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miércoles, 24 de junio de 2026

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo

Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo


Isaías 49, 1-6;Salmo 138;Hechos 13, 22-26;Lucas 1, 57-66. 80

‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella… Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él…’
Hoy celebramos el nacimiento de Juan Bautista. Grande fue la alegría en las montañas de Judá a la hora de su nacimiento. Grande es la alegría también con que el pueblo cristiano celebra la fiesta de su nacimiento. Se preguntaban sus parientes y vecinos qué sería de aquel niño. Muchas cosas extraordinarias rodeaban su nacimiento y todos lo comentaban; había felicitado a Isabel cuando se enteraron que en su vejez iba a ser madre, y ahora con todo lo que rodeaba su nacimiento era causa de comentario y reflexión para aquellas gentes. 
A nosotros también nos hace reflexionar. Y nosotros desde nueva fe sabemos cuál fue su misión y vemos ciertamente que la mano del Señor estaba con él. Su mismo nombre nos lo indica; querían que se llamara Zacarías como su padre porque era lo usual en el primogénito de una familia, pero Zacarías e Isabel sabían que el nacimiento de aquel niño era una gracia, un regalo del Señor y grande era la misión que traía con su nacimiento. Es el significado de la palabra, del nombre que se le iba a imponer, Juan, que viene a significar algo así como que Dios ha hecho gracia; fue, ciertamente una gracia para aquella familia que tanto deseaban un hijo y se vieron enriquecidos con esa gracia del Señor, pero iba a ser una gracia para Israel con la misión que traía como ya le había señalado el ángel a Zacarias en su visión en el templo, era el que venía como un nuevo Elias a reunir a los hijos dispersos de Israel.
Profeta y más que profeta, como diría de él Jesús mismo, el mayor de los nacidos de mujer con la misión de preparar los caminos del Señor, como predicaría más tarde en el desierto. Para nosotros también sigue resonando la palabra y la figura del Bautista; muchos son los caminos que hemos de saber enderezar en nuestra vida para ir al encuentro del Señor que viene a nosotros; su palabra nos resuena no solo en el tiempo del Adviento cuando en la cercanía de la Navidad nosotros también hemos de prepararnos, sino que siempre estará siendo testimonio a nuestro lado de ese camino de rectitud que hemos de vivir aunque duros se nos hagan nuestros caminos.
Algunas veces también nos sentimos como en medio de un desierto en ese mundo que tenemos a nuestros pies y sobre el que caminamos con tantas asperezas y sequedades que nos hacen difícil la siembra de la semilla que se ha puesto en nuestras manos. Corazones resecos e insensibles porque solo piensan en sus intereses y se olvidad de lo que es la rectitud y la honestidad, un caminar sin rumbo dejándonos arrastrar por los vientos del materialismo y del sensualismo como si fuéramos arenas del desierto ofreciéndonos como cantos de sirena placeres o soluciones para la vida que nos dejan con el corazón cada vez más vacío, esa falta de autenticidad de tantos que se envuelven en la fastuosidad de la vanidad y la apariencia. 
Necesitamos escuchar la voz del Bautista que nos invita a una transformación de nuestras vidas para encontrar ese verdadero camino que nos haga aceptar el evangelio que nos anunciará y propondrá Jesus. En medio de la alegría y de la fiesta de su nacimiento son preguntas que nosotros también tendremos que hacernos aquellos vecinos de la Montaña de los que se nos habla en el nacimiento de Juan. ¿Qué será de este niño? ¿Qué es lo que nosotros tenemos que ver hoy para nuestra vida en la celebración de su nacimiento? ¿sentiremos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en su nacimiento?

sábado, 23 de diciembre de 2023

Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

 


Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y  sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Aunque por nuestro orgullo nos cuesta reconocerlo, a la larga agradecemos que haya habido alguien que nos haya dicho la verdad, que nos haya llamado la atención sobre cosas que hacíamos que no tenían mucho sentido, y a posteriori nos han hecho pensar. Nos sentimos heridos quizás en aquel momento, nos parecieron fuertes las palabras que nos dijeron, nos creíamos que no merecíamos esa corrección porque nosotros con buena voluntad estábamos haciendo lo que nos corregían. Nuestro amor propio en aquellos momentos se sintió mal y quizá no reaccionamos como deberíamos hacerlo. Muchas veces solemos pensar tarde lo que tendría que ser nuestro camino.

Eso sucedió con Juan el Bautista, cuyo nacimiento nos ofrece hoy el evangelio. Su palabra y su testimonio era fuerte, pero esa era su misión. ‘Como fuego de fundidor, como lejía de lavandero…’ había anunciado el profeta que sería aquel que venía con el poder y el espíritu de Elías ‘para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’.

El fuego quema, la lejía abrasa, aparentemente duele y destruye, pero purifica y transforma. Era la voz fuerte que iba a sonar en el desierto para preparar los caminos del Señor, para que encontrara un pueblo bien dispuesto. ‘Para que no tenga que venir a castigar y destruir la tierra’, como nos dice hoy el profeta Malaquías.  Una corrección a tiempo nos salva de tropiezos posteriores. Es lo que hacen los padres con los hijos, aunque a los hijos no les guste que los corrijan; cómo nos rebelamos en nuestro interior, pero es necesario pasar por ese fuego, ser abrasados por esa lejía para enderezar muchas cosas que andan torcidas en la vida. Aunque hoy nos estamos haciendo una generación de enclenques y consentidos, y ya nadie nos puede decir nada. Pero ya sabemos que quien nos corrige nos ama.

Esa era la misión de Juan. Como decíamos, hoy nos ofrece el evangelio el momento de su nacimiento con la alegría que suscitó en su entorno – ‘Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’ – y el relato del momento de la circuncisión que llevaba consigo la imposición del nombre.

Hoy los padres escogen para los hijos aquellos nombres que les gustan, que les llaman la atención, o que son de tradición familiar; en la antigüedad poner el nombre significaba algo más, era como destacar algo especial que había sucedido con su nacimiento o también venía a señalar lo que había de ser luego su vida. La gente quiere que el recién nacido se llame como Zacarías, su padre, no en vano era de raza sacerdotal y en su misión futura era como suceder a su padre en el sacerdocio del templo. Pero Isabel señala que su nombre ha de ser Juan, con la oposición de todos, hasta que preguntan por señas a Zacarías – aun estaba mudo desde la vuelta del templo y la aparición del ángel – que escribirá en una tablilla que ‘Juan es su nombre’.

¿Qué significaba el nombre de Juan? ¿Por qué era el empeño en que llevara ese nombre? Juan viene a significa ‘Dios es propicio’, ‘Dios se ha apiadado’, ‘Dios es misericordia’. ¿Qué había significado el nacimiento de Juan de aquellos padres ya mayores que tanto lo habían deseado? Ya las mismas gentes lo habían manifestado en su alegría por el nacimiento de aquel niño, cuya noticia había corrido por las montañas de Judea, ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’.

¿No era esa también la misión de quien iba a ser el Precursor del Mesías? Invitar a la conversión como Juan iba a hacer era invitar a reconocer la misericordia del Señor; su palabra venía a señalarnos nuestros errados caminos, pero para que purificáramos nuestra vida en el fuego de la misericordia del Señor. ¿No sería eso también lo que a continuación Zacarías iba a cantar alabando y bendiciendo al Señor por el nacimiento de Juan? ‘El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.  Y señalará la misión de Juan, ‘a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados’.

¿No es el significado del nombre de Juan, ‘Dios es propicio… y se ha apiadado con su misericordia’? Agradezcamos el nacimiento del Bautista y cómo sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor.

sábado, 28 de octubre de 2023

Escuchemos con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión

 


Escuchemos con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Supongamos que estamos en un lugar tratando más o menos de pasar desapercibidos, porque pensamos que allí nadie nos conoce; no es que hagamos cosas extrañas, pero queremos pasarlo sin preocupaciones, atendiendo a nuestras cosas, tratando de disfrutar del momento de manera relajada; pero de repente escuchamos una voz, quizás por la megafonía del lugar, o quizás la sentimos detrás de nosotros mismos, que nos llama por nuestro nombre y hasta nuestros apellidos; seguramente nos sentiremos sorprendidos porque alguien nos haya identificado, alguien nos esté señalando con nuestras circunstancias concretas, y además nos dicen que nos necesitan, que hay algo que quieren confiarnos. Nos sentimos además en el punto de mira de todos los que están a nuestro alrededor.

Como decíamos primero es la sorpresa, pero luego quizás en el fondo nos sentimos halagados porque nos hayan identificados, y más cuando nos dicen que quieren confiarnos algo. ¿Aun con todas esas sorpresas y halagos nos sentiremos dispuestos a dar el paso para aceptar aquello que nos quieren confiar?

¿Sería algo así lo que le sucedió a aquel grupo de discípulos de Jesús cuando se ven llamados uno a uno por su nombre porque Jesús quiere confiarles algo? No estaban allí quizás queriendo pasar desapercibidos, pero si formaban parte de aquel grupo numero que iba siguiendo a Jesús y querían ser sus discípulos; ya lo llamaban maestro, como lo hacen los seguidores y discípulos. Pero mirándose a sí mismos, unos pescadores de la orilla del lago, otros de tierra adentro quizás con otras ocupaciones, algunos que habían formado parte del grupo de los zelotas que eran algo así como los rebeldes contra el dominio de los romanos, alguno que había formado parte de aquel grupo que era despreciado por las gentes y que los llamaban publicanos, pero sus nombres fueron sonando uno a uno y Jesús quería que estuvieran con El. Pronto comenzará a confiarles algunas misiones. En principio era para estar con Jesús y sentirse enseñados por El de manera especial.

Quiero trasladar ese episodio al hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Jesús sigue llamando por su nombre y su identidad, Jesús sigue llamándonos a nosotros por nuestro nombre y nuestra identidad. Que no son solo el nombre y los apellidos, el lugar de donde procedamos o la edad o profesión que tengamos. Jesús quiere seguir llamándonos por nuestro nombre conociendo quienes somos, conociendo lo que es nuestra vida, con sus luces y buenos deseos pero también con sus sombras, porque todos tenemos nuestras sombras.

Una llamada de Jesús es una elección, y una elección implica un amor especial. Nos ama Jesús con lo que somos, con lo que es nuestra vida; nos ama Jesús y quiere confiar en nosotros, quiere a nosotros confiarnos también una misión. Nos ama Jesús a pesar de que tengamos nuestras parálisis o nuestras cegueras, estemos invadidos por la lepra de nuestras debilidades y maldades, o andemos también muchas veces de acá para allá sin saber por donde decidirnos, sin saber lo que realmente creemos, sin saber por donde orientar nuestra vida. Pero Jesús cuenta con nosotros. Jesús a nosotros también nos quiere confiar una misión en ese campo nuestro que a veces nos parece tan árido y tan estéril.

Un día Simón el cananeo y Judas Tadeo, los apóstoles que hoy celebramos, escucharnos su nombre y dieron el paso para estar con Jesús. ¿Estaremos dispuestos a dar también ese paso? ¿Estaremos dispuestos a abrir bien nuestros oídos para escuchar nuestro nombre en los labios y en el corazón de Jesús? Dicha tenemos que sentir. Generosidad tiene que explosionar desde nuestro corazón.

viernes, 23 de diciembre de 2022

Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo

 


Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Esos acontecimientos que se van sucediendo y que son los que de alguna manera conforman nuestra vida podíamos decir que tienen como un hilo conductor que van marcando como una línea; somos hijos de una familia que tiene sus tradiciones, formamos parte de un pueblo que tiene su historia y sus costumbres; y mucho nos sentimos orgullosos de nuestras raíces, de nuestra historia, de nuestras costumbres y tratamos de mantenerles a toda costa, porque de alguna manera forman parte de nuestra identidad.

Cuando alguien quiere cambiar nuestras costumbres en principio nos revelamos, muchas veces nos damos cuenta que la vida tiene una continuidad y una progresión y podemos desear lo mejor, cambiar para mejorar, darle novedad e innovación. Nos encontraremos a quien no le guste, y que luchará con eso que pueden llamar innovaciones, pero no podemos olvidar que la historia tiene que ser también un camino de progreso. Hay a quien le cuesta aceptarlo.

Hoy el evangelio nos ha hablado del nacimiento de Juan. Cosas maravillosas habían rodeado ya el origen de su vida en unos padres que eran mayores e incapaces de engendrar una nueva vida, pero allí se estaba manifestando el Señor. Ahora según la tradición y la costumbre a los ocho días tocaba circuncidar al niño y ponerle nombre.

Todo transcurre con normalidad hasta el momento de la imposición del nombre que su madre quiere que se llame Juan. No era la tradición, nadie en la familia había llevado jamás ese nombre, parece que se rompen los moldes, debería de llamarse como su padre y a su padre acuden para que manifieste cual ha de ser el nombre. Utilizando una tablilla pues aun permanecía mudo, desde el episodio del templo, escribe que Juan ha de ser su nombre. El sello de sus labios se rompe y prorrumpe a hablar cantando las glorias del Señor, bendiciendo a Dios.

Aquel niño, cuyo nacimiento estaba rodeado de tantas obras maravillosas de Dios iba a ser un signo del tiempo nuevo que se avecinaba. El estaba llamado a ser la voz que gritara en el desierto para preparar los caminos del Señor, Y aunque se presenta con signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión, era la señal de que algo nuevo estaba a punto de comenzar. Siempre lo hemos considerado como el eje entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Es el último de los profetas, pero es el que anuncia el tiempo nuevo porque llegan los tiempos de la salvación. Un cambio profundo había de realizarse por eso él está invitando a la conversión, a la renovación, al cambio, porque es un nuevo corazón el que ha de recibir al que viene como Mesías y Salvador.

Será Jesús el que nos hablará del hombre nuevo, del  hombre que ha de nacer de nuevo, pero en Juan y cuanto le rodea estamos viendo la señal. Y no nos podemos resistir a la acción de Dios en nosotros, no hemos de rechazar su voz y su invitación, no nos podemos quedar anclados en lo que siempre se ha hecho así, tenemos que estar siempre en camino que avanza, en camino nuevo que nos conduce a vida nueva, muchas cosas del hombre viejo tenemos que dejar atrás.

Y eso lo seguimos necesitando hoy, porque no siempre hay en nosotros esa disponibilidad para el cambio, para la renovación, para ser ese hombre nuevo, para vivir el sentido nuevo que nos ofrece el evangelio, seguimos demasiado anclados en el hombre viejo, apegados a tradiciones que nos envejecen. Cuánto nos cuesta dejarnos renovar por el Espíritu.

¿Cuál sería la renovación a la que nos está invitando el Espíritu en esta navidad que vamos a celebrar? ¿Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo? Abramos el corazón al Espíritu y dejémonos conducir. ¿A qué cosas viejas seguirá apegado el corazón? Discernamos los tiempos del Espíritu.

viernes, 22 de julio de 2022

El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

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El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Te encuentras un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras? Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí mismo y te preguntas ¿por qué lloro?

‘¿Por qué lloras?’ Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que resuena a nuestro alrededor.

¿Por qué lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan ganas de llorar...

Aunque decíamos al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas, no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos interpelan.

Me estoy haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas, ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.

Cuando encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus circunstancias.

Desde nuestro yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.

Pero hay algo más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos está llamando por nuestro nombre.

jueves, 23 de diciembre de 2021

En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

 


En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

Tenemos el peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.

Aceptando incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.

El nacimiento de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes había regresado de su servicio en el templo.

Pero las sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse Juan.

‘¿Qué va a ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo. Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la mano del Señor se está allí haciendo presente.

¿Seremos capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar a Dios.

¿Nos hará falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?

miércoles, 23 de diciembre de 2020

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

 

La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1, 57-66

El nacimiento de un niño siempre se ve rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí comienza a palpitar.

Es lo que nos está reflejando el evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de aquel niño.

En cierto modo lo miran como algo propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño, por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a su pueblo y está con él.

El nacimiento de Juan es algo verdaderamente importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto.

El será la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.

Necesitamos escuchar y acoger al mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están envolviendo en el hoy de nuestra vida.

Escuchemos las noticias y fijémonos bien en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.

Por eso, como decíamos, necesitamos un mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una forma ritual.

Nuestra navidad a pesar de todas las turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero, predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte. La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza.

‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación!’

lunes, 13 de mayo de 2019

Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente


Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Ayer en el comentario que hacia el sacerdote al evangelio del día contaba la experiencia que tuvo de niño que ahora transcribo aunque sea con mis palabras por la relación que tiene también con el texto que hoy nos ofrece el evangelio.
Vivía en el mundo rural y en su entorno había un pastor con sus rebaños de ovejas, contaba que de pequeño cuando los niños salían de la escuela les gustar ir a dar con el pastor y su rebaño; ellos le insistían que les enseñara cómo él llamaba a las ovejas que obedientes acudían a su voz; ellos querían aprender a hacerlo también y aunque trataban de imitar al pastor con sus silbos y llamadas, las ovejas sin embargo no se inmutaban y seguían olisqueando la hierba. Le preguntaban por qué no les hacían caso si ellos hacían lo mismo, y el pastor se sonreía para sus adentros; luego con un solo silbo las ovejas levantaban cabeza y acudían presurosas hasta donde estaba el pastor. ¿Qué sucedía? Las ovejas solo reconocían la voz de su pastor, y a nadie que quisiera imitar o remedar su llamada hacían caso.
Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños’.
Atienden a su voz y lo siguen… las llama por su nombre… al extraño no lo seguirán, sino que huirán de él… no reconocen la voz de los extraños.  ¿Seremos en verdad así nosotros en nuestra relación con Jesús? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, por cuanto cuantas veces nos hacemos sordos a su voz y a su llamada, cuántas veces nos dejamos encantar por la voz de los extraños.
Esos cantos de sirena, esa voz de los extraños que pueden ser tantas influencias que recibimos del mundo que nos rodea – cuántos tratan de influir en nosotros haciéndonos dudar, enseñándonos otras cantinelas de otros sentidos y otros valores – pero que esa voz extraña la sentimos desde dentro de nosotros cuando nos dejamos llevar de nuestros caprichos y autosuficiencias, de nuestro orgullo que no nos deja bajar la cabeza o abrir el corazón a lo que verdaderamente es importante, de nuestras superficiales o de nuestra huida del compromiso.
Jesús es el pastor y Jesús es la puerta. A El escuchamos y seguimos. Por El entramos porque el que le ve a El ve al Padre, como nos dirá en otra ocasión. En El vivimos, porque viene para que tengamos vida y vida en abundancia. Nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama. Conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente.
‘Quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. No nos dejemos confundir. Escuchamos la llamada del Señor y tendremos vida en abundancia.

sábado, 22 de julio de 2017

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Cantar de los Cantares 3,1-4ª; Sal 62; Juan 20,1.11-18
El amor auténtico y verdadero mantiene íntegra la fidelidad al mismo tiempo que una fidelidad conservada aun en las más difíciles circunstancias hace agrandar el amor. Parafraseando una frase bíblica podríamos decir que la fidelidad y el amor se besan y se encuentran en la más dulce intimidad.
Pero esto no haría pensar y preguntarnos por qué cuando hoy tanto decimos que nos amamos, y el amor es la primera palabra que surge cuando nos sentimos atraídos hacia alguien y enseguida nos prometemos amores eternos, sin embargo son tantas las rupturas que tras unos primeros momentos de amor van apareciendo en la vida de las personas olvidando todas aquellas palabras bonitas de fidelidad y de amor.
Tenemos que evitar confusiones porque no toda atracción y relación siempre significa amor, y hemos de aprender a construir bien ese edificio de la fidelidad para saber superar todos los escollos que pudieran ponerla en peligro. La vida es como una mar bravía muchas veces que oculta corrientes o bajíos peligrosos que pudieran hacer zozobrar la nave de nuestro amor y hemos de saber ser o saber encontrar buen piloto que nos ayude a surcar esas aguas que tantas veces se nos pueden convertir en peligrosas. Hay oscuridades como noches sin estrellas que nos pueden hacer perder la orientación de nuestro camino de fidelidad y de amor.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este sentido y me he permitido hacer este pequeño comentario cuando hoy estamos celebrando a santa María Magdalena, mujer ejemplo de fidelidad y de amor. Un evangelista nos dice que de ella fueron expulsados siete demonios, pero a partir de entonces los momentos en que la vemos aparecer en el evangelio siempre serán resplandecientes por su amor a Jesús y su fidelidad.
La veremos a los pies de la cruz de Jesús junto a María, la madre del Señor y otras piadosas mujeres. Y será la primera que en la mañana de aquel primer día de la semana irá hasta el sepulcro porque allí quiere seguir llorando en su duelo y mostrando su amor por Jesús. Entre los relatos de los distintos evangelistas la veremos corriendo por la calles de Jerusalén para decir primero que se han llevado el cuerpo de Jesús, cuando se ha encontrado el sepulcro vació. De vuelta hasta el huerto del sepulcro con Pedro y Juan cuando ellos han comprobado que el sepulcro está vacío y comienza a renacer en ellos la esperanza de la resurrección del Señor, ella se quedará allí junto a la piedra rodada a la entrada del sepulcro llorando su desconsuelo y pidiendo a quien fuera que le digan donde se han llevado el cuerpo de Jesús.
Es la fidelidad en el amor; es el amor siempre fiel que se mantiene a pesar de las oscuridades de la cruz y aunque ella aún no haya encontrado los resplandores de la resurrección. Por amor y fidelidad allí permanece hasta que Jesús viene a su encuentro aunque sus ojos velados por las lágrimas no lo reconozcan. ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ son los llantos del amor, de la búsqueda, del ansia del encuentro, del deseo de estar junto a su amado. ‘¡María!’ La llama por su nombre. Será suficiente. Es la voz del Maestro. Es la voz del amado. Es la palabra con la que se premia su amor y su fidelidad. Es la voz que se reconoce sin que los oídos la oigan porque se escucha en el corazón. Es la voz y la palabra que la llama por su nombre y la llena de vida.
Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre. Es la voz que nos seguirá manteniendo en la fidelidad y creciendo en el amor. De nosotros depende escucharla. Mantengamos la fidelidad, permanezcamos en el amor, la perseverancia salvará nuestras almas, nos dice la Escritura, la perseverancia nos llenará de vida para siempre porque nos mantiene en el amor.

martes, 3 de enero de 2017

El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón

El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón

1Juan 2,29; 3,1-6; Sal 97; Juan 1,29-34
‘Has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús…’, le decía el ángel a María. ‘No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados’. Son las palabras del ángel a José disipando sus dudas.
‘Le pondrás por nombre Jesús’ es el mandato del ángel en ambos casos. ‘Al cumplirse los ocho días tocaba circuncidar al Niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. Le pusieron por nombre Jesús.
Aunque no es una fiesta especial en la liturgia sin embargo nos permite recordar en este día el santo nombre de Jesús. Y aunque muchas veces lo hayamos repetido en estos días de la Navidad, que todo ha estado centrado en Jesús, es bueno que un poco nos detengamos ante este maravilloso nombre. Jesús, Dios nos salva, viene a ser su significado. Como le decía el ángel a José, ‘le pondrás por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo de sus pecados’. Es nuestra Salvación, nuestro Salvador. La muestra hermosa de que Dios nos quiere, de que Dios nos ama y en Jesús nos ofrece su salvación. Es en el nombre de Jesús donde encontraremos vida y nos llenaremos de su salvación.
El nombre de Jesús que tenemos que invocar con fe, porque en El encontramos fuerza y encontramos vida, encontramos sentido de lo que hacemos y sentiremos su gracia. ‘En tu nombre echaré las redes’ decía Pedro ante la petición de Jesús y su trabajo encontró sentido y obtuvo sus frutos. En el nombre de Jesús iniciamos toda obra buena, en el nombre de Jesús queremos comenzar nuestro día invocándole que es también bendecidle, bendecir a Dios.
Bendito sea el nombre del Señor, bendito sea el nombre de Jesús porque en El encontramos nuestra santificación. ‘Santificado sea tu nombre’, decimos cada vez que rezamos el padrenuestro bendiciendo a Dios, bendiciendo el nombre de Jesús. En el nombre de Jesús nos santificamos porque en El encontramos la fuerza de su presencia para emprender toda obra buena, para alejarnos de lo malo, para vencer la tentación, para prevenirnos de todo peligro.
‘No tenemos oro ni plata, decía Pedro al paralítico de la puerta Hermosa, pero en el nombre de Jesús levántate y anda’. En el nombre de Jesús llevaremos nuestro amor a los demás, nos haremos verdaderamente solidarios con los que sufren, tenderemos nuestra mano que ayude a caminar, nos convertiremos en presencia que conforta y que anima y que de alguna manera hacemos presente a Dios junto al hermano a través de nuestro amor.
Decir ‘Jesus’ es decir amor, porque nos está recordando lo grande que es el amor de Dios que nos ha dado a su Hijo. Decir ‘Jesus’ es decir misericordia porque nos manifiesta lo que es la misericordia divina que nos perdona y nos levanta. Decir ‘Jesus’ es decir Paz porque El es el Príncipe de la Paz y los ángeles cuando cantaron la gloria del Señor en su nacimiento cantaban la paz que nacía en nuestro corazón porque recibíamos la Buena Noticia de que éramos amados de Dios.
Invoquemos el nombre de Jesús. Tengamos siempre presente en nuestros labios el nombre de Jesús. Que el nombre de Jesús se adueñe de nuestro corazón porque así nos llenemos de su amor.

martes, 6 de septiembre de 2016

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios

1Corintios 6, 1-11; Sal 149; Lucas 6, 12-19

Sentir que nos llaman por nuestro nombre, aunque estemos acostumbrados a ello, es algo que nos llega al corazón. Casi no le damos importancia porque en nuestra relación mutua estamos acostumbrados a llamarnos así por nuestro nombre, pero hay momentos en que decir alguien nuestro nombre, decirnos nuestro nombre, parece que nos hace como sentir un revuelco por dentro; quizá alguien con quien no tenemos mucha relación o que nos pueda resultar desconocido que llegue hasta nosotros y nos diga y nos llame por nuestro nombre es como una llamada de atención, es como reconocer nuestra identidad, algo que quizá sentimos de manera especial.
Es un sentirnos valorados, quizá, sentir que se nos da importancia porque nos conocen y nos conocen por nuestro nombre, o experimentar que quizá se nos quiere para algo especial que se nos va a pedir o que se nos va a confiar.
¿No recordamos aquel momento del evangelio en que Jesús llamó a María Magdalena por su nombre, allá en el huerto, después de la resurrección cuando ella aun buscaba su cuerpo muerto? ‘¡María!’, le dijo Jesús y ella que lo había confundido hasta entonces lo reconoció, ‘¡Raboni, Maestro!’ y todo cambió para Magdalena que se convertiría en la primera misionera de la resurrección.
Es lo que hoy escuchamos también en el evangelio. Jesús en la montaña, después de pasar una noche en oración, llamó a doce por su nombre, a los que El quiso, a los que El eligió para convertirlos en sus apóstoles, en sus compañeros para siempre, en sus enviados en el futuro con la misión de construir el Reino, de fundamentar la Iglesia.
Destacamos la importancia del momento; ‘jesus pasó la noche orando a Dios’, nos dice el evangelista. Era un momento importante y Jesús lleno de Dios hace la llamada; es la llamada de Dios que los escoge por su nombre; son ellos con sus características propias, pescadores, recaudadores de impuestos, gente que provenía de las más diversas profesiones, con sus dudas y sus interrogantes, con sus ambiciones, con sus deseos de algo nuevo para ellos y para Israel, llenos de esperanza en el Mesías que había de venir, cada uno con su propia identidad.
Así nos ama el Señor, así nos llama a nosotros también el Señor, por nuestro nombre, contando con lo que es nuestra vida también tan llena de debilidades y muchas veces también de fracasos, con nuestros altibajos, con nuestras ilusiones y esperanzas, con nuestros desalientos y cansancios, con nuestro deseo de algo mejor para nuestra vida y queriendo también un mundo mejor. Así nos llama el Señor y así quiere contar también con nosotros.
Muchas mas cosas podríamos considerar en este pasaje del evangelio, pero vamos a quedarnos con esa llamada de Jesús, a cada uno por su nombre; escuchamos con los oídos del corazón esa voz del Señor que pronuncia nuestro nombre. ¿Seremos capaces de decir como el pequeño Samuel ‘aquí estoy, vengo porque me has llamado… habla, Señor, que tu siervo escucha’? 

miércoles, 22 de julio de 2015

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Juan 20,1.11-18
En muchas ocasiones las lágrimas de nuestros ojos nos impiden ver más allá de nuestras angustias y desesperanzas. En el dolor y el sufrimiento tenemos el peligro y tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestros problemas y lo vemos todo oscuro y las lágrimas del amargor de nuestro corazón nos imposibilitan el ver el resquicio de luz que pudiera aparecer por cualquier rincón.
Será el dolor por la muerte de un ser querido, un problema que nos ha aparecido en la vida y que nos parece insoluble, serán las cicatrices de las heridas que hayamos podido recibir de los demás, la ausencia quizá de los seres que amamos nos llena aún más de soledad y más aún cuando esas ausencias se convierten en desaires que hieren nuestro corazón, será entonces la desesperanza que se nos mete por dentro, y todo eso nos encierra y no alcanzamos a ver la salida que tenemos ahí delante de los ojos muy cerca de nosotros.
Es difícil permanecer serenos en medio de las dificultades y problemas, mantener el equilibrio de nuestra vida para no dejarnos caer en cualquier parte, pero en las mismas dificultades tendríamos que ir aprendiendo para madurar de verdad y así fortalecernos para todas esas cosas que nos pueden aparecer en nuestra vida y afectar profundamente a nuestro equilibrio interior. Pero no siempre terminamos de aprender desde lo mismo que hemos vivido y las situaciones se nos repiten en muchas ocasiones y seguimos quizás tropezando en la misma piedra de la desesperanza y la amargura.
Esta descripción de situaciones en las que nos encontramos en ocasiones encuentra su luz en el evangelio que hoy hemos escuchado y en la santa de la que hacemos memoria en este día, María Magdalena.
La mujer que un día, aun envuelta su vida turbia en sus muchos pecados supo acudir con sus lagrimas hasta Jesús para sentirse amada y purificada mostrando así su mucho amor a pesar de sus muchos pecados. Sin embargo hubo otro momento lleno de soledades y angustias tras la muerte de Jesús en el Calvario y ante la tumba vacía sin encontrar el cuerpo muerto de Jesús. Sin embargo Jesús vivo y resucitado estaba ante ella pero sus ojos llenos de lágrimas y de tristezas le impedían ver la realidad. Solo la Palabra de Jesús llamándola por su nombre la despertó del letargo de su desesperanza para encontrar la luz porque se encontró con aquel a quien tanto amaba que le devolvía la vida y la esperanza.
Hay una cosa que tenemos que aprender. A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para sentir la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre. En esa llamada por nuestro nombre nos está diciendo que El nos ama y veremos la luz, encontraremos la vida, renacerá de nuevo en nosotros la esperanza, se nos acabarán nuestras soledades, se sanarán todas nuestras heridas, nos sentiremos esos hombres nuevos que Cristo quiere hacer en nosotros.
Solo escuchemos su voz que nos llama por nuestro nombre y nuestra vida comenzará a ser distinta.

miércoles, 18 de enero de 2012


Yo voy a ti en el nombre del Señor de los ejércitos

1Samuel, 17, 32-33.37.40-51; Sal. 143; Mc. 3, 1-6
El libro de Samuel nos narra el episodio por todos conocido de la victoria del joven David sobre el filisteo Goliat. Entra este texto en esos episodios que tratan de magnificar al que iba a ser gran rey de lo judíos vencedor luego en muchas batallas contra los filisteos y todos los enemigos de Israel hasta su instauración en la ciudad de Jerusalén por él también conquistada.  Muchos son los relatos épicos de sus batallas y victorias así como los cánticos con que el pueblo le alababa.
Más allá de todo eso podemos descubrir en este texto también hermosa lección para la lucha de nuestra vida. El joven David aun no entrenado lo suficiente para entablar batalla con el gigante filisteo sin embargo logrará vencerle. No ha podido ceñirse la armadura que el rey le había ofrecido para la lucha por su falta de entrenamiento y sólo se enfrentará con una honda y unas piedrecillas en su morral.
Pero no serán solamente su astucia y destreza en el manejo de la honda los bagajes con los que se enfrente al enemigo, sino que lo hará en el nombre del Señor. ‘Tú vienes a mí, armado de espada, lanza y jabalina; yo voy hacia ti en nombre del Señor de los ejércitos, Dios de las huestes de Israel, a las que has desafiado. Hoy te entregará el Señor en mis manos… todo el mundo reconocerá que hay un Dios en Israel’, le dice. En ese mismo sentido le había dicho al rey Saúl cuando se ofreció para enfrentarse al filisteo: ‘El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de las manos de ese filisteo’.
Ahí tenemos el hermoso mensaje y lección. Es como una parábola para nosotros. Caminamos entre luchas y tentaciones por los caminos de la vida. No nos es siempre fácil sobreponernos a las dificultades y problemas que vamos encontrando, porque nos sentimos muchas veces débiles y pequeños. Frente a la tentación que nos acecha continuamente queriendo arrastrarnos al mal y al pecado no sabemos en ocasiones como vencerla porque son cosas que nos parecen superiores a nuestras fuerzas.
Gigante es el enemigo y nosotros nos sentimos débiles y pequeños. No son solo nuestras fuerzas y ardides humanos los que van a ayudarnos a vencer la tentación. Hemos de aprender a contar con el Señor, con su gracia y con su fuerza, que si confiamos plenamente en el Señor nunca nos faltará. ‘Yo voy a ti en nombre del Señor…’ decía el joven David frente al enemigo.
Hemos de ser muy conscientes de que en nuestra lucha contra el pecado, en nuestros deseos de superación, en el camino de maduración que vamos haciendo de nuestra vida cristiana no vamos solos, y no lo hacemos sólo con nuestras fuerzas. Por eso es tan importante la oración en la vida del creyente. Oración para unirnos a Dios y descubrir lo que es su voluntad. Oración para alabar y bendecir al Señor que se hace presente continuamente en nuestra  vida. Oración para invocarle y pedir su fuerza y su gracia para nuestra lucha, para nuestro camino de santidad. Si abandonamos la oración entonces sí que nos sentiremos débiles e incapaces. Y nos pasa tantas veces que oramos con desgana, o abandonamos la oración.
‘Líbranos del mal, no nos dejes caer en la tentación’, rezamos cada día con el padrenuestro. Hemos de ser conscientes de que vamos a superar y vencer la tentación en el nombre y con la fuerza del Señor. Esa oración ha de salir sincera e intensa de nuestro corazón. En esa oración fundamentamos y fortalecemos nuestra vida y nuestro seguimiento de Jesús.   

lunes, 3 de enero de 2011

Le pondrás por nombre Jesús

Le pondrás por nombre Jesús

La liturgia nos ofrece la posibilidad en este día cercano a las celebraciones de la Navidad de celebrar el santo Nombre de Jesús. Se ha ido repitiendo una y otra vez este nombre desde que el ángel, por decirlo de alguna manera, lo trajera del cielo. ‘Le pondrás por nombre Jesús’, le dijo a José al disiparle sus dudas, ‘porque el salvará a su pueblo de sus pecados’.

En la octava de la Navidad escuchábamos en el evangelio que ‘a los ocho días tocaba circuncidar al niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. El nombre tiene su significado, quiere expresar algo. Nosotros en nuestra cultura quizá a la hora de poner un nombre a un niño, simplemente señalamos aquel nombre que nos gusta, nos agrada, o queremos quizá que sea distinto para diferenciar de alguna manera a quien lo lleva. Entre los semitas y los orientales era algo más, se quería expresar algo que pudiera hacer referencia a quien lo llevara o podría ser hasta como una confesión de fe.

Jesús, el Señor salva, que viene a ser su significado. El nombre Jesús proviene de Yeshúa (Heb.ישׁוע, Yeshúa) «Yahvéh es Salvación». Un nombre semejante en su significado es Josué. Un nombre en cierto modo común en aquellos tiempos pero que en Jesús alcanzará su pleno y total significado. Cualquiera podía llevar ese nombre que podríamos decir era como una confesión de fe en que Dios es el que nos salva. Pero decir Jesús al hijo de María era decir que es El quien nos salva, el verdadero Salvador. Por eso invocar el nombre de Jesús para nosotros será un reconocer y un invocar esa salvación que nos viene por Jesús.

No se nos ha dado otro nombre en quien podamos alcanzar la salvación. Recordemos los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan suben al templo y junto a la puerta Hermosa se encuentran a aquel paralítico de nacimiento pidiendo limosna. ‘No tengo oro y plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Ya sabemos el revuelo que se armó y cómo una y otra vez los apóstoles proclamarán que ha sido por nombre de Jesús por el que aquel hombre ha obtenido su curación. ‘Sabed todos que éste aparece ante vosotros sano en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificásteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos’. Pedro en el lago un día también había echado las redes en el nombre de Jesús y la pesca había sido abundante.

Dulce nombre de Jesús que hemos, pues, de saber invocar con fe, porque es como querer invocar la presencia del Señor que nos ama y que nos salva, que nos llena de gracia y que nos previene de los peligros. El nombre de victoria en nuestra lucha contra el mal y las tentaciones. Cómo tendríamos que saber invocarlo con fe en todo peligro y en toda tentación. Con este santo nombre en nuestros labios seguros que caminaríamos sin peligros, sin los peligros más mortales que nos puedan acechar porque tendríamos segura para nosotros la victoria de Jesús.

Como decía san Bernardino de Siena en sus sermones sobre el nombre de Jesús del que era muy devoto y propagador ‘éste es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, repetido en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado con tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia’.

‘Oh nombre glorioso, nos dice en otro momento, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades… con el calor de tu nombre se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste. Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre’.

Que no se despegue de nuestros labios el santo y dulce nombre de Jesús. Que en la hora de nuestra muerte ese dulce nombre nos abra las puertas de la vida eterna, las puertas del cielo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

En tu nombre, Señor…


En tu nombre, Señor…

En tu nombre, Señor, nos reunimos;
en tu nombre queremos reiniciar nuestro camino
en el comienzo de este curso;
en tu nombre, Señor,
queremos ser en verdad fraternidad,
queremos hacer fraternidad.

En tu nombre queremos caminar
porque no somos un grupo cualquiera,
somos los discípulos que te seguimos,
queremos ser tus amigos,
queremos sentirte siempre a nuestro lado,
queremos caminar contigo.

No somos simplemente un grupo de amigos
que quieren estar reunidos,
de forma altruista o quieren hacer cosas buenas;
nosotros creemos en Ti
y por tu nombre y en tu nombre
queremos ir a los demás
con la luz y la fuerza del Evangelio;
somos parte de tu Iglesia,
unos militantes cristianos,
iglesia que camina y peregrina,
con nuestras dificultades y limitaciones;
pero recordamos como acogías en el evangelio
a todos los se sentían cansados y agobiados,
atormentados y con muchas limitaciones;
venimos hasta ti con lo que es nuestra vida,
nuestras limitaciones humanas
y nuestras discapacidades físicas,
pero sabemos que tú nos tiendes la mano
para levantarnos,
para ponernos en camino,
para sentir en ti la fuente
de nuestra salud y de nuestra salvación,
para descubrir la fuerza que nos das
para que vayamos también a los demás,
en tu nombre y anunciando el evangelio;
la fe que tenemos en ti es nuestra fuerza.

Somos pocos y con muchas limitaciones,
pero doce eran tus primeros discípulos
que también se sentían llenos de trabas y dificultades,
pero la fuerza de tu Espíritu
los hizo valientes para anunciar
el Evangelio de tu Reino por todo el mundo;
nos sentimos enviados por ti
en este curso que comienza
sabiendo que la tarea es mucha,
pero contando siempre con la fuerza de tu Espíritu;
por eso no queremos sentirnos agobiados
sino que la paz nunca falte en nuestro corazón,
para tener la serenidad de encontrar el camino,
y poder ir al encuentro de los otros.

Camina a nuestro lado, Señor,
que tu Espíritu nos ilumine y nos dé fuerza,
porque el mundo espera tu Buena Noticia
y nosotros tenemos que ser
anunciadores de tu Evangelio.

Danos tu fuerza, Señor.

sábado, 17 de julio de 2010

En su nombre esperarán las naciones

Miqueas, 2, 1-5;
Sal. 10;
Mt. 12, 14-21

Podíamos decir que se dibuja en el horizonte la pasión de Jesús con la oposición que los fariseos comienzan a manifestar contra Jesús. Han comenzado las disputas con Jesús y en todo lo que Jesús hace o en la manera de actuar de los discípulos de Jesús los fariseos siempre tienen que buscar un lado oscuro. Le acusan incluso de que Jesús viola el sábado, algo que era muy sagrado para todo judío pero que los fariseos llevan al extremo. Miden hasta los pasos que se pueden dar el sábado para que su caminar incluso no sea considerado un trabajo que no se puede realizar el sábado. Pero Jesús les desenmascara haciéndoles comprender que El está por encima del sábado. Era el texto que hubiéramos escuchado ayer.
Por eso, como dice el evangelio hoy, ‘al salir, planean el modo de acabar con Jesús’. Pero la luz no ser puede apagar, la salvación tiene que seguir llegando a todos. Y aunque Jesús al enterarse se marchó de allí para no poder en peligro innecesariamente su vida – no había llegado su hora, como diría en otras ocasiones – sin embargo sigue curando a cuantos se acercan a El con cualquier dolencia. ‘Muchos le siguieron y El curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’, continúa diciendo el evangelista.
Pero esto les recuerda lo anunciado por los profetas: ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre El he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Nos recuerda el texto que Lucas pone en labios de Jesús en la lectura del sábado en la sinagoga de Nazaret. Allí había comentado entonces Jesús: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Nos recordará también la voz venida desde el cielo, la voz del Padre en las teofanías del Jordán, cuando el Bautismo de Jesús, y en el Tabor cuando la transfiguración. ‘Es mi Hijo, mi Hijo amado, escogido, predilecto...’ al que tenemos que escuchar y seguir para alcanzar la salvación.
Pero es la luz que no se puede apagar, aunque esa una mecha humeante e insignificante. Podremos parecer inútiles e inservibles porque estamos machacados por nuestros pecados, pero Cristo viene a restaurar nuestras vidas, a rescatarnos y a darnos nueva vida. Jesús sigue curando, salvando, haciéndonos llegar su salvación; una salvación que ahora puede parecer oculta pero que un día resplandecerá.
Jesús es nuestra esperanza, la esperanza de todos los pueblos y naciones. ‘En su nombre esperarán las naciones’, nos dice el profeta en el texto citado. Todos los hombres, aunque algunas veces estemos cegados por nuestra maldad y nuestro pecado, en el fondo deseamos y esperamos una salvación. Y esa salvación no nos viene por nadie más sino por Jesús. Ningún otro nombre puede salvarnos.
Por eso a Jesús seguimos acudiendo; de El seguimos esperando la salvación. Y en su nombre querremos hacer todo lo bueno que tenemos que realizar en la vida. Como Pedro, ‘en tu nombre echaré las redes’, porque sólo así sabemos que tendrá fruto nuestra vida. Cristo Jesús es el que nos da fuerza y sentido a todo nuestro quehacer.

domingo, 30 de mayo de 2010

Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios


Prov. 8, 22-31;
Sal. 8;
Rom. 5, 1-5;
Jn. 16, 12-15


‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.