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viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

martes, 23 de junio de 2026

Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

 


Una camino de amor que nos hace crecer como personas y nos lleva a alturas de plenitud, siendo felicidad para todos

2 Reyes, 19, 9-36; Salmo47; Mateo, 76.12-14

¿Es difícil ser bueno? Algunas veces podemos tener esa sensación; queremos caminar con rectitud pero nos vemos atraídos por tantas cosas en nuestro entorno que parece que al final no sabemos con qué quedarnos. Queremos hacer el bien y nos parece que estamos haciendo el tonto cuando vemos tanta malicia a nuestro alrededor y nos parece que solo tienen éxito los que actúan con esa astucia y esa maldad. Nos vemos quizás burlados porque somos buenos, porque hacemos el bien, porque somos generosos con los demás y nos desprendemos de muchas cosas por compartir con los otros.

¿Qué hacemos? Entramos en esa senda que contemplamos en nuestro entorno o intentamos caminar con esa rectitud que nos hemos propuesto como meta de nuestra vida. Se nos hace difícil en ocasiones pero tenemos que mirar a nuestra conciencia y pensar si vamos a enterrar o a olvidar esos valores que sabemos que son los que nos van a dar verdadera grandeza a nuestra vida.

Es el camino de fidelidad que hemos emprendido y que tenemos que seguir. Como nos dice hoy Jesús en el evangelio no podemos tirar esas perlas preciosas por los suelos o dejar que las hociquen los cerdos. Como cristianos hemos emprendido un camino que nos ha abierto ante nuestra vida el evangelio del Reino de Dios y eso es lo que queremos vivir. Costará esfuerzo, afán de superación en cada paso que demos, ser capaces de hacer oídos sordos a esos cantos de sirena que nos ofrecen tantas cosas pero que sabemos que son vanidad y vacío, tendremos que saber negarnos muchas veces a nosotros mismos esos caprichos que muchas veces nos aparecen pero bien disimulados para llegarnos a confundirnos.

¿Qué es lo que de verdad deseamos de la vida? ¿Seguir viviendo entre falsedades y apariencias? ¿Dejarnos engatusar por esas vanidades que pronto nos daremos cuenta que nos van a llevar a un vacío de nuestra existencia?

¿Qué pediremos que los demás puedan ofrecernos y que en verdad enriquezcan nuestra vida? Seguro que no queremos ir por ese camino de superficialidades; buscaremos respeto y comprensión, que seamos capaces de ayudarnos y tendernos la mano para caminar juntos y superar así las dificultades, una buena convivencia donde desde ese respeto sepamos valorarnos los unos a los otros y tratemos de lograr una armonía en nuestras relaciones. Parecen cosas muy elementales pero nos damos cuenta de que son una buena base para hacer que nuestra sociedad sea mejor.

Como nos dice hoy Jesús en el evangelio ‘todo lo que deseáis que los demás hagan con nosotros, hacedlo vosotros con ellos’. Es el camino del amor que Jesús nos traza en el evangelio, un amor generoso y que siempre será creativo, un amor que nos lleva a la búsqueda de lo mejor que nosotros podamos ofrecer por ellos, un amor que no está esperando a que nos amen para nosotros comenzar a amar sino que siempre tomará la iniciativa, aunque nada haya recibido ni nada sea luego lo que nos vayan a ofrecer. El amor que nos enseña Jesús en el evangelio es de gran altura y profundidad. Nosotros en nuestro amor a quien estamos imitando es a Jesús que por nosotros se entregó. Nos enseñará a amar, no de cualquier manera, sino como El nos ha amado. Es la maravilla del amor cristiano que se hace también comprensión y perdón y que eleva nuestro espíritu a alturas sobrenaturales.

Como decíamos el camino algunas veces se nos hace estrecho, pero sabemos que es el camino cierto que nos lleva a la plenitud.

 

domingo, 6 de julio de 2025

‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

 


‘Quedaos en la casa donde entréis y comed la comida que os pongan…’ convivencia y acogida para crear la armonía de la paz, señal del Reino de Dios

Isaías 66, 10-14c; Salmo 65; Gálatas 6, 14-18;  Lucas 10, 1-12. 17-20

Aquello que llevamos en el corazón es lo que vamos a expresar con nuestras palabras, con nuestros gestos y con nuestras actitudes. ¿Cuáles son las conversaciones más espontáneas que nos salen cuando nos encontramos con los demás? Aquello, por ejemplo, que son nuestras preocupaciones. Decimos muchas veces que enseguida cogemos el socorrido tema del tiempo, pero ¿por qué lo hacemos? Porque queremos estar bien, nos molesta el calor o el viento, tenemos miedo de un temporal que se nos pueda venir encima o ansiamos las lluvias para nuestros campos, porque la necesitamos.

Son quizás nuestras preocupaciones más elementales y por eso comenzamos por eso más fácil; pero pronto nos damos cuenta que van a ir surgiendo otros temas de nuestras preocupaciones o de nuestros anhelos, de las cosas dichosas que llenan nuestra vida o de aquellas cosas que nos hacen sufrir. Es la vida, es lo que somos, es lo que llevamos dentro que va a brotar casi de forma espontánea por nuestra boca o por nuestras actitudes.

Cuando entramos en otro ámbito de la vida con mayor profundidad, cuando la fe significa no sólo algo sino una cosa muy importante para nuestra existencia, porque ella encontramos sentido y encontramos valor, hace trascender nuestra vida y lo que hacemos, y eleva nuestro espíritu, nos hace sentir la presencia de Dios y su amor de salvación para nosotros, cuando llevamos de verdad eso en el corazón también tiene que brotar de forma como espontánea en nuestras palabras y en nuestras actitudes y manera de actuar en la vida. Será algo que no podemos callar. Como le decían los apóstoles a los mandatarios de Jerusalén que les prohibían mencionar el nombre de Jesús, hablar de Jesús, no podían callar, tenían que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Eso es lo que tendríamos que hacer en nuestra vida cristiana, eso es lo que tendría que definir de alguna manera nuestra vida cristiana, aquello que llevamos en lo más hondo de nuestra vida tenemos que transmitirlo, tenemos que darlo a conocer, tiene que ser motivo de nuestras conversaciones, de nuestras palabras, de nuestra comunicación con los demás. Pero ¿qué hacemos? ¿En verdad ha sido una experiencia importante para nuestra vida nuestra fe, nuestro encuentro con el Señor, el sentirnos amados de Dios, la vivencia de nuestras celebraciones? ¿Habrá algo que nos está fallando? Es algo que tenemos que plantearnos con toda seriedad.

El evangelio de hoy nos habla del envío por parte de Jesús de aquellos setenta y dos discípulos que habían de ir por aquellas aldeas y pueblos por donde habría de ir luego también Jesús, haciendo el anuncio del Reino de Dios. Es importante que nos fijemos bien en este evangelio.

No es el envío de los doce apóstoles, es el envío de aquel grupo grande de los que comenzaban a ser sus discípulos para que fueran a transmitir aquello que ellos ya estaban viviendo. No han de hacer grandes cosas; Jesús habla sencillamente de que se sientan acogidos por aquellas casas donde los reciban y con ellos hagan una vida por así decirlo familiar. ‘Quedáos en la casa donde entréis… comed lo que os pongan…’ y su saludo sería siempre un saludo de paz; con esa presencia y esa acogida simplemente tenían que decirles que allí estaba llegando el Reino de Dios. Sí, no era solo el anuncio que tenían que hacer, sino cómo habían de sentirse ellos en aquellos hogares, acogidos y partícipes de lo que aquella gente compartía con ellos, su hospitalidad y su acogida. ¿No son esos signos del Reino de Dios? ¿No estaban viviendo una nueva armonía en aquella acogida y en aquel compartir?

¿Le estará faltando a la Iglesia de hoy esa manera de hacer presente el reino de Dios en nuestro mundo? Pastores que dediquen su tiempo a estar con la gente, a convivir con el pueblo, a sentirse uno con las gentes que les rodean. ¿No tendría que ser eso lo que también resplandeciera en la pastoral de nuestras parroquias y comunidades?

A la vuelta contaron a Jesús cómo los habían recibido y acogido, y venían contentos de la misión que habían realizado. No había habido cosas extraordinarias, pero sin embargo Jesús les dirá que Él veía cómo los espíritus malignos eran arrojados de aquellos lugares. ‘Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo, les dice Jesús. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno’. Donde había aquella acogida y aquel compartir reinaba la paz, la armonía y la convivencia, el espíritu maligno allí no tenía nada que hacer.

¿Será eso lo que nosotros transmitimos a los que nos rodean? ¿Será eso lo que en verdad estamos construyendo en nuestros hogares y familias? ¿Seremos en verdad esos instrumentos de paz y de armonía, trabajando por la buena convivencia en nuestros hogares, entre nuestros vecinos y con aquellos con los que convivimos, o en nuestros lugares de trabajo? En nuestras familias cristianas ¿estará faltando algo de esto tan sencillo de lo que nos habla hoy el evangelio? ¿Se notará en verdad en esos lugares por esa buena sensación de armonía que allí se respira que está la presencia de un cristiano que con sus actitudes está así dando señales del reino de Dios?

No serán necesarias quizás grandes palabras, pero si son importantes nuestras actitudes, esas sensaciones buenas que provocamos con nuestra presencia. Mucho tenemos que hacer. De lo que llevamos en el corazón hablara nuestra vida y será lo que despertemos en los demás.


sábado, 4 de enero de 2025

Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

 


Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

1Juan 3, 7-10; Salmo 97; Juan 1, 35-42

Me gustaría pasar un día contigo… ¿No habremos expresado algo así alguna vez a un amigo o alguien también nos habrá manifestado ese deseo? Dos amigos que poco a poco se van conociendo y que van entrando en estrecha amistad y que desean estar juntos; alguien que quizás recientemente hemos conocido pero nos ha llamado la atención su forma de ser o de pensar, con quien veíamos que podíamos tener buena comunión y que queremos conocer más porque nos sentimos muy a gusto con él…No ya es solo saber cosas de su historia o de su vida, sino que es algo mucho más hondo lo que sentimos y que sabemos que puede anudar una hermosa amistad. Luego vamos a hablar del amigo que encontramos, vamos a resaltar sus valores, nos sentiremos orgullosos y felices de ser su amigo.

Algo si sucedió en aquella tarde cuando aquellos dos discípulos del Bautista se fueron tras aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Muchos se habían congregado en torno al Bautista para escuchar sus anuncios de lo nuevo que estaba por suceder y escuchando las palabras de Juan se sometían a aquel bautismo en las aguas del Jordán. Aquel que ahora era señalado como el Cordero de Dios también se había puesto en las filas de los que recibían el bautismo y ahora Juan decía que cosas maravillosas y extraordinarias habían sucedido porque había visto bajar al Espíritu de Dios en forma de paloma sobre El al salir de las aguas del Jordán.

Ahora ellos se habían ido tras El porque algo más buscaban tras las indicaciones de Juan el Bautista. ‘¿Qué buscáis?’ había sido la pregunta que les había dirigido, ¿por qué me seguís? ¿Qué es lo que buscan o desean? Pero no eran cosas lo que buscaban, tampoco eran solo palabras ni recomendaciones, querían estar con El, querían conocerle, quería saber cómo era su vida. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Y estuvieron con El y le conocieron, estuvieron con El y algo nuevo de verdad encontraron, estuvieron con El y ya comenzaron a hablar a todos de El; Andrés a su hermano Simón al que convencería de que habían encontrado al Mesías, más tarde sería Felipe el que tendría noticia de Jesús, y también éste comenzaría a pasar la noticia, porque con entusiasmo se la comunicaba a Natanael al que convenció para que también viniera a estar con Jesús a pesar de sus reticencias y desconfianzas.

Es muy importante este detalle que en cierto modo nos puede pasar desapercibido del evangelio que hoy escuchamos. Queremos pasar un día con Jesús, como comenzábamos nuestra reflexión. ¿Será realmente lo que queremos y lo que buscamos cuando nos decimos cristianos y seguidores de Jesús y miembros de su Iglesia? Es cierto que necesitamos de la mediación de alguien que nos anuncie, que nos comunique, que nos dé señales del camino; así la mayoría de nosotros hemos bebido nuestra fe en la familia, de nuestros padres o nuestros mayores, o tantas otras mediaciones que a lo lago de la vida hemos tenido, una catequesis en la infancia, unas celebraciones de las que nos hemos hecho participes en tantos momentos de la vida, unas fiestas religiosas en las que habremos participado, una asistencia a unos lugares determinados de especial devoción en nuestros pueblos, pero preguntémonos seriamente, ¿habremos deseado realmente estar un día con Jesús?

Podríamos decir que de mil manera Dios nos ha abierto sus puertas para que vayamos a El y nos encontremos con El, para que escuchemos su Palabra o nos enriquezcamos con la gracia de sus sacramentos, pero ¿le habremos abierto nuestras puertas, las puertas de nuestra vida a Jesús para que venga a estar con nosotros?

Lo de aquellos dos discípulos no solo fue que Jesús les dijera que fueran con El y vieran donde vivía, sino que de alguna manera aquellos dos discípulos ya tenían también una predisposición – quizás con su curiosidad por saber algo más de aquello que les había hablado el Bautista – para dejar que Jesús entrara en sus vidas. Es conocer donde Jesús vive, o es hacer que Jesús venga a vivir en nosotros, o sea, como decíamos, pasar en día con Jesús.

¿Será algo que nos tendría que hacer pensar?

viernes, 21 de junio de 2024

Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

 


Cuidemos de cuáles son los tesoros a los que tenemos que sacar brillo para hacer que florezca un mundo mejor y más humano porque lo llenemos de armonía y de paz

2Reyes 11, 1-4.9-18. 20; Salmo 131; Mateo 6, 19-23

Cuando andamos muy preocupados por sacar el brillo a los metales preciosos que podamos poseer, no tendremos tiempo para encontrar lo que verdaderamente nos puede hacer felices, porque ni tenemos tiempo para mirarnos interiormente a nosotros mismos, ni sabremos disfrutar de la sonrisa de un niño ni el calor de una mirada agradecida de aquel a cuyo lado nos ponemos, ni el gozo que podamos sentir en el corazón por la satisfacción de lo que nos desprendemos para compartir con los demás.

Cuántas cosas efímeras nos entretienen en la vida que son como barreras que nos impiden acercarnos allí donde está la verdadera riqueza de la persona que es su corazón. Le damos más valor a una joya que solo es un adorno que ponemos por encima de nosotros y que fácilmente se nos puede caer y la perdemos, y no somos capaces de descubrir las joyas de un corazón lleno de valores de generosidad y de ternura que son los que verdaderamente hacen florecer la vida y el mundo. 

Hoy Jesús quiere ayudarnos a descubrir cuales son los verdaderos tesoros de nuestra vida. Vivimos obsesionados por lo que tenemos o podemos poseer, desde esa posesión de cosas materiales queremos garantizarnos la seguridad de un futuro que deseamos que sea mejor, y nos parece muchas veces que la petición más importante del padrenuestro es que se nos garantice ese pan de cada día.

Es cierto que tenemos unas necesidades materiales, porque queremos tener el alimento de cada día o el techo que nos cobije cada noche; es cierto que tenemos que realizar unos trabajos que nos den unos rendimientos para tener lo necesario para una vida digna y si es posible también cada día mejor. No podemos sin embargo dar la espalda a lo que son nuestras responsabilidades como persona y como miembros de una familia, y tampoco podemos olvidar que Dios ha puesto el mundo en nuestras manos y tenemos una responsabilidad en su desarrollo y en hacerlo cada día mejor. No actuaríamos con responsabilidad si no desarrollamos al máximo nuestras capacidades, nuestras cualidades y valores con nuestro trabajo de cada día, porque estamos contribuyendo también a la grandeza de ese mundo, repito, que Dios ha puesto en nuestras manos.

Pero como personas somos algo más. Todo no lo podemos reducir a un trabajo para obtener unas ganancias si al mismo tiempo no le damos, vamos a decirlo así, humanidad a la vida, a nuestras relaciones, a nuestro estar en el mundo, al mismo trabajo que hacemos. No somos unas máquinas para producir. Somos unas personas para vivir. Y vivir es el encuentro, y vivir es una conversación amable para compartir con los demás, y vivir es saborear el momento y también el descanso, y vivir es darle alegría a la vida, y vivir es mantener la paz en el corazón porque va a ser verdaderamente generadora de la buena convivencia y armonía que mantengamos con los demás.

Y es ahí donde vamos poniendo lo mejor de nosotros mismos para sentir las más hondas satisfacciones; y es ahí donde vamos haciendo florecer el mundo con el colorido y calor de la amistad y del amor; y es ahí donde iremos trabajando para lograr una autentica felicidad desde esa armonía que vamos poniendo, desde ese compartir donde mutuamente nos vamos enriqueciendo; y es ahí donde iremos construyendo un mundo mejor donde florecerán los mejores valores que nos harán felices a todos. Qué hermoso cuando contemplamos a tantas personas que se gastan por los demás sin preocuparse de sacar brillo a sus tesoros, porque han comprendido que el verdadero tesoro lo van a encontrar en el corazón cuando hacen más felices a los que están a su lado.

Pero para lograr eso no podemos estar muy entretenidos en sacar brillo a nuestros oropeles que llamamos equivocadamente tesoros; son otros los tesoros que tenemos que buscar y hacer brillar, saquemos lo mejor que llevamos dentro del corazón.

jueves, 13 de junio de 2024

Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

 


Dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar las malas hierbas que malearían el jardín de la vida, abonándola con el amor de Dios para obtener buenos frutos

1Reyes 18, 41-46; Salmo 64; Mateo 5, 20-26

Si nos ponemos a hablar razonablemente seguramente todos estaremos de acuerdo en que lo más bonito en nuestras mutua relaciones es que lo hagamos con paz y armonía, con buen entendimiento y con diálogo, buscando siempre lo que nos acerque y evitando todo aquello que pudiera crear abismos entre unos y otros. Digo, si nos ponemos a hablar razonablemente, pero bien sabemos cómo pronto salta la chispa y aparece en la práctica todo lo contrario; se nos puede derivar pronto la conversación a buscar culpabilidades, a decir que el otro no es razonable, que si alguien me sale con algo que no me guste tendré que contestarle y poco a poco se va elevando el tono para caer en esa espiral en que fácilmente nos vemos envueltos en esta sociedad.

Hay demasiada acritud, aflora muy pronto el amor propio que se siente herido por cualquier cosa, vienen las malas interpretaciones, pronto aparecerán palabras que pueden ser insultantes o por las que alguien puede sentirse herido, y comenzamos a ir por una pendiente peligrosa en donde lo que tendría que ser delicadeza se convierto pronto en violencia y terminamos poniéndonos barreras entre unos y otros porque se rompe la sintonía del corazón, entra la discordia, y ya quien no piense como nosotros es un adversario que van en contra nuestra y un enemigo.

Lo podemos ver en la cercanía de los que están a nuestro lado, porque incluso en las familias no nos hemos librado de esas tensiones, pero es el ejemplo también que nos están dando nuestros dirigentes en que todo son descalificaciones, de ninguna manera se busca el encuentro y el entendimiento y aparecen tantas violencias. Somos fáciles a ir a una manifestación contra una guerra que nos parece injusta en cualquier lugar del mundo, pero no somos capaces de manifestarnos en contra de esa violencia hasta institucional que estamos viendo cada día en nuestra sociedad.

Nos hemos preguntado en reflexiones anteriores sobre qué presencia estamos teniendo los cristianos en medio de nuestro mundo, en nuestra sociedad y en esos lugares donde se decide y se construye el futuro de nuestra sociedad. Tendríamos que preguntarnos también qué estamos haciendo por nuestra parte para hacer que nuestro mundo sea mejor, haya mayor armonía, y realmente nos convirtamos en instrumentos de paz en medio de la violencia que se está generando cada día en nuestra sociedad.

Me estoy haciendo esta reflexión desde lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. Seguimos con el llamado sermón del monte; ayer nos invitaba Jesús a que busquemos el sentido y el valor de los mandamientos que nos tienen que conducir a una mayor plenitud de vida. Hoy de una forma concreta comienza a hablarnos del amor que tiene que envolver nuestra vida. Tenemos que dar un paso más que un mero cumplimiento.

No es solo ya el arrancar de nosotros esa violencia explicita que nos puede conducir a romper la vida de los demás, sino también todas esas señales de violencia que envuelven nuestras palabras y nuestros gestos, que se vuelven insultantes o hirientes, que desprecian o discriminan por cualquier motivo. Nos disculpamos tantas veces en nuestro mal carácter para disimular el infantilismo de nuestra inmadurez y de la falta de rectitud que tendríamos que tener en el corazón.

Por eso nos habla claramente Jesús de reconciliación, que es encontrar la paz con el otro, pero que es también saber encontrar la paz en nuestro propio corazón. Es la paz que va a generar un corazón generoso y comprensivo, que busca siempre el encuentro y la armonía, que sabe entrar en sintonía para desde lo bueno de cada uno saber ser constructores de algo mejor.

Y de eso tenemos que dar testimonio claro y valiente los que creemos en Jesús. También podemos sentir la tentación de la violencia, también nos cuesta entendernos y perdonar, también muchas veces pueden florecer esos cardos de insolidaridad y egoísmo, pero tenemos que estar dispuestos a escardar la tierra de nuestra vida para arrancar esas malas hierbas que malearían el jardín de la vida, para podar aquellos ramajes que nos impedirían dar buen fruto, de abonar nuestra tierra en el amor de Dios para que demos esos buenos frutos.

viernes, 23 de febrero de 2024

Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

 


Qué bello es el corazón que saber disculpar y perdonar y de qué grandeza nos revestimos cuando tenemos la humildad de pedir perdón

Ezequiel 18, 21-28; Salmo 129;  Mateo 5, 20-26

Parece que lo más grande o lo más aparatoso es lo que cuenta y que lo pequeño, el detalle, porque nos aparece insignificante no tiene tanta importancia, o que eso es algo que hace todo el mundo y por eso tiene menos valor, ya sea en lo bueno como en lo malo; no terminamos de caer en la cuenta de que esos pequeños detalles algunas veces se nos hacen más difíciles de realizar. Entramos en un mundo de rutinas, en los que parece que como es lo de siempre o lo que todos pueden hacer, es menos importante, pero eso que decimos rutina, nos puede convertir en seres amorfos que viven de cualquier manera, o con nuestras rutinas que se convierten en vacíos existenciales muchas veces hacemos perder humanidad y grandeza a la vida.

Hoy Jesús en el evangelio viene a prevenirnos frente a esa vida insulsa en la que podemos caer. Y tal es así que podemos dejarnos arrastrar por la superficialidad donde cubrimos con apariencias el vacío que puede haber en nuestro interior. Están claros los mandamientos del Señor, pero nos quedamos con las cosas que nos pueden parecer más fuertes y no tenemos en cuenta la delicadeza que hemos de poner en la vida en nuestras relaciones con los demás, donde la falta de delicadeza precisamente puede dañar mucho nuestro trato con los otros y la convivencia en armonía.

Recordamos fácilmente el mandamiento de ‘no matarás’, pero nos olvidamos que la falta de delicadeza en nuestras palabras, la falta de buenos detalles en nuestras relaciones enfrían y dañan nuestra relación con los demás. Y no podemos decir que estamos acostumbrados y ya no importa, que es la forma de hablar de la gente o la forma de tratarse habitualmente los unos a los otros, pero esa violencia de nuestras palabras no solo daña lo que es el amor que tendríamos que tenernos los unos a los otros  sino que implica también una falta de respeto grande a la dignidad de la otra persona.

Somos demasiado violentos en nuestras palabras, demasiados bruscos en nuestros gestos, poco delicados en los detalles y eso quieras que no va produciendo distanciamientos que luego son muy difíciles de rellenar y las fosas que se crean entre unos y otros crean un mundo en tensión. El amor tiene que ser delicado siempre, la ternura del corazón tiene que salir a relucir con facilidad, creando lazos, tendiendo puentes, creando cadenas de solidaridad y de amor, que no son ataduras sino expresiones de la más hermosa libertad.

Hoy Jesús nos insiste en la reconciliación. Importante para reanudar esos lazos de la amistad porque cuando nos abajamos hasta la altura del otro es cuando más cerca están los corazones para que pueden entrar entonces en una hermosa sintonía. Qué hermoso el ser generoso para disculpar siempre y para perdonar, y de qué valor y grandeza nos llena el corazón la humildad para reconocer nuestros errores pero también para saber pedir perdón por ellos.

Y nos viene a decir Jesús que no cabe una buena relación con Dios si no sabemos mantener una buena relación con los demás. De nada nos valen los golpes de pecho que nos demos si antes no buscamos el reencuentro y la reconciliación con los hermanos de los que nos sintamos deudores. El mejor mantel blanco para presentar nuestra ofrenda al Señor tiene que ser el de un corazón reconciliado porque ha buscado la paz con el hermano. Y en eso tenemos que ser siempre nosotros los que nos adelantemos; no podemos estar esperando a que el otro dé el primer paso, el coraje de amor de un corazón que quiere sentir el amor nos dará valentía para dar ese primer paso, sea cual sea la respuesta que podamos encontrar en el otro.

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

domingo, 15 de octubre de 2023

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios


 

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿Habremos tenido alguna vez la experiencia de un desaire ante algo que habíamos preparado con mucho cariño y entusiasmo pero cuando lo ofrecimos a quien tanto apreciábamos – muestra de ello el esfuerzo que habíamos realizado en prepararlo – nos lo rechazaron, no lo quisieran aceptar, nos dejaron plantados, como suele decirse? En momentos así habrá que tener mucha fortaleza interior para no reaccionar de forma desagradable y hasta violenta contra quienes así nos hicieron tal desaire.

Sentimos quizás el impulso de desbaratar todo aquello que habíamos preparado y seguro que nos prometemos que eso no nos volverá a pasar con esas personas. Mucho sería ya que en un momento de lucidez y serenidad decidiéramos compartirlo con otras personas que sí lo merecieran más o acaso volver a intentarlo olvidando lo pasado. Cuidado no seamos nosotros los que en muchos aspectos realicemos esos desaires.

¿Se sentiría así aquel rey de la parábola que con tanto esmero había preparado el banquete de la boda de su hijo y que había llamado a todos sus amigos o personas cercanas para que participaran en la fiesta y al final no quisieron ir? Por ahí andan los tiros de la parábola que además Jesús nos la propone como imagen del banquete del Reino de los cielos al que todos estamos invitados. 

Es lo que había venido haciendo Jesús desde que comenzó haciendo el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y nos estaba ofreciendo las mejores imágenes para que comprendiéramos el sentido del Reino de Dios, pero parece que no querían entender. El sentido de una fiesta, de un banquete de bodas, como expresión de alegría pero también de una nueva comunión entre todos y hermandad. ¿No es así como se sienten los que participan de una misma fiesta, de un mismo banquete? Es la alegría del encuentro y del compartir, es la armonía de la convivencia y la felicidad de estar todos juntos compartiendo, es el sentirse hermanados porque parece que tenemos un mismo sentir. ¿No es eso a lo que nos invita Jesús?

Y Jesús nos sigue mandando sus enviados para recordarnos una y otra vez que la fiesta está preparada. Que es necesario que nosotros participemos, que entremos en esa nueva honda de la vida, pero seguimos con lo nuestro, tenemos mejores cosas que hacer, o eso pensamos, y seguimos con nuestras cosas, con nuestras rutinas, con nuestros apegos, con nuestros intereses egoístas, con nuestros sueños de fantasía y con nuestras ambiciones con las que quizás pensamos que podemos manipular a los demás.

La parábola nos está hablando del hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho de ese banquete? ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestro mundo que lo seguimos rompiendo con nuestra manera de actuar, violenta, egoísta, donde vamos a la revancha y a la venganza, donde nos quedamos envueltos en tantas vanidades?

Veinte siglos sigue resonando el mensaje de Jesús invitándonos a algo nuevo y nuestro mundo no termina de escuchar y entrar en ese nuevo banquete. Miremos lo que sigue pasando a nuestro alrededor, miserias, hambre, violencias, guerras, no terminamos de encontrar la paz, porque nos falta también en nuestros corazones y no queremos buscarla donde sabemos que la podemos encontrar.

Y Dios nos sigue llamando, a todos, cualquiera que sea la condición, sean buenos o sean malos, porque la sala del banquete de ha de llenarse. Fueron los criados a las encrucijadas de los caminos y los trajeron a todos. En ese todos estoy yo y estamos nosotros, que tampoco es que seamos tan buenos, pero Dios nos sigue amando y nos sigue llamando. Demos alguna muestra de que escuchamos esa llamada del Señor. No desairemos el amor que Dios nos tiene. Solo necesitamos el traje de fiesta; no es un traje de lujo o de ropajes extraordinarios; es un traje que hemos de vestir desde dentro queriendo entrar en esa nueva sintonía que el Señor nos está ofreciendo. Busquemos esas nuevas actitudes, esos nuevos valores de los que tenemos que comenzar a revestirnos.

Leamos y releamos una y otra vez el evangelio para encontrar el sentido de ese traje de fiesta que nos pide el Señor. Mira tu propia vida y mira de qué es lo primero que tendrías que revestirte para estar a tono en ese banquete de vida que nos ofrece el Señor. Seguro que cada uno lo descubrimos en nuestro interior.

viernes, 21 de julio de 2023

Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

 


Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano, porque lo que tenemos que hacer es que resplandezca la misericordia

Éxodo 11,10-12,14; Sal 115; Mateo 12,1-8

Es cierto que como seres humanos que somos, sujetos a nuestra libertad personal pero con las limitaciones que surgen de una vida dominada por muchas pasiones y en la que tendríamos la tendencia a querer imponernos los unos a los otros buscando el dominio y nuestra propia relevancia sobre los demás, necesitamos de unas normas de convivencia con las que busquemos siempre el bien común, seamos capaces de armonizar la libertad de cada uno con el bien y el respeto que hemos de tener hacia los demás. Son las leyes que con un sentido ético universal que sea aceptado y respetado por todos nos hemos ido imponiendo en la construcción de nuestra sociedad.

Pero a todo eso hemos de saber ponerle humanidad, porque no es un cumplimiento estricto, frío y formal lo que va a facilitar esa armonía y esa unidad de la comunidad, de la sociedad. Algo de esa humanidad que brota del corazón tendrá que darle color y calor a nuestras relaciones, porque además no somos unos autómatas ciegos para cumplir unas normas. En fin de cuentas lo que estamos buscando es el bien de todo ser humano.

Por eso siempre hemos de mirar a la persona y siempre hemos de tener una mirada de persona. No somos unas máquinas que funcionen automáticamente. Y cuidado que tenemos el peligro de cuadricular así nuestra vida y más ahora que con los avances y los medios de los que hoy disponemos tendemos a esa automatización de todo lo que hacemos. No podemos olvidar a la persona que vale mucho más que todo eso. No es una tecla o un botón que pulsemos para que se realicen las cosas.

Qué frialdad encontramos muchas veces en la tramitación de tantas cosas de la vida. Vamos a resolver algo a un departamento, necesitamos la atención para un problema, y enfrente de nosotros parece que no está una persona sino simplemente una máquina. Necesitamos algo más. Las personas no podemos convertirnos en máquinas y aunque dispongamos de muchos medios técnicos que tendrían que facilitarnos la vida, quizá por encima y más allá de todo eso necesitamos una sonrisa de calor humano, una mirada a los ojos que sean capaces de trasmitirnos un calor y una relación humana.

Hoy Jesús en el evangelio ante una situación que le plantean algunos fariseos desde sus rigorismos y el cumplimiento exigente de las leyes, terminará Jesús pidiendo que seamos capaces de poner humanidad en la vida. Vienen reclamando porque los discípulos se han atrevido a coger unas espigas mientras van de camino en medio de aquellos sembrados, pero además lo han hecho en sábado. Aquel gesto de coger unas espigas, estrujarlas para sacar unos granos que llevarse a la boda, quizás matando una fatiga en el cansancio del camino, se ha convertido en el trabajo de la siega que no podría realizarse porque había que guardar el descanso sabático. Un rigorismo que no mira a la persona, como tantas exigencias que muchas veces nos imponemos con nuestras normas y reglamentos. ¿Dónde está el corazón?

Jesús quiere hacerles comprender el sin sentido de lo que plantean apelando incluso a las Escrituras santas, pero Jesús lo que quiere es que sepamos poner corazón en la vida y en lo que hacemos. Conectando con lo que veníamos reflexionando podemos aplicar aquí esta sentencia de Jesús a esa falta de humanidad con que vivimos tantas veces.

Simplemente vamos tan preocupados por hacer nuestras cosas, por cumplir quizá con nuestras obligaciones, atentos a los protocolos que nos imponemos en la vida, que no somos capaces de mirarnos los unos a los otros, que nos lleva consigo a esa cerrazón del corazón con que tantas veces vivimos que no sabemos ver ni escuchar el clamor de muchos que sufren a nuestro lado. Muy preocupados ‘por llegar temprano al templo’, no miramos a los ojos a los que encontramos a su puerta o con los que nos cruzamos por la calle, y tantas veces en la vida pasamos de largo.

‘Misericordia quiero, y no sacrificios’, nos está diciendo hoy Jesús. Hagamos florecer un poquito más la ternura de nuestro corazón y tendremos un mundo más humano.

lunes, 7 de noviembre de 2022

Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

 


Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida y la profesión de fe sea algo más que un credo que recitamos

Tito 1,1-9; Sal 23; Lucas 17,1-6

Hay momentos en la vida en que nos parece que todo se nos vuelve cuesta arriba, la situación se nos complica y no sabemos ya cómo hacer o como actuar; sentimos la tentación de tirar la toalla, como suele decirse, abandonar los esfuerzos porque nos parece imposible. Serán los problemas que se nos van presentando en la vida en nuestras tareas o responsabilidades, en algo que nos han confiado, la problemática familiar que algunas veces se nos complica, la convivencia con aquellas personas que queremos o los amigos que están a nuestro lado, problemas que vemos en nuestro entorno y que nos afectan y nos hacen daño, muchas situaciones complicadas, difíciles de resolver, que parece que nos hacen imposible el caminar.

Algo así les estaba pasando a los discípulos de Jesús. Venía hablando Jesús de las exigencias de su seguimiento, y de los planteamientos que teníamos que hacernos en nuestras relaciones con los demás, ahí estaba el tema del perdón siempre tan controvertido porque nos cuesta curar nuestros orgullos heridos, o situaciones escandalosas ante las que había que actuar de forma drástica. ¿Qué hacer? Algunas cosas parecían poco menos que un imposible, pero ellos querían seguir con Jesús, les convencía por otra parte todo el ideal de vida que les proponía, pero había por medio como algunos callos con los que parecía que era difícil caminar.

Y surge la petición a Jesús. Es como un grito pidiendo ayuda, es un decir queremos seguirte pero nos cuesta, parece que nos falta fe. ‘Señor, auméntanos la fe’, le piden. Hay que tener mucha fe pensaban para poder superar muchas de aquellas cosas con las que tenían que enfrentarse, hay que tener mucha fe porque el camino parece que se hace exigente. ‘Auméntanos la fe’.

Como pedimos nosotros también, porque nos parece que no creemos lo suficiente para aceptar todo el evangelio de Jesús; como pedimos porque el camino se nos hace duro, porque parece que hay muchas cosas en contra o que el mal lleva por adelantada su victoria. Pedimos fe cuando vemos cosas también en nuestro entorno que no nos gusta o que nos hacen daño; pedimos fe cuando tan difícil se nos hace la convivencia como para sentirnos de verdad hermanos, porque se nos hace tan difícil mirar a los demás con una mirada limpia. Pedimos fe cuando nos cuesta perdonar y el fuego del resquemor, de la intolerancia, de los resentimientos, de los deseos de venganza quizá que sentimos dentro de nosotros, parece que nada ni nadie lo puede apagar.  Pedimos fe, tendríamos que pedir mucha fe, pero no solo con los labios.

Y nos habla Jesús de la fe como un granito de mostaza, capaz de mover montañas o de arrancar una morera para que se plante en el mar. Es que quizás la fe la hemos convertido en una rutina, en un adorno externo, en una medalla que llevamos al cuello igual que podríamos llevar otra cosa, porque lo que necesitamos es que le demos autenticidad a nuestras palabras de fe. Que aquello que expresamos con nuestra palabra lo estemos expresando de verdad con nuestra vida. No nos vale simplemente que el domingo cuando llegue ese momento en la celebración recitemos el credo, pero sin ser conscientes de las palabras que vamos pronunciando en ese momento.

Es la autenticidad de una profesión de fe recitando el credo como tiene que ser la autenticidad de nuestras oraciones. No son cosas que simplemente recitamos de memoria o vamos quizás repitiendo mentalmente mientras el sacerdote en la misa va pronunciándolas. Son cosas que más que decir tenemos que sentir; más que unas palabras que recitamos tiene que ser algo que vamos sintiendo de verdad en el corazón. Decimos quizás ‘te rogamos, óyenos’, porque ahora toca decir eso, pero nuestra mente está en otra cosa muy lejos incluso del lugar en el que estamos. Nos hace falta más autenticidad en la vida, en nuestras oraciones, en la proclamación de nuestra fe.

 

sábado, 3 de septiembre de 2022

El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

 


El bien del hombre (la humanidad), el bien de la persona, porque no somos esclavos, somos hijos y esa es nuestra grandeza y nuestra gran dignidad

1Corintios 4, 6b-15; Sal 144;  Lucas 6, 1-5

La convivencia entre las personas nos exige tener en cuenta una serie de principios y valores que nos hagan respetarnos mutuamente salvaguardando siempre la libertad y la dignidad de todo ser humano. Por eso al vivir en sociedad nos damos unas normas, unas reglas, unas leyes que lo que tienen que buscar siempre es el bien de la persona; estará siempre en función de la persona, de sus valores, de su libertad, de su felicidad.

Aunque le damos esa fuerza de ley desde el común acuerdo que logramos entre todos, nunca han de servir para destrozar la dignidad de nadie, siempre tienen que buscar el bien de todos pero también de cada uno en particular para lograr esa armonía y es paz que haga que todos nos sintamos felices; malo es cuando las convertimos en imposición y nos podemos valer de ellas para el dominio de unos sobre otros. Es difícil lograr esa armonía, pero siempre tenemos que salvaguardar esa dignidad de toda persona.

Sin embargo, sabemos muy bien que somos muy dados a manipular, porque surgen dentro de nosotros actitudes y posturas egoístas que pretenden convertirse en dominio sobre los demás. Podemos convertir esas normas que han de ser cauces para nuestra convivencia en libertad en imposiciones y en manipulación incluso de las personas. Queremos mantener un control tan férreo de esas normas que se puedan convertir en un sin sentido que hay que cumplir porque sí, lo cual nos convertiría en esclavos de esas normas pensadas para salvaguardar la libertad y dignidad de cada persona.

El pueblo de Israel que vivía un profundo sentido religioso de la vida le daba a esas normas de convivencia un sentido como sagrado y religioso con lo que todo se convertía en ley de Dios. Lo cual hacía esas leyes, por así decirlo, intangibles; nada se podía modificar ni adaptar al momento o circunstancia que vivieran las personas o el mismo pueblo, porque eran la ley de Dios.

Normas de purificación o sobre el descanso que en fin de cuentas lo que pretendían era mantener la higiene y salud de quienes vivían en el desierto como trashumantes y en medio de sus ganados cuidando al mismo tiempo que no vivieran como esclavos del trabajo, se convertían en leyes tan sagradas que venían, poco menos que a definir la identidad del pueblo de Israel. Eran los preceptos del descanso sabático o de los animales que consideraban puros o impuros y podían o no podían comer. Recordemos, por otra parte, la tan controvertida o incomprensible ley hoy que les impedía comer la carne del cerdo.

Hoy le están planteando a Jesús el tema del descanso sabático tan sagrado para ellos, porque los discípulos al caminar entre los campos de cereales cogían algunas espigas para llevarse algunos granos a la boca. Ya se consideraba como un trabajo que no se podía hacer y es lo que vienen a echarle en cara a Jesús y sus discípulos.

Y Jesús les recuerda que los tiempos de las luchas de David contra Saúl llegaron a un lugar sagrado donde no había nada que comer, mientras aquellos hombres guerreros venían extenuados y hambrientos. Solo tenía el sacerdote los panes de las ofrendas que solo podían comer los sacerdotes, pero que al final fueron ofrecidos a aquellos hombres para que saciaran su hambre. ¿No era más importante en aquel momento saciar a aquellos hombres hambrientos que mantener la norma de que solo los sacerdotes podían comer aquellos panes?

Y Jesús termina diciéndoles que ‘el Hijo del hombre es señor del sábado’. ¿Qué es lo que quiere Jesús de nosotros? ¿Qué significa ese Reino de Dios que anuncia y que con su presencia viene a inaugurar? El único Señor es Dios – es el Reino de Dios – pero cuando Dios es el único Señor de nuestra vida, de nada podemos estar esclavizados, porque ese Dios nos ha dado la dignidad de hijos.

No somos siervos, Jesús nos dirá en otro momento que nos llama amigos, pero es como decirnos que nos llama hermanos, porque los amigos y los hermanos son los que se aman. Ahí descubrimos nuestra grandeza, ahí tenemos que descubrir nuestra manera de actuar, ahí reconocemos nuestra gran dignidad. Nada, pues, nos debe esclavizar.

domingo, 8 de mayo de 2022

Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

 


Busquemos ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente familia y miembros de un mismo pueblo

Hechos 13, 14. 43–52; Sal 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

En la vida que vivimos, más urbana, más alejada del entorno natural de nuestros campos y de los cultivos tradicionales y del estilo de ganadería de otros tiempos, las imágenes de un rebaño nos resultan extrañas, como restos de otras épocas y parece que ya nada pueden decirnos al hombre de hoy. Nos queda el remedio de los medios de comunicación, de la televisión y de documentales que algunas veces tratan de trasmitirnos hechos o costumbres de otras épocas para que podamos volver a contemplarlas. Nos quedan restos en los reclamos de los caminos de la trashumancia por los que eran llevados de un sitio para otros buscando mejores pastos para el ganado.

La imagen de un rebaño que es conducido de un lugar para otro puede llevarnos a una cierta confusión porque algunas veces pensamos en un camino irracional e instintivo el que realiza el ganado, pero los ganados escuchan una voz que les guía porque conocen al pastor que está a su cuidado, son conducidos no tan irracionalmente por unos perros pastores que incluso los protegen, lo que nos puede sin embargo manifestar una fuerza de unidad muy grande que pueda ser bien significativa y de gran enseñanza para nosotros.

Son las imágenes que se nos ofrecen en el evangelio y en toda la Palabra de Dios de este domingo que precisamente es llamado el domingo del Buen Pastor. Por eso la liturgia nos hará repetir como un eco que se nos mete en nuestras entrañas aquello de que ‘nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’. Ovejas de su rebaño recordándonos las imágenes que se repiten en el evangelio y toda la Palabra proclamada pero que formamos un pueblo. Un rebaño que es pueblo nos viene a decir, un rebaño que mantiene una unidad pero un rebaño que se viene a constituir en comunidad, que es el pueblo de Dios que camina unido.

Ni el rebaño se constituye simplemente porque juntemos unas ovejas, ni el pueblo se hace simplemente porque vivamos en un mismo lugar. Es necesario algo más, las ovejas conocerán a su pastor y aunque estén con otras ovejas solamente seguirán el silbo y la voz del que es su pastor; el pueblo no es solo la formación de unos edificios los unos junto a los otros, sino que lo hará la convivencia entre quienes forman aquella comunidad y convivencia es mucho más que estar los unos al lado de los otros.

La convivencia la conseguimos cuando queremos caminar juntos, cuando llevamos a compartir metas los unos con otros y somos capaces de aunar esfuerzos para lograr nuestras metas, cuando somos capaces de trazarnos un camino y luchamos por hacerlo siendo capaces de tendernos la mano los unos a los otros para que nadie se quede en la cuneta, cuando buscamos el encuentro y la comunicación siendo capaces incluso de perder tiempo para sentarnos juntos a la caída de la tarde en las puertas de nuestras casas para compartir las incidencias del día con los que son nuestros vecinos. Una tarea preciosa e ilusionante que sin embargo muchas veces abandonamos y llega el caso de que vivimos puerta pegada a la de los otros y ni su nombre conocemos y no digamos cuando creamos abismos en las relaciones entre los unos y los otros.

Muchas cosas tenemos que recuperar para ser ese pueblo que se siente unido y que camina unido. Muchos tenemos que recuperar en nuestras comunidades que muchas veces solo tienen el nombre del titular de la Parroquia que un día le pusieron. Porque hablamos en el sentido humano de lo que son nuestros pueblos, pero hablamos de la realidad de ese pueblo que llamamos el pueblo de Dios que son nuestras comunidades cristianas, que es nuestra Iglesia.

Tenemos que buscar ser esa Iglesia comunidad acogedora, esa Iglesia pueblo que camina, esa iglesia que se siente como una familia porque en verdad nos sentimos hermanos, esa Iglesia en que sepamos aceptarnos todos aun con los defectos y limitaciones que tengamos, una Iglesia que se siente pecadora con los pecadores, pero que al mismo tiempo se siente santa porque aspira a ese crecimiento espiritual que le haga vivir en esa comunión de los hijos de Dios, esa Iglesia con unos pastores que en verdad están al lado de su rebaño sintiendo como propias las necesidades y preocupaciones, la limitaciones y los pecados de cada uno de sus miembros, esa Iglesia que arropa a su pastor en sus luchas y dificultades, en sus problemas o en sus momentos de debilidad siendo como aquella comunidad de Jerusalén que oraba por Pedro mientras estaba en la cárcel.

‘Somos su pueblo y ovejas de su rebaño’, que hoy repetimos con la liturgia. Que en verdad así seamos y nos convirtamos en verdadero signo de algo nuevo ante el mundo que nos rodea.