Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta comunidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta comunidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de septiembre de 2026

Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

 



Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

Ezequiel 33, 7-9; Salmo 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

Cuando Jesús, por así decirlo, quiere darnos más motivos para que amemos a los demás y además lo hagamos con el mismo amor que Él nos tiene, nos enseña como en el rostro del pobre, del inmigrante, del forastero, del hambriento y del enfermo, sea quien sea, venga de donde venga, teníamos que verle a Él, porque lo que al otro le hiciéramos se lo estábamos haciendo a Él y nos estaba enseñando ese ministerio y servicio de la acogida en el que todos tenemos que estar apuntados; todos recordamos las imágenes con las que nos habla en el juicio final.

Pero podríamos decir que hoy da un paso más, nos hace subir en nuevo escalón, nos hace entrar en una nueva dinámica que podíamos decir una nueva espiritualidad, nos hace entrar en una nueva exquisitez cuando nos dice que allí donde estemos reunidos, los que sean, en su nombre, allí podemos tener la certeza y seguridad que está El. No es necesario que sea una reunión de santos, de personajes especiales, de quienes hayan hecho cosas extraordinarias, sencillamente los que queremos vivir en el nombre de Jesús, también con nuestras debilidades y tropiezos – que para eso ya nos dirá algo más -, con nuestra fragilidad y con nuestro pecado, con nuestra vida corriente y también a partir de nuestras pequeñas cosas no siempre hechas con toda perfección, allí estará Él en medio de nosotros.

Nos está hablando de un nuevo sentido de vivir, nos está diciendo que para ser en verdad sus seguidores, para sentir cómo nos ama y camina con nosotros hemos de entrar en la dinámica de la comunión, de sentirnos hermanos, de vivir el sentido de comunidad. Nuestro camino no es ir cada uno por su lado, aunque cada uno tengamos que desarrollar nuestras cualidades y también nuestras responsabilidades, nuestro camino siempre ha de ser el de encuentro y la reconciliación, de vivir esa maravillosa experiencia del amor, pero de una forma concreta con todos aquellos que caminan a nuestro lado, sean quienes sean, o sean como sean.

No es el camino de los perfectos, sino de los que hacen santidad cayéndose y levantándose, pero también siempre con la disponibilidad para acoger y para ayudar a levantarse al que cae a nuestro lado; es siempre camino de acogida, que tiene que hacerse más delicada y exquisita con los más débiles, y es camino siempre abierto a la reconciliación, nunca para el juicio y la condena, porque es tarea en la que todos siempre nos hemos de sentir comprometidos y en la que mutuamente con la mayor delicadeza hemos de ayudarnos.

Nos dice hoy Jesús cosas muy importantes. Nos quiere unidos, nos quiere acogedores, nos quiere personas de paz, nos quiere agentes de reconciliación, nos quiere pastores que cuidan el rebaño y han de saber ir a donde sea y hacer lo necesario para reencontrar a la oveja extraviada. El Reino de Dios es recinto abierto del que nadie ha de ser excluido por muy malvado o pecador que sea porque todos somos amados y es el amor que parte de Dios el que construye y constituye ese reino; y también los pecadores son amados, y también los que puedan parecer personas inmundas tienen derecho a tocar la orla del manto para llevar a revestirse de Jesús; y todo tienen que caber en nuestro corazón y en nuestra oración porque sería menos eficaz si no dejamos sentarse a todos en el corro de nuestra oración.

Si cuando estamos reunidos en su nombre tenemos la certeza de que Él está en medio de nosotros ¿quienes somos nosotros para excluir a nadie de esa reunión en el nombre de Jesús? Por eso nuestra vestidura principal tiene que ser la de la misericordia, que siempre nos hace comprensivos y acogedores, pero aunque mucho nos llenemos la boca de esa palabra ¿somos en verdad testigos de la misericordia, estamos revestidos en verdad de misericordia y comprensión, dando verdaderas muestras de acogida a todos, en el ámbito de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia?

¿Realmente de qué estamos más preocupados? ¿Solo de la apariencia de la santidad o porque con nuestro amor ponemos santidad en nuestros corazones para purificar nuestros más hondos sentimientos y actitudes de nuestra vida? Es mucho lo que hoy nos dice el evangelio.


martes, 18 de agosto de 2026

Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

 


Aprendamos a despojarnos de ropajes de vanidad e ir ligeros de equipaje para que podamos hacer la tarea de la siembra de bien en nuestro mundo

Ezequiel 28, 1-10; Dt 32, 26-36ab; Mateo 19, 23-30

Ya hasta nos dice que cuando vayamos a viajar vayamos ligeros de equipaje. No sé si os habrá sucedido o lo hemos contemplado, en un aeropuerto, en una estación de viajeros sea cual sea el medio de transporte que vayamos a utilizar a alguna persona que corre hacia el punto de encuentro o de salida de su viaje arrastrando maletas y equipajes, bolsos y paquetes por todos lados que ya no sabe cómo llevarlos o colgarlos incluso de sus brazos o de donde sea y que le hace ir dando traspiés y tropezando con todo en la dificultad de poder caminar ligero. Nos puede parecer incluso hasta cómico pero es una triste realidad con que tropezamos en la vida.

¿No será así cómo nosotros de alguna manera andamos por la vida? Cuántas cosas vamos acumulando, de cuantas cosas nos vamos envolviendo, cuánta avaricia tenemos que reconocer en el fondo llevamos en nuestra vida. Que no nos falte nada, nos decimos, y andamos agobiados a ver cómo podemos ganar más porque queremos tener de todo; y lo malo es que en ocasiones ni lo disfrutamos, sino solo por el placer de decir que tenemos no sé cuantas cosas, o no sé cuántos ahorros, pero que no queremos tocar porque algún día nos podrá faltar. Aquel hombre rico del que nos habla Jesús en una parábola que tuvo una gran cosecha y agrandó sus bodegas para guardar todo aquello que había cosechado y ya pensaba que tenía la vida resuelta porque tenía muchos bienes acumulados y ya ni siquiera tendría que trabajar.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio; y todo partió de aquel joven rico que venía con buena intención buscando la manera de alcanzar la vida eterna, pero que al planteamiento de Jesús de guardar sus tesoros no en estas bodegas terrenales donde nos lo pueden robar o la polilla carcome los guardemos en el cielo. Pero como hemos reflexionado recientemente aquel joven se marchó triste porque era rico y le parecía que si se desprendía de cuanto poseía ya no tendría dónde apoyarse en la vida, ya no tendría seguridad en su vida.

Por eso hoy Jesús nos habla de que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos. No está condenando Jesus la posesión de unos bienes que necesitamos en el vivir de cada día; tendríamos que recordar el mandato de Dios en el paraíso de dominar la tierra para hacerle producir sus frutos; tendríamos que recordar la parábola de los talentos donde se nos pide cómo tenemos que desarrollar lo que somos y lo que tenemos, nuestros valores y nuestras capacidades porque todo ha de tener su rendimiento; condena Jesús en aquella parábola al que guardó el talento bajo tierra para no perderlo pero no fue capaz de ponerlo en valor.

Lo que hoy Jesús nos está queriendo hacer reflexionar es la utilización que nosotros hacemos de esos medios materiales que podemos obtener con nuestro trabajo y con el desarrollo de lo que tenemos y somos. Y es que lo que no nos vale es la actitud egoísta del que lo quiere acaparar todo, del que solo busca la acumulación de una riquezas por una parte muchas veces solo en beneficio propio, pero muchas veces también sin saberle sacar jugo para nuestro disfrute. Es la codicia la que nos hace daño porque nos encierra en nosotros mismos, porque nos viste de vanidad, porque son peldaños que queremos aprovechar para elevarnos sobre pedestales, porque es el juego que nos lleva a la prepotencia y al poder para elevarnos por encima de los demás, porque es la que nos crea una coraza de insolidaridad que endurece nuestro corazón.

Qué importante es que tengamos esa disponibilidad con lo que somos y con lo que tenemos que nos lleve al compartir, que nos valga para tender puentes que nos acerquen y nos ayudan a enriquecernos mutuamente, porque ya no solo seremos capaces de desprendernos de esos bienes materiales que tengas sino que aquello que somos lo disponemos para ese mutuo enriquecimiento porque yo tambien me veré beneficiado de los buenos valores de los demás.

Jesus le responde a Pedro que anda un poco preocupado porque ellos lo han dejado todo por seguir al Maestro con aquello de que recibirán cien veces más. Y es que si yo soy generoso me voy a encontrar con la generosidad de los demás, si yo pongo mis valores en juego para el bien de la comunidad esa riqueza a la que aportan también con generosidad los demás también me enriquecerá a mi. No podemos olvidar que tenemos que ser semillas de bien allá donde estemos y al final florecerá ese campo de la vida. Aprendamos a ir ligeros de equipaje, como decíamos al principio, porque solo así podremos hacer esa hermosa siembra en la vida.


sábado, 11 de julio de 2026

La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

 


La herencia que Jesús nos regala desde nuestro desprendimiento para seguirle en los caminos del amor que nos hace pasar por el sentido de una nueva comunión con visos de vida eterna

Proverbios 2, 1-9;Salmo 33; Mateo 19, 27-29

¿Que regalo me vas a hacer? Somos amigos, ¿no? Alguna vez hemos escuchado una cosa así, seguramente de alguien que se nos dice amigo. Como también estamos pensando en las herencias que vayamos a recibir de nuestros mayores, y estamos pensando en propiedades, en cuentas bancarias, en posesiones o en títulos. ¿Somos interesados? Nos movemos en un mundo de materialidades, de posesiones, de prestigios o de poder que muchas veces fundamentamos en las riquezas materiales. ¿Es esa la verdadera herencia que podemos dejar tras nosotros tras el paso por esta vida? ¿Son esos los regalos que podemos ofrecer a quienes apreciamos? Pero así andamos en la vida.

Dijo Pedro a Jesús: Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ ¿Andará Pedro en estas texituras de las herencias? Somos humanos; aquellos discípulos que Jesús había escogido y de entre los cuales había escogido aquellos doce Apóstoles entre los que se encontraba Pedro tenían por supuesto esas características humanas como todos y en sus corazones estaban las ambiciones que reinan en el corazón de todos los hombres. Un día se habían decidido a seguir el camino de Jesús y se habían hecho sus discípulos y ahora Jesús los había llamado a algo más. En su mente estaban los sueños de todo buen judío que esperaba la llegada del Mesías al que ellos le habían dado unas especiales características; significaba, según el pensamiento común, la liberación de toda opresión extranjera, lo que conllevaba todo un nuevo orden en lo político y en lo social acompañado de unas nuevas manifestaciones de poder. ¿Sería por ahí por donde estaban las herencias que pedía Pedro?

Si seguimos en la honda de Pedro nos puede producir una cierta confusión la respuesta de Jesús pero las palabras de Jesús van por otros caminos. Jesús siempre quiere elevar nuestra mente y nuestro espíritu, quiere que le demos otra trascendencia a la vida y a lo que hacemos, y terminará Jesús hablándonos de premios de vida eterna. Habla es cierto de que si hemos renunciado a padre o madre, a hermanos o a hermanas, o a todas esas materialidades de la vida vamos recibir el ciento por uno, y nos dice en esta vida. Es donde podemos quedarnos confundidos, pero es donde vamos a descubrir la verdadera riqueza que nos ofrece Jesús.

El ciento por uno, que nos dice Jesús, y nos habla de nuestra vida, porque vamos a aprender a valorar en todo su sentido ese amor que podemos recibir de los demás que en su reino ya no se reduce solamente a los que por lazos de sangre o de amistad tengamos cerca de nosotros sino que entramos en otra familia, en otra honda de amor que no solo nosotros ofrecemos sino que también recibimos. Es lo que tenemos que aprender a valorar, es la riqueza que estamos recibiendo del amor de los demás en toda esa profundidad nueva que va a tener un amor según el estilo de Jesús. En una verdadera comunidad cristiana cómo nos sentimos enriquecidos en esa vivencia de comunión y en ese sentido de familia que nos sentimos entre todos.

Pero aun nos dirá más Jesús, ‘y heredará la vida eterna’. Nos habla Jesús del Hijo del hombre en su trono de gloria, y para ellos que de tan cerca le han seguido ‘doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel’. Es el gozo de la esperanza, como es el gozo de la entrega y de nuestra disponibilidad, es el gozo de la comunión, es el gozo del amor. La verdadera herencia, el hermoso regalo del amor de Dios que se manifiesta en ese amor de los hermanos.

miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


jueves, 9 de noviembre de 2023

Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

 


Un auténtico sentido de iglesia y de comunidad, para ser ese verdadero templo de Dios, digna imagen del cuerpo de Cristo para que muchos se encuentren con el Salvador

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Confieso que cada vez que he ido a Roma he manifestado especial interés y motivación en la Basílica de san Juan de Letrán o del Salvador, puesto que es la sede del Obispo de Roma, la sede del Papa entonces, con ese especial significado que tiene de ser la Catedral de Roma, la madre de todas las Iglesia, como se la ha llamado. Hoy estamos celebrando su Dedicación en esta fiesta litúrgica. Normalmente centramos mucho la visita en la Basílica de San Pedro del Vaticano por ser el lugar donde reside el Papa, y ser el lugar de las principales celebraciones y concentraciones en torno al Papa.

Desde la primera vez que la visité, hace ya bastantes años, uno se siente allí sobrecogido no solo por la grandiosidad del edificio y su belleza, sino porque queremos ir a lo más hondo del significado de la Iglesia. Fruto de su época y de los esplendores artísticos de otros tiempos es lo que con los ojos podemos contemplar, pero tienen que ser los ojos del espíritu, los ojos del corazón los que contemplen su más hondo significado. Si allí artísticamente se quiso recoger lo más hermoso  de aquellos tiempos en que se levantaron aquellos edificios, en ellos tenemos que saber descubrir cual es lo más hermoso de la Iglesia.

‘¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’, nos decía el apóstol san Pablo. Esas piedras allí colocadas para levantar ese hermoso edificio nos están hablando de lo que nosotros somos y del edificio que construimos con nuestras vidas. Si hoy tenemos esos templos, testimonio del amor a la Iglesia de nuestros antepasados que pusieron todo lo mejor que supieron hacer para levantar esos magníficos templos, pensemos en el templo de Dios que cada día nosotros tenemos que ir construyendo con nuestras vidas y cómo también hemos de poner lo mejor de nosotros mismos en su construcción.

Tiene que ser amplio también ese templo de Dios que hoy construimos, porque en él tienen que caber todos los hombres. Todos estamos invitamos a participar en él del banquete del Reino, en el que nadie puede ser excluido. Por eso, como tantas veces hemos reflexionado, lo que hacemos y lo que construimos con nuestra vida y desde nuestra fe, tiene que tener esas puertas abiertas para que allí todos quepamos y nadie quede excluido. Es la salvación que Jesús quiere para todos los hombres. Es la tarea en que tenemos que empeñarnos; es el compromiso de nuestra vida de esa construcción de la comunidad cristiana.

No nos preocupamos ya tanto de la belleza de unos templos materiales, sino que hemos de cuidar mucho la belleza de vida que nosotros podemos ofrecer en nombre de Jesús. Es nuestra tarea y es la tarea de todos, en la que todos nos tenemos que sentir implicados. Como tenemos que sentirnos comprometidos por mantener la belleza de ese templo, la belleza de esa iglesia que somos nosotros y sabernos dejar purificar. Hoy el evangelio nos presentaba la imagen de Jesús expulsando a los vendedores del templo que en lugar de una casa de oración la habían convertido poco menos que en una cueva de ladrones.

No era solo el templo de Jerusalén el que había que purificar, somos nosotros los que tenemos que purificarnos de muchas actitudes que permanecen latentes en nosotros y que le quitan belleza a ese templo de Dios que hemos de ser. Permanecen  en nosotros muchas veces solapadas con otras apariencias muchas vanidades y muchas apariencias llenas de superficialidad, muchas actitudes discriminatorias y muchas barreras que seguimos manteniendo que nos distancian o que impiden que muchos puedan acercarse también a los caminos de la salvación, muchas posturas orgullosas e insolidarias que nos impiden que todos nos sintamos bienvenidos porque nos sentimos hermanos, muchas cosas interesadas que le quitan el brillo a la autenticidad y a la congruencia.

Que esta celebración de hoy nos ayude a encontrar ese verdadero sentido de iglesia y de comunidad, a ser ese verdadero templo de Dios, a que seamos ante el mundo esa imagen del verdadero cuerpo de Cristo que todos constituimos y así seamos en verdad polo de atracción para que muchos se encuentren con el Salvador.

viernes, 22 de septiembre de 2023

El camino del Reino de Dios no lo podemos hacer en solitario, ser iglesia es algo más que un concepto bonito, ser Iglesia es caminar juntos porque vivimos una misma comunión de amor

 


El camino del Reino de Dios no lo podemos hacer en solitario, ser iglesia es algo más que un concepto bonito, ser Iglesia es caminar juntos porque vivimos una misma comunión de amor

1 Timoteo 6,3-12; Sal 48; Lucas 8,1-3

Caminantes, ¿solos o acompañados? Decimos que mejor hacer el camino acompañados, sin embargo en muchas ocasiones nos aparece la tendencia o la tentación de querer hacer el camino solos; nos queremos valer por nosotros mismos, y eso está bien, porque tenemos que desarrollar nuestros valores y cualidades, pero también tenemos que reconocer que haciendo las cosas en unión con los demás las fuerzas se multiplican.

Ya sé que algunos dicen que mejor solos que mal acompañados, pero esto está mostrando una desconfianza en nosotros mismos y una desconfianza en los demás, porque parece que damos por sentado que van a ser malos acompañantes. Tenemos que aprender, lo que no siempre es fácil, porque eso significa también reconocer el valor de los demás, lo que nos estará haciendo bajar de nuestros pedestales soberbios y que nos vuelven egoístas. Tenemos que aprender porque significa también que aquello que yo sé o que yo tengo lo pongo en comunión con los demás, y mis valores no van a ser solo para una ganancia egoísta en que solo piense en mi mismo. Con lo que yo soy y con lo que yo tengo también voy a contribuir a la riqueza - y no se trata solo de lo material - de los demás.

Me estoy haciendo estas consideraciones iniciales a la reflexión de este día fijándome en el sentido que nos ofrece hoy el evangelio. Nos dice que Jesús iba caminando de ciudad en ciudad para anunciar el evangelio del Reino, pero no iba solo; no es solo cuestión de la gente que le sale al paso y quiere acompañarlo para escuchar sus enseñanzas o para beneficiarse de sus signos, sino que nos está diciendo el evangelio que iba acompañado por el grupo de los doce, aquellos a los que había escogido de manera especial, pero también por otras personas, y nos menciona algunas mujeres que les ayudan con sus limosnas para subsistir, pero también en la tarea del anuncio del Reino.

Nos enseña Jesús a que no vayamos solos, nos enseña Jesús a saber colaborar los unos con los otros en tantas cosas buenas que podemos y tenemos que hacer. Es bueno recordar también que cuando los envía a hacer un primer anuncio del Reino de Dios allí por donde Él iría después, los envía de dos en dos, nunca solos.

El camino del Reino de Dios no lo hacemos nunca en solitario; es cierto que cada uno tiene que dar sus pasos, cada uno ha de realizar su proceso interior de escucha de la Palabra y de dar respuesta a esa Palabra que recibe, pero no caminaremos nunca solos, contamos siempre con los demás que están haciendo el mismo camino, y que tenemos que hacer el mismo anuncio y dar el mismo testimonio.

Tendría que ser la realidad que hemos de vivir en Iglesia, la realidad de nuestras comunidades cristianas. Una tarea que tenemos que realizar, una tarea en la que aún nos quedan muchos pasos que dar, porque demasiado hemos vivido, aunque decimos que somos Iglesia, un cristianismo demasiado individualizado, un cristianismo que lo hemos realizado muchas veces cada uno por su lado; aun no tenemos conciencia verdadera de que somos comunidad que tenemos que vivir como comunidad.

Tenemos que seguir luchando por construir Iglesia, por construir verdaderas comunidades cristianas, para que incluso nuestro testimonio pueda ser más auténtico, para sentirnos apoyados mutuamente en nuestro camino, para no vernos solos y abandonados cuando caemos porque parece que cada uno sigue su camino sin importar quien haya caído en el camino o se quede atrás. Tenemos que aprender a sentir verdadera preocupación los unos por los otros por esa comunión de amor que hemos de vivir. Todavía muchos cristianos siguen sintiendo la soledad de los que caminan solos y no encuentran esa mano amiga que les acompañe.

Es triste que nos digamos Iglesia pero no hayamos creado esa comunión de amor.


domingo, 8 de mayo de 2022

Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

 


Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

En la vida que vivimos, más urbana, más alejada del entorno natural de nuestros campos y de los cultivos tradicionales y del estilo de ganadería de otros tiempos, las imágenes de un rebaño nos resultan extrañas, como restos de otras épocas y parece que ya nada pueden decirnos al hombre de hoy. Nos queda el remedio de los medios de comunicación, de la televisión y de documentales que algunas veces tratan de trasmitirnos hechos o costumbres de otras épocas para que podamos volver a contemplarlas. Nos quedan restos en los reclamos de los caminos de la trashumancia por los que eran llevados de un sitio para otros buscando mejores pastos para el ganado.

La imagen de un rebaño que es conducido de un lugar para otro puede llevarnos a una cierta confusión porque algunas veces pensamos en un camino irracional e instintivo el que realiza el ganado, pero los ganados escuchan una voz que les guía porque conocen al pastor que está a su cuidado, son conducidos no tan irracionalmente por unos perros pastores que incluso los protegen, lo que nos puede sin embargo manifestar una fuerza de unidad muy grande que pueda ser bien significativa y de gran enseñanza para nosotros.

Son las imágenes que se nos ofrecen en el evangelio y en toda la Palabra de Dios de este domingo que precisamente es llamado el domingo del Buen Pastor. Por eso la liturgia nos hará repetir como un eco que se nos mete en nuestras entrañas aquello de que ‘nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’. Ovejas de su rebaño recordándonos las imágenes que se repiten en el evangelio y toda la Palabra proclamada pero que formamos un pueblo. Un rebaño que es pueblo nos viene a decir, un rebaño que mantiene una unidad pero un rebaño que se viene a constituir en comunidad, que es el pueblo de Dios que camina unido.

Ni el rebaño se constituye simplemente porque juntemos unas ovejas, ni el pueblo se hace simplemente porque vivamos en un mismo lugar. Es necesario algo más, las ovejas conocerán a su pastor y aunque estén con otras ovejas solamente seguirán el silbo y la voz del que es su pastor; el pueblo no es solo la formación de unos edificios los unos junto a los otros, sino que lo hará la convivencia entre quienes forman aquella comunidad y convivencia es mucho más que estar los unos al lado de los otros.

La convivencia la conseguimos cuando queremos caminar juntos, cuando llevamos a compartir metas los unos con otros y somos capaces de aunar esfuerzos para lograr nuestras metas, cuando somos capaces de trazarnos un camino y luchamos por hacerlo siendo capaces de tendernos la mano los unos a los otros para que nadie se quede en la cuneta, cuando buscamos el encuentro y la comunicación siendo capaces incluso de perder tiempo para sentarnos juntos a la caída de la tarde en las puertas de nuestras casas para compartir las incidencias del día con los que son nuestros vecinos. Una tarea preciosa e ilusionante que sin embargo muchas veces abandonamos y llega el caso de que vivimos puerta pegada a la de los otros y ni su nombre conocemos y no digamos cuando creamos abismos en las relaciones entre los unos y los otros.

Muchas cosas tenemos que recuperar para ser ese pueblo que se siente unido y que camina unido. Muchos tenemos que recuperar en nuestras comunidades que muchas veces solo tienen el nombre del titular de la Parroquia que un día le pusieron. Porque hablamos en el sentido humano de lo que son nuestros pueblos, pero hablamos de la realidad de ese pueblo que llamamos el pueblo de Dios que son nuestras comunidades cristianas, que es nuestra Iglesia.

Tenemos que buscar ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente como una familia porque en verdad nos sentimos hermanos, esa Iglesia en que sepamos aceptarnos todos aun con los defectos y limitaciones que tengamos, una Iglesia que se siente pecadora con los pecadores, pero que al mismo tiempo se siente santa porque aspira a ese crecimiento espiritual que le haga vivir en esa comunión de los hijos de Dios, esa Iglesia con unos pastores que en verdad están al lado de su rebaño sintiendo como propias las necesidades y preocupaciones, la limitaciones y los pecados de cada uno de sus miembros, esa Iglesia que arropa a su pastor en sus luchas y dificultades, en sus problemas o en sus momentos de debilidad siendo como aquella comunidad de Jerusalén que oraba por Pedro mientras estaba en la cárcel.

‘Somos su pueblo y ovejas de su rebaño’, que hoy repetimos con la liturgia. Que en verdad así seamos y nos convirtamos en verdadero signo de algo nuevo ante el mundo que nos rodea.

 

lunes, 18 de abril de 2022

Las mujeres se pusieron en camino y vino Jesús resucitado a su encuentro que ahora les pedía que el grupo de los discípulos vaya a Galilea para encontrarse con el Señor

 


Las mujeres se pusieron en camino y vino Jesús resucitado a su encuentro que ahora les pedía que el grupo de los discípulos vaya a Galilea para encontrarse con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33; Sal 15; Mateo 28, 8-15

Ellas sólo habían visto que el sepulcro estaba vacío; allí no estaba el cuerpo muerto de Jesús que iban buscando para embalsamarlo debidamente porque en la tarde del viernes no habían podido realizar. Unos ángeles les habían dicho que por qué buscaban entre los muertos al que vivía, que no estaba allí porque había resucitado como lo había dicho, pero ellas corrieron llenas de miedo y al mismo tiempo con alegría en el alma a anunciar a los que estaban reunidos en el cenáculo lo que había sucedido.

Hasta entonces no lo habían visto, no tenían otra certeza sino que el sepulcro estaba vacío, pero Jesús les sale al encuentro en el camino. Llenas de alegría por el asombro y la sorpresa se tiran a sus pies para abrazarlo pero allí están sus palabras. No temáis: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán’. Se acaban los temores y los miedos. Era El. No lo habían encontrado en el lugar de la muerte, en la sepultura, pero ahora les sale al encuentro en el camino. ¿Será acaso que necesitamos ponernos en camino, salir al camino porque será así cómo Jesús viene a nuestro encuentro?

Ponerse en camino es salir de sí mismo; no nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos, en lo de siempre, en nuestras ideas o planteamientos; salimos de nosotros mismos y abrimos nuestro espíritu, descubrimos algo nuevo, se amplían horizontes, vemos con más claridad lo que quizá teníamos antes delante de nosotros pero no nos habíamos fijado; salimos de nosotros mismos y nos encontramos con los demás, salimos de nosotros mismos y nos damos cuenta del paso de Dios.

Iban con sus ideas preconcebidas al sepulcro; incluso lo que habían escuchado a Jesús no terminaban de entenderlo; no terminaban de entender aquella muerte, no terminaban de entender que todo acabara así; seguían con sus lagrimas en los ojos, no podían ver con claridad.

Llegaron al sepulcro y lo encontrado las desconcertó, no estaba allí el cuerpo de Jesús, porque solo pensaban en un cuerpo muerto al que había que embalsamar; se sintieron descolocadas y lo que los Ángeles les decían comenzaron a abrirles camino, se pusieron en camino, al menos habría que anunciar al grupo de los apóstoles lo que habían encontrado. Pero al ponerse en camino se encontraron con Jesús. No era un muerto al que tenían que buscar. El estaba vivo, había resucitado.

Pero ese encuentro les hacía seguir en camino; claro que tenían que ir al encuentro con los demás, era el encuentro con la comunidad, pero ahora tenían algo más que anunciar. Jesús había estado con ellas, aunque luego ellos tampoco las creyeran, y allí estaba el mensaje, también tenían que ponerse en camino para ir a Galilea, para encontrarse con el Señor.

¿Seremos en verdad una comunidad en camino? ¿Cuál será esa Galilea a la que tenemos que ir para seguir encontrándonos con el Señor? Y nosotros ¿qué buscamos? ¿Qué ideas preconcebidas tenemos? ¿Seguiremos encerrados en nuestros círculos sin salirnos de ellos? ¿Tendremos miedo de ponernos en camino también?

Tenemos que comunicar lo que hemos vivido y experimentado en estos días, en estas celebraciones. Seguro que hay una riqueza grande dentro de nosotros. Algo nuevo habrá llegado a nuestro corazón. Pero pongamos en camino para comunicarlo, para anunciarlo, veremos cómo en ese camino vamos a ir teniendo un encuentro nuevo y vivo con el Señor.

martes, 15 de marzo de 2022

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino


 

Nada de apariencias vanidosas en que nos llenen de adornos que crean diferencias, ni de títulos que nos suban a pedestales, ni padres ni maestros porque hacemos el mismo camino

Isaías 1, 10. 16-20; Sal 49; Mateo 23, 1-12

Hemos de estar preparados para afrontar los retos que nos presenta la vida, es cierto; podíamos decir que la vida cada día es más compleja, surgen problemas nuevos, hay mayor diversidad de pareceres y opiniones y bien sabemos que no es cuestión de hacer las cosas así como por rutina, porque siempre se ha hecho así, sino que tenemos que afrontar nuevos retos y nuevos estilos, problemas que se nos van presentando en esa complejidad de la población en la que vivimos, avance que se va realizando técnicamente y también en el orden del pensamiento. Como decíamos, nos exige preparación, profundización en nuestro pensamiento, revisión de muchas cosas, tener fundamentos sólidos en aquello que vamos presentando.

Cuando hablamos de preparación podemos hablar de estudios, podemos hablar de profundización de nuestro propio pensamiento, podemos hablar de nuevas categorías académicas que van surgiendo, pero también nos podemos ir encontrando como diversos y distintos escalones en los que la misma población se va situando. Y es ahí donde aparecen títulos y reconocimientos que en un momento dado en ese orgullo de aquello que hacemos o que hemos conseguido nos puede llevar a subirnos en pedestales que nos alejan, en jaulas que nos encierran, en distanciamientos que nos creamos entre unos y otros.

Esos escalones de crecimiento intelectual, por llamarlo de alguna manera, que vamos consiguiendo en nuestro camino de preparación y profundización, ¿qué finalidad tiene?, podríamos preguntarnos. Todo siempre tendría que tener una función de servicio a esa comunidad a la que pertenecemos, porque esos respuestas que vamos encontrando, ese avance que vamos realizando tendría que ser siempre en función de ese servicio, función del bien de esa comunidad. Pero algunas veces tenemos la tendencia a encasquillarnos en nuestros saberes creando un aislamiento de cuanto nos rodea, y fundamentalmente creando un aislamiento de esos hermanos nuestros a los que estamos llamados a servir.

Hoy Jesús nos previene. El quiere un nuevo estilo de comunidad, un nuevo sentido de humanidad; un mundo en el que desterremos todo aquello que nos pueda distanciar y separar; un mundo de comunión en el que tenemos que saber caminar juntos aportando cada uno desde sus valores, desde sus cualidades y capacidades, un mundo donde nunca nos pongamos unos sobre otros, sino que sepamos caminar codo con codo; un mundo de sencillez donde desterremos los alardes que puedan crear distinciones entre nosotros, un mundo en que en verdad nos sintamos hermanos.

Puede parecer una utopía, pero es algo que podemos hacer realidad. No son sueños vanos, sino realidades que tenemos que crear; por eso nadie puede estar en un pedestal superior; un mundo donde desterremos categorías y jerarquías que nos quieran hacer depender los unos de los otros. Por eso, hoy claramente nos dice, fuera los títulos que crean esas distinciones. Ya en otro momento nos dirá que la verdadera grandeza está en el servicio, en poner a disposición de todos aquello que somos.

Nada de imponer sobre los demás lo que nosotros no seamos capaces de hacer. Nada de apariencias vanidosas en que nos llenemos de adornos que crean diferencias ni de títulos que nos suban a pedestales. Ni nos llamemos maestros, ni nos llamemos padres de nadie, porque todos somos hermanos y todos estamos haciendo el mismo camino. Nada de búsquedas de reverencias ni halagos, porque nos creamos más merecedores que los demás. Nada de reconocimientos honoríficos, sino todos caminos en la sencillez y en la humildad.

domingo, 16 de enero de 2022

Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

 


Si creemos en la Palabra de Jesús esa agua de los valores de los que llenamos las tinajas de nuestra vida se va a convertir en vino nuevo que dé sentido nuevo a lo que hacemos

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-11

A esto le falta algo, decimos cuando probamos una comida que no está bien sazonada, a la que le falta sabor, a la que le falta sal; pero lo decimos también muchas veces en la vida en muchas cosas que parece que no terminan de funcionar, que le falta algo, que le falta vida; una organización que languidece, que no avanza, que parece que se muere porque quizás sus dirigentes son indolentes o no tienen ideas nuevas para hacerla resurgir; un proyecto al que no le vemos claramente sus motivaciones y no termina de salir adelante, porque como decimos le falta algo; una fiesta que no termina de animarse y aunque suene la música no hay nadie que arrastre, que le dé entusiasmo, que le dé alegría; una boda a la que le falta el vino y la gente pone cara de poca alegría, de poco sentido de fiesta porque parece que no hay nada que la ponga a tono.

¿Faltan ideas o faltan impulsos que nos lleven a algo nuevo? ¿Falta vitalidad en nuestro interior porque quizá haya vacío y frío espiritual dentro de nosotros? ¿Falta hondura en la vida porque nos quedamos en la comodidad de lo superficial o rehusamos lo que signifique el más mínimo esfuerzo? Cuántos vacíos nos podemos encontrar en la vida, en lo que hacemos, o lo que es la vida de nuestra sociedad, lo que es la vida de nuestras comunidades porque falta ese algo que dé un sentido nuevo, dé una alegría nueva, o abra caminos nuevos delante de nosotros que en verdad nos lleven a alguna parte que merezca la pena.

Y fijándonos en cosas de la vida a las que les falta algo – cuantas cosas más podríamos mencionar entre ellas la vida de nuestras comunidades – hemos llegado al signo que se nos ofrece en el evangelio de hoy. Una boda en Caná de Galilea, un pueblo bastante cercano a Nazaret, en la que Jesús y María están entre sus invitados. Aunque en otro momento del evangelio aparece la rivalidad de pueblos vecinos, normal sería que entre uno y otro pueblo hubiera parientes o amistades familiares. Ahí está la boda que va transcurriendo según los rituales normales de ese tipo de fiestas, pero en un momento determinado es la madre de Jesús la que se da cuenta de que algo falta, no hay vino. Es el comentario que hace a Jesús. ¿Cómo podría continuar la fiesta y cómo iba a quedar de mal el novio por la falta de previsiones?

Ya escuchamos el diálogo entre madre e hijo que con mirada superficial nos podría resultar incomprensible en que Jesús parece desentenderse. Pero los ojos de una mujer, los ojos de una madre no pueden cerrarse ante aquella situación e insiste en buscar solución que ella sabe que solo puede estar en Jesús. Cuántas veces ante los problemas nos quedamos paralizados, sin solución y no sabemos a quién acudir, donde encontrar la respuesta a nuestra inquietud. María nos está dando una lección. Solamente sugerirá a los sirvientes que hagan lo que diga Jesús. ¿No será lo que tantas veces allá en lo hondo del corazón nos está sugiriendo a nosotros, aunque no lo queramos ver?

Muchos vacíos van apareciendo en el relato, como vacíos nos encontramos tantas veces en la vida. Falta agua, falta vino, falta calor interior, faltan espíritus creadores, falta fuerza interior. Hasta las tinajas de agua de las purificaciones están vacías, hay que llenarlas. Y es lo que Jesús les pide – ‘llenad esas tinajas de agua’, les dice -, pero para que luego desde esas tinajas puedan sacar un vino nuevo. Es Jesús el que da el cauce para que esas tinajas se llenen y puedan ofrecer ese vino nuevo. Será en Jesús donde podemos encontrar ese vino nuevo, esa fuerza interior, ese espíritu grande que nos pueda impulsar a cosas grandes.

No serán necesarias grandes cosas porque Jesús lo único que está pidiendo es que se llenen de agua aquellas tinajas. Pero una cosa es necesaria, que creamos en la palabra de Jesús y desde esas pequeñas cosas a las que ahora les vamos a dar una importancia especial podrá surgir un vino nuevo, podrá surgir algo que nos va a dar hondura a la vida, que nos va a llenar de sentido o que va a poner una nueva alegría en el corazón. Será quizá desarrollar esos valores y esas cualidades que cada uno tenemos; será comenzar a creer incluso en nosotros mismos que aunque nos parezca que somos pequeños y hasta en ocasiones nos consideramos inservibles, sin embargo con eso que somos podemos hacer maravillas. Cada uno tenemos unos valores y tenemos una función en la vida, en el lugar que nos corresponda.

Mantengamos ahí nuestra fidelidad, desarrollemos ahí eso que somos capaces de hacer desde esas cualidades que tengamos, aunque nos parezcan insignificantes. Algo tan sencillo como el agua se convirtió en el mejor de los vinos que puso alegría en aquella fiesta de bodas. Con algo tan sencillo como tú eres o como tú tienes podemos poner esa alegría nueva en la fiesta de la vida, podemos hacer que haya un nuevo sabor allí donde estamos, allí con la gente de la que nos rodeamos, allí en la comunidad donde vivimos. Así nuestro mundo podrá tener un nuevo sabor.

Pongamos a Cristo en medio de todo esto – haciendo lo que El nos diga – y podremos darle ese vino nuevo a nuestro mundo, podemos darle ese sabor nuevo a nuestra vida, podremos hacer que nuestra sociedad tenga nueva vida, que nuestras comunidades vivan la intensidad de su comunión.

martes, 9 de noviembre de 2021

Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

 


Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos o basílicas, sino la imagen de los cristianos verdadero signo de la presencia de Jesús

Ezequiel 47, 1-2. 8-9. 12; Sal 45; 1Corintios 3, 9c-11. 16-17; Juan 2, 13-22

Nos gusta tener nuestra casa ordenada y limpia. Hay quienes se lo toman como una obsesión y pareciera que vivieran esclavos de la casa, de su limpieza, del orden que habría que tener en ella. Pero nos gusta a todos que sea acogedora, que nos sintamos a gusto, que tengamos lo que necesitamos a mano, que quien llegue a las puertas de nuestra casa se sienta invitado, no solo con nuestras palabras, sino por la suave fragancia que brota de ella con nuestra acogida y con los detalles que les ofrecemos; ahí está otro de los detalles, cuando recibimos a alguien siempre queremos ofrecerle algo, queremos tener un presente para que se sienta bien. 

Ahí está el café que inmediatamente se prepara en las casas de nuestra tierra. Pero será también nuestra presencia la que hará que en verdad quienes nos visitan se sientan en verdad acogidos.

Sin embargo, habremos tenido en alguna ocasión la sensación de desorden y dejadez cuando hemos llegado a algún lugar. No es la pobreza material, sino quizá la pobreza de espíritu de los que allí habitan, que lo hacen de cualquier manera y no se preocupan lo más mínimo por hacer acogedor su hogar. Yo conozco personas que cuando tienen cierta confianza y llegan a un lugar así inmediatamente sin que nadie se lo pide se ponen a ordenar, a colocar las cosas en su sitio, a tratar de limpiar en lo que les dejen. No soportan que los que allí viven lo hagan de esa forma y den esa sensación a quienes llegan. Alguna vez lo habremos sentido así en la casa de un amigo o de un familiar muy querido y hemos tratado de ponernos a hacer algo con la mayor delicadeza del mundo.

Hoy vemos que Jesús llegó al templo de Jerusalén y ya no lo pudo soportar más. Se lió a porrazos con los vendedores que se habían apoderado de los atrios del templo convirtiéndolo en un mercado. Quizá valiéndose de la necesidad de tener a punto los animales para los sacrificios, o los cambios de monedas para las ofrendas que no se podían hacer sino con las monedas propias del templo, se había levantado aquel tremendo tinglado que Jesús no puede soportar. Aquel lugar tenía que ser casa de oración y como les dice Jesús lo han convertido en un mercado y en una cueva de bandidos. Ya le echarán en cara a Jesús con qué autoridad se había atrevido a realizar aquella acción de limpieza del templo.

Pero Jesús todo eso quiere convertirlo para nosotros en una parábola profética. Las parábolas no son solo palabras, sino que pueden ser gestos que se realizan y que tienen ese sentido profético para nuestras vidas. Estamos acostumbrados solo a ver las parábolas que se nos ofrecen en los evangelios pero a lo largo del antiguo testamento sobre todo con los profetas podremos ver muchos gestos que son verdaderas parábolas para el pueblo por los hechos que realizan los profetas.

Hoy cuando le piden explicaciones a Jesús, les dice que destruyan ese templo que El en tres días podrá reedificarlo. No entenderán entonces las palabras de Jesús que servirán incluso para la acusación ante el Sanedrín, pero el evangelista ya con la inspiración del Espíritu podrá decirnos que se refería a su cuerpo y estaba hablando de su muerte y de su resurrección.

Pero, ¿quién es hoy el cuerpo de Cristo al que Jesús para nosotros se estará refiriendo? Ese cuerpo somos nosotros; recordemos que san Pablo nos hablará del Cuerpo Místico de Cristo que formamos todos los que creemos en El. Es una referencia a la comunidad de los creyentes y es una referencia a la Iglesia. Nos estará hablando de esa purificación que tendrá que haber en nuestra vida para que en verdad podamos ser ese templo vivo de Dios, esa morada del Espíritu, pero nos está hablando también de su Cuerpo que es la Iglesia.

La Iglesia que tiene que ser esa casa acogedora para que todos en ella nos sintamos a gusto; la Iglesia que tiene que ser esa casa de puertas abiertas para que todos puedan llegar a su seno y se sientan a gusto en ella porque en verdad nos sintamos esa morada de Dios en medio del mundo. ¿Cuál es el signo que damos los cristianos en medio del mundo que nos rodea? ¿Cuál es el signo que manifiesta la Iglesia?

Es de algo de lo que en verdad tendríamos todos que preocuparnos. Pero algunas veces andamos un poco confundidos. Las mismas expresiones que utilizamos algunas veces se nos vuelven ambiguas sin saber bien a lo que nos estamos refiriendo. Y hablamos de Iglesia y enseguida pensamos en nuestros templos y cada uno sentimos el orgullo del templo de nuestro pueblo, de nuestra comunidad y quizás nos gastamos y desgastamos incluso más de lo que tenemos por tenerlo bello, por tenerlo adornado, por llenarlo de esplendor y algunas veces, tenemos que reconocerlo también, de mucho boato.

Pero ¿cuál es el templo que tenemos que cuidar? ¿Qué es lo que en verdad tendría que preocuparnos? Como nos preguntábamos antes, ¿cuál es la imagen como Iglesia que nosotros damos ante el mundo que nos rodea? Hablábamos al principio de esa casa limpia y acogedora donde queremos sentirnos a gusto, ¿será así cómo nos sentimos en la Iglesia? Y no estoy hablando de cuando estamos reunidos en la iglesia, en el templo, sino, ya sea cuando estamos reunidos como comunidad cristiana, o a través de lo que como cristianos nosotros estamos realizando, ¿qué imagen atrayente damos a los demás para que también los otros quieran ser y participar de la vida de esa comunidad?

Creo que muchas cosas tendríamos que purificar en nuestra mente, en nuestra manera de actuar como cristianos, y en la forma como la Iglesia se presenta ante el mundo. Que cuando hablamos de Iglesia no nos venga enseguida la imagen de grandes templos, basílicas o catedrales, sino la imagen de unos cristianos que viven dando la señal de la presencia de Jesús. Eso es en verdad lo que nos tendría que obsesionar de la limpieza y del ordenar nuestra casa que es la Iglesia.

viernes, 1 de octubre de 2021

Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 


Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Algunas veces nos creemos merecedores de todo. No solo no somos agradecidos, sino que de alguna manera nos volvemos exigentes; hoy vivimos en un ‘mundo de derechos’ y todos nos creemos con derecho a todo; exigimos a la sociedad, exigimos a los que nos dirigen, exigimos a cualquiera que se nos presente por delante, porque, como decimos, tenemos derecho. Y hasta cuando alguien gratuita y generosamente nos ofrece algo, simplemente porque le apetece o porque esa es su manera de ser generosa y altruista, nos llegamos a creer incluso que aquello que nos ofrecen es un derecho que nosotros tenemos.

Con lo que estoy diciendo, no se me entienda mal, no estoy en contra de los derechos que todos como persona tenemos; hay una declaración de derechos humanos que ha costado siglos no solo conseguirlos sino el poder llegar incluso a elaborar esa llamada carta de derechos humanos. A lo que me estoy refiriendo en el párrafo anterior son a esas exigencias con las que vamos con la vida donde no sabemos reconocer lo que alguien generosamente nos ofrece o nos regala. Por eso decíamos que es cuestión de agradecimiento, de reconocimiento de la generosidad de los demás y saberla valorar y tener en cuenta, para nosotros también dar una respuesta. Es necesario también tener la humildad de reconocer que no somos merecedores de lo que nos ofrecen, y desde esa humildad nacerá el agradecimiento verdadero.

Pocas veces vemos en el evangelio a Jesús quejarse de la respuesta negativa de la gente a su predicación. Se quejó, es cierto, en Nazaret de la falta de fe de sus conciudadanos y por eso incluso nos dirá el evangelista que allí no hizo ningún milagro; pero ante el rechazo de la gente que incluso querían despeñarlo por un barranco se abrió paso en medio de ellos y se alejó del lugar. Se marchará de la región de los gerasenos cuando las gentes de aquel lugar le piden que se marche a otra parte y no quieren escuchar su mensaje de salvación significado incluso en la curación de aquel endemoniado.

Le veremos, es cierto, en diatribas con los fariseos, los maestros de la ley, los sacerdotes de Jerusalén, pero porque era grande la cerrazón de sus mentes que no querían abrirlas al mensaje del Reino que Jesús les proponía. Pero hoy en el evangelio lo veremos en contra de las ciudades de Betsaida y Corozaín, aquellos lugares cercanos a Cafarnaún, y que formaba parte de aquellas aldeas y lugares por donde predicaba habitualmente recorriendo Galilea; ha realizado allí muchos milagros, pero de nada ha servido porque no han querido reconocer los signos de salvación que Jesús les ha ofrecido.

‘Pues si en Tiro y en Sidón, les dice, se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’.

Pero también contra Cafarnaún, el lugar que ha convertido en algo así como el centro de su predicación, también tiene palabras de juicio y condena de Jesús porque no ha dado la respuesta que de ellos se esperaba. ‘¿Piensas escalar el cielo?’, le dice, porque en su engreimiento por ser una ciudad importante en Galilea, incluso con gran importancia comercial por ser cruce de caminos para los que venían de Siria y se dirigían a Jerusalén, se habían creído quizás superiores a los demás pero también, como le dice, ‘bajarás al abismo’ de la destrucción. ¿Qué queda hoy de Cafarnaún? Unas ruinas que nos recuerdan que fue lugar importante, pero que casi había desaparecido bajo sus propias ruinas de las que hoy día los arqueólogos la están rescatando.

Pero hemos escuchado este evangelio como buena nueva para nosotros hoy. ¿Podríamos sentir también ese reproche de Jesús en nuestro corazón después de cuanto hemos recibido por la gracia del Señor? Cada uno puede pensar en su historia personal, historia de la gracia de Dios en su vida; cuantas cosas tenemos que recordar, cuántas cosas tenemos que agradecer. Lo que decíamos al principio. No nos creamos merecedores, sepamos reconocer el don de Dios en nuestra vida. Lo llamamos gracia, y eso significa gratuito. Así gratuito ha sido el amor de Dios en nosotros que tanto nos ha regalado.

Y lo pensamos en nuestro nivel personal e individual, pero tenemos que pensarlo también como pueblo, como comunidad que se ha ido construyendo a lo largo de su propia historia también desde la acción gratuita del Señor. Cada uno tiene que recordar, cada comunidad tendría que hacer relación de esas gracias del Señor en quienes ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a caminar esos caminos del Señor. Cuantos testimonios podríamos recoger, recordando personas que han destacado en nuestras comunidades, pero que incluso hoy hemos olvidado con corazón desagradecido.

¿Cuál es nuestra respuesta personal o nuestra respuesta como comunidad cristiana? Si esas maravillas que el Señor ha derramado sobre nuestra vida la hubieran recibido otros, ¿cuál sería su respuesta?

 

 

martes, 20 de julio de 2021

Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

 


Seremos en verdad la familia de Jesús cuando hacemos como María plantando la palabra de Dios en nuestro corazón

Éxodo 14, 21 — 15, 1; Sal.: Ex 15,8-9.10.12.17; Mateo 12,46-50

‘Aquí está la esclava del Señor’, había dicho un día María allá en Nazaret. ‘Hágase en mí según tu palabra’. Y había plantado la Palabra del Señor en su corazón. No había otra razón de ser para su vida. Ese era todo el sentido de su existencia. Obediencia de la fe, obediente siempre a la Palabra del Señor.

Lo que acabamos de oír hoy en el evangelio no es una minusvaloración de María hecha por su propio hijo Jesús. Todo lo contrario. El también obediente al Padre su alimento era hacer la voluntad del Padre del cielo. ‘Aquí estoy para hacer su voluntad’ había proclamado Cristo a su entrada en el mundo.

Un día María lo había visto partir de Nazaret. Se ponía en camino. En los datos casi cronológicos de algunos evangelistas parecía que su marcha de Nazaret había sido para ir también a escuchar al Bautista en las orillas del Jordán. Pero allí había de ser señalado desde el cielo como el Hijo amado y predilecto del Padre a quien habíamos de escuchar. Era la Palabra que se había encarnado y plantado su tienda en medio de nosotros; era la Palabra que había de resonar bien fuerte por los caminos y aldeas de Galilea y por toda Palestina. Era el camino que había emprendido desde su salida de Nazaret.

Aunque había vuelto por Nazaret donde no habían querido escucharle y poner su fe en El, ahora es María con sus hermanos la que viene hasta Jesús. Le avisan. ‘Ahí están tu madre y tus hermanos’, pero El quería resaltar muy bien quien era su madre y quienes serían para siempre sus hermanos. Los que escuchan la Palabra de Dios y la plantan en su corazón. Como había hecho María como ya lo proclamara ella en Nazaret.

Esos son mi madre y mis hermanos. Esa es mi madre, la que escucha la Palabra y la planta en su corazón. Es lo que nos está queriendo decir Jesús. Es el camino que está abriendo también delante de nosotros. Cómo tenemos que acoger la Palabra de Dios. Y nos hablará de la semilla sembrado en toda tierra, y nos hablará de la semilla de la que se espera que dé fruto al ciento por uno, y nos hablará de la semilla que se enraíza en nuestro corazón y comienza a germinar en nueva vida, sin que sepamos cómo, y nos hablará de ese misterio de Dios que es su Palabra produciendo fruto en nuestro corazón.

María está siendo para nosotros un modelo de esa acogida de la Palabra de Dios. Palabra de Dios que la abre al misterio de Dios. Cuántas maravillas se realizan en su corazón desde su acogida de la Palabra de Dios. El Espíritu del Señor, que la fecundó con su sombra está realizando obras maravillosas en ella, que se siente la pequeña, la esclava del Señor. Cómo lo canta María en el Magnificat. ‘El Señor hizo en mí obras grandes’. ‘El Señor que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes’, a María la ha levantado, la ha exaltado porque ella es la Madre del Señor. ‘¿De donde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ proclamará también Isabel reconociendo las maravillas de Dios.

Es la Palabra de Dios que la pone siempre en camino. Irá presurosa a la montaña para servir a su prima Isabel de la que ha tenido conocimiento de que va a ser madre y necesitará alguna ayuda. Pero es la María que estará siempre con los ojos abiertos para detectar una necesidad pero también para provocar el milagro que transformará el agua en vino cuando somos capaces de hacer lo que El nos diga.

Pero es también la María que estará en el corazón de la Iglesia, como estuvo allí en cenáculo acompañando a aquella comunidad que estaba naciendo, ayudando a que aquellos discípulos abrieran también su corazón a Dios y se dejaran transformar por el Espíritu. ¿Queremos ser en verdad la comunidad de Jesús, la familia de Jesús? Hagamos como María, dejémonos fecundar por la Palabra de Dios y nuestros corazones se transformarán, y nos llenaremos de amor, y seremos capaces de estar siempre en camino como María para llevar a Dios a los demás.