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viernes, 31 de diciembre de 2021

Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

 


Es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida

1Juan 2, 18-21; Sal 95; Juan 1, 1-18

Hoy es habitual en la mayoría de la casas andar muy preocupados y ocupados en los preparativos para la nochevieja, para el fin de año. Es un hecho social. En el calendario cae una hoja, pero con el cambio de año no parece una hoja cualquiera. Son momentos de fiesta en la despedida del año que termina y en el recibimiento del año nuevo. Todo son buenos deseos para el año que comienza.

Pero también hay que decir que para algunos – y nos tendríamos que preguntar si no sería así para todos – es un momento de un parón, aunque sea momentáneo para mirar hacia atrás y contemplar el año que termina. Sería una cosa muy necesaria y conveniente. Me atrevo a pensar que en medio de todas esas preocupaciones y ocupaciones en que hoy estamos liados tendríamos que sacar unos momentos para hacer esa mirada.

Socialmente ha sido un año muy complejo porque la pandemia sigue y no terminamos de ver previsiones de un próximo cambio, sino que más bien parece que en estos momentos las cosas se ponen un tanto graves; la crisis social y económica que acompaña cuanto sucede sigue afectando a muchas personas y es algo que tendría que preocuparnos seriamente; en una de nuestras islas se han vivido unos especiales momentos de angustia, donde en cierto modo todos los canarios nos hemos visto afectados, con el volcán de Cumbre Vieja que asoló en parte la isla de La Palma. Así podríamos seguir pensando en muchas más cosas de este calibre que ya los medios de comunicación social en algún momento nos están recordando.

Pero creo que ese detenernos, aunque existen estas preocupaciones graves, tendría que ir en lo personal por caminos de mayor hondura. ¿Qué ha significado en mi vida personal este año que termina? ¿Qué provecho ha tenido para mi vida? Lo que he ido viviendo a través del año ¿ha contribuido a mi crecimiento personal, a mi maduración como persona? Muchas cosas tendríamos que saber analizar con detalle; cada uno conoce su vida con sus limitaciones y carencias y con el progreso personal que va realizando, y la mirada tiene que ser muy personal de cada uno a sí mismo, a su interior, y al mismo tiempo en consecuencia a todo lo que ha significado mi relación con las personas de las que me rodeo.


Es momento, sí, de hacer balances, pero no de resultados económicos sino de ese enriquecimiento como persona en el cultivo de los mejores valores. Y es momento para hacer una mirada de fe a mi vida, no solo hacer una mirada a mi vida de fe, sino desde un sentido y una visión creyente valorar toda mi vida. Vamos a decir que es tratar de descubrir cómo me ven los ojos de Jesús, los ojos de Dios. Es en Cristo donde tenemos que centrar lo más hondo de nuestra vida, pero ¿ha sido así como realmente he vivido este año?

Hoy he querido en este último día del año dejar esta reflexión, aunque nos pareciera que no es un comentario al evangelio del día. No perdamos de vista, por otra parte, que seguimos dentro de la octava de la Navidad y ese espíritu navideño tenemos que seguir viviéndolo, aunque ya para el mundo que nos rodea les pueda parecer que quedó atrás y muy lejos, aunque aún sigan los mismos adornos en nuestras casas y en nuestras calles.

Hoy precisamente en el evangelio se nos recuerda que ‘el Verbo se hizo carne y plantó su tienda entre nosotros’. Es el misterio de Navidad que seguimos viviendo y celebrando. Pero también se nos dice que ‘la luz brilló en la tiniebla y la tiniebla no quiso recibirla’. Cuidado le demos la espalda a esa luz preocupados como andamos por tantas cosas. Que seamos en verdad aquellos que la recibimos y que ‘a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre les dio poder de ser hijos de Dios’. Es lo que somos y es lo que hemos de vivir.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

 


Lo que nos parece imperceptible, lo que se hace en silencio puede convertirse en un grito como lo fue la profetisa Ana y el silencio de Nazaret

1Juan 2, 12-17; Sal 95; Lucas 2, 36-40

Todos conocemos esas personas que hay en nuestros pueblos, muchas veces alrededor de nuestras iglesias, que pasan desapercibidas, que parece que no hacen nada, pero que están atentas a cualquier problema o necesidad y quizás casi sin que nadie lo note se acercan a quien quizá pudiera ayudar o hacer algo para hacer una sugerencia; son personas también que, como decíamos, podemos ver en el entorno de nuestras iglesias, personas muy piadosas, de práctica religiosa diaria, pero a quienes quizás no somos capaces de valorar, porque incluso en nuestros lenguajes decimos son las beatitas del pueblo que lo que hacen es rezar. Y nos equivocamos de todas todas en esa poca valoración que hacemos de esas personas, porque muchas veces son un pilar muy fuerte – con su beaterio o como lo queramos llamar – de muchas cosas que se realizan y que nadie sabe quien las hizo.

He querido comenzar haciéndome esta consideración – porque además muchas veces somos injustos con esas personas – contemplando lo que nos ofrece hoy el evangelio. Es continuación del que ayer escuchábamos y de alguna manera hicimos en nuestro comentario referencia a esta persona que aparece de manera especial hoy en el evangelio.

Ayer destacábamos la profecía de aquel anciano que es capaz de descubrir en aquel niño presentado en el templo por unos padres pobres al que venía a ser el Salvador esperado. Y hoy nos aparece este otro personaje, una anciana, viuda, con muchos años alrededor del templo desde que quedó viuda y que cuantas cosas en silencio habría realizado en servicio de los peregrinos que subían al templo a la oración y al culto, y que ahora se une al cántico de alabanzas de Simeón porque ella también reconoce en aquel Niño al que venía como luz y como salvación para todo el pueblo. La veremos silenciosamente deslizándose entre la gente para hablarles de aquel niño a todos los que esperaban la futura liberación de Israel. Son los ojos de la fe, pero es el corazón siempre dispuesto al servicio lo que contemplamos en aquella anciana; es la esperanza que ya ella ve también cumplida como el anciano Simeón y no se cansará de anunciar a todo quien quiera escucharla.

Es el testimonio de una mujer creyente y entregada; es el testimonio de la persona valiente, aunque poco pudiera ser considerada por quienes la contemplaban todos los días en los alrededores del templo, pero que ahora anuncia sin cesar quien es aquel niño. Aquí es cuando nosotros tendríamos no solo que valorar esas personas que nos parece que pasan desapercibidas, sino aprender también a dar ese testimonio valiente de nuestra fe y de nuestra esperanza. Profetiza solemos llamar a esta anciana que también parece que pasa desapercibida por el evangelio porque de ella no se volverá a hablar, pero nos recuerda nuestra misión también profética en medio del mundo para el anuncio de Jesús y el anuncio del Evangelio.

Y va concluyendo de alguna manera el evangelio de la infancia de Jesús, porque ahora ya se nos dice que marcharon de nuevo a Galilea y se establecieron en Nazaret. Y Jesús estaba con ellos formando parte de aquella familia de Nazaret. ‘El niño, por su parte, iba creciendo y robusteciéndose, lleno de sabiduría; y la gracia de Dios estaba con él’.

Jesús, un niño más entre los niños que habría entonces en aquel pequeño pueblo. Jesús que igualmente pasaría desapercibido como uno más entre los habitantes de Nazaret; de El dirán más tarde que era el hijo del carpintero; todos los conocían como se conocen todos los habitantes de un pequeño pueblo. Pero ‘la gracia de Dios estaba con El’, como nos dice el evangelista. Crecía y maduraba como crecemos todos, puesto que aunque era el Hijo de Dios precisamente se había querido hacer hombre, uno como nosotros para ser en verdad Dios con nosotros, haciendo nuestros mismos caminos, realizando las mismas etapas de la vida que todos tenemos que recorrer.

Algunas veces nos puede parecer incomprensible este tiempo de silencio y a lo largo de la historia y sobre todo en los primeros tiempos por una piedad no siempre bien entendida se ha querido contar o inventar hechos milagrosos realizados por el Jesús niño, como nos quisieron trasmitir aquellos evangelios que nunca fueron aceptados en la fe de la Iglesia y que por eso se les llama apócrifos; algunas veces hoy intentan algunos recuperar esos evangelios apócrifos dándole una autoridad a sus palabras que no tienen pero que entonces no tenemos que sacar a flote para alimentar nuestra imaginación.

El silencio de ese tiempo de Jesús en Nazaret es también muy importante y mucho nos puede ayudar en nuestra vida y en nuestra fe, para que sepamos valorar ese tiempo de crecimiento y de maduración que todos hemos de hacer en la vida. Es todo un grito profético para nuestra vida tan llena de bullicio. De ese tiempo silencioso de la semilla sembrada y oculta en la tierra brotará la nueva planta sino de esa nueva e intensa vida que con madurez hemos de vivir.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

 


En medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender que la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida y saber tener la entereza y fortaleza de María

1Juan 2,3-11; Sal 95; Lucas 2,22-35

¡Vaya pasada!, decimos. Cuando estábamos disfrutando de un momento muy agradable, vienen y nos dan la noticia. Algo desagradable que ha sucedido o que está por suceder, pero que nos afecta directamente a aquellos que ahora estábamos pasando un buen momento. Las espinas de las rosas de la vida; cuando mejor estamos embriagados por su perfume viene algo que nos hace daño, que es una punzada en el alma, algo que nos va a perturbar para siempre. Son cosas que suceden y más de una vez en la vida, por lo que tenemos que hacernos de tripas corazón y salir a flote sin dejar hundirnos por aquello que nos dicen. No es fácil, hace falta mucha fortaleza de espíritu, hace falta madurez en el alma para poder afrontarlo.

Habían subido a Jerusalén para cumplir con los requisitos de la ley mosaica. Era un primogénito que había que ofrecer al Señor; había una purificación que realizar, porque con las hemorragias propias del parte, todo lo que fuera sangre y tuviera contacto con la sangre era una impureza para la ley de Moisés; por eso toda madre después del parte había de someterse a aquellas purificaciones.

Pero no fue solamente un rito lo que en aquel momento en el templo realizaron con Jesús sus padres en la presentación del Niño en el templo; por allá andaban unos ancianos llenos del espíritu Santo que comenzaron a profetizar. El anciano Simeón había recibido una revelación del Señor de que no moriría hasta ver con sus ojos a quien iba a ser el Salvador del mundo. Allá estaba en el templo siempre dando gloria a Dios y esperando ese momento de la promesa cuando entraron María y José con el Niño para cumplir con los requisitos de la ley. Y allí se puso a profetizar Simeón. Ya podía morir en paz y daba gracias a Dios porque sus ojos habían podido contemplar al Salvador.

Por allá otra anciana también llena del espíritu de Dios servía en el templo día y noche y también se puso a alabar a Dios y hablar del Niño a cuantos esperaban la liberación de Israel. Momentos de emoción y alegría, que María iría guardando en su corazón y donde ella veía que se iban cumpliendo las Escrituras y cuánto le había dicho el ángel.

Pero es el momento en que el anciano se dirige directamente a María y ahora sus palabras suenan a una seriedad distinta, porque le dice que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción. No todos los aceptarían; ante El habían de decantarse las conciencias y unos se pondrían de su parte, mientras a otros los iban a tener enfrente. ‘Y a ti una espada te traspasará el alma’. Estaba anunciando momentos de dolor, de sufrimiento, estaba anunciando momentos de pascua, porque siempre sería el paso del Señor, pero en ese paso iba a haber pasión y sufrimiento, habría muerte aunque al final estaba anunciada la resurrección y la vida.

Pero el corazón de María se vio ya traspasado por aquella espada que le traspasaría el alma cuando estuviera a los pies de la cruz de su Hijo. Pero allí estaba la fortaleza de María, allí estaba su entereza y la madurez de su fe, allí estaba la que sabría mantenerse en pie incluso a los pies de la cruz de su Hijo, porque allí estaba una mujer de extremada esperanza.

Estamos nosotros también en medio de todas las alegrías de la Navidad y tenemos que entender estos anuncios, porque sabemos bien que Belén no está lejos del Calvario, porque la vida de Jesús es paso de Dios en medio de nosotros los hombres, porque la Pascua siempre ha de estar presente en nuestra vida, porque a nosotros tampoco tiene que faltarnos esa fortaleza y esa entereza de María, porque nosotros hemos de tener siempre el corazón lleno de esperanza, porque sabemos que no nos faltará la fuerza del espíritu sea lo que sea que tengamos que afrontar en la vida aunque algunas veces nos resulte duro y costoso. Que se fortalezca de verdad nuestra fe. Sintamos siempre la presencia de María a nuestro lado.

martes, 28 de diciembre de 2021

Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

 


Despierta y levántate para descubrir quienes son los santos inocentes de hoy ante los que no podemos quedarnos insensibles cerrando los oídos a sus gritos

Juan 1, 5 – 2, 2; Sal 123; Mateo 2, 13-18

Hay ocasiones en que aunque nos vaya mal preferimos seguir como estamos antes que el esfuerzo de despertar y levantarnos para tratar de encontrar un camino mejor. Muchas veces vamos de pasivos en la vida, nos da pereza tener que esforzarnos para cambiar y fácilmente caemos en una rutina que nos adormece. Solo los que son capaces de mirar alto distinto y con mayor altura, solo los capaces de esforzarse por levantarse y cambiar podrán lograr algo. Y en muchas cosas de la vida nos pasa; tratamos de hacer nuestros arreglos, nuestros apaños, pero no ponemos toda la voluntad que necesitamos para tratar de ver algo distinto. En cierto modo necesitamos ser soñadores, porque aunque sea en sueños podemos vislumbrar que las cosas pueden ser distintas, que se pueden hacer de otra manera, y seremos capaces de levantarnos para ponernos en camino.

En este día en que la liturgia conmemora a los santos inocentes de Belén, que por otra parte popularmente tratamos de llenar de humor con nuestras inocentadas, a pesar del drama que significa lo que conmemoramos, necesitamos adentrarnos un poco más en el evangelio, que como siempre quiere abrirnos nuevos caminos.

El texto ha partido del episodio de los magos de Oriente que porque fueron capaces de levantar la mirada a lo alto descubrieron una nueva estrella que les iba a conducir a Belén. Fue un levantar la mirada a lo alto y escuchar una voz en su interior que los hacía ponerse en camino porque lo que estaban contemplando tenía un significado hondo aunque ellos quizá en principio no fueran capaces de ver todo su alcance. Pero habían levantado la mirada a lo alto para soñar con algo nuevo y distinto.

Pero el episodio se centrará luego en el sueño de José que le hace levantarse también y marchar con el Niño y su madre a Egipto. ¿Eran sueños? Era algo más que sueños que puedan llenarnos de pesadillas en la noche. En el sueño vislumbraba algo distinto y era capaz de escuchar la voz de Dios que en un ángel se le manifestaba. Alguien podría hablar de supersticiones y fantochadas, pero hay unos hechos que se cumplieron y la vida del Niño pudo salvarse aunque fuera tras un arduo camino de huida a Egipto. José era un hombre creyente y estaba dispuesto a escuchar la voz de Dios aunque llegara a él a través de sueños.

Mucho nos están enseñando estos episodios. ‘Levántate…’ le decía la voz del ángel a José, como un día una voz semejante había hecho levantarse a aquellos magos de Oriente para ponerse en camino.

‘Levántate…’ podemos estar sintiendo que se nos dice también, levántate y sueña con algo distinto, levántate y sé capaz de descubrir nuevos caminos, levántate y descubre el mundo de sombras que puede haber a tu alrededor, levántate y mira la crueldad del sufrimiento de muchos en tu entorno… no podemos quedarnos adormecidos, no podemos quedarnos insensibles ante las violencias de nuestro mundo que sufren niños, que sufren mayores, que sufren las mujeres, no podemos cruzarnos de brazos ante tantas soledades de personas mayores o de tantos que no tienen una voz que los defienda, una mano amiga que les ayude a caminar, un corazón ardiente que les llene de nuevo de ilusión y de esperanza.

Son los santos inocentes del mundo de hoy. Tratemos de descubrirlos porque ahí a nuestro lado están. Nosotros no podemos refugiarnos en la huida, nosotros tenemos que ponernos manos a la obra para que las cosas cambien. Escuchamos el llanto y los gritos ¿y vamos a cerrar nuestros oídos?

lunes, 27 de diciembre de 2021

Ojalá nuestras celebraciones sean mucho más que uno ritos litúrgicos que realizamos para que se conviertan en verdaderas experiencias de fe que transmitamos luego a los demás

 


Ojalá nuestras celebraciones sean mucho más que uno ritos litúrgicos que realizamos para que se conviertan en verdaderas experiencias de fe que transmitamos luego a los demás

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

‘Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la vida; pues la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó…’

cuando andamos en los caminos de la fe no nos valen altas reflexiones teológica, aunque también tengamos luego que hacérnoslas para profundizar debidamente en lo que es el misterio de Dios sino que lo importante es que transmitamos la experiencia de lo vivido, el testimonio de lo que hay en lo más profundo dentro de nosotros. Como nos dice hoy san Juan ‘lo que hemos oído… visto con nuestros propios ojos… palpado con nuestras manos…’ o sea la experiencia que tenemos en la propia vida. Es lo que realmente va a convencer, es lo que vamos a transmitir con mayor intensidad, aunque no entremos en demasiados razonamientos filosóficos o teológicos. Es lo que en verdad va a convencer, aunque luego al rumiarlo nos hagamos nuestras propias reflexiones.

Es lo que nos está transmitiendo hoy tanto el inicio de la carta de san Juan por una parte, como luego el evangelio. Precisamente en este día en que celebramos a san Juan el evangelista. De ahí la referencia a él en el evangelio. El que tuvo la dicha de recostar su cabeza sobre el pecho del maestro pudiendo sentir con más fuerza el latido de su corazón, ahora nos dice en la carta que lo que nos está transmitiendo es lo que palparon sus manos, lo que oyó con sus oídos y lo que vio con sus propios ojos, no solo los que llevamos en la cara, sino los que tenemos en el alma, en el corazón, que son los que verdaderamente nos hacen más sensibles al sentir de Dios.

Lo había palpado el evangelista Juan. Se nos hace referencia a él como el discípulo amado del Señor, por quien Jesús parecía que tenía sus preferencias. Es la cercanía a Jesús, pero también los momentos especiales en los que es testigo del actuar de Jesús. Son varias las ocasiones que nos dice el evangelio que Jesús se llevó consigo a Pedro, Santiago y Juan; sería cuando la resurrección de la hija de Jairo como será en las alturas del Tabor donde tuvo esa experiencia especial de Dios en la transfiguración; pero sería el que acompañaría a Jesús a lo más hondo del huerto de los Olivos para ser testigo de aquella oración casi agónica de Jesús en los momentos previos al prendimiento y el inicio de la pasión. Entonces Pedro, Santiago y Juan se caían de sueño y no fueron capaces de permanecer alertas en oración como Jesús les pedía.

Hoy en el evangelio se nos narra otra experiencia de fe de Juan. Nos trasporta el evangelio a la mañana de pascua, a la mañana de la resurrección de Jesús. Pronto corren las noticias llevadas por las mujeres que habían ido al sepulcro con el deseo de embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús de que la tumba estaba vacía y el cuerpo del Señor Jesús no estaba allí. María Magdalena será una de las que vaya con este comunicado a los apóstoles aún escondidos en el cenáculo.

Corren Juan y Pedro por las calles de Jerusalén para llegar al sepulcro de Jesús y comprobar lo que las mujeres les han comunicado. Juan, más joven corre más que Pedro y llega antes, pero deja que sea Simón el que primero entre al sepulcro vacío. Luego entrará él también comprobando lo que las mujeres les habían dicho, los sudarios doblados por un sitio y aparte las sábanas con que habían envuelto el cuerpo de Jesús, pero allí no estaba Jesús, y sin embargo nos dirá el evangelista que Juan entró y creyó, lo que Jesús había anunciado y estaba también previsto en las Escrituras. Será de lo que Juan dará luego testimonio al escribir el evangelio. ‘Vio y creyó’.

¿Cuál es el testimonio que nosotros damos? ¿Serán solo palabras o el testimonio de la experiencia de lo que hemos vivido? ¿Habremos llegado nosotros alguna vez a entrar allí donde se nos manifiesta la experiencia de Dios y también se habrá fortalecido la fe para creer sin ninguna duda y para ofrecer luego ese testimonio a los demás? Me atrevo a plantearos, a plantearme yo mismo, si en estas celebraciones que hemos venido teniendo de Navidad habremos llegado a ese momento ‘de entrar, de ver, y de creer’ porque así ha sido lo que intensamente hemos vivido y experimentado en algún momento estos días.

 

domingo, 26 de diciembre de 2021

En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

 


En la Sagrada Familia de Nazaret encontramos un sentido y valor que hemos de saber ofrecer a nuestro mundo y contribuya a la riqueza de los valores de la familia humana

Eclesiástico 3, 2-6. 12-14; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52

En este domingo que sigue al día de Navidad es tradicional en la liturgia de la Iglesia que se nos presente a nuestra consideración la Sagrada Familia de Nazaret. Aunque no son muchos los datos que nos ofrece el Evangelio de la vida de Jesús transcurrida en el seno de la familia esos pequeños cuadros que se nos ofrecen de la infancia de Jesús nos llevan a mirar a esta familia en cuyo seno quiso encarnarse y nacer y crecer como hombre el Hijo de Dios. Nuestra mirada se dirige a Nazaret, verdadera escuela de sabiduría para la familia cristiana.

El episodio que se nos ofrece hoy en el evangelio nos habla de ese momento en que Jesús niño se hacía hombre y según las costumbres judías en esa edad de la pubertad comenzaba ya a mirarse como hombre pudiendo incluso tomar sus decisiones. Pero ello, aunque sucedido en una subida al Templo de Jerusalén para la fiesta de la Pascua – algún significado puede tener también en relación a la Pascua en que Cristo se había de entregar haciendo su propia Pascua –, se enmarca en la estancia de Jesús en Nazaret, a donde se dice que bajó y estaba sujeto a ellos, queriendo significar ese vivir en el seno de aquella familia de Nazaret.

Este querer contemplar el cuadro de la Sagrada Familia de Nazaret nos vale para echar también una mirada a nuestras familias, con sus luces y con sus sombras, a las que nosotros pertenecemos o que nosotros formamos, donde hemos crecido como  hijos y hemos madurado como personas, donde nos hemos desarrollado aprendiendo todos esos valores humanos y espirituales que nos hacen crecer y que nos hacen madurar en la vida. Es variado como un abanico multicolor el sentido y la vivencia de la familia que podemos contemplar en nosotros y podemos contemplar en nuestro entorno.

No somos quienes para enjuiciar esa variopinta realidad del sentido de familia que podemos contemplar donde siempre tenemos algo que aprender pero que tendría por otra parte que ayudarnos a clarificar el concepto y el sentido que desde nuestros valores cristianos nosotros queremos vivir. Cada uno puede tener su sentido desde sus propios valores y desde el sentido que le quiera dar a su vida. Nosotros, que decimos que el sentido de nuestra vida lo encontramos en nuestra fe en Jesús y en el espíritu del Evangelio, es desde ahí donde tenemos que ahondar, profundizar para vivir esa realidad de nuestra vida. Es lo que tenemos que clarificar con toda profundidad, con un respeto grande también a lo que puedan sentir o vivir lo demás, el sentido de nuestra vida desde nuestra fe en Jesús que será lo que llamamos un sentido cristiano.

En la carta a los Colosenses, que se nos ofrece en la liturgia de hoy, se nos presentan una serie de valores importantes para el crecimiento y maduración de los miembros de la comunidad cristiana que pueden ser en verdad piedras miliares que nos señalen un camino, verdaderos cimientos y fundamentos del edificio de nuestra vida. Se nos habla de revestirnos, que no es simplemente ponernos un vestido como un disfraz sino algo más profundo porque será dar la verdadera imagen de lo que tiene que ser nuestra vida.

‘Revestíos, se nos dice de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia…’ y añade lo importante que es la aceptación mutua y el perdón cuando queremos caminar caminos de paz y de amor. Un camino de sencillez, un camino de autenticidad, un camino de humildad, un camino de acogida mutua ofreciendo de nuestra parte lo mejor de nuestra ternura. Podrían parecer cosas intranscendentes y que no tienen tanta importancia, pero son verdadero norte de nuestra vida. Aleja de nosotros la falsedad y la vanidad, aleja de nosotros el orgullo y todo tipo de violencia, pone en nosotros lazos que nos llevan al encuentro y a la unidad, van encauzando nuestra vida por todo lo que signifique diálogo y entendimiento.

Si fuéramos capaces de ir cultivando en nuestra vida, en nuestras relaciones con los demás, y en este caso en nuestras relaciones familiares esos valores qué entorno de felicidad podríamos ir creando, qué semillero de vida haría florecer en nosotros las mejores virtudes, qué caldo de cultivo más maravilloso tendríamos para nuestro crecimiento y maduración como personas. Sería lo que querríamos hacer en el seno familiar en todos sus miembros y sería la mejor oferta que pudiéramos hacer para el crecimiento de los frutos de nuestro amor que son los hijos.

Hoy lo queremos contemplar en aquel hogar de Nazaret. ‘Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres’, nos describe el evangelista lo que significó para Jesús aquel entorno familiar de Nazaret. Es lo que hoy queremos aprender para nuestra vivencia personal y familiar. Nos decía también la carta a los Colosenses algo que no podemos olvidar para una familia creyente y para una familia que en Cristo quiere encontrar toda su luz y todo su sentido: ‘Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él’.

Solo en el Señor, con la fuerza del espíritu del Señor podremos conseguirlo; así ha de estar presente en nuestra vida nuestra acción de gracias y nuestra alabanza al Señor, pero también la escucha atenta de su Palabra. Es nuestra luz y nuestra fuerza. Es lo que contemplamos en Nazaret y es la oferta que nosotros podemos hacer también a nuestro mundo para esa riqueza grande que es el matrimonio y es la familia.

sábado, 25 de diciembre de 2021

Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

 


Navidad no es una fecha

ni una fiesta más del calendario. 

Navidad no es un simple recuerdo o conmemoración

que podamos hacer con cierta nostalgia. 

Navidad es un hecho y es vida. 

Navidad es el milagro de la presencia de Dios

entre nosotros los hombres

porque se hace Emmanuel. 

Navidad es Dios que viene nuestro mundo y a nuestra vida

en la realidad concreta que vivimos. 

Navidad es Dios que responde

a nuestras inquietudes y problemas de cada día. 

Navidad es esperanza de un mundo nuevo

que con la presencia de Dios entre todos podemos construir. 

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz

que todos tanto deseamos. 

Hagamos una verdadera Navidad

celebrando y viviendo el nacimiento de Jesús,

el Hijo de Dios hecho hombre. 

De corazón feliz navidad.


Navidad es el milagro de la presencia de Dios en este mundo concreto que vivimos que nos llena de esperanza y nos pone en camino de un mundo nuevo de fraternidad y paz

Isaías 9, 1-6; Sal 95; Tito 2, 11-14; Lucas 2, 1-14

Llegó el 25 de diciembre y estamos celebrando Navidad. Hemos ido haciendo un recorrido a través de las cuatro semanas del Adviento y llega el momento de la celebración del nacimiento del Señor. Pero no es un día más, no es una fecha más que tenemos que celebrar, no es una fiesta como otras como algunas veces nos quieren hacer ver haciendo incluso desaparecer la palabra Navidad. Lo hemos de tener claro, lo hemos de vivir con toda intensidad, lo hemos de hacer notar de verdad los que creemos en Jesús.

También es cierto que para muchos es una fiesta o una celebración llena de nostalgias, porque comenzamos a pensar en las personas que han estado en otras ocasiones con nosotros, y al final terminamos llenándonos de tristeza, pero porque quizás por una parte nos falta esperanza, pero también porque parece que no siempre tenemos claro el sentido de la navidad.

Hay algo que no podemos olvidar, Navidad es el milagro de la presencia de Dios. Sí, presencia de Dios. El ha querido hacerse Emmanuel, Dios con nosotros, y es el hecho que celebramos, es lo que en verdad tenemos que vivir. Porque no se nos queda en una conmemoración o un recuerdo, es una vivencia que tenemos que sentir aquí y ahora, porque aquí y ahora Dios está con nosotros.

Está con nosotros en lo que es nuestra vida de cada día, con sus preocupaciones, con sus problemas, con sus angustias, con sus alegrías también. Dios en aquel momento se hizo presente en un pueblo concreto, que tenía sus problemas, que vivía su pobreza, que tenía sus inquietudes en el corazón. Un pueblo con su historia y además Dios se sirve incluso de esos momentos de su historia para que así se cumpliera su plan de salvación.

Hoy hemos contemplado a José y a María tener que caminar lejos de su pueblo para llegar a Belén porque a un gobernador todopoderoso se le ocurrió la idea de hacer un censo; pero Dios se vale de esas circunstancias para que Jesús naciera en Belén, porque era la ciudad de David y de él había de descender el Mesías. Y nace en medio de la pobreza de no tener ni una plaza en una posada para ser en verdad el que venía a traer la Buena Nueva a los pobres; los pobres serían evangelizados, los primeros a los que se anunciara la Buena Noticia, como había anunciado el profeta y lo vemos realizado en el anuncio del angel a los pastores de Belén.

Esto nos está diciendo como Dios hoy viene a nuestra historia concreta, en lo que vivimos en estos días concretos en nuestra sociedad y en nuestro mundo, porque Dios viene a dar respuesta en verdad a esos interrogantes que hoy se nos plantean desde la realidad que vivimos, pandemias, pobreza, inestabilidad social y desorientación de nuestra sociedad, angustias de tantos a los problemas que se les presentan, momentos duros como los que vive la sociedad actual o las catástrofes naturales como las que han azotado estos días a nuestra propia tierra canaria.

Todo eso produce inquietud en el corazón, interrogantes a los que no sabemos responder en ocasiones, dudas y sombras que ennegrecen nuestra vida; pero estamos celebrando a quien es la luz, el que ha venido como la luz del mundo, aunque las tinieblas de nuestro mundo no quieran reconocer o rechacen esa luz. Pero esa presencia de Dios en medio nuestro nos llena de esperanza, esa presencia del Señor nos hace levantarnos para no quedarnos hundidos en nuestras sombras y encontrar rumbo en nuestro caminar. Y es lo que queremos vivir en la navidad, es lo que tiene que significar la navidad para nosotros.

Navidad es esperanza de ese mundo nuevo que podemos construir con la presencia y la fuerza del Señor. ¿No anunciará Jesús precisamente la llegada del Reino de Dios? Será el anuncio y la tarea fundamental de su vida. Será lo que nos trasmite el evangelio; será a lo que nos invita convirtiendo nuestro corazón a El. Es el camino que se abre ante nosotros a partir de Navidad, a partir de que sentimos y vivimos la presencia del Señor en medio nuestro. Se encarnó y se hizo hombre para caminar a nuestro lado y enseñarnos a hacer ese camino.

Navidad es ese mundo de fraternidad, de amor y de paz que todos tanto deseamos. Son las palabras que más repetimos en estos días, son los deseos que tenemos los unos para con los otros; es lo que queremos expresar con nuestras felicitaciones de Navidad. Pero que no se quede en palabras, que sea compromiso de nuestra vida, que sea camino que queremos recorrer.

Y si estos días algo en lo que todos hacemos tanto hincapié son los encuentros familiares, los encuentros de los amigos y en lo que ponemos tanto empeño, que no sean cosas efímeras de un día, de un momento o de una ocasión, sino que estos reencuentros que hemos realizado o estamos realizando sean comienzo de nuevos reencuentros que seguiremos realizando. Que en verdad vivamos el compromiso de la fraternidad.  Si la palabra paz es la que más repetimos incluso de cara al nuevo año que va a comenzar, que sea en verdad compromiso para trabajar por esa paz.

Busquemos vivir con todo sentido y con toda profundidad nuestra navidad. Hagamos verdadera navidad en que celebremos ciertamente el nacimiento de Jesús el Hijo de Dios que se ha encarnado y se ha hecho hombre por nosotros. Es Emmanuel, es Dios con nosotros. En el relato del evangelio que tanto se ha repetido en estos días en nuestras celebraciones hemos contemplado el portal de Belén; allí en ese portal estábamos nosotros representados con nuestras pobrezas y también con nuestras esperanzas. Sobre aquel portal brilló la gloria del Señor con los ángeles cantando la gloria del Señor. Sobre nosotros tiene que comenzar a brillar también con toda intensidad esa luz de la gloria del Señor que nos llena de esperanza nueva de un mundo nuevo y mejor. Es la tarea de nuestra navidad.

De corazón para todos, Feliz Navidad.

viernes, 24 de diciembre de 2021

Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aun andamos en caminos de sombras

 


Con el cántico de Zacarías recordemos que Dios viene a visitar a su pueblo derramando su paz y su misericordia sobre los que aún andamos en caminos de sombras

2Samuel, 7, 1-5.8-11.16; Sal, 88; Lucas, 1, 67-79

Las visitas son bien recibidas. Bueno tenemos un cierto de sentido de hospitalidad. Nos agrada recibir a alguien en nuestra casa. Nos desvivimos, queremos atender a quien llega a visitarnos de la mejor manera posible. Nos causa alegría y queremos dar lo mejor de nosotros mismos en la persona que llega a visitarnos.

En esta víspera de la navidad, cuando incluso ya en esta noche celebremos el nacimiento del Señor en lo que llamamos la nochebuena, en la mañana la liturgia de alguna manera quiere ayudarnos a que nos terminemos de preparar debidamente para dichas celebraciones en la conclusión de este camino que hemos venido  haciendo a lo largo de todo el Adviento. Nos quiere ayudar a que descubramos en verdad el misterio que celebramos para que no nos quedemos en lo bonito simplemente o en lo que se puede quedar en superficial o secundario. Y para ello tenemos las palabras de Zacarías.

Reflexionábamos en el nacimiento de Juan que las gentes de la montaña se preguntaban qué iba a ser aquel niño. Habían, es cierto, visto cosas maravillosas en torno a su nacimiento. Confesaban incluso que Isabel se había visto iluminada por la misericordia del Señor cuando le había concedido aquel hijo ya en su vejez. Se admiraban del nombre que se había escogido y se sentían en cierto modo sobrecogidos en la mudez del Zacarías desde que había regresado de su oficio de la ofrenda del templo. Pero no eran capaces de llegar más allá. Hacía falta otra visión, otra mirada, una luz que hiciera comprender. En las Palabras de Zacarías está la respuesta.

Cuando Zacarías prorrumpió a hablar después de señalar el nombre del niño lo hace con un cántico de alabanza al Señor. ‘Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo…’ Es la visita de Dios a su pueblo. Lo volverá a recordar al final del cántico. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.


Aquí está la respuesta y la revelación del misterio de Dios.  ‘Ha visitado y redimido a su pueblo… nos visitará el sol que nace de lo alto’. Es lo que vamos a celebrar. Es lo que verdaderamente es la Navidad. Seamos conscientes de ello. Dios que nos visita. En medio de nuestras sombras, en medio de nuestros problemas, en medio de las angustias que vivimos, en medio de esas desesperanzas y cansancios con que vivimos la vida, viene Dios a nosotros, viene Dios a visitarnos. Es la maravilla.

No nos quedemos en lo externo, no nos quedemos en bonitas canciones que al final no nos dicen nada, no nos quedemos en músicas que nos adormecen, descubramos la luz que nos viene, descubramos al sol que nace de lo alto, descubramos a Dios que viene a hacerse presente en nuestra vida, en nuestro mundo, en mí, en tí, en cada corazón. Abramos las puertas a Dios, no nos distraigamos con cosas que no son tan necesarias, despertemos de costumbres y rutinas que al final nos desengañan. Para cuántos la navidad es dura porque está llena de nostalgias. No han descubierto el verdadero sentido de la navidad.

No nos vamos a extender, pero decíamos en las palabras del Cántico de Zacarías estaba también la respuesta a la pregunta que se hacía la gente. ‘A tí, niño – y se estaba refiriendo a su hijo Juan – te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’. Ahora recordamos, pues, la misión del Bautista y lo que le veremos hacer en el desierto a la orilla del Jordán. Es lo que hemos venido escuchando y que a nosotros también nos hace el mismo anuncio de salvación, de perdón, de misericordia, de paz.

Es la forma en que hemos de entender la navidad y en que hemos de prestarnos para celebrarla. Es la visita de Dios, Emmanuel, Dios con nosotros, que nos trae la vida y la salvación.

jueves, 23 de diciembre de 2021

En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

 


En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Tenemos el peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.

Aceptando incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.

El nacimiento de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes había regresado de su servicio en el templo.

Pero las sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse Juan.

‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo. Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la mano del Señor se está allí haciendo presente.

¿Seremos capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar a Dios.

¿Nos hará falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

 


Con el cántico de María queremos nosotros dar gracias por la Buena Nueva de salvación que se nos anuncia y que también necesita escuchar el mundo de hoy

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1Samuel 2,1-8; Lucas 1,46-56

Solemos decir que es de bien nacidos el ser agradecidos. Justo es que sepamos dar gracias, sin embargo fácilmente nos creemos merecedores de todo y no somos capaces de ver la gratuidad de quien nos ofrece sus dones, su cariño, sus servicios, su atención y no somos capaces de tener bien definida nuestra actitud de gratitud. Que prontos estamos para pedir y hasta para exigir y qué tardos somos para dar gracias.

Nos pasa fácilmente en nuestras relaciones humanas y hasta en lo más cercano a nosotros como son nuestras relaciones familiares; ¿cuántas veces nos hemos detenido para dar gracias a nuestros padres por todo lo que han hecho por nosotros? con facilidad se enfrían algunas veces hasta las relaciones entre los esposos porque no saben ser agradecidos mutuamente; y lo tendríamos que saber hacer entre los hermanos, y entre los amigos que por mucha confianza que nos tenemos algunas veces lo olvidamos y nos falta ese detalle de delicadeza. Bueno, no quiero extenderme, pero sería pauta lo que estamos diciendo para muchas cosas más.

Me ha dado pie a esta reflexión introductoria lo que nos ofrece hoy el evangelio, el cántico de María. Es el cántico de la acción de gracias, del reconocimiento desde su humildad y desde la pequeñez en la que ella se ve de todas las maravillas que el Señor realiza en ella. Es el cántico que se nos ofrece en el evangelio en el momento del encuentro de María y de Isabel, su prima, a la que ha ido a visitar. Ambas mujeres inundadas por el Espíritu Santo prorrumpen en cánticos de alabanza al Señor.

‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador…’ comienzo cantando agradecida María. Ella sabe que no es merecedora de nada porque todo es obra del Señor. Ahí está la fe de María para descubrir esa presencia y esa acción de Dios en su vida; humilde canta agradecida a Dios porque quiso poner su mirada en ella, la que se siente la más pequeña, la humilde esclava del Señor.

Pero siente María que es el comienzo de muchas cosas maravillosas, no ya para ella sino para toda la humanidad. Se está manifestando la gloria del Señor que así muestra su misericordia con todos nosotros. es la mirada del amor de Dios que se vuelca sobre toda la humanidad porque su misericordia llega a sus fieles de generación en generación; es el comienzo de algo nuevo que con su Hijo se va a realizar, porque va a comenzar un mundo nuevo, el mundo nuevo de la justicia y de la paz, el mundo nuevo en que todos vamos a comenzar a sentirnos hermanos porque comienza una nueva fraternidad, el mundo nuevo donde nadie se puede sentir inferior ni nadie va a ponerse por encima del otro porque una dignidad nueva comienza para todos, ‘derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos’.

Y María da gracias a Dios, canta la alabanza al Señor. Este cántico de María, inspirado de alguna manera en aquel canto de acción de gracias de Ana en el Antiguo Testamento cuando ella sintió también cómo se derramaba en su vida la misericordia del Señor al concederle el hijo tan deseado también es como un anticipo de aquella proclamación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret de la Buena Nueva que iba a ser anunciada a los pobres y a los oprimidos. Una Buena Nueva de liberación porque los oprimidos verían llegar la verdadera libertad y todo iba a ser algo nuevo con los ciegos recobrando la luz de sus ojos y todos alcanzarían la salud y la salvación.

Es el cántico que nosotros también queremos proclamar porque a nosotros nos llega también la Buena Noticia de Jesús. Estamos en las vísperas de la celebración de su nacimiento, de la Natividad del Señor. Una buena noticia anunciará los ángeles a los humildes pastores de la que nosotros escuchándola también tendremos que hacernos eco para proclamarla ante el mundo que nos rodea. Tenemos que anunciar el verdadero mensaje de la Navidad contenido en el nacimiento de Jesús; el anuncio de la navidad tiene que seguir siendo evangelio, buena noticia que se proclame hoy, en pleno siglo XXI, para que no quede diluido entre otras luces fatuas que oculten la verdadera Estrella de la Navidad.

Y tenemos que proclamarlo con nuestra vida, con nuestras actitudes nuevas, con nuestro cántico de agradecimiento al Señor, con las señales de ese mundo nuevo que con Jesús llega también para la humanidad de hoy. Que ninguna de esas luces fatuas ni ninguna de esas preocupaciones que tengamos en nuestros días difuminen y oculten el verdadero mensaje de la Navidad.

martes, 21 de diciembre de 2021

Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

 


Como María pongámonos aprisa en camino para estar allí donde sea necesario compartir la alegría de nuestra fe y el amor que nos llena de esperanza de nueva vida

Cantar de los Cantares 2, 8-14; Sal 32; Lucas 1, 39-45

Solemos hacer analogías y comparaciones entre el camino y la vida; y señal de esa vida es el ponerse en camino, el estar en camino. La vida no se detiene, avanza, queremos que camine hacia delante, no nos gustan los retrocesos; queremos salir e ir al encuentro de la vida misma, al encuentro del mundo que nos rodea, atravesar esos senderos haciendo camino y sabiendo ir también al encuentro con los demás.

Nos ponemos en camino porque buscamos, nos ponemos en camino porque queremos ir al encuentro del otro, nos ponemos en camino porque también tenemos algo que comunicar, una alegría que compartir, o un pesar del alma para el que queremos encontrar consuelo. Ojalá nuestros caminos sean siempre de alegría, no nos falte la esperanza, nos sintamos siempre fuertes y seguros en el rumbo que tomamos, o también seamos humildes para pedir ayuda en ese camino; no nos queremos quedar pasivamente al borde del camino.

¿Nos estará enseñando algo de todo eso María de Nazaret a quien vemos hoy que se pone en camino para ir al encuentro de Isabel en la montaña? Era un camino en que no se detuvo, fue aprisa dice el evangelio, la alegría que llevaba en su corazón le daba alas porque quería ir allí donde ella sabía que debía de estar en aquel momento. Era la alegría de la fe que resplandecía en su corazón de manera que merece la alabanza de su prima desde el primer momento que llegue a su encuentro, era la alegría de lo que llevaba en sí misma porque llevaba a Dios, era la agraciada del Señor, y era la alegría del amor y del servicio que podía prestar a su prima en las circunstancias de la maternidad en que se encontraba.

No olvidaba María lo que llevaba en su corazón porque su vida era un puro cántico de alabanza al Poderoso que en ella estaba realizando cosas admirables. Era consciente del misterio de Dios en que se veía implicada, y por eso mismo ya comenzaba a realizar su misión cuando con su presencia va derramando gracias, porque solo por el sonido de su voz reconocería el niño que se gestaba en las entrañas de Isabel quien llegaba hasta aquel hogar y con sus brincos en el seno de su madre se unía a la fiesta y al cántico de alabanza al Creador.

María, sí, nos está enseñando a ponernos en camino porque también son muchas las cosas que nosotros podemos llevar a los demás. Aprendamos a ir siempre con la alegría de María, porque no nos falte esperanza, porque seamos conscientes de la misión que nosotros también tenemos con nuestro mundo donde siempre tenemos que ser portadores de evangelio.

Como María hagámonos nosotros también buena noticia, evangelio para los que están a nuestro lado porque de igual manera resplandezca en nosotros la fe, porque vayamos con el testimonio de nuestra esperanza aunque el mundo y los caminos del mundo se nos llenen tantas veces de sombras, porque vayamos con el testimonio del amor y del servicio porque siempre tenemos alguien a quien servir, alguien a quien mostrarle toda la ternura de nuestro corazón.

Es el testimonio de luz que tenemos que dar en medio de nuestro mundo; son demasiadas las oscuridades pero en nosotros siempre hay una esperanza. Y podemos levantarnos, y podemos ayudar a los demás a levantarse también y a ponerse en camino de algo nuevo, de algo bueno que siempre puede suceder en sus vidas. Como creyentes en Jesús somos los caminantes optimistas que siempre seremos capaces de ver la luz, siempre estaremos comprometidos a llevar la luz, siempre tenemos que ser sembradores de ilusión y de esperanza en aquellos que caminan, algunas veces arrastrándose, a nuestro lado en los caminos de la vida. Seamos siempre con nuestras palabras y con nuestro testimonio sembradores de vida y portadores de luz.

lunes, 20 de diciembre de 2021

Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen maravillas

 


Necesitamos la fe, la humildad, la confianza y la disponibilidad de María para hallar gracia ante Dios y en nosotros también se realicen las maravillas del Señor

Isaías 7, 10-14; Sal 23; Lucas 1, 26-38

¿Cómo ve voy a atrever a pedir eso? Es quizás la desconfianza de no sentir que merecemos que se nos escuche; el temor ante quien tendríamos que presentarnos para hacer esa petición pero que lo consideramos un ser tan importante, que no pensamos que ni nos pueda atender. Lo necesitaré, pero quien soy yo para atreverme a hacer tal petición.

Y no me refiero ya a nuestras relaciones humanas con aquellas personas que consideramos importantes y poderosas y ante quienes no sabemos cómo vamos a hacerle una petición tan importante o necesaria; en este caso pienso en lo que pudiera ser nuestra relación con Dios. Sabemos, es cierto, que de alguna manera apabullamos a Dios porque lo único que sabemos hacer es pedir, y nuestra oración no es otra cosa que una lista de peticiones que hacemos a Dios. Sin embargo, algunas veces dudamos, desconfiamos, de alguna manera parece que no nos atrevemos. El respeto al santo Nombre de Dios se puede convertir en un miedo.

‘No lo pido, no quiero tentar al Señor, mi Dios’, le decía Ajaz al profeta cuando este le decía que pidiera una señal en aquellas situaciones difíciles en las que se encontraban. El profeta quería darle señales de que Dios estaba con él, pero no quería tentar al Señor, su Dios, como decía. Pero la señal se le dará, una señal que fue importante en aquel momento, pero que se convierte en señal mesiánica, porque nos hablará de una presencia nueva de Dios en medio de  nosotros.

¿Temor ante la presencia de Dios? Nos parece que eso es cosa solo del Antiguo Testamento, en que Dios se manifestaba también en signos portentosos de la propia naturaleza – recordamos el Sinaí donde Dios se les manifiesta en medio de la tormenta de la montaña -, pero puede ser algo que siga pesando en nuestro corazón.

Hoy tenemos que escuchar las palabras del ángel a María. ‘No temas, porque has encontrado gracia ante Dios’. Y es que María se sentía sobrecogida por la presencia del ángel que le manifestaba la presencia y cercanía de Dios y lo que el ángel le anunciaba. No comprendía el sentido de sus palabras y se puso a rumiar en su corazón para encontrar un significado. Pero María había encontrado gracia ante Dios, y en María íbamos todos a encontrar esa gracia, ese regalo de Dios que era su salvación que se iba a manifestar en Jesús, el hijo que había de nacer de María, el Emmanuel. ‘No temas…’ le ha dicho el ángel.

Dios se nos va a manifestar en una cercanía maravillosa. De ahora en adelante para nosotros va a ser Emmanuel, Dios con nosotros. Y así nos prometerá Jesús al final del evangelio que estará con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Hoy estamos contemplando ese momento maravilloso. Dios se ha acercado a María, que es la agraciada del Señor, para ser gracia salvadora para todos nosotros. María se va a ver inundada por el Espíritu Santo ‘y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra y el santo que va a nacer de ti, le dice el ángel, será llamado Hijo de Dios’.

Se va a realizar la maravilla de la Encarnación. Y Dios quiere contar con María. No es ya que nosotros no nos atrevamos a acercarnos a Dios, sino que será el mismo Dios que se quiere acercar a nosotros y quiere contar con nosotros, quiere contar con María. Y ahí aparece la disponibilidad de María, la generosidad de su corazón, la humildad de quien se siente la sierva del Señor, aunque comenzará a reconocer que el Señor en ella está realizando cosas grandes. María, la que siempre ha estado en las manos de Dios, no puede negarse, ‘aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, le dice al ángel.

¿Qué nos queda a nosotros cuando contemplamos esta escena del evangelio? ¿Qué nos queda a nosotros cuando así nos sentimos también agraciados y regalados del Señor que comenzar a caminar con la misma disponibilidad de María, con la misma generosidad en nuestro corazón?

Son los pasos que tenemos que seguir dando en este camino de Adviento cuando ya tenemos tan cercana la Navidad. Reconozcamos que el Señor quiere hacer también obras grandes en nosotros. Pero necesitamos la fe y la humildad de María, la confianza y la disponibilidad de María. No temamos, también nosotros hallamos gracia ante Dios porque el Señor está volviendo su rostro sobre nosotros para inundarnos con su salvación.

 sava

domingo, 19 de diciembre de 2021

Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

 


Una sintonía de fe y de esperanza con una comunión profunda en el amor se dio es el encuentro entre María e Isabel y ejemplo y estímulo para nosotros ante la cercana Navidad

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 79; Hebreos 10, 5-10; Lucas 1, 39-45

¿Qué sucede en nuestros hogares, entre nuestros vecinos cuando acontece algo extraordinario o ha llegado una buena noticia? La persona que ha recibido una noticia de algo importante que le afecta muy directamente va corriendo al encuentro del familiar de más confianza, o la vecina más cercana con quien comparte sus cosas para contarle lo que le ha sucedido o de lo que se ha enterado. Lo bueno que nos produce una gran alegría no lo podemos tener guardado mucho tiempo; y es que lo bueno tiene que difundirse, la alegría no puede contenerse, lo que es grande e importante para uno no se puede tener callado mucho tiempo.

¿Por qué no pensar así en los acontecimientos que estos días nos está narrando el evangelio? ¿Por qué no pensar de manera semejante en lo que le ha sucedido a María que corre presurosa a la montaña de Judea para ir al encuentro de su prima Isabel? Aquella visita inesperada de María, venida desde la lejana Galilea – entonces no había teléfonos ni nuestras redes sociales de hoy para anunciar previamente la llegada – coge de sorpresa a Isabel pero bien sabemos que las personas con gran sensibilidad intuyen rápidamente si que previamente se lo digan lo que ha podido suceder. De ahí, pensando solamente humanamente, podemos entender la alegría de Isabel y cómo pronto su voz se convierte en alabanzas para María, pero también para Dios en quien una mujer creyente como Isabel sabe descubrir detrás de todo cuanto sucede.

Estamos hablando quizá en principio solo desde unas sintonías humanas, pero sabemos que en el corazón de aquellas mujeres había mucho más. Era la mujer creyente que ya en ella había experimentado la misericordia del Señor que le había concedido el don de la maternidad en una edad tan prolongada como ella tenía, y por eso mejor podía tener la intuición, podríamos decir, pero mejor decir la revelación que Dios estaba haciendo en su corazón del misterio que ante ella se estaba manifestando. Dios también se había manifestado misericordioso con ella – así lo manifestaban incluso los vecinos al enterarse de la maternidad que se estaba gestando en la anciana Isabel - y no podía ser menos que hubiera una sintonía especial de Dios en su corazón.


Entendemos así las palabras de Isabel en su encuentro con María. ‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ Es el reconocimiento por parte de Isabel del misterio de Dios que se está realizando en María. Por eso exclamará con toda la fuerza de su corazón la alabanza a María y la alabanza a Dios. ‘¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!’ Es bendecida María, pero se reconoce que el fruto de las entrañas de María merece también toda alabanza y toda bendición. 

Maravillas se estaban realizando porque también el fruto de sus entrañas era santificado con la presencia de María que era en este caso presencia especial de Dios. ‘Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre’. Siempre hemos visto en este momento como una especial consagración de Juan el Bautista para la especial misión que había de realizar. Era el elegido del Señor para ser el profeta del Altísimo, y la misión que había de desempeñar posteriormente allá en el desierto de Judea se adelanta de alguna manera cuando desde el seno de su madre está sintiendo la presencia de aquel cuya venida había de anunciar y cuyos caminos había de preparar.

Y si hemos venido hablando de una mujer creyente en referencia a Isabel será ahora ella la que proclame y bendiga la fe de María. ‘Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá’. De nadie mejor podría salir esta alabanza que de una mujer profundamente creyente que estaba experimentando en si misma el amor y la misericordia del Señor. Es como la primera bienaventuranza que nos aparecerá en el evangelio y está dirigida a María, la mujer creyente, la mujer que se puso en la manos de Dios, la mujer que se sentía inundada por la presencia y la gracia de Dios – así la saludó el ángel -, la mujer que escuchó la voz de Dios en su corazón y se dejó guiar por Dios para sentirse pequeña aunque reconociese que el Señor estaba obrando cosas maravillosas en ella pero que no era sino la humilde esclava del Señor para que se cumpliera en ella la Palabra de Dios anunciada por el ángel.

Un hermoso recorrido que se nos ofrece en este último domingo de Adviento en la cercanía ya de la celebración de la Navidad. ¿Seremos capaces nosotros también de ir corriendo al encuentro con los demás para recordar cuál es el verdadero misterio que estos días celebramos? Que no son unas fiestas más, como cualquier fiesta que por cualquier motivo celebremos en cualquier otro momento. Celebraremos Navidad, celebramos el misterio inmenso y maravilloso de que Dios ha querido hacerse hombre encarnándose en el seno de María para ser en verdad Dios con nosotros.

No digamos solamente felices fiestas, digamos con todo el sentido y profundidad ‘Feliz Navidad’, porque eso es lo que verdaderamente estaremos celebrando. Un acontecimiento para toda la humanidad, la historia de nuestro mundo se ha dividido desde entonces en desde antes del nacimiento de Cristo y después del nacimiento de Cristo. No pretendamos corregir la historia, como tantos ahora quieren hacer en muchos acontecimientos históricos. A nadie ofendemos con esta proclamación, pero para todos es una inmensa alegría que nosotros podamos anunciarlo y no queremos privar a nadie de esa felicidad.

Aprendamos a tener la sintonía de la fe, para abrirnos a Dios y sentir el misterio de Dios que en nosotros también se realiza, pero también para que en esa sintonía de la fe seamos capaces de comunicarnos los unos con los otros. Nos decimos creyentes y cristianos y estamos los unos junto a los otros tantas veces y parece como si no hubiera ninguna sintonía entre nosotros, porque no nos comunicamos en verdad lo que llevamos dentro de nosotros. Qué maravilla de diálogo se nos ofrece hoy entre aquellas dos mujeres creyentes, María e Isabel; sin comunicarse se estaban comunicando lo que más hondo llevaban dentro de sí mismas. Seamos capaces de tener entre nosotros esa hermosa comunicación de la fe, esa sintonía de la esperanza y esa comunión del amor.