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miércoles, 22 de julio de 2026

Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

 


Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio como Magdalena cuando escuchó la voz de Jesús

Cantar de los Cantares 3, 1-4b; Salmo 62; Juan 20, 1-2. 11-18

Cuando nos vemos turbados por los problemas de la vida, algo grave que nos ha sucedido, un accidente o una enfermedad, problemas en la vida familiar o en el ámbito de nuestro trabajo, cosas que nos afectan profundamente, quizás por lo inesperado del acontecimiento o la gravedad de lo que está sucediendo, nos dejan como descolocados, sin saber qué hacer o a quien acudir ni donde buscar nos hace que estemos dándole vueltas y más vueltas a esos oscuros pensamientos que nos oscurecen la mente, nos llevan a un desasosiego interior que nos hace perder la serenidad para ver todos los caminos cerrados y ni siquiera a nosotros mismos nos encontramos, ni somos capaces de escuchar otra voz que no sea nuestro propio tormento.

¿Era lo que le estaba sucediendo a María Magdalena tras la muerte de Jesús? Fue tal el impacto en su vida que hasta olvidaba todo aquello que un día les había anunciado Jesús, y quien se sentaba entonces a sus pies a escucharle, ahora no era capaz de escuchar nada ni de ver algo distinto sino solo su dolor en el que se repetía una y otra vez que habían robado el cuerpo de Jesús. Habían venido al sepulcro aquellas buenas mujeres en aquel primer día de la semana con la buena voluntad de terminar de cumplir con los ritos funerarios que el viernes en la tarde no habían podido realizar debidamente, pero solo buscaban un cuerpo muerto con la sorpresa de que el sepulcro estaba vacío.

María Magdalena fue la primera que corrió a donde los discípulos para llevarles la noticia que ellos luego comprobaban por sí mismos; pero María Magdalena se quedó con sus lágrimas a la entrada del sepulcro. Una cortina de lágrimas cercaba sus ojos y anulaba su mente. ‘¿Por qué lloras?’ era la pregunta repetida que todos le hacían y repetida era la respuesta, ‘porque se han llevado el cuerpo de mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Serían los ángeles desde dentro de la sepultura o sería quien consideraba ella que era el encargado del huerto a quien la pedía que le dijera donde lo habían puesto que ella iría a buscarlo. Ni veía ni escuchaba otra cosa que no fuera su dolor y su angustia. ¿No repetiremos nosotros las mismas preguntas en ocasiones oscuras de nuestra vida?

Pero ahora sólo necesitó escuchar una voz y una palabra. Las ovejas conocen mi voz, había dicho Jesús un día. Y fue lo sucedió en ese momento. Es como si María en aquel momento hiciera tabla rasa de todas sus angustias para escuchar porque estaba deseando encontrar una respuesta. No valían solo sus preguntas y sus búsquedas. Alguien venía a su encuentro para dejarse encontrar, pero era necesario estar en disposición, en sintonía para escuchar. ‘¡María!’ le estaba diciendo esa voz. Fue suficiente porque ella levantó el velo de sus lágrimas y se puso en disposición de escuchar. Ya todo fue distinto. ‘¡Maestro!’ fue su grito y su impulso para tirarse a los pies de Jesús. Había escuchado y lo había encontrado. Y a partir de ese momento se convertiría en la primera portadora de evangelio, de la buena noticia de que Jesús había resucitado. Era lo que a partir de ese momento ya comenzó a ser buena noticia corriendo al encuentro con los demás discípulos para transmitirles lo que había oído a Jesús. ‘Vayan a Galilea y allí me veréis’. Escuchar para ver, escuchar para creer, escuchar para poder ponerse en camino, escuchar para ser mensajeros del evangelio.

Nos puede llevar a hermosas consideraciones; que en esas oscuridades de la vida no solo busquemos sino escuchemos porque es la forma de escuchar el silbido de la luz y entonces podremos dejarnos iluminar. Interiorizar no es solo ponernos dar vueltas y más vueltas a las amarguras que ya llevamos en el alma, es querer ponernos a sintonizar, a escuchar esa voz que detrás de todo eso nos habla, que traspasará lágrimas y angustias, que descorrerá velos que nos encierran en nosotros mismos, que nos llevará a caminos nuevos y a vida nueva.

Es también el camino de nuestra fe cuando tantas veces nos vemos aturdidos por dudas y por miedos, no es por nosotros mismos cómo vamos a encontrar esa fe o a encontrar esas razones para creer; hemos de sentir y escuchar al que viene a nuestro encuentro, dejar un margen grande de confianza para poder salir de nuestros desencantos, para escuchar esa voz de Dios que nos habla al corazón. María Magdalena supo escuchar su nombre porque reconoció esa voz; Dios también nos llama por nuestro nombre y no podemos confundirnos porque tiene una manera especial de pronunciar nuestro nombre, porque Él bien conoce nuestra vida y donde están nuestros desencantos.


jueves, 20 de noviembre de 2025

Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

 


Dejémonos conmover por las lágrimas de Jesús que no son solo sobre Jerusalén sino hoy por la tibieza con que vivimos los cristianos nuestra respuesta de fe

2Macabeos 2, 15-29; Salmo 49; Lucas 19, 41-44

Nosotros en esa reacción tan humana por nuestra debilidad quizás lo que podemos es sentir cansancio por las veces que hemos intentado algo bueno con alguien, con nuestros consejos o con nuestras palabras de ánimo pero donde no conseguimos hacer reaccionar a esa persona para que cambia, para que actúe de otra manera, para que ponga orden en su vida. Nos habrá pasado ya fuera en los consejos que le damos a un amigo, la tarea educadora como padres con los hijos, o en otras situaciones en que socialmente queremos influir para bien. Hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcanza, hemos querido decir palabras convincentes, nos hemos puesto a su lado queriendo ser estimulo, pero no encontramos respuesta, nos sentimos cansados y de alguna manera queremos tirar la toalla y que ellos se las arreglen.

Pero esa no es la postura que contemplamos hoy en Jesús mientras se acerca a la ciudad santa de Jerusalén y a la que está quizás contemplando desde el monte de los olivos. Ya hemos mencionado lo hermosa que se ve desde allí la ciudad y espectacular tenía que ser la visión con el magnífico templo en primer término. Pero allí vemos a Jesús llorar. Una pequeña capilla nos recuerda el lugar, llamada ‘dominus flevit’, el Señor lloró. Siempre nos sentimos conmocionados cuando vemos a un hombre llorando; se supone su fortaleza de espíritu para mantenerse firme y sereno frente a las dificultades o a los contratiempos. Por eso se recuerdan, y de qué manera esas lágrimas de Jesús.

No tira la toalla, porque seguirá buscando la manera de acoger a todos sus hijos, como la gallina acoge bajo sus alas a sus polluelos, que se nos dirá en otro momento. Llora por la reacción ante las palabras y el mensaje de Jesús que está teniendo o va a tener en aquella ciudad. No le augura futuro de felicidad, y no es castigo, sino el derrotero que están siguiendo. Allí Jesús ha prodigado sus palabras y sus signos y aunque desde aquel monte de los olivos hasta la entrada en la ciudad muchos aclamarán a Jesús como el que viene en nombre del Señor, pronto se van a olvidar esos gritos de alabanza y se transformarán en gritos para pedir la muerte y la cruz.

Pero allí, aún con lágrimas en sus ojos baja Jesús aquel monte para entrar en la ciudad, porque otra será la montaña a la que habrá de subir en el calvario, a las puertas de la ciudad. Ha venido para ser Pascua y la Pascua se ha de celebrar, porque es el paso de Dios, paso de salvación y de vida que Jesús sigue ofreciendo en su sangre derramada para el perdón de nuestros pecados. Se ha de dar el paso de la entrega hasta la muerte pero que será pórtico de pascua de vida y de salvación. Si allí estará ese momento cruento de la pasión y de la muerte, allí se manifestará también Jesús vivo y glorioso, resucitado para llevarnos a nosotros también por caminos de resurrección y allí derramará su espíritu sobre lo que creemos en Él para sentirnos enviados por el mundo con ese mensaje del evangelio, con esa buena noticia de salvación de para todos.

Si conocieras el don de Dios, le dice Jesús a Jerusalén, como un día le dijera también a aquella mujer samaritana junto al pozo de Jacob, como también nos está diciendo a nosotros ofreciéndonos el agua vida de su evangelio. Pero ¿escucharemos nosotros esa invitación que nos está haciendo Jesús?

Reconozcamos que muchas veces hemos sido tardos en dar respuesta, o quizás incluso nuestra respuesta ha sido negativa; ahí están nuestras debilidades y cansancios, ahí está nuestro hacernos oídos sordos tantas veces dejándonos embelesar por otros cantos de sirena, ahí está la frialdad con que vivimos y celebramos nuestra fe, ahí están esas componendas en que nos vemos envueltos porque quisiéramos contentar a todos y seguimos con nuestros apegos y nuestras rutinas, ahí están esas medidas con que pretendemos suavizar las exigencias del amor porque, decimos, no siempre se puede, no se puede dar todo, tengo que pensar en mi futuro y así no sé cuantas disculpas que nos damos a nosotros mismos pero que a nadie convencen.

¿Nos dejaremos conmover por las lágrimas de Jesús que no solo fueron por aquella ciudad de Jerusalén sino que mucho más serán por nosotros y por la tibieza de nuestras respuestas?


domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.


martes, 2 de abril de 2024

Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

 


Afinemos las fibras de nuestro espíritu para que entremos en la sintonía del amor que va a secar nuestras lágrimas y nos dará sensibilidad ante las lágrimas de los que nos rodean

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Salmo 32; Juan 20, 11-18

¿Por qué lloras? Es lo que sale espontáneo de nuestros labios cuando vemos correr rostro abajo unas lágrimas. Sale a flote nuestra sensibilidad. Unas lágrimas son siempre un fuerte despertador para nuestra sensibilidad. Ya sea el llanto de un niño, ya sean las lágrimas de una mujer, ya sea el llanto muchas veces disimulado de un hombre que no sé por qué razones parece que estuviera peleado con su masculinidad, pero los hombres también lloran. Y nos preguntamos ¿por qué esas lágrimas?, y no soportamos quizás el sufrimiento que esconden detrás. Y nos dejan quizás mal sabor en nuestro paladar humano porque nos saben quizás a amargura, nos evocan soledades, nos recuerdan sufrimientos que no siempre sabemos curar.

Hoy en el evangelio estamos contemplando de entrada unas lágrimas que nos pueden traer recuerdos de encontradas emociones y recuerdos, pero que son siempre sintonía de un corazón agradecido y lleno de amor que no quiere separarse del amado. María Magdalena tenía mucho que recordar, porque un día Jesús le había arrancado siete demonios de su alma, como nos recuerda san Juan, podía haber sido aquella mujer pecadora pero que sin embargo un día supo volverse hacia el amor y la misericordia y había sido perdonada por sus muchos pecados. Es la mujer que desde entonces siempre había sido fiel y no se había separado de Jesús en sus andanzas a través de toda Palestina desde Galilea a Jerusalén.

Sabemos que estuvo al pie de la cruz hasta el último momento bebiéndose las últimas palabras y los últimos gestos de Jesús para alimentar más y más su amor. Ahora la contemplamos a la entrada del sepulcro vacío, donde en la tarde del sábado ella había contribuido también a depositar allí el cuerpo de Jesús difunto. Entre las primeras mujeres que al alba habían venido al sepulcro en el deseo de embalsamar a Jesús estaba ella también cuando se encontraron el sepulcro vacío.

Ella participó también seguramente en aquellas carreras matinales por las calles de Jerusalén para llevar la noticia que el cuerpo de Jesús no estaba en el sepulcro, y ahora estaba allí llorosa preguntando a todo el mundo quien se había llevado el cuerpo de Jesús, donde lo habían colocado, porque ella iría a buscarlo y traerlo para darle honrosa sepultura. Primero los ángeles que estaban dentro de la sepultura y luego a quien parecía ser el hortelano encargado de aquel huerto.

¿Por qué lloras? Había sido la pregunta repetida. ¿Cómo no iba a llorar el amor cuando sentía que la soledad le amargaba el alma? ¿Cómo no iba a llorar quien se sintiera tan agradecida por los dones de amor que Dios había derrochado sobre ella? Y sus ojos llorosos estaban encandilados y ahora no podían distinguir al que era la luz de su vida que estaba delante de ella. Será el sonido de unas palabras que pronuncian su nombre el que la hará despertar de aquel letargo en que el dolor la había sumido. No fue necesario nada más para que se despertaran todas las sintonías del amor que escuchar su nombre en los labios de Jesús. Todo se hacía música para ella y comenzó de nuevo a cantar su corazón. Había sido la nota palpitante que la había despertado y todo su amor se desbordaba. Seguramente las lágrimas seguían desparramándose de sus ojos, pero ahora eran de alegría en el amor recobrado.

¿Nos embargarán también a nosotros las lágrimas del amor o las lágrimas que nos hacen sensibles al dolor de los demás? ¿Será acaso que ya no sabemos llorar? Despertemos de nuevo la sensibilidad del corazón. Pero quizás también necesitamos oír una voz, una palabra con nuestro nombre en los labios de Jesús. ¿Qué tendríamos que hacer para escucharla? Miremos cómo vamos a afinar las fibras de nuestro espíritu para que podamos entrar de nuevo en esa sintonía de amor. Hay un paso de Dios por nuestra vida que va a ajustar la música de nuestro corazón, dejémonos encontrar por ese paso de Dios que lleva a esa nuestra vida que muchas veces aun permanece junto a la puerta de una tumba. También nosotros tenemos que resucitar.

viernes, 19 de mayo de 2023

En esa vida de luces y sombras de nuestro camino sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, la presencia de Jesús en su Espíritu, la alegría que dura para siempre

 


En esa vida de luces y sombras de nuestro camino sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, la presencia de Jesús en su Espíritu, la alegría que dura para siempre

Hechos 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Ya quisiéramos un mundo donde todo sea alegría y fiesta; a muchos les cuesta entender la vida cuando se tienen que enfrentar al dolor y al sufrimiento, y por qué no decir que a nosotros también nos cuesta; algunos buscarán sucedáneos que le favorezcan esa fiesta, que les haga olvidar tristezas, que todo sea fiesta siempre.

Pero ahí está el dolor y el sufrimiento, ahí están los momentos oscuros, ahí está la tristeza que muchas veces nos embarga; no alcanzamos lo que deseamos, su frustran en ocasiones nuestras metas, nos encontramos contrariedades en la vida y nunca nos gusta que nos lleven la contraria, fijémonos cómo reaccionamos muchas veces incluso de manera violenta contra quienes nos lleven la contraria. Es bueno, es cierto, que deseemos un mundo de felicidad y obligación tenemos de procurar ese mundo mejor para todos.

No nos dice Jesús que por seguirle a El nunca va a haber lágrimas en nuestros ojos, que no nos van a aparecer momentos oscuros, cosas que en ocasiones nos llenen de tristeza; pero creo que Jesús nos da pautas para cómo tenemos que enfrentarnos a esos momentos, cómo no nos podemos dejar envolver por esas tristezas que nos llenarían de angustias el corazón, cómo no nos puede faltar la esperanza de que esa oscuridad acabará y un día va a resplandecer la luz que nos llene de inmensa alegría.

Jesús les está hablando en la cercanía de unos momentos oscuros que pronto todos tendrán que pasar; las palabras de Jesús las situamos en la cena pascual y ya sabemos todo lo que se iba a desarrollar a partir de esos momentos. Serán unos duros momentos de dolor como de parto, en fin de cuentas es la pascua que nos hará renacer a una nueva vida; la mujer sufre en los momentos del parto, pero pronto todo lo olvidará con la nueva vida que va a palpitar entre sus manos cuando acoja en su regazo el niño recién nacido. Así nos dice será la alegría de la vida a la que todos estamos llamados, que los apóstoles van a vivir de una forma muy intensa, tras el paso por la Pascua y con la llegada del momento del encuentro con Cristo resucitado.

Pero las palabras de Jesús van más allá de esos momentos que viven entonces sus discípulos para ser palabras que los discípulos de todos los tiempos tenemos que escuchar y escucharlas con atención. En esa vida de luces y sombras en que se convierte nuestro camino, sabemos con certeza que nunca nos faltará la luz, porque nunca nos va a faltar la presencia de Jesús en su Espíritu junto a nosotros. Es lo que tenemos que aprender, es lo que tenemos que vivir, es lo que sigue llenando de esperanza nuestra vida en medio de las luchas, de las tormentas que a lo largo de los tiempos siempre vivimos y viviremos los discípulos de Jesús.

El camino no es fácil, muchas veces se vuelve muy abrupto y hasta tenebroso, pero con nosotros camina Jesús, como caminó con aquellos discípulos que entre los primeros visajes de la noche se marchaban de Jerusalén, se querían ir de nuevo a su pueblo; pero allí está Jesús con ellos, aunque al principio no se dan cuenta, cuando lo reconocen sus corazones se llenarán de inmensa alegría, alegría que querrán compartir con los demás cuando vuelven de nuevo a Jerusalén.

Hoy nos dice Jesús que nuestra alegría será inmensa y nadie nos la podrá arrebatar. ¿Será esa la misma alegría que seguimos viviendo hoy los cristianos y con la que hemos de contagiar a los demás? 'Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Como los discípulos que tras su encuentro con Cristo resucitado ya no preguntaban nada, porque sabían que era El, se nos acaban las dudas, se nos caen de nuestros ojos esos velos que nos cegaban tantas veces y nos llenaban de dudas. No necesitamos sucedáneos porque tenemos la verdadera alegría en el corazón. Ahora sabemos que Jesús está con nosotros.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

 


Las lágrimas de Jesús ante la ciudad santa, prueba y manifestación de su amor, nos abren a la esperanza de una renovación de la vida que se verá transformada por la gracia

1Macabeos 2, 15-29; Sal 49; Lucas 19, 41-44

No pretendo hacer comparaciones ni paralelismos para sacar conclusiones en el mismo sentido porque realmente tenemos tendencias a los catastrofismos y podemos tener el peligro de ver en los aconteceres de la naturaleza unos castigos de Dios que no tendríamos que ver desde ese sentido.

Estos días hemos contemplado, sobre todo en nuestras islas, aunque el acontecimiento las ha sobrepasado, los efectos del volcán de la Cumbre Vieja en la cercana isla de La Palma. Para mi personalmente me ha sido doloroso contemplar en el vuelo de los drones que nos están trayendo puntual información la destrucción de aquellas poblaciones y de aquellos lugares; trataba de descubrir lugares, conocidos aunque han pasado ya más de cincuenta años, porque aquellos lugares fueron donde estrené mi sacerdocio; muchos recuerdos lejanos en el tiempo pero que ahora se reviven han aflorado dentro de mi por ser ese lugar tan ligado a mi en mis primeros años como sacerdote. Dolor siento en mi corazón al ver todo destruido, lugares donde habité y que recorrí mil veces ejerciendo mi recién estrenado ministerio.

No he podido menos que evocarlo al escuchar lo que nos dice hoy el evangelio. Aunque la visión en cierto modo es distinta – mi visión es recordando el pasado viendo la situación actual - y no podemos sacar las mismas conclusiones es en cierto modo el dolor de Jesús al contemplar la ciudad santa de Jerusalén desde la altura del monte de Los Olivos; quienes en alguna ocasión hemos bajado también por ese monte enfrente de la ciudad de Jerusalén reconocemos la belleza de lo que desde allí se ve hoy, pero de lo que lo contemplarían los ojos de Jesús igual que sus contemporáneos con el templo de Jerusalén en un primer plano de la ciudad.

La visión de Jesús es de futuro porque El viene a anunciar la destrucción de esa hermosa ciudad; es el dolor como buen judío amante de su ciudad y de su templo que vislumbra el horror y destrucción a que se vería sometida la ciudad donde no quedaría piedra sobre piedra.

Se queja Jesús de Jerusalén a la que tanto amaba pero donde sería rechazado y le conduciría a la muerte. Se quebraría la ciudad bajo la destrucción un día, pero la que ahora se resquebrajaba es la vida. Sería la gran muestra, la última muestra de su amor y de su entrega. Era el camino que había emprendido en su subida a Jerusalén desde la lejana Galilea y para lo que había venido preparando a sus discípulos. Las lágrimas de Jesús contemplando ahora la ciudad santa lamentándose por todo lo que había de sucederle era una muestra que podíamos llamar de su amor pero que era el anuncio, un anuncio más, del sufrimiento de su pasión.

Al pie de aquel monte desde el que ahora contemplara la ciudad se iniciará en Getsemaní, en el Huerto de los Olivos su pasión con el prendimiento. Son los caminos de su subida a Jerusalén donde ya no es solamente la maldad de aquellos que entonces le rechazaron por los que se entrega, sino que se está entregando para derramar su sangre para ser la redención y la salvación de todos los hombres. Las lágrimas de Jesús no se quedan en la ciudad que tiene ante sus ojos sino que serán la entrega de amor que por todos nosotros está haciendo.

Aquella destrucción como aquella muerte forma parte del camino de pascua que para nosotros será salvación. La ruina del hombre por el pecado y la muerte tiene que ser parte del camino de la vida. Es el camino de la Pascua que termina en el triunfo de la vida en la resurrección. Aquella mirada compasiva con una última llamada que está haciendo a su ciudad no está enseñando a nosotros a mirar con ojos nuevos y distintos cuanto nos rodea para que todo sea como un principio de transformación. Una ciudad nueva se levantará sobre la ciudad destruida - la nueva Jerusalén -, como un hombre nuevo ha de surgir por la gracia de ese hombre viejo de pecado que somos nosotros.

Unas lágrimas las de Jesús que nos invitan, sí, al arrepentimiento, pero que nos abren a la esperanza de una nueva vida. Es la fe que tenemos en Jesús que todo lo transforma para hacernos renacer desde las cenizas del pecado y de la muerte a una nueva vida. Pero también tienen que despertar una esperanza en nuestros corazones cuando vemos unas cenizas que todo lo cubren y lo destruyen, pero sabemos que con la fuerza que tenemos en nuestro interior y que nos viene de Dios todo lo podremos rehacer; unas lágrimas que pueden enturbiar nuestros ojos, pero unas lágrimas que tienen que lavarlos y limpiarlos para poder ver con la claridad de la esperanza lo nuevo que podemos hacer resurgir.

martes, 23 de abril de 2019

Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado


Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz de Cristo resucitado

Hechos 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘Fuera del sepulcro lloraba María…’ ¿Por qué llora María? ¿Qué es lo que busca María?
Es lo que le preguntan y nosotros también quizás se lo preguntamos, pero también tenemos que preguntárnoslo a nosotros mismos. Andamos tantas veces en la vida con nuestros llantos. Alguien apareció por allí y tanto era su desconsuelo y tantas eran sus lágrimas que no se da cuenta ni de quién se acerca a ella. Piensa que es el encargado del huerto. ¿Dónde lo has puesto? ¿A dónde lo has llevado? ¿Por qué lo has sacado de este sepulcro donde con tanto mimo lo colocamos en la tarde del viernes en nuestros apuros y no lo embalsamos convenientemente por las prisas?
Allí habían llegado aquella mañana, muy temprano, aquel grupo de buenas mujeres con más buena voluntad que fuerzas. No habían caído en la cuenta que necesitaban alguien fuerte que corriera la piedra de la entrada del sepulcro. Pero la piedra estaba corrida y dentro no estaba el cuerpo de Jesús. Aunque los ángeles les habían dicho que no buscaran entre los muertos al que vive, unas habían corrido a llevar la noticia a los discípulos aun encerrados en el cenáculo, pero ella se había quedado allí llorando esperando encontrar quien le diera razones, quien le dijera donde estaba el cuerpo de Jesús. No entendía lo que pasaba.
Tantas veces nos ofuscamos en lo negro, nos quedamos en lo negativo, nos agobiamos con los problemas, se nos viene el mundo encima cuando no salen las cosas como nosotros queríamos, y no somos capaces de ver ni el más mínimo resquicio de luz. Todo nos parecerá oscuro siempre. Parece que nosotros también nos enterramos en la muerte. Todo se nos vuelve oscuro y negativo. Cuántas depresiones nos absorben el sentido cuando los problemas se nos acumulan.
Y si caminamos en negativo, en sombras, todo se nos volverá más negativo y parece que las sombras se crecen. Terminamos muriendo del todo. Son los problemas de la vida, son las inquietudes y dudas que nos meten por dentro en el camino de nuestra fe, es la mirada con que miramos al mundo y sus problemas, es lo incomprensibles que se nos pueden volver muchas veces las cosas y los problemas que descubrimos también en nuestra comunidad cristiana, en la Iglesia. Y con nuestras dudas sentimos la tentación de dejarlo todo, de abandonar los caminos que hemos querido emprender, dejar de lado los compromisos que en un momento habíamos adquirido con buena voluntad, pero que solo la buena voluntad no basta, porque es necesario algo más.
Se nos adormece a veces nuestra fe; ya no sabemos ver ni escuchar aquello que un día nos dio vida, porque ahora todo nos parece muerte. Amamos y queremos seguir amando, pero parece que el mundo desaparece bajo nuestros pies y no sabemos en que apoyarnos, encontrar aquello que de verdad nos sostiene y que fue verdadera luz de nuestra vida un día. El peso de la cruz de nuestros problemas y oscuridades parece que cae como una losa sobre nosotros.
¿Sería algo así lo que le estaba pasando a María Magdalena? Ella había sido una mujer pecadora y un día se había encontrado con la luz. Sintió lo que era el verdadero amor y lo encontró a Jesús. Ahora no vivía sino para amar y para servir. Por eso iba siempre formando parte de aquel cortejo de los que seguían a Jesús. Tanto era su amor y sus deseos de no separarse de El que fue los pocos que lo siguieron hasta el calvario. Allí a los pies de la cruz nos cuentan los evangelistas que con otras mujeres y con Maria, la Madre de Jesús, estaba la Magdalena.
Creía a Jesús, creía en sus palabras, lo amaba profundamente, pero como nos sucede tanta veces la muerte nos descoloca, nos hace perder el tino, el sentido de la vida, todos se nos derrumba. Era lo que estaba viviendo. En su amor con las otras mujeres pasado el sábado a primera hora del primer día de la semana había venido hasta el sepulcro. Buscaban cómo embalsamar el cuerpo muerto de Jesús, pero allí no estaba. Más grande fue su desorientación y desconcierto. Allí quedó a la puerta de la tumba llorando y buscando el cuerpo de Jesús. Y Jesús estaba ante ella y ella no lo reconoció. Por eso el diálogo con quien creía que era el hortelano.
Bastó sin embargo la voz de Jesús que la llamaba por su nombre, para que se le abrieran los ojos. ‘¡Rabonni, Maestro!’, fue su grito y su despertar. Reconoció la voz del Jesús. Era el amor que se despertaba. Despertemos también nuestro amor para que nuestros ojos y nuestros oídos se abran de nuevo y seamos capaces de reconocer la luz, de reconocer a Jesús que por muchas que sean las negruras El está ahí a nuestro lado. Es el Señor que vive y que nos da vida.
No busquemos entre los muertos al que vive. Sepamos ver a Jesús vivo que viene a nuestro encuentro para llenarnos de vida, para disipar sombras, para abrirnos el corazón, para hacernos sentir la fuerza de su Espíritu.

domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

jueves, 22 de noviembre de 2018

El llanto de Jesús sobre aquella ciudad que no supo encontrar la paz, es el llanto por la falta de paz en tantos corazones y en tantos que sufren las consecuencias de la violencia





El llanto de Jesús sobre aquella ciudad que no supo encontrar la paz, es el llanto por la falta de paz en tantos corazones y en tantos que sufren las consecuencias de la violencia

Apocalipsis 5,1-10; Sal 149; Lucas 19,41-44

No es agradable ver llorar a alguien y seguro que tampoco a nosotros nos gusta que nos vean llorar. Pero es un aflorar de sentimientos que muchas veces y por distintos motivos anegan y entristecen nuestro corazón. Lloramos cuando algo nos duele por dentro y con nuestro dolor y nuestra tristeza se nos escapan las lágrimas por los ojos.
Lloramos en la pérdida de lo o de los que queremos; será una separación que nos priva de su presencia por un tiempo o será la separación definitiva de la muerte. Lloramos en la impotencia de no conseguir lo que mucho anhelamos. Lloramos en nuestra soledad o cuando nos sentimos desatendidos quizá por los que amamos. Lloramos cuando por algo en lo que habíamos puesto mucha ilusión y muchas ganas sin embargo no encontramos respuesta. Lloramos compartiendo el sufrimiento de los que están a nuestro lado o de aquellos que han sufrido desgracias y calamidades que parecen inconsolables. No queremos ser exhaustivos pero son muchas las cosas que nos pueden hacer llorar.
Es más triste y doloroso quizá el llorar solo, porque nadie comprende nuestras lágrimas o quizá las rehuyen los que están cerca de nosotros para no verse envueltos en ese dolor. Es triste llorar porque se hayan perdido las esperanzas y nos encontremos en la vida como en un callejón oscuro y sin salida. Es cierto que son buenas las lágrimas como un desahogo y también como un grito queriendo quizás encontrar solidaridad, que ya no es solo para nosotros sino también por tantos que sufren en silencio y quizá nadie lo sabe apreciar.
Me han surgido estas consideraciones como muchas más que podríamos seguir haciéndonos al contemplar las lágrimas de Jesús bajando por el monte de Los Olivos frente a la ciudad de Jerusalén. Allí queda para el recuerdo y la meditación una pequeña capilla en la que nos detenemos siempre los peregrinos antes de entrar en la ciudad santa de Jerusalén.
Un día contemplamos a Jesús llorar ante la tumba de su amigo Lázaro y en su compasión con la soledad de aquellas que habían perdido al hermano. Hoy lo contemplamos ante la ciudad de Jerusalén. Entonces fue el amor de un amigo y la solidaridad con aquellas personas que tanto le amaban y le acogían en su hogar. Hoy llora Jesús por la amada ciudad de Jerusalén que tanto significaba para todo buen judío porque proféticamente Jesús ve como aquella ciudad seria un día no tan lejano destruida, pero es más hondo el llanto de Jesús.
Es la ciudad que no le ha sabido acoger ni recibir, en donde tanto rechazo encuentra mientras tanto quiere Jesús hacer por ella y por todos. De alguna manera en esas lagrimas se adelanta aquel sudor de sangre que al pie de ese mismo monte de los Olivos en Getsemaní no muy tarde Jesús va a sufrir como inicio de su pasión. ‘¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos’. Es la ciudad de la paz como si mismo nombre indica, pero no ha encontrado la paz. Fue entonces con el rechazo de Jesús el que venia derramando su paz para poner en paz todas las cosas, para lograr la reconciliación de todos, pero sigue siendo también nuestra historia.
No es solo la historia sangrienta de aquella ciudad que ha seguido siendo así a través de los siglos – cuanta sangre se sigue derramando en aquella tierra que llamamos santa porque fue hollada los pies de Jesús – pero es también nuestra historia, la de todos los hombres, pero también nuestra historia personal, en que tantas veces no sabemos encontrar esa paz, no sabemos vivir esos caminos de encuentro y de reconciliación.
¿No tendría que hacernos pensar en tantas lágrimas derramadas por tantos que no han encontrado la paz en sus corazones, y por tantos que sufren las consecuencias de esa falta de paz con nuestras guerras y nuestras violencias de todo tipo?

sábado, 22 de julio de 2017

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre y nos llenará de vida y plenitud en el amor

Cantar de los Cantares 3,1-4ª; Sal 62; Juan 20,1.11-18
El amor auténtico y verdadero mantiene íntegra la fidelidad al mismo tiempo que una fidelidad conservada aun en las más difíciles circunstancias hace agrandar el amor. Parafraseando una frase bíblica podríamos decir que la fidelidad y el amor se besan y se encuentran en la más dulce intimidad.
Pero esto no haría pensar y preguntarnos por qué cuando hoy tanto decimos que nos amamos, y el amor es la primera palabra que surge cuando nos sentimos atraídos hacia alguien y enseguida nos prometemos amores eternos, sin embargo son tantas las rupturas que tras unos primeros momentos de amor van apareciendo en la vida de las personas olvidando todas aquellas palabras bonitas de fidelidad y de amor.
Tenemos que evitar confusiones porque no toda atracción y relación siempre significa amor, y hemos de aprender a construir bien ese edificio de la fidelidad para saber superar todos los escollos que pudieran ponerla en peligro. La vida es como una mar bravía muchas veces que oculta corrientes o bajíos peligrosos que pudieran hacer zozobrar la nave de nuestro amor y hemos de saber ser o saber encontrar buen piloto que nos ayude a surcar esas aguas que tantas veces se nos pueden convertir en peligrosas. Hay oscuridades como noches sin estrellas que nos pueden hacer perder la orientación de nuestro camino de fidelidad y de amor.
Muchas cosas podríamos reflexionar en este sentido y me he permitido hacer este pequeño comentario cuando hoy estamos celebrando a santa María Magdalena, mujer ejemplo de fidelidad y de amor. Un evangelista nos dice que de ella fueron expulsados siete demonios, pero a partir de entonces los momentos en que la vemos aparecer en el evangelio siempre serán resplandecientes por su amor a Jesús y su fidelidad.
La veremos a los pies de la cruz de Jesús junto a María, la madre del Señor y otras piadosas mujeres. Y será la primera que en la mañana de aquel primer día de la semana irá hasta el sepulcro porque allí quiere seguir llorando en su duelo y mostrando su amor por Jesús. Entre los relatos de los distintos evangelistas la veremos corriendo por la calles de Jerusalén para decir primero que se han llevado el cuerpo de Jesús, cuando se ha encontrado el sepulcro vació. De vuelta hasta el huerto del sepulcro con Pedro y Juan cuando ellos han comprobado que el sepulcro está vacío y comienza a renacer en ellos la esperanza de la resurrección del Señor, ella se quedará allí junto a la piedra rodada a la entrada del sepulcro llorando su desconsuelo y pidiendo a quien fuera que le digan donde se han llevado el cuerpo de Jesús.
Es la fidelidad en el amor; es el amor siempre fiel que se mantiene a pesar de las oscuridades de la cruz y aunque ella aún no haya encontrado los resplandores de la resurrección. Por amor y fidelidad allí permanece hasta que Jesús viene a su encuentro aunque sus ojos velados por las lágrimas no lo reconozcan. ‘Mujer, ¿por qué lloras?’ son los llantos del amor, de la búsqueda, del ansia del encuentro, del deseo de estar junto a su amado. ‘¡María!’ La llama por su nombre. Será suficiente. Es la voz del Maestro. Es la voz del amado. Es la palabra con la que se premia su amor y su fidelidad. Es la voz que se reconoce sin que los oídos la oigan porque se escucha en el corazón. Es la voz y la palabra que la llama por su nombre y la llena de vida.
Nos mantenemos en el amor y en la fidelidad y también escucharemos en nuestro interior esa voz que nos llama por nuestro nombre. Es la voz que nos seguirá manteniendo en la fidelidad y creciendo en el amor. De nosotros depende escucharla. Mantengamos la fidelidad, permanezcamos en el amor, la perseverancia salvará nuestras almas, nos dice la Escritura, la perseverancia nos llenará de vida para siempre porque nos mantiene en el amor.

martes, 18 de abril de 2017

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Nuestras lágrimas no nos pueden impedir encontrar a Jesús mirando sobre todo las lágrimas de cuantos nos rodean

Hechos de los Apóstoles 2,36-41; Sal 32; Juan 20,11-18
‘¿Por qué lloras? ¿a quien buscas?’ lloramos por desaliento, lloramos por desconsuelo, cuando buscamos y no encontramos, cuando nos agobian los problemas, cuando sentimos la soledad, cuando nos parece que nadie nos entiende, cuando sentimos deseos de cariño y parece que nadie nos tiene en cuenta, cuando el dolor no solo nos mortifica corporalmente sino sobre todo cuando nos duele en el alma, cuando sentimos que nos hacen daño, cuando nos vemos impotentes en la vida para reaccionar, para responder, para hacer aquello que ansiamos, cuando nuestras metas parece que se oscurecen y se alejan… tantas cosas por las que lloramos y no sabemos donde encontrar consuelo, como encontrar respuesta. ‘¿Por qué lloras? ¿A quien buscas?’ Nos cegamos quizás y no encontramos a quien estamos buscando.
¿Por qué lloramos? ¿Lloraremos acaso por el sufrimiento de los hermanos que nos rodean? Abramos los ojos para ver su sufrimiento; no nos insensibilicemos, es nuestro peligro. Es la madre que no tiene un pan que dar a sus hijos; es el enfermo que se ve atenazado en una enfermedad incurable; es el que sufre la violencia de los demás; son los matrimonios rotos y los hijos que parece ya que no son de nadie; son los que sufren incomprensiones, son juzgados y criticados, los que nadie quiere y se sienten discriminados, los que llevan la condena para siempre en sus vidas porque no alcanzan el perdón de los demás; son los que son victimas inocentes de las guerras y violencias que hacemos desde nuestras ambiciones egoístas y terriblemente injustas; los que se sienten engañados y son manipulados por tantas vanidades de la vida; los que sufren por el odio que llevan en su corazón y no son capaces de perdonar para encontrar la paz. ¿Seremos capaces de llorar por nuestro pecado que así se convierte en un mal para los demás y los hace sufrir?
Maria Magdalena lloraba desconsolada a las puertas del sepulcro. Había venido a buscar el cuerpo de Jesús al que habían crucificado tres días antes y el sepulcro estaba vacío. Por mucho que los Ángeles le anunciaran la resurrección de Jesús ella no encontraba consuelo, porque seguía buscando a Jesús en el lugar de los muertos. Lloraba y sus ojos se cegaban porque ni a Jesús supo reconocer en quien le hablaba y pensado que era el encargado del huerto que se había llevado el cuerpo de Jesús a otro lugar, andaba preguntando donde estaba para ella llevárselo consigo. Sus lágrimas, su dolor, la búsqueda de Jesús donde no podía encontrarlo cegaban sus ojos para no descubrirle presente ante ella ahora mismo.
Es cierto que era grande su amor por Jesús, pero incluso el amor le cegaba y no le dejaba razonar para poder encontrar verdaderamente a Jesús. ¿Nos pasara de manera semejante a nosotros desde tantas cosas que hacen brotar lágrimas en nuestros ojos y en nuestro corazón y al final no sabremos ni buscar ni encontrar a Jesús?
Tenemos que escucharle mas, recordar con todo detalle cuantas cosas nos ha dicho y enseñado de cómo hemos de buscarle para que llegue la luz a nuestros ojos y se ilumine también nuestro corazón. El nos ha señalado bien por donde hemos de encontrarle, en quien hemos de encontrarle, y aunque sean muchas las cosas personales que nos hagan llorar el corazón – no nos quedemos en ellas -, comencemos a ver las lagrimas de los que nos rodean y podremos encontrar a Jesús. Sintamos como nuestro el dolor de los demás, hagamos nuestras sus lágrimas y estaremos sintonizando con Jesús y le podremos encontrar. Es esa la mirada nueva que hemos de aprender a tener contemplando a Cristo resucitado.