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miércoles, 24 de junio de 2026
Sintamos igualmente que el Señor ha hecho también para nosotros gracia hoy en el nacimiento de Juan en el desierto de nuestro mundo
sábado, 23 de diciembre de 2023
Agradezcamos el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios nos es propicio y sigue hoy preparando en nosotros los caminos del Señor
Agradezcamos
el nacimiento de Juan que nos recuerda con su palabra y su testimonio que Dios
nos es propicio y sigue hoy preparando
en nosotros los caminos del Señor
Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1,
57-66
Aunque por nuestro orgullo nos cuesta
reconocerlo, a la larga agradecemos que haya habido alguien que nos haya dicho
la verdad, que nos haya llamado la atención sobre cosas que hacíamos que no
tenían mucho sentido, y a posteriori nos han hecho pensar. Nos sentimos heridos
quizás en aquel momento, nos parecieron fuertes las palabras que nos dijeron,
nos creíamos que no merecíamos esa corrección porque nosotros con buena
voluntad estábamos haciendo lo que nos corregían. Nuestro amor propio en
aquellos momentos se sintió mal y quizá no reaccionamos como deberíamos
hacerlo. Muchas veces solemos pensar tarde lo que tendría que ser nuestro
camino.
Eso sucedió con Juan el Bautista, cuyo
nacimiento nos ofrece hoy el evangelio. Su palabra y su testimonio era fuerte,
pero esa era su misión. ‘Como fuego de fundidor, como lejía de lavandero…’
había anunciado el profeta que sería aquel que venía con el poder y el espíritu
de Elías ‘para convertir el corazón de los padres hacia los hijos, y el
corazón de los hijos hacia los padres, para que no tenga que venir a castigar y
destruir la tierra’.
El fuego quema, la lejía abrasa,
aparentemente duele y destruye, pero purifica y transforma. Era la voz fuerte
que iba a sonar en el desierto para preparar los caminos del Señor, para que
encontrara un pueblo bien dispuesto. ‘Para que no tenga que venir a castigar
y destruir la tierra’, como nos dice hoy el profeta Malaquías. Una corrección a tiempo nos salva de
tropiezos posteriores. Es lo que hacen los padres con los hijos, aunque a los
hijos no les guste que los corrijan; cómo nos rebelamos en nuestro interior,
pero es necesario pasar por ese fuego, ser abrasados por esa lejía para
enderezar muchas cosas que andan torcidas en la vida. Aunque hoy nos estamos
haciendo una generación de enclenques y consentidos, y ya nadie nos puede decir
nada. Pero ya sabemos que quien nos corrige nos ama.
Esa era la misión de Juan. Como
decíamos, hoy nos ofrece el evangelio el momento de su nacimiento con la
alegría que suscitó en su entorno – ‘Se enteraron sus vecinos y parientes de
que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella’
– y el relato del momento de la circuncisión que llevaba consigo la imposición
del nombre.
Hoy los padres escogen para los hijos
aquellos nombres que les gustan, que les llaman la atención, o que son de
tradición familiar; en la antigüedad poner el nombre significaba algo más, era
como destacar algo especial que había sucedido con su nacimiento o también
venía a señalar lo que había de ser luego su vida. La gente quiere que el recién
nacido se llame como Zacarías, su padre, no en vano era de raza sacerdotal y en
su misión futura era como suceder a su padre en el sacerdocio del templo. Pero
Isabel señala que su nombre ha de ser Juan, con la oposición de todos, hasta
que preguntan por señas a Zacarías – aun estaba mudo desde la vuelta del templo
y la aparición del ángel – que escribirá en una tablilla que ‘Juan es su
nombre’.
¿Qué significaba el nombre de Juan?
¿Por qué era el empeño en que llevara ese nombre? Juan viene a significa ‘Dios
es propicio’, ‘Dios se ha apiadado’, ‘Dios es misericordia’.
¿Qué había significado el nacimiento de Juan de aquellos padres ya mayores que
tanto lo habían deseado? Ya las mismas gentes lo habían manifestado en su
alegría por el nacimiento de aquel niño, cuya noticia había corrido por las
montañas de Judea, ‘el Señor le había hecho una gran misericordia’.
¿No era esa también la misión de quien
iba a ser el Precursor del Mesías? Invitar a la conversión como Juan iba a
hacer era invitar a reconocer la misericordia del Señor; su palabra venía a
señalarnos nuestros errados caminos, pero para que purificáramos nuestra vida
en el fuego de la misericordia del Señor. ¿No sería eso también lo que a
continuación Zacarías iba a cantar alabando y bendiciendo al Señor por el nacimiento
de Juan? ‘El Señor ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una
fuerza de salvación… por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos
visitará el sol que nace de lo alto… para guiar nuestros pasos por el camino de
la paz’. Y señalará la misión de
Juan, ‘a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del
Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de
sus pecados’.
¿No es el significado del nombre de
Juan, ‘Dios es propicio… y se ha apiadado con su misericordia’?
Agradezcamos el nacimiento del Bautista y cómo sigue hoy preparando en nosotros
los caminos del Señor.
sábado, 28 de octubre de 2023
Escuchemos con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión
Escuchemos
con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige
porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión
Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19
Supongamos que estamos en un lugar
tratando más o menos de pasar desapercibidos, porque pensamos que allí nadie
nos conoce; no es que hagamos cosas extrañas, pero queremos pasarlo sin
preocupaciones, atendiendo a nuestras cosas, tratando de disfrutar del momento
de manera relajada; pero de repente escuchamos una voz, quizás por la megafonía
del lugar, o quizás la sentimos detrás de nosotros mismos, que nos llama por
nuestro nombre y hasta nuestros apellidos; seguramente nos sentiremos
sorprendidos porque alguien nos haya identificado, alguien nos esté señalando
con nuestras circunstancias concretas, y además nos dicen que nos necesitan,
que hay algo que quieren confiarnos. Nos sentimos además en el punto de mira de
todos los que están a nuestro alrededor.
Como decíamos primero es la sorpresa,
pero luego quizás en el fondo nos sentimos halagados porque nos hayan
identificados, y más cuando nos dicen que quieren confiarnos algo. ¿Aun con
todas esas sorpresas y halagos nos sentiremos dispuestos a dar el paso para
aceptar aquello que nos quieren confiar?
¿Sería algo así lo que le sucedió a
aquel grupo de discípulos de Jesús cuando se ven llamados uno a uno por su
nombre porque Jesús quiere confiarles algo? No estaban allí quizás queriendo
pasar desapercibidos, pero si formaban parte de aquel grupo numero que iba
siguiendo a Jesús y querían ser sus discípulos; ya lo llamaban maestro, como lo
hacen los seguidores y discípulos. Pero mirándose a sí mismos, unos pescadores
de la orilla del lago, otros de tierra adentro quizás con otras ocupaciones,
algunos que habían formado parte del grupo de los zelotas que eran algo así
como los rebeldes contra el dominio de los romanos, alguno que había formado
parte de aquel grupo que era despreciado por las gentes y que los llamaban publicanos,
pero sus nombres fueron sonando uno a uno y Jesús quería que estuvieran con El.
Pronto comenzará a confiarles algunas misiones. En principio era para estar con
Jesús y sentirse enseñados por El de manera especial.
Quiero trasladar ese episodio al hoy de
nuestra vida y de nuestro mundo. Jesús sigue llamando por su nombre y su
identidad, Jesús sigue llamándonos a nosotros por nuestro nombre y nuestra
identidad. Que no son solo el nombre y los apellidos, el lugar de donde
procedamos o la edad o profesión que tengamos. Jesús quiere seguir llamándonos
por nuestro nombre conociendo quienes somos, conociendo lo que es nuestra vida,
con sus luces y buenos deseos pero también con sus sombras, porque todos
tenemos nuestras sombras.
Una llamada de Jesús es una elección, y
una elección implica un amor especial. Nos ama Jesús con lo que somos, con lo
que es nuestra vida; nos ama Jesús y quiere confiar en nosotros, quiere a
nosotros confiarnos también una misión. Nos ama Jesús a pesar de que tengamos
nuestras parálisis o nuestras cegueras, estemos invadidos por la lepra de
nuestras debilidades y maldades, o andemos también muchas veces de acá para
allá sin saber por donde decidirnos, sin saber lo que realmente creemos, sin
saber por donde orientar nuestra vida. Pero Jesús cuenta con nosotros. Jesús a
nosotros también nos quiere confiar una misión en ese campo nuestro que a veces
nos parece tan árido y tan estéril.
Un día Simón el cananeo y Judas Tadeo,
los apóstoles que hoy celebramos, escucharnos su nombre y dieron el paso para
estar con Jesús. ¿Estaremos dispuestos a dar también ese paso? ¿Estaremos
dispuestos a abrir bien nuestros oídos para escuchar nuestro nombre en los
labios y en el corazón de Jesús? Dicha tenemos que sentir. Generosidad tiene
que explosionar desde nuestro corazón.
viernes, 23 de diciembre de 2022
Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el momento que estamos viviendo
Qué
navidad, qué es lo que tiene que nacer de nuevo en nosotros aquí y ahora en el
momento que estamos viviendo
Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1,
57-66
Esos
acontecimientos que se van sucediendo y que son los que de alguna manera
conforman nuestra vida podíamos decir que tienen como un hilo conductor que van
marcando como una línea; somos hijos de una familia que tiene sus tradiciones,
formamos parte de un pueblo que tiene su historia y sus costumbres; y mucho nos
sentimos orgullosos de nuestras raíces, de nuestra historia, de nuestras
costumbres y tratamos de mantenerles a toda costa, porque de alguna manera
forman parte de nuestra identidad.
Cuando
alguien quiere cambiar nuestras costumbres en principio nos revelamos, muchas
veces nos damos cuenta que la vida tiene una continuidad y una progresión y
podemos desear lo mejor, cambiar para mejorar, darle novedad e innovación. Nos
encontraremos a quien no le guste, y que luchará con eso que pueden llamar
innovaciones, pero no podemos olvidar que la historia tiene que ser también un
camino de progreso. Hay a quien le cuesta aceptarlo.
Hoy el
evangelio nos ha hablado del nacimiento de Juan. Cosas maravillosas habían
rodeado ya el origen de su vida en unos padres que eran mayores e incapaces de
engendrar una nueva vida, pero allí se estaba manifestando el Señor. Ahora
según la tradición y la costumbre a los ocho días tocaba circuncidar al niño y
ponerle nombre.
Todo
transcurre con normalidad hasta el momento de la imposición del nombre que su
madre quiere que se llame Juan. No era la tradición, nadie en la familia había
llevado jamás ese nombre, parece que se rompen los moldes, debería de llamarse
como su padre y a su padre acuden para que manifieste cual ha de ser el nombre.
Utilizando una tablilla pues aun permanecía mudo, desde el episodio del templo,
escribe que Juan ha de ser su nombre. El sello de sus labios se rompe y
prorrumpe a hablar cantando las glorias del Señor, bendiciendo a Dios.
Aquel niño,
cuyo nacimiento estaba rodeado de tantas obras maravillosas de Dios iba a ser
un signo del tiempo nuevo que se avecinaba. El estaba llamado a ser la voz que
gritara en el desierto para preparar los caminos del Señor, Y aunque se
presenta con signos de austeridad y penitencia invitando a la conversión, era la
señal de que algo nuevo estaba a punto de comenzar. Siempre lo hemos
considerado como el eje entre el Antiguo y Nuevo Testamento. Es el último de
los profetas, pero es el que anuncia el tiempo nuevo porque llegan los tiempos
de la salvación. Un cambio profundo había de realizarse por eso él está
invitando a la conversión, a la renovación, al cambio, porque es un nuevo
corazón el que ha de recibir al que viene como Mesías y Salvador.
Será Jesús el
que nos hablará del hombre nuevo, del
hombre que ha de nacer de nuevo, pero en Juan y cuanto le rodea estamos
viendo la señal. Y no nos podemos resistir a la acción de Dios en nosotros, no
hemos de rechazar su voz y su invitación, no nos podemos quedar anclados en lo
que siempre se ha hecho así, tenemos que estar siempre en camino que avanza, en
camino nuevo que nos conduce a vida nueva, muchas cosas del hombre viejo
tenemos que dejar atrás.
Y eso lo
seguimos necesitando hoy, porque no siempre hay en nosotros esa disponibilidad
para el cambio, para la renovación, para ser ese hombre nuevo, para vivir el
sentido nuevo que nos ofrece el evangelio, seguimos demasiado anclados en el
hombre viejo, apegados a tradiciones que nos envejecen. Cuánto nos cuesta
dejarnos renovar por el Espíritu.
¿Cuál sería
la renovación a la que nos está invitando el Espíritu en esta navidad que vamos
a celebrar? ¿Qué navidad, qué es lo que tiene que nacer nuevo en nosotros aquí
y ahora en el momento que estamos viviendo? Abramos el corazón al Espíritu y
dejémonos conducir. ¿A qué cosas viejas seguirá apegado el corazón? Discernamos
los tiempos del Espíritu.
viernes, 22 de julio de 2022
El Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que lloran a nuestro lado
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El
Señor nos llama por nuestro nombre y nos interpela en las lágrimas de los que
lloran a nuestro lado
Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Sal 62; Juan
20, 1-2. 11-18
Te encuentras
un niño llorando en la calle y te detienes junto a él y le preguntas, ¿por qué lloras?
Te encuentras una persona encogida en un rincón tratando de disimular sus
sollozos y te acercas a ella y respetuosamente le preguntas ¿por qué lloras? Quizás
un día te encuentras a tí mismo deprimido y hasta medio escondiéndote de tí
mismo y te preguntas ¿por qué lloro?
‘¿Por qué
lloras?’
Quizás si fuéramos más atentos nos daríamos cuenta de cuántas lágrimas se
derraman en nuestro entorno; no nos enteramos quizás por el pudor de quien
llora que medio oculta su dolor y no quiere que nadie le vea llorando, o quizás
nos hemos insensibilizado tanto que no nos damos cuenta de ese llanto que
resuena a nuestro alrededor.
¿Por qué
lloramos? ¿Tristezas que se nos meten en el alma? Frustraciones, metas que no
hemos podido conseguir, personas que se han arrancado de nuestro corazón y no
sabemos por qué, despedidas que rompen al alma, desesperación y angustia ante
lo que vemos que sucede en nuestro mundo y que no vemos quien ponga su mano
para sacarlo a flote, amigos que se van, familiares a los que le llegó el final
de sus vida, luchas a las que no vemos salida, soledades que no encuentran
alivio, dolor y sufrimiento al que no encontramos un sentido, vidas vacías y
llenas de superficialidad que se toman la vida a risa pero por lo que nos dan
ganas de llorar...
Aunque decíamos
al principio que le preguntábamos al niño o a la mujer que encontrábamos
llorando del por qué de sus lágrimas, seamos sinceros con nosotros mismos
porque quizá no le hemos preguntado a una madre por la razón de sus lágrimas,
no hemos tenido la sensibilidad al ir por los caminos para escuchar tantos
llantos detrás de puertas y ventanas, de los que preferimos no enterarnos, o
cerramos los ojos para no ver unas lágrimas rodando mejilla abajo que nos
interpelan.
Me estoy
haciendo esta reflexión porque hemos escuchado esa pregunta primero en boca de
los ángeles del sepulcro, y luego en labios del mismo Cristo, aunque en sus lágrimas
ella no lo reconociera, que se le hacía a María Magdalena que llorando se había
quedado junto a la piedra de la entrada del sepulcro. No había sabido reconocer
el sentido de las palabras de los ángeles que le preguntaban por sus lágrimas,
ni había sido capaz de reconocer al que ella tanto amaba, Jesús, su Señor, que
le interrogaba detrás de ella. Solo una palabra la había despertado de su letargo
y fue la voz de Jesús que la llamaba por su nombre. Todas sus lágrimas se
secaron y la tristeza se transformó en alegría, allí estaba el Señor. Pero era
Jesús quien había venido a su encuentro, era Jesús quien incluso se había
interesado por lágrimas, será al final pronunciado su nombre cuando todo se
transforma y ella ya puede reconocer al Señor. ‘¡Maestro!’, le dice y se
tira a sus pies. Estamos celebrando hoy a Santa María Magdalena.
Cuando
encontremos en la vida a alguien envuelto en sus lágrimas os voy a sugerir que
nos acerquemos a esa persona llamándola por su nombre. Esas lágrimas y ese
llanto tienen un nombre; esas lágrimas y ese llanto son de unas personas
concretas. No son algo anónimo que nos hemos encontrado por el camino, detente
e interésate por la persona, detente junto a eso concreto que está viviendo esa
persona, porque la palabra con la que nos vamos a acercar para ofrecer consuelo
tiene que ser algo concreto de su vida, con sus características y con sus
circunstancias.
Desde nuestro
yo, que también tenemos nuestro nombre, que también somos unas personas
concretas, nos vamos a acercar a un tú que tiene nombre, a un tú que es una
persona con sus características y sus circunstancias. Solo con que le digamos
su nombre, con que hagamos referencia a algo concreto de su vida, estamos
ofreciendo la mejor palabra y el mejor gesto de consuelo.
Pero hay algo
más, en el encuentro con esa persona concreta nosotros vamos a sentir como
Jesús llega a nuestra vida. Aprendamos a reconocer esa presencia del Señor. Tengamos
en cuenta dos cosas, no son personas anónimas porque tienen un nombre y una
vida concreta, pero sepamos también reconocer en ellas la voz del Señor que nos
está llamando por nuestro nombre.
jueves, 23 de diciembre de 2021
En la ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos
En la
ya inmediata navidad que vamos a celebrar dejémonos sorprender por Dios que
quiere ser Emmanuel en nuestra vida, algo quiere decirnos
Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1,
57-66
Tenemos el
peligro hoy de perder la capacidad de sorpresa. El ritmo de la vida o el ritmo
con que todo progresa, de manera que ahora podemos contemplar cosas que ni
podíamos imaginar hace muy poquitos años, puede hacernos perder esa
sensibilidad, nada nos sorprende, damos casi por sentado que las cosas cambian
de un momento a otro y nos iremos encontrando cosas nuevas a cada instante.
Aceptando
incluso ese ritmo vertiginoso de la vida no podemos perder la capacidad de la
sorpresa, porque en cosas que nos pueden parecer normales y sencillas sin
embargo podemos descubrir grandes maravillas, o podemos describir cosas que nos
pueden engrandecer, nos puede ayudar en nuestro camino como personas en medio
del mundo, para no ser unos autómatas. Y nos sorprenden no solo las cosas que
nos asustan o llenan de temor, sino que nos hemos dejar sorprender por algo
sencillo que sin embargo puede llenar de alegría nuestro corazón.
El nacimiento
de Juan en casa de Zacarías e Isabel allá en las montañas de Judá aunque en una
cierta cercanía de Jerusalén estuvo lleno de sorpresas no solo para la propia
familia, sino también para sus vecinos y los habitantes de aquel lugar. El
mismo hecho del embarazo de Isabel siendo ya una mujer mayor causó admiración
entre sus vecinos y ya nos dice el evangelista en su relato que la felicitaban
porque Dios había obrado con misericordia con ella. Ya también era algo que no
entendían por qué Zacarías se había quedado mudo desde que nueve meses antes
había regresado de su servicio en el templo.
Pero las
sorpresas aún con la alegría del nacimiento de un niño fueron grandes en los
siguientes momentos. A la hora de la circuncisión era el momento de la
imposición del nombre al recién nacido; lo normal para todos ellos era que se
llamara Zacarías como su padre, pero la madre insistía en que había de llamarse
Juan; no era un nombre que llevara ninguno de sus familiares pero sorprendía la
insistencia de Isabel. Preguntan por señas al padre cómo había de llamarse y
escribiendo en una tablilla – estaba aún mudo – señaló que había de llamarse
Juan.
‘¿Qué va a
ser de este niño?’, se preguntaban todos asombrados; el nombre tiene también su
significado y Juan viene a significar ‘Dios ha tenido misericordia con él’, que
se correspondería como dicen algunos analistas de significados como el hombre
que es respuesta a esa misericordia se mantiene fiel a Dios por encima de todo.
Ya los mismos vecinos habían felicitado a Isabel porque Dios había tenido
misericordia con ella al concederle el don de la maternidad, algo que era muy
apreciado en Israel. No ha de extrañar, pues, el nombre que se le quiere
imponer. Pero las gentes se sorprenden y se admiran porque están viendo que la
mano del Señor se está allí haciendo presente.
¿Seremos
capaces de ver nosotros la mano de Dios que también se hace presente de mil
maneras en nuestra vida? A todo hoy queremos darle explicaciones naturales y
racionales, pero sigue habiendo misterio en la vida del hombre, se sigue
haciendo presente el misterio de Dios en nuestra vida. Es lo que el corazón de
un creyente ha de saber intuir y descubrir, es precisamente la base que nos
hace creyentes. Dejémonos sorprender por Dios, incluso en aquellas cosas que
nos suceden que nos puedan resultar o incomprensibles o duras. Dios nos está
queriendo decir algo, Dios quiere manifestarse en nuestra vida, dejemos actuar
a Dios.
¿Nos hará
falta esa capacidad de sorpresa y admiración ante la cercana navidad en las
circunstancias concretas en que tendremos que vivirla en este año? ¿Qué nos
estará queriendo decir el Señor cuando así de esa manera se hace, se sigue
haciendo Emmanuel, Dios con nosotros?
miércoles, 23 de diciembre de 2020
La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada esperanza
La
alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que
motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada
esperanza
Malaquías 3, 1-4. 23-24; Sal 24; Lucas 1,
57-66
El nacimiento de un niño siempre se ve
rodeado de alegría y de expectativas. Es como un signo de esperanza que se
levanta al surgir esa nueva vida y en el fondo todos nos preguntamos qué va a
ser de aquel niño; su nacimiento viene rodeado de muchos sueños, llenos de
imaginación quizá, pero que son deseos de un futuro bueno al que miramos con
esperanza. Todos se alegran y se felicitan en su nacimiento, porque todos al
contacto de esa nueva vida que en aquel niño está palpitando nos hace desear
incluso lo que nosotros no hemos conseguido pero con la esperanza que esos
mejores sueños se conviertan en realidad de vida para aquel ser que allí
comienza a palpitar.
Es lo que nos está reflejando el
evangelio de lo sucedido entonces en las montañas de Judea. Felicitan a la
madre y todos mutuamente se felicitan. Las circunstancias especiales que
acompañan el nacimiento de aquel niño de unos padres que parece que se les ha
pasado la edad de engendrar, hace suscitar mayores esperanzas porque los que
mantienen su actitud creyente están viendo la mano de Dios en el nacimiento de
aquel niño.
En cierto modo lo miran como algo
propio cuando todos se disputan cual ha de ser el nombre de aquel niño. Pero el
nombre que va a llevar vendrá determinado por lo que se está ya manifestando
que es la acción de Dios con su pueblo a través del nacimiento de aquel niño,
por eso su nombre será Juan. Lo señala la madre, lo corrobora el padre a través
de la escritura en una tablilla, pero es que está expresándose como Dios ama a
su pueblo y está con él.
El nacimiento de Juan es algo verdaderamente
importante porque llega la voz del mensajero que nos vendrá a señalar donde
está la Palabra. Su misión será grande porque está llamado como había anunciado
el profeta porque venia a convertir el corazón de los padres hacia los hijos
y el corazón de los hijos hacia los padres, porque había de preparar para el
Señor un pueblo bien dispuesto.
El será la voz que grita en el desierto
para preparar los caminos del Señor, el mensajero que nos anuncia la inminente
llegada del Salvador, por eso también con regocijo hemos de acoger al mensajero
que llega porque es una forma de escucharle y es una forma de preparar en
nuestros corazones los verdaderos caminos del Señor.
Necesitamos escuchar y acoger al
mensajero. Es más necesitamos hoy un mensajero que nos anuncie una Buena Nueva
cuando parece que todo fueran malas noticias. Necesitamos un mensajero que
brille como una luz porque son muchas las tinieblas de muerte que nos están
envolviendo en el hoy de nuestra vida.
Escuchemos las noticias y fijémonos bien
en lo que nos están diciendo cada día; cada día parece que con mayor intensidad
se nos anuncian números teñidos de luto y de muerte, nos hablan del crecimiento
de la pandemia, nos hablan del número de muertos y pocas son las esperanzas que
se suscitan en nuestros corazones incluso con las noticias buenas y que podrían
ser esperanzadoras que en ocasiones se intentan transmitir. Aumenta el
desasosiego en nuestros corazones, nos sentimos frustrados cuando no vemos
mejoría y nuestros corazones se visten cada vez más de luto.
Por eso, como decíamos, necesitamos un
mensajero que alumbre alguna nueva esperanza; no podemos seguir viviendo con
nuestros espíritus turbados por la incertidumbre. Necesitamos que la Navidad
sea en verdad para nosotros una luz de nueva esperanza, porque ahora más que
nunca necesitamos un Salvador pero que no queremos recibir solamente de una
forma ritual.
Nuestra navidad a pesar de todas las
turbulencias tiene que estar llena de vida y de luz. Escuchemos al mensajero,
predispongamos nuestro espíritu para algo nuevo y para algo bueno. El Señor
puede realizar maravillas en nuestros corazones. Avivemos nuestra fe para que
no decaiga la esperanza, encendamos ese fuego del amor que dé un calor nuevo y
vivo a nuestra vida, alejémonos de todo lo que signifique frialdad de muerte.
La alegría del nacimiento de aquel niño en las montañas de Judea tiene que
motivarnos a todos para llegar al nacimiento de Jesús llenos de la más confiada
esperanza.
‘¡Levantaos, alzad la cabeza, se
acerca vuestra liberación!’
lunes, 13 de mayo de 2019
Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente
Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por
nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta
quiere hacerse presente
sábado, 22 de julio de 2017
Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor
Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor
martes, 3 de enero de 2017
El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón
El nombre de Jesús que nos salva, nos santifica, nos llena de gracia, nos inunda de amor y de paz, que hemos de tener siempre en nuestros labios y nuestro corazón
martes, 6 de septiembre de 2016
Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios
Jesús llama a cada uno por su nombre, con su propia identidad, contando con él con sus valores y sus debilidades, sus esperanzas y sus cansancios
1Corintios 6, 1-11; Sal 149;
Lucas 6, 12-19
miércoles, 22 de julio de 2015
A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre
A pesar de nuestras angustias, soledades, tristezas, agobios… sepamos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Jesús que nos llama por nuestro nombre
miércoles, 18 de enero de 2012
Yo voy a ti en el nombre del Señor de los ejércitos
lunes, 3 de enero de 2011
Le pondrás por nombre Jesús
Le pondrás por nombre Jesús
La liturgia nos ofrece la posibilidad en este día cercano a las celebraciones de la Navidad de celebrar el santo Nombre de Jesús. Se ha ido repitiendo una y otra vez este nombre desde que el ángel, por decirlo de alguna manera, lo trajera del cielo. ‘Le pondrás por nombre Jesús’, le dijo a José al disiparle sus dudas, ‘porque el salvará a su pueblo de sus pecados’.
En la octava de la Navidad escuchábamos en el evangelio que ‘a los ocho días tocaba circuncidar al niño y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’. El nombre tiene su significado, quiere expresar algo. Nosotros en nuestra cultura quizá a la hora de poner un nombre a un niño, simplemente señalamos aquel nombre que nos gusta, nos agrada, o queremos quizá que sea distinto para diferenciar de alguna manera a quien lo lleva. Entre los semitas y los orientales era algo más, se quería expresar algo que pudiera hacer referencia a quien lo llevara o podría ser hasta como una confesión de fe.
Jesús, el Señor salva, que viene a ser su significado. El nombre Jesús proviene de Yeshúa (Heb.ישׁוע, Yeshúa) «Yahvéh es Salvación». Un nombre semejante en su significado es Josué. Un nombre en cierto modo común en aquellos tiempos pero que en Jesús alcanzará su pleno y total significado. Cualquiera podía llevar ese nombre que podríamos decir era como una confesión de fe en que Dios es el que nos salva. Pero decir Jesús al hijo de María era decir que es El quien nos salva, el verdadero Salvador. Por eso invocar el nombre de Jesús para nosotros será un reconocer y un invocar esa salvación que nos viene por Jesús.
No se nos ha dado otro nombre en quien podamos alcanzar la salvación. Recordemos los Hechos de los Apóstoles cuando Pedro y Juan suben al templo y junto a la puerta Hermosa se encuentran a aquel paralítico de nacimiento pidiendo limosna. ‘No tengo oro y plata, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, echa a andar’. Ya sabemos el revuelo que se armó y cómo una y otra vez los apóstoles proclamarán que ha sido por nombre de Jesús por el que aquel hombre ha obtenido su curación. ‘Sabed todos que éste aparece ante vosotros sano en virtud del nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificásteis y a quien Dios ha resucitado de entre los muertos’. Pedro en el lago un día también había echado las redes en el nombre de Jesús y la pesca había sido abundante.
Dulce nombre de Jesús que hemos, pues, de saber invocar con fe, porque es como querer invocar la presencia del Señor que nos ama y que nos salva, que nos llena de gracia y que nos previene de los peligros. El nombre de victoria en nuestra lucha contra el mal y las tentaciones. Cómo tendríamos que saber invocarlo con fe en todo peligro y en toda tentación. Con este santo nombre en nuestros labios seguros que caminaríamos sin peligros, sin los peligros más mortales que nos puedan acechar porque tendríamos segura para nosotros la victoria de Jesús.
Como decía san Bernardino de Siena en sus sermones sobre el nombre de Jesús del que era muy devoto y propagador ‘éste es aquel santísimo nombre que fue tan deseado por los antiguos patriarcas, anhelado en tantas angustias, repetido en tantas enfermedades, invocado en tantos suspiros, suplicado con tantas lágrimas, pero donado misericordiosamente en el tiempo de la gracia’.
‘Oh nombre glorioso, nos dice en otro momento, nombre grato, nombre amoroso y virtuoso! Por tu medio son perdonados los delitos, por tu medio son vencidos los enemigos, por tu medio son librados los débiles, por tu medio son confortados y alegrados los que sufren en las adversidades… con el calor de tu nombre se inflaman los deseos, se alcanzan las ayudas suplicadas, se embriagan las almas al contemplarte y, por tu medio, son glorificados todos los que han alcanzado el triunfo en la gloria celeste. Dulcísimo Jesús, haznos reinar juntamente con ellos por medio de tu santísimo nombre’.
Que no se despegue de nuestros labios el santo y dulce nombre de Jesús. Que en la hora de nuestra muerte ese dulce nombre nos abra las puertas de la vida eterna, las puertas del cielo.
jueves, 16 de septiembre de 2010
En tu nombre, Señor…

En tu nombre, Señor, nos reunimos;
en tu nombre queremos reiniciar nuestro camino
en el comienzo de este curso;
en tu nombre, Señor,
queremos ser en verdad fraternidad,
queremos hacer fraternidad.
En tu nombre queremos caminar
porque no somos un grupo cualquiera,
somos los discípulos que te seguimos,
queremos ser tus amigos,
queremos sentirte siempre a nuestro lado,
queremos caminar contigo.
No somos simplemente un grupo de amigos
que quieren estar reunidos,
de forma altruista o quieren hacer cosas buenas;
nosotros creemos en Ti
y por tu nombre y en tu nombre
queremos ir a los demás
con la luz y la fuerza del Evangelio;
somos parte de tu Iglesia,
unos militantes cristianos,
iglesia que camina y peregrina,
con nuestras dificultades y limitaciones;
pero recordamos como acogías en el evangelio
a todos los se sentían cansados y agobiados,
atormentados y con muchas limitaciones;
venimos hasta ti con lo que es nuestra vida,
nuestras limitaciones humanas
y nuestras discapacidades físicas,
pero sabemos que tú nos tiendes la mano
para levantarnos,
para ponernos en camino,
para sentir en ti la fuente
de nuestra salud y de nuestra salvación,
para descubrir la fuerza que nos das
para que vayamos también a los demás,
en tu nombre y anunciando el evangelio;
la fe que tenemos en ti es nuestra fuerza.
Somos pocos y con muchas limitaciones,
pero doce eran tus primeros discípulos
que también se sentían llenos de trabas y dificultades,
pero la fuerza de tu Espíritu
los hizo valientes para anunciar
el Evangelio de tu Reino por todo el mundo;
nos sentimos enviados por ti
en este curso que comienza
sabiendo que la tarea es mucha,
pero contando siempre con la fuerza de tu Espíritu;
por eso no queremos sentirnos agobiados
sino que la paz nunca falte en nuestro corazón,
para tener la serenidad de encontrar el camino,
y poder ir al encuentro de los otros.
Camina a nuestro lado, Señor,
que tu Espíritu nos ilumine y nos dé fuerza,
porque el mundo espera tu Buena Noticia
y nosotros tenemos que ser
anunciadores de tu Evangelio.
Danos tu fuerza, Señor.
sábado, 17 de julio de 2010
En su nombre esperarán las naciones
Podíamos decir que se dibuja en el horizonte la pasión de Jesús con la oposición que los fariseos comienzan a manifestar contra Jesús. Han comenzado las disputas con Jesús y en todo lo que Jesús hace o en la manera de actuar de los discípulos de Jesús los fariseos siempre tienen que buscar un lado oscuro. Le acusan incluso de que Jesús viola el sábado, algo que era muy sagrado para todo judío pero que los fariseos llevan al extremo. Miden hasta los pasos que se pueden dar el sábado para que su caminar incluso no sea considerado un trabajo que no se puede realizar el sábado. Pero Jesús les desenmascara haciéndoles comprender que El está por encima del sábado. Era el texto que hubiéramos escuchado ayer.
Por eso, como dice el evangelio hoy, ‘al salir, planean el modo de acabar con Jesús’. Pero la luz no ser puede apagar, la salvación tiene que seguir llegando a todos. Y aunque Jesús al enterarse se marchó de allí para no poder en peligro innecesariamente su vida – no había llegado su hora, como diría en otras ocasiones – sin embargo sigue curando a cuantos se acercan a El con cualquier dolencia. ‘Muchos le siguieron y El curó a todos, mandándoles que no lo descubrieran’, continúa diciendo el evangelista.
Pero esto les recuerda lo anunciado por los profetas: ‘Mirad a mi siervo, mi elegido, mi amado, mi predilecto. Sobre El he puesto mi espíritu para que anuncie el derecho a las naciones. No porfiará, no gritará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, hasta implantar el derecho; en su nombre esperarán las naciones’.
Nos recuerda el texto que Lucas pone en labios de Jesús en la lectura del sábado en la sinagoga de Nazaret. Allí había comentado entonces Jesús: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Nos recordará también la voz venida desde el cielo, la voz del Padre en las teofanías del Jordán, cuando el Bautismo de Jesús, y en el Tabor cuando la transfiguración. ‘Es mi Hijo, mi Hijo amado, escogido, predilecto...’ al que tenemos que escuchar y seguir para alcanzar la salvación.
Pero es la luz que no se puede apagar, aunque esa una mecha humeante e insignificante. Podremos parecer inútiles e inservibles porque estamos machacados por nuestros pecados, pero Cristo viene a restaurar nuestras vidas, a rescatarnos y a darnos nueva vida. Jesús sigue curando, salvando, haciéndonos llegar su salvación; una salvación que ahora puede parecer oculta pero que un día resplandecerá.
Jesús es nuestra esperanza, la esperanza de todos los pueblos y naciones. ‘En su nombre esperarán las naciones’, nos dice el profeta en el texto citado. Todos los hombres, aunque algunas veces estemos cegados por nuestra maldad y nuestro pecado, en el fondo deseamos y esperamos una salvación. Y esa salvación no nos viene por nadie más sino por Jesús. Ningún otro nombre puede salvarnos.
Por eso a Jesús seguimos acudiendo; de El seguimos esperando la salvación. Y en su nombre querremos hacer todo lo bueno que tenemos que realizar en la vida. Como Pedro, ‘en tu nombre echaré las redes’, porque sólo así sabemos que tendrá fruto nuestra vida. Cristo Jesús es el que nos da fuerza y sentido a todo nuestro quehacer.
domingo, 30 de mayo de 2010
Concédenos profesar la fe verdadera conociendo todo el misterio de Dios

‘Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!’ Así hemos exclamado al recitar el salmo. Así exclamamos al contemplar las maravillas del Señor. Así exclamamos cuando nos sentimos inundados por la presencia del Señor. Así tenemos que exclamar en este día en que contemplamos, adoramos el Misterio de Dios en su Santísima Trinidad.
Y es que decir el Nombre del Señor es decir Dios mismo; es decir su grandeza y su inmensidad; es decir todo el Misterio que Dios en sí mismo encierra. Cuando Dios se le manifiesta a Moisés en medio de la zarza ardiente y le confía la misión de ir a liberar a los israelitas de la esclavitud de Egipto, le pregunta ‘y ¿cuál es tu nombre?... si los israelitas me preguntan cuál es nombre, ¿qué les responderé?’
Conocer el nombre de algo o de alguien es conocerle y algo así como poseerle. En la creación del hombre y de todas las criaturas Dios llevó a Adán a que le pusiera nombre a todas aquellas cosas que Dios había creado, que era algo así como tomarlas en posesión. Conocer el Nombre de Dios es conocerle a El e introducirnos en su misterio y algo así como poseerle. Por eso en el Antiguo Testamento el Nombre de Dios era indescifrable y el judío no se atrevía a mencionar el nombre de Dios. El nombre de Dios había de ser siempre santificado, que era algo así como llenarnos nosotros al mismo tiempo de la santidad de Dios.
Queremos conocer el nombre de Dios. Queremos conocer a Dios. Queremos introducirnos en su misterio y al mismo tiempo que ese misterio de Dios nos llene y nos inunde cuando se nos revela. Cuando vamos queriendo conocer a Dios, porque El es además quien se nos revela, nos vamos sumergiendo en su misterio y nos vamos inundando de su presencia y al mismo tiempo de su amor. Pero ¿podremos en verdad llegar a conocer a Dios? Sí, porque El se nos revela, se nos da a conocer, se hace presente en nuestra vida.
Si quisiéramos acercarnos al sol tanto como para meternos dentro de él, seguro que nos sentiríamos consumidos por su energía y su calor; si quisiéramos acercarnos tanto al sol como para mirarle directamente con nuestros ojos, es tal su luz y resplandor que quedaríamos cegados por tanta luz; ya nos dicen que no miremos directamente al sol porque dañaríamos nuestras pupilas e incluso en los eclipses nos dicen que de ninguna manera miremos directamente ese aro de luz que resplandece alrededor. Nos contentamos con recibir sus beneficios en la luz que nos ilumina, en el calor con que nos caliente y en toda la energía que del sol dimana sobre nuestra vida. Y ya sabemos como en el sistema solar, como el de cualquiera de las otras estrellas, todos los planetas giran a su alrededor atraídos por esa fuerza y energía que los atrae.
¿Será así con Dios? Es una imagen lo que decimos del sol y la referencia que queremos hacer hacia nuestra relación con Dios y su conocimiento, aunque con sus diferencias. Porque por mucho que nos acerquemos a Dios queriendo conocerle y poseerle nunca nos sentiremos consumidos por El sino todo lo contrario en El encontraremos toda la fuente de nuestra vida, de nuestro vivir.
En el Antiguo Testamento se tenía el concepto de que quien viera a Dios moriría, pero ¿podemos mirar cara a cara a Dios y no quedar ciegos? Moisés cuando hablaba cara a cara con Dios, bien cuando subía al Sinaí o se entraba a la Tienda del Encuentro, luego volvía con su rostro tan resplandeciente que los israelitas le pedían que se cubriera el rostro con un velo.
Pero no será con los ojos de la cara así cómo nosotros hoy vamos a ver a Dios, pero sí podemos acercarnos a El desde lo más hondo de nosotros mismos y a través de los signos sacramentales que nos ha dejado para llenarnos de su vida, para inundarnos de su presencia, para sentirnos rebosantes de su fuerza y de su gracia. Sí podemos contemplar el resplandor de la luz de Dios que de tantas maneras se nos manifiesta y no quedar ciegos sino todo lo contrario. Por El sí que nos vamos a sentir atraídos totalmente de manera que cuando nos encontremos con El ya para siempre nuestra vida será distinta y girará en torno a Dios en todo lo que somos, vivimos o hacemos.
Esa luz de Dios, ese fuego divino, esa presencia de Dios sí que llega a nosotros y nos inunda de vida divina. Es el misterio de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, camina con nosotros, se hace Dios con nosotros y nos concede la fuerza de su Espíritu para un nuevo vivir.
Confesamos nuestra fe en Dios y decimos ‘creo en Dios Padre todopoderoso… creo en Jesucristo, Hijo único de Dios… creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida…’ Ya estamos con ello mencionando el nombre de Dios, conociendo el Nombre de Dios. Y no será para muerte, sino para vida, porque no nos anula sino que nos engrandece; no será para quedarnos ciegos ante tanto resplandor de luz, sino para llenarnos nosotros de esa luz y tener una vida distinta; no tendremos que cubrirnos el rostro y la vida que se nos llena del resplandor de Dios, sino que todo lo contrario tendremos que llevar esa luz divina a los demás.
Pudiera quizá costarnos el entender todo ese misterio de Dios y nos podríamos poner a hacer muchas elucubraciones y razonamientos para llegar a comprender tanto misterio. Pero no tenemos que hacer otra cosa que primero escuchar a Jesús, el Hijo que conoce al Padre como nadie lo conoce y que nos lo da a conocer, porque es revelación de Dios, Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios; luego también dejarnos guiar por el Espíritu que es quien nos conducirá a la verdad plena y sin error.
Pero es un misterio de amor, porque es un Dios que nos ama y se nos da; un Dios que nos ama tanto que es nuestro Padre y nos llena de vida; un Dios que nos ama tanto que quiere ser Dios con nosotros, y nos envía al Emmanuel, al Hijo de Dios que se hace hombre para estar más cerca de nosotros y restaurarnos aquella vida que habíamos perdido a causa de nuestro pecado; es un Dios que nos ama tanto que nos da la fuerza de su Espíritu, que nos santifica, nos llena de vida, nos ayuda a comprender todo ese misterio de Dios, que se hace presente en lo más hondo de nuestro corazón, que nos motivará para todo lo bueno y nos fortalecerá para prevenirnos contra todo lo malo. Es un misterio de amor porque en Dios todo es comunión, porque tal es la comunión que hay entre las tres divinas personas que son un solo y único Dios verdadero.
Hoy queremos, sí, confesar nuestra fe y adorar y alabar y bendecir al Señor que así se nos revela y así se nos manifiesta, pero así también nos muestra tanto amor. Ya lo expresábamos en la oración litúrgica. ‘…has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa’.







