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martes, 2 de junio de 2026

No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

 


No nos podemos aislar en una burbuja, sino que en ese mundo concreto que nos rodea tenemos que dar el testimonio de nuestros valores según el espíritu del evangelio

2Pedro 3, 12-15a. 17-18; Salmo 89; Marcos 12, 13-17

A veces nos gustaría estar como en una burbuja; sí, en cierto modo como aislados para no contagiarnos, como cuando la pandemia que teníamos que vivir evitando contactos y evitando contagios, por eso nos impusieron un confinamiento. Y no se trata ahora de enfermedades o pandemias que nos pueden contagiar, sino que mirando el estado de nuestra sociedad nos sentimos envueltos por tantas cosas, tantas contradicciones por una parte, pero también con ese nuevo estilo y sentido de sociedad que se está imponiendo, donde se van perdiendo tantas valores, donde tantas cosas que no consideramos rectas ni justas algunas veces tratan de imponérnoslas como si eso fuera el sentido de la vida, con tantas cosas que van corrompiendo las conciencias hasta llegar a una pérdida de un sentido ético o de una moralidad.

¿A dónde nos lleva esta sociedad? Y ¿qué hacemos? ¿Qué estamos pintando en medio de todo eso quienes queremos tener unos principios, quienes queremos mantener nuestros valores cristianos porque pensamos que son los que dan verdadera humanidad a la vida? Por eso, como decía, ¿qué hacemos? ¿Nos metemos en una burbuja?

No es fácil. Es la realidad de nuestro mundo y es ahí donde tenemos que estar. No podemos hacer dejación de nuestros valores ni de nuestros principios; es más, nos sentimos más obligados a dar el testimonio de nuestros valores, porque es ahí donde tenemos que sembrar el evangelio.

No podemos desentendernos de los problemas que vive nuestra sociedad, y precisamente toda esa confusión es un grave problema, pero ahí en medio tenemos que ser luz, aunque las tinieblas la rechacen muchas veces. Nos gustaría, como decíamos, crearnos una burbuja para vivir nosotros tranquilos, pero somos semilla sembrada en esa tierra aunque esté llena de pedruscos o de zarzales; tenemos que cultivar esa tierra para que acoja la semilla y no nos podemos desentender.  Pero eso nos obliga más a la integridad de nuestra vida; eso nos obliga más a que tenemos que ser buenos ciudadanos y desde nuestros valores seguimos sembrando nuestra semilla. A ese mundo nos ha enviado Jesús con la fuerza de su Espíritu como hemos venido reflexionando.

Hoy hemos escuchado en el evangelio cómo tratan de enrollar a Jesús con preguntas capciosas. Era complejo el mundo judío en aquellos momentos en que además vivían bajo el sometimiento a Roma, y donde se habían ido introduciendo desde generaciones anteriores nuevas costumbres y nuevas prácticas en la vida de la sociedad, recibiendo muchas influencias del mundo exterior.

Por allí andaban inquietos con eso de tener que pagar los impuestos al emperador de Roma y por ahí vienen las preguntas que ahora le hacen a Jesús. Y viene a decirles Jesús que como ciudadanos tienen unas obligaciones y unas leyes que cumplir. Por eso ante la pregunta que le hacen en medio de sus adulaciones diciendo que Jesús era una persona sincera y leal, Jesús les pide le enseñen la moneda, que la efigie que llevaba era la del César. Por eso les dice al César lo que es del César, pero a Dios lo que es de Dios.

Lo que es de Dios nunca tiene que perder su preponderancia en nuestra vida, si verdaderamente nos sentimos creyentes, por eso nos mantenemos en nuestros principios y en nuestros valores, por eso tenemos que cuidar nuestra fe de la que tenemos que dar testimonio también en ese ambiente en que se ha perdido el sentido espiritual de la vida. ¿Dónde estamos, pues, los cristianos? Cuidado no nos dejemos envolver por ese ambiente tan poco espiritual que nos rodea y no seamos valientes para dar el testimonio claro de nuestra fe que tenemos que dar. Desde esa fe que nos compromete y nos compromete con nuestro mundo a ser los mejores ciudadanos.

jueves, 5 de marzo de 2026

Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

 


Qué bellos van a ser los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida cuando ponemos cercanía y amistad porque en ellos florecerán las más hermosas flores

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

Muchas veces en la vida vamos abriendo surcos a nuestro alrededor que podrían tener diverso valor para nosotros mismos y para cuantos conformamos este campo de la vida; me viene esta imagen pensando en el agricultor que labra la tierra y la prepara para sembrar en ella buena semilla de la que espera un día obtener buenos frutos; al labrar la tierra va abriendo esos surcos donde se ha de sembrar esa buena semilla, pero puede ser oportunidad para las malas hierbas, para los cardos o los espinos que en ella se aprovechen para hundir sus raíces haciendo de esa tierra un lugar inhóspito que además puede ahogar las plantas que podrían darnos ricos frutos.

Puede ser una imagen de lo que hacemos de nuestra vida; surcos que se vuelven abismos que en lugar de acercarnos nos alejan, terrenos que llenamos de abrojos por los que incluso sea difícil cruzar para acercarnos los unos a los otros. Depende de nuestras actitudes y posturas, depende de lo que con nuestra vida vamos haciendo cuando solo pensamos en nosotros mismos y pensamos que la presencia de los demás nos pudiera robar nuestra felicidad, por lo que preferimos ignorarlos, desentendernos de lo que es su vida o lo que puedan ser sus problemas; nos endiosamos a nosotros mismos pensando que somos los únicos o los reyes en torno a los que todos han de prestar su servilismo. Desgraciadamente hacemos mucho de eso en los caminos de la vida.

Hoy el evangelio nos ofrece una parábola donde contemplamos a quien hizo eso de su vida. Solo pensaba en su placer, en sus satisfacciones, en sus fiestas o en sus banquetes; alrededor de sí más que un surco creó un abismo que le hacía desentenderse de todo y de todos no siendo capaz de llegar a ver a quien estaba a su puerta. Pensaba que todo lo tenía y nada necesitaba hasta que se dio cuenta, aunque ya fuera tarde, que ese abismo que se había creado tenía valor de eternidad, esa vida aislada que había vivido ahora era abismo de soledad donde no podía encontrar ninguna satisfacción.

No había quien le refrescara la reseca lengua con un dedo mojado en agua, como él en el abismo que había creado en torno a si en vida no había sido capaz de tener la mínima compasión para quien sufría a su lado. Lo que sembramos es lo que luego recogeremos. Es lo que nos va describiendo la parábola.

Ahora quisiera prevenir a sus hermanos con fantasmales apariciones de muertos para que ellos no siguieran su mismo camino. Pero como le dice el patriarca Abrahán tienen a Moisés y a los profetas, que él tampoco había sabido escuchar, que entonces su vida hubiera sido distinta.

¿Cuáles son los surcos que nosotros hemos creado a nuestro alrededor? ¿Habremos sabido sembrar buenas semillas para obtener buenos frutos? La parábola nos está enseñando lo que tenemos que evitar y lo que tenemos que cuidar. Nunca esos surcos tienen que crearnos distancias sino más bien convertirse en caminos de acercamiento. Tenemos que saber abrir la puerta para salirnos de nosotros mismos, aunque nos creamos que en ese palacio insolidario estamos mejor, y bajar los escalones que nos llevan a la calle, que nos llevan a los caminos de la vida, allí donde todos podemos encontrarnos y escucharnos, allí donde no tengamos miedo de darnos la mano para caminar juntos, allí donde ofrecemos lo mejor de nosotros mismos no reservándonos nada de forma egoísta para nosotros solos, pero también donde sin temor de que no nos la vayan a dar pedir el agua de la presencia o de la palabra de quien nos acompaña en el camino.

No sentiremos la soledad porque siempre nos encontraremos la presencia, la comprensión, el buen ánimo de quienes caminan a nuestro lado y con nosotros también quieren compartir. Y sentiremos siempre que Dios camina a nuestro lado siendo nuestra verdadera fortaleza, viático y luz para nuestro camino, en Él ponemos toda nuestra confianza. Qué bellos van a ser entonces los surcos que vayamos abriendo en el campo de la vida porque en ellos florecerán las más hermosas flores.


domingo, 3 de agosto de 2025

Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

 


Cultivemos aquellos valores que van a dar trascendencia a nuestra vida, que nunca nos aíslan sino que siempre crean comunión con los demás

Eclesiastés 1, 2; 2, 21-23; Salmo 89; Colosenses 3, 1-5. 9-11; Lucas 12, 13-21

Qué contentos y felices nos sentimos si las cosas nos salen bien; es muy humano, es una satisfacción que nos sale del corazón, tenemos también que reconocerlo. Que podemos completar nuestro trabajo y obtener su rendimiento y beneficios, es algo que todos deseamos; que el agricultor tiene una buena cosecha de la que va a sacar también una riqueza para su vida, es algo en lo que se siente feliz porque para algo trabajo y a todos nos gusta ver sus beneficios; y así podríamos seguir haciéndonos consideraciones en plan bien y positivo, porque seguramente, y lo decimos por poner una nota distinta al cuadro que muchas veces se nos puede presentar, también hacemos partícipes de alguna manera de nuestra alegría, de nuestro triunfo a los que nos rodean.

Hasta aquí en lo que vamos describiendo como base y punto de partida de nuestra reflexión no hemos dejado traslucir la avaricia y la codicia que sin embargo muchas veces en estos asuntos materiales suele aparecer. Cuando tenemos entre manos este tema de ganancias, de frutos y de resultados sabemos que es una pendiente muy resbaladiza por la que podemos caer y nos vemos envueltos fácilmente en esa codicia de la vida, en esa avaricia para querer acumular, y a la larga ese encerrarnos en nosotros mismos para disfrutar nosotros solos de lo que tenemos.

Que esa avaricia nos puede aparecer en estos temas tan materiales como lo económico, pero que no la reducimos solamente a estos campos, porque nos puede aparecer también en muchas actitudes egoístas que nos encierran en nosotros mismos y nos hacen despreocuparnos totalmente de los demás. Vamos a ser felices nosotros y a los demás que los parta un rayo, diciendo pronto y mal.

El evangelio parte de hoy de lo que podríamos considerar una anécdota. Uno que tenía problemas con su familia a cuenta del tema de las herencias viene a pedirle a Jesús que intervenga; era propio de alguna manera de aquellos maestros de la ley entre los judíos que fueran como jueces de paz en esas reyertas que habitualmente podrían surgir en muchos individuos y en las familias. El hecho del que se nos habla no está tan lejos de muchas cosas que en ese tema surgen también entre nosotros hoy.

Pero la respuesta de Jesús parece en principio tirar balones fuera. ‘¿A qué me vienes con esas? ¿Quién me ha nombrado a mí juez en estos asuntos?’ Pero aunque parece no querer intervenir nos deja una hermosa sentencia que luego nos ampliará con la pequeña parábola que nos ofrecerá. ‘Guardaos de toda clase de codicia’, no tiene sentido estarse agobiando tanto por estos temas, viene a decirnos Jesús, que por eso no nos llegue a faltar la paz.

Pero continuará Jesús con una pequeña parábola. El terrateniente que tiene una buena cosecha, mejor de lo que se esperaba y por eso tendrá que ampliar sus bodegas y graneros; ahora piensa que ya en la vida lo tiene todo resuelto, ahora toca el vivir la vida. Cuántas veces soñamos con esas cosas, para no tener que trabajar, para no tener que estar agobiado cada día y poder dedicarse a pasarlo bien. Lo sueñan quienes han tenido un buen negocio, y que de ahora en adelante ya no quieren hacer nada; lo sueña el que llega a la jubilación, porque ahora que tiene su paga y no tiene que trabajar lo va a pasar muy bien, aunque al tercer día y ande aburrido sin saber que hacer o a qué dedicar su tiempo. Lo estamos viendo en nuestro entorno, nos puede suceder a nosotros. ¿Y qué sentido y valor le damos a la vida?

Hay un detalle en el que quiero fijarme y en el que alguien me ha hecho caer en la cuenta. ¿Os habéis dado cuenta de la soledad de este terrateniente? Ni se habla de familia, ni se habla de sus trabajadores, ni se habla de amigos y vecinos, ni se habla a aquellos con los que podría compartir estas riquezas que ha obtenido. Qué solo se encuentra en esa noche en que todo ese castillo se le viene al suelo porque le llega la hora de la muerte. ¿Quién va ahora a disfrutar de sus bienes, de los que él tampoco supo disfrutar?

Cuantas cosas nos aíslan, se convierten como en un circulo a nuestro alrededor y aunque nos creamos el centro qué solos estamos, qué vacío encontraremos entonces en nuestra vida. Busquemos y trabajamos por aquello que nos va a llenar por dentro, pero por aquello que nos va a llevar a encontrarnos con los demás, para que no sintamos ese vacío, para que no nos encontremos en esa soledad.

Solo la posesión de las cosas materiales no va a poner alegría en nuestra vida, porque además la avaricia con que vivimos nos hará andar preocupados y siempre desconfiados porque o nos lo pueden robar, o un día no lo podremos disfrutar.  ¿Serán otros los valores que en verdad tenemos que cultivar? Como termina diciéndonos Jesús seamos ricos ante Dios, porque no vayamos ante El con las manos vacías.

domingo, 11 de febrero de 2024

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

 


‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuándo tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús?

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

Lo que en su origen podía ser una norma sanitaria y de higiene para preservar del peligro de contagio sobre todo en pueblos trashumantes  por lugares de desierto y con muchas carencias se convirtió con el paso del tiempo en una ley religiosa que conllevaba una cierta discriminación e inhumanidad sobre todo visto de los ojos de nuestro tiempo.

La salida de Egipto y el itinerario a lo largo de muchos años por el desierto sirvió para el pueblo de Israel para constituirse como pueblo y aprender a ser pueblo con normas comunes de convivencia y de organización. Con ojos humanos en lo que podemos ver en ese recorrido aunque transcendemos de esa realidad humana para descubrir la presencia de Dios junto a su pueblo que como tal lo va constituyendo. Es el sentido de los mandamientos, que resumimos en una tabla de diez mandamientos, pero que entraña muchas cosas que atañían a esa organización como pueblo que se fue dando en el camino del desierto.

¿Era necesaria aquella norma que al mismo tiempo conllevaba mucho de inhumanidad y de discriminación? Quiero, de alguna manera, ponerme en el lugar de quien en su origen dictara tales normas y las hiciera cumplir para tratar de descubrir los sentimientos de su corazón cuando así se obligaba a vivir a quienes padeciesen esas enfermedades contagiosas, como hace referencia a la lepra en esta ocasión. Doloroso era para quien se veía privado de sus derechos a la pertenencia y presencia en medio de su comunidad, pero también pienso tendría que ser quien tenia que hacer cumplir tales normas.

No quisiera ver inhumanidad nunca en el corazón del hombre, aunque bien sabemos que muchos rasgos de inhumanidad seguimos teniendo también hoy. Y es lo que tendría que hacernos pensar, en el hoy con sus discriminaciones y signos de inhumanidad que seguimos de muchas formas teniendo, en el lugar de quedarnos en hacer juicio critico de actitudes o posturas de otros momentos, porque cada momento de la historia tiene que tener su interpretación en su propio lugar y circunstancia.

La Buena Noticia de Jesús que nos llega hoy a través de esta página del evangelio tiene que hacernos descubrir los pasos que también nosotros hoy tenemos que dar para llenar de más humanidad a nuestra humanidad. Puede parecer un juego de palabras, pero no lo es. Hay gestos que vamos descubriendo en esta página del evangelio que nos van manifestando esa necesaria ruptura de muchas cosas para no quedarnos en la vasija vieja, sino para buscar esos odres nuevos en nuestra vida que nos abran a un sentido nuevo.

Es rompedor este texto del evangelio. Un leproso, que tenía que estar confinado en un lugar aislado, que se atreve a presentarse en medio de un grupo de gente y llegar hasta los pies de Jesús. No era cualquier grupo si consideramos lo que nos dice el evangelio que muchas personas se aglomeraban alrededor de Jesús para escucharle. Y allí en medio se atreve a llegar aquel hombre con su petición, ‘si quieres, puedes limpiarme’.

Pero es bien significativa la reacción de Jesús. ‘Compadecido extendió la mano y lo tocó’. ¿Entraba también Jesús al atreverse a tocar al leproso en la condición de los que había que considerar inmundos? Cualquiera que tocase algo impuro o alguien al que se consideraba impuro quedaba impuro también. ¿No recordamos las exigencias de los fariseos de lavarse y purificarse las manos incluso cuando regresaban de la plaza por si algo impuro habían tocado y comiesen entonces con manos impuras?

Algo nuevo está sucediendo. ‘Quiero’, fueron las palabras de Jesús cuando tocó aquel cuerpo enfermo y en consecuencia impuro. ‘Y la lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio’. ¿Nos estará diciendo Jesús lo que tenemos que hacer?

‘Quiero’, que no fueron solo palabras. ‘Extendió la mano y lo tocó’. ¿Será lo que tenemos que decir y que hacer cuando nos cruzamos con aquellas personas a las que seguimos mirando de lejos? Porque seguimos poniendo distancias, seguimos manteniendo barreras, seguimos mirando de lejos, con no todos queremos juntarnos; seguimos queriendo ignorarnos los unos a los otros, decimos que para no molestarnos pero realmente porque rompemos sintonías y queremos caminar cada uno por su lado; seguimos saludando a unos sí y a otros ni las vemos porque no miramos a la cara; decimos que no somos racistas pero, ¿cómo miramos a las inmigrantes que traspasan nuestras fronteras? ¿Tratamos igual a un extranjero que viene en avión con su pasaporte a gastarse su dinero en nuestra tierra que al inmigrante que nos llega de forma clandestina, en patera o como decimos de forma ilegal?

‘Quiero’, dijo Jesús y extendió la mano. ¿Dónde y cuando tengo yo también que decir ‘quiero’ para extender la mano como Jesús? Os digo con sinceridad que me deja inquieto esta página del evangelio. Tenemos que ir sanando de muchas lepras a tantos a nuestro lado y a nuestro mundo, pero tenemos que ir sanándonos nosotros de esa lepra que de una forma u otra hemos dejado meter en nuestra vida con nuestros gestos y actitudes no siempre tan buenos.

jueves, 11 de enero de 2024

Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

 


Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando

1Samuel 4, 1-11; Sal 43; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres puedes limpiarme’, le dice el leproso a Jesús. Dura y desesperada era la situación. Un vivir sin vivir. Era la enfermedad, era la soledad, era la situación de abandono en que se sentían. Aislados, lejos de todos, apartados de sus seres queridos, ¿se podía vivir así? Era algo más que ese dolor de su cuerpo. Se atrevió a romper con todo, se atrevió a acercarse a Jesús, aunque estuviera rodeado de gente, lo que a él no se le permitía. Era la petición que ahora presentaba a Jesús, porque para él era su única tabla de salvación.

¿Seguirán sucediendo cosas así entre nosotros? ¿Encontraremos a alguien en situaciones semejantes? Si encontráramos gente que está sufriendo discriminaciones semejantes, ¿cuál sería nuestra reacción, nuestra manera de actuar? ¿Pondríamos trabas a quienes quieran liberarse de situaciones semejantes?  ¿Tendríamos una actitud valiente?

Miro en mi entorno y quizás me estoy cruzando con esos muchachitos que han llegado a nuestras costas en una patera, que quizás los han confinado en algunos centros esperando una resolución de sus casos, pero que ahí siguen día tras día, y nos cruzamos con ellos en la calle o en algún medio de transporte, y los miramos de lejos y quizás con desconfianza, a los que no nos atrevemos a dirigirles una palabra y mucho menos una sonrisa de comprensión o de amistad que abra puertas, y pasan ante nosotros sin que establezcamos ningún signo de comunicación.

¿Sabemos cómo se sienten? ¿Conocemos las inquietudes que llevan en el alma? ¿Intuimos los dramas que pudiera haber tras sus miradas? Y nos seguimos cruzando de brazos; y pensamos que la solución a esas situaciones no depende de nosotros, esperando que otros las resuelvan. ¿Su mirada nos estará diciendo como aquel leproso a Jesús, ‘si quieres puedes curarme’?

Muchas veces no sé qué hacer y me siento impotente. Mirando hoy el evangelio ¿podré comenzar a pensar en alguna situación, en alguna nueva actitud y postura? ¿Llegará a despertarse mi conciencia para comenzar a tender la mano, o aunque solo fuera, comenzar a tener una nueva mirada?

Me quedo aquí paralizado con mis miedos y mis cobardías. Pido al Señor que me dé esa osadía que tanto necesito para comenzar a ser valiente de verdad. Quizás sea yo el que tenga que ser curado de tantas lepras que me paralizan, que están poniendo barreras en mi vida, que también de alguna manera me están aislando. ¿Cuándo comenzará a romper esos moldes? ¿Cuándo me decidiré a comenzar a actuar de manera distinta?

Dame, Señor, la fuerza de tu Espíritu.

domingo, 9 de octubre de 2022

Seamos capaces de reconocer con humildad para agradecer de corazón y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación

 


Seamos capaces de reconocer con humildad para agradecer de corazón y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación

2Reyes 5, 14-17: Sal 97; 2Timoteo 2, 8-13; Lucas 17, 11-19

Quien sabe dar gracias está descubriendo el camino de encontrarse a si mismo y un camino que le va a llevar por caminos de mayor plenitud. Dar gracias es un reconocimiento de su propia realidad y de lo que está recibiendo que le hace llevar esa realidad limitada y pobre por caminos de nueva vida. Damos gracias porque en nuestras limitaciones nos encontramos como encerrados y alguien nos ha hecho saltar esos círculos que nos encierran y limitan para ir al encuentro de una nueva libertad. No es humillación por reconocer nuestras limitaciones, es encuentro con una nueva y verdadera grandeza; a algunos pareciera que les humilla tener que dar gracias porque les parece que les hace depender de otros, pero es cuando en verdad somos grandes reconociendo lo que somos y a lo que ahora podemos llegar.

Hoy se nos habla de unos leprosos; no es solo su enfermedad que les hace sentirse débiles sino que como consecuencia de esa enfermedad nacían otras limitaciones que en este caso les aislaban y separaban de los demás con verdadera crueldad incluso; tenían que vivir confinados y aislados del resto de su comunidad y de su familia. Pero en su ansia por la vida les vemos dar unos pasos, que algunas veces nos puede costar a nosotros dar; reconocían su enfermedad, pero fueron capaces de unirse para hacer una petición. Aunque de lejos, porque no podían acercarse más, aquellos diez leprosos clamaban y pedían compasión. ¿Era ya un principio de algo nuevo?

Algunas veces el dolor y el sufrimiento nos aísla y nos encierra en nosotros mismos, nos hace sentirnos mal y algunas veces no sabemos cómo reaccionar, cuando nos duele la cabeza que nadie nos moleste y mostramos nuestra mala cara a los que quieren acercarse a nosotros con algún tipo quizá de consuelo, cuando no nos salen las cosas como nosotros deseamos, nos volvemos insoportables con nuestras reacciones.

Tenemos que ver las lepras que pudiera haber en nuestra vida y que también nos van aislando, nos hacen aparecer esas barreras de nuestro mal humor que nos hacen llevarnos mal con todo y con todos; algunas veces hasta rechazamos lo que los otros pudieran ofrecernos quizás desde autosuficiencias mal disimuladas que no nos dejan reconocer la realidad; no me pasa nada, decimos tantas veces.

¿Tendríamos que aprender a hacer como aquellos diez leprosos que pidieron ayuda y compasión? Es importante este paso para que podamos levantarnos de nuestra situación y de nuestra postración. Hemos de tener la humildad suficiente para darnos cuenta de esas lepras que hoy siguen aislándonos para poder encontrar salvación para nuestras vidas. Quien no reconoce su realidad difícilmente podrá cambiar. Siempre estaremos echándoles la culpa a los demás. Tantas veces nos contentamos con denunciar las malas situaciones por las que pasamos pero siempre culpabilizando a otros, y nunca dándonos cuenta de nuestra propia realidad y de los pasos que tengo que comenzar a dar. Así nunca arreglaremos nuestro mundo.

Pero Jesús nos está saliendo al paso de nuestro camino. Jesús se deja encontrar por nosotros cuando damos el mínimo paso. Realmente es El quien está viniendo a nuestro encuentro, nos ofrece, pero no nos fuerza. Hemos de querer. Hemos de dejarnos iluminar por esa luz aunque a veces nos parezca lejana, pero ahí está. Como el faro que está en la orilla del mar y aunque el barco esté lejos la ve en la distancia y se deja guiar. Nos pide que reconozcamos esas tormentas en las que estamos envueltos y miremos hacia ese faro de salvación. ‘Presentaros a los sacerdotes’, les dice a aquellos leprosos.

Cuidado que cuando encontremos esa luz de salvación volvamos a querer caminar cada uno por su lado. Aquellos hombres salieron corriendo cada uno por su parte para cumplir con lo establecido por la ley y volver a sus casas. ¿Volvieron a romper aquella unión que habían logrado para pedir la compasión de Jesús? Algunas veces nos puede pasar, que pronto olvidamos la realidad en la que vivíamos y quien nos ha sacado de ese pozo. Nos olvidamos de reconocer y agradecer.

Uno volvió hasta Jesús para postrarse ante El. Y era un samaritano. El que podía parecer menos que fuera agradecido y tuviera esos buenos sentimientos; ya sabemos como trataban los judíos a los samaritanos a los que consideraban unos herejes. Pero Jesús alaba la fe de aquel hombre aunque fuera un samaritano, como un día había alabado la fe del centurión romano, o como reconoció la fe de la cananea cuando suplicaba por la curación de su hija. ¿Nos estará diciendo algo también este sentido el evangelio cuando seguimos con nuestras discriminaciones por razón de su origen o de su condición?

‘Levántate, vete, que tu fe te ha salvado’, le dice Jesús. ¿Podremos escuchar también esa palabra de Jesús referente a nuestra fe? Seamos capaces de reconocer para agradecer y estaremos poniéndonos en caminos de plenitud y salvación.

domingo, 24 de abril de 2022

Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

 


Nos hacemos participes de la bienaventuranza porque sin haber visto creemos y experimentamos en el corazón la presencia de Jesús que nos llena de una nueva paz

Hechos 5, 12-16; Sal 117; Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19; Juan 20, 19-31

En medio del ambiente festivo y de pascua que seguimos viviendo, pues solo estamos en la octava de Pascua hoy escuchamos el evangelio con ese mismo gozo en el alma al contemplar a Jesús como se manifiesta resucitado al grupo de los apóstoles que se encuentran reunidos en el cenáculo. Pero aún así no podemos dejar a un lado la situación de cierta incertidumbre que ellos vivían en aquellos momentos y en la que nos vemos reflejados en la situación anímica que vivimos en el hoy de nuestra vida.

El evangelio que escuchamos no es solo narración de la Buena Noticia que significó para ellos el encuentro con Cristo resucitado, sino que tenemos que hacer que sea Buena Noticia también hoy para nosotros, y como toda buena noticia a nosotros también nos eleve el espíritu, nos levante el ánimo y sea en verdad anuncio de salvación para nuestra vida hoy. Es el espíritu con que siempre hemos de escuchar el evangelio haciendo lectura sobre nuestra vida concreta que vivimos.

El grupo de los apóstoles estaba encerrado en el cenáculo, las puertas y ventanas cerradas, porque seguían con sus miedos y sus dudas. Alguno incluso un poco se había ido por sí mismo y no estaba con el grupo con las consecuencias que se derivarían para todo lo que iba a suceder.

Algunas veces nosotros nos encerramos también en nosotros mismos o en las rutinas de las cosas de siempre y tememos abrirnos a algo nuevo, a nuevos planteamientos, a nuevos enfoques de las cosas, o a dejarnos sorprender por lo que podría ser una nueva riqueza para nuestra vida. Nos encerramos o nos aislamos yéndonos por nuestra cuenta, que es también una forma de escurrir el bulto, como se suele decir. La situación por la que hemos pasado o a la que en estos momentos tenemos que estar enfrentando en nuestra sociedad y en nuestro mundo quizás también nos crea inseguridades, no queremos pensar en lo que sucede y hasta tratamos de distraernos con otras cosas. Han sido también muchos los cambios habidos en nuestra sociedad y pensemos que todo lo que hemos estado pasando en los últimos tiempos nos ha cogido con paso descolocado a destiempo y no vemos cómo o no sabemos cuándo volveremos a coger el ritmo que habíamos perdido.

La Buena Noticia es que Jesús está en medio de ellos. Fue una sorpresa que hizo surgir nuevos y variados sentimientos en cierto modo contrapuestos, miedo y alegría, y fue como ese suspiro de alivio que damos cuando al fin podemos despojarnos de todos nuestros miedos o de todas las incertidumbres que nos abruman. Se llenaron de paz. Fue el saludo repetido de Jesús. ‘Paz a vosotros’. ¿Cómo no iba a ser ese el saludo y lo que sintieran en lo más hondo de ellos mismos después de tantas cosas que les habían llenado de angustia y sufrimiento?

Algo nuevo comenzaba en sus vidas. Una vida nueva comenzaban a sentir dentro de sí. Sería todo un camino que tendrían que seguir realizando. Se sentían liberados de todo tipo de ataduras y de pesos en el alma, que se manifiesta en esa donación del Espíritu que Jesús les hace para que puedan sentir el nuevo sabor del amor. Un amor que crece dentro de nosotros cuando nos sentimos perdonados; un amor que vamos regalando cuando también vamos repartiendo perdón. Cuando nos sentimos perdonados y cuando lo vamos ofreciendo también con generosidad algo se va curando dentro de nosotros y es cuando llegamos a sentir la verdadera paz.

Qué triste los que no saben perdonar; en su orgullo se creen vencedores de los demás porque les parece que siempre van a tener como encadenados a los otros porque no los perdonan manteniendo reticencias y deseos vengativos, pero realmente se están destruyendo a sí mismos, nunca podrán saborear lo que es la verdadera paz, porque mantienen ese herida enfermiza del rencor dentro de sí. El que no sabe o no quiere perdonar es el que en el fondo está sufriendo más, porque no saboreará la verdadera paz.

Y tenemos que aprender a salir de nuestros aislamientos. Tomás no estaba con ellos cuando Jesús se les apareció y en él siguieron las dudas y los miedos que se le seguían haciendo pedir pruebas y más pruebas. ‘Hemos visto al Señor’, le transmiten con alegría el resto de los apóstoles cuando regresa. ‘Si no veo la señal de los clavos… la herida del costado… no creo’, es la actitud negativa que aún mantiene.

Será cuando el Señor se manifieste de nuevo y a él directamente se dirija Jesús para que meta sus dedos y su mano en sus llagas cuando se quedará sin argumentos y sin palabras y tendrá la valentía de musitar su fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, será su reacción. ‘Dichosos los que crean sin haber visto’, proclamará Jesús como una bienaventuranza para todos nosotros que no hemos visto, pero hemos creído; no hemos visto, pero hemos aceptado el testimonio de quienes nos han transmitido y contagiado su fe en la tradición que se prolonga por los siglos; no hemos visto, pero sí hemos sabido experimentar en lo hondo del corazón la presencia del Señor que nos llena de vida, que transforma nuestra vida.

Pero esa fe en el Señor que, a pesar de puertas cerradas, de oscuridades de la vida, o de los momentos duros por los que podamos estar pasando, se quiere seguir manifestando en nosotros y en nuestro mundo. Y el Señor resucitado pone su Espíritu en nuestros corazones para que tengamos la posibilidad de saborear la paz; pone su espíritu en nosotros para que tengamos esperanza en ese mundo nuevo y luchemos y nos esforcemos para poner de nuestra parte lo que haga posible esa paz; pone su Espíritu en nosotros para que ni nos encerremos ni nos aislemos, para que seamos capaces de abrirnos a algo nuevo y al mismo tiempo comprometernos para entre todos hacer que florezca en todas partes la paz; pone su Espíritu en nuestro mundo para ir transformando los corazones de todos para que seamos constructores de vida y no de muerte y tengamos esperanza de poner esos cimientos de un mundo nuevo y mejor.

martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

 


Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están haciendo el mismo camino, son la comunidad de Jesús de la que yo también soy miembro

1Timoteo 6,3-12; Sal 48;  Lucas 8,1-3

Hacer camino, muchas veces hablamos de ello. Comparamos la vida con un camino, un camino que cada uno tiene que hacer personalmente, pero un camino que cuando vamos acompañados de buena compañía parece que se nos hace más liviano. Algunos quizás quieren caminar solos, pero como se suele decir, el que solo va, solo se cae y solo se queda. La compañía de los que van caminando a nuestro lado nos anima, nos estimula; claro que no lo hemos de tomar como una carrera a ver quien llega primero, sino que lo importante es alcanzar la meta. Sentirnos acompañados nos estimula y nos da fuerza, nos hace superar con mayor facilidad los obstáculos, nos ayuda a no perder la ruta a donde queremos llegar.

Hoy el evangelio nos habla de esos caminos que hacia Jesús acompañado de sus discípulos. ‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres…’ nos relata el evangelista. Nos dará luego el nombre de algunas de esas mujeres que acompañaban a Jesús en la tarea del anuncio de la Buena Noticia del Reino de Dios y de los servicios que incluso prestaban.

Aunque estamos haciendo mención a este episodio concreto si recorremos las páginas del evangelio veremos a Jesús siempre en camino, pero en camino rodeado de gente; están aquellos discípulos que quieren seguir más de cerca, como serán luego los doce apóstoles especialmente llamados por El; pero están todo esos que se convierten en colaboradores también del anuncio del Reino, como todos aquellos que porque quieren escuchar a Jesús son capaces de irse de un lugar a otro para seguir sus pasos.

Me quiero ver yo también en esa comitiva de los que caminan con Jesús. Metámonos en el interior del evangelio y encontremos en sus páginas nuestro lugar, encontremos nuestro sitio al lado de Jesús en medio de todos aquellos que le siguen, de aquellos discípulos más cercanos, como decíamos, o formando grupo con aquellas mujeres que le atendían. Hay un puesto para nosotros.

No es necesario que juguemos con la imaginación. Pensemos realmente en lo que es el camino de nuestra vida cristiana, el camino de la Iglesia. Aunque lo sabemos tenemos la tentación muchas veces de ponernos a vivir el seguimiento de Jesús como muy en solitario, como si solo fuera un camino que hacemos solo nosotros y no caemos en la cuenta de cuantos son los que a nuestro lado están también haciendo ese camino.

Como decíamos, es el camino de la Iglesia. Es el camino de nuestras comunidades y parroquias. Que tienen que ser eso, comunidades, gente que en comunión los unos con los otros vamos haciendo ese camino de nuestra fe con nuestros compromisos, con nuestras responsabilidades asumidas, con esas tareas que podemos realizar también en medio de la comunidad, con ese lugar que ocupo allí en nuestras celebraciones.

Cuidado no nos aislemos. Muchas veces cuando vamos a Misa los domingos, da la impresión que cada uno va a lo suyo, a escuchar o a celebrar su misa, a realizar su cumplimiento personal, como si nuestra presencia allí nada tuviera que tener con los demás que están participando o viviendo aquella celebración. Miremos más a los que están a nuestro lado, conozcamos más a los que con nosotros están en la misma celebración, son esa comunidad de la que yo también soy miembro.

Renovemos esos deseos de sentirnos juntos en camino con Jesús, pero juntos con esos hermanos que también están haciendo camino a nuestro lado. Que nos sintamos estimulados y que seamos también estímulo para los demás.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Ojalá supiéramos alegrarnos con las alegrías de los demás, sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros


Ojalá supiéramos alegrarnos con las alegrías de los demás, sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros

Romanos 14, 7- 12; Sal 26; Lucas 15, 1-10
Cuántas cosas bonitas se suceden continuamente en la vida y a las que quizá parece que no le damos importancia, pero que sin embargo van amasando la amistad, haciendo crecer la confianza y la convivencia, muestran la cercanía con que vivimos los unos con los otros y nos hace caminar con una alegría que no podemos describir pero que todos en esa bonita convivencia llevamos dentro.
Son esos momentos de placidez donde nos ponemos a charlar, a contar nuestras cosas, a compartir aquello bueno que nos va sucediendo, o son esos momentos en que corremos a contarle al vecino o al familiar más cercano aquello que nos ha sucedido y que no nos podemos aguantar dentro de nosotros sin compartirlo con los demás.
Son esos saludos al paso de la calle cuando nos encontramos con el amigo y nos detenemos para charlar, para interesarnos quizá simplemente por nuestra salud o cómo están las nuestros pero que, como decíamos, amasan nuestra amistad y hacen crecer el cariño que nos tenemos unos a otros.
Mirémoslo en positivo, que ya sé que alguien me va a decir que esos momentos son oportunos para la crítica y la murmuración, pero no tenemos que mirarlo siempre desde el lado oscuro, sino descubrir la luz que proyectamos con nuestra cercanía a los demás y con nuestro compartir; compartir no tiene que ser siempre cosas materiales, sino que compartir es esa conversación en la que charlamos de lo que llevamos dentro, de nuestras alegrías o de nuestras preocupaciones.
Me ha dado pie a esta consideración inicial, aunque nos pudiera parecer que no tiene mucho que ver con el evangelio que escuchamos hoy, en ese detalle del pastor que llama a los amigos para contarle lo que le ha sucedido, o la mujer que llama a las vecinas para compartir la alegría de la joya o moneda que se le había extraviado y al final la había encontrado. Compartían con los amigos, compartían con las vecinas sus alegrías, lo que eran los pequeños detalles de la vida. Ojalá supiéramos hacerlo para alegrarnos con las alegrías de los demás, para sentir como nuestras las cosas aunque nos parezcan insignificantes que les suceden a los otros.
Jesús utiliza esa experiencia humana para trascender a algo más grande que es la búsqueda de Dios que viene a nuestro encuentro cuando andamos perdidos y que nos quiere hacer participar de la alegría de su corazón. El gozo de Dios que es la expresión de su amor por nosotros y que buscará siempre que andemos por caminos de bien. Ese gozo de Dios que hemos de ir viviendo y experimentando también en todo lo que por nuestra parte sea un participar en el gozo de los que están a nuestro lado y en esos buenos deseos que siempre nos hemos de tener los unos a los otros.
Menos perdidos andaríamos por los caminos de la vida si supiéramos vivir esa cercanía con el hermano, con el que camina a nuestro lado, esa preocupación por sentir también como algo nuestro lo que le sucede al otro, ese por nuestra parte compartir también con el otro lo que son nuestras preocupaciones y nuestras alegrías; no andaríamos aislado como tantas veces nos sucede y cuando andamos aislados fácilmente podemos caer por muchas barranqueras de la vida y ya nos costará salir, arrancarnos de esas situaciones que nos hunden. Si viviéramos en esa cercanía de los uno con lo otros siempre vamos a encontrar esa mano amiga cuando caemos o siempre podemos ofrecer nuestra mano amiga cuando nos encontramos con algún caído en el camino de la vida.
Y esas actitudes son las alegrías del cielo. Ojalá supiéramos vivir esas actitudes bonitas de amistad y de cercanía con los que están a nuestro lado, que tantas veces olvidamos.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe



Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe

 Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36
 ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. Así Escuchamos en el evangelio de este ultimo día del año litúrgico, aunque mañana el evangelio nos volverá a repetir el mismo mensaje.
¿Qué significa estar despierto? Físicamente podemos estar despiertos del sueño con los ojos bien abiertos, pero sin embargo no estar atentos, no estar vigilantes, porque nuestra mente o está dormida o está entretenida en otras cosas que no nos permiten prestar atención a lo verdaderamente importante. Cuántas veces estamos en una conversación entre amigos, pero de repente nos damos cuenta que nosotros mismos o uno de los que están en la conversación parece que no se entera, está allí pero no está, no nos sigue, está distraído, no se entera de lo que estamos hablando.
Cuántas veces vamos así por la vida. Y no es solo que estemos distraídos cuando estamos con los demás porque nuestra mente está en otra parte, porque quizá andamos con nuestras preocupaciones y problemas que nos agobian y no sabemos como salir adelante, sino que son también las actitudes que podemos tener en que cerramos los ojos, y no los de la cara, para no ver ni enterarnos de lo que sucede a nuestro alrededor. Podemos muchas veces aislarnos, meternos en nuestro mundo, encerrarnos en nosotros mismos y no dejar que llegue ninguna luz a nuestro interior.
Quizá no nos gusta ni nos agrada la situación de nuestro mundo, la solución que se da habitualmente a los problemas pero eso no ha de llevarnos a ponernos en distancia como si eso no nos afectara ni nos tocara a nosotros. El aislamiento lo podemos tener también buscando otros sucedáneos, cosas artificiales que nos creamos o cosas de las que nos valemos para olvidar porque no queremos complicarnos la vida.
Muchos quieren vivir la vida a su aire, y se dejan llevar por todas aquellas complacencias que les pueden dar una felicidad artificial y que entonces creyéndose felices en lo que viven en su superficialidad les lleve a no pensar en esas otras cosas importantes de la vida que quizá muchos están sufriendo a su alrededor. Se han creado un mundo artificial en el que solo buscan su propio placer, que no es precisamente felicidad. Pensemos de cuantas cosas nos valemos – alcohol, droga, sexo, sensualidades de todo tipo… que solo satisfacen los sentidos – para buscar ese aislamiento, ese andar así como dormidos para los problemas verdaderos de la vida.
Hoy Jesús nos invita a despertar, porque aunque arduos sean los problemas y oscuro nos parezca el mundo en que vivimos del que nos queremos escaquear, el Señor viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida y en medio de ese mundo concreto porque El quiere ser esa verdadera Luz, esa verdadera salvación para nosotros y para nuestro mundo. Nos invita a despertar para que no nos dejemos aturdir por cuanto pueda suceder a nuestro alrededor y estemos atentos a su presencia. ‘Viene el Hijo del Hombre’, nos dice, llega el Señor a nuestra vida y es quien verdaderamente nos renovará y renovará nuestro mundo. Hemos de estar atentos a las señales de su llegada a nosotros.
‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día’, nos dice. Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe. Es una atención y vigilancia para escucharle, para escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón su palabra; atentos, vigilantes para descubrir y sentir su gracia por eso los ojos de nuestro espíritu han de estar abiertos para Dios; eso significa también un espíritu de oración para entrar en esa sintonía de Dios. Muchas mas cosas podríamos pensar en como hemos de expresar esa vigilancia, ese estar despiertos.
Dejemos que el Señor nos hable al corazón y a cada uno nos vaya señalando lo que nos pide. Con sinceridad pongámonos ante Dios.

sábado, 3 de noviembre de 2018

Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper las barreras que nos distancian haciendo entre todos un mundo mejor y seamos más felices



Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper las barreras que nos distancian haciendo entre todos un mundo mejor y seamos más felices

Filipenses 1,18b-26; Sal 41Lucas 14,1.7-11

Hoy con los protocolos que utilizamos donde cada sitio está marcado de antemano hasta con su nombre en una tarjeta parece que no se darían esos casos de los que nos habla hoy el evangelio. Sin embargo en el fondo siguen sucediendo cosas así, ya que no siempre se utilizan esos protocolos, o en comidas mas informales se deja que cada uno elija su lugar; y es entonces cuando pueden aparecer esas apetezcas, ya porque solo nos coloquemos junto a nuestros amigos o bien porque siempre hay quien está buscando cómo retratarse junto a aquellos que nos parecen más importantes o más influyentes.
Hablando de influencias, aunque nos parezca que nos podemos salir de nuestro tema, seguimos buscando ponernos a la sombra de aquel que nos parece más poderoso, más influyente o a junto a aquel que nos pueda reportar algún tipo de beneficio. O sea que no estamos tan lejos de lo que nos señala hoy el evangelio.
Nos habla de que habían invitado a Jesús a comer y se estaba fijando como los invitados se daban de codazos por ocupar los principales puestos, los lugares de honor. Y es donde Jesús nos deja el mensaje; por una parte diciéndonos que seamos humildes y no andemos detrás de esos lugares de relumbrón en la vida y por otra parte señalándonos más bien a quienes tendríamos que invitar cuando hacemos una comida o tengamos alguna cosa especial en nuestro hogar.
No busquemos ser correspondidos por lo que hayamos podido hacer, porque luego nos inviten a nosotros de nuevo; seamos capaces de compartir con aquellos que nada tienen y que materialmente no nos van a corresponder, sino que con su agradecimiento y buen corazón vamos a ver enriquecidos nosotros el nuestro.
Y por otra parte busquemos con humildad los últimos puestos, porque con sencillez y con humildad nos sepamos presentar ante la vida. Ese corazón humilde y sencillo es el que se va a ganar el corazón de los demás y eso será lo que en verdad nos engrandece. A veces nos creemos grandes porque ocupamos lugares de relumbrón y la vanidad nos llena de orgullo y de soberbia; seamos grandes por nuestro espíritu de servicio, por la cercanía con que sepamos convivir con los otros y sobre todo con los que son más humildes y más sencillos.
Por eso nos dirá Jesús que el que se engrandece va a ser humillado, pero el que se manifiesta con espíritu humilde podrá conocer lo que es la verdadera grandeza. Como cantaba María el Señor derriba del trono a los poderosos y engrandece a los humildes.
Qué distinta sería nuestra convivencia y nuestra relación con los demás si así nos vamos manifestando en la vida. Los orgullos y las apetencias de grandes nos separan y terminan aislándonos de los demás. Que por nuestra humildad, nuestra sencillez y nuestra generosidad sepamos romper esas barreras para que aprendiendo a caminar juntos hagamos entre todos un mundo mejor y en el que todos seamos más felices. No necesitamos, entonces, protocolos que nos digan donde tenemos que ponernos, sino que el único protocolo por el que se guíe nuestra vida sea el del amor.

domingo, 11 de febrero de 2018

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado

Levítico 13, 1-2. 44-46; Sal 31; 1Corintios 10, 31 - 11, 1; Marcos 1, 40-45

‘Si quieres, puedes limpiarme’, fueron las palabras del leproso que se atrevió a acercase a Jesús. Es la súplica humilde pero llena de esperanza. Confiaba que Jesús podía hacerlo, pero sabía que solo estaba en su mano el hacerlo o no hacerlo. Pero allí estaba él con su necesidad, con su pobreza, con su soledad, con su lepra con todo lo que significaba. Y se postró ante Jesús. Se había atrevido a llegar hasta Jesús, abrirse paso entre la gente, que seguramente se apartaba para evitar contaminarse.
¿Nos sucederá algo de esto alguna vez? No nos atrevemos a terminar por suplicar desde nuestra necesidad, desde nuestros problemas ante quien sabemos que nos puede ayudar. O quizá alguien necesita algo de nosotros y no se atreve a pedírnoslo. Barreras de miedo que nos creamos, barreras de desconfianza, o barreras quizá de orgullo porque no queremos postrarnos, porque no queremos rebajarnos a mostrar nuestra necesidad. Y nos aislamos o aislamos a los demás poniendo distancias.
Todo nos enseña, todos los gestos que vemos en el evangelio nos hacen pensar en cosas que nos pasan o que les pasan a los otros con nosotros. No siempre tenemos la suficiente sintonía para comunicarnos con sencillez y con humildad, para reconocer nuestras debilidades porque quizá queremos mantener la fachada aunque por dentro estemos pasándolo mal. Y nos preguntan que como estamos y decimos que bien, aunque haya una buena tormenta dentro de nosotros.
Aquel hombre, sin embargo, acudió a Jesús, reconoció su enfermedad, su debilidad, su pobreza. Por si mismo no podía hacer nada para curarse; en aquella época la lepra era una enfermedad terrible e incurable, que además podía contagiar a los demás; los leprosos tenían que vivir aislados, lejos de todos, lejos de su familia, sin participar en la vida de la comunidad; eran unos malditos.
Pero la fe se había despertado en su corazón. Otros quizá se abandonaban a su suerte perdida toda esperanza; su muerte era en vida, porque aquello no era vivir. ¿Resignación? ¿Desesperación quizá? Era difícil encontrar un sentido y un valor a aquella forma de vivir. Pero a los oídos de aquel hombre había llegado una buena noticia que le llenaba de esperanza. Podría curarse, si aquel profeta quería curarlo. Algo comenzaba a apoyar su vida que era algo más que una muleta para caminar en su imposibilidad y en la debilidad de una enfermedad que le destruía por fuera en su cuerpo, pero dentro también en su espíritu. Por eso había acudido a Jesús.
Como decíamos, necesitamos aprender, todo nos enseña. Y en esos vaivenes de la vida donde tantas veces nos sentimos desalentados quizá en nuestra soledad, en nuestras angustias, cuando nos sentimos abandonados quizá de los menos que esperábamos que nos abandonaran o se pusieran en contra nuestra, necesitamos despertar nuestra fe. No todo es oscuro, no todo es negro, una luz tras cualquier recodo del camino puede despertar de nuevo nuestra esperanza.
Y Jesús nos está esperando, saliendo a nuestro paso en cualquier rincón de nuestro camino. Deja que nos acerquemos a El, o El viene a nuestro encuentro de muchas maneras. Siempre habrá alguien que nos tienda una mano, nos diga una palabra de ánimo, encienda una luz en nuestro oscuro camino. Tenemos que sintonizar con esos signos que nos pueden ir apareciendo en la vida.
Es la mano de Jesús que nos toca, que nos levanta, que nos sana, que pone nueva luz en nuestro camino. Necesitamos encontrar un sentido para no simplemente resignarnos; tenemos que descubrir el valor de nuestra vida aunque nos sintamos llenos de miseria y pensemos que no valemos nada; tenemos que descubrir las mil razones que tenemos para seguir luchando; hemos de darnos cuenta que también nuestra vida, nuestra decisión de seguir adelante, de no quedarnos tumbados a la vera del camino puede ser una señal para otros que estén igual o peor que nosotros.
Aquel hombre cuando se encontró sanado por Jesús, porque Jesús sí quería y se había adelantado incluso a tocarle a pesar de la miseria de su lepra, saltaba de alegría y no podía callar porque a todos tenia que comunicar la gracia que en Jesús había encontrado.
Cuántas veces Jesús nos sana pero no somos capaces de manifestar esa alegría. Cuántas veces hemos recibido una gracia especial del Señor y ni siquiera hemos sabido dar gracias; cuántas veces hemos sentido el regalo y la alegría del perdón, pero no hemos saltado de alegría porque Jesús nos ama y nos ha perdonado para ponernos en camino de nuevo.
No somos agradecidos, no correspondemos a tanto amor como el Señor de mil maneras manifiesta en nuestra vida. Por eso no terminamos de convencer a nadie y estamos encerrados siempre en el mismo círculo. No crece el número de los que vienen hasta Jesús porque no terminamos de ser con la alegría de nuestra fe esos signos de evangelio para que el mundo crea.
Pensemos en tantos que están a la vera del camino de la vida esperando ver ese signo que levante su espíritu, que les llene de nueva esperanza, que les impulse de verdad a caminar y a transformar nuestra vida. Nosotros tenemos que ser ese signo. Nosotros tenemos que ser esa mano tendida de Jesús que llegue a tocar el corazón de los otros.
¿Qué nos pasa que vivimos de manera tan aburrida nuestra fe? ‘Si quieres…’ nos está diciendo también nosotros ese mundo que nos rodea. ¿Cuál es la respuesta que le vamos a dar?

viernes, 9 de febrero de 2018

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean

1Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

Un mundo de silencio, un mundo de incomunicación, un mundo de aislamiento. Cuanto nos cuesta comunicarnos y relacionarnos cuando carecemos de algunos sentidos o están atrofiados. No poder oír lo que sucede a nuestro alrededor nos hace entrar no solo en una incomunicación que nos aísla sino que casi nos incapacita para entender y para comprender. No poder expresar aquello que llevamos dentro porque nos faltan las palabras, porque no podemos pronunciar con sonidos lo que si escuchamos en nuestro interior nos hace la vida difícil.
Pero hay aislamientos que nosotros mismos nos buscamos. Hay silencios que nosotros creamos, porque ansiemos la soledad para pensar mejor, para reflexionar y para crecer por dentro, sino porque ponemos murallas entre nosotros y los demás para no querernos ver, para no querernos escuchar, para aislarnos de los demás. Somos nosotros mismos los que ponemos esas murallas en nuestra vida, y tremendo es cuando son los demás los que nos crean esas barreras aislándonos, excluyéndonos de su comunicación, impidiendo que podamos entender y comprender.
Son muros que tenemos que derribar. Es cierto que en nuestra civilización avanzamos y hemos sido capaces de crearnos medios que nos faciliten esa comunicación, aunque sea con el lenguaje de los signos, pero a pesar de nuestra civilización sin embargo hay otras barreras que aun no han caído en nuestras relaciones, porque nos hacemos egoístas o insolidarios, porque los que creemos que podemos y sabemos vamos avasallando por la vida, porque en nuestros orgullos vamos despreciando a tantos porque no son como nosotros, no piensan como nosotros, o porque nos parece que con sus maneras o sus formas nos repugnan y los despreciamos.
Hoy Jesús recorriendo aquellos caminos de Galilea cuando viene incluso desde más allá de lo que es el territorio judío, atraviesa desde Tiro y Sidón y cruza por la Decápolis que no son regiones judías, se encuentro con un sordomudo que alguien en buena voluntad y con fe en Jesús le trae para que lo cure.
‘¡Effetá! ¡Ábrete!’ Le dice Jesús tocando sus oídos y su lengua. Le devuelve Jesús al mundo en el que pueda relacionarse y con el que pueda entrar en comunión y en comunicación. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’, nos comenta el evangelista.
Mucho nos quiere decir Jesús con este signo. Está su amor y es un signo del Reino de Dios que llega. Es la curación de unas enfermedades y es el facilitar la vida y el encuentro con los demás. Pero es un signo de mucho más. Somos nosotros los sordos y los mudos que hemos creado tantas barreras. Son tantas las limitaciones que ponemos tantas veces en nuestra relación con los demás. Somos nosotros los que necesitamos ser curados. Somos nosotros los que tenemos que ir por el mundo facilitando el encuentro y la relación entre las personas y los pueblos.
Tenemos que ser creadores de comunión, puentes de enlace y comunicaron entre unos y otros, constructores de es mundo nuevo donde seamos capaces de entendernos, de comprendernos, de comunicarnos de verdad desde lo más hondo de nosotros mismos.
Son las señales que hemos de dar del Reino de Dios en nuestro mundo en el que aunque haya muchos medios de comunicación social sin embargo sigue habiendo tantas soledades, tanta gente que se siente marginada en la vida, dejados a un lado del camino, no aceptados ni comprendidos porque quizá vienen de otros lugares, porque son de otra raza, porque emplean otro lenguaje, porque tienen una manera de pensar y de entender la vida muy distinta de la nuestra. Y nosotros nos alejamos, y los aislamos, y no nos comunicamos.
Tenemos que cambiar, tenemos que abrir nuestros oídos, nuestro corazón para que nos comuniquemos de verdad, para que entre todos hagamos un mundo nuevo en el que todos quepamos. Tenemos que aprender de una vez por todas a saber entrar en comunión y comunicación con los demás sean quienes sean. Demos de verdad las señales de que el Reino de Dios ha llegado.