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domingo, 26 de enero de 2025

Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

 


Una buena noticia que nos hace un anuncio de paz, de libertad, de misericordia y de perdón, de fraternidad y de armonía para un mundo nuevo que se cumple hoy

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Salmo 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Si ahora mismo por los carriles de las noticias del mundo saltase el anuncio de que la guerra de Ukrania, por ejemplo, ha terminado porque se ha llegado a un acuerdo de paz, seguro que todos los canales de información, todos los informativos de todos los medios de comunicación, como se suele decir, echarían chispas con la noticia para hacerla llegar a todas partes; habrían manifestaciones de alegría, parecería que se nos quitaba un peso de encima por lograr la ansiada paz; son las manifestaciones que hemos visto estos días con los anuncios de tregua en otros lugares, o son las reacciones de una forma de otra ante las diferentes noticias que a cada momento se van produciendo en el mundo. Las buenas noticias siempre nos traen alegría y esperanza, igual que las sombras nos desilusionan y llenan de preocupación. Ojalá recibiéramos buenas noticias que nos llenen de esperanza en este mundo de tantas sombras.

Sin embargo tenemos una buena noticia en nuestras manos que desgraciadamente hacemos pasar desapercibida y a la que parece que no le damos tanta importancia. Se anuncia un tiempo de paz, de libertad, donde todas las deudas van a ser perdonadas, donde todos han de ser respetados y valorados de la misma manera, donde nadie puede ser discriminado por nada, donde han de comenzar a haber unas relaciones más armoniosas entre todos porque han de sentirse hermanos… es el año de gracia del Señor. ¿Qué nos estará sucediendo?

Lo acabamos de escuchar, como lo escucharon entonces los habitantes de Nazaret en la sinagoga aquella mañana. La gente de Nazaret se sintió sorprendida, cuando además se les decía que allí se estaba cumpliendo aquel anuncio que había hecho el profeta y que ahora repetía con su presencia aquel hijo de su pueblo que se había ido convirtiendo en el profeta de Galilea. ¿Supresa? ¿Admiración? ¿Alegría? ¿Se sentirían paralizados ante la buena noticia que estaban escuchando? La noticia iba ya corriendo de boca en boca y estaba llegando a todos los rincones de Palestina; pronto enviarían desde Jerusalén a quienes estuvieran atentos a aquellos movimientos que en Galilea iban surgiendo.

Serían los pequeños y los sencillos, los que en su pobreza se sentían más oprimidos, o los que por sus sufrimientos estaban como paralizados en la vida, aquellos que se sentían ciegos y desorientados o incluso excluidos de hasta sus propias familias los que con mayor esperanza estaban recibiendo aquella buena noticia. Serán los que luego lo aclamarán, reconocerán que un gran profeta ha aparecido en medio de ellos, los que sentían que Dios les visitaba y caminaba entre ellos. Los que se sentían seguros en si mismos y desde sus situaciones de privilegio no sabían de carencias sino que más bien se aprovechaban de los demás eran los más temerosos y desconfiados ante aquella buena nueva y pondrían obstáculos de todo tipo para que no se realizase lo anunciado.  Pero a todos servía de interrogante, en todos, sin embargo, sembraba una nueva inquietud que era esperanza para muchos.

A nosotros en estos momentos también se nos dice que esta Escritura se cumple hoy entre nosotros. ¿Nos lo llegaremos a creer? ¿Será posible todo ese mundo nuevo que se nos describe en el hoy de nuestra vida? ¿Por qué seguiremos desconfiando? ¿Por qué no terminamos de creernos esa buena noticia que llega para nosotros hoy? ¿Acaso tendremos miedo a lo que nos compromete, a esas actitudes nuevas que hemos de tener, a esa manera nueva de ver las cosas, a esos caminos de reconciliación que hemos de emprender reconociendo también nuestros errores, a esa misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón para acercarnos de manera nueva a los demás?

Que haya paz y armonía, que tengamos un mundo nuevo y mejor, que sepamos entendernos y trabajar juntos, que seamos capaces de encontrar esos caminos de encuentro y de reconciliación no depende de factores externos, no depende de que otros nos lo den hecho, depende de nosotros, de ti y de mi, de lo que cada uno vayamos haciendo transformando nuestro corazón, haciéndolo vida en nosotros aunque nos cueste. Llega el año de gracia, pero hemos de querer ese año de gracia, hemos de aceptar ese año de gracia. Quien viene a ofrecernos la más hermosa libertad – libertad para los oprimidos – no restará nunca nuestra propia libertad para aceptar o no aceptar.

Sintamos la alegría de la Palabra que se nos proclama, pero escuchémosla con sincero corazón para plantarla en nuestra vida y acampe entre nosotros. Es el camino del mundo nuevo que Jesús nos ofrece. Es la gran noticia que escuchamos y que hemos de hacer correr por el mundo. Lástima que le demos tan poca importancia y no nos hagamos eco entre aquellos con los que convivimos cada día de esa buena noticia del evangelio que recibimos. Escuchamos esa buena noticia ¿y seguiremos nosotros siempre con lo mismo anclados en viejas noticias?

 

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

domingo, 23 de enero de 2022

Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

 


Jesús nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con los signos nuestra vida ese anuncio y construyamos el año de gracia en el hoy de nuestro mundo

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1Corintios 12, 12-30; Lucas 1, 1-4; 4, 14- 21

Los que tienen la tarea o la misión de hablar en público saben que muy importantes son las primeras palabras que pronuncie, los gestos que pueda realizar porque todo son los signos o señales por las que va a captar la atención de quienes le escuchan. Es también la seguridad con que ofrecemos nuestra disertación porque eso de alguna manera va dando autoridad a nuestras palabras y se prestará atención al mensaje que queremos ofrecer, pero será también la autenticidad de nuestra vida la que certifique nuestras palabras. No es tarea fácil.

Aquella mañana en la Sinagoga de Nazaret al menos se estaba despertando curiosidad porque quien hacía la proclamación del profeta era un hijo de aquel pueblo y por allá andaban sus parientes y sus amigos; ‘y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan’; venía pues precedido de cierta fama porque ya en sinagogas de otros pueblos también había ofrecido su enseñanza y se decía que acompañaba de signos el mensaje que trasmitía del nuevo Reino de Dios que anunciaba. ‘Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él’.

Una profecía mesiánica es lo que se había proclamado con el texto de Isaías escogido; era el anuncio de una esperanza que hasta entonces no había tenido cumplimiento y una vez sus espíritus suspirarían porque pronto se cumplieran esas promesas. Era deseo de todos la llegada del Mesías tantas veces anunciado, y que ahora aquel profeta que había aparecido por las orillas del Jordán allá junto al desierto anunciaba como ya inminente. ‘En medio de vosotros está y no le conocéis’, les había repetido mientras había invitado a la gente a bautizarse para preparar los caminos del Señor tan inminentes. Pero era algo que volvían a escuchar una vez más.

Por eso ahora todos estaban atentos a sus palabras. Y las palabras de Jesús son breves. ‘Y él comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Todo lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Era una buena noticia, la noticia más esperada, pero por eso mismo no terminaban de creérsela. Era la buena noticia de la llegada del tiempo nuevo, el tiempo de la amnistía y del perdón, era el año de gracia del Señor.

Una buena noticia para todos aquellos que se sintieran esclavos y oprimidos; una buena noticia para los ciegos que recobraban la vista, o los sordomudos que podían oír y hablar; una buena noticia porque el tiempo de la liberación comenzaba, ellos que se sentían oprimidos y abandonados hasta de Dios, ahora estaban bajo la opresión de los romanos que los dominaban. El tiempo de la gracia comenzaba. Allí estaba el que venía lleno del Espíritu del Señor para anunciar esa buena nueva a los pobres y cuántos se sentían oprimidos. Era el ungido y el enviado del Señor.

Pero como tantas veces sucede las noticias más grandiosas manifestadas y expresadas así de manera sencilla parecen difíciles de creer, la asamblea de Nazaret se llenaba de asombro ante las palabras de Jesús y no terminaban de creérselo. Querían otros signos, querían otras señales, no terminaban de comprender que las señales estaban delante de sus ojos; cuántas veces nos cegamos ante lo más evidente.

Pero esta palabra que hoy estamos escuchando no fue solo palabra nueva, buena nueva para las gentes de Nazaret de aquellos tiempos, sino que sigue siendo buena nueva hoy, sigue siendo evangelio hoy. Así tenemos que escucharla. También hoy, ahora mismo, se nos dice: ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’. Es el hoy de la Palabra de Dios que tanto nos cuesta escuchar y aceptar. Nos es más fácil darles explicaciones de que fue entonces, de que fue para aquellas gentes y aquel lugar, que aceptar que es Palabra de Dios que se nos proclama en el hoy de nuestra vida.

Oprimidos y esclavos, ciegos o paralizados en las circunstancias que vivimos en el hoy y ahora de nuestra vida a nosotros se nos hace también el mismo anuncio. Así andamos, con preocupaciones y problemas, con situaciones de la vida que parece que cada día se complican más, con un mundo revuelto sobre el que siguen resonando muchos tambores de guerra y de violencia, con tanta gente a quienes vemos esclavizados en una variedad tan grande de apegos, de vicios, de maldad, de vanidad y de apariencias, de orgullos y resentimientos que conducen tantas veces a la violencia.

Ahí, en medio de todas esas cosas que también envuelven nuestro corazón, porque no son solo cosas que puedan sufrir otros sino que las llevamos clavadas en nosotros mismos, escuchamos hoy este anuncio del evangelio. Puede comenzar un tiempo nuevo, puede comenzar una nueva era para la humanidad, muchas cosas quizá tendrán que transformarse como los ciegos que comienzan a ver o los inválidos que comienzan a caminar, puede ser un año de gracia del Señor ese mundo nuevo que tenemos que empeñarnos en construir no dejándonos arrastrar por derrotismos, por insolidaridades que nos encierren en nosotros mismos.

Es Jesús que nos llena de su Espíritu para que seamos nosotros los que hagamos con nuestra vida ese anuncio nuevo, para que seamos nosotros los que construyamos ese año de gracia, para que seamos nosotros los que hagamos una nueva humanidad. Los signos y señales tienen que aparecer en nuestra vida; los cristianos no nos podemos ocultar; tenemos que mostrar esos signos nuevos del Reino de Dios.

lunes, 30 de agosto de 2021

Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

 


Tenemos que estar dispuestos a ponernos en camino para arrancarnos de lo que nos oprime y nos angustia aceptando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece

1Tesalonicenses 4, 13-18; Sal 95; Lucas 4, 16-30

Todos sabemos que el ritmo de las lecturas de la Palabra de Dios en medio de la semana en el tiempo Ordinario es distinto al ritmo del Evangelio que escuchamos los domingos. En los domingos son tres ciclos dedicados enteramente a los evangelios sinópticos; este ciclo estamos escuchando en el evangelio de los domingos a san Marcos, salvos los últimos cinco domingos que se leyó el capítulo 6 del evangelio de Juan; ya ayer retomamos de nuevo a san Marcos. Sin embargo en medio de semana hasta ahora hemos venido escuchando a san Mateo y hoy tomamos el evangelio de Lucas a partir del capítulo 4 con el episodio de la sinagoga de Nazaret, que hoy se nos ha proclamado, comenzando así el camino del evangelio, repito, de Lucas que tiene unas características muy especiales.

Hoy nos dice el evangelista que Jesús fue a su pueblo de Nazaret donde se había criado y el sábado según su costumbre fue a la sinagoga para la proclamación y escucha de la Ley y de los Profetas. Según su costumbre, nos dice, lo que había hecho en todos sus años de juventud hasta que había partido para el anuncio de la Buena Nueva del Reino por todos los rincones. Ahora va, y es Jesús el que hace la lectura, en este caso del profeta Isaías. Cuando termina de proclamarla y todos esperaban su comentario todo lo que viene a decir es que aquella Escritura se estaba cumpliendo ahora y allí. ‘Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír’.

Ya escuchamos, la gente se sorprende, en principio se siente orgullosa que sea uno de su pueblo el que ahora proféticamente este anunciando el Reino de Dios por todos los rincones, pero como sucede siempre en pueblo pequeño comienzan las desconfianzas porque a El siempre lo han conocido desde pequeño y por allí andan sus parientes y no es sino el hijo del carpintero, ¿de dónde saca todo esto?

Jesús ha proclamado un texto de Isaías que anuncia un tiempo nuevo de liberación y de salvación; vendrá la libertad para los oprimidos, los que se ven con muchas limitaciones en su vida sentirán que todo cambia y es como que los ciegos recobran la vista, los leprosos son curados con todo lo que eso significaba y los inválidos podrán caminar. Es el año de gracia del Señor, es el año de la gran liberación, es el jubileo universal donde todo ha de cambiar. Y eso comienza aquí y ahora, les dice. Hoy se cumple, en El se cumple porque El es quien está lleno del Espíritu del Señor enviado a anunciar esa buena nueva a los pobres y oprimidos.

Son palabras que despiertan la esperanza porque es un mundo nuevo el que va a comenzar; son palabras comprometedoras porque quienes van a creen en esas palabras han de emprender un camino nuevo, porque es una vida nueva la que se les ofrece. Pero muchas veces nos sucede que aunque andemos muy oprimidos y esclavizados parece que nos cuesta salir de esa situación, cuando significa que nosotros tenemos que ponernos en camino. Cuántas veces los israelitas peregrinos por el desierto, porque el camino de liberación que estaban recorriendo les resultaba costoso y duro, anhelaban volver a los puerros y a las cebollas de Egipto, aunque eso significase seguir viviendo bajo la opresión y la esclavitud.

¿La gente de Nazaret pensaba que todo se les iba a dar con demasiada facilidad? Como les dice Jesús, estáis pensando por qué no hago aquí los milagros que habéis escuchado que he hecho en Cafarnaún y en otros sitios. Pero dirá el evangelista que allí no hizo milagros por su falta de fe. Escuchaban las palabras de Jesús pero no terminaban de creer, escuchaban las palabras de Jesús pero les costaba ponerse en ese camino de liberación; muchas cosas oprimían sus corazones, muchas angustias inundaban sus vidas, muchas decepciones les hacían perder la esperanza, pero había que querer salir de esa opresión o de esa angustia; era necesario querer ponerse en camino. Y ese paso no lo daban, por eso lo rechazaron y hasta quisieron tirarlo por un barranco.

Esto nos tiene que hacer pensar para nuestra vida. ¿Cómo acogemos nosotros ese mensaje de liberación que se nos ofrece? ¿Estaremos dispuestos a ponernos en camino para ir arrancando de nosotros todo eso que nos oprime y nos angustia, todo eso que crea dependencias en nosotros y nos llena de limitaciones? ¿Preferiremos los puerros y las cebollas de Egipto aunque eso signifique seguir en ese estado de esclavitud? Cuántas veces decimos, es que esto se ha hecho siempre así, porque no queremos hacer el esfuerzo de cambiar para vivir algo nuevo y con eso estamos rechazando la buena nueva de liberación que Jesús nos ofrece.

domingo, 27 de enero de 2019

Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor


Sigue siendo de algún modo Epifanía porque sigue manifestándose Jesús como el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu, que proclama la Buena Noticia del Año de Gracia del Señor

Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10; Sal 18; 1 Corintios 12, 12-30; Lucas 1,1-4; 4,14- 21
Todos habremos visto en más de una ocasión a gente llorando de emoción y de alegría. ¿Por qué llora esa mujer? nos preguntamos quizás cuando le hemos dado una buena noticia a alguien y se emociona tanto, y tanta es su alegría que prorrumpe en lágrimas como si le hubieran comunicado la mayor desgracia. Y es que no se llora solamente de tristeza o cuando lo pasamos mal por algún motivo, se llora también de alegría, de emoción.
Una buena noticia inesperada, el anuncio de un acontecimiento importante que quizás esperábamos pero que no terminaba de acontecer, la celebración gozosa de algo importante para nuestra vida que cala hondo en emoción en nosotros, nos hace prorrumpir en lágrimas. Algo grato, bueno, que nos llena de alegría y lo expresamos con nuestras lágrimas de emoción. Dejamos fluir nuestras lágrimas, sacamos a flote nuestras emociones, expresamos a través de estos signos los sentimientos más hondos de nuestra alma.
Algo así le estaba pasando al pueblo reunido cuando Nehemías convocó a la gente, levantando un estrado alto en medio de la plaza, para leerles el texto de la Ley, la Escritura Santa. habían pasado por momentos difíciles cuando se vieron lejos de su tierra, lejos del Templo del Señor, y lejos de su ciudad santa y sin poder escuchar la Ley del Señor. Ahora cuando están rehaciendo de nuevo sus vidas allí en medio de ellos y con toda solemnidad a pesar de su pobreza se proclama de nuevo la Palabra del Señor, y el pueblo se emociona y llora de alegría. ‘No hagáis duelo ni lloréis porque hoy es un dia consagrado al Señor… No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’. Y les invita a hacer fiesta, expresado también en los banquetes de fiesta que han de celebrar.
Era la alegría por el reencuentro con la Palabra del Señor, que nos tendría que hacer pensar a nosotros si en verdad sentimos ese mismo gozo y esa misma alegría cuando se nos proclama la Palabra del Señor. Miremos nuestras caras cuando cada domingo o cada día acudimos a la celebración del Señor; miremos nuestras caras cuando se nos está haciendo la proclamación de la Palabra de Dios y tenemos que reconocer que muchas veces más que alegría mostramos aburrimiento y que nuestras mentes en esos momentos están en otro lugar.
Mucho tendría que hacernos pensar esta Palabra que hoy se nos está proclamando y cuáles son nuestras actitudes, nuestras posturas, nuestra atención mientras se nos hace la proclamación. Hablamos con el que está a nuestro lado mientras nos habla el Señor por medio de su Palabra, no nos importa llegar tarde y quizá mientras se están haciendo las lecturas nosotros vamos visitando todo los altares de nuestra devoción haciendo caso omiso a lo que se  nos está proclamando y acaso siendo también motivo de distracción para el resto de personas que están en el templo.
Pero este texto que estamos comentando nos sirve hoy de introducción, por así decirlo, al texto del evangelio que se nos ha proclamado. Jesús, después de haber recorrido ya muchos pueblos y aldeas de Galilea haciendo los primeros anuncios del Reino, llega a su pueblo de Nazaret y el sábado va a la sinagoga al momento de la oración. Es invitado o El se ofrece a proclamar el texto del profeta y hacer su comentario, pues el encargado de la Sinagoga podía invitar a alguien a que hiciese esa proclamación y comentario; Jesús venía ya con la fama de su predicación por distintos lugares y siendo un hijo de aquel pueblo es invitado a hacerlo.
El texto escogido para su proclamación es del profeta Isaías. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido y me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor’. Todos en la sinagoga tenían fijos los ojos en Él, nos dice el evangelista, esperando sus palabras, su comentario.  ‘Y él se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
El comentario es breve y muy concreto. Lo anunciado allí se cumplía. Allí estaba el Ungido del Señor. Y aunque empleamos la palabra en castellano, venía a decirles que allí está el Mesías del Señor. El ungido del Señor era el Mesías; y allí se estaba señalando su misión. Enviado para anunciar una Buena Noticia.
¿Cuál era esa Buena Noticia, ese Evangelio que se estaba anunciando? Llegaba el dia de la liberación, de la salvación. Una buena noticia que tenía que llenar de alegría a los pobres, a los oprimidos y esclavizados, a los ciegos y a cuantos estaban llenos de ataduras en su cuerpo o en su espíritu. Era el momento del perdón, de la gracia, de la amnistía. era el momento de estrenar una nueva libertad, una nueva vida liberada de toda atadura. Era el día del Señor, el año de gracia del Señor.
Era la misión de Jesús, lo que a través de signos y señales iría realizando en su caminar aquellos caminos de Palestina; era el anuncio de gracia, el anuncio del Reino de Dios que comenzaba y que había que creer. Era el momento de la Salvación en que se iba a establecer una nueva Alianza que será sellada no ya con la sangre de los toros y de los machos cabríos sino en la Sangre del Cordero, en la Sangre de Cristo derramada por nosotros para traernos la vida y la salvación.
Aunque litúrgicamente estamos desde hace dos semanas en el tiempo llamado Ordinario, podemos decir que sigue siendo Epifanía, porque sigue manifestándose solemnemente Jesús, el Hijo de Dios, el Ungido del Espíritu del Señor, el que venía a proclamar al Año de Gracia del Señor.
Recogiendo la imagen que comentábamos al principio nos tenemos que preguntar con qué alegría nosotros estamos recibiendo esta Buena Noticia. ¿Lloraremos de alegría y haremos fiesta porque se nos anuncia esta Buena Noticia? Y aquí tenemos que concluir con qué actitudes nuevas nosotros tenemos que disponernos siempre a escuchar la Palabra de Dios.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Cuando nos llamamos cristianos de verdad no podemos ir por la vida con remiendos ni parches aunque nos cueste

Colosenses 1, 15-20; Sal 99; Lucas 5, 33-39

Uno que es mayor no entiende mucho de las modas de hoy cuando ve a los jóvenes que por moda o snobismo utilizan esos pantalones rotos adrede, que incluso ya se compran así en la tienda o llena de remiendos. Como digo, ya uno va siendo mayor, y recuerda en su niñez aquellos años difíciles en que con los retazos de los pantalones del padre o del hermano mayor se hacían los pantalones del hijo mejor, o cuando no quedaba más remedio ver a nuestras madres poniendo remiendos en el pantalón o la camisa en la que habíamos hecho un siete, un roto; sentíamos un cierto pudor el ponernos una ropa así pero no nos quedaba más remedio que utilizar el remiendo, y valga el juego de palabras. ¿Esas nuevas modas podrían ser un síntoma de ese nuevo sentido de vivir del hoy de nuestro mundo?
Pero yo diría que lo malo no son los remiendos que podamos hacernos por necesidad o por capricho en la ropa que llevemos puesta, sino que la vida misma esté llena de remiendos. Y creo que todos nos entendemos. Es cierto que no somos buenos, o al menos dejamos meterse muchas cosas que no son tan buenas en nuestra vida. La persona que quiere crecer en lo humano y en lo espiritual trata de corregir, de arrancarse de esas malas costumbres o de esas cosas malas que se nos van apegando en la vida. No podemos andar con remiendos, con parches sino que hemos de hacer una transformación radical de nuestra vida.
Y es cierto también que nos cuesta, aunque también es cierto que tenemos el peligro de no poner todo nuestro empeño y esfuerzo en transformar nuestra vida; nos consentimos esto por aquí, aquello otro por allá; decimos que son cosas menores que no tienen importancia, pero bien sabemos que así no avanzaremos de verdad en ese crecimiento de nuestra vida; bien sabemos que las malas hierbas hay que arrancarlas de raíz, porque si dejemos la más mínima raíz aquello volverá a brotar en nosotros.
De eso quiere hablarnos Jesús hoy, es la imagen que nos propone. Recordemos que en su anuncio en la sinagoga de Nazaret con aquel texto de Isaías hablaba de una amnistía, de un año de gracia del Señor. Era un anuncio de una vida nueva, de una renovación total; por eso nos decía que venía a traernos la liberación, y que todo lo malo había de ser transformado. Nos habla Jesús de un mundo nuevo y de una vida nueva. Quien ha sido liberado ya no querrá llevar jamás cadenas de nuevo. No querrá caer de nuevo en la esclavitud. Por eso no nos valen los remiendos, sino que todo ha de ser transformado para vivir una vida nueva. Es la necesaria radicalidad en el seguimiento de Jesús. Pero cuánto nos cuesta.
Es la novedad del evangelio que nos hace hombres nuevos. Y eso tenemos que traducirlo en el día a día de nuestra vida, en las cosas que hacemos y que vivimos. Eso tenemos que traducirlo en ese nuevo sentido de vivir, de encontrarme con los demás, de nuestra relación con Dios, de nuestro sentido de comunión, de nuestro vivir en Iglesia. Cuántas cosas tenemos que transformar en nosotros mismos, para que luego logremos esa transformación de nuestro mundo. Pero esto hemos de vivirlo de una forma radical. Mucho podríamos decir también de esa Iglesia nueva que hemos de vivir que manifieste verdaderamente el rostro misericordioso de Cristo.

lunes, 31 de agosto de 2015

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

Necesitamos esperanza trascendente confiando en nosotros mismos, en los demás y en el mundo que podemos hacer mejor porque creemos en Cristo resucitado

1 Tes. 4, 13-17; Sal. ; Lucas, 4,16-30

 ‘No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza’. No podemos ser hombres sin esperanza. Este texto lo hemos escuchado y meditado muchas veces. Es de la carta de san Pablo a los Tesalonicenses; está hablando de los últimos tiempos, pero también del sentido de la muerte para el cristiano, pero creo que tendría que ayudarnos a reflexionar para todos los sentidos de nuestra vida.
‘Lo último que se pierde es la esperanza’, es un dicho que se suele repetir en medio de los agobios y problemas que nos va ofreciendo la vida. Pero, ¿qué esperanza tenemos? ¿vivimos con esperanza? Algunos parece que ya han perdido lo ultimo que les quedaba porque han perdido la esperanza.
Hablamos de la esperanza y de la trascendencia de nuestra vida. Los cristianos pensamos en el más allá y en la vida eterna; ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza en el Señor, fiándonos de su Palabra. Aunque quizá muchos que se llaman cristianos han perdido ese sentido de trascendencia y en lo menos que piensan es en la vida eterna, absortos solo en este mundo terreno. Hemos pedido un sentido espiritual de la vida y nos hemos materializado demasiado. Ya no le damos autentico sentido de esperanza a nuestra vida.
Necesitamos de esa virtud, necesitamos de ejercitar la esperanza en nuestra vida en esas cosas concretas que vivimos en cada momento en el sentido más humano. Esperamos porque confiamos; confiamos en nosotros mismos y en nuestras posibilidades, en el desarrollo de nuestras capacidades, de nuestras cualidades; como tenemos que aprender a confiar en los demás, a valorar a los otros, sentir que ellos también son capaces pero no solo sentirlo nosotros sino hacérselo sentir a los demás; confiamos en la posibilidades que tiene nuestro mundo porque no podemos ser derrotistas sino que en esa confianza tenemos la esperanza de que las cosas pueden cambiar, pueden mejorar, podemos salir de ese túnel oscuro en el que a veces parece que estamos metidos.
Si no tenemos confianza, si no esperamos nada de nosotros mismos ni de los demás, nuestra vida se hace oscura y difícil; es difícil andar entre tinieblas y así vamos caminando cuando hemos perdido la esperanza. Por eso tenemos que aprender a confiar y a tener esperanza.
Y como creyentes en medio de toda esa esperanza humana sentimos la presencia de Dios, del Dios que ha venido hasta nosotros para ayudarnos a hacer un mundo nuevo. Hoy en el evangelio hemos escuchado la proclama que Jesús hace de su misión allí en la sinagoga de Nazaret leyendo aquel texto de Isaías.
Las cegueras y oscuridades pueden desaparecer de la vida; esas imposibilidades que nos limitan y nos impiden caminar con autonomía y libertad van a desaparecer; aquellas negruras que nos corroen el alma cuando hemos dejado meter el mal dentro de nosotros se van a transformar en luz. Es lo que nos anuncia Jesús con su presencia y nos dice ‘esta escritura que acabáis de hoy se cumple hoy’. Ahí tenemos a Jesús nuestro liberador, nuestro redentor, el que nos llena de su gracia. Viene a proclamar la amnistía y la liberación con el año de gracia del Señor.
Para eso murió y resucitó. Por eso nos decía san Pablo que no podíamos perder la esperanza porque creemos en que Jesús ha muerto y resucitado y nosotros resucitaremos con El. Pongamos esperanza en nuestra vida.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

Con nuestras nuevas actitudes y nuestra manera nueva de actuar y de amar haremos posible que se cumpla la Escritura en el mundo de hoy

1Cor. 2, 1-5; Sal. 118; Lc. 4, 16-30
He de comenzar confesando que cuando tengo que anunciar o explicar la Palabra de Dios me siento en plena sintonía con lo que hoy expresa san Pablo en la carta a los Corintios. ‘Me presento a vosotros débil y temblando de miedo’, por la grandeza que significa el anuncio de la Palabra de Dios y lo pequeño y pecador que me siento ante ella. ‘Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado’, dice el apóstol, y es lo que quiero anunciar, porque la fuerza de la Palabra de Dios no está en mis palabras ni en mis saberes, sino en la fuerza del Espíritu del Señor.
Dentro del ritmo de la proclamación de la Palabra en el tiempo Ordinario en medio de la semana, hoy comenzamos a proclamar el evangelio de san Lucas; hemos venido escuchando a san Mateo. Dejamos aparte todo lo referente al nacimiento y a la infancia de Jesús hasta su Bautismo en el Jordán, pues fueron textos que ya escuchamos en el tiempo de la Navidad y la Epifanía. Hoy partimos de su presentación en la sinagoga de Nazaret.
Jesús se presenta en su pueblo Nazaret, allí donde se había criado y donde estaban sus parientes, y el sábado en la sinagoga se puso en pie para hacer la lectura. Proclamó un texto de Isaías que viene a ser el gran anuncio de la misericordia del Señor que se nos va a manifestar en Jesús. ‘Es el año de gracia del Señor’. Como dirían en otra ocasión las gentes al contemplar las obras de Jesús ‘Dios ha visitado a su pueblo’, en consonancia también con lo cantado proféticamente por Zacarías en el nacimiento de Juan.
Donde y cómo se va a manifestar esa misericordia del Señor. El profeta habla de amnistía, de año de gracia. ¿Y qué es lo que se nos manifiesta en Jesús? Allí está el que viene a traer la salud a todos los que sufren, el que se nos manifiesta como luz para hacernos comprender el misterio de Dios y la grandeza del hombre, el que viene a liberarnos de la peor de las esclavitudes que pueden atenazar el corazón de los hombres.
Allí está Jesús, el ungido del Espíritu para anunciarnos que viene la hora del perdón y de la paz, que viene la hora de comenzar algo nuevo que llamaremos reino de Dios porque ya para siempre Dios va estar en el centro del corazón del hombre. Allí está el Mesías de Dios; no olvidemos que decir ungido es lo mismo que decir Mesías o decir Cristo, según el idioma que empleemos. Por eso proclamará Jesús al terminar de hacer la lectura: ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’.
Ya muchas veces hemos reflexionado sobre este texto y hemos comentado la reacción de las gentes de Nazaret que si primero se manifestaron con admiración y orgullo porque Jesús era uno de ellos, allí estaban sus parientes y allí se había criado, al final lo rechazaron intentando incluso despeñarlo por un barranco que estaba a las afueras del pueblo. ¿Aceptamos o no aceptamos nosotros a Jesús también según nos convenga o no? Cuantas veces nosotros también ante el evangelio tenemos la tentación de hacer como apartados en los que hay unas cosas que nos gustan pero hay otras cosas que no nos caen tanto en gracia y fácilmente las olvidamos o incluso las rechazamos. Da qué pensar todo esto.
Pero quisiera terminar invitando a que nos hiciéramos una pregunta. ¿También hoy entre nosotros se podría decir como dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret ‘hoy se cumple aquí esta Escritura que acabáis de hoy’?
Se cumple esta Escritura porque también nosotros hacemos presente a Jesús si al menos servimos de consuelo para los que lloran a nuestro lado y somos capaces de despertar ilusión y esperanza en tantos que viven con el corazón atormentado; se cumple esta Escritura entre nosotros si con nuestro compartir estamos haciendo en verdad un mundo mejor donde nos amemos más; se cumple esta Escritura porque no solo queremos recibir el perdón y la gracia que el Señor nos ofrece, sino que también en nuestras relaciones mutuas y en nuestro trato somos también capaces de ser comprensivos con los demás, ofrecemos generoso perdón a quienes nos hayan ofendido y tratamos en todo momento de buscar la concordia y la paz en nuestra convivencia de cada día.
Muchas más cosas podríamos decir y reflexionar en este sentido. Cada uno tendría que pensar cómo va a hacer posible con su vida, con sus actitudes nuevas, con su manera de actuar y de comportarse que esta Escritura se cumpla también entre nosotros y así hagamos más presente a Jesús y su salvación en nuestro mundo, en ese mundo concreto en el que vivimos cada día.

viernes, 17 de enero de 2014

Jesús había anunciado el año de gracia del Señor para el perdón de nuestros pecados

1Sam. 8, 4-7.10-22; Sal. 88; Mc. 2, 1-12
El cuadro que estamos contemplando cuando escuchamos este texto del evangelio que hoy se nos ha proclamado nos habla del entusiasmo de la gente que se agolpa allí donde está Jesús porque quiere escucharlo y estar cerca de El; pero nos habla de fe y de amor solidario, como nos hablará también de la verdadera salvación que viene a ofrecernos Jesús.
‘Cuando a los pocos días se supo que Jesús había vuelto a Cafarnaún acudieron tantos que no quedaba sitio ni a la puerta’. Allí están queriendo no perderse ni una palabra de Jesús. Allí se despierta la fe y se despierta el amor. Acuden unos hombres portando en una camilla a un paralítico para que Jesús lo cure. Es imposible entrar, pero ellos quieren llegar como sea hasta los pies de Jesús con aquel enfermo. Y la fe y el amor se las ingenian; ‘levantaron una tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y por allí descolgaron la camilla con el paralítico’. Alguien podría estar pensando en el dueño de la casa al que le están destrozando el techo. Pero lo importante ahora es la fe de aquellos  hombres. ‘Viendo la fe que tenían’, dice el evangelista, ‘le dijo al paralítico: hijo, tus pecados quedan perdonados’.
Siempre nos fijamos en la reacción de los letrados que por allí andaban que no entienden las palabras de Jesús; es más, dirán que blasfema, porque ‘¿quién puede perdonar pecados fuera de Dios?’ Pero, siendo sinceros, ¿cuál hubiera sido nuestra reacción si  nosotros hubiéramos estado en su lugar? Lo que aquellos hombres venían buscando era la curación del paralítico y de eso, de entrada, no dice nada Jesús. Tenían fe, les gustaba escuchar sus palabras y su corazón se enardecía y se llenaba de esperanza cuando lo escuchaban; pero ellos aún no habían descubierto quien era realmente Jesús. A lo más podían pensar que era un profeta o un hombre de Dios.
Pero ¿no sigue siendo la reacción de muchos hoy cuando le hablamos de la confesión de los pecados y del sacramento de la penitencia? Yo a ningun hombre le voy a contar mis pecados para que me los perdone, yo le pido perdón a Dios cuando hago mis oraciones y no necesito nada más, dicen muchos y de alguna manera allá en nuestro interior ponemos nuestras dificultades y reticencias a la hora de confesar nuestros pecados.
Jesús curará a aquel paralítico; al final le dirá: ‘Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. Pero aquel hombre no solo ha recobrado el movimiento de sus miembros para incluso poder cargar con su camilla, sin que nadie tenga ya que ayudarle, sino que aquel hombre se sentirá salvado en lo más profundo de si mismo. Jesús le había dicho ‘tus pecados están perdonados’, y la salvación había llegado a su vida. Jesús quiere dejarnos claro que es lo más hondo, lo más grande que viene a ofrecernos.
En la sinagoga de Nazaret había proclamado aquel texto del profeta que anunciaba el año de gracia del Señor. El año de gracia del perdón era el año del jubileo, el año en que todas las penas quedaban condonadas, en que todo era perdonado, porque era como comenzar de nuevo una vida nueva. Y Jesús venía a traernos ese año de gracia universal, de una vez para siempre. El venía a traernos la gracia y el perdón. Ahora nos lo estaba manifestando para que lo tuviéramos claro desde el principio. La salud, la salvación que venía a ofrecernos era algo profundo que transformaba totalmente nuestra vida. Porque quien se siente perdonado, se siente amado y se siente transformado por ese amor y ya su vida no puede ser de la misma manera.

Cómo tenemos que aprender nosotros a gustar ese perdón que el Señor nos ofrece, saborear ese amor tan grande que Dios nos tiene que nos inunda con su misericordia. No siempre valoramos y vivimos con la intensidad que deberíamos el sacramento de la Penitencia donde recibimos el perdón del Señor. Tendría que ser siempre una fiesta para nosotros, porque fiesta tenemos que sentir en el corazón cuando así nos sentimos amados del Señor.

jueves, 10 de enero de 2013

con la fuerza del Espíritu fue a Galilea


Con la fuerza del Espíritu fue a Galilea a anunciar la Buena Noticia de la gracia y el perdón

1Jn. 4, 19-5, 4; Sal. 71; Lc. 4, 14-22
‘Y El se puso a decirles: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’. Había comenzado diciéndonos el evangelista: ‘Con la fuerza del Espíritu volvió a Galilea y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en la sinagoga y todos los alababan’.
Ahora está en la sinagoga de su pueblo, de Nazaret. Se ha adelantado a hacer la lectura. Era algo que podía hacer cualquiera, pero en ocasiones se invitaba a alguien en especial por parte del encargado. ¿Habría llegado ya noticia a Nazaret de lo que hacía por otras partes? Probablemente sí, por lo que más adelante comentará el mismo Jesús y se sabe que era el pensamiento de las gentes de su pueblo. Ahora todos están absortos en las palabras que les dice Jesús. ¿Qué les va a anunciar el hijo del carpintero? ¿Qué Buena Nueva les viene a traer? No saben ellos que la Buena Nueva es Jesús, que Jesús es el Evangelio que se proclama.
Había proclamado el texto de Isaías: ‘El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres…’ Se cumple esta Escritura. ‘Con la fuerza del Espíritu volvió a Galilea’, había ya dicho el evangelista. Allá en el Jordán - lo vamos a contemplar el próximo domingo - Juan había visto bajar al Espíritu sobre El en forma de paloma. Ahora es el texto de Isaías que habla de Buena Nueva a anunciar, de liberación a realizar con los oprimidos y con todos los que sufren, de amnistía y de perdón porque viene el año de gracia del Señor.
Seguimos dentro de la semana de la Epifanía. Seguimos contemplando esa manifestación de Jesús a su pueblo, con su misión. Es el que viene lleno del Espíritu del Señor y viene a traernos la paz; viene a manifestarnos todo lo que es el amor de Dios que quiere para nosotros la salvación; viene a liberarnos de todo mal, nada nos puede ya esclavizar porque Cristo nos ha liberado; viene con el perdón y la paz, porque para todos hay gracia; es el regalo de Dios a la humanidad que nos llega con Jesús.  
Mucho quieren decir las palabras de Isaías que Jesús ha proclamado en la sinagoga. Solemos llamar a este pasaje del evangelio el mensaje programático de Jesús. Algo así como cuando en la vida pública alguien presenta un programa de lo que pretende conseguir, de lo que son sus objetivos. Jesús solamente lee a Isaías y termina diciendo: ‘Hoy se cumple esta Escritura’. Hoy, porque no es cosa de futuro, porque allí está ya Jesús y El es ese amor de Dios que se manifiesta; allí está Jesús el que nos va a liberar de la peor de las ataduras cuando nos dé el perdón para nuestros pecados en su sangre derramada; El es la gracia del Señor que llega como amnistía para nuestra vida.
Hoy, porque ya a partir de Jesús todo tiene que ser distinto, una vida nueva es la que tenemos que vivir, unos principios nuevos, unos valores nuevos son los que van a regir nuestra existencia. Comienza Jesús a anunciar la Buena Nueva a los pobres, porque comienza a estar Jesús en medio de nosotros para levantar nuestra vida, para darnos esperanza, para enseñarnos una nueva forma de vivir, para ser nuestra fortaleza y nuestro alimento, para ser la luz que vaya guiando nuestros pasos y ya no andemos más en tinieblas. En Jesús ya nos vemos saciados, fortalecidos, iluminados con una luz nueva.
Cómo tendríamos nosotros que escuchar este mensaje de Jesús. También tendríamos que estar a la expectativa y sabiendo todo  lo que sabemos comenzar ya a vivir esa vida nueva alejándonos de todo lo que nos pueda esclavizar o pueda llenar de tinieblas nuestra vida. Es que todo esto que nos dice Jesús con las palabras del profeta es algo que nosotros hemos experimentado muchas veces en nuestra vida. ¡Cuántas veces hemos recibido su perdón! ¡Cuántas veces nos  hemos alimentado de su cuerpo y de su sangre! ¡Cuántas veces la luz de la Palabra ha iluminado nuestra vida ayudándonos a encontrar ese sentido  nuevo que Jesús nos quiere trasmitir! ¡Cuántas veces hemos disfrutado de su presencia de gracia en nosotros y nos hemos sentido fortalecidos desde lo más hondo!

domingo, 24 de enero de 2010

Una asamblea en la que se cumple la Palabra proclamada


Nehemias, 8, 1-10;

Sal. 18:

1Cor. 12, 12-30;

Lc. 1, 1-4; 4, 14-21


Una asamblea de creyentes, una proclamación de la Palabra de Dios, una presencia salvadora de Dios con una respuesta de fe por parte del pueblo creyente. ¿A qué asamblea nos estamos refiriendo? ¿la celebrada en el templo de Jerusalén en tiempos de Esdras y Nehemías? ¿la de la sinagoga de Nazaret? ¿o a esta asamblea cristiana congregada ahora y aquí que somos nosotros?
‘Hoy es un día consagrado a nuestro Dios… no estéis tristes pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza’, se dijo entonces. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, dijo Jesús en la sinagoga de Nazaret. ‘Palabra de Dios… Palabra del Señor… te alabamos, Señor… gloria y honor a ti, Señor Jesús’ , hemos aclamado nosotros.
‘Todo el pueblo estaba atento al libro de la ley…’ lloraba de alegría cuando ‘Esdras abrió el libro a vista del pueblo’, por lo que todo eran bendiciones para el Señor que así les hacía conocer su Palabra y a todos se les invitaba a la alegría y a la fiesta cuando se proclamaba el libro de la Ley y se les explicaba al pueblo. ‘Todos en la sinagoga estaban expectantes y tenían los ojos fijos en Jesús’. Quizá, sin embargo, tendríamos que preguntarnos si venimos nosotros con la misma expectación cada domingo y con la misma alegría y emoción en el corazón para escuchar la Palabra del Señor que se nos proclama.
Los textos hoy proclamados tanto Nehemías como el Evangelio nos ofrecen el testimonio de lo que podíamos decir una catequesis y una liturgia, una proclamación de la Palabra. ‘Los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido de forma que comprendieran la lectura’. Por su parte san Lucas nos dice que ha resuelto ‘componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros. Siguiendo las tradiciones trasmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra… para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido’, le dice a Teófilo a quien dedica el evangelio.
Nos dirá Nehemías con detalle cómo fue aquella proclamación y lectura de la Ley, y nos contará Lucas la liturgia de todos los sábados en las sinagogas judías, con la proclamación aquel día en Nazaret del texto de Isaías.
‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, que acabamos de escuchar tenemos que decir nosotros. Cristo está también en medio de nosotros en esta Palabra que nos congrega y que se nos proclama. Es la Palabra de Dios que planta su tienda entre nosotros. Cristo es el Ungido del Señor – recordemos lo que celebramos hace un par de domingos, el Bautismo del Señor -, el que está lleno del Espíritu del Señor, como nos dice hoy Isaías, y que viene con su Buena Nueva de vida y salvación para nosotros, para los pobres, para los oprimidos y faltos de libertad, para todo nuestro mundo trayéndonos la amnistía, el perdón, anunciándonos el año de gracia del Señor.
Es así cómo nosotros hemos de recibir la Palabra de Dios que se nos proclama. Es así cómo tenemos que experimentar en nosotros esa presencia viva del Señor que nos anuncia y trae la salvación. No son unos textos o unos relatos cualesquiera que pudiéramos sustituir por cualquier otro texto o lectura. Es la Palabra salvadora del Señor. Una Palabra que tiene que ser eficaz en nosotros transformando de verdad nuestra vida. Palabra que es nuestro gozo y nuestra fortaleza. Palabra que es Buena Nueva, Buena Noticia de gracia y salvación para nuestra vida. Palabra que nos ilumina los ojos del corazón y que nos libera de la peor cautividad y opresión que es nuestro pecado. Palabra que nos llena de gracia y de vida produciéndose la más hermosa y profunda renovación.
¿Es así siempre en nosotros? Depende, no de la Palabra que se nos proclama, sino de nuestra expectativa y nuestra respuesta. ¡Qué lástima cuando escuchamos decir a alguien que no viene a nuestras celebraciones porque se aburre y se cansa, porque siempre es lo mismo y no hacemos sino repetir las mismas cosas!
Tenemos que pedir fe. La Palabra de Dios no se repite, aunque sean los mismos textos, sino que siempre será noticia nueva y buena para nosotros. Si con fe la escuchamos abriendo nuestro corazón como tierra buena, entonces podremos escuchar esa Palabra nueva y viva que el Señor tiene que decirnos en este momento concreto en que la escuchamos.
En la Parábola del sembrador, que tantas veces hemos escuchado, la semilla es la misma, pero era la tierra la que no estaba preparada de la misma manera para recibirla y por eso sólo la tierra buena y bien dispuesta hizo que pudiera producir fruto al ciento por uno. Así nosotros, depende de nuestra actitud, de la apertura de nuestro corazón, de la fe con que la recibamos.
Una última cosa; no olvidemos que la Palabra que recibimos y escuchamos nos convierte también a nosotros en mensajeros de esa Palabra. Mensajeros con nuestra vida nueva y comprometida para hacer el anuncio, para llevar la luz, para anunciar y realizar también la liberación de los oprimidos. De cuántas maneras esa Palabra puede ser liberación y anuncio de salvación para los demás a través de nosotros. Cuánto podemos y tenemos que transformar con el anuncio de esa Palabra.
Una Palabra que nos congrega y nos hace vivir en unidad y comunión. Recordemos la imagen que contemplábamos al principio de el asamblea congregada y reunida para la escucha de la Palabra. Una Palabra que nos llena a nosotros también con la fuerza del Espíritu del Señor. No olvidemos que tenemos que ser otros Cristos, porque así hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro Bautismo.

lunes, 31 de agosto de 2009

Presentación de Jesús en la Sinagoga de Nazaret con reacciones diversas

1Tes. 4, 13-17
Sal. 95
Lc. 4, 16-30

Iniciamos en nuestra lectura continuada el evangelio de san Lucas. Saltando todo el evangelio de la Infancia de Jesús que se lee en el entorno del adviento y la navidad, ahora partimos del inicio de su vida pública en su presentación en la Sinagoga de Nazaret. Ya había comenzado Jesús su actividad porque hay referencias a su actuar en Cafarnaún, pero este texto es considero algo así como un discurso programático por el texto de Isaías que Jesús proclama.
Viene a definir cuál es la acción de Jesús, el ungido por el Espíritu y enviado del Padre para anunciar la Buena Nueva de la salvación y liberación a los pobres, a los cautivos, los ciegos, lo oprimidos. ‘El Espíritu del Señor está sobre mí. Porque El me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor’. Con Jesús llega el gran jubileo, la amnistía, el perdón y la salvación para todos. ‘Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír’, les dice finalmente.
Una primera de reacción y de aprobación. ‘¿No es éste el hijo de José?’, pero que poco a poco se transforma en una reacción bien distinta. ‘Todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monto donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo’.
¿Qué había pasado? ¿por qué ese cambio tan brusco? Aprobación y rechazo. Orgullo porque era de Nazaret, era el hijo de José, y deseos de quitarlo de en medio. Por ahí pueden ir los tiros. El orgullo de saber que era uno de los suyos – ‘se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios’ – podía hacer surgir la tentación de querer manipularle en su favor.
Jesús les descubre sus intenciones. ‘Me vais a decir: Médico, cúrate a ti mismo. Haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún’. Tu eres el pueblo y si eres tan poderoso haz también cosas aquí entre nosotros, no te olvides de nosotros. Ya sabes que también aquí tenemos problemas, hay enfermos, gentes que carecen de todo. Comienza por aquí, que eres de los nuestros.
Más o menos así estarían pensando. Bueno eso sigue sucediendo, cuando hay alguien de nuestro pueblo que ha alcanzado poder o tiene muchas influencias a él acudimos para que, como somos de su pueblo y hasta de su familia, a nosotros nos haga favores especiales. Lo de las influencias… Pero ¿no hacemos algo así también nosotros con Dios en nuestra oración muchas veces muy interesada? Le queremos recordar al Señor lo bueno que somos, las cosas que hemos hecho, el manto de la Virgen que compré o los bancos de la Iglesia que regalé, las ramos de flores que le llevamos a la Virgen o las veces que la hemos ido a visitar, por decir algunas cosas. Somos tan buenos y hacemos tantas cosas buenas que el Señor tiene que escucharnos. Poco menos que hacemos esas como buenas y las ponemos como en depósito para cuando yo necesite algo… ¿Lo chantajeamos? Algo así algunas veces.
Muchas viudas había en tiempos de Elías, y muchos leprosos en Israel en tiempos de Eliseo. Pero la viuda que fue atendida, no era israelita sino de Sarepta de Sidón, y el leproso curado era un sirio, Naamán. ¿Cómo es el actuar de Dios? El Señor no se deja llevar por nuestras miras humanas. El nos reparte su amor con generosidad. Y con generosidad y con humildad nos presentamos nosotros ante Dios en nuestra súplica y en nuestra oración. Lo que Jesús les dice trastoca frontalmente lo que eran sus sueños y aspiraciones, de ahí su reacción. ¿Nos sucederá parecido a nosotros cuando decimos que Dios no nos escucha?
Dios viene repartiendo generosamente su misericordia. Por eso proclama con Jesús una amnistía general, un año de gracia y de perdón. Pero el amor del Señor es universal, no es para éste o para aquel porque haya hecho unas determinadas cosas o sea de un determinado pueblo. Si algunos son los preferidos del Señor son los pobres y los que sufren, como hemos visto en el texto de Isaías que proclama Jesús en la Sinagoga de Nazaret. Por ahí tendrían que pasar también nuestras preferencias, porque además ahí hemos de saber ver la presencia del Señor.

sábado, 1 de agosto de 2009

Porque es jubileo lo consideraréis sagrado

Lev. 25, 1.8-17
Sal. 66
Mt. 14, 1-12


Desde hace unas semanas hemos venido escuchando la lectura de los diversos libros del Pentateuco: el Génesis en primer lugar, hasta ahora hemos venido escuchando relatos del Éxodo con la salida de Egipto, el paso del mar Rojo, la Alianza del Sinaí, y en los dos últimos días hechos escuchado el Levítico.
En la lectura del Levítico se nos describen las fiestas que han de celebrar los Israelitas, la Pascua, la de las ofrendas a los cincuenta días que es Pentecostés, la de las Tiendas, la de la Expiación… En el texto que se nos presenta hoy se nos habla del jubileo. ‘Haz el cómputo de siete semanas de años… cuarenta y nueve años… a toque de trompeta por todo el país… santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores…’ Es el año del perdón y de la amnistía. ‘Porque es jubileo: lo consideraréis sagrado…’
Este jubileo lo veían los profetas en un sentido mesiánico. Por manifestarlo sólo con un texto, recordemos el texto de Isaías que Jesús proclamó en la Sinagoga de Nazaret a la hora de su presentación pública. Además de que llegaba el momento en que el evangelio sería anunciado a los pobres y los ciegos recobrarían la vista, los oprimidos serían la libertad y se proclamaría el año de gracia del Señor. En el tiempo del Mesías vendría el jubileo total porque llegaría la amnistía y el perdón para todos, llegaba el año de gracia del Señor.
Pero veamos brevemente las connotaciones que este jubileo tiene en nuestra práctica cristiana. Todos sabemos y recordamos cómo la Iglesia proclama en momentos determinados para toda la Iglesia o para unas determinadas Iglesias locales un Año Santo, un Año jubilar lleno de gracia del Señor para todos. El Papa con su autoridad los convoca y concede unas gracias especiales, que lo que pretenden es que los pecadores nos convirtamos a Cristo. Año santo lleno de gracia que es una invitación a la conversión para seguir más fielmente el camino de Jesús, arrancándonos de nuestra vida de pecadores.
Conocemos los Años Santos que cada veinticinco años se proclaman para la Iglesia universal teniendo como centro y como eje Roma, la Sede de Pedro. Reciente tenemos el jubileo del año 2000, año santo especial en el dos mil aniversario del nacimiento de Cristo.
Pero de la misma manera sabemos cómo en determinadas Iglesia o lugares también hay una sucesión de años santos a través del tiempo por diversas circunstancias y conmemoraciones. Así el año Jacobeo que todos conocemos, cuando el veinticinco de julio, día del apóstol Santiago coincide con domingo como sucederá el próximo año. Todos acuden para entrar por la puerta santa, la puerta del perdón como un signo de ese abrazo de amor, de acogida de Dios Padre cuando volvemos a El convertidos de corazón. Así también en otros muchos lugares. En nuestra propia tierra tinerfeña estamos celebrando un año jubilar en la Iglesia de san Vicente mártir, que el Papa ha concedido por todo este año con motivo de un cuarto centenario de la liberación de una epidemia por la intercesión de este glorioso mártir que allí se venera.
¿Quién es el que nos da esa amnistía y ese perdón? Cristo Jesús con su muerte en la cruz y su resurrección que nos ha redimido. En Cristo tenemos ese año, ese día de gracia de Dios que nos da su perdón y que nos da su gracia para sigamos por caminos de fidelidad.