Vistas de página en total

sábado, 26 de enero de 2019

Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto


Sembremos cada día en el campo de la vida la semilla del Evangelio con la esperanza de que un día dará fruto

2 Timoteo 1, 1-8; Sal 95;Marcos 4,26-34

En mis paseos por los campos en los alrededores de donde vivo me suelo encontrar muchas veces a los agricultores afanados en sus tareas de siembra, de cultivo, de cuidado de sus tierras y lo que en ella tienen sembrado. Una tarea ardua pero silenciosa y con esperanza de fruto siempre, en muchas ocasiones en solitario o en otras acompañado de otros jornaleros que les ayudan en sus tareas; muchas veces los veo silenciosos contemplando la tierra en la que han sembrado su semilla esperando verla brotar, el crecimiento de sus plantas y con la esperanza siempre de una buena cosecha.
No siempre quizá germina la semilla como ellos quisieran, en ocasiones por las inclemencias del tiempo se malogran las plantas que han surgido, no siempre la cosecha es la deseada pero allì están ellos siempre con esperanza realizando una y otra vez la siembra. Cuanto nos enseñan todas estas cosas.
Hoy Jesús cuando nos habla del Reino de Dios utiliza estas imágenes del campo, de la siembra y de la siega. Hay que echar la semilla a la tierra y esperar a que germine y un dia llegue a dar fruto. Todo un misterio, un misterio de vida. y nos dice jesus que asi es el Reino de Dios; también hemos de realizar una siembra, pero hemos de tener la paciencia necesario para poder un dia recoger la cosecha. Algo misterioso que se realiza en el corazón del hombre que es el que da respuesta a esa llamada e invitación. Es la obra de a gracia.
Y por ahí anda nuestra tarea de sembradores, porque todos hemos de ser sembradores en este campo del Reino de Dios. Es nuestra tarea, sembramos y cultivamos, sembramos y nos llenamos de esperanza, sembramos y nos confiamos en la gracia del Señor que es el que mueve los corazones.
Algunas veces parece que queremos precipitarnos, queremos recoger el fruto enseguida cuando eso no es lo que a nosotros corresponde. Sentimos desaliento quizás porque no siempre vemos la respuesta o vemos el campo demasiado lleno de cizaña. Tenemos que dejar el actuar de Dios, pero por nuestra parte no nos podemos cansar de sembrar y en la medida en que está en nuestra manos ir cultivando. Como el agricultor que cultiva la tierra, y en pequeños detalles va facilitando que la semilla germine y la nueva planta pueda dar fruto un dia.
Será nuestra palabra, pero será nuestro testimonio, será el consejo bueno que sepamos dar en su momento, o el ejemplo de nosotros ir delante abriendo caminos para aquellos que nos acompañan en este peregrinar. Nunca podemos ser obstáculo, siempre tenemos que ser ayuda, cauce, personas que abramos camino.
No tengamos miedo de que lo que hacemos pueda parecer pequeño e insignificante. El grano de mostaza del que nos habla Jesús en la parábola es un semilla insignificante, pero en ella está la vida de una nueva planta que pueda surgir. Por eso en esas cosas pequeñas y sencillas que cada dia hacemos está la semilla de la vida que queremos transmitir a los demás, ahí se manifiesta la fortaleza de Dios. No dejemos de hacer algo bueno aunque nos pueda parecer pequeño porque eso puede ser una gracia de Dios no solo para nosotros sino también para los demás. Así desde esas pequeñas cosas también construimos el Reino de Dios.

viernes, 25 de enero de 2019

Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso


Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

A la gente le cuesta creer que se pueda cambiar y que se pueda cambiar de una manera radical. Quizás desde nuestra propia experiencia personal en que vemos cuánto nos cuesta superarnos, corregir aquel defecto o mala costumbre, ser mejores en cosas que reconocemos que no hacemos bien; o quizá observando a muchos en nuestro entorno que se envician con determinadas cosas y ya viven como esclavizados para siempre, desde el que quiere dejar de fumar y le cuesta horrores dejar el cigarrillo, o desde el que se acostumbra a la bebida llegando a límites que ya superan lo normal y que siempre tendrá una disculpa para otra copita o para decir que ya mañana comenzaremos, y no digamos nada los que se esclavizan con el mundo de las drogas donde tantos dramas estamos viendo cada día y podríamos mencionar muchas cosas más desde nuestras propias pasiones personales desordenadas. Y son también las rutinas de la vida, en nuestras manías, de las que  no terminamos de arrancarnos.
Claro tenemos experiencias negativas que entonces nos cuesta creer que alguien sí pueda cambiar su vida y de forma radical. Necesitaríamos ejemplos palpables delante de nuestros ojos que fueran un testimonio positivo que nos ayudará a comprender nuestras propias situaciones, pero también a aceptar el cambio que puedan realizar los demás.
Cuando entramos en el orden de lo religioso si no tenemos unas vivencias más o menos profundas de nuestra fe fácilmente entremos en el mundo de los recelos cuando de la noche a la mañana vemos a alguien que comienza a vivir de otra manera, se manifiesta más profundamente religioso o lo vemos muy comprometido con la Iglesia. Somos desgraciadamente desconfiados, queremos ver con demasiada facilidad segundas intenciones en lo que hace la gente y lo mismo  nos cuesta aceptar la sinceridad de tales personas que cambian su vida, quizá porque nosotros simplemente muchas veces nos dejamos arrastrar por nuestras rutinas y no llegamos a algo profundo en nuestra vida.
Pero es cierto, hemos de reconocerlo, que en un momento determinado hay algo que nos hace cambiar; una palabra que escuchamos y que nos plantea interrogantes interiores, un acontecimiento extraordinario que nos impacta y nos hace reflexionar, el testimonio positivo de otras personas a nuestro lado, o las mismas cosas de cada día en que normalmente no nos fijamos pero que en un momento dado nos llaman la atención y nos hacen preguntarnos por cosas fundamentales de la vida.
Quizá algo que contemplamos, escuchamos o vivimos en un momento determinado, pero que entonces quizás no  nos dijo nada, pero eso quedó en nuestro interior y fuimos rumiándolo hasta que un dia nos dimos cuenta de la verdad que contenían y encontramos una luz nueva para nuestro actuar y nuestro existir. Son llamadas que vamos recibiendo en la vida, a las que a veces no estamos atentos, pero que otras veces suenan fuerte dentro de nosotros y nos hacen plantearnos un nuevo sentido de vida.
Hoy estamos celebrando uno de esos cambios de gracia que también nos repercuten en nuestra vida. Lo llamamos conversión. Fue la conversión de Saulo en el camino de Damasco, como hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles. Sería luego san Pablo, uno de los Apóstoles del Señor, que aunque no fuera de los que siguieron a Jesús por aquellos caminos de Palestina, se convertiría en el gran Apóstol misionero del Evangelio en aquel mundo antiguo, podríamos decir, a lo largo y ancho del Mediterráneo.
¿Qué fue lo que le sucedió? Había sido un enemigo acérrimo del nombre de Jesús, de su evangelio y de cuántos seguían el camino de Jesús. Con cartas de las autoridades de Jerusalén iba a Damasco en búsqueda de esos seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero Jesús le salió al encuentro.  No nos entretenemos ahora en los detalles que escuchamos detalladamente en el texto de los Hechos o de las mismas cartas de San Pablo.
Tras aquel encuentro su vida cambió, como solemos decir, se cayó del caballo, aunque en el texto sagrado no se habla de ningún caballo, pero es una expresión de la caída de su pedestal de orgullo e intransigencia tras ese encuentro con Jesús. Su vida cambió, de perseguidor intransigente se convirtió en Apóstol y misionero anunciando el nombre de Jesús. Mucho podríamos ahora hablar de su vida, de sus viajes, de sus escritos, las cartas apostólicas que tenemos recogidas en la Biblia y que escuchamos en su proclamación en la Iglesia como Palabra de Dios para nosotros.
No se trata de hacer una exégesis de su vida, sino que desde su testimonio de conversión mirarnos a nosotros mismos para ver la respuesta que hemos de dar a tantas llamadas que nos hace el Señor. Nos cuesta responder, nos cuesta cambiar, nos cuesta dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Necesitamos a aprender a responder a su gracia, a su llamada de amor y dejarnos encontrar por el Señor. Desde ese encuentro vivo nuestra vida sería bien distinta, el testimonio que tendríamos que dar sería muy valioso. ¿Seremos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso?





jueves, 24 de enero de 2019

Busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva


Busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva

Hebreos 7,25–8,6;Sal 39; Marcos 3,7-12
Las relaciones entre las personas en el ámbito de las actividades que cada día realizamos algunas veces adolecen de un calor humano que lleve a un verdadero encuentro entre las personas; son en muchas ocasiones unas relaciones frías y distantes y cuando entramos en el ámbito de lo profesional unas relaciones así nos crean distancias donde parece que lo único que interesa es resolver mecánicamente aquel problema que llevamos o por parte del profesional se limita a resolver aquel asunto como si de un número más pasara por nuestras manos o las listas de lo que tenemos que hacer.
Sucede quizás también en ocasiones en nuestras relaciones de vecindad, en que llegamos al punto que ya nadie se saluda, o quizás los buenos días que nos damos son fríos e incapaces de entrar en una relación con el que vive a nuestro lado.
Qué distinto cuando por una parte y otra ponemos un cierto calor humano, un interés por la persona que tenemos delante uno y otro y se establece como una comunicación que ya no es solo de problemas sino de personas cada una con sus propias características humanas. No es ya el maestro o profesor que se contenta con desarrollar un programa, el profesional de la medicina que nos da un remedio para nuestro dolor o enfermedad, sino que es la persona que nos transmite unos valores porque él los vive, una persona que entra en una relación personal con nosotros mostrando interés por nuestro yo y por nuestra vida.
En esa frialdad y distanciamiento, aunque profesionalmente seamos los mejores profesionales por nuestros conocimientos o nuestra ciencia vamos creando un mundo muy perfecto en algunas cosas técnicas quizá pero al que le falta una verdadera humanidad. No somos piezas de un mecano o un rompecabezas que tenemos que colocar con todo orden y perfección; somos personas capaces de relacionarnos, de sonreír o de mostrar interés o preocupación por lo que le sucede a la otra persona, que manifestamos nuestro agrado o nuestro desacuerdo también cuando sea necesario, que entramos en diálogo y comunicación personal,
Somos personas con nuestros sentimientos y nuestras características personales pero que nos damos cuenta de que somos seres humanos que podemos ser y sentirnos como hermanos, que vamos embarcados en la misma vida y en el mismo mundo, que tenemos que saber caminar juntos  y que así tenemos que hacernos la vida agradable los unos a los otros para que todos nos realicemos mejor como personas y seamos más felices haciendo un mundo mejor y más humano.
Y aquí los que seguimos a Jesús tenemos una tarea muy importante que realizar. Primero que nada porque nuestro distintivo tiene que ser el amor que va a ser la base de esa comunicación y comunión que tengamos con cuantos nos rodean. Un amor que alimentamos desde nuestro encuentro personal y vivo con el Señor como Jesús nos va enseñando en el evangelio.
También los que rodeaban a Jesús o acudían a Él desde sus necesidades podían entrar en una relación con El simplemente desde el interés. Agobiados en su pobreza y sus necesidades, invadidos por dolores y sufrimientos de todo tipo, marcados por la enfermedad, la invalidez o la discapacidad por las limitaciones que vivían en sus miembros o en sus sentidos, en Jesús podían ver el taumaturgo que podía solucionarle todos sus problemas y así como a un talismán que milagrosamente les remediase en sus necesidades sin casi tener que hacer nada por su parte acudían a Él.
No quiere Jesús que lo vean así; busca Jesús que en Él todas aquellas personas que le escuchaban entraran en una nueva relación con Dios de una forma menos ritualista, más personal y más viva. No busca Jesús por otra parte publicidades baratas ante lo que va realizando porque lo que Él quiere en verdad es que vayan sembrando la Palabra de Dios en sus corazones para que nazca de verdad en ellos el nuevo Reino de Dios.
En cierto modo Jesús huye de las multitudes aunque son multitudes las que acuden a Él. Por eso marcha de un lugar para otro y en ocasiones se oculta con sus discípulos más cercanos en lugares apartados donde los vaya impregnando con su vida y su enseñanza en el sentido verdadero del Reino de Dios.
Habrá algunos que lleguen a proclamar una fe grande en Jesús reconociendolo como el enviado de Dios o como el Hijo de Dios, como hacían en ocasiones los poseidos por espiritus inmundos. Jesús nos les deja hablar, no quiere esas publicidades baratas. El que un dia enviará a sus discípulos por todo el mundo para anunciar el Reino de Dios después de su resurrección, ahora de alguna manera les prohíbe hablar, porque lo que le interesa es que lleguen a esa relación personal con Dios.
Es así como nosotros tenemos que impregnar nuestras vida de ese amor para que con nuevas actitudes de amor nos presentemos ante los demás, como decíamos antes para hacer nuestro mundo mejor y más humano. Así aprenderemos a entrar entonces en esa relación humana, verdaderamente cordial, nacida del corazón, con todos aquellos con los que nos encontramos o con los que convivimos.

miércoles, 23 de enero de 2019

Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones


Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Hoy se nos llena la boca cuando hablamos de acciones sociales, de cómo las administraciones públicas tienen en sus programas no se cuántas acciones de tipo social y a los políticos no les falta en sus programas una serie de puntos de este tipo prometiendo que nadie se quedará desatendido, que para todos hay algún tipo de ayuda y no sé cuantas promesas más. a nivel individual decimos que queremos ayudar y nos sonrojaríamos si alguien descubriera en nosotros pasividad o negatividad en este sentido. Como programa o como proyecto todo eso está muy bien, como buenos deseos por nuestra parte es algo que no debería faltar, pero en la realidad ¿todo esto se realiza y nosotros nos sentimos en verdad comprometidos?
Quizá cuando pasamos por la calle al lado de alguien que de forma clara podíamos ver su pobreza y su necesidad, quizá volvemos la vista para otro lado para no querer enterarnos; cuando llegan a nuestra puerta personas en las que distinguimos otros rasgos distintos que nos están señalando que son de otra raza o que provienen de otro lugar, quizá nos sentimos incómodos y con miedo, farfullamos una disculpa y procuramos no entretenernos mucho con ellos, no sea que… y así no sé cuántas situaciones en que podríamos encontrarnos.
Cuántas disculpas y disimulos, cuánto pasar de largo ante situaciones que nos resultan incómodas, acaso porque se nos hace tarde… ¿para qué? ¿para ir a la Iglesia, quizás? ¿para no perder el programa de televisión que estamos viendo? ¿para que no nos vean con esas personas porque acaso luego no sé qué puedan pensar de nosotros?
Nos hacemos ciegos y sordos tantas veces ante el dolor o sufrimiento de los demás en su pobreza, su necesidad, las discriminaciones y soledades que sufren porque no queremos enterarnos. Pero lo peligroso, además de ser ya terrible que individualmente tengamos esas posturas, sería que ese fuera de alguna manera el sentir de nuestra sociedad. Queremos de alguna ocultar esas realidades. ¿Qué sucede cuando oímos hablar de pueblos o comunidades que no quieren que en él se instalen centros de acogida, por ejemplo de emigrantes? Pensemos en ciertos movimientos que hay de rechazo a los inmigrantes porque decimos quizá que ellos van a quitar puestos de trabajo a los naturales de lugar.
Hay ocasiones en que hasta se hacen manifestaciones y se impulsan movimientos sociales desde ciertos sectores cuando se va a crear un centro de este tipo en algún lugar.
¿La sociedad querrá ocultar o no querer enterarse de esas problemáticas? ¿Así nos hacemos insensibles ante las necesidades y problemas que hay en tantos lugares que obligan a la gente a emigrar? Quizá porque en la campaña contra el hambre una vez al año contribuimos con unas monedas pensamos que ya está todo hecho y resuelto.
Me ha venido toda esta reflexión a partir de un gesto que vemos realizar a Jesús en el texto del evangelio que se nos ofrece. Nos habla de la presencia de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún; era sábado. Pendientes estaban todos de lo que hiciera o dijera Jesús; los fariseos y maestros de la ley estaban al acecho. pero hay un hombre que pasa desapercibido, tiene una mano paralizada con todas las limitaciones y necesidades que se seguían de su enfermedad, pero nadie le presta atención. Llegó Jesús y le pide que se ponga en medio. Todos los ojos se dirigen a aquel  hombre del que comienza a hablar Jesús. Muy preocupados todos de la lectura de la Ley y de los comentarios que Jesús pudiera hacer - ya conocían de otros lugares y momentos de lo que hablaba Jesús - pero preocupación por aquel hombre enfermo y necesitado nadie tiene; como si no lo vieran.
Y es cuando Jesús plantea si será lícito o no curar a aquel  hombre en sábado.Todos conocían la ley y como habian de cumplirla estrictamente, para eso están allí los doctores de la ley y los fariseos para recordarlo. ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’, es la pregunta de Jesús a la que nadie quiere dar respuesta. y aquello dolió a Jesús en su corazón. Ya sabemos como termina el episodio curando Jesús la enfermedad de aquel hombre.
¿Hay relación entre lo que antes reflexionábamos de lo que hacemos o no hacemos, a pesar de las bonitas palabras, ante los problemas o las necesidades de los demás o esas diversas situaciones que mencionábamos con esto que nos dice el Evangelio?
Creo que Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones como vamos haciendo por la vida. En nosotros está la respuesta. Aquello de la conversión que nos pedía Jesús al principio del evangelio habrá que tomárselo en serio.




martes, 22 de enero de 2019

El camino del que sigue a Jesús es un camino de libertad en el amor que humaniza nuestras vidas


El camino del que sigue a Jesús es un camino de libertad en el amor que humaniza nuestras vidas

Hebreos 6,10-20; Sal 110; Marcos 2,23-28

Hay quien dice que no necesita ni normas ni leyes para vivir; invocando la libertad personal de cada uno dicen que cada uno ha de sentirse responsable y sabe por sí mismo sin que nadie tenga que imponérselo que es lo que tiene que hacer. Puede parecer una utopía, pero puede ser una utopía peligrosa, porque bien sabemos cómo somos y cómo las pasiones nos dominan y esos nos puede llevar a una anarquía, en que cada uno porque se siente libre hace lo que quiere pronto aparecen esas pasiones y surgen los deseos de dominio o de imposición de los unos sobre los otros. las normas y las leyes, dicen, coartan la libertad de cada uno porque nos sujetan a una forma de vivir en que, dicen, no podemos vivir nuestra entera libertad.
Nos olvidamos que las leyes y las normas son esos cauces que hemos de tener en la vida que no van a facilitar esa convivencia, y que nos van a ayudar por otra parte a nuestro crecimiento personal, a la maduración de nuestra vida y a hacer posible esa armonía entre todos que es la que nos va a hacer sacar a flote nuestros valores con los que enriquecemos también la vida de los demás. nunca la norma o la ley va a ser una imposición despiadada y siempre tiene que ayudarnos a nuestra superación personal al mismo tiempo que facilita la convivencia.
Sin embargo sabemos, por otra parte, que algunos se toman con tal radicalidad esas normas, o esas leyes que realmente sí esclavizan sus vidas, las convierten en cadenas inhumanas que tenemos que cumplir asi como asi y entonces no sabemos disfrutar de esos cauces que nos harían más agradable nuestra vida; convierten así su vida en un tormento porque luego estarán llenos de escrúpulos y atormentados sin alegría ni paz en sus vidas, sino agobiados por esa radicalidad inhumana que han impuesto a sus vidas.
Por eso tendríamos que decir que ni una cosa, una vida sin ley, ni otra, una vida llena de tormentos escrupulosos por un cumplimiento ciego de las leyes que tendrían que darnos verdadera libertad y verdadera alegría a la vida.
Hoy le plantean a Jesús el tema del sábado. La ocasión surge porque en un sábado que iban caminando de aldea en aldea como solía hacer Jesús siempre, los discípulos al pasar por un sembrado - quizá por ese desmayo que se produce en una caminata larga y sobre todo si se acercan las horas del mediodía - arrancan unas espigas, que estrujan con sus manos y las van comiendo. Aquí los fariseos tan observantes siempre se dan cuenta de lo que hacen los discípulos y allá andan escandalizados porque están trabajando en sábado.
El descanso sabático en la ley de Moisés era estricta, prohibiendo todo tipo de trabajo para que el día del Señor se dedicase al descanso y al culto divino escuchando la lectura de la ley y los profetas en la sinagoga. Era buena aquella norma, que permitía el descanso del hombre trabajador y de alguna manera evitaba el abuso por parte de los ricos poderosos sobre los trabajadores que tuvieran a su cargo; era bueno porque además se podía dedicar el día del sábado al culto al Señor escuchando su Ley y alabando al Señor con la oración.
Pero el ritualismo en el cumplimiento de la ley sabática les llevaba a algo tan inhumano que  no pudieran aliviar un desmayo cogiendo unas espigas en el campo porque eso se considerase un trabajo, como si estuvieran en la ciega. la cerrazón de unas mentes convertía la ley y la norma en algo opresivo e inhumano. El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para estar esclavizado del sábado’, les viene a decir Jesús.
El camino del que sigue a Jesús es un camino de libertad en el amor. Y es que en aquello que  hacemos siempre tiene que prevalecer el amor que humaniza la vida del hombre. no podemos vivir desde el temor y el agobio del cumplimiento de unas normas o leyes. hemos de saber hacer incluso ofrenda de nuestro yo y nuestra voluntad en un camino de fidelidad, pero una fidelidad nacida del amor.

lunes, 21 de enero de 2019

Nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo necesitamos ser odres nuevos para el vino nuevo del evangelio


Nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo necesitamos ser odres nuevos para el vino nuevo del evangelio

Hebreos, 5, 1-10 Sal. 109; Marcos, 2, 23-28
Quizás nosotros los mayores recordamos aquellos tiempos de más pobreza, de pocos medios y recursos que teníamos que irnos apañando con lo que teníamos aunque ya estuviera obsoleto, estropeado o roto; para eso teníamos el remedio de los remiendos que nuestras madres nos hacían en la ropa cuando en nuestros juegos de niños o en nuestros trabajos de mayorcitos se nos rompía el pantalón o la camisa; ya tenían su sabiduría nuestras madres, sobre todo con algún tipo de tela, de remojarlas previamente por si acaso encogieran y si se ponían así, al lavar la ropa a su tiempo aparecerán tirones en la tela de un lado o de otro.

Quizás nos quede algo de eso en la vida, y no es ya en los remiendos que se puedan hacer en la ropa – hoy tenemos la moda en la gente joven de comprar los vaqueros ya con roturas previamente hechas por 'eso mola' como se dice ahora – sino más bien son las actitudes que podamos tener en la vida y ante lo novedoso que podamos encontrar donde tratamos de acomodarnos pero sin quizá dejar del todo las viejas costumbres.

Nos cuesta renovarnos, porque nos cuesta cambiar; siempre queremos dejar algo de lo viejo en nosotros. Y esto nos sucede en el ámbito de nuestra vida cristiana y de lo que el Evangelio nos va pidiendo cada día. Escuchamos la palabra conversión y simplemente la traducimos por un arrepentimiento de lo mal que hayamos hecho, pero seguimos con nuestras mismas costumbres y rutinas, y no nos atrevemos a emprender nuevos caminos, cambios radicales en nuestra vida. Y la palabra conversión significa un dar totalmente la vuelta, es una renovación en la que no se trata solamente de hacer arreglitos sino transformarnos totalmente comenzando a vivir en unas actitudes nuevas, los valores que el evangelio nos va presentando cada día.

Lo triste sería que ya el evangelio no fuera una buena nueva para nosotros, una nueva y buena noticia que entraña el que sepamos encontrar lo nuevo que el Señor nos pide para nuestra vida. Y es que muchas veces cuando escuchamos el evangelio ya nos damos por sabido lo que nos dice y no somos capaces de pararnos en serio a reflexionar y ver lo nuevo que aquí y ahora nos está pidiendo para nuestra vida.

Por eso nuestra vida cristiana está como estancada, no avanzamos, seguimos siempre en la mismo. Escuchamos las llamadas que la Iglesia ahora nos está haciendo que seamos en verdad una iglesia en salida pero seguimos estancados en la mismo sin variar nada en nosotros ni ser capaces de presentar con verdadera ilusión y fuerza la novedad del evangelio a nuestro mundo de hoy. Nos contentamos con seguir haciendo lo mismo, y así no hay una verdadera renovación en nuestras comunidades cristianas.

Nos habla hoy el evangelio de que no podemos andar con remiendos, que no podemos andar todavía con odres o vasijas viejas, sino que tenemos que ser en verdad un hombre nuevo, tenemos que tener odres nuevos para ese vino nuevo que el Señor nos ofrece cada día. Seamos capaces de pararnos un poco en la vida y reflexionar hondamente en el mensaje que nos ofrece hoy el evangelio.



domingo, 20 de enero de 2019

Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena


Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida, la verdad del hombre para el hombre, la luz que disipa todas nuestras tinieblas, el camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena

Isaías 62, 1-5; Sal 95; 1 Corintios 12,4-11; Juan 2, 1-12

Aunque ya estamos desde el domingo pasado en el tiempo ordinario de alguna manera en la tradición de la Iglesia este domingo sigue siendo como una prolongación de la Epifanía del Señor que celebramos el pasado 6 de enero. Es como una trilogía, que ya incluso las antífonas del día de la Epifanía resaltan, de esa Epifanía, manifestación del Señor como en tres pasos, primero fueron los magos de Oriente, luego fue el Bautismo del Señor en el Jordán y finalmente este momento de las bodas de Caná. De esa manera siempre en el domingo siguiente a la fiesta de la Epifanía celebramos el Bautismo de Jesús en el Jordán, y en este ya segundo domingo del tiempo Ordinario tradicionalmente también las bodas de Caná.
Normalmente cuando escuchamos este evangelio prontamente hacemos referencia al matrimonio en un sentido cristiano - en muchísimas ocasiones se utiliza este texto en la celebración del sacramento del Matrimonio -, y por otra parte vemos un sentido mariano por la presencia de María, intercesora ante Jesús por la dedicación situación en que se veían los novios al faltarles el vino para la boda. Sin descartar estos aspectos creo que tiene también otro sentido muy profundo en cuanto manifestación de Jesús como el que viene a darnos el verdadero sentido a nuestra existencia con su salvación siendo esa luz que llena tantos vacíos del hombre de todos los tiempos.
El evangelio nos presenta esa situación de un banquete, una fiesta de bodas; no hay mayores referencias a los esposos de ese matrimonio, sino que solamente nos habla de esa situación en la que se ven envueltos por la falta del vino. una situación en la que nos vemos envueltos todos, en la que podemos hacer una lectura de lo que también puede ser nuestra vida y Jesús viene a significar en ella.
Las vasijas del vino tocaron fondo, como suele decirse cuando se quiere sacar de ellas y ya en ellas no hay nada. De tantas maneras y en tantas ocasiones tocamos fondo nosotros en la vida, nos sentimos vacíos, no tenemos nada que ofrecer, la vida se nos puede volver un sin sentido. Desorientación en tantos casos en que nos vemos perdidos y no sabemos qué camino tomar, qué es lo mejor que podemos o tenemos que hacer, túneles oscuros por los problemas,  situaciones familiares difíciles, desencuentros con la propia familia o con aquellos con los que convivimos, amistades que se rompen o gente que tenemos enfrente como si fueran enemigos, enfermedades, contratiempos que nos van apareciendo en la vida.
¿Qué hacer o cómo reaccionar? ¿Qué respuesta dar a esas situaciones? Buscamos quizás en nosotros mismos y nos sentimos vacíos por dentro porque nos sentimos tan limitados, con tantas deficiencias en nosotros, con tantas debilidades también en nuestra vida. Queremos cerrar los ojos o escondemos en lo más profundo pero tampoco ahí encontramos respuesta. Nos falta el vino.
El vino es la alegría de la fiesta; ya dice también la Escritura que el vino alegra el corazón del hombre. Podríamos pensar en el vino como un estimulante, pero sabemos que es algo más. no es solo la condición del vino en el sentido de una bebida con una serie de efectos que se pueden producir en nuestro cuerpo por su consumo, sino que sabemos como tiene también el efecto diríamos psicológico del encuentro, de la cercanía, del diálogo y conversación que se puede crear en torno a un vaso de vino que estemos compartiendo. Por eso la imagen del vino puede tener también una gran riqueza de cara a nuestras relaciones humanas y a nuestra convivencia.
Decíamos antes cómo en la vida nos encontramos tantas veces como vacíos y desorientados y decíamos que nos faltaba el vino. ese vacío y esa desorientación que están en relación con un sentido de la vida, con unos valores sobre los que construir nuestra existencia y en consecuencia también nuestro mundo y nuestra sociedad. Es el vino viejo que se nos agota y que nos deja vacíos.
Tenemos que decir hoy a partir de este texto del evangelio que Cristo es ese vino nuevo para nuestra vida. Cristo es la verdad del hombre para el hombre; Cristo es la luz de nuestra vida y de nuestro mundo que disipa todas nuestras tinieblas; Cristo es ese camino que nos conduce a la verdad y a la vida plena; Cristo es en quien vamos a encontrar esa respuesta a todas nuestras inquietudes e interrogantes.
Allí estaban aquellas vasijas que debían contener el agua de las purificaciones, pero también estaban vacías; Jesús les manda que las llenen de agua, pero lo que de allí va a salir no es ya un agua para las purificaciones, sino ese vino nuevo y mejor que nos dará sentido a nuestra fiesta, que dará sentido a nuestra vida. Es lo que Cristo viene a ofrecernos.
No vamos a olvidar las palabras de María a los sirvientes, haced lo que Él os diga’. Tenemos que hacer lo que Cristo nos dice, tenemos que escucharle y ponerlo por obra, porque los que plantan la Palabra en el corazón serán los que entiendan del Reino de Dios, los que podrán vivir el Reino de Dios. Que María nos ayude a plantar esa Palabra en nuestro corazón que a ella la hizo dichosa y bienaventurada y que será también una bienaventuranza para nosotros.
Cristo  hoy se nos está manifestando en todo lo que es el sentido de nuestra vida. Es la salvación que nos ofrece, porque no es solo arrancarnos de nuestro vacío interior, de la oscuridad de nuestro caminar sin sentido, sino que nos da algo nuevo para vivir, el vino nuevo del Reino de Dios. Por eso, como decíamos al principio, aunque estemos en tiempo Ordinario de alguna manera sigue siendo Epifanía, en esa trilogía que nos ofrece la liturgia y que hoy completamos.