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lunes, 7 de septiembre de 2026

Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

 


Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga, no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios

1Corintios 5, 1-8; Salmo 5; Lucas 6, 6-11

Cuando estamos reunidos por el motivo que sea y alguien toma la iniciativa de llamar a alguien para que se ponga en el centro mientras los demás hacemos corro alrededor seguramente nos estaremos preguntando por qué se tomó esa iniciativa, que significado tendrá, o nos mostraremos quizás de alguna manera reacciones porque aquel que fue llamado al centro no le vemos la importancia, el prestigio o los valores por los cuales tengamos que prestarle nuestra atención.

Así sucedió aquel sábado en la sinagoga, en la cual están ya reunidos, además del encargado de la sinagoga, los principales dirigentes del pueblo, fariseos y escribas, la gente humilde y sencilla cargando con sus angustias y desesperanzas, que son los que ahora se prestan a seguir los acostumbrados rituales de la escucha de los libros de la ley o los profetas, el cántico de los consabidos cánticos y salmos de alabanza a Dios, y el comentario del encargado de turno. Pero sucedió algo insólito porque Jesús rompe el ritmo de sus rituales y llamando al hombre discapacitado con una mano atrofiada lo puso en medio de todos.

¿Qué o quién parecía que tenía que ser como el eje principal de lo que el sábado se realizaba en la sinagoga? Pareciera que todo tenía que centrarse en el culto a Dios con la proclamación de la Palabra, el canto o rezo de los salmos y los comentarios que se ofrecieran que en Dios habían de centrarse. Pero como hemos dicho Jesús rompe el ritmo del ritual y a un hombre enfermo e impedido coloca en el centro.

¿Qué nos quiere decir Jesús? Porque eso es un signo o señal de algo distinto, porque nunca se había visto así en una sinagoga. Un hombre que parecía un castigado de Dios según el concepto que ellos tenían de la enfermedad pareciera que está sustituyendo a Dios. Pero ¿es que nos podríamos quedar tan insensibles y tan tranquilos en nuestros rezos y en nuestros cánticos para salir luego justificados porque hemos cumplido fielmente nuestros ritos mientras aquel hombre seguía con el sufrimiento de sus limitaciones y dependencias?

Creo que es la gran pregunta que Jesús quiere que nos hagamos. ‘¿Qué es lo que está permitido hacer un sábado?’, comienza preguntando Jesús. Ya sabemos las limitaciones que se imponían en nombre del descanso sabático para dedicar ese día totalmente al culto a Dios. Por eso Jesús sigue haciéndose la pregunta, ‘¿qué está permitido, hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?’

Y pasamos de largo acaso preocupados por llegar temprano al templo, mientras… ¿Vemos a quien está a la puerta? ¿Tenemos un gesto de cercanía, con una mirada y una sonrisa, con una palabra amable o con unos buenos deseos que expresamos con nuestros saludos a quienes van por el mismo camino que nosotros también en su carrera por llegar temprano al templo? ¿sabremos detenernos para interesarnos por la persona, por sus problemas o preocupaciones, o para compartir sus posibles alegrías?

Es lo que estamos haciendo en nuestro camino por la vida, sea el día del Señor cuando venimos al culto, o cuando en medio de semana estamos tan absortos en nuestras carreras o nuestras preocupaciones que seguimos insensibles ante tantos problemas que nos rodean. Lo hemos dicho muchas veces que hemos ido perdiendo humanidad porque ya no somos tan cercanos los unos de los otros, porque cada uno va a lo suyo y se desinteresa de los problemas que puedan tener los demás, porque seguimos con el pensamiento en nuestra mente, aunque luego digamos palabras muy bonitas, que cada uno se las arregle como pueda, mientras quizás ganamos en lo que decimos otras riquezas porque hacen más ruido en nuestros bolsillos.

¿No tendríamos que poner más a la persona en el centro de todo porque es a través de ella como llegamos a Dios? Recordemos lo que nos ha venido diciendo Jesús de que cuanto hagamos al otro a Él se lo hacemos, o cómo cuando dos o más nos reunimos en su nombre podemos tener la seguridad de que Él está en medio de nosotros. Poner a la persona en el centro, sea quien sea, sea cual sea su situación, venga de donde venga no es sustituir a Dios sino encontrarnos con Dios.


sábado, 20 de julio de 2019

No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande


No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia, sino que reavivemos lo pequeño que es de valor grande

Éxodo 12, 37-42; Sal 135; Mateo 12, 14-21
Qué mal nos sentimos cuando intentamos hacer algo bueno, pero por las circunstancias que sea no nos sale como nos gustaría a nosotros, o cuando pretendíamos algo grande e importante, sin embargo lo que resultó fue algo muy pequeño, insignificante quizás, que parece que no tiene ningún valor, pero donde habíamos puesto nuestra ilusión y nuestro esfuerzo y viene alguien y nos lo echa abajo; y llega alguien y nos dice que aquello es una mezquindad, que tanto decir y decir y mira lo que hemos conseguido, la poquedad o la pequeñez de lo logrado. Se nos viene el mundo abajo, con la ilusión y el esfuerzo que habíamos puesto, y viene ahora alguien y nos dice que aquello no vale nada. Se nos vuelan las ilusiones, nos sentimos perdidos y empequeñecidos, no tenemos ilusión ni fuerza para comenzar de nuevo algo bueno. Hay personas que parece que son especialistas en cortarnos las alas.
Algo que nos puede suceder en los ámbitos educativos, o en el seno familiar donde tenemos el peligro de que a alguno de sus miembros no lo valores, no tengamos en cuenta lo que hace aunque sea pequeño; algo que nos puede suceder en el ámbito de la sociedad y donde hay personas que quieren colaborar, pero quizá no saben hacer más o no pueden hacer sino cosas sencillas, y pudiera ser que los dejemos a un lado; y nos sucede, hemos de reconocerlo, también en el ámbito de la comunidad cristiana, en el ámbito eclesial.
Cuantas veces no valoramos ese pequeño real de la viejita de turno que simplemente ofrece sus oraciones en su misa diaria a la que no falta nunca, pero que no puede comprometerse en otras cosas o actividades; muchas cosas y también muchos encontronazos o discriminaciones pudieran estar sucediendo en el ámbito de la comunidad porque el encargado de turno, digámoslo así, no valora a determinadas personas y no sabe o no quiere contar con ellas; o a cuántos por no sé qué motivos apartamos de actividades o acciones pastorales que pudieran realizar dentro de la Iglesia. Hay muchos con los que no se quiere contar, quizás por que nos parezcan poca cosa o por algunas sombras que pudiera haber habido en su vida y que no hemos sabido ayudar a superar.
Muchas reflexiones de este tipo nos pueden surgir en nuestro interior desde el pasaje del evangelio que incluso cita un texto del profeta Isaías. Los fariseos habían planeado ya acabar con Jesús y Jesús se retira a otros lugares esperando mejores momentos. Sin embargo a cuantos se acercan los atiende, les enseña, les cura de sus enfermedades o dolencias, aunque siempre los dice que no lo digan a nadie. Quiere pasar desapercibido, pero siempre que tiene la oportunidad sigue anunciando el Reino de Dios.
Es cuando el evangelista se acuerda de profeta y trae a colación un texto. ‘Así se cumplió lo que dijo el profeta Isaías: Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre él he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Es lo que queremos recordar y ha motivado la reflexión que nos hacíamos y que bien tendríamos que tener en cuenta, como decíamos, para muchos aspectos de la vida. ‘La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará…’ Cómo tendríamos que recordarlo y tenerlo en cuenta en tantas ocasiones. Parece que el pabilo se va a apagar, pero tenemos que reavivarlo; parece que es una caña cascada - ¿para qué nos va a servir si ya está rota?, pensamos – pero aunque nos pudiera parecer inútil puede servirnos para algo, puede tener su función. Podríamos pensar cuantas cosas en el terreno de la artesanía se realizan con cosas que nos pudieran parecer desechos.
Todos tenemos un valor por insignificantes que parezcamos. Todos podemos realizar una función aunque nos pudiera parecer que no tienen capacidades. Pienso en el mundo de los discapacitados con los que he tenido el honor de colaborar en muchas cosas y de los que he aprendido tanto y del valor de sus vidas a pesar de las limitaciones.
Jesús nos enseña – y podríamos recordar muchos lugares del evangelio – a que valoremos lo pequeño y que seamos capaces de ser fieles en lo pequeño porque de lo contrario no lo seremos tampoco en lo grande o importante. No apaguemos los pabilos vacilantes, que demasiado lo hacemos en la sociedad y también en la iglesia.

martes, 2 de abril de 2019

A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino


A pesar de las negruras, soledades y desorientación en que tantas veces andamos tenemos la certeza de que Dios nos ama y llega a nosotros para levantarnos y ponernos en camino

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16
Nos ponemos enfermos un par de día con la gripe y nos ponemos incómodos y hasta insoportables, porque no nos gusta estar enfermos y en cama, sentirnos imposibilitados, imaginemos lo que puede sentir un hombre que lleva postrado 38 años sin poder valerse por si mismo. A nuestro lado en la vida nos encontramos personas postradas en cama en larga enfermedad, personas que vemos discapacitados sin poder valerse por si mismos y los que nos decimos sanos nos interrogamos como pueden sentirse esas personas y nos preguntamos quizá si nosotros tuviéramos la paciencia para soportar un estado así.
Muchas veces no solo es la enfermedad, el dolor físico lo que se padece, sino que la imposibilidad nos hace sentirnos quizá inútiles, el vernos en una situación así que se prolonga nos hace sentirnos solos y es la soledad una de las cosas que más dañan por dentro. Triste es verse solo y sin valernos por nosotros mismos, nos humilla quizás el tener que recurrir a quien nos pueda ayudar y pedirlo, y terrible es llegar a la situación en que nadie se acerca a nosotros no solo para interesarse por nosotros sino además para prestarnos una ayuda cuando lo necesitamos.
Muchas más cosas podríamos pensar de situaciones de este tipo, de las que en nuestro entorno podemos conocer muchas y quizá somos nosotros también quienes no nos acercamos al que sufre para hacerle compañía o para tender una mano de ayuda. Me ha surgido toda esta reflexión, que podría llevarnos por demás a muchas conclusiones y también a muchos compromisos, desde lo que nos cuenta hoy el evangelio.
Nos habla de aquella piscina cercana a la puerta de las ovejas del templo – llamada así porque era por allí por donde se llevaban al templo los animales para los sacrificios que nos podría dar también alguna otra pista de reflexión – alrededor de la cual se arremolinaban muchos enfermos, impedidos, discapacitados de todo tipo, porque tenían la esperanza de que un ángel del Señor removía aquellas aguas y el primero que entrara quedaba curado. Nunca faltaba la esperanza.
Allí estaba un hombre que llevaba 38 años en aquella situación de sufrimiento, de impotencia y de soledad. Hasta El se acerca Jesús. ‘¿Quieres quedar sano?... Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, ya otro se me ha adelantado’. Es escueto el diálogo, pero se manifiestan muchas cosas. Aquel hombre seguía manteniendo la esperanza, a pesar de su impotencia y su soledad; no podía, pero lo intentaba. Nadie le ayudaba, otros se le adelantaban. Las soledades y las carreras locas de la vida en la que cada uno por sí mismo quiere llegar más allá.  
Todo esto nos puede decir muchas cosas de cara a las actitudes que tenemos en la vida, de las luchas que queremos hacer, de cansancios y de impotencias, de soledades y de lágrimas derramadas por dentro, de egoísmos y de insolidaridades, de las ganas de tirar la toalla o de las veces que una vez queremos intentarlo aunque nos parezca que no vamos a llegar; cosas positivas y cosas negativas como es la vida misma, queremos tener esperanza pero en ocasiones todo se nos nubla y se nos llena de tinieblas otra vez la vida. ¿No habrá mucho de todo eso por dentro de nosotros?
Allí está Jesús que le dice que tome la camilla y se vaya a su casa. El paralítico no sabe a ciencia cierta con quien está hablando, pero cree en la palabra de aquel que se lo dice. Y puede tomar la camilla y cargar con ella y marcharse a su casa aunque sea sábado y ese trabajo no le está permitido. Mas tarde se encontrará con Jesús que ya sí lo reconocerá y de nuevo Jesús tiene palabras de paz y de fortaleza para aquel  hombre. No olvides lo que Dios ha hecho por ti, en cierto modo le dice Jesús, y mantente fiel, no olvides la fidelidad a quien te ama y te ha regenerado la vida, no vayas a perder de nuevo el sentido de todo. Algo así podemos traducir las palabras que Jesús le dice. Y ahora sí puede decir que fue Jesús el que le había sanado.
Jesús también llega a nuestro lado, aunque en lo nublado que vivimos la vida no siempre lo reconozcamos. Dejémonos encontrar por Jesús, que El toma la iniciativa tantas veces de venir a nosotros. Descubramos que a pesar de las negruras que puede haber en la vida, a pesar de la desorientación en que tantas veces andamos, Dios es fiel en su amor por nosotros, Dios nos ama. Tratemos de responder con fidelidad en el amor para que nunca más volvamos a perder el rumbo y sentido de la vida. Y desde esas soledades en que nosotros quizás hayamos vivido veamos cómo tenemos que hacernos solidarios de tantos que sufren a nuestro lado en los caminos de la vida.

miércoles, 23 de enero de 2019

Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones


Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6

Hoy se nos llena la boca cuando hablamos de acciones sociales, de cómo las administraciones públicas tienen en sus programas no se cuántas acciones de tipo social y a los políticos no les falta en sus programas una serie de puntos de este tipo prometiendo que nadie se quedará desatendido, que para todos hay algún tipo de ayuda y no sé cuantas promesas más. a nivel individual decimos que queremos ayudar y nos sonrojaríamos si alguien descubriera en nosotros pasividad o negatividad en este sentido. Como programa o como proyecto todo eso está muy bien, como buenos deseos por nuestra parte es algo que no debería faltar, pero en la realidad ¿todo esto se realiza y nosotros nos sentimos en verdad comprometidos?
Quizá cuando pasamos por la calle al lado de alguien que de forma clara podíamos ver su pobreza y su necesidad, quizá volvemos la vista para otro lado para no querer enterarnos; cuando llegan a nuestra puerta personas en las que distinguimos otros rasgos distintos que nos están señalando que son de otra raza o que provienen de otro lugar, quizá nos sentimos incómodos y con miedo, farfullamos una disculpa y procuramos no entretenernos mucho con ellos, no sea que… y así no sé cuántas situaciones en que podríamos encontrarnos.
Cuántas disculpas y disimulos, cuánto pasar de largo ante situaciones que nos resultan incómodas, acaso porque se nos hace tarde… ¿para qué? ¿para ir a la Iglesia, quizás? ¿para no perder el programa de televisión que estamos viendo? ¿para que no nos vean con esas personas porque acaso luego no sé qué puedan pensar de nosotros?
Nos hacemos ciegos y sordos tantas veces ante el dolor o sufrimiento de los demás en su pobreza, su necesidad, las discriminaciones y soledades que sufren porque no queremos enterarnos. Pero lo peligroso, además de ser ya terrible que individualmente tengamos esas posturas, sería que ese fuera de alguna manera el sentir de nuestra sociedad. Queremos de alguna ocultar esas realidades. ¿Qué sucede cuando oímos hablar de pueblos o comunidades que no quieren que en él se instalen centros de acogida, por ejemplo de emigrantes? Pensemos en ciertos movimientos que hay de rechazo a los inmigrantes porque decimos quizá que ellos van a quitar puestos de trabajo a los naturales de lugar.
Hay ocasiones en que hasta se hacen manifestaciones y se impulsan movimientos sociales desde ciertos sectores cuando se va a crear un centro de este tipo en algún lugar.
¿La sociedad querrá ocultar o no querer enterarse de esas problemáticas? ¿Así nos hacemos insensibles ante las necesidades y problemas que hay en tantos lugares que obligan a la gente a emigrar? Quizá porque en la campaña contra el hambre una vez al año contribuimos con unas monedas pensamos que ya está todo hecho y resuelto.
Me ha venido toda esta reflexión a partir de un gesto que vemos realizar a Jesús en el texto del evangelio que se nos ofrece. Nos habla de la presencia de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún; era sábado. Pendientes estaban todos de lo que hiciera o dijera Jesús; los fariseos y maestros de la ley estaban al acecho. pero hay un hombre que pasa desapercibido, tiene una mano paralizada con todas las limitaciones y necesidades que se seguían de su enfermedad, pero nadie le presta atención. Llegó Jesús y le pide que se ponga en medio. Todos los ojos se dirigen a aquel  hombre del que comienza a hablar Jesús. Muy preocupados todos de la lectura de la Ley y de los comentarios que Jesús pudiera hacer - ya conocían de otros lugares y momentos de lo que hablaba Jesús - pero preocupación por aquel hombre enfermo y necesitado nadie tiene; como si no lo vieran.
Y es cuando Jesús plantea si será lícito o no curar a aquel  hombre en sábado.Todos conocían la ley y como habian de cumplirla estrictamente, para eso están allí los doctores de la ley y los fariseos para recordarlo. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’, es la pregunta de Jesús a la que nadie quiere dar respuesta. y aquello dolió a Jesús en su corazón. Ya sabemos como termina el episodio curando Jesús la enfermedad de aquel hombre.
¿Hay relación entre lo que antes reflexionábamos de lo que hacemos o no hacemos, a pesar de las bonitas palabras, ante los problemas o las necesidades de los demás o esas diversas situaciones que mencionábamos con esto que nos dice el Evangelio?
Creo que Jesús nos está pidiendo unas nuevas actitudes, una nueva forma de plantearnos las cosas, una mirada distinta a cuantos nos rodean para no hacer tantas discriminaciones como vamos haciendo por la vida. En nosotros está la respuesta. Aquello de la conversión que nos pedía Jesús al principio del evangelio habrá que tomárselo en serio.




martes, 13 de marzo de 2018

Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros y ayudarles a levantarse


Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros y ayudarles a levantarse

Ezequiel 47, 1-9. 12; Sal 45; Juan 5, 1-3. 5-16

‘Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua; para cuando llego yo, otro se me ha adelantado’. ¿Cuáles serian los sentimientos que podían anidarse en aquel corazón que se sentía incapacitado e imposibilitado en muchos sentidos?
Era su invalidez, no podía moverse, estaba postrado en una camilla con la esperanza, es cierto, de que un día milagrosamente podría curarse. Pero era algo más lo que le dolía en su corazón, era su soledad. No podía moverse, pero no tenía a nadie que le ayudara. Era quizá lo que más le doliera en el corazón.
Duro tiene que ser verse así solo sin que nadie te eche una mano; que pasen por tu lado y aunque sientan compasión traten de disimularlo y vuelvan el rostro para otro lado; que no te valoren ni te tengan en cuenta; que quizás, sea por lo que sea que has llegado a la situación en la que te encuentras, te miren quizás como un maldito, con quien no se pude uno mezclar, te ignoren o pasen de ti porque ya no vales, porque no cabes en los parámetros que nos hemos creado los hombres para aceptar o no aceptar a una persona.
No tengo quien me ayude… son tantos los que caminan por la vida o lo vemos arrinconados en los arrabales de nuestros caminos, los que van sin rumbo de un lado para otro sin que encuentren una luz que les oriente, una palabra que les aliente, una mirada con la que se sienten mirados y valorados. No tienen quien les ayude… no es una limosna o una ayuda material, es la consideración de la persona, es el que te tengan en cuenta, es el que se sepa descubrir que también tienes unos valores y unas posibilidades.
Este detenerse de Jesús junto a aquel hombre ignorado y olvidado nos hace pensar en muchas cosas. La presencia de Jesús junto a aquel hombre le hace comenzar a valorarse porque alguien se interesa por él; la presencia de Jesús le hará sentir de nuevo fuerzas en sus piernas para caminar, para cargar con su camilla y volver a los suyos donde de nuevo será valorado, pero más en su espíritu para emprender una vida nueva. El milagro de Jesús va más allá de lo que pudieran hacer aquellas aguas porque la curación de verdad del hombre viene de Jesús.
Y Jesús viene a nuestro encuentro para que nos curemos, para que valoremos todo lo que podemos hacer, para que recobremos de nuevo nuestra dignidad que ha de pasar también por la aceptación de los demás, por la valoración que nosotros seamos capaces de hacer de los demás, por la mano que nosotros seamos capaces de tender al otro que camina a nuestro lado y en el que quizá no nos habíamos fijado.
Creo que es un hermoso mensaje que nos deja hoy el evangelio. Jesús que nos cura de nuestras soledades y de nuestras angustias, de nuestra impotencia o de nuestra incapacidad para hacer las cosas buenas que tenemos que hacer. Pero Jesús que nos cura de algo más, nos cura y nos sana para que aprendamos a tener unas actitudes nuevas con los demás. Vamos en la vida demasiadas veces creando soledades en nuestro entorno cuando no somos capaces de tener en cuenta a los otros. Tenemos que saber ir y meternos en el rebullicio de las gentes que nos rodean que quizás vemos tan naturales pero que encierran muchas angustias en su corazón. Y en el nombre de Jesús podemos sanar si aprendemos a actuar a la manera de Jesús.
Tenemos que aprender también a decir ‘levántate, toma tu camilla y echa a andar’.



lunes, 12 de marzo de 2018

Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir


Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir

Isaías 65,17-21; Sal. 29; Juan 4,43-54

‘Había un funcionario real que tenía un hijo enfermo en Cafarnaún. Oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, fue a verle, y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’.
En la vida continuamente tenemos que estar enfrentándonos a una multitud de problemas. Y no el menor de ellos el dolor y la enfermedad. No solo cuando personalmente nos vemos afectados por alguna enfermedad, por el dolor de algún miembro de nuestro cuerpo del que nos cuesta liberarnos, o cuando nos vemos sometidos a la invalidez y la discusión de algún miembro del cuerpo como consecuencia de un accidente que hayamos sufrido o alguna enfermedad grave que hayamos padecido, sino cuando esto tenemos que sufrirlo en un ser querido que está a nuestro cuidado ya sea por el paso de los años o los sufrimientos de la vida. ¿Cómo nos enfrentamos a ello? ¿Cuál es nuestra manera de reaccionar?
Tenemos el peligro de refugiarnos en la pasividad o como dicen algunos el destino porque esto me tocó a mi y pacientemente lo sufrimos aguantándonos como podamos; aparece en muchas ocasiones la desesperación, la pérdida de la esperanza que nos llena de amargura nuestro corazón y que no solo nos hará sufrir a nosotros sino que hará sufrir mucho más a los que están a nuestro lado. O tratamos de ser positivos en la vida para luchar y buscar por todos los medios la solución de esos problemas encontrando remedio de la forma que sea para nuestro dolor, nuestra enfermedad o nuestras discapacidad.
Siempre buscamos un sentido aunque algunas veces se nos haga tan oscuro que no seamos capaces de encontrarlo. Queremos no perder la esperanza y al mismo tiempo reconociendo la limitación que de alguna manera se nos impone tratamos de encontrar una fuerza, aunque también con humildad seremos capaces de pedir ayuda para lo que no podemos hacer por nosotros mismos. En esa misma debilidad podremos ser capaces de sentirnos fuertes o encontrar la fuerza para mantener el ánimo y darle un valor y sentido a lo que tenemos que vivir.
No es fácil todo esto que estamos diciendo. Aparece muchas veces la depresión y nos sentimos tentados a tirar la toalla. Necesitamos también encontrar a nuestro lado ejemplos que nos estimulen, palabras que nos den ánimos, metas por las que cada día luchar un poco para ir subiendo peldaños en ese camino de la vida que por el sufrimiento se nos puede hacer muy duro.
Allá en lo más profundo de nosotros mismos queremos mantenernos firmes, no perder la esperanza, y encontrar un sentido desde esa fe que tenemos.  Fe, es cierto, en nosotros mismos que somos capaces de levantar vuelo aunque sea difícil, pero también una fe sobrenatural que nos haga mirar a lo alto o a lo mas hondo de nosotros donde podemos encontrarnos con Dios. Tenemos que intentar buscarle y escucharle, sentir su presencia que nos da fuerza, pero al mismo tiempo mirar a su Hijo en la cruz también en medio de sufrimientos como nosotros que lo convirtieron en Redentor.
Hoy hemos visto en el evangelio a un hombre, que además era pagano, era un funcionario real, pero que en el problema de enfermedad que tiene en su casa, ha oído hablar de Jesús y acude a Jesús. Básicamente va pidiendo la curación del enfermo, pero en su encuentro con Jesús encontró algo más, porque su fe se vio fortalecida para confiar en la palabra de Jesús. No bajó Jesús a su casa para curar al enfermo, pero estuvo al lado de aquel hombre que sufría y le hizo creer y no perder la esperanza iluminando su vida a un sentido nuevo y a un valor nuevo. Su hijo se vería curado, pero quien realmente se curó fue él y toda su familia porque comenzaron a creer y confiar plenamente en Jesús.
¿No será algo así lo que nosotros necesitemos cuando nos veamos enfrentados al dolor, al sufrimiento, a la enfermedad o a la discapacidad de nuestros miembros? Con Jesús siempre encontraremos un nuevo sentido, una nueva vida, unas ganas nuevas de vivir.




lunes, 5 de diciembre de 2016

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…’ Es el anuncio del profeta que escuchamos en este inicio de la segunda semana del Adviento. No hemos de temer, viene el Señor.
Viene el Señor transformándolo todo. Como los ciegos que comienzan a ver, los sordos que pueden ya escuchar los sonidos y entenderse con los demás, los cojos y todos los discapacitados que comienzan a moverse por sí mismos, los corazones que se llenan de gracia y de alegría porque encuentran la paz del perdón. 
Si en la sinagoga de Nazaret Jesús había dicho que todo lo anunciado por el profeta y estaban escuchando en aquel momento allí estaba ahora sucediendo, lo mismo podemos decir hoy cuando escuchamos el evangelio. Vemos cumplidas las promesas de los profetas. El paralítico alcanza el perdón y el movimiento de sus piernas de manera que ya incluso podrá cargar su camilla. Pero ¿estaremos viendo el cumplimiento de esa Palabra en el hoy de nuestra vida?
El evangelio nos describe un hecho bien significativo. Un paralítico que querrá acudir con fe a Jesús pero que por si mismo no puede hacerlo. Unos voluntarios que también con fe en Jesús y con un buen corazón lo hacen llegar hasta los pies de Jesús a pesar de todas las dificultades; la gente se agolpa a la puerta y en su deseo de escuchar a Jesús están impidiendo que otros puedan llegar también hasta Jesús; pero para aquellos hombres de buena voluntad nada habrá que les impida cumplir su propósito. Por allá además algunos que sospechan – están al acecho -, que juzgan, que condenan – esto es una blasfemia porque quien puede perdonar pecados sino Dios -, y en medio de todo Jesús que llega con su salvación, que trae vida, que trae perdón, que quiere llenar nuestro corazón de paz, que quiere que en verdad seamos capaces de llegar a todos porque nada nos lo impida.
Ya hemos escuchado el desarrollo de la escena y cómo aquel hombre encontró la salud para poder ir al encuentro con los demás, pero encontrar la paz y el perdón para su espíritu. Pero como nos preguntábamos hace un momento ¿se estará cumpliendo esta Palabra también en nosotros?
Reconociendo nuestras debilidades, las deficiencias con que se llena nuestra vida cuando nos sentimos esclavizados por el pecado, también nosotros queremos ir a Jesús. Nada tendría que detenernos. Si grande es nuestra fe y nuestro deseo de alcanzar la liberación que nos trae Jesús hemos de saber valernos de todos los medios que tengamos a nuestro alcance, hemos de tener también la suficiente humildad para dejarnos ayudar. A veces no somos humildes para reconocer nuestras limitaciones, nuestras discapacidades que no son solo las físicas sino aquellas cosas que hemos dejado meter en nosotros y nos impiden un encuentro con los demás.
Pero pensemos en algo más, sabiendo como Jesús nos ha liberado con su perdón. ¿Seremos capaces de hacer como aquellos camilleros que llevaron al paralítico hasta Jesús saltando todos los obstáculos? Ahora somos nosotros los que tenemos que ayudar a los demás. Encontraremos dificultades, barreras que saltar, oposición en quien no querrá quizá dejarnos actuar, pero tenemos que seguir adelante. Lo que gratis nosotros hemos recibido también hemos de ser capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás para que también encuentren la salvación, la luz, la alegría de sus vidas, la paz.
Muchos caminos concretos nos está proponiendo Jesús delante de nosotros desde este evangelio que hemos escuchado. En nosotros está ahora la respuesta.

jueves, 30 de junio de 2016

Lo que Jesús nos ofrece no es solo la curación de nuestras enfermedades físicas sino otra curación más profunda de la persona que nos regala con su perdón y su gracia

Lo que Jesús nos ofrece no es solo la curación de nuestras enfermedades físicas sino otra curación más profunda de la persona que nos regala con su perdón y su gracia

 Amós 7,10-17; Sal. 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué nos pediría una persona que se siente discapacitada en su invalidez, que no puede moverse por si misma, que tiene que valerse de los demás para cualquier cosa que quisiera hacer, que pasa muchas horas de soledad y angustia en su postración? Poder moverse, poder valerse por si misma, recuperar la capacidad de sus miembros para vivir su vida en lo que solemos llamar total normalidad.
Pero quizá nosotros nos preguntemos o esa persona nos ofrecerá su experiencia más profunda y nos daremos cuenta que su discapacidad física no será lo más importante porque como ya hacíamos mención hay otras penas en su interior, otras angustias que corroen el alma, otras discapacidades  más profundas que lo físico o lo corporal. Cuántos interrogantes y preguntas, cuántas dudas, cuántas angustias, cuántas soledades, cuántas miradas perdidas, cuántos silencios… van surgiendo en el corazón de la persona que nos callamos muchas veces pero que se pueden reflejar en actitudes, en reacciones en determinados momentos, en silencios prolongados, en miradas que van más allá de lo que tengamos delante de los ojos.
O quizá también nos demos cuenta que discapacitados no son solamente los que tienen esas limitaciones físicas, porque nosotros los que nos llamamos normales (?) también tengamos muchas discapacidades en el alma que quizá tratamos de obviar pero que también nos producen muchos pesares y muchas angustias en nuestro espíritu. ¿Qué hay en nuestro interior? ¿Todo es tan sano y brillante como muchas veces queremos aparentar?
¿Queremos entonces solo la curación de nuestras enfermedades físicas o realmente estaremos necesitando otra curación más profunda de la persona? Son cosas que algunas veces nos cuesta entender y aceptar,  pero ahí están en nuestra vida.
Me surgen estos pensamientos reflexionando con el texto del evangelio que hoy se nos presenta. ¿Qué nos ofrece Jesús? Como nos narra el evangelio en el relato de Mateo con menos detalles que los que nos ofrece san Lucas le traen a Jesús a un paralítico para que Jesús lo cure. Y Jesús quiere curarlo, pero curarlo desde lo más hondo de su ser. Ya conocemos el relato del evangelio, las palabras de Jesús, las reacciones de los que allí están y la salud más profunda que aquel hombre va a alcanzar.
‘Tus pecados están perdonados’, le dice Jesús. Luego completando la escena y tras la reacción de los presentes le dirá ‘ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Ponte en pie, no te quedes postrado, levántate de esa angustia, no dejes que las penas agobien tu espíritu, no te encierres en ti mismo, abre tu corazón a los demás; vete a tu casa, a los tuyos, a aquellos con los que convives aunque algunas veces cueste, sigue caminando en la vida y no permitas que nadie coarte tu libertad, tus inquietudes, tus sueños; no te sientas limitado, porque tu vales también mucho; siéntete querido y valora lo que otros hacen por ti como esos que han cargado tu camilla para llegar hasta aquí; ahora te toca ir a cargar con la camilla de los demás, para también darles esperanza, ve sembrando vida por la vida.
‘Levántate y anda’, nos está diciendo Jesús a nosotros también.

jueves, 26 de mayo de 2016

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad 1

Un ciego al borde del camino que nos inquieta en el corazón con sus gritos suplicantes o simplemente con la presencia de su discapacidad

1Pedro 2,2-5.9-12; Sal 99; Marcos 10,46-52

‘Muchos le regañaban para que se callara’, dice el evangelista que fue la reacción de algunos que acompañaban a Jesús ante los gritos del ciego Bartimeo. Siempre me ha hecho pensar este episodio. Parecería lo más lógico que tal como iban acompañando a Jesús en el camino hacia Jerusalén y dando por supuesto que en ellos habría fe en Jesús, que muchos habrían sido testigos de sus milagros o incluso beneficiarios de los mismos, más bien alentaran al ciego para que le pidiera a Jesús la curación de su ceguera.
Pero le regañaban para que se callara… Molestaban quizá los gritos del ciego porque les impediría que ellos escucharan lo que Jesús iba diciendo; o molestaba más bien aquella ceguera que pudiera estar recordándoles otras cegueras, las que ellos mismos llevan en el alma; molestaba ver a su lado a una persona con una discapacidad, desde aquel concepto que tenían de que la enfermedad era un castigo del pecado, y vete a saber qué habría hecho aquel hombre para que se hubiera quedado ciego; nos molesta, nos repugna quizá en ocasiones encontrarnos con personas con discapacidades que tratan de moverse a pesar de su imposibilidad, de hacer cosas a pesar de sus limitaciones, de vivir con dignidad de personas aunque haya discapacidades físicas, cuando nosotros con la entereza quizá de nuestros miembros nos consideramos quizá mejores o con mayor dignidad; nos molestan porque quizá nos recuerden muchas cosas, o porque tenemos miedo de que un día nosotros nos podamos ver así. En muchas cosas podemos pensar, pero no somos tan distintos de aquellos que regañaban al ciego para que se callase.
La presencia de Jesús tendría que recordarnos o enseñarnos muchas cosas. Como sucedió entonces. Jesús sí se detuvo junto al camino para escuchar y atender aquellos gritos. ‘Jesus se detuvo y dijo: llamadlo. Llamaron al ciego diciéndole, ánimo, levántate que te llama’. Bastó el gesto de Jesús para que cambiara la actitud de aquellas personas. Ahora ellos también se interesaban por él, ahora también le ayudaban para que se pudiera acercar a Jesús.
Cómo tenemos que aprender a tener los mismos gestos de Jesús. Muchas veces no hace falta muchas cosas. Tampoco es una compasión paternalista la que hemos de tener hacia el pobre o el discapacitado. Compasión, sí, porque es amor, pero sabiendo detenernos, ponernos a su lado, ofrecer una palabra o una mirada, tender nuestra mano o nuestro corazón donde encuentre apoyo, ayudar a que con dignidad siga caminando hacia delante. La pobreza o la discapacidad no merma la dignidad de la persona que está por encima de todas esas limitaciones que pudiera haber en nuestra vida; la dignidad la perdemos por otras cosas o razones.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es la pregunta de Jesús y ha de ser nuestra actitud. Quizá solo nos pidan cercanía y una mano tendida que ayude a caminar, una palabra de aliento, o una presencia que estimule a vivir con dignidad. Cuánto podemos hacer cuando hay amor del bueno en nuestro corazón. 

miércoles, 20 de enero de 2016

Jesús viene a nuestra vida para liberarnos de tantas discapacidades del alma que nos anulan y ayudarnos a encontrar la verdadera grandeza de la persona

Jesús viene a nuestra vida para liberarnos de tantas discapacidades del alma que nos anulan y ayudarnos a encontrar la verdadera grandeza de la persona

1Samuel 17,32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

¿Quién o quienes eran realmente los inválidos, los discapacitados? Me hago la pregunta, y lo hago también por mí mismo, ante el episodio que nos narra el evangelio.
‘Entró Jesús otra vez en la sinagoga, y había allí un hombre con parálisis en un brazo. Estaban al acecho, para ver si curaba en sábado y acusarlo’. Había, es cierto, un hombre con una parálisis en un brazo, como nos dice el evangelista. Su invalidez y su limitación era física con todas las consecuencias que por supuesto se podían derivar.
Pero hay otras muchas cosas que nos paralizan en la vida. Allí estaban algunos al acecho, con sus desconfianzas, con su hipocresía, con el corazón insensible ante el sufrimiento de un hombre, atados por las normas y preceptos que realmente les esclavizaban, con su obstinación farisaica, con sus juicios y prejuicios, con las ganas de poner trampas para hacer tropezar a los demás. Dice el evangelista que Jesús se sintió dolido por su obstinación, por la cerrazón de aquellas mentes y la dureza del corazón. Eso si era una invalidez que paraliza desde lo más hondo.
La pregunta tenemos que hacerla sobre nosotros mismos porque podemos caer fácilmente en esas actitudes negativas en la vida con nuestras malicias y con nuestras desconfianzas; porque somos muy fáciles para juzgar las acciones de los demás y para condenar; porque llenamos nuestras relaciones de recelos y desconfianzas y nos cuesta aceptar a los otros como son; porque también tantas veces estamos al acecho a ver en lo que el otro tropieza para gloriarnos de nosotros mismos y despreciar a los demás; porque fácilmente aunque digamos que no, surgen actitudes o posturas racistas en nuestros pensamientos y hasta en nuestros comportamientos; porque queremos imponer nuestros criterios y no somos capaces de dialogar; porque nos creemos poseedores de la verdad suprema y solo es válido lo que nosotros pensemos u opinemos y no somos capaces de respetar a los demás y ver todo lo positivo que hay también en los otros, que incluso muchas veces nos superan.
Vamos a acercarnos a Jesús con nuestras discapacidades en el alma para que nos cure, para que nos llene y nos inunde con su salvación, para que nuestro corazón se transforme en su amor, para que sintamos lo que es la verdadera libertad en el alma que nace de un corazón lleno de amor. Aprendamos a valorar a las personas como Jesús lo hizo, vayamos siempre con el corazón abierto al encuentro con los demás dispuestos a servir, dispuestos a amar de verdad a todos y sin distinción.
Que la gracia del Señor en nuestra vida nos ayude a transformar nuestro corazón para que en verdad entre todos podamos hacer un mundo mejor donde vayamos haciendo desaparecer tantas discapacidades del alma que nos anulan. Con Cristo encontraremos siempre la verdadera grandeza y la verdadera libertad.

domingo, 25 de octubre de 2015

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Aprendamos a hacer el mismo camino de Jesús atentos a los gritos de los que sufren y ofreciendo nuestro brazo para caminar en una nueva claridad

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52
Nos habla el evangelio de un ciego que está junto al camino en Jericó y que al paso de Jesús gritará insistentemente pidiendo compasión; Jesús lo mandará llamar ante los gritos insistentes del ciego preguntándole que desea y ante la fe de aquel hombre que, desde su pobreza y su humildad así acude a Jesús, por su fe lo curará.
‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí… ánimo, levántate que te llama… ¿qué quieres que haga por ti?... Maestro, que pueda ver… Anda, tu te ha curado… recobró la vista y lo seguía por el camino’.
Así sencillamente en ese diálogo tan hermoso, casi con naturalidad, nos cuenta el evangelista el episodio. Está la fe de aquel hombre, por un lado, desde su pobreza y necesidad, pero enfrente está la compasión y la misericordia de Jesús. Pero nos puede decir muchas cosas fijándonos en detalles que son como signos y que hemos de saber traer a nuestra realidad y a nuestra vida.
‘El ciego Bartimeo (el hijo de Timeo) estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna’, nos dice el evangelista. Al borde del camino, con su ceguera y con su pobreza. Ni la ceguera ni la pobreza le podían dejar hacer el camino. Será incapaz, no ve, no tiene medios. Algunos le gritarán que se calle, que no moleste. Nos molesta la pobreza y la necesidad de los demás y preferimos no enterarnos, seguir nuestro camino y que no encontremos impedimentos. Pero los pobres, los que están discapacitados como aquel ciego tienen tantos impedimentos. Sus limitaciones le impedían una vida digna y desde su necesidad no podía hacer otra cosa que pedir y mover a compasión. Pero no nos gusta que nos pidan o que nos quieran mover a compasión y cerramos los ojos o miramos hacia otro lado para no ver, para no sentir.
Miremos cuáles son nuestras cegueras nosotros que creemos que vemos; miremos cuál es nuestra pobreza nosotros que creemos que nos bastamos; miremos si acaso nos hemos discapacitado para amar de verdad. ¿No tendríamos que ser nosotros los que estemos gritando que se tenga compasión de nosotros si somos capaces de reconocer esas pobrezas, esas cegueras, esas discapacidades que tenemos en nuestra vida? Será algo que tenemos que preguntarnos. Aquel ciego está quizá ocupando nuestro lugar porque allí tendríamos que estar nosotros.
Pero Jesús no se desentiende, no se hace el sordo. Jesús se detiene en su camino y pide que lo traigan. Pararnos en nuestras prisas por llegar no sabemos donde, aunque digamos que vamos al templo. Mereció la atención de Jesús y Jesús movió a los demás para que no se hicieran sordos, para que prestaran atención. Ahora sí se movilizan. ‘Animo, levántate que te llama’ y lo traen hasta Jesús. No eran ellos los que lo iban a curar pero pudieron señalar el camino, tender la mano para ayudar a caminar.
Decimos tantas veces que no sabemos, que no podemos. No tenemos que pensar en hacer milagros, sino el milagro puede estar en esa atención que prestas, en esa palabra de ánimo que pronuncias, en ese brazo que ofreces para que se apoye en ti en tu titubeante caminar. Solamente con abrir nuestros oídos para prestar atención ya estamos haciendo milagro. Quizá ese pobre malherido por la vida no necesite sino unos oídos y un corazón que le escuche, o una mano que le sirva de apoyo, un acompañamiento en su soledad, un sentir que se le ha prestado atención.
Y comenzó el diálogo con Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ ¿Qué necesitas? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu problema? Jesús bien sabía cual era la necesidad de aquel hombre, como también todos aquellos que lo veían pobre y ciego a la vera del camino. Pero le dio oportunidad para expresarse, para manifestar cual era el problema de su vida y aquel hombre contando sus penas y necesidades ya se sentía valorado. No podemos pensar que ya nos lo sabemos, que ya conocemos las necesidades que hay o los problemas de nuestro mundo. Tenemos que acercarnos y escuchar para que cada uno cuente su realidad, se exprese con dignidad a pesar de su pobreza. Podemos nosotros que nos lo sabemos todo alcanzar otra visión de la vida y del problema de los demás.
‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Ya se sentía curado desde que le prestaron atención, desde que le ofrecieron el brazo de apoyo para caminar, desde que escuchó aquella palabra de ánimo, desde que pudo llegar a los pies de Jesús y expresar su necesidad. ‘Maestro, que pueda ver’, se expresaba aquel ciego que ya estaba comenzando a ver. Su fe y la insistencia de su petición habían hecho posible el milagro de llegar hasta Jesús. Aunque no fuera más ya se sentía curado porque al sentirse valorado se sentía un hombre nuevo.
Y vaya si era un hombre nuevo. Ahora ya podía caminar tras Jesús. Lo había buscado pero ahora se iba con Jesús porque había aprendido algo nuevo. Su vida se transformaba del todo. No sería él de ahora en adelante de los que sirvieran de tropiezos o impedimentos para los demás. Si El había podido llegar hasta Jesús y ser un hombre nuevo con la luz que comenzaba a brillar en su vida, ahora el tenía que llevar también esa luz a los demás. ‘Recobró la vista y lo seguía por el camino’, decía el evangelista.
Si antes decíamos que nuestro lugar estaba en el sitio que ocupaba aquel ciego allí al borde del camino, porque muchas veces a pesar de que creamos lo contrario es así como nos encontramos, ahora tenemos que sentir que tras este encuentro con Jesús que significa este evangelio nosotros habremos recobrado también la vista y con el mismo entusiasmo tenemos que seguirle por el camino.
Habremos recobrado la vista cuando comencemos a mirar con mirada nueva cuanto nos rodea, cuando sepamos enfrentarnos con la realidad de la pobreza y del sufrimiento de tantos a nuestro alrededor, cuando sepamos ofrecerle nuestro brazo para su caminar porque nos hemos detenido para prestarles atención, cuando hayamos abierto nuestros oídos para escuchar y sentir en nuestra carne todo el sufrimiento de tantos a nuestro lado, cuando tras todos estos pasos de verdad lleguemos al encuentro con Jesús. Entonces sí que estaremos siguiendo a Jesús por el camino, porque habremos aprendido a hacer su mismo camino.


viernes, 31 de octubre de 2014

Siempre como Jesús hemos de buscar el bien de la persona y así mostrar nuestra delicadeza y amor

Siempre como Jesús hemos de buscar el bien de la persona y así mostrar nuestra delicadeza y amor

Filp. 1, 1-11; Sal. 110; Lc. 14, 1-6
¿Quiénes serían los que más necesitarían ser curados por Jesús? Es la pregunta que me hago ante este pasaje del evangelio. Es cierto que ante Jesús está aquel hombre enfermo de hidropesía que va a ser curado por Jesús, pero ¿no necesitarían ser curados aquellos que estaban allí sentados también a la mesa y ‘estaban espiando a Jesús’?
Claro que no va a ser curado quien no se pone a tiro de la salvación que Jesús nos ofrece. Y seguro que la postura de aquellos fariseos no era precisamente la de acercarse a Jesús para que llegase a ellos la salvación que Jesús les ofrecía. Lo que ya tendría que hacernos pensar para nosotros mismos, para ver cómo nos acercamos a Jesús y si en verdad queremos su salvación.
Era sábado y el descanso sabático que imponía la ley del Moisés estaba por encima del bien del hombre. Esa era la interpretación que ellos en su rigorismo se hacían de la ley de Moisés. Jesús, como nos diría en otro lugar, no había venido a abolir la ley ni los profetas, sino que lo que quería era darles plenitud. Y en lo que es la voluntad del Señor ha de estar siempre por encima de todo el bien del hombre.
En este caso, aunque ellos sean los que están espiando, es Jesús el que se adelante a hacerles la pregunta: ‘¿Es lícito curar los sábados o no?’ Todo estaba muy reglamentado, buscando por cierto sí la gloria del Señor porque el sábado estaba dedicado al culto a Dios en la oración de los salmos y en la escucha del libro de la Ley, pero también el bien del hombre buscando su descanso para que así no hubiera por otra parte abuso con el trabajo de nadie. Pero como les pregunta Jesús, ‘si a uno se le cae al pozo el hijo o el buey, ¿no lo saca enseguida, aunque sea sábado?’ Como les había dicho en la sinagoga cuando la mujer encorvada, ‘allí estaba una hija de Israel esclavizada por el mal’, ¿no se le podía liberar de él? Allí ahora delante de ellos había un hombre que sufría en su enfermedad, ¿no se le podía liberar de lo que le hacía sufrir?
Quiere Jesús el bien de la persona, el bien de todo hombre y de toda mujer. ¿No nos enseñó el mandamiento del amor con el que en fin de cuentas lo que uno siempre ha de buscar es el bien de la persona, de toda persona? Eso es amar; no son solo bonitas palabras, sino buscar siempre lo mejor para la persona. ¿No hemos dicho estos días que el amor de Dios nos tiene que humanizar? Busquemos, entonces, el bien de la persona.
 Es importante esto que estamos diciendo y que nos tiene que hacer pensar. Porque tenemos que hacer que nuestras relaciones sean humanas, están de verdad llenas de humanidad. Es pensar que el otro es una persona y es pensar en el respeto que he de tener a su dignidad de persona y en consecuencia el respeto con que tengo que tratarla siempre. Tenemos el peligro de hacernos duros y exigentes con los demás en nuestro trato, porque pensamos demasiado en nosotros mismos.
Y ese respeto me ha de llevar a valorar siempre a la persona. Tiene su dignidad y también tiene sus valores; en consecuencia a nadie podemos despreciar ni valorar menos. Cómo tenemos que cuidar nuestros gestos, nuestras palabras, nuestras actitudes, porque fácilmente cuando no nos cae bien la persona somos muy fáciles a tratar mal, a mirar con malos ojos, a no tener en cuenta, a minusvalorar, a discriminar y no digamos nada cómo fácilmente nos pueden salir gestos y palabras ofensivas para los otros.
Cómo tendría que brillar siempre la delicadeza en el trato con los demás. En nuestras actitudes, en nuestros gestos y en nuestras palabras. Qué distinta tendría que ser la mirada con que miremos a los otros cuando miramos con la mirada de Cristo. Recordemos lo que hemos dicho de ponernos junto a Jesús para hacer como El hacía, para mirar como El miraba, para amar con un amor semejante al de El.
Cómo tendría que salir a flote, por otra parte, toda la ternura de nuestro corazón cuando nos encontramos con personas con limitaciones o discapacidades o cuando nos encontramos con alguien que sufre. Tenemos que reconocer que muchas veces nos cuesta, nos dejamos llevar por nuestros ‘prontos’ o nuestros prejuicios, y nos olvidamos de todo eso bueno que siempre hemos de buscar para los demás.
Ahí tenemos esas cosas de las que Jesús nos ha de curar a nosotros también. Pero, como decíamos, hemos de acercarnos a El y reconocer esa enfermedad de falta de amor que muchas veces aqueja nuestro corazón. Que nos llene de su Espíritu de amor.

lunes, 18 de noviembre de 2013

¿Quiénes eran los que estaban al borde del camino? ¿Dónde estaremos nosotros?

1Mac. 1m 11-16.43-45.57-60.65-67; Sal. 118; Lc. 18, 35-43
‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’, le dice Jesús al ciego del camino. Allí estaba, es significativo, al borde del camino. Nos podemos quedar en un hecho que pudiera parecernos totalmente normal. Un ciego, lo que entrañaba una pobreza grande, que está allí sentado por donde pasa la gente para tender la mano moviendo a la misericordia y la compasión de los que por allí pasaban. Pero es mucho más.
Ya decimos que su ceguera entrañaba casi de forma lógica y natural la pobreza. Quien no podía valerse por sí mismo porque su ceguera se lo impedía, tendría que recurrir necesariamente a la mendicidad para pedir que le dieran una limosna para sobrevivir. La pobreza venia por sí sola cuando no podía ganarse el sustento por sí mismo. Lo más fácil era echarse a los caminos para pedir limosna. Es curioso que el evangelio nos hable del valle del Jordán como de un lugar donde hay muchos ciegos. La luz cegadora de aquellos ambientes por una parte, la falta de higiene que no podía ser mucha entonces podría motivar quizá esos daños a los ojos y esas cegueras.
Pero decíamos al principio que era significativo que el evangelista nos diga que está ‘al borde del camino’. No había camino que pudiera hacer un ciego; de alguna manera la ceguera y la pobreza originaban una cierta marginación. No podían participar en la vida ni laboral ni social de los demás conciudadanos y en consecuencia podían comenzar a vivir al margen de los demás. Incluso su presencia podría resultar incómoda para los videntes o los que se creían videntes. ‘Al borde del camino’, que dice el evangelista. Prueba de ello era que sus gritos molestaban a los que iban por el camino junto a Jesús.
¿No nos ha sucedido alguna vez que cuando estamos junto a una persona con algún tipo de discapacidad no sabemos que hacer ni que decir? ¿No crearemos nosotros de alguna manera discapacidades? No sólo entonces se ponían al margen los que pudieran tener alguna discapacidad como podría ser la falta de visión. Ya sabemos lo que hacían con los leprosos.
Aquel hombre se pone a gritar cuando oye el barullo de la gente que pasa por el camino y le dicen que ‘pasa Jesús Nazareno’. Pero la gente le regaña para que se calle. Molesta, no deja oír al maestro, es una incomodidad que ahora aparezca este ciego por allí dando la lata. Pero él no deja de gritar. Quiere estar con todos, quiere que Jesús lo escuche, que haga algo por él.
Y aquí viene la lección de Jesús. ‘Jesús se paró y mandó que se lo trajeran’. Aquel ciego no molesta; a aquel ciego hay que ayudarle a que llegue hasta El; también es una persona que merece ser escuchada por Jesús. Y Jesús se puso a hablar con él; no le resultaba incómodo y sí tenía de qué hablar con aquel ciego; lo más normal hablar de su situación, de sus carencias, de lo que necesitaba. Aunque eso implicara a Jesús. Cuánto  nos cuesta implicarnos, interesarnos por los problemas de los demás.
‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Es tan sencillo, simplemente interesarnos. ‘Señor, que vea otra vez’. Quería la luz para sus ojos. Sus ojos la recobrarían, pero era otra luz la que realmente estaba iluminando el corazón de aquel hombre. Creía en Jesús. Lo había llamado, ‘Hijo de David’, que tenía una fuerte connotación mesiánica. Venía con una fe grande, y muy seguro de su fe, hasta Jesús con la confianza de que Jesús le haría recobrar la luz de sus ojos. Es que la luz de su corazón ya se había despertado antes. ‘Recobra la vista, tu fe te ha curado’.
Ahora es la gente la que reconoce las maravillas del Señor. Antes estaban ellos ciegos también, porque no habían sido capaces de ver con unos ojos distintos a aquel hombre que ante ellos estaba con sus carencias. Ellos se creían ver y querían seguir su camino, pero eran ellos los que estaban ciegos realmente, porque les faltaba amar y les sobraba discriminación. Quizá eran ellos los que realmente estaban al borde del camino sin darse cuenta de ello. Ahora ‘todo el pueblo, al ver esto, alababa a Dios’. También habían descubierto la luz, también habían recuperado la fe.

Y ¿nosotros? ¿En qué lado estamos? ¿Estaremos también al borde del camino? ¿No nos hará pensar en nuestras actitudes y posturas? ¿Nos hará descubrir nuestras cegueras? ¿No tendremos que pedirle a Jesús también que queremos recobrar la vista, se nos abran los ojos de la fe?