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lunes, 6 de diciembre de 2021

Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

 


Caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer y que en nosotros han de ser signos para los demás para que todos puedan ver las maravillas de Dios

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

Dios se mete en medio de nosotros aunque a veces no sepamos descubrir su presencia o lo que quiere decirnos a través de lo que nos sucede. Sí, Dios está caminando en medio de nosotros y tendríamos que tener una buena sintonía de Dios, una mirada verdaderamente creyente para cuanto nos sucede. No para que estemos viendo siempre castigos, porque cuando suceden desgracias tenemos esa tentación fácil. Aquello que inocentemente decíamos de niños, ‘Dios castiga sin piedra ni palo’, cuando nos sucedía algo que no entendíamos después de quizás haber metido la mata en alguna cosa. Yo hoy no lo diría así, sino que el amor de Dios se hace presente no para castigarnos, sino para llamarnos y no son piedras ni palos sino muchos gestos bonitos que podemos ver en los demás y que son señales de ese amor de Dios.

Hoy contemplamos en el evangelio un pasaje que en su mismo desarrollo fue desconcertante para algunos, sin embargo al final nos dirá el evangelista que la gente daba gloria a Dios porque había visto maravillas. Unos hombres – bien anónimos porque poco se dice de quienes eran pero que son muy importantes en este relato – vienen trayendo en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar hasta los pies de Jesús. Ante las dificultades por la afluencia de gente a la entrada de la puerta se las ingenias para descubrir el tejado y por allí bajar al hombre en su camilla hasta los pies de Jesús.

¿Sorpresa por la osadía de aquellos hombres? El dueño de la casa ya estaría pensando quien iba a arreglar todo aquel destrozo. Pero la sorpresa fue mayor en la reacción de Jesús. ‘Viendo la fe que tenían le dice: Hombre, tus pecados están perdonados’. ¿No venían para que Jesús curase a aquel hombre? pero esa quizá fue la reacción menor, porque por allí andaban unos fariseos y maestros de la ley que comienzan a hablar de blasfemia. Y eso era muy grave, pues aplicando al pie de la letra la ley de Moisés al blasfema habría que apedrearle. A tanto quizá no llegan, pero su reacción es notable de manera que encontrará respuesta en Jesús.

‘¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa’. Y aquel  hombre quedo curado, tomó su camilla y fue a su casa.

Dios estaba allí presente y lo que se estaba manifestando era la misericordia infinita de Dios. Aquellos fariseos y maestros de la ley no la supieron ver; la gente sencilla – es a los pequeños y a los sencillos a los que se manifiesta mejor el rostro de Dios – supieron reconocerlo y daban gloria a Dios. ‘Hoy hemos visto maravillas’, exclaman todos.

Es en cada uno de los pequeños detalles donde se está manifestando la gloria de Dios. Nos han pasado desapercibidos aunque somos conscientes de su fe y su valentía para llegar a descolgar por el techo al paralítico. ¿Pero no tendríamos que ver ahí también los caminos de Dios?

Eran unos voluntarios, como ahora los llamaríamos, pero estaban haciendo la obra de Dios. Eran unos voluntarios que estaban caminando, quizá sin saberlo o ser conscientes del todo, los caminos de Dios. Los caminos de Dios que también se están abriendo para nosotros. Grande es el campo donde podemos recorrerlo, porque muchas cosas semejantes podemos ir haciendo en la vida. Ayudaron al paralítico a llegar hasta Jesús, ayudar…

Cuántas manos podemos tender, cuántos brazos podemos ofrecer para que sirvan de apoyo, cuantos hombros podemos poner junto al abatido para que descanse allí su pena y su dolor, cuántos oídos tenemos que abrir para escuchar aunque nos lo repitan cansinamente una y otra vez las penas y las angustias de tantos que sufren, cuánto tenemos que abrir nuestros ojos para ver, para darnos cuenta, para captar la necesidad o ver esa mirada suplicante… cuántas camillas podemos nosotros portar de tantos a los que les cuesta caminar por la vida.

Los caminos de Dios que nosotros también hemos de recorrer; los caminos de Dios que en nosotros han de ser signos para los demás. Que todos puedan ver las maravillas de Dios.

domingo, 10 de febrero de 2019

Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer


Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, donde están los hombres y mujeres desorientados en medio de sus sufrimientos y desesperanzas, donde quizá nos parece que nada se puede hacer

Isaías 6, 1-2a. 3-8; Sal 137; 1 Corintios 15, 1-11;Lucas 5, 1-11

Hace falta un voluntario, ¿quién se ofrece? Surgió una voz en medio del grupo, hacía falta un voluntario. La respuesta puede ser diversa; nos miramos unos a otros a ver quien es el que se ofrece, rehuimos la mirada de los otros que parece que nos están señalando para que nos ofrezcamos, sentimos miedo o temor de no saber hacer quizá aquello para lo que se nos pide voluntariedad, alguien quizá se ofrece temerosamente, o quizá nos sentimos como empujados por las miradas insinuantes de los otros, o sentimos un impulso interior que nos hace lanzarnos.
El voluntario puede surgir así, quizá de alguien espontáneamente, o en un momento determinado sin que ni siquiera se oyera esa voz pidiéndolo, nos vimos impelidos a implicarnos en aquella situación o en aquella necesidad; no hubiéramos querido quizá estar allí, o en otras circunstancias no nos hubiéramos ofrecido, pero lo que sucedía en aquellos momentos nos empujó a ser ese voluntario que pusiera su mano, se implicara en el tema, ofreciera su acción. No íbamos con esa intención, pero casi nos pusieron el arado en la mano sin nosotros mucho desearlo y allí estamos arando en aquella tierra, implicándonos y complicándonos en lo que quizá ni soñábamos.
‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ es la voz que se oye en medio de aquella teofanía, manifestación de la gloria del Señor que nos describe el profeta. Podríamos decir que los diferentes textos de la Palabra que hoy se  nos ofrecen en la liturgia de este domingo son esa voz que nos está pidiendo un voluntario.
Fijémonos en el evangelio. Jesús caminaba por la orilla del lago en medio de las gentes y todos se agolpaban a su alrededor con el deseo de escuchar su Palabra. Y se va a necesitar una colaboración; había varias barcas allí en la orilla mientras los pescadores que habían llegado de su faena recogían y reparaban las redes para dejarlas preparadas para otra ocasión. Jesús querrá contar con una de aquellas barcas para sentado en ella desde la orilla y donde todos le pudieran oír ponerse a enseñar a las gentes.
Es la barca de Pedro al que le pedirá Jesús cuando terminó de proclamarles la Palabra que remara lago adentro para echar de nuevo la red para pescar. Algo insólito, normalmente se pescaba en la noche o al amanecer, por otra parte ellos se habían pasado la noche de forma infructuosa bregando sin coger nada, y ahora Jesús les pide que de nuevo se adentren en el lago y echen la red para pescar. ¿Qué podría haber pasado por la mente de aquellos pescadores? Nos lo imaginamos, pero Pedro que ha escuchado la Palabra de Jesús quiere confiar. ‘Nos hemos pasado la noche sin coger nada, pero por tu Palabra, echaré la redes’.
Podía ser Pedro pero podría haber sido cualquiera de los otros pescadores, pero fue en su barca en la que se subió Jesús. Aquello era una llamada bien significativa y era toda una invitación. Se necesitaba un colaborador, un voluntario, y allí estaba Pedro.  Pedro que sin pensárselo mucho quizá, aunque tenía sus reticencias porque él conocía bien el lago, se había fiado de la Palabra de Jesús. Ya sabemos lo que sucedió y la necesidad de contar con otros pescadores que les ayudaran, pero cómo Pedro se vió sorprendido interiormente para darse cuenta de su valor o de su indignidad. ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’, le había dicho a Jesús postrándose a sus pies.
Como el profeta cuando contempló la gloria del Señor en aquella visión del templo. ‘Soy un hombre de labios impuros y he visto con mis ojos al Rey y Señor del universo’. Pero se sintió purificado por el Señor de manera que cuando la voz celestial pregunta ‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?’ él se ofrece voluntario y generoso: ‘Aquí estoy, mándame’
Ahora será Jesús el que le diga a Pedro y a los otros pescadores que estaban también con él en la barca: ‘No temas: desde ahora, serás pescador de hombres’. Estaba en el sitio oportuno y en el momento oportuno. Se vio implicado al facilitar la barca a Jesús para el anuncio de la Palabra y las cosas se fueron sucediendo hasta sentirse llamado por el Señor.
Era una Palabra de vida la que había escuchado, una palabra que le hacía reconocerse en su indignidad pero que se convertía en una llamada que le abría camino delante de él. Eran pescadores en el lago de Galilea, pero en adelante serán pescadores de hombres, a ellos se les confiaría una nueva misión, la misión de llevar por el mundo el anuncio de esa Palabra de vida y de salvación. Ahora comienzan a caminar con Jesús, siguiendo sus pasos, escuchando con mayor intimidad su Palabra, dejándose transformar por la gracia.
Pero nosotros no estamos ahora aquí como meros espectadores de un hecho sucedido en el tiempo. También queremos arremolinarnos alrededor de Jesús para escucharle y dejarnos transformar por Él, por su presencia de gracia. Nos está pidiendo Jesús la barca de nuestra vida, porque desde nosotros, desde nuestra vida y nuestro actuar El quiere también hacer llegar su Palabra a los demás.
Quienes seguimos a Jesús también hemos de convertirnos en signos de gracia para nuestro mundo, porque otra pesca maravillosa ha de realizarse también en nuestro mundo y Jesús necesita de nuestra barca; nos dice Jesús que rememos también mar adentro de nuestro mundo porque tenemos que ir y estar allí en medio de los hermanos para hacer sentir en ellos su mensaje de salvación.
Jesús estaba allí en medio de las gentes y donde la gente hacia su vida, en aquella orilla del lago; es lo que le pide a la Iglesia, lo que nos pide a nosotros; no será solo en nuestros templos o en nuestros lugares de culto, no será solo en esos lugares que tengamos en nuestras parroquias para nuestras reuniones y nuestros encuentro, sino que Jesús quiere que salgamos a la orilla del lago, allí en la orilla de la vida, allí donde están los hombres y mujeres desorientados y en medio de sus sufrimientos y sus desesperanzas, porque es ahí donde tenemos que ser signos de evangelio, es ahí donde tenemos que ser pescadores de hombres.
El mar habitual donde generalmente estamos o celebramos los cristianos algunas veces parece que está vacío y que ya no hay nada que recoger, pero tenemos que ir a ese otro mar que se abre ante nosotros, donde si podemos tener pesca abundante aunque pensemos que ahí nada se puede hacer.  No olvidemos que no vamos por nuestra cuenta o por nuestros saberes sino que siempre iremos en el nombre del Señor y esa red la vamos a echar siempre por el nombre y por la Palabra de Jesús.




viernes, 18 de enero de 2019

No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida


No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

En más de una ocasión habremos sido testigos de cómo una persona de buena voluntad ha ayudado a una persona mayor o a alguna persona con cierta discapacidad, por su ceguera, por su invalidez o dificultad para moverse con facilidad a subir o a bajar un escalón en la acera para cruzar la calle, o incluso le haya ayudado a cruzar a la acera de enfrente para sortear el peligro de los coches que van de un lado para otro. Quizás nos hemos quedado pensativos admirando la generosidad y la iniciativa de personas así, preguntándonos si nosotros también lo hubiéramos hecho.
Aunque hablamos muchas de la insensibilidad en la que tenemos el peligro de caer en nuestras correrías de la vida moderna, quedan buenos sentimientos en muchos corazones, y si hay nos encontramos con personas generosas dispuestas a echar una mano, en situaciones como las que mencionamos o en otras circunstancias entre vecinos que siempre están dispuestos a poner ese bonito grano de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor y nosotros mismos sintamos que no somos tan malos, aunque sin caer en tontos orgullos.
Esas cosas no se hacen buscando ganancias ni intereses egoístas sino solamente desde ese buen corazón que llevamos en nuestro interior. no siempre los vemos pero muchos son los voluntarios que por su cuenta o participando en muchas instituciones o en muchas organizaciones de esas que llamamos ahora ONG’S o en movimientos de nuestros barrios o comunidades están dándole un sabor de mayor humanidad a nuestra sociedad. Tendríamos que aprender a reconocer esas cosas, aunque quienes las hacen no están buscando gratitudes ni diplomas, porque además así nos sintamos nosotros movidos a realizar esa bonita función social en el voluntariado.
Es lo que estamos viendo en el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús había vuelto a Cafarnaún y allí en la casa estaba rodeado de mucha gente que venía a escucharle cuando llegan unos hombres portando en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar a los pies de Jesús. La gente se agolpaba a la puerta y les impiden el paso, pero ellos quieren llegar. Se atreven a subirse a la terraza para, quitando una tejas encima de donde estaba Jesús, por allí descolgar el paralítico para hacerlo llegar a los pies de Jesús.
Ya conocemos la reacción de Jesús, aunque también la reacción en cadena de aquellos que no  hacen nada pero siempre están observando todo para ver qué es lo que pueden criticar; cuantos así nos encontramos en la vida en nuestro entorno. Jesús se admira de la fe no solo del paralítico sino de aquellos que han hecho todo lo posible por traerlo hasta Jesús. ‘Perdonados están tus pecados’, le dice al paralítico lo que provoca la reacción de los escribas y fariseos que por ahí andan.
Ya nosotros entendemos bien el poder de Jesús y el signo grande que Jesús quiere que todo este episodio sea para nuestra vida. Jesús quiere liberarnos desde lo más hondo, y la liberación de una enfermedad o una discapacidad es la señal de ese hombre nuevo que Jesús quiere hacer de nosotros. No lo entenderán aquellos que andan con la mente cerrada en sus prejuicios o en su poca fe, aunque mucho quieran aparentar. Pero aquel hombre va a salir de la presencia de Jesús como un hombre nuevo, liberado de todas las peores ataduras que pudiera tener en su vida.
Tras aquel diálogo entre Jesús y quienes le escuchan y hasta la juzgan, aquel hombre tomará su camilla y saldrá de nuevo a la vida, volverá a los suyos, irá al encuentro de los demás con algo nuevo en su corazón.  Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Aquel hombre se puso en camino.
Levantarnos de la postración de nuestra camilla y ponernos en camino. Cuántas veces tenemos que saber hacerlo en la vida, aunque luego sabemos que podemos quizá volver a tropezar, o que en el camino nos vamos a encontrar otras camillas, otras personas a las que como a aquellos buenos voluntarios nosotros también tenemos que ayudar a levantarse, ayudarles a ir al encuentro con Jesús, ayudarles a que se liberen de esas camillas o de esas limitaciones que tenemos tantas en la vida y que nos impiden caminar con dignidad.
Esta puede ser la invitación que nos esté haciendo Jesús hoy; éste puede ser el camino que nosotros tenemos que aprender a recorrer, no solos y por nuestra cuenta, sino sabiendo descubrir a esas personas a las que podemos ayudar, o a esas personas con las que podemos contar para tantos nuevos proyectos de vida que tendríamos que realizar. No podemos quedarnos en la acera, a la vera del camino contemplando a esos buenos voluntarios que tanto bueno hacen, sino que nosotros tenemos que despertar y levantarnos de esa camilla de nuestra comodidad o de nuestra insensibilidad para poner una rayo de luz y de esperanza en la vida con nuestro compromiso de amor.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6
‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ Es el planteamiento que Jesús les hace cuando aquel sábado en la sinagoga contempla que están al acecho a ver qué es lo que Jesús hacia. Por eso nos dice el evangelista que Jesús estaba dolido por la obstinación de aquellos que no sabían o no querían ver lo bueno que Jesús hacia.
Hay gente quizá que también están pendientes de lo que nosotros podamos hacer, de lo que la Iglesia pueda hacer y como sucedía entonces siempre están con torcidas interpretaciones, con prejuicios y cegueras para no ver ni para entender lo que hacemos o lo que la Iglesia hace. Ahora hasta piden fiscalizaciones sobre lo que la iglesia hace y como administra sus dineros sin querer ver las obras de la Iglesia.
¿Quién en estos momentos de crisis está respondiendo como lo está haciendo la Iglesia en Cáritas, en tantos comedores sociales, por poner alguna ejemplos, en tantos grupos de religiosos o de cristianos de a pie por llamarlos de alguna manera están intentando resolver tantos problemas de tanta gente que está pasando necesidad, o tantos problemas sociales de la más diversa índole? Siempre querrán decirnos que a este o al otro no le ayudaron, no le dieron todo lo que pedía o necesitaba pero quizá luego no contribuimos con nuestra generosidad y nuestro altruismo a que se puedan sostener todas esas obras.
No quiero con esta reflexión que me hago con el evangelio entrar a hacer fáciles apologéticas o defensas como tampoco entrar en polémicas innecesarias, sino que es como un deseo de que tengamos mejores miradas para cuanto de bueno se realiza en nuestro entorno y seamos capaces de valorar la generosidad de tantos que hacen el bien, se hacen solidarios con los demás, comparten sus cosas, su vida, su tiempo buscando hacer el bien, remediar una necesidad o llevar una sonrisa y una palabra de consuelo y de animo a tantos que sufren.
Quizá, sí, tengamos que preguntarnos qué es lo que podemos o debemos hacer.  ¿Queremos salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir? Nuestras omisiones, nuestra pasividad, la desgana que muchas veces se nos mete dentro de nosotros, la despreocupación con que vivimos en nuestra relación con los demás queriendo despreocuparnos de todo lo que afecte a los otros, el cerrar los ojos para desentendernos o el mirar para otro lado, el pensar primero en mis cosas y solo en mis cosas o necesidades… son maneras con las que estamos dejando morir a los demás.
No lo pensamos o  no queremos pensarlo y cuando las acciones de los demás o sus palabras nos interpelan tratamos de justificarnos o lo que es peor queremos minusvalorar lo que los otros hacen poniendo por ejemplo mala o doble intención donde no la hay para desprestigiar a los que hacen el bien. Lo hacemos de manera descarada o lo hacemos de formas muy sutiles pero tenemos esa tentación pendiente sobre nosotros.
Hoy es un evangelio que nos interpela, desde la forma con que miremos las cosas buenas que hacen los demás, como les pasaba a aquellos fariseos que estaban al acecho de lo que hacia Jesús, o nos interpela el actuar de Jesús para que nos preguntemos qué es lo más que aun tendríamos que seguir haciendo de bueno por los otros.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Humildad para reconocer nuestra discapacidad espiritual y dejarnos conducir por quienes nos lleven hasta Jesús y disponibilidad generosa para el servicio a los demás

Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará…’ Es el anuncio del profeta que escuchamos en este inicio de la segunda semana del Adviento. No hemos de temer, viene el Señor.
Viene el Señor transformándolo todo. Como los ciegos que comienzan a ver, los sordos que pueden ya escuchar los sonidos y entenderse con los demás, los cojos y todos los discapacitados que comienzan a moverse por sí mismos, los corazones que se llenan de gracia y de alegría porque encuentran la paz del perdón. 
Si en la sinagoga de Nazaret Jesús había dicho que todo lo anunciado por el profeta y estaban escuchando en aquel momento allí estaba ahora sucediendo, lo mismo podemos decir hoy cuando escuchamos el evangelio. Vemos cumplidas las promesas de los profetas. El paralítico alcanza el perdón y el movimiento de sus piernas de manera que ya incluso podrá cargar su camilla. Pero ¿estaremos viendo el cumplimiento de esa Palabra en el hoy de nuestra vida?
El evangelio nos describe un hecho bien significativo. Un paralítico que querrá acudir con fe a Jesús pero que por si mismo no puede hacerlo. Unos voluntarios que también con fe en Jesús y con un buen corazón lo hacen llegar hasta los pies de Jesús a pesar de todas las dificultades; la gente se agolpa a la puerta y en su deseo de escuchar a Jesús están impidiendo que otros puedan llegar también hasta Jesús; pero para aquellos hombres de buena voluntad nada habrá que les impida cumplir su propósito. Por allá además algunos que sospechan – están al acecho -, que juzgan, que condenan – esto es una blasfemia porque quien puede perdonar pecados sino Dios -, y en medio de todo Jesús que llega con su salvación, que trae vida, que trae perdón, que quiere llenar nuestro corazón de paz, que quiere que en verdad seamos capaces de llegar a todos porque nada nos lo impida.
Ya hemos escuchado el desarrollo de la escena y cómo aquel hombre encontró la salud para poder ir al encuentro con los demás, pero encontrar la paz y el perdón para su espíritu. Pero como nos preguntábamos hace un momento ¿se estará cumpliendo esta Palabra también en nosotros?
Reconociendo nuestras debilidades, las deficiencias con que se llena nuestra vida cuando nos sentimos esclavizados por el pecado, también nosotros queremos ir a Jesús. Nada tendría que detenernos. Si grande es nuestra fe y nuestro deseo de alcanzar la liberación que nos trae Jesús hemos de saber valernos de todos los medios que tengamos a nuestro alcance, hemos de tener también la suficiente humildad para dejarnos ayudar. A veces no somos humildes para reconocer nuestras limitaciones, nuestras discapacidades que no son solo las físicas sino aquellas cosas que hemos dejado meter en nosotros y nos impiden un encuentro con los demás.
Pero pensemos en algo más, sabiendo como Jesús nos ha liberado con su perdón. ¿Seremos capaces de hacer como aquellos camilleros que llevaron al paralítico hasta Jesús saltando todos los obstáculos? Ahora somos nosotros los que tenemos que ayudar a los demás. Encontraremos dificultades, barreras que saltar, oposición en quien no querrá quizá dejarnos actuar, pero tenemos que seguir adelante. Lo que gratis nosotros hemos recibido también hemos de ser capaces de ofrecerlo con generosidad a los demás para que también encuentren la salvación, la luz, la alegría de sus vidas, la paz.
Muchos caminos concretos nos está proponiendo Jesús delante de nosotros desde este evangelio que hemos escuchado. En nosotros está ahora la respuesta.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Por el Reino de Dios que construimos ponemos al servicio de los demás los dones recibidos


2Macb. 7, 1.20-31;

Sal. 16;

Lc. 19, 11-28

‘El que no trabaja que no coma’. Seguramente habremos escuchado esta frase en más de una ocasión y hasta la habremos utilizado ante situaciones diversas. Nos la recoge san Pablo en la carta a los Tesalonicenses, como lo habremos escuchado más de una vez, desde una situaciones y problemas que se habían ido presentando en aquella comunidad porque ante el anuncio de la Palabra del Señor que nos habla de su segunda venida, habían surgido algunos que ya ni siquiera querían trabajar, si eran tan inminente la venida del Señor.

En el evangelio de hoy, antes de proponernos el evangelista la parábola de los talentos, que hemos escuchado y meditado recientemente, nos dice que ‘Jesús les dijo una parábola y el motivo era que estaba cerca de Jerusalén y se pensaban que el Reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro’. ¿Sucedía como iba a suceder luego con los cristianos de Tesalónica? Ya vemos cuál es la motivación de esta parábola, como nos dice san Lucas. Era el anuncio del Reino que Jesús iba haciendo en la predicación de la Buena Nueva unido a la esperanza de la pronta llegada del Mesías que palpitaba en el pueblo, con su manera de entender el sentido del Mesías.

Volvemos hoy a escuchar esta parábola en la que aquel hombre noble al marcharse a un país lejano reparte diez onzas de oro entre sus empleados con la misión de que las negocien y les hagan dar fruto. Hay una diferencia de matices, en las cantidades que reparte a cada uno, entre la parábola tal como nos la cuenta Mateo y como aquí nos la cuenta Lucas, pero en el fondo el mensaje sigue siendo el mismo. Los dones que hemos recibido del Señor tenemos que hacerlos fructificar. Y precisamente en nombre de ese Reino de Dios en el que creemos y que queremos vivir.

Algunas veces han querido achacar a los cristianos que porque pensamos en la vida eterna y en el cielo nos desentendemos de este mundo y sus problemas. Nada más lejos de la verdad, aunque pudiera ser una tentación para muchos. Vivimos en este mundo y esta sociedad Dios nos la ha puesto en nuestras manos. Y precisamente desde esa fe que tenemos en Dios nos sentimos más obligados, más corresponsables de la situación de nuestro mundo para mejorarlo y hacer un mundo mejor.

Quizá algunos quieren achacar a la iglesia un excesivo espiritualismo que le hace desentenderse de este mundo concreto. Quizá a algunos les moleste lo espiritual, porque vivan tan metidos en un materialismo en la vida, que les impida darle una trascendencia profunda a la vida que le dé autentico valor y sentido. Pero hablar así de la Iglesia por otra parte significa una ceguera enorme para no ser capaz de ver las obras que realiza la Iglesia y ha realizado a través de los siglos en favor de los hombres, en beneficio de la humanidad.

Cuántas obras y cuanto trabajo en la atención a los problemas de los hombres, de la cultura, de la enseñanza, del cuidado y atención a enfermos, discapacitados, ancianos abandonados. No hay peor ciego que el que no quiere ver y eso sucede a muchos en nuestro mundo, que en su fanatismo no quieren reconocer la obra de la Iglesia y la obra de los cristianos.

No ha enterrado la Iglesia los talentos que Dios le confió; no entierran tantos cristianos comprometidos los dones recibidos del Señor. Hoy se habla mucho en la sociedad de voluntariado y de servicios de atención a los necesitados, pues seamos capaces de ver y reconocer ese ejército innumerable, y tenemos que decir así innumerable, de personas que desde su fe, en el ámbito de la Iglesia y en el ámbito de la sociedad trabajan por los demás en tantos campos y tantas acciones.

Un reconocimiento de todo esto para darle gracias al Señor nos tiene que llevar a nosotros a ver también qué es lo que podemos hacer, porque esos talentos, esas onzas de oro que el Señor nos ha confiado en nuestros valores y cualidades que valen mucho más que unas onzas de oro materiales, hemos de saber ponerlas a disposición de los demás en nuestra generosidad y en nuestro espíritu de servicio. Que no nos presentemos con las manos vacías delante del Señor.