Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas de aceite de nuestra vida para poder iluminar y que no nos falte esa sabiduría que nos llena de sentido y trascendencia con auténtica esperanza
Sabiduría 6, 12-16; Salmo 62; 1Tesalonicenses 4, 13-18; Mateo 25, 1-13
¡Cuánto está tardando ya!, decimos desesperados en nuestra espera quejándonos de impuntualidades sin saber la razón de las cosas. Así andamos en la vida, con nuestras prisas y nuestras carreras, quizás nosotros haciéndonos esperar, pero no siendo pacientes en nuestra espera; es más, algunas veces no le damos importancia a lo que esperamos y vamos por improvisaciones; ya se nos ocurrirá algo, nos decimos, cuando llegue el momento, y más bien nos dejamos llevar, nos entretenemos en nuestras cosas, o lo que ahora nos parece más urgente porque quizás pensamos que nos da unos beneficios más palpables, pero que sin embargo del futuro no sabemos cómo va a venir. Pero esas actitudes de pasividad, de descuido o desencanto se traducen también en lo que son nuestras relaciones con los demás y nos volvemos exigentes, ni somos pacientes ni somos comprensivos, aunque cuando se trata de lo que tienen que aguantarnos a nosotros está aquello es que yo soy como soy y me tienen que aguantar.
Esperanza, paciencia, atención y cuidado, vigilancia, predisponernos de una manera positiva ante lo que viene o lo que va a suceder parece muchas veces que son cosas que ya hemos olvidado; y es por otra parte o vivimos tan entorpecidos por lo material que solo buscamos o queremos ganancias inmediatas, o también nos falta un sentido de transcendencia a nuestra manera de vivir para abrirnos a algo más hermoso y más sublime; la onda espiritual algunas veces parece que la hemos descartado de nuestra vida. Ya algunas veces no somos capaces ni de centrarnos dentro de nosotros mismos, como si le tuviéramos miedo.
Hoy Jesús para hablarnos de todo esto nos propone una parábola que hemos escuchado y meditado muchas veces, las doncellas que tenían que estar con sus lámparas encendidas para iluminar primero la llegada del novio de la amiga para sus bodas y también luego la sala del banquete; nos habla Jesús con el ejemplo de lo que eran las costumbres de la época también conforme a las necesidades pero también de las circunstancias de que en aquellos caminos podía ser normal un retraso en la llegada. Y es lo que sucede en la parábola que nos propone Jesús.
En la tardanza sucede incluso que aquellas doncellas llegan a dormirse allá por donde pueden hasta que escuchan el grito que anuncia la llegada del esposo. Era necesario avivar aquellas lámparas para que todo pudiera estar iluminado; la tardanza había significado un gasto mayor del aceite que como combustible era necesario para mantenerlas encendidas, pero también la desgana y despreocupación de algunas hizo que ahora no todas tuvieran aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas. Estaban más dispuestas a participar en la alegría de la fiesta que significaba una boda que en sentirse responsables de la misión que se les había encomendado. ¿Qué es lo que tenía que ser importante para aquellas doncellas? Cumplir con su misión y poder tener todo iluminado. Pero se habían dormido, que no era dormirse solamente por el cansancio o el aburrimiento, sino por la dejadez y la desgana con que habían asumido su función.
Cuántas veces nos dormimos en la vida ¿por nuestros aburrimientos? ¿Por la falta de un sentido de aquello que hacemos o tenemos que hacer? ¿Por la desgana que nos entra cuando todo nos parece una rutina porque no le damos valor a lo que hacemos? ¿Porque queremos vivir la vida con una alegría superficial y sin sentido? ¿Porque no nos tomamos en serio lo que somos y el surco que tenemos que ir abriendo en la vida con lo que somos y con nuestros valores? ¿Porque quizás no nos valoramos ni a nosotros mismos? ¿Por esa falta de trascendencia cuando solo pensamos en la ganancia del momento?
Hay que tener bien pertrechadas las alcuzas del aceite para que nuestras lámparas puedan iluminar. Tenemos que llenar de la verdadera sabiduría nuestra vida, como hemos escuchado hoy en la primera lectura; tenemos que aprender a sentarnos a rumiar una y otra vez las lecciones que nos va dando la vida para saber encontrar todo su jugo y sabor; hemos de dejar a una lado tanta superficialidad que solo vive el momento pero que tampoco sabe saborear esa vida misma encontrándole un trascendente sentido. ¿Dónde encontramos ese aceite?
Es hermoso lo que nos decía el libro de la Sabiduría. ‘La ven con facilidad los que la aman y quienes la buscan la encuentran. Se adelanta en manifestarse a los que la desean. Quien madruga por ella no se cansa, pues la encuentra sentada a su puerta. Meditar sobre ella es prudencia consumada y el que vela por ella pronto se ve libre de preocupaciones...’ Dios viene a nuestro encuentro, hemos de dejarnos encontrar; con esa imagen tan bonita que nos ha propuesto, hemos de saber sentarnos a la puerta pero con nuestro corazón abierto, con el evangelio de Jesús en nuestras manos, con esa reflexión que nos hace meditar en lo hondo y madurar desde dentro, con esa disposición también para nosotros compartir lo que llevamos en nuestro interior y que sea riqueza y sabiduría también para los demás.
Seguro que nuestra vida estará llena de esperanza y rebosante de trascendencia; seguro que podemos ser luminarias también para los demás desde esa luz de nuestra fe que llevamos en el corazón.
