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miércoles, 23 de agosto de 2023

Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

 




Hay otros valores mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo; la gratuidad eleva nuestro espíritu y nos hace tener una mirada distinta

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

Es cierto que tenemos que cuidar las relaciones que mantenemos los unos con los otros para saber actuar siempre con rectitud y justicia en todo lo que sea intercambio de nuestros servicios y trabajos, como aquello que es fruto de nuestro trabajo. Por eso decimos siempre que hemos de actuar en justicia y de alguna manera nos hemos establecido como unas normas o unas pautas de comportamiento que faciliten esa rectitud. Pero también es cierto que nuestras relaciones humanas van mucho más allá de un mercantilismo en ese intercambio con unos beneficios que consideramos justos pero también de la calidad de esas prestaciones que nosotros realizamos.

Pero también hemos de considerar que unas relaciones humanas, que nos ayuden a nuestro crecimiento como personas y a un enriquecimiento de nuestro espíritu van más allá de ese mercantilismo y hemos de entrar en unos parámetros de generosidad, de altruismo, de desinterés material y de gratuidad. Cuando entramos en el cultivo de valores así estaremos dándole más hondura a nuestra vida y podremos sentir las mayores satisfacciones en nuestro corazón. Es la satisfacción y el gozo interior por lo bien hecho que es lo que pondrá una verdadera alegría en nuestro espíritu. Ya no estaremos usando medidas materiales e interesadas porque lo que vamos logrando en nuestro interior es muy superior a todas las ganancias materiales que podamos obtener en la vida.

Es cierto que no todos lo entenderán porque muchas veces nos ciega el materialismo de la vida y el poder tener contante y sonante en nuestras manos esas ganancias que siempre en ese sentido se nos quedan en lo material y no llegarán nunca a darnos ese gozo interior del que pone como eje de su vida la gratuidad y la generosidad. No es fácil liberarnos de esos condicionamientos y necesitaremos un esfuerzo grande para estar por encima de todo eso y no seguir con nuestros apegos egoístas. Cuando andamos tras esos intereses terminaremos con un desastroso vacío interior, que al final nos hará estar mano sobre mano sin llegar a saber por donde emprendemos el camino.

De eso nos está hablando Jesús en la parábola que nos ofrece. Un hombre que busca jornaleros para su viña en la plaza en distintas horas del día, unos obreros que en principio están mano sobre mano mientras encuentran a alguien que los contrata. Una expectativas que se crean en su interior los que comenzaron la jornada desde el principio del día olvidando por cuanto han sido contratados. Finalmente aquella sorpresiva forma de actuar del dueño de la viña que a todos paga por igual.

A todos los surgen dudas; tomamos el relato demasiado al pie de la letra y queremos usar nuestros parámetros humanos; pero la parábola nos está queriendo hablar de lo que es la generosidad del corazón de Dios. No importan medidas ni tiempos, porque los tiempos de Dios son otros, las medidas de Jesús son bien distintas porque son nuevos los valores que nos quiere ofrecer. Hay otros valores más y mayores que simplemente cumplir rectamente con un trabajo, aunque también es importante; la gratuidad eleva nuestro espíritu, los regalos de Dios sí que nos hacen sentirnos bien en el corazón.

Así está actuando Jesús con unos nuevos valores y entrará en juego la generosidad del corazón, entrará en juego la rectitud con que nosotros actuamos dejando a un lado intereses demasiado materiales y mercantilistas, y tendrá que resplandecer de manera especial la gratuidad, que tanto nos cuesta poner como medida de nuestro corazón. Así tendrá que ser nuestra manera de actuar; no es el interés por una recompensa, sino la generosidad del que se da y está siempre en actitud de servicio. Es el camino que Jesús va haciendo delante de nosotros y que nos enseña a recorrer nosotros también, aunque tantas veces nos resistamos. Con Jesús algo nuevo tiene que brillar en nuestra vida.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

 


Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala, cuando Dios nos ama se nos está regalando a sí mismo a nuestra vida

Isaías 30, 19-21. 23-26; Sal 146; Mateo 9, 35-10, 1. 5a. 6-8

No siempre valoramos lo suficiente lo gratuito; podríamos pensar que como es gratuito es de menos valor, que más valor tiene aquello que nos cuesta, en lo que no solo tenemos que poner esfuerzo para conseguirlo, sino incluso desprendernos de algo a cambio; claro que entonces tendríamos que preguntarnos donde está el verdadero valor ¿en lo material que tenemos aportar a cambio? ¿En lo que nosotros lo ambicionamos, y por eso, porque lo ambicionamos y nos cuesta esfuerzo, nos parece que tiene más valor? No digo que no tengamos que valor lo que significa nuestro esfuerzo, lo que ponemos de nosotros mismos para obtener algo. ¿Qué valor tendría entonces lo gratuito?

Se nos quedan ahí planteadas unas cuestiones, a lo que no siempre sabemos o podemos dar respuesta. Pero ¿y el valor que tiene quien, porque quiere regalarnos algo, se desprende de algo suyo que sea nuestro? Un regalo es un don de sí mismo que nos hace quien nos regala. Será o no será lo que nosotros apetecíamos, pero en ello está la vida, el amor de aquella persona que nos regala. ¿Y no vale eso más que todo el oro del mundo?

Creo que esto incluso tendría que hacernos pensar en la manera cómo nosotros recibimos un regalo; muchas veces aparece, quizá sin querer, una actitud de desdén porque no era lo que nosotros esperábamos o no terminamos de comprender lo que significa aquel regalo que nos hacen. Apuros como esos seguramente habremos pasado más de una vez en la vida.

¿Por qué me estoy haciendo todas estas consideraciones? Estoy recogiendo una frase que nos deja caer Jesús en el final del relato que hoy nos presenta el evangelio. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Vamos a fijarnos en el desarrollo del relato del evangelio. Nos habla de cómo Jesús va por todas las aldeas y pueblo ‘proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia’. Es como una constante de lo que significa siempre la presencia de Jesús. ‘Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor’. ¿Y qué es lo que hace Jesús? Anunciar el Reino y dando señales de que ese Reino ha llegado y se está haciendo presente. Cura Jesús, porque El es Amor; cura Jesús porque quiere quitar el mal, es la señal del Reino de Dios que llega, no será el mal el que domine sino que tiene que ser el amor. Es la llegada del Reino de Dios.

Pero eso es lo que nos pide que nosotros hagamos también. ‘La mies es abundante…’ nos dice Jesús. Y escoge entre sus discípulos aquellos que han de ir con la misma misión. El anuncio del Reino y la muestra de las señales de que ese Reino de Dios ha llegado, curando de todo mal. ‘Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia… Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios’. 

No van a anunciar algo que ellos no hayan recibido. No son unas máquinas que repiten, son unos mensajeros que anuncian lo que ellos han vivido. Han sentido también que sus vidas se transformaban, que se sentían liberados del mal, que había algo nuevo que brillaba ahora en sus vidas, que Dios en verdad era y es el Señor de sus vidas. Eso que han recibido, es lo que tienen que transmitir. ‘Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis’.

Y haciendo referencia a lo que decíamos cómo muchas veces nos cuesta valorar lo gratuito, tendríamos que preguntarnos qué valor le damos en nuestra vida a la salvación que Jesús nos ofrece. Qué lugar ocupa en nuestra vida el evangelio de Jesús, la Palabra de Dios que escuchamos. Algunas veces damos la impresión que no valoramos la fe porque no termina de empapar totalmente nuestra vida.

En la práctica religiosa no hemos de reducir todo lo que es nuestra fe, pero si es una expresión y muy importante de lo que significa Dios en nuestra vida, y veamos cómo muchas veces las ponemos en un segundo plano. ¿No tendría que ser, entre otras cosas, esa práctica religiosa que expresamos en la oración y en la liturgia una manera de agradecer a Dios lo que tan generosamente nos ha regalado cuando nos ha dado todo su amor?

viernes, 1 de octubre de 2021

Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 


Algunas veces nos creemos merecedores de todo y olvidamos lo que gratuitamente recibimos de Dios y de los demás

 Baruc 1,15-22; Sal 78; Lucas 10,13-16

Algunas veces nos creemos merecedores de todo. No solo no somos agradecidos, sino que de alguna manera nos volvemos exigentes; hoy vivimos en un ‘mundo de derechos’ y todos nos creemos con derecho a todo; exigimos a la sociedad, exigimos a los que nos dirigen, exigimos a cualquiera que se nos presente por delante, porque, como decimos, tenemos derecho. Y hasta cuando alguien gratuita y generosamente nos ofrece algo, simplemente porque le apetece o porque esa es su manera de ser generosa y altruista, nos llegamos a creer incluso que aquello que nos ofrecen es un derecho que nosotros tenemos.

Con lo que estoy diciendo, no se me entienda mal, no estoy en contra de los derechos que todos como persona tenemos; hay una declaración de derechos humanos que ha costado siglos no solo conseguirlos sino el poder llegar incluso a elaborar esa llamada carta de derechos humanos. A lo que me estoy refiriendo en el párrafo anterior son a esas exigencias con las que vamos con la vida donde no sabemos reconocer lo que alguien generosamente nos ofrece o nos regala. Por eso decíamos que es cuestión de agradecimiento, de reconocimiento de la generosidad de los demás y saberla valorar y tener en cuenta, para nosotros también dar una respuesta. Es necesario también tener la humildad de reconocer que no somos merecedores de lo que nos ofrecen, y desde esa humildad nacerá el agradecimiento verdadero.

Pocas veces vemos en el evangelio a Jesús quejarse de la respuesta negativa de la gente a su predicación. Se quejó, es cierto, en Nazaret de la falta de fe de sus conciudadanos y por eso incluso nos dirá el evangelista que allí no hizo ningún milagro; pero ante el rechazo de la gente que incluso querían despeñarlo por un barranco se abrió paso en medio de ellos y se alejó del lugar. Se marchará de la región de los gerasenos cuando las gentes de aquel lugar le piden que se marche a otra parte y no quieren escuchar su mensaje de salvación significado incluso en la curación de aquel endemoniado.

Le veremos, es cierto, en diatribas con los fariseos, los maestros de la ley, los sacerdotes de Jerusalén, pero porque era grande la cerrazón de sus mentes que no querían abrirlas al mensaje del Reino que Jesús les proponía. Pero hoy en el evangelio lo veremos en contra de las ciudades de Betsaida y Corozaín, aquellos lugares cercanos a Cafarnaún, y que formaba parte de aquellas aldeas y lugares por donde predicaba habitualmente recorriendo Galilea; ha realizado allí muchos milagros, pero de nada ha servido porque no han querido reconocer los signos de salvación que Jesús les ha ofrecido.

‘Pues si en Tiro y en Sidón, les dice, se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza’.

Pero también contra Cafarnaún, el lugar que ha convertido en algo así como el centro de su predicación, también tiene palabras de juicio y condena de Jesús porque no ha dado la respuesta que de ellos se esperaba. ‘¿Piensas escalar el cielo?’, le dice, porque en su engreimiento por ser una ciudad importante en Galilea, incluso con gran importancia comercial por ser cruce de caminos para los que venían de Siria y se dirigían a Jerusalén, se habían creído quizás superiores a los demás pero también, como le dice, ‘bajarás al abismo’ de la destrucción. ¿Qué queda hoy de Cafarnaún? Unas ruinas que nos recuerdan que fue lugar importante, pero que casi había desaparecido bajo sus propias ruinas de las que hoy día los arqueólogos la están rescatando.

Pero hemos escuchado este evangelio como buena nueva para nosotros hoy. ¿Podríamos sentir también ese reproche de Jesús en nuestro corazón después de cuanto hemos recibido por la gracia del Señor? Cada uno puede pensar en su historia personal, historia de la gracia de Dios en su vida; cuantas cosas tenemos que recordar, cuántas cosas tenemos que agradecer. Lo que decíamos al principio. No nos creamos merecedores, sepamos reconocer el don de Dios en nuestra vida. Lo llamamos gracia, y eso significa gratuito. Así gratuito ha sido el amor de Dios en nosotros que tanto nos ha regalado.

Y lo pensamos en nuestro nivel personal e individual, pero tenemos que pensarlo también como pueblo, como comunidad que se ha ido construyendo a lo largo de su propia historia también desde la acción gratuita del Señor. Cada uno tiene que recordar, cada comunidad tendría que hacer relación de esas gracias del Señor en quienes ha puesto a nuestro lado para ayudarnos a caminar esos caminos del Señor. Cuantos testimonios podríamos recoger, recordando personas que han destacado en nuestras comunidades, pero que incluso hoy hemos olvidado con corazón desagradecido.

¿Cuál es nuestra respuesta personal o nuestra respuesta como comunidad cristiana? Si esas maravillas que el Señor ha derramado sobre nuestra vida la hubieran recibido otros, ¿cuál sería su respuesta?

 

 

viernes, 8 de diciembre de 2017

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Celebrar la Inmaculada Concepción de María es contemplar como Dios volvió su rostro sobre ella inundándola de su presencia que la hizo llena de gracia para siempre

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Hay a quien le cuesta entender lo gratuito; parece que por todo hay que pagar, a todo le ponemos un precio y cuando viene alguien y nos ofrece una cosa valiosa de forma gratuita nos extraña. Y el que recibe algo gratuito algunas veces  no sabe qué hacer, de alguna manera se siente turbado porque no termina de entender que haya alguien tan generoso que venga a ofrecerle un regalo, él que quizá nunca le ha dado nada a nadie.
Parece como que si nos regalan nosotros tenemos también que regalar o que nadie nos va a regalar nada si antes nosotros no le habíamos regalado algo. Pueden ser cosas valiosas, objetos de valor, cosas por las que sentimos gran aprecio y para nosotros tiene un valor mas allá de una cuantía material, o pueden ser favores o servicios que le hagamos a la otra persona, un detalle que no tiene que ser valioso en lo material pero que queremos tener u ofrecerle a la otra persona.
Como decíamos se siente turbada la persona que lo recibe porque se ve sorprendida, no se siente merecedora, o no cree que haya hecho nada para que le puedan tener en cuenta. Y eso es lo valioso de lo gratuito; damos algo gratuitamente porque hay generosidad en nuestro corazón, porque sentimos aprecio por la persona con la que compartimos, o porque queremos tener una muestra de nuestro amor.
Hay una palabra que en el lenguaje cristiano y religioso empleamos con mucha frecuencia, pero no sé si llegamos a caer en la cuenta de todo su significado; es más, algunas veces parece como si la despojáramos de su sentido espiritual y la cosificamos. La palabra es ‘gracia’. Decimos la gracia de Dios y parece como si fuera una cosa que ahí conservamos en nosotros, no se donde, pero que no llegamos a captar todo el sentido maravilloso que tiene esa palabra.
Hablamos de gracia y tendríamos que estar pensando en el amor gratuito de Dios. El amor de Dios es gratuito, es un regalo de Dios que en su amor nos inunda con su presencia. Ya tendríamos que recordar aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros amemos a Dios, sino en que Dios nos amó primero’. Sí, Dios nos amó primero, no porque nosotros lo mereciéramos sino porque El que nos ha creado nos regala para siempre su amor con una generosidad, como es la de Dios, infinita.
Es todo lo que consideró María, y por lo que se sentía turbada como dice el evangelio, cuando recibió la visita del Ángel en Nazaret. Allí estaba ella experimentando ese amor gratuito de Dios que piensa en ella y la elige desde toda la eternidad porque la quería hacer su Madre. Con razón la llama el ángel ‘la llena de gracia’. Y como si no se llegara a entender todo lo que quiere decir el ángel con estas palabras, luego le dice que ha encontrado gracia ante Dios, Dios la ha mirado y la ha mirado con una mirada especial. ‘El Señor está contigo’, le dice. Y si Dios está en María ella se siente envuelta en esa presencia de Dios, en ese amor de Dios.
Es en lo que quiero fijarme hoy de manera especial cuando estamos celebrando esta fiesta tan hermosa de María. La estamos proclamando Inmaculada, toda limpia, toda pura, toda llena de gracia, toda llena de la presencia de Dios desde el primer instante de su Concepción.
Decíamos que Dios había pensado en María y la había escogido desde toda la eternidad, había vuelto su mirada sobre ella y la había inundado de su presencia porque en ella había de encarnarse el Hijo de Dios. No podía haber en ella mácula de pecado porque estaba llena de Dios. Así la llamamos Inmaculada, Inmaculada en su Concepción, desde el primer instante en que fue concebida fue preservada por esa gracia de Dios, por es presencia de Dios incluso del pecado original con el que todos nacemos.
Por eso la contemplamos así resplandeciente y llena de luz y de gracia; por eso nos queremos gozar en esta fiesta tan hermosa que tanto nos dice y tanto gozo nos produce porque todo hijo se goza en su madre, en las alegrías de su madre. Con ella de manera especial nos sentimos unidos en esta fiesta, como no puede ser menos. Porque María es la Aurora de la Salvación; su concepción y su nacimiento fue el inicio de un camino que nos traería la salvación, porque de ella había de nacer Jesús que es nuestro Salvador.
Hace unos días tras una breve consideración que en las redes sociales se hacia de la presencia de María en la vida del cristiano y como habíamos de aprender de ella a hacer este camino de Adviento que nos lleva a la navidad, alguien me comentaba que no teníamos que adorar a María porque no es Dios y nuestro único Salvador es Jesús. No sé de donde aquella persona sacó el que estuviéramos diciendo que había que adorar a María y que ella fuera nuestra salvación.
Algunas veces hay quien quiere hacernos decir cosas que no decimos y que ellos por principio parece que siempre quieren rechazarnos en lo que es la devoción que los cristianos le tenemos a María. A María, es cierto, nunca la adoramos porque bien sabemos que no es Dios. Y tenemos muy claro que nuestro único salvador es Jesús porque no hay otro nombre en quien se nos de la salvación. Pero los cristianos amamos a María porque es la Madre del Señor y El nos la ha querido dejar como Madre; y de ella como buenos hijos queremos aprender, queremos imitarla porque es el más hermoso ejemplo de santidad para nosotros que nos acerca a Jesús.
Si hoy la contemplamos llena de gracia porque así Dios ha querido volver su rostro sobre ella para inundarla de su presencia, tenemos que pensar también cómo Dios vuelve su rostro sobre nosotros y también nos quiere inundar con su presencia y su gracia. No sabemos muchas veces corresponder a esa maravilla de la gracia de Dios en nosotros y por eso acudimos a María, para aprender de ella en esa acogida a la presencia de Dios, y para que como madre nos ayude a que sepamos dar esa respuesta. ¿No acuden siempre los hijos a su madre para pedirles su presencia y su ayuda en sus problemas o sus necesidades? Y ahí siempre estará la presencia de la madre junto a sus hijos. Así María con nosotros, así nosotros acudimos también a María.
Que también nosotros sepamos llenarnos de la gracia de Dios; que aprendamos a sentirnos inundándoos por su presencia y así nuestra vida será santa.