasos siempre podemos darlos empujados y levantados por el abrazo de su amor.